Estudios » Blog

Transparencia…

Cuando a los treinta y un años de mi vida tomé una decisión por Cristo y le entregué definitivamente mi existencia, tuve que ser inmediatamente discipulado en todo lo que tenía que ver con enseñanzas falsas, doctrinas erróneas y fetiches disfrazados de cosa religiosa que había recibido como verdad absoluta. Hoy me toca ver mucho error en todas aquellas enseñanzas, pero eso no impide ni impedirá que siga dando gracias al Señor por haber permitido aquella información que evitó males mayores. Entre todo eso, -recuerdo-, surgió el clásico recurso del sacerdocio católico romano, que siempre especificó a sus feligreses, (Tanto como para cubrir sus propias falencias o directamente pecados), que ellos debían hacer lo que ellos decían, pero olvidar, omitir o disimular lo que ellos hacían. La frase era: Haz lo que yo digo, no lo que yo hago…

Cuando yo me convertí, y luego de una crisis de aquellas que pueden llevarte a cualquier parte no buena, comencé a asistir a una iglesia, tal como mis mentores me aconsejaron. De más está decirte que, de acuerdo a como yo me sentía, estaba convencido que todos los que se congregaban en ese lugar, sentían lo mismo o aún más, por ser más experimentados. El día de mi bautismo en agua, -lo conté en mi último libro-, entré al bautisterio como uno más de los por lo menos veinte hombres y mujeres que dábamos el mismo paso ritual. Recuerdo que salí todo mojado del agua y un hermano me llevó a una habitación donde estaba mi ropa seca para cambiarme. ¿Cambiarme? Caí de rodillas, quebrantado emocional y espiritualmente y no pude parar de llorar por más de una hora.

Nadie me prestó la menor atención. Por un momento me sentí el más idiota de la creación, ya que era el único al que le estaba sucediendo eso. Los diecinueve hermanos restantes, también ya bautizados, llegaron, se cambiaron mientras hablaban alegremente entre ellos de cualquier cosa como si nada. Y yo lloraba, lloraba y lloraba. Hoy, a la distancia, entiendo que ese impacto emocional que recibí esa noche se debió a que me sentía muy indigno, muy sucio e inepto para ser recibido en lo que yo creía, era un refugio de gente santa, limpia, honesta y transparente. Gracias a Dios que me permitió pensar y creer eso en ese momento y tiempo. Si hubiera podido ver lo que hoy veo, es probable que no estaría hoy aquí hablando contigo.

Algunos años después, no pude evitar sonreírme pensando aquel llanto desenfrenado. ¿Ingenuidad? No: En todo caso, autenticidad. Yo había estado mal, me sentía mal y me veía más vil y necio que lo que seguramente Dios me veía. Pero aún no tenía ni idea de todo el recurso actoral que muchos cristianos adoptan y aprenden ni bien pisan una iglesia. Los años eclesiásticos fueron dejándome diferentes experiencias que en modo alguno coincidían con esa imagen de santidad que esa gente pretendía dar y que yo mismo había comprado y creído. Y puedo asegurarte que algunas de ellas, no me llevaron al pecado porque gracias a mi Señor estaba mejor plantado sobre mis pies espirituales que lo que yo mismo suponía.

Pastores opacos y de dudosa reputación. Recuerdo el caso de una joven que, por estar de novia (Ni en fornicación ni en adulterio, de novia genuinamente cristiana, sin sexo prematrimonial ni nada por el estilo) con un hombre divorciado, también cristiano, fue disciplinada cruda y hasta cruelmente por un venerable pastor. La reprendió en su comportamiento, (Para él era adulterio, aunque ese divorcio era inapelable e irreversible) y María Magdalena quedó como una señorita virgen y casta comparada con esa joven. Sus palabras golpeaban ese corazón como martillazos y, cada sentencia pronunciada con altisonancia, parecía empujar un centímetro más a la pobre niña hacia los fuegos eternos del infierno.

Obviamente, la mujer terminó yéndose de esa iglesia, y sólo por la misericordia de Dios no se fue también del camino del evangelio. Prosiguió con su relación y terminó contrayendo matrimonio con ese hombre. Tuvo hijos y con el tiempo ambos sirvieron al Señor con dedicación y fidelidad, siendo sus conductas irreprochables. Fueron muchos los que no terminaron jamás de aceptar eso. La que resultó no ser tan irreprochable, fue la conducta de aquel venerable pastor disciplinador. Se supo, (Porque Dios jamás deja que algo sucio quede oculto); que en el mismo tiempo y momento en que él disciplinaba a esa joven por algo que ni siquiera podía tacharse como pecado, él estaba en adulterio con su joven secretaria.

Todo terminó en un lógico escándalo, fue separado del pastorado, su esposa le pidió el divorcio y la hecatombe terminó con la congregación que se dividió en mil pedazos. Siempre me pregunté que estaría pensando ese hombre, cuando exhortaba y golpeaba emocionalmente a esa joven. ¿Realmente se podría auto convencer que Dios a él no le iba a pedir cuentas nunca, y que podía seguir juzgando y ejecutando sentencia alegremente con lo que él suponía que era pecado, cuando lo propio no lo consideraba del mismo modo? Me produjo un enorme impacto esa carencia total de transparencia y honestidad. Si quieres llámame tonto o ingenuo, pero en ese tiempo yo veía al pastor tal como de alguna manera se enseña que debemos verlo: como un santo varón que está más allá del bien y del mal.  Pido humildemente disculpas porque salpicaré a muchos, muchísimos hombres honestos, fieles y amorosos servidores del Reino, pero ese hombre que se hace llamar El Pastor, tal como nos lo presentan a quienes seremos sus pastoreados, no existió nunca, no existe, ni existirá tal como la estructura eclesiástica evangélica pretende mostrarlo. Sólo Jesús, otro no. Transparencia.

Comentarios o consultas a tiempodevictoria@yahoo.com.ar

noviembre 17, 2023 Néstor Martínez