Personalmente doy gracias a Dios por la vocación que tuve desde niño, cuando todavía no sabía ni pensaba que iba a ser creyente en Jesucristo. Yo quería ser periodista y locutor de radio. En esa época, todo un atrevido y osado. Pero ese era mi sueño, y buscar hacerlo realidad, me proyectaba como raro entre mis amigos y compañeros de colegio. Nadie quería ser eso. En el pequeño poblado donde yo vivía, ese sueño mío sonaba a una mezcla de locura con inconsciencia. Mis compañeros, en su gran mayoría, pensaban ser médicos, abogados, comerciantes o sencillamente obreros de alguna de las pequeñas industrias cercanas. Nadie sabía qué era concretamente lo que a mí me gustaba y por esa razón era mirado como raro, pintoresco o sencillamente loquito suelto.
Esa vocación que recibí no sé de dónde, porque nadie en mi familia era algo así, de hecho, a partir de mis abuelos hacia atrás, eran todos analfabetos, me ayudó mucho a cuidar mi lenguaje cuando trabajé en una fábrica metalúrgica. El hablar de mis compañeros, como todavía sigue sucediendo en ambientes ciento por ciento masculinos de esa franja social, era una verdadera cloaca, y hacerlo de otro modo, te daba una imagen fea, mitad afeminada y mitad algo peor. En mi caso pude zafar de la burla porque mi argumento era que me cuidaba porque iba a ser periodista y locutor y no podía correr el riesgo de decir una grosería por micrófono. Lo que no podía saber, es que mi Padre celestial me estaba posibilitando eso para protegerme.
De eso me enteré mucho tiempo después, cuando haciendo mis primeros pininos en la iglesia, me encontré con la carta de Santiago. Lo primero que leí, fue que, Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana. Dicho en palabras más simples, Santiago te dice que, si te crees muy espiritual, pero vives murmurando o levantando chismes sobre todos los que tienes cercanos, incluidos las personas que asisten a tu misma iglesia, tu fe o tu espiritualidad es un simulacro que sólo puede ser creído por ti mismo y por aquellos que no meditan ni piensan. Pero eso no fue todo, lo más grosso e impactante estaba por llegar. Y llegó cuando leí:
Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Te aseguro que ese día me quedé petrificado, tieso y con mi mente puesta en estas palabras contundentes. Nací y crecí en un pequeño pueblo, luego me llevaron a una ciudad donde viví hasta adulto en una zona carenciada y de muy poca educación. Por eso, al leer esto no pude menos que pensar: ¡Qué enorme verdad!
Sin embargo, todo esto que estoy leyendo suena a viejo, a una antigüedad más protocolar que real, a una serie de palabras justas pero que lamentablemente no tendrían cabida en tiempos como los actuales, donde la manera de expresarse ha pasado a ser, en casos, directamente ofensiva, o si quieres una calificación menos antigua, te diría que ordinaria y lindando con lo innecesariamente grosero. Por experiencia propia, puedo asegurarte que se puede hablar con corrección, aunque tu medio ambiente esté a kilómetros de eso. Y no estoy refiriéndome a una finura excesiva, exagerada y casi ridícula, sino al culto de una palabra que es bíblica y patrimonio creyente al ciento por ciento: sobriedad. Sé perfectamente que si eres un joven creyente que no tiene problemas para conducirse en su ambiente, pero que queda demasiado expuesto a la burla cuando se encuentra en un medio ambiente mundano, todo esto te va a sonar bonito, pero irrealizable.
Déjame decirte que no, que se puede, que tú puedes por una simple razón que tiene que ver con tu fe. Si eres un hijo de Dios como supongo lo eres, podrás dejar que ellos hablen como se les ocurra, pero tú de ninguna manera vas a caer en la tentación de imitarlos. Justamente Santiago lo dejó escrito en el capítulo 3 y verso 11 de su carta cuando se pregunta: ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? La fuente es tu boca, el agua son tus palabras, tus ideas. No es imposible. Debemos amar a nuestro prójimo, a todos. Pero tener amistad con el mundo, a veces es caer en enemistad con Dios. Tú eliges. Yo pude hacerlo sin ser creyente, Él me cuidó y aquí estoy hoy, con mis hijos y mis nietos oyendo de mi boca palabras de bendición, de información, de crecimiento, pero jamás de maldición o de perversión. Si yo pude, tú puedes. No he sido ni soy mejor que tú, así que adelante y que nadie te robe tu voluntad. Eso también forma parte de la categoría de miembro del Reino.