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La Verdad No Pide Permiso

A esto lo titulé como “La Verdad No Pide Permiso” porque, aunque me cueste reconocerlo, entenderlo y me duela horrores, ha existido y todavía existe mucha mentira a nuestro alrededor. Y cuando digo a nuestro alrededor, no estoy hablando de mundanos impíos, pecadores, perversos o delincuentes, es obvio. Pude haberme limitado a expresar que el Reino no espera opiniones, o que Cristo no es una alternativa más, o que el trono de Dios no se negocia, o que todo esto no es política sino Reino, pero me quedé con el ingrediente de introducir una verdad con absoluto respaldo bíblico aun en contra de lo que pueda ser la llamada religión cristiana.

En virtud de lo que puedes observar en las noticias del mundo, en las distintas redes, llamadas no sé por qué “sociales”, si la única sociedad que vemos y apreciamos es la que se arma para corromper o delinquir, y en la opinión interesada de cada hombre o mujer ligado a fuerzas ideológicas o políticas. ¿De qué piensas, crees o entiendes que debería hablarse hoy en un mensaje cristiano basado no en religiones o estructuras afines, sino en la óptica de hijos de Dios y miembros de su Reino, para abrir los ojos de las incredulidades globales?

Es una pregunta profunda, ¿Verdad que si? Porque si el objetivo no es comentar la coyuntura política sino predicar desde la perspectiva del Reino de Dios, creo que hay una diferencia importante entre reaccionar a las noticias y revelar una realidad espiritual que las trasciende. Observando el clima global —conflictos armados, polarización política, avances tecnológicos acelerados, incertidumbre económica, crisis de confianza en las instituciones, búsqueda de identidad y un creciente individualismo— noto que muchas personas interpretan la realidad únicamente desde categorías ideológicas, nacionales o económicas.

Muy pocas la interpretan desde la pregunta: «¿Qué está haciendo Dios y cuál es el propósito eterno del ser humano?» Esta es una muy buena pregunta que no tiene, desde lo que llamamos cristianismo convencional, ninguna respuesta convincente o coherente con lo que dice creer. Porque, y a esto se lo escuché no hace tanto tiempo a uno de los pocos hombres de Dios que he podido sintonizar hablando y enseñando sobre Su Reino y me pareció una hermosa y muy prolija síntesis de lo que es la religión global.

Los budistas dicen que estamos aquí para comunicarnos con el espíritu cósmico del universo y es por eso que ellos meditan. Los hindúes dicen que existimos para mejorar nuestro nivel de reencarnación, a fin de subir progresivamente en la cadena de las reencarnaciones de mejor calidad. Los musulmanes dicen que estamos aquí para someternos a Alá, a fin de convertirnos en seres sumisos a ese gran dios que ellos llaman Alá. Los ateos dicen que no hay Dios, por lo tanto, no hay ninguna razón para existir.

Es una visión deprimente. Los agnósticos dicen que no saben si hay un Dios y entonces, como no están seguros, no van a perder su tiempo esperando. Así que lo que hacen en la práctica es muy simple, se quedan escépticos. Esa también es una vida deprimente. Y luego están los cristianos, que, en una enorme mayoría, creen que existen simplemente para ir al cielo. Eso, aunque parezca muy atractivo, en realidad también es deprimente. Significa que tienes que esperar los próximos años que te restan de vida, los que te toquen, para obtener lo que quieres. Y durante todos estos años que faltan, ¿Qué vas a hacer?

Podríamos seguir horas hablando de comer, dormir, ducharse, asistir o no a una iglesia y todo lo que los hombres que dicen creer en Dios hacen mientras esperan ese tan ansiado día final que, por rara paradoja, ninguno tiene demasiado apuro por que llegue. ¿Será por una simple, natural y biológica forma de supervivencia o por otra razón un poco más triste si se trata de gente religiosa, que es una cierta incredulidad o al menos duda con relación a la existencia de ese cielo al que aspiran a viajar en el día del cierre de su ciclo terrenal?

Creo que, desde esta óptica, un mensaje podría girar alrededor de una idea central: El mayor problema del mundo no es político, económico ni tecnológico; el mayor problema del planeta es que la humanidad ha olvidado quién es Dios, quién es el hombre y para qué fue creado. A partir de allí, podríamos desarrollar varios ejes de conceptos. El Reino de Dios trasciende toda estructura política, cultural o humana. No nace para competir con los reinos de este mundo, sino para revelar su verdadera condición y someterlos al juicio de la justicia divina.

Mientras los sistemas humanos buscan perpetuarse mediante el poder, la fuerza o la influencia, el Reino de Dios se establece por medio de la verdad, la santidad, el amor y la soberanía de Cristo. La historia demuestra que todos los imperios, gobiernos e ideologías son temporales; surgen, alcanzan su esplendor y finalmente desaparecen. Sin embargo, el Reino de Dios permanece para siempre, porque su fundamento no descansa en la capacidad del hombre, sino en el gobierno eterno del Señor.

El profeta Daniel anunció esta realidad al declarar que el Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido… y permanecerá para siempre» (Daniel 2:44). Del mismo modo, el autor de Hebreos recuerda que los creyentes han recibido un reino inconmovible (Hebreos 12:28), una herencia que ninguna crisis, cambio político o transformación social puede alterar. Esta perspectiva cambia profundamente la manera en que el discípulo de Cristo interpreta la realidad.

La pregunta fundamental deja de ser quién gobierna las naciones o qué ideología prevalecerá, para convertirse en una cuestión mucho más personal y trascendente: ¿Estoy viviendo bajo el gobierno de Jesucristo? El evangelio no invita simplemente a tomar partido entre proyectos humanos, sino a rendir el corazón al Rey de reyes y permitir que su voluntad transforme cada área de la vida. Por eso Jesús declaró: Mi reino no es de este mundo (Juan 18:36). No significó que su Reino fuera ajeno a la realidad terrenal, sino que su origen, autoridad y propósito proceden de Dios y no de los mecanismos de poder de este siglo.

Quienes pertenecen a este Reino son llamados a ser sal y luz en medio del mundo, reflejando los valores del cielo sin quedar cautivos de las divisiones, rivalidades o esperanzas pasajeras que caracterizan a las sociedades humanas. La verdadera esperanza del creyente nunca descansa en el triunfo de una nación, un partido o una ideología, sino en la victoria definitiva de Jesucristo, cuyo Reino es eterno, justo y perfecto. Vivir bajo su gobierno significa reconocer que Él es el único Rey digno de nuestra obediencia absoluta y que su Reino es la única realidad que permanecerá cuando todo lo demás haya pasado.

La incredulidad de nuestro tiempo rara vez se presenta con el rostro abierto del ateísmo. Con mayor frecuencia se disfraza de religiosidad, mientras desplaza silenciosamente el señorío de Dios del centro de la vida. La Escritura enseña que no basta con reconocer intelectualmente la existencia de Dios; la verdadera fe se manifiesta en una vida sometida a Su voluntad. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19). La diferencia entre una fe viva y una fe estéril no está en la confesión de labios, sino en la obediencia que brota de un corazón rendido al Rey.

Como hijos de Dios y ciudadanos de Su Reino, hemos sido llamados a vivir bajo una autoridad superior a cualquier sistema humano. Cuando el dinero reemplaza nuestra confianza, el corazón revela que ha cambiado de señor. Jesús declaró con absoluta claridad: No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24). La provisión nunca debe ocupar el lugar del Proveedor. Cuando la identidad personal reemplaza la santidad, el hombre deja de preguntarse quién lo creó para concentrarse únicamente en quién desea ser.

Sin embargo, el Reino no gira alrededor de la autoafirmación, sino de la transformación conforme a la imagen de Cristo. Dios sigue diciendo: Sed santos, porque yo soy santo (1 Pedro 1:16). Cuando la opinión pública sustituye la verdad, la voz de la mayoría intenta ocupar el lugar de la voz del Pastor. Pero el Reino no se edifica sobre consensos culturales, sino sobre la Palabra eterna que permanece para siempre Eso es lo que dice Isaías 40:8. La verdad no cambia con las generaciones; es Cristo mismo quien declara: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6).

Asimismo, cuando la emoción reemplaza la obediencia, la experiencia se convierte en el criterio de la espiritualidad. Sin embargo, Jesús afirmó: Si me amáis, guardad mis mandamientos (Juan 14:15). El amor genuino siempre desemboca en obediencia, aun cuando las emociones sean inestables. Finalmente, cuando la política reemplaza la esperanza, el corazón deposita en gobiernos temporales lo que solo pertenece al Reino eterno. Nuestra ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20), y nuestro Rey jamás será removido de Su trono (Hebreos 12:28).

La incredulidad sofisticada no siempre niega a Dios; muchas veces simplemente lo relega. Lo menciona, lo tiene en cuenta, hace como que lo respeta, pero te pone hasta lo más ridículo por delante de su presencia. Pero los hijos del Reino han sido llamados a vivir de tal manera que Cristo ocupe nuevamente el primer lugar en todo (Colosenses 1:18). Allí donde Él reina plenamente, toda forma de idolatría pierde su poder, porque la verdadera fe no solo reconoce a Dios: se somete con gozo a Su gobierno absoluto.

Vivimos en una generación donde el miedo se ha convertido en uno de los instrumentos más eficaces para gobernar el corazón humano. No es casualidad que gran parte de las noticias destaquen la violencia, las crisis, las enfermedades, los conflictos y la incertidumbre. El temor mantiene cautiva la atención de las personas porque el ser humano, separado de Dios, busca desesperadamente controlar aquello que no puede dominar. Del mismo modo, las redes sociales han aprendido a alimentar la indignación permanente, pues las emociones intensas generan mayor participación que la serenidad y la verdad.

Mientras tanto, los sistemas políticos prometen una seguridad que jamás pueden garantizar plenamente, porque toda estructura humana es limitada, temporal y vulnerable. Sin embargo, los hijos de Dios pertenecen a un Reino cuyo fundamento no descansa sobre circunstancias cambiantes, sino sobre el gobierno eterno e inmutable del Señor. La Escritura revela que el miedo ha acompañado a la humanidad desde la caída.

La primera reacción de Adán después de pecar fue esconderse y decir: Tuve miedo (Génesis 3:10). Desde entonces, el temor ha sido una consecuencia de una humanidad desconectada de la presencia de Dios. Pero el evangelio no solamente ofrece perdón para el pecado; también restaura la relación con el Padre y libera al creyente del dominio del temor. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7).

Esto no significa que los ciudadanos del Reino vivan desconectados de la realidad o practiquen un optimismo ingenuo. Jesús nunca enseñó a negar la existencia de tribulaciones. Por el contrario, afirmó claramente: En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo (Juan 16:33). La diferencia no está en la ausencia de dificultades, sino en la presencia del Rey en medio de ellas. La fe no consiste en cerrar los ojos ante las tormentas, sino en mantenerlos puestos sobre Aquel que tiene autoridad sobre el viento y el mar.

El mundo interpreta la realidad únicamente a través de lo visible. La economía determina el futuro; los gobiernos determinan la esperanza; las estadísticas determinan la paz. Pero el Reino de Dios enseña que existe una realidad superior que sostiene y gobierna la visible. El autor de Hebreos declara que la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). La fe no inventa una realidad distinta; discierne la realidad eterna que muchas veces permanece oculta para los sentidos naturales.

Cuando Eliseo fue rodeado por un ejército enemigo, su siervo solamente podía ver caballos y carros preparados para destruirlos. Sin embargo, el profeta oró para que Dios abriera sus ojos espirituales, y entonces contempló el monte lleno de carros y caballos de fuego alrededor de ellos (2 Reyes 6:15-17). La realidad visible era cierta, pero no era toda la realidad. Había un gobierno celestial actuando silenciosamente sobre los acontecimientos de la tierra. Así viven los hijos del Reino.

No ignoran las noticias, pero tampoco permiten que ellas definan su paz. No desconocen las crisis económicas, pero saben que Jehová sigue siendo su Pastor y nada les faltará (Salmo 23:1). No desconocen la maldad creciente, pero recuerdan que Cristo está sentado a la diestra del Padre, esperando hasta que todos sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies (Salmo 110:1; Hebreos 10:12-13). Nuestra ciudadanía no depende de fronteras nacionales, ideologías ni sistemas humanos.

Pablo afirma: Nuestra ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20). Esto significa que nuestra manera de pensar, reaccionar y esperar debe reflejar la cultura del Reino al que pertenecemos. Mientras el mundo responde con ansiedad, los hijos de Dios responden con confianza. Mientras muchos son gobernados por la incertidumbre, nosotros somos guiados por la fidelidad inmutable del Padre. Mientras otros buscan desesperadamente garantías humanas, nosotros descansamos en las promesas del Dios que no puede mentir (Tito 1:2).

La paz del Reino no nace de circunstancias favorables, sino del conocimiento de quién gobierna todas las cosas. Cristo continúa siendo el Señor de la historia. Ningún acontecimiento escapa a Su autoridad; ningún poder humano puede frustrar Sus propósitos; ninguna oscuridad puede apagar la luz de Su Reino. Por eso, el creyente no vive dominado por el miedo, sino por la certeza de que el Señor reina  (Salmo 97:1). Esa convicción transforma la manera de caminar en medio de un mundo convulsionado.

No porque la realidad visible haya desaparecido, de hecho todos los días tenemos sobradas pruebas de que no ha sido así, sino porque sabemos que sobre toda realidad visible permanece el trono inconmovible del Rey de reyes, cuyo Reino jamás será destruido y cuya voluntad finalmente prevalecerá para siempre. Yo sé que esto no es sencillo de ver, mucho menos de aceptar como verdad suprema y ni te cuento de la complicada rutina que implica decidirse a creerlo y ponerlo por obra en cada vida.

Hay una realidad visible que, lo creas o no, marca las vidas, incluida la tuya: La verdadera batalla es espiritual. La afirmación de que la verdadera batalla es espiritual no minimiza la realidad del sufrimiento humano ni desconoce la existencia de estructuras injustas, conflictos sociales o sistemas corrompidos. Más bien, nos conduce al diagnóstico que Dios mismo hace de la condición del hombre. La Escritura revela que la raíz del problema no es simplemente externa, sino interna: el corazón apartado de Dios.

Jesús declaró que del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las mentiras y toda clase de maldad (Mateo 15:19). Por eso, toda transformación que ignore esta realidad será necesariamente superficial. Como hijos de Dios y ciudadanos de su Reino, comprendemos que nuestra lucha no tiene como enemigo principal a personas, ideologías o instituciones, sino al reino de las tinieblas que opera mediante el engaño, el pecado y la rebelión contra el gobierno de Cristo.

Pablo afirma con absoluta claridad: No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este siglo y huestes espirituales de maldad (Efesios 6:12). Esta declaración no admite interpretaciones reduccionistas; establece el verdadero escenario donde se libra el conflicto decisivo. Cuando la Iglesia pierde esta perspectiva, inevitablemente adopta las estrategias del mundo. Responde al odio con más odio, al orgullo con orgullo y al poder con poder.

Sin embargo, el Reino de Dios nunca avanza mediante la manipulación, la violencia o la imposición, sino por la verdad del Evangelio, el poder del Espíritu Santo y la obediencia al Rey. Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas (2 Corintios 10:4), porque apuntan a derribar argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios. Cristo venció en una cruz, no porque la cruz fuera un símbolo de derrota, sino porque allí desarmó a los principados y potestades, triunfando sobre ellos públicamente (Colosenses 2:15).

Esa victoria define también la identidad y la misión de la Iglesia. No somos llamados a conquistar mediante la fuerza, sino a manifestar el señorío de Cristo viviendo en santidad, proclamando la verdad y amando incluso a nuestros enemigos. Por ello, una Iglesia consciente de su identidad como pueblo del Reino discierne la dimensión espiritual de toda batalla sin perder la compasión por las personas. En lugar de combatir hombres, busca rescatar vidas; en lugar de alimentar divisiones, anuncia la reconciliación con Dios por medio de Jesucristo. Solo así permanece fiel a su Rey y participa de la victoria que Él ya obtuvo para la gloria del Padre.

Uno de los mayores desafíos de la Iglesia contemporánea no es la oposición del mundo, sino el olvido de su propia identidad. Cuando los hijos de Dios comienzan a definirse principalmente por su nacionalidad, su ideología política, su cultura o cualquier otra identidad terrenal, inevitablemente desplazan el centro de su ciudadanía espiritual. El Nuevo Testamento establece un orden completamente diferente: antes que miembros de una nación, somos ciudadanos del Reino de Dios; antes que representantes de una cultura, somos representantes del Rey de reyes.

El apóstol Pablo declara que nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo (Filipenses 3:20). Esta no es una realidad futura únicamente, sino una identidad presente. Los creyentes vivimos en la tierra, pero pertenecemos al Reino eterno de Dios. Nuestra lealtad suprema no descansa en gobiernos humanos, proyectos ideológicos o intereses nacionales, sino en el reinado absoluto de Jesucristo, quien afirmó: Toda autoridad me es dada en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18).

La Iglesia no fue establecida para defender los intereses de un sistema político ni para convertirse en portavoz de una agenda cultural. Fue establecida como la manifestación visible del Reino de Dios en medio de un mundo caído. Por eso Pedro describe a los creyentes como linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios (1 Pedro 2:9). Obsérvese el lenguaje: Dios constituye un nuevo pueblo cuya identidad trasciende toda frontera, etnia o bandera.

La unidad del Reino supera cualquier identidad terrenal sin negar el legítimo valor de las naciones creadas por Dios. Asimismo, Pablo afirma que somos embajadores en nombre de Cristo (2 Corintios 5:20). Un embajador no representa sus opiniones personales ni los intereses del país donde reside; representa exclusivamente la voluntad del reino que lo envió. De la misma manera, la Iglesia no está llamada a hablar según las narrativas cambiantes del mundo, sino conforme a la Palabra inmutable de Dios.

Nuestra misión no consiste en ganar las discusiones de la cultura, sino en anunciar el ministerio de la reconciliación para que los hombres vuelvan al Padre mediante Jesucristo. Cuando esta identidad gobierna nuestro corazón, también transforma nuestra forma de participar en la sociedad. Servimos con humildad porque seguimos al Rey que lavó los pies de sus discípulos. Hablamos con verdad y gracia porque reflejamos el carácter de Aquel que es lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14).

Amamos incluso a quienes piensan diferente porque nuestro Rey nos ordenó amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen (Mateo 5:44). Nuestra conducta deja de estar determinada por la polarización del mundo para ser moldeada por el Espíritu Santo. Recuperar la identidad de embajada del Reino significa recordar que la Iglesia no existe para preservar su influencia, sino para manifestar el gobierno de Cristo.

Donde la Iglesia vive como Reino, el mundo contempla una comunidad cuya esperanza no depende de los cambios políticos, económicos o culturales, sino del Rey que reina para siempre. Esa certeza produce una vida marcada por la fidelidad, la santidad y el amor sacrificial, porque sabemos que representamos aquí y ahora al único Reino inconmovible (Hebreos 12:28). Desde esa identidad servimos a nuestras naciones con responsabilidad y gratitud, pero sin olvidar jamás que nuestra obediencia última pertenece únicamente a Jesucristo, Señor de toda la creación y Rey eterno de su pueblo.

Es decir que la esperanza cristiana no es que el mundo mejore, sino que Cristo reina. Esa diferencia cambia el tono de cualquier forma de predicación y la convierte en algo que puedes probar y comprobar ni bien sales a la calle donde quiera que vivas. No se trata de anunciar catástrofes para producir temor. Tampoco de prometer un progreso inevitable. Se trata de anunciar que el Rey ya vino, está gobernando y volverá para consumar su Reino. Esa esperanza libera tanto del triunfalismo como de la desesperación.

Una de las ilusiones más profundas del ser humano caído consiste en creer que la causa principal del mal siempre se encuentra fuera de sí mismo. Desde el principio de la historia bíblica, después de la caída, el hombre respondió al pecado trasladando la responsabilidad hacia otro. Adán señaló a Eva; Eva señaló a la serpiente (Génesis 3:12-13). Desde entonces, la humanidad ha perfeccionado el arte de culpar al prójimo, a la sociedad, a la cultura, a los gobiernos o a cualquier circunstancia antes que reconocer la verdadera condición de su propio corazón.

Sin embargo, el diagnóstico de Dios permanece inalterable a lo largo de toda la Escritura. El problema fundamental de la humanidad no es político, económico, cultural o social, aunque el pecado inevitablemente corrompe todas esas esferas. La raíz del conflicto reside en un corazón separado de Dios. El profeta Jeremías declara que engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso (Jeremías 17:9), y el Señor Jesús confirma esta verdad al enseñar que del interior del hombre proceden los malos pensamientos, la violencia, la inmoralidad, la mentira y toda forma de maldad (Marcos 7:20-23).

La corrupción visible en el mundo no es sino la manifestación externa de una rebelión espiritual mucho más profunda. Por eso el evangelio comienza derribando toda pretensión de superioridad moral. Pablo afirma: Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). No existe una categoría humana que pueda presentarse justa delante del Señor por sus méritos. Ricos y pobres, gobernantes y ciudadanos, religiosos y secularizados, jóvenes y ancianos, todos comparecen bajo el mismo veredicto divino.

La cruz elimina cualquier privilegio humano y coloca a toda persona en absoluta necesidad de la gracia de Dios. Pero el evangelio no se limita a revelar nuestra condición; también anuncia la única esperanza. A todos los hombres Dios les manda que se arrepientan (Hechos 17:30), porque en Jesucristo ha provisto reconciliación, perdón y una nueva creación. El arrepentimiento no es simplemente abandonar ciertos comportamientos; es renunciar al gobierno del yo para someternos al señorío de Cristo.

Allí comienza la verdadera transformación que ningún proyecto humano puede producir. Como hijos de Dios y ciudadanos de su Reino, esta verdad redefine nuestra manera de mirar a los demás. Dejamos de clasificar a las personas según categorías sociales o ideológicas para reconocer que todos necesitan la misma gracia que nosotros hemos recibido. Esto destruye el orgullo espiritual, alimenta la compasión y nos libra de la arrogancia de pensar que unos grupos merecen más misericordia que otros.

La Iglesia, entonces, no anuncia culpables humanos para señalar, sino un Salvador para proclamar. Sabemos que la única respuesta definitiva al pecado no es la victoria de un sector sobre otro, sino el triunfo de Cristo sobre el pecado mediante su muerte y resurrección. Solo cuando el corazón es reconciliado con Dios puede comenzar una reconciliación verdadera con el prójimo. Esa es la esperanza del Reino: hombres y mujeres transformados por la gracia, viviendo bajo el gobierno del Rey y reflejando su justicia, su misericordia y su paz en medio de un mundo que aún busca la solución en el lugar equivocado.

Al final, la pregunta decisiva no será qué opinión sostuvimos sobre los acontecimientos de nuestro tiempo, ni de qué lado de la historia creímos estar, sino bajo qué rey decidimos vivir. Porque toda generación ha tenido sus guerras, sus imperios, sus crisis y sus engaños; todos pasaron o pasarán. Pero el Reino de Dios permanece inconmovible. La verdadera tragedia de nuestro tiempo no es el avance de la maldad, sino la pasividad de quienes dicen conocer la Verdad y, sin embargo, continúan viviendo como si Cristo ocupara un lugar secundario en sus decisiones, sus afectos y sus prioridades.

Este mensaje no pretende condenar a nadie, sino despertar a todos. No invita a temer el futuro, sino a volver al único Señor que ya lo gobierna. No busca ganar una discusión, sino llamar al arrepentimiento que conduce a la vida. Porque el Evangelio jamás fue una propuesta para mejorar la conducta de hombres religiosos, sino el anuncio de un Rey que exige una rendición total para conceder una vida completamente nueva.

Todavía hay tiempo para abandonar los ídolos que prometen seguridad y abrazar al único Reino que jamás será sacudido. La decisión sigue siendo personal. Cristo no comparte su trono con nadie. Quien lo reconoce verdaderamente como Rey no solo cambia de creencias: cambia de gobierno, de identidad, de esperanza y de destino. Y esa transformación es la evidencia más irrefutable de que el Reino de Dios ya está entre nosotros.

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julio 12, 2026 Néstor Martínez