Signos de Espíritu Religioso
Entre los años 2006 y 2018, mi Señor determinó, me ayudó y me dio letra para escribir ocho trabajos en formato libro. De allí en adelante, todos los intentos que hice, fueron en mi carne, sin mandato divino. Y concluyeron como debían concluir: en la nada. Aprendí. Si quieres ser un ministro del Señor y con rango en la enseñanza, deberás grabarte algo en tu espíritu, en tu corazón y en tu mente: aprende. Siempre, venga de donde venga. No esperes al gran hombre de Dios para recibir revelación. A veces, Dios podrá utilizar al cristiano que trabaja para el municipio y le toca barrer la calle delante de tu casa. No existen grandes hombres de Dios. Si es de Dios, no es grande, es pequeño.
Los que ya somos adultos mayores, (Un hermoso eufemismo que evita decir ancianos), vemos la velocidad que están tomando los tiempos a nuestro alrededor y nos asombramos. En nuestras etapas de juventud, todas las cosas ocurrían de modo más pausado, ceremonioso y casi siempre con previo aviso. Por poco o por mucho, cada uno de nosotros tenía cierta idea de lo que venía o podía venir. Y lo dejaba pasar o se preparaba para recibirlo, era una decisión personal. Hoy, esos tiempos ya no transcurren a la velocidad que tenían entonces, hoy directamente todo es vertiginoso y lleno de torbellinos. El único aviso previo parece ser que debes vivir con tus ojos bien abiertos para no ser sorprendido. Todo lo demás, te llega casi antes que caigas en cuenta que te ha llegado.
La gente ya no lee. La era digital ha llenado todos los espacios disponibles y, cuando hace mucho tiempo era frecuente y habitual ver gente con un periódico bajo su brazo o un libro en sus manos, hoy todo eso ha desaparecido en el olvido, dejando lugar sólo para su teléfono móvil. Con ese maravilloso y casi mágico aparato, puedes hacer todo lo que necesitas hacer. Por ese motivo es que, a esta, es mucha la gente que ha decidido rotularla como la era de la comunicación. Si es una opinión tecnológica, coincido. Pero sólo en lo tecnológico. Tengo certeza que la humanidad, en realidad está menos comunicada que nunca entre sí, aunque viva quince de las veinticuatro horas del día con un teléfono en sus manos.
Dios es sabio. Él ya lo vio mucho tiempo antes que todos nosotros. Si la mayoría de las personas ya no invierten su tiempo en las lecturas extensas, ¿Para qué va a seguir enviando a hijos suyos a tomarse el nada liviano trabajo de escribirlos? Un mensaje extenso y hasta profundo en tu WhatsApp es muy difícil que contenga más de doscientos caracteres. Una página del formato Word, alrededor de cinco mil. Un libro de cien páginas, quinientos mil. La gente adulta tiene la misma ausencia de tiempo que todos para dedicarlo a la lectura, pero tiene una clara diferencia con la más joven: se lo fabrica a ese tiempo. Los más jóvenes no sienten interés por hacerlo. Ellos siguen la premisa de aquel antiguo pensador llamado Gracián, que supo decir alguna vez que: lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Por tanto, si te toca ser un buen ministro del Señor en este tiempo, aunque en lo personal no modifiques las cosas más sustanciales, como leer tu Biblia a diario, si deberás alterar todas aquellas que te permiten seguir llegando al espíritu, el corazón y la mente de otros, de la mejor manera. Si sólo uno sobre cien se aguanta oír, hoy, un audio de noventa minutos de duración, cuando hace diez años lo hacían setenta, tú obligación no es enojarte, echar fuera demonios o reprender a los que no invierten su tiempo en eso. Tu obligación es implementar estrategia divina y grabarlos apretadamente en un lapso que te permita enseñar lo mismo, sin extenderte en palabrerío innecesario. Mi experiencia gráfica en Twitter, (Perdón…en “X”), y auditiva en Spotify, me lo confirma. Se puede.
Por lo tanto, y en razón de esa vertiginosidad de los tiempos que te mencionaba, y porque nadie sabe cuanto de ese tiempo queda para que se cumpla lo que está escrito que habrá de cumplirse, la directiva es ahora hacer a un lado aquellos libros que nadie quiere leer y remitirse a sintéticos folletos. Casi una imitación de aquellos antiguos elementos de aprendizaje que se utilizaban en los colegios: los cuadernos. Eran para escribir lo necesario, lo simple y contundente como método de aprendizaje. Y si esos cuadernos van a albergar, cuando así se sienta en el Espíritu, todo lo que el Reino de los Cielos tiene para decirte, esos cuadernos nacen de la esencia de un Rey. De un Rey de reyes y Señor de señores. Por eso serán cuadernos de la nobleza, de una sangre espiritualmente azul. Serán sencillamente Cuadernos Reales.
Todos nosotros tenemos mandato de Dios a partir de lo escrito en la Biblia, de ir y predicarle el evangelio del Reino a toda criatura. Que más tarde los hombres hayan agarrado ese mandato y hayan hecho con él lo que les dieron sus reverendas ganas, allá ellos. Ya habrá quien los juzgue. Ni tú ni yo estamos aquí para eso. Estamos, reitero, para predicar el único evangelio conocido a partir de la escritura, el del Reino. El que proclamó Juan el Bautista, el que refrendó ministerialmente un tal Jesús de Nazaret. ¿Almas? ¿Adeptos? ¿Miembros? No. Discípulos. ¿Y qué cosa es un discípulo? Alguien que aprende algo de un maestro, lo pone por obra en su vida y luego va y lo repite con otros. ¿Salvación? Sí, pero sólo como puerta de ingreso a lo realmente importante: ser parte activa del Reino y heredarlo como hijo santo.
Todos aprendimos que debemos aceptar a Jesucristo como Salvador de nuestras vidas, creer que Él pagó por nuestros pecados en la cruz y convertirlo en Señor de toda nuestra existencia. Eso nos hace salvos. No nos cuesta nada, sólo el acto guerrero de la decisión. La salvación es por Gracia. Eso significa Gratis. El gran tema es que hacemos luego con esa salvación. Nos han enseñado por años que con ella bajo el brazo entramos en una congregación cristiana, somos aceptados como hermanos y allí nos acomodamos en un banco o una butaca que seguramente será casi considerada como propiedad nuestra hasta el día en que alguien ore en nuestro funeral. Miles han hecho esto a través de nuestra historia. ¿Fueron salvos? Fueron salvos, sin dudas, pero no cumplieron el paso siguiente y se perdieron la mejor recompensa. ¿El paso siguiente? Sí, el de entrar y militar en el Reino de Dios y heredarlo Él y su casa.
¡Es que a mí me enseñaron que el Reino…! Basta. A todos nos han enseñado, sobre el Reino, más o menos unas quinientas interpretaciones distintas. Según la denominación, ahí tienes el Reino. Sólo un problema: la Biblia es una sola. La Palabra de Dios es una sola. Los que son miles o millones son los hombres que pretenden estar por encima de ella con sus opiniones. No le hace. Jamás pudieron lograrlo ni lo harán. ¡Pero confunden a la gente! Sí, la confunden. Y no sólo eso, sino que en muchos casos son obstáculos para que alguna de esa gente se pierda ricas recompensas espirituales. Porque quizás es gente a la que el Espíritu Santo les habla y ellos le oyen, pero no pueden obedecerle, porque se deben en sujeción al liderazgo humano. Y así es como se pierden toda la maravilla que trae consigo el Reino de Dios y se quedan en la mediocridad y la medianía en la que hoy por hoy camina el grueso de lo que llamamos iglesia.
Pero no es mi intención volver a explicarte lo que es el Reino. Lee tu Biblia y lo vas a ver tan claramente como lo he visto yo. No soy mejor ni superior a ti. Si yo pude entenderlo, tú también puedes. Está en toda la escritura. Y no es un lugar geográfico, no es una doctrina, no es un cierto o determinado grupo de personas. Es, en líneas generales, un estilo de vida. Un modo de mostrarse ante lo que llaman Sociedad, de un modo que mínimamente les produce curiosidad. Van a criticarte, van a burlarse, van a tratar de que tú cambies y seas espiritualmente mediocre y en algunos casos moralmente mugriento como ellos. Todo lo que tú puedas soportar eso, a la mejor manera de Jesús, te convertirá en más que vencedor. Y si no llegas a conseguirlo, al menos disfrutarás mucho en el intento. Y tu Padre Celestial, viéndote jugarte por Él, también. Eso sería lo más cercano que se me ocurre a aquello de acumular tesoros en los cielos.
Entonces la duda en forma de pregunta se te empieza a encarnar como encarnan las convicciones, desde adentro hacia afuera. Sólo lo que nace desde adentro es convicción. Adoptar lo que nos llega desde afuera, así sea lo mejor, no es convicción, es convencimiento. Suena parecido, pero no lo es. Una convicción la tienes desde que despiertas a eso, hasta que te mueres. Un convencimiento de algo te dura desde que lo aceptas, hasta que aparece otro más entretenido o divertido. Esa duda en forma de pregunta, es: ¿Cómo tiene que vivir un hombre o una mujer de Reino? ¿Eso tiene que ver con su aspecto físico externo? ¿Está relacionado con su manera de vestir, de hablar, de conducirse en el marco social? Ni tanto ni tan poco. Como ejemplo antiguo, pero todavía válido, te digo que ser hombre de Reino no es andar con una sonrisa de bondad que parece pintada todo el tiempo, y mucho menos llevando una Biblia hasta cuando vas a ver a tu hijo jugar a la pelota. El Reino te enseña que la Biblia no se luce ni se promociona; la Biblia se vive.
Tengo absoluta certeza, aunque lo que diré me granjee la antipatía de una alta cantidad de personas afines a ciertas estructuras, que la militancia correcta en el Reino se choca casi con violencia contra el clásico, tradicional y antiguo estereotipo del cristiano evangélico promedio. Indumentaria de bajo costo, muy poco gusto por la mezcla de colores y alta capacidad para caminar por la vida por el borde del precipicio del ridículo. Una moral aparentemente irreprochable, o de hierro, pero que a corto plazo y con una cercanía intimista, se convierte rápidamente en una moralina estupidizante de consignas, frases y muletillas que dicen mucho y no representan nada. Nadie les podrá discutir jamás a los evangélicos por lo que creen, por lo que hacen con sus iglesias o por lo que saben del contenido de sus Biblias. Sólo se los va a cuestionar, y mucho, por lo que son, que, en muchísimos casos, no tiene absolutamente nada que ver con lo que dicen ser.
¿Y qué es lo que dicen ser? En algunos casos puntuales, poco menos que los salvadores del mundo. Puedo asegurarte que muchos de sus líderes presumen hasta públicamente de eso. Ellos, al menos en gran proporción, nunca digo todos, conforman su propio estereotipo. Ropa elegante, de marca y costosa. Preparación visual externa que habla a gritos de asesorías de imagen. Vocabulario cuidado y con modulaciones estudiadas en lo que se conoce como oratoria seductora de masas. Inflexiones repetidas, variaciones en los tonos y toda la gama de producción artística puesta al servicio, -dicen ellos- del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jamás cometería la osadía, ni la maldad, ni el riesgo de cuestionar eso, sólo Dios lo sabe. Pero si puedo expresarte que, por experiencias personales directas, en una gran cantidad de casos, sus máximas preocupaciones e intereses pasan por su prestigio personal y por el crecimiento numérico de sus iglesias. Para lo demás, seguramente siempre habrá gente trabajadora disponible. Lo he escuchado así, textual.
Eso, indefectiblemente, relega al creyente a un espacio reducido, limitado y casi asfixiado por toda la parafernalia interna que la mayoría de grupos religiosos posee. Allí se marcan las pautas respecto a cómo se debe hablar y, esencialmente, de qué temas se puede o no se puede hablar. La gran pregunta, entonces, que surge de inmediato, es: ¿El hombre de Reino, debe estar sujeto a todo eso? No soy quién para determinarlo. Nadie me dio autorización para decirles a otros lo que deben o no deben hacer con sus vidas. Pero hay puntos que, por lo oscurecidos que están por las distintas opiniones consideradas de peso, no siempre terminan siendo de bendición. Uno de ellos es, indudablemente, la de la elección de los temas de conversación, no sólo entre los hermanos en la fe, sino en las de estos con la gente del mundo secular. Estos ponen sus ojos con mira telescópica en tus actos, palabras y conductas, porque nadie podrá desmentir que se gozan cuando alguno de los nuestros cae en desgracia. Lo triste es cuando algunos de nosotros también se goza con lo mismo…
Mira; yo provengo de una familia argentina insertada, en aquel tiempo, en la clase social denominada como carenciada. (Otro hermoso eufemismo que elude decir pobre). Mis padres fueron, en el mejor de sus éxitos, obreros textiles, así es que crecí en una casa donde si bien no faltaba lo esencial, para todo lo demás no nos daba el cuero. Jamás me quejé ni sentí ser víctima de un mundo injusto por eso. Dios sabe por qué me hizo nacer allí y así. Porque ustedes saben que, si bien mis padres, con sus espermas y óvulos formaron este muñeco inanimado de carne y hueso, yo pude vivir y estar aquí, hoy, con ustedes, porque el Espíritu Santo sopló en mi nariz aliento de vida. Eso me dice a mí y te advierte a ti, que jamás hubieras nacido en otra etnia, en otra cultura, en otra geografía, en otra nación y en otra condición social que en la que naciste, por una sencilla razón: a Dios le interesó que tú vieras la luz de este mundo exactamente allí, donde ahora estás leyéndome. Porque será de allí, o desde allí de donde nacerá tu misión divina.
A medida que pasan los años, los recuerdos de la infancia se van borrando en las personas. Es lo normal. El cerebro es un disco duro que en un momento determinado dispone incorporar lo nuevo e importante y borrar, al unísono, lo que sólo es sentimental y no justifica ocupar espacio. Sin embargo, veo casi como si fuera hoy, cuando mi abuelo materno reunía a sus cuatro hijas mujeres, (Mi madre la mayor), conjuntamente con sus respectivos maridos e hijos, sus nietos, (Yo el mayor), un domingo al mes, al mediodía, a comerse los deliciosos ravioles que mi abuela amasaba exclusivamente para ese simposio familiar. Mi abuelo, un descendiente de italiano de muy pocas palabras, se sentaba en la cabecera principal, (En la opuesta iba mi abuela), y solamente decía casi en un murmullo mezclado con rezongo antes de servir la comida: “Aquí no se habla de política, de fútbol ni de religión.”
Eso, en esta mi Argentina, todavía hoy, se podría considerar como un mandato de alta sabiduría. El abuelo, con un conocimiento y una formación muy rudimentaria, se las ingeniaba para darse cuenta que, si permitía en su mesa discutir cualquiera de esos tres temas, el almuerzo de familia podía convertirse en una hoguera con gente incinerada. Consiguió algo muy valioso que hoy no son demasiados los que la logran: que hubiera paz. Él no lo sabía, y a esa altura, yo tampoco, pero Dios es Dios de paz, aunque muchos elijan considerarlo literalmente como varón de guerra. La única guerra que Dios permite, es la que se dirime con el reino de las tinieblas. Y no lo tiene a Él como soldado combatiente, sino a cada uno de sus hijos. Pero entiende esto: Dios puede permitir una guerra, pero sólo para acceder a una paz que lo honre y le de gloria. Por intereses o ideologías, no son guerras santas, aunque las disfracen así.
Ahora bien; A esta altura de mi vida de ser humano, pero también de hijo de Dios, pienso que si deseo ser un hombre de Reino que muestre un estilo de vida que sea capaz de conmover a un mundo que no parece conmoverse por nada, definitivamente no puedo ni debo seguir al pie de la letra aquel sabio y viejo consejo que mi abuelo le daba a su familia. Creo firmemente que un genuino hombre de Dios, fiel a su Reino y a los dictados de su Espíritu Santo, no puede caer en la religiosidad manifiesta de evitar hablar de temas que contengan ácidos problemas. No hay tabúes para el evangelio genuino. El hijo de Dios tiene que sentirse y ser auténticamente libre en Cristo como para hablar sin ninguna atadura de ninguna clase del tema que sea necesario. Y si debo ser más claro, todavía, aunque como buen argentino me gusta el fútbol, lo he jugado, lo he relatado y comentado, como hijo del Altísimo lo considero un tema tan menor, que no amerita ni discusiones ni diferencias. Pero de los dos restantes tengo una óptica distinta.
De todos modos, no podría seguir adelante con esos dos, sin antes reunir a los tres en algo en lo que sí coinciden y mucho: son fabricantes de idolatrías. En el fútbol es más que visible. Soy del país que gestó a Diego Maradona y a Lionel Messi, sé de lo que hablo. Maradona usaba una camiseta con el número 10, pero muchísimos en lugar de nominarlo como “el diez”, elegían llamarlo “El Dios”. ¿Sigo o es suficiente? Te dejo a Messi para la próxima. La política también fabrica ídolos. En mi país, con mucha más celeridad y facilidad que en otros, pero quienes son elevados a ese nivel, luego descubrimos que se comportan como ídolos, no como políticos. Y mucha es la gente que disfruta eso. Y en la religión, (No estoy hablando de la fe, de la convicción, sino de la religión estructural), también se erigen ídolos. Hombres o mujeres que por alguna determinada causa cierta o más o menos cierta, un grupo de menor o mayor volumen lo califica como santo de toda santidad y lo eleva casi para sentarse en el mismo trono donde se supone que se sienta nuestro Dios Padre.
¿Qué dice nuestra Biblia de la idolatría? Que es tan pecaminosa como la rebelión y la obstinación. ¿Habías prestado atención a la calidad de pecado que tiene esto último, la obstinación? Ahora ya lo sabes. No la minimices, no la disimules, no seas su cómplice. La obstinación no es una conducta psicológica, es un pecado manifiesto. La idolatría también es portadora necesaria de abominaciones mayores. Y en Ezequiel Dios les dice a los que andan tras el deseo de sus idolatrías, que les traerá sus propios caminos sobre sus cabezas. Nada menos. Pablo, en sus cartas, no es menos implacable con ella. Dice que en Atenas se enardecía viendo a esa ciudad entregada a sus idolatrías. Por eso les recomienda a los corintios que huyan de ella. A los colosenses les recuerda que es un pecado de absoluta raigambre terrenal. Pedro en sus cartas dice lo mismo y nos llama la atención. ¿La idolatría, entonces, no es un demonio? No en lo directo. Uno o varios demonios aprovechan a su favor las puertas abiertas que la carnalidad humana les deja a través de sus idolatrías, ya sean políticas, religiosas o deportivas.
Vuelvo al punto. ¿Quiero e intento demostrar que un hijo de Dios auténtico, un hombre o mujer de Reino genuinos, puede hablar del tema que se le ocurra delante de quien sea? Si tienes alguna duda de eso, pregúntale a un tal Jesús de Nazaret. ¿Habló con los pobres de toda pobreza que iban a escucharlo? Si. ¿Habló con la clase media y alta que se reunía en casa de los publicanos? Si. ¿Habló con el poder humano real y geográfico de su tiempo, o sea, la realeza? Si. ¿Habló con la religión estructural y organizada que existía durante su ministerio, esto es, con sus máximos líderes? Si. Jesús habló con todos y, para todos, tuvo una palabra distinta. Una palabra de fe, de motivación, de esperanza. ¿Hizo política? No. ¿Despreció a la política? No, sólo dijo que dieran al César lo que era del César y a Dios lo que era de Dios. Válido para el área de las finanzas, que es una de las más complejas de todo poder político. ¿Hizo religión? No, Sólo les dijo que se arrepintieran y pidieran perdón al Padre por sus pecados y estos les serían borrados. Sólo eso. ¡Y nada menos que eso!
Ahora, veamos: ¿Qué se supone que somos tú y yo, por igual, en el consenso terrenal en el que habitamos? Hijos de Dios por fe. ¿Iguales a Jesús? En lo conceptual, sí. En lo espiritual obviamente que aún no, pero ahí andamos, en la pelea diaria por serlo. ¿Coincides? ¿Eres uno de los que camina por la vida con Cristo como estandarte? No te estoy preguntando si andas desparramando citas bíblicas, versículos y folletos cristianos por todo tu barrio, te pregunto si vives una vida capaz de ser de testimonio para los muchos que arruinan la suya a diario. Si tu respuesta es afirmativa, o al menos lo es en el sentido de estar buscando vivir así y ser eso, entonces puedo decirte con total autoridad y certeza, de parte del Señor de señores y Rey de reyes, que puedes hablar con quien se te ocurra, de los temas que se te antojen y dar palabra de Dios consecuente con cada uno de esos temas. ¿Tú crees que hay palabra de Dios apta para incorporar a la política, a la religión o al deporte?
Pablo enseña, en otras palabras, pero que se leen algo así: Si Cristo no resucitó, los cristianos somos los hombres más estúpidos de la tierra. Y tiene razón. Si Cristo no resucitó, no hay salida para los ciegos, paralíticos y esquizofrénicos de este mundo, por más revoluciones sociales que se propugnen. El marxismo, pienso yo, encuentra su límite más terrible en el pasado. No hay salida trascendente para los que ya murieron. Para el cristianismo no hay más que una sola vida, pero que tiene tres instancias: la histórica, que podemos llamar vida uterina, luego viene el parto que es la muerte, para acceder finalmente a la vida plenamente creadora: la vida eterna, que supone entrar a compartir la existencia tremendamente fecunda y gozosa de Dios. Es entrar, por decir así, a crear desde Dios, nuevos mundos. Y precisamente, por ser totalmente creadora, la existencia se vuelve totalmente dichosa. Un creyente genuino, por esta y varias razones más, no puede simpatizar con la izquierda. ¿Está claro? Todavía no. Lo estará cuando te aclare que todo esto no hace, necesariamente a ese creyente, un simpatizante de la derecha. Ahora sí está bien claro, ¿Verdad?
Vivo en un país que hace cuarenta años recuperó funcionamiento democrático y, como tal, nos lleva a tener que votar, cada dos y cuatro años, para elegir nuestras autoridades, tanto las locales, provinciales o nacionales. Jamás voté a un hombre por sus aparentes condiciones, ni a una fuerza política por comunión con sus postulados. Siempre hice lo que tenía paz para hacer luego de entregar ese acto en oración, y con la intención de optar por el mal menor. Creo que no le descubro nada a nadie que piense con un cerebro puro y desprovisto de lavados mediáticos o manipuladores, cuando digo esto. Igualmente, siempre ese poder humano quedó en deuda con el Señor y también conmigo. De hecho, jamás le daría mi voto a quien me adelanta que propondrá matrimonios igualitarios, que es el eufemismo utilizado para darle legalidad a la unión de dos personas del mismo sexo. Tampoco lo haría con los que, asegurando que una mujer es dueña de su cuerpo, habilitarla legalmente para abortar el nacimiento de un ser humano no deseado. Esto, obvio, me coloca del lado clásico donde milita siempre la iglesia cristiana.
Sin embargo, en mi caso personal, hay otra decisión que no siempre es la de todos: jamás, tampoco, votaría a quienes, expoliando con impuestos, ajustes y otras maniobras fiscales y financieras, lisa y llanamente le quitan dinero del bolsillo a la clase media y a los más pobres y carenciados, para trasladarlo en bloque de verdaderas fortunas, a los sectores más pudientes y ricos. Si mi Dios es Justo yo, uno de sus hijos, no puedo dejar de serlo. Eso, en muchos países de Latinoamérica, es una posibilidad cierta y, muchos de los que tenemos canas en nuestros cabellos, lo hemos visto y padecido en infinidad de casos. No critico ni cuestiono en absoluto a todos los cristianos que participan activamente en política, son candidatos a cargos públicos, construyen partidos políticos propios o, incluso, respaldan masivamente a hombres o mujeres a la presidencia de sus naciones a partir de la directiva que se baja como línea de acción desde los púlpitos a las bancas o las gradas de los templos.
Amo la libertad y se las concedo a todos mis hermanos en Cristo para eso. Sin embargo, la frialdad de los hechos concretos y las estadísticas que todos conocemos, me dicen que casi siempre esas aventuras han terminado mal, y en muchos casos, mucho peor que las aventuras políticas de los incrédulos. Tengo que ser absolutamente claro con la base de la Palabra de Dios en mi mente para decirlo con todas las letras. Los cristianos no tienen que hacer malabares con la información y actos de prestidigitación con las trayectorias de los políticos que se presentan como candidatos en sus países. Los creyentes genuinos, hijos del Dios Altísimo y parte activa de Su Reino, tienen que hacer exactamente lo que fueron enviados a hacer desde el principio: discípulos para Cristo. Si todos hiciéramos eso, el Espíritu Santo se encargaría de ir llenando nuestros diferentes países con hombres y mujeres puros, íntegros, honestos y emprendedores. Elegir a uno o a algunos de ellos, luego, para ejercer una función mayor, sería apenas un paso formal. Y los resultados, los que darían toda la gloria a Dios y la honra a quien es el único que la merece.
Jesús en ningún momento evidenció que hubiera venido a esta tierra a modificar la sociedad de su tiempo. A derrocar al imperio romano dominante y poner en su lugar a su gente. ¿Tú te crees que, de haberlo deseado, y de haber sido ese el propósito, le hubiera costado demasiado trabajo conseguirlo? El Padre no le permitió hacer nada de eso. El Padre lo envió a cambiar el corazón del hombre, y Él hizo y sigue haciendo exactamente eso, porque es lo único que convierte a un hombre de corazón fiero en otro de corazón conforme al divino. Aquí es donde tú te rascas la nuca y te preguntas: ¿Pero este hombre me está diciendo que meterse en cualquier cuestión social es una pérdida de tiempo, con relación al objetivo verdadero? No, este hombre no te está diciendo que te sientes en un trono santo blanco y mires hacia abajo, al planeta por encima de tu hombro, como si fuera algo repugnante que no te pertenece. Este hombre está tratando de decirte que nuestra guerra nunca será contra sangre y carne, sino contra principados y potestades. Y a eso se lo pelea en las regiones celestes, no en las legislaturas, las casas de gobierno o simplemente en una urna electoral.
Podemos hablar de política sin pudores ni temores. Incluso hasta podemos hablar de las clásicas y tradicionales ideologías que conocemos y, como bien lo dijo Pablo, de todas ellas examinarlo todo y rescatar lo bueno. Los grupos que tienen como estandarte a la justicia social, por darte un ejemplo, tienen tanta verdad en sus postulados como los que salen a pelearles la calle llevando las banderas de orden, trabajo y libertad. Jesús no estuvo enrolado a ninguna, pero bíblicamente está más que claro que profesó las dos. No fue un empresario que abusó y explotó a sus obreros, pero tampoco un holgazán mantenido con el dinero que otros ganaron con sus trabajos. Hasta que salió de tour con sus discípulos, Jesús era el hijo de José y nadie pone en duda que tiene que haber trabajado duro con la madera para ayudar a su padre y así ganar su sustento. Cuando se puso en marcha por orden divina por aquellas áridas tierras, entonces allí comenzó su etapa ministerial.
Y como todo ministerio, el suyo se sostenía a partir de lo que la gente depositaba en esa bolsa de la cual era administrador un tal Judas, que, de acuerdo a lo que leemos en la escritura, solía meterle la mano de tanto en tanto, y quedarse con lo que no era suyo, cosa que, hasta su traición y entrega, nadie había descubierto. Escucha: si Judas se hubiera robado una de las dos monedas que había en la bolsa, todo el mundo se hubiera enterado. Si Judas se hubiera robado lo que estaba allí para comprar comida, también. Pero si Judas robaba algo de lo mucho que allí había, entonces es muy probable que su delito pasara desapercibido. Todavía nadie había inventado la auditoría eclesiástica. Eso vino mucho tiempo después, a partir del trabajo de algunos muchachos admiradores del Iscariote y sus piruetas financieras.
Algo hay que reconocer. Así como la conducta intachable, el amor inconmensurable y la autoridad suprema de Jesús, todavía hoy se sostienen en el tiempo, así también la malignidad tenebrosa, la simulación hipócrita, y la calidad de ladronzuelo barato de Judas, todavía golpea las puertas de muchas oficinas administrativas de iglesias cristianas. Y en eso juega mucho lo que todavía denominamos como política interna, eclesiástica o denominacional. He oído a prominentes hombres hablar de eso con un dejo de orgullo indisimulado. He visto, a partir de esas tan discutibles políticas, hacer a un lado a genuinos hombres santos porque no son proclives a sus intereses y abrir camino a verdaderos aventureros de púlpito, que ni bien acceden a una posición de cierto poder, llevan adelante políticas que han servido y siguen sirviendo para que mucha gente sana y honesta abandone los templos, y a veces el Camino, de manera definitiva.
Por esa causa es que, si bien tengo muy en claro que un hombre de Reino puede hablar de política local, nacional o internacional, así como de una u otra ideología, lo que no puede hacer, según mi modo de verlo, es involucrarse en nada de eso. Porque la militancia en el Reino de Dios está activa para cosas mucho más grandes que la de ejercer poder humano en un territorio. Sabemos que es Dios quien pone los sitiales de poder en las naciones, por eso es que su Palabra nos pide sujeción a nuestras autoridades. Pero también sabemos que son los hombres los que con sus estrategias, triquiñuelas y trampas eligen a esos hombres y los colocan en sus posiciones. Y eso, entre otras cosas, produce desobediencia, porque ni tú, ni yo, ni ninguno de los hijos genuinos del Señor aceptará sujetarse a gobernantes corruptos, promiscuos que, con sus leyes, impulsen a los pueblos al pecado. Eso no es Dios, eso es diablo puro. Gracias, paso.
Hablar de religión es otra cosa. En primer término, porque cualquier hombre o mujer, que jamás se hayan preocupado ni ocupado en informarse más o menos correctamente, sobre asuntos relacionados con el evangelio, podrá mencionar a Dios, sólo o con Jesucristo, o santos y vírgenes, o como se le ocurra, pero hasta él mismo aceptará que hacer eso es hablar de algo religioso. De hecho, en Argentina hay una ley de cultos que promueve absoluta libertad para el desarrollo y la práctica de cualquier religión conocida o por conocerse. Dentro de una mayoría Católica Romana, el resto de los credos pueden oficiar sus reuniones sin que nadie los moleste. Protestantes, Evangélicos, Testigos de Jehová, Mormones, Budistas, Hinduistas, Musulmanes y todas las variaciones que se te ocurran, tienen sus lugares de culto y nadie los obstaculiza. Eso alcanza hasta sectas notoriamente satánicas. Pero si te pones a hablar de Jesucristo sin ninguna apoyatura de alguna de esas religiones autorizadas, puedes tener problemas. Es decir que lo que se avala, es una religión, no una fe, una convicción, o un ministerio.
Entonces, para un hijo de Dios y parte apreciada de Su Reino, hablar de religión no es la consecuencia obvia de una reunión de amigos, cervezas o vino de por medio, y luego una retahíla de palabras, palabritas y palabrotas, destinadas a las cosas rotuladas como religiosas, según la óptica que cada uno de esos amigos tenga de ello. Para un hombre o una mujer de Reino, hablar de religión es, lisa y llanamente, plantar una sabia advertencia para todo el planeta en ignorancia, sobre la abismal distancia que existe entre ser un hijo de Dios por fe, formar parte activa espiritual y física de Su Reino, con la asistencia a determinados cultos de determinadas fracciones estructuradas como religiones. Las pocas veces que he sido confrontado y hasta agredido verbalmente por mi fe, he respondido dos cosas. La primera de ellas, que rechazo absolutamente que se me catalogue como un hombre religioso. Y la segunda, una aclaración que no muchos conocen: Dios no es religioso. Es Dios.
He contado en más de una ocasión la palmada en la mejilla que me propinó algo que vi y oí en una vieja película titulada “Dios Mío”, una especie de sátira bien intencionada que trataba de una decisión de Dios de descender a la tierra y presentarse ante las personas como un anciano bueno y alegre. En una de las escenas, este anciano está conduciendo un taxi. El auto es abordado por un joven muy desesperado por un tema que ya no recuerdo. Tanto es el nerviosismo de ese muchacho que el conductor, (O sea Dios), mientras lo traslada donde le pidió, le dice algunas cosas muy íntimas de su vida y lo deja pasmado. Cuando el joven le pregunta como sabe todo eso de él, el anciano taxista le dice: “porque yo soy Dios, y para mí nada hay oculto en esta tierra”. Al joven lo único que se le ocurre decir, es: “¿Y por qué hablas conmigo, si yo ni siquiera soy religioso?” A lo que el taxista-Dios le responde lo que me impactó tremendamente ese día: lo mira por el espejo retrovisor con una sonrisa pícara y le dice: “¡Yo tampoco soy religioso!” …..
Podríamos estar horas intercambiando conocimiento respecto al significado de la palabra religión. La mayoría de los diccionarios de la lengua española nos dicen que se trata del conjunto de dogmas, normas y prácticas relacionadas con una divinidad o doctrina. No es mala la definición, pero para mi gusto no sólo incompleta, sino también carente de lo más importante. La religión es el esfuerzo que el hombre hace para acercarse a lo que sea que cree como su dios. No sé tú, pero yo he visto las cosas más barrocas, excéntricas y pintorescas formando parte de esas rutinas. No las discuto ni las censuro. Soy respetuoso de las libertades ajenas, así es que si a ti se te ocurre o te parece bien creer que los sapos que por las noches se comen los insectos de tu jardín, luego se convierten en dioses dignos de tu adoración, allá tú y tus batracios, pero lo cierto es que estas a un paso de volverte rematadamente loco. Tan locos como los que se postran delante de figuras de madera, yeso o metal y esperan de ellas milagros convenientes para sus vidas.
Esas son creencias, que, como tales, nacen en el corazón del hombre y procuran elevarse hacia las alturas donde se supone que habitan las deidades. La fe, es otra cosa. Porque es un don de Dios, así que la fe jamás va a nacer desde tu corazón, sino que tomará tu vida entera cuando le otorgues el permiso para que entre en tu espíritu y desde allí sujete tu alma y sus desaguisados y tu cuerpo y sus desastres. Fe es aceptar que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente, que murió en la cruz por tus pecados, que al arrepentirte de ellos puede entrar a morar en ti y cambiarte desde adentro hacia afuera. Que Su Espíritu Santo es lo único y el único que puede guiarte realmente a toda verdad y que, todo lo que se oponga, obstaculice o fastidie esta relación, proviene del reino de las tinieblas, donde moran Satanás y sus demonios, a los que tienes absoluta autoridad en Cristo para echarlos fuera para siempre de tu vida. Eso es fe y vida en el Señor, militante de Su Reino.
Sintetizando, si es que se puede, el término Religión, debería especificar al esfuerzo hecho por el hombre para agradar a Dios, a partir de las obras que haga o pretenda hacer en Su honor y nombre. Es muy fácil confundir el ser religioso con tener una relación con Dios. Si prestas atención al detalle de lo que te digo y sacas de tu mente la idea de estar haciendo algo en contra de la voluntad de Dios, piensa que todas las religiones que conocemos, se convierten de una u otra manera, en un intento casi desesperado por parte del hombre de llegar a Dios y agradarle. Confunden lo que Pablo les dijo a los Corintios en su Segunda carta, 13:14 La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén. y lo reemplazan con el espíritu religioso, (Que les impone un estilo de vida o actitud), que suele ser indefectiblemente la posición por defecto de la naturaleza humana pecaminosa.
El gran punto, entonces, es: ¿Cómo hago para saber si tú eres un creyente genuino o un religioso? No hay moldes ni estereotipos, pero hay algo que yo llamaría signos vitales de un espíritu religioso. El primero, juzgar a otras personas por su apariencia. En el capítulo 16 del Primer libro de Samuel, hay algo que textualmente se lee así: Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. ¿Te doy un ejemplo tosco pero genuino? Es mucho más sencillo para el portero de un templo, prohibirle el ingreso a un muchacho con muchos tatuajes, o a una joven con faldas muy cortas o escote muy pronunciado, que impedir el ingreso de un señor muy bien vestido, pero satanista de oficio. ¿Se entiende lo que quiero decir? Creo en el buen gusto y la sobriedad del hombre de Reino, pero me sustento en que el único que conoce su corazón, es Dios.
El segundo signo que te muestra a ese espíritu religioso, es el de gente que intenta ganarse el amor y la salvación de Dios. Entonces elabora con precisión y paciencia de asiático, una serie de acciones, actitudes, reglas, estatutos y obras que producen en la gente un impacto visual o de color religioso que los lleva a convertirse en una especie de modelos que el resto deberá imitar o seguir en sus rutinas. Todo esto ha sido y sigue siendo en muchos sitios una especie de salvoconducto mediante el cual una persona será admitida de inmediato o nunca en tal o cual grupo cristiano o pseudo cristiano. Está en abierta oposición a lo que Pablo le escribiera a los Efesios cuando les dijo Por gracia eran salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Es muy difícil que encuentres a un auténtico hombre de Reino que pretenda gloriarse en sí mismo. Pero es muy frecuente, demasiado lamentablemente, el caudal de hombres y mujeres de la religión que sí lo buscan con tremendo ahínco y con absoluta carencia de escrúpulos.
En tercer lugar, nos encontramos con los que intentan cumplir con la santidad exterior sin ninguna transformación interna. Lo dice con meridiana claridad el Salmo 51: He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Es más que evidente; las escrituras nos enseñan que Dios está mucho más preocupado por la limpieza del hombre interior que por nuestra conformidad externa a las reglas y regulaciones nacidas también de concilios de hombres. Supongo que tú yo hemos visto sobradamente a esos que solamente parecen tener una forma de espiritualidad, que no incluye la transformación interna y que, por si eso no fuera suficiente, niegan su poder. Sobre ellos Pablo ilustra a Timoteo cuando le dice que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos evita. No dice que los toleres, que les hables, que los comprendas o que los ames. Dice que los evites…
Para que no le quepan dudas a nadie, puedo asegurarte que Jesús reprendió fuertemente a todos los que se afanaban en limpiarse y limpiarlo todo de manera externa, sin permitirse ni permitirle a nadie que Dios tratara con sus corazones. Y les dice que el que crea ser mayor que los demás, se convierta en siervo de ellos. Y que no le presten ni la menor atención a todos esos que son buenos para atar pesadas cargas difíciles de llevar sobre los hombros de los hombres, mientras todos pueden ver que ellos ni con un dedo son capaces de moverlas. Todavía recuerdo lo que me dijo en una ocasión un muchacho muy joven, que partió con el Señor también demasiado joven. Ante un fiero ataque contra él y su familia por parte de los legalistas de su propia congregación, sin enojarse ni entristecerse, sólo me miró y me dijo: “Son así…perdonémoslos. Aunque detrás de un gran legalista, siempre hay un gran corrupto”. ¿Sabes qué? Jamás haría escuela con esto, pero déjame decirte que sí, que, conforme a mi propia experiencia, en muchísimos casos es así, nomás. No le permiten a Dios que los cambie por dentro. Sólo se entregan y le entregan el afuera. Y muchos se engañan, porque lo de afuera a veces se ve bonito. Pero por dentro huele mal.
Cuarto signo; criticar ácidamente a la gente que lo único que hace es estar en intimidad con Dios. Si me acompañas desde hace algunos años, ya sabrás que, pese a haber trabajado de algo que solía hacer de la crítica un emblema, como es el periodismo, en lo concerniente a lo ministerial en el evangelio, jamás me habrás oído o leído criticar a alguien con su nombre y apellido, tal como en muchas ocasiones algunos otros hicieron con varios y también conmigo. Yo me permití censurar y emitir juicio de valor, esto es, opinión, en la misma dirección que lo hizo Jesús, con el sistema religioso, pero siempre dando espacio para que lo sano y lo puro entrara sin necesidad de insistirlo. Jamás hice nombres o apellidos que merecieran crítica. Sólo me faltó repetir lo de sepulcros blanqueados, pero nada más. Jesús jamás mencionó a Anás o a Caifás. Él sólo decía fariseos… ¡Hipócritas! Pero el religioso tiene otra onda y, todo aquello que no se adapta a sus directivas o supuestas leyes, es maldecido, vituperado e injuriado públicamente. Puedes verlo todavía hoy, a eso.
La quinta esencia del religioso, es que sus relaciones más cercanas se basan únicamente en las actividades del ministerio. Esto te está dejando en evidencia que no solamente son superficiales en su relación con el Señor, sino también con todos los demás. Son capaces de conectarse con otros solamente a partir de actividades compartidas, pero son incapaces de hacerlo de corazón a corazón porque, estiman, si se abren dejarán ver mucha de la mugre que ellos saben tienen por dentro. Eso nos lleva al sexto signo, que tiene como protagonistas a los que se ven empujados a cumplir con sus deberes cristianos, pero sin sentir ni la pasión ni el hambre por Dios. Para un religioso, que es como decir alguien que actúa, vive y se mueve guiado por ese feo espíritu, no existe la pasión por Dios. Todo gira en derredor de una estructura llamada iglesia, que, a pesar de haber sido creada para adorar mejor a Dios, terminó siendo ella el factor de adoración mayoritaria.
Por eso es clave el séptimo signo. Porque nos muestra a la gente que desea posición y honor en la iglesia más que el honor de Dios. Los que tienen un espíritu religioso morando en la bisagra de sus vidas, le van a dar mayor identidad siempre a quienes son parte directiva o de liderazgo de una iglesia, que a aquel o aquellos que aseguren traerle un mensaje directo de Dios. Se sienten atraídos por tener reconocimiento, títulos y credenciales plastificadas en el mundo de la iglesia, antes que ninguna otra cosa. Son capaces hasta de obtener esos títulos o cargos por la vía del fraude o el engaño, justificándose que lo hacen para servir mejor a Dios. Falacia absoluta; sólo se sirven a sí mismos. La vida espiritual, para ellos, es intrascendente, porque no es algo que puedan negociar. Sólo aceptarían ser portadores de señales y milagros, pero no para honrar a quien se los otorgue, sino para ensalzarse a sí mismos.
Por eso existe el octavo signo, que es el que nos muestra gente que está arraigada en un estilo de vida del cristianismo y no en Cristo. Mientras que el creyente maduro, genuino y miembro del Reino de Dios, reciben su identidad principal en el hecho simple pero contundente de considerarse y ser hijos de Dios, las personas religiosas adquieren su propia identidad a partir de las cosas que tratan de hacer por Dios y su iglesia. ¿Qué eres? Me preguntaron hace casi cincuenta años atrás. “Un cristiano evangélico”, dije. Treinta años después, me hicieron la misma pregunta, y ahí respondí que era un bautista, y mi amigo allí presente, un pentecostal. Hoy, si me formulan la misma pregunta, no vacilaré en responder que soy un hijo de Dios, parte de su Reino y embajador de ese Reino en la tierra por todo el tiempo que dure mi estadía corporal en ella. Muchas veces, conversando con quien fuera el pastor de la iglesia donde asistía en ese tiempo, mientras yo hablaba y hablaba de las cosas del Señor, él me respondía hablando de las cosas de “su” iglesia.
El espíritu de religión impulsa a estudiar y a capacitarse al máximo. Sus adoradores saben todo sobre la historia, la vida y los hechos de Jesús, pero no tienen ni la menor idea ni intención de vivir una vida conforme a la vida de Jesús. Ese es el noveno signo: Saben sobre la verdad de Jesús, pero no el camino de Jesús. Estas personas hacen grandes cosas acerca de las doctrinas que se acumulan en sus mentes y los llenan de conocimiento teológico. Pero cometen el error de pensar que, el tener una buena doctrina, eso los hace cristianos muy maduros. Diversos hechos puntuales que seguramente tú también debes haber vivido están mostrando que la realidad es exactamente a la inversa. El hecho de que podamos conocer acerca de Dios, no significa que nos comuniquemos con Dios o que tengamos intimidad con Él. A estas personas hay que repetirles una y otra vez que, cuando Oseas dice que el pueblo perece por falta de conocimiento, no está hablando de teología ni de universidades, está hablando de intimidad.
Finalmente, el décimo y último signo vital de un espíritu religioso, (De los que hemos examinado, aunque es obvio que existen muchos más), tiene que ver con gente que aparenta tener proyecto y amar la justicia, pero que por dentro están llenos de ira y resentimiento. Y no estoy inventando esto, créeme. La agresividad y la maldad que me ha tocado ver dentro algunas congregaciones, no las he visto en el peor ambiente mundano. Porque esas personas se conocen toda la jerga y las muletillas cristianas, saben cómo actuar y hasta proyectarse a sí mismos de modo que cautiven o llamen la atención de otros, si es que poseen atractivos que lo hacen factible. Sin embargo, ellos gustan de usar todo eso que llaman carisma, para ganar influencia en los círculos internos de la iglesia. Son personalidades ficticias, ya que llegado el momento no saben ni pueden lidiar con el dolor normal de la convivencia humana o con las decepciones que suele traer la vida a las personas.
Esto, indefectiblemente da lugar a una dualidad que aparece en sus conductas y que los hace mostrarse amables y muy espirituales por fuera, pero llenos de ira, rencores ocultos y resentimientos permanentes por dentro. Todo eso produce un combo que, lo primero que les adosa a esas personas, es una alta dosis de envidia. Digo: ¿Nadie les dijo que Dios mira nuestros corazones y no nuestras ropas externas? No obstante, soy de la idea por convicción de tener mucho cuidado con el tratamiento de estos temas, porque conforme a lo que me ha tocado ver y también vivir, cualquiera de nosotros está pasible a encajar en algunos de estos diez signos que te compartí. La buena noticia, es: Dios está llamando a cada uno de nosotros a ir más profundo en Él y a experimentar su amor infinito.
Quiero compartirte ahora algunos pasajes bíblicos donde este punto es mencionado. En Hechos 25, se relata el episodio cuando Pablo es metido preso por los romanos. Cuando el rey Agripa y Berenice vinieron a Cesarea a saludar a Festo, éste les expuso la causa de Pablo, al que menciona como un hombre que ha sido hecho preso por Félix. Lo hicieron traer como parte de una costumbre romana que todavía se respetaba respecto a los presos, y descubrieron que no había ningún cargo contra él. Puntualmente, los versos 18 y 19 dicen así: Y estando presentes los acusadores, ningún cargo presentaron de los que yo sospechaba, sino que tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su religión, y de un cierto Jesús, ya muerto, el que Pablo afirmaba estar vivo. ¿Estás entendiendo el principio básico del espíritu religioso? Metieron preso a un hombre por causa de su religión y porque dice que está vivo, alguien a quien ellos suponían que habían crucificado. ¿Quién tenía razón? Pablo. ¿Quiénes eran los religiosos, aquí? Ellos.
Y son justamente esos religiosos, los que, para justificar su incomprensible actitud, deciden darle la palabra al preso, pensando que cuando hable, sus propias expresiones cargadas de imaginaciones místicas, van a condenarlo. Sin embargo, lo que Pablo les da allí, es un mensaje del evangelio tan claro y conciso, que solamente estando preso ellos de ese maligno espíritu, les resultará imposible entenderlo. Mira lo que les dice en el 26: 4-8: Mi vida, pues, desde mi juventud, la cual desde el principio pasé en mi nación, en Jerusalén, la conocen todos los judíos; los cuales también saben que yo desde el principio, si quieren testificarlo, conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión, viví fariseo. Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres soy llamado a juicio; promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Dios de día y de noche. Por esta esperanza, oh rey Agripa, soy acusado por los judíos. ¡Qué! ¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos? Clarísimo. Y por si se te quedó algo sin entender, llama a la judía secta y religión, pero aparta absolutamente la existencia de un Dios absolutamente diferente al que esa secta y esa religión estaban proclamando.
Sin embargo, si quieres una síntesis clara, concreta y contundente de lo que es la simple religión que conocemos, comparada con la fe auténtica, mira lo que dice Santiago, en su carta a las doce tribus de Israel. En el primer capítulo y en los últimos dos versos, el 26 y 27, Santiago les advierte: Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana. La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo. El creyente que hace del chisme y la murmuración su estilo de vida eclesiástico, y a partir de eso logra ascender en posiciones dentro de la estructura, es falso. El genuino, dice aquí Santiago, es el que visita a los huérfanos, esto es: a los que creen no tener un Padre que los ame, y a las viudas, que son aquellas iglesias que no tienen a Cristo como esposo ni como cabeza, sino a sus propias doctrinas denominacionales humanas. Y jamás contaminarse con nada de lo que el mundo ostenta como hermoso, así le parezca inofensivo. Satanás no era un bicho horrendo, era un ángel, el más hermoso de los creados, dice mi Biblia.
Ahora bien; ¿Cuál es la esencia fundamental de todo esto que hemos compartido? Creo que está más que a la vista. Ser, más allá de Hacer. Cristo, como cabeza genuina de todo, no un hombre, por eficiente que parezca. Si no es el Espíritu Santo el que guía la tropa, esa tropa está condenada. Y para evitar esa condenación, va a implementar reemplazos. De eso, ya hemos visto demasiado. Babilonia, la iglesia falsa y paralela a la genuina, es un reemplazo. Tiene que morar en cada uno de nosotros, el pensamiento hecho palabra en la voz de un Juan el Bautista, cuando dijo: Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. Él lo dijo, creyéndolo, pero no lo cumplió. Quiso aislarse con su propio grupo, cuando no era esa su misión y esa desobediencia le costó la cabeza. Cuando tratamos de revertir esto que dijo Juan, nos limitamos a ser religiosos y Dios se desentenderá de nosotros. No nos va a disparar un misil nuclear, sólo va a retirar su cúpula protectora. A ese misil, hay millones de demonios preparados para dispararlo.
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