13 – Comunión

2 Corintios 6: 14 = No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? Comunión, común unión o unión en común. Imposible entre la luz y la tiniebla, entre el cielo y el infierno. La NTV lo dice así al mismo texto: No se asocien íntimamente con los que son incrédulos. ¿Cómo puede la justicia asociarse con la maldad? ¿Cómo puede la luz vivir con las tinieblas? Le cambia la palabra comunión por la de asociación, pero el efecto es el mismo.

La palabra comunión suele sonar solemne, casi reservada a templos, rituales o momentos especiales. Sin embargo, cuando uno se acerca a su raíz más profunda —no desde una etiqueta religiosa sino desde la experiencia viva del Evangelio del Reino de Dios— descubre que comunión es, en esencia, una forma de existir. No es un evento, es un estado; no es un acto aislado, es una manera de vincularse con Dios, con los demás y con uno mismo.

Si tuviéramos que traducirla a lo cotidiano, comunión sería algo así como “vivir en conexión verdadera”. Y eso, lejos de ser abstracto, es profundamente práctico. 

Desde una mirada bíblica, la comunión no aparece como una obligación sino como una consecuencia natural de una vida alineada con Dios. En los relatos del Evangelio, la comunión ocurre alrededor de una mesa, en una caminata, en una conversación inesperada, en el gesto de compartir pan o en el acto de escuchar sin juzgar. Es decir, en lo humano. Porque la propuesta del Reino no viene a deshumanizar, sino a restaurar lo humano en su mejor versión.

Ahora bien, si miramos nuestro contexto social —y no hace falta ir muy lejos— encontramos que la desconexión es casi una epidemia silenciosa. Estamos hipercomunicados, pero poco conectados. Sabemos lo que alguien publica, pero no lo que siente. Reaccionamos con emojis o likes, pero evitamos conversaciones incómodas. Y en ese escenario, la comunión parece una palabra antigua… cuando en realidad es más urgente que nunca.

La comunión bíblica no es uniformidad. No implica pensar todos igual ni anular las diferencias. De hecho, sería bastante aburrido si así fuera. La riqueza de la comunión está justamente en la diversidad reconciliada. Personas distintas, historias distintas, ideas distintas… que encuentran un punto de encuentro en algo mayor que sus diferencias: el amor de Dios manifestado en la vida diaria.

Y acá aparece un punto clave: la comunión no se fuerza. Se cultiva. No se trata de “llevarse bien con todos” como una meta ingenua o artificial. Se trata de aprender a convivir desde la verdad, la gracia y la humildad. Y eso, siendo honestos, a veces cuesta. Porque implica ceder, escuchar, perdonar, pedir perdón… cosas que nuestro ego no siempre tiene ganas de hacer. Pero ahí es donde la enseñanza del Evangelio se vuelve concreta. No es teoría elevada, es práctica cotidiana. Por ejemplo:

  • Comunión es elegir no responder con ironía cuando podrías hacerlo.
  • Es dar lugar a la otra persona, aunque estés convencido de que tenés razón.
  • Es compartir lo que tienes sin calcular demasiado.
  • Es aprender a decir “me equivoqué” sin que se caiga el mundo.
  • Es alegrarte genuinamente por el bien del otro, incluso cuando tú estás esperando algo que no llega.

Suena simple, pero no es fácil. Y justamente por eso es transformador. Hay una imagen muy interesante en los textos bíblicos: la del cuerpo. Se habla de las personas como partes de un mismo cuerpo, donde cada miembro tiene su función. Nadie sobra, nadie es inútil, nadie lo hace todo solo. Esta metáfora, más allá de lo espiritual, tiene una fuerza social enorme. Porque rompe con dos extremos muy presentes hoy: el individualismo absoluto (“no necesito a nadie”) y la dependencia tóxica (“sin tí no soy nada”).

La comunión propone algo más sano: interdependencia. Es decir, reconocernos necesitados unos de otros, pero sin perder identidad. Y esto tiene implicancias prácticas en todos los ámbitos: familia, trabajo, amistades, comunidad. Una casa con comunión no es una casa sin conflictos; es una casa donde los conflictos no rompen el vínculo. Un equipo con comunión no es un equipo perfecto; es uno donde hay confianza para corregirse sin destruirse. Una amistad con comunión no es la que evita temas difíciles; es la que los puede atravesar sin romperse. 

Ahora, siendo sinceros, ¿Por qué cuesta tanto vivir en comunión? Porque implica morir a ciertas cosas internas: orgullo, autosuficiencia, necesidad de control, miedo al rechazo. Y eso no se resuelve con frases lindas, sino con un proceso real. El Evangelio del Reino no promete una vida sin tensiones, pero sí ofrece una transformación desde adentro que cambia la manera de atravesarlas. Hay algo profundamente revolucionario en esto: la comunión no depende de que todo esté bien afuera, sino de lo que se cultiva adentro. Es una decisión sostenida más que una emoción pasajera.

Y acá es donde entra el sentido del humor, que no es un detalle menor. A veces nos tomamos tan en serio a nosotros mismos que rompemos vínculos por cosas que, vistas con un poco de perspectiva, no eran tan graves. Aprender a reírse —sin burlarse, sino con liviandad— también es una forma de comunión. Descomprime, acerca, humaniza. Porque sí, se puede hablar profundamente sin volverse densos. Se puede ser firme en la fe sin ser rígido en el trato. Se puede vivir el Evangelio sin convertirlo en un discurso pesado. De hecho, cuando se vuelve pesado, probablemente algo se desvió. 

La comunión genuina tiene una característica muy clara: da vida. No agota, no oprime, no manipula. Es un espacio donde uno puede ser, crecer, equivocarse y volver a intentar. Ahora bien, llevar esto a la práctica requiere intención. No sucede por inercia. Algunos recursos concretos que pueden ayudar:

Primero, practicar la escucha activa. No escuchar para responder, sino para entender. Parece básico, pero cambia completamente la dinámica de cualquier conversación.

Segundo, generar espacios reales de encuentro. No todo puede pasar por una pantalla. Compartir una comida, una caminata, un momento sin distracciones digitales favorece la comunión de una manera que lo virtual no logra reemplazar.

Tercero, revisar nuestras reacciones. Muchas veces respondemos desde heridas, cansancio o prejuicios. Tomarse un segundo antes de reaccionar puede evitar conflictos innecesarios.

Cuarto, cultivar la gratitud. Agradecer lo que otros aportan, aunque sea pequeño, fortalece el vínculo. Nadie se cansa de sentirse valorado.

Quinto, sostener la coherencia. No se puede hablar de comunión y vivir en constante conflicto con todos. La credibilidad se construye con acciones.

Sexto, —quizás el más desafiante—, aprender a perdonar. No como un acto emocional inmediato, sino como una decisión progresiva. Perdonar no niega el dolor, pero evita que ese dolor gobierne nuestras relaciones.  

Desde una mirada ideológica objetiva, la comunión también cuestiona ciertos modelos actuales. Por ejemplo, la lógica de “usar y descartar” aplicada a las relaciones. O la idea de que todo vínculo debe ser funcional a mi bienestar inmediato. La comunión propone algo más profundo: relaciones con sentido, no solo con utilidad. Esto no significa tolerar lo dañino ni justificar lo injusto. La comunión no es ingenua. Tiene límites, tiene criterio, tiene discernimiento. Pero no se construye desde la sospecha permanente, sino desde la apertura responsable.

Y acá volvemos al núcleo del Evangelio: Dios no se relaciona con la humanidad desde la distancia, sino desde la cercanía. No envía solo ideas, se hace presente en lo humano. Eso redefine completamente el concepto de comunión. Ya no es el hombre tratando de llegar a Dios por mérito, sino Dios acercándose al hombre para restaurar el vínculo. Cuando esa realidad se internaliza, cambia la manera de vivir. La comunión deja de ser un mandato externo y se convierte en una respuesta natural.

En lo cotidiano, eso se ve en cosas simples: en cómo tratamos al que piensa distinto, en cómo manejamos un desacuerdo, en cómo usamos nuestras palabras, en cómo administramos nuestro tiempo y nuestras prioridades. Porque al final del día, la comunión no se mide en discursos sino en gestos. Y sí, también tiene momentos incómodos. Porque no todo es armonía constante. Pero incluso en la tensión, la comunión busca construir, no destruir.

Hay una frase que podría resumir todo esto de manera sencilla: “no se trata de estar siempre de acuerdo, sino de permanecer conectados”. Esa conexión, cuando está basada en el amor de Dios, tiene una profundidad que no depende de las circunstancias. En un mundo donde muchas cosas son descartables, la comunión es un acto casi contracultural. Es elegir permanecer, construir, sostener. No por obligación, sino por convicción. Y eso, lejos de ser una carga, es una de las experiencias más humanas y más divinas al mismo tiempo.

Porque cuando la comunión es real, algo del Reino de Dios se hace visible. No como una idea lejana, sino como una realidad concreta, vivida, imperfecta pero genuina. Y tal vez ahí está el mayor desafío —y también la mayor belleza—: hacer de lo cotidiano un espacio donde lo espiritual no sea un discurso, sino una presencia viva. Donde compartir un mate, un café, una charla, una ayuda inesperada o un silencio acompañado también sean formas de expresar el Evangelio. Donde la comunión deje de ser una palabra “importante” y pase a ser una práctica diaria. Simple, profunda… y transformadora.

Leer Más

12 – Esperar

 

 

1 Tesalonicenses 1: 9-10 = Porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera. En más o menos líneas, creo que es la historia personal de cada uno de nosotros. NTV: Pues no dejan de hablar de la maravillosa bienvenida que ustedes nos dieron y de cómo se apartaron de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero. También comentan cómo ustedes esperan con ansias la venida, desde el cielo, del Hijo de Dios, Jesús, a quien Dios levantó de los muertos. Él es quien nos rescató de los horrores del juicio venidero.

Esperar es una de las palabras más desafiantes del lenguaje humano. No por su complejidad gramatical, sino por su peso existencial. Esperar incomoda, descoloca, cuestiona. En una cultura que premia la inmediatez, que idolatra la velocidad y que mide el valor en términos de resultados visibles, esperar parece una pérdida de tiempo. Sin embargo, desde una mirada espiritual profunda, esperar no es pasividad: es una forma activa de fe, una postura interior que transforma tanto el proceso como a la persona.

La espera, bien entendida, no es un vacío entre dos momentos, sino un terreno fértil donde algo se gesta. En términos bíblicos, esperar implica confianza. No una confianza ingenua o evasiva, sino una decisión consciente de sostenerse en una promesa aun cuando la evidencia externa no acompañe. Es interesante observar que la Escritura no romantiza la espera: la muestra con toda su tensión. Hay ansiedad, hay preguntas, hay silencios que duelen. Pero también hay una certeza que atraviesa todo: Dios no actúa fuera del tiempo, sino dentro de él, y muchas veces su obra más profunda ocurre precisamente en los intervalos.

Desde una perspectiva social, la dificultad para esperar tiene consecuencias concretas. La impaciencia colectiva genera relaciones frágiles, decisiones apresuradas y expectativas irreales. Queremos respuestas inmediatas, soluciones instantáneas, vínculos sin proceso. Y cuando eso no sucede, aparece la frustración. En este contexto, la espera se vuelve contracultural. Practicarla no solo es un acto espiritual, sino también un gesto de resistencia frente a un sistema que nos entrena para lo efímero.

Ahora bien, esperar no significa quedarse de brazos cruzados. Aquí es donde muchas veces se produce el malentendido. La espera bíblica es activa. Implica prepararse, madurar, ordenar lo interno. Es como el agricultor que, después de sembrar, no puede acelerar el crecimiento de la semilla, pero sí puede cuidar el suelo, regar, proteger el proceso. Hay una parte que no depende de él, pero hay otra que sí. En ese equilibrio se mueve la vida espiritual. 

Un punto clave es distinguir entre esperar y resignarse. Resignarse es rendirse sin esperanza. Esperar, en cambio, es sostener una expectativa con fundamento. Es decir: no espero “porque sí”, sino porque confío en el carácter de Aquel en quien espero. Esto le da a la espera una dimensión relacional. No es simplemente aguantar el paso del tiempo, sino permanecer en vínculo.

En la vida cotidiana, esto se traduce en situaciones muy concretas. Esperar un trabajo, una respuesta, una sanidad, una reconciliación. Y en cada uno de esos escenarios, la pregunta no es solo “¿Cuándo va a pasar?”, sino “¿Qué está pasando en mí mientras tanto?”. Porque la espera también revela. Saca a la luz nuestras motivaciones, nuestros miedos, nuestras prioridades. Nos enfrenta con nosotros mismos.

Hay algo profundamente humano en querer controlar los tiempos. Nos da seguridad. Pero la espera nos enseña a soltar ese control, no como un acto de derrota, sino como un ejercicio de confianza. Y esto no es fácil. De hecho, muchas veces es incómodo, incluso doloroso. Pero también es liberador. Porque cuando dejamos de forzar los procesos, empezamos a ver con más claridad. 

Un recurso práctico para transitar la espera es aprender a habitar el presente. Parece obvio, pero no lo es. Muchas veces vivimos proyectados hacia el futuro, como si la vida real estuviera siempre un poco más adelante. Esperar, entonces, se vuelve una carga. Pero si entendemos que el presente también es parte del propósito, la espera cambia de sentido. Ya no es un “mientras tanto” sin valor, sino un espacio significativo.

Otro recurso es el cultivo de la gratitud. No como una negación de lo que falta, sino como un reconocimiento de lo que sí hay. La gratitud no elimina el deseo, pero lo ordena. Nos permite ver que, aun en la espera, hay vida, hay provisión, hay señales de cuidado. Esto no es un optimismo superficial, sino una mirada más amplia.

El humor también tiene su lugar. Sí, incluso en la espera. Porque reírnos —con respeto y sin cinismo— nos ayuda a descomprimir la tensión. A veces nos tomamos tan en serio nuestros tiempos que olvidamos que no somos los únicos actores en la historia. Un toque de humor sano puede recordarnos eso. No para minimizar lo que sentimos, sino para darle aire. 

Desde una mirada más profunda, la espera también tiene una dimensión formativa. Nos enseña paciencia, pero no como una virtud abstracta, sino como una práctica concreta. Y la paciencia no es simplemente “saber esperar”, sino saber cómo esperar. Con qué actitud, con qué enfoque, con qué disposición interna.  

En este sentido, el evangelio del Reino de Dios presenta una lógica distinta. No niega la realidad, pero la reinterpreta. Propone una forma de vivir donde el valor no está solo en el resultado, sino en el proceso. Donde lo invisible tiene peso. Donde lo pequeño cuenta. Y donde la espera no es un obstáculo, sino parte del camino.

Esto no significa que todo sea fácil o que no haya momentos de duda. Los hay. Y son legítimos. La fe no es ausencia de preguntas, sino la decisión de no soltar la confianza en medio de ellas. A veces, esperar implica simplemente eso: no abandonar.

Un aspecto interesante es cómo la espera redefine nuestras expectativas. Muchas veces esperamos algo específico, en un formato determinado, en un tiempo concreto. Y cuando eso no sucede, sentimos que todo falló. Pero en el camino descubrimos que la respuesta puede venir de otra manera. No siempre como lo imaginamos, pero sí como lo necesitamos.

Aquí aparece otro aprendizaje: la flexibilidad. No en el sentido de renunciar a lo esencial, sino de estar abiertos a que las formas cambien. La espera nos entrena en eso. Nos saca de la rigidez y nos invita a confiar más allá de nuestros esquemas.

En términos sociales, recuperar el valor de la espera podría transformar muchas dinámicas. Desde la educación hasta la política, pasando por las relaciones personales. Implicaría priorizar procesos por sobre resultados inmediatos, profundidad por sobre apariencia, consistencia por sobre velocidad. No es una propuesta ingenua, sino una invitación a repensar nuestras prioridades.

Ahora bien, todo esto puede sonar bien en teoría, pero en la práctica cuesta. Por eso es importante tener herramientas concretas. Algunas simples, pero efectivas:

Primero, establecer tiempos de pausa intencional. No esperar solo porque no queda otra, sino generar espacios donde la espera sea elegida. Esto puede ser a través de momentos de silencio, reflexión o simplemente desconexión del ruido constante.

Segundo, escribir. Poner en palabras lo que se está viviendo en la espera ayuda a ordenar pensamientos y emociones. A veces, lo que parece un caos interno encuentra claridad cuando se expresa.

Tercero, compartir. La espera en soledad puede volverse más pesada. Hablar con otros, escuchar experiencias, recibir perspectiva, puede aliviar y enriquecer el proceso.

Cuarto, recordar. Volver sobre experiencias pasadas donde la espera tuvo sentido. Esto no es nostalgia, sino memoria activa. Nos recuerda que no todo depende del momento actual.

Y quinto, actuar en lo posible. Porque siempre hay algo que sí se puede hacer. Tal vez no sea resolver todo, pero sí dar pasos concretos. La espera no anula la acción, la orienta.

En definitiva, esperar es una escuela. No siempre elegida, pero siempre significativa. Y en esa escuela, lo que se forma no es solo la capacidad de resistir, sino la de confiar. No una confianza abstracta, sino encarnada, cotidiana, real.

La palabra se hace vida cuando se traduce en decisiones concretas. Esperar con fe no es repetir frases, sino sostener una actitud. Es levantarse cada día con la misma convicción, aunque las circunstancias no hayan cambiado. Es seguir sembrando, aunque no se vea el fruto. Es cuidar lo que se tiene, mientras se cree por lo que viene.

Y en ese proceso, algo cambia. Tal vez no inmediatamente afuera, pero sí adentro. Y ese cambio interno, con el tiempo, también impacta lo externo. Porque la vida espiritual no está desconectada de la realidad: la atraviesa, la transforma, la resignifica.

Esperar, entonces, deja de ser una carga para convertirse en un camino. Un camino donde la fe se vuelve concreta, donde la esperanza se ejercita y donde el amor —sí, también el amor— aprende a sostenerse en el tiempo.

Porque al final, esperar no es perder tiempo. Es invertirlo en algo más profundo. Es confiar en que hay un sentido, aun cuando no sea evidente. Es elegir creer que la historia no está librada al azar, sino sostenida por una intención que, aunque a veces no entendamos, siempre apunta a la vida. Y eso, en tiempos de apuro, ya es una buena noticia.

Leer Más

La Reputación del Rey

Una vez más, y tal como lo vengo haciendo desde un largo tiempo, quiero comenzar todo esto hablando de nuestro mundo, hoy. Lo primero que podemos ver, si somos observadores y no nos han comido el cerebro con promociones ideológicas o políticas, es que todo está fracasando. Los distintos líderes están fracasando. Las ideologías están fracasando. Las filosofías están fracasando. Los diferentes estados están fallando. Las distintas metodologías de la economía están fracasando. Los sistemas bancarios están fallando. Los sistemas educativos están fallando. Los sistemas religiosos están fallando. El mundo entero parecería estar fracasando.

Y Dios tiene la contestación para el fracaso. Si eres un creyente sólido y maduro, ese fracaso del mundo entero tiene que emocionarte. ¿Por qué? Porque cuando los sistemas de este mundo fallan, el sistema de Dios emerge. Aquí está nuestra convicción. Yo creo que los fracasos de este mundo, son la estrategia de Dios para exponer nuestra debilidad. Yo creo que Dios nos está aduciendo hacia Él. Él está aduciendo a la Tierra para que dependa de Él, de nuevo. Y toda la humanidad está buscando por un nuevo país. Porque nuestros países no están funcionando.

Yo creo que el mundo entero está bajo una enorme confusión y la gente que habita esos países busca desesperadamente soluciones a sus problemas. Por eso es que, en una gran proporción, vemos a gente que deja sus países para irse a probar fortuna en otros que les parecen más convenientes. Esto es muy importante porque lo queramos o no, hoy es un tema de fondo: la gente está migrando. Están buscando una vida mejor. Buscando un mejor futuro para sus hijos. Muchos están abandonando el lugar en donde nacieron, para ir a nuevos países. Para encontrar allí, en ellos, una nueva vida. ¿Por qué?

Todos estamos buscando por un nuevo país, ¿Sabes por qué? Porque en la mayoría de los casos, hemos perdido el nuestro. Cuando desobedecimos a Dios, perdimos por completo a nuestro país. Y desde que el hombre cayó, hemos estado buscando por ese país. Estamos buscando un mundo que trabaje, que funcione. Y aquí encontramos algo muy importante. La contestación de Dios para la Tierra, es un mundo nuevo. Aquí está la respuesta de Dios para los problemas de la Tierra. Se encuentra en Juan 3:16. Es una escritura muy conocida y quiero que hoy la leas conmigo.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo. Repítelo una vez más y escúchate a ti mismo. Porque de tal manera amó Dios al mundo. Fíjate que ninguna Biblia te dice que porque de tal manera amó Dios la tierra. De tal manera amó Dios al mundo, que envió a su único Hijo. Ahora mira el verso siguiente, el 17. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. Sería oportuno que, con lo que tengas a mano, subrayes la palabra Mundo donde quiera que la estés viendo.

El enfoque de Dios, no es la tierra. El enfoque, es el mundo. El mundo no es la tierra. Durante mucho tiempo hemos estado asumiendo que el mundo es la tierra. Son diferentes. En el lenguaje original en hebreo, hay dos palabras diferentes en la Biblia. Para la tierra y el mundo. Dios no envió a su Hijo al mundo, para condenar al mundo, sino para que el mundo, por Él, fuese salvo. Jesús vino a salvar al mundo, porque Dios amó al mundo. No la tierra. Dios no tiene problemas con la tierra. No hay nada en la tierra. La tierra está gimiendo. La tierra está llorando. ¿Por qué? Porque el mundo en la tierra, es el mundo incorrecto. La tierra sabe cómo se supone que el mundo se vea correctamente.

Así que la tierra está llorando, gimiendo. Esto es muy importante. La palabra Tierra, significa el planeta físico. Y en la Biblia, esa es la palabra que se usa. Tierra, el polvo, la tierra. Eso es tierra. Pero mundo es diferente. Esta es la palabra para mundo en la Biblia. Kosmos. Esa es la palabra para mundo en la Biblia. Kosmos. Esa es la palabra que Jesús usó. ¿Y qué significa kosmos? Primero, significa sistemas de gobierno. El mundo, sistemas de gobierno. Número dos: poderes de autoridad. Kosmos, poderes de autoridad. Número tres: sistemas de control. La palabra mundo significa sistemas de control.

Sistemas que controlan la tierra. Sistemas que gobiernan. Poderes de autoridad. Por lo tanto, la palabra mundo, envuelve todos los sistemas que controlan la tierra. Mundo. Así que los sistemas de gobierno, el sistema de banca, el sistema de educación, el sistema económico, el sistema legal, el sistema médico, el sistema religioso, todos conforman lo que se llama mundo. Sistemas del mundo que controlan todo lo que ocurre en la tierra. La Biblia dice que de tal manera amó dios al sistema, que envió a su Hijo hacia los sistemas. Y no para condenar al sistema, sino para salvarlo y traerlo bajo su autoridad. Dios quiere gobernar la tierra. No nuestros sistemas, con los sistemas de Dios, no con los terrenales.

Con los sistemas del cielo. Dios quiere que su gobierno, gobierne la tierra. Así que Jesús vino a la tierra para salvarnos de nuestros propios sistemas. Porque nuestros sistemas no están trabajando. Mira nuestros países. La corrupción, la adicción a drogas, el asesinato, divorcios, abusos, incesto, opresión, pobreza, enfermedades, estos son nuestros sistemas. Religión. ¡Ese es el peor! Jesús vino a salvarnos de nuestros propios sistemas. Y Él vino a restaurar los sistemas del cielo hacia la tierra. Fíjate Juan, capítulo 8, verso 12. Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Yo soy la luz del mundo.

No dijo la luz de la tierra, dijo la luz del mundo. El dice: sus sistemas están oscuros. ¿Qué quiere decir, Él, ¿allí? Luz. La palabra luz, en el lenguaje hebreo, significa conocimiento. Significa conocimiento verdadero. Luz. Así que cuando leas tu Biblia de nuevo, ten cuidado como la lees. Porque cuando ves la palabra Luz, no estamos hablando de una bombilla ni de una linterna, estamos hablando acerca de conocimiento. A ver; ¿Qué es lo opuesto de la luz? Tinieblas. Y la palabra para tinieblas, en hebreo, significa ignorancia.

Así que cuando ves la palabra tinieblas, u oscuridad, en la Biblia, no se está hablando acerca de falta de luz, sino de ausencia de conocimiento. Así que Jesús dijo: Yo Soy la Luz de este mundo. Yo soy el conocimiento que a los sistemas le falta. Yo soy el conocimiento para el gobierno. Yo tengo el conocimiento para la educación. Yo tengo el conocimiento para los negocios. Yo tengo el conocimiento para la economía. Yo tengo el conocimiento para los hijos. Yo tengo el conocimiento para el entretenimiento. Y yo quiero tomar todo el mundo.

La Biblia dice que Satanás es el príncipe de las tinieblas. La palabra príncipe, significa gobernante. ¿Qué significa? Jesús dijo: Satanás es el gobernante de las tinieblas. ¿Y qué significa tinieblas? ¡Ignorancia! En otras palabras; Satanás te gobierna, cuando tú eres ignorante. Por eso es que Él no quería que tú hoy estuvieras allí, escuchándome. Por eso es que él siempre atacará a todo lo que lo pone en evidencia. A él no le fastidian doscientos mil cultos cristianos de entretenimiento y discurso, él te va a poner mil obstáculos para que no accedas a nada que te traiga Luz.

Jesús dijo: El mundo estaba en tinieblas, pero ahora ha recibido la gran luz. El mayor enemigo del hombre no es el diablo, es la ignorancia. Porque cuando tienes ignorancia le das poder. Pero cuando recibes conocimiento de revelación, destruyes el control del diablo sobre tu vida. En este momento, si lo aceptas, el va a perder el control de ti, porque vas a recibir la luz sobre tu vida. Busca Juan 8:23, mira lo que dice: Y les dijo: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Es como si les hubiera dicho que ellos eran de este sistema del mundo, mientras que Él no era de ese sistema.

Él les dijo: yo tengo una manera de resolver tus problemas, que tú nunca soñaste. Yo voy a pagar tus cuentas de una manera que tú nunca pensabas que sería posible. Es otro sistema. Voy a sanarte del otro sistema. Voy a bendecirte con este otro sistema. Voy a hacerte libre del otro sistema. ¿Cuántos de ustedes están listos para abandonar este sistema y pasar al de Cristo? ¡Es otro mundo! Jesús dijo: Tú eres la luz de este mundo. Por lo tanto, ve a todos los sistemas. Ve a todo el mundo, dijo. Él no dijo: ve a toda la tierra. Repito: Jesús dijo: ve a todo el mundo, Él no dijo: ve a toda la tierra.

Él dijo: ve a todos los sistemas. Doctores, abogados, maestros, políticos, hombres de negocios, carpinteros, informáticos, especialistas en inteligencia artificial. Ve a todos los sistemas, dijo. Y toma mi luz. Estamos aquí para traer el mundo de los cielos de vuelta a la tierra. Vivo en Argentina. Argentina es un sistema. Su territorio, es la tierra. Nuestro sistema es un lío bárbaro, pero nuestra tierra es excelente.  Así es que, cualquier cosa que Argentina haga, controla su territorio. Así que el país no es la tierra. Es el sistema, o los sistemas. Por eso es que estamos buscando otro país.

Cada ser humano está tratando de encontrar el mundo perfecto. ¿Sabes por qué’ ¡Porque no somos de la tierra! Tú no eres de la tierra. ¡Tú fuiste enviado a la tierra! Ustedes son extranjeros. Y si quieres una mucho más desequilibrante, ¡Extraterrestres! Hace años que las naciones más poderosas gastan millones de dólares buscando extraterrestres, y no se dieron cuenta todavía que ellos mismos son extraterrestres. Está bien, están disculpados porque quizás nadie se los dijo, pero a ti y a mí sí que nos lo dijeron. El asunto, es: ¿Lo creímos? No eres de esta tierra, por eso es que tienes tantos deseos de ir a un lugar que ni siquiera te imaginas o sabes cual o donde es.

Mira; cuando Dios le hizo a Abraham la promesa, en esa promesa no le estaba prometiendo el cielo. Él le prometió una tierra. Un país. Todos los seres humanos están buscando otro país. Deseamos, anhelamos otro país. Quiero léete un verso, ahora, que tiene una connotación especial. Vamos a Hebreos capítulo 11. Ustedes saben que este capítulo ha sido muy abusado. Especialmente por la gente de fe. Concretamente, los denominados movimientos de fe, utilizaban mucho este capítulo. Sin embargo, si lo miras con cuidado, vas a ver que este capítulo no se trata precisamente de la fe, sino más bien de la fidelidad.

Sería muy importante que puedas leerte el capítulo completo. Porque es un capítulo que trata respecto a alguna gente. Se trata de una gente que tiene una creencia. Que sin importar lo que les sucediera, nunca cedieron a su creencia. Vamos a leerlo, el verso 13: Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. O sea que, aunque te suene raro, divertido y hasta irrespetuoso, tranquilamente podemos entender que ellos admitieron que eran extraterrestres.

Ya quedó dicho. Abraham sabía que era un extraterrestre. Josué sabía que era un extraterrestre. Moisés también lo sabía, y también Daniel, que se preocupaba por decir que no era de aquí. No somos de la tierra. ¡Fuimos enviados a la tierra! Se nos dio una asignación consistente en dominar la tierra para nuestro Reino. Mira el verso 14: Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria. Este capítulo se trata de una gente, que todos conocimos muy bien. Y ellos estaban buscando una patria. Ellos no estaban buscando casas, ni ropas, ni zapatos, ni dinero. Eso, en todo caso, es lo que busca el llamado movimiento de la fe.

La pregunta, entonces, es: ¿Qué estás buscando tú? ¡Oh, Dios, ¡bendíceme! ¡Dame un auto, un carro nuevo! ¡Bendíceme! Con una casa, con ropa, con zapatos. Ellos nunca pidieron zapatos, o ropa, o dinero; ellos buscaban una patria. Lee el verso 15: pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Si hubieran estado pensando en un sitio terrenal, una patria terrenal, hubieran regresado a casa. El verso 16: Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad.

Ellos anhelaban una patria celestial. ¡Te lo dije que no eras de aquí! Escucha: tienes que tomar todo esto en tu mente. Ustedes no son de la tierra. Ustedes son del cielo, son celestiales. ¡Uf! ¡Te estoy viendo esos ojos raros! ¡Me parece que no me estás creyendo! Déjame probártelo, ¿Quieres? Jesús vino a la tierra. Así como tú naciste de una mujer, y le preguntaron de donde era. Y el respondió simple: Nací en Belén, crecí en Nazaret y viví en Capernaum. Eso era lo que tenía que decir. Pero, ¿Dijo eso? ¡NO! Él dijo: Yo vine del cielo. ¿Lo entiendes? De donde tú naciste, no es de donde tú vienes. En todo caso, allí fue donde tú caíste.

¿Quieres que te lo diga como yo lo veo para mí? ¡Yo no soy de Argentina! ¡Yo caí del cielo a Argentina! El día que en tu mente tan racional penetre esta verdad sobrenatural, tu vida cambiará y podrás decir, sin miedo a que te tomen por loco: ¡Yo soy del cielo! ¡Ese es mi origen! Fuiste enviado a la tierra, porque Dios quería el mundo del cielo aquí, en la tierra. Salmo 24:1, dice: De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan. ¿Te queda claro o le pedimos a Dios que lo proclame de nuevo? Dios dice: la tierra es mía, los sistemas son míos y la gente del sistema son mías. Por eso es que no tienes que tener temor de nadie más.

Él es dueño del sistema bancario. El es dueño del sistema de bienes raíces. Él es dueño del sistema legal. Él levanta y baja reyes. Él puede despedir a tu jefe. Así que cuando vayas a trabajar, de hoy en adelante, no te intimides por tu jefe. Si quieres puedes decirle que él está allí por causa de tu gobierno. Y que, si no te trata bien, tu gobierno lo va a despedir. ¿Tú no me crees? UN día, Jesús estaba frente de un gobernante. Su nombre era Pilatos. Era miembro del imperio Romano. Pilatos le dijo a Jesús: ¿Tú sabes quien soy yo? Soy el que tiene el poder de quitarte o darte la vida. Y Jesús, que no había dicho ni una palabra durante el juicio en su contra, pero ahí no se quedó callado y respondió.

Con permiso, don Pilatos. En primer lugar, tú no tienes autoridad sobre mí, a menos que se te haya dado a ti de parte de mi Padre en el cielo. Entonces Jesús amenazó a Pilatos explicándole que si quería podía llamar a diez legiones de ángeles que lo liberarían de su mano y destruirían ese palacio donde estaban. Así que le dijo de alguna manera que se callara, que lo crucificara que de cualquier modo el cielo estaba en control de todo, incluida la vida del propio Pilatos. Así que cuando vayas a trabajar, dile a la gente de tu trabajo que sea buena contigo, para que no tengas que molestar tu gobierno. No tengas temor, porque el Señor está contigo. Siempre. Cuando todo te hace parecer que no, también está.

El gobierno del cielo está contigo. Tienes el dominio de la tierra, porque así te fue dado en el principio. Tienes dominio de la tierra porque no eres de la tierra. Eres un extraterrestre. Tu Padre no es de la tierra. Jesús dijo que oráramos así: Padre nuestro, que no estas en la tierra. ¿Cuándo fue que el mundo del cielo vino a la tierra? Jesús contestó esa pregunta. Fíjate en Mateo capítulo 25, verso 34. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. ¿Cual es tu herencia, entonces? ¡No son cosas! ¿Cuál es tu herencia? Aquí lo dice. ¡El Reino!

Un país completo. Porque un país es un Reino. Un Reino es un país. Él dijo: tu herencia no es un trozo de algo, es una patria completa. Un gobierno, un sistema. La gente religiosa no puede entender este mensaje. La pregunta, es: ¿Cuándo Dios te dio el Reino en heredad? La respuesta la acabas de leer: desde la fundación del mundo. Cuando Dios puso a Adán en la tierra, el cielo llegó. El mundo llegó. El mundo original vino a la tierra. El Reino de los Cielos. Así que, cuando viniste a la tierra, el Reino llegó. Y Jesús dijo en Mateo 10:7: Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Las últimas tres palabras, “se ha acercado”, son muy importantes. Ese es el mensaje a predicar. No el mío, no el tuyo, no el de mi denominación, no el de la política de mi país. ¡Este mensaje! El Reino de los Cielos se ha acercado.

¿Y por qué fue que Jesús dijo que predicaran ese mensaje? Este mensaje, dijo. Este mensaje. ¿Por qué? Porque Él sabía que tú tenías tu propio mensaje. Hay muchas universidades y seminarios de excelencia para estudiar teología. Pero ninguno de ellos enseña específicamente sobre el Reino de los Cielos. ¿Cómo vamos a predicar de algo que no nos enseñaron a predicar? Ese es el hombre. Fabrica su prop0io mensaje y lo enseña como si viniera de parte de Dios. Pero resulta ser que el que viene de parte de Dios, aquí no hay donde estudiarlo. Por eso este mensaje es importante, porque si lo entiendes y lo crees, te reconecta con el mensaje de Jesús, nada menos.

Reino, dominio, autoridad. ¡Ese es el mensaje! Tomando la tierra para Dios. Controlando la tierra para Dios, de nuevo. Busca Mateo capítulo 24. Los discípulos le hicieron una pregunta a Jesús. ¿Cuándo será el final? Y Jesús les dijo: Primero, les voy a decir cuando No va a llegar el final. Habrá guerras, habrá pestes, habrá hambre, crisis económica, habrá reino contra reino, nación contra nación. Habrá muchos cristos, budas, mahomas, confucios, habrá terremotos, tsunamis. Entonces dijo: Pero no se confundan. ¿Por qué? Porque todavía el tiempo no ha llegado, todavía. Ada vez que hay un terremoto, o un huracán, o una guerra, la mayoría de los pastores comienzan a predicar que el fin está cerca. ¿No leyeron sus Biblias? ¡Dejen de inventar historias!

Porque Jesús dijo que cuando veas estas cosas, el fin todavía no ha llegado. Lee el capítulo, no es invento mío. Ahora Él nos va a decir cuándo es el fin. Busca el verso 14. Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin. Dice que cuando este evangelio del Reino, no tu evangelio personal o denominacional. ¡Este evangelio! Se predique a todo el mundo, para testimonio de todas las naciones, ¡Entonces vendrá el fin! Cuando este4 evangelio del Reino se predique a todo sistema, gobierno, negocios, leyes, medicina, explotación, deporte, entretenimiento, política. Cuando este evangelio del Reino, o sea del país del cielo, esté metido en cada sistema, entonces el fin va a venir.

Y aquí está el problema, porque mucho me temo que la iglesia no tiene el mensaje, todavía. O sea que entonces, la iglesia está aguantando, dilatando, demorando el regreso de Jesús. Léelo de nuevo: Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin. ¿Está claro? El fin no depende de un evento; depende de un mensaje. Ahora escucha con atención. En tu vida, hoy, está por comenzar una fase nueva, porque la revelación del Reino ha llegado a tu vida, hoy. ¡Predica el Reino!

Si te sientes raro, es porque la luz está llegando a tu vida. Y toda tiniebla que pueda haber habido en tu mente, se está alejando, porque no solo no comprende a la luz, sino que la aterroriza porque la deja en evidencia. Busca en tu Biblia, ahora, el evangelio de Mateo capítulo 6. Verso 33. Este capítulo que trata de la preocupación. Es acerca de tu pasatiempo favorito, el afán. Me gusta este capítulo. Porque la mayoría de las religiones se edifican en cosas. Oramos a Dios por cosas : Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.

En el verso 25, dice: Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? No te afanes por lo que vas a comer o a vestir. Tu patria es la que cuida de esas cosas. Tu Padre celestial las cuida o las alimenta. La palabra Padre, en hebreo, es la palabra abba, y significa La Fuente o el que sostiene. Con esto te queda más que claro que Padre no es un nombre, es una función. Tu fuente que está en el cielo, cuida de los pájaros. Mira el verso 27: ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?

La preocupación o el afán, es la actividad que menos sirve en la tierra. No cambia nada, excepto tu presión sanguínea. Por eso Jesús dijo que no nos afanemos. Verso 31:  No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Ok. Esto es muy difícil. En el evangelio de Lucas te dice directamente que no pienses en estas cosas, con respecto a lo que vas a comer, a beber o a vestir. Jesús te dice que ni te preocupes ni pienses en estas cosas. ¿Y sabes qué? Tengo la sensación que, al decir esto, te acaba de destruir tu vida de oración. ¡Sólo los paganos buscan todas esas cosas! Así que cualquiera que ora por el dinero, ropa, comida, agua, casa, auto, según dice Jesús, es un pagano.

No me mires así, con esos ojos torcidos, lee tu Biblia. En muchos lugares, cada día domingo, se producen las reuniones de paganos más grandes del mundo. ¡Uy, Jesús! ¿Y entonces que debo orar? ¡Me acabas de quitar mi lista de oración! ¡Si no puedo orar por comida, bebida, auto o casa, me acabas de destruir mi religión completa! En un Reino, nunca oras por cosas. La gente que ha vivido en colonias no democráticas, sino dependientes de ciertos reinos que las habían conquistado, simplemente esperaban que sus reyes les enviaran lo que necesitaban. Ni se les ocurría pedírselo. Si el rey no enviaba nada se morían de hambre y punto, no había forma de modificar eso. Parece cruel, pero era así. Reino.

Tenemos que entender de una vez por todas, que un Reino es algo absoluta y totalmente opuesto a la democracia. Jesucristo no es un presidente. Ninguno de nosotros tiene que votar por Él. En el Reino no existe el voto. Porque un rey simplemente nace como rey. Y el rey, personalmente, es el dueño del país. NO sé si te diste cuenta de eso, pero en un Reino, los ciudadanos no son dueños de nada. Así cuando nosotros nacemos, todo lo que nos rodea, es propiedad del rey. La tierra donde vives, puede llamarse como “la tierra de la corona”. Todos los árboles podrían denominarse como “el bosque real”. Aún las aves pueden denominarse como pájaros reales. ¡Todo es del rey!

Te voy a dar un principio que te va a dar la respuesta que esperas sobre la oración. Si tú no entiendes el Reino, tú vas a ser religioso. Y siempre vas a estar con estrés, preocupaciones, depresiones, enfermedades y orando y pidiéndole a Dios por cosas. El principio: La reputación del rey se determina por la calidad de vida de los ciudadanos. Esto solamente se encuentra en los reinos. Por eso es que tú no puedes entender a Dios, porque Él es un Rey. Abre tus puertas y que el Rey de gloria entre. Nada es más importante para un rey que su nombre. Y, reitero, su nombre se sustenta públicamente por la calidad de vida que tienen los ciudadanos de su reino. Por eso en la Biblia se usa mucho el término “por causa de Su nombre”, ¿Recuerdas?

Por eso Dios dice: te voy a proteger, te voy a sanar, te voy a alimentar, te voy a liberar, pero no por causa de tu nombre, sino del mío, por mi reputación de rey. Así es que, entonces, no hay nada peor para un rey que tener a un ciudadano pobre, enfermo, deprimido o miserable. Por eso es que Jesús nos mandó a no pensar sobre la comida o la ropa que necesitáramos. ¡Lo avergonzamos si nos preocupamos por eso!

Leer Más

Su Creación Será Liberada

Efesios 2:4-7 = Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Ya sabemos, porque así lo hemos enseñado, que estamos sentados juntamente con Él en lugares celestiales. Y que eso tuvo seis pasos: crucifixión, muerte, entierro, ser vivificado, resucitar y sentarse. Hay tres razones inviolables por lo cual esto es cierto. Cristo es nuestra sustitución, se identificó con nosotros y somos uno con Él. Es tiempo, creo, de establecer en nuestra mente que el ser que moraba en nosotros, ya no existe, y que eso que está adentro, es una nueva creación. Porque Cristo se ha mudado, ahora está morando en nosotros.

Y que el dominio del hombre interior, se va a seguir incrementando. A medida que nosotros nos demos cuenta de todo lo que ya aconteció. Cuando nos podamos ver en la posición correcta en la que estamos, entonces podremos materializar esa posición en la tierra. Mientras nos veamos inferior a eso, según el hombre piensa, así igualito es él. Siendo millonarios, no emitimos cheques contra esa cuenta porque no terminamos de creer que la tenemos y es nuestra. No interesa ya lo que haya hecho Cristo. Si no lo podemos desglosar, o explicar cómo vino a ser nuestro, se va a quedar siempre en algo místico o teórico.

Esto es fundamental, porque todo el concepto de Dios y todo el concepto de ministerio, y toda la doctrina que tú puedas emplear para llevar a cabo la obra de Dios en la tierra, depende de tu perspectiva. Si tú te ves inferior a la creación de Dios, entonces vas a crear doctrinas para luchar y salir de esa posición. Si, por el contrario, te ves superior a la creación, entonces la doctrina que vas a crear va a ser diferente. Porque ya no tienes que salir de la posición que tienes. Verías menos guerra espiritual y más implementación. Seríamos un poco menos místicos y otro poco más prácticos. Todo en dependencia de qué nivel estás viendo tú el tema.

Yo he perdido horas enteras buscando en mi Biblia para ver cuándo y cómo los apóstoles hacían guerra espiritual como nosotros. Y no pude encontrarlo. ¿Será que ellos veían ese asunto desde otra posición? Mencionan que la guerra era con principados, pero tú no los ves orando en contra de esos principados como nosotros hacemos. Yo no encuentro ni un solo episodio sobre esto, ni antes, ni durante, ni después. Hasta no hace mucho tiempo llegaron a mapear ciudades. Escucha, es tu posición en Cristo la que determina tu concepto de Dios. Y tu concepto de Dios es el que determina tu ministerio.

Si tú lo estás viendo como un juez, vas a estar pensando que te va a matar cada vez que cometes un error. Y créeme que hay gente que lo ve así, que Dios es como un monstruo gigante que está esperando que te equivoques en algo para darte un machetazo en la cabeza y desparramarte el cerebro. Si tu concepto de Dios es el de un Padre y tu tuviste un buen padre, entonces tu relación con Dios va a ser bien saludable. Pero si tu padre carnal solamente fue macho y no padre, no tienes fuerza ni para levantar tus manos en adoración. Entiende: tu concepto de Dios, determina cómo vas a vivir.

El problema es que el concepto de Dios que nosotros tenemos lo hemos recibido de otros hombres. La herencia, la asociación, los libros que escriben. Hoy todo está muy modificado por la aparición de internet con sus hijas más mimadas, que son las redes, pero yo recuerdo que había una época en la que había que conseguir tal o cual libro y leerlo, para saber con certeza lo que Dios quería decir o hacer. Por eso es que, si tengo que elegir una forma o un lineamiento de estudio, me quedo en el de repasar renglón por renglón lo escrito en mi Biblia para ver que dijo, dice y seguirá diciendo el Dios en el que creo y confío.

Y nosotros, primero impactados, luego asustados y más luego preocupados, podamos ir renovando la antigua grabación que tenemos y reemplazándola por nuevas revelaciones que emanan de su propio Espíritu Santo, no de la inteligencia de un hombre estrella. Mira lo que dice Pablo en Romanos 8:10: Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, (¿Qué cuerpo? ¡El de Adán!) mas el espíritu vive a causa de la justicia. Éramos dos hombres, el interior y el exterior. El de afuera se estaba desgastando, mientras que el de adentro, que está vivificado, se está haciendo más fuerte. Un día va a brindar su dominio, para eso está creciendo.

Mira el verso 11: Y si el Espíritu de aquel (Cuando dice Aquel se refiere a Cristo) que levantó de los muertos a Jesús (Aquí podemos ver que es Cristo quien levanta a Jesús. O sea: el mismo Espíritu que moraba en Jesús, lo vivifica.) mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. Y ese es el mismo Espíritu que mora en nosotros, así que no nos queda otra. Es un poder tremendo, porque logro hacer lo que nadie había hecho. Y ese que fue e rimero, mora en nosotros. Se que desató ese evento, mora en tu interior.

Pero mi Biblia dice que está sentado en el cielo. Pero mora en nosotros. Al escuchar estas cosas, ¿No sientes como yo que se nos eleva la autoestima? Es que el problema es que, nos sentimos tan bajos, tan insignificantes, con enormes carencias de estima personal, porque insistimos en pensar desde la posición de la caída. El hombre cayó bien lejos. Su imagen de sí mismo se redujo a polvo. ¡Claro! Porque ahora no tiene al huerto para sentirse imagen de Dios. Pero tú sí la traes adentro. Este tipo de mensaje o pensamiento o comportamiento, en la mayoría de la iglesia, señala arrogancia, orgullo, engreimiento.

¿Quién te crees que eres? Te dicen. O por lo menos lo piensan cuando te escuchan. ¿Sabes por qué? Porque es normal no estar seguros de sí mismos. No se espera que tú estés seguro de ti. Porque cuando alguien se muestra seguro de sí mismo, lo vemos como un rebelde. ¡No seas águila! ¡Quédate gallina con nosotros! ¿Cómo te atreves a ser más grande? Sé pequeñito como yo. No penetres, no rompas los límites que hemos establecido. ¿Saldrá algo bueno de Jerusalén? ¿Saldrá algo bueno de Argentina? ¡Sí! ¡Yo! ¿Dónde vives tú? Haz lo mismo, ¡Decláralo! ¡Créelo! ¡Actívalo!

Mira lo que dice: el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. O sea; tu cuerpo mortal, ¿Cuál es? ¿Ese que te estás viendo y palpando? Bueno, si dice que ese cuerpo será vivificado, ¿Qué pasa? ¡No muere! Ahora, ahí mismo, dice el verso 21: porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, (O sea; todos estamos generando el cuerpo hacia futuro. Cada vez estamos más viejos, menos ágiles. Estamos envejeciendo. Toda la creación se está corrompiendo) a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

 ¿Leo mal o dice que toda la creación será libertada? Lo dice. Y si toda la creación será libertada, ¿Por qué la iglesia la condena a estallar? Escucha: creo que el pueblo de Dios necesita, conjuntamente con otras cosas, leer más la Biblia de lo que hoy la está leyendo. Y eso incluye predicadores, pastores, maestros, apóstoles, etc. Si ya Dios hizo lo que es necesario para que la tierra sea libre, ¿Entonces para qué dinamitarla y explotarla como muchos enseñan y predican todavía? Aprende. Dios es inteligente, no es ningún esquizofrénico. Observa: será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Nuestros cuerpos serán vivificados. Esa es nuestra libertad. Estamos cautivos, porque por dentro andamos vivos y creciendo, pero la casa en la que estamos va pereciendo. Cuando la libertad gloriosa de sus hijos, o sea, cuando la inmortalidad se trague esta corrupción. Cuando tu cuerpo sea transfigurado. Cuando recibamos la redención de nuestros cuerpos, si creen en eso, ¿Verdad? Cuando recibas ese cambio que te da un cuerpo de resurrección, como el de Cristo. Que lo pueden tocar, pero que entra a esa habitación sin abrir la puerta. El momento en que eso te acontece, se manifestará el verdadero hombre.

Y cuando la creación vuelve a ver a su dueño, responde como respondieron las plantas a Jesús. Ahí tienes algo bien fantástico para que creas. Pero estoy siendo bíblico, lo lamento si hiero tu lógica y tu raciocinio. Entonces, la manifestación de los hijos de Dios es imprescindible, si es que vamos a libertar a este planeta. Y no es una doctrina, es una realidad. Y no es toda la iglesia, sólo son algunos. ¿Lo tienes claro? Porque si no lo tienes claro, puedo seguir leyendo. Verso 22: Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora;

¿Cuántos pueden ver que la tierra está gimiendo? Enciendes el televisor y ves sangre aquí, llanto allá, guerra aquí, pestilencia y hambre allá. Ecología aquí, aguas contaminadas allá. La tierra está gimiendo, no es una mera expresión poética. ¡Gime!  (23) y no solo ella, sino que también nosotros). mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. ¿Quiénes nosotros? ¡El hombre interior! ¡Porque está preso! Lo que este hombre interior puede hacer, está limitado por tu cuerpo. Tu alma está limitando al hombre interior, porque todavía tiene activa la programación del hombre que murió. Este que se mudó adentro, puede hacer lo que el primero no hacía. Pero todo eso es…si tú lo crees.

Ya te lo dije muchas veces, según el hombre piensa, el hombre es. Y tu cuerpo fue hecho para responder a lo que tú piensas. O sea que el cuerpo no tiene mente, el cuerpo es una máquina. Obedece a quien manda adentro. Si tu mente no cree que se puede enfermar, nunca te enfermas. Eso es ejecutar creación de Dios. ¡Él nos creó así! El oriental, puede sentarse cinco minutos y descansar más que nosotros durmiendo dos horas. Y nosotros vemos eso y decimos ¡Eso es diabólico! Pero sigue siendo el mismo cuerpo que Dios creó, ¿Entiendes? A ese cuerpo que reacciona así a esa actitud, no lo creó el diablo. Ojo, yo no te estoy diciendo que eso es Dios, te estoy recordando que el cuerpo es ilimitado. Responde a la computadora.

Y te dice que somos nosotros, los que tenemos las primicias. Las primicias del Espíritu. Primicias es una ley. ¿Qué significa? Que, si das las primicias, Dios te garantiza la siega. ¿Es o no es lo que significa? Dice que tenemos las primicias del Espíritu. Y si tenemos las primicias del Espíritu, ¿Qué es lo que tenemos garantizado? La plenitud del Espíritu. ¿Dónde? Allí, donde tú vives. Y aquí también, donde vivo yo. Y Él nos dio la primicia, las arras, el depósito. Cuando el sacerdote daba las primicias, él quedaba tranquilo, entendiendo que si Dios había prometido que si daba las primicias, durante la fiesta del tabernáculo llegaba la siega. No tenía que preocuparse ni orar por ella: viene. Porque es una ley, es un principio.

Entonces, si Dios nos está dando las primicias del Espíritu, nos está garantizando con sus propias leyes, que el resto lo hará después. Te lo voy a comprobar. Dice el verso 23 que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.  O sea que la adopción es la redención. Y al redimirse nuestros cuerpos, entonces es visible la manifestación de sus hijos. Y cuando la tierra te vea tal como eres, hombre, no ser humano, responde a su Creador. El detalle tecnológico de cómo acontece todavía no se puede explicar porque no sabemos cómo es, pero cuando estemos más cerca del día Dios nos abrirá los ojos.

Pero sí entendemos lo que hasta allí dice la Palabra. ¿Estás entendiendo? Bien; con esa mente, regresa al verso 19, donde dice: Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. El verdadero hijo de Dios, no está sujeto a un cuerpo mortal. Y la Creación está esperando eso. Somos huios, hijos maduros, herederos, hijos en el estado final, que sería la iglesia gloriosa. ¿Por qué gloriosa? Porque tendríamos cuerpos glorificados. Si te pensabas que era porque cantabas bonito en un culto de adoración, te equivocaste.

Progresivamente, Cristo está apareciendo en la tierra. La venida de Cristo. Mira Filipenses capítulo 3. Recuerda que estamos hablando de que tenemos un depósito. Un depósito de lo que luego será plenitud. Mas nuestra ciudadanía (Eso se traduce como conversación) está en los cielos, de donde también (¿De dónde esperamos a Jesús? Porque si lo esperamos desde la tierra, nunca lo vamos a ver, Si no naces de nuevo, no lo ves. ¿Recuerdas a Nicodemo? Si lo quieres ver, ¡Tienes que estar allí!) esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; Porque el que no ha nacido de nuevo no tiene al hombre interno vivificado como para verlo, y no lo puede reconocer.

Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde, o sea del mismo lugar de donde esperamos. Podrá parecer un juego de palabras gramáticos, pero te da a entender que desde allí es que esperamos a Jesús. Físicamente estamos parados en la tierra, pero si no estás parado en la dimensión cielo, no lo ves. El cual, transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya. En español, sin interpretación; el mismo cuerpo de Él, es mi destino. Antes de ponerle cohetes al cuerpo y salir par alguna parte. Yo creo esto. Si esto no fuera verdad, yo sería un miserable. Pero es verdad.

(21) el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. Y si quieres saber qué es sujetar a todas las cosas a sí mismo, vete a Hebreos capítulo 1 versos 1 al 3, donde te dice que todo el universo está sujeto por el poder de su Palabra. Claro, pero si tú te sientes un pecador salvado por Gracia, no serás el águila que manifiestas, sino la gallina que crees ser. Al que tenga oídos, que oiga, y al que no, Dios le bendice. No te olvides que Dios amó a Israel aunque se murieron en el desierto, no le hace; Dios te ama.

2 Corintios 4: 10 = llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Si no hay muerte, no hay resurrección. Hasta lo que llamamos Santa Cena, ¿La hacemos en memoria de qué? Es que es la muerte el que escri.be la historia. Si tu viejo hombre no murió, tú no eres nadie. Pero habla de la muerte de Jesús, porque allí murieron todos. ¿Cuántos murieron en la cruz? Para que también la vida de Jesús, la vida de Jesús, la vida de Jesús, se manifieste ¿En quién? ¡En nosotros! No estoy inventando nada. Allí está escrito en el libro.

Verso 11 = Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. ¡Por supuesto! Y no es ninguna tontería, los cristianos ya somos millones. Cierto, pero ninguno de esos millones, que yo sepa al menos, ha hecho nada de lo que Él hizo. ¿Por qué? Porque no entendemos, no nos vemos a su altura. No creemos que Él ya puso todos esos dólares para nosotros en el banco. (12) De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida.

 (Verso 16) Por tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. (17) Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; (18) no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

(5:1) = Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, (Habla de este cuerpo físico que tenemos ahora) se deshiciere, (La palabra original dice Se disuelve) tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. De allí es de donde sacamos el asunto ese de que hay una casa allí arriba. ¿Qué nos dice este verso? Que sabemos que nuestro cuerpo va a manifestar a Jesús, porque llevamos el mismo cuerpo que Él. Por eso, si este cuerpo terrenal se disuelve, no hay problemas. Porque sabemos que Dios nos ha preparado otro lugar, otra casa, otro tabernáculo, otra casa. Tu casa es el cuerpo.

Y la casa de Dios, la cual somos nosotros, porque estamos siendo edificados. Edificio. Para ser morada. Casa. De Dios. Y por esto también gemimos. ¿Dónde vimos esto? En Romanos. ¿Quién andaba gimiendo? La creación y también nosotros mismos, dentro de este tabernáculo.  por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; O sea que la habitación celestial no es algo donde tú entras, sino algo que te reviste. (3) Sólo así que seremos hallados vestidos, y no desnudos. (4) Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados,

 (O sea: no queremos morir. No queremos que su venida sea después de nuestra muerte. El que muere se desnuda, porque estar ausente del cuerpo, es estar presente con Él, pero sin cuerpo. sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Los redimidos que vienen con Él, no tienen cuerpo. Reciben su cuerpo, cuando los que queden aquí reciban el suyo. Todos recibirán el cuerpo al mismo tiempo. Eso, mis queridos amigos y hermanos confundidos, es el arrebatamiento. Verso 5, importantísimo. Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu.

¿Estás entendiendo? ¡Para esto fue que nos hizo Dios! ¡Es que yo creía que nos había hecho para adorarle! ¡Claro! Pero sucede que adoración no significa cantar. No es lo prioritario. Porque de última, a las canciones las inventó la iglesia. No tiene nada que ver con la Biblia. Adoración, aprende, es un estilo de vida. Adoración, en el tabernáculo, era servicio. Era trabajo. Porque el propósito de Dios al hacerte, fue que se estaba construyendo una casa a sí mismo. Es lo único que explica por qué, si estábamos en un lugar tan divino como Dios, tuvimos que venir aquí a batallar en este nivel. ¿No te suena casi ridículo?

Que si estábamos allá, y el motivo era volver allá, ¿Para qué nos puso aquí? ¿Cómo se explica que, si estábamos en Dios, ¿Él mismo nos saca de allá y nos pone acá, un pequeño infierno, para luego volver allá? Tiene mucho más sentido que haya preparado a un hombre para luego Él venir a morar en ese hombre. O sea: Dios se está construyendo una casa. Somos morada de Dios. Por eso dice que nos hizo para esto mismo, y que para garantizarlo nos dio, ¿Qué cosa? Las arras del Espíritu. Estamos presentes vestidos de un cuerpo natural, pero cuando seamos arrebatados, seremos hechos uno en otra dimensión.

Totalmente conscientes de otra dimensión. Arrebatados. O sea que hoy, nuestra conciencia de esa dimensión, es periódica. Hay momentos en que estamos conscientes del mundo del espíritu. Pero en el arrebatamiento estaremos tan conscientes del mundo del espíritu que podremos atravesar paredes. El cuerpo glorioso. Cristo nos mostró un avance en la transfiguración. Cuando vieron al que habitaba adentro, decidieron quedarse allí, ¿Recuerdas? Vieron a Moisés, vieron a Elías. Un avance, una muestra, un adelanto, deesa película que muy pronto habrá de llegar y proyectarse a todos nosotros.

La palabra original es járpazo, arrebatados. En las nubes. Nephos (Se pronuncia néfele). ¿Sabes como se traduce eso? “Tumulto de espíritus vivos”. ¿Has visto la carretera cuando el sol está bien caliente y da la sensación que allá en el horizonte se está cocinando algo? Eso es lo que ellos vieron que abrazó a Jesús. Bajo una nube blanca. ¿Qué lo abrazó? Los cautivos que Él había libertado cuando ascendió. Que resucitaron con Él y estuvieron andando en Jerusalén. Y se fueron.  Y allá se añadieron tu bisabuela, mi bisabuela, Noé, Abraham. Están todos en forma de espíritu pidiendo por sus cuerpos.

Pero Dios dice en Hebreos 11 y verso 39 que Él no los va a perfeccionar a ellos sin nosotros. Dice que el nephos recibió a Jesús. Y que el nephos lo viene a manifestar. Cuando Jesús y el nephos vienen a esta dimensión, es porque han aparecido los hijos en esta dimensión y entonces los dos seremos hechos uno en Él. Empezamos en Él, terminamos en Él. Mientras eso acontece, Dios corrige otras cosas. A eso todavía no sabemos cómo lo hace. Lo que sí sé es que estaremos en la tierra cuando Él termine. Para entonces, cielos nuevos y tierra nueva, porque la creación será libertada.

Leer Más

Pese a Perros, Leones y Bueyes

Un día me fue dicho que debía anunciar el nombre de Jesucristo a todos mis hermanos. Cometí el mismo error que multitudes de creyentes fieles, pero inmaduros han cometido a lo largo de su vida de fe: pretender entender a Dios. El tiempo me enseñaría -con no pocos golpes-, que a Dios no hay que entenderlo cuando no vemos con claridad lo que quiere hacer; sólo hay que obedecerlo y creer que hará lo mejor. Por eso, durante mucho tiempo me y le preguntaba por qué debía anunciar el nombre de Jesús a quienes, supuestamente, lo conocían. La respuesta la tengo en este tiempo, donde todo lo que vemos se mueve, tambalea, gira, se invierte y cambia a velocidades supersónicas. Porque hay muchísima gente en nuestro ambiente espiritual que habla de Jesús, pero son muchos menos los que lo conocen.

Esa fue la respuesta y sigue siéndola hoy. Entonces me preguntas: ¿Por qué es necesario anunciar a Jesucristo? Te respondo: Es necesario anunciar a Jesucristo por numerosos y complementarios motivos. Es algo que nos ha ordenado: Dios Padre, el propio Jesucristo, y el Espíritu Santo, además del mismo Evangelio, la persona humana, el cristiano en general, lo que conocemos como la Iglesia, y la sociedad actual. La pregunta siguiente que surge, es: ¿Por qué quiere eso Dios Padre? Si leemos lo que Pablo le dice a Timoteo en su Primera Carta, capítulo 2 y versos 3 y 4, lo entenderemos: Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

Punto primero: para que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad, nosotros somos los únicos que podemos guiarlos a eso. ¿Quién lo haría, sino nosotros, como cuerpo de Cristo en la tierra? Por esa razón Dios envió a Jesucristo en calidad de Salvador de todo el que lo reconozca como Hijo de Dios, lo acepte como Salvador y lo convierta en Señor de su vida. Por esa misma causa, Dios Padre también envió a su Espíritu, gracias al cual podemos creer e invocar Su Nombre. Porque sólo podemos llamar a Cristo Señor, por la guía del Espíritu Santo. Por esa razón el mundo secular, salvo por burla o broma, jamás llama Señor a Jesús.

Ahora bien. Sabemos estos puntos esenciales, pero hasta aquí sigue siendo teoría. En lo práctico, todavía falta recorrer bastante sendero para arribar a sitios seguros. Porque, veamos: ¿En qué modo Dios quiere hacer conocer su hijo a todos los hombres? No sé si se puede hablar de modos, sistemas o formas, porque ya sabemos más que largamente que Dios no las tiene, que es Soberano e imprevisible. Pero hay algo que sí debemos conocer. Dios ha escrito en el corazón del hombre el deseo de conocerlo y amarlo, y no cesa de atraer a cada persona hacia Él, por medio de Su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Al mismo tiempo confía a los hombres, convocados por Él en Su Pueblo, la misión de hacer conocer a Su Hijo y de comunicar la salvación realizada por Él. ¿Verdad que vamos entendiendo?

Fue escrito hace mucho tiempo por Juan, en el décimo capítulo de su evangelio, y en el verso 10, donde leemos a Jesús decir esto: El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Todavía es mucha, por falta de enseñanza genuina, la gente que confunde esto que dice al principio, con aquello de que cuando Jesús retorne en su Segunda Venida, lo hará como ladrón en la noche. Nada que ver. Aquí habla de otro ladrón, de uno que, justamente por no mencionarse y no enseñarse demasiado sobre él, pasa desapercibido justamente en una iglesia que fue puesta en la tierra para recuperar para Dios un Reino que ahora precisamente está usurpado por este ladrón que viene a robar, matar y destruir todo lo que pueda y le permitan.

Sin embargo, es la segunda parte de esta expresión la que nos llena de paz y tranquilidad. Porque si Él vino para que tengamos vida y para que esa vida sea en abundancia, no veo ni entiendo el motivo por el cual no deberíamos esperarlo, confiar en que así será y experimentarlo. La única incógnita que nos queda en nuestra mente estructurada, lineal y casi humanista, es: ¿Cómo realiza Jesús esta misión? Obviamente, no tiene una manera, sino muchas. Una de ellas, es que Él anuncia a todos la “Buena Nueva”, que es lo que en líneas generales significa decir Evangelio. Eso, independientemente de ofrecer su vida, muriendo en la Cruz. En Mateo 26:27-28 se habla de esto cuando en el marco de aquella Cena, se lee: Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. 

Está más que claro, ¿Verdad? No es casual que antes de volver al Padre, Jesús les dejara instrucciones bien precisas a sus discípulos de ese momento, que es lo mismo que decir que nos las dejó a nosotros, sus discípulos de este siglo veintiuno. En Mateo 28:18-19 lo leemos: Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; ¿Qué lo hizo y hace tan especial? Que se presentó siempre como diferente a todos los otros, como único. ¿fue único? Sí, lo es. Porque Él es el Único Hijo de Dios, consustancial a Dios su Padre: Por eso en Juan 10:30 se lee: Yo y el Padre uno somos. ¿Se entiende? Porque nosotros también somos hijos del Dios Altísimo, pero no en las que fueron y son sus condiciones, esto es obvio y sabido.

Por eso, Él, y sólo Él nos hace conocer a Dios Padre de manera plena, perfecta y definitiva. Bien lo relata Juan en 14:9 de su evangelio, cuando repitiendo palabras de Jesús, escribe: Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿Cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? La gran pregunta contemporánea que existe, entonces, es: ¿Has visto a Cristo? Y no estoy hablando de visión natural, sino espiritual. ¿Lo has visto? Si la respuesta es afirmativa, quédate tranquilo, porque también has visto al Padre. Y eso no es todo, porque también nos ha regalado, con Su muerte y Su Resurrección, la verdadera y plena salvación. Hechos 4:12 lo confirma: Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

A alguien le preguntaron qué era la fe, si podía definirla. Sólo respondió: “La fe no es algo que tienes para una prueba. La fe es algo que te mantiene en pie cuando no tienes pruebas”. Dar gracias a Dios porque, te haya sucedido lo que fuera y todavía estás aquí, respirando. Eso es la fe. Y este es su gran punto. Que no se trata de controlar a las personas. Tampoco de imponérsela a nadie. Se trata de como las personas tratan de darle sentido a los momentos más difíciles de sus vidas. Puedes llamarlo algo irracional, pero todos saben que hay algo en ella. La fe no es algo a lo que la gente se aferra por desesperación, es lo que evita que se derrumben. Tampoco se trata de probarle algo a los demás, sino de lo que las personas han vivido. La esperanza no se puede probar de manera científica, sólo existe, y muchos, aquí, lo saben.  Sin importar cuan divididos parezcamos estar entre nosotros. Sin importar cuanto siga gritando el mundo secular que la fe está obsoleta, algo es real. Aún hay personas buscando significado, algo más allá de lo tangible, algo que no conocen, que dudan, pero que saben que existe.

Entonces cabe la pregunta ante la duda de muchos en algún momento de sus vidas. ¿Jesucristo, puede llegar a quitarle algo al hombre, en algún momento y por alguna razón? No. De ninguna manera. Jesucristo no le quita nada al hombre, todo lo contrario, Él Le regala una nueva vida divina en calidad de hijos de Dios; lleva a cumplimiento, después de haberlo purificado, cuánto hay de verdadero, bueno y bello, en cada persona y en cada manera de adorar a Dios; realiza plenamente las auténticas aspiraciones del hombre; abre nuevos horizontes a ese hombre, le muestra el camino y le brinda la gracia para poder realizarlos; y, finalmente, jamás disminuye, sino que exalta la libertad humana y la orienta hacia su cumplimiento, en el encuentro gozoso con Dios y en el amor gratuito y atento al bien de todos los hombres.  EL ESPÍRITU SANTO derramado en nosotros como un don de Dios Padre, por medio de Jesucristo muerto y resucitado, nos impulsa a ser, justamente, sus anunciadores.

Juan 17:3 lo expresa así: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Con su luz y su gracia, la humanidad puede, en Cristo, encontrar, con insospechada e inimaginable plenitud, todo lo que busca a tientas y hasta a oscuras acerca de Dios, acerca del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, en suma, de la verdad. Por esa razón es que el evangelio de Jesucristo es anunciado a todos. ¿Por qué? En primer término, y nada menos, porque es capaz de entusiasmar vivamente a la persona de cualquier edad, cultura y lengua. Penetrar toda forma de vida que a priori no la excluye. Y esto porque la Palabra de Cristo no está ligada exclusiva e indisolublemente a ninguna raza o nación, a ningún género particular de costumbres, a ningún modo de ser, antiguo o moderno El Evangelio es para todas las culturas, y todas las culturas pueden ser fermentadas por el Evangelio: como la semilla que cae en tierra, y donde es posible germina y fructifica; o bien, como la levadura que fermenta la masa, o la sal que da sabor a la comida, o el rocío y la lluvia que le permite crecer a la vegetación

Es decir que el Evangelio de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Continuamente purifica y eleva las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad. También tiene que ver con una realidad palpable y cotidiana, que es la persona humana. Porque es capaz de otorgarle y posibilitarle un diálogo con su Creador, y porque por esa causa tiene el derecho y el deber de: escuchar la Verdad, de la manera más auténtica, íntegra y completa que sea posible: la “Buena Nueva” de Dios que se revela y se otorga en Cristo. De este modo la persona realiza en plenitud su propia vocación; anunciar la Verdad, para compartir con los demás la propia fe: es propio del hombre el deseo y el empeño concreto de hacer participar a los demás de los propios bienes, que recibió como don y que aprecia; Y por último, vivir en plenitud la propia vida: Ya que como dice Mateo 4:4, No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

De acuerdo. Absolutamente de acuerdo. No puede ser de otro modo, pero…     ¿Por qué causa una persona tiene necesidad del anuncio de Cristo? Respuestas habría miles, pero te rescato tres: Porque Cristo libera al hombre del pecado y lo convierte en Hijo de Dios; porque revela a ese mismo hombre su propia, integral y original identidad y porque tiene una extraordinaria fuerza de atracción y de convencimiento también para el ser humano de este tiempo. Por eso, es necesario anunciar a todos, de modo sereno y positivo, la Verdad, que como todos sabemos ES Cristo, (Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida, dijo), en su integridad, en su armonía, y también en su belleza, porque la tiene y es lo que tanto fascina al hombre de hoy. De este modo será posible para la persona humana conocer y acoger aquel esplendor de la verdad que es Cristo mismo. Añadirle más, sería juga con las palabras humanas de modo innecesario.

Todo creyente, como tal, tiene el derecho y el deber de anunciar a Jesucristo. ¿Tiene algún fundamento sólido ese derecho o deber? Lo tiene. Primero, dentro de su libertad de elegir conforme a una voluntad que Dios le hizo libre, en qué va a creer y en qué no va a creer. Es una exigencia profunda de la vida de Dios en él. Esta necesidad de anunciar a todos el Evangelio, nace en el creyente de la exigencia de compartir con los demás, todo aquello que desde lo original, específico y único, él recibió de parte de Dios, es decir, la fe. Se funda, asimismo, en el mandato de Cristo que Marcos relata muy bien en 16:15-16 de su evangelio: Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.  El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Recuerda que bautizar, es una palabra que significa sumergir, y que si bien Juan lo mecanizó a partir del agua, en lo espiritual implica sumergirse EN Él. En suma, esto es estar EN Cristo.

El anuncio de Cristo es indispensable para que los demás puedan conocer y recibir a Cristo para obtener la salvación. Sé perfectamente que a esto lo ha hecho mucha gente que luego, se ha sentido frustrada porque no ha visto resultados positivos. Sin embargo, se olvidaron de un detalle fundamental. La propia palabra dice que era Dios el que añadía a los que iban a ser salvos. Nosotros debemos ser obedientes y predicarle el evangelio a toda criatura, pero teniendo en cuenta que sólo lo recibirán aquellos a quienes el Espíritu Santo les haya dado convicción de pecado. Para los demás, habrá sido como oír llover. Porque para creer en Él, es necesario sentir hablar de Él, que alguien te lo diga. Pero la decisión final siempre será tuya. Dios te hizo con una voluntad y jamás te la va a manipular ni obligar a lo que no quieras, así eso te cueste la vida eterna con Él. Pablo lo dice a los Romanos en 10:14: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?

Muy bien; creo que te queda más que claro que quien debe anunciar a Cristo es la iglesia, ¿Verdad?  Porque la iglesia, tal como es y no como la convirtieron en lo que ellos quisieron que fuera, existe no para anunciarse a sí misma, ni para anunciar una nueva y extraña religión, o para anunciar a un pastor exitoso, sino para anunciar y comunicar a Cristo. El primer y principal empeño de la Iglesia en su tradición bimilenaria ha sido y es la transmisión del Evangelio. No tiene otra función ni misión. Porque ekklesia, palabra de la cual derivamos hoy a iglesia, significa asamblea. Es una asamblea que representa a un rey y transmite todo aquello que ese rey desea que se conozca. Es derecho y deber de la Iglesia, de toda la Iglesia, anunciar todo el Evangelio a todo el hombre y a todos los hombres, en el modo más fiel posible, evitando reduccionismos o ambigüedades, y reservando a este anuncio el primer lugar dentro de todas sus actividades y preocupaciones. Cualquier otra cosa, es religión y no funciona, todos hemos visto y sabemos que, espiritualmente, no funciona. Y eso sin mencionar lo más grave: corrupción. Eso no es Dios.

Los mismos discípulos de Jesús, en los comienzos de la vida de lo que luego se denominaría iglesia, (Hasta allí lo era sólo la sinagoga), le dieron total y absoluta prioridad al anuncio de Cristo como único y suficiente Salvador. Lo leemos en Hechos 6:2-4 cuando expresa: Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra. Después de los Apóstoles, muchos otros hicieron propias las palabras de Pablo cuando dice en 1 Corintios 9:16: Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! ¡Es una obligación y un honor la predicación del Evangelio!

Toda actividad de la Iglesia (incluida la actividad asistencial en todos los órdenes necesarios, la promoción de la paz, debe ser inseparable del empeño de ayudar a todos a encontrar a Cristo en la fe. Esta norma de conducta ha sido válida durante toda la historia del evangelio y continuará siéndolo siempre. Son innumerables las iniciativas que surgieron a lo largo de la historia para difundir el Evangelio y caracterizan profundamente toda la vida del Pueblo de Dios: esas conducen al encuentro con Cristo. Pero el rol más valioso e importante, siempre, lo ha cumplido, cumple y seguirá cumpliendo el Espíritu Santo. La acción evangelizadora de la Iglesia no puede venir nunca a menos, porque nunca faltará la presencia del Señor con la fuerza del Espíritu Santo, según su promesa que recoge y relata Mateo 28:19-20: Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

La Iglesia, anunciando a Cristo Verdad y salvación del hombre, va al encuentro de la necesidad de cuantos buscan sinceramente esta Verdad y salvación, estableciendo con ellos un diálogo motivado, finalizado y centrado en el amor a la Verdad. Cada uno es llamado a la santidad, a eso lo sabemos. Ahora la santidad , que significa estar separado para), consiste en seguir las huellas de Jesús que vino a anunciar la salvación y confió tal misión de anunciador a cada cristiano y a toda la Iglesia. La sociedad actual, tal como la conocemos e independientemente del lugar de residencia de cada uno de nosotros, tiene necesidad imperiosa del anuncio del evangelio. ¿Cómo se manifiesta esta necesidad? El actual contexto cultural, caracterizado sea de un difuso relativismo como de un fácil pragmatismo, exige más que nunca el valiente anuncio de la Verdad que salva al hombre y a la sociedad que lo cobija. El orden ético social tiene necesidad de ser iluminado con el anuncio de Cristo. Ese orden ético incide más que cualquier otro valor material sobre las direcciones y soluciones que se deben dar a los problemas de la vida individual y asociada, en el interno de la comunidad nacional y en las relaciones entre ellas.

El anuncio del Evangelio ayuda a comprender el patrimonio histórico-cultural de muchos pueblos y naciones. De hecho, los principios del Evangelio son parte constitutiva de tal patrimonio: la historia, la cultura, la civilización de muchas generaciones, a lo largo de los siglos, están impregnados de cristianismo e íntimamente enlazados al camino de la Iglesia genuina, más allá de la participación activa de otras manifestaciones no siempre correctas. Lo testimonian no sólo las innumerables obras de arte, que embellecen diversos lugares del mundo, sino también las tradiciones, los usos, las costumbres, que caracterizan el pensar y el obrar de los diversos pueblos. Dios no es un anciano malo y cruel que habita en un lugar lejano esperando que te equivoques para descargar toda su ira sobre ti y hacerte añicos. Dios ES amor y, como tal, ejerce ese amor en todas las formas invisibles y visibles. En esta última se anota el arte, cuando ese arte tiene intención de suma y no de resta.

El mundo de hoy, mientras facilita la comunicación, duda de la capacidad de la persona para conocer la Verdad, o hasta niega la existencia de una única Verdad y sin embargo, al mismo tiempo, manifiesta en varios modos una necesidad de Absoluto, una sed insaciable de verdad y de certeza. El anuncio viene al encuentro de tales exigencias y está en grado de dar a ellas la plena satisfacción. Aunque la rechacen.  El anuncio del Evangelio, no lleva al empobrecimiento o desaparición de todo lo que cada hombre, pueblo, nación y cultura reconocen y realizan en la historia como bien, verdad y belleza. Es más, el Evangelio induce a asimilar, desarrollar y vivir todos estos valores con magnanimidad y alegría, y a completarlos con la misteriosa y sublime luz de la Revelación. Por éstos y otros motivos, todavía es absolutamente necesario anunciar a Jesucristo que murió y resucitó por todos.

Permítanme cerrar con aquel glorioso salmo que, sin exagerar, dramatizar ni ocultar nada, le dio una dirección única a mi vida. Que yo luego la haya seguido fielmente o, en su defecto, me haya equivocado y haya intentado otras vertientes surgidas de mi inútil sabiduría humana, no opaca una verdad que hoy, ha servido para llevarte este trabajo de afiatamiento y consolidación de una palabra recibida hace muchos años, puesta en marcha de inmediato, quizás diluida con el correr de los tiempos, y puesta otra vez como punta de lanza hoy por mandato divino, exactamente igual a como comenzó.

Salmo 22: 19-22 = Mas tú, Jehová, no te alejes; Fortaleza mía, apresúrate a socorrerme. Libra de la espada mi alma, Del poder del perro mi vida.  Sálvame de la boca del león, Y líbrame de los cuernos de los búfalos. Anunciaré tu nombre a mis hermanos; En medio de la congregación te alabaré. Como puedes ver, anunciar el nombre de Jesucristo a mis hermanos, no es una tarea ni tranquila ni sencilla. Tiene tanta oposición que es necesario pedirle al Dios Padre que haga por ti todo eso que dice en los primeros versos. Para que te quede más claro, te lo reitero según la versión Nueva Traducción Viviente, que lo expresa así a los mismos versos: ¡Oh Señor, no te quedes lejos! Tú eres mi fuerza; ¡ven pronto en mi auxilio! Sálvame de la espada; libra mi preciosa vida de estos perros. Arrebátame de las fauces del león y de los cuernos de estos bueyes salvajes. Anunciaré tu nombre a mis hermanos; entre tu pueblo reunido te alabaré.

Sólo un comentario anexo final. Si tienes dudas respecto a quienes son los que te atacan a espada cuando anuncias Su nombre, presta mucha atención a la actividad solapada de los perros, leones y bueyes porfiados y crueles que la religión a veces te envía para obstaculizar tu misión. A Jesús no lo colgaron los romanos, lo colgaron sus paisanos religiosos. Que no se repita, sea declarado, decretado, activado y puesto en marcha en el nombre de Jesucristo de Nazaret. Amén.

Leer Más

10 – Fe

Hechos 3: 16 = Y por la fe en su nombre, a este, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a este esta completa sanidad en presencia de todos vosotros. Es un texto este que no siempre se ha entendido con claridad, por eso aquí más que nunca viene muy bien la claridad conque lo encara la NVI: Por la fe en el nombre de Jesús, este hombre fue sanado, y ustedes saben que él antes era un lisiado. La fe en el nombre de Jesús lo ha sanado delante de sus propios ojos.

La palabra “fe” ha sido utilizada, gastada, defendida, atacada y, muchas veces, malinterpretada. Para algunos es un refugio emocional; para otros, una ilusión; para otros más, una herramienta de control social. Sin embargo, cuando uno se aproxima a la fe desde una mirada profunda, honesta y anclada en el mensaje del Reino de Dios presentado en la Biblia, aparece algo distinto: no una evasión de la realidad, sino una forma radical de habitarla.

La fe, en su sentido más esencial, no es negar lo que vemos, sino interpretar lo que vemos a la luz de una verdad mayor. No es cerrar los ojos, sino abrirlos más. En términos simples, es una confianza activa en que la realidad no se agota en lo inmediato. Esto ya marca una diferencia clave: la fe no es pasividad. No es quedarse esperando que todo cambie mágicamente. Es, más bien, una disposición interna que transforma la manera en que actuamos en el mundo.

Desde el punto de vista bíblico, la fe nunca fue presentada como una idea abstracta o filosófica desconectada de la vida cotidiana. Por el contrario, siempre estuvo vinculada a decisiones concretas. Personas comunes que, en contextos complejos, eligieron confiar en algo que no podían controlar completamente. Y aquí aparece el primer aspecto profundo: la fe no elimina la incertidumbre, pero cambia la forma en que nos movemos dentro de ella.

En el plano social, vivimos en una época donde la incertidumbre es casi una constante estructural. Crisis económicas, tensiones políticas, cambios tecnológicos vertiginosos, vínculos frágiles. Todo parece moverse demasiado rápido. En ese contexto, la fe puede parecer un lujo o una ingenuidad. Sin embargo, es precisamente en ese terreno donde adquiere relevancia. Porque la fe no compite con la razón ni con la evidencia; compite con el miedo paralizante.

Una persona con fe no es alguien que no duda, sino alguien que decide no quedar atrapado en la duda. Esto es importante: la fe no elimina el pensamiento crítico. De hecho, lo necesita. Una fe que no puede dialogar con la realidad termina siendo frágil. Pero una fe que se construye desde la reflexión, la experiencia y la coherencia interna, se vuelve una fuerza arrolladora y transformadora.

Ahora bien, cuando hablamos del evangelio del Reino de Dios, estamos hablando de una propuesta que trasciende lo individual. No se trata solo de “mi fe” como algo privado, sino de una visión del mundo. El Reino de Dios, tal como se presenta en los evangelios, no es un lugar geográfico, sino una forma de organización de la vida donde valores como la justicia, la compasión, la verdad y la dignidad humana ocupan el centro.

Desde esa perspectiva, la fe se convierte en un motor ético. No es solo creer “en algo”, sino vivir “de cierta manera”. Y aquí aparece una tensión interesante: muchas veces se ha asociado la fe con la desconexión de los problemas sociales, como si creer implicara desentenderse. Pero el mensaje original apunta en dirección opuesta. La fe auténtica empuja a involucrarse más, no menos.

Por ejemplo, una fe coherente no puede ser indiferente ante la injusticia. No porque exista una obligación religiosa, sino porque la fe, bien entendida, afina la sensibilidad hacia el otro. Hace que el dolor ajeno deje de ser un dato y pase a ser una preocupación real. En ese sentido, la fe no es neutral: toma partido por la vida, por la dignidad, por la restauración.

Ahora, siendo no ya objetivos, porque eso no existe en el hombre, pero si todo lo imparcial que se pueda, habrá que decir que también es cierto que la fe ha sido utilizada de formas problemáticas a lo largo de la historia. Ha servido para justificar abusos, manipular conciencias y sostener estructuras de poder. Negar eso sería poco honesto. Pero aquí es clave distinguir entre el uso humano de la fe y su esencia. El hecho de que algo pueda ser mal utilizado no invalida su valor original. Un martillo puede construir una casa o romper una ventana; pero el problema no es el martillo. 

En términos prácticos, ¿Cómo se vive la fe hoy sin caer en extremos? Hay algunos recursos simples, pero profundos:

Primero, la honestidad interna. La fe no necesita perfección, necesita verdad. Es preferible una fe que reconoce sus dudas a una que finge certezas. La autenticidad es el terreno donde la fe crece de manera saludable.

Segundo, la coherencia. No se trata de ser impecable, sino de intentar que lo que uno cree tenga algún reflejo en cómo vive. Pequeñas decisiones cotidianas: cómo tratamos a otros, cómo manejamos el enojo, cómo respondemos a la frustración. Ahí se juega mucho más de la fe que en grandes declaraciones.

Tercero, el silencio. En una cultura saturada de ruido, detenerse a pensar, a observar, a escuchar, es casi revolucionario. La fe necesita espacios de pausa para profundizar. No todo se resuelve hablando más; a veces se aclara escuchando mejor.

Cuarto, la comunidad. Aunque la fe tiene una dimensión personal, no fue pensada para vivirse en aislamiento. Compartir con otros, dialogar, incluso disentir, enriquece la comprensión. Nadie agota la verdad por sí solo.

Y quinto, el sentido del humor, para mí infaltable en la vida humana. Sí, aunque suene raro. Una fe demasiado solemne suele volverse rígida. El humor sano permite relativizar el ego, descomprimir tensiones y recordar que no somos el centro del universo. A veces, una sonrisa tiene más poder espiritual que un discurso largo. 

Hablando de humor, hay una paradoja interesante: muchas personas quieren tener fe, pero sin perder el control. Es como querer tirarse a una pileta sin mojarse. La fe implica cierto grado de entrega, de aceptar que no todo depende de uno. Y eso incomoda. Porque vivimos en una cultura que valora el control, la previsibilidad, la autosuficiencia. La fe, en cambio, introduce una variable distinta: la confianza.

Pero atención: confiar no es dejar de actuar. Es actuar sin la garantía absoluta de que todo saldrá como esperamos. Es sembrar sin ver todavía la cosecha. Y esto conecta con otro aspecto clave: la fe tiene una dimensión temporal. Muchas de sus respuestas no son inmediatas. Requiere paciencia, algo que hoy escasea bastante.

Desde un enfoque más profundo, la fe también toca la identidad. En qué o en quién confiamos define, en parte, quiénes somos. Si nuestra confianza está puesta únicamente en lo material, nuestra estabilidad dependerá de variables externas. Si está puesta en algo más trascendente, aparece una base distinta, menos vulnerable a los cambios.

Esto no significa negar la importancia de lo concreto: el trabajo, la economía, la salud. Todo eso importa, y mucho. Pero la fe introduce una perspectiva donde esas cosas no son lo único que define el valor de la vida. Y eso, en contextos difíciles, puede marcar una diferencia enorme.

En términos sociales, una comunidad con fe madura tiende a generar entornos más solidarios. No porque sean perfectos, sino porque hay una narrativa compartida que prioriza ciertos valores. Esto no es automático ni garantizado, pero es una posibilidad real. La fe, bien encauzada, puede ser un factor de cohesión y no de división.

Ahora bien, es importante evitar un error común: pensar que la fe es solo para momentos de crisis. Es cierto que en situaciones límite muchas personas se acercan a ella, pero reducirla a eso es empobrecerla. La fe también tiene que ver con la vida cotidiana, con lo simple, con lo aparentemente pequeño. De hecho, es ahí donde más se pone a prueba.

Porque es relativamente fácil hablar de fe en abstracto. Lo difícil es sostenerla cuando las cosas no salen como esperábamos, cuando hay frustración, cuando hay cansancio. Ahí es donde la fe deja de ser un concepto y se vuelve una práctica.

Y en ese punto, conviene aclarar algo: la fe no garantiza una vida sin problemas. Esa idea, aunque atractiva, no es realista. Lo que sí ofrece es una manera distinta de atravesarlos. No elimina el dolor, pero puede darle sentido. No evita los conflictos, pero puede aportar herramientas para enfrentarlos.

En el mensaje del Reino de Dios, la fe está profundamente ligada a la esperanza. No una esperanza ingenua, sino una expectativa activa de que el bien tiene la última palabra, aunque no siempre sea visible de inmediato. Esta esperanza no es evasiva; es, en muchos casos, lo que permite seguir adelante cuando todo invita a rendirse.

Para cerrar, la fe, entendida desde esta perspectiva, no es un adorno espiritual ni un requisito institucional. Es una fuerza interior que, cuando se cultiva con honestidad y coherencia, puede transformar tanto la vida personal como el entorno social. No es perfecta, no es automática, no es cómoda. Pero es profundamente humana, aunque de trascendencia divina.

Y quizás ahí está su mayor valor: en un mundo lleno de incertidumbre, la fe no promete certezas absolutas, pero sí ofrece una dirección. No responde todas las preguntas, pero ayuda a formular mejores preguntas. No elimina la complejidad de la vida, pero permite habitarla con mayor profundidad.

Al final del día, la fe no se demuestra con discursos, sino con vida. Con decisiones pequeñas, con gestos concretos, con la forma en que elegimos tratar a otros y a nosotros mismos. Y aunque no siempre sea visible, su impacto puede ser mucho más grande de lo que imaginamos.

Leer Más

Herencia, Legado y Huella

Hoy, cuando comienzo a superar las etapas de los años, y como lo escribiría un poeta melancólico, mientras contemplo la luz del atardecer filtrarse por la ventana, siento la necesidad de poner en palabras aquello que, durante toda una vida de caminar con Dios, he aprendido sobre lo que dejamos atrás. Quizás mis fuerzas ya no son las de antes, pero mi espíritu arde con una claridad que sólo la edad y la Gracia pueden otorgar. Y nota que escribo edad con minúscula, porque es mía, pero Gracia con mayúscula, porque es Suya.

Si me has acompañado en este espacio durante todo este tiempo, ya sabes que he dedicado mis últimos años esencialmente a trabajar en las reflexiones sobre el Reino de los Cielos, que acompaño junto a este trabajo que hoy te entrego. Esto nació como un simple acto de obediencia y también de amor: el deseo profundo de ofrecer algo valioso para quienes vendrán después de mí. Porque de eso se trata nuestra vida, aunque a veces nuestro egoísmo lo obstaculice: preparar sendero apto.

Y precisamente en este tiempo tan singular de mi peregrinar terrenal, he comprendido que la vida de un ser humano puede resumirse en tres tipos de marcas indelebles: la herencia, el legado y la huella. Aunque a veces usamos esas palabras como sinónimos, no lo son. Desde una mirada espiritual cristiana, no condicionada por estructuras confesionales, sino guiada por la Palabra y por el Espíritu, he aprendido que cada una de esas palabras, expresa dimensiones distintas de lo que dejamos en este mundo.

Y hoy quiero compartir esta comprensión, porque creo que lo que verdaderamente transforma generaciones no es lo que se recibe en las manos, sino lo que se aloja en el corazón. No lo que se cuenta desde la numerología aritmética llevada a lo material, sino lo que anida en un espíritu quizás huérfano, que deambula por distintos sitios supuestamente favorables, pero sin desarrollarse, sin crecer y, esencialmente, sin algo que mi biblia destaca a fuego; madurar.                                                            

Cuando era más joven, pensaba que dejar una herencia implicaba asegurar bienes materiales: una casa, algún ahorro, tal vez un terreno o un vehículo. Con el tiempo entendí que la herencia es aquello que pasa de una generación a otra por obligación legal o por tradición familiar. Es algo concreto, que puede verse, tocarse, dividirse, incluso discutirse y, en muchísimos casos, lamentablemente hasta ser motivo de diferencias agresivas que harían avergonzar al más osado.

Pero mucho cuidado con algo puntual: la herencia no es mala. De hecho, en la Escritura se habla de ella muchas veces como una bendición. Los patriarcas transmitían propiedades, tierras y nombres. Pero la herencia, por más necesaria que sea, es la forma más frágil de permanencia. Todo lo material se desgasta, se pierde, se vende, se olvida. Nada de ello puede atravesar el tiempo por sí solo. Es muy difícil que tú recuerdes a alguien que ya no está por las posesiones que tenía.

En mi caminar espiritual he visto familias enteras, numerosas o incluso muy reducidas, dividirse por herencias y, a otras, perder innecesariamente la paz persiguiendo bienes que, en el fondo, todos sabemos que no llenan el alma, aunque engrosen cuentas bancarias o simplemente billeteras, bolsillos. Por eso he aprendido que la herencia es sólo el nivel más básico de lo que dejamos. No define quiénes fuimos, sólo qué cosas tuvimos. No creo que nadie llegue a recordarte demasiado por eso.

También con los años descubrí que, más importante que dejar bienes, es dejar un legado. Porque un legado no se deposita en una cuenta bancaria, sino en la memoria de quienes nos rodean. Para los que puedan no estar demasiado familiarizados con el término, un legado es un conjunto de enseñanzas, valores, convicciones y aprendizajes que alguien atesora durante toda su vida terrenal. No se firma ante un escribano; se escribe con nuestras decisiones de cada día.

Un legado puede ser, por ejemplo, una forma de ver la vida, o una cierta disciplina espiritual, o sencillamente una ética de trabajo, o tal vez una manera de conducirse con integridad. Puede ser también un determinado oficio, un especial conocimiento, o una ferviente pasión que sembramos en otros. Yo, en lo personal, he intentado construir mi legado a través de mi servicio, de mi estudio de la Palabra, de mis audios, escritos y enseñanzas.

Pero el legado, aunque sea mucho más profundo que la herencia, sigue viviendo principalmente en la mente de cada uno de los que lo recibe. O sea que depende de la memoria humana, y ya sabemos que la memoria es tan frágil como una pequeña ave que sobrevuela nuestra historia. Las enseñanzas pueden reinterpretarse, olvidarse o transformarse con el paso de las generaciones. El legado es valioso, pero no siempre suficiente para tocar el espíritu.

La huella, en cambio, es algo distinto. No se deja en las manos como sucede con la herencia, ni tampoco en la mente como ocurre con el legado. La huella se deja en el espíritu en primera instancia, luego en el alma y hasta alojarse en el cuerpo. Es la marca espiritual que imprimimos en otros mediante nuestra manera de amar, de obedecer a Dios, de caminar en la luz, de perseverar en la fe, incluso en la adversidad. No es un sello de excepción ni una luz en el horizonte, es apenas un GPS espiritual.

Porque lo cierto y puntual es que la huella no puede medirse, no se borra con el tiempo, no depende tampoco de la memoria humana. La huella es aquello que el Espíritu de Dios utiliza para tocar a otros a través de nuestra vida, sin que nosotros debamos hacer mucho más que vivir nuestras vidas conforme al diseño divino. Es el testimonio silencioso que permanece cuando ya no estamos. Por decirlo de modo literario, la huella es la vida misma, convertida en mensaje.

A esta edad, a la que gracias a Dios he llegado, comprendo que la huella es lo único verdaderamente eterno que podemos dejar. Cuando nuestro cuerpo descienda al polvo y nuestros humildes bienes materiales pasen a otras manos, cuando nuestros escritos y audios quizá se desgasten por los tiempos y hasta por las modas urbanas, lo único que seguirá obrando es la huella espiritual que Dios haya querido sembrar a través de nosotros.

Hay un modelo visible, aunque invisible a nuestros ojos naturales para seguir e imitar. Jesús no dejó una herencia material. Ni siquiera dejó textos escritos de su puño y letra. Pero dejó una huella espiritual tan profunda que transformó toda la historia del mundo. Su huella fue una vida de amor perfecto y de obediencia absoluta al Padre. Esa huella sigue viva hoy, moviendo corazones. Así fue que entendí que lo que perdura no es lo que se entrega, sino lo que se encarna.

A mis años, puedo afirmar que muchos de nosotros gastamos gran parte de nuestras vidas preocupados, a veces hasta el grado del exceso de ambición o sencillamente avaricia, por dejar herencias y legados, pero nos olvidamos, o sencillamente no consideramos, tener en cuenta lo más importante: la huella espiritual. Porque la herencia se recibe. El legado se aprende. Pero la huella se vive. La herencia beneficia el cuerpo. El legado alimenta la mente. La huella ilumina el espíritu.

Todos sabemos, por poca o mucha experiencia de vida que tengamos, que lo material y lo intelectual tienen límites visibles y palpables; pero la huella espiritual no. Porque casi de modo increíble ella se propaga de persona en persona. A veces, sin siquiera depender de palabras, porque brota del carácter transformado, de la fe vivida con autenticidad. Las huellas espirituales son como ríos subterráneos que, sin hacer ruido, abastecen de agua a generaciones enteras.

Cuando un hombre vive según los principios del Reino de los Cielos, esos mismos principios que he procurado plasmar en esto que hoy te entrego, su vida misma se convierte en semilla. Quizás no vea sus frutos, porque el hombre no es dueño de sus tiempos y mucho menos de su futuro, pero Dios sí los verá. Porque, en definitiva, la huella espiritual es obra de Él, no del inflado ego humano. El día que el hombre genérico entienda eso, ese día comenzará una nueva era en lo espiritual.

Escribo estas palabras sabiendo que mi tiempo en este mundo ya no puede ser tan largo como solía serlo cuando andaba por los treinta o los cuarenta años de edad. Pero no lo digo con tristeza, de ninguna manera. Lo digo con la paz de quien sabe algo que lamentablemente una enorme mayoría no llega a conocer: que su vida tuvo propósito, incluso hasta en los silencios, o en las caídas y principalmente en las dudas. Cada paso acertado o erróneo, fue parte del camino que el Señor trazó para mí.

Nadie en esta tierra sabe qué ocurrirá con sus bienes, menores o mayores, cuando abandone esta tierra. En mi caso serán sencillamente los bienes de un hombre que trabajó toda su vida, nada más. Nadie se enriquecerá con ellos. Pero como conozco a mi familia, eso no me preocupa en absoluto. Tampoco sé cuánto de mi legado espiritual e intelectual sobrevivirá. Pero lo que realmente anhelo es que mi huella, ese rastro de fe imperfecta pero sincera, pueda animar a otros a buscar el Reino de los Cielos con todo su corazón.

Si mis palabras, mis oraciones, mis errores reconocidos y mis pequeños actos de amor inspiran a alguien a acercarse más a Dios, entonces mi vida habrá tenido sentido. No busco ser recordado; busco que Cristo sea reconocido. De algo estoy absolutamente en certeza: la huella que dejo no es mía, es Suya. Yo sólo he sido un instrumento. A veces útil y moldeable, en otras ocasiones duro de cerviz y complicado de utilizar para algo valioso. Y no es falsa humildad, es confesión de parte.

En los textos subsiguientes, que he preparado con esfuerzo y esperanza, no quise transmitir conocimiento, sino espíritu. No es un tratado académico; viniendo de mi autoría, no puede serlo; es un testimonio. Es el fruto de años de escucha, de búsqueda y de encuentros íntimos con el Señor. De gratificaciones dulces y hermosas al comprobar el cambio rotundo en la vida supuestamente perdida de alguien y de los otros momentos, rumiando errores. subestimación, agravios, discriminaciones.

Mi deseo es que, al leer o escuchar todo esto, las generaciones futuras no sólo aprendan algo nuevo, sino que sientan algo nuevo: un llamado, una inquietud, un despertamiento del espíritu y del alma. Que cada palabra actúe como un pequeño faro hacia la verdad del Reino, que no es de ninguna manera una teoría teológica, sino auténtica y genuina Vida. Abundante en lo espiritual hoy, Eterna en un futuro próximo. Dos factores que, aunque parezca raro, muchos ignoran o, sencillamente, no tienen en cuenta. O, lo peor de todo, evaden.

Si esto que hoy lees, logra encender al menos una chispa de fe en el corazón de alguien, entonces habré dejado la huella que más anhelo. A mis más de ochenta años puedo decirlo sin reserva: La herencia es algo bueno, legal y conveniente. El legado es valioso, necesario y apto para proseguir. Pero la huella espiritual es sagrada. Porque te traslada, te eleva y te lleva casi sin pedirte permiso, porque tiene muy en cuenta que un día, cara a cara con Jesús, ya se lo otorgaste.

No temas si tus bienes son pocos. Así son los míos y eso me tiene sin cuidado, lejos de quitarme el sueño ni a mí ni a mis descendientes, gracias a Dios.  Tampoco te angusties si tus conocimientos parecen humildes. Yo he sobrevivido en este ambiente plagados de “luminarias estelares” con perseverancia y, esencialmente, con garra, lucha, deseos de crecer y servir para madurar a los santos. Lo que verdaderamente transforma el mundo es la vida vivida en obediencia y amor al Señor.

Por eso te invito, a ti que lees esto, a dejar una huella que no lleve tu nombre, sino el Nombre que está por sobre todo nombre, el del Señor. Una huella que no apunte a tus logros personales o privados, sino a Su Gracia. Para que cada palabra, cada decisión y cada gesto de tu vida signifique y pueda resultar en un pequeño reflejo de lo que verdaderamente es el Reino de los Cielos. Algo de lo que sólo sabemos por lo dicho, pero que todavía estamos en deuda con el conocimiento directo. Para llegar a eso es todo esto.

Y así, cuando tu tiempo de reflexión, de evaluación y de auditoría espiritual también llegue, porque eso inexorablemente en algún momento te llega, podrás descansar con la certeza de que tu paso por esta tierra no fue en vano. Que tu existencia fue semilla. Que dejaste una huella eterna en los corazones. Esa es mi oración. Y también mi objetivo desde aquí hasta que mi Padre diga que el ciclo en esta colonia Suya ha concluido y que es tiempo de retornar a la Patria Celestial de donde un día tocó salir.

1.- ¿Cómo es un Día de Trabajo…

 …de este lado del monitor, del micrófono, del teclado, de todo lo que un ministerio como este representa? Simple. Tan sencillo como tu día o el de cualquiera que, por la gracia de Dios, hoy tenga un trabajo que ame realizar y que le imprima todo lo que hay en su ser interior. Sólo una identidad a modo de reiterada identificación: tiene que ser un trabajo que te agrade, que ames y que quieras hacerlo todos los días de tus días. Porque si ministerialmente no amas lo que haces o te cuesta enorme esfuerzo realizarlo, entonces no fuiste llamado a eso.

No te deprimas, no te frustres; sólo dile al Espíritu Santo que te muestre qué es lo que viniste a hacer a esta tierra. Nadie que diga ser hijo de Dios está aquí para respirar, comer, trabajar, dormir y entretenerse en algo. Hemos sido creados con un propósito y ese propósito debe manifestarse en el marco de tu existencia. Pero pide guía y revelación. Porque justamente es cuando estás metido en la más profusa de las sombras, que aparece en tu vida esa luz que no te deja dudas y te empuja a salir y vencer.

Vivimos en una era en que la información tal vez abunda, pero el entendimiento pleno y concreto, es escaso. Fíjate que en un mundo tan conectado como este, todavía persisten muchas formas de ignorancia. Algunas de ellas, tal vez heredadas, otras, probablemente impuestas, aunque la mayoría, para mi gusto, simplemente cultivadas por la inercia del desconocimiento. Un día, y al instante siguiente de no estar estudiando nada ni pensando en nada puntual, de esa nada misma, que en realidad siempre es “alguien”, sale todo esto.

Un esto que nace desde la necesidad casi imperativa de llevarle al pueblo de Dios auténtico, una palabra clave que le permita reacomodarse en sus vidas y reacomodar también su relación con el Señor. Y si dije pueblo de Dios “auténtico”, es porque no te descubro ningún secreto si te digo que hay un enorme caudal de gente viviendo externamente como pueblo de Dios que, en su sentir íntimo, todavía no lo es. En parte por esa ignorancia de la que hablaba recién, pero en parte también por la ingenuidad cómoda de decidir depender de otras personas en lo que han sido llamados a hacer de manera personal.

Si te digo como lo he visto casi desde siempre a todo esto, es como si mi trabajo se tratara de andar por la vida con una especie de paleta cazamoscas, dándole de bofetadas santas en mejillas santas a todos los que, ya sea por alguna forma de ignorancia o por comodidad y pereza, están espiritualmente dormidos. Y no es maldad ni crueldad, es hidalguía. Porque a mí en lo personal no me molesta en absoluto que alguien duerma todo lo que se le ocurra dormir. No soy “anti-sueño”. Pero si me preocupa y mucho que alguien se tire a dormir alegremente debajo de un árbol o una pared a punto de derrumbarse.

Aun sabiendo que es muy probable que cuando lo sacuda para despertarlo, me mire con ojos fieros y deseos de estrangularme por haberle interrumpido tal vez algún hermoso sueño, pero supongo que lo tomará muy distinto cuando le muestre que ese árbol o esa pared debajo del cual se había echado a dormir aprovechando el frescor de sus sombra, ha estado siendo aserrado o demolido del otro lado y, ahora, como factor consecuente, está a punto de caer sobre este lado, exactamente encima de donde este feliz bello durmiente colocó su esqueleto andante.

Esto, en grandes y profusos rasgos, es una especie de parábola o metáfora relacionada con tantos y tantos cristianos que duermen su ignorancia sin caer en cuenta que el sistema religioso al cual han adherido, está a punto de derrumbarse. ¿Entonces esto puede tomarse como un llamado a salirse de esos lugares? ¡No! ¡En absoluto! El hombre que pretenda dictar lo que otros hombres deben o no deben hacer con su espiritualidad, está en liso y llano pecado de manipulación, que es hechicería. No sé ni puedo saber porque no me corresponde hacerlo, qué es lo que hará el Padre con todos los cristianos del mundo.

No sé cuál será la estrategia que utilice porque siendo el Rey de reyes que es, su decisión deberá ser acatada sin cuestionamientos. Lo que sí sé, porque ha sido escrito, y yo lo creo fielmente, es que lo que haya de hacerse, si se sigue el diseño o modelo Jesús, no será con grandes multitudes, sino con algo de menor volumen. Eso tiene un nombre que no he inventado yo, sino que ya está escrito desde hace siglos en nuestras biblias: Remanente. Esta palabra significa una serie de cosas que luego constituyen un todo. En la síntesis global, un remanente sería lo que queda o sobra de algo.

Personalmente no me agrada demasiado verlo así, como una sobra de algo, pero si examino con cuidado los senderos por los cuales tránsito a diario, más la propia experiencia de lo vivido durante años, tal vez tenga que aceptarlo como acepción válida. En lo más común y cotidiano, podría añadirte que es la parte menor que permanece después de haberse consumido o retirado la parte mayor. Un ejemplo muy doméstico, aunque un tanto rústico, sería decir que quedó un remanente de comida después de la fiesta. En este caso entraría aquello de sobrantes, o sobras.

De todos modos, en lo que tiene que ver con nuestra vida espiritual, decir remanente es hablar de algo muy diferente. En muchos casos puede aludir a un grupo pequeño que haya permanecido fiel en un determinado lugar luego de una profunda crisis. Si me permites llevarlo a un hoy muy caro a nuestros anhelos espirituales, sería casi correcto decir que el pueblo cristiano cree fielmente en Jesucristo, su salvación por fe y en una vida eterna en lugares celestiales, pero que sólo un remanente cree y difunde el Reino de Dios de un modo similar al que lo hacían Juan el Bautista primero y el propio Jesús posteriormente.

De allí que uno de los ingredientes principales que motivaron este trabajo que hoy te estoy entregando, fue el de establecer el modo no sé si ideal, pero si factible de llevarle luz a un pueblo hermano en tinieblas. Hace mucho tiempo escuché un proverbio que decía que es “Mejor encender una vela que maldecir la oscuridad.” Y allí mismo supe que, con todas las reservas del caso, y desde la más humilde de las estaturas que puedas encontrar, yo había nacido para eso. Fue la gloria de Dios sobre mi vida, porque me sentí y me siento, conjuntamente con tantos otros en igual situación, un privilegiado del cielo.

 No tienes idea de la cantidad de seres humanos que nunca se enteraron ni se enterarán del motivo por el cual nacieron. De allí en más, comencé a escribir todas estas cosas sueltas, sin otro ánimo que sacarlas de mi adentro. En parte, desde la centralidad misma de mi estructura espiritual, humana y mental. En otra parte, de lo que muchos hombres y mujeres han dejado escrito o dicho para que la posteridad los supere y trasciendan los tiempos. Jamás osaría cometer el pecado de llevar a juicio a alguien que decida repetir textualmente algo que yo he publicado en mis redes o mi Web.

Tengo certeza total que, si lo que decimos los hombres que estamos ocupando espacios con ministerios como éste, llega a conmover el espíritu de alguien o sencillamente a sacudir y bendecir su vida, habrá sido por la obra del Espíritu Santo, que sigue siendo quien añade a este Camino a los que van a ser salvos. Eso y decir que entre nosotros no existe ni puede existir el famoso Copy Right, o sea, en español, el Derecho de Autor, es lo mismo. Sólo un detalle que siempre comparto a modo de advertencia. Si vas a repetir algo que yo dije o escribí, primero deberás aceptarlo como verdad, luego creerlo y, finalmente ponerlo por obra. De no ser así, espera. El infierno también tiene sus reglas.

Sé que nuestras leyes terrenales no avalan mayormente esta posición, y lo entiendo como aceptable en todo lo que tiene que ver con la literatura secular. Pero en lo espiritual, no, de ninguna manera. Si tu ministerio es mandato del Señor, Él suplirá todas tus necesidades, tal fue y sigue siendo su promesa. No necesitas hacer comercio ni manipulación alguna para obtener sostén económico. Mi vida es el mejor testigo de eso: jamás pedí absolutamente nada a nadie. En mis redes no encontrarás jamás un número de cuenta o algo similar para “dar ofrendas de amor”.

Quienes lo han hecho es porque fueron movidos por el Espíritu para hacerlo, nunca obligados a ello por algo o alguien. ¿Y sabes qué? En casi treinta años de ministerio, mi Padre siempre suplió mis necesidades. Que tiene que ver con el sostén técnico e informático de lo que utilizo. Nada que ver con edificios monumentales, aviones privados ni automóviles de última generación. Creo que cuando un hijo de Dios lleva a cabo alguna forma de ostentación, está dándole una bofetada ofensiva al santo rostro del Padre. Y no porque el Padre no los quiera bendecir, sino porque se lo está mostrando a cristianos que, en una de esas, ni siquiera tienen para comer. 

A partir de todo este andamiaje, la aventura de escribir, es como una escalada a un monte empinado y de complicado acceso. Sólo celebrarás cuando hagas cúspide. Y para eso, no puedes prometer respuestas fáciles, sino mínimas preguntas necesarias. Más adelante profundizaremos en forma de encuentros que tengamos y será un paso hacia adelante para diluir una ignorancia reconocida, colocarle un marco para comprenderla y una conclusión a modo de despertar. Porque es de eso que vamos a hablar desde todos los ángulos que nos sean posibles y el Espíritu desee incursionar.

A esto también lo veremos en el final, que no necesariamente pretenda cerrar todo esto, sino que increíblemente lo abra a otros panoramas ignorados. La gramática nos enseña que cuando colocamos un punto y seguido, es porque seguiremos hablando del mismo tema. Pero luego nos añade que cuando lo que ponemos es un punto y aparte, es porque cambiaremos de tema. Eso no existe aquí. El tema es uno solo. Y el máximo protagonista de todo eres tú, quien quiera que seas. Te agradezco estar aquí con tu mente abierta y tu espíritu despierto. No pretendo convertirte en sabio, apenas en algo menos ignorante. No es poca cosa, eso.

No será la única vez que leas esto, porque lo que ahora transcribiré, fue lo que me impactó mucho y fuerte y me llevó a buscar donde fuera y como fuera más de la mitad de lo que hoy te estoy compartiendo. Jesús, hablándole a sus paisanos, según lo relata Juan 8:31-32 = Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

No sé cuántas veces habrás leído esto. Yo, muchísimas, te lo aseguro. Pero créeme que no hace tanto tiempo que recién pude entender que, lo que realmente nos hace libres, pero libres de verdad, no es la verdad propiamente dicha, sino el conocimiento de esa Verdad. ¿Sabes por qué la escribí con la “V” mayúscula? Porque esa Verdad, al igual que el Camino y la Vida, es Cristo. Y conocerlo, no es atosigarte de información acerca de Él, sino tener toda la intimidad que sea posible entre el Hijo unigénito del Dios Padre y sus hijos arribados EN Él. Eso es lo que te hará libre de toda libertad, no de cuestiones parciales.

Sucede que vivimos tiempos en los que la fe se menciona con frecuencia en muchas conversaciones o diálogos, pero al mismo tiempo y por rara paradoja, se comprende con dificultad. Se habla desde una posición espiritual en donde el nombre de Dios es conocido, pero Su rostro muchas veces permanece oculto tras las sombras de la confusión, la tradición mal entendida, o el simple desconocimiento. Este trabajo, si el Señor nos da su respaldo para lograrlo, está apuntado precisamente a eso. Y muy especialmente para referirme a dos hechos que son visibles y notables: la ausencia de conocimiento del Reino de los Cielos y lo que parece ser la declinación y futura extinción de lo que conocemos como religión organizada.

La idea principal y central de todo este andamiaje puesto a tu disposición, es disipar ignorancias con la misma dimensión y medida con la que fueron sembradas. Porque allí donde hay ignorancia, no puede haber plenitud de vida. Y porque el mismo Señor Jesucristo nos prometió lo dicho en el texto de Juan que compartimos. Estas enseñanzas, obviamente, no pretenden sustituir el misterio, ni agotar el poder del Espíritu Santo, pero sí quieren hacer su parte: iluminar la mente y el corazón con la Palabra, con la razón, y con la fe.

El objetivo central quizás suene fuerte o duro, pero es una verdad a gritos que será de bendición recordarla: dilucidar, aclarar o simplemente desenmascarar errores comunes sobre la fe cristiana, distribuido por años, en muchas ocasiones, desde sus propias iglesias. Reconocer las limitaciones del conocimiento humano y abrazar la sabiduría que viene de lo alto. Fortalecer nuestra vida espiritual mediante una comprensión más clara de las verdades del evangelio y, esencialmente, avanzar en humildad, dejando atrás ignorancias que nos estancan o, lo peor, nos dividen.

La idea es que cada letra aborde una ignorancia concreta. Algunas podrían ser doctrinales, otras humanas y otras directamente espirituales. No deberemos descartar las emocionales ni las relacionadas con tradiciones o costumbres, depende el lugar y la cultura de esa zona. Oseas dijo que el pueblo perece por falta de conocimiento. Y además de vincularse con la intimidad con el Señor que nos falta, también tiene relación con ese conocimiento formal que todos deberíamos poseer. Si no se tiene, quedamos absolutamente vulnerables a cualquier forma de engaño.

De hecho, el conocimiento que te salva no es el meramente informativo. Ni se te ocurra pensar o creerte que te vas a ir al cielo por toda una eternidad sólo porque memorizaste el nombre de los jerarcas del Sanedrín, de los doce discípulos de Jesús o de las distintas zonas geográficas por donde anduvieron. Vas a irte al cielo desde otra dimensión tomada por decisión. Pero, sin embargo, no podrás ni deberás despreciar ninguna clase de sabiduría ungida por el Espíritu, que es la que está enraizada en el amor y la guía de la cruz.

¿Qué harás con esto? ¿No lo sabes, todavía? Te sugiero algo. Léelo con humildad. Si tienes preguntas por dudas, hazlas con sinceridad. Aprende a partir de toda la fe de la que seas portador. Y; finalmente, si en la conclusión de todo esto, cuando llegues al final, sientes que te ha bendecido, enriquecido y liberado de antiguas ignorancias llamadas ataduras, comparte todo lo aprendido con amor. ¿Destinatarios? Los que el Espíritu Santo te traiga con interés para ello. No arrojes perlas a los cerdos, pero tampoco te guardes para ti solo el alimento.

Desde la posición de instrumento de autoría, oro para que estas especies de caricias para un corazón que recién hoy está despierto, de ninguna manera me muestre como alguien superior. Que, por lo contrario, coloque mi nombre o mi figura, en el mismo sitial en la que alguna vez estuvieron los más grandes: desde el servicio, la humildad sincera y el absoluto bajo perfil. No será mi interés jamás aparecer como sabio ante tus ojos, sino como disponible para todo servicio ante los hijos de mi Padre celestial, es decir, mis hermanos. Que el Espíritu Santo nos guíe a ambos a hacer realidad algo: Cada ignorancia vencida, es una victoria para el Reino.

2.- No Sé si Tú, que Vives…

 …en cualquier parte del mundo que no sea mi país, sabes que la capital de la República Argentina, es la ciudad de Buenos Aires. Pero tengo la necesidad de aclararte que Argentina NO ES sólo Buenos Aires, es mucho más que eso. Argentina tiene un territorio que está entre los ocho más grandes del mundo. Desde la pintoresca ciudad ultra sureña de Ushuaia, en la provincia de Tierra del Fuego, en nuestro hermoso extremo sur, hasta la híper norteña La Quiaca, en la provincia de Jujuy, en el cálido extremo norte del país, hay más de cinco mil kilómetros de recorrido.

Y los habitantes, tanto los de esos extremos como los que se encuentran en las estaciones intermedias entre uno y otro, también son argentinos que, en muchos casos, se diferencian bastante entre sí. Veinticuatro son las provincias que componen la República, y si bien el idioma natural es el español, (Lo cual es un decir, ya que en la realidad es un conglomerado de palabras muy singulares que conforman un argentinismo que no tiene nada que ver con lo que se habla en Madrid, por dar un ejemplo), en cada una de esas provincias hay modismos, palabras, tonadas y hasta dialectos de procedencia indígena, que las hacen distintas y autónomas.

Pero esa autonomía solamente se evidencia en eso. Porque en todo lo demás, y dando razón a un viejo adagio nacional que dice que Dios está en todas partes, pero sólo atiende en Buenos Aires, esa es la realidad. Mi Argentina está muy lejos de ser un país federal o una confederación de provincias unidas como lo fue en su nacimiento. Es absolutamente unitaria en todos sus rudimentos y la capital es la que dicta todos los condimentos que luego el resto tiene que adoptar sí o sí si es que no desea verse marginado.

Para muestra, es suficiente un botón, solía decir mi abuela materna. Ella quería dejar en evidencia que, si se observaba con cuidado un mínimo botón de una prenda, se podía evaluar la calidad y hasta la fortaleza y belleza de esa prenda. El botón en este caso, es el fútbol, bien llamado deporte nacional por excelencia. Salvo excepciones muy centralizadas en ciudades como Rosario, Córdoba, Santa Fe y La Plata, un porcentaje amplio del país simpatiza con el River Plate, mientras que la otra porción lo hace por el Boca Juniors. La discusión sobre quiénes son los más y los menos, es legendaria. Creo que no es necesario que te aclare que ambos clubes pertenecen a la ciudad de Buenos Aires.

¿Cómo podría ser posible que un jujeño, (Gentilicio del habitante de la norteña provincia de Jujuy), que habita en medio de un desierto árido, cuidando cabras u otras especies del lugar, que jamás visitó ni conoce la ciudad de Buenos Aires, podría ser hincha (Argentinismo de Simpatizante) de Boca? ¿Cómo entender lo mismo para un habitante de la sureña Tierra del Fuego, tal vez cuidando ovejas, y que como el norteño, se halla a casi tres mil kilómetros de Buenos Aires, a la que tampoco visitó ni tal vez visite jamás en su vida, podría ser hincha de River?

La única respuesta posible, probable y al mismo tiempo genuina, es: por la influencia de los medios de comunicación de Buenos Aires con llegada a todo el país. Si bien en cada provincia y, esencialmente, en cada ciudad grande o mediana de cada provincia, hoy hay grandes medios radiales y televisivos, (Los de contenido gráfico van desapareciendo progresivamente) la información mayoritaria que el país consume es la que emana de los grandes medios de comunicación nacionales.

Así les llaman porque llegan a todo el país. Pero lo cierto es que, en la realidad, son medios de la ciudad de Buenos Aires, que llenan sus espacios con información política, social y deportiva de Buenos Aires y con muy poca y a veces inexistente mención de noticias provenientes del “interior” del país. ¿Interior? Sí, así es como los medios de comunicación de Buenos Aires, (Se les dice “porteños”, aunque es incorrecto porque Buenos Aires no es la única ciudad argentina que posee un puerto), califican a cualquier sitio del país que no sea la ciudad de Buenos Aires.

 Alguien dijo alguna vez con mucha ironía no exenta de crítica y humor, que, si la gente de Buenos Aires considera al resto del país como “del interior”, no se sabe muy bien de qué “exterior” vendrían a ser ellos, entonces. Obviamente, fue una pregunta abstracta que jamás tuvo ni tendrá respuesta convincente. O sí, si la examinamos desde concepciones ideológicas o políticas respecto a su relación con el resto del planeta.  

Lo cierto es que, tal como te dije, hay millones de hinchas de River y Boca, (Los dos más grandes del país) y en menor medida de Racing, Independiente y San Lorenzo, distribuidos en miles de kilómetros, que nunca podrán llegar a saber por qué razón aman esos colores futboleros si los que los lucen están tan lejos de sus modestísimas viviendas. Y si bien yo resido en una ciudad de aproximadamente dos millones de habitantes que de ninguna manera sigue esa rutina, estoy en condiciones de asegurarte que debe ser una de las muy pocas sino la única.

Aquí son Newell’s Old Boys y Rosario Central los dueños de la pasión rosarina y queda muy poco espacio para las remeras riverplatenses o boquenses. En eso, como también en algunas otras cuestiones que no producen precisamente orgullo, Rosario es una ciudad muy especial. Pero mi padre, por ejemplo, es un caso típico de lo otro que te contaba. El nació y vivió hasta adulto en una pequeña población del sur de la provincia de Santa Fe, cuyo nombre es Rueda.

No por las que usan los vehículos, sino por ser el apellido del propietario de los campos donde se levantaron las pocas casas que todavía hoy conforman ese pueblo, que, en este tiempo, si los cálculos no me traicionan, debe andar por los setecientos u ochocientos habitantes. Allí nací yo, también, pero en mi caso fue diferente porque me fui del pueblito cuando era muy pequeño. En cambio, mi padre creció en el pequeño Rueda.

De adulto conoció a mi madre, también nativa de ese lugar, (En realidad se debe haber atrevido a hablarle, porque como conocer, en una población tan pequeña, seguramente se conocían todos), con el tiempo se pusieron de novios y, como correspondía en esos tiempos, (1930 al 1940), contrajeron matrimonio. Ante los hombres, nada más, porque mi padre tenía mucha aversión para con la Iglesia Católica y accedió a toda la pompa clásica de la época, menos la concerniente a vestidos blancos, iglesia, sacerdote y etc.

Por causa de ello y de ellos, aquí me tienes todavía escribiendo divagaciones cuando el tiempo me lo permite. Dios me dio esta vida, pero ellos se encargaron de fabricar el envase. Pero, lo que quería contarte, es que mi padre, cuando andaba por los quince o dieciséis años de edad, (Año 1932 o 33), empezó a ir a la cancha de fútbol del Club Rueda, el único que había en el pueblo, a despuntar una de sus pasiones, practicar fútbol, que es la palabra española en su fonética, que deriva del football de origen británico. Jugar a la pelota, así se le decía en referencia a lo que en español básico se denomina como balón.

 Obviamente, estaba muy lejos de ser un Maradona o un Messi, pero para el material humano que había en el pueblo, se las compuso para integrar el primer equipo del lugar que participaba en torneos lugareños. Su casaca era a bastones verticales. Dos anchos de color rojo y blanco, y una línea más delgada intermedia, también vertical, de color negro. Esa era SU camiseta y por ella dejaba lo mejor de su físico y esfuerzo en cada juego. Era SU club y lo amaba. Un día, llegó a sus manos una revista deportiva de la ciudad de Buenos Aires, de gran tirada en todo el país, llamada “El Gráfico”.

En su tapa, en su portada, la foto en color (Que se utilizaba sólo en las portadas, ya que todas las páginas internas todavía eran en blanco y negro), un jugador de fútbol luciendo una casaca similar a la que él usaba en su club de Rueda. Ignorante de todo lo que había fuera de su pueblo, se impactó por la coincidencia y quiso saber de qué club era esa camiseta que aparentemente tanta fama tenía como para estar en la tapa de una revista como esa.

Le dijeron que era la camiseta del club River Plate, de Buenos Aires. Hoy ese club tiene una casaca de distinto diseño, generalmente y como clásica y tradicional, es blanca con una banda roja diagonal cruzada. Pero la antigua y primaria, era la que mi padre vio en esa revista. De allí en más, aunque luego abandonó el pueblo en búsqueda de mejores horizontes para su familia, fue hincha fanático, (Al punto de amargarse y mucho cuando perdía), del River Plate de Buenos Aires.

Si eso no es manipulación emocional, social y hasta humana, no sé de qué te hablo. Y también ignorancia de su parte, en este caso, del área deportiva del país del cual se decía que era habitante con los mismos derechos y obligaciones que los que residían en otros lugares. Debería señalar que mi padre era un hombre que, dentro de sus limitadas capacidades intelectuales, era lo suficientemente inteligente como para subsistir en una época en la que era bastante complicado desde lo social y material.

Sin embargo, en muchas cuestiones, incluyendo esta deportiva, era ignorante. Y no es peyorativo lo que digo. Simplemente desconocía verdades sobre muchos temas. Eso era, es y seguirá siendo ignorancia. En toda su vida posterior de la que fui testigo hasta sus últimos tiempos, creo que fue de paseo a Buenos Aires dos o tres veces y, como no podía ser de otro modo, fue a ver a su River Plate, ya que hacía coincidir esos viajes con juegos que se disputaban en esos fines de semana.

3.- Y No es El Único Caso…

 …pero te lo conté como testigo de lo que miles o millones de hombres y mujeres recibieron en distintas partes del país. El señor que hoy me vende la carne vacuna que consumo, es un hombre de unos cuarenta años de edad. Es nativo de la provincia de Corrientes, al norte del país y es fanático del mismo club de Buenos Aires.  Le pregunté la razón y me dijo que su padre, (Imagínate la edad) era muy fanático de River y se lo había transmitido.

Ese hombre, el padre, jamás salió de su provincia y nunca vio un juego de su amado club. Era hincha porque las únicas emisoras de radio que se podían escuchar allá en el campo, en su provincia, eran las de Buenos Aires, y transmitían los juegos de River y Boca, nada más. Así que te hacías simpatizante de uno o del otro. Invasión cultural porteña hacia el interior. Ignorancia entremezclada con emociones. Casualmente los dos ejemplos son del mismo equipo, pero es válido también para el otro, que no sé si no tiene mayor cantidad de simpatizantes en todo el territorio.

 Te estarás preguntando por qué, en un trabajo que aspira a ser serio y profundo, me descolgué con estos relatos casi prehistóricos y de alguna manera pintorescos que pueden sonar hasta frívolos. Simple. Porque fue la mejor manera que encontré de mostrarte lo que es una manipulación cultural a distancia, ejercitada por los llamados medios de comunicación que, salvando honrosas excepciones que las hay, porque las conocí, mayoritariamente son elementos al servicio de intereses grupales.

Los mismos que por diversos motivos les conviene que la gente del común, que es la mayoría, piense, crea, sienta y razone conforme a los rudimentos que ellos le ponen a disposición. Esto sucedió y sucede en mi Argentina, pero no tengo dudas que no es el único lugar del mundo en donde ocurre. El hombre de la ciudad de Buenos Aires vive a un ritmo que, para cualquier habitante del resto del país, sería factor de derrumbe en el corto plazo.

Imagínate; para llegar a su trabajo, en muchos casos, debe abordar dos o tres autobuses y luego el metro. (Aquí a eso se le llama Colectivo y Subterráneo) Opera y funciona a toda velocidad y el stress es parte de su día. Ahora imagínate a un hombre de la misma edad, pero viviendo en una pequeña ciudad o población de alguna de las veinticuatro provincias. Si no tiene algún negocio en su propia casa, su trabajo seguramente no quedará mucho más lejos que a cuatro o cinco calles. (Aquí las llamamos Cuadras). La pregunta que surge, entonces, es: ¿Es posible que tenga un ritmo de vida similar al apodado “porteño”? No.

Y está bien que así sea, es lo lógico. Lo que de ninguna manera es tan lógico es que, por imperio de la suma de intereses materiales, sociales, políticos e ideológicos, la prensa capitalina siga firme en su trabajo psicológico de presionar para que todos los que vivimos en otros sectores del país, tengamos las mismas ideas, pensamientos, gustos, desagrados y hasta simpatías políticas y deportivas que tienen los habitantes de la capital del país. Y lo más llamativo y preocupante, es que todavía lo están logrando. Por eso Argentina es lo que tú ya tienes abundantes noticias que es.

Ahora lleva todo esto que te relaté, al ámbito espiritual. Hay una iglesia estructural que te dice que es la dueña del evangelio. Hoy todavía se llama Iglesia Evangélica. Hasta hace algunos años, no demasiados, se llamaba Iglesia Católica. Tienen a su favor, ambas, haberles hablado de un Dios en el cielo a mucha gente que, de no haber sido por ellos, jamás lo hubieran escuchado nombrar. Tienen en su contra, haber permitido que el diablo les torciera el cerebro y los indujera a pensar que son los dueños de la salvación y la perdición eterna, y que, si no acudimos a ellos, estamos al horno, dicho de modo literal y figurativo.

Amados amigos, hermanos, no es así, de ninguna manera es así. Yo era un niño de no más de seis años de edad cuando un sacerdote católico me dijo que si el próximo domingo no asistía a misa, me iba a ir al infierno. Puedes imaginarte con muy poco esfuerzo cuál habrá sido mi rostro cuando regresé a casa luego de esa clase de catecismo propia de la preparación para lo que se denominaba como “primera comunión”. Padres y abuelos me tranquilizaron y, de alguna manera, respaldaron al sacerdote, porque me dijeron que, si él no decía eso, a misa no iba nadie y que entonces, Dios se enojaba muchísimo.

No hace tanto tiempo que escuché con mis mismos oídos, aunque ya más adultos, a un circunspecto pastor evangélico decir exactamente lo mismo con respecto al culto del domingo por la tarde. En lo personal no me afectó, pero pude observar que a muchos de los que lo oyeron, sí que los preocupó y mucho. Los más cercanos al pastor se encargaron de tranquilizar a la gente explicándoles que si él no decía eso, la gente era muy vaga y perezosa y prefería quedarse a mirar fútbol por televisión que ir a la reunión, al servicio, al culto.

Lo mismo, aunque con distinta prenda. Uno con una larga sotana negra y el otro con un moderno atuendo de muy buena tienda de shopping. Lo que estoy tratando de mostrarte es que tanto la Iglesia Católica primero, como la Evangélica después, actuaron como lo hace nuestra ciudad capital de Buenos Aires. Manipulando emocional o religiosamente a la gente y presionándola para que piense como ellos piensan.

De ninguna manera aquel sacerdote ni aquel pastor se detuvieron un instante a reflexionar sobre el motivo verdadero por el cual esa gente eludía ir a la misa y a al servicio del domingo. ¿Ninguno se puso a pensar si lo que se les estaba entregando, tanto desde aquel altar plagado de imágenes, como desde este púlpito con una hermosa Biblia, no sólo no alimentaba espiritualmente a nadie, sino que tampoco lograba encender en sus espíritus esa llama espiritual que tú y yo conocemos?  

Entonces, y aquí viene la bomba de una mínima pero impactante revelación, los cristianos que por años hemos estado sujetos y sumisos a los mandamientos de las estructuras, tanto las eclesiásticas como las capitalinas, nos vimos en la obligación implícita de convertirnos en hinchas fanáticos de River o de Boca, porque otra cosa no había. Que es como decir que nos indujeron y manipularon a hacernos pensar que solamente se podía ser salvo si pertenecías a la Iglesia Católica primero, o a la Evangélica después.

Pregunto: ¿Nadie se preocupó por buscar en su Biblia si eso que le decían en realidad era verdad?  A ver; pongamos las cosas en su debido sitio. Ningún soldado gana ninguna guerra peleando solo. Podrá a lo sumo tener algún acto heroico que ayude a su ejército a obtener una victoria, pero en soledad no irá mucho más allá. El pueblo de Dios es un ejército, y como tal funcionará aceitadamente en equipo, o no funcionará.

Y lo hará conducido firmemente por sargentos, capitanes y coroneles, pero todos siguiendo las instrucciones que el máximo General dispone para cada acción bélica. Ese General es Cristo, y todos los demás sus subordinados. Por tanto, seguir pensando que congregarse es ir a sentarte a un salón a cantar cuatro canciones, dar una ofrenda y escuchar un sermón, es estar, -reitero-, más que al horno. Congregarse es estar como parte de un ejército que se mueve en unidad por una orden que baja del General y es respetada y cumplida por cada subordinado.

Instalarse en el lugar que sea para escuchar las nuevas directivas y estrategias que el General ha dispuesto para la nada sencilla tarea de recuperar un Reino usurpado. Ser hinchas de Boca o de River no te hace victorioso. Cada torneo que ellos ganen, sólo tendrá incidencia en esta tierra, pero en el cielo no habrá noticias de eso. Cuando el cielo pronuncia la palabra iglesia, no está hablando del River y Boca Católico o Evangélico, está hablando de una asamblea, nada menos, de un cuerpo de representantes de Dios en la tierra, desde el primero hasta el último.

De gente que decidió entregar su vida a Cristo para que Cristo se glorifique en ella. De gente que crucificó su carne con Cristo en la cruz, cosa que de ninguna manera podría permitir que se pelee con otros cristianos porque son de otra denominación o de otro credo. Y lo que es la frutilla del postre: está hablando de Reino, una palabra que hoy por hoy, para muchos cristianos buenos y fieles, todavía sigue siendo una incógnita a resolver. ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de esto? Estamos hablando de Ignorancias Antiguas que, por rara paradoja, tiene las mismas iniciales que Inteligencia Artificial.  

Pero, lamentablemente, no de esas ignorancias que inspiran a aprender cosas nuevas, sino de la otra, de la que está convencida que no hay nada más allá de lo que les enseñaron. Ya lo vimos cuando hablábamos de los filósofos. Una cosa es ser ignorante, pero con la humildad de asumirlo y buscar conocer, crecer, madurar y saber más cada día, y otra cosa muy distinta es ser ignorante y rodearse de un muro de arrogancia, soberbia, desprecio y estupidez humana en todas las líneas. ¿Primera ignorancia derrotada? La de pensar que la salvación está en una estructura o en un templo. La salvación está en Cristo, donde quiera que lo adores. 

4.- Dije Alguna Vez…

 …y desde ya, de esto pasó mucho tiempo, que mi mandato más fiel y claro, fue el que recibí a través de la lectura de un pasaje del Salmo 22. Concretamente, el verso 22 de ese salmo, luego confirmado, a mi escepticismo y cierta incredulidad, con el verso 12 de Hebreos 2, decía contundentemente, como para que no me quedaran dudas:  Anunciaré tu nombre a mis hermanos; En medio de la congregación te alabaré.  Por tanto, una cosa me ha quedado más que clara: he sido enviado a anunciar Su Nombre a mis hermanos.

No al mundo incrédulo, como les toca a los llamados al evangelismo, aunque por supuesto, nadie le prohíbe ni impide a ningún incrédulo, ateo o lo que sea, escucharme. Tampoco impedirá a los jeques de la religión armar entretenidos debates, en los que jamás entré, entro, ni entraré; a mis hermanos, dice allí, que es como decir, a los que son realmente hijos de mí mismo Padre. Porque tenemos una costumbre, lindando con cierta tradición, de llamar hermano a todo lo que se mueve o respira dentro de nuestro mismo templo. Obvio que eso no me margina de, si se dan las condiciones, hablarle de Cristo al más incrédulo de los incrédulos. Pero a eso sí que sólo lo haré con dirección precisa y puntual del Espíritu Santo.

Y eso, con todo lo que hemos visto, sabemos que es ignorancia pura, aunque en este caso, bien intencionada y hasta ingenua. Porque hay demonios de todos los colores y formatos que se te ocurran, que les encanta que los llamemos hermanos. Se sienten tan a gusto en esas congregaciones, que se quedan a vivir en ellas indefinidamente y, con el correr del tiempo, cuando algún ungido los descubre, el zafarrancho que se arma es monumental, al punto de producir divisiones y rupturas de todos los tonos y en todos los niveles.

Si alguien se hubiera ocupado, más que preocupado, por buscar en sus biblias recursos de la palabra de Dios tendientes a esclarecer todos estos errores, hubieran descubierto rápidamente que, si está escrito que el trigo y la cizaña, (Que es una semilla que se le parece, pero que es tóxica y puede enfermarte), habitan juntos, no tendrían que hacer a un lado sus capacidades de discernir para detectar a los falsos entremezclados y disimulados entre los genuinos. Ese sería, entiendo, un primer paso.

El siguiente, comenzar a trabajar en función del mandato que se haya recibido. En lo personal, el mío fue exactamente ese: anunciar Su Nombre a mis hermanos. En el marco de ese panorama comienza la senda de cumplir fielmente con el mandato. Así es que, la pregunta básica que se impone por sencilla ignorancia, es: ¿Qué nombre es el que debo anunciar? Obvio que, si es para mis hermanos, el Nombre en el cual hemos sido salvos. Jesús de Nazaret. Más conocido con el amor y afecto que sentimos por Él, como Jesucristo.

Que es nada menos que el mismo que murió en la cruz por nuestros pecados. O, dicho ya en idioma un poco más teológico, Jesús el Cristo, que vendría a ser una traducción muy simple de lo que sería Jesús, el unigénito de Dios, el Mesías, que es como decir el Ungido de Dios. Y en el momento de poner en marcha este proceso de anunciar Su Nombre con una periodicidad mayor a la que traía, me encuentro con un ingrediente supuesta y aparentemente moderno: Mi Jesús, para muchos hermanos genuinos, ha pasado a ser Jeshúa.

¡Pero es que así es como lo llaman los judíos! Eso escuché decir y, en mi ignorancia y cierta prisa, me sumé velozmente a ese pensamiento. ¡Es que hay una invasión de movimientos judaizantes! Esa fue la otra versión que escuché y a la que también le di lugar porque, en verdad, eso era lo que en muchos ámbitos estaba sucediendo. ¿Y entonces? Entonces decidí hacer lo que se me ordena hacer en la palabra de manera permanente: escudriñar las escrituras y, conforme a mi antigua formación, investigar todo hasta lo más recóndito, pero sin llegar a tomar posición hasta tener total claridad.

Es que forma parte de mi forma de vida diaria, tener conciencia de que quiero saber que estoy haciendo lo correcto. Sin embargo, aquí hay una historia y yo no soy quién para evitarla. Y esa historia, justamente, me muestra que judíos y cristianos no han alcanzado nunca a llevarse bien. Se dice con todo criterio que los unos provienen de los otros, pero es como si existiera una silenciosa batalla que tendría como premio, llevarse la mayor cantidad de adeptos y el consiguiente respeto de un mundo que, hoy por hoy, a fueros de ser sinceros, ya no respeta a ninguno de los dos.

Por ejemplo y sin irnos muy lejos, la palabra Iglesia, como todos sabemos, le cae muy mal al judío tradicional. ¿Por qué? Porque la relaciona con lo que, como pueblo, le ha tocado vivir con el catolicismo romano en la antigüedad, muy especialmente en la etapa de la inquisición. Ese, fíjate, ha sido uno de los motivos principales por los que el pueblo protestante, concretamente el evangélico, prefiere referirse a congregaciones en lugar de iglesias. Y mucho cuidado que esto es historia, no teología.

Se podría añadir que los términos hebreo, judío e Israel, son intercambiables, pero esto no es necesariamente correcto. En todo caso, es culturalmente intercambiable. Pero la verdad nos muestra que cada uno es algo distinto al otro. No estoy en la política internacional y tampoco me interesa estar. Pero puedo decirte que amo a Israel porque desde allí venimos. Somos algo así como un Israel espiritual. Pero no tengo nada que ver con el físico y mucho menos con el político, que es algo que es exclusivamente patrimonio de ellos como sociedad.

Lo que pretendo decir, concretamente, es que siento un profundo respeto por el pueblo judío, hebreo, israelita, pero eso no me hace sionista. Puedes conocer y respetar a Argentina, quizás por ser la tierra natal de Lionel Messi, por ejemplo, pero eso no te hace ni peronista ni antiperonista. Creo que vale como ejemplo, si es que conoces algo de nuestros entuertos domésticos. Es que hay algo que no siempre entendimos. Bíblicamente, el primer hebreo es Abraham. Porque la palabra original para hebreo, es Ibri, que fonéticamente suena algo así como debri.

Hebreo significa que cruza el río”. Lo mismo sucede con Israel. El primer Israel fue Jacob, que como todos saben, cambió su nombre luego de batallar con el propio Jehová. Y el primer judío, es alguien que provino de la tribu de Judá, casi que no necesito ampliarlo. Es decir que comenzamos con Abraham, luego la historia sigue con Isaac y con Jacob, ya que de eso siempre se habla como LA base. Pero ¿Y qué sucede con Ismael? Todos sabemos hoy que desde su descendencia nace el pueblo árabe, ¿Verdad?

¡Que rara paradoja! Porque Ismael, al ser hijo de Abraham, genéticamente era hebreo. ¿O no? Suena más que fuerte, sin dudas. ¿Cómo va a ser hebreo Ismael si de alguna manera es fundador de los que hoy los combaten a muerte en diversos frentes? De acuerdo. Mientras Isaac era hijo del espíritu, Ismael fue hijo de la carne, eso tal vez explica el rencor y hasta el odio. Pero tengo certeza que el asunto no termina allí. Creo que otra vez la política invade lo espiritual y todo se desmorona.

Tú puedes amar Argentina, pero eso no significa que ames a quien fuera presidente ayer, o a quien lo sea hoy, o quien lo será mañana. Eso es asunto nada más que nuestro. Eso es, exactamente, lo que nos ocurre a muchos cristianos con Israel. Y recuerda que estoy peleando una batalla contra la ignorancia, no operando en favor de tal o cual. Porque, de todos modos, tú sigues amando Argentina y yo sigo amando a Israel. Pero nadie pudo, ni parece que pueda, todavía, evitar que nazca un fiero odio.

 ¿Nadie va a entender que donde nace el odio hay demonios trabajando duro para conseguirlo? Sí, no son pocos los que lo entienden a la perfección, pero igualmente cuesta mucho, muchísimo que aquellos que han sido heridos y hasta muertos por ese odio, entiendan los vericuetos de la historia y la participación satánica en la división de los creyentes, sean cuales fueren. Obviamente que esto es mucho más amplio y profundo, pero no es el tema central de este trabajo, que es el de destruir ignorancias antiguas, darle una tierna caricia a un corazón que está despertando, dejar una herencia, un legado o una huella y convertir todo en conocimiento presente.

Pero cuidado, no con verborrágicas exposiciones discursivas, sino basados en hechos concretos, visibles y reales. Que como podrás suponer y comprobar, no tienen nada que ver con lo que difunden los distintos medios de comunicación del mundo que, como todos sabemos, o al menos deberíamos saberlo, siempre van a operar en dirección a los intereses que financiera o ideológicamente los sostienen. Un periodista de vocación, puede llegar a trabajar gratis para difundir algo importante. Pero los medios que los contratan, nunca. De hecho, los Ceos de esas empresas jamás fueron periodistas, sino empresarios. 

5.- Fui Periodista…

 …en una época en donde todavía los que amábamos esa profesión, podíamos ejercerla con cierta libertad. Hoy ya no. No existe tal cosa como un periodismo independiente. Todos dependen de distintos sectores que, nos guste o no, son los que ponen el dinero para sostener las empresas. Y nadie quiere quedarse desempleado. Y ni hablar de la mentira del periodismo objetivo. Eso no existe. El hombre siempre es subjetivo. Como mucho podrá esforzarse por ser medianamente imparcial.

 Esa es mi rutina, aunque soy consciente que no siempre lo logro. ¿Sabes por qué Jacob cambió su nombre por el de Israel? Porque dice la Biblia que fue alguien que peleó con Dios y venció. En realidad, significa que perseveró contra todo. Y estaba escrito que quien venciera en eso, obtendría un premio. Apocalipsis 2:7, dice que El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios

En el verso 11, añade que no sufrirá daño de la segunda muerte. En el 17, que se le dará a comer del maná escondido. En el 26, que se le dará autoridad sobre las naciones. En 3:5, será vestido de vestiduras blancas. En el 12, lo hará columna del templo. En el 21, ¡Que se siente con Él en su trono! Y, en 21:7, El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Entonces, ¿Quién es Israel? El que persevera y gana. No los perdedores, no los cómodos, no los holgazanes.

 Y tú, sin haber nacido en Israel, si eres creyente del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, que es Israel, eres injertado por el propio Dios a lo que sería el árbol de Israel. Ni lo dudes. Eres el Israel espiritual. Claro está que eso no te da ningún derecho a reemplazar al Israel genético, pero te iguala. ¿Hay promesas hoy para el pueblo judío? Sí, claro que las hay, y son muy claras. Tan claras como las promesas que hay para el Israel espiritual. ¿Entonces eres de la familia de Dios? Sí.

Porque al creer en el Dios de Abraham, Isaac e Israel, (No me gusta decir Jacob, porque Jacob significa traicionero), pregunto: ¿Quién es tu Padre? Dios, me dices. Entonces, ¿A qué familia perteneces? A la de Abraham, Isaac ¿Y? ¡Israel!  Isra-El. Recuerda que todo lo que termina con El, es de Dios. Dani-el, el juicio de Dios, Isma-el, el que escucha a Dios, y el más conocido de todos, Emanu-el, Dios con nosotros. Entonces, si tú eres hijo de Dios, y por lo tanto eres adoptado a la casa de Dios, tú deberás seguir todas las reglas de la casa que te ha adoptado, esto es: la de Dios.

 ¿Qué libro seguimos? El de Dios. Si tú vienes a vivir a mi casa y yo te adopto como familia, ¿Qué comida vas a comer? ¡La que comemos nosotros! La misma. ¿Y entonces por qué hay tanta división entre judíos y cristianos? ¡No debería haber ninguna! Si uno es el Israel genético y el otro es el Israel espiritual. ¿A quién escogió Dios? Escucha: cuando tú tienes un hijo, tú no escoges a ese hijo. ¡Tu hijo nació! Pero al adoptado sí lo escogiste. ¿Estás entendiendo, ahora? A esto, desde hoy, ya no lo ignoras; lo sabes.

Esto te cambia la mentalidad, conjuntamente con la de todo el pueblo al que llaman gentiles, que definitivamente no son gentiles. Ya no eres gentil, eres Israel. Y no eres ni hebreo ni judío, ¡Eres el Israel de Dios! Has vencido. Tienes el premio. Ahora bien; al ser adoptado como hijo, ¿Reemplazas al otro hijo? ¡No! De ninguna manera es uno u otro, o tú o yo. O sea que no es “o”, es “y”. Tú tienes una promesa. Pregúntate: ¿Qué hubiera pasado, si el pueblo judío, el pueblo de Israel físico, el pueblo escogido de Dios, hubiera aceptado al Mesías?

 Nosotros no hubiéramos tenido el conocimiento del Hijo de Dios como Salvador, porque se hubiera quedado sólo en Israel. Ahora bien; si Dios es el Dios de todos, y escogió a un pueblo pequeño y además desobediente y hasta necio, ¿Será improcedente preguntarle por qué lo hizo? Israel es un pueblo de aproximadamente 13 millones de personas, pero a eso hay que sumarle todos los que, como bien sabemos, andan desparramados por el planeta, además de los que llaman cripto-judíos, que son todos aquellos que nacieron como judíos, pero luego se convirtieron en cristianos por imposición de la inquisición.

 ¿Y por qué los escogió a ellos si eran desobedientes y hasta necios? Pablo, que era cristiano, pero venía de los judíos, les da esa respuesta a los Corintios, en su Primera Carta, en el primer capítulo y verso 27: sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; Es como decirles que los escogió a ellos para que ni se les pasara por la cabeza que ese era su plan, sino el plan de Dios. Isaías 6:8-10 lo dice:

Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved, por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad.

  Eso, aunque todavía haya millones que no lo entienden, significa que Dios hizo lo debido para que ese pueblo rechazara la salvación de su Cristo, y de ese modo Él pudiera cumplir la misión principal que era la de salvar a todo el mundo. Ese es el más grandioso plan de salvación conocido. Dios no sólo sacrificó a su Hijo en favor de toda la humanidad, también sacrificó al que era su pueblo. De allí que, tanto el católico romano como incluso muchos cristianos no católicos, odiaron y persiguieron a los judíos por haber matado a Cristo.

Escúchame, por favor. Si Jesús no hubiera muerto, no hubiera resucitado. Y si no hubiera resucitado, no hubiera existido salvación. El plan perfecto era que tenía que ser rechazado, muerto, sepultado, ir al infierno por tres días y resucitar allí para darnos vida eterna. Ese fue el plan. Y no había plan “B”. ¿Correcto? Entonces; ¿A quién escogió como pueblo elegido? A los más desobedientes, imperfectos y pequeños. No los eligió por buenos, sino por pequeños, necios, desobedientes y cuanta falta de virtud quieras añadirle.

 Única forma de que fuera Dios el glorificado, y no esos hombres. Pero lo cierto es que Jesús, el Nombre que deberá ser anunciado porque está por sobre todo nombre, era judío. Fue llevado por sus padres, a los doce años a la sinagoga, a esa especie de ceremonia de iniciación que ellos ejecutaban cuando los niños varones cumplían sus doce. Hoy, y esto es muy interesante, esa misma ceremonia los judíos la realizan a los trece años, por la simple razón de que no quieren tener nada que ver con Jesús.

 Porque para ellos Jesús es una palabra nefasta, ya que en su nombre decapitaron, mataron, quemaron y asesinaron a millones de personas. Y todo en el nombre de Jesús. De hecho, no fue Jesús de ninguna manera quien hizo esto, pero sí hombres que decían ser seguidores suyos, que jamás entendieron que la salvación vino por los judíos. Ojo que todavía hay cada “seguidores” que…bueh. A esto lo dice claramente Juan, hay que leerlo con atención. Por otra parte, hay algo en las tres religiones formales, que coinciden casi de modo increíble.

 Tanto los judíos de verdadera fe, como los católicos pensantes y buscando ser espirituales y los evangélicos sinceros, no sólo desconfían de sus rabinos, sacerdotes y pastores, sino que, en muchos casos, los tienen directamente por mentirosos, aunque se cuiden muy bien de decirlo en voz alta. Dicen muchos judíos serios y responsables, que la religión judía de este tiempo, no la del tiempo de Jesús, sino esta de hoy, es una religión inventada que no está correcta.

Hay mucha vigencia de las llamadas leyes orales, que no son leyes de Dios, sino unas inventadas por los rabinos. Curiosamente, las mayores críticas de muchos católicos para con su iglesia, es la misma. Y ni hablar de la cantidad de cristianos que descreen de más de la mitad de las predicaciones de sus propios liderazgos. Eso me dice a mí y te dice a ti que, pese a todo el marketing que se ha armado en derredor de los principales jerarcas de dichas religiones, la palabra de Dios genuina todavía sigue siendo guía para mucha gente que realmente ama a Dios y detesta ser engañada. Pero, claro, si no eres de River o de Boca, no sabes nada…

Es muy particular la existencia de los llamados judíos mesiánicos. Hay muchos, pero son muchos más que los que se conocen, porque lo esconden. Porque siguen prisioneros de lo que les enseñaron de pequeños, en razón de que, si llegas a creer que Jesús es el Mesías, automáticamente dejas de ser judío. Y no es así. Pero cuidado, porque a esto también lo creen muchos cristianos. Sin embargo, para muchos judíos que desean creer en nuestro Mesías, es toda una revelación impactante el día que se enteran de que el nombre que está por sobre todo nombre.

Que en realidad es el de Jeshúa, mientras que el de su madre, comúnmente conocida en ambientes cristianos como María, en realidad es Miriam. El evangelio de Mateo fue escrito para los judíos que deseaban creer y aceptar a Jesús como Mesías. El mejor modo de guiar a un judío tradicional a nuestra fe, es decirle que no se les guarda ningún rencor por haber matado a Jesús, que es de lo que se los acusa en el cristianismo tradicional. 

6.- Por el Contrario, es Una Bendición…

 …que así haya sido, ya que esa fue la única manera de acceder a la salvación. El mayor problema que existe es que Jesús causa mucho ruido. Uno de los más grandes teólogos e iniciadores del protestantismo, fue Martín Lutero. De hecho, como cristiano o creyente en Jesús, Martín Lutero fue un gran teólogo, o un gran reformador, sin duda. Si ellos no lo hubieran hecho, él y Calvino, no tendríamos hoy las Biblias en nuestro idioma.

Sin embargo, de todos modos, los dos eran bastante antisemitas, porque en el fondo de sus corazones, pese a todo, no habían dejado de sentirse católicos romanos. Tú tomas un cristiano y te dice que cree y ama a Jesús porque Jesús le ha dado la vida. Pero luego te encuentras con un judío y te dice que no puede creer y mucho menos amar a Jesús porque en su nombre le mataron parte de su familia. ¡Fíjate el horrible mal que pueden producir los falsos!

Y mucho más terrible ha sido el llamado movimiento judaizante, supongo que, promulgado por sectores políticos ideológicos muy fuertes en Israel, que lo único que ha logrado es dividirnos aún más. Ni siquiera son judíos genuinos los que encabezan esos movimientos. Puedes amar a Israel como pueblo elegido por Dios y, en lo espiritual, como símbolo de nuestra fe. Pero eso no te obliga a avalar crímenes ni excesos de poder que se hagan supuestamente en defensa de esa tierra.

 Una tierra que, si bien es verdad absoluta que está amenazada de manera permanente, también lo es que debería contar con el respaldo de la defensa del Dios en el que creen. Pero eso, claro está y es más que obvio, si es verdad que realmente lo creen. De la única manera que habrá paz entre Israel y Palestina, es si ambos deciden creer en Jesús. De otro modo, lo disfracen como lo disfracen, no habrá paz. De los dos lados hay líderes religiosos que engañan a su gente y las empujan a la muerte y la destrucción. Y que conste en actas, que dije religiosos, no creyentes.

 Eso no es Dios, como quiera que le llames. Es tan simple que estremece. Si tú eres un cristiano que sólo lees y crees el Nuevo Testamento, pero no aceptas leer ni creer en el Antiguo, es como si ves solamente el final de una película, sin saber cómo fue su principio. Podrás entretenerte y hasta disfrutar ese final, pero el contexto total, el argumento total de esa película, nunca se te va a mostrar y lo ignorarás para siempre. No podrás nunca evaluarla con objetividad. Ahora, si tú eres un judío que solo acepta leer la Torá y descree del Nuevo Testamento, repites la misma historia, pero a la inversa.

Comienzas a ver la película, te emocionas y te encanta lo que es ella, pero lamentablemente te quedas sin ver el final porque decides irte antes del final de la sala. ¿A eso le podrán llamar inteligencia? Que lo llamen, yo no lo veo así. más bien lo veo como ignorancia, y muy antigua. Porque podemos disentir en muchas cosas prácticas, esto es con las formas, las metodologías, las palabras utilizadas y todo lo que tenga que ver con rituales. Pero con las bases centrales de la palabra de Dios, nunca. Si disentimos en eso, algo no funciona.

Muy bien. Hasta aquí, la información histórica que he investigado, y que seguramente te habrá mostrado algunos elementos que, estoy seguro, ya habías observado, pero que para no meterte en camisa de once varas preferiste no preguntar ni cuestionar a nadie ni a nada. Con eso en mente, quiero cerrar este punto de todo esto, con el epicentro de lo que significa para mí este trabajo. Quiero referirme al nombre Jesús. Quiero recalar en la historia para dejar eso en claro, sin fanatismos de ignorancia de uno u otro lado.

 El evangelio y Dios mismo son demasiado grandes como para que pequeños hombrecillos de pies pegados al piso pretendamos presuntuosamente adueñarnos de él. El idioma que se hablaba en la época que estaba Jesús, era el griego, ¿Estamos de acuerdo? Entonces, su verdadero nombre es Jeshúa. Te guste o no te guste, te quede cómodo o incómodo, así se llamaba nuestro Jesús: Jeshúa. Así lo llamaba su mamá, la famosa Miriam.

 Imagínala en su casa, cuando él era pequeño, pidiéndole que hiciera esto o aquello, siempre llamándolo Jeshúa, no Jesús. Cuando el evangelio pasa al griego, traducen Jeshúa en Iesu. Y le dicen Iesu, ¿Por qué? En primer lugar, porque los griegos no usan la “sh”. Y luego, porque los judíos tienen un acrónimo, que es una palabra formada por las iniciales, y a veces por más letras, de otras palabras. Mediante ese acrónimo, los judíos opositores le dicen a Jesús, Ieshu. Y ese nombre, Ieshu, significa que su nombre sea borrado de la eternidad”.

 Es un acrónimo bien feo. Que su nombre sea borrado. Que sea desechado. Y entonces oyes que los rabinos no le dicen Jeshúa, le dicen Ieshu. Por ser el nombre por el cual sufrieron demasiadas lastimaduras, luchas y muchas revueltas. Míralo desde esta óptica. Lo que ocurre, es que ellos pensaban que era un falso Mesías. Y fíjate que el mismo Gamaliel profetizó que si era quien decía ser, su nombre jamás iba a ser olvidado. ¡Y Gamaliel era fariseo!

 Así es que, de Ieshu, que significa que su nombre sea borrado, viene el griego Iesu, y de ese Iesu, viene el español Jesús. Entonces, la pregunta que se impone, es: ¿Podemos seguir llamándolo Jesús? ¡Pero claro que sí! ¿Acaso puedes pensar que Él no conoce las intenciones de tu corazón y que no sabe que lo dices con amor, con fidelidad, con respeto y hasta con unción? Ahora; Jesús, ¿Viene o no de un acrónimo que significa que su nombre sea borrado?

Históricamente, la respuesta es sí. Pero no hay ningún drama con esto. ¡No podemos fabricar de un hecho histórico, que es cierto, una doctrina de discriminación o, lo peor, de sectarismo! Yo he escuchado a judíos mesiánicos predicar y llamarlo Jesús o Jeshúa por igual. Lo único que te hacen saber, aseguran ellos, es que, si bien cuando nombras a Jesús queda claro que es el nombre sobre todo nombre, en el ámbito espiritual, pero cuando nombras Jeshúa se siente algo en el aire que es diferente.

Eso dicen ellos y no soy quién para enfatizarlo ni soslayarlo. Reitero: el que quiera seguir llamándolo Jesús que lo haga sin culpas ni dudas. Él te ama y, lo llames como lo llames, Él sabe que tu corazón es conforme al suyo. Y eso es lo que vale. Pero, histórica y puntualmente, su verdadero nombre era Jeshúa. ¿Sabes qué? Es el momento ideal para, cuando esta noche te pongas a orar dando gracias por el día vivido y entregando el de mañana, aprovecha para pedirle al Espíritu Santo que te guíe a no caer en banalidades sectoriales y hasta sectarias y a dirigirte a Él como a Él le agrada que lo hagas.

 No interesa cómo lo hayas hecho hasta hoy. Y mucho menos si eso te ha funcionado y más que bien. Lo que sí importa, es seguir aprendiendo, confirmando y reafirmando lo que está correcto y, llegado el caso, si el Espíritu Santo así te lo hace saber, cambiar lo que haya que cambiar, por más que sea algo que hace cincuenta años que lo vienes haciendo de otro modo. Porque de otro modo, tus proverbiales y comprensibles Ignorancias Antiguas, (Me encanta denominarlo así, porque le da las mismas iniciales que la Inteligencia Artificial), pasarán a convertirse en terquedades modernas.

 Y ningún terco entra al Reino… Y, atención con esto. No te lo está diciendo un jovencito impertinente que todavía no aprendió a atarse los cordones de las zapatillas. Te lo está diciendo alguien que, dentro del sistema tradicional eclesiástico en el que crecimos y todavía vivimos, tiene años suficientes como para ser nominado como anciano. Cuidado. No te estoy hablando de modas, ni de cambios de costumbres y mucho menos de tradiciones.

Es muy claro el Señor cuando nos habla de no vivir por tradiciones, sino por Su Palabra. Eso me deja al margen de aquel River y Boca. Esto no sale de un católico, ni de un evangélico ni de un judío. Esto sale de un hijo de Dios por Cristo. Te estoy hablando de estar alerta, vigilante y aguardando que, desde la eternidad celestial, la voz del amado Espíritu Santo de Dios, te de una dirección que sea la correcta para tu vida.

El nombre que está por sobre todo nombre, y ante el cual se dobla toda rodilla en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra, que es como decir el infierno, es el nombre al cual le debemos nuestra condición de hijos de Dios, parte integrante y activa de Su Reino y en viaje sideral en el espíritu hacia una Vida Eterna prometida y seguramente cumplimentada cuando llegue el momento de cada uno de los que hoy está compartiendo todo esto.  

Como yo lo llame en mi vida privada, es un asunto entre Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo conmigo, con Néstor. Seguramente que lo que haga lo haré con su guía, o no haré nada. Pero no te lo diré, porque no acepto que nadie me imite a mí, sino que al que debe imitar es a Cristo. Si tú haces lo mismo que yo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tendrán morada y comunión contigo y, en cada ocasión que sea necesario, harás prevalecer el poder y la gloria del nombre que está por sobre todo nombre.

Listo. Hoy, desde esta óptica, ha sido anunciado su nombre, tal como es mi mandato. Y si has dejado de ser ignorante de algo o en algo, dale toda la gloria a Dios, que hoy pudo usarme pese a no ser más que un humilde vaso de barro. En mi opinión, creo haberte sacado de los hombros una carga antigua que te confrontaba respecto al trato a tener con los judíos. Allá ellos, si en su ignorancia todavía sienten rencores antiguos. Tú eres un hijo de Dios, y así como no estás obligados a aceptarles cualquier desaguisado, así también albergas la misma calidad de misericordia de quién eres imagen y semejanza. 

7.- En la Década de los Años 50 al 60…

 …en Argentina se vivió el máximo pico de una música popular llamada Tango que, de alguna manera, llegó a ser representación oficial de todo el país, aunque, como en todo lo demás, y tal lo hablábamos anteriormente, realmente fuera representación de la Capital de la República, Buenos Aires. En ese tenor, conjuntamente con el tango, sonaban otros ritmos que se incorporaron al gusto mayoritario de la gente. Entre ellos, el vals. Y uno de ellos, justamente, el que tenía un título muy sugestivo, «Desde el Alma», comenzaba con esta letra:

Alma, si tanto te han herido, / ¿por qué te niegas al olvido? / ¿Por qué prefieres llorar lo que has perdido, / buscar lo que has querido, /llamar lo que murió? / Vives inútilmente triste / y sé que nunca mereciste /pagar con penas / la culpa de ser buena, / tan buena como fuiste por amor. Romántico, tanto que se convirtió en el tema elegido para que los recién casados bailaran en sus fiestas de bodas. Pero me quiero quedar con el conocimiento que los autores de la letra, Homero Manzi y Víctor Piuma Vélez, dejaron en evidencia sobre el funcionamiento del alma humana.

Hace muchos años, publiqué en mi web una enseñanza profunda, muy poco convencional y decididamente crítica, sobre la diferencia entre el espíritu, el alma y el cuerpo en el ser humano, haciendo hincapié en la relevancia del alma y en cómo su poder ha sido mal comprendido, manipulado o incluso suprimido tanto dentro como fuera de la Iglesia. En tiempos donde la lectura ha mermado por carencia de tiempo o de posibilidades de concentración, creo necesario compartir una síntesis de aquel trabajo tan valioso, en momentos en que se ha vuelto estrictamente necesario. Por ignorancia, esencialmente. Y antigua, también.

La diferencia entre el espíritu, el alma y el cuerpo es conocida por la mayor parte de los creyentes. El espíritu humano, es el que nos conecta con Dios, a partir de lo que llamaríamos conciencia divina. El alma nos da la auto conciencia, que es como decir la identidad, la voluntad y las emociones. El cuerpo, en tanto, nos conecta con el mundo físico a través de los cinco sentidos. Salvo las excepciones determinadas por patologías inherentes a cada uno de esos cinco sentidos, la vista, el olfato, el gusto, el tacto y el oído son los elementos básicos para la vida normal de cualquier ser humano.

El problema mayor que afronta la iglesia de este siglo veintiuno, es la tremenda confusión en la que muchos de sus miembros han caído. No son pocos, puedo asegurarte, los cristianos que no terminan de distinguir entre lo que es el alma y el espíritu. Eso, obviamente, ha permitido y sigue facultando diversos engaños espirituales, falsificaciones de la figura del Espíritu Santo y distintas manifestaciones sobrenaturales que, en realidad, provienen del alma o, incluso, como sucede en la mayoría de los casos, de fuerzas malignas que siempre están atentas para aprovechar estas ignorancias. Mira este texto:

Apocalipsis 18: 2-3 = Y clamó con voz potente, diciendo: Ha caído, ha caído la gran Babilonia, y se ha hecho habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible. Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de su fornicación; y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites. 

Versos 11 al 13 = Y los mercaderes de la tierra lloran y hacen lamentación sobre ella, porque ninguno compra más sus mercaderías; mercadería de oro, de plata, de piedras preciosas, de perlas, de lino fino, de púrpura, de seda, de escarlata, de toda madera olorosa, de todo objeto de marfil, de todo objeto de madera preciosa, de cobre, de hierro y de mármol; y canela, especias aromáticas, incienso, mirra, olíbano, vino, aceite, flor de harina, trigo, bestias, ovejas, caballos y carros, y esclavos, almas de hombres.

Lo que aquí la visión de Juan nos muestra es que las almas de los hombres han llegado a ser mercancía comprada o vendida al mejor postor. De hecho, esto tiene parentesco directo con lo que en muchas congregaciones se realiza hoy, donde se comercia con las almas de sus miembros ignorando el verdadero propósito espiritual. Ante la proverbial pregunta de cómo salirse de todo este andamiaje satánico, bien vale reproducirte el verso 4 de este mismo capítulo 18 e este libro, que dice: Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; 

Sabemos, porque así ha sido escrito, que Adán fue creado con capacidades extraordinarias, tanto en lo intelectual, como en lo espiritual y físico. Basten dos ejemplos para confirmarlo. Se le ordenó darle nombre a cada uno de los animales creados y así lo hizo. Obviamente, no eran dos o tres, eran miles y miles. Luego, él podría recordarlos a uno por uno sin errores. Memoria sobrenatural. Se le ordeno labrar la tierra del Edén, a él solo. Si el Edén estaba conformado por esos cuatro ríos mencionados, el Edén no era un pequeño parque ni una placita de pueblo, eran miles de hectáreas. Lo hizo.

Enorme capacidad física y mental. Todo esto estaba en su alma. Al producirse su caída, toda esta capacidad quedó congelada, confinada. Pero ese poder no desapareció, sino que quedó latente en toda la humanidad posterior. Aquí es donde caemos necesariamente en la realidad de lo que el alma humana significa. Porque, indefectiblemente, esa alma humana contiene un poder tremendo que proviene de Adán. Un poder que, si bien es de corte original, sin embargo, no es necesariamente divino, pero si “sobrenaturalmente natural”.

¿Qué hace Satanás al respecto? Busca liberar ese poder para respaldar sus fines, utilizando imitaciones espirituales y emociones muy intensas, desviando de ese modo a los creyentes y llevándolos a depender de todas estas sensaciones anímicas y corporales, abandonando de manera automática lo espiritual, que es la base de lo que Dios nos dejó para manejarnos en esta tierra con la guía de su Espíritu Santo. Tremendo. La advertencia es más que clara.

Muchas de las manifestaciones aparentemente espirituales que se experimentan en las modernas congregaciones evangélicas, podrían tranquilamente provenir del alma, mediante el manejo consciente o inconsciente de las emociones, la sugestión y aún de ciertas manipulaciones que todos hemos podido observar. A veces, con la sana intención de motivar a creer más y mejor, pero no en dependencia a la guía del Espíritu Santo.

Esto, obviamente, eleva al carácter de urgencia utilizar el discernimiento que nos ha sido entregado, para determinar el verdadero origen del poder manifestado. Por eso es que casi de manera permanente, en la mayoría de nuestros ambientes cristianos, se llama a todos los creyentes a no vivir conforme a sus emociones, a sus razonamientos intelectuales, (De sobremanera si se trata de sitios conformados por profesionales) o voluntad propia.

Se les enseña o advierte de procurar vivir conforme al espíritu, en permanente comunión, (Que es comunicación directa) con Dios y recuperando el diseño original que tenía Adán antes de la caída. La gran pregunta que surge de inmediato y que me ha tocado escuchar y responder muy a menudo, es: ¿Es factible fácilmente eso? La respuesta, es que no, que no es fácil ni sencillo porque forma parte de una guerra espiritual, pero que es posible, ya que de otro modo Dios no nos hubiera ordenado hacerlo.

 Todo esto es un llamado a reevaluar profundamente la teología cristiana tradicional sobre la naturaleza humana. Plantear que en el alma reside un poder inmenso que, si no está sometido al espíritu y el espíritu no está sometido al Espíritu de Dios, puede ser sin dudas una terrible fuente de engaño espiritual, especialmente en estos tiempos finales. La restauración del hombre pasa por entender esta dinámica y caminar en el espíritu, no en la carne ni en lo meramente almático.

¿Te cabe alguna duda que esto, que de ninguna manera es moderno, que ya fue pensado y escrito hace muchísimos años es, exacta y puntualmente lo que hoy se vive en la mayor parte de lo que denominamos como iglesias cristianas? Lo cierto y evidente es que existe un poder latente en el alma humana, heredado desde Adán, que quedó confinado tras la caída. Muchas religiones y prácticas espirituales (Por ejemplo, el budismo, hinduismo, taoísmo, algunas técnicas de la psicología, parapsicología, etc.) buscan liberar este poder a través de medios ascéticos o mentales.

 Sin embargo, este poder no proviene de Dios, y su activación puede llevar a manifestaciones sobrenaturales engañosas que son instrumentos de Satanás. El tema central de todas las religiones del mundo, (Y es mi deber de honestidad incluir algunas estructuras evangélicas sencillamente sectarias), buscan subyugar el cuerpo para liberar el alma y su poder. Reitero: no es exclusivo del cristianismo, pero en ciertos y puntuales casos, lo incluye.

Lo que ocurre, hay que decirlo con franqueza, es que las multitudes se impactan cuando ven manifestaciones de poder genuinas y no armadas tipo comedia dramática. Porque, -también a esto hay que decirlo-, el poder que esas multitudes ven, es real, pero ignoran que es engañoso. Las manifestaciones tales como milagros, sanidades, predicciones, pueden ser reales, no lo dudo, pero no provienen del Espíritu Santo, como se nos dice, sino de almas humanas influenciadas por espíritus malignos, eso que conocemos vulgarmente como demonios.

 Son muchos los cristianos, (Me resisto a decir creyentes), que confunden estos poderes con dones espirituales genuinos. La falta de discernimiento permite el engaño y, la infiltración de prácticas ocultistas, además de psíquicas en las iglesias teóricamente cristianas. La ciencia, a través de la psicología, propone estudiar la psique, que es el alma, pero su enfoque es natural, no espiritual, y pueden tranquilamente abrir la puerta al uso indebido del alma. 

8.- Y ni Hablar de Terrenos Espinosos…

 …como el de la propia parapsicología. Lo cierto es que Jesús, desde su vida misma, y no tanto en lo que dijo, no vino a potenciar el alma caída, sino a reemplazarla con vida espiritual nueva a través del Espíritu Santo. Mateo 10:28 es, de alguna manera, una muestra de eso cuando dice: Y no temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.

Jesús vivía hablando del Espíritu. Si aquí es capaz de separar al alma del cuerpo físico, entonces el respaldo a esta enseñanza es notorio y válido. Si te detienes a observar con absoluto criterio bíblico y despojado de toda antinomia que puedas guardar, vas a comprobar que una enorme mayoría de congregaciones evangélicas, hoy, están operando con directa vinculación con el alma y no con el espíritu. Los temas que se hablan, mayoritariamente tienen que ver con las distintas necesidades que cada hombre o mujer puedan estar padeciendo.

Cosa que no estaría mal, sino fuera que desde hace ya mucho tiempo ha reemplazado a lo que la iglesia del Señor debería ser: una propagadora del evangelio del Reino y de sus bases escriturales para vivirlo. Esto, pone a todas esas congregaciones en estado de vulnerabilidad al engaño y, por tal motivo, sencillamente se han apartado del diseño divino. A todas luces, quien quiera que se esmere un poco podrá ver cómo Satanás se las ha ingeniado para promover el uso de este poder con la simple idea de suplantar el evangelio. ¿Qué crees que viene? Nadie lo sabe, pero yo te digo lo que yo pienso: Un Remanente.

Para eso, estos personajes te presentan una falsa espiritualidad por fuera de la cruz, sin tener en cuenta a la sangre y, esencialmente, sin dependencia al Espíritu Santo. ¿Y sabes qué? Hasta ahora les está dando buenos resultados. Si instalo una carpa donde alguien va a enseñar el significado del evangelio del Reino, y a su lado otra donde un solo hombre orará y tal vez en algunos casos sanará a los enfermos, es muy probable que la primera esté casi vacía y la segunda sobrecargada de gente. De hecho, la sanidad tiene algunos vericuetos que veremos con mayor amplitud en estudios siguientes.

 Y, como puedes suponer, no estoy hablando de gente incrédula, esto dicho desde una óptica eclesiástica, aunque en el fondo, tengo mis dudas que no lo sean, aunque ocupen bancos en un templo. Creo que no te descubro nada nuevo si te digo que estamos en una guerra espiritual entre la fuerza del alma, también denominada psiquis, y la del espíritu, al que ahora conocemos como pneuma. La única defensa es una unión real y vivencial con Cristo, no un conocimiento superficial como dejan en evidencia poseer una innumerable cantidad de cristianos.

 Es indudable que debemos hacer un urgente llamado al discernimiento, a renunciar al uso del poder del alma y a vivir guiados por el Espíritu Santo. Solamente así la iglesia genuina podrá resistir la gran apostasía que ya se ha puesto en marcha y el engaño que prepara el camino para la manifestación del anticristo. Lo quieras creer o no, lo hayas podido ver o no, ya comenzamos a caminar en esa dirección equivocada. Y no hablo de ti o de mí, que muy probablemente estamos viendo la realidad de la verdad, me estoy refiriendo a Babilonia, que hoy por hoy tiene más miembros que la iglesia genuina.

Una vez más, te recuerdo que esas capacidades extraordinarias que le fueron dadas a Adán, no se perdieron tras la caída, sino que quedaron latentes y aprisionadas en su carne. Este poder psíquico, si me dejas llamarlo así, porque psiquis es alma, te recuerdo, ha sido ocasionalmente manifestado a lo largo de la historia, incluso por gente no creyente, y ha sido objeto de estudio por esa dudosa ciencia denominada parapsicología. Es obvio que Satanás, absolutamente consciente de ese poder en el alma humana, desea fervientemente controlarlo para sus propios fines.

Piensa en magias, hechicerías y brujerías varias y dime si no lo ha estado logrando. La caída del hombre fue su intento inicial de lograrlo, pero ese poder quedó inactivo bajo el dominio de la carne, frustrando su plan. Desde entonces, Satanás ha estado trabajando para liberar ese poder latente, especialmente al final de los tiempos, usándolo para engañar, confundir milagros, y oponerse al plan de Dios. Convengamos en que el Espíritu Santo obra a través del espíritu regenerado del hombre, tras el nuevo nacimiento en Cristo.

Satanás, en cambio, obra a través del alma no regenerada o del poder psíquico, que aún pertenece a la vieja creación. Es vital discernir entre lo espiritual y lo psíquico, pues muchos fenómenos religiosos aparentemente «milagrosos» pueden proceder del alma y no del Espíritu Santo. Las oraciones psíquicas (Enviadas no a Dios, sino a otras personas) pueden tener efectos reales, pero no son de Dios, y se asemejan más a hechicería o manipulación.

Muchos cristianos bien intencionados, pero ignorantes de todo esto, podrían estar usando este poder sin saberlo, influenciando, oprimiendo o dañando a otros creyendo que están “ministrando”. Ejemplos incluyen: orar con un deseo egoísta, predicar usando técnicas emocionales repetidas, o hacer campañas evangelísticas buscando resultados numéricos como métrica de éxito. ¿Habrás visto algo así en tus cercanías, últimamente? ¿Sugerencias prácticas? No le pidas oración a quien no conoces. No ores por quien no conoces si no tienes dirección clara del Espíritu para hacerlo. No impongas tus manos con ligereza, fue dicho.

El verdadero poder del Espíritu Santo, entiéndeme, regenera al creyente, re – genera, esto es: vuelve a generar algo que estaba degenerado. Todo a partir del nuevo nacimiento sin el cual no puede haber regeneración. Además, habita en el espíritu del hombre para producir fruto espiritual y viene sobre él para darle el poder del testimonio, de ninguna manera para manipularlo. Este poder, quiero que lo sepas, es incontrolable, mientras que el poder del alma sí puede ser manipulado, que es lo que lo hace espiritualmente peligroso si se lo confunde con lo espiritual.

 Por todo lo expuesto, existe una línea muy sutil, pero al mismo tiempo crucial entre el uso del alma y el uso del espíritu. El alma caída puede ser fuente de milagros, señales y emociones falsas, que desvían al creyente de la obra verdadera de Dios.  El mensaje llama a los creyentes a examinarse con honestidad, discernir con claridad y no ser engañados por lo “espectacular”, lo “emocional” o lo “milagroso” si no procede del Espíritu de Dios. Cuidado: no sea que por buscar lo espectacular te pierdas lo divino.

Quien haya pasado por alguna experiencia personal de sentirse espiritualmente débil, ha entendido que el verdadero poder espiritual no se siente ni se basa en emociones. Obedecer a Dios sin sentir nada especial, es más importante que buscar sensaciones o poderes invisibles. Conocí a muchos “hermanos” que, en el final de cada culto, servicio o reunión, las evaluaban conforme a lo que les hubiera hecho sentir.

 No sé si te puede servir mi testimonio, pero puedo asegurarte que cuando más me ha tocado recibir del Señor, ha sido cuando menos he sentido en lo corporal o emocional. Asimismo, he conocido gente que en un culto experimentaba ataques de risa, temblores, caídas al suelo donde permanecían largo tiempo en éxtasis que, en la semana siguiente, estaban exactamente igual que en la anterior a todo eso. Dios nos creó con emociones, pero nos ordenó no vivir conforme a ellas, sino a su Espíritu.

 Y, precisamente, es a partir de eso que muchos predicadores utilizan recursos psicológicos o emocionales, tales como gritos, cánticos o historias conmovedoras, para manipular a sus oyentes. Tengo una experiencia personal que quiero compartirte. Cuando me ha tocado dar una tremenda revelación que el Espíritu Santo me trajo en el momento en que estaba hablando en público, generalmente no ha sucedido nada en lo visible.

Aquellos que tuvieron oídos espirituales para oír y la recibieron, apenas quedaron en silencio, conmovidos por lo que estaban viendo por primera vez. Cuando he utilizado algún recurso de oratoria, tal como hacer énfasis en determinadas palabras, generalmente he recibido aplausos y aclamaciones de mis receptores. Muy bonito, pero mi calidad de vocero de Dios estuvo en lo primero, mientras que en lo segundo sólo se movió mi carnalidad al ritmo de mi alma con influencia adámica.

 De ninguna manera se deberá confundir el poder del Espíritu Santo con el poder del alma o el poder psíquico. Porque esto es muy similar al poder de la sugestión o, lo peor, al del hipnotismo. Me conmueve mucho más una multitud en silencio, abrumada por el peso de la gloria de Dios descendiendo sobre ellos, que otra que grita, aclama y se convierte en un desorden tal como el que podría suceder en las gradas del estadio de Boca o River, ante una anotación, un “gol”, del equipo local.

Eso es emocionalismo. No es censurable, Dios nos creó con eso. Pero eso no es sinónimo de presencia de Dios en un lugar, que se entienda. Y esto de ninguna manera niega que existan milagros verdaderos, pero sí se cuestiona el origen de muchos fenómenos que se presentan como divinos. Todos sabemos que hay prácticas dentro de ciertas iglesias que, aunque generen resultados tales como sanidad, emociones fuertes o incluso lenguas, no provienen de Dios sino del poder humano mal canalizado.

 Para que te queden claras las enormes diferencias entre una auténtica fe cristiana y ciertas prácticas psicológicas. Meditar largo rato, pero sin referencia bíblica, así como buscar sentirse bien o experimentar fenómenos corporales, no garantiza de ninguna manera una verdadera experiencia con Dios. Y ni hablar de obedecer algún mandato de “no pensar en nada o dejar tu mente en blanco”. ¡Ni se te ocurra hacerlo! Estarás invitando cordialmente a una legión de demonios para que entre en tu mente y te destruya.

Un cristianismo auténtico se basa en la fe, en la Palabra de Dios y en una vida interior dada por el Espíritu Santo. De ninguna manera en sentimientos o manifestaciones externas. Y mucho menos en la calidad o no del templo al que asistas cada semana. ¡Por favor! ¡No me confundas ser creyente con ser miembro de una religión cristiana!  Es que, si se cae en estos usos tan singulares de orden psíquico, el cristianismo tradicional que conocemos no se diferenciará en nada con otras religiones que lo practican, tales como el Islam, el hinduismo o diversas sectas tales como la llamada Ciencia Cristiana.

Estas similitudes alertan sobre la posibilidad de que algunos cristianos estén operando bajo fuerzas que no vienen de Dios, aunque ellos crean lo contrario. Lo que sucede es que hay tantos cristianos necesitados de milagros y sensaciones que aceptan cualquier experiencia espiritual sin discernir su fuente. Se insiste en que el verdadero sentir de un creyente radica en perder el ego y unirse a Dios, no en buscar experiencias o señales externas.

El mensaje central de todo esto es una llamada de carácter urgente al discernimiento espiritual, advirtiendo que no todo lo que parece milagroso o poderoso viene de Dios. Se enfatiza la necesidad de vivir por fe, obediencia y comunión con Dios, y no dejarse llevar por emociones o manifestaciones superficiales. Los puntos considerados como claves en todo este trabajo son: Ataques espirituales y opresión psíquica. Muchos creyentes experimentan opresión espiritual durante reuniones, oraciones o lecturas bíblicas.

Esta opresión, según el texto estudiado, proviene de Satanás y no debe confundirse con la presencia de Dios. Luego viene el discernimiento entre lo espiritual y lo psíquico. Existe la necesidad de diferenciar entre el poder que proviene del Espíritu Santo y el que proviene del alma humana, especialmente en ambientes religiosos donde se manipula la emoción o la multitud para generar una experiencia supuestamente espiritual. A eso se le suman los milagros y señales falsas.

Hay suficiente en nuestra Biblia respecto a advertencias sobre prodigios mentirosos realizados por el anticristo y sus agentes. Estos milagros son reales, pero su origen es satánico y buscan engañar. Contar con una multitud no es sinónimo de tener victoria espiritual. Hay grandísimas congregaciones en donde no sucede absolutamente nada desde lo espiritual y, por contrapartida, vemos que tanto el propio Jesús como luego también Pablo, trabajaban con grupos muy reducidos en momentos claves.

De todos modos, me parece muy atinado compartirte algunos ejemplos prácticos de lo que es el poder psíquico disfrazado de espiritual. En primer término, en lo que tiene que ver con el evangelismo personal. Es muy frecuente que, cuando se usan estos rudimentos, alguien pueda directamente leer los pensamientos de otra persona o usar intuiciones naturales en lugar de depender del Espíritu Santo de Dios. Otro tanto ocurre en las llamadas reuniones de avivamiento. 

9.- Allí Solemos Encontrar Ambientes…

 …cargados de emoción colectiva, que suelen confundirse muy fácilmente con poder del Espíritu Santo. Se suma a todo esto algunos cánticos y músicas especiales. Hay que convenir que el excesivo uso de la música para inducir el fervor emocional, produce resultados aparentemente muy bulliciosos, pero absolutamente carentes de un verdadero impacto espiritual. Los frutos de toda esa gente nos permite reconocerlos.

No hay que perder de vista a los estudios bíblicos basados en interpretaciones de la palabra sustentadas en el intelecto o, en otros casos, en diversas necesidades humanas, pero sin fruto alguno de carácter espiritual. Y finalmente, también es clave la alegría forzada. Un ejemplo, la conocida risa santa. Son manifestaciones emocionales sobre enfatizadas y exageradas que, muy fácilmente, se confunden con la obra del Espíritu Santo. El Señor nos llama a la sobriedad y al discernimiento espiritual.

Los creyentes deben buscar equilibrio en su crecimiento: conocer la Biblia, avanzar espiritualmente, evangelizar y confiar en Dios con fe viva. No se condena lo sobrenatural, sino su falsificación a través del alma humana manipulada por Satanás. En resumen, lo que se condena y se sugiere tener mucha precaución, es ese anhelo de vivir sobrenaturalmente, cuando sabemos más que largamente que eso está en el plan divino solamente cuando es necesario, tal como lo vivió el propio Jesús.

Todo esto es una advertencia contra el engaño espiritual moderno, que mezcla emociones, manipulaciones humanas y aparentes milagros, sin verdadera obra del Espíritu Santo. Llama a los cristianos a vivir en dependencia de Dios y discernimiento espiritual profundo. Te deja en evidencia pequeñas desviaciones que luego traerán grandes consecuencias. Comienza citando una metáfora: dos líneas apenas separadas al principio, pueden estar a kilómetros de distancia si se prolongan.

Esto ilustra como un error pequeño en el inicio espiritual puede terminar en un gran desvío con el tiempo. Sería muy extraño que no hayas visto algo así en tu vida de creyente. De hecho, el problema no es la emoción, sino el enfoque equivocado del corazón al buscar sensaciones y no al Espíritu Santo en sí mismo. Muchos han confundido liberación emocional del alma con una obra del Espíritu. Y no lo fue. Hay además muy serias advertencias para con distintos sueños o visiones.

Está probado que muchas de estas experiencias no vienen de Dios, sino de una mente debilitada y una voluntad pasiva. Se diferencia entre una visión espiritual, que las hay y existen, con una creada por la imaginación o el alma. Conozco matrimonios entre cristianos formalizados en base a estas últimas formas. Fracasaron rotundamente hasta el grado de divorcio. Habría que preguntar, tanto a un hombre como especialmente a una mujer, por serlo, cuando dicen “ver” a Jesús, ¿Qué rostro están viendo?

En lo personal, he tenido respuestas que, si no representaran el riesgo que tienen, habrían sonado hasta graciosas. Recuerden que el alma puede estar viva, tener emociones y también fortaleza, pero no puede dar vida. El Espíritu, en cambio, sí que transmite y vivifica la vida verdadera de Dios. Muchas son las obras de la iglesia que están basadas en el alma. Emocionan, conmueven, pero no transforman. El quebrantamiento de espíritu, tan necesario para nacer de nuevo, no tiene nada que ver con una fuerte emoción del alma, aunque externamente se parezcan.

 En cuanto a las técnicas evangélicas para sus reuniones, algunas suelen estar llenas de estrategias humanas. Atmósfera emotiva, coritos, historias conmovedoras, de esas que hacen llorar a los más sensibles, o sea: manipulación emocional apta para asumir e involucrarse con todo lo que se les dé. Pero atención, estos métodos producen efectos pasajeros, pero de ninguna manera generan vida espiritual verdadera. Es como una especie de morfina espiritual, alivia temporalmente, pero no sana.

 Porque la verdadera vida espiritual nace de la resurrección de Cristo, no sólo de su nacimiento. La regeneración es recibir la vida que no muere, o sea, la vida que vence a la muerte. Vendría a ser algo así como un roble que rompe un sepulcro de mármol, porque tiene vida. Recuerda que Jesús dijo que quien aborrece su vida, (Que es como decir su alma), la guardará para vida eterna. Usar nuestras propias habilidades humanas, nuestros talentos o nuestras emociones, no sólo que no aporta nada de bendición, sino que en casos puede llegar a bloquear la acción de Dios.

 Para que haya fruto espiritual, acuérdate, el grano de trigo, que es justamente el alma, debe caer y morir. El que dice que es obrero de Dios debe renunciar a su propia fuerza y depender completamente del Espíritu. Es mucho más valioso morir al Yo, que usar elocuencia, carisma o conocimiento humanos como herramientas espirituales. Sólo se consigue hacer gente religiosa. Todo este antiguo trabajo es una fuerte advertencia contra el engaño espiritual que proviene de operar desde el alma en lugar del espíritu.

Exhorta a buscar a Dios con un corazón puro, sin buscar experiencias emocionales, discernir el origen de los fenómenos espirituales, morir a uno mismo para que el Espíritu Santo pueda obrar y rechazar cualquier método humano y depender totalmente de Dios. El poder debe ser obtenido en base a la resurrección. Resurrección es vivir más allá de la muerte. Lo que necesitamos no es de mayor poder sino de muerte más profunda.

Necesitamos resistir a todo poder natural. Aquel que no pierde su vida del alma, no conoce nada de poder. Sin embargo, aquel que pasó por esa forma de muerte, se halla en poder de la vida. Cualquiera que pierde su vida del alma, a semejanza del grano de trigo que cae en tierra y muere, crecerá en la vida de Dios y producirá mucho fruto. Creo que muchas personas son tan ricas y fuertes que no dan oportunidad para que Dios obre. Frecuentemente recuerdo las palabras desamparado y desesperanzado”.

 Debo decirle a Dios: “Todo lo que tengo eres Tú; yo mismo nada tengo. Fuera de Ti estoy verdaderamente desamparado y desesperanzado”. Debemos tener una actitud de dependencia para con el Señor, como si no pudiésemos inhalar y exhalar sin Él. Cualquier cosa que tenemos viene de Él. ¡Cómo se deleita Dios viéndonos llegar a Él desamparados y desesperanzados! Y no porque Dios sea cruel y necesite eso para regodearse, sino porque se derrite de ternura y amor cuando nos ve desvalidos.

Hace pocos días un hermano me preguntó: “¿Cuál es la condición para que obre el Espíritu Santo?” A lo que le respondí: “El Espíritu Santo nunca se enreda en ayudar el poder del alma. El Espíritu Santo necesita llevarnos primero al lugar donde no podemos hacer nada por nosotros mismos”. Aprendamos a rehusar todo aquello que viene de nuestros egos naturales. Sea milagroso o común, debemos rehusar todo aquello que no viene de Dios. Él entonces demostrará Su poder para realizar aquello que pretendió hacer.

Habrás oído y visto, al igual que yo, decenas de reuniones multitudinarias donde se hace énfasis en el poder del Espíritu Santo manifestado allí. Mientras, se le rinden honores, aplausos, glorias y aleluyas al predicador que ha desatado todo eso. Lamento decepcionarte. Allí no está, ni estuvo, ni muy probablemente estará presente el Espíritu Santo de Dios, sino un poder que se resume en todo esto que hemos estado compartiendo. De haber estado presente el Espíritu, ese predicador jamás hubiera permitido que se lo aclame o se le rinda homenajes.

 Porque el Espíritu Santo se manifiesta, solamente, para glorificar a Cristo, y no a hombre alguno. ¡Es que yo los dejo que me adulen porque ellos lo necesitan!, me han argumentado. Puede ser, pero se olvidan de algo clave: si somos ministros estamos aquí para obedecer la voluntad de Dios, no las emociones de las personas. El Ejemplo del Señor: Juan 5:19: Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. El Hijo no puede hacer nada por Sí mismo. En otras palabras, de todas las cosas que el Señor realizó, ninguna de ellas Él hizo por Sí mismo.

 Esta era la actitud continua del Señor. Él nada hacía por Su propio poder o según Su propia idea. Él rehusaba cualquier cosa que pudiera venir de Él mismo. Sin embargo, ¿Existía algo errado con Su alma? ¿Su poder del alma no era bastante utilizable? Siendo que Él no tenía el menor indicio de pecado, para Él no sería pecaminoso, entonces, usar Su poder del alma. Aun así, Él afirma que el Hijo nada puede hacer por Sí mismo. Si un Señor tan santo y perfecto como Él se rehúsa a usar Su propio poder, ¿Qué otra cosa en cuanto a nosotros?

 El Señor es tan perfecto, y aun así en toda Su vida Él demostró ser desamparado y desesperanzado en Sí mismo, dependiendo sólo de Dios Padre. Él vino al mundo para hacer la voluntad del Padre en todas las cosas. Nosotros, que somos apenas una partícula de polvo, en verdad no somos nada. Debemos poner a un lado la fuerza psíquica y rehusar cualquier cosa que venga del poder del alma, antes que podamos trabajar con fuerza espiritual y producir mucho fruto. Que Dios nos bendiga en todo eso y nos muestre el camino a seguir con claridad.

Muy bien; ahora seguramente has quedado desparramado por la validez y contundencia de esta enseñanza. Eres libre de tomarla, aceptarla, creerla y ponerla por obra, o de dejarla a un costado y ser, uno más, de los que consideran decir estas cosas, como una herejía. No es mi intención alterar tu doctrina ni mucho menos, crear alguna nueva. Lo que sí quiero, es que tengas suficiente serenidad de discernimiento para cumplir con el consejo paulino: examinarlo todo y rescatar lo bueno.

Eso es válido para este trabajo. Sólo una cosa puedo añadirle después que lo leas: Ahora ya lo sabes. Ahora ya no puedes hacerte el distraído/a y decir que lo ignorabas. He contribuido modestamente con mi parte para sacarte de una de las tantas ignorancias que cada uno de nosotros tiene en su vida de fe. Que te sirva y te sea útil para, al menos, no caer en fieros engaños que seguramente jamás te iban a llevar a ninguna victoria espiritual, aunque te sirvieran para entretenerte un buen rato y suponer que habías disfrutado de la gloria de Dios. Ahora vamos por otra cercana a esta. 

10.- La Actividad más Mal Entendida…

 …en la iglesia, es la oración. Queremos comprender el propósito, el poder de la oración. Y concentrarnos en el principio de la súplica. Para comprender la oración, es necesario comprender el Reino. Si tomas el concepto de la oración fuera del contexto del Reino, el resultado será una actividad religiosa. Pero resulta ser que la oración no es una actividad religiosa. Y te lo puedo probar.

Comencemos con algunas afirmaciones que quiero que recuerdes. La oración es el concepto del Reino más mal entendido. La mayoría de las personas que oran, no saben cómo orar. Supongo que tú eras parte de ese grupo. No te avergüences, yo también lo era. En segundo lugar, la oración es la actividad del Reino más importante en la tierra. Por rara paradoja, es la peor comprendida.

Porque la oración es la responsabilidad número uno de un embajador. Te lo voy a explicar. Alguien dio alguna vez una declaración notable. Lo hizo con un grado de comprensión por la oración que muy pocos habían notado. Cuando entiendes eso, tu vida entera va a cambiar. Esto es lo que fue dicho: “Parece que, sin Dios, el hombre no puede. Y sin el hombre, Dios no hará”.

¿Qué se habrá querido decir con eso? Es una declaración fundamental. Parece que, sin Dios, el hombre no puede, y sin el hombre, Dios no hace. Lo que quiere decir, es lo siguiente. Parece que, en la tierra, el hombre no puede hacer nada sin Dios. Pero también hay otra realidad, y es que Dios no hará nada en la tierra sin el hombre. El principio es que tiene que haber una sociedad entre el cielo y la tierra. Si no la hay o se demora, el infierno te gana la carrera. Al menos por un tiempo.

Eso es para que las cosas sucedan en la tierra. En consecuencia, lo que sucede en la tierra depende de ti. Esto es literalmente verdad. Para entender la oración, hay una definición muy simple. Alguien escribió alguna vez una frase muy simple que le llevó gran parte de su vida acuñar. “La oración es la licencia terrenal para una intervención celestial.” ¿Qué significa esto?

La oración no es una opción para el creyente. La oración es una necesidad. Quiero repetir que la oración no es una actividad religiosa, es una actividad legal. Sin embargo, no puedes comprender esto, si no entiendes el concepto de Reino. Esto podría llegar a llamarse “El poder del ser humano”. La criatura más poderosa en la tierra, eres tú, el ser humano. ¿Cómo es eso?

En primer lugar, Dios dio la autoridad legal sobre la tierra, solamente a los seres humanos. La autoridad legal, ¿Pertenece a los seres humanos? ¿Qué es un ser humano? Lo que voy a explicarte, tal vez signifique un enorme descubrimiento para tu vida, si lo ignorabas. En principio, debo recordarte que no tienes un espíritu, sino que eres un espíritu. Puedes decírtelo a ti mismo, ahora: ¡Soy un espíritu!

Esto es fundamental. No es que lo tengas, eres un espíritu que vive en un cuerpo de tierra. Dios formó tu cuerpo del polvo de la tierra. Por lo tanto, está compuesto en alto porcentaje por tierra y agua, para solidificarla. Si fuera sólo tierra, al primer viento desaparece. Por eso, cuando dejas tu cuerpo, éste se devuelve al polvo. Ahora, que tu tierra sea oscura o clara; amarilla, roja o marrón no hace ninguna diferencia, no es más que tierra. Nunca midas tu valor por el color de tu tierra.

Un ser humano es un ser espiritual en un cuerpo de tierra. Se puede explicar cómo es que funciona esto. La palabra tierra, es la palabra humus, Es una sustancia orgánica oscura y rica en nutrientes que se forma en el suelo a partir de la descomposición de restos vegetales y animales (como hojas, ramas, raíces, insectos, etc.). Es el resultado final de la descomposición biológica realizada por microorganismos.

Entonces, el humus es tierra, el hombre es diferente. El hombre es un ser espiritual. La palabra hebrea para hombre es la palabra Ish. En Génesis 1:26, cuando Dios dice Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, la palabra utilizada allí es Ish. Hagamos ish. Ese es el ser espiritual. Por lo tanto, tú eres un espíritu. El hombre es un espíritu. Su cuerpo es de humus, de tierra.

Luego, Dios tomó al hombre y lo puso en la tierra. En el humus. De esa manera te convertiste en un hombre de humus– Humus man, en inglés. No se escriben dos palabras, son dos palabras unidas. El hombre humus, o humus man. La sílaba del medio fue omitida. Y así humus man, se convirtió en human en inglés. Humano en español. Y allí te salta la pregunta: ¿Qué es un ser humano?

El ser humano es un misterio. Es un ser espiritual en un cuerpo de tierra. Cuando usas el término humano, no es un término simple. Es una combinación entre un espíritu y un cuerpo de tierra. Todo esto es decisivo para la oración. Así es que, cuando Dios creó la raza humana, puso al ser espiritual en un cuerpo de tierra. Después, ordenó al ser humano que dominara sobre la tierra. Que ellos dominen sobre la tierra. (Gen.1:26)

¿Quiénes son ellos? Los seres humanos. ¿Y qué es un ser humano? Un espíritu en un cuerpo de tierra. Esto es fundamental. El único ser que tiene derechos legales dados por Dios para operar y dominar sobre la tierra, es un espíritu que está en un cuerpo de tierra. La palabra de Dios no cambia. Aquí está el misterio. Todo espíritu sin cuerpo de tierra, es ilegal en la tierra. Esa es la razón por la cual no entiendes bien la Biblia.

Si no captas este último concepto, la Biblia no tendrá sentido para ti, incluyendo la encarnación de Jesucristo. Porque Encarnación viene de la palabra carnal, que significa tierra. Encarnación indica que un espíritu y una tierra se convirtieron en un ser humano. Todo espíritu que no tiene cuerpo de tierra, es ilegal en la tierra. Ahora sabes por qué los demonios están en situación irregular sobre la tierra.

El arma más poderosa que posees, no es tu espíritu. El arma más poderosa que posees en la tierra, es tu cuerpo. Es por esta razón por la que cuando pierdes tu cuerpo, tú también te vuelves un indocumentado y tienes que irte. A eso lo llamamos la muerte. Los espíritus nunca mueren. Tú nunca morirás. Es tu cuerpo el que muere. Cuando lo pierdes, tienes que partir.  Ya no estás en el cuerpo y te vas.

En consecuencia, el arma más poderosa que tienes en la tierra, es el cuerpo. Porque es lo que te mantiene en situación legal en la tierra. Por eso es que los demonios intentan entrar en tu cuerpo. Ellos tratan de volverse legales. De ese modo, la posesión demoníaca es simplemente un espíritu demoníaco que intenta usar tu cuerpo para volverse legal y poder operar en la tierra.

Por eso puedes expulsarlos, porque no tienen ninguna autoridad legal. Como tú tienes un cuerpo, tú puedes echar fuera los demonios por causa de tu autoridad. Dios mismo eligió hacerse clandestino en la tierra. Trato de explicarte esto para que sepas como es que funciona. Dios ordenó que ellos dominen sobre la tierra. ¿Quiénes son esos ellos? ¿Qué dijo Dios?

Dijo que ellos dominen, no que nosotros dominemos. Él no se incluyó a sí mismo. Dios no tenía un cuerpo de tierra. Él te lo dio a ti. Luego creó una ley. La ley decía: que ellos dominen sobre la tierra. Cuando Dios habla, cada palabra se convierte en una ley. El mismo Dios jamás violará su propia ley. Si lo hiciera, ya no podrías confiar en Él. Dios necesita a los seres humanos en la tierra a fin de no violar su propia ley.

Por lo tanto, nada en la tierra puede suceder sin la cooperación de un ser humano. Así de poderosos son los hijos de Dios en la tierra. El mismo Dios no puede interferir en este planeta sin la licencia, el permiso que Él te dio. Sé que esto parece increíble. Esa es la razón por la cual tus oraciones no son contestadas. Has orado durante mucho tiempo y sin embargo sigues estando en la pobreza, enfermo y sin poder pagar tus cuentas. Has confesado versículos que no se han cumplido porque estás esperando que Dios lo haga.

11.- Respira Profundamente y Entiende…

 …que tienes esa importancia. Hay una serie de principios que tienen relación con la oración. Quizás sean más que los que te comparto, o tú mismo con ayuda del Espíritu Santo encuentres más, pero yo voy a compartirte seis. Toma nota de esto porque tiene calidad e importancia suma. Reitero. Dios no hará nada en la tierra sin pedir la licencia al hombre y esa licencia se llama oración. Seis principios. 

Número Uno: la autoridad legal para dominar en la tierra, fue dada a los seres humanos. Ese es un principio. Número Dos: Dios no se incluyó a sí mismo en la estructura de la autoridad legal en la tierra. Él declaró: que ellos dominen. Se retiró de la ecuación y por esa razón hay una palabra central que es Soberanía. Ustedes, seres humanos, son soberanos en la tierra, no Dios.

No porque Dios sea débil. No se trata de que Dios sea o no Soberano. Se trata de que Dios siempre respeta su propia palabra. Número Tres: El hombre se convirtió en el administrador legal del mundo terrenal. Ustedes que me están leyendo, son los regentes legales en la tierra. ¿Qué es el hombre? Un ser humano, un espíritu en un cuerpo de tierra.

Número Cuatro: Sólo los espíritus en un cuerpo físico están en situación legal en la tierra. Número Cinco: Todo espíritu sin cuerpo de tierra, es ilegal en la tierra. Esto incluye al mismo Dios. Sé que es difícil de concebir, Dios siempre respeta su palabra. Número Seis: Toda influencia sobrenatural en la tierra sólo es legal a través de un hombre de humus. Un ser humano.

Déjame ahora hacerte una pregunta de algo que probablemente nunca has pensado. Cuando Eva estaba a punto de tomar el fruto, ¿Por qué Dios no la detuvo? ¿Alguna vez has pensado en esto? Dios podría habernos ahorrado un montón de problemas, si sólo hubiera impedido que esa mujer delgada tomara ese fruto absurdo. Podría haber salvado a toda la raza humana. Examina esto con esta lógica.

Él escuchó su conversación con el diablo, lo estaba viendo todo. Él siempre ve todo. La pregunta que planteo, es: ¿Por qué no intervino? Esa es una pregunta crucial. Me dirás que un Dios Todopoderoso, Omnipotente como Él, ¿No podía impedir que una mujer frágil tomara ese fruto? Pues bien, ahora conoces la razón. Si Dios hubiera intervenido y hubiera interferido en esa operación, habría violado su palabra.

Entonces nos habría sido imposible confiar en Él después de eso. Ahora expliquemos a Satanás, por un momento. En primer término, es un ser espiritual, por lo que es un extranjero en situación irregular en nuestro territorio. ¿Qué hace? Quiere hacer negocios en la tierra. Pero para lograrlo necesita un cuerpo. Entonces se acerca a la serpiente y negocia con ella. La serpiente, cien por ciento tierra.

“Préstame tu cuerpo por unos minutos”, le dice. “Para que yo esté temporalmente en situación legal en la tierra y pueda tratar con esta mujer”. La Biblia declara que el Señor maldijo a la serpiente, porque permitió que el diablo entrara en su cuerpo. La serpiente, antes de esto, caminaba erguida sobre sus patas. Pero Dios la maldijo y le anunció que se arrastraría en el polvo el resto de su vida.

Lo que quiero decir es que Satanás necesitaba un cuerpo de tierra. El hace negocios con esa mujer a través de ese cuerpo de tierra. Y toda la raza humana está a punto de caer. Dios, en cambio, no puede involucrarse. No porque sea débil o no sea poderoso, omnipotente, omnisciente, omnipresente, Jehová de los ejércitos, sino porque es estrictamente fiel a su palabra.

Podría decirse que la caída del hombre fue a causa de su fidelidad. Creo que eso es demasiado profundo. El diablo lo sabía perfectamente. Recuerda que Satanás vivió con Dios y lo conoce muy bien. Lucifer sabe muy bien que Dios siempre respetará su palabra. Por eso Satanás se alegró cuando Dios ordenó que ellos dominen, ya que sabía que Él no intervendría.

¿Qué sucedió? La raza humana entera se derrumbó. Declaramos nuestra independencia del Reino de los Cielos y nos convertimos en una colonia sin reino. Perdimos a nuestro Padre, a nuestro gobierno. La Biblia revela que, incluso el Espíritu Santo tuvo que irse. ¿Recuerdas ese versículo? Mi Espíritu no contenderá para siempre con el hombre. Génesis, capítulo 6, versículo 3.

¿Por qué? Por la razón de que el Espíritu Santo es un espíritu. Él también necesitaba un cuerpo. Tuvo que marcharse. Si estudias el Antiguo Testamento, en ningún momento está escrito que el Espíritu Santo viviera dentro de un ser humano. ¿Por qué? ¡Porque era ilegal! Cuando los profetas profetizaban, por ejemplo, nunca poseían al Espíritu Santo. La Biblia explica que él venía sobre ellos, los hacía profetizar y luego se iba.

¿Por qué? Porque no podía habitar en ellos, dado que el cuerpo estaba contaminado. No podía quedarse en la tierra. Aquí estamos, en el capítulo 3 de Génesis. Todo se había derrumbado. Dios ya no podía entrar. Sólo que Satanás se olvidó que Dios aun podía hablar. En Génesis capítulo 3, versículo 15, Dios comienza a hablarle a Satanás. No a Adán.

Le dice al diablo, y te lo parafraseo, “Satanás; lo que hiciste es muy astuto, sabes que yo no puedo entrar. Tienes razón, no puedo venir en calidad de espíritu porque violaría mi propia ley. Sin embargo, te hago una promesa, diablo: te prometo que voy a usar a la misma mujer que tú usaste para arruinarlo todo, para que me dé un cuerpo. Voy a entrar en él legalmente y voy a aplastarte la cabeza.”

Esa fue la promesa. Ahora ya sabes por qué Dios tuvo que convertirse en hombre. Todo el Antiguo Testamento no es más que la repetición de la promesa de Dios. Vengo, estoy llegando. De eso se trata. Cuando llegamos al profeta Isaías, encontramos algunos detalles. Él revela. Veo más que una simple venida. La joven quedará embarazada, dará a luz un hijo, y le pondrá, -escucha bien- el nombre Emanuel.

Em, que significa En, dentro. Man, que significa hombre, humano. El, de Elohim. Dios dentro del cuerpo de un hombre. Dios con nosotros, se traduce habitualmente. En Isaías capítulo 9 y versículo 6, está escrito: Porque un niño nos es nacido. No dice el hijo, porque el hijo nunca nace. Un niño nos es nacido. No me confundan al niño con el hijo. María no fue la madre del Hijo, fue la madre del niño. ¿Entiendes? Y lo enfatizo por algunas cosas que tú ya te imaginas.

El niño es el cuerpo, porque un niño nos es nacido. El Hijo no nacerá. Porque Dios declara: Yo voy a dar ese Hijo, lo pondré dentro del niño. El niño será el cuerpo de tierra. El Hijo es Elohim, Jehová. El niño hará legal al Hijo. Cuatro mil años más tarde, está escrito, cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer. Gálatas 4:4. El ángel le anunció a María: quedarás embarazada y darás a luz un hijo.

Y le pondrás por nombre. Las palabras del ángel son muy precisas: llamarás al niño, Jesús. Lucas, capítulo 1, verso 31. Jeshúa, que significa Salvador. Pero le darás un nombre a ese niño, no al Hijo, porque el Hijo ya tiene uno. Él es Cristo. Jesús legalizó a Cristo. Jesús era cien por ciento hombre. Cristo es cien por ciento Dios. Satanás ya no sabía qué hacer. Dios había entrado en la raza humana legalmente.

Ahora podía operar sin violar su propia ley. Ese es el significado de la encarnación. Y esa es también la razón por la cual Dios no pudo intervenir cuando Eva estaba a punto de tomar el fruto. Él estaba protegiendo su integridad. Esa es también la razón por la cual Dios te necesita a ti para hacer cualquier cosa en la tierra. Por la sencilla razón de que tienes un cuerpo. Lee una y otra vez tu Biblia, pero con esta comprensión.

Eso creo que hará que cambie delante de tus ojos. Comprenderás que para todo lo que Dios hizo, siempre necesitaba de un ser humano apto y dispuesto para cooperar con Él. El ser humano tenía la autoridad legal, ¿Sabes por qué? En el caso de Sodoma y Gomorra, Dios no podía simplemente juzgarlos. Él es Dios. Él es Soberano. Todopoderoso. Pero estaba en la ilegalidad.

Entonces fue a ver a un hombre llamado Abraham, y le dijo: “Abraham, mira; tengo un problema con Sodoma y Gomorra, quiero juzgarlos. Sólo que no puedo hacerlo, de lo contrario sería ilegal. Necesito que tú me des el permiso para juzgarlos.” Cuando Abraham entendió esto, respondió: Espera un momento, Señor. ¿Me estás diciendo que necesitas de mí para juzgar esta ciudad? Empecemos con una negociación.

Abraham hizo una demanda. Si tengo influencia, dijo, hagamos un trato. Si encontramos cincuenta hombres justos, no los tocaré. ¿Y cuarenta? Tú mandas. ¿Treinta? Dios replica: sigue negociando. ¿Veinte? Dios le recuerda: tú decides, yo tengo el poder, tú la autoridad. Abraham pregunta: Si encontrara un solo hombre justo en esta ciudad, ¿No la destruirías? Dios certifica: te lo garantizo, no puedo tocarla a menos que tú me des el permiso.

12.- Abraham Responde…

 Vuelvo enseguida. Y va a Sodoma, allí encuentra a su sobrino e implora: Lot, ¡Salgamos de aquí! Estoy a punto de darle permiso a Dios para destruir todo esto. Todos ustedes que me escuchan o me leen pueden decir sin mentir ni exagerar: tengo toda la autoridad, porque es el ser humano el que le da permiso a Dios para interferir en los asuntos de la tierra. Cuando Lot salió el ángel preguntó si podía hacerlo ya mismo. 

Abraham afirmó: Adelante, hermano, ya estoy fuera. Dios replicó y dijo: Muchas gracias. Y quemó la ciudad. Si pasas las páginas de tu Biblia, encontrarás a otro hombre. Dios dice: He oído los gritos de los israelitas a quienes los egipcios hacen sufrir. Quiero bajar a liberarlos. Sin embargo, no puedo hacerlo, ya que soy un Espíritu. Necesito a un ser humano que me de permiso.

Dios va hacia Moisés y le anuncia: Quiero hacer algo. Sin embargo, no puedo ir sin tu permiso. Quiero liberar a los israelitas. ¿Quieres aliarte conmigo? Moisés comenzó a argumentar ya que, igual a ti, él venía de lo más sencillo de la calle. Comienza a decirle a Dios que no es nadie para ser elevado a tamaño nivel. Dios le responde: ¡Cállate, muchacho! Tengo que usar a alguien. Puedo usar a cualquiera, sólo necesito a un ser humano para hacerlo.

Creo que ninguno de nosotros ha tomado concreta conciencia de nuestro poder. ¿Por qué Dios no fue solo a liberarlos? Porque eso era ilegal. ¿Te has preguntado por qué Dios te tolera? Tienes el poder y la autoridad, esa es la razón por la cual todavía Dios trabaja contigo. A pesar de todas tus tonterías. Entonces le ruega a Moisés que se alíe con Él rápidamente.

Moisés, finalmente, responde en Éxodo, capítulo 4: De acuerdo, Señor. Hagámoslo. Dios respondió: Muchas gracias, vamos. Si sigues la historia atentamente, Dios no hizo nada sin que Moisés lo anunciara. ¿Has leído como se abrió el mar? Están allí, en el desierto. El ejército de Faraón llega detrás de ellos. Tienen el Mar Rojo, los juncos delante de ellos. Un millón de personas está a punto de morir.

Moisés arenga al pueblo pidiéndoles que no tengan miedo y les promete que antes del atardecer, todos esos egipcios que están viendo que vienen a matarlos, morirán. Después de eso, Moisés corrió detrás del arbusto y le preguntó a Dios: ¿Oíste lo que les dije? ¡Está en la Biblia! Dios le afirmó: He oído exactamente todo lo que les dijiste. Ahora ve y haz todo lo que les anunciaste.

En otras palabras, es como decirte que tú eres el ser humano y Él es Dios. Si tú les dices que los mate, Dios los matará. Entonces Moisés se para sobre una roca con un pedazo de madera como vara. Dios no puede abrir el agua sin el permiso de un ser humano. Le da la orden a Moisés. ¡Levanta tu vara!  Moisés responde y Dios continúa y le dice que le diga a las aguas que se abran.

Dios agradece y sopla hacia el Mar para abrirlo. La gente cruzó el Mar en tierra seca. Lee tu Biblia con mucha atención. Allí nos relata que, cuando estaban todos del otro lado, el agua todavía estaba abierta y Faraón los perseguía para matarlos. Moisés exclamó: ¿Por qué no se cierran las aguas? Dios le replicó: No puedo cerrarlas sin tu permiso. ¡Está en la Biblia! Se dice que Moisés se dio la vuelta, levantó su vara y ordenó: Ciérrate.

Dios le agradeció otra vez y ¡Paf!, todos aniquilados. Él te necesita, siempre. Aquí están las leyes de la oración. La primera es que la autoridad legal en la tierra, está en manos del hombre humus. Sí, la tienes, Él te la dio. La segunda, es que Dios nunca violará la ley de su palabra. La tercera es que nada sucederá ni puede suceder en la tierra, sin la cooperación del hombre, de bueno y de malo. Por eso Dios necesita que ores.

Cuando dejas de orar, los cielos se detienen. Jesús suplicó diciendo que siempre hay que orar, porque si te detienes, los cielos se detienen. Aquí tengo un versículo que muy pocos han entendido. Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, les será concedida por mi Padre que está en los cielos. Mateo 18:19.

Si ustedes dejan de orar a Dios, Dios dejará de actuar en la tierra. Por eso deben orar sin cesar. ¿Qué es la oración? Darle a Dios permiso para interferir en los asuntos de la tierra. Cuarta ley: Dios no puede interferir en la tierra sin la cooperación de un ser humano. Quinta ley: El hombre tiene el poder de licencia sobre la tierra. Tú tienes la autoridad, Dios tiene el poder.

Tendrás una tarea para cuando dejes de escucharme. Es la de leer Juan capítulo 5. Léanlo todas las veces que puedan. En este capítulo, Jesús explica todo este escenario. ¿Recuerdan que los fariseos y los escribas se acercaron a Jesús, porque acababa de hacer tantos milagros? Sanó a los enfermos, resucitó a los muertos, expulsó a los demonios, purificó a los leprosos y resucitó a una niña. No hizo más que milagros durante todo el día.

Trabajó muy duro, Él, y ellos estaban realmente conmocionados. Y le preguntaron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? Marcos 11:28. ¿Qué palabra usaron? Autoridad. No, poder; autoridad. Jesús responde: El Hijo no hace más que lo que ve hacer al Padre. Juan 5:19. ¿Quién es Jesús? Un ser humano con Dios dentro. Por lo tanto, es legal. Él revela: yo no hago más que lo que veo hacer a mi Padre.

Él actúa, yo actúo. Él piensa algo, yo lo manifiesto. Aún no han visto nada. El tiempo se acerca, cuando verán al Hijo del Hombre en toda su gloria. El Hijo del hombre, es una declaración capital. Jesús usó dos términos para describirse: Hijo de Dios e Hijo del hombre. Son dos términos diferentes. Hijo de Dios, significa que es el lado divino de su persona. Hijo del hombre, su lado terrenal.

El lado terrenal, hace que el lado divino sea legal. Ahora le preguntan sobre la autoridad. La autoridad es del lado humano. Les dijo: La razón por la que puedo hacer milagros, no es el hecho de que soy el Hijo de Dios. ¿Por qué? Porque el Hijo de Dios, es clandestino. Él anunció. Hago estos milagros porque soy el Hijo del hombre. Tengo un cuerpo, tengo la autoridad para hacerlo. Tengo la licencia para hacerlo.

Es hora de que alabes a nuestro Dios por la autoridad que tiene tu cuerpo. Jesús legalizó a Cristo. Caminó sobre la tierra durante treinta y tres años y seis meses. Era legal. Dios era legal ya que tenía un cuerpo. Sin embargo, sabía que debía abandonar ese cuerpo. Cristo sabía que debía liberar a Jesús. Jesús llevó a Cristo a la cruz. Jesús fue quien murió, no Cristo.

Antes de morir, Jesús habló con Cristo y le imploró que no lo abandonara. Prometiste que, si daba mi vida, volverías a buscarme, le dijo. Podemos oír a Cristo decirle a Jesús: Volveré a buscarte en tres días. Porque, aunque vayas a morir, mi trabajo aún no está terminado. Todavía necesito que me mantengas en la legalidad, ya que debo volver para crear la iglesia.

La Biblia certifica que fue Jesús quien murió, no Cristo. Cristo abandonó el cuerpo de Jesús. Bajó al infierno, al Gehena, al Seol, a las profundidades del infierno. Camina hacia el diablo, lo agarra por el cinturón, le arranca las tres llaves colgadas de ese cinturón: la muerte, el infierno y el sepulcro. Le dice al diablo que volverá más tarde para ajustar cuentas con él. Sólo vine por las llaves, concluye. Lo que te hace peligroso es tu cuerpo.

¿Algunos se han preguntado alguna vez, por qué Dios no quiere que pierdan su cuerpo? Él necesita tu cuerpo. ¿Por qué Dios concedió la curación? No para ustedes, sino para Él mismo. ¿Por qué Dios lo resucitaría de entre los muertos y curaría sus huesos y músculos? ¿Por qué Dios quitaría el cáncer de sus intestinos y sanaría su hígado? No es para ustedes, y esto explica por qué muchos enfermos no son sanados.

Quieren ser sanados para ellos mismos. Cuando tengan problemas, levanten sus manos y pídanle a Dios que los sane, pero por Él, para Él, porque Él necesita sus cuerpos. Por esa razón oran por sanidad. No se trata de ustedes, se trata de Dios. Él los necesita. Por eso, Él ordenó orar siempre. Si dejan de orar, cierran los cielos. Él dijo: todo lo que aten o desaten en la tierra, será atado o desatado en el cielo.

Si has leído con atención esto, hoy, ya sabes que has recuperado tu poder, eres esencial para Dios. Eres su arma secreta. Su hacha de guerra. Su autoridad en la tierra. Eres el arma secreta de Dios. Oren sin cesar. Hagan todo tipo de oraciones y súplicas. Él necesita que oren. Libérense en el nombre de Jesús. Porque tu cuerpo en esta tierra, es importante. Tan importante como es el Espíritu que mora en tu espíritu.

13.- Para Poder Compartirte Esto…

 …que sigue con el grado de autoridad espiritual que se necesita para que quien lo recibe tenga la convicción absoluta que es verdad revelada o divina, necesito primero que sepas algo de mi historia personal como hijo de Dios. Acepté al Señor esa noche llena de estrellas, tal como ya te lo he contado, y comencé a reunirme con un pequeño grupo de jóvenes, del que formaba parte el que me habló del Señor y me acompañó a tomar mi decisión. 

Si bien me sentía bien con ellos, ya que en ningún momento me discriminaron por mi calidad de novato, como si solía suceder en las congregaciones evangélicas convencionales, yo igualmente notaba algunas diferencias que me colocaban en un plano de inferioridad. El conocimiento bíblico, sus estilos de vida, un algo que de algunos se irradiaba sin ser visible y, naturalmente, el don de lenguas, que no todos, pero si algunos de ellos poseían.

Lejos de sentir envidia, como sí suele suceder en grupos más grandes, yo quería tener todo eso para poder manifestarlo y ser parte de lo que sabía que tenía que ser parte, aunque nadie me lo hubiera explicado todavía. Luchaba contra todas las tentaciones que un joven de treinta años puede tener y fumaba. No mucho, pero fumaba. El periodismo, el café y el cigarrillo, en mi país, constituían un combo que se podía observar en todas las redacciones o estudios de radio de mi tierra. Era casi un ícono de la profesión.

Pero, una noche los jóvenes me invitaron a ir al templo donde ellos eran miembros. Querían que yo sintiera lo que ellos sentían allí y no tuve inconvenientes en aceptar. El pastor, un hombre mayor, pero dueño de una bondad y una unción como pocas veces pude ver en otros consiervos suyos, esa noche predicó sobre los dones del Espíritu Santo, aclarando que, para poseerlos, era necesario primeramente ser llenos del Espíritu, plenos. Y que, si no lo sentíamos así, que debíamos pedirlo y Dios nos lo concedería.

Podrás imaginarte que, en mi primera experiencia eclesiástica evangélica, yo estaba con mis sentimientos entremezclados. Temor, desconfianza, culpa por lo que, según algunos de mi familia opinaban, era un “cambio de religión” y todo lo que alguien que haya pisado por primera vez a una iglesia evangélica puede saber por propia experiencia. Sin embargo, ni bien el pastor comenzó a hablar del Espíritu Santo, todo mi ser se sintonizó con él y cada palabra tenía la sensación que era exclusiva para mí.

Sobre el final del mensaje, el pastor pidió que todos los que quisieran ser llenos del Espíritu Santo no tenían que hacer nada más que pedírselo al Señor, creyéndolo, y el Señor se lo enviaría. Yo obedecí sin dudar esa demanda. No recuerdo en absoluto si llegué a hacer algo parecido a una oración que todavía no sabía cómo hacer, salvo lo que le escuchaba a mis amigos y nuevos hermanos. Lo que sí sé, es que debo haberlo pedido con fe genuina, porque al instante y por primera vez desde mi conversión, caí de rodillas sin poder ni querer evitarlo.

Mi experiencia personal, que la comparto como experiencia personal, no como teología doctrinal, fue de pronto sentir un enorme calor en todo el cuerpo, ver que mis piernas se volvían débiles, aunque no para arrojarme al piso, sino para doblar mis rodillas. Y que cuando quedé en esa posición, empecé a hablarle a Dios a una velocidad que no era mi estilo, generalmente pausado y tranquilo, que era como lo hacía profesionalmente. Lo que yo creía que era un cúmulo de palabras atropelladas sin sentido, en realidad eran lenguas. Eso me informaron luego mis amigos.

Yo me daba cuenta que lo que decía tenía un sentido y me daba la certeza total y absoluta que el Señor me escuchaba y me entendía lo que le hablaba, aunque casi en el final de ese momento tan singular y raro, pude observar que estaba hablando en un idioma que no era el mío y que no podía entender en absoluto desde lo auditivo natural. Yo había recibido la llenura, el bautismo o como se le quiera llamar por parte del Espíritu Santo y, lo que estaba viviendo, era una consecuencia probatoria de eso.

De algo tengo certeza total: en ningún momento pensé en vivir eso y, mucho menos, en imitar esas lenguas. Jamás fue mi estilo la imitación y no iba a comenzar justo en una iglesia, puedes imaginarte. Así que, con este elemento mío y personal en tu conocimiento, creo que puedo comenzar a compartirte algunos principios que, si tienes la bendición de poder aceptarlos y creerlos, podrían conseguir que suceda en ti, al menos, algo similar a lo que sucedió conmigo.

Porque la pregunta que normalmente formula alguien que recién ha llegado a la fe, o en todo caso, alguien a quien no le han enseñado ninguna de estas cosas, es: ¿Y qué ocurre después de esa experiencia, como quieras que la llames? En mi caso personal, me cambió la vida en ciento ochenta grados. Un ochenta o noventa por ciento de mis flaquezas vulnerables desaparecieron de forma inmediata, y entre el diez o veinte por ciento que me quedó, el cigarrillo fue el único. Varios meses debí pelear para, finalmente, sacarlo para siempre de mi vida.

De todos modos, la sanidad que recibes del cielo cuando el Espíritu de Dios hace morada en tu vida, es notoria en cuanto a que el amor de Dios comienza a fluir de ti y hasta llega a tocar a las personas cercanas. Esto se puede manifestar de diferentes maneras. Una de ellas, ya te lo adelanté, es el hablar en lenguas, pero no es la única, aunque algunas doctrinas muy singulares hayan llegado a establecerlo así. Conocí congregaciones donde se marginaba a los que no tenían don de lenguas.

 ¿Fundamento? ¡Que no tenían al Espíritu Santo morando en su espíritu! Ah, ¿Sí? ¿Y quién inventó esa barbaridad? No lo sé, pero sí me imagino por quien o quienes estaban influidos. Sacaron a más gente de las iglesias que todos los demás demonios juntos. Dios tenga misericordia de ellos. De todos modos, quiero aclararte que sí, que las lenguas son parte de esa instancia sobrenatural y que es no sólo valioso sino muy importante recibir ese don.

En primer lugar, porque son esenciales para tu edificación personal y para comunicarte con el Señor de una manera casi familiar. Las lenguas también son útiles y necesarias para interceder y, especialmente, para orar por todo aquello que todavía no entiendes. De hecho, son importantes y muy por encima de todo ese bullicio que en más de un caso suele ser hasta simulado en distintos lugares. Si no lo tienes, mi sugerencia es la misma que aquel pastor dijo aquella noche: ansíalo, pídelo y créelo. Dios hará el resto.

A los que tienen dudas, reservas o sencillamente no quieren dar ese paso, nadie puede plantarles en sus mentes el temor a perder la salvación, nada que ver con eso. De todos modos, está escrito que, en el día final de la resurrección, todos comenzaremos a hablar en lenguas, sencillamente porque ese es el idioma de ese país llamado cielo, al cual pertenecemos y con el Rey que sabemos que tiene.

Pero, atención con esto que voy a decirte: las lenguas son para ahora, no para el cielo. Porque es ahora que debemos alabar al Señor y edificarnos en Él, tal como lo dice Pablo en 1 Corintios 14, hay varias maneras en que el Espíritu Santo se manifiesta. Algunas tienen que ver directamente con lo que vamos a compartir hoy. Y la razón es simple. Es mucha la gente, que se dice cristiana, obviamente, que desconoce todo o casi todo respecto a estos dones ni cuando los están experimentando.

A veces, el Señor ya te ha dado un don y tú te quedas tieso preguntándote que pasa, sin saber que lo que has recibido es un don de Dios destinado a bendecir el cuerpo de Cristo en la tierra. De hecho, al actuar así, estás perdiendo una hermosa oportunidad de servir al Reino. No a la iglesia, no al pastor, al Reino, porque de allí es que viene todo, no de las estructuras de tu denominación o de tu congregación. No está nunca demás saber esto, te evitará muchos y horribles errores.

Dios no se enoja si no lo usas, pero, que no lo hagas, discúlpame, sigue siendo ignorancia. Por eso Él espera que escuches y aprendas, para que seas activo y valioso en este cuerpo de Cristo y, al mismo tiempo, estés disponible para bendecir a otros. Y quisiera comenzar esto colocando casi en una primera línea lo que a ojos vista parece ser una batalla permanente: el Espíritu Santo versus las emociones. Ya hemos hablado de las emociones, pero nunca está de más reiterar conceptos y conocimiento.

14.- En Principio, Debo Reconocer…

 …que hay mucha gente que en cualquier lugar de reunión que se encuentre, de pronto se emociona muy fuerte y llama a eso el Espíritu Santo. Es un riesgo muy fácil de vivir y ser víctima de error. Porque el Espíritu Santo, no es de ninguna manera una emoción. Él no es en absoluto emocional, aunque, en honor a la verdad, hay muchas posibilidades que sí influya en tus emociones. Así es que, cuando estés emocionado, no le eches la culpa al Espíritu Santo. 

Mejor échales la culpa a tus propias emociones. Lo que sí es el Espíritu Santo, es poder. Y cuando el poder es liberado, algo debe ser influenciado. Nuestras emociones son, por lógica, lo primero que es afectado cuando el poder del Espíritu Santo actúa en nosotros. Cuando hay gozo, libertad, nuestras emociones reaccionan. Pero muchas personas, al no saber cómo liberar este poder, terminan comportándose de manera desordenada.

Corren, gritan, desparraman bancos y cuanto elemento se les cruce en su camino, sin pensar en lo que hacen o sienten. Otros incluso llegan a golpear a la gente en sus cabezas. Todas estas cosas, obvio, no edifican a nadie. De ninguna manera alguien me bendice o beneficia si me golpea en la cabeza diciéndome que es el Espíritu Santo. Tampoco beneficias a ningún grupo si te pones a gritar cuando alguien está diciendo algo valioso de parte de Dios.

No es provechoso si organizas tu pequeño espectáculo personal en medio de una reunión convocada para otra cosa. Lo único que logras es distraer y sacar del estado realmente espiritual a los que intentan adorar en espíritu y en verdad. Sin embargo, aunque no lo creas, son muchos los que atribuyen todos estos desórdenes al Espíritu Santo. La Biblia dice que el Espíritu Santo es un Espíritu de orden y decoro. Encontrarás eso en las escrituras si sabes buscarlo.

Él es de primera categoría y hace todas las cosas con decencia, con clase. Y no hace nada para crear confusión. Él no es el autor del desorden. Todo lo que hace, es ordenado, sobrio y decente. De ese mismo modo intentamos hacer los que entendimos que gozo y unción no son sinónimos de zafarranchos. Si realmente te dejas guiar por la palabra de Dios, nunca podrás caer en esa clase de cosas. Las emociones no deben reemplazar al Espíritu Santo.

Sin embargo, cierto es que el Espíritu Santo influye en nuestras emociones, pero al mismo tiempo nos brinda suficiente dominio propio para controlarlas. La escritura dice que el espíritu del profeta está sujeto al profeta, ¿Verdad? Esto significa que el Espíritu Santo puede actuar en ti, pero tú mantienes el control, siempre. Puedes cerrar la boca hasta el momento de hablar. Puedes quedarte sentado, aunque sientas ganas de correr.

La Biblia también dice que, si quieres profetizar y alguien ya está hablando, debes callar hasta que haya terminado. El que crea que el Espíritu Santo viene y lo posee, lo está viendo a la inversa. Eres tú el que lo posee a Él si es que lo quieres. Digo esto porque hay muchos que dicen que cometieron esas tonterías porque no pudieron evitarlo. Sin embargo, en el mejor de los casos, están equivocados. En el peor, mienten para cubrir sus locuras. Claro, hay una tercera opción: que sea un espíritu, si, pero no el Santo.

La obediencia vale más que los sacrificios. Dios prefiere tu obediencia a tu adoración. Algunos prefieren hacer muchas cosas para Dios, pero no le obedecen. Son aquellos que están tan activos para Dios que no se hacen un tiempo para conocerlo. El Espíritu Santo está en nosotros, y debemos obedecerle a Él, no a nuestras emociones. Jesús dijo que él es el Consolador. Y un Consolador no rompe sillas o bancos, no interrumpe a nadie ni crea confusión. Un Consolador, calma.

También mencionamos que cuando el Espíritu Santo actúa, debe ser liberado. Haciendo una mala comparación, es como la dinamita. Hechos 1:8 = pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. Aquí cuando dice “poder”, usa la palabra dunamis, que significa un poder explosivo. Una capacidad sobrenatural similar a la dinamita.

Y cuando la dinamita explota, algo se mueve. La iglesia es una fuerza dinámica en la tierra. La historia nos muestra que la iglesia siempre ha sido una iglesia de acción. En la Biblia, lo que los discípulos predicaban, lo practicaban, y esto es exactamente lo que Jesús había querido para su iglesia, siendo él el mayor ejemplo. Una de las primeras expresiones del Espíritu Santo, son las lenguas. No es la única, pero suele ser la primera, porque la lengua es el órgano más disponible para Dios.

De hecho, tu lengua también suele ser tu mayor problema en la vida. Por eso, es lo primero que Dios quiere tocar. Santiago dice que la lengua puede destruir todo tu cuerpo y también a quienes te rodean. Muchos de nosotros ya lo hemos experimentado. Por eso, cuando eres lleno del Espíritu Santo, lo primero que suele darte son palabras que tú puedes pronunciar con tu boca. Hablar en lenguas no es algo que el Espíritu Santo hace por ti, sino que tú lo haces luego que Él depositó palabras en tu espíritu.

En las escrituras, cada vez que la gente hablaba en lenguas, dice que ellos hablaban según el Espíritu les daba que hablasen. El día de Pentecostés, el Espíritu les daba la inspiración, pero ellos ponían las palabras en sus bocas. Muchos se sientan y esperan que su lengua se mueva sola. Pero nada sucede en la lengua, todo sucede en el espíritu, en el interior. Y esto también requiere confianza. Si crees que Dios no miente, entonces cuando le pides algo, Él te lo concede.

Pide ser lleno del Espíritu Santo, cree que lo serás y, cuando aparezcan palabras incomprensibles en tu mente, suéltalas y verás como se convierten en un torbellino que circula más rápido que tu mente. Si Dios te llegara a fallar, tú lo sabrías al instante. Pero no tienes que preocuparte, Dios nunca te fallará. Algunos no lo hacen porque no confían en la palabra de Dios. Entonces se ponen a esperar, pasivamente, y por esa razón es que todavía no hablan en lenguas.

Tienes que actuar por fe, exactamente igual que para la salvación. Por experiencia propia y compartida de otras personas, cuando comienzas a hablar en lenguas, apenas son una o dos palabras, dichas casi con temor. Pero a medida que te relajas y dejas fluir lo que viene de tu interior, esas pocas palabras se convierten en un río tumultuoso que fluye con un caudal inimaginable. Lo que frena todo esto, a veces, es que algunos tienen temor de que, en lugar de recibir al Espíritu Santo, reciban a un demonio.

Jesús habló de esto. Dijo: Ustedes saben dar buenas cosas a sus hijos. Cuando les piden pan, no les dan una piedra. Cuando les piden pescado, no les dan una serpiente. Luego añadió. ¿Cuánto más el Padre dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? La palabra serpiente, en este pasaje, es la misma palabra usada en otros lugares, cuando Jesús habla de los demonios. En Lucas, dice: Les he dado potestad de hollar serpientes y escorpiones y sobre toda la potencia del enemigo.

En la cultura griega, la serpiente es una imagen de los demonios. Jesús, a menudo llamaba al diablo una serpiente, un escorpión o un espíritu maligno. Así que cuando Jesús dice que el Padre no da serpientes a quienes le piden pescado, te está queriendo decir: ¿Crees que Dios te daría un demonio si le pides el Espíritu Santo? Nunca. Dios no tiene demonios para dar. Si pides el Espíritu Santo, lo crees y lo amas, Él te dará el Espíritu Santo. Es el único que tiene, y es santo.

Lo único que deberías tener en cuenta a la hora de formular ese pedido, es el estar conforme a la voluntad de Dios. Si estás pecando y lo sabes, pero no quieres abandonarlo, entonces no pidas al Espíritu Santo, porque Dios no te lo enviará hasta que en tu ser interior no haya una morada digna de ser habitada por Él. En ese caso y si no te has arrepentido, podrías estar pidiéndolo para usufructuar con su poder o simplemente para lucirte.

Allí sí eres candidato a albergar un demonio, porque no notarás la diferencia. Esto ocurre mucho dentro de las iglesias cristianas, porque, así como hay hombres y mujeres de Dios que quieren servir con fidelidad, también hay cizaña que quiere abusar en lo que puedan de los hijos del Padre. Pero Dios, no. Dios da buenos dones. Todo don perfecto viene de arriba, y no me refiero a alturas geográficas, sino dimensionales.

Veamos ahora lo que Pablo tiene para decir en 1 Corintios 12: 1 = No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. Observa bien y aprende a leer tu Biblia con inteligencia divina. Pablo los trata de hermanos, eso quiere decir que estaba dirigiéndose a cristianos. Pero luego les dice que ignoran acerca de los dones, lo cuales los haría ignorantes. No son culpables porque nadie se los había enseñado, pero eso me dice a mí y a ti, que tranquilamente se puede ser cristiano y también ser ignorante. 

15.- Ahora Ponte en el Lugar de Pablo…

 …Les está diciendo hermanos, pero también que son ignorantes. ¿Cómo crees que reaccionarían, hoy, esos hermanos que tan bien conoces y que, lo sabes, son ignorantes en muchas cosas de fondo, todavía? Sobre esas reacciones podemos dialogar un rato largo, tengo cierta experiencia en el tema. Seguramente alguien se dirigiría a ti y te diría: ¡Oye! ¡Tengo cincuenta años de venir a la iglesia! ¡No puedes enseñarme nada! ¡Y lo dicen con seriedad, convencidos de tener toda la razón!

Pablo no tenía miedo de decir la verdad. Él decía: son mis hermanos, pero son ignorantes. Hoy salen lustrados vejestorios a decirte que eres demasiado joven para enseñarles sobre Jesús a ellos, que hace años están en la iglesia. De todos modos, hay una realidad: sólo puedes llevar a otros al mismo lugar al que tú has ido. Si no estás allí, no puedes traer a nadie por simple verborragia. Si retienes esta verdad harás buen camino, porque te darás cuenta que siempre tienes que avanzar. 

Son muchos, muchísimos los cristianos que no pueden avanzar mucho más de donde están parados sus líderes, por la sencilla razón que sus líderes no van hacia ninguna parte. Hay mucho liderazgo evangélico que no se ha tomado el tiempo ni el esfuerzo de sondear las profundidades de Dios. ¿Qué podrían darles a otros si no tienen nada para ellos? Como resultado, los creyentes dan vueltas semana tras semana y, lo más grave y triste, ¡Se aburren en los templos!

Pablo les decía: no quiero que seáis ignorantes. Y no me miren torcido, está claro que sé un poco más que ustedes. No era un mérito de Pablo, eso; era el resultado de un esfuerzo y una entrega total. Sin embargo, no son pocos los que prefieren seguir a un líder que no ha aprendido nada, simplemente porque lo aman. Se quedan con él durante cincuenta años, y nunca saben nada más que lo que él sabe. Y, a veces, lo que sabe es muy limitado. O directamente erróneo. Ha sucedido, todos lo sabemos. Y sigue pasando.

Y luego se extrañan de no crecer, de no madurar, de no prosperar en nada de lo que hacen. Sin embargo, no se trata de competencia, sólo es una cuestión de supervivencia. La Biblia dice: Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor. Dios nunca te preguntará durante cuánto tiempo has estado en tal o cual iglesia. Te preguntará cuanto te pareces a Jesús o cuanto de Su palabra habita en ti. Eso es lo que cuenta. Competir para ver quien tiene la iglesia más bonita no te lleva nada más que a la vanidad hueca.

No se trata de glorificar hombres; es la palabra de Dios y a Jesucristo a quien hay que exaltar. Pablo dice de nuevo: No quiero que seáis ignorantes, hermanos, acerca de los dones espirituales. Estos creyentes ignoraban estas cosas, algo que lamentablemente todavía sigue vigente en muchas de las asambleas de la iglesia evangélica, según sus doctrinas caseras. Tengo una buena noticia: Dios está remediando eso.

Él añade, verso 2: sabéis que cuando erais gentiles se os extraviaba y se os llevaba tras los ídolos mudos, según erais conducidos. (3) Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios, llama a Jesús anatema. Y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo. Este versículo quiere decir simplemente esto: nadie puede declarar sinceramente que Jesús es Señor, si el Espíritu Santo no habita en él.

Lo que quiero decir es que muchas personas religiosas pueden levantarse y decir cosas hermosas, pero esas palabras no siempre vienen del Espíritu Santo. No son más que palabras vacías. Discursos sin valor. Las instituciones religiosas están llenas de hipócritas. Un hipócrita es alguien que dice: Jesús es mi Señor, pero su vida es un desastre. La Biblia dice que nadie puede proclamar esto, a menos que el Espíritu Santo lo declare en él.

Porque es el Espíritu Santo quien hace Señor a Jesús en nuestras vidas. Y dice el verso 4: Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. La palabra diversidad significa simplemente diferente. El Espíritu Santo nos llena, luego libera todo esto en dones, y estos dones son variados. O sea que es muy cierto que tenemos una gran variedad de dones, pero no menos cierto es que por esa razón tenemos una unidad de propósito.

Glorificar a Dios y edificar el cuerpo. Ese es el propósito, más allá de las formas, circunstancias o hasta doctrinas diversas. De hecho, no importa cómo se manifieste el Espíritu Santo. Él sólo tiene un pensamiento: glorificar a Jesús. No es para que te jactes, diciendo: hablo en lenguas, soy mejor que tú. Lo he oído y visto a esto, nadie me lo contó. Escucha, aprende, recuerda y entiende: el propósito de un don, sea cual sea, siempre es el mismo: glorificar a Jesús.

Miremos el verso 6: Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Que se te grabe bien esto, es el mismo Dios. Esto significa que todos los dones del Espíritu, son obra de Dios. Y que Él actúa en cada uno. Pero siempre hay alguno que dice; “Hermano; ¿Por qué yo no profetizo o actúo como los demás? ¿Por qué yo no recibo del Señor como ellos?” Sin embargo, como quiera que seas, el Señor actúa en ti, por eso está escrito el primer verso de este capítulo.

Ignorancia. Puede ser que no sepas, aún, que él está obrando. Estamos aquí para ayudarte a tomar conciencia del Espíritu, para que seas sensible y reconozcas cuando Dios actúa en ti. A veces, hay que caminar simplemente con una fe bruta, por evidenciarla de alguna manera. Porque esa forma de fe, es una buena fe. En el verso 5 sobresale la palabra Operación. Asimismo, también tenemos la palabra Administración, que significa distribuir. El Espíritu Santo distribuye los dones, y son variados.

Pero en el verso siguiente, Operación quiere decir que, cuando Él distribuye estos dones, se pueden manifestar de manera diferente en cada persona. Si hay un grupo de diez personas, Dios pueda dar diez dones diferentes a cada uno de ellos, pero se van a manifestar de manera distinta en cada uno. Dios puede darle el don de profecía a tres personas. Pero una puede cantarla, otra puede darla en lenguas y la tercera en el idioma del lugar donde se encuentren. Y una cuarta, quizás sólo con su vida diaria.

Es la misma profecía, pero administrada de manera diferente. Así que no busques nunca hacer las cosas como otra persona. Actúa según la manera en que el Señor te ha formado. Y deja que Él se exprese naturalmente a través de ti. Algunos toman fuerza y adoptan una voz profética. ¡Así dice el Señor! Cuando saben que no es su verdadera voz, es inútil jugar un papel. A veces, el Señor te da solamente un versículo. Todo lo demás, corre por cuenta de tu trabajo, dedicación y esfuerzo.

No hay necesidad de hacerse el espiritual. El Espíritu Santo es tan natural, que se vuelve sobrenatural. Él actúa de modo diferente a través de cada uno, así que no busques imitar a nadie. Sé simplemente tú mismo en el Espíritu. Verso 7: Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Yo lo sintetizaría así: para provecho común. Esto significa que es para beneficio de toda la iglesia. No hablo de congregación local, hablo de iglesia.

Algo es real: todo lo que Dios hace, es para provecho de todo su pueblo, de todo el que de manera genuina es de Él y no de un templo o una denominación que a veces vive o sobrevive sin Él. Sus manifestaciones y sus dones están destinados a bendecir a todos. Pablo continúa, luego, enumerando los nueve dones. Pero quedémonos un instante en esta idea de provecho. Todo don manifestado por el Espíritu Santo, no es para ti mismo, sino para la edificación de los demás.

¿Alguna vez has oído a alguien decir: “Soy el profeta Fulano de Tal”? Eso es orgullo. La Biblia dice que el don que has recibido no es para ti, sino para los demás. Si he recibido el don de la enseñanza, como parecería ser, de algo estoy más que seguro: no es para mí. Porque no voy a sentarme a enseñarme a mí mismo. Lo mismo con el don de sanidad. Si lo tienes, no es para ti. Porque no necesitas sanarte a ti mismo. Ese don es para alguien más que está enfermo.

Todo lo que el Espíritu manifiesta, es para beneficio de los demás. Algunos suponen que, porque un día dan una buena profecía, se están volviendo más espirituales. No. Si piensas así, necesitas ayuda. Estas en peligro, porque lo que recibiste, no era para ti, sino para los demás. Y es aquí donde aparece otro problema que hemos visto mucho. Las personas que, un día, reciben una manifestación del Espíritu Santo, tienen tendencia a creerse superiores a los demás a partir de eso.

Hermana, hermano, si el Señor en su enorme misericordia decide usarte, dale gracias y alábalo. Punto. Jesús dijo: no permitan que nadie los llame maestro o rabí. Él sabía lo que decía. Gracias a Dios los pocos que comenzaron a comunicarse conmigo llamándome maestro o pastor, al sugerirles que si me decían Néstor eso sonaría a música en mis oídos, entendieron y así lo hicieron. La adulación, en cualquiera de sus manifestaciones, seducción incluida, es peligrosísima. Pero si sabes quién eres y dónde estás, vences.

16.- No Podemos Andar por los Templos…

 …o las calles haciéndonos pasar por lo que no somos, porque en todo caso, si algo tenemos, es porque Él nos eligió a nosotros y no nosotros a Él. El hombre carnal ama los títulos, credenciales y posiciones. Todo eso es hojarasca en las dimensiones del Reino. Ya hay un Rey. Punto. Hijos, sólo si aceptan ser súbditos de ese Rey. Justos, santos. Todos somos santos. ¿De dónde viene todo esto? 

Lee tu Biblia, en todas partes de las escrituras encuentras a los santos. Envío esta carta a los santos de Éfeso, los santos de Galacia, los santos de Roma. Ojo: aquellos, no las estatuas que estás viendo en Roma hoy.  ¿Por qué todos esos eran santos? Porque el significado es el mismo. La palabra santo significa simplemente santificado, ser uno. Todos somos santificados por la sangre de Jesús. No te dejes llevar por aquellos que exaltan a las personas. Lo que tienes, es para los demás, así que debes darlo de gracia. De hecho, eso no significa que te dejes abusar mansamente por los delincuentes disfrazados de carenciados.  Discierne.

Esto nos lleva a otro principio importante. Si un don es dado para la edificación de todos, entonces cada uno aquí tiene algo qué aportar. Cada uno tiene algo para darme y yo, al mismo tiempo, algo para darle a él o ella. Al decir eso me vino a la mente la palabra talentos. A veces, los dones del Espíritu Santo operan en ti cuando todavía no has llegado. El Señor sabe que vas en camino y se adelanta para que cuando llegues ya tengas algo de experiencia. Lo sé por historia propia de vida. 

Hay gente, allí, del otro lado, que seguramente piensa que mis oraciones son importantes y llegan al trono de la gracia. Y tal vez sea así, pero no de manera distinta a lo que pueden ser tus oraciones. Quizás sólo te falte la fe para que así sea. Dios te ama tanto como me ama a mí, no somos diferentes. Y sus dones pueden actuar en ti como actúan en mí. Lo que debemos saber es cómo desarrollarlos. Como ponerlos en acción para tú y yo trabajar juntos, aunque no lleguemos a conocernos nunca personalmente ni formemos ninguna estructura con nombres rimbombantes. Alguien dijo que si quieres frenar algo que un par de personas vienen haciendo bien, forma una comisión. Algo exagerado, tal vez, pero no muy lejos de la verdad.

Versos 8-10 = Porque a este es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Ahora ya sabes. No te vanaglories. Todos estos dones operan en cada uno según el mismo Espíritu los distribuye según Su voluntad.

Las escrituras dicen: no te vanaglories. Si le impones las manos a alguien y es sanado, no te jactes. Tú no has sanado a nadie por ti mismo. La Biblia dice que es el mismo espíritu el que opera. Él es el que hizo el trabajo. No soy de esos que anda por la vida buscando sanar gente, pero tengo algunas experiencias que, les aseguro, nunca busqué, simplemente sucedieron. Una mañana salía de la emisora de radio donde tenía el programa y me encontré con un hermano de la que entonces era nuestra congregación.

Raúl era compañero mío en la escuela bíblica para adultos que compartíamos los domingos por la mañana. Lo saludé y me dijo que iba al médico porque no soportaba más el tremendo dolor de espalda que tenía. Yo también tenía prisa, así que sin siquiera pensarlo le puse mi mano en su espalda, allí, delante de no menos de doscientas personas caminando, y le ordené al dolor que lo dejara. Nos dimos un abrazo y cada uno siguió su camino. Por la noche iba a llamarlo por teléfono para ver cómo estaba y se me olvidó.

Recién lo vi el domingo siguiente. Le pregunté qué le había dicho el médico y me respondió que finalmente había decidido no asistir a consultarlo. Me dijo que el dolor se le pasó en el acto después de orar, así que cambio sus planes y se fue a hacer otras diligencias. Ni él pensó que yo era especial por haberlo sanado ni yo lo pensé como mérito mío. Los dos, ya en ese tiempo teníamos más que claro como funcionaban esas cosas. Si era del Espíritu sanar, se sanaba y punto.

La otra anécdota, fue con la misma zona del cuerpo, pero en José, el padre de un alumno de nuestra clase que venía por primera vez a la iglesia, (Era creyente pero no se estaba congregando) porque su hijo le había hablado bien de nuestras clases. Al final de la misma fui a saludarlo y, en la pequeña conversación, me dijo que estaba muy atacado de lumbalgia, que había venido haciendo un esfuerzo. Tuve la misma reacción que con Raúl y el mismo resultado. Se transformaron en sólidos alumnos de allí en más.

¿Hubo otras sanidades? No. Esas dos, nada más. Orar oré por muchas personas, pero el Espíritu Santo envió su fuego sanador sólo por esas dos. Pese a eso, sé que tengo el don, pero también sé que ese don tendrá resultados de victoria cuando al Rey de reyes le parezca oportuno sanar. Si por cualquier causa que yo no tengo por qué conocer, mi Padre determina no sanar a alguien, mi única respuesta a eso, lo entienda o no lo entienda, será amén y gloria a Dios.

Hay tres categorías de dones. Tres dones dicen algo, son los dones de palabra, de expresión. Tres dones hacen algo, son los dones de acción, dones de poder. Tres dones revelan algo, son los dones de revelación. Así Dios cubre todos los aspectos de las necesidades humanas. La primera fase se encuentra en el verso 10. Dones de expresión. Profecía, Diversos géneros de lenguas, Interpretación de lenguas. Estos hablan, estos se expresan.

Dones de acción. La fe, el don de fe, el hacer milagros, los dones de sanidades. Esto también significa que Dios distribuye distintos tipos de sanidad. Esto último, hay que decirlo, no solamente incluye dolencias físicas. Una sanidad puede ser necesaria en cualquier área de un ser humano. Física, de su alma o de su espíritu. Y no me refiero a profesionales de estas áreas, estoy hablando de Dios, que siempre es quien sana.

Algo es notorio y claro. Los dones de sanidades están en plural, porque Dios tiene varios tipos de sanidad para dar. También hay que entender que la sanidad actúa de dos maneras. El Señor deposita sobre mí un don de sanidad y yo pongo mis manos sobre un enfermo, pero este don no se queda en mí. Pasa a la persona enferma, porque es ella la que lo necesita, no yo. Por eso se habla de don de sanidad. No es el que ora quien se queda con el don.

De hecho, hay una gran diferencia entre los dones y los frutos. Luego tenemos los dones de revelación. En el verso 8 encontramos: palabra de sabiduría, palabra de ciencia, palabra de conocimiento y discernimiento de espíritus. Estos son dones de revelación. Podría decirse que estos dones están numerados por orden de importancia. Primero, los dones de revelación. Palabra de sabiduría y palabra de ciencia. Tienen que entenderse en este orden.

¿Por qué? Porque es más importante conocer los caminos de Dios que, simplemente, ver sus obras. La Biblia dice que Dios dio a conocer sus caminos a Moisés y sus obras a los hijos de Israel. Moisés conocía los caminos de Dios, pero el pueblo sólo veía sus obras. Abraham también conocía los caminos de Dios, mientras que el pueblo veía únicamente sus obras. Ahora, las sanidades que vemos, son las obras de Dios. Sólo duran un tiempo. Alguien puede ser sanado hoy y volver a lesionarse mañana.

Las obras de Dios son temporales en ese sentido. Lázaro, por ejemplo. Fue resucitado, pero más adelante murió de nuevo. La diferencia es que murió dos veces. Fue un milagro extraordinario, pero temporal. Por eso Jesús decía que no lo siguieran por lo que pudieran recibir, sino por lo que Él era. Los dones de revelación, son dones de relación. Consisten en caminar en armonía con Dios hasta el punto en que Él puede susurrarte sus pensamientos.

Por eso estos dones están enumerados primero. Dios te revela lo que quiere y luego te da los dones de poder para cumplir su plan. Estos dones de revelación te muestran lo que Dios piensa, lo que siente y lo que quiere hacer. Son dones de un nivel elevado, pero esto no hace que la persona que los manifiesta sea importante. Es el don en sí mismo lo importante. Luego vienen los dones de poder, estos son los dones que actúan.

La fe, los milagros y las sanidades. Se enumeran en segundo lugar porque, una vez que Dios te revela algo, también te da el poder para cumplirlo. Finalmente, en último lugar, vienen los dones de expresión. Las lenguas, su interpretación y las profecías. Hay denominaciones enteras que han puesto a las lenguas en primer lugar, hasta el punto de cometer la barbaridad de asegurarte que, si no hablas en lenguas, no eres salvo. He visto a gente espiritualmente destruida por esa teoría que ni siquiera me atrevo a llamar doctrina. 

17.- Es Un Privilegio el Poder…

 …ayudar a otros, pero no aplastarlos como si fueran cucarachas. Cada uno de nosotros debería querer edificar a los demás. Estos dones, en tanto, están allí para el bien de todos, y no para que algunos se vuelvan famosos o engreídos. Algunas personas no buscan la gloria, pero Dios las hace conocidas porque las usa. Otros, en cambio, quieren hacerse famosos por sí mismos. Y uno de los ejemplos más prácticos que tenemos, es el de Simón.

Él vio a Pedro y a los demás apóstoles imponer las manos a la gente y les dijo: denme ese poder y les pagaré millones. Él quería ser famoso. Pedro, por su parte, no hizo nada para ser conocido. Simplemente decía: este hombre fue sanado por Jesús, no por mí. Cuando la gente quería adorar a los discípulos, estos respondían: levántense, somos hombres como ustedes. Es Jesús, a quienes ustedes crucificaron quien sanó a este hombre. ¿Y por qué les cuesta tanto a tantos creerme cuando digo lo mismo?

Esa era la actitud que tenían. No se sentían diferentes que los demás. Así que, nunca se dejen impresionar por lo que Dios puede hacer a través de cualquiera de los ministros que conoces que más te agradan. Escúchame, léeme, aprende y enseña lo aprendido y vivido. Luego mira mis trabajos y di: Él no es mejor que yo. Néstor no es mejor que yo. Su voz y sus producciones pueden inundar las redes, pero Él es un hombre como yo, con las mismas luchas y victorias y derrotas que yo.

Hay algo que quiero aclarar. Los dones del Espíritu Santo, son diferentes a los frutos del Espíritu Santo. Pregunto: ¿Quién de ustedes ha tenido alguna vez en su casa un árbol de Navidad? Casi todo el mundo, lo sé. ¿Recuerdan las decoraciones que se le cuelgan a ese árbol? Quedan suspendidas como si fueran frutas. Originalmente, esto representaba simbólicamente, frutas. Es un ritual pagano que ha perdurado y se ha mezclado con la tradición cristiana.

No hay nada de malo en tener un árbol de esos en casa. Sobre todo, por la alegría de los niños. Lo importante es no adorarlo. Las decoraciones representan frutos, pero no crecen en el árbol. Sólo se cuelgan allí. Esos son dones. Y debajo del árbol, ¿Qué se pone? Regalos. Mientras que un verdadero árbol frutal produce su fruto naturalmente. No necesitas colgar una banana de un bananero ni una manzana de un manzano. El árbol produce sus propios frutos.

He allí la diferencia. Los dones del Espíritu son maravillosos, pero los frutos del Espíritu son más importantes. Porque los dones son dados, mientras que los frutos tienen que ser cultivados. Muchos cristianos se parecen a árboles de Navidad. No tienen frutos, pero quieren que Dios les cuelgue cosas. ¡Señor! ¡Dame más amor! ¡Señor! ¡Dame paciencia! ¡Señor! ¡Dame dominio propio! Y Dios les responde que no, que no puede darles lo que ya tienen.

Puedes pedirle un don a Dios, no hay problema, pero no puedes pedir un fruto. ¿Alguna vez has visto a un naranjo esforzarse para producir una naranja? No. El fruto sale naturalmente. Si eres salvo, el fruto del Espíritu está en ti. Gálatas 5:22-23 = Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Noten que el fruto está escrito en singular, no en plural.

Esto significa que todas estas cualidades forman un solo fruto. Si tienes a Jesús y al Espíritu Santo, ya tienes todo esto en ti. Todo esto, a veces cuesta un poco caro, pero créeme que vale la pena de ida y de vuelta. La verdadera presencia del Espíritu Santo en una vida es la potencia de tus frutos. Tu vida debe ser controlada por lo que es beneficioso. No debemos gimotear nunca cuando nos enfrentamos a desafíos. Nos ponemos de pie, miramos a los ojos al diablo y decimos: Hagas lo que hagas, soy más que vencedor.

Desde el momento mismo en que alguien oyó o leyó un texto en el que Dios decía “¡Mía es la venganza!, ese alguien creyó que, si una persona lo perjudicaba, Dios lo iba a achicharrar para respaldarlo. Otros, que leyeron sobre castigos divinos llegaron a convencerse, y para colmo enseñarles a otros, que, ante el menor error, ese Dios tremendo que tenemos iba a descender de su trono y te iba a dar garrotazos en la cabeza. Los menos, son los que leyeron sobre las disciplinas que Dios ejecuta y los motivos que tiene para ello. Tú eliges con lo que te quedas; mi deber es ayudarte a salir de ciertas ignorancias que, aunque antiguas, todavía operan en tu cerebro, en ese del que hablábamos recién.

18.- Quiero Creer que Todos Nosotros…

 …de una u otra manera, ya sea con el apoyo de teólogos, o sin más guía que la del Espíritu Santo, alguna vez hemos leído el famoso capítulo 11 de la carta a los Hebreos. Un capítulo completo que ha sido rotulado como el capítulo de la fe. Un texto que no por conocido deja de estar en cierto misterio y oscuridad en algunos de sus conceptos. Como lo es, por ejemplo, el de su primer verso, el que resume y sintetiza de alguna manera qué cosa es la fe. 

Certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve, nos dice. Para los defensores del literalismo bíblico y la racionalidad para con sus textos, una verdadera fiesta. Certeza, es seguridad de algo que estás esperando y absoluta convicción de lo que todavía no estás viendo. Fe. Es imposible razonar eso. Abel, Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Sara, Esaú, José, Moisés, la ramera Rahab, Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y todos los profetas, desfilan por ese texto que deshila, contagia e inspira fe en todas sus letras.

Cada uno de ellos con su historia de fe, pero también de valentía, de batalla, de hechos. Sin embargo, a mí siempre me impactó y lo sigue haciendo, que entre esos hombres adalides de la fe, se encuentre Enoc. Fue el único humano que, se nos relata, no conoció la muerte, ya que Dios decidió traspasarlo de esta dimensión terrenal a la suya, la espiritual, sin pasar por degradación de su cuerpo. Porque mi primer pensamiento cuando leí esto, fue: ¿Y qué cosa tremenda hizo este hombre para merecer tamaño premio?

Nada. No hizo absolutamente nada que la Biblia relate como hecho crucial. Sólo tuvo alta fe y alta intimidad con Dios. Nada más. O nada menos. Algo no estamos entendiendo bien, me parece, ¿No es así? El caso es que, con todo esto en mente, me puse a leer una vez más el capítulo siguiente al 11. El 12 de Hebreos del que muy pocos hablan o predican. Porque en una primera lectura, les suena como a algo que es muy sabido y que no parecería necesario reiterar.

Sin embargo…la Palabra de Dios siempre tiene o tendrá algo para enseñarnos. Aunque tengamos doctorados o master en teología, siempre seremos ignorantes de lo que el Espíritu está revelando hoy y ahora. Porque si así no fuera, la Biblia diría que debemos andar en la carne y seguir la guía de la teología. Pero me temo que no dice eso, sino que andemos en el espíritu y sigamos la guía del Espíritu Santo. ¿Y quieres que te diga algo que quizás suene como loco o incoherente, pero que en realidad es así? Hay un caudal enorme de cristianos que rechazan esto último por considerarlo demasiado…místico. ¡Oh! 

Hebreos 12. Mira el primer verso. Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, No sé tú, pero yo puedo quedarme a vivir en este texto parcial con todo lo que su contenido encierra. Porque de entrada me dice teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, y en principio, a fueros de ser sincero, no sé de qué testigos me está hablando.

 Porque si el autor está refiriéndose a estos antiguos campeones de la fe del capítulo anterior, como entusiasmados espectadores desde el cielo para con nuestros devenires en Cristo, creo que estamos ante un misterio mucho más grande que la fe misma. Comencemos por aclarar que la palabra griega que se traducía como nube, indicaba necesariamente un grupo grande, y no sería incoherente interpretar que también debería incluir a todos los hombres y mujeres que, viviendo en el espíritu, cimentaron una fe sólida y sin mancha.

De todos modos, si nos detenemos un momento en lo que Pablo escribe a los Efesios en el capítulo 3 y versos 10 y 11 de su carta, vemos que expresa: para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor Y eso a mí me indica que también estamos bajo observación muy atenta de los ángeles.

 Pero que, al mismo tiempo, también el mundo secular no se pierde detalle de lo que es nuestra forma y calidad de fe, y cuanto tiene que ver eso con nuestra conducta diaria. Esos también podrían ser parte de esa grande nube de testigos, del mismo modo que, en un enorme estadio de fútbol, miles y miles de espectadores presencian un cotejo entre los equipos de su simpatía. Los peritos sociológicos han hecho miles de estudios relacionados con esto, pero jamás llegaron a una conclusión seria o creíble.

Esta interpretación, que dejaría ver a esos héroes de la fe del pasado siendo privilegiados espectadores de las inclemencias que cada uno de nosotros vive para ejercitar la fe, hoy, ha determinado que no pocos lleguen a suponer que la gente, en el cielo, luego de su muerte física, puede observar tranquilamente todo lo que sucede en la tierra. Es más que obvio que este pasaje podría llegar a sugerir algo así, pero también es notorio que no alcanza de ninguna manera para dar por probado que eso sea posible.

¿Por qué digo esto último? No es ninguna revelación ni novedad, es muy simple de entender. Si el cielo es ese lugar donde todos los creyentes pensamos que se está siempre feliz y sin preocupaciones de ninguna clase, hay que pensar que es muy difícil que algunas personas pudieran ser felices en ese cielo si pasan su tiempo observando las crisis y tribulaciones que nosotros experimentamos en la tierra. Porque cuando digo nosotros, obviamente me estoy refiriendo a los familiares que dejaron aquí abajo en sus partidas.

 Otros eruditos consideran que estos testigos de los que aquí se habla, no son testigos respecto a cómo nos conducimos en nuestras vidas de fe, sino que son testigos, pero a modo de testimonio. Ese testimonio debería recalar hondo en cada uno de nosotros y darnos la inspiración, la instrucción y la hoja de ruta para una vida de fe auténtica y perseverancia en ella. Lo que intento decir es que tienen un espíritu de mártires, que es la antigua palabra griega que se traducía como testigos.

Y, tanto los griegos como los latinos, a menudo usan el término nube para expresar un gran número de personas o cosas. Yo respeto todas y cada una de estas opiniones de los más afamados teólogos, pero tengo certeza interna que todo está muy por encima de lo que imaginamos. Sólo un detalle: esa palabra traducida como nube, es la misma que luego veremos cuando se nos dice que el Señor retornará en una nube… Luego dice Despojémonos de todo peso y del pecado.

 Creo que no invento nada si te digo que cualquier forma de pecado será un duro obstáculo para que avancemos, eso creo que a nadie se le escapa. Sin embargo, existen otras cosas que no son precisamente pecado, y que aquí se las describe como todo peso, sino simples estorbos que pueden impedir que sigamos compitiendo con potencia en la carrera que Dios tiene para nosotros. Porque nuestras decisiones no siempre son entre lo que es correcto o incorrecto, sino más bien entre lo que puede estorbarnos o no.

 De allí que cabe la pregunta que debo dejarte para tu reflexión: ¿Existe hoy algún peso en tu vida del cual necesites despojarte? Si solucionas eso, puedes pasar a lo que sigue. Porque dice que es por el pecado que nos asedia. Y fíjate que la palabra asedia, es la traducción de una palabra griega antigua muy difícil de pronunciar: eupeirstaton, que puede ser traducida nada menos que de cuatro maneras diferentes. Fácil de Evitar, Admirado, Asediar o Peligroso. 

19.- El Consejo, Entonces, es Que…

 …nos despojemos de todos estos vericuetos de un mismo color, el pecado. De hecho, algunos pecados podrían ser fácilmente evitados, pero no lo son. Otros, son admirados, pero en realidad deberían ser evadidos. Algunos pecados es verdad que nos asedian, y son especialmente dañinos en todo. Y, finalmente, hay pecados que son mucho más peligrosos que otros. Conclusión: Si estos pecados que nos asedian fueran el resultado de una posesión demoníaca, ¿No sería este el mejor momento para que el Espíritu Santo tratara el tema? 

De todos modos, y esto no es algo menor, nunca se nos da una razón contundente por la cual podamos culpar a los demonios de nuestro pecado. El llamado, en todo caso, es simplemente para que, en el poder del Espíritu Santo, nos despojemos de todo peso y del pecado que nos asedia. Así de claro, simple y preciso. No es un curso de demonología, es un llamado a cuidarse de nuestra carnalidad. Como si alguien se asomara entre las nubes y te dijera: ¡Después no salgas a decir que nadie te avisó!

Y, por último, en ese primer renglón tan fructífero, se nos dice que corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Y esto no es un simple palabrerío para llenar un hueco literario, esto es clave. Porque si algo necesitamos para terminar victoriosamente lo que hemos comenzado en Cristo Jesús, ese algo es justamente, paciencia. A ver, que nos quede bien claro para conocer una faceta más de nuestro amado Pablo.

 Él está con nosotros justo en el punto de partida de esta carrera que nosotros somos los que debemos correr. Sin embargo, con su tremendo corazón a cielo abierto, fíjate que no te dice que corras tu carrera con paciencia, sino que dice corramos. Eso habla no sólo de apoyo y respaldo, sino de empatía espiritual, algo que hoy es tremendamente difícil de encontrar. Sabemos que, con distintos matices, Dios ha puesto ante cada uno de nosotros una carrera que inexorablemente debemos correr.

Eso va a requerir no solamente esfuerzo, sino también compromiso. Ser pasivo jamás te hará ganador de nada. Dios quiere que compitas con lo mejor que tengas y que llegues a la meta si es posible, como más que vencedor. Te lo dije antes y ahora voy a confirmártelo. La paciencia es necesaria para correr esa carrera. Paciencia traduce la palabra del griego antiguo hupomone, Este término no habla de esa paciencia que se sienta y acepta las cosas, sino de la que, con serenidad y certeza, domina las cosas.

 Es una determinación, que no te empuja a apresurarte en algo, sino no retrasarte y avanzar firmemente, negándote a ser desviado. De hecho, en ese capítulo 20 del libro de Hechos, Pablo se ve a sí mismo como a un corredor que tiene una carrera por terminar. Y no sólo eso, sino que es evidente que nada ni nadie podría impedir que él la termine con gozo. Pablo habla de mi carrera, lo que nos lleva a entender que mientras él tenía su propia carrera por disputar, nosotros tenemos la nuestra.

Verso 2 = puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Esto me dice a mí y te dice a ti que nos es posible correr esa carrera y tener éxito, siempre y cuando nuestros ojos estén puestos en Jesús y no en otras cosas tentadoras que el mundo secular nos ofrece. (3)  Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.

Esto te enseña que aun en las peores dificultades, considerando a Jesús, puedes ser animado en lugar de caer en desánimo, sabiendo que estamos siguiendo sus pasos. Así lo definió Pablo en Romanos 8:17 cuando dice: Si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. ¿Alguna vez te detuviste a pensar en el grado y nivel de hostilidad que recibió Jesús por parte de los pecadores? Cuando iba a la sinagoga, como judío que era, ¡Había gente que quería matarlo!

De hecho, los líderes de allí siempre intentaron atraparlo y avergonzarlo. Además, mintieron acerca de Él, diciendo que era un borracho y un glotón. Por si esto fuera poco, fue traicionado por uno de sus propios discípulos. Muchos se burlaron de Él y, cuando pudieron, lo golpearon. Y para completar su panorama de Hijo de Dios en la tierra, su propia gente, esa a la que Él había sanado, liberado y hasta dado de comer, en el momento de la opción, decidió quedarse con un delincuente y gritó a Pilatos que lo crucificara. Cuando lleguemos a los textos finales de este trabajo, tendrás pruebas más que sobradas de que todo esto hoy no sólo se está repitiendo, sino aumentando más y más cada día.

Dijo alguna vez Charles Spurgeon: “Si en la escuela dominical una clase parece ingobernable; si no se puede enseñar a los niños; si las niñas parecen tan alegres; si en la pequeña estación del pueblo los oyentes parecen tan aburridos, tan distraídos, tan descuidados y tan olvidadizos; si en cualquier otra esfera del trabajo no pareces ser apreciado, pero rechazado, no importa. Estas no son nada comparadas con las contradicciones que el Salvador soportó y, sin embargo, nunca se desvió y, por lo tanto, no te desvíes” 

 Creo que ninguno de nosotros, personas bien intencionadas y con deseos de ser útiles para el Reino y trabajar en las cosas del Señor, ha logrado percibir y entender la calidad del ministerio que Jesús tuvo en esta tierra. Siempre nos referimos a él como el ideal en lo impactante, pero sin tener en cuenta todo esto que te detallo. (4) Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; (5) y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por él; (6) Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo.

 Un gran motivo para el desánimo entre estos judíos ya cristianos era que ellos no entendían o no veían la razón por la cual Dios estaba permitiendo que se les presentaran tiempos difíciles. Tal como sigue sucediendo hoy mismo en cualquiera de los ambientes cristianos, parecían haber olvidado los principios acerca de la disciplina del Señor. Lo sabemos, porque seguramente alguien nos lo predicó o enseñó alguna vez, pero igualmente somos muy duros para aceptarlo porque, aun en contra de lo aquí escrito, seguimos teniendo en nuestras mentes esa imagen de un Dios frágil, permisivo y hasta tonto al cual se lo puede burlar fácilmente.

Muchas de las dificultades en la vida cristiana pueden remontarse a estas tres palabras: habéis ya olvidado. Tal vez sea un principio que recordamos en la mente, pero que hemos olvidado en el corazón, y debemos recordarlo nuevamente. En tiempos de prueba o estrés, muchos cristianos olvidan algunos conceptos básicos. Se preguntan si Dios todavía tiene el control o si todavía los ama. Debemos admitir que Dios sí permite todo lo que sucede; así que Él debe al menos aprobarlo pasivamente, porque definitivamente tiene el poder de detener las cosas malas que suceden.

 Por supuesto, Dios nunca puede ser el autor de la maldad. Pero sí permite que otros elijan el mal, y puede usar esa mala decisión que otro hace para lograr sus buenos propósitos, aunque solo sea para demostrar Su justicia y rectitud en contraste con el mal. Lo confirma Salomón cuando en su proverbio 3:11-12 expresa: No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, Ni te fatigues de su corrección; Porque Jehová al que ama castiga, Como el padre al hijo a quien quiere.

 Esto nos dice que la disciplina de Dios nunca debe tomarse como una señal de rechazo, sino como una que nos trata como sus hijos. Sólo un cristiano demasiado orgulloso (Que los hay) afirmaría que nunca tiene necesidad de la disciplina de Dios. Oye; nadie está por encima de este tipo de entrenamiento.  Cuando viene la disciplina, es una ofensa para Dios cuando la despreciamos. La disciplina es su amorosa herramienta de corrección y debemos recibirla con gratitud.

 Este es el entrenamiento que necesitamos para correr la carrera que debemos correr con paciencia A menudo hemos escuchado a un padre decir: “Hijo, si lloras por eso, tendrás algo por lo que llorar pronto”. Entonces, es absolutamente lícito que, si murmuramos por poco, Dios nos dará algo que nos hará llorar. Si gemimos por nada, Él nos dará algo que nos hará gemir. La disciplina no debe ser tomada como la única razón por la que Dios permite tiempos difíciles, pero si es una razón importante. 

20.- Por Ejemplo, Sabemos que Dios…

 …permite tiempos difíciles para que podamos, más adelante, ser de apoyo para alguien más, así como Dios nos confortó a nosotros en momentos de crisis. 2 Corintios 1:3-7 lo respalda: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.

Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación.

 Es por eso que Santiago nos recomienda que hagamos una oración por sabiduría en el contexto de soportar las pruebas. Necesitamos saber cómo reaccionar de diferentes formas cuando Dios hace diferentes cosas. Así lo dice Santiago 1:2-5 : Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna. Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

Atención con esto: no siempre que tenemos problemas será como parte de una disciplina divina. Es muy probable que en algunos casos puntuales sea parte de un ataque satánico, así como que, en otros momentos, se deba a imperfecciones o errores de nuestra carnalidad. Versos 7- 10 = Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.

Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Deberíamos ser más sumisos y respetuosos con la corrección de nuestro Padre celestial que con la corrección de nuestro padre terrenal.

Por lo tanto, nunca debemos despreciar a Dios por su disciplina, aunque sea desagradable por un momento. Cuando nos resentimos, nos consideramos virtualmente iguales a Dios en vez de vernos como Sus hijos. Puede ser humillante y causar amargura ser disciplinado por un igual, pero no es igual ser disciplinado por alguien que es legítimamente nuestro superior. El resentimiento contra la disciplina muestra cómo vemos a Dios y cómo nos vemos a nosotros.

Los padres humanos, incluso con la mejor intención, sólo pueden disciplinar imperfectamente porque carecen de un conocimiento perfecto. El Dios que todo lo sabe puede disciplinarnos perfectamente, con resultados mejores y más duraderos que los que pueda lograr incluso el mejor padre terrenal. La fe ve que en su peor dolor no hay nada penal; no hay ni una gota de la ira de Dios en él; todo es enviado con amor. Verso 11 = Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Las pruebas son pruebas y la disciplina es disciplina. Si no nos duele o nos pesan, entonces no sirven su propósito. A menudo queremos pruebas que no son pruebas y disciplina que no es disciplina. La tierra no parece moverse ni parece ser redonda; el sol parece ser más grande al atardecer, y así sucesivamente. Ahora bien, si hasta en las cosas naturales lo que parece ser no es la verdad, y la apariencia es muy a menudo falsa, podemos estar seguros de que, aunque la aflicción parece ser una cosa, en realidad no es lo que parecer ser.  

Si la aflicción pareciera ser gozosa, ¿Sería disciplina en absoluto? Te pregunto, ¿No sería ridículo si un padre disciplinara a un niño y el niño bajara las escaleras riendo y sonriendo y regocijándose por la disciplina? ¿Jubiloso? En lugar de ser útil en absoluto, ¿no sería completamente inútil?  ¿Qué bien podría haber hecho un castigo si no se hubiera sentido? ¡Seguramente ningún beneficio!) Luego habla del fruto apacible de justicia: Este fruto debe ser evidente en la vida del cristiano.

 La razón por la que muchos viven una vida de crisis tras crisis es porque se ciegan a la disciplina de Dios o porque la resisten. No han sido ejercitados, por lo que el fruto apacible de justicia no es evidente. Ejercitados, en el idioma griego antiguo es una palabra del mundo del atletismo. Así como el atleta es ejercitado por algo de agonía, también lo somos nosotros como “atletas espirituales” de Dios. Dios tiene un propósito para ejercitarte a ti.

Piensa en David después de haber sido atacado por un león cuando solo era un joven que apacentaba ovejas. Él se pudo haber desesperado y preguntado: “¿Por qué permitió Dios que me sucediera algo tan terrible? ¡Apenas escapé! Pero si tan solo David pudiera ver más adelante, vería que Dios tenía un gigante llamado Goliat al que estaba destinado a enfrentarse y que la batalla con el león lo preparó con anticipación. Dios siempre tiene un propósito. Podemos confiar en Él.

 La corrección de Dios es inteligente, pero debemos mirar más allá del proceso hacia el resultado. El resultado no llega inmediatamente, sino después. Muchos creyentes son afligidos porque no sienten de inmediato que se han beneficiado de sus aflicciones. Bueno, no esperes ver manzanas o ciruelas en un árbol que has plantado hace una semana. Solo los niños pequeños ponen sus semillas en el jardín de flores y esperan verlas crecer y convertirse en plantas en una hora.

 Notamos que, en esta sección sobre la disciplina, el autor no mencionó a Jesús como ejemplo. Esto es porque Jesús nunca tuvo que ser disciplinado por su Padre. Jesús sufrió, pero no porque fue disciplinado. Versos 12-13 = Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Casi como un entrenador o un oficial militar, el autor les dice a sus compañeros seguidores de Jesús que se animen y se mantengan activos.

Les había dado muchas razones para ser fortalecidos en el Señor y deshacerse del desánimo, había llegado el tiempo de hacerlo. Las imágenes aquí (Manos y rodillas levantadas, pies “hacia adelante”) hablan de la disposición para trabajar y moverse por Jesús y su reino. Esta disposición es la primera en irse cuando uno se rinde ante el desánimo. Llevo treinta años desandando este ministerio, de los cuales los últimos veinticinco han sido los que hemos podido compartir a través de las distintas expresiones de las redes que hemos ido incorporando.

 ¿Y sabes qué? Si una mañana, (¡Una mañana, tan solo!) me levantara sin deseos de sentarme frente al monitor a escribir, a estudiar, a grabar o sencillamente a meditar sobre lo que ha sido o lo que vaya a ser, ese día marcaría el final de toda esta historia. Trabajar para el Reino no puede ser una carga, tiene que ser un privilegio. Si me encuentro con un ministro que se queja amargamente de todo lo negativo que le produce el administrar todo eso, lo primero que le preguntaré es si está seguro de haber sido llamado a hacer eso.

Versos 14-17 = Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que, brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas. Esto significa que arreglarse tanto con los hombres no siempre funciona. Por eso dice: seguid la paz con todos.

Como con Dios (Y la santidad). El desánimo nos hace descuidados y despreocupados por la santidad y las relaciones personales. En cuanto a la santidad, se nos dice que sin la cual nadie verá al Señor. La falta de santidad es un obstáculo crítico para una relación íntima con Dios. Los cristianos impíos son la plaga de la iglesia. Son verdaderas manchas que lamentablemente salpican a los genuinos. Como piedras escondidas, son el terror de los navegantes.

Es difícil mantenerse alejado de ellos: y no se sabe qué accidentes pueden causar. Al mismo tiempo, Esta santidad es cosa de crecimiento. Puede estar en el alma como un grano de mostaza, no desarrollado; puede estar en el corazón como un deseo, en lugar de algo que se haya realizado plenamente, un gemido, un jadeo, un anhelo, un esfuerzo. Fueron descriptos cuatro tipos de personas que tratan de vivir sin santidad. Y quiero presentártelos para que no ignores su procedencia.

El fariseo: Confiado en ceremonias externas en vez de verdadera santidad. El moralista: No siente necesidad de santidad porque su vida es muy buena. El experimentador: Toda su vida cristiana se vive hacia adentro, nunca mirando hacia la conducta externa, sino solo hacia los sentimientos. El opinólogo: Su vida cristiana se trata de creer en las doctrinas correctas y no se preocupa por la forma en que la vive. Debemos vivir correctamente con respecto a la gracia de Dios.

Esto significa buscar diligentemente el cuidarnos tanto a nosotros mismos como a los demás de regresar al legalismo, ya sea en una forma externa o en una actitud interna que nos impida alcanzar la gracia de Dios, que, brotando alguna raíz de amargura, nos estorbe. Una raíz de amargura es una raíz que da fruto amargo… Así que es posible que una semilla de amargura sea sembrada en una comunidad y, aunque no haya fruto inmediato aparente, con el tiempo aparece. 

21.- La Amargura Corrompe a Muchos…

 …arraigada en un sentido de dolor personal, y muchos se aferran a esa amargura con una increíble terquedad. Lo que deben hacer es recordar la gracia que Dios les extendió y empezar a extender esa gracia a otros: amando a los que no lo merecen. Alguien alguna vez escribió que la frase deje de alcanzar la gracia de Dios también puede traducirse como quedarse atrás de la gracia de Dios.

La idea es que la gracia de Dios sigue adelante, más allá del dolor y el sufrir del pasado. Nosotros también debemos seguir adelante. En cuanto a la palabra profano: Proviene de las palabras latinas pro-fanum. Fuera de cada templo (‘Fanum) había un área de tierra abierta a todos, donde la gente se reunía, un lugar abierto sin cercos. En contraste con esto estaba el recinto sagrado del templo. Esaú no tuvo un recinto sagrado en su vida, y en este sentido era un hombre puramente secular.

Como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura: Muchos cristianos hoy en día venden su derecho a la intimidad con Dios tan barata como Esaú vendió su primogenitura. Ustedes recuerdan la historia. La pueden leer en Génesis 25 y 27. Y no hubo oportunidad para el arrepentimiento: No es cuestión de perdón. El perdón de Dios siempre existe para el arrepentido. Esaú pudo haber regresado a Dios. Pero no pudo deshacer su acción.

Luego cuando Esaú buscó la bendición, fue desechado por su padre Isaac. La primogenitura de Esaú no fue restaurada solo porque deseó recuperarla. Nunca podría ser recuperada porque la menospreció. Versos 18-21 = Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más, porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo; y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando; 

Esto que dice aquí en el principio, ya fue explicado en el libro del Éxodo, capítulo 19 y verso 10, que te muestra cómo fue cuando Israel llegó al monte Sinaí. La montaña estaba cercada; no se podía pasar bajo pena de muerte. Se les ordenaba lavar sus ropas y abstenerse de tener relaciones sexuales. Hubo truenos, relámpagos y una densa nube. Hubo un sonido de trompeta, que llamaba a la nación a encontrarse con Dios. Había más humo, como un horno, y terremotos.

 Entonces la trompeta hacía un sonido prolongado hasta que Moisés habló y Dios mismo respondió. Dios habló a Israel desde Sinaí, pero les advertía de todas las formas posibles que se mantuvieran lejos. La reacción de Israel fue comprensible; ellos estaban aterrorizados. Ellos querían que la experiencia terminara, no que continuara. Aun Moisés estaba asustado: Moisés dijo: Estoy espantado y temblando. Todo este temor no logró promover la santidad entre el pueblo de Israel.

No logró cambiar el corazón de Israel. 40 días después, adoraron a un becerro de oro diciendo que había sido él quien los sacó de Egipto. Versos 22-24 = sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.

 Estamos en un lugar diferente. Nuestra relación con Dios no se basa en la experiencia de Israel en el monte Sinaí. Nosotros llegamos al otro monte de Dios: Sion, el nombre de la colina donde se encuentra Jerusalén. La ley llegó al Sinaí; la cruz estaba en Sion. No había ciudad en el monte Sinaí; estaba en el desierto. Sinaí está asociada con Egipto; Sion se asocia con lo celestial. Varios ángeles entregaron la ley a Moisés en el monte Sinaí; pero el monte de Sion tiene la compañía de muchos millares de ángeles.

Lo que Dios dio en el monte Sinaí fue principalmente para Israel; lo que Dios dio en el monte de Sion es para todos y cubre a todos los redimidos. El monte de Sion no elimina a Dios como el Juez de todos, para nada. Más bien, la obra que hizo Jesús en el monte Sion satisface la justicia de Dios, resultando en los espíritus de los justos hechos perfectos. El monte Sinaí se trataba de un antiguo pacto basado en ganar y merecer. El monte de Sion se basa en un nuevo pacto con Jesús el Mediador basado en creer y recibir.

 La sangre… de Abel no se refiere a la sangre que derramó cuando fue martirizado. Más bien habla de la sangre del sacrificio que hizo, el primer sacrificio del hombre para Dios registrado en la Biblia. La sangre de Jesús habla mejor que la sangre de los sacrificios animales, la sangre de Abel. Sin embargo, es cierto que la sangre de Jesús el Mesías habla mejor que la sangre de Abel el mártir. La sangre de Abel proclamó: la justicia debe ser satisfecha, trae venganza. La sangre de Jesús proclamó: la justicia ha sido satisfecha, trae misericordia.

 La lección es clara. No deberíamos venir al monte Sion como si fuéramos al monte Sinaí. Así que ya no dudes, anímate y se valiente al acercarte a Dios. Considera los contrastes entre el monte Sinaí y el monte de Sion. El monte Sinaí fue marcado por el miedo y el terror. El monte de Sion es un lugar de amor y perdón. El monte Sinaí está en el desierto. El monte de Sion es la ciudad del Dios viviente. El monte Sinaí habló de cosas terrenales. El monte de Sion habla de cosas celestiales.

En el monte Sinaí, sólo a Moisés le era permitido acercarse a Dios. En el monte de Sion, una compañía de muchos millares, una congregación, es invitada a acercarse. El monte Sinaí fue caracterizado por hombres culpables con miedo. El monte de Sion cuenta con justos hechos perfectos. En el monte Sinaí, Moisés era el mediador. En el monte de Sion, Jesús es el mediador. El monte Sinaí trajo el Antiguo Pacto, el cual era ratificado con sangre de animales.

El monte de Sion trae un Nuevo Pacto, el cual es ratificado con la sangre del precioso Hijo de Dios. En el monte Sinaí se trataba de exclusión, manteniendo a la gente alejada de la montaña. En el monte de Sion se trata de invitación. En el monte Sinaí todo es sobre la ley. En el monte de Sion todo es sobre la gracia. Por supuesto, la idea de la superioridad del Nuevo Pacto se repite. Muestra que estos cristianos judíos ni siquiera deberían considerar regresar y preferir la religión del monte Sinaí sobre la relación del monte de Sion.

Versos 25-26 = Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos. La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo. 

22.- Como fue Descripto en los Versículos…

 …anteriores, Dios tiene ante nosotros la bondad y la gloria del monte de Sion: la obra perfecta y completa de Jesús y el Nuevo Pacto a través de Él. Si rechazamos esto de Dios, no podemos ignorar las consecuencias. Hubo consecuencias por rebelarse en el monte Sinaí. Hay y debería haber consecuencias aún mayores por resistir la obra superior de Dios en Sion. Dios conmovió la tierra con su voz en el monte Sinaí. El Nuevo Pacto conmueve aún.

Es fácil, y peligroso, pensar que Dios era un Dios malo y severo en el Antiguo Testamento y de alguna manera se hizo bueno en el Nuevo Testamento. Esto es muy engañoso, porque hay más misericordia en el Antiguo Testamento de lo que muchos imaginan. Al igual, hay más juicio en el Nuevo Testamento de lo que muchos imaginan. Cuando todo es conmovido, la pregunta será: ¿Dónde estás parado? ¿Estás sobre algo seguro? ¿Estás protegido?

Verso 27 = Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Dios promete conmover las cosas nuevamente para quitar (Eso sería la remoción) la dependencia en lo material, como en las cosas materiales, el materialismo. Lo que intento decirte es que Dios conmueve las cosas para probarlas, y luego para remover las que no pueden soportar la prueba.

 La gran pregunta que muchos al conocer esto se han formulado, es: ¿Con nosotros estaría haciendo lo mismo? No hay una respuesta contundente, sólo Él lo sabe. Pero si nos detenemos a leer lo que hemos visto respecto a la disciplina de los hijos amados, yo arriesgaría pensamiento a decirte que sí, que en los casos que Él lo estime como necesario, si es para salvar la vida espiritual de uno de sus hijos o sencillamente entrenarlo para algo fuerte y grande que deba hacer para extensión del Reino.

 ¿Ves a eso como algo cruel o desconsiderado? Yo no. Es como cuando la mamá águila empuja a sus pequeños polluelos para que se caigan del nido. La primera vez los aguanta con su cuerpo, y la segunda y la tercera. Para la cuarta, ya probaron sus alas y se dieron cuenta que son capaces de volar solos. ¿Se entiende lo que digo? Versos 28-29 = Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor.

 El Reino inconmovible. ¿Podemos con nuestras mentes finitas y llenas de programaciones griegas por intelecto, llegar a imaginarnos lo que significa ser parte de un Reino al que nada de este mundo ni de ningún otro puede conmoverlo? Eso, nada menos, es lo que se nos dice que hemos recibido. Cuidado: no te dice que vas a recibirlo un día de estos, si te comportas bien y diezmas y ofrendas, no. Dice que ya lo has recibido, aunque en tu bolsillo derecho llevas un veterinario para que te cuide al cocodrilo que tienes en el izquierdo.

O sea que en contraste con la inestabilidad del mundo que nos rodea, el Reino de Jesús es inconmovible, y lo estamos recibiendo. Tengo una buena noticia: Esta es nuestra estabilidad en un mundo tan inestable. Aún no tenemos este Reino por completo; Sin embargo, lo estamos recibiendo. Dicho en términos gramaticales: Estamos recibiendo constante y perpetuamente (original griego) un Reino que es incapaz de ser movible. Más adelante seré mucho más claro, preciso y conciso con lo del Reino. En el final no te quedarán dudas, ese es el objetivo.

Muy bien: ¿Y cuáles se supone que son las maneras en las que ya hemos recibido el Reino? Lo hemos recibido como promesa; una promesa de un hombre de confianza es igual de segura como tener la cosa en sí. Lo tenemos como principio y vemos los principios del Reino de Dios obrando en el mundo. Lo hemos recibido en poder, y vemos el poder milagroso y transformador de Dios obrando en el mundo de hoy. Hemos recibido parte de la provisión y protección del Reino, porque nuestro Rey nos provee y protege.

Lo hemos recibido en comunidad, porque cuando nos reunimos con hermanos en un mismo sentir, somos una comunidad del Reino. El Reino nunca será movible. Así que debemos aprovechar la aprobación inmerecida de Dios en Jesús, ayudándonos a servir a Dios agradándole con temor y reverencia. Alguien lo ilustró con estas palabras: ¡Gloria a Dios, nuestro Reino es inconmovible! Ni siquiera la dinamita puede tocar nuestro dominio: ningún poder del mundo, y ningún poder en el infierno, puede sacudir el Reino que el Señor ha dado a sus santos.

Con Jesús como nuestro monarca no tememos ninguna revolución ni anarquía: pues el Señor ha establecido este reino sobre una roca, y no puede ser movido ni removido. Sirvamos a Dios agradándole: Estas palabras describen cómo se puede hacer esto. Nuestro servicio agradable comienza con nuestro ser receptores. Nuestro servicio agradable es ofrecido por la obra de la gracia de Dios en nosotros. Nuestro servicio agradable está marcado por la reverencia.

Nuestro servicio agradable está marcado por un sentido profundo de santidad divina. Porque nuestro Dios es fuego consumidor. Muchos sostienen erróneamente la idea que “demasiada” gracia nos da permiso y provoca falta de respeto hacia Dios. En realidad, la gracia nos da temor y reverencia. Tal vez aquellos que piensan que la gracia les da permiso para pecar en realidad no viven en gracia. Puesto que Dios es de hecho un fuego consumidor, lo mejor es que nos acerquemos a Él en sus términos. Estos son los términos de la aprobación inmerecida en Jesús.

Él consumirá todo lo que esté fuera de este ámbito. Elías sabía que Dios era fuego consumidor; Consumió el sacrifico en el altar del monte Carmelo. Salomón sabía que Dios era fuego consumidor; Consumió el sacrificio en el altar en la dedicación del templo. El hecho de que Dios es fuego consumidor es un consuelo para el creyente. Se dan cuenta de que el Padre derramó Su fuego consumidor de juicio sobre el Hijo en nuestro lugar. Cuando lo hizo, consumió por completo la culpa del pecado en todos los que creen. La pena del pecado fue consumida en Jesús en la cruz.

Ya lo tienes. Ahora ya lo sabes y has dejado para siempre tu ignorancia respecto a esto, tal como me tocó dejarla a mí hace un tiempo atrás. Y porque tengo más edad que tú, mi ignorancia era más antigua que la tuya. Dios es fuego consumidor y, por causa de su esencia, no dudará en tomar venganza cuando la situación así lo amerite, de propinar duro castigo cuando alguna otra incidencia así lo demande y, casi como metodología de buena crianza, establecer rígidas disciplinas sobre cada uno de nosotros, cuando Él estime que las necesitamos para darle toda la gloria y la honra que se merece. ¿Necesitas más? ¿Tu ego lo soporta? 

23.- Hace Más de Veinte Años…

 …que vengo hablando del Reino. Y todavía hay mucha, pero muchísima gente de la que me escucha o lee, que no ha entendido lo que es el Reino y lo que significa. Yo podría hacer la más fácil y decir que eso es culpa de toda esa gente, por no escudriñar y decidir seguir siendo ignorante, pero la verdad es otra. Somos una generación nacida en un sistema de gobierno llamado Democracia. Con todos los claros y oscuros que cada democracia tiene en cada país, pero democracia al fin. Lo poco que conocemos sobre reinos, tiene que ver con los pocos que todavía existen, aunque sólo figurativamente.

Porque sus reyes son reyes, pero no gobiernan. Generalmente en estos países que te menciono, hay democracias que operan bajo el sistema de legislaturas. Con Primeros ministros que son los que gobiernan, y con los reyes que sólo están para consultas protocolares e ir a fiestas y celebraciones. Nuestro Reino no es eso, y cuando te de las pautas que lo sostienen, por momentos se te van a caer las medias del impacto. Y algunas cosas no te van a gustar, como no me gustaron a mí al principio, cuando conocí esta verdad. Pero es mi deber transferirte lo que he aprendido, aceptado, creído y puesto por obra. Es mi oración que al final de todo esto, al menos, tú vayas y hagas lo mismo.

Escucha. Jamás le hablo a mis receptores de manera tan directa. Lo hago, pero siempre con cierta moderación, en parte por el respeto que cada uno se merece y también por mantener ciertas formas de comunicación. Pero hoy, aquí y ahora, tengo mandato y dirección de hacerlo de modo más directo, frontal y hasta duro, si cabe. Pero es para decirte, en primera instancia, que no me sorprende que justamente hoy y justamente tú, estés allí dispuesto o dispuesta a leerme, aunque la onda venga extensa. Con una paz y una expectativa distinta a las de otras veces. 

¿Sabes por qué no me sorprende? Porque lo que estoy a punto de enseñarte, según lo estoy viendo yo en lo personal y sin ninguna obligación de que nadie más lo vea así, es el mensaje más importante que existe sobre la tierra. Pero cuidado con algo que no siempre se enseña o se dice, que también es el más peligroso. ¿Por qué? Porque es el único mensaje al que Satanás le teme y le teme de verdad. Cuando él oye que alguien lo enseña, se hace presente en persona para procurar borrarlo de la mente de quien lo reciba. Toma toda tu autoridad en Cristo, ahora, y no se lo permitas. Tu oración tiene poder.

Pero, claro, a todo esto, supongo que deberemos probarlo.  Así que acompáñame con tu biblia abierta a Mateo capítulo 13. Quiero explicar por qué esto está pasando ahora. En este capítulo, Jesús cuenta una historia, acerca de un agricultor, un sembrador. Mucha gente ha predicado sobre esta historia. Y lamentablemente debo decirte que, en muchos casos, lo que han predicado no ha sido verdad. No, al menos, la verdad completa. ¿Cómo se supone que yo sé esto? Porque yo mismo decía las mismas cosas que esos que te estoy mencionando, decían. Era lo que había aprendido. No los censuro, pero yo busqué verdades y las encontré, así que para evitar errores, yo quiero que tú leas lo que Jesús realmente dijo de esta historia.

Él cuenta la historia de un sembrador que sembraba semillas. Y todos ustedes conocen de esta historia. Así que ni siquiera la voy a transcribir. De todos modos, lo que sí quiero es que leas una parte de lo que acaba de suceder aquí. Son muchos los que han usado de esta parábola, resaltando la importancia del perdón. Y no son pocos los que usan este pasaje para incentivar una mayor ofrenda. Porque dicen que, si siembras dinero, cosecharás dinero. Prosperidad le llaman. ¡Y eso no es verdad! ¡Eso no es lo que Jesús dijo aquí! ¿De qué trata, entonces, esta parábola? Hay muchas parábolas que Jesús no explicó.

Pero en esta, no hace falta preguntarse qué es lo que Él quiso decir. Es una de las pocas parábolas que Él sí explicó. Observa el verso 10. Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? Y Él explica por qué. Alguna vez me llegará la orden de explicar lo que Él explicó, porque me llevaría una enorme cantidad de tiempo y espacio hacerlo. Pero vayamos al verso 16. Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. (17) Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron. 

¡Wow! ¿Sabes lo que les acaba de decir? Que lo que te estoy enseñando, la mayoría no lo entendió. Amós no lo entendió. Isaías no lo entendió. Jeremías no lo entendió. Ezequiel no lo entendió. Pero ustedes, hoy, sí lo están entendiendo. ¿De qué estaba hablando, Él? Él está a punto de explicar la parábola. Verso 18. Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador: O sea que a esto no hay que adivinarlo, hay que entenderlo. Te lo explicaré. Así que, leamos. Verso 19. Él dice: esto es lo que significa esta parábola. Cuando alguno oye la palabra del reino Subraya eso, por favor. Porque tú puedes oír muchos mensajes; fe, sanidad, bautismo, unción, poder, prosperidad, de todo eso que es en enorme mayoría de lo que se predica en los templos.

Pero esto no tiene nada que ver con todo eso, esto es diferente. El Reino. Cuando alguno oye el mensaje, del Reino, y a la palabra del Reino no la entiende, viene el malo. Cuando estás a punto de predicar el Reino. Cuando se toca este tema, Satanás no envía demonios. Jesús dijo: Él viene en persona. Cuando alguien oye el mensaje del Reino, el mismo Satanás viene. Muchos predicadores vendrán y predicarán buenos mensajes. De unción, prosperidad, poder, sanidad, milagros. Pero Él dice que cuando empiezas a predicar el Reino, Satanás no envía demonios para interferir, viene él mismo, en persona.

¿Y por qué viene? y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. ¡Viene para arrebatarlo! Para volverte incrédulo. Para destruir el momento ungido que estás viviendo. Para apagarte la luz del entendimiento. Por eso es que no me sorprende que hoy estés casualmente allí, leyéndome. Porque seguramente Satanás también hoy anda por allí, rodeándote y procurando que no entiendas nada. ¿Por qué? Porque el mensaje del Reino es el único que predicó Jesús. Jesús nunca predicó sanidad. ¡Sanaba a la gente! Nunca predicó resurrección. ¡Resucitaba a la gente! Nunca predicó liberación. ¡Liberaba a la gente! ¡Sólo predicó el Reino!

Así que ahora quiero que tomes tu biblia, porque vamos a hablar del Reino, del poder y de la gloria. Es un paso tendiente a establecer el Reino, el poder y la gloria de Dios en la tierra. Porque eso es exactamente de lo que trata el Reino. Es el establecimiento de la gloria y el gobierno del Reino de Dios en la tierra. La pregunta que cabe, es: ¿Por qué necesita la tierra el Reino de Dios? En principio, porque el más grande problema en la tierra es el mundo. Es una declaración bien importante, esta. El mundo entero se está desmoronando. Las economías están colapsando. El mundo, con todo su aparente esplendor, en realidad se está desintegrando.

Las economías se están desmoronando. ¿Por qué? Porque el mundo está colapsando. Dios creó la tierra, con un mundo. Y ahora escúchame con cuidado. Porque si no logras entender esto, nunca entenderás a Dios. Dios hizo una tierra, y sobre esa tierra, puso un mundo. Y hoy tenemos dos mundos, en una sola tierra. Dios creó una tierra, con un mundo. Pero hoy, tenemos una tierra con dos mundos. Si no comprendes esto, nunca entenderás la biblia. ¿Qué es mundo? ¿Cuál es la diferencia entre el mundo y la tierra? La palabra tierra, en la biblia, es una palabra hebrea en la que tierra, significa polvo de la tierra.

Tierra física. La palabra mundo, es diferente. Así que el mundo y la tierra, son diferentes. La tierra, es el planeta físico. El polvo, los montes, los árboles, los ríos, las plantas, los animales. Esa es la tierra. Es el planeta físico. Es la mayor tierra. Pero el mundo es diferente. La palabra mundo, en la Biblia, es la palabra kosmos. Así que al leer tú la Biblia debes ser muy cuidadoso. Cuando tú lees estas dos palabras: Mundo y Tierra. Hay una diferencia. ¿Qué significa la palabra Kosmos? 1.- Significa poderes de autoridades. 2.- sistemas que controlan. 3.- Sistemas de control. 4.- Pilares o columnas de influencia.

24.- Ahora te Doy la Más Importante…

 …porque es de la que de alguna manera, depende la vida de la gente. Mundo en la tierra, Kosmos en la tierra, significa influencia de gobierno. Así que la palabra Mundo, Kosmos, significa, Sistema de gobierno. La tierra, entonces, es el planeta. Pero el mundo, entonces, es el sistema que produce influencia en el planeta. No hay nada malo con la tierra. ¡La tierra es inocente! La tierra es perfecta. ¿Qué anda mal con la tierra? El mundo. No hay miseria en la tierra. ¿Dónde está la miseria, entonces? En los sistemas del hombre. No hay criminalidad en la tierra. Las plantas jamás atacarán a los animales. Los árboles, jamás atacarán a los océanos. 

Entonces, ¿De dónde viene el crimen? De los sistemas del hombre. El mundo. Dios creó a la tierra para ser regida por el cielo. Nunca fue la intención de Dios que la tierra fuese regida o gobernada por la tierra. Dios creó la tierra para ser regida por el Reino de los Cielos. Dios quiso regir o gobernar lo visto, desde lo no visto. Él quiso regir lo natural, desde lo no natural. Su plan fue dominar lo visible, desde lo invisible. El Reino de Dios, es invisible. Y es más real que la tierra. ¿Por qué? Porque la tierra fue creada por el Cielo. Y la tierra necesita, el mundo del Cielo.

El Cielo necesita que la tierra funcione. Sin el Cielo, la tierra no tiene propósito. Y el primer país que existió, no fue sobre la tierra. Escucha con cuidado. El primer país que haya existido, fue un país llamado El Cielo. El Cielo es un país. Es invisible. Es sobrenatural. Pero es más real que la tierra. Y el país del cielo, produjo la tierra. Por eso es que el cielo es más real que la tierra. ¿Por qué creó los cielos a la tierra? ¿Por qué el Reino de Dios creó la tierra? Tengo la respuesta. La tierra fue creada para ser una colonia del cielo. El Reino de los Cielos, es el primer Reino que haya existido.

Pero el Reino de los Cielos, es invisible. Es espiritual. La tierra es física. Lo visible es temporal. Más lo invisible, es eterno. Lo visible fue creado por lo invisible. Lo visible fue creado y fue diseñado para ser regido por lo invisible. Lo natural fue creado para ser gobernado por lo sobrenatural. El cielo fue creado para gobernar la tierra. Esto es básico, fundamental. Nunca fue la intención de Dios que la tierra estuviese sola. Nunca fue intención de Dios que la tierra fuese gobernada por un gobierno terrenal. ¿Por qué creó Dios la Tierra? Busca en tu Biblia, en Isaías capítulo 45 y mira el verso 18. Allí nos dice Dios por qué creó la tierra.

Dice: Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó: Yo soy Jehová, y no hay otro. Él no creó la tierra para que estuviese vacía. Él la formó para que estuviese habitada. ¿De qué estamos hablando? ¡Estamos hablando de gobierno! Dios dijo: Yo hice los cielos; ese es mi territorio. Ese es mi país. Ahí es donde vivo. Es invisible, es sobrenatural, es perfecto, es poderoso, todo está en orden. No hay crimen, no hay depresión, no hay pecado, no hay enfermedad, no hay dolencia, no hay temor, no hay guerra. ¡Cielo! Es donde vivo.

Los cielos. El cielo es mi país, así que yo soy el Rey del Cielo. Así que el Cielo es el Reino de Dios. Y Dios decidió: Voy a crear un planeta, y lo formaré. No para que esté vacío. La Tierra, es el único planeta, dice Dios, que sería habitado. Así que el hombre, que anda enviando cohetes y naves espaciales por todo el espacio, están buscando vida. Viajan a la Luna, a Marte, a Venus, a Júpiter buscando vida. Y siempre regresan con el mismo reporte: no hay señales de vida. ¿Por qué? Porque están invirtiendo millones de dólares tratando de probar que es Dios el que está equivocado.

La Tierra, dijo Dios, será habitada. ¿Por qué? La Tierra será mi colonia. Hoy vivimos bajo gobiernos democráticos y estamos acostumbrados a ellos. Pero tengo que advertirte que las democracias no colonizan. Ninguna democracia coloniza. Sólo los Reinos colonizan. Y el primer Reino que existió, es el Reino de los Cielos. Y el Rey del Cielo, dijo: quiero colonizar. Así que creó un planeta llamado La Tierra. Luego dijo: habitaré este planeta. Cuando quieres colonizar un país o un territorio, tienes que enviar allí a tus conciudadanos.

Por esa razón es que, años atrás, hubo un reino, en Europa, llamado España. Un reino poderoso. El entonces Rey Fernando, monarca de España, dijo: Quiero colonizar. Quiero extender mi reino. Y lo mismo, en alguna medida, aunque en distintas lenguas, dijeron los reyes de Gran Bretaña, de Portugal y de Francia. La gran pregunta que surge a partir de esto, entonces, es: ¿Por qué colonizan los reyes? Porque la gloria del rey es territorial. Mientras más territorio tenga un rey, más gloria tiene. Por eso es que todos los reinos, se expanden. Colonizan.

Así que los portugueses, un día, llegaron a ese hermoso territorio de lo que hoy día es Brasil. El reino de España, vino a diversos lugares de Sudamérica, entre los cuales estaba este territorio nuestro, llamado Argentina, que es el último antes de caerte en la Antártida polar. Además de Colombia, México y varios lugares más. El reino británico, en cambio, vino a lo que hoy son los Estados Unidos. Así que mi Argentina, es un resultado de la colonización. Ahora, la otra pregunta: ¿Cómo colonizaron? Miren; nunca se coloniza con las personas que ya viven en ese territorio. A Argentina no la fundaron argentinos, la fundaron españoles. Envías ciudadanos de tu propio reino para vivir en el territorio a colonizar. Así que Dios dijo: ¡Quiero colonizar la tierra! ¡Necesito ciudadanos de mi Reino, allí! Que sean iguales a mí.

Pero tuvo un problema. El problema de Dios fue que no había ninguno como Él en el Cielo para enviar a colonizar la tierra. Había ángeles, Serafines, Querubines, pero ninguno como Él. Y Dios dijo: para que yo pueda colonizar al planeta Tierra, necesito ciudadanos tales como yo. La vida ya había sido creada. Génesis capítulo 1. En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Ahora Dios necesita ciudadanos. ¿Por qué? Quiere colonizar. No tiene ciudadanos. Así que Dios dice, en Génesis capítulo 1, verso 26: El planeta está listo, hay vida en el planeta, hay plantas, animales, oxígeno, todo está listo, ¡Pero ahora necesito ciudadanos!

¡Quiero que mi Reino se expanda! Verso 26. Entonces dijo Dios. hagamos al hombre a nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza. Tal como nosotros. ¿Por qué? ¿Para qué? Para que señoree en la tierra. ¿Por qué creó Dios al hombre? No lo creó para que viva un tiempito, se tome un par de cervezas, se muera y se vaya al cielo. A los religiosos les fascina ir al cielo. ¡Aman irse al cielo! Pero la gente de Reino, ama sojuzgar la tierra. Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Ningún ángel, en la Biblia, tiene la imagen de Dios ni tampoco su semejanza. Nosotros, ¡Ustedes que me están leyendo ahora! Son las únicas criaturas en existencia que tienen la imagen y la semejanza de Dios. 

Ustedes son igualitos a su Padre, Dios. Tú no viniste de la tierra. Tú fuiste enviado a la tierra. Tal como aquel rey de España envió a miles de ciudadanos españoles a Sudamérica. Y ellos sojuzgaron, que es como decir que dominaron a Sudamérica. Así Dios te envía a ti a la tierra, a dominar la tierra. Porque tú existías antes de la tierra. La Biblia dice que tú estabas en Él, antes que empezara la tierra. Tú estabas en Él. Tú estabas dentro de Dios. Él estaba embarazado con la raza humana, antes que Él hiciera la Tierra. Tú existías antes que la Tierra. Porque la Tierra fue hecha para ti. Salmo 90. Versos 1 y 2, dice: Señor, tú nos has sido refugio De generación en generación. Antes que naciesen los montes Y formases la tierra y el mundo, Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.

Ahora escúchame con mucho cuidado. Dios te produjo a ti, antes de haber creado la Tierra. Y creó la Tierra, para que tú la tengas. Para que Él pudiera colonizar la tierra. Con sus propios hijos, sus propios ciudadanos. Todos habitantes del Reino de los Cielos. ¿Por qué es esto importante? Porque tú y yo hemos estado buscando extraterrestres. Y el problema es que tienes a varios cerca de ti allí donde estás. ¡Porque tú no eres de la Tierra! Tu viniste a la tierra, desde el cielo. Tú estabas dentro de Dios y Dios te puso en la tierra para colonizarla, para dominarla. Para los cielos. 

25.- Escucha, Por Favor…

 …¿Cuál es el propósito de la colonización? Sencillo. Transferir tu cultura. Tu gobierno. Tu idioma. Tu comida. Tu forma de vestir. Tu estilo de vida. Todo eso a un territorio lejano. Colonización. Dios dijo: quiero colonizar la tierra con el Reino de los Cielos. Así que tendré unos cuantos hijos. Los llamaré hombres. Como especie, no como género. Y los pondré en el planeta. Eres un extraterrestre. No eres de aquí. Fuiste enviado acá. Para hacer que la tierra sea exactamente como es el Cielo. Permíteme ahora darte diez componentes de lo que es un Reino. Anótalos, porque esta es tu tarea. La mía la estoy cumpliendo ahora.

Así es como tú traes el gobierno de Dios a tu país. 1.- Todos los reinos tienen territorio. 2.- Lenguaje. 3.- Leyes. 4.- Símbolos. 5.- Constitución. 6.- Códigos morales. 7.- Valores compartidos. 8.- Costumbres. 9.- Normas sociales. 10.- Cultura. Cada país consiste en estas diez cosas. De manera que, si tú quieres definir un país, primero debes reconocerlo como un territorio. El cielo tiene territorio. Se llama el cielo. El cielo tiene un idioma, se llama lenguas. Si tengo el don de lenguas, salvo que haya alguien con el don de interpretación, no me puedes entender. ¿Por qué? Porque es el lenguaje nativo.

Cuando el hombre cayó, perdió su idioma. Perdió su tierra. Perdió sus leyes, su constitución, perdió sus valores, sus códigos morales. Perdió todos sus valores sociales. Perdió su cultura. El Reino de Dios no es una religión. Es un país. Tiene un rey, tiene territorio, tiene leyes, tiene una constitución, tiene una cultura. Dónde el Reino colonice, se habla el mismo idioma, se come la misma comida, de la misma cultura. Por eso a quien lo cree, lo acepta y se lo pide, Dios le da el don de lenguas. ¡Forma parte de la colonización, eso! Pero no todos lo creen, no todos lo aceptan y muy pocos lo piden. Ese es el hombre por fuera del Reino.

Y esto es lo mismo que nos sucede aquí en Sudamérica o incluso en Norteamérica. No necesitas decirme de dónde eres. Cuando te oiga hablar y escuche en qué idioma lo haces, sabré de qué reino eres consecuencia. Mis antepasados, puedes darte cuenta por mi apellido, vinieron de España. Yo nací hace muchos años en Argentina, igual que mis padres y abuelos, pero hablo el idioma de aquellos parientes lejanos que vinieron de lo que aquí solíamos llamar “La Madre Patria”, España. Soy un producto de aquella colonización. Así que Jesús dijo: Id por todo el mundo, predicad el evangelio del Reino y todo aquel que creyere, será salvo. Hablarán nuevas lenguas.

¿Y por qué nuevas lenguas? Porque cuando vuelves al Reino de los Cielos, recibes al Espíritu Santo, y Él te devuelve tu idioma original. Por eso es que, al hablar yo en lenguas, no necesitas preguntarme de donde soy. Cuando hablas en lenguas, tú dejas expuesto el país de donde eres. Si ahora me pusiera a hablar en lenguas, salvo que exista alguien que tenga el don de interpretarlas, ninguno de ustedes sabría lo que estoy diciendo. ¿Sabes por qué? Porque ustedes (Y yo también, obvio) hablamos normalmente en un idioma foráneo llamado español, o el que sea de acuerdo al país donde resides.

Pero si tomo como base al español, debo decir que es un idioma nuevo para el cielo. Porque tu idioma original, son las lenguas. Por eso Pablo dijo: le doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos ustedes. Porque cuando hablo en lenguas, mi mente queda sin fruto. Pero le hablo directo a Dios. Y el me entiende al toque, mucho antes que yo mismo sepa de qué estoy hablando. Y ahora déjame ir diciendo esto. La expresión más poderosa de un país, es su cultura. ¿Y qué es cultura? Jesús dijo: cuando oren, no oren para ir al cielo. La religión dice que cuando oren, oren para irse al cielo. Jesús dijo: cuando oréis, no oréis para ir al cielo.

Es por eso que, a veces, tus oraciones no tienen respuesta. ¡Señor! ¡Ya no aguanto más todo lo que está pasando aquí! ¡Por favor! ¡Sácame de aquí y llévame contigo al cielo! ¿Te suena conocida esa oración? Es la oración de todos los religiosos. Hinduismo, budismo, islam y cristianismo. ¡Esa no es la oración de Jesús! Los discípulos se acercaron a Jesús. Ellos eran religiosos. Dijeron: Maestro, enséñanos a orar. Y enséñanos por qué hay que orar. ¿Por qué cosas debemos orar? Jesús dijo: Está bien, les enseñaré. He aquí como deben orar.

Padre nuestro. ¿Padre? Nuestro padre. Primero dijo: nunca vengas a orar nada más que por ti mismo. ¿Sabes cómo ora la mayoría? ¡Padre MIO! ¡Tengo problemas! YO necesito MI sanidad y que ME arregles todos MIS desaguisados. ¡No ores así! Dijo Él. Padre Nuestro. Cuando entres a orar, trae a toda la comunidad que conoces contigo. Lo otro es tan incorrecto como los movimientos carismáticos o de la prosperidad. Oran por bendiciones privadas. Oran por prosperidad personal. En el Reino, no oras por ti mismo. Oras para que todos prosperen. Que todos crean, que todos sean bendecidos. Cuando oréis, orad así: Padre Nuestro.

Padre. Es una palabra hebrea que se pronuncia Abba. ¿Sabes lo que significa? Fuente. ¿Y quieres algo más impactante, todavía? Abba no es una persona, es una función. Dios es tu fuente. Padre Nuestro. Que estás en los cielos. No en la tierra. Él está en su país. Él está en nuestro país de origen. Santo es tu nombre. Venga a nos tu Reino. Hágase tu voluntad. Venga a nos (A nosotros) tu Reino. Él dice: oren, no para irse al cielo ustedes, sino para que venga su Reino y se haga su voluntad. ¿Dónde? En la tierra, así como se hace en los cielos. Él dijo: oren, para que lo que está sucediendo en los cielos, comience a suceder aquí también en la tierra.

Venga a nos tu Reino. Venga a nos tus leyes. Venga a nos tu idioma. Venga a nos tu constitución. Venga a nos tus valores morales. Venga a nos tus normas sociales. Venga a nos tu cultura. En la tierra, así como es en el cielo. En el cielo no hay enfermedad, no hay dolencia, no hay pecado, no hay hogares rotos, no hay depresión, no hay crisis económica, no hay miseria, no hay temor. A la tierra. Por eso es que Jesús nunca predicó sanidad. Por eso es que Jesús nunca predicó prosperidad. Por esta razón es que Jesús nunca predicó liberación. ¡Él simplemente sanó, prosperó y liberó!

Si. tú tienes hambre y yo te doy una manzana, tú te la comes, pero dentro de un rato vuelves a tener hambre. Pero si yo te doy un manzano, o sea: una planta llena de manzanas, eso es otra cosa. Pedirle a Dios sanidad, es pedirle UNA manzana. Pedirle a Dios que venga a nosotros su cultura, es salud. Pedirle a Dios dinero, es una manzana. Pedirle a Dios que venga la cultura del cielo, es riqueza. Jesús nunca sanó y luego predicó el Reino. Primero predicó el Reino, y luego sanó. Eso significa Poder. Si el Reino de Dios ha vuelto a la tierra, entonces la cultura del Reino volvió a la tierra, y en esa cultura, no hay enfermedad. Eso significa que un milagro, es una sencilla evidencia de que la cultura está presente.

Ya fue dicho y enseñado: Dios creó una especie llamada Hombre. La palabra hombre, en ese verso, es plural. Eso significa que Dios no estaba haciendo una sola persona, estaba creando toda una especie. Hombre. Y decidió crearla a Su imagen. Y la palabra imagen, no significa verse igual, sino que significa tener el mismo carácter. Características. La misma naturaleza. Eso quiere decir que todo lo que Dios posee, esta criatura creada lo poseerá. Dios tomó partes de Él mismo para crearlo. Eso significa que lo que hay en Dios, está en nosotros. Misma naturaleza, características. Y luego dijo que sería a Su semejanza. Y semejanza no quiere decir que nos parecemos a Dios. La palabra del original da a entender que funcionará como Dios.

Así que tenemos la naturaleza de Dios, el carácter de Dios, sus características y funcionamos al igual que Dios. ¿Por qué? Porque de Dios salimos. ¿Cómo funciona Dios? Él funciona por fe. ¿Y qué es fe? Fe es creer algo que no estás viendo, hasta que lo veas manifestarse. Tú fuiste diseñado para vivir por fe. Cuando tú no funcionas en fe, funcionas en temor. Y la biblia dice que en Dios no hay ningún temor. Así que, al temer, estas luchando en contra de tu propia naturaleza. Luego dijo Dios: ¿Para qué he creado esta especie llamada Hombre? Y esta es la gran pregunta. ¿Por qué Dios te creó a ti? No tienes que preguntarte el por qué. Él nos dice por qué. 

26.- Aquí es Donde la Religión…

 …te juega una mala pasada. Porque si le preguntas a un religioso por qué cree que fue creado, te va a responder lo que medio mundo religioso suele responder: “¡Para adorar a Dios!” ¡Eso no es lo que Dios dice! Suena bonito, pero no es verdad. ¿Por qué Dios te creó a ti? Leamos lo que dice: Y señoree, (O sea que tenga dominio) sobre los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. ¡Aquí te está diciendo por qué te creó! ¡Para tener dominio, multiplicación, procreación, autoridad y gobierno sobre la tierra!

Entonces, si tú quieres saber por qué y para qué existes, vas a tener que descubrir qué cosa es dominio. Si tú no sabes qué es dominio, no vas a poder saber por qué fuiste creado. Ahí te lo explico. En el Antiguo Testamento y en este verso, te daré la palabra original usada por Dios. Señorear, en hebreo, es Rada. O sea que lo que Dios dijo, es que el hombre tenga rada. ¿Y qué es rada? Te la daré en español. La palabra rada, es en español, la palabra Reino. Que tengan Reino, eso dijo. Que también significa, Gobierno Soberano.

Y te diré algo. El gobierno de Argentina, no es un gobierno soberano. Porque sólo un Reino tiene un gobierno soberano. ¿Dónde está la diferencia? En que una democracia, es un gobierno del pueblo, eso significa el término griego demos-cracia. Pero en un reino, no hay democracia alguna. Es el gobierno del rey. Eso quiere decir que en democracia, el pueblo es soberano. El pueblo hace las leyes. Pero en un reino, el rey es soberano. Y el rey hace las leyes. Muy diferente. Así que Dios dice que el hombre tenga rada, Reino, gobierno soberano sobre la tierra.

Ahora míralo desde esta óptica. Dios te hizo a ti, un rey. Pero, atención, porque un rey no puede ser rey sin territorio. No se puede ser un rey de la nada. Dios es llamado el Rey del Cielo, ¿Verdad? O sea que el cielo es un lugar real, de realeza. Es un territorio, es invisible, es sobrenatural, pero es real. Y Él es el Rey del Cielo, por eso es que el suyo es llamado el Reino de los Cielos. Luego, Dios tuvo hijos. Y los llamó Hombre. Y seguramente tienes alguno allí cerca para saludar como parte de tu familia real. Tengo un principio de Reino para darte. Bien importante.

Cuando leo la Biblia, trato de leerla desde la óptica de un Reino, no desde una democracia. Jesús no es un presidente ni tampoco un primer ministro. Jesús, Jesucristo, ¡Es Rey! Y Jesús no tiene democracia. Jesús tiene un Reino. Y un Reino no es una religión, es un país. Así que cuando leo la Biblia, veo que la Biblia trata acerca de un Rey. Y de un Reino. Y de una familia real. No de una democracia. No tratamos a Jesús como a un presidente. A Jesús no hay que votarlo para que acceda a gobierno y autoridad. Un Rey nace como rey.

Y algo tan importante como esto. Cuando un rey tiene hijos, se les llama príncipes o princesas. ¿Sabes por qué un rey llama príncipe o princesa a un hijo o hija? Príncipe, en hebreo, significa primero. Así que cuando un rey tiene un hijo, es llamado Primero. Suena medio extraño, ¿Verdad? ¿Y qué quiere decir esto? Que es primero o primera en línea para el trono. El primero en la línea para asumir el trono. ¿Y cuándo un príncipe llega a ser rey? Al momento en que el rey muere. Ahora tenemos un problema. Dios es rey, y tiene hijos que son príncipes. Pero no pueden llegar a ser reyes si Dios no se muere. ¡¡Y Dios no se morirá nunca porque es eterno!

Entonces nos encontramos con otro principio. He aquí como es que operan los reinos. Si un rey quiere que su hijo llegue a ser rey mientras él está con vida, tiene una sola manera: tiene que remover al hijo de su territorio y ponerlo en un territorio distante. Y al estar en el territorio distante, puede llegar a ser rey sobre ese territorio distante. Entonces ahora, el rey se encuentra con que, siendo todavía rey en su territorio, en otro territorio también tendrá un hijo que sea rey. Mientras ese hijo se mantenga alejado del territorio del rey, puede ser rey.

Y entonces Dios, que es un Dios tan bueno, dice que quiere que sus hijos sean reyes tal como lo es Él. Pero como el cielo es su territorio, tiene que sacarlos de allí. ¡Fuera del cielo! Así que ahora ha creado un planeta llamado Tierra y allí los enviará, para que sean reyes de esa tierra. Y así Dios no sólo será el rey del cielo, sino también será el Rey de reyes y Señor de señores. Él en los cielos, nosotros sus hijos reinando en la tierra. Esta es la razón por la cual Dios se llama a sí mismo Rey de reyes y Señor de señores. Y que ellos señoreen, rada, dominio, Reino. Gobierno sobre la tierra, no el cielo.

Sólo un problema. Esto pasa. Alguien dio un ejemplo muy claro respecto a esto. El rey de Portugal no permitía que ninguno de sus hijos fuera rey porque él todavía estaba con vida. Pero ellos querían ser reyes. Entonces envió a uno de sus hijos a Sudamérica, concretamente a lo que hoy es Brasil. Y allí fue rey. Y su padre, allá en Portugal, era llamado rey de reyes. El único problema que tenía ese hijo suyo era que, cuando volvía a Portugal de paseo, ni bien llegaba allí, volvía a ser príncipe, porque el Rey allí era su padre. Eso quiere decir que en Sudamérica ese joven tenía poder, autoridad, control, era rey. Pero cuando viajaba a Portugal abandonaba todo eso y estaba sometido a su padre, el único rey válido en ese lugar.

Dios dijo: que señoreen, que tengan dominio, poder, autoridad, gobierno, sobre la tierra. Así que, cuando vayas al cielo, no tienes poder. Hay dos títulos que Dios te da. Reyes y príncipes en la tierra. Eso está en Apocalipsis. ¿Y eso qué quiere decir? Que, si estás en la tierra, eres un rey, pero si estás en el cielo, eres un príncipe. ¿Qué prefieres, sumisión o poder? Jesús dijo: Padre, no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal. Muchos cristianos, hoy, aquí y ahora, están orando al revés. Están tan abrumados por todo lo malo que ven en derredor que piden a Dios que se los lleve de aquí.

Mi pregunta, es: ¿Cuál de estas dos oraciones será respondida por el Padre, la de Jesús o la de esos cristianos? Basta. Déjate de hacer planes para irte de esta tierra, mejor haz esos planes para cambiar esta tierra. El Reino de Dios es la entrada del gobierno de Dios en la tierra. Así que su plan fue extender el cielo a la tierra. Colonizar a la tierra con el cielo. Llenar la tierra con la gloria del cielo. Eso dice el salmo 115:16: Los cielos son los cielos de Jehová; Y ha dado la tierra a los hijos de los hombres. Dios dijo: el cielo es mi territorio. La tierra, es territorio de los hombres.

¿Cuándo vino el Reino de Dios a la tierra? Jesús nos dice cuando vino. Mateo 25.:34: Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. No es una mansión. No es ropa de primeras marcas. No son autos de última generación. ¿Qué dice Jesús que has heredado desde la fundación del mundo? ¡El Reino! Y nota esto; no usó la palabra tierra. Usó la palabra mundo. Sistema. Cuando Dios puso a Adán en el jardín, el Reino estaba allí. Luego, en el tercer capítulo de Génesis, lo perdimos. ¿Cómo?

Con una declaración de Independencia. La colonia, declaró su independencia del Reino. Adán le dijo a Dios: “Quiero ser independiente”. Y eso es, exactamente, lo que todas las colonias hicieron en Sudamérica. 9 de julio de 1816, Argentina declara su independencia del reino de España. Hasta hubo enfrentamientos armados, guerras por esa causa. ¿Sabes tú como se le llama a eso en idioma real? Rebelión. ¿Sabes tú lo que significa esta palabra, rebelión, en el hebreo? Pecado. Dios, entonces dijo: Adán, has pecado contra mí. Pecado. Rebelión. La pregunta, entonces, es: ¿Qué es lo que está al revés? ¿Es el amor a la independencia en la tierra o a la dependencia en el Reino?

Cuando la colonia hace su declaración de independencia del Reino, se le llama rebelión. Eso es lo que le hizo lo que hoy es Argentina, a España en 1816. Cuando se independizó, entonces creó su propio gobierno. Reitero para que se entienda: cuando tú resuelves independizarte del Reino, creas tu propio gobierno. Adán le dijo a Dios: “Ya no te quiero más para gobernar sobre mí”. Pecado. Así que, de allí en más, la tierra desarrolló un nuevo sistema de gobierno. Creado por el hombre. Y el primer acto del nuevo gobierno, fue violencia doméstica.

El esposo atacó a su esposa. Y la culpó a ella por lo que él había hecho.  Y eso mismo sigue sucediendo hoy en muchísimos lugares, incluida mi Argentina. Cuando un hombre comete adulterio, culpa a la esposa. Cuando un hombre no puede pagar las cuentas, culpa a la esposa. Cuando un hombre no puede proveer para sus hijos, culpa a la esposa. Adán; violencia doméstica. El segundo acto de aquel nuevo gobierno, crimen de hermano contra hermano. Nuevo gobierno; un hermano asesino a su propio hermano. Caín a Abel. ¿En cuantos lugares de Latinoamérica se están matando entre hermanos por causa de supuestas ideologías que, en realidad, todos sabemos, esconden otros intereses?

Cuando el hombre se gobierna a sí mismo, se destruye a sí mismo. Así que Dios dijo: todos ustedes se han ido como ovejas. Cada uno por su propio camino. Independencia. Hay camino que al hombre le parece derecho en su propia opinión, pero su fin es camino de muerte. Su fin es destrucción. Eso porque, al pecar Adán y romper su relación con el cielo, Dios hizo una promesa. En el capítulo 3 de Génesis, Dios no entró en pánico. Tenía un plan. Dios le dijo a Adán: ¿Dónde estás tú? ¿Qué pasó? ¿Por qué te independizaste del cielo? Y Adán dijo: ¡Esta mujer que me diste, fue la causante de todo!

Y la mujer dijo: ¡El diablo! ¡La serpiente! Ahí fue cuando la serpiente miró para un costado y no encontró a nadie más a quien culpar. Y luego Dios hizo una promesa. Dios le habló al diablo. Y le dijo: Satanás; te hago una promesa. La misma mujer que tú usaste para destruir mi colonia, yo la usaré para mi gloria. Entraré al vientre de ella y vendré al planeta tierra, legalmente y te pisotearé la cabeza, legalmente. Y voy a retomar la autoridad y el gobierno, y se lo voy a devolver a los hijos. Cuatro mil años después, llegó un ángel a una mujer y le dijo: María, necesito prestado tu vientre.

Necesito que incubes un cuerpo para mí. Isaías dice: Porque un hijo nos es dado, un niño nos es nacido. El niño, es el cuerpo, el hijo es el Espíritu. El niño es Jesús, pero el Hijo es el Mesías. El niño es el humano, pero el hijo es Cristo. Isaías 9:6 Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. No dice que viene como una religión. Tampoco que viene como UN gobierno, sino que dice que viene EL gobierno.

¿Por qué es tan importante esto último? Porque Dios siempre tiene un solo gobierno. El que perdió Adán. Y cuando el Mesías llega, trae con Él el gobierno que Adán perdió. Y concluye el verso 7: Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto. De lo dilatado de su gobierno, no habrá fin. Y Él reinará, sobre el trono de David y, sobre su Reino, sosteniéndolo con justicia. ¡Es la promesa! ¡Justicia!

27.- Cuatro Mil Años Después…

 …aquí viene Jesús. Su primo, Juan el Bautista, que le dice: He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, no de la tierra. Del sistema. No le dice LOS pecados, le dice EL pecado. ¿Cuál pecado? Rebelión. Él viene para destruir la rebelión y volver a unir el cielo con la tierra. Mateo 3:1-2: En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Mateo 4:17; Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. 

Jesús dijo: han esperado durante cuatro mil años. Antes de venir, yo envié profetas, jueces, patriarcas, y ninguno pudo hacer el trabajo. Así que he descendido a la tierra por mí mismo. Y he venido para restaurar mi colonia hacia el Reino de los Cielos. Porque la colonia ha sido salvada. El gobierno está otra vez en la tierra. Por eso es la gran pregunta que nos resta: ¿Qué fue lo que Jesús vino a restaurar? ¿Por qué Él siempre habló de Reino y no de religión? De hecho, eso te tiene que dejar como alguien que vino aquí para gobernar, no para sobrevivir. Estás aquí nada menos que como un embajador del cielo.

Han llegado a decirme que predicar sobre el Reino, hoy, es estar a la moda, porque es lo que se usa en la iglesia. ¿Ah, sí? ¿Quién inventó esa barbaridad? Hace veintitrés años que, de una u otra manera, con menor o mayor volumen de conocimiento, estoy predicando sobre el Reino porque eso fue exactamente lo que hizo Jesús durante su ministerio en la tierra. Y si voy a imitar a alguien que admiro y amo, no será a ningún hombre por brillante que sea, será a Jesús. Y eso es lo que trato de hacer cada día, es mi trabajo, es mi visión y es mi misión. Que se entienda, no se entienda, agrade o no agrade, es problema de otros, no mío. Yo tengo claro lo que debo decir y vivir.

¿Y sabes qué? A mí nadie me predicó el Reino cuando me convertí. Me hablaban de la fe, de la sanidad, de la familia, del amor y de todo eso que la religión tiene altas credenciales para hablar, incluido liberación, ya cuando eres un poco más maduro. Pero del Reino, nadie. No te digo poco o escaso: te digo NADIE. Por mi antigua profesión pude entrevistar a famosos teólogos y ellos me confesaron que no existía seminario ni universidad teológica que enseñara sobre el Reino. Increíble. Tanto como que tampoco hay ninguna enseñanza sistemática respecto a la revelación del Espíritu Santo. ¡No puede haberla! Hasta que un día, allá por los años noventa, apareció alguien hablando del Reino. Fue novedad, impacto y guía.

Y fue revelación. Revelación es darte cuenta un día que estás en este planeta como embajador del Reino de los Cielos. Si soy embajador, solamente respondo ante mi autoridad territorial. Un rey es alguien que tiene dominio sobre un territorio. Hay que aclarar, aunque no creo que haya alguien que no lo sepa, que un Reino no tiene nada que ver con una democracia. Es más; un reino es algo opuesto a una democracia. Un reino no es una república. Y Jesús vino predicando un reino, no una república ni una democracia. En una democracia, con tu voto, eliges a tu líder. En un reino, es el líder quien elige a sus ciudadanos.

En una democracia, su constitución, (Todos los países la tienen), es el resultado de los pensamientos del pueblo. En un reino, en cambio, es la palabra del rey la que se convierte en su constitución. En una democracia, el pueblo crea la ley, por eso pueden cambiarla. En un reino, la palabra del rey define la ley, y nadie puede cambiarla. En un reino, la autoridad no está en un gabinete ministerial, está en una persona. En democracia, un referéndum puede cambiar una ley. En un reino, el rey define la ley y nadie puede cambiarlo. Por eso Dios dice en mi biblia que su palabra permanece para siempre. Puedes consensuar o disentir con todo esto. Lo que no puedes es modificarlo. Sólo el Rey lo puede hacer. Y hasta hoy, no lo ha hecho.

Hoy vemos que la religión, matices más o menos, se ha convertido en una democracia. No es esto lo que Jesús quería. De hecho, el cristianismo se ha convertido desde hace mucho tiempo en una religión. Y es más que claro y notorio, desde los propios hechos, que eso jamás estuvo pensado así. Cuando un rey dice algo, ese algo no puede ser cambiado. Si Jesús dijo que la fornicación es un pecado, tú como iglesia no puedes votar para cambiar ese decreto, no tienes autoridad alguna para hacerlo. La palabra de Dios dice que la homosexualidad es abominación. No puedes juntar a setenta líderes y votar en contra de eso. Será democrático, pero no es propio de Reino. ¿Puedes entenderlo así, a primera instancia, o necesitarás un enorme tiempo de reflexión para entenderlo, que fue lo que me sucedió a mí?

El que cambia las leyes del Reino es un cristianismo convertido en una institución religiosa. Y hasta se pueden dar el lujo de aclarar que lo hacen porque Dios no está actualizado y lo que dice en su Palabra ya quedó anticuado. Que no está al tanto de todos los cambios que están ocurriendo en la sociedad. Es como decir que, porque en nuestra sociedad tenemos problemas culturales, o problemas emocionales, u hormonales, entonces lo correcto es actualizar nuestras biblias, ya que como están escritas, desentonan con todos los cambios modernos. Y es como si un grupo de teólogos se reunieran con Dios y le dijeran que no están de acuerdo con lo que Él dijo hace dos mil años y van a proceder a modificarlo. Lo hemos sometido a votación y una mayoría decidió el cambio. Es lo que nos exige nuestra gente y a ellos nos debemos.

Dale, de acuerdo, no tengo dudas que como quiera que lo mires, esos teólogos están diciéndole a Dios una verdad, pero eso no es un Reino, eso es una absoluta manipulación ejercida por hombres que han hecho de ella, su metodología cotidiana de operaciones. Así que no tenemos que enojarnos ni atacar o injuriar a liderazgos que construyen iglesias de las más distintas modalidades. Ellas funcionan dentro de una religión llamada cristianismo, pero no tienen absolutamente nada que ver con el Reino de los Cielos. El problema más grande de los hijos de Dios en la tierra, hoy, es como se ha perdido y bastardeado el concepto de Reino.

Fíjate que toda civilización y todo reino que surgió desde la caída de Adán, nunca tuvo el prototipo del Reino de los Cielos en su interior. Todo gobierno, desde la caída de Adán, nunca tuvo el programa que Dios había planeado para el hombre. Y te doy un ejemplo. Cada vez que los Asirios, los Babilonios, los griegos o los Caldeos y todos los demás reinos que siguieron tras la caída de Adán, invadían un territorio, sometían a la gente, luego los desarraigaban y se los llevaban a sus países para convertirlos en esclavos. Ese era el estilo de guerra y el estilo de los reinos humanos. Todos los reinos hicieron esto, con excepción del Imperio Romano.

El Imperio Romano fue el primer reino que, cuando sometía a un pueblo, nunca se llevaba a la gente de su país. Los dejaban en sus tierras, pero enviaban a un gobernador desde Roma a ese lugar, para que trabajara logrando que ese país fuera como Roma. Pilatos era eso. Por eso fue que el Imperio Romano se convirtió en el imperio más exitoso de la historia. Porque su sistema de gobierno era una imitación al del Reino de Dios. Mantenían su sede en Italia, en Roma, y enviaban a sus gobernadores a todos los territorios, para hacer que esos territorios fueran como Roma. Y lo consiguieron. Entrabas a ciertos territorios dominados por los romanos, y era como si entraras en Roma. España, Inglaterra, fueron reinos que procedieron de la misma manera. Imitaciones humanas de algo divino.

Entonces nos encontramos con la escritura que dice que, en la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo. De hecho, la plenitud del tiempo, no significa un tiempo en un reloj, significa establecer. Todo está colocado en su lugar. Así que lo que Dios vio, fue un prototipo del Reino de los Cielos en la tierra, donde tienes a un rey gobernando en la tierra a través de gobernadores, no elevando al pueblo. El Imperio Romano se construyó sobre ese concepto. Lo que fuera que se manifestaba en Roma, debía manifestarse en cada lugar donde ellos gobernaban. Y así gobernaron el mundo entero por doscientos años. Era un sistema perverso, pero les funcionó porque era una imitación del sistema de Dios.

La intención de Dios no era realmente venir a la tierra. Su intención era que lo que sucediera en el cielo, sucediera en la tierra. Él quería colonizar la tierra como el cielo a través de sus hijos. Es decir que, lo que sea que sea el reino que coloniza, esa colonia se convierte en un calco del reino padre. Cuando le preguntaron a Jesús como debíamos orar, Él respondió: oren así: Padre nuestro que NO estás en la tierra, santo es tu nombre. Venga tu reino y hágase tu voluntad en la tierra, así como se hace en el cielo. Un reino no es una religión, un reino es la influencia de un rey sobre un territorio, interactuando con su voluntad, su intención, su propósito.

Por eso es que hoy hay tanta impotencia en la iglesia. En muchos casos, por el simple hecho de ser miembros de una religión cristiana, nos volvemos soberbios. ¿Recuerdas a quien puso como modelo de fe, Jesús, cuando estuvo en la tierra? No fue a un israelita, precisamente. Era un hombre que representaba a un reino, un romano. Porque un reino no es una religión. Este centurión que Jesús conoció, tenía un problema. Y vino a Jesús, no porque fuera un hombre religioso. Vino a Cristo, porque sabía que era un hombre de Reino.

Por eso le dijo que no era necesario que fuera a su casa, porque en los reinos, de la misma manera que su Pilato tenía el pulgar de César, podía dar la vida o podía quitarla, porque cuando representas a un reino, la autoridad de ese rey se distribuye a través de sus siervos. Así es que no necesitas ir a la sede central para que las cosas se hagan. Conque digas la palabra, conque des la orden, mi siervo estará sano. Eso dijo el centurión que impactó a Jesús, que lo colocó como modelo de una fe que sus paisanos todavía no evidenciaban poseer.

Para ser sanado o liberado, no necesitas ir al Cielo a entrevistarte con Dios. Eres un embajador del cielo en la tierra. Y un embajador no es una persona religiosa. El de embajador es un nombramiento político. Todos ustedes que me leen hoy, son embajadores de Cristo. La Biblia, que es la constitución del Reino de los Cielos, dice eso, que somos embajadores de Cristo. Eso significa que hemos sido nombrados por el gobierno del cielo, para representar al Reino de los Cielos en la tierra.

Un embajador no es una persona, un embajador es la encarnación de un país. El no lleva consigo a un país, el ES el país. Y esto es muy importante conocerlo, porque te ayuda a ver cuan grande es tu poder. Si eres un legislador o un ministro de un país, no eres tan grande. Un embajador es más grande que tú. Yo elegiría ser embajador, si se me permitiera. Porque cuando nombras a un embajador, conviertes a esa persona en un país andante. Tomas control total de sus vidas. Un embajador no paga ninguna factura. En el momento en el que un gobierno te nombra embajador, se hace responsable de tu comida, ropa, transporte, autos, casas y hasta la matrícula del colegio de tus hijos.

Dicho de otro modo, tu vida se convierte en propiedad del gobierno. ¿Recuerdas cuando Jesús dijo por qué nos preocupábamos por lo que íbamos a comer o a vestir? De eso hablaba. La última. Si soy un ciudadano de un país y alguien me da una bofetada, eso se considera como una agresión o un insulto. Pero si soy embajador de ese país y alguien me da una bofetada, eso se entiende como un incidente internacional. ¿Te das cuenta lo que es ser un embajador del Reino de los Cielos en la tierra? Eso soy. Eso eres. Eso somos. ¿Has podido entenderlo? ¿Fui lo suficientemente claro como para mostrarte que estamos queriendo enseñar cuando decimos que esto es el Reino? Ahora debo mostrarte lo que es un Rey.

28.- No Me Gusta Del Todo…

 …la palabra éxito, porque está sumamente bastardeada por la cultura secular que hay allí afuera de nuestros límites espirituales. Sin embargo, no encuentro a otra que defina con más claridad, según nuestras costumbres, de lo que podría significar un trabajo ministerial de impacto: éxito. Eso. ¿Y sabes qué? Cualquier forma de éxito dentro de lo que es nuestro camino o ambiente de fe, tiene una clave. Y a eso es a lo que voy, a referirme en este trabajo que comienza ahora. La clave del éxito dentro del Reino.

Jesús habló acerca de las llaves del Reino. Y una de las claves principales para vivir en el Reino, es someterse a la autoridad. La llave más importante del Reino, es entender a someterse a la autoridad. La palabra autoridad trae un temor en los oídos de la mayoría de la gente. Pero tú no puedes vivir en un Reino, a menos que entiendas el principio de la autoridad. Y lo más importante que a la iglesia le falta hoy en día, es la sumisión a la autoridad. Por eso es que la iglesia es tan débil y hay tanto pecado en ella.

Eso es porque la mayor parte de su gente no entiende autoridad. Para vivir en un Reino, tú tienes primero que entender cómo es que los reinos funcionan. Veamos: ¿Cuál es el mensaje de la Biblia? Después de muchísimo tiempo de leerlo y estudiarlo, podríamos llegar a la conclusión de que este maravilloso libro se trata de siete cosas. 1.- El Rey. Se trata acerca de un Rey. Esto quizás te suene sencillo, pero la realidad es que es muy importante para nosotros, porque vivimos en una democracia. Y nosotros cometemos el error de imponer nuestro pensamiento democrático sobre la Biblia. 

Así que aun la palabra Rey, es muy peligrosa. Porque vivimos en una democracia, y la democracia está opuesta al Reino. Es por eso que, para una gran mayoría de nosotros, ni siquiera tiene demasiado sentido serio la palabra rey. El problema que tenemos es que la Biblia se trata del problema de un Rey. Un rey no es un presidente. No es un gobernante. No es un alcalde. No es un legislador. Los reyes son únicos y la Biblia es acerca de un Rey. Y muy pocos de nosotros sabemos lo que es un rey.

 Por ejemplo: un rey no necesita que nadie le dé su voto para entrar en poder. Un rey nace como rey. Así es que, cuando Jesús nació en la carne, ustedes se acuerdan que los ángeles dijeron que en esa hora había nacido un rey, un salvador. Y recuerdo que Pilatos le preguntó a Jesús: ¿Eres tú un rey? Y Jesús le contestó: Para esta razón yo nací. Así que no eres tú el que hace a Jesús un Rey, Jesús nació como y para ser Rey. Y un rey, donde quiera que sea, está en el lado opuesto a un presidente.

En la democracia, un presidente funciona a partir de una consulta. Por eso es que tiene el Senado y el Congreso. Además de su gabinete. Y hay muchos poderes dentro de una democracia. Pero en un reino, el rey es la autoridad total. Él no tiene ni necesita ninguna consulta. Él no le pide consejo a nadie. Por eso es que la Biblia dice: ¿Quién puede aconsejar al Señor? Dios no necesita tu opinión, ni tus sugerencias, ni tus consejos. Cuando un rey habla, su palabra se convierte en ley.

Un presidente, por sí mismo, no puede hacer leyes. Cuando un presidente habla, nadie tiene la obligación de obedecer. Ningún presidente está habilitado para hacer un decreto. Puede redactarlo, pero deberá ser aprobado por el otro poder, el Legislativo. Así que tú no puedes tratar a Jesús como un presidente. ¡Él es un Rey! Cuando Él habla, lo que Él dice, viene a ser ley. Por eso es que los reyes no hablan mucho. Estoy tratando que entiendas lo que es el Reino. Así que cuando un rey habla, eso es una ley. Para hacer una ley en tu país, tienes que ir por la Corte Suprema, el Congreso o el Senado.

Pero en un reino, el rey habla y eso es ley. Por eso es que Jesús dijo: escuchaste que fue dicho, pero yo les digo ahora. ¿Y por qué esto es tan importante? Si el rey dice que la fornicación es un pecado, ninguno de nosotros puede debatir eso. Me parece que a esta altura puede haber alguno que no le agrada demasiado que yo enseñe sobre el Reino, ¿Verdad? Si un rey dice que el adulterio es pecado, nadie discute eso. Ninguno de nosotros puede votar en contra o a favor de eso. ¡Es ley!

Si un rey dice que el homosexualismo es abominación, ninguna sociedad que diga estar bajo la influencia de ese Rey puede discutir eso. Por eso es que en muchos sitios se odia a los reyes y, por contrapartida, se ama a los presidentes. Sobre todo, porque con un presidente puedes estar en desacuerdo, mientras que con un rey no puedes, eres sancionado. En la democracia, tú cooperas, pero en el reino tú no cooperas, tú obedeces. Por eso es que nos gusta tanto la religión. En la religión, cooperamos.

 En un lugar del mundo, setenta obispos reunidos como parte de una enorme estructura religiosa, votó como obispo principal a un hombre homosexual. Se supone que le habrán dicho a Dios que los disculpara, pero que habían decidido votar en contra de sus propias leyes. Eso es religión. ¡En la religión, tú puedes sacar a Dios afuera de tus decisiones! Hay una realidad que es al mismo tiempo una inocultable verdad: el cristiano promedio, no está viviendo en el Reino. ¿Por qué? Porque debaten. Ellos discuten. Ellos votan por la palabra de Dios.

¿Tú sabes por qué la gente odia a Jesús? Porque Él demanda obediencia completa. Porque Él es un Rey. La Biblia se trata de un Rey. La Biblia se trata acerca de un Reino. Un Reino no es una religión. Es un país, o una patria. Si un día el Espíritu Santo te trae luz a tu entendimiento y logras entender los principios básicos que hacen a un Reino algo incomparable, recién entonces la Biblia tomará un sentido claro y nítido ante tus ojos. La Biblia no es democracia, la Biblia es un Reino.

Por eso es que hay muchos de nosotros tratando de enseñar cómo son los reinos. Repito algo fundamental: un Reino no es una religión. Y algo que es clave y que no muchos saben: la iglesia no es el Reino. Jesús mencionó la palabra eklesía una sola vez. Pero mencionó al Reino todos los días. ¿Tú sabes, realmente, lo que es la iglesia? Te lo puedo explicar. La palabra eklesía, fue inventada por los griegos, no por Jesús. Fue inventada por Aristóteles, Platón, Sócrates, los filósofos.

Estos tres filósofos son muy importantes, porque ellos inventaron la idea de la democracia. La democracia es una idea griega. No viene de la Biblia. Y el Imperio Romano adoptó la filosofía griega. Y los romanos gobernaban el mundo entero. Con filosofía griega. La filosofía griega dice que controles la gente utilizando, para ello, a un ciudadano principal. Esta es la idea griega. Lo llaman demócrata. Tú pones a un jefe principal para que te gobierne.

Es, repito, una idea griega. Así es que, tal como lo podemos ver con poco esfuerzo, toda América y gran parte del mundo están controladas por ideas griegas. Por eso es que hay un espíritu del anticristo en la democracia. Los dos nunca pueden ponerse de acuerdo. Griegos, Jesús. Los griegos desarrollaron la idea de un rey escogiendo un senado. Ese senado era un grupo de gente que el rey ponía en posición. Y él les daba sus ideas, y ellos tomaban esas ideas del rey y las convertían en una legislación

. Ese grupo de gente, eran llamados la eklesía por los griegos. Los romanos, luego, adoptaron eso. Así que César era el rey y dispuso y puso a un grupo de gente diferente. Y los llamó El Senado. Si tú estudias la historia de Roma, vas a ver que el grupo de gente más poderosa que había, era la del grupo del senado. Porque ellos eran puestos allí por el Emperador Romano. El rey. Jesús llega y entra y nace dentro del Imperio Romano, así que hay dos reyes en un mismo lugar.

Y Él se mantenía diciéndole a la gente: ¡Yo también tengo un Reino! Y los que lo escuchaban le preguntaban de qué estaba hablando. ¡No tenemos otro rey que no sea el César! Pero Él les decía que también era un Rey. Y que tenía un Reino igualmente al de César. Cada rey, necesita un senado. Y el trabajo del senado es recibir la mentalidad del rey y traducirla en forma de leyes.  Así que Jesús estaba predicando: ¡El Reino de Dios está aquí! Y ellos decían ¿Dónde está?

 Y le hicieron una pregunta. Y Él les dijo a los discípulos: ¿Quién dicen los hombres que Yo Soy? Ellos le dijeron que algunos decían que Él era Elías. Eso es un profeta. Otros decían que era Juan el Bautista. Ese es otro profeta. Todos estaban mal. Porque un profeta no puede tener un reino, y además porque viene para hablar de parte del rey que lo envía, en este caso de parte de Dios. Y Jesús ES Dios. Así es que nunca te atrevas a poner a la par a Mahoma con Jesús. Mahoma es un profeta, Jesús es Dios.

 Así que fue a los discípulos y les preguntó: ¿Quién dicen ustedes que yo soy? Y Pedro, recibió un WhatsApp de Jesús. Y el gobierno del cielo le envió otro. Y Pedro dijo: ¡Tengo la contestación! ¡Yo sé quién eres tú! ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente! Cristo. Anótalo. La palabra Cristo, significa Rey Ungido. Mesías. Mashaia. Rey Ungido. ¿Quién dicen los hombres que yo soy? ¡Tú eres el Cristo! ¡Tú eres el Rey Ungido! ¡Tú eres el Rey!

Y Él dijo: En esa declaración, que yo soy un Rey, voy a edificar mi eklesia. Le llamamos nosotros, Iglesia. Por eso es que Él dijo: Ustedes no me escogieron a mí, ¡Yo los escogí a ustedes! El trabajo de la eklesia, es recibir la mente del Rey. Y hacerla una legislación en el territorio completo. Así que la iglesia, es una agencia del Reino. La iglesia, es la administración del Reino. La iglesia es un cuerpo político, que representa al gobierno del cielo aquí, en la tierra.

 Por eso es que la Biblia te llama embajador. Un embajador no es una persona religiosa. Es uno que representa un país y un Rey. Así que tú que me estás escuchando hoy, te enteras ahora que tienes un puesto político. Por eso es que el diablo ha sido exitoso, porque ha podido reducirte a un grupo de gente religiosa. Y entonces te convenció que hay una separación entre la iglesia y el Estado cuando, de hecho, tú eres el Estado. Jesús le dijo a Pilatos que era un Rey. Y yo tengo mi eklesia. 

29.- Y Jesús Añadió que Las Puertas…

 …del Hades no prevalecerían contra su eklesia. Ni siquiera la muerte puede pararla. Por eso es que yo, desde este humilde rincón minúsculo, me atrevo a hablarles a los gobiernos. Y puedo hacerlo con naturalidad porque desde lo espiritual, Yo Soy Gobierno. Y para gobernar como Reino que somos, debemos permanecer dentro de los sistemas mundanos. Si eres cualquier tipo de profesional, esa es la voluntad de Dios para tu vida.

No para que vivas de manera opulenta con lo que le robas a los más débiles, sino para dar testimonio de lo que puede ser un profesional enviado del cielo. Mucha gente dice que ha decidido dejar su trabajo secular para servir mejor al Señor. Jesús nunca escogió un discípulo habiéndolo sacado de una organización religiosa. Todos eran hombres de negocios. Yo mismo pude haber tomado la posibilidad de ser un empresario de medios de comunicación y ganar buen dinero con ello, pero a mi Padre le plació que utilizara los talentos o dones recibidos para hacer esto que hoy hago.

Y Él corrió con todos los gastos para que yo no pase necesidades, aunque tampoco viva de vacaciones permanentes en el Caribe, ¿Estás entendiendo? Así que el Reino, es un país o una patria. El Reino es un gobierno. La Biblia tiene que ver con una familia real. Porque este libro se trata de un Rey que tiene hijos. Tú eres una o uno de esos hijos, y quizás alguien que está cerca de ti, ahora, también lo sea. Entonces, este documento llamado Biblia, se trata de ti.

El Reino de Dios, es el más único de toda la historia. ¿Por qué? Porque en cualquier reino, los que están por fuera del núcleo real, son llamados “súbditos”. Sub, quiere decir por abajo. En un reino, entonces, los ciudadanos se llaman súbditos. ¿Por qué? Porque no son familia del rey. No están relacionados con el rey. Pero en el Reino de Dios, todo ciudadano es un hijo de Dios y por lo tanto, es parte de la familia real y divina. Los hijos no mendigan, los hijos tienen derechos.

La Biblia se trata, incluso, como ya fue dicho, de colonización. La Biblia se trata de un Rey que expande su influencia y poder a un territorio distante. La Biblia se trata de un Reino invisible que extiende su reinado a un mundo visible. Si tú no estás entendiendo todo esto, no puedes entender la Biblia. Se trata del cielo colonizando la tierra. Cuando un reino coloniza un territorio, todo en este se convierte a lo que es ese reino. Su cultura, su comida, sus costumbres, su idioma.

La Biblia se trata del cielo colonizando la tierra. ¿Por qué? Porque Dios quería que la tierra fuera justamente como es Él. Los discípulos le hicieron a Jesús una pregunta: ¿Cómo debemos orar? Y Jesús les dijo que oraran de esta manera: Nuestra Fuente, que no está en la tierra. Nuestro gobierno, que no está en la tierra. Nuestro Padre, que no está en la tierra, que está en el país que es nuestro verdadero hogar. Santo es tu nombre, dijo. Que venga tu patria. Que tu voluntad sea hecha.

 ¿Dónde? Así en la tierra como se hace en el cielo. Interesante, porque la religión vive orando para irse al cielo, pero el Reino ora para que el cielo venga a la tierra. Eso es colonización. La gente religiosa, quiere irse de la tierra. La gente del Reino, quiere edificar en la tierra. A la gente religiosa le gusta el rapto. A la gente del Reino, le gusta la invasión. Jesús dijo: Padre, no los quites de este mundo. La gente religiosa ora pidiéndole a Jesús que venga rápido y se los lleve pronto. Pero Jesús ora al Padre pidiéndole que no se los lleve.

Deja de orar para irte en un rapto. La Biblia dice que te ocupes en tu salvación con temor y temblor. Ojo: no dice DE tu salvación, dice EN. ¿Soy claro? ¡Muévete! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta que yo venga, dice Jesús! Mi pregunta diaria, es: ¿Cómo tiene que verse Argentina? Como se ve el cielo. ¿Y cómo se logra eso? Con el testimonio diario de cada uno de nosotros, los que caímos desde el cielo aquí, en esta tierra que luego aprendimos a amar como nuestra.

¿Tienes claro o no lo que Dios quiere de la tierra? ¡Exactamente! Lo mismo que sucede en el cielo. Así que lo mejor que puedes hacer de ahora en más, es estudiar el cielo. Te adelanto que en el cielo no hay enfermedad, no hay miseria, no hay divorcio, no hay depresión, no hay temor. ¡Que así sea en la tierra! Esa es la oración de Reino. ¿Crees que eso puede ser posible? Sí, ya te veo o me imagino tu rostro de duda. Sin embargo, piensa en esto: si lo que te he dicho no fuera posible, entonces Jesús dijo una mentira.

 Porque Él dijo: venga tu Reino, hágase tu voluntad, aquí en la tierra, así como se hace en el cielo. A ver; lo que no está en el cielo, no debería estar en tu casa. Busca en tu Biblia a Génesis capítulo 1. Este capítulo se trata de ti. Dios te creó a ti. Génesis capítulo 1, verso 26, se trata de ti. Dice: Entonces dijo Dios; hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

Dios dijo. Hagamos al hombre. Y la palabra hombre, aquí, está en plural. No se trata de una persona, sino de una especie. En nuestra imagen. La palabra imagen, aquí, significa naturaleza, carácter, característica. O sea que lo que Dios dijo, fue: Hagamos una especie que tenga nuestra naturaleza. Que tenga nuestras características. Justo igual que Dios. La palabra semejanza, mientras tanto, significa “que funciona igual”. Así que esta especie, dijo Dios, debe tener nuestro carácter nuestra naturaleza, que funcione como nosotros.

Así que tú tienes la naturaleza de Dios. Naturaleza significa que tú eres, naturalmente, como Dios. ¿Qué significa eso? Que cuando tú no actúas como Dios, tú no eres natural. Por ejemplo: Dios es amor y tú saliste de Dios. Así que tú eres amor. Así que cuando odias, te destruyes a ti mismo. Porque eso no es natural. Por eso es que la amargura te destruye, no la otra persona. Porque no es natural que un hijo de Dios odie, eso te hace enfermo. Tú tienes lo que Dios tiene. Lo que está en Dios, está en ti.

Por eso eres un ser espiritual. Tu saliste de Dios. Y Dios no TIENE santidad, ¡Él ES santidad! Dios no tiene justicia, Dios ES Justicia. Dios no tiene amor, Dios ES amor. Tú tienes todas esas cualidades. Por eso la Biblia nunca te dice que hagas santidad. La Biblia dice: ¡¡Sé santo!! Como tu fuente, en el cielo, es santa. La Biblia nunca dice que tú no eres santo, o que no eres justo. Lo que la Biblia dice es que, si bien eres santo u justo, no estás actuando ni como santo ni como justo.

Porque no ser santo, significa que no tienes ningún tipo de santidad. La explicación sencilla que puedo encontrar es que no estás activo como santo, pero igualmente lo eres. Así es que, cuando tú estás viviendo en santidad, eso no impresiona a Dios. Porque, en todo caso, tú estás en tu estado natural. Que tengan dominio, dijo. Porque Dios te creó para tener dominio. ¿Qué significa dominio? Es la palabra hebrea radah. Dominio. Significa Reino. Significa gobierno. Significa poder soberano.

 La palabra dominio significa poder gobernar. Significa tener autoridad sobre algo. Tú fuiste creado para dominar. Los peces del mar, los pájaros del aire, animales del campo, las plantas de la tierra, las cosas que se arrastran sobre la tierra. Pero fíjate en esa lista; que no hay ningún humano. Tú no fuiste creado para dominar a ningún otro humano. Por eso es que Dios odia la opresión. Cuando tú oprimes a un hermano, estás oprimiendo a Dios.

 Deja que tengan dominio. La palabra dominio significa Reino. Y quiero compartirte uno de los secretos del Reino. Mateo 13:11: Él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos no les es dado. Aquí lo que puedes comprobar, es que Jesús está diciendo que el Reino tiene misterios o secretos. Creo que necesitamos predicarle los secretos del Reino a la iglesia. El problema radica en que la mayoría de los líderes no conocen el Reino.

¿Y por qué razón es que estos líderes no conocen el Reino? Mateo capítulo 23. Voy a leerte uno de los versos más peligrosos de la Biblia. Especialmente para líderes religiosos. Mateo 23:13: Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando. Jesús dijo que el mayor obstáculo para el Reino de Dios, son los líderes religiosos.

¿Tu escuela bíblica, no enseña eso? Los seminarios no lo enseñan. La doctrina tradicional de tu iglesia tampoco lo enseña. La mayoría de los líderes y ministros que he conocido no lo enseñan. Y Él dice ¡Ay de vosotros! ¡Ay! Ay, es la peor palabra en el hebreo. Es una palabra de maldición. Jesús maldijo. Pero Él nunca maldijo a un pecador. Jesús nunca les dijo ¡Ay! A los pecadores. Está bien, Néstor. Lo que usted dice es correcto, tiene suficiente respaldo bíblico y de ninguna manera se podría considerar como herejía.

Pero tendrá que comprender que nuestra iglesia no puede enseñar eso, sobre el Reino. Tenemos una serie de ministerios muy valiosos e importantes y ya estamos muy bien organizados para que todo eso funcione, no podemos añadirle nada más. ¡Ay de vosotros! ¡No entran al Reino ni permiten que los que quieren entrar lo hagan! ¿No se dan cuenta que están destruyendo a mucha gente fiel y sincera? ¡Ay de ustedes, maestros! ¡Porque cierran el Reino y no dejan que la gente lo conozca y lo sepa! 

30.- ¿Nunca Se Te Ocurrió…

 …estudiar la palabra “¡Ay!”? Hazlo. Descubrirás que significa “maldito hasta el infierno”. ¿Ahora entiendes lo que Jesús les dijo a esos fariseos? ¡Váyanse al infierno! Eso les dijo. ¿Por qué? Porque no predican el Reino, no enseñan del Reino y aguantan a la gente que se queda fuera del Reino. Jesús dijo: Busca primeramente el Reino. Búscalo. Estúdialo. Persíguelo. Apréndelo. Has hecho de una doctrina algo más importante que su propio mensaje. 

Lucas 9:11 Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él les recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanaba a los que necesitaban ser curados. Lucas 12:32: No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. Mateo 13:33: Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado. ¿Qué es la levadura? Influencia. Impacto. Cambia sociedades.

Cambia tu trabajo. Impacta tu familia. Impacta la comunidad. Impacta el gobierno. La levadura no puede afectar nada, a menos que esté dentro. Tú no puedes cambiar aquello que evitas. Si evitas al mundo, nunca lo vas a cambiar. El Reino es como la levadura, tienes que meterte para impactarlo. Mira todo el mundo, mira el sistema. Levadura. La levadura nunca tiene temor a la masa. ¿Por qué? No importa cuán grande es la masa, la levadura se ríe. Tú eres mía, voy a leudarte.

 La levadura es muy pequeña. Insignificante. Pero la masa está en problemas. Porque la levadura impacta toda la masa. La levadura es interesante, trabaja muy silenciosamente. La levadura es muy tranquila. Nunca hace ruido. Jesús dijo que el Reino era como la levadura. Nunca saben que está allí, hasta que es muy tarde. Mateo 12:28: Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.

Esto Jesús se los dice a los fariseos luego de haber liberado a un endemoniado y haber oído que lo acusaban de hacerlo mediante el poder satánico. Insólito. ¿Por qué Satanás se echaría fuera a sí mismo? Eso fue una declaración del Reino. Los reinos no entregan territorio. Porque el territorio es su gloria. Él dijo: ¡Mira! Este territorio, es mi territorio. Este niño es mío. Yo creé al hombre. Este es mi templo santo. Satanás está ilegal, aquí, no yo. Entonces tengo que echarlo fuera de mi territorio.

 Lee bien el verso 28. Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. ¿Qué quiere decir esto? Que cuando tú ves un milagro, eso es una evidencia que la cultura del cielo está presente. Los milagros son la evidencia de que el Reino de los Cielos anda por aquí cerca. Los milagros son la evidencia de que la cultura del cielo ha llegado a la tierra. La cultura es natural. Entonces, el ser sanado, se supone que sea natural.

Es la cultura de Dios. En la cultura de Dios no hay enfermedad. Así es que, cuando su cultura llega, los demonios se tienen que ir. Las enfermedades se tienen que ir. La depresión se tiene que ir. El temor se tiene que ir. La pobreza se tiene que ir. ¿Por qué? Porque el Reino de los Cielos ha llegado. Se supone que tengas todas tus necesidades cubiertas. ¿Por qué? ¡Porque es tu cultura!  Vamos a Mateo capítulo 10, un verso muy peligroso, sobre todo para los líderes y ministros.

Verso 7. Instrucciones de Jesús. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Yendo. Eso dice. Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores, Maestros, Misioneros, Hombres de negocios, Profesionales. ¡Yendo! ¡Predica este mensaje! ¡No tu mensaje! ¡No tu doctrina! Ni movimientos de fe, ni de prosperidad, ni de sanidad, ni de señales y milagros. Y tampoco nacer de nuevo. Jesús nunca predicó nacer de nuevo. Él mencionó el nacer de nuevo, una sola vez.

 Y nunca a una multitud. Se lo dijo a un anciano por ahí como por las dos de la madrugada. ¿Por qué? Porque ese no era su mensaje. Él dijo con toda claridad que todos nosotros, yendo, no esperando, yendo, prediquemos un solo evangelio, el que dice que el Reino de los Cielos se ha acercado. Ese. Le escuché contar algo a un ministro al que respeto muchísimo, que alguien lo saludó en una ocasión y le dijo: ¡Hola! ¿Tú eres el ministro que está predicando sobre el Reino?

Decía este ministro que primero se sorprendió con la pregunta, que luego se fastidió un poco y que, finalmente, le tomó un ataque de risa mientras le respondía al que le había hecho esa pregunta: ¡Sí! ¡Claro! Pero…perdón…¿Y tú que estás predicando sino predicas que el Reino de los Cielos se ha acercado? Lo entiendo. Me hubiera sucedido lo mismo. Tengo un grado de misericordia que no nace de un mérito mío personal, sino del Padre, que me permite recordar que, hasta no hace mucho tiempo atrás, yo pensaba igual que el que le hizo la pregunta a este buen hombre.

Por la gracia de Dios, hoy sé que no existe ningún otro evangelio que debamos predicar, que no sea el del Reino, porque ese es nuestro mandato por siempre y para siempre. Quiero ser claro, honesto, sincero y puntual, aunque suene duro. Si no estás predicando el evangelio del Reino, estás desobedeciendo un mandamiento de Jesús, que fue el que leímos hace un momento. Y si tu ministerio se está viniendo abajo, no crece, no impacta y hasta da la sensación de que se cae en cualquier momento para no volverse a levantar, examínate.

 No vaya a ser que, por una de esas grandes casualidades, sea por causa de esa desobediencia tuya en cuanto a no predicar lo que Jesús nos ordena predicar. Vamos empezando a cerrar esto. Mateo 16:19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. Entiende bien. No dice que te dará LA llave, UNA llave. Dice que te dará LAS llaves del Reino de los cielos.

Eso me muestra a mí y te muestra a ti, que no hay una sola llave para el Reino de los Cielos. Hay muchas llaves del Reino de los Cielos. El dilema es saber qué cosa son estas llaves. La respuesta es tan simple que te acuesta. Llaves son leyes, principios, conceptos. Todos los países funcionan con leyes. Él dijo: mi patria, tiene leyes. Si se rompen las leyes, hay penalidades. Si respetan y cumplen las leyes, hay beneficios. A ti te daré las llaves de tu patria, el cielo.

 Así que, lo que cierras en la tierra, será cerrado en el cielo. Te daré leyes, que cuando las desatas en la tierra, el cielo las va a soltar. Te voy a dar una influencia directa en la tierra, desde el cielo. Tú no tienes que ir al cielo a recibir las cosas. Te daré leyes, llaves, principios en la tierra, que traerán el cielo a la tierra. En tu casa, en tu barrio, en tus negocios. Te daré los secretos, las leyes, de cómo traer el cielo a la tierra. Él no estaba hablando acerca de demonios.

 Digo porque solemos usar este verso para atar o desatar demonios. Lee el capítulo completo, por favor. Nada del contexto te está hablando de demonios. No soy ningún ultra conservador, ni cerca, por eso creo en los demonios y en la guerra espiritual. Pero no me voy de mambo y meto demonios hasta debajo del plato de sopa que voy a beber.  De lo que Él está hablando, es acerca de acceso al cielo, este país, en la tierra. Y te daré las llaves, las leyes. Y te daré una ley antes de cerrar todo esto. Aprende: todos los reinos tienen tres símbolos.

 1.- La Corona. La corona representa poder. 2.- El Bastón. El bastón representa algo que el rey esgrime de manera permanente y que da evidencia de su poder. 3.- El Cetro. El cetro representa autoridad. Y esto es importante, porque Jesús dijo que era un Rey. Así que Él tiene una corona, eso representa su poder. El tiene este ornamento, ese bastón, y es su influencia. Y todo rey tiene un cetro, que evidencia su autoridad. Por eso es que la parte más importante del rey, es el cetro.

La mayoría de nosotros, vamos detrás del poder, la corona. Oramos, clamamos y nos desesperamos pidiendo al Señor que nos de poder. Amamos el poder. Entonces vamos y buscamos influencia. Queremos ser famosos, conocidos. Queremos ser grandes. Pero no buscamos autoridad. Oramos por poder y por influencia, pero no oramos por autoridad. ¿Sabes por qué? Porque la autoridad controla el poder. Por esa razón es que la gente muy poderosa siempre es muy peligrosa. 

31.- La Gente Con Influencia…

 …también es peligrosa. Porque no tienen autoridad, sólo tienen poder. Por eso, aunque me miren torcido, yo siempre digo que a mí no me impresiona la gente poderosa, con alta influencia o famosa. Porque todos, aunque no lo sepan, están sometidos a la que es mi única autoridad. Eso iguala todas las cosas. Queremos a los poderosos, a los influyentes, incluso hasta adoramos a los famosos, pero rechazamos a la autoridad de Dios. ¿Tú crees que es así por casualidad?

Génesis 49:10 dice que

0 no se apartará de Judá. Es curioso, pero Dios nunca menciona la corona ni la influencia. Él dijo que el cetro no se debe ir. Cuando Ester fue a ver al rey, a ella no le preocupaba la corona, ese es el poder. No le preocupaba la influencia. A ella lo que le preocupaba, era el cetro, la autoridad. Y la Biblia dice que, si alguien entra a la presencia de un rey, si no extiende su cetro hacia ti, serás muerto. No es el poder de Dios el que te destruye. Tampoco es la gloria de Dios la que lo hace.

 Ester sabía que si ella no recibía su cetro, estaba muerta. Vamos a leerlo, Ester 4:11, por favor: Todos los siervos del rey, y el pueblo de las provincias del rey, saben que cualquier hombre o mujer que entra en el patio interior para ver al rey, sin ser llamado, una sola ley hay respecto a él: ha de morir; salvo aquel a quien el rey extendiere el cetro de oro, el cual vivirá; y yo no he sido llamada para ver al rey estos treinta días.

Ahí está el problema. A los cristianos les gusta demasiado el poder de Dios, les gusta la unción. ¡Oh, Dios! ¡Dame poder! ¡Necesito de tu poder! El pedido incorrecto. ¡Oh, Señor! ¡Dame un cetro! ¿Cuál es la diferencia? El poder es habilidad, energías, fuerzas, fortaleza. Eso es poder. Autoridad es diferente. Autoridad es el derecho y el permiso para usar el poder.  Por eso es que mucha gente tiene poder, si, pero no tiene autoridad. El lugar más importante en el que puedes estar, es bajo autoridad. Suena raro, ¿Verdad? Te comprendo, por eso estamos como estamos.

 El lugar más seguro en el que tú puedes estar, es bajo autoridad. Obviamente, me refiero a autoridad delegada del cielo, no de la junta de viejos cabezones de la denominación. Eso tiene otro nombre y otros resultados. Amamos el poder, pero odiamos la sumisión. Es tanto lo que se nos ha defraudado que hoy no podemos llegar a confiar en ningún ser humano, por ungido que nos parezca. Pero lo único que te da cobertura para ejercer el poder divino, es estar bajo autoridad sujeta a autoridad. Porque de no ser así, es esclavitud a hombre.

Sin embargo, algo hay que aclarar. Dios diseñó todo lo que vemos, para que esté sometido a algo. Los peces, por ejemplo, fueron diseñados para someterse el agua. Las plantas fueron diseñadas para someterse al suelo. Así que la autoridad del pez, es el agua. El pez tiene mucho poder. El pez puede nadar todo lo que quiera. El árbol puede crecer todo lo alto que quiera. El mar tiene poder. Pero si sacas al pez fuera del agua, vas a ver que no tiene ningún poder.

Saca la planta del suelo y no tendrá poder. Porque la realidad nos muestra que nunca podemos crecer más que la autoridad. Los peces nunca pueden decir que están cansados del agua. Un árbol nunca puede decir que la tierra lo está aprisionando y no le permite crecer, o que está cansado de ese suelo y quiere salirse de él. Conclusión: tú no puedes salirte del diseño de Dios porque no vas a sobrevivir por fuera. En lo humano, nunca confundas el poder con la autoridad.

No todo poder tiene autoridad, y eso me consta personalmente. He conocido a mucha gente con mucho poder, pero sin un mínimo de autoridad. Huye de allí. Eso no es Dios. No permitas que te atraiga el poder, sino la autoridad. Puede haber alguien en la calle haciendo cosas sobrenaturales, milagros. ¿Vas a seguirlo por eso, solamente? Nunca persigas el poder a expensas de la autoridad. Pero, cuidado: autoridad no es estar dominando u oprimiendo a otra gente. O abusando de ella mediante sutiles manipulaciones de contenido satánico.

La verdadera autoridad, desata a la gente en el momento correcto. Quiero cerrar esto dándote pistas de lo que es una genuina autoridad. Pero déjame primeramente decirte qué cosa es lo que una verdadera autoridad no hace. La verdadera autoridad, no busca el beneficio de tu propio éxito. La verdadera autoridad no te usa a ti para promoverse él mismo. La verdadera autoridad lo único que espera de ti, es tu éxito. Y esto es muy importante, porque la iglesia está llena de parásitos que se hacen llamar autoridad.

32.- He Conocido Gente…

 …que dice ser autoridad, y andan por la vida recolectando iglesias. Sométete a mí, yo te daré cobertura. Tú sólo deberás enviarme 500 dólares cada mes. Eso es un parásito. Escucha: una verdadera autoridad, debe tener la habilidad de reprenderte, de corregirte, instruirte, y aun sentarte, que no hagas absolutamente nada mientras no seas confiable. Sólo que aquí está el problema. Si tú me envías todos esos dólares cada mes, ¿Cómo haría yo para reprenderte? 

Si tú estás pagando la mitad de mis gastos, ¿Cómo te voy a corregir? La verdadera autoridad, no demanda nada de ti, excepto tu éxito. Si tú quieres bendecir tu autoridad, esa es tu decisión. Pero de ninguna manera eso debe ser un requisito. El apóstol Pablo lo dijo: tienen muchos maestros, pero pocos padres. No es tarea de los hijos cuidar a los padres, (Sí honrarlos y asistirlos si lo necesitan),sino la de los padres cuidar a los hijos. Eso significa que sería tu cobertura la que debería estar enviándote los 500 dólares al mes a ti, no tú a ella. Por eso es que no pueden ser reprendidos. Porque ellos apoyan aquello. La autoridad verdadera no espera nada de ti, excepto tu éxito.

Por esa razón es que tremendos líderes en la iglesia, han caído. Y no pueden ser restaurados. ¿Por qué? ¡Porque no se someten a una autoridad! La verdadera autoridad, desea que tú logres más que lo que ellos han logrado. Eso te deja en evidencia clara que la verdadera autoridad, jamás tendrá celos de tu éxito. La verdadera autoridad, está dispuesta a disminuir para que tú puedas aumentar. Si en tu vida de fe hay una persona a la cual tú hoy te estás sometiendo, por favor, estúdiala. Y observa si ellos o él está llenando este criterio. El poder necesita autoridad para poder ser desatado. La sumisión a la autoridad, le da poder legítimo.

Quiero cerrar con una escritura del evangelio de Mateo, capítulo 8. Especialmente para líderes, ministros y pastores, por favor, lean esto. Es la historia de un pagano. De un ciudadano romano. El verso 5: Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, (6) y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. (7) Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. (8) Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. (9) Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

 Yo también soy hombre bajo autoridad. ¿Qué quiere decir? Yo he estado observándote durante estos últimos tres meses. Y he descubierto algo, que tú eres como yo, un hombre bajo autoridad. ¿Qué le quiso decir? Le quiso decir; yo conozco tu secreto, y tu secreto no es tu poder, sino que estás bajo autoridad, y eso te proporciona ese poder. Cuando tú tienes autoridad, no tienes que moverte. Yo tengo soldados bajo mi autoridad, pero tú tienes palabra bajo tu autoridad.

Mi arma son mis soldados, pero tus armas son las palabras. Yo le digo a ese soldado ve allá, y ese soldado va donde lo mando. ¿Por qué? Porque cuando mis soldados escuchan mi voz, no me están escuchando a mí, están escuchando a César. ¡Eso es autoridad! Nada que ver con doctorados o master en teología, aunque se ser necesario los incluya. Los soldados no me obedecen a mí, sino a la autoridad bajo la cual yo estoy. Ese es tu secreto, Jesús, dijo el centurión. Tu autoridad es más importante que tu poder.

Solamente di la palabra y mi criado será sano. Y Jesús dijo, verso 10: Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. ¿A ti te gustaría sorprender y hasta maravillar a Jesús? Si, ¿Verdad? ¿Y qué fue lo que sorprendió a Jesús? ¡El se lo dijo con absoluta sinceridad, de esa misma que tanta falta hace en nuestros ambientes! La verdad es que no he encontrado en todo Israel tamaña calidad de fe como la que tú tienes.

Eso le dijo. Jesús creó la fe con autoridad. Él estaba sorprendido. Este hombre entendió autoridad, dijo. Reino. Dominio. Autoridad.  Vamos con el broche de oro. Mateo 10:1 = Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. A ver; los demonios no los estaban escuchando a ellos, estaban escuchándolo a Él.

Porque fíjate que en ningún momento dice que les dará poder para echarlos fuera, sino autoridad para hacerlo. En una época yo era supervisor en un sector de una empresa siderúrgica. Y tenía un familiar directo al cual un hijo mío había ayudado a ingresar en esa empresa, que era un obrero raso, como todos los que comenzaban a trabajar. Y había días que yo tenía que supervisar su trabajo y él respetarme como su supervisor. Luego, cuando regresábamos a casa, nos tratábamos como los parientes que éramos, pero en la empresa no.

Y no porque yo fuera quien era, sino porque representaba a los directores. Mi pariente no me obedecía a mí por mí, sino a quienes eran sus patrones y le ordenaban trabajos por mi intermedio. ¿Se entiende? Mateo 3:13 = Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. ¡Era su primo! Pero se sometió a su autoridad. A ver. Jesús vivía en un lugar pequeño, en la casa de sus padres. Y durante treinta años de su vida, hizo o no hizo lo que las autoridades del lugar disponían que se podría hacer o no hacer.

O sea que lo que estoy queriendo mostrarte es que Dios, durante todo ese tiempo, se sometió nada menos que a un montón de gente a la cual había creado. Y recién a los doce años se atrevió a decirle a su madre: Mujer, en los negocios de mi Padre debo estar. En otras palabras: ¡Mamá, yo sé a lo que fui llamado a hacer! ¡Yo fui ungido! ¡Yo soy un hombre de Dios! ¡Yo conozco mi propósito! Conozco mi vida, mi asignación, soy un hombre de destino.

 Pero el próximo verso de ese texto dice que se volvió a su casa y se sometió a sus padres. Cuando su reloj biológico le mostró que había cumplido sus treinta años, dijo que el momento de iniciar su ministerio había llegado. ¿Y por qué esperó hasta tener treinta años? Porque ningún hombre podía ser nombrado Rabí, si no tenía treinta años de edad cumplidos. Para ser más claro: nadie podía hablar en público de lo que fuera, si no era un rabino.

Y nadie podía ser un rabino si no tenía treinta años de edad cumplidos. Esto te está diciendo que Jesús comenzó su ministerio cuando supo que estaba cualificado y con suficiente autoridad divina como para hacerlo. Hoy, todavía, aparecen hombres o mujeres que se lanzan a hablar del evangelio sin estar cualificados y, por consiguiente, sin autoridad divina que los respalde para hacerlo. A los resultados de eso, todos los hemos podido ver.

¿Qué hubiera hecho cualquier hombre como nosotros con la directiva por parte de Dios de comenzar un ministerio? Imprimir tarjetas, folletos, letreros, comprar espacios en la televisión, en las emisoras radiales, comenzar un período de alto marketing mediante las redes sociales y todo eso que tantas veces hemos visto en tantos hombres y mujeres a punto de comenzar algo. Jesús no hizo nada de eso. Él, lo primero que decidió hacer, fue ir a ver a su primo Juan.

 ¿Por qué? Porque Juan, independientemente de ser su pariente, en ese momento era la autoridad más contundente de Dios en la tierra. Imagínate la reacción de Juan. Él sabía quién era Jesús y a qué había venido a la tierra. Su madre se lo había contado. ¡Se quería matar al verlo de rodillas ante él esperando ser bautizado por algo que el mismo Juan sabía que no necesitaba! Jesús nunca necesitó ser bautizado para perdón de pecados simplemente porque no los tenía. ¿Qué le respondió Jesús?

Deja, es necesario que cumplamos con toda justicia. La palabra justicia significa “la posición correcta”. Juan, dijo. Tú tienes el poder, pero yo tengo la autoridad. El problema más grave de la iglesia, hoy, es que tiene un montón de gente poderosa, pero que evita la autoridad. Ni bien Jesús se arrodilló, los cielos se abrieron. Si tú, hoy, no puedes arrodillarte ante nadie como autoridad, es probable que los cielos se mantengan cerrados. Y no estoy hablando de las nimiedades a veces infantiles que vemos en las congregaciones. 

33.- La Biblia Hace una Distinción…

 …muy fuerte entre el Reino de Dios como realidad viva, transformadora y gobernada por Dios, y una religión vacía, externa o meramente tradicional. Lo que voy a compartirte ahora es la causa, o por lo menos una de ellas, tal vez la más notoria de esa diferencia y del por qué hemos llegado a ella. Hay textos bíblicos que siempre hemos leído y que nos lo muestran con claridad, pero por la misma razón que ahora voy a comentarte, pocos o muy pocos han llegado a tener una revelación clara y contundente del significado de cada uno de ellos.

Imagínate por un momento, que el mayor tesoro de la humanidad hubiera sido robado hace más de dos mil años y que, desde entonces, generaciones enteras hemos vivido en pobreza espiritual sin siquiera saber que fuimos despojados. Imagínate que este robo no fue ejecutado por bandidos en las sombras, sino por instituciones muy respetadas y en plena luz del día. Y todo acompañado y respaldado por el aplauso de multitudes ignorantes de lo que realmente estaba ocurriendo.

Cuidado, esta no es una fantasía. Según las investigaciones revolucionarias de algunos genuinos hombres de Dios, esto fue lo que ocurrió con el concepto más poderoso que Jesús trajo a la tierra: El Reino de Dios. Como venimos alertando y desenmascarando algunas cosas, no podemos limitarnos a determinar diferencias sustanciales entre Reino y religión. Hay algo mucho más siniestro detrás de todo esto, una suerte de conspiración sistemática que ha operado durante dos milenios, despojando a la humanidad de su herencia más preciada y reemplazándola con una imitación que mantiene a las personas espiritualmente empobrecidas, mientras enriquece a instituciones no diseñadas por Dios.

Romanos 14: 17 = Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.  El Reino, queda más que claro aquí por boca de Pablo, no es ritual ni práctica externa, sino vida interior producida por el Espíritu. La religión sin sustancia, en tanto, se centra en formas estéticas, relacionadas con las modas urbanas y con una conexión inevitable con todo lo que la humanidad secular ha incorporado como bueno. El Reino, muchos ya lo sabemos muy bien, se manifiesta en transformación real.

Jesús nunca vino a traer una religión y mucho menos una que se llamara cristianismo. Ha quedado en evidencia que lo que hoy llamamos cristianismo, en realidad es el resultado de una operación de encubrimiento considerada como la más sofisticada de la historia. No fue un accidente, no fue una evolución natural. Fue un secuestro deliberado, planificado y ejecutado casi con precisión militar, por aquellos que tenían más que perder si el verdadero Reino se establecía en la tierra. Tal como Jesús proponía.

¿Estás listo para descubrir cómo te robaron tu herencia real sin que te dieras cuenta? Para entender la magnitud de la operación, primero debemos comprender qué fue exactamente lo que se robó. Cuando Jesús hablaba del Reino de los Cielos o Reino de Dios, no estaba introduciendo un concepto religioso, sino un sistema gubernamental literal. Cada parábola, cada enseñanza, cada demostración de poder de Jesús, estaba diseñada para mostrar cómo opera un Reino celestial en territorio terrestre.

Mateo 15: 8–9 = Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Aquí Jesús denuncia una religión con palabras correctas, pero corazones ausentes. Te lo repito y observa a tu alrededor: palabras muy correctas y hasta bonitas, pero corazones ausentes, almas indiferentes, espíritus alejados del Santo genuino y guía a toda verdad. El Reino, muchos lo sabemos más que bien, exige rendición auténtica, no solo discurso religioso.

Jesús nunca usó terminología religiosa. Él siempre hablaba como un Rey, anunciando la expansión de su territorio. Usaba palabras como Ciudadano, Embajador, Territorio, Autoridad, Gobierno. La religión convirtió estas realidades gubernamentales en conceptos místicos para quitarles potencia espiritual a las personas. En el diseño original del Reino, los seguidores de Jesús no eran feligreses o miembros de iglesia. Eran ciudadanos de una nación celestial con derechos, responsabilidades y autoridad delegada para representar los intereses del Rey en este territorio terrestre.

Cada cristiano, y lo llamo así porque encaja con el conocimiento mayoritario, pero no me gusta porque fue un calificativo despectivo inventado por los griegos, era un embajador con inmunidad diplomática y acceso directo a los recursos del Reino. Los primeros discípulos operaban con esta mentalidad de Reino. Ellos no construían templos donde la gente fuera a recibir bendiciones. Ellos establecían embajadas del Reino donde los ciudadanos celestiales se equipaban para transformar territorios completos. El Reino original no se enfocaba en salvar almas para el cielo.

 Su misión era traer el cielo a la tierra, transformando sistemas políticos, económicos, educativos y sociales hasta que reflejaran los valores y principios del gobierno divino. Donde quiera que se establecía una embajada del Reino auténtico, las naciones se transformaban. La pobreza desaparecía, la corrupción se eliminaba y la justicia se establecía. El Reino no era una experiencia de domingo por la mañana o por la tarde, era un gobierno alternativo que operaba las veinticuatro siete. Pablo creo que se los explica con meridiana claridad a los Corintios.

1 Corintios 4: 20 = Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder. La religión insípida habla mucho, demasiado, y lo sé más que bien, porque yo mismo hice eso durante gran parte de mi vida de creyente. Hasta que un día a mi Padre celestial le agradó enviarme a su Espíritu Santo a que abriera mis ojos espirituales lo necesario y suficiente como para ver y entender definitivamente que el Reino de los cielos opera, libera, transforma. Y a eso no lo consigue ninguna religión, por sobria y solemne que parezca a nuestros ojos y oídos naturales.

Cada ciudadano del Reino de aquellos tiempos primarios, recibía autoridad delegada directa del Rey para operar en Su nombre. No necesitaban intermediarios humanos, jerarquías religiosas o rituales especiales para acceder al poder del Reino. La conexión era directa, personal e inmediata. Esta autoridad no era teórica, era práctica, verificable y producía resultados tangibles, enfermos sanados, sistemas corruptos expuestos, naciones transformadas, recursos multiplicados, justicia establecida. 

34.- Ahora Bien; Para Entender…

 …cómo fue posible esta devastación sistemática, debemos examinar el momento exacto del secuestro del Reino. No fue un proceso gradual, sino una operación estratégica ejecutada en momentos clave de la historia. El primer gran secuestro ocurrió cuando el emperador Constantino decidió que el cristianismo podía serle muy útil para controlar su imperio. Pero había un problema. El Reino auténtico no podía ser controlado por gobiernos humanos por una sencilla razón: es EL gobierno.

Entonces, necesitaban una versión domesticada. La solución fue brillante y a la vez, diabólica: convertir el Reino en religión. En lugar de ciudadanos con autoridad delegada, crear feligreses dependientes. En lugar de embajadas que transformaran territorios, construir templos donde la gente fuera a adorar. En lugar de gobierno alternativo, crear una organización que colaborara con los poderes existentes. Y que conste, para evitar ser tomado por un operador político actual. Estoy hablando de Constantino, de historia antigua. De allí en más y durante toda una generación, el concepto de Reino fue reemplazado por el concepto de iglesia.

Los ciudadanos se convirtieron en miembros. Los embajadores se volvieron sacerdotes. La autoridad delegada se transformó en rituales religiosos. Una vez establecida la estructura institucional, el siguiente paso fue concentrar toda la autoridad en una jerarquía humana. El acceso directo al rey que cada ciudadano tenía originalmente, fue declarado peligroso y necesario de mediación. Crearon un sistema donde las personas necesitaban intermediarios humanos para todo. Jesús mismo fue muy claro cuando lo dio a entender a quienes todavía se dejaban llevar por sus visiones externas y naturales.

Mateo 7: 21–23 = No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Confesión verbal es igual a obediencia real, de eso está hablando. El Reino se evidencia en sumisión a la voluntad del Rey, no en títulos, dones o lenguaje cristiano. Las palabras sumisión y sujeción fueron tomadas por la religión, pero direccionándolas hacia sus hombres y sus jerarquías, cuando desde el diseño divino se había establecido claramente que no debía ser así. El hombre fue creado para señorear y dominar todo, excepto a otros hombres iguales a él.

Entonces ellos, las organizaciones religiosas, crearon un sistema aparentemente apto para interpretar las Escrituras, para acceder a Dios, para recibir perdón, para operar en poder espiritual. Sin embargo, esto era, exactamente, lo opuesto al Reino original, donde cada ciudadano tenía acceso directo e inmediato. El golpe final fue convertir las operaciones prácticas del Reino en misterios religiosos que sólo los especialistas podían entender. Lo que originalmente era tan simple que un niño podía operar en autoridad del Reino, se volvió tan complicado que requería años de educación teológica. Hoy todavía sigue así en lo global, en lo masivo.

Es decir que la simplicidad del Reino fue deliberadamente complicada para crear dependencia. La oración directa, algo casi automático en aquellos primeros hombres de Dios, se volvió liturgia compleja, incluso acompañada de gestualidades y rutinas de neto corte solemne rozando lo actoral La autoridad personal se transformó en rituales sacerdotales que una enorme mayoría no podía entender como parte de su fe. La transformación territorial se redujo a ceremonias religiosas mayoritariamente respetadas, pero en absoluta ignorancia. El gobierno del Reino se domesticó en actividades de iglesia.

Pero veamos ahora el aspecto más siniestro que contiene esta operación. Lo más brillante de esa conspiración, porque muy bien podemos denominarla así, fue crear un sistema que indudablemente se protegía a sí mismo ante cualquier intención de restaurar el Reino original. Entonces convirtieron sus innovaciones religiosas en tradiciones sagradas. Cualquier intento de restaurar el Reino original, era y todavía es automáticamente etiquetado como peligroso, herético o rebelde contra la autoridad. La conspiración fue tan efectiva que las propias víctimas se convirtieron en los defensores más feroces del sistema que los mantiene esclavizados. Generaciones enteras han sido condicionadas a creer que cuestionar la religión institucional es cuestionar a Dios mismo.

El sistema educativo religioso fue diseñado para perpetuar la confusión entre Reino y religión. Los seminarios, aun los más prestigiosos, enseñaron y siguen enseñando historia de la iglesia, pero no historia del Reino. Teología religiosa, no gobierno del Reino. Administración eclesiástica, no autoridad delegada del Reino. Entrenan pastores y ministros para mantener feligreses, no embajadores para transformar territorios. Gradúan administradores de organizaciones religiosas, no representantes de un gobierno celestial.

2 Timoteo 3: 5 = Que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Esto describe con precisión una cristiandad sin poder, sin fruto, sin transformación. El Reino auténtico tiene eficacia, cambia vidas, rompe cadenas. Una de las cadenas más proliferantes y visibles, es el miedo. Miedo a que si dices algo de un ministro que a todas luces todo el planeta sabe que es corrupto y usa la religión en beneficio propio, exista un Dios que lo defienda y te achicharre por exponerlo, es el miedo más fuerte de todos y evita, entre otras cosas, que se digan verdades conocidas por años y por todos.

Pero, quizás el aspecto más siniestro de la conspiración, fue el de crear un sistema económico que hizo y hace que las personas dependan, financieramente, de mantener esa confusión. Millones de empleos, industrias enteras, imperios económicos completos dependen de que las personas nunca descubran la diferencia entre Reino y religión. Es un negocio de millones de dólares. Y todos sabemos lo que cuesta encararse contra el reino de Mammón. Cuando tienes ciudadanos del Reino operando en la autoridad delegada, no necesitas complejas organizaciones religiosas.

Cuando las personas entienden que son embajadores, no construyen catedrales para que otros hagan como que adoran. Hay una diferencia sintetizada que suena fuerte y de pronto hasta puede doler y mucho a gente inocente y sincera, pero es una verdad y a las verdades no hay que callarlas, porque eso equivale a disimular mentiras. Mientras la religión mayoritariamente es un negocio, el Reino en su totalidad es un gobierno. Esa es la diferencia y no creo que existan muchos creyentes sinceros que no lo hayan percibido, aunque se lo callen por los motivos que sean.

 El mecanismo de control más sofisticado que se instauró fue el de convertir el poder del Reino en culpa religiosa. Porque en el Reino original, los ciudadanos operaban en autoridad porque era su derecho y responsabilidad. Pero en el sistema religioso, las personas se sienten culpables por querer autoridad, porque se les enseña que eso es orgullo espiritual. Y que la autoridad solamente es patrimonio de aquellos hombres que han sido “ordenados”, (No sé quién inventó este término) por las autoridades superiores, (Tampoco sé cómo fue que estos llegaron allí) de la denominación, grupo u organización que sea. Pablo lo dijo con claridad.

1 Corintios 14: 29-30 = Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero. Yo no sé cuántas veces ustedes habrán leído este pasaje. Tampoco sé cuántas veces alguien les habrá enseñado o predicado sobre él. Yo lo debo haber leído no menos de doscientas veces, y te puedo asegurar que no hace demasiado tiempo que caí en cuenta que, si eso hoy no se cumple, no es para mantener el orden, como se nos enseñara, sino porque al hacerlo, se estaría dando ingreso a una palabra genuina que viene del cielo que puede llegar a destrozar la hojarasca que se está entregando abajo.

Lo cierto es que esta inversión psicológica mantiene a las personas voluntariamente empobrecidas. Porque, entre otras cosas, les enseñaron que la pobreza espiritual es humildad, que la dependencia de intermediarios es fe, y que la pasividad territorial es santidad. Convirtieron cada virtud del Reino en un vicio religioso. Y aquí llegamos a la parte más controversial de todo esto. Porque no sólo se ha determinado como fue esa conspiración, sino quienes fueron los perpetradores y quienes siguen ejecutándola hoy.

No fue casualidad que el secuestro del Reino coincidiera con la necesidad de los imperios humanos de controlar poblaciones masivas. Un Reino auténtico es ingobernable por sistemas humanos porque reconoce sólo la autoridad divina. Pero una religión puede ser una herramienta perfecta de control social. Quedó documentado que líderes políticos y religiosos conspiraron deliberadamente para crear una versión del cristianismo que fortaleciera sus posiciones de poder en un lugar de establecer el gobierno alternativo del Reino. 

35.- La Conspiración No Terminó…

 …en la historia antigua. Instituciones religiosas modernas continúan perpetrando y perpetuando activamente la confusión porque su supervivencia económica e influencia social dependen de mantener a las personas ignorantes sobre el Reino auténtico. Cuando pastores predican que su trabajo es pastorear ovejas en lugar de equipar embajadores, están perpetuando la conspiración. Cuando denominaciones se enfocan en mantener miembros en lugar de liberar ciudadanos del Reino, están colaborando con el secuestro.

La tragedia más grande de esta conspiración es que millones de personas sinceras, sin saberlo, están protegiendo con uñas y dientes al sistema que les está robando su herencia. Estas personas, educadas en la confusión, atacan ferozmente cualquier intento de restaurar el Reino original, porque han sido condicionadas a creer que la religión es el cristianismo. Es como si se repitiera el viejo Síndrome de Estocolmo, aunque en este caso totalmente espiritual.

Las víctimas se enamoran de sus captores y atacan a cualquiera que intente liberarlas. Hay elementos muy concretos que se benefician social y económicamente si se mantiene la confusión. Hay, evidentemente, una élite religiosa que vive en lujo mientras predica pobreza, que acumula poder mientras enseña sumisión, que construye imperios mientras predica humildad. No es coincidencia que aquellos que más se oponen a la restauración del Reino auténtico, son precisamente aquellos que más han prosperado bajo el sistema religioso falso.

Soy un ministro del Señor y tengo, conforme a su promesa, todas mis necesidades cubiertas. Pero eso no tiene nada que ver con mansiones ostentosas, automóviles impactantes o, lo más reciente, aviones privados para mayor y mejor capacidad de movimiento, aseguran. ¿Soy un resentido que está en contra de todo eso? No, hay muchos siervos del Señor en mí misma condición. Pero lo que no puedo evitar es que, mientras esos ministros viven vidas de lujos y ostentaciones casi ofensivas. Infinidad de hermanos fieles comen todos los días, con sus familias, sólo por la misericordia de Dios.

Y esto de ninguna manera es ideología de capitalismo o anticapitalismo, esto es amor de Dios brotando por heridas de personas. Sin embargo, hay un aspecto esperanzador en todo esto. A pesar de la magnitud de la conspiración, esto no va a terminar en desesperanza. Y esto radica en que la restauración del Reino no sólo es posible, sino proféticamente inevitable. Hay señales muy puntuales que nos muestran que esta antigua conspiración está comenzando a colapsar. Hay un hambre generalizada por algo más que la religión tradicional.

Lo digo más adelante, hablando de ese remanente que está despertando. Exposición masiva de corrupción general en instituciones religiosas, levantamiento de maestros que distinguen claramente Reino de religión, movimientos espontáneos hacia la simplicidad y la autoridad directa. Manifestaciones sobrenaturales que obvian estructuras religiosas. Cuando las personas comienzan a operar en la autoridad directa del Reino, las estructuras intermedias religiosas se vuelven obviamente innecesarias. Por eso, hay que añadir a todo esto que existe una estrategia específica tendiente a esa restauración.

 En primer lugar, educación masiva. Hay que enseñar a las personas las diferencias entre Reino y religión hasta que la confusión se vuelva imposible. En segundo lugar, mostrar los resultados superiores desde el Reino auténtico, versus la religión institucional. Tercero, establecimiento de embajadas. Crear centros de entrenamiento para ciudadanos del Reino, no congregaciones religiosas. Cuarto, transformación territorial. Aplicar principios del Reino para transformar a comunidades completas. Quinto, multiplicación exponencial. Entrenar embajadores que establezcan más embajadas.

Lucas 17: 20–21 = El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros. El Reino no es un espectáculo previamente armado ni una pomposa estructura visible, sino presencia activa de Dios gobernando vidas. A esto lo podemos corroborar muchos de nosotros cuando tomamos conocimiento de testimonios reales, aunque apartados de todo festival ofensivo de prensa internacional. La religión vacía, en tanto, busca señales externas; pero el Reino se encarna en personas, no en instituciones. Dios bendice hombres y mujeres, o sea, organismos vivos, no organizaciones. No hay registro bíblico de eso.

Las estructuras religiosas que perpetúan la conspiración, eventualmente colapsarán bajo el peso de su propia irrelevancia. Cuando suficientes personas operen el Reino auténtico, la demanda por servicios religiosos simplemente desaparecerá. No tendrás que destruir la religión institucional. Simplemente se volverá obsoleta cuando las personas experimenten la realidad del Reino. De allí que haya pasos específicos que las personas pueden y deben dar para liberarse de ese sistema conspirador que los tiene esclavizados.

Primero: renunciar a la calidad de miembro y adoptar la identidad de ciudadano. Y estoy hablando de mentalidad, no de literalidad. Abandonar un templo y seguir atado a sus rituales, es lo mismo que quedarse en él. Cesar de buscar intermediarios humanos y establecer relación directa con el Rey, esto es clave. Dejar de ir a la iglesia y comenzar a ser embajada. Abandonar los rituales religiosos y abrazar autoridad práctica del Reino. Transformar territorio personal como evidencia de ciudadanía del Reino. Cada hogar debería ser una embajada del Reino y no un satélite de una organización religiosa.

Esto significa entrenar a familias completas para operar en autoridad delegada, transformar sus comunidades y producir ciudadanos del Reino. Está demostrado que cuando una buena cantidad de ciudadanos del Reino operan en un área geográfica, territorios completos se transforman automáticamente. Los sistemas corruptos son expuestos, los recursos se multiplican, la justicia se establece y la prosperidad genuina emerge. Es la única forma de batalla que tenemos autorizada desde la superioridad divina. Cualquier otra que se quiera incorporar, es sólo copia de un recurso humano que sólo da buenos resultados en lo humano.

Las naciones enteras deberán redescubrir los principios del Reino, como alternativa superior a sistemas políticos humanos corruptos. No como religión de estado, sino como principios de operación del Reino en territorios nacionales. Llegamos ahora a las conclusiones finales de todas estas revelaciones perturbadoras. Tengo en cuenta que hoy has enfrentado una de las revelaciones más perturbadoras en el marco de todas estas batallas épicas que estamos librando. Has descubierto que fuiste víctima del secuestro más sofisticado de la historia.

 Durante dos mil años, una conspiración sistemática te ha robado tu herencia como ciudadano del Reino y te ha ofrecido, a cambio, una imitación religiosa que te mantiene espiritualmente empobrecido, mientras esas instituciones se enriquecen. El coraje que has demostrado al leerme y no descartarme, y enfrentar esta verdad perturbadora es extraordinario. La mayoría de las personas, cuando descubren que han sido engañadas durante toda su vida, reaccionan con negación o lo más abundante: atacan al mensajero.

 Pero tú has tenido la valentía de considerar la evidencia, examinar los hechos y reconocer que todo lo que aquí se ha expuesto no es mera teoría, sino una documentación histórica de una operación de encubrimiento masiva. Este desenmascaramiento se suma, devastadoramente, a las batallas que ya hemos ganado. Ahora comprendes que Jesús nunca vino a fundar una religión, sino el motivo real por el cual se creó esa religión, para reemplazar y ocultar al Reino autentico. Ahora entiendes que no sólo existen versículos bíblicos que la religión mantiene ocultos, sino el motivo real del por qué los mantienen ocultos, porque exponen la conspiración. 

La guerra entre Reino y la religión no es una diferencia de opiniones teológicas. Es una batalla entre un sistema que te empodera como ciudadano con autoridad delegada, versus un sistema que te mantiene dependiente como feligrés, necesitado de intermediarios. Es la diferencia entre recuperar la herencia robada o continuar viviendo como refugiado espiritual en tu propio territorio. Declara tu independencia del sistema conspirador. Hoy mismo, deja de verte como miembro de iglesia y comienza a verte como ciudadano del Reino con autoridad delegada. No necesitas permiso de ninguna institución religiosa para operar en el poder que te corresponde por derecho de nacimiento espiritual.

Identifica las áreas específicas donde has sido mantenido dependiente del sistema religioso y establece conexión directa con el Rey. Ya sabes que tienes acceso directo a recursos del Reino sin pasar por intermediarios humanos. A partir de ello, podrás comenzar a transformar tu territorio personal como evidencia de tu ciudadanía. Convierte tu hogar en una embajada del Reino, donde otros puedan descubrir la diferencia entre una religión que los mantiene cautivos y el Reino que los libera. ¿Quieres respaldo bíblico a todo esto? Aquí lo tienes.

Gálatas 5: 1 = Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Este versículo afirma que Cristo nos liberó, no para volver a vivir bajo sistemas que esclavizan (incluida una religiosidad legalista). Colosenses 2: 20–23 = Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos… conforme a mandamientos y doctrinas de hombres? Pablo confronta directamente la dependencia de reglas externas que aparentan espiritualidad, pero no transforman el corazón. 2 Corintios 3: 17 = Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. La verdadera libertad no proviene de ritos o estructuras religiosas, sino de la vida del Espíritu en nosotros.

Cada embajada auténtica del Reino se convierte en un verdadero centro de formación territorial que expone, automáticamente, la irrelevancia de las estructuras religiosas conspiradoras. Conecta esta recuperación con todas las revelaciones que hemos desenmascarado. Cada verdad expuesta entre Reino y religión es parte de una misión tendiente a recuperar lo que nos fue robado hace dos mil años. En todo el mundo, millones de personas están despertando al hecho de que han sido víctimas de la operación de encubrimiento más exitosa de la historia.

La conspiración que durante dos mil años mantuvo a la humanidad ignorante sobre su herencia real, está empezando a colapsar ante el peso de su propia irrelevancia. Cuando las personas descubren que pueden operar directamente en autoridad del Reino, las estructuras intermedias religiosas se vuelven obviamente innecesarias. El Reino no necesita ser defendido, sólo necesita ser demostrado. Cuando las personas vean la diferencia entre la pobreza espiritual de la religión y la abundancia del Reino auténtico, la elección se vuelve obvia. Tu generación está presenciando el desenmascaramiento final de la conspiración más sofisticada de la historia.

Eres parte de la generación que recuperará lo que fue robado, que restaurará lo que fue secuestrado, que establecerá lo que fue reemplazado. Pero esta guerra épica que estamos librando, está lejos de terminar. El desenmascaramiento de la conspiración histórica es solo el principio de revelaciones aún más devastadoras. ¿Crees que descubrir el secuestro de dos mil años es lo más perturbador que conocerás? Espera enfrentar los siete errores específicos que destruyeron al cristianismo. Desde ellos y su análisis se desprende la razón y el motivo por el cual un Reino poderoso fue convertido de improviso en una religión casi impotente. Eso será lo próximo. 

36.- Hay Una Parábola que Jesús…

 …contó siete veces en los evangelios. No dos ni tres, ¡Siete veces repitió la misma revelación sobre el Reino de Dios! Y aquí está lo asombroso: la iglesia tradicional la transformó en un cuento moral bonito para los niños de la Escuela Dominical. Pero alguien vio algo en esa revelación que cambió absolutamente su propia visión del cristianismo. Algo tan radical que, cuando lo entiendes, tu vida religiosa cómoda nunca vuelve a ser la misma.

¿Sabes cuál es esa parábola? En realidad, son varias, y es el descubrimiento que se ha hecho y vamos a compartir hoy. La realidad es que Jesús no contó una parábola siete veces. Lo que Él contó fueron siete variaciones del mismo principio transformador del Reino. Levadura o fermento, Semilla de Mostaza, Tesoro escondido, Perla de gran precio. Cada una revelando la misma verdad explosiva desde ángulos diferentes. Y la iglesia moderna las lee como historias separadas, entonces pierde el patrón y termina predicando religión dominical en lugar de Reino transformador.

Lo cierto es que la iglesia ha estado enseñando las parábolas de Jesús por espacio de dos mil años, pero ignorando completamente lo que Jesús realmente estaba revelando. O sea, el diseño original del Reino que, obviamente, amenaza a todo el sistema religioso establecido. Hoy te voy a mostrar esas parábolas con ojos completamente nuevos y vas a poder verlas tal como son y no como las deformaron. Y te advierto que lo que descubrirás te perturbará, porque te revelará por qué tu vida cristiana se siente como actividad religiosa en lugar de una asignación divina y transformadora del Reino.

Si llegas a la iglesia fielmente, sirves en ministerios, lees tu biblia, pero en lo profundo sabes que algo no cuadra, no encaja, es como que te falta algo o te sobra algo; si sientes que hay más de Dios que lo que has experimentado en estructuras religiosas tradicionales, no estás loco, estás sintiendo exactamente lo que esas siete parábolas revelan. Hay un patrón que Jesús repitió siete veces y quiero mostrarte con claridad en los próximos minutos. Es el diseño del Reino que la religión enterró. Y cuando lo veas, tu propósito dormido despertará, porque estas parábolas no son sobre la moral, son sobre tu mandato divino, que es el de infiltrar sistemas para transformarlos desde adentro.

Suena como ilegal o delictivo, pero créeme que no lo es, todo lo contrario. Jesús hizo eso. Si quieres descubrir más verdades del Reino que la religión tradicional no enseña y liberar el potencial que Dios diseñó en ti, presta mucha atención a lo que viene. Lo primero, y muy importante para mucha gente que toma estas cosas con demasiada ligereza, es aclarar que Jesús no decía nada de lo que decía diariamente, al azar. Lo que Él hacía de manera permanente, puedes comprobarlo, era revelar sistemáticamente el diseño original del Reino de Dios, algo completamente opuesto a cómo funciona la religión que conocemos.

Mira estas siete parábolas que Jesús enseñó. La Levadura. También se conoce como El Fermento. Está en Mateo 13:33. Una mujer toma un poco de levadura y la esconde en tres medidas de harina hasta que toda la masa fermenta. Así es como lo relata: Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.

La Semilla de Mostaza. Mateo 13: 31.32. La semilla más pequeña se convierte en el árbol más grande donde las aves hacen nidos. Dice textualmente: Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.

El Tesoro Escondido. Mateo 13:44. Un hombre encuentra un tesoro, lo esconde, vende todo y compra el campo. El texto: Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.

La Perla de Gran Precio. Mateo 13:45-46. Un comerciante encuentra de valor supremo, vende todo y la compra. Dice así: También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.

La Red. Mateo 13:47-50. Una red atrapa todo tipo de peces, y después viene la separación. El pasaje expresa: Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

El Grano de Trigo. Juan 12:24. El grano debe morir y ser enterrado para producir mucho fruto. Dice: De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

La Semilla que Crece Sola. Marcos 4:26-29. Un hombre siembra y la semilla crece por sí misma, no sabe cómo. El texto completo consigna: Decía, además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado.

Ahora, lo que la iglesia tradicional hizo con estas parábolas, fue convertirlas en lecciones morales. La levadura era sobre influencia cristiana, la mostaza era sobre fe pequeña que crece, el tesoro era sobre valorar el evangelio. Todo muy bonito y edificante, pero completamente superficial. Pero resulta ser que lo que lo que tenemos que ver es lo que generalmente hemos pasado por alto. Jesús repitió el mismo patrón siete veces, porque estaba revelando como opera el Reino en contraste total con la religión.

37.- Y Ese Patrón Tiene Cuatro…

 …características devastadoras que la religión tradicional no quiere que descubras. Primera característica, comienza pequeño e invisible. Levadura, mostaza, grano enterrado, nadie lo ve al principio. La religión, en cambio, construye catedrales visibles, ostentosas, impactantes, mientras el Reino planta semillas invisibles. ¿Sabes por qué esto es revolucionario? Porque destruye toda la mentalidad de ministerio grande y de iglesia numerosa como medida de Reino. El impacto de Reino se mide por transformación interna, no por asistencia dominical o imponencias ministeriales. 

Segunda característica, Es la que infiltra desde adentro. La levadura no se queda fuera de la masa, sino que entra y transforma desde el interior. Tu mandato en el Reino no es construir templos separados del mundo, sino infiltrar sistemas existentes. Familia, trabajo, política, economía, lo que se te muestre y transformarlos con principios del Reino. Imagina por un momento qué pasaría, si en lugar de esperar que la gente venga a la iglesia, los creyentes verdaderos del Reino infiltraran cada sector de la sociedad como levadura invisible pero irresistible. Eso es exactamente lo que Jesús repitió siete veces. Pero la religión prefiere mantenerte en el edificio dominical porque allí es más fácil controlarte.

Tercera característica, Una transformación total e irresistible. La levadura no leuda parte de la masa, lo hace con toda la masa. La mostaza no se queda pequeña, se convierte en el árbol más grande. El grano no produce un poquito, produce mucho fruto. Algo sumamente radical se desprende de todo esto. El Reino no viene de ninguna manera a coexistir con sistemas caídos. Viene a transformarlos completamente o, directamente a reemplazarlos. ¿Sabes por qué la iglesia no predica esto? Porque una transformación total representa una fuerte amenaza a una serie de estructuras muy cómodas y en ciertos casos muy rentables. Es más sencillo predicar ser una buena persona, que transformar toda una empresa entera con principios del Reino. Pero lo más importante, es que es factible lograrlo.

Cuarta característica. Requiere sacrificio total. Tesoro escondido y perla preciosa, ambos requieren vender todo para poseerlos. Solamente dar tu diez por ciento cada domingo no sirve, no alcanza. El Reino no es añadir actividad adicional a tu vida normal. El Reino es intercambio total, es cambiar tu agenda por la agenda de Dios. Tu carrera por tu mandato. Tu comodidad por tu destino. ¿Estás viendo el patrón original, ahora? Siete veces, el mismo principio. El Reino opera exactamente opuesto a la religión. Y, obviamente, ésta lo detesta, lo niega, lo oculta y hasta lo combate.

La religión se ve grande, visible y en muchos casos impresionante desde afuera. El Reino es pequeño y está escondido, pero transforma desde adentro. La religión te dice que te mantengas separado del mundo dentro de un edificio santo. El Reino infiltra el mundo como agente de transformación. La religión dice que hagas tu parte, que des tu porcentaje y que cumplas con tu horario. El Reino te pide que entregues todo y que transformes todo. De otro modo, evidentemente no has entendido nada.

¿Ahora entiendes por qué Jesús repitió esto siete veces y por qué la iglesia tradicional lo ignoró sistemáticamente? Aquí está la pregunta clave. Si Jesús repitió estas revelaciones del Reino siete veces, ¿Por qué la iglesia moderna casi nunca las enseña de esta manera? La respuesta te va a incomodar, pero necesitas escucharla. Se ha descubierto, estudiando la historia de la iglesia, trescientos años después de Cristo, que cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, el mensaje del Reino fue sistemáticamente reemplazado por un mensaje de religión institucional acomodada a los intereses del Imperio.

¿Por qué? Porque el Reino que Jesús predicó era y es peligroso para las estructuras de control. Déjame explicarte, con ejemplo concreto. Cuando Jesús predicó sobre la levadura, estaba diciendo que el Reino opera como agente invisible que infiltra y transforma sistemas desde adentro. Esto significa que un verdadero creyente del Reino no necesita permiso de la institución religiosa para cumplir su asignación. Él es el Reino, donde quiera que esté.

¿Estás viendo el problema? Si las personas descubren que ellas mismas son el Reino, que su trabajo secular es su púlpito, que su hogar es su templo, que su trabajo o su empresa es su campo misionero, ¿Para que necesitarían esas tremendas estructuras religiosas tradicionales? Hay que decirlo sin rodeos. La religión quiere que vengas al edificio los domingos, mientras que el Reino te envía al mundo los lunes. La religión te da actividades, mientras que el Reino te da asignación y mandatos.

La religión mide tu asistencia, pero el Reino mide tu transformación. Imagínate una iglesia tradicional donde el pastor diga: “Hermano, tu asignación del Reino no está aquí sirviendo en la limpieza del templo”. Dios te diseñó como ingeniero para cambiar la industria que sea con los principios de Reino. Ve allí e infíltrate en ese sistema como si fueras levadura. ¿Cuántos pastores estarán predicando eso? Hasta donde yo sé, muy pocos.

Porque es más fácil mantener ocupadas a las personas en actividades religiosas que empoderarlas para infiltrar y transformar sistemas seculares. Ahora mira la parábola de la semilla de mostaza con esta lente. Jesús dice que el Reino comienza como la semilla más pequeña, pero se convierte en árbol donde las aves hacen nidos. ¿Y por qué dijo aves? Porque en lenguaje profético del Antiguo Testamento, aves representan naciones.

El Reino crece hasta que las naciones encuentran refugio en él. ¿Eso suena como ser buena persona e ir al cielo? No, suena como transformación de naciones enteras. Pero la religión redujo el mensaje a salvación personal para escape futuro, porque transformación de naciones requiere creyentes del Reino que piensen como reyes, no como súbditos religiosos. Jesús no vino a fundar una religión, vino a restablecer el Reino, el gobierno de Dios en la tierra como en el cielo. ¡Él lo dijo y lo predicó! No estamos inventando ninguna doctrina ni movimiento nuevo, estamos sosteniendo el único evangelio predicado desde siempre.

Pero la religión institucional enterró ese mensaje porque un Reino empoderado amenaza feo a las jerarquías religiosas establecidas. Fíjate en la parábola del grano de trigo. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero si muere, produce mucho fruto. La religión interpreta esto como ser humilde y sufrir en silencio. El Reino te enseña que la muerte del grano equivale a la muerte de tu agenda propia, a ese camino seguro que es ir a ese templo cada semana, pero también a expectativas familiares, para que tu propósito original diseñado por Dios produzca fruto multiplicado que transforme naciones.

¿Ves la diferencia devastadora? Religión es muérete a ti mismo igual a conviértete en nada. Reino, muere a ti mismo igual a tu diseño original que produce fruto exponencial. Al igual que otros hombres de Dios que hoy también enseñan esto, nací pobre en recursos, y recibí de mis padres la idea directiva de capacitarme lo suficiente como para conseguir un trabajo medianamente estable y sobrevivir. Algo de adentro, aun no siendo creyente todavía, me hizo rebelarme contra eso y buscar horizontes que supuestamente para mí estaban cerrados. Tuve que pelear duro y firme, pero logré mucho más de lo que se me había dado como futuro “normal”.

Cuando me convertí, busqué desesperadamente de parte de Dios una dirección más acorde a lo que había en mi ser interior. Eso me llevó a la religión, donde si bien aprendí algunos rudimentos bíblicos que ignoraba, también pasé años infructuosos sin pena ni gloria y prosiguiendo con necesidades de todos los colores. Cuando escuché a un tremendo hombre de Dios predicar por primera vez sobre el Reino, todo dentro de mí se dio vueltas patas para arriba y allí, recién allí, empecé a transitar por donde verdaderamente estaba llamado a transitar. Fui libre.

Me pregunto cuántos de ustedes que hoy me están leyendo, están viviendo la vida que sus padres le diseñaron, en lugar de estar haciéndolo con la que Dios les diseñó desde antes de la fundación del mundo y desde antes que estuvieran en el vientre de sus madres. De acuerdo, puedes estar en un trabajo medianamente seguro, pero si tu alma está espiritualmente muerta, no tienes vida, sólo respiras. Incluso hasta puedes tener un título universitario, muy respetable y recomendable, pero tu verdadero propósito está enterrado. Religión es lo que te felicita por tu conformismo. Reino es lo que te confronta con tu mandato.

Aquí está la verdad incómoda. La iglesia tradicional prefiere a las parábolas como lecciones morales bonitas, porque la moral es controlable. Pero el Reino transformador es incontrolable, porque empodera individuos para infiltrar sistemas y cambiarlos desde adentro sin pedir permiso a jerarquías religiosas. Por eso Jesús lo repitió siete veces. Y por eso la religión lo enterró por mil setecientos años. Hasta que algunos hombres, verdaderos pioneros de todo esto, lo desenterraron y aquí lo tienes.

Ahora viene la parte que cambiará tu forma de ver tu propia vida. Hay un patrón central que conecta estas siete parábolas. Él lo llamaba el principio del diseño original del Reino y, cuando lo entiendes, tu mentalidad religiosa, colapsa. Aquí está el patrón en tres palabras. Pequeño, Escondido, Irresistible. Déjame mostrarte como todo esto destruye todo lo que la religión te enseñó sobre el éxito cristiano. Es pequeño, porque el Reino comienza donde nadie lo ve. El que piense que el Reino viene con pompa, trompeta y espectáculo, no leyó la Biblia ni entendió a Jesús.

Levadura, es invisible en la masa. Mostaza, la semilla más pequeña. Tesoro, enterrado en el campo. Grano, muerto en tierra oscura. ¿Dónde está tu tesoro más grande, ahora mismo? No en lo que todos ven, sino en lo que nadie ve. Tus dones enterrados, tus ideas descartadas. Tus sueños, que consideraste demasiado pequeños como para importarle a alguien. ¿Sabes cuál es el mayor impacto de estas parábolas? Que Jesús valoraba lo pequeño que nadie celebra.

La religión celebra al predicador en la enorme plataforma, el ministerio grande y el milagro público. El Reino celebra al padre que ora por sus hijos en secreto, a la mujer que les enseña Biblia a las vecinas, el hombre que transforma su empresa con una integridad que nadie aplaude. Creo que, si buscamos subirnos a la plataforma para que todos nos vean y nos aplaudan, estamos perdiendo el Reino. Porque el Reino opera en lo pequeño, en lo oscuro en cuanto a exposición, en lo ignorado. Porque allí no hay egos compitiendo con el propósito de Dios.

¿Cuántas veces descartaste una idea porque te pareció que era algo demasiado pequeño como para cambiar algo? Ese pensamiento es religioso, no es Reino. En el Reino, pequeño es el diseño, no el defecto. Porque pequeño es donde Dios puede trabajar sin que tu ego le robe gloria. Es escondido, porque el Reino infiltra sin anunciarse. Aquí está lo revolucionario. En todas estas parábolas, el agente del Reino está escondido en la masa. Levadura, escondida en la masa. Pero leudando todo con el correr de los días.

Tesoro, escondido en el campo. Semilla, escondida en tierra. Perla, dentro de ostra cerrada. El Reino no necesita anunciarse, se demuestra por transformación, no por promoción. ¿Alguien puede creer, de verdad, que nuestro Dios necesita de un trabajo de marketing para que se lo conozca? Imagínate que eres un gerente en una empresa secular. La religión te dice: predica el evangelio verbalmente, pon versículos en tu escritorio, invita a tus compañeros a la iglesia, pero en tus negocios, no hagas cosas raras, sigue la ruta de las demás empresas exitosas.

Estrategia del Reino. Infiltra a esa empresa con excelencia tan irresistible, integridad tan rara, liderazgo tan transformador que el sistema entero cambia y, cuando te preguntan por qué eres diferente, ahí es donde respondes que vives conforme a los principios del Reino de Dios. ¿Estás viendo la diferencia? La religión anuncia primero y tal vez transforma después. El Reino transforma primero y responde preguntas después. El punto no está en predicar Reino para líderes y pastores, sino para empresarios y hombres de negocios, hambrientos de sinceridad, honestidad, lealtad e integridad. Cuando descubren que todo lo que les dices viene de la Biblia, les agarra un hambre feroz por devorársela. Eso es levadura, infiltración. Transformación desde adentro, irresistible. El Reino transforma totalmente.

38.- Ahora Viene lo Más Poderoso…

 …fíjate en el resultado de las parábolas. La levadura leuda toda la masa, no una parte, toda. La mostaza se convierte en el árbol más grande, no en uno mediano. El tesoro o la perla, vale todo lo que posees, no un porcentaje. El grano, produce mucho fruto, no poco. ¿Qué está diciendo Jesús? Que cuando el Reino opera correctamente, la transformación es total e irresistible. El Reino no viene a mejorar un poquito tu vida, viene a transformarla completamente. 

Tampoco viene a añadirse a tu agenda, viene a reemplazarla con la agenda de Dios. Esto ofende a la mentalidad religiosa que quiere a Dios como complemento. Un poquito de Dios los domingos y mi vida normal el resto de la semana. Pero mira las parábolas. El hombre que encontró el tesoro, vendió todo. El comerciante que halló la perla, vendió todo. No dice que dio su diezmo y ofrenda, dice que vendió todo. ¿Nunca te preguntaste por qué tu vida cristiana es tibia? La respuesta es tan simple que estorba si no se la dice: porque estás jugando a la religión y no viviendo el Reino.

Reino requiere todo, o no funciona. No puede ser levadura de medio tiempo. Cuando leudas masa para pan, no puedes poner un poquito de levadura y esperar un poquito de leudado. O se leuda toda la masa, o no funciona. No existe un pan medio leudado. Lo mismo es con tu vida. O el Reino te transforma todo, tu matrimonio, tu carrera, tus finanzas, tus relaciones, tus decisiones o estás jugando a la religión. El cementerio está lleno de potencial enterrado de personas que quisieron un poquito de Reino sin entrega total.  Murieron cómodos, es verdad, pero vacíos. Pequeño, escondido, irresistible. Ese es el diseño del Reino que Jesús repitió siete veces y que la religión no puede procesar porque requiere muerte total al control religioso.

Muy bien; ahora te tengo que preguntar casi obligadamente. Si entendiste con claridad el patrón de las siete parábolas, ¿Qué vas a hacer mañana? Porque aquí está el problema, puedes entender todo esto intelectualmente y seguir viviendo religiosamente. Es malo el conocimiento sin aplicación, así que será oportuno que tiremos algunas líneas al respecto. Lo primero que debes hacer, es identificar tu semilla pequeña que Dios plantó. Dios jamás te enviaría al mundo sin semilla. El problema es que la religión te enseñó a buscar un ministerio grande en lugar de descubrir tu semilla específica. Tu semilla es ese don que tienes, y que consideraste muy ordinario para importar. Esa habilidad que te sale natural mientras que otros luchan para tenerla. Esa carga en tu corazón por un problema específico que nadie más ve.

Ejemplo concreto. Tal vez tienes facilidad para organizar sistemas. La religión dice que eso no es un don espiritual. Pero el Reino dice que ese es tu diseño original para infiltrar empresas caóticas y transformarlas con orden divino. O tal vez tienes pasión por enseñarles a los niños. La religión te dirá que sirvas en la Escuela Dominical. El Reino te dice que infiltres el sistema educativo público como levadura que leuda y verás como toda una generación entera aprende y termina cambiando todo.

¿Ves cómo cambia todo cuando dejas de buscar ministerios religiosos y empiezas a descubrir asignación o mandato del Reino? La gran pregunta, es: ¿Por qué esperas un llamado al ministerio cuando Dios ya te diseñó con un propósito específico visible en tus dones naturales? Tu trabajo secular es tu ministerio, si lo haces con mentalidad de Reino. Hazte tu propio examen, honesto y fiel. ¿Qué es lo que haces mejor que otras personas con muy poco esfuerzo? Esa facilidad no es casualidad, es diseño. Ahí está tu semilla.

 Segunda aplicación: planta tu semilla en campo correcto, no en un templo. Aquí está el error fatal. La mayoría de los creyentes intentan servir a Dios trayendo su semilla al edificio religioso, cuando Jesús dijo que el tesoro está escondido en el campo. ¿Y que es el campo? ¿Lo recuerdas? ¡El mundo! Tu empresa, tu vecindario, tu familia, sistemas seculares que necesitan transformación. Si tienes don de liderazgo y estás sirviendo en el estacionamiento de la iglesia, estás desperdiciando tu asignación.

Dios te diseñó para infiltrar gobiernos, empresas, instituciones, no para acomodar butacas en un templo. Esto ofende, porque la religión valora el servicio en la iglesia por sobre cualquier forma de impacto en el mundo. Pero mira las parábolas, la levadura entra en la masa, la semilla se planta en el campo, el tesoro está escondido en territorio secular. ¿Un ejemplo concreto? José nunca pastoreó una iglesia en Egipto, sólo infiltró lo suyo en el palacio del faraón y eso transformó la nación entera salvándola de la hambruna.

Daniel no predicó en las esquinas de Babilonia, infiltró la administración del rey y cambió decretos que iban a destruir al pueblo de Dios. Eso es Reino, infiltración estratégica. Transformación desde posiciones de influencia. Una buena pregunta: ¿Dónde pasas más de cuarenta horas semanales? Ahí es tu campo de infiltración. No es trabajo secular que toleras hasta poder hacer ministerio real. Ese es tu ministerio.

Tercera aplicación. Acepta que una transformación requiere una muerte al camino seguro. Aquí viene la parte que duele. Si quieres que tu semilla produzca fruto multiplicado, tiene que morir primero. Y esa clase de muerte, duele. ¿En qué duele? Duele porque es muerte a la aprobación familiar, por ejemplo. Porque tal vez tu familia espera que seas médico, abogado o ingeniero, porque estima que eso es respetable. Pero Dios te diseñó como artista emprendedor y maestro. Si sigues el camino familiar, tendrás seguridad, pero tu semilla morirá sin tener fruto. 

39.- El Reino a Veces Requiere…

 …que dejes lugares de seguridad para apostarlo todo a tu mandato riesgoso. Eso es tal cual el comerciante que vendió todo por la perla. La otra gran pregunta que surge, es: ¿Por qué sigues martirizándote en ese trabajo que odias? Respuesta. Porque es un salario seguro. Claro, entiendo, pero tener seguridad sin propósito, es igual a vivir en una cárcel cómoda. Y cuando mueras, tu semilla muere contigo, enterrada en un cementerio como el libro que nunca escribiste, la empresa que nunca fundaste, y la generación que nunca impactaste.

Algo es imperativo, la muerte a la comodidad religiosa. Tal vez llevas años y años en la misma iglesia, siempre con las mismas rutinas, las mismas actividades. Totalmente cómodo y además, conocido, tranquilo, apático incluso. Pero Dios te está llamando a infiltrar nuevo territorio y eso requiere dejar la seguridad de tu banca familiar en el templo. ¿Qué crees que deberías vender, o dejar, o soltar, o arriesgar, para perseguir plenamente el propósito que Dios plantó en ti? Esa, si tienes alguna respuesta, es la prueba de si entendiste el Reino o no.

Cuarta aplicación. Confía en el proceso invisible de crecimiento. La última parábola, la semilla que crece sola, revela algo que alivia la presión religiosa. El hombre siembra la semilla y duerme, y la semilla crece sin que él lo sepa cómo lo hizo. Tu responsabilidad es plantar tu semilla en el campo correcto y regarla con fidelidad. El crecimiento es responsabilidad de Dios, no tuyo. Esto te libera de esa responsabilidad religiosa que te demanda tener resultados.

Si plantaste tu semilla, identificaste tu propósito y la pusiste en el campo correcto, ya sea tu empresa, familia o lo que sea. Y si además la estás regando con excelencia e integridad y sabiduría de Reino, confía en que el crecimiento vendrá, aunque no veas resultados inmediatos. La pregunta, ahora, es: ¿Estás plantando con mentalidad de Reino pequeño, escondido, fiel o con mentalidad religiosa, grande, visible? ¿Resultados inmediatos? Volvamos a la pregunta original: ¿Por qué Jesús repitió este mensaje del Reino siete veces en diferentes parábolas?

Hay una respuesta que lo resume todo. Porque Jesús sabía que la religión institucional iba a enterrar el mensaje del Reino. Entonces lo repitió en múltiples formas para que cuando alguien finalmente lo desenterrara, el patrón fuera inconfundible. Y tenía razón. Pasaron mil setecientos años de religión dominando el cristianismo, antes de que movimientos de Reino empezaran a resurgir. Pero ahora que ves el patrón, ahora que conectaste las siete variaciones de la misma verdad transformadora, no puedes volver a leer estas parábolas como cuentos morales bonitos para niños.

Has visto el diseño, y el diseño te confronta. Déjame mostrarte por qué el número siete importa bíblicamente y qué significa para tu vida específicamente. En la Escritura, el siete representa lo completo, la protección divina, la totalidad. Cuando Dios hace algo siete veces, está diciendo que eso es completo. Esto es todo lo que necesitas saber sobre este tema. Jesús dio siete variaciones de la revelación del Reino para cubrir todas las dimensiones de cómo opera.

Fermento, levadura, método de infiltración invisible. Mostaza, proceso de crecimiento exponencial. Tesoro, valor supremo que justifica sacrificio total. Perla, singularidad de lo que buscas, un propósito. Red, alcance universal del Reino atrapa todo tipo de presas. Grano, muerte necesaria para multiplicación. Semilla que crece sola, soberanía de Dios en crecimiento. ¿Te das cuenta ahora que no son parábolas repetitivas? Son facetas de un diamante perfecto, el diseño completo del Reino revelado desde todos los ángulos.

O sea que Jesús no repitió el mensaje porque fuera mal maestro. Lo repitió porque sabía que la mentalidad religiosa está tan arraigada que necesitas ver la verdad del Reino desde siete ángulos diferentes para que finalmente penetre tu resistencia a la transformación total. Ahora tienes una aplicación personal devastadora. Si entendiste las siete revelaciones, tienes una decisión binaria para tomar, no hay zona gris. Opción uno, volver a la religión cómoda.

Puedes olvidarte de esto que estás escuchando y volver a tu rutina religiosa dominical. Seguir haciendo cosas cristianas sin transformación real. Serás buen cristiano según estándares religiosos, pero tu semilla morirá contigo en el cementerio, junto con el libro no escrito, la empresa no fundada y la generación no impactada. Opción dos. Abrazar el Reino transformador. Puedes tomar la decisión que cambia todo, identificar tu semilla y el propósito específico que Dios plantó en ella.

Plantarla en tu campo, familia, comunidad donde tienes influencia. Aceptar la muerte al camino seguro y confiar en Dios para el crecimiento que transforma sistemas enteros. Esta opción asusta, porque requiere salir de estructuras religiosas cómodas hacia territorio desconocido, donde sólo tienes una semilla pequeña y una promesa de Dios. Pero mira lo que Jesús prometió en las siete parábolas. Tu levadura pequeña leudará toda la masa.

Tu semilla diminuta se convertirá en árbol gigante. Tu tesoro escondido vale más que todo lo demás. Tu grano muerto producirá mucho fruto. Tu semilla crecerá, aunque no sepas cómo. ¿Qué necesitas para creer esto? Fe en el diseño de Dios, no en tu capacidad. La religión dice que te capacites y luego Dios te usará. El Reino dice que Dios te capacitará antes de usarte. ¿Qué harías mañana, si creyeras que tu semilla pequeña puede transformar a un sistema entero?

Si tu respuesta es que no harías nada diferente, entonces no entendiste nada del Reino. En todo caso, sólo acumulaste un poco más de información religiosa. Pero si tu respuesta incluye algo de estas acciones concretas, podrás identificar tu semilla, pasión, cargas únicas e infiltrar lo que puedas con principios de Reino. Y hacerlo desde adentro y de forma absolutamente legal, aunque por fuera de toda actitud religiosa, algo será diferente. Y si también te atreves a soltarte de todo compromiso social, familiar o religioso que te lo impida, entonces captaste el mensaje y ya eres uno más en la lucha.

Y algo más que importante. Dios no creó duplicados. Él plantó en ti una semilla que solamente tú puedes germinar. El mundo está esperando desesperadamente el fruto que sólo tu semilla puede aportarle. No la entierres en cementerios de conformidad religiosa. Tu vida no es un accidente, es asignación y mandato. Tu trabajo no es secular, es campo de infiltración. Tu semilla no es pequeña, es diseño perfecto, para transformación específica. ¿Y como sigue esto? No lo sé, no tengo por qué saberlo. Sólo me limito a observar lo que veo en mis entornos… 

40.- Es Indudable Que Existe…

 …un silencio muy raro en el corazón de muchos creyentes. Un silencio que grita preguntas que nadie se atreve a formular en voz alta. ¿Por qué aquellos que más buscan a Dios, parecen alejarse cada vez más de los lugares en donde se supone que deberían encontrarlo? ¿Por qué los que arden con fe genuina, terminan apartándose de las estructuras que prometían acercarlos al Padre? Si alguna vez has sentido este conflicto interno, si has experimentado esa tensión entre tu hambre espiritual y la realidad de lo que encuentras entre cuatro paredes religiosas, entonces necesitas leer lo que está a punto de revelarse aquí.

La Escritura nos advierte, en 2 Corintios 11:14: Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Esto te deja muy en claro que hay un adversario (Eso significa el nombre Satanás), que sabe disfrazarse como mensajero de luz. O sea que no todo lo que resplandece con apariencia sagrada, proviene verdaderamente del trono celestial. Y que es precisamente aquí donde comienza el despertar de unos pocos a los que podríamos llamar de mil maneras distintas, pero que a mí se me ocurre rotular como Remanente, no sé si tan santo, pero si apartado de toda religiosidad inocua.

En suma; gente como tú o yo que vive hoy ese momento doloroso pero necesario, donde los ojos del espíritu se abren y comienzan a distinguir entre la tradición humana y la verdad divina. Hay un pasaje que raramente se predica desde los púlpitos modernos. En el evangelio según Juan 4:23 el Maestro de todos los maestros declara algo revolucionario: Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores les rendirán culto al Padre en Espíritu y en verdad. Porque ciertamente a los tales, el Padre busca que le adoren. Observa con atención estas palabras: no dice que los verdaderos adoradores se congregarán en un edificio específico. No menciona estructuras organizacionales ni jerarquías religiosas.

Habla de Espíritu, habla de la verdad, habla de una dimensión de adoración que trasciende completamente lo institucional. Este Remanente vendrían a ser aquellos a los que Pedro se refiere en 1 Pedro 2:9 cuando dice: Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; Gente que, en función y razón de esto, comienzan a experimentar un fenómeno inquietante. Mientras más profundizan en las escrituras, mientras más tiempo pasan en intimidad genuina con el Espíritu Santo, más evidente se vuelve la brecha entre lo que el Mesías enseñó y lo que la religiosidad contemporánea lleva a la práctica.

Y quiero ser concreto y preciso. Esta no es en absoluto una crítica nacida desde la amargura, el resentimiento o la rebeldía. Es un discernimiento espiritual que emerge cuando la palabra viva comienza a iluminar la sombra de lo meramente tradicional. Piensa en esto por un momento. El Cordero de Dios, durante su ministerio terrenal, pasó la mayor parte de su tiempo fuera de las sinagogas. Caminó por las colinas de Galilea, enseñó junto al mar, compartió el pan en hogares humildes, tocó a los marginados en las calles polvorientas. Sus confrontaciones más intensas no fueron con los pecadores declarados, sino con los líderes religiosos de su época.

Con los escribas, los fariseos, aquellos que ocupaban las primeras sillas en las sinagogas y se envolvían en largas túnicas de piedad aparente. ¿Por qué? Porque habían convertido la fe viva en un sistema de control, habían transformado la gracia en una carga, habían hecho del templo una cueva de mercaderes, cuando debía ser casa de oración para todas las naciones. La realidad incómoda, es esta. Muchos de este Remanente se alejan, precisamente porque han encontrado algo más auténtico. Han descubierto que la relación con el Padre no requiere intermediarios humanos más allá del único mediador, Cristo Jesús.

Esto es lo que afirma Pablo en 1 Timoteo 2:5,: Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, Y a partir de esto, ellos han experimentado el poder transformador de sentarse a solas con las escrituras, permitiendo que el mismo Espíritu que inspiró esas palabras las ilumine en sus corazones. Y en ese encuentro personal, algo irreversible sucede, la dependencia se transfiere de lo visible a lo invisible, de lo temporal a lo eterno, de la institución al Rey de Reyes. Escucha con el oído del espíritu esta verdad penetrante.

En 1 Juan 2:27, encontramos una promesa extraordinaria: Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe. Ahora bien; esto no significa que debamos despreciar a los maestros verdaderos, ni rechazar toda forma de instrucción que se nos ofrezca. Lo que sí significa, es que nuestra dependencia última no debe descansar sobre la sabiduría humana, sino sobre la revelación directa del Espíritu Santo que mora en nosotros.

El Remanente entiende esto no como una teoría, sino como una sólida experiencia vivida. Han probado y han visto que el Señor es bueno, tal como clama el salmista David en el salmo 34:8, donde dice: Gustad, y ved que es bueno Jehová; Dichoso el hombre que confía en élPero justamente aquí viene la parte que incomoda a muchos. Cuando un creyente genuino comienza a crecer en discernimiento espiritual, inevitablemente comenzará a notar ciertas cosas.

Notará como, en muchos lugares, la predicación se ha convertido en simple entretenimiento con barniz religioso. Notará como la adoración auténtica, ha sido reemplazada por espectáculos emocionales cuidadosamente orquestados. Notará como la doctrina sólida ha dado paso a mensajes motivacionales que cosquillean los oídos, pero no transforman corazones. Notará, con dolor en el alma, como la prosperidad material se predica más que la cruz o el mismísimo Reino

Notará, asimismo, cómo el éxito temporal se exalta más que la santidad y como la cantidad de asistentes a un templo o salón, importa más que la calidad de discípulos formados. Y entonces aquí está la gran encrucijada. ¿Qué hace un creyente fiel y genuino cuando reconoce estas realidades? Algunos las intentan reformar desde adentro, con esperanza y con paciencia. Otros, después de años de esfuerzo infructuoso, deciden que es hora de escuchar un llamado diferente. 

41.- No un Llamado a La Apostasía…

 …ni al aislamiento orgulloso, sino un llamado a regresar a lo esencial, a volver a las raíces de la fe apostólica, donde la comunión sucedía en los hogares, como describe el Libro de los Hechos 2:46. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, Cada día, no una vez por semana. Y un templo que no se parecía en nada a los actuales. Un sitio muy especial donde no había plataformas ni reflectores, sólo hermanos y hermanas compartiendo la vida bajo el señorío del resucitado.

 Déjame llevarte más profundo aún. En el evangelio según Mateo 27:51, ocurre algo de significado cósmico en el momento de la muerte de Jesús. Dice: Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. De arriba abajo, dice. No de abajo hacia arriba, como si fuera obra humana, sino descendiendo desde el cielo mismo. ¿Comprendes la magnitud de este símbolo? Durante siglos, ese velo había separado al pueblo del Lugar Santísimo, donde habitaba la presencia de Dios.  Sólo el Sumo Sacerdote podía entrar, una vez al año, con sangre de animales.

Pero, cuando el Cordero perfecto derramó su sangre, ese velo fue destruido para siempre. El acceso quedó abierto, sin guardias, sin requisitos religiosos, sin membresías ni credenciales eclesiásticas. Simplemente fe en la obra consumada del calvario. El Remanente del Siglo XXI del que venimos hablando, comprende esto en lo más profundo de su ser. Ellos entienden que ahora todos podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia, como declara la carta a los Hebreos 4:16: Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. ¿Los ministros? ¿Los líderes? No parece decir eso. Parece decir: TODOS.

No necesitamos pasar por ningún sistema humano, no necesitamos obtener permiso de ninguna jerarquía terrenal. El camino está abierto, y este entendimiento, lejos de producir orgullo, genera una humildad tremenda. Porque reconocer que tenemos acceso directo al Padre, significa también asumir la responsabilidad completa de nuestra vida espiritual. No podemos culpar a ningún pastor si fallamos en lo más obvio o, incluso, hasta grosero. No podemos escondernos detrás de ninguna organización si nos desviamos. Estamos desnudos y expuestos ante aquel cuyos ojos son fuego consumidor.

Ahora bien, es importante aclarar algo fundamental para evitar malos entendidos. Alejarse de las estructuras religiosas problemáticas, no significa rechazar toda forma de comunión. No, de ninguna manera. El escritor de la carta los Hebreos nos exhorta, en 10:24 cuando expresa: Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; A ver; La fe cristiana nunca fue diseñada para vivirse en aislamiento total. Fuimos creados para la comunidad, para el cuerpo, pero hay una diferencia abismal entre la comunión genuina y la mera asistencia religiosa.

 La comunión verdadera puede ocurrir con dos o tres reunidos en una sala modesta, con corazones y biblias abiertas, buscando juntos como suele decirse a veces pomposamente, el rostro del Altísimo. Jesús mismo lo prometió en Mateo 18:20 cuando dijo: Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. ¿Tu biblia dice lo mismo que la mía? Reunidos en Su Nombre, no en el de un credo, un líder o una denominación. Y no es necesario aclararlo, pero es evidente que no especificó que debía ser en un edificio consagrado ni bajo la supervisión de una autoridad religiosa oficial. Sólo dijo ¡En su nombre!

Con su autoridad, para su gloria. El Remanente del cual estamos hablando, está redescubriendo esta verdad libertadora. Ellos, de alguna manera, están volviendo a sus hogares y transformándolos en santuarios. La mesa del comedor se convierte en altar de comunión. La sala se transforma en aulas donde se estudian las profundidades de la escritura. La cocina se vuelve lugar de servicio, donde se prepara alimento tanto físico como espiritual para bendecir a otros. Y en estos espacios sencillos, despojados de toda pretensión religiosa, el Espíritu Santo se mueve con una libertad y un poder que a veces supera lo que ocurre en servicios elaborados y costosos.

   Permíteme ahora compartirte algo que los teólogos reformados entendieron claramente hace siglos. La doctrina del sacerdocio universal de los creyentes, basada 1 Pedro 2:9, donde nuevamente leemos: Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; Esto significa que cada hijo o hija de Dios, regenerado por el Espíritu mediante la fe en Cristo, tiene autoridad espiritual. No una autoridad para dominar sobre otros, sino una autoridad para ministrar, para orar, para enseñar lo que han aprendido, para ejercer los dones que el Espíritu distribuye según su voluntad soberana.

No existe una clase clerical superior en el Nuevo Pacto, todos somos hermanos. Como Jesús enfatiza en Mateo 23:8: Pero vosotros no os dejéis llamar Rabí, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Sin embargo, el sistema religioso institucionalizado, a menudo contradice esto. Crea jerarquías, establece niveles de acceso a Dios, genera dependencia psicológica y espiritual, donde los laicos se sienten incompetentes para leer la biblia por sí mismos. Incapaces de orar sin un mediador humano, desautorizados para compartir el evangelio sin un título oficial.

Y cuando este Remanente comienza a cuestionar estas estructuras a la luz de las escrituras, frecuentemente son etiquetados como rebeldes, orgullosos o engañados.  Pero la historia demuestra que los verdaderos reformadores, aquellos que llamaron a la iglesia de regreso a la palabra, siempre fueron inicialmente rechazados por el establishment religioso de su tiempo. Considera la oración, ese diálogo sagrado entre el alma y su creador. En el evangelio según Mateo 6:6, el Señor enseña algo radical para su contexto cultural. Más tú, cuando ores, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto. 

42.- Secreto, Intimidad…

 …sin audiencia humana, sin performance religiosa, sólo tú y Él. Los fariseos oraban en las esquinas, para ser vistos. El Remanente ora en lo oculto para ser transformados.  Y esta diferencia no es superficial, es fundamental, porque revela donde realmente está puesta la confianza, si en la aprobación de los hombres o en la comunión con Dios. La oración genuina no necesita vocabulario religioso sofisticado. David, el salmista conforme al corazón de Dios, derramaba su alma con palabras crudas y honestas, lágrimas, gritos, confesiones, preguntas, dudas expresadas con transparencia brutal.

Puedes leer los salmos 22 o el 88 si es que quieres ver qué tipo de oración agrada al Padre. No son palabras pulidas para impresionar, son el clamor visceral que confía lo suficiente como para ser completamente vulnerable. Ese Remanente del que venimos hablando está recuperando esta autenticidad en su vida de oración. Ya no necesitan que alguien ore por ellos como si no tuvieran acceso directo. Saben que tienen un Sumo Sacerdote que intercede continuamente, como afirma Hebreos 7:24-25, Mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.

Y saben que el Espíritu mismo intercede por ellos con gemidos indecibles cuando ni siquiera encuentran las palabras. Según Romanos 8:26: Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Ahora bien; hablemos de algo que genera controversia, pero que debe ser abordado con honestidad escritural. La cuestión de la autoridad espiritual. ¿Quién tiene autoridad para enseñar? ¿Quién puede arrogarse interpretar las escrituras de manera correcta?

 Las estructuras institucionales, generalmente responden que están habilitados para hacerlo sólo aquellos con una educación formal, una ordenación oficial y un reconocimiento denominacional. Pero la escritura lo que cuenta, es una historia diferente. Los apóstoles originales eran pescadores, recaudadores de impuestos, zelotes, hombres sin preparación teológica formal. Esto se confirma en Hechos 4:13; Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús. Se maravillaban. Me pregunto cuántos, hoy, podrían maravillarse con alguno de nosotros.

¿Qué los hacía diferentes? Sólo un punto clave: habían estado con Jesús. Esa era su credencial. No un diploma, no una ordenación humana, simplemente el haber pasado tiempo precioso en la presencia del Señor. Y esto de modo literal, no simbólico, ni como parte de nuestra fraseología religiosa. El Remanente de este siglo está redescubriendo que la verdadera autoridad espiritual, fluye de la intimidad con Cristo y del conocimiento profundo de su palabra. Sí, los maestros dotados por el Espíritu son valiosos. Si, aquellos con entrenamiento teológico sólido, pueden ser de gran bendición. Nadie osaría poner en duda eso.

 Pero cuidado, el don de la enseñanza no es monopolio de una clase profesional. El Espíritu sopla donde quiere. Como le dijo Jesús a Nicodemo en Juan 3:8, El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. A lo largo de la historia del pueblo de Dios, Él ha levantado voces proféticas desde los lugares más inesperados. Pastores de ovejas, como David y Amós. Una reina como Ester. Un copero como Nehemías. Mujeres como Débora y Priscila. El Reino de Dios opera bajo principios que desafían constantemente las jerarquías y las expectativas humanas.

Déjame llevarte ahora a una verdad que tal vez sea la más liberadora de todas. El evangelio, la buena noticia de salvación por gracia mediante la fe, no necesita ser empaquetado en programas institucionales para ser efectivo. Rn Romanos 1:16, Pablo declara que el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Poder de Dios, no poder de una institución, no poder de un sistema. Ni siquiera poder de un determinado y único credo.  Poder inherente en el mensaje mismo, cuando es proclamado con fe y en la unción del Espíritu.

Allí es donde el Remanente comprende que pueden ser portadores de este evangelio, donde quiera que vayan. Sin crear una nueva religión, ni un nuevo grupo selecto. Pueden hacerlo en sus trabajos, en sus vecindarios, en sus barrios, como decimos aquí, en conversaciones casuales con gente casual, porque siempre es aquello que el Espíritu dirige sobrenaturalmente. La evangelización más efectiva, históricamente, no ha ocurrido a través de campañas masivas organizadas desde arriba, sino a través de creyentes comunes, compartiendo su testimonio con otros en el contexto de relaciones auténticas.

La expansión explosiva de la fe en el primer siglo, ocurrió sin edificios dedicados, sin presupuestos multimillonarios, sin tecnología moderna. ¿Y qué era lo que tenían? ¡Tenían el poder del Espíritu Santo! Tenían un mensaje que transformaba vidas, tenían amor genuino los unos por los otros, que hacía que el mundo observador dijera: ¡Miren como se aman! Y ese amor no era actuado en servicios dominicales, era vivido diariamente en la comunidad. Que se entienda de una vez y para siempre. La iglesia nació para ser vista cotidianamente por el mundo incrédulo, no para encerrarse semanalmente entre cuatro paredes.

Ahora permíteme abordar algo delicado, pero crucial. Estoy refiriéndome a la cuestión de la generosidad y las ofrendas. ¿Cuántos que hoy constituyen ese Remanente del que estamos hablando, han sido manipulados por enseñanzas distorsionadas sobre la prosperidad? O con amenazas de maldición si no diezman, con promesas de retorno financiero garantizado si siembran una semilla de fe. Pero escucha la claridad de 2 Corintios 9:7: Cada uno dé como propuso en su corazón. No con tristeza ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre.

Propuso en su corazón, dice. No bajo coacción, no bajo manipulación emocional, no bajo amenaza espiritual, desde el corazón, guiado por el Espíritu, con gozo. El Remanente está aprendiendo que la verdadera generosidad, trasciende directamente el acto de depositar dinero en una ofrenda institucional. Es el plato de comida preparado para un vecino necesitado. Es el tiempo invertido escuchando a alguien en crisis. Es la hospitalidad que abre puertas y corazones. Es el dar sin esperar nada a cambio. Siguiendo el ejemplo del Señor que dijo en Mateo 10:8: De gracia recibisteis, dad de gracia.

43.- Y Cuando Esta Generosidad…

 …fluye naturalmente del amor de Cristo derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, según Romanos 5:5 no hay carga, sólo hay alegría. Pablo dice: y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Esto es la alegría de participar en la obra redentora de Dios en el mundo. Ahora bien; llegamos a un punto que requiere sabiduría y equilibrio. No todo alejamiento de estructuras institucionales es saludable. ¿Por qué? 

Porque hay quienes se apartan impulsados por heridas no sanadas, por amarguras no resueltas, o por orgullos disfrazados de espiritualidad. Hay quienes rechazan toda forma de contenidos y leyes congregacionales y terminan en desvíos serios, porque rechazaron toda voz que pudiera corregirlos. Esto no es lo que estamos describiendo. Este Remanente del que te estoy hablando no se aleja hacia el aislamiento orgulloso ni hacia la autosuficiencia arrogante. Se aleja hacia una dependencia más profunda de Cristo y hacia formas de comunión más auténticas y escriturales.

Proverbios 18:1, advierte que quien se aísla busca su propio deseo y, contra todo consejo, se encoleriza, monta en santa ira. Puntualmente, dice: Su deseo busca el que se desvía, Y se entremete en todo negocio. La soledad espiritual elegida por rebeldía, es peligrosa, pero hay otro tipo de soledad. Es la del profeta en el desierto, la del apóstol exiliado en Patmos, la del reformador que debe pararse solo porque la verdad así lo exige. Esta soledad no es buscada por preferencia, sino aceptada por obediencia. Y, aún en esa soledad, nunca estamos verdaderamente solos.

Porque el Emanuel, Dios con nosotros, ha prometido que jamás nos dejará ni nos abandonará, como declara Hebreos 13:5. El Remanente también está redescubriendo el poder de las escrituras, sin filtros interpretativos controlados. Por siglos, la antigua iglesia institucional y tradicional mantuvo la biblia fuera del alcance de la gente común. Se decía que era peligroso que personas no educadas leyeran la palabra por sí mismas, que necesitaban que el clero les dijera qué significaba lo que estaban leyendo. Pero cuando la reforma protestante puso las escrituras en manos del pueblo, una explosión de fe genuina sacudió al mundo.

¿Por qué? Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, como dice en Hebreos 4:12. No necesita que la religión la haga relevante, ya lo es. Es más cortante que toda espada de dos filos y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Cuando un creyente se sienta regularmente con las escrituras, permitiendo que el Espíritu Santo ilumine su comprensión, algo transformador comienza a ocurrir. Eso, si no se entra en lo que podría verse como una nueva iglesia institucional y tradicional que, al igual que la antigua, se ve a sí misma como propietaria de Dios y de sus mandatos.

 Lo cierto es que, cuando comienzas a permitirle al Espíritu revelarte lo que tiene para ti, las escamas religiosas se te caen de los ojos, las tradiciones humanas se distinguen claramente de los mandamientos divinos, la voz del buen pastor se vuelve inconfundible en medio del ruido religioso y esta persona ya no puede ser fácilmente manipulada por enseñanzas que suenan piadosas pero que contradicen la revelación escrita. Como lo podemos ver en Hechos 17:11, Examina todo a la luz de las escrituras para ver si estas cosas son así. O sea que si yo me ofendo si tú buscas confirmar con tu biblia lo que te estoy diciendo, yo estoy en desobediencia, aunque me muestre como una enorme autoridad fuera de serie.

Permíteme ahora preguntarte algo directamente. ¿Alguna vez has experimentado ese momento en el que un versículo que habías leído cientos de veces de repente cobra vida y te habla con una claridad que atraviesa toda tu situación actual? Ese instante en el que sabes, con certeza absoluta, que el Espíritu Santo te está comunicando algo específicamente a través de la palabra. Seguramente que si te pudiera dar un espacio podrías escribir no menos de tres o cuatro cosas en donde el Espíritu te habló directamente de modo tal que no te quedaron dudas. Recuerda que estos testimonios edifican a toda una comunidad. Y recuerda también que servimos a un Dios vivo que todavía habla, y habla mucho y bien.

Volviendo a nuestro tema central, hay otra razón profunda por la cual este Remanente se aleja de ciertos espacios religiosos. Han comenzado a entender la naturaleza del Reino de Dios de manera diferente. El Señor enseñó que el Reino de Dios no viene con advertencia. En Lucas 17:20, dice: No dirán helo aquí o helo allí, porque he aquí el Reino de Dios está entre vosotros. Entre vosotros, no en edificios, no en organizaciones, no en sistemas, sino dentro de aquellos que han nacido de nuevo por el Espíritu. El Reino es una realidad espiritual invisible que se manifiesta visiblemente a través de vidas transformadas.

 Entre otras particularidades, el Remanente está compuesto por gente que está cansada de jugar a la iglesia. Cansada de la apariencia de piedad que niega su eficacia.  Como advierte Pablo en 2 Timoteo 3:5: anhelan sustancia, no sombra. Quieren la cruz con su llamado al sacrificio, no un evangelio diluido que promete nada más que comodidad. Desean el fuego purificador del Espíritu, no el calor emocional de experiencias manufacturadas. Y cuando no encuentran esto en las estructuras, buscan en otro lugar. O, mejor dicho, más que en otro lugar, que difícilmente lo hay, lo buscan de otra manera.

Regresan a lo esencial, a lo fundamental, a lo apostólico. Considera también cómo el Remanente está redescubriendo, asimismo, la suficiencia de Cristo. En Colosenses 2:10, Pablo declara que, en Él, estáis completos. Completos. No necesitados de sistemas humanos para alcanzar madurez espiritual. No dependientes de programas para crecer en santidad. Cristo es suficiente. Su obra es completa. Su provisión es total. Esta comprensión libera a los creyentes de la esclavitud sutil de pensar que necesitan estar conectados a una organización religiosa específica para para tener favor con Dios o para ser espiritualmente efectivos.

Pero mucho cuidado con entender esto de manera torcida, porque esto no significa rechazar toda forma de orden o estructura. Pablo mismo establece que todo se haga decentemente y en orden, como lo dice en 1 Corintios 14:40. Pero hay una gran diferencia entre el orden orgánico que facilita la edificación mutua y un sistema burocrático que sofoca al Espíritu. El Remanente está aprendiendo a discernir esta diferencia. Está creando o uniéndose a comunidades más pequeñas, más flexibles, más relacionales, donde el énfasis está en conocerse profundamente unos a otros y no en mantener a una institución funcionando. 

44.- Hay También Una Dimensión…

 …profética en este movimiento de alejamiento. A lo largo de la historia bíblica, Dios repetidamente ha llamado a un Remanente por fuera de sistemas religiosos corrompidos. Llamó a Abraham fuera de Ur de Caldea. Llamó a Israel fuera de Egipto. Los profetas constantemente llamaron al pueblo de regreso a la pureza de su pacto, cuando la religión se había vuelto vacía de contenido real. Juan el Bautista preparó el camino del Señor desde el desierto, por fuera del establishment religioso de Jerusalén.

 El Mesías mismo fue rechazado por el sistema religioso de su tiempo. Y la iglesia primitiva nació en hogares y catacumbas, no en catedrales. Entonces, cuando vemos a este Remanente contemporáneo alejándose de estructuras institucionales, podría ser que el Espíritu esté orquestando algo profético, podría ser un llamado al regreso a la simplicidad y pureza del primer amor. Efesios 2:4-5, contiene una advertencia que resuena poderosamente. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de donde has caído y arrepiéntete.

El primer amor era apasionado, sin cálculos, totalmente entregado, ¿Verdad? ¿Cuánta de la actividad religiosa moderna está impulsada por ese primer amor, en contraposición con la obligación, la tradición o, incluso, el interés propio? Los hombres y mujeres de ese Remanente están haciendo preguntas difíciles. ¿Para qué existe esta estructura? ¿A quién sirve, realmente? ¿Está produciendo discípulos genuinos de Cristo o simplemente consumidores de servicios religiosos? ¿Se está predicando el evangelio del Reino o un evangelio reducido a técnicas para una vida mejor?

Y cuando las respuestas honestas a estas preguntas revelan desviación del patrón del Nuevo Testamento, este Remanente despierto enfrenta una decisión. ¿Permanecemos intentando reformar algo que tal vez el Espíritu ya no está respaldando? ¿O respondemos el llamado a salir, como en 2 Corintios 6:17? Salid en medio de ellos y apartaos, dice el Señor. Este versículo no es un llamado al sectarismo ni al legalismo farisaico, es un llamado a la santidad, a la separación del mundo y de la mundanalidad que puede infiltrarse, incluso, en contextos religiosos.

Y aquí está la paradoja hermosa. Los que se alejan de la religión organizada, a menudo se acercan más a Dios. Los que sueltan la seguridad de las estructuras humanas, descubren la suficiencia de la Gracia divina. Los que pierden su lugar en el sistema, encuentran su identidad en Cristo de maneras más profundas que nunca antes. Es importante también reconocer que este proceso de alejamiento, frecuentemente viene acompañado de dolor genuino. No es fácil dejar comunidades donde has invertido años. No es simple alejarte de relaciones significativas.

No es cómodo ni agradable ser malentendido, criticado o incluso demonizado por aquellos que no comprenden tu trayectoria espiritual. Muchos de estos miembros de ese Remanente atraviesan lo que podríamos llamar un desierto, un tiempo de soledad y prueba similar a la que el Señor experimentó después de su bautismo. Pero es precisamente en el desierto donde Dios, a menudo, hace su obra más profunda. Es allí donde quitamos las distracciones y escuchamos su voz con mayor claridad. Es allí donde nuestra fe es refinada como oro en el fuego.

 Según 1 Pedro 1:7, durante este tiempo de transición, aprendemos verdades fundamentales sobre la naturaleza de la fe. Aprendemos que la adoración no requiere música profesional ni tecnología de punta. Un corazón quebrantado cantando un himno a capella, puede ser más agradable al Padre que la producción más elaborada, si en ella falta la sinceridad. Aprendemos que la enseñanza más renovadora puede provenir de una conversación honesta sobre un pasaje de la escritura con un hermano alrededor de una mesa y no necesariamente de un sermón pulido desde un púlpito.

 Aprendemos que el ministerio más efectivo, a menudo, es el acto más silencioso de servicio que nadie ve, excepto aquel cuyos ojos lo ven todo. Hay también una dimensión de esto relacionada con la autoridad espiritual mal entendida. Mucha gente ha sido enseñada que deben someterse incuestionablemente a líderes religiosos citando Hebreos 13:17 cuyo texto dice: Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.

Pero este versículo debe entenderse en el contexto completo del Nuevo Testamento. Porque los líderes descriptos en el Nuevo Pacto son siervos, no señores. El mismo Jesús lavó los pies de los discípulos y declaró en Mateo 20:26: Más entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor.  La autoridad legítima en el Reino de Dios, se reconoce por su fruto, no por sus títulos. Se valida por el carácter semejante a Cristo, no por credenciales institucionales. Y cuando alguien en posición de liderazgo comienza a ejercer control manipulador, a demandar lealtad personal en lugar de fidelidad a Cristo, a enriquecerse del rebaño en lugar de alimentarlo, este Remanente reconoce estas señales como advertencias.

 No son rebeldes por alejarse de esa forma de liderazgo, son obedientes al mandato de probar los espíritus, como instruye 1 Juan 4:1. El Remanente también está redescubriendo la belleza de la sencillez en la práctica de su fe, en un mundo donde los servicios religiosos se han vuelto cada vez más elaborados, con producciones que rivalizan con conciertos seculares y mensajes diseñados para viralizar en redes sociales. Hay algo profundamente contracultural en reunirse simplemente para orar, leer la palabra juntos, compartir testimonios de la fidelidad de Dios y partir el pan en memoria del sacrificio del Cordero.

 Esta sencillez no es pobreza espiritual, es riqueza concentrada, es volver a lo que realmente importa. Considera las palabras del salmista en el salmo 42:1: Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Esta es la sed que caracteriza al Remanente que está despertando. No sed de entretenimiento religioso, no sed de experiencias emocionales pasajeras. Sed de Dios mismo. Y esta sed no se sacia con más programas, más actividades o más eventos, se sacia únicamente con su presencia. 

45.- Y su Presencia no Está…

 …limitada a ningún edificio ni controlada por ninguna organización humana. Está disponible para todo aquel que lo busca con todo su corazón. Ahora bien; hablemos sobre algo que frecuentemente genera confusión. Algunos me preguntarán: Pero Néstor, ¿Acaso la escritura no nos manda a no dejar de congregarnos como algunos tienen por costumbre? Si, eso es lo que dice, efectivamente, en Hebreos 10:25. Absolutamente sí, pero aquí está la clave: congregarse no es sinónimo de asistir a servicios institucionales. Congregarse significa reunirse, juntarse, tener comunión unos con otros.

Y esto puede ocurrir. De hecho, ya ha ocurrido a lo largo de toda la historia de la iglesia en contextos muy diversos.  En hogares, en campos abiertos, en prisiones, en catacumbas. Lo que importa no es el lugar ni la estructura, sino la realidad espiritual de creyentes reunidos en Cristo, edificándose mutuamente en amor. O sea que este Remanente no está abandonando la comunión, está abandonando la falsificación de la comunión. Está dejando atrás los espacios donde se los trataba como espectadores pasivos en lugar de hacerlo como lo que eran: sacerdotes activos.  

Están saliendo de entornos donde su valor se medía conforme a su contribución financiera o a su disponibilidad para servir en programas, no por su identidad como hijos amados de Dios. Y también están buscando o creando espacios donde puedan ser conocidos verdaderamente, no superficialmente. Donde puedan confesar sus luchas, sin temor a ser juzgados. Donde puedan crecer en santidad rodeados de hermanos que los aman lo suficiente como para hablar verdad en sus vidas. Hay una profundidad de comunión que sólo es posible en grupos más pequeños e íntimos.

 El Señor mismo modeló esto, no es un invento nuestro. Porque Él tenía las multitudes, si, pero su inversión principal no fue con toda esa muchedumbre, sino que fue en doce hombres. Y fíjate que, aún dentro de ese círculo, tenía aún otro círculo más íntimo de tres personas: Pedro, Santiago y Juan. No porque amara a algunos más que a otros, sino porque la intimidad genuina tiene límites prácticos. No puedes conocer profundamente a centenares de personas, pero puedes conocer profundamente a unos pocos. Y cuando esos pocos están unidos en Cristo, caminando juntos en fe, rindiendo cuentas unos a otros, llorando juntos, celebrando juntos, orando juntos, estudiando juntos, sirviendo juntos, esto es la iglesia en su expresión más pura y poderosa.

Déjame llevarte ahora a algo que tal vez sea el corazón, la base, el fundamento central de todo este asunto. El Remanente que está despertando, está experimentando un cambio de paradigmas en su comprensión de lo que significa ser la iglesia. Durante siglos, el modelo dominante ha sido: la iglesia es un lugar al que vas. Pero el Nuevo Testamento revela algo diferente: la iglesia es lo que eres. Eres templo del Espíritu Santo, como declara 1 Corintios 6:19. Junto con otros creyentes, eres edificio de Dios, como afirma 1 Corintios 3:9. No vas a la iglesia, ERES la iglesia.

Y esta simple pero profunda corrección de entendimiento, lo cambia todo. Si eres la iglesia, entonces donde quiera que vas, la iglesia va contigo. Tu lugar de trabajo se convierte en campo misionero. Tu vecindario, el “rioba” como dice nuestro lunfardo que ama hablar al “vesre”, es decir al revés, eso se convierte en tu lugar clave. Tus conversaciones cotidianas se transforman en oportunidades para testificar. Tu hogar se convierte en centro de ministerio. Ya no estás esperando que la institución haga el trabajo del Reino. Tú eres el agente del Reino. Eres embajador de Cristo, como dice 2 Corintios 5:20.

Y esta embajada no requiere aprobación institucional. Fue comisionada directamente por el Rey de reyes, cuando dijo: toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos en todas las naciones. Eso es lo que se lee en Mateo 28:18-19. O sea que este Remanente se está tomando muy en serio esta gran comisión. No están esperando que alguien organice un evento evangelístico. Están compartiendo el evangelio naturalmente en el flujo de sus vidas. No están esperando que la institución desarrolle un programa de discipulado. Están invirtiendo en las vidas de otros. Cuántos son, no lo sé. Pero sí me consta que son, y muchos.

Modelando, de alguna manera, lo que significa seguir a Cristo, tal como Pablo instruyó a Timoteo en 2 Timoteo 2:2: Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. Ahora bien; es crucial enfatizar que este movimiento de alejamiento de estructuras institucionales, no es uniforme ni monolítico.  Algunos hombres y mujeres permanecen en iglesias institucionales y trabajan como si fueran levadura, desde adentro, siendo sal y luz, llamando a la reforma y al arrepentimiento cuando es necesario.

Otros encuentran iglesias más pequeñas que, aunque organizadas, mantienen su enfoque en lo esencial y no han caído en los excesos que caracterizan a muchas mega estructuras. Y otros más están planeando nuevas expresiones de comunidad cristiana que son más orgánicas, relacionales y descentralizadas. Lo que une a todos estos componentes de ese Remanente, no es su respuesta específica al sistema, sino su compromiso inquebrantable con Cristo y con su palabra. Están determinados a seguir al Cordero donde quiera que vaya, como describe Apocalipsis 14:4.

Y si esto significa nadar contra la corriente de la religiosidad popular; si significa ser malentendidos incluso por otros creyentes, si significa caminar un sendero más solitario y difícil, están dispuestos a pagar ese precio. Porque han probado algo auténtico y ya no pueden conformarse con imitaciones. Hay también un elemento escatológico en todo esto que no podemos ignorar. Las escrituras profetizan que en los últimos tiempos habrá apostasía, como advierte 2 Tesalonicenses 2:3. Habrá falsos maestros que introducirán herejías destructoras, según 2 Pedro 2:1. Habrá un tiempo en donde no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias pasiones.

Como predice 2 Timoteo 4:3-4.  ¿Podría ser que estamos viendo el cumplimiento de estas profecías en nuestros días? El Remanente está observando como doctrinas extrañas se han infiltrado en lugares que antes eran sólidos. Como el evangelio de la prosperidad ha reemplazado el evangelio de la cruz en incontables púlpitos. Como la teología del dominio y el triunfalismo, han desplazado la teología del sufrimiento redentor y la perseverancia. Como el sincretismo con la cultura secular ha diluido la distintividad del llamado cristiano. 

46.- Y en Respuesta a Estas…

 …desviaciones, el espíritu está llamando a un Remanente a mantenerse firme en la fe una vez dada a los santos, como exhorta Judas 3. Este Remanente no se caracteriza por su visibilidad ni por su influencia institucional. De hecho, pueden ser completamente desconocidos en los círculos religiosos prominentes, pero son conocidos en el cielo. Sus nombres están escritos en el Libro de la Vida del Cordero y están cumpliendo el propósito para el cual fueron llamados. Ser testigos fieles en medio de una generación torcida y perversa, como describe Filipenses 2:15, entre la cual resplandecen como luminares en el mundo.

Permíteme también abordar el tema del sufrimiento, porque esto es parte integral de la experiencia de muchos miembros de ese Remanente mencionado, que se han alejado de estructuras religiosas. No sólo enfrentan la incomprensión y el rechazo de la comunidad religiosa que dejaron atrás, sino que también pueden experimentar un sentido de duelo por lo que perdieron, incluso si lo que dejaron no era saludable. Este duelo es legítimo. Es normal extrañar la familiaridad, la comodidad, el sentido de pertenencia, incluso cuando sabemos que dejarlo atrás fue lo correcto.

 Pero en medio de este sufrimiento, hay una promesa preciosa. En Mateo 5:10-11, el Señor dice: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os insulten y os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande.  El sufrimiento por causa de la verdad, no es señal de que te has equivocado. A menudo es una confirmación de que estás en el camino correcto. Quienes constituyen ese Remanente también están redescubriendo algo que la iglesia primitiva sabía bien.

El verdadero poder espiritual no viene a través de estructuras humanas impresionantes, sino a través de la debilidad humana donde la fuerza de Dios se perfecciona. Pablo aprendió esta lección cuando el Señor le dijo, en 2 Corintios 12:9: Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Cuando soltamos nuestra dependencia a sistemas humanos. Cuando renunciamos a la seguridad de las estructuras institucionales. Cuando nos encontramos nada más que con nuestra fe desnuda en Cristo, es precisamente allí cuando su poder puede manifestarse más plenamente.

 Esto no es triunfalismo, esto es realismo bíblico. La historia de la redención está llena de momentos en donde Dios actuó poderosamente a través de los débiles, de los despreciados, de los que no tenían nada a su favor, excepto su promesa. Recuerda a Gedeón, con sólo trescientos hombres. David con una honda. Los discípulos, en el aposento alto, atemorizados y confundidos, hasta que el Espíritu descendió. No tengo ninguna duda: Dios se especializa en utilizar lo que el mundo y la religión consideran insignificante, para avergonzar a los sabios y a los poderosos, como declara 1 Corintios 1: 27-28.

 Este Remanente que está despertando, está aprendiendo a confiar en esta dinámica del Reino. Está descubriendo que no necesitan las plataformas, los presupuestos, las estructuras organizacionales masivas para hacer una diferencia eterna. Necesitan obediencia. Necesitan fe. Necesitan amor. Necesitan el poder del Espíritu Santo. Y estas cosas están disponibles para cualquiera que se humille ante el Padre y busque su rostro con sinceridad. El tamaño de tu congregación, el prestigio de tu credo o tu denominación, el reconocimiento de los líderes religiosos, nada de esto impresiona al Altísimo. Lo que Él busca es un corazón contrito y humillado. Tal como lo declara el salmista en el salmo 51:17.

Ahora hablemos sobre la libertad que viene con este alejamiento de sistemas religiosos opresivos. Es una libertad gloriosa, pero también aterradora al principio. Porque cuando ya no tienes un sistema que te diga exactamente en qué creer, en cómo comportarte, en que hacer, en cuando hacerlo, tienes que aprender a caminar en dependencia directa del Espíritu Santo. Y esto requiere madurez espiritual, requiere conocimiento profundo de las escrituras, requiere discernimiento afinado a través de la práctica constante. Como describe Hebreos 5:14: El alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.

 Esta libertad también viene con responsabilidad. Ya no puedes culpar al pastor si tu vida espiritual se estanca. Ya no puedes esconderte detrás de la institución si fallas en vivir el evangelio. Estás cara a cara con tu propia condición espiritual, sin los adornos religiosos para disfrazarla. Y esto puede ser brutalmente honesto, pero es precisamente esta honestidad brutal la que permite un crecimiento genuino. Porque sólo cuando reconocemos nuestra verdadera condición, podemos experimentar la gracia transformadora de Dios de manera profunda. Este Remanente está también recuperando un entendimiento más profundo de la santidad. 

47.- En Muchos Círculos Religiosos…

 …la santidad se ha reducido a comportamientos externos. No hagas esto, no digas aquello, no vayas allá. Pero, la santidad bíblica es mucho más profunda, es ser apartado para Dios. Es ser transformado de gloria en gloria por el Espíritu del Señor. Como describe 2 Corintios 3:18, es Cristo formándose en nosotros. Como anhelaba Pablo en Gálatas 4:19. Esta santidad no se logra siguiendo reglas religiosas externas, sino mediante la obra interna del Espíritu en un corazón rendido. Y aquí está la belleza de todo esto. Cuando la santidad es genuina, producida por el Espíritu, tiene un atractivo magnético.

La gente que vive cerca de ti, lo nota. Hay algo diferente. No es perfección, porque todos seguimos siendo obras en progreso, pero hay una autenticidad, una integridad, una paz que el mundo no puede dar ni quitar. Y esto abre puertas para conversaciones sobre la esperanza que hay en nosotros, tal como instruyó Pedro en 1 Pedro 3:15. Estad siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. El Remanente está descubriendo que este tipo de vida, atrae a otros que también están cansados de la religión vacía y hambrientos de realidad espiritual.

 Sin anuncios, sin campañas de marketing, sin estrategias de crecimiento eclesiástico, simplemente la vida de Cristo manifestada en vasos de barro y otros siendo atraídos a la luz que ven brillando.  Esto es evangelismo orgánico. Esto es expansión del Reino de la manera que siempre fue diseñada. También es importante hablar de la adoración en este contexto, la adoración verdadera, como Jesús le enseñó a la mujer samaritana. No se trata de ubicación geográfica ni de metodología específica. En espíritu y en verdad. Esto significa adoración que surge del espíritu regenerado del creyente, guiada por el Espíritu de Dios y fundamentada en la verdad revelada de las escrituras.

Esta adoración puede ocurrir en cualquier lugar y en cualquier momento. Puede ser el canto espontáneo de alabanza mientras conduces tu vehículo. Puede ser el llanto silencioso de gratitud en tu habitación. Puede ser el servicio humilde a un necesitado. Puede ser la obediencia costosa a un mandato divino. El Remanente está aprendiendo que la adoración es un estilo de vida, no un evento semanal. Como Pablo exhorta en Romanos 12:1: Os ruego, por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios que es vuestro culto racional. Tu vida entera se convierte en un acto de adoración cuando es vivida conscientemente para la gloria de Dios.

Y esta adoración continua, esta práctica de la presencia de Dios, transforma tu perspectiva, sobre todo. El trabajo secular se vuelve sagrado, las tareas mundanas se convierten en actos de devoción. Cada interacción es una oportunidad para honrar al Rey. Ahora bien; sé que algunos que están recibiendo todo esto, pueden estar sintiendo una mezcla de emociones, tal vez alivio en darse cuenta que no están solos en su experiencia. Tal vez confirmación de que lo que han estado sintiendo no es locura ni rebeldía, sino una obra del Espíritu. Pero tal vez también confusión sobre qué hacer prácticamente.

¿Cómo se ve esto en la vida diaria? Permíteme ofrecer algunas reflexiones prácticas, no como mandatos rígidos, sino como sugerencias nacidas de la experiencia de muchos que han caminado y hoy siguen caminando este sendero. Primero, profundiza radicalmente en las escrituras, haz de la palabra tu compañera diaria, tu consejera, tu correctora. Léela, estúdiala, medita en ella, memorízala, permite que sature tu mente y tu corazón. Esto te ancla cuando las tormentas vienen. Esto te guía cuando las decisiones son confusas. Como el salmista declara en el salmo 119:105: Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino.

Segundo: cultiva una vida de oración constante, no sólo en momentos dedicados, aunque eso puedan ser vitales, sino una conversación continua con el Padre a lo largo del día. Como lo dice Pablo en 1 Tesalonicenses 5:17, orad sin cesar. Esto significa vivir en una conciencia permanente de su presencia hablando con Él, sobre todo, y escuchando su voz suave en medio del ruido de la vida.

Tercero: busca comunión auténtica con otros creyentes que comparten tu hambre por realidad espiritual. Esto puede requerir intencionalidad. Tal vez necesites iniciar una reunión en tu hogar. Tal vez necesites invitar a algunos hermanos para estudiar la biblia juntos. Tal vez necesites ser vulnerable y compartir tu trayectoria con otros que hoy puedan estar sintiendo lo mismo. La comunión verdadera, a menudo requiere riesgo relacional, pero la recompensa vale la pena.

Cuarto: vive el evangelio prácticamente en tu esfera de influencia. No esperes oportunidades perfectas. Ama a tu vecino, sirve en tu comunidad, bendice a los que te rodean, sé sal y luz donde Dios te ha plantado. La credibilidad del evangelio en nuestro tiempo, no vendrá principalmente a través de argumentos apologéticos, sino a través de vidas transformadas que demuestran el poder de Cristo.

 Quinto: mantén un espíritu humilde y enseñable. Es fácil, al reconocer los problemas en los sistemas religiosos volverse orgulloso o crítico. Resiste esa tentación, recuerda que todos, de alguna manera, sin convertirlo en doctrina, somos pecadores salvos por gracia. Mantén tu corazón tierno hacia aquellos que todavía están en los lugares que dejaste. Ora por ellos, ámalos, sé paciente. El mismo Espíritu que te guio a ti puede guiarlos a ellos en su tiempo perfecto.

Sexto: acepta que este camino puede incluir temporadas de soledad. Habrá momentos en que te sientas como Elías bajo el enebro, pensando que eres el único que queda. Pero recuerda la respuesta de Dios; me he reservado siete mil varones que no han doblado la rodilla ante Baal, como aparece en 1 Reyes 19:18. No estás solo, hay un Remanente, aunque no siempre visible, pero que está despertando cada día con mayor fuerza y volumen.

 Séptimo: y quizás lo más importante: mantén tus ojos fijos en Jesús, el autor y consumador de la fe, como lo dice Hebreos 12:2. No en sistemas, no en líderes humanos, no en tu propia experiencia espiritual, En Él. Porque Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Cuando todo lo demás se sacude, Él permanece firme. Cuando todas las estructuras fallan, Él sostiene. Cuando toda voz humana confunde, su voz trae claridad. 

 48.- Al Llegar a Este Punto de Nuestra…

 …reflexión, es esencial reiterar algo fundamental. Este mensaje no es un llamado a la división ni al juicio hacia aquellos que permanecen felices y bien alimentados en estructuras institucionales saludables. Hay iglesias que, aunque organizadas, mantienen su fidelidad a Cristo y a su palabra. Hay ministros que pastorean con integridad, que sirven con humildad, que protegen al rebaño en lugar de explotarlo. Si estás en un lugar así, da gracias a Dios y sirve fielmente allí.

Pero si estás en un lugar en donde tu espíritu se ahoga y la verdad está comprometida, donde la religión ha reemplazado a la relación, donde las tradiciones humanas han anulado los mandamientos de Dios como Jesús advirtió en Marcos 7:13, entonces ten el valor de escuchar la voz del Espíritu, ten el valor de ser como Abraham, que salió sin saber adónde iba, confiando en la promesa de Dios, como lo vemos en Hebreos 11:8. Muchos somos los que lo hicimos y no estamos arrepentidos en absoluto.

Los miembros de este Remanente, del cual gracias a Dios formamos parte con mi familia, no somos mejores que otros creyentes, simplemente estamos respondiendo a un llamado específico en su tiempo y contexto. Estamos siendo reformadores en su propia medida, llamando de regreso a la simplicidad del evangelio en medio de la complejidad religiosa. Y la historia nos enseña que los reformadores siempre pagan un precio: enfrentan oposición, son malentendidos, a veces son perseguidos, pero también son usados por Dios para mantener viva la llama de la fe verdadera en tiempos de oscuridad espiritual.

 Entonces, si después de leer todo esto, te reconoces como uno de los componentes de ese Remanente que está despertando, si el Espíritu ha confirmado en tu corazón que este mensaje es para ti, permite que te anime con estas palabras: ¡No estás loco! ¡No estás loca! No estás en rebeldía, no estás equivocado ni equivocada, estás respondiendo al llamado del Buen Pastor, ese al que le que conoces su voz. Eso es promesa en Juan 10:4.

Estás siendo guiado a pastos más verdes y aguas de reposo, como profetiza el salmo 23. Y aunque el camino pueda ser solitario por temporadas, Él camina contigo. Aunque la jornada sea difícil, su Gracia es suficiente. El Padre está levantando en estos tiempos un pueblo que no será definido por afiliaciones denominacionales, ni por membresías institucionales, sino por su lealtad inquebrantable a Cristo y su palabra. Un pueblo que no busca su propia gloria, sino la gloria del Rey. Un pueblo dispuesto a perder su vida para encontrarla.

Como el propio Jesús enseña según lo relata Mateo 10:39. Un pueblo que entiende que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia paz y gozo en el Espíritu Santo, según Romanos 14:17. Este pueblo, este Remanente, (Luego se verá si puede considerarse santo), está esparcido por todo el mundo, en diferentes culturas, hablando diferentes idiomas, viviendo en diferentes circunstancias, pero unidos por el mismo Espíritu, la misma fe, el mismo Señor.

Y aunque quizás nunca se conozcan personalmente en esta tierra, están conectados en el Reino invisible del Espíritu. Son la iglesia verdadera, la eklessia, que significa los llamados fuera, no de lugares geográficos, sino de sistemas mundanos y religiosos que oprimen en lugar de liberar. Y la promesa es esta: lo que Dios ha comenzado en ustedes, lo completará hasta el día de Cristo Jesús, como asegura Filipenses 1:6. El que los llamó es fiel, el que comenzó la buena obra la perfeccionará.

 No por fuerza ni por poder humano, sino por su Espíritu, como proclama Zacarías 4:6. Confía en ese proceso abraza la jornada y camina con valentía en la libertad conque Cristo nos hizo libres, sin someterte nuevamente a yugo de esclavitud, como se lee en Gálatas 5:1. Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.

Como te bendice 1 Pedro  5:10 cuando dice: Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén. Ahora ya lo sabes. No tienes que salirte de ninguna parte de la que no quieras salir, ni discutir ni pelearte con nadie con quien no quieras discutir. Sólo tienes que orar, entregar tu vida entera a Cristo y decir “amén” a todo lo que Su Espíritu Santo te mande y te demande. Eso es ser Hijo. Eso es vivir EN la libertad de Cristo y en Su profundidad y Justicia de Reino.

De alguna manera, la pintura eclesiástica que me he permitido bocetar, tiene que ver en mucho con un nombre que venimos agitando desde hace tres décadas: Babilonia. Que no se limita a una iglesia falsa, imitadora y paralela a la genuina, sino una mentalidad que unifica política, economía y religión en un conjunto corrupto y satánico. En palabras más simples y ciento por ciento bíblicas: Un Sistema. Que no puede ni debe ser combatido con armas ni violencia, sino con amor y, esencialmente, con oración que es poder divino.

Un sistema del que ahora voy a darte algunas pinturas antiguas, para cerrarte todo esto con el máximo panorama que puedas. No se trata de convertirnos en gente “anti sistemas”, porque eso tiene otro nombre y no se identifica en nada con nuestra fe y nuestra misión en esta tierra. Un sistema que no es nuevo y que debe ser primeramente conocido, luego evaluado a la luz de la palabra y, finalmente, si es necesario, resistido desde el único armamento que el pueblo de Dios, ese Remanente posee: sus Rodillas.

49.- En el Momento de Cerrar…

 …todo esto, se acercan algunos recuerdos. Hace muchos años, estando en la emisora de radio en la cual tenía un programa semanal donde compartía estudios como los que hoy todavía me escuchas, llegó a mis manos un papel. Era una época en donde todavía no pululaban ni los teléfonos ni mucho menos las hoy llamadas redes sociales, así es que, si deseabas escribir algo que trascendiera o se extendiera a mucha gente, (Lo que hoy llamamos “viralizar”), debías escribirlo en una hoja, hacer varias copias y repartirlas a cuánta persona pudieras. 

Quiero que tengas en cuenta que, cuando digo “muchos años”, estoy hablándote de no menos de cuarenta. Me agradaría mucho decirte que en esos tiempos el mundo era muy diferente a lo que estás viendo hoy, pero sería mentirte. Era distinto en lo técnico, en lo científico, en lo social y hasta en lo emocional, si quieres. Pero en lo espiritual, no había demasiadas distancias con lo que estás observando en tu entorno. Ese papel tenía origen cristiano, pero estaba escrito con un estilo casi popular, “de mundo”, si quieres. Pero tenía base bíblica. Te la comparto.

2 Corintios 4:3-4 = Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

Mateo 28: 19-20 = Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

¿Qué estás viendo de similitud en estos dos textos? Una palabra que está en ambos: Siglo o Mundo. De hecho, en ninguna de las dos tiene que ver con ese período de cien años que hemos aprendido con ese nombre. No habla de eso, en ninguno de los dos. En ambos se refiere a lo que la genuina traducción de los originales nos muestra: Sistema. En el de Pablo, referido a Satanás, como pequeño dios de este sistema en el que vivimos. En labios de Jesús, como lo mismo, pero en referencia al día en que concluya.

Lo cierto es que el papel ese que me hicieron llegar, hablaba justamente de eso, del Sistema, y decía tantas, pero tantas de lo que en ese momento eran verdades, que no pude menos que impactarme. ¿Sabes qué? Todavía esas verdades están tan vigentes y activas, donde quiera que resida quien lo lee, que decidí cerrar este trabajo destinado a terminar con antiguas ignorancias, reflotando aquellos conceptos vertidos en ese papel del cual desconozco su autor, aunque no puedo menos que sentir admiración por su ingenio y revelación. 

50.- El Título, Era “Despierten”…

 …debajo del cual simplemente había una bienvenida al mundo terrenal para alguien que estaba a punto de nacer. Es decir que ese documento, porque así es como hoy lo considero, estaba dirigido a alguien que todavía no había nacido, pero que estaba en ese trámite. ¿Motivos? Presentarse, Y así lo expresaba: “Me presento, soy El Sistema. No soy el dueño del mundo, -añadía-, pero me he tomado el atrevimiento de manejarlo a mi antojo, simplemente porque tú me has regalado su poder, o me lo regalará.

Si tú no te haces cargo de ti mismo, yo me haré cargo de ti, pero a mi manera. Si tú no te reconoces o no te recuerdas, yo, el Sistema, te daré una identidad. Permíteme mostrarte algunas reglas antes que nazcas, para que te vayas entusiasmando, (Es que me encanta contar todo, no me resisto). Luego, al finalizar de leer esto, se borrarán de tu memoria y no recordarás nada. Claro que eso a veces puede fallar y recordarás algo a medida que crezcas.

En ese caso, nos tomaremos el atrevimiento de volverte un cadáver, o en caso de que se complique esa tarea, te publicitaremos a través de los medios como un demente paranoico. Quiero que entiendas que esto no es personal, así que sería muy interesante que no te ofendas, pero como podrás imaginarte, no pienso ni quiero dejar de ser el Líder.” Estas que te transcribí, fueron las consideraciones previas, la presentación formal de este personaje ficticio, (O no tanto) llamado El Sistema. Lo que sigue, son sus conceptos, obsérvalos con mucho cuidado y atención.

“1 – Una vez al año, al menos, te comprarás la nueva vestimenta de última moda y te creerás “original” y único por hacerlo.

2 – En algunos lugares te fumigaremos desde aviones enviados a tal efecto, con elementos que te mantendrán tonto y hasta enfermo.

3 – En otros lugares, modificaremos todos los vegetales y frutas para quitarles sus propiedades benéficas y volverlos tóxicos y venenosos al mediano o largo plazo.

4 – Votarás a nuestros candidatos presidenciales o a primeros ministros, según el lugar y creerás ciegamente en ellos y sus promesas. Y Nosotros nos reiremos de ti por eso, y por ver cómo hasta te peleas con tus hermanos por defender esa supuesta “causa”.

5 – Lucharás a muerte por un papel sin valor llamado dinero. (No te pueblo explicar lo cómico que nos resulta verlos pelearse y hasta asesinarse por eso).

6 – Llenaremos tu cabeza con información negativa, para que te mantengas atemorizado y paranoico. Te aclaramos que esto no es personal, entiéndenos, pero no podemos permitirte que seas feliz. Si lo fueras, se nos terminaría el negocio y el entretenimiento.

7 – Consumirás todo lo que te ofrezcamos sin cuestionar ni regatear nada.

8 – Bailarás a full la canción de moda, aunque esté cargada de mensajes subliminales satánicos que te denigrarán y se reirán de ti sin que lo notes.

9 – Impregnaremos tu cerebro con pornografía y sensualidad, para que tengas una idea distorsionada de la sexualidad. Hemos descubierto que la energía sexual es poderosísima y no podemos permitirte que seas consciente de ello y la utilices en algo contrario a nuestros planes.

10 – Desperdiciarás tu vida en cosas que crees valiosas sólo porque nosotros te lo hemos promocionado y dado como verdad absoluta y no verás jamás las cosas que tienen un valor real.

11 – Tendrás ídolos por todas partes. Los glorificarás y te olvidarás de ti mismo.

12 – Cada diez años tendrás una crisis económico-social en tu país, que te obligará a trabajar más horas por menos dinero. Será muy divertido ver cómo te las arreglas para llegar a fin de mes con eso, a partir de un juego que nosotros hemos inventado sólo para nuestra diversión.

13 – Creerás ciegamente en nuestro sistema educativo, aunque sea totalmente antinatural.

14 – Creerás ciegamente en nuestro sistema médico, aunque también sea totalmente antinatural.

15 – Defenderás “tu patria”, “tu” pedazo de territorio, aun a pesar de que cuando viajes en avión veas que las fronteras no existen y que somos nosotros las que las hemos inventado. Esto tampoco es personal, pero tienes que entender que sentimos cierto gusto por verlos pelear hasta matarse los unos a los otros.

16 – Creerás a muerte que tú eres el dueño de tu vida. Nosotros te diremos subliminalmente cómo argumentar en contra de quienes tratan de decirte que eres un esclavo. Y ni hablar de los que te presentan un supuesto “dios” inexistente.

17 – Creerás en la historia del mundo que yo te cuente y que, naturalmente, será la que más me convenga a mí, el sistema. Lo que jamás vamos a contarte, es que tú no eres nada más que nuestro juguete.

18 – Te insertaremos ideales que tú sentirás como naturales y desearás cumplirlos cada cierto tiempo. De hecho, si no puedes llegar a estas metas, te deprimirás.

19 – Creerás ciegamente que eres feliz con todo lo que te ofrecemos, porque te implantaremos una idea de la felicidad absolutamente incoherente. Ejemplo: ¿Es feliz un adicto?

20 – Te matarás, literalmente, con tu prójimo por las más ridículas interpretaciones del mundo y nunca, nunca, nunca, descubrirás quien soy yo. El Sistema. Si tu intuición y espíritu comienzan a acercarte a nuestro secreto, podremos ofrecerte unirte a nuestras filas, adornarte con fortunas y, si tú no pretendes nada de esto, simplemente “te suicidarás”. Te repito que esto no es personal, pero…

En los días sucesivos de leer y conocer esto, tú te olvidarás de todo lo que aquí has leído y volverás indefectiblemente a jugar mi juego. Muy divertido, ¿No te parece? Estas por nacer, no te olvides, en eso andabas cuando tomé contacto contigo. Allí veo al obstetra esperándote a que salgas del “túnel”. Esto quiere decir que tu madre está a punto de parirte. Tú vas a comenzar este juego planteado, a partir de una hermosa, sonora y dolorosa palmada en tus pequeños glúteos…”

51.- Hasta Aquí lo Que se Leía…

 …en ese papel que dejaron sobre mi mesa de trabajo hace…más de cuarenta años. Y que además de no conocer su autor, tampoco tengo precisión sobre el momento en que fue ideado y escrito, por quien o quienes y con qué motivación. Durante mucho tiempo me quedé pensando si realmente lo había hecho llegar alguna persona de carne y hueso. Nadie vio a nadie en un lugar en el que todos solíamos ver a todos. Lo que sí puedo asegurarte, a tantos años transcurridos, que lo conservé porque jamás perdió vigencia. Eso, más allá de si lo produjo alguna forma de ideología.

Y yo aprendí que las cosas que nunca pierden vigencia, son las que merecen ser incorporadas al sentido de eternidad. El Dios en el que creo y proclamo, es eterno. A su inspiración y guía pertenecen los dos textos que te reproduje al principio, el de Pablo a los Corintios y el de Jesús según Mateo. Pero, mal que me pese y nos pese, sabemos que nuestro Dios y sus ángeles, no son los únicos seres eternos con los que deberemos interactuar en esta vida. También están, en el mismo plano, Satanás y sus demonios.

Te invito, entonces, a volver a leer lo escrito y ver si, por una gran casualidad, ese ser invisible y hasta irreal que aquí se hace llamar Sistema, no tiene parentesco cercano con Satanás y sus demonios. ¿No dice Pablo que es el dios de todo eso? Suponte que sí, que lo es; ¿Qué se supone que deberíamos estar haciendo, con eso, hoy, nosotros, los hijos de Dios en Cristo y miembros de Su Reino? Mostrándolo, dejándoselo ver a tanta y tanta gente quizás buena y honesta que, por falta de otra palabra, sigue creyendo a muerte la de este sistema.

De todos modos, y a la manera de las antiguas películas que siempre tenían final feliz, yo quiero concluir esto trayendo a colación las palabras que Mateo recoge y difunde, y que tienen que ver con la derrota, la caída y la extinción de todo diablo o demonio que hoy todavía perturba y obstaculiza la instauración del Reino de Dios: He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. (Sistema) Amén. No tengo la presuntuosidad de hablar por ti, pero tengo certeza que no necesitas nada más.

A lo largo de todo este compendio que he compartido, has tomado conocimiento y hasta aprendizaje, de ciertas y determinadas coyunturas relacionadas con el Evangelio de las cuales, tal vez, hayas estado en ignorancia. Espero que todo te haya ilustrado, informado y, esencialmente, bendecido. Todas las áreas que tocamos han sido importantes e interesantes. Pero si me dejas elegir, me quedo con esta última.

Porque si sigues en esa antigua ignorancia y crees que Satanás no existe, y que sólo es una novela inventada para que nos comportemos mejor, entonces lamento decirte que, como hijo de Dios por Jesucristo, pese a todos tus esfuerzos, jamás serás más que vencedor en Cristo Jesús. Porque para vencer en una guerra, cualquiera sea ella, lo primero que debemos tener más que en claro, es que existe un enemigo contra el cual combatir.

 Y como estoy convencido que ya caíste en cuenta que estás en medio de una guerra, creí que era mi deber presentarte, como pintura final de este trabajo, al enemigo a vencer. El dios del Sistema. Que así sea. Supongo que, pese a mi mejor intención, todavía deben quedar algunas cosas sin develar, pero ese seguramente será tema de algún próximo trabajo, si es que mi Señor así me lo ordena. Este, concluye aquí. Te bendigo en el Señor Jesucristo y bendigo tu vida y la de todos los seres que amas, donde quiera que vivas y tengas por Padre a mí mismo Padre. ¡Salud, hermana o hermano! ¡Cristo Vive! 

52.- Cuando Una Obra Llega a su Final…

 …cuando las últimas líneas se escriben y el eco de las páginas parece buscar reposo, no significa que la historia se detenga. Muy por el contrario, es precisamente en ese instante cuando el propósito se revela con mayor claridad, como si cada palabra escrita hubiera estado aguardando pacientemente el momento de unirse a la siguiente para formar un testimonio vivo que continuará caminando más allá de su autor.

Este trabajo, Herencia, Legado y Huella, no nació para ser una conclusión, sino para abrir un camino. No pretende cargarse de solemnidad literaria, sino de responsabilidad espiritual. Y si algo he aprendido en los años que el Señor me ha concedido servirle, es que las palabras que nacen de una convicción profunda y del fuego del Espíritu no se quedan quietas; buscan destino, encuentran tierra, germinan en otros corazones.

Esto no es un cierre; es una entrega. Es mi forma de poner en tus manos, amigo o hermano lector, no solo las ideas y reflexiones que llenaron las páginas anteriores, sino un pedazo de mi propio caminar con Dios. Consciente de mis limitaciones y a la vez agradecido por Su gracia, lo dejo aquí como quien coloca una antorcha encendida en las manos de los que vienen detrás, confiado en que la luz que arde no por causa del hombre sino del Espíritu, seguirá alumbrando a quienes decidan continuar la senda trazada.

He escrito sobre el Reino de los Cielos, sobre el Remanente que se levanta silenciosamente, sobre aquellos que han comprendido que la verdadera adoración no necesita templos de piedra sino corazones quebrantados; he expuesto errores doctrinales que han sido torcidos para acomodar el pecado; he hablado sobre la identidad del Anticristo y sobre las sombras que se proyectan sobre este tiempo decisivo. Pero más que exponer ideas, he procurado sembrar discernimiento. Más que describir eventos, he querido dejar una huella espiritual que invite a despertar.

Hoy, al cerrar estas páginas, me permito reflexionar contigo sobre lo que significa haber caminado juntos a través de estos episodios, y sobre lo que representa esta herencia que no termina en mí, sino que apenas comienza a florecer en ti. Heredar no es recibir algo antiguo, sino recibir algo vivo. Es, en todo caso una primicia, un adelanto, una suerte de entrenamiento previo al día en que nuestra herencia conjunta como hijos de Dios contenga una validez superlativa imposible de describir en letras.

Cuando pensamos en la palabra herencia, con frecuencia la asociamos a un legado material, a bienes que se traspasan tras la partida de quien los poseía. Pero en el Reino de los Cielos la herencia funciona de manera distinta. Lo que se hereda no es algo que deja de tener vida, sino algo que comienza a respirar en otras manos. La herencia del Espíritu no es una estatua inmóvil sino un río en movimiento. Y quien lo recibe no lo guarda en un cofre: lo vive, lo experimenta, lo hace crecer.

Este trabajo es una herencia en ese sentido. No pretende ofrecerte un conjunto de doctrinas congeladas ni una visión rígida del mundo espiritual. Ofrece, más bien, la posibilidad de encender una llama donde antes había duda, tibieza o silencio; ofrece la oportunidad de ver con claridad aquello que estaba cubierto por la niebla de la tradición o de la comodidad; ofrece, finalmente, la oportunidad de que tú mismo te conviertas en portador de esta revelación.

Porque la herencia no se deposita en un archivo: se deposita en corazones dispuestos. Y si algo he pedido al Señor mientras escribía estas líneas fue que tú, quienquiera que seas, puedas recibir algo más que información, algo más que una reflexión teológica, algo más que un relato espiritual. Que recibas una porción de revelación viva. Que, al cerrar los textos, algo dentro de ti permanezca inquieto, encendido, transformado. Que en tu interior palpite un corazón que despierta a una dimensión hasta hoy desconocida.

El Legado, en tanto, es la responsabilidad de seguir avanzando El legado es distinto a la herencia. Mientras la herencia se recibe, el legado se prolonga. Podemos recibir una herencia y enterrarla; podemos heredarlo todo y no hacer nada con ello. Pero el legado implica movimiento, implica multiplicación, implica la firme decisión de continuar lo que otros comenzaron o de profundizar lo que apenas se insinuó. Contiene el elemento central para que todo eso sea posible: obediencia y humildad. 

53.- ¿Cuál es Entonces el Legado… 

 …que deseo dejarte? No es un sistema de ideas ni un molde al cual debas ajustarte. No es una estructura rígida ni un esquema cerrado. El legado que te entrego es una invitación profética: la invitación a ser parte del remanente. Ese remanente que no se define por su número, sino por su fidelidad. Ese remanente que, como en los días de Elías, Dios reserva para sí aun cuando la mayoría se haya doblegado ante la cultura, la tradición o la comodidad religiosa.

Ese remanente que entiende que el verdadero templo es el interior, donde el Espíritu Santo desea gobernar sin intermediarios humanos corruptos, sin liturgias vacías, sin espectáculos disfrazados de adoración. Ser parte del remanente es aceptar vivir para la verdad, aunque cueste; es caminar contracorriente, aunque el mundo entero vaya hacia otro rumbo; es amar a Dios por encima de los aplausos y por encima del rechazo; es discernir entre lo que parece espiritual y lo que realmente proviene del Espíritu. Ese es el legado que deseo depositar en tus manos: el llamado a ser auténticamente de Cristo, sin mezclas, sin dobleces, sin negociaciones.

Y la Huella, mientras tanto, es lo que permanece cuando nosotros ya no estemos. Muchos buscan dejar huella en la tierra, pero una huella humana desaparece con el tiempo. La lluvia la borra, el viento la arrastra, la historia la olvida. La huella del Espíritu, en cambio, no se desgasta porque no está tallada en piedra ni escrita en arena; está inscrita en vidas transformadas. Si este trabajo logra dejar una huella espiritual en ti, entonces su propósito se habrá cumplido.

Y ¿Qué significa que una huella espiritual haya sido marcada? Significa que algo en ti cambió, que tu mirada se volvió más clara, que tus prioridades se realinearon con el Reino, que tu espíritu quedó marcado por una verdad que no podrás ignorar. Significa que lo que aquí leíste ya no podrás des leerlo; que la semilla ya fue plantada; que ahora eres responsable de lo que sabes. Una huella espiritual permanece porque no depende del tiempo sino de la obediencia.

Mi oración es que esta huella te dirija hacia una vida de intimidad con Dios, lejos de los ruidos religiosos, lejos de las manipulaciones doctrinales, lejos de los templos levantados con intereses humanos. Que te lleve a entender que la mayor revelación ocurre en lo secreto, que el mayor poder se manifiesta en lo íntimo, que las respuestas más profundas no están en las multitudes sino en la presencia del Padre. Para seguir una huella ya marcada, lo primordial es lo que ya te dije: humildad.

El Remanente. Así sentí en el espíritu de definir a aquellos que dejan los templos, pero no abandonan a Dios. Uno de los temas fuertes de esto que hemos compartido, es el despertar de un remanente que abandona templos físicos no por rebeldía, no por comodidad, no por desprecio, sino por obediencia. Porque percibe la contaminación que se ha infiltrado en muchos altares; porque reconoce la manipulación del mensaje; porque ve la sustitución de la gloria por entretenimiento; porque comprende que en este tiempo final Dios está llamando a Sus hijos a volver a lo esencial.

Quien no entienda esta transición pensará que se trata de desertores; quien observe desde afuera creerá que se trata de rebeldes; quien carezca de discernimiento hablará de división. Pero quienes escuchan al Espíritu comprenden que se trata de una reconfiguración divina. Dios siempre preserva un remanente. Siempre ha tenido un grupo de fieles que deciden permanecer en Él cuando la estructura cae, cuando la religión se corrompe, cuando los líderes se desvían, cuando el mundo presiona, cuando la mayoría adopta lo fácil antes que lo verdadero.

¿Serás tú uno de ellos? Esto que hoy te entrego no responde esa pregunta: solo tú puedes hacerlo. Pero sí puedo decir que, si en algún momento mientras leías estas páginas algo dentro de ti ardió, si tu espíritu se estremeció, si sentiste que esto no era solo teoría sino confirmación, entonces ya sabes que perteneces a ese grupo pequeño y poderoso que Dios está levantando para estos tiempos. Ser hijo, no te olvides, es ser dependientes del Padre, pero de ninguna manera esclavo de hermanos. Ahora ten calma, porque no tienes que salir huyendo de ninguna parte. Sólo debes aguardar directivas para ver dónde y en qué serás usado. 

54.- Las Doctrinas Sin Vida…

 …son el veneno que se disfrazó de verdad. Uno de los peligros más grandes de la era actual es la doctrina adulterada. No necesariamente es falsa en su totalidad; ese no es el modo en que opera el enemigo. Lo que el adversario sabe hacer bien es introducir pequeñas distorsiones en verdades grandes; pequeñas concesiones en principios santos; pequeñas interpretaciones que, aunque suenan razonables, desvían el corazón del propósito.

Por eso hablé de las doctrinas torcidas que permiten el pecado, no porque la Gracia sea débil, sino porque ha sido mal utilizada para justificar la tibieza. La Gracia es poder para vencer, no permiso para pecar. La Gracia restaura, no acomoda. La Gracia transforma, no tolera lo que destruye la comunión con Dios. En este punto deseo reafirmar algo: no aceptes ninguna doctrina que haga más pequeño a Dios, más tolerable al pecado o más cómodo el camino.

La verdad de Cristo no se negocia; la doctrina del Reino no se adapta a la cultura ni se ajusta para evitar confrontaciones. La verdad no teme molestar; teme ser diluida. Si algo de lo que leíste te confrontó, bendito sea Dios. Si algo expuso áreas que debían ser corregidas, no permitas que esa revelación se enfríe. La doctrina verdadera no solo informa; transforma. Porque ser confrontativo, lejos de una falta de respeto o de cortesía, es la validez de alguien que elige despertar a un dormido, en lugar de esperar resucitar a un muerto.

No escribí sobre diablos y demonios para generar temor, sino para incentivar discernimiento. Porque el temor paraliza, pero el discernimiento despierta. Vivimos tiempos en los que las estructuras del mundo se alinean cada vez más con aquello que la Escritura anunció. Tiempos en los que la presión para renunciar a la verdad será cada vez más sutil. Tiempos en los que el sistema anticristo no se presentará como enemigo de Dios, sino como sustituto de Dios. Y es ahí donde radica el verdadero peligro: en la imitación.

El reino de las tinieblas siempre ha imitado elementos del Reino de Dios, pero sin esencia, sin vida, sin santidad. Y solo los que viven en intimidad con el Señor podrán discernir la diferencia. Este momento desea recordarte esto: no temas al futuro, pero tampoco lo ignores. No temas al Anticristo, pero tampoco lo subestimes. No temas al tiempo final, pero tampoco vivas como si no existiera. El discernimiento es la luz que el remanente necesita para no confundirse.

Indudablemente, al menos para mí, tú eres libre de adherir o no, Tiempo de Victoria es el llamado ministerial que sostiene esta obra. Fundamentalmente porque no es una institución más ni un nombre atractivo. Es la proclamación de una verdad: estamos viviendo un tiempo de definición donde quienes permanezcan en Cristo experimentarán victoria, no porque el mundo mejore, sino porque el Dios al que servimos sigue siendo Rey en medio de la oscuridad.

Tiempo de Victoria nació para despertar conciencias, para encender el fuego del Espíritu en aquellos que estaban dormidos en bancos de iglesias, para llamar a la santidad a quienes habían sido adormecidos por mensajes diluidos, para levantar un ejército que no se conforme con sobrevivir, sino que viva en la autoridad del Reino. Esto que he compartido hoy es parte de esa misión. Y esta reflexión final es un sello que reafirma el compromiso: continuaré hablando la verdad, continuaré exponiendo la luz, continuaré alertando, edificando, confrontando y consolando mientras el Señor me dé aliento. 

55.- La Pregunta Final…

 …que se me ocurre, (Ya te hice varias en el contexto) es: ¿Y qué de tu parte en esta historia? Porque ahora esto llega a su final, pero es indudable que la historia continúa. Y que, en esa historia, hay un capítulo que no puedo escribir yo: el tuyo. ¿Qué harás con esta herencia? ¿Permitirás que se convierta en legado? ¿Dejarás que marque una huella en ti? ¿Serás parte del remanente? ¿Vivirás en discernimiento? ¿Tomarás tu lugar en este tiempo decisivo?

Este epílogo quiere invitarte a tomar una decisión consciente: no vuelvas a dormir espiritualmente. No vuelvas a la comodidad. No vuelvas al silencio. No entregues tu oído a voces que no provienen del Espíritu. No permitas que la tibieza vuelva a tocar tu puerta. Lo que has recibido aquí es un llamado. Un llamado fuerte, claro, ineludible. Y ese llamado es para ti. No para otros. No para líderes. No para ministros. Para ti.

Si algo no he sido jamás, no lo soy ni lo seré nunca, es fatalista o, lo peor, profeta de los malos augurios. Sin embargo, hay algo que sí debemos ser, y es realistas y conscientes de todo lo que somos y del entorno que nos rodea. Si hay algo que me ha conmovido mientras escribía estas líneas finales es la conciencia de que un día mi voz se apagará, mi cuerpo descansará, mis pasos se detendrán. Pero la obra de Dios seguirá. El Reino seguirá avanzando. La verdad seguirá brillando.

Y quiera nuestro Dios, —es mi oración más íntima—. Que algo de lo que dejé en estas páginas pueda seguir caminando incluso cuando yo haya partido. Ojalá esta herencia se convierta en un legado vivo en tus manos. Ojalá esta huella provoque en ti nuevas huellas, nuevas voces, nuevos llamados, nuevos despertares. Adhiero a lo que alguna vez le oí a alguien que hoy ya no está, pero que sigue vigente:  Cuando ya no estemos, quedará el Espíritu. Cuando ya no estemos, quedará la Palabra. Cuando ya no estemos, quedará la verdad que jamás podrá ser silenciada. Y quedará también lo que el Espíritu haya marcado en ti a través de este trabajo.

Ninguno de mis trabajos anteriores, concluyó con lo que deberían concluir todas las cosas que hagamos, con una oración de agradecimiento, de decreto y de impulso profético. Hoy te dejo esta muy especialmente dedicada a ti:

Padre amado, en el nombre de Jesús, oro por cada persona que ha llegado hasta estas líneas. Oro para que esta herencia espiritual germine en un terreno fértil. Para que este legado continúe multiplicándose en cada generación que siga. Para que esta huella se convierta en señal viva de Tu presencia en medio de los que luchan, buscan, preguntan y perseveran. Te pido, Señor, que despiertes al remanente que estaba dormido; que ilumines al que estaba confundido; que fortalezcas al que estaba débil; que restaures al que estaba herido; que confrontes al que estaba tibio; que levantes al que estaba caído.

Que ninguno salga indiferente. Que ninguno vuelva a la oscuridad. Que ninguno pierda la visión del Reino. Que este Tiempo de Victoria sea para ellos más que un ministerio: que sea una experiencia con Tu gloria, una invitación a caminar en santidad, una confirmación de que los tiempos finales no son tiempos de derrota sino de manifestación de Tu poder. Amado Dios, recibe este trabajo como ofrenda. Recibe al lector como discípulo. Recibe esta huella como testimonio. Y recibe toda la gloria, porque nada de esto tendría sentido si no fuera por Ti. En Cristo Jesús, Amén:

Y así y aquí concluye esta obra……pero no tu jornada. Tú eres ahora depositaria o depositario de esta herencia. Tú eres responsable de este legado. Y tú eres portador o portadora de esta huella. Que el Espíritu te guíe. Que la verdad te sostenga. Que la santidad te cubra. Que el discernimiento te acompañe. Que la victoria te corone. Y que cuando tu propia historia llegue a su epílogo, puedas mirar hacia atrás y saber que también dejaste herencia, que también fuiste legado, que también marcaste huella.

Porque ese es el propósito final de todo lo que has leído: Que tu vida misma se convierta en un testimonio vivo del Reino de los Cielos.

Néstor

2026

Leer Más

10 – Mundial

Cuando el Mundial de Fútbol comience en México, Canadá y Estados Unidos, el planeta volverá a detenerse durante unas semanas para contemplar un espectáculo que ninguna otra actividad humana, salvo quizás algunas celebraciones culturales o religiosas universales, consigue igualar en alcance emocional. Miles de millones de personas seguirán partidos, analizarán tácticas, discutirán alineaciones, celebrarán goles y sufrirán derrotas como si el resultado afectara directamente el curso de sus propias vidas. Y, de alguna manera, sí lo hace.

Desde la mirada de México, este Mundial representa una reafirmación histórica. Es el país que vuelve a recibir el torneo por tercera vez y que conoce como pocos la relación entre identidad nacional y fútbol. Para muchos mexicanos, el Mundial es una oportunidad de mostrar hospitalidad, pasión y una cultura que siempre encuentra maneras de celebrar incluso en medio de las dificultades. Hay orgullo, expectativa y también responsabilidad.

Desde Canadá, la perspectiva es diferente. El fútbol ha crecido enormemente en las últimas décadas, pero aún convive con otros deportes dominantes. Para los canadienses, el torneo simboliza integración, diversidad y una participación más visible en una conversación global de la que antes observaban más que protagonizaban. Es una oportunidad para demostrar que el fútbol ya no pertenece solamente a ciertas geografías tradicionales.

Desde los Estados Unidos, el Mundial aparece como una mezcla de negocio, espectáculo y competencia. Allí, donde el deporte profesional suele ser una industria gigantesca, el torneo será también una prueba de cómo el fútbol continúa ganando terreno en un mercado deportivo extremadamente competitivo. Habrá estadios impresionantes, tecnología avanzada y una organización diseñada para recibir multitudes sin precedentes. Aunque, -hay que decirlo- sus habitantes en gran mayoría, ni siquiera están enterados de la realización de esta competencia. 

Cada uno de estos países observa el mismo evento desde una ventana distinta. Sin embargo, todos participan de una realidad común: el Mundial es una celebración extraordinaria y, al mismo tiempo, un enorme despliegue de recursos, dinero, logística, marketing y consumo. Por eso algunos lo describen como un gran circo moderno y costoso. Y no están completamente equivocados. Hay algo circense en la manera en que las cámaras siguen cada gesto, en cómo un jugador puede convertirse en héroe universal por una noche y en villano una semana después. Hay algo circense en los contratos multimillonarios, en los patrocinios, en las ceremonias, en las campañas publicitarias y en la maquinaria económica que gira alrededor de noventa minutos de juego.

Pero sería un error quedarse solamente con esa lectura. Porque el circo existe desde hace siglos precisamente porque las personas necesitan asombro. Los césares lo incentivaban porque era una forma eficaz de mantener distraída y entretenida a la gente. El Mundial no es únicamente una industria. También es una narración colectiva. Es uno de los pocos espacios donde un niño de una aldea remota, un empresario de una gran ciudad y una familia reunida frente a un televisor comparten simultáneamente la misma emoción. En una época fragmentada por algoritmos, intereses y burbujas digitales, eso ya es algo extraordinario.

El fútbol posee una virtud que pocos fenómenos conservan: simplifica la realidad sin volverla superficial. Las reglas son simples. Hay una pelota. Dos arcos. Un tiempo limitado. Y un objetivo. La vida, aunque mucho más compleja, comparte ciertos principios parecidos. Todos tenemos un tiempo de juego. Todos enfrentamos adversarios, algunos externos y otros internos. Todos atravesamos momentos de ataque y momentos de defensa. Todos conocemos la alegría de una victoria inesperada y el sabor amargo de un resultado injusto.

Quizás por eso el Mundial atrae tanto. No se observan solamente a veintidós jugadores. Se observa a nuestras propis vidas, representadas en una versión condensada de la experiencia humana. Un equipo puede dominar durante ochenta y nueve minutos y perder en el noventa. Otro puede sufrir todo el partido y encontrar una oportunidad decisiva. ¿Cuántas veces sucede algo parecido fuera de la cancha? La perseverancia rara vez aparece en los titulares, pero suele definir los resultados más importantes.

El Mundial también expone una paradoja fascinante. Mientras el planeta celebra la competencia, los equipos exitosos son precisamente aquellos que mejor cooperan. La estrella más brillante no puede ganar sola. El goleador depende del pase. El pase depende de la recuperación. La recuperación depende de la cobertura. La cobertura depende del sacrificio de alguien que probablemente jamás aparezca en la portada de un diario. En un mundo que premia constantemente la visibilidad, el fútbol sigue recordando el valor de las contribuciones invisibles.

No es casualidad que muchos campeones hayan tenido grandes figuras, pero casi todos hayan tenido excelentes equipos. La vida cotidiana funciona de manera parecida. Detrás de cada logro visible existen personas que sostienen procesos silenciosos. Familias. Compañeros. Amigos. Mentores. Trabajadores anónimos. El Mundial permite contemplar esa realidad en alta definición. También revela nuestra tendencia a exagerar.

Un gol puede parecer el acontecimiento más importante del universo. Una derrota puede sentirse como una tragedia nacional. Sin embargo, pocas semanas después, la vida continúa. Los jugadores regresan a sus clubes. Los aficionados vuelven a sus trabajos. Las conversaciones cambian de tema. El mundo sigue girando. Esa temporalidad contiene una enseñanza elegante. Las victorias son valiosas, pero no eternas. Las derrotas duelen, pero tampoco son eternas.

Conviene disfrutar unas y aprender de las otras. Nada más. Nada menos. Existe además un aspecto profundamente humano en la diversidad que reúne un Mundial. Personas que hablan distintos idiomas celebran exactamente el mismo gol. Individuos con historias incompatibles comparten una tribuna. Países que apenas se conocen mutuamente descubren afinidades inesperadas. El torneo no elimina las diferencias. Las hace convivir. Y eso tiene un enorme valor.

En la vida diaria solemos relacionarnos con quienes piensan parecido. El Mundial rompe parcialmente esa comodidad. Nos recuerda que la condición humana es más amplia que nuestras preferencias particulares. Desde una mirada profunda sobre nuestra identidad como seres humanos, existe algo especialmente interesante en la forma en que el fútbol distribuye dignidad. La pelota no pregunta origen social. No consulta cuentas bancarias. No revisa apellidos. Una vez que rueda, exige talento, disciplina, creatividad y trabajo.

Por supuesto, las desigualdades siguen existiendo. Pero el juego conserva una dimensión meritocrática que explica gran parte de su atractivo universal. Cualquiera puede soñar. Y, de vez en cuando, alguien convierte ese sueño en realidad. Las sorpresas mundialistas son tan celebradas porque contradicen la lógica del poder permanente. Nos recuerdan que los gigantes pueden caer. Y que los pequeños pueden crecer. Quizás uno de los aspectos más saludables del torneo sea precisamente ese: mantener viva la posibilidad de lo inesperado.

Porque una sociedad sin esperanza termina jugando únicamente para empatar. Sin embargo, tampoco conviene idealizar el espectáculo. El Mundial moviliza inversiones enormes. Genera ganancias inmensas. Produce debates legítimos sobre prioridades económicas, infraestructura, sostenibilidad y distribución de recursos. Es razonable preguntarse cuánto cuesta. Es razonable analizar quién gana. Es razonable discutir quién paga. Las preguntas críticas forman parte de una ciudadanía madura. Pero incluso esas discusiones revelan algo interesante: el fútbol importa porque las personas importan.

Nadie debatiría tanto sobre un acontecimiento irrelevante. El tamaño de las controversias suele reflejar el tamaño de la influencia. Mientras tanto, dentro de la cancha ocurre algo mucho más simple. Un jugador controla un balón. Levanta la cabeza. Busca un compañero. Decide. Ejecuta. Falla o acierta. Y vuelve a empezar. Quizás allí reside una de las metáforas más útiles para la vida cotidiana. No controlamos todo el partido. Controlamos la siguiente jugada. No decidimos el clima. No elegimos el arbitraje. No manejamos todas las circunstancias. Pero sí podemos elegir cómo responder.

Los mejores equipos comprenden esta verdad. No desperdician energía protestando cada situación adversa. Se reorganizan. Se adaptan. Compiten. Hay una sabiduría práctica en esa actitud. El Mundial también nos enfrenta a una pregunta silenciosa: ¿Qué hacemos con la fama? Cada torneo fabrica nuevas celebridades. Algunas gestionan bien esa exposición. Otras no. La atención masiva funciona como un reflector. No crea el carácter. Lo revela.

Algo similar sucede fuera del deporte. El éxito amplifica lo que ya existe. Por eso los triunfos verdaderamente admirables suelen combinar excelencia y humildad. No porque la humildad sea una estrategia de imagen, sino porque permite mantener perspectiva. Después de todo, incluso el campeón termina regresando al vestuario. Y ese detalle resulta profundamente liberador. Ningún resultado define completamente a una persona. Ni para bien ni para mal.

Al final, cuando México aporte su pasión, Canadá su diversidad y Estados Unidos su capacidad organizativa, el Mundial ofrecerá mucho más que una competencia deportiva. Será un espejo. Un espejo gigantesco. Veremos en él nuestras ambiciones, nuestras rivalidades, nuestros entusiasmos y nuestras contradicciones. Celebraremos gestas improbables. Criticaremos excesos evidentes. Nos reiremos de pronósticos equivocados. Inventaremos teorías tácticas imposibles.

Y durante unas semanas compartiremos una conversación común con personas que jamás conoceremos. Tal vez esa sea la verdadera magia del torneo. No los estadios. No los contratos. No las ceremonias. Sino la capacidad de recordarnos que formamos parte de una misma humanidad jugando partidos distintos sobre una cancha compartida. Cuando el árbitro dé el pitazo inicial, comenzará una competencia por una copa. Pero también comenzará una oportunidad para observar cómo vivimos, cómo cooperamos, cómo competimos y cómo enfrentamos la incertidumbre.

Porque, en el fondo, todos tenemos un Mundial personal en desarrollo. Todos defendemos algo valioso. Todos perseguimos algún objetivo. Todos cometemos errores no forzados. Todos desperdiciamos ocasiones claras. Todos celebramos goles inesperados. Y todos, tarde o temprano, escuchamos el silbato que indica el final de una etapa y el comienzo de otra. La cuestión no es solamente quién levanta el trofeo. La cuestión es cómo jugamos el partido que nos toca. Y esa, como saben los mejores equipos, es una pregunta que se responde una jugada a la vez.

Todo esto, desde una imparcialidad, (La objetividad humana no existe), casi periodística genuina. En lo real y visible, el mundial atrae aplausos y críticas, casi con similar pasión. Están los que ven la posibilidad de hacer grandes negocios en torno a esto y están los que no pueden evitar comparar todo este grosero movimiento de millones de dólares con la carencia total lindando con la hambruna de muchos pueblos del planeta. ¿Y nosotros? ¿Sólo sentados mirando todo eso por televisión o moviendo algo para llevar presencia de Reino a un sitio aparentemente inadecuado?

Disfrutar de eventos deportivos no es pecado, es verdad, pero convertirlos en centros de idolatría mundana si lo es. ¿Cuándo será el tiempo en que gente de Reino se atreva a llevar Su Palabra a todos esos millones entremezclados en el entretenimiento? ¿Cuándo esa levadura leudará esa masa? Y no estoy hablando de folletos, gente vociferando capítulos y versículos o invitando a iglesias zonales. Estoy hablando de hombres y mujeres capaces de mostrar una forma de vida distinta a la de la mayoría que asiste a estos espectáculos. Promover Reino no es promover religión, es mostrar estilos de vida que produzcan asombro e impacto. Eso, eso también será Mundial. Será lo único que diga sobre este evento, cualquiera sea su resultado. He sido enviado a otra cosa que tú ya sabes, pero tampoco soy ciego como para negar realidades visibles.

Leer Más

9 – Certeza

Hebreos 6: 11-12 = Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. ¿Alguno de ustedes me podría explicar con mediana claridad qué cosa es tener certeza de la esperanza? NTV lo dice así: Nuestro gran deseo es que sigan amando a los demás mientras tengan vida, para asegurarse de que lo que esperan se hará realidad. Entonces, no se volverán torpes ni indiferentes espiritualmente. En cambio, seguirán el ejemplo de quienes, gracias a su fe y perseverancia, heredarán las promesas de Dios. Creo que esta versión responde a la anterior, ¿Verdad? 

La palabra “certeza” suele asociarse con una sensación firme, casi tangible, de seguridad interior. No es simple optimismo ni una negación ingenua de la realidad; es, más bien, una convicción profunda que se mantiene incluso cuando las circunstancias parecen contradecirla. En un mundo atravesado por la incertidumbre —económica, social, emocional— hablar de certeza puede parecer provocador o incluso incómodo. Sin embargo, es precisamente en ese contexto donde adquiere mayor valor.

Desde una mirada bíblica, la certeza no se apoya en evidencias visibles sino en una confianza que trasciende lo inmediato. No es evasión, es una forma distinta de percibir la realidad. Mientras la lógica cotidiana nos empuja a creer solo en lo comprobable, la certeza espiritual nos invita a reconocer que hay dimensiones de la vida que no se agotan en lo material. Esto no implica negar la razón, sino ampliarla.

La vida diaria está llena de pequeñas decisiones que revelan en qué depositamos nuestra confianza. Desde elegir cómo reaccionar ante una injusticia hasta cómo enfrentar una pérdida, todo habla de nuestras certezas. Y aquí aparece una tensión interesante: muchas veces buscamos seguridad en estructuras externas —dinero, reconocimiento, estabilidad— que son, por naturaleza, cambiantes. La certeza bíblica, en cambio, propone una base diferente: una confianza en un propósito mayor, en un sentido que no depende de la volatilidad de las circunstancias. 

Ahora bien, llevar esto a lo cotidiano requiere más que conceptos elevados. Hace falta traducir esa certeza en acciones concretas. Por ejemplo, practicar la gratitud no como un acto automático, sino como un ejercicio consciente de reconocer lo que sí está funcionando en medio del caos. Puede sonar simple, pero tiene un efecto profundo: cambia la perspectiva desde la escasez hacia la abundancia.

Otro recurso práctico es el silencio. En una cultura saturada de estímulos, detenerse unos minutos al día para observar los propios pensamientos puede parecer improductivo. Sin embargo, es en ese espacio donde muchas veces se clarifican las verdaderas certezas. No se trata de vaciar la mente, sino de ordenar lo que ya está allí. Preguntarse, con honestidad: ¿Qué es lo que realmente creo? ¿Qué sostiene mis decisiones cuando nadie está mirando?

El humor también juega un papel importante. Lejos de trivializar la fe, el humor sano permite descomprimir tensiones y recordar que la vida no es solo una sucesión de problemas a resolver. Hay una sabiduría importante en reírse de uno mismo, en reconocer las propias contradicciones sin caer en la culpa paralizante. Después de todo, la certeza no implica perfección, sino dirección. 

En el plano social, la certeza adquiere una dimensión comunitaria. No se trata solo de lo que uno cree individualmente, sino de cómo esas creencias impactan en los demás. Una certeza auténtica genera coherencia: no puede sostenerse un discurso de amor mientras se practica la indiferencia. Aquí es donde el mensaje del Reino de Dios se vuelve profundamente concreto. No es una idea abstracta ni una promesa lejana, sino una invitación a vivir de una manera distinta aquí y ahora.

Esto incluye gestos simples pero significativos: escuchar sin interrumpir, ayudar sin esperar reconocimiento, perdonar incluso cuando no hay garantías de reciprocidad. Son acciones que, vistas desde afuera, pueden parecer ingenuas o incluso débiles. Sin embargo, encierran una fuerza transformadora que no siempre es evidente a corto plazo.

Es importante aclarar que esta perspectiva no es ideológicamente ingenua. Reconoce las desigualdades, las injusticias y las tensiones estructurales que atraviesan la sociedad. Pero en lugar de responder desde el resentimiento o la resignación, propone una postura activa basada en la dignidad y la esperanza. No se trata de negar los conflictos, sino de enfrentarlos sin perder la humanidad. 

La certeza, en este sentido, no elimina las preguntas. Al contrario, convive con ellas. Permite habitar la duda sin desesperar, sabiendo que no todo necesita resolverse de inmediato. Esta actitud es especialmente valiosa en tiempos donde se exige rapidez y respuestas instantáneas para todo. A veces, la certeza se parece más a una paciencia persistente que a una afirmación contundente.

Un aspecto clave es la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. No alcanza con sostener ideas elevadas si no se traducen en prácticas concretas. La espiritualidad, cuando se desconecta de la vida cotidiana, pierde su sentido. Por eso, la propuesta es integrarla en lo simple: en el trabajo, en las relaciones, en la manera de enfrentar los errores.

Hablando de errores, la certeza también redefine la relación con el fracaso. En lugar de verlo como una derrota definitiva, lo entiende como parte del proceso. Esto no significa justificar cualquier acción, sino aprender a reconocer los propios límites sin perder la dirección. Hay una libertad en saber que equivocarse no invalida el camino.

En términos prácticos, se puede pensar en pequeños hábitos que refuercen esta certeza. Por ejemplo, establecer un momento diario para reflexionar sobre las decisiones tomadas: ¿Estuvieron alineadas con lo que creo? ¿Qué podría haber hecho diferente? No desde la culpa, sino desde el aprendizaje.

Otro recurso es rodearse de personas que compartan valores similares. No para crear burbujas aisladas, sino para generar espacios de apoyo mutuo. La certeza se fortalece en comunidad, en el intercambio honesto y en la construcción conjunta.

También es útil aprender a filtrar la información que consumimos. No todo lo que circula en redes sociales aporta claridad; muchas veces, es al contrario, genera confusión y ansiedad. Elegir conscientemente qué leer, qué escuchar y a qué darle atención es una forma de cuidar la propia certeza.

Y aquí aparece un punto interesante: la relación entre certeza y libertad. Lejos de ser una imposición rígida, la verdadera certeza libera. Permite actuar sin estar constantemente condicionado por la opinión ajena o por el miedo al error. No elimina la responsabilidad, pero la ubica en un marco más amplio.

En el fondo, la certeza tiene que ver con identidad. Saber quién se es y hacia dónde se va, incluso cuando el camino no está completamente claro. Esta identidad no se construye de un día para otro; es el resultado de un proceso, de decisiones acumuladas, de aprendizajes a veces incómodos.

El mensaje del evangelio del Reino de Dios aporta aquí una clave fundamental: la dignidad inherente de cada persona. No como un concepto abstracto, sino como una realidad que se expresa en la manera de tratar a los demás y a uno mismo. Esta dignidad es la base sobre la cual se construye la certeza.

Desde esta perspectiva, la certeza no es un lujo espiritual reservado para unos pocos, sino una posibilidad abierta a todos. No depende de la posición social, del nivel educativo ni de las circunstancias externas. Es una decisión, un camino que se elige recorrer.

Claro que no siempre es fácil. Hay días donde la duda pesa más, donde las preguntas parecen no tener respuesta. Pero incluso en esos momentos, la certeza puede manifestarse de manera silenciosa, como una intuición que invita a seguir adelante.

Un toque de humor (Nunca lo olvido ni lo desestimo), ayuda a no dramatizar en exceso. Porque, seamos honestos, a veces buscamos certezas absolutas hasta para decidir qué comer a la noche. Y si algo demuestra la experiencia es que la vida no siempre se ajusta a nuestros planes milimétricos. Aprender a reírse de esos intentos fallidos también es parte del proceso.

Finalmente, la certeza se vuelve visible en la manera de vivir. No necesita imponerse ni demostrarse constantemente. Se expresa en la coherencia, en la paz interior, en la capacidad de sostener valores incluso cuando no son populares.

En un mundo que cambia a gran velocidad, donde lo sólido parece desvanecerse, la certeza se presenta como un ancla. No para quedarse inmóvil, sino para moverse con sentido. Es una invitación a vivir con profundidad, con autenticidad, con una fe que no se reduce a palabras, sino que se encarna en la vida cotidiana.

Porque, al fin y al cabo, la verdadera certeza no se trata solo de lo que se cree, sino de cómo eso transforma la manera de estar en el mundo. Y ahí, en lo simple, en lo diario, en lo humano, es donde la palabra deja de ser concepto y se vuelve vida.

Certeza es estar parado en un a esquina esperando un bus que todavía no vemos. Convicción, incluso, es saber que ese bus va a llegar porque así lo dice un letrero colocado por la empresa del bus o por algún funcionario del lugar. Mientras tanto, de pie allí sin nada a la vista, eres como el creyente que se dispone a hablarle de la fe a alguien que jamás pensó en ella.

Leer Más

Evangelio Express – Entrega Nº 2 – HECHOS

Libro de los Hechos – Introducción

 Hola, hola, gente linda. Bienvenidos a este espacio donde tratamos de sacarle brillo a las Escrituras… sin perder el sentido del humor, ni el sentido común. Hoy nos metemos en un libro explosivo, emocionante y más actual de lo que parece: el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Si lo hubiera escrito yo, lo hubiera titulado Hechos del Espíritu Santo, pero…en fin…lo escribió un tal Lucas, no sé si lo conoces. Y habrá que darle crédito, nomás. Pero tranquilo, no necesitas túnica ni sandalias para entenderlo. Solo abrí el corazón… y quizás también una sonrisa.

Primera pregunta:  ¿Qué es Hechos?] Hechos es, básicamente, la temporada 2 del Evangelio de Lucas. Mismo autor, nuevo giro. Si Lucas nos presentó a Jesús en acción, Hechos nos muestra cómo el Espíritu Santo toma el timón… ¡y no lo suelta! Es como si Dios dijera: “Listo, Jesús cumplió su parte. Ahora les toca a ustedes. Pero tranquilos, no los dejo solos…nLes mando al Espíritu. ¡Él maneja!” Y así arranca: Jesús asciende al cielo, los discípulos se quedan mirando como quien ve despegar un avión sin saber si va a volver… Y de repente: ¡Pentecostés! El Espíritu llega con viento, fuego y lenguas. Una entrada triunfal, estilo Dios.

El Espíritu no aparece con cartel luminoso, pero revoluciona todo. Convierte cobardes en predicadores. Pescadores en líderes. Miedosos en mártires. Mirá a Pedro. Antes no se animaba a decir que conocía a Jesús frente a una sirvienta. Ahora se para frente a miles y suelta un mensaje que corta como cuchillo. ¿Qué pasó? El Espíritu Santo lo empoderó. Es como tomarse un café celestial…
pero sin nervios, ni insomnio. Solo fuego. Y acá va una perla: No necesitás tener todo resuelto para actuar. Solo necesitás estar lleno del Espíritu. Él hace el resto.

Hechos también es una historia de expansión… y de fricciones. La Iglesia empieza en Jerusalén,
pero rápidamente se vuelve multicultural, multiétnica… y un poco caótica. Como cualquier familia grande. Están los judíos, los griegos, los gentiles… Cada uno con sus costumbres, su idioma, su plato favorito. Y en el medio, Pedro y Pablo. Como dos tíos que no siempre están de acuerdo, pero saben que la misión es más grande que sus diferencias. Hay persecuciones, cárceles, azotes, naufragios… Y aun así, la Iglesia no se apaga. Se enciende más. Porque cuando el Espíritu sopla, ni el miedo, ni el Imperio, ni nuestros líos internos pueden frenarlo.

Y claro, no podemos hablar de Hechos sin mencionar al más intenso del grupo: Pablo. Antes llamado Saulo. Un perseguidor top. Un “anti-cristiano” profesional. Hasta que Dios lo tumba del caballo. Que, dicho sea de paso, eso se especula, porque mi Biblia no dice en ninguna parte que iba a caballo. Pero obviamente, se supone que así era. Literal. Y lo transforma en el predicador más imparable de la historia. Es como si el mayor opositor de la Iglesia terminara predicando con más pasión que nadie. ¿Moraleja? Nadie está demasiado lejos para que Dios no lo alcance.

Ni vos. Ni yo. Ni ese que te parece imposible. Pablo entendió algo clave: Cuando Cristo te atrapa, ya no vivís para vos mismo. Vivís para Él. Y ahora, la gran pregunta: ¿qué hacemos con todo esto? ¿Hechos es solo historia antigua? Para nada. Hechos te habla a vos, hoy. Sí, a vos que quizás estás cansado, perdido, desconectado o con ganas de más. Mirá lo que nos recuerda: Dios sigue usando gente común para cosas extraordinarias.El Espíritu Santo no es teoría. Es presencia viva. La comunidad cristiana no es perfecta… pero es el laboratorio donde Dios forma a sus discípulos.  Las dificultades no son frenos, son rutas diferentes hacia el propósito.

Capítulo 1

Dicen que lo más difícil en la vida es… esperar. Esperar resultados, esperar respuestas, esperar que haya señal de Wi-Fi… o incluso, esperar a que el microondas termine de cocinar o descongelar. Pero hoy vamos a hablar de una espera muy distinta —una que cambió la historia del mundo—. El capítulo uno del libro de Hechos es como el “episodio piloto” de una serie épica. Jesús acaba de resucitar, y sus discípulos… están entre emocionados, confundidos y un poco perdidos. Supongo que de la misma manera que estaríamos tú y yo aun en estos tiempos de alto conocimiento. Porque de carne somos…

Lucas, el autor, le escribe a su amigo Teófilo y le recuerda todo lo que Jesús “comenzó a hacer y enseñar”. Y eso ya nos dice algo importante: lo que Jesús comenzó, su Iglesia, no  hablo de la congregación evangélica de la esquina de tu casa, sino de lo que realmente es y debe ser la iglesia: asamblea de representantes de Dios en la tierra, es decir, cada uno de nosotros. debe continuar. Imagina la escena: Jesús, resucitado, compartiendo con sus amigos durante cuarenta días. Les habla del Reino de Dios. Y ellos, con una mezcla de fe y curiosidad, le preguntan:

“Señor… ¿ya es hora de que restaures el reino a Israel?” Tú ríete si quieres o te causa gracia, pero es como si le hubieran dicho algo así como: “¿Ahora sí nos vas a liberar del Imperio Romano, Jesús? ¿Se viene la independencia nacional?” Pero, obviamente, como puedes imaginarte sin demasiado esfuerzo, Jesús no estaba hablando de política, sino de poder espiritual. Les dice: “No les toca saber los tiempos… pero recibirán poder cuando venga sobre ustedes el Espíritu Santo, y serán mis testigos hasta lo último de la tierra.” Ese “poder”, faltó aclarar, no es para dominar, no al menos como en la política humana se enseña, sino para servir, testificar, y transformar el mundo.

De repente, Jesús empieza a elevarse. No hay efectos especiales, no se ven drones ni cables de teatro. Una nube lo envuelve, (Todavía no se han puesto de acuerdo los eruditos sobre qué clase de nube es) y los discípulos… se quedan mirando al cielo, boquiabiertos. “¿Lo viste? ¿Viste eso? ¡Se fue!” Seguro que alguno más despabilado que los otros, dijo: “¿Y ahora qué hacemos? ¿Alguien tomó nota de lo último que dijo?” Entonces aparecen dos hombres vestidos de blanco —ángeles— que básicamente les dicen: “¿Qué hacen mirando al cielo? Jesús volverá, así como lo vieron irse.”

En otras palabras: “¡Dejen de mirar y pónganse en marcha!” Porque la fe no se trata solo de mirar al cielo… sino de vivir en la tierra con propósito. Los discípulos regresan a Jerusalén. Allí estaban Pedro, Juan, María la madre de Jesús, y muchos otros, unas 120 personas en total. Y aquí viene algo hermoso: “Todos perseveraban unánimes en oración.” No sabían cuánto tardaría la promesa, pero sí sabían cómo esperar: juntos, orando, confiando.

A veces Dios no nos da un cronograma, pero sí una comunidad. Y mientras ellos esperaban, Dios preparaba. Y en medio de la espera, Pedro se levanta con una idea: hay que completar el equipo apostólico. Judas había caído —literalmente—, y hacía falta uno más. Quiero decirlo con todas las mismas letras con las que ellos, pese a lo aprendido respecto al perdón y al amor, tenían en sus mentes todavía purificándose tenían que reemplazar a un traidor. No lo podían ni a propósito verlo de otro modo. Y no se los censuro.

Pedro cita las Escrituras, ora, y proponen dos candidatos: José, llamado Justo, y Matías.  “Señor, tú conoces los corazones… muéstranos a quién has escogido.” Y así, lanzan suertes, que eran unos huesitos pequeños que, conforme a como cayeran, mostraban lo que había que hacer. Una especie de “oración con ruleta”— y la suerte cae sobre Matías. No hubo campañas, ni votaciones, ni debates. Solo oración y confianza. Podríamos decir que fue la primera “asamblea apostólica”, y… milagrosamente, ¡sin peleas!

Este capítulo, si lo analizamos desde una perspectiva práctica y no demasiado mística, nos deja tres grandes lecciones: 1.- Esperar no es perder el tiempo, es preparar el corazón. Los discípulos no se distrajeron ni se dispersaron. Se unieron en oración. 2.- El poder del Espíritu Santo no es un lujo espiritual, sino una necesidad vital. Jesús sabía que sin el Espíritu, ellos no podrían continuar su misión. 3.-  La obediencia abre la puerta a lo sobrenatural. Jesús les dijo “esperen”, y ellos esperaron. No corrieron antes de tiempo, ni se rindieron.

El primer capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles narra la transición entre la obra de Jesús y la misión de sus discípulos. Presenta la ascensión de Cristo al cielo y la promesa del Espíritu Santo, que los capacitará para ser testigos “hasta los confines de la tierra”. Los apóstoles permanecen en Jerusalén en oración y unidad, esperando el cumplimiento de esa promesa. También se relata la elección de Matías para reemplazar a Judas, restaurando el grupo de los doce. En conjunto, el capítulo marca el inicio de la Iglesia en acción, guiada por el Espíritu y enviada al mundo.

Hechos 1 es una invitación a mirar hacia arriba… pero también a mirar alrededor. A recordar que Jesús no se fue para abandonarnos, sino para enviarnos al Espíritu que nos guía, fortalece y acompaña. Quizás tú hoy también estás en un tiempo de espera: por una respuesta, una oportunidad o un milagro. No te desesperes. Esperar con Dios siempre vale la pena. Porque cuando llega el Espíritu Santo…
¡nada vuelve a ser igual!

Y algo más: La Iglesia no crece en la comodidad, sino en el fuego. Así que, si estás pasando por pruebas, tranquilo. Tal vez estás en pleno capítulo de expansión. Así que la próxima vez que leas Hechos,
no lo veas como lo que “ellos” hicieron, sino como inspiración para lo que vos podés hacer. Porque, te digo algo: Los Hechos no terminaron en el capítulo 28. El capítulo 29… lo escribís vos. Vos también tenés una historia. Una misión. Un fuego por encender. Así que abrí el corazón, dejá que el Espíritu tome el volante…y animate a manejar, aunque sea con las rodillas temblando. Porque con Dios al lado, no hay curva que te saque del camino.

Gracias por escuchar. Si esto te dejó pensando, sonriendo o con ganas de buscar más…
¡misión cumplida! Que el Espíritu te sorprenda hoy. Y no tengas miedo de seguirlo…
aunque no tengas todo claro. Desde la próxima entrega nos meteremos juntos en ese maravilloso libro, tal vez el más ungido de todos, si es que me debo guiar por los resultados concretos que he visto.  ¡Hasta la próxima!

Capítulo 2

 ¿Me pregunto si alguna vez has sentido que el aire cambia… que algo invisible te toca, y que todo dentro de ti se despierta? Pues así empezó todo, en un día cualquiera que se volvió eterno: el día de Pentecostés. Los amigos de Jesús estaban juntos, reunidos, probablemente en la misma casa donde habían comido con Él. Estaban… esperando. No sabían exactamente qué, pero confiaban en una promesa: “Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo.” Y, de repente… ¡BOOM! Un estruendo del cielo, como un viento recio. No una brisita de esas que te despeinan un poco, ¡No! Era un viento que traía vida nueva, un aire que venía directo del corazón de Dios.

Y sobre cada uno de ellos se posó una lengua de fuego. Fuego que no quema, sino que enciende. Fuego que no destruye, sino que transforma. Fuego que convierte a pescadores asustados… en testigos valientes. Y comenzaron a hablar en muchos idiomas. Imagínate la escena: Jerusalén estaba llena de visitantes de todos lados —una especie de feria internacional—, y de pronto escuchan a estos galileos hablar en sus propias lenguas. Uno grita: “¡Oye, este tipo está hablando mi idioma de Capadocia!” Y otro: “¡Y aquel habla en árabe!” Y todos escuchan lo mismo: las maravillas de Dios.

Claro, siempre hay alguno que dice: “Bah… seguro están borrachos.” Y Pedro, que antes había negado a Jesús por miedo, se levanta con una sonrisa y dice: “¡No, señores! No estamos ebrios. Apenas son las nueve de la mañana.” (Una buena defensa, ¿No?) Pero Pedro no se queda ahí. Algo poderoso le arde en el corazón. Comienza a hablar con una fuerza que no viene de él. Explica que aquello no era locura, sino profecía cumplida. Que el profeta Joel ya lo había anunciado siglos antes:

“Derramaré mi Espíritu sobre toda carne; vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños.” ¿Te das cuenta? El Espíritu Santo no llega solo para un grupo selecto, sino para todos. Dios no hace casting ni pide currículum espiritual. Su Espíritu se derrama sobre jóvenes y viejos, mujeres y hombres, esclavos y libres, cercanos y lejanos… ¡Sobre todos los que se abren a Él!

Pedro sigue hablando, y sus palabras atraviesan los corazones. Les cuenta de Jesús, del amor que tuvo hasta la cruz, y de cómo Dios lo levantó de la muerte. Y dice algo que cambia la historia: “A este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo.” Silencio… Las multitudes quedan impactadas. Y preguntan con el alma en la mano: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Esa pregunta —“¿Qué haremos?”— sigue resonando en cada corazón que se encuentra con Dios. Y Pedro responde con claridad, sin rodeos:

Arrepiéntanse, bautícense en el nombre de Jesús, y recibirán el don del Espíritu Santo.” Y ese día —dice la Biblia— se unieron tres mil personas. ¡Tres mil! Imagínate el bautisterio improvisado más grande del mundo. Agua, alegría, lágrimas, abrazos… Una explosión de fe que recién comenzaba. Y así nació la comunidad cristiana. Una iglesia sencilla, pero poderosa. No tenían templos gigantes ni redes sociales, pero tenían algo mejor: corazones encendidos.

Compartían todo, oraban juntos, comían juntos —sí, comían, porque la fe con hambre no dura mucho—y vivían con alegría y sencillez. La gente los miraba y decía: “Estos tienen algo diferente… algo que no se compra ni se finge.” Y claro, lo que tenían era el Espíritu de Dios, ese mismo Espíritu que sigue soplando hoy. Pentecostés no fue solo un evento del pasado. Es una experiencia presente, una invitación viva. Porque el mismo viento que llenó aquella casa… quiere llenar tu casa. El mismo fuego que descendió sobre ellos… puede encender tu corazón.

Tal vez no escuches un estruendo del cielo, pero cada vez que perdonas, que ayudas, que oras, que alabas, ese mismo Espíritu está actuando. Y donde el Espíritu sopla… la vida nunca vuelve a ser la misma. Así que hoy, abre tus ventanas interiores. Deja que el viento del cielo entre. Y prepárate… porque cuando el Espíritu Santo llega, todo cambia. Y tú… ¿te animas a dejarte encender? Cuando el Espíritu sopló, no fue una brisa: fue un huracán de propósito. Cada lengua se convirtió en una llave para abrir corazones cerrados.

Pedro, el que negó, ahora predica como si el miedo hubiera sido crucificado. El viento del Espíritu no pide permiso: entra, sacude y renueva. El fuego no quemó, iluminó; no destruyó, purificó. Donde antes había confusión, ahora hay comunicación divina. El Espíritu no bajó para impresionar, sino para transformar. Los que parecían borrachos de vino, estaban ebrios de eternidad. Pedro no habló con un micrófono, habló con un corazón encendido.

Tres mil almas germinaron en un solo día: cosecha celestial exprés. El verdadero milagro no fue hablar en lenguas, sino entender con el alma. El miedo se convirtió en misión, la duda en declaración. El amanecer de Pentecostés fue el nuevo Génesis del Espíritu. Dios mezcló idiomas para dispersar en Babel, y los unió para redimir en Jerusalén. Pentecostés no fue un evento; fue el nacimiento del movimiento. Cuando el Espíritu se derrama, no hay zona de confort que sobreviva.

La comunidad no se formó por afinidad, sino por fuego compartido. El “último tiempo” comenzó cuando el Espíritu interrumpió el ordinario. Lo divino se volvió audible, visible y abrazable. Pentecostés no termina: sigue ardiendo en cada corazón dispuesto. ¿Lo sientes arder hoy, justamente ahora, allí en tu pecho, como si fuera algo desconocido pero, al mismo tiempo, deseado y esperado? Si lo estás sintiendo  eres de los privilegiados del Señor a los que Él mediante su siempre vigente Espíritu Santo decidió tocar en lo profundo. Disfrútalo, pero luego pregúntale cuál es tu misión inmediata. Para eso te lo ha dado.

Capítulo 3

¡Hola, hola! ¡Qué alegría tenerte aquí! Hoy vamos a viajar a Jerusalén… hace casi dos mil años. Pero no te preocupes, no hace falta túnica ni sandalias —aunque si quieres, puedes imaginarlas—. Vamos a presenciar algo extraordinario, una historia que no solo cambió la vida de un hombre… sino que nos sigue hablando al corazón hoy. La escena comienza así: Pedro y Juan, dos amigos, dos discípulos de Jesús, suben al templo a la hora de la oración. Imagínatelos: caminando juntos, hablando de lo que Jesús había hecho, todavía con el corazón encendido por la Resurrección.

Y en la puerta del templo —que, por cierto, se llamaba “La Hermosa”, bonito nombre, ¿No?—, hay un hombre cojo de nacimiento. Lisiado, fuertemente discapacitado. Todos los días lo ponen allí para pedir limosna. Todos lo conocen, es “el cojo de la Hermosa”, parte del paisaje. Ese día, el cojo ve venir a Pedro y a Juan y les pide una ayuda. Y entonces… Pedro lo mira. Pero lo mira de verdad. No como a veces miramos a la gente sin verla. Le dice:

“Míranos.” Y el hombre, esperanzado, estira la mano. Espera unas monedas. Pero Pedro sonríe y suelta una frase que parece casi un chiste divino: “No tengo plata ni oro… pero lo que tengo, te doy.” Y ahí podríamos imaginar al cojo pensando: —“¿Cómo que no tienes plata ni oro? ¡Entonces, qué me vas a dar, una sonrisa?” Pero Pedro añade: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” Y al instante, el hombre siente algo en sus pies, en sus tobillos… ¡fuerza! ¡vida! Se pone de pie, da un salto —¡sí, un salto!— y empieza a caminar, a correr, a gritar, a alabar a Dios.

¡Imagínate la escena! La gente en el templo se queda con la boca abierta: —“¡Pero si es el cojo de la puerta La Hermosa!” —“¡Míralo, está saltando!” No había notificación de WhatsApp, pero la noticia corrió por toda Jerusalén. Qué hermoso gesto. Pedro no le dio lo que el hombre pedía… le dio algo infinitamente mejor: una nueva vida. Y aquí hay algo profundo: Cuántas veces nosotros también pedimos “limosnas del alma”: un pequeño alivio, una distracción, una solución rápida… cuando Dios quiere regalarnos una transformación total. Jesús no vino a darnos monedas de consuelo, sino piernas de esperanza.

El hombre sanado no se suelta de Pedro y Juan. Y claro, la multitud los rodea, curiosa, sorprendida.
Entonces Pedro, viendo a todos ahí con los ojos como platos, les dice algo genial: “¿Por qué se maravillan? ¿Por qué nos miran como si nosotros hubiéramos hecho esto con nuestro poder?” Y les explica: no fue magia, no fue suerte, no fue buena vibra. Fue Jesús. Ese mismo Jesús que habían rechazado, pero que ahora el Padre ha glorificado. Pedro les dice, con amor y valentía: “Ustedes negaron al Santo y Justo… pero Dios lo resucitó. Y por la fe en su nombre, este hombre ha sido sanado.”

Pedro no acusa, invita. Les dice: “Hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia… pero ahora arrepiéntanse, conviértanse, para que sus pecados sean borrados, y vengan tiempos de refrigerio de parte del Señor.” ¡Qué palabra hermosa: refrigerio! Suena a sombra en medio del desierto, a agua fresca después de una larga caminata. Eso es lo que ofrece Dios cuando uno se abre a su perdón: descanso, alivio, vida nueva. Aquellos que me oyen que lo han vivido, saben muy bien de lo que estoy hablando.

La historia del cojo nos recuerda algo muy profundo: Todos tenemos alguna “puerta La Hermosa” donde nos quedamos sentados, resignados, esperando que alguien nos tire una moneda. Pero Dios quiere levantarnos. Quiere que dejemos de ser espectadores y entremos al templo de la vida saltando y alabando. Aunque tres o cuatro viejos cabezones con mil años de iglesia se desmayen escandalizados. Porque la fe en Jesús no solo cambia las piernas del cuerpo… cambia las piernas del alma. Nos hace caminar de nuevo cuando el miedo, la culpa o el cansancio nos habían dejado inmóviles.

Así que hoy, si sientes que te falta fuerza, escucha las palabras de Pedro resonando también para ti: “No tengo oro ni plata… pero lo que tengo, te doy.” Y lo que él tenía, ¡también lo tienes tú! Tienes el amor de Cristo, su Espíritu, su poder para levantar a otros. Porque cuando uno ha sido levantado, se convierte en levantador. Así que… ¡levántate! Anda, salta, alaba. No te conformes con limosnas del mundo cuando Dios quiere regalarte milagros del alma. Y recuerda: la puerta se llamaba “La Hermosa” …
Porque cada vez que alguien se levanta con la fuerza de Cristo, el mundo entero se vuelve más hermoso.

El amanecer aún doraba Jerusalén, pero algo más luminoso estaba a punto de brillar en la Puerta Hermosa. Un hombre acostumbrado a pedir limosna recibió, sin saberlo, una promesa celestial. “No tengo plata ni oro”, dijo Pedro, pero el cielo tenía tesoros que no caben en una bolsa. El nombre de Jesús se pronunció, y el aire mismo pareció temblar de gozo. Donde antes hubo impotencia, brotó danza. Donde hubo mendicidad, nació adoración.

No fue magia, fue misericordia; no fue truco, fue testimonio. Pedro no ofreció monedas, ofreció una nueva manera de caminar —por dentro y por fuera. Las piernas del cojo se alzaron, pero su espíritu fue el primero en ponerse de pie. El templo, acostumbrado a pasos solemnes, escuchó un salto que rompió siglos de rutina. Cada zancada del hombre era una nota en la sinfonía del Reino que se estrenaba. La multitud corrió, curiosa; Pedro habló, valiente. El milagro se volvió mensaje.

“No es por nosotros”, dijo el pescador, “es por Él, el Resucitado”. La fe en Jesús resultó ser más contagiosa que la duda de los sabios. El cojo sanado se convirtió en sermón viviente, más elocuente que cualquier discurso. En el asombro del pueblo se mezclaban la sorpresa y la nostalgia de haber olvidado creer. Cada mirada atónita era una semilla de fe germinando al sol del Espíritu. El templo no volvió a ser el mismo, porque la gracia había cruzado su umbral.

La sanidad fue el milagro visible; la conversión del corazón, el invisible. Pedro predicó arrepentimiento, y el eco de sus palabras aún recorre los siglos. En la Puerta Hermosa se abrió otra puerta —la del Reino— y nadie la ha podido cerrar. Gracias por acompañarme en este viaje al corazón de Hechos capítulo 3. Nos escuchamos en el próximo episodio… y mientras tanto: ¡anda, salta y alaba!

Capítulo 4

¡Bienvenidos a otro episodio! Hoy viajamos a Jerusalén, al corazón mismo de una revolución espiritual. No hay pancartas, no hay discursos políticos… pero sí hay fuego. El fuego del Espíritu. Y en el centro de todo, dos hombres comunes, sin títulos ni trajes de gala, que están a punto de encender una llama que ni los poderosos del templo podrán apagar. Pedro y Juan. El templo está lleno. Hay miradas curiosas, algunas molestas. Pedro acaba de sanar a un hombre cojo de nacimiento —¡milagro puro! — y ahora la gente lo rodea, maravillada.

Pero… no todos están contentos. Los saduceos, guardianes del “orden religioso”, fruncen el ceño. (Con ironía ligera) —“¿Resurrección de los muertos? ¡Eso no va con nuestro reglamento!”— Y sin más… los arrestan. Pedro y Juan pasan la noche en prisión. Pero no están solos… hay una Presencia que llena la celda, una paz que no depende de paredes ni de barrotes. Al día siguiente, el tribunal está listo. Anás, Caifás, los líderes, los sabios del momento. Y al centro, los dos pescadores galileos.

—¿Con qué poder, o en qué nombre, han hecho esto? La pregunta suena a trampa, pero Pedro sonríe. No por arrogancia… sino porque sabe la respuesta. —Si nos interrogan por haber hecho el bien… que todos sepan que este hombre fue sanado en el nombre de Jesucristo de Nazaret,
a quien ustedes crucificaron, pero Dios resucitó de los muertos.
Y déjenme decirles algo: en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

Silencio. Los sabios del templo no pueden creer lo que oyen. ¡Estos hombres no fueron a ninguna escuela de teología! Pero… hay algo en su voz, algo familiar. Sí, claro. Habían estado con Jesús. Y ahí, justo frente al tribunal, también está el hombre que fue sanado… ¡de pie! ¿Qué argumento puedes dar contra un milagro vivo? Ahí es donde se oye la voz de un anciano que dice: —Esto se está saliendo de control… Otro de su misma edad, añade:  —La gente los sigue, no podemos negarlo, ¡todos lo vieron! Y allí es donde interviene el gran Caifás: —Entonces… ¡que no hablen más de ese nombre!

Los vuelven a llamar y les dan la orden: “Prohibido hablar de Jesús.” Y Pedro, sin parpadear, responde: —Juzguen ustedes si es justo obedecerles a ustedes antes que a Dios. Pero nosotros… no podemos callar lo que hemos visto y oído. ¡Boom! Ni cárcel, ni amenazas, ni poder humano pueden apagar a un corazón encendido por el Espíritu. Pedro y Juan son liberados. Y lo primero que hacen no es esconderse, ¡sino reunirse con los suyos!

Contaron todo lo ocurrido, y entonces… sucedió algo grandioso. —Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra y el mar… Mira sus amenazas, y concede a tus siervos valor para hablar tu palabra con poder. Extiende tu mano, Señor, para que sigan los milagros en el nombre de Jesús. Y el lugar donde estaban… tembló. No de miedo, sino de poder. Todos fueron llenos del Espíritu Santo, y salieron a hablar… con valentía. Dice textualmente con denuedo. Denuedo es valentía, si, pero también significa sin contaminaciones.

Y como si fuera poco, esa comunidad de creyentes vivía unida, con un corazón y un alma. Nadie decía: “Esto es mío”. Vendían lo que tenían, compartían, ayudaban, amaban. ¡Nadie pasaba necesidad! Así nació una familia espiritual, no un club religioso, sino una comunidad viva, donde la gracia era abundante. Y en medio de ellos, un hombre llamado Bernabé… “Hijo de Consolación”. Vendió su terreno, y lo puso a los pies de los apóstoles. Porque cuando el Espíritu toca el corazón, la generosidad se vuelve natural.

Porque cuando el Espíritu toca el corazón, no necesitas manipular bolsillos o billeteras para que alguien apoye la obra de Dios. El capítulo cuatro de Hechos nos deja una lección brillante:
no se trata de cuánto sabemos, sino de con quién hemos estado. Pedro y Juan no eran poderosos,
pero habían estado con Jesús… y eso lo cambió todo. Así que, cuando la vida te ponga ante tu propio “concilio”, cuando te pidan callar tu fe o apagar tu luz, recuerda estas palabras:

“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” Porque un corazón encendido… no se apaga. Esto fue  una historia del libro de los Hechos que nos recuerda que la fe no se negocia, se vive.
¡Hasta el próximo episodio, y que el fuego del Espíritu siga ardiendo en ti!

Capítulo 5

Bienvenidos a otro episodio de nuestra serie sobre el libro de los Hechos. Hoy entramos al capítulo cinco… y créanme, no hay manera de aburrirse aquí. Este capítulo tiene de todo: una pareja que quiso jugar con fuego, una iglesia que ve milagros imposibles, y unos apóstoles que se niegan a callar… aunque les cueste la piel. Así que… ajusta tus sandalias, porque vamos al siglo primero, donde la fe era real, el Espíritu se movía, y las mentiras… se pagaban caro.

Ananías y Safira acaban de vender una propiedad. ¡Negocio redondo! Pero en vez de entregar todo lo que habían prometido, deciden hacer una pequeña “reforma contable espiritual”: “Total —piensan— nadie se va a enterar si guardamos un poquito para nosotros, ¿no?” Entonces aparece Pedro, que con voz firme dice: Ananías… ¿por qué dejaste que Satanás llenara tu corazón para mentirle al Espíritu Santo? ¿No podías quedarte con el dinero si querías? ¡No has mentido a hombres, sino a Dios!

Silencio. Un segundo despuésAnanías cae al suelo. La noticia corre como pólvora santa. Y tres horas después, llega Safira. Nuevamente Pedro toma control de la situación y le pregunta a Safira:  Dime, ¿vendieron la propiedad por tal precio? Ella le responde sin dudar:  Sí, por ese precio. Pedro se indigna y pregunta casi con amargura: ¿Por qué se pusieron de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor?
Mira… los que enterraron a tu esposo están en la puerta, y vienen por ti.

Se escucha un golpe seco y sordo de un cuerpo contra el suelo. Y así… Safira cayó también. No fue castigo caprichoso, sino un llamado poderoso: Dios no se toma a la ligera la falsedad en lo espiritual.
La comunidad entera tembló, literalmente, ante la presencia santa de Dios. Pero no todo fue tragedia. La iglesia, aunque asombrada, siguió creciendo. Pedro y los demás apóstoles estaban encendidos. Tantos milagros ocurrían que la gente sacaba a los enfermos a las calles… ¡con la esperanza de que al menos la sombra de Pedro los tocara!

Una voz de mujer se oye elevada entre el murmullo general:  ¡Rápido, pongan al tío Simón ahí! ¡Tal vez la sombra de Pedro pase sobre él! Y sí… la gente sanaba. El poder del Espíritu no tenía límites, y Jerusalén empezaba a volverse un lugar peligroso… ¡para los que no querían oír hablar de Jesús! Los líderes religiosos, los saduceos, estaban verdes de celos. “¡Basta ya de estos predicadores de milagros!”, gritan. Así que los arrestan y los meten en la cárcel pública.

Pero… a medianoche, ¡sorpresa divina! Aparece un ángel que con voz calmada y poderosa dice:  Levántense. Vayan al templo y anuncien al pueblo todas las palabras de esta vida. ¡Y así de simple! Puertas abiertas, guardias dormidos, y al amanecer, los apóstoles están otra vez predicando como si nada hubiera pasado. Los sacerdotes, por su parte… estaban en shock. Uno de ellos, desaforado grita:  ¡La cárcel estaba cerrada, los guardias en su lugar… pero los prisioneros no están! ¿Dónde se metieron?

Llega un mensajero, jadeando por el esfuerzo y responde:  ¡Están en el templo! ¡Predicando otra vez! Los vuelven a arrestar, pero esta vez… con mucho cuidado, porque el pueblo los defiende. El sumo sacerdote, muy exaltado vocifera:  ¿No les prohibimos enseñar en ese nombre? ¡Han llenado Jerusalén con su doctrina! Y allí aparece nuevamente Pedro, que con una voz firme cargada de autoridad, dice:  Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Jesús, a quien ustedes colgaron en un madero, fue levantado por Dios como Salvador. Nosotros somos testigos… y también el Espíritu Santo.

El consejo hierve de furia. Quieren matarlos. Pero entonces, se levanta un hombre sabio: Gamaliel. Con voz pausada y reflexiva dice:  Escuchen… si esta obra es humana, morirá sola. Pero si es de Dios, no podrán destruirla. No sea que terminen luchando contra Dios mismo. Silencio en la sala. Y finalmente… deciden soltarlos. Eso sí: con azotes y una advertencia. Y los apóstoles… salen gozosos.
Sí, gozosos. Felices de haber sido considerados dignos de sufrir por causa del Nombre. Y desde entonces, cada día, en el templo y en las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.

En suma:  Ananías y Safira intentan hacer trampa con una donación, pero Pedro tiene un detector de mentiras versión Espíritu Santo. Ambos acaban muertos por mentir… no era buena idea jugar con fuego divino. La comunidad entra en pánico: la honestidad se vuelve tendencia instantánea. Los apóstoles hacen milagros a lo loco; hasta la sombra de Pedro sana gente —¡ni el mejor influencer logra eso! El Sanedrín, celoso, decide arrestarlos (otra vez… ya parece costumbre).

Un ángel los saca de la cárcel sin romper un solo candado —Netflix debería hacer serie de eso. Ellos, obedientes, vuelven a predicar justo donde los prohibieron (rebeldes con causa divina). El Consejo los interroga: “¿No les dijimos que no hablaran de Jesús?”. Ellos responden: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Zas. Gamaliel, el sabio, aconseja calma: “Si esto es de Dios, no lo detendrán ni con todo el Sanedrín”. Los apóstoles se van felices, aunque apaleados, por haber sufrido “por el Nombre”. ¡Y siguen predicando sin pausa ni miedo!

Si hubiera editado un periódico en ese lugar y en ese tiempo, algunos de mis titulares hubieran sido estos: «Mentiras mortales, milagros masivos y fuga angelical: los apóstoles desafían al Sanedrín en Jerusalén» “Pareja cae fulminada por fraude espiritual: Pedro y su sombra sanan mientras los apóstoles escapan por obra divina” “Ananías y Safira mienten y pagan caro; ángeles abren cárceles y el Sanedrín pierde la paciencia” “Apóstoles liberados por ángel, desafían prohibición y siguen viralizando el nombre de Jesús”

Este capítulo nos recuerda tres cosas poderosas: La autenticidad importa. No se trata de aparentar espiritualidad, sino de vivir con corazón sincero. El poder de Dios no se detiene. Ni cárceles, ni amenazas, ni el miedo pueden apagar la luz del Evangelio. La obediencia a Dios está por encima de todo. Porque cuando es Él quien envía, ninguna fuerza humana puede detener su plan. Así que, si hoy te sientes desanimado o temeroso de ser fiel… recuerda: Dios todavía abre puertas imposibles, sana corazones, y usa incluso nuestras sombras… para traer luz.

Capítulo 6

En Jerusalén, la iglesia crecía… ¡y crecía rápido!  Tantos nuevos discípulos, tantos corazones encendidos… y claro, ¡Tantos platos que lavar! Porque sí, amigos, el Espíritu Santo había llegado… pero las tareas domésticas seguían ahí. Y entre los nuevos creyentes había dos grupos: los hebreos —los de “toda la vida”— y los griegos, esos recién llegados al barrio de la fe. Y ahí empezó el problema… Se escucha una voz griega que dice: ¡Oye, Pedro! ¡Nuestras viudas están siendo olvidadas en la repartición diaria!

Una voz hebrea le responde: ¡No exageres! Solo se nos acabó el pan… otra vez. Murmullos, quejas, malentendidos… nada nuevo bajo el sol. Como si se hubieran adelantado en el tiempo. Los apóstoles, viendo que la cosa se complicaba, convocaron una reunión de emergencia. Entonces Pedro, con voz firme pero con muestras evidentes de cansancio, elige aplicar el humor: Hermanos, no es justo que dejemos la Palabra de Dios… para servir mesas. (No porque no queramos, ¿Eh? Pero si seguimos así, vamos a terminar predicando con un cucharón en la mano.)

Entonces aparece Juan y dice: Así que… propongamos algo: ¡Elijan siete hombres de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría! Ellos se encargarán de esta tarea, mientras nosotros seguimos en la oración y en la Palabra. Y a todos les pareció una idea brillante.
Después de todo, ¿Quién no quiere tener un equipo de “súper servidores”?  Eligieron a Esteban, un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas, y Nicolás, un converso de Antioquía.

Siete hombres comunes, pero con un corazón extraordinario. Los apóstoles oraron por ellos y les impusieron las manos. Y el resultado fue asombroso: La Palabra de Dios seguía creciendo, los discípulos se multiplicaban… ¡y hasta muchos sacerdotes se unían a la fe! Pero mientras la iglesia florecía, las sombras se movían. Esteban —el mismo que servía mesas con alegría— también hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Y eso… no les gustó a todos.

Alguien, opositor naturalmente, casi vociferó:  ¡Eh, tú! ¿Qué estás diciendo sobre Moisés? ¿Y ese Jesús del que hablas? Esteban, sumamente tranquilo y con muestras más que evidentes de alta sabiduría le responde:  Solo comparto lo que el Espíritu me da… que en Jesús hay vida, libertad y verdad. Pero los opositores no podían resistir su sabiduría ni el Espíritu con que hablaba. Así que… cambiaron de estrategia: sobornos, falsos testigos, acusaciones.

La escena siguiente se traslada al tribunal. Entre pasos apresurados y murmullos de la gente, alguien dice: ¡Este hombre habla contra el templo y contra la ley! Dice que Jesús destruirá este lugar y cambiará las costumbres que Moisés nos dio. El concilio entero miraba a Esteban…
Y en medio de tanta hostilidad, algo extraordinario ocurrió. Todos los que estaban sentados allí vieron su rostro… como el rostro de un ángel.

Este capítulo seis de Hechos nos recuerda que servir también es un acto espiritual. Que Dios usa manos que reparten pan… para repartir su amor. Y que cuando el Espíritu habita en alguien, hasta su rostro puede reflejar el cielo. Así fue con Esteban: un hombre lleno de fe, sabiduría y gracia. Un servidor… que brilló con luz divina. Así que, si hoy te toca “servir mesas”, no te desanimes. Quizá estás más cerca de un milagro de lo que imaginas. Esto que hacemos aquí, de alguna manera, también es servir mesas.

En conclusión: Se nos dice que la comunidad crecía, y que con el crecimiento también aparecieron los primeros roces. Las viudas de habla griega sentían que se las estaba dejando de lado. La injusticia, aunque pequeña, amenazaba la unidad del grupo. Los apóstoles comprendieron que no podían hacerlo todo. Servir mesas también era sagrado, pero su misión principal era la Palabra. Decidieron repartir responsabilidades, no poder.

Buscaron hombres de buen testimonio, sabiduría y llenos del Espíritu. La comunidad eligió a siete; el primero, Esteban. Lo presentaron a los apóstoles, y ellos oraron e impusieron sus manos. Así nació el ministerio del servicio, semilla de lo que hoy llamamos diaconado. Cuando todos sirven, nadie se queda atrás. La Palabra siguió creciendo; la organización multiplicó la gracia. Hasta muchos sacerdotes se unieron a la fe. Esteban, lleno de poder y de fe, empezó a hacer maravillas entre el pueblo.

Pero donde florece la verdad, también brota la oposición.  Algunos discutían con él, pero no podían resistir su sabiduría. Entonces recurrieron a la mentira, arma vieja del miedo. Lo acusaron falsamente de hablar contra el templo y la ley. Lo arrastraron ante el consejo, como a Jesús antes que él. Las mentiras resonaban, pero su rostro brillaba como el de un ángel. En medio de la hostilidad, su paz era su defensa. La comunidad aprendía: servir no te libra del conflicto.

El que brilla en la verdad, incomoda a la oscuridad. Esteban no buscaba protagonismo, solo fidelidad. Dios no necesita multitudes; necesita corazones dispuestos. Los apóstoles aprendieron que la administración también puede ser espiritual. El Espíritu no solo habla en el templo, sino en la distribución del pan. El conflicto se volvió oportunidad para crecer en sabiduría. La fe madura cuando se organiza sin perder el fuego del amor. Así, entre mesas y milagros, la Iglesia aprendía a ser cuerpo.

Siete hombres, una comunidad en expansión, y un rostro que brilló con la luz del cielo. Hechos 6… ¡Una historia de servicio, fe y Espíritu!

Capítulo 7

Dicen que hay momentos en la vida donde uno tiene que hablar… aunque duela, aunque incomode, aunque cueste todo. Y si alguien supo hacerlo, fue Esteban. Hoy viajamos al capítulo 7 del libro de los Hechos: el discurso más valiente, la defensa más profunda, y la despedida más luminosa de toda la Biblia. Y entonces otra vez la historia se nos traslada a un antiguo tribunal. Murmullo de la multitud, expectativa, en la suma, un juicio que a todas luces parece perdido antes de iniciarse.

Imagina la escena: un joven llamado Esteban, rodeado por los líderes religiosos más poderosos del momento. El sumo sacerdote le lanza una pregunta directa, con voz muy seria y con contundencia, le pregunta a Esteban: “¿Es esto así?” ¿Y qué hace Esteban? No contrata abogado, no busca atajos, no llora ni huye. Se levanta, respira hondo… y comienza a contar una historia. ¡Pero no cualquier historia! ¡La historia de todo un pueblo!

Esteban recorre la historia como quien pasa las páginas de una Biblia gigante. Empieza con Abraham, el hombre que escuchó a Dios decirle: “Sal de tu tierra y ve al lugar que te mostraré.” Y Abraham se fue… sin GPS, sin Waze, sin saber a dónde iba. Pero creyó. Y así comenzó una historia de promesa, fe y también sufrimiento. Luego Esteban recuerda a José, el muchacho de los sueños y del abrigo multicolor. Sus hermanos lo vendieron por envidia, pero Dios… ¡Dios estaba con él! Y lo que parecía una traición terminó salvando a toda una nación del hambre.

Porque así es Dios: convierte la envidia en propósito, y el dolor en semilla. Después, entra en escena Moisés: el bebé rescatado del Nilo, el príncipe fugitivo, el pastor convertido en libertador. Dios lo llama desde una zarza que ardía sin consumirse. Y le dice: “Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa.” Moisés fue enviado a liberar al pueblo. Pero —y aquí viene el golpe— Esteban recuerda que el mismo Moisés fue rechazado por sus hermanos. Le dijeron: “¿Quién te puso a ti por juez sobre nosotros?”

¿Les suena? Porque siglos después, cuando vino otro libertador —Jesús— también lo rechazaron. Esteban continúa su relato como quien arma un espejo delante de sus acusadores. Les recuerda cómo el pueblo de Israel adoró un becerro de oro cuando Moisés tardaba en bajar del monte. ¡Un ídolo hecho por ellos mismos! Parece que el “hazlo tú mismo” también se aplicaba a la idolatría. Pero el punto no era burlarse.
Esteban estaba diciendo: “Miren su historia. Cada vez que Dios envía salvación, ustedes la rechazan.”

Y entonces, ya sin filtros, lanza la frase que retumba en el aire: “¡Duros de cerviz! ¡Incircuncisos de corazón y de oídos! Siempre resistís al Espíritu Santo.” Silencio. Tensión. La verdad dolió… y mucho. Los rostros de los líderes se deforman de ira. Crujen los dientes. Pero Esteban… mira hacia arriba. Y ve algo que nadie más ve: “¡Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios!” Jesús, normalmente descrito como sentado, aquí está de pie… como quien se levanta para recibir a su testigo.

Entonces lo arrastran fuera de la ciudad. Las piedras comienzan a volar. Y mientras su cuerpo cae, su alma se eleva. Esteban ora: “Señor Jesús, recibe mi espíritu.” Y luego añade, con la misma compasión de su Maestro: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.” Y así… se durmió. No fue derrota. Fue victoria. No fue final. Fue el comienzo de algo que cambiaría la historia… Porque entre los que sostenían las ropas estaba un joven llamado Saulo. Y esa semilla de fe, regada con piedras, florecería en gracia.

Recapitulamos: Esteban toma la palabra y el cielo se queda en silencio. No habla para ganar aplausos, sino para abrir corazones cerrados. Empieza con Abraham, el amigo de Dios que viajó sin GPS. “Sal de tu tierra”, y Abraham salió sin preguntar cuántas estrellas valían la pena. Promesas sin mapa, fe sin manual de instrucciones. Luego José, vendido por sus hermanos pero ascendido por el Altísimo. Porque a veces el foso es la antesala del trono.

Moisés entra en escena, versión bebé flotante en el Nilo. Adoptado por una princesa, graduado en humildad por el desierto. El arbusto ardía, pero no se consumía: un Wi-Fi divino sin desconexión. “Quítate las sandalias”, dice la voz. Santo terreno, pies descalzos, alma despierta. Moisés libera, el pueblo se queja; el ciclo eterno de la ingratitud. Dios les da el tabernáculo: tienda portátil de Su presencia. Pero ellos querían un becerro dorado, el ídolo de las prisas.

Esteban conecta los puntos: la historia no es pasado, es espejo. Los profetas avisaron; el pueblo los canceló antes que existiera Twitter. “Ustedes resisten al Espíritu como sus padres”, suelta Esteban sin anestesia. No era discurso de cortesía; era cirugía del alma. Los oyentes se tapan los oídos: cuando la verdad duele, el silencio grita. Esteban mira al cielo y ve lo que otros no quieren mirar. Jesús de pie, no sentado: recibiendo a su testigo con honor.

Las piedras vuelan, pero la gloria desciende. Esteban cae, pero no maldice; pide perdón por los que le apedrean. En su último suspiro, se parece tanto a su Maestro. El cielo lo abraza; la tierra se queda con Saulo tomando notas. Fin del discurso, comienzo de una revolución espiritual. Un mártir no muere: siembra. Un corazón lleno del Espíritu no discute: ama. Esteban no perdió la vida, la entregó en plenitud. Y el eco de su voz aún resuena: “Mira más alto; hay un Reino esperándote de pie.”

Hoy no vivimos bajo piedras, pero sí bajo presiones. Tal vez no te apedrean con rocas, pero te lanzan críticas, burlas o indiferencia. El mensaje de Esteban sigue vivo: Mantén tu mirada en el cielo, incluso cuando el suelo tiembla. Habla la verdad, aunque cueste. Perdona, aunque duela. Y cree que Jesús no te deja solo, que Él también se levanta para recibirte en cada batalla. Porque cuando los cielos se abren, el miedo se cierra. Y el amor —como el de Esteban— nunca muere. Una historia de valentía, fe y esperanza que sigue inspirando hoy.Porque el Espíritu Santo no se apaga con piedras… se enciende en corazones dispuestos.

Capítulo 8

Jerusalén está en caos. Las calles están llenas de miedo… y de fe. Esteban, el primer mártir cristiano, acaba de morir. Y un joven llamado Saulo, con una mirada más dura que el granito, va casa por casa, arrastrando a hombres y mujeres que el único delito que han cometido, ha sido el de confesar a Jesús. ¡Sí! El mismo Saulo que luego escribiría media Biblia todavía anda con credencial de perseguidor oficial.
Pero aquí está lo curioso: mientras él intenta apagar el fuego del evangelio… lo único que logra es ¡Avivarlo más! Lo entiendo no sabes cómo. Mis mejores producciones han sido creadas luego de las peores críticas.

Porque los que huyen de Jerusalén no van llorando ni quejándose… van predicando. El evangelio se convierte en un mensaje nómada: ¡Si los persiguen en un lugar, florece en otro! Y entre esos predicadores fugitivos está Felipe, que llega a Samaria. Sí, Samaria, ese lugar con el que los judíos no se llevaban nada bien. Imagínate: es como si un hincha de River fuera a predicarle a los de Boca… y lo escucharan. Perdón por esa comparación tan frívola, pero mis hermanos argentinos, por más duros que sean, la entendieron.

Felipe empieza a hablar de Jesús… Y la gente escucha, cree y se sana. Los cojos caminan, los poseídos son libres, y por primera vez en mucho tiempo, ¡hay alegría en Samaria!  Pero claro… donde hay poder de Dios, también aparece el que quiere usarlo como truco de feria. Eso ha existido desde las más remotas antigüedades bíblicas hasta este hoy de modernísimas redes e inteligencias artificiales. Creo que no te lo tengo que denunciar o mostrar claramente para que lo veas. Tienes que haber visto a uno, por lo menos, estoy seguro.

Y allí, entonces, es donde entra en escena Simón el Mago. Un tipo famoso, influencer local.
Tenía a todo el pueblo convencido de que él era “el gran poder de Dios”. Hasta que llega Felipe con señales de verdad. Y Simón… ¡queda atónito! Tanto que se convierte y se bautiza. Pero… todavía tiene alma de empresario: cuando ve que los apóstoles imponen manos y la gente recibe el Espíritu Santo, dice: —Eh… Pedro, Juan… ¿cuánto cuesta ese poder? Les hago una transferencia.

El que le responde de inmediato es Pedro que con voz firme le dice: —Tu dinero perezca contigo. Porque el don de Dios no se compra. ¡Boom! Pedro le da una lección que atraviesa los siglos:
El poder espiritual no se adquiere, se recibe. No es negocio, es gracia. Y donde hay orgullo, el Espíritu no fluye. Por es que en tantas ocasiones, una gran mayoría de nosotros se ha visto decepcionado cuando, en alguna campaña de milagros, no sucede absolutamente nada. ¡Hasta la fe te hace perder la vanidad humana!

Pero la historia no termina ahí. Felipe vuelve a moverse. El Espíritu Santo le dice: —Felipe, ve hacia el sur. Y él obedece. Sin saber adónde, sin GPS, sin agenda… solo guiado por Dios. Y en medio del desierto, se encuentra con un carruaje de lujo. Allí viaja un funcionario etíope, ministro de economía de su reina. Un hombre culto, sincero, leyendo en voz alta al profeta Isaías. Felipe, cadi te diría que con cierta curiosidad mezclada con incredulidad, le pregunta: —¿Entiendes lo que lees?

El moreno eunuco lo mira con una chispa de interés y le responde:  —¿Cómo voy a entender si nadie me explica? Y así, en pleno camino polvoriento, Felipe se sube al carro y le explica… que aquel Cordero llevado al matadero es Jesús, el que murió por amor y resucitó con poder. El corazón del eunuco se enciende. Y al ver agua a un costado del camino, dice: —¡Aquí hay agua! ¿Qué impide que yo sea bautizado?

Aquí es donde parte de mi formación inicial casi me juega una mala pasada, y esperé que Felipe le respondiera que no, que primeramente debía realizar un curso de cinco meses, para luego recién pasar por un examen de la Junta de Vejestorios Notables de la iglesia y ver si estaba apto para el bautisterio. Pero no, para mi sorpresa religiosa, la respuesta de Felipe es simple y concreta:  —Si crees de todo corazón, puedes. Listo hermanos de aquella denominación a la que tanto le agradezco mis primeros años, pero que en esto se quedaban cortos por tradición y metodología humana. Es así como dice Felipe. Si CREES DE TODO CORAZON.

Obvio que el eunuco responde casi dando un brinco: —¡Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios! Lo siguiente no tiene relato, pero te puedes imaginar algunos sonidos de agua, chapoteo, silencio reverente. Y allí, en medio de la nada, nace un nuevo creyente. El desierto se convierte en santuario. La obediencia de uno alcanza a otro que llevará el evangelio hasta África. Qué ocurre a continuación no está relatado, pero no cuesta nada imaginar que luego del bautismo el eunuco y Felipe se quedaron dialogando largamente.

Y de pronto, ¡zas! Felipe desaparece, arrebatado por el Espíritu. El eunuco sigue su camino… gozoso. Siempre me llamó mucho la atención como ese eunuco ve desaparecer a quien acaba de bautizarlo y no se asombra ni se impacta. Simplemente sigue su viaje como si nada hubiera ocurrido. En apariencia, esta historia concluye aquí, pero la de Felipe no.  Porque Felipe reaparece en otra ciudad, predicando otra vez. Porque cuando el Espíritu toma el control, no hay fronteras ni planes estáticos. Solo movimiento,

Hechos 8 es la historia de un Dios que transforma la persecución en expansión, la tristeza en misión, y los desiertos en escenarios de encuentro. Hoy, quizás tú también sientas que estás “esparcido”, que la vida te movió de lugar o te sacó de tu zona cómoda. Pero escucha: no estás perdido… estás enviado. Cada conversación, cada encuentro, cada camino desértico puede ser el lugar donde el Espíritu te use para encender otra vida. Así que… levántate, y ve hacia donde el Espíritu te guíe. Porque cuando el evangelio se pone en movimiento, ¡nada lo detiene! Esto debiera haberse titulado Cuando el evangelio se pone en movimiento”, una mirada viva a Hechos capítulo 8. Nos escuchamos en el próximo episodio… ¡y que el gozo del Señor te acompañe donde sea que Él te envíe!

Capítulo 9

 Había una vez un hombre que respiraba odio… sí, literal: respiraba amenazas y muerte. Se llamaba Saulo de Tarso, un tipo inteligente, apasionado, religioso… y convencido de que los seguidores de Jesús eran una plaga peligrosa que se debía eliminar. Imagina su rostro: ceño fruncido, cartas de arresto en la mano, mirada decidida rumbo a Damasco. Si existiera “X”, o la ex Twitter en esa época, su biografía diría: “Cazador oficial de cristianos. Defensor de la ley. Sin filtros.”

Caminaba con sus hombres bajo el sol de Siria, rumbo a Damasco, (Al caballo te lo debo porque la Biblia no menciona cabalgadura) cuando de repente… ¡BOOM! Una luz del cielo lo envuelve como mil relámpagos en un solo instante. Cae al suelo, cegado, confundido… y entonces escucha una voz que no se sabe de donde sale, pero que es como si estuviera en todas partes el mismo tiempo. —Saulo, Saulo… ¿por qué me persigues?

A ver; cuando lo leemos en la Biblia casi no le damos entonación, como a casi todo lo que está escrito allí. Eso es parte de nuestra natural incredulidad carnal. Pero tranquilamente, si usas un poquito tu imaginación, hasta puedes ver la carita de Pablo cuando queda desparramado en el suelo. Y con un hilo de voz, pregunta:  —¿Quién eres, Señor? Y fíjate que lo llama “Señor”. No porque haya discernido quien era, sino por causa de percibir una enorme autoridad en esa voz. La respuesta lo deja más desparramado que antes. —Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

¿Coces?, o sea “Puntapiés? ¿Patadas? ¿Contra qué aguijón? Los estudiosos han hecho un certamen con este pasaje y esa respuesta. Respeto a todos y a todo, pero en mi sentir está que ese aguijón era la rebeldía por incredulidad en aceptar a Jesús como Mesías. Solo le sigue un profundo y casi estruendoso silencio. Un segundo antes, Saulo creía tener todas las respuestas. Ahora… ni siquiera puede ver. La caída lo dejó ciego de la única visión que hasta allí tenía, la natural y física.

Los hombres que lo acompañan lo toman de la mano —sí, el poderoso perseguidor guiado como un niño— y lo llevan a Damasco. Tres días sin ver, sin comer, sin beber. Tres días a solas con su conciencia, con su culpa, con esa voz que no puede olvidar. ¿Estás prestando atención a lo que digo? ¡Tres días así! En una dura y encarnizada guerra contra su propia religiosidad y con la clásica y legendaria rebeldía de aquellos que se ponen tercos para aceptar lo que es sí o sí La Verdad.

Mientras tanto, en Damasco, hay otro personaje: Ananías. Un discípulo tranquilo, de esos que oran por las noches sin buscar fama. Y el Señor le habla en visión. —Ananías. –  —Aquí estoy, Señor. –  —Ve a la calle llamada Derecha, busca a Saulo de Tarso. Está orando. He mostrado que tú le pondrás las manos para que recobre la vista. – —¿Perdón? ¿Saulo? ¿El mismo que tiene licencia para arrestarnos a todos? Señor, con todo respeto… ¿no será una trampa? Jesús no se inmuta y con ternura y comprensión, pero con firmeza le responde: —Ve. Porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.

Ananías obedece. Entra en aquella casa. El ambiente es tenso. Saulo, todavía ciego, espera. Ananías se acerca, pone las manos sobre su cabeza y dice con ternura: —Hermano Saulo… el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y entonces… ¡algo increíble! De los ojos de Saulo caen como escamas, y ve de nuevo. Pero lo más grande no fue recuperar la vista… sino ver, por primera vez, con el corazón. Se levanta. Se bautiza. Come un poco. Y recobra fuerzas. Pequeño paréntesis: ¿Te das cuenta qué y cómo era el bautismo en ese tiempo?

Y ahora sí: el perseguidor se convierte en predicador. ¡Y qué predicador! Saulo entra a las sinagogas y proclama con pasión: La gente no puede creerlo. “¿No es este el mismo que nos quería arrestar? ¿Qué pasó? ¿Le cambiaron el chip?” Pero no, no era un cambio superficial. Era una transformación total. De cazador a testigo. De enemigo a hermano. Claro, no todos estaban felices. Algunos judíos planearon matarlo.
Pero sus nuevos hermanos lo ayudaron a escapar, bajándolo de noche en una canasta por el muro de la ciudad. Sí, el valiente Saulo… huyendo en canasta. (¡Dios tiene sentido del humor!)

Llega a Jerusalén, pero los discípulos tienen miedo. Y quién los culpa: hace poco ese nombre inspiraba terror. Hasta que aparece un hombre clave: Bernabé. El “hijo de consolación”. El que ve lo que otros no ven. Lo toma del brazo, lo presenta ante los apóstoles y cuenta su historia. Y así, Saulo —el que una vez destruyó— empieza a edificar. A hablar con valentía. A llevar el nombre de Jesús más allá de las fronteras.

Desde ese día, el cristianismo dejó de ser solo un movimiento local. Con Saulo —o mejor dicho, Pablo— el Evangelio comenzó a cruzar mares, culturas, idiomas y siglos. Porque cuando Dios toca a alguien, no solo cambia su destino… cambia el mundo alrededor. ¡Lo hizo conmigo! De acuerdo, yo no era un perseguidor de cristianos ni un asesino despiadado, pero tampoco era una carmelita descalza sin pecado concebida, ¿Se entiende? ¡Y aquí me tienes! Por la bendita gloria de Su Nombre, no por otra cosa.

Tal vez tú también vas por tu propio camino de Damasco. Persiguiendo tus metas, tus certezas, tus planes… Hasta que una luz te detiene y te dice: “Yo soy Jesús. No te resistas. Te tengo un propósito mayor. ” La historia de Saulo nos recuerda que nadie está tan lejos como para no ser alcanzado, y que las cicatrices del pasado pueden volverse señales de gracia. Porque el mismo Dios que derribó a Saulo… es el que hoy te levanta a ti.

Capítulo 10

Este pasaje de Hechos 10, que hoy te estoy compartiendo, es riquísimo: tiene tensión narrativa, humor sutil, un gran giro teológico y una profundidad espiritual impresionante. En la costa del Mediterráneo, donde el mar canta y el sol brilla sobre las murallas de Cesarea, vivía un hombre llamado Cornelio. Un centurión romano —es decir, un tipo con poder, disciplina y un casco brillante—, pero con un corazón diferente. Cornelio era un soldado que oraba. Sí, un hombre del imperio que hablaba con el cielo. Daba limosnas, ayudaba a los pobres, y aunque era romano, había aprendido a temer al Dios de Israel.

Y un día, mientras oraba, la frontera entre el cielo y la tierra se abrió. Un ángel entró en su habitación y lo llamó por su nombre: —Cornelio. Cornelio, medio temblando —porque, seamos honestos, nadie recibe un ángel sin que se le acelere el corazón, además de caérseles las medias y todo lo que tenga elástico, —, preguntó: —¿Qué es, Señor? Y el ángel le dijo: —Tus oraciones y tus obras han subido como un perfume delante de Dios. Ahora envía a unos hombres a Jope, y trae a un tal Simón, apodado Pedro.

Así que Cornelio, sin entender del todo, pero obedeciendo con fe, mandó a tres hombres a buscar a Pedro. Mientras tanto, en Jope, Pedro estaba… ¡con hambre! Sí, el gran apóstol Pedro, el del Pentecostés, el que había sanado enfermos y predicado con poder, ahora lo único que quería era… ¡comer! Sube a la azotea para orar —y quizá para oler lo que estaban cocinando abajo—, y justo ahí, entre el hambre y la oración, ¡le da un éxtasis!

Ve el cielo abrirse, y un lienzo gigante bajar como una sábana de picnic celestial, llena de animales de todo tipo: vacas, serpientes, camellos, lagartijas… y probablemente un par de cosas más, de esas que uno no quisiera ver en el plato. Y una voz le dice: —¡Levántate, Pedro, ¡mata y come! Mata y come. Problemón para veganos y vegetarianos esta palabra, pero así está escrita. Pedro, con el mismo tono que uno pone cuando el mesero te trae algo que no pediste, responde: —¡Señor, no! ¡Jamás he comido nada impuro! Pedro en una rara mezcla de modernismo siglo veintiuno y ley mosaica.

Pero la voz insiste: —Lo que Dios limpió, no lo llames tú impuro. ¡Tomá! ¡Comete esa mandarina! ¡Mira la respuesta que le dio! Le faltó decirle: ¿Se te ofrece algo más, Pedrito?  Tres veces se repite la escena. Tres veces, como si Dios le dijera: “Pedro, esto no es un error de menú. Es una nueva manera de ver el mundo.” Pedro queda perplejo. No sabe si tiene hambre o una revelación teológica. Y justo en ese momento, tres hombres llaman a la puerta.

El Espíritu le murmura con suavidad:  Pedro, tres hombres te buscan. Ve con ellos. Yo los envié. Pedro baja, los saluda, escucha que vienen de parte de Cornelio, y los invita a pasar la noche.
Ya al día siguiente, parten juntos hacia Cesarea. Cornelio, mientras tanto, había reunido a su familia, amigos, vecinos, hasta el panadero del barrio, todos ansiosos por escuchar lo que Dios iba a decir. Cuando Pedro llega, Cornelio, emocionado, se arrodilla. Pero Pedro, medio incómodo, lo levanta y le dice con una sonrisa: —Eh, levántate, que yo también soy solo un hombre. ¡Como me gustaría que algunos hombrecitos que he conocido hubieran sido capaces de decir algo así? Y además respetarlo.

Pedro mira a la multitud y dice algo que hasta ese momento ningún judío habría dicho: —Ustedes saben que no está bien que un judío entre en casa de un extranjero… pero Dios me ha mostrado que a nadie debo llamar impuro o común. ¡Tomá! ¡Otra flor de mandarina! Pero esta dedicada al movimiento fariseo de América Latina.  Y entonces Cornelio cuenta su visión. Y Pedro comprende. El mensaje del Evangelio no es solo para unos pocos, no tiene pasaporte, ni fronteras, ni tradiciones que lo encierren. Dios no hace acepción de personas.

Y finalmente, con un hilo de voz, Pedro dice:  Ahora entiendo… en toda nación, Dios acepta al que le teme y hace lo justo. Y Pedro predica. Habla de Jesús de Nazaret: Ungido con poder, que sanó, que liberó, que fue crucificado, y que resucitó al tercer día. El Señor de todos. Y mientras aún hablaba —sin altar, sin coro, sin protocolo— el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban. ¡Los gentiles! ¡Los extranjeros! ¡Los “no permitidos”!

Los discípulos judíos que habían venido con Pedro se quedaron… ¡boquiabiertos! Dios estaba derramando su Espíritu sin pedirles cambiar de nacionalidad, sin exigirles circuncisión ni pergaminos religiosos. Y Pedro, sonriente, casi divertido por la sorpresa divina, dijo: —Bueno… si Dios ya los bautizó con su Espíritu, ¿quién soy yo para negarles el agua? Doble contra sencillo, pregunto: ¿Cuántos lug ares cristianos que se diga algo así has conocido? Te confieso que yo muy pocos.

Y ese día, en Cesarea, nació algo nuevo: La Iglesia que abraza a todos. La comunidad sin muros El amor que no discrimina. A veces Dios tiene que hacernos ver visiones, o cerrar nuestros esquemas con un lienzo desde el cielo, para recordarnos que su gracia es más grande que nuestras categorías. Porque lo que Dios limpió… No lo llames tú impuro. Y así, entre un soldado romano y un pescador judío, el Evangelio aprendió a hablar en todos los idiomas del corazón.

Capítulo 11

Bienvenidos a otro episodio de Tiempo de Victoria en modo dinámico y despojado de solemnidades religiosas. Hoy nos vamos al capítulo 11 del libro de los Hechos. aquí Pedro se mete en un lío teológico y cultural del tamaño del Monte Sinaí. Todo empieza con una noticia bomba en Jerusalén: “¡Los gentiles también recibieron la palabra de Dios!” Sí, sí, esos no judíos, los que comían cerdo y usaban sandalias sin lavar… también estaban recibiendo el mensaje de Jesús.

Y claro, los de la “vieja guardia” —los apóstoles más tradicionales— ponen el grito en el cielo: “¡Pedro! ¿Qué andas haciendo comiendo con incircuncisos? ¡Eso es casi una traición nacional!” Así que Pedro respira hondo… y dice: “Ok, déjenme explicarles paso a paso lo que pasó”. Y empieza su relato. Pedro estaba en Jope, orando tranquilito, cuando ¡pum! tiene una visión: Un gran lienzo baja del cielo como una sábana celestial con animales de todo tipo. Imagina el zoológico de Dios en versión picnic: leones, serpientes, chanchos, gallinas… todo junto.

Y escucha una voz: “Levántate, Pedro, mata y come.” Pedro se escandaliza: “¡Señor, jamás he comido nada impuro!” Y la voz, con toda la calma divina, le responde: “Lo que Dios limpió, no lo llames tú impuro.” Tres veces se repite el show. Porque, seamos honestos, a veces Dios tiene que repetir las cosas hasta que entendamos… ¿te suena? Y justo cuando el lienzo desaparece, ¡tocan la puerta! Tres hombres llegan desde Cesarea buscando a Pedro. El Espíritu le dice: “Anda con ellos, sin dudar.” Pedro obedece. Y allá va, con seis hermanos más, a casa de un tal Cornelio —un centurión romano, ni más ni menos.

Cornelio les cuenta que un ángel se le apareció y le dijo: “Manda por un tal Simón Pedro, que te hablará de cómo tú y tu casa serán salvos.” Pedro empieza a predicar, y antes de que termine el primer punto del sermón… ¡Boom! El Espíritu Santo cae sobre todos los presentes. Así, sin altar, sin bautismo previo, sin permiso de Jerusalén, sin autorización de la Junta de Notables Cabezones de la Denominación. Dios se salta todo el protocolo religioso y hace descender su Espíritu sobre los gentiles igual que sobre los apóstoles al principio.

Pedro se queda mirando y piensa: “Si Dios les dio el mismo don que a nosotros… ¿quién soy yo para estorbarle?”  Y esa frase debería grabarse en piedra: “¿Quién soy yo para estorbar a Dios?” Porque cuántas veces tratamos de ponerle fronteras al amor divino, como si Dios necesitara nuestro filtro. Cuando Pedro termina su relato, los críticos se quedan mudos. Ni una objeción. Solo una conclusión: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!”

Así, con una simple comida entre “impuros”, el Evangelio se abre al mundo entero. Dios no tiene favoritos. Tiene familia. Mientras tanto, la historia se sigue moviendo. Los creyentes que habían huido por la persecución de Esteban llegan hasta Antioquía —una ciudad cosmopolita, llena de griegos, comerciantes y templos. Y ¿qué hacen? Pues empiezan a hablar de Jesús también a los no judíos. Y sorpresa… ¡la gente cree! Antioquía se convierte en un hervidero de fe.

Jerusalén, al oírlo, envía a Bernabé a investigar. Pero Bernabé no va con cara de auditor, sino con corazón de hermano. Ve la gracia de Dios y se alegra. Anima a todos a permanecer fieles, y el texto dice que “una gran multitud fue agregada al Señor”. Bernabé, sabio, se da cuenta de que necesita refuerzos. Va a Tarso a buscar a Saulo —sí, el antiguo perseguidor— y lo trae a Antioquía. Juntos enseñan por un año entero. Y ahí, por primera vez, los seguidores de Jesús reciben un nuevo nombre: “Cristianos.”

No “los del camino”, no “los nazarenos” … Cristianos: los que se parecen a Cristo. No por su ropa, ni por su acento, sino por su forma de amar. Un profeta llamado Ágabo anuncia que vendrá una gran hambruna. ¿Y qué hacen los cristianos de Antioquía? No dicen “pues que Dios los ayude”. Cada uno da lo que puede, y envían ayuda a los hermanos de Judea por mano de Bernabé y Saulo. Así termina el capítulo 11.
Un capítulo que empezó con barreras y terminó con puentes. Con sospechas… que se transformaron en solidaridad. Con una iglesia cerrada en sí misma… que aprende a abrir los brazos al mundo.

Porque cuando el Espíritu Santo se mueve, ya no hay “nosotros” y “ellos”. Solo hijos e hijas de un mismo Padre. Dios no tiene favoritos. Y cuando digo esto no puedo evitar pensar cuantos hermanos fieles, sinceros, verdaderos hombres y mujeres de Dios han sido convencidos por los discursos de la religión estructural que sí, que Dios tiene favoritos y que son ellos, los de la iglesia o denominación tal o cual. No se puede seguir creyendo esta entelequia en pleno siglo veintiuno, es casi una falta de respeto.

Pedro defiende con valentía la obra de Dios al contar cómo el Espíritu Santo descendió también sobre los gentiles, rompiendo toda barrera. La iglesia entiende que el amor de Cristo no tiene fronteras: ¡la salvación es para todos los que creen! En Antioquía, florece una comunidad ardiente, encendida por la gracia, que comparte y crece sin cesar.  Bernabé llega lleno de gozo, alentando a todos a permanecer firmes en el Señor con corazón fiel. Junto a Saulo, enseña y fortalece a los creyentes: la fe se vuelve acción, el amor se hace visible. Y por primera vez, los discípulos son llamados cristianos —porque reflejan la luz viva de Cristo en todo lugar. Nos escuchamos en el próximo episodio, donde seguimos descubriendo que el Reino de Dios siempre llega… por caminos que no esperábamos.

Capítulo 12

Hoy viajamos al corazón de Jerusalén… donde un rey se cree todopoderoso, una iglesia ora sin descanso, y un apóstol duerme profundamente encadenado entre dos soldados. Sí, dormido. ¡Porque cuando confías en Dios, ni las cadenas te quitan el sueño! En ese tiempo, el rey Herodes decidió que ser cruel daba puntos políticos. Primero, mandó matar a Jacobo, el hermano de Juan… y al ver que a la multitud le gustó el espectáculo, pensó: “¡Vamos por Pedro también!”

Y con toda la arrogancia del planeta tierra desplegada, dijo: “¡Si aplauden con Jacobo, van a ovacionar con Pedro!” Así que lo arresta durante los días de la Pascua, con dieciséis soldados vigilando. Cuatro grupos. Herodes no quería correr el riesgo de que Pedro hiciera otro de esos “milagros de fuga” tan de moda entre los apóstoles. Pedro está en prisión, esposado entre dos guardias, mientras la iglesia… ora.
No un ratito, no una oración rápida antes de dormir. ¡Oraban sin cesar!

“Señor, libéralo, protégelo, muéstranos tu poder…” Eso era lo que desde afuera se escuchaba.  Y mientras tanto, ¿qué hace Pedro? Duerme, ¿Puedes creerlo?  Sí, dormía. ¡El tipo tenía paz en medio del hierro! Una fe que descansa, literalmente. De pronto, una luz brillante invade la celda. Un ángel aparece. Pero Pedro… sigue dormido. El ángel le dice: “¡Pedro! ¡Levántate pronto!” El ángel no vino con dulzura celestial… ¡le da un codazo santo en las costillas!

Las cadenas se sueltan solas. El ángel da instrucciones prácticas: “Ponte el cinturón, las sandalias, el abrigo… ¡y vámonos!” Pedro, medio dormido todavía no tiene ni la menor idea de lo que pasa a su alrededor. “¿Esto es real o estoy soñando otra vez con pescado asado en la playa?” Atraviesan la primera y la segunda guardia sin problema. Llegan a la gran puerta de hierro… …que se abre sola. ¡Automática, antes de existir la tecnología automática!

Apenas doblan la esquina, el ángel desaparece. Pedro parpadea. Mira sus manos libres, la calle vacía…Y dice:  “¡Ahora sí entiendo! El Señor me envió su ángel y me libró de Herodes y de las expectativas de los hombres.” Pedro corre hacia la casa de María, madre de Juan Marcos. Adentro, muchos siguen orando. Él toca la puerta. Una muchacha llamada Rode sale al escuchar unos golpes rítmicos en la puerta..

Súper emocionada, Rode casi grita:  “¡Esa es la voz de Pedro! ¡Está afuera!” Pero en lugar de abrir… ¡corre a contarle a todos! ¡Estás loca, Rode! Le dice uno de los discípulos. Debe ser su ángel…añade otro. Mientras tanto, Pedro sigue afuera, tocando. ¡Eh! ¡Abran que no quiero que me arresten otra vez! Finalmente, abren. Lo ven. Y se quedan… ¡boquiabiertos! Increible. ¡Estuvieron orando horas para que Pedro recuperara la libertad y, ahora que lo están viendo libres, casi se desmayan! Creyentes…

 “Shhh… tranquilos. El Señor me sacó de la cárcel. Avisen a Jacobo y a los hermanos.” Y se fue a otro lugar. No por miedo, sino por estrategia divina. Cuando amaneció, los soldados despertaron al desastre: ¡El prisionero más custodiado había desaparecido sin dejar huella! Herodes, furioso, los ejecutó. Y luego… se fue a Cesarea. Porque nada calma el ego herido como unas vacaciones en la costa. Aunque esos muchachos, si algo les sobraba, era contacto con la naturaleza. ¡Que privilegiados!

Allí, Herodes se viste con ropas brillantes y se sienta en su trono para dar un discurso.
El pueblo, adulador y temeroso, grita: “¡Voz de Dios, y no de hombre!” Herodes se sonríe, hinchado de su propia vanidad y murmura:  “Bueno… tal vez un poco de ambos.” Modesto Herodes, le dicen. Faltó que dijera: No soy ególatra, ¡Lo juro por mí! Pero el cielo no comparte su gloria. Un ángel del Señor lo hiere. Y Herodes muere… comido de gusanos. El hombre que se creyó dios, terminó siendo comida de lombrices.

Y mientras los poderosos caen, la Palabra del Señor crece. Pedro libre. La iglesia viva. La oración triunfante. Porque no hay cárcel, ni cadena, ni puerta de hierro… que pueda resistir al poder de un pueblo que ora y a un Dios que responde. Así que si hoy sientes que estás “encadenado”, recuerda:
Dios todavía manda ángeles, todavía abre puertas, y todavía sorprende a los que dudan como Rode.
Porque cuando Él actúa… ¡las cadenas caen, las puertas se abren, y la historia sigue avanzando!

El poder del hombre cayó, pero la palabra de Dios creció y se multiplicó. Herodes se vistió de gloria terrenal, y fue deshecho por la voz del Altísimo. La oración del justo abrió las puertas de hierro y quebrantó las cadenas del siervo fiel. Donde el enemigo levantó su mano, el ángel del Señor extendió su luz. La Iglesia no temió, porque el Espíritu del Señor fue su defensa y su victoria. Y así, entre la espada y el milagro, el Reino se afirmó con poder eterno. Si te inspiró, compártelo. Y no olvides: ora, confía y mantén el humor celestial encendido.

 Capítulo 13

Imagina una iglesia vibrante, llena de vida y de fe. No hay pantallas, ni micrófonos, ni luces LED… pero el Espíritu Santo está en pleno movimiento. Antioquía: una mezcla de culturas, acentos y corazones encendidos. Allí, un grupo de líderes ora, ayuna y sirve… y de pronto, el Espíritu habla. “Aparten a Bernabé y a Saulo para la obra que tengo para ellos.” Y así, sin grandes planes estratégicos ni presentaciones en PowerPoint, comienza el primer viaje misionero de la historia cristiana.

Bernabé y Saulo (Sí, Saulo, quien pronto será más conocido como Pablo) suben a un barco rumbo a Chipre. Con ellos va Juan Marcos, un joven entusiasta que seguro empacó más cosas de las necesarias. Bernabé, entre risas, le dice:  —Juan, ¿de verdad trajiste tres túnicas? – —¡Nunca se sabe! Por si refresca… Esa fue la ficcionada respuesta del joven.  En Salamina, predican en las sinagogas. En Pafos, se topan con un personaje peculiar: un mago llamado Elimas, que intenta bloquear la fe del gobernador Sergio Paulo.

Elimas, con síntomas de cierta presunción, opina:  —Bah, estos predicadores no saben nada. Yo tengo… ¡poderes! El que le responde es Pablo, con llamativa seriedad.  —Tienes poderes, sí… pero del tipo equivocado. Pablo, lleno del Espíritu Santo, lo mira fijo y ¡zas! Elimas queda ciego por un tiempo. No por venganza, sino para que entienda quién tiene el verdadero poder. Allí es cuando el gobernador Sergio Paulo, realmente impactado dice:  —¡Esto sí que es real! ¡Yo creo!

Y el primer convertido de este viaje no es un judío, sino un romano influyente. Así de inesperado trabaja Dios. Pero no puede sorprendernos, eso. Con Jesús sucedió lo mismo. ¿Recuerdan al centurión que tenía su criado enfermo? ¡Lo puso como ejemplo de fe, Jesús! Y era romano. Desde Pafos navegan hacia Perge, en Panfilia. Pero aquí pasa algo… Juan Marcos se vuelve a Jerusalén. No sabemos por qué: tal vez el cansancio, el miedo o la nostalgia de casa.

Bernabé da su impresión sobre esto cuando murmura:  —Bueno, cada uno tiene su ritmo… Pablo asiente con la cabeza, pero igualmente les aclara:  —Seguimos. La misión no se detiene. Y así llegan a Antioquía de Pisidia. En la sinagoga, Pablo es invitado a hablar. ¡Gran error si querías una charla corta! —Hermanos, escuchen. Dios eligió a nuestros padres, liberó a Israel, les dio jueces, reyes, y finalmente levantó a David… un hombre conforme a su corazón.

Pablo hace un recorrido express por la historia de Israel, recordando cómo Dios ha sido fiel generación tras generación. Y luego, conecta todo con Jesús: —De su descendencia vino Jesús, el Salvador. Lo rechazaron, lo crucificaron… pero Dios lo levantó de los muertos. Y ahora, por medio de Él, se les anuncia perdón de pecados y una nueva justicia, no por la ley, sino por la fe. Es como si Pablo dijera: “Dios no cambió de plan, ¡lo está cumpliendo!” Y ojo, su mensaje no era teórico: era esperanza viva, perdón real, vida nueva.

Después de la predicación, los gentiles dicen: “¡Queremos oír más el próximo sábado!” Y cuando llega ese día… ¡casi toda la ciudad aparece! —¡Wow! -dice eufórico Bernabé- Esto sí que se viralizó rápido. Pero no todos están felices. Algunos judíos sienten celos y comienzan a contradecir y a insultar. Pablo y Bernabé, con valor, responden: —Si ustedes no quieren escuchar, iremos a los gentiles.
Porque Dios nos llamó a ser luz para las naciones, para llevar salvación a todos los que crean.          

Y así, los gentiles se llenan de gozo, mientras otros los expulsan de la región. Pero ellos sacuden el polvo de sus sandalias —como quien dice “sin rencor, seguimos adelante”— y marchan hacia Iconio. Este capítulo no es solo historia. Es un espejo para nosotros. El Espíritu sigue enviando.
Dios sigue abriendo puertas… y también permitiendo que algunas se cierren. A veces somos Bernabé, animando. Otras, Pablo, predicando con fuego. Y a veces… Juan Marcos, sintiendo que no podemos más. Pero el Espíritu no se detiene.

De acuerdo. Nadie sabe si esto fue así como te lo relaté, pero no cuesta demasiado pensar que tan diferente no pudo haber sido. Y llevarlo a una mínima y respetuosa ficción, lo que consigue, es ayudar a despojarnos de esa solemnidad ritualista que nos plantaron de niños y que hoy tanto nos estorba para poder comunicarnos mano a mano con nuestro Señor, que es como Él desea que sea. Entonces cabe la duda y la pregunta luego de oír esto.

¿Y tú? ¿A dónde te está enviando Dios hoy? Quizá no a Chipre, pero sí a tu trabajo, a tu familia, a ese amigo que necesita escuchar que el perdón y la vida nueva son reales. Así termina este capítulo… con alegría y Espíritu Santo, aunque haya polvo en los pies. Porque cuando Dios te llama, lo imposible se convierte en aventura. Una historia antigua, sí, pero con poder fresco para hoy. Cuando hoy se habla de misiones, se habla de introducciones culturales, sponsors y todo ese andamiaje que no nos favorece en credibilidad. ¿O no han sido utilizados algunos pseudo misioneros como espías de ciertos servicios de inteligencia de ciertos países? Eso no es evangelio. Eso es carne. Y para colmo de males, carne cruda.

Capítulo 14

 Hoy viajamos con Pablo y Bernabé a un capítulo lleno de acción, milagros, confusiones mitológicas y, por supuesto, fe inquebrantable. Iconio. Una ciudad llena de historia, comercio… y tensión espiritual. Pablo y Bernabé entran en la sinagoga y predican con tal poder que una gran multitud cree — judíos y griegos por igual. ¡Impresionante! Pero donde el Espíritu se mueve, también se mueve la oposición. Algunos judíos incrédulos comienzan a agitar a los gentiles. Y la ciudad se divide: mitad con los apóstoles, mitad contra ellos. Parece un resumen de nuestra época, ¿no? La verdad todavía divide.

(Pero ellos no se van. No retroceden. El texto dice que hablaron con denuedo, confiados en el Señor”, y Dios confirmó su mensaje con señales y prodigios. Así trabaja la fe: no busca escapar del conflicto, sino permanecer con gracia y poder. La situación se pone fea. Judíos, gentiles y autoridades se unen — ¡sí, se unen! — para atacar a los mensajeros de Dios. Pablo y Bernabé huyen a Listra y Derbe. Y allí… ¡no se callan! Siguen predicando.

Pablo podría haber dicho: “Bueno, Señor, un sabático no me vendría mal”. Pero no, su pasión no conoce pausa. No me asombra, aunque me sigue impactando. Todos los que llegamos al evangelio de adultos, sentimos del mismo modo las cosas de Dios. Eso es lo que debemos sanar, liberar y desterrar de los que, por haber nacido en hogares cristianos, de gente de iglesia de muchos años, suelen equivocarse viendo a este mismo evangelio como una actitud de creencia tradicional y punto

En Listra, un hombre cojo de nacimiento escucha atentamente. Pablo lo mira, percibe su fe… y declara: “¡Levántate derecho sobre tus pies!” El hombre salta. Camina. Y la multitud… ¡enloquece! ( “¡Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros!”, gritan en licaónico. Y deciden que Bernabé es Júpiter — el dios padre — y Pablo, Mercurio — el mensajero, claro, porque ¡hablaba mucho Parece gracioso, pero en realidad es triste: la gente prefiere adorar el milagro antes que al Dios que lo hizo posible. El corazón humano siempre busca ídolos con piel humana.

El sacerdote de Júpiter ya tiene los toros listos para el sacrificio. ¡Una locura! Pero Pablo y Bernabé rasgan sus ropas y gritan: “¡Somos hombres como ustedes! ¡Conviértanse de estas vanidades al Dios vivo!” Y ahí predican uno de los mensajes más bellos de toda la Biblia: un Dios que hace bien, que envía lluvias, que llena de alegría nuestros corazones. No un dios lejano, sino un Padre generoso. El evangelio no empieza con reproches, sino con bondad.

Pero el aplauso dura poco. Llegan judíos desde Antioquía e Iconio y persuaden a la multitud. Y la misma gente que quería sacrificarles… ahora los apedrea. Pablo cae. Lo arrastran fuera de la ciudad. Lo dan por muerto. Pero la fe no se entierra con piedras. Los discípulos lo rodean. Pablo se levanta, se sacude el polvo… ¡y vuelve a entrar en la ciudad! El apóstol del “me caigo, pero me levanto”. Si esto no es resiliencia espiritual, ¿qué crees que lo es?

Después de predicar en Derbe, Pablo y Bernabé regresan por las mismas ciudades donde fueron rechazados: Listra, Iconio y Antioquía. ¿A qué? A confirmar a los discípulos. A decirles: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” No una fe de escapar, sino una fe que resiste. No un evangelio de éxito, sino de transformación. Nombran ancianos, oran, ayunan y los encomiendan al Señor. Luego regresan a Antioquía y cuentan todo lo que Dios hizo: cómo abrió la puerta de la fe a los gentiles.

¡Misión cumplida! Y esta vez sí, un descanso merecido: “se quedaron allí mucho tiempo con los discípulos”. Hechos 14 nos enseña que la fe verdadera no se mide por cuántos nos aplauden, sino por cuántas veces nos levantamos. Que los milagros apuntan al Dios vivo, no a sus mensajeros. Y que el evangelio sigue abriendo puertas, incluso en medio del rechazo. Así que, si hoy te sientes apedreado por la vida, recuerda a Pablo: levántate, sécate el polvo… y vuelve a la ciudad. Porque mientras haya aliento, hay propósito.

En Hechos 14, Pablo y Bernabé continúan su primer viaje misionero, enfrentando la mezcla explosiva de aceptación y rechazo que acompaña al evangelio verdadero. En Iconio, predican con poder, y Dios confirma su mensaje con señales; pero la ciudad se divide: unos creen, otros planean apedrearlos. La verdad siempre corta en dos —no deja a nadie neutral. En Listra, un milagro desata la confusión: los hombres quieren adorarlos como dioses. Pablo y Bernabé rasgan sus vestiduras; el mensaje no es sobre el mensajero, sino sobre el Dios vivo que da vida y testimonio de su bondad.

Sin embargo, la multitud voluble pasa de la adoración al odio en minutos, apedreando a Pablo hasta dejarlo por muerto. Así es el corazón humano sin Cristo: idolatra hoy, asesina mañana. Pero Pablo se levanta. No hay derrota para quien vive resucitado. Siguen fortaleciendo a los discípulos y enseñando que “es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. Hechos 14 no es un relato heroico, sino una advertencia y un llamado: el evangelio cuesta todo, pero también lo vale todo. La oposición no detiene la misión; la purifica. Soy [nombre del narrador], y esto fue Hechos 14: Nos escuchamos en el próximo episodio. ¡Sigue caminando con fe!

Capítulo 15

¡Hola, hola! Bienvenido a nuestro estudio bíblico express. Hoy nos metemos de lleno en el capítulo 15 del libro de los Hechos, un capítulo clave, emocionante y con un poquito de drama eclesiástico.  Sí, hoy veremos el primer gran concilio de la iglesia… ¡y también la primera gran pelea ministerial registrada!
Así que, ponte cómodo, abre tu Biblia, y prepárate para descubrir que la gracia siempre gana. Todo comienza con una polémica en Antioquía.

Algunos hermanos, muy entusiastas de las tradiciones, decían: “Si no te circuncidas conforme al rito de Moisés, no puedes ser salvo.”  En otras palabras: La fe en Jesús está bien, pero hay que añadirle un poco de Moisés.” Pablo y Bernabé escuchan eso y ¡boom! Discusión encendida. Porque cuando alguien toca el mensaje de la gracia, Pablo no se queda callado. Entonces, la iglesia decide enviar a Pablo y Bernabé a Jerusalén para resolver el asunto.

Es como cuando en la iglesia de hoy alguien dice: “Mejor que los pastores se reúnan y aclaren esto antes de que tengamos tres denominaciones nuevas.” En el camino, Pablo y Bernabé van compartiendo lo que Dios ha hecho entre los gentiles, ¡y todos se alegran!  Qué lindo cuando las buenas noticias se contagian más que los chismes teológicos.  Llegan a Jerusalén. Reunión con los apóstoles, los ancianos y… algunos fariseos convertidos que todavía traían la cinta métrica para las circuncisiones.

Ellos dicen: “Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la ley de Moisés.”  Y empieza la gran discusión. Pero Pedro se levanta y da una de las declaraciones más poderosas de todo el libro de los Hechos: “Dios no hizo diferencia entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones.”  “Creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.”  ¡Ahí está el corazón del evangelio! No es Jesús + reglas, sino Jesús = suficiente.

Después de eso, Bernabé y Pablo cuentan cómo Dios hizo milagros entre los gentiles. Y finalmente Jacobo —sí, el hermano de Jesús— toma la palabra y concluye: “No molestemos a los gentiles que se convierten a Dios.”  Traducido al lenguaje moderno: Dejemos de ponerle obstáculos a la gente para acercarse a Cristo.” Ehh…¿Me darán permiso para colocar un letrero que diga eso en el hall de cada templo o salón cristiano?

Eso sí, Jacobo propone unas reglas básicas. No comer lo sacrificado a ídolos, No consumir sangre ni carne ahogada, Y abstenerse de la inmoralidad sexual. No para ganar salvación, sino para vivir en amor y unidad con los demás. La fe salva, pero el amor ordena la convivencia.  Los apóstoles redactan una carta —podríamos decir el primer comunicado oficial de la iglesia— diciendo: “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias.”

Qué hermosa frase: “Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros. No tomaron decisiones por impulso, sino buscando la guía del Espíritu. ¡Y el resultado fue alegría!  La iglesia en Antioquía leyó la carta y se regocijó por la consolación. Cuando la iglesia pone la gracia en el centro, siempre hay gozo. El capítulo termina con un toque humano: Pablo y Bernabé, los héroes de la misión, tienen un fuerte desacuerdo sobre si llevar o no a Juan Marcos. El resultado: se separan. Bernabé se va con Marcos, Pablo con Silas.

Y uno podría pensar: “¡Qué pena!” Pero Dios usa incluso los desacuerdos para multiplicar la obra. En vez de un equipo misionero, ahora hay dos. La misión sigue. La gracia sigue. Y más adelante, Pablo reconciliaría con Marcos. En 2 Timoteo 4:11 Pablo lo cuenta: Solo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio. . Porque así es el Dios de la gracia: no cancela, restaura.

Hechos 15 nos enseña tres cosas prácticas: La salvación es por gracia, no por obras. Las diferencias se resuelven buscando la guía del Espíritu. Aun cuando hay desacuerdos, Dios puede traer bendición. Así que, la próxima vez que te enfrentes a un conflicto en la iglesia o en tu fe, recuerda: No se trata de quién tiene la razón, sino de darle la razón al Evangelio. El capítulo 15 de Hechos marca un punto decisivo en la historia de la Iglesia: el Evangelio se libera de las cadenas del legalismo y se afirma la gracia como el camino de salvación.

En medio del debate, Pedro proclama una verdad eterna: “Por la gracia del Señor Jesús somos salvos”. Santiago, guiado por el Espíritu, confirma que Dios no hace distinción entre judíos y gentiles, y la Iglesia responde con unidad y humildad. Este capítulo nos recuerda que la verdadera fe no se define por rituales ni tradiciones humanas, sino por un corazón transformado por la gracia. La resolución en Jerusalén no fue solo teológica, sino pastoral: cuidar la comunión, quitar tropiezos y fomentar la edificación mutua. En la práctica, Hechos 15 nos desafía hoy a mantener la pureza del Evangelio sin añadir cargas que Cristo ya llevó en la cruz. Nos enseña a resolver diferencias buscando la guía del Espíritu y el bien del cuerpo de Cristo. La Iglesia crece cuando la verdad y el amor caminan juntos. Que cada decisión, como en Jerusalén, glorifique a Dios y fortalezca a su pueblo en la libertad que da Jesús. Nos escuchamos en el próximo estudio. ¡Dios te bendiga!

Capítulo 16

El capítulo 16 del Libro de los Hechos parece una mezcla entre diario de viaje, relato misionero y serie de acción espiritual. Tenemos a Pablo, Silas, y un nuevo fichaje: Timoteo, joven con buen testimonio, madre creyente y padre griego. Una especie de “bicultural” de primera línea. Pablo lo recluta, y—detalle curioso—decide circuncidarlo “por causa de los judíos”. No por obligación doctrinal, sino por estrategia misionera. Porque el evangelio no se predica con rigidez, sino con sensibilidad. Pablo no es prisionero de las reglas: es libre para amar eficazmente.

Y entonces llega el momento del GPS celestial. Pablo quiere ir a Asia, pero el Espíritu Santo dice “No”. Lo intenta por Bitinia, y otra vez: “No”. Uno se imagina a Pablo revisando el mapa y diciendo: “¿Y ahora, Señor?”. Hasta que una visión de noche lo resuelve: un varón macedonio que ruega “¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!”. El Espíritu cierra puertas, pero no por capricho: las redirige. Cuando Dios dice “no”, suele significar “espera, que tengo un mejor destino”.

En Filipos, Pablo no encuentra sinagogas, así que va al río, donde un grupo de mujeres ora. Ahí conoce a Lidia, comerciante de púrpura (traducción: una empresaria de éxito). Ella no solo abre su corazón, sino también su casa. El primer hogar cristiano de Europa es liderado por una mujer hospitalaria. Así trabaja el Espíritu: el evangelio entra por la puerta que nadie vio.

Pero el viaje se complica. Una muchacha poseída por un espíritu de adivinación sigue a los apóstoles gritando verdades incómodas: “¡Estos hombres son siervos del Dios Altísimo!”. Y aunque lo que dice es cierto, su tono es insoportable. (Hasta las verdades mal dichas cansan). Pablo, ya sin paciencia, la libera en el nombre de Jesús. Y claro, los dueños del “negocio espiritual” pierden su fuente de ingresos. Moral práctica: cuando el evangelio entra, los ídolos económicos tiemblan. No hay libertad sin pérdida de ganancias injustas.

Azotados y encadenados, Pablo y Silas no se quejan ni hacen huelga espiritual. Cantan. Sí, cantan.
La cárcel se sacude, las puertas se abren, pero ellos no huyen. El verdadero milagro no es el terremoto: es el carácter. Cuando uno adora en la oscuridad, las cadenas se rompen de dentro hacia afuera.
Y el carcelero, que pensaba que todo estaba perdido, pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”. Pablo responde con una simplicidad que atraviesa siglos: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa”.
La salvación llega de noche, en una casa común, entre heridas lavadas y una cena improvisada.

A la mañana siguiente, los magistrados quieren soltar a los prisioneros en silencio. Pero Pablo dice: “No, señores. Nos azotaron sin juicio, siendo ciudadanos romanos. Ahora vengan ustedes mismos a sacarnos”. Ese gesto no es orgullo: es dignidad. Los creyentes no buscan venganza, pero tampoco aceptan la injusticia como algo “espiritual”. Pablo defiende la verdad para que el Evangelio no quede manchado de cobardía. Hechos 16 nos enseña que el Espíritu Santo dirige los pasos, pero también los tropiezos.

Que la fe no es una ruta recta, sino un viaje con desvíos santos. Nos recuerda que el canto puede ser más fuerte que los barrotes, que la hospitalidad abre caminos más anchos que los templos, y que la libertad no siempre llega rompiendo muros, sino lavando heridas. Pablo, ¿te das cuenta? Primero una mujer comerciante, luego una esclava liberada, y finalmente un carcelero convertido… ¡Tres historias, tres libertades distintas! Sí, hermano. Así es el Evangelio: une lo que el mundo separa. En cada corazón abierto, comienza una nueva Macedonia. Y así, entre canciones, cárceles y casas, el Reino de Dios sigue avanzando… sin mapas, pero con dirección divina.

En Hechos 16, Pablo y Silas nos regalan una clase magistral de fe con ritmo. Van a Filipos, liberan a una muchacha explotada por adivinar, y por hacer el bien, ¡terminan golpeados y encarcelados! Pero en vez de quejarse, se ponen a cantar himnos a medianoche, afinando el alma en medio del dolor. Y entonces, cuando la fe suena más fuerte que las cadenas, la tierra tiembla, las puertas se abren y las ataduras caen. Parece magia, pero es fe con tambor.

Lo mejor es que la historia no termina con la fuga: el carcelero, que iba a quitarse la vida, encuentra en esos mismos prisioneros la verdadera libertad. Pablo no huye; se queda para salvarlo. Así, el que vigilaba las llaves descubre que el Evangelio no abre barrotes, sino corazones. Moraleja práctica y espiritual: cuando todo se te cierre, canta; cuando todo tiemble, permanece; y cuando tengas la oportunidad de escapar, piensa si no estás llamado a liberar a otro. Dios tiene la costumbre de convertir tragedias en conciertos y cárceles en templos. La fe no siempre cambia las circunstancias, pero siempre cambia el sentido de estar en ellas.

Capítulo 17

El capítulo 17 del libro de los Hechos es una pequeña joya narrativa dentro del Nuevo Testamento. En menos de cuarenta versículos, Lucas nos hace viajar por tres ciudades, tres culturas y tres maneras muy distintas de recibir el Evangelio. Es casi una crónica de ruta misionera, con persecuciones, debates filosóficos y hasta un toque de humor divino. Y todo gira alrededor de un mensaje simple pero explosivo: Jesús es el Cristo.

Pablo y Silas llegan a Tesalónica con su estrategia habitual: ir primero a la sinagoga. No empieza con milagros ni con música de fondo, sino con la Biblia abierta. Por tres sábados seguidos discute, razona, explica. No grita, argumenta. Y, sin embargo, el resultado es un terremoto social. Algunos creen, muchos se incomodan, y otros –los más “religiosamente celosos”– deciden armar un motín. El texto dice que buscaron a Pablo y Silas, pero como no los hallaron, arrastraron a Jasón, el pobre anfitrión.

En Tesalónica ser hospitalario podía costarte una fianza. Y los acusadores gritan una frase que, sin querer, se convierte en el mejor elogio posible: “Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá.” ¡Qué testimonio! Para algunos, los cristianos eran un problema público; para Dios, eran un motor de transformación. El Evangelio siempre sacude las estructuras, no porque promueva caos, sino porque introduce un nuevo orden: el del Reino de Dios. Y ese Reino tiene un Rey que no es César, sino Jesús.

Tal vez hoy no nos arrastren ante las autoridades, pero el mensaje sigue siendo igual de incómodo: hay otro Rey. Y cuando alguien vive bajo su gobierno, inevitablemente trastorna su entorno, porque deja de obedecer a los ídolos del poder, del dinero o de la aprobación. Luego de la tormenta en Tesalónica, Pablo y Silas llegan a Berea. Y el contraste es notable. Lucas dice que los bereanos eran “más nobles”, no porque tuvieran títulos, sino porque tenían una actitud diferente: escuchaban con disposición y examinaban las Escrituras cada día.

Es decir, no eran crédulos ni cínicos. No aceptaban todo, pero tampoco rechazaban de entrada. Investigaban. En un tiempo en que muchos cristianos prefieren memes teológicos antes que estudio bíblico, los bereanos son un ejemplo dorado. Ellos no esperaban que Pablo les hiciera sentir algo, sino que les mostrara si era verdad. Y el resultado es fe sólida. No fe emocional, sino fe razonada. Por eso muchos creyeron. El texto subraya, además, que entre ellos había mujeres griegas de distinción.

El Evangelio sigue rompiendo barreras culturales y de género: nadie queda fuera de su alcance. Curiosamente, los alborotadores de Tesalónica viajan hasta Berea para causar problemas otra vez. Parece que el celo religioso tiene más movilidad que el celo evangelístico. Pero Pablo sigue adelante. El Evangelio no se detiene por persecución; simplemente cambia de escenario. Y así llegamos a Atenas, la cuna de la filosofía, la ciudad de Sócrates, Platón y Aristóteles… y de miles de estatuas.

Pablo, que no era indiferente, se “enardecía” al ver tanta idolatría. No se burla, pero tampoco se adapta. Su espíritu arde, no de superioridad, sino de pasión santa. Y hace algo magistral: lleva el Evangelio a la plaza. Habla en la sinagoga, sí, pero también discute con filósofos estoicos y epicúreos. Es como si hoy se sentara a debatir con influencers, ateos y gurúes espirituales. Algunos lo llaman “palabrero”, otros lo invitan al Areópago, ese foro intelectual donde se discutían las ideas más frescas (y las más raras).

Y allí, en medio del orgullo intelectual ateniense, Pablo predica uno de los discursos más brillantes de toda la Biblia. No cita la Ley ni los Profetas, sino a los poetas griegos. Comienza con un punto de conexión: “Veo que sois muy religiosos… incluso tenéis un altar al Dios no conocido”. Luego presenta al Dios verdadero: Creador, sustentador, cercano. No un ídolo de oro, sino el que “da a todos vida, aliento y todas las cosas”. En pocas frases, Pablo desarma toda la teología pagana: Dios no necesita templos, ni sacrificios, ni estatuas.

No depende de nosotros; nosotros dependemos de Él. Y termina con una nota profética: “Dios manda a todos los hombres que se arrepientan”, porque el juicio vendrá a través de Aquel que resucitó de los muertos. El resultado es predecible y actual: unos se burlan, otros posponen (“ya te oiremos otra vez”), y unos pocos creen. Entre ellos, Dionisio el areopagita y una mujer llamada Dámaris. En Atenas, el Evangelio no produce un avivamiento masivo, pero sí una semilla fiel. Porque el éxito en el Reino no se mide en aplausos, sino en frutos.

Hechos 17 es, en el fondo, una radiografía de cómo responde el mundo ante el Evangelio. En Tesalónica, lo rechazan con violencia; en Berea, lo examinan con nobleza; en Atenas, lo analizan con curiosidad. Y en todos los casos, Pablo permanece fiel al mensaje, adaptando su método, pero no su verdad. Hoy también vivimos entre tesalonicenses hostiles, bereanos reflexivos y atenienses curiosos. Algunos nos llaman fanáticos, otros nos escuchan con interés, y muchos simplemente quieren “algo nuevo”. Pero el desafío es el mismo: anunciar a Jesús con verdad, inteligencia y valentía.

El cristianismo no necesita ser popular; necesita ser fiel. No vino a entretener, sino a transformar. Y si eso provoca alborotos, que sean santos alborotos: los de vidas cambiadas, mentes renovadas y corazones encendidos. Hechos 17 no es solo historia antigua; es un espejo contemporáneo. Pablo no llevaba una estrategia de marketing, sino una convicción ardiente: que Cristo resucitó y reina. Y esa verdad sigue siendo la mayor revolución espiritual de todos los tiempos.

Quizás hoy no tengamos un Areópago, pero sí tenemos redes sociales, cafés, aulas y oficinas donde podemos, con respeto y alegría, hablar del “Dios no conocido” que en realidad está muy cerca. Porque al final, los verdaderos “trastornadores del mundo” no son los que hacen ruido, sino los que viven con tal amor, coherencia y esperanza, que el mundo ya no puede seguir igual después de conocerlos. “Estos que trastornan el mundo también han venido acá.” Ojalá algún día digan lo mismo de nosotros.

Capítulo 18

 ¿Alguna vez te has sentido en un lugar difícil, donde todo parece ir en contra, pero sabes que Dios te quiere justo allí? Bueno… bienvenido a Corinto. Allí llegó Pablo después de su paso por Atenas, la ciudad de los filósofos. En Corinto no abundaban los filósofos… pero sí las tentaciones. Era una ciudad rica, comercial, llena de templos y de todo tipo de diversiones. Si hoy existiera, probablemente tendría más neones que Las Vegas.

Y ahí aparece Pablo, cansado, solo, pero con una convicción firme: seguir anunciando a Jesús. Y como siempre, Dios va un paso adelante. Pablo conoce a una pareja increíble: Aquila y Priscila. Recién llegados de Italia, expulsados por decreto del emperador Claudio. Pero lo hermoso es cómo Dios convierte una situación dura en una oportunidad divina. Pablo se da cuenta de que comparten oficio: ¡hacían tiendas! Y entonces se queda con ellos, trabajando durante el día y predicando los sábados.

Me encanta esa imagen. Pablo, el apóstol, el teólogo brillante, cosiendo lonas, martillando estacas… y al mismo tiempo hablando del Reino. Qué ejemplo tan práctico, ¿no? Nos recuerda que la fe no se vive sólo en los momentos “espirituales”, sino también en lo cotidiano. Dios se glorifica igual entre los templos… y entre las herramientas del taller. Dice el texto que cada sábado Pablo discutía en la sinagoga, tratando de convencer a judíos y griegos. Algunos creían, otros no tanto… y otros se enojaban.

Hasta que un día Pablo se cansó. Se sacudió el polvo del manto —literalmente— y dijo: “Yo ya cumplí, desde ahora me voy a los gentiles.” Una especie de “me lavo las manos” espiritual. A veces también necesitamos hacer eso: dejar lo que no depende de nosotros, soltar el peso de la frustración y seguir el rumbo que Dios marca. Pero justo en medio de ese cansancio, Dios le habla en una visión. Le dice: “No temas, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo, y nadie te hará daño; tengo mucho pueblo en esta ciudad.”

Qué frase tan poderosa. Dios no le promete a Pablo comodidad… le promete presencia. Y además le da una sorpresa: “Tengo mucho pueblo en esta ciudad”. En otras palabras: “No estás solo, Pablo. Aunque no lo veas, hay corazones listos para creer.” Eso me emociona. Porque a veces creemos que somos los únicos creyentes en nuestro entorno —en la oficina, en la escuela, en la familia— pero Dios siempre tiene su gente, aunque aún no la conozcamos.

Pablo se queda en Corinto un año y medio. Enseñando, formando discípulos, levantando una iglesia en medio de una ciudad caótica. Y claro, los problemas regresan. Los judíos lo acusan ante el gobernador, Galión. Esperaban un castigo ejemplar, pero Galión ni se inmuta. Les dice, básicamente: “Esto es asunto de su religión, no me meto.” Y se desentiende. La historia termina con un pobre hombre, Sóstenes, recibiendo una golpiza mientras el gobernador mira para otro lado.

Qué cuadro tan humano, ¿no? Pero a pesar de la injusticia y la indiferencia, el Evangelio sigue avanzando. Después de un tiempo, Pablo parte de Corinto. Lo acompañan sus amigos Priscila y Aquila. Qué hermoso equipo. Una pareja que sirve juntos, que abre su casa, que camina con el apóstol, compartiendo visión y propósito. Y en Éfeso se cruzan con otro personaje fascinante: Apolos. Un hombre elocuente, apasionado, conocedor de las Escrituras… pero con información incompleta.

Solo conocía el bautismo de Juan. Entonces Priscila y Aquila lo toman aparte, con respeto, y le explican “más exactamente el camino de Dios.” ¡Qué ejemplo de madurez! En lugar de criticarlo, lo corrigen con amor. Y gracias a eso, Apolos se convierte en un gran predicador, ayudando a muchos a conocer a Cristo. Me encanta ver cómo Dios entrelaza las vidas. Pablo planta, Priscila y Aquila enseñan, Apolos riega… y Dios da el crecimiento. Así también actúa hoy.

Quizás tú no seas Pablo, pero puedes ser un Aquila o una Priscila: alguien que acompaña, enseña, sostiene. O tal vez eres un Apolos: con pasión, con ganas, pero necesitando aprender más exactamente el camino del Señor. Dios usa a cada uno. Este capítulo 18 nos deja tres huellas para la vida: Primero, que la fe se vive también en lo común. Pablo hacía tiendas y predicaba; nosotros podemos servir a Dios desde nuestro trabajo, nuestro hogar o nuestras rutinas diarias.

Segundo, que Dios nos invita a hablar sin miedo. No a gritar, sino a hablar con verdad, sabiendo que Su presencia es nuestra garantía. Y tercero, que el crecimiento espiritual se da en comunidad. Nadie lo sabe todo; todos necesitamos a alguien que nos acompañe, nos enseñe o nos anime. Así que, si hoy te toca estar en tu propio “Corinto” —ese lugar ruidoso, desafiante, lleno de tentaciones—, recuerda esto: Dios también tiene mucho pueblo en tu ciudad. Tal vez aún no los conoces, pero están ahí.

Y mientras tanto, sigue fiel. Haz tu parte, trabaja con excelencia, habla con amor y no calles lo que Cristo ha hecho en ti. Porque el mismo Dios que estuvo con Pablo entre tiendas y tribunales…
también está contigo, aquí y ahora, entre tus tareas, tus conversaciones y tus batallas diarias.

Capítulo 19

Hola, hola… Bienvenido a este episodio donde viajamos a una ciudad impresionante: Éfeso. Una metrópolis vibrante, llena de comercio, templos, magia, filosofía… y, sí, de caos. Pablo acaba de llegar y —como siempre— cuando él entra, las cosas no quedan igual. Imaginate el titular: “Predicador extranjero provoca avivamiento, milagros… y disturbios en el centro económico del imperio.” Suena a portada de periódico, ¿no? Pero vamos al inicio.

Pablo llega a Éfeso, se encuentra con unos discípulos y les lanza una pregunta incómoda: “¿Recibieron el Espíritu Santo cuando creyeron?” Y ellos, con cara de “¿qué nos estás diciendo?”, responden: “¿Espíritu qué?” Sí, ¡ni siquiera sabían que existía el Espíritu Santo! Y Pablo, que no se queda en la superficie, les explica: “Juan los bautizó para arrepentirse, pero ahora hay algo más grande: Jesús.” Ellos escuchan, creen, se bautizan… y boom 💥 —el Espíritu Santo desciende. Lenguas, profecías, poder. Doce hombres… y comienza una revolución espiritual que cambiará toda Asia.

Durante tres meses, Pablo predica con valentía en la sinagoga. Pero, claro, no todos están felices. Algunos se ponen tercos, difaman “el Camino” (así se llamaba la fe cristiana entonces), y Pablo decide cambiar de sede. Se muda a la escuela de Tiranno —probablemente una especie de coworking teológico del siglo I— y durante dos años enseña todos los días. Resultado: toda Asia escucha hablar de Jesús. Dos años. Un aula. Una fe que corre como fuego. Y si pensás que eso es todo… esperá.

Dios empieza a hacer milagros extraordinarios por medio de Pablo. Tan poderosos, que hasta los pañuelos o delantales que él tocaba sanaban a los enfermos. Sí, los delantales. No había streaming, pero el poder de Dios se viralizaba igual. Obviamente, eso llama la atención. Un grupo de exorcistas ambulantes —como esos influencers que quieren replicar lo que ven sin entenderlo— intentan usar el nombre de Jesús “que predica Pablo”.

El resultado es legendario. Un espíritu maligno les responde: “A Jesús conozco, y sé quién es Pablo… pero ustedes, ¿quiénes son?” Acto seguido, los demonios les dan tal paliza que salen corriendo desnudos y heridos. ¡Y eso fue noticia! Toda Éfeso se enteró. El respeto por el nombre de Jesús creció tanto que muchos creyeron, confesaron sus prácticas ocultas y quemaron sus libros de magia. El valor de esos libros: 50.000 monedas de plata. Imaginate: un festival de fuego, no de vanidad, sino de fe.

Y Lucas, el autor de Hechos, resume todo así: “Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor.” Pero, claro, cada vez que la fe crece, el negocio de la idolatría tiembla. Aparece Demetrio, un platero empresario, fabricante de templos en miniatura de la diosa Diana. Él ve que el mensaje de Pablo está afectando las ventas y convoca una reunión sindical: “¡Compañeros, nuestro negocio está en peligro! Si la gente deja de creer en Diana, nadie nos va a comprar!”

Y ahí estalla el disturbio de Éfeso. La ciudad entera entra en modo protesta. “¡Grande es Diana de los efesios!”, gritan durante dos horas seguidas. ¿Te imaginás un estadio entero gritando sin parar lo mismo por dos horas? Los efesios lo hicieron. Pablo quiere intervenir, hablar, calmar las aguas, pero sus amigos —incluso algunas autoridades— le dicen: “No, Pablo, no te metas. Esto se va a descontrolar.”

Finalmente, el escribano de la ciudad, un tipo sensato, toma el micrófono —bueno, no había micrófono, pero sí autoridad— y dice: “Tranquilos, nadie está insultando a Diana. Y si tienen quejas, hay tribunales. No hagamos locuras, que Roma nos puede acusar de sedición.” Silencio. Y poco a poco, la multitud se disuelve. Pablo, una vez más, sobrevive al caos… y deja atrás una ciudad donde la fe, literalmente, movió la economía.

¿Sabés qué me impresiona de esta historia? Que el poder del evangelio no solo cambió vidas… también cambió valores. Cuando Jesús entra en escena, los negocios injustos se tambalean, las supersticiones se queman, y las multitudes deben decidir qué adoran realmente. Éfeso fue el lugar donde el cristianismo se volvió imposible de ignorar. Y quizás hoy, en nuestras propias “Éfesos” —ciudades llenas de consumo, ídolos modernos y distracciones— Dios sigue buscando personas que vivan con la misma pasión, verdad y fuego.

Éfeso representa lo que somos: una sociedad brillante, productiva, espiritual… pero también saturada de ídolos modernos. Los efesios tenían su Diana; nosotros tenemos el éxito, la imagen, el dinero o la comodidad. Pablo no solo predicó; sembró verdad donde reinaba la mentira. Y ese mismo Espíritu Santo que descendió sobre aquellos doce sigue disponible hoy para quienes se abren sin reservas. Tal vez la pregunta de Pablo sigue siendo la misma:

“¿Recibiste el Espíritu Santo cuando creíste?” Porque creer no es solo aceptar una idea; es abrirle la puerta al poder de Dios. Y cuando ese poder llega, hay cosas que deben quemarse: hábitos, dependencias, falsos dioses personales. No con fuego literal, sino con decisión espiritual. Así crece y prevalece la Palabra del Señor… todavía hoy Porque cuando el Espíritu Santo se mueve… ni los dioses de plata, ni los gritos de multitudes, ni los mercados, pueden detener el Reino. Gracias por escuchar. Y recordá: el poder de Dios no se imita… se experimenta. Hasta el próximo episodio.

Capítulo 20

Hola, hola… hoy nos vamos de viaje con Pablo. Sí, sí, no a cualquier lugar: de Macedonia a Grecia, y luego rumbo a Jerusalén, pero con escalas que nos dejan historias que inspiran y enseñan. Así que ponte cómodo, que esto será un viaje espiritual con un toque de aventura y un poquito de humor, que es dentro del sano respeto de la corrección, como debe vivir un creyente sólido, que no tiene absolutamente nada que ver con el acartonamiento generalmente hipócrita del religioso.

Imagina la escena: Pablo acaba de calmar un alboroto… (sí, esos momentos donde todo parece fuera de control). Y, ¿qué hace? No se queda lamentándose, no… llama a los discípulos, los abraza, los anima y se despide. ¡Todo un ejemplo de cómo cerrar capítulos con gracia y cariño! Después recorre Macedonia y Grecia. Tres meses en Grecia enseñando con pasión, y claro… algunos enemigos —los judíos, según el texto— lo estaban esperando, planeando cómo detenerlo.

¿Te suena familiar? Todos tenemos personas o situaciones que quieren frenarnos. Pablo nos muestra que podemos avanzar con prudencia y fe. Y aquí llega un momento curioso en Troas. Primer día de la semana, todos reunidos para partir el pan. Pablo se entusiasma enseñando… ¡y no te exagero! habla hasta la medianoche. Y ahí está Eutico, sentado en la ventana, rendido por el sueño profundo… y cae del tercer piso. Sí, ¡del tercer piso!

Menos mal que Pablo estaba cerca. Se baja, lo abraza y dice: “No os alarméis, está vivo”. A veces necesitamos un abrazo que nos devuelva la vida… y sí, también un maestro que no se rinda por nosotros. Después, Pablo sigue su ruta marítima: Asón, Mitilene, Quío, Samos, Trogilio… y finalmente Mileto. Todo planeado, porque tenía prisa por llegar a Jerusalén para Pentecostés. Un recordatorio: la vida tiene rutas, pero Dios nos guía en cada puerto.

Y aquí viene el momento que toca el corazón: Pablo llama a los ancianos de Éfeso. No es un discurso cualquiera. Les recuerda cómo ha servido con humildad, con lágrimas, con pruebas. Les dice la verdad, sin  Les dice algo fuerte: “Ahora os protesto que ninguno verá más mi rostro”. ¡Imagínalo! Decir adiós sabiendo que podría ser definitivo. Pero su corazón está en paz, porque cumplió su misión: anunciar todo el consejo de Dios, cuidar del rebaño y enseñar con su ejemplo.

¿Y la aplicación hoy? Pablo nos recuerda tres cosas: En primer término y muy importante, Velar por nosotros y por los demás — el cuidado mutuo no es opcional. Es parte del sentir de un creyente genuino. En segundo lugar, Servir con manos propias — no depender solo de otros, sino ser prácticos, pero al mismo tiempo, ejecutivos. Y en último orden, Ayudar a los necesitados — porque “más bienaventurado es dar que recibir”. Esto no cambia con los años, ni con la tecnología ni con el ritmo loco de hoy. Y no es sinónimo de permitir que los pillos de siempre nos engañen. Necesitados sinceros, sólo ellos.

En Hechos 20, Pablo nos deja un testimonio profundo de entrega y amor pastoral. Frente a los líderes de la iglesia de Éfeso, comparte su corazón sin reservas, recordándoles que su misión ha sido servir al Señor con humildad, predicando la Palabra y cuidando de la comunidad como quien vela por su propia familia. Su ejemplo nos invita a vivir una fe comprometida: ser fieles en las pequeñas y grandes tareas, enfrentando dificultades con confianza en Dios.

También nos enseña la importancia de la comunidad y de acompañar a otros en su camino espiritual, exhortándonos a fortalecer la unidad, la oración y la caridad. Que este capítulo nos inspire a cuidar de quienes nos rodean, a predicar con obras y palabras, y a permanecer firmes en la fe, conscientes de que el servicio al Señor se refleja en el amor sincero hacia los demás. Como Pablo, que nuestra vida sea un testimonio vivo de la gracia y la presencia de Dios.

Termina con oración, lágrimas y abrazos. La emoción de la despedida nos recuerda que el amor genuino deja huella, y que cada acción de fe y servicio se queda más allá de nuestra presencia física. Así que hoy, al mirar tu vida, tu trabajo, tus relaciones: ¿estás viviendo como Pablo? ¿Con pasión, con entrega, con cuidado y con amor que deja marca? La ruta no siempre es fácil, los obstáculos estarán, pero la misión de vida es clara: servir, enseñar, cuidar y amar. Nos vemos en el próximo capítulo de Hechos… o en cualquier esquina de la vida donde Dios nos llame a actuar. ¡Hasta entonces, sigue caminando con fe, con alegría y con valentía!

Capítulo 21

Imagina por un momento que estamos en un barco, las olas golpeando suavemente la cubierta, y tú y yo mirando cómo se aleja la costa. Así comienza nuestro capítulo, con Pablo y sus compañeros en ruta hacia Jerusalén. ¿Sabes? A veces nuestro camino espiritual se parece mucho a un viaje en barco: lleno de viento, decisiones y un poquito de incertidumbre. Y sí… y parece que Pablo no tenía GPS, ¿verdad? Solo fe. Pero sólida, como luego su vida entera lo dejará en evidencia.

Exactamente. Mira cómo van: primero Cos, luego Rodas, Pátara… Y cuando hallan un barco a Fenicia, zarpan otra vez. Cada puerto, cada ciudad, no es solo geografía, es preparación espiritual. Y fíjate, en Tiro se quedan siete días con los discípulos. ¡Siete días! Que en la vida real sería como una semana entera sin Wi-Fi, solo oración y comunidad. Y además, los discípulos le advierten que no suba a Jerusalén… ¿Eso no le preocupa?

Claro que preocupa. Pero fíjate en la respuesta de Pablo: “¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Yo estoy dispuesto no solo a ser atado, sino a morir por Jesús”. Ahí está la clave: obediencia no es miedo, es compromiso. Y no te voy a mentir, eso nos hace pensar en cuántas veces nosotros nos dejamos paralizar por el “consejo de bien” de otros, en lugar de escuchar a Dios directamente. Cualquiera te diría que eso sí da miedo…

Y sí, da miedo, pero la fe no es ausencia de miedo, es avanzar con Él a pesar del miedo. Después de los días de preparación, Pablo y su grupo suben a Jerusalén, acompañados por Mnasón, un discípulo antiguo de Chipre. La hospitalidad y la compañía de hermanos son esenciales; no enfrentamos los retos solos. No hay ninguna duda que, en algunas cosas como estas, la comunidad es como un salvavidas. Y no es solamente en esto, porque hay mucho más en carpeta.

Exacto. Y apenas llegan, los hermanos los reciben con gozo. Hay alegría, pero también desafíos: Pablo entra a ver a Jacobo y los ancianos, y les cuenta todo lo que Dios ha hecho entre los gentiles. La reacción es interesante: celebran a Dios, pero recuerdan a Pablo que hay problemas… rumores sobre su enseñanza. Ah, los chismes. No cambian nunca. Sí, es así, sin dudas Incluso en la iglesia primitiva. Los ancianos sugieren un plan:

Pablo debe purificarse públicamente con algunos hombres que cumplen voto, para demostrar que sigue la ley. Es un ejemplo de sabiduría pastoral: la fe no es solo verdad, también es estrategia y sensibilidad. Sin embargo, todo va a complicarse bastante en el templo, como podremos ver. Sí, porque apenas Pablo estaba cumpliendo los días de purificación, y un grupo de judíos de Asia lo ve y se arma un alboroto. Gritos, empujones, toda la ciudad convulsa.

Aquí hay una lección clara: incluso cuando tu vida es recta y tu misión justa, habrá quienes malinterpreten tus intenciones. Y si las entienden, quizás hagan como que no entienden y terminen complicándote igual. Así operan en muchos lugares supuestamente cristianos. Y él, para colmo de males,  no se defendió de inmediato. Bueno, cuando el tribuno llega con soldados, lo protegen y lo atan con cadenas. Pablo tiene que hablar, pero primero le preguntan si es un famoso rebelde egipcio.

Y Pablo, con calma y claridad, dice: “Soy judío de Tarso, ciudadano de una ciudad importante, déjame hablar al pueblo”. Ahí está la otra lección: saber quién eres y tu identidad en Cristo. Antes de explicar a los demás, primero afirmas tu identidad y tu integridad. Pablo no huye, no se esconde, pero tampoco se deja arrastrar por la violencia. Esa es la sabiduría pastoral: firmeza sin agresión, claridad sin arrogancia. Y la multitud…

Ah, la multitud… esos momentos en que todos gritan, nadie escucha, y tú sientes que el mundo se viene encima. La respuesta de Pablo nos enseña a mantener la calma, a comunicar con sabiduría y a confiar en Dios, aunque el ambiente sea de caos. Y sí, tiene humor sutil: imagina la cara del tribuno confundido ante aquel hombre calmado, rodeado de una muchedumbre que no sabe por qué grita. Entonces, ¿la aplicación práctica?

Varias. Primero: cuando Dios nos llama, incluso ante advertencias y miedo, seguimos adelante con fe. Segundo: la comunidad nos acompaña, nos aconseja y nos sostiene, pero la decisión final es con Dios. Tercero: frente a rumores y conflictos, mantenemos integridad y claridad, defendiendo nuestra identidad cristiana con amor y sabiduría. Y finalmente: la calma en medio del caos es un testimonio poderoso. Eso suena como algo que puedo aplicar hoy mismo…

Exactamente. Cada vez que enfrentamos una injusticia, un malentendido o un desafío, podemos recordar a Pablo: oración, obediencia, comunidad y firmeza en nuestra identidad. No es fácil, pero Dios nos equipa. Y al final, la historia de Pablo nos dice: incluso encadenado, la misión de Dios continúa. Y el humor… ¿dónde entra? Ah, el humor es la chispa que nos mantiene humanos: imagina al tribuno, creyendo que Pablo es un rebelde egipcio, y él calmadamente corrigiéndolo y pidiendo permiso para hablar.

A veces la vida nos pone en situaciones absurdas, pero Dios nos da gracia y hasta sonrisa en medio del conflicto. Así que, querido amigo, cuando sientas que el mundo se te viene encima, recuerda a Pablo: fe, comunidad, obediencia y humor. No evitamos las tormentas, pero podemos navegar con la brújula del Espíritu Santo.

Capítulo 22

 ¡Varones, hermanos y padres! Oíd ahora mi defensa… Así empieza Pablo, y con esa frase ya nos engancha: “escuchen lo que tengo para decir, que vale la pena”. Es como cuando uno quiere contar algo importante y necesita que lo miren a los ojos antes de abrir la boca. Pablo demostró que no era demasiado egocéntrico, pero eso no significa que despreciara el tener o no tener audiencia. Yo siempre digo que con tal de decir lo que el Espíritu Santo me da para decir, no me interesa si me está escuchando uno solo, porque seguramente fue a ese a quien el Espíritu trajo. Pero claro, si en lugar de uno hay un millón, mucho mejor.

Primero, Pablo rompe el hielo diciendo quién es: “Soy judío, nacido en Tarso, criado aquí, instruido por Gamaliel… celoso de Dios como ustedes”. ¿Ves la estrategia? No llega atacando ni defendiendo; primero genera empatía: “Soy uno de ustedes”. Aquí hay un aprendizaje práctico: cuando queramos dialogar o testificar, empezar mostrando puntos en común suaviza la conversación. Nada de entrar a trompadas con palabras. Absolutamente verdad.

Luego Pablo confiesa su pasado: perseguía a los cristianos “hasta la muerte”. Sí, no se anda con medias tintas: prisiones, golpes, cartas… era fanático de su fe, pero en el sentido equivocado. Todos tenemos un “Saulo” dentro: pasiones, convicciones, hábitos que creemos correctos, pero que nos alejan de Dios. Y aquí viene la magia: Dios no lo llama a juicio inmediato, lo llama a transformación. No lo desecha ni siquiera por asesino, lo restaura y lo convierte en referente obligado.

La conversión de Pablo es un momento que nos deja boquiabiertos: luz del cielo, caída al suelo, la voz de Jesús… y de pronto, todo cambia. Me encanta cómo Pablo no se lo inventa; reconoce que estaba ciego físicamente, pero también espiritualmente. Dios tiene maneras dramáticas de despertar a veces, y otras, silenciosas. Lo importante es responder: “¿Qué haré, Señor?” Ahí empieza la verdadera obediencia. Ananías, un hombre común con fe firme, se convierte en instrumento de restauración: devuelve la vista, guía y anima.

Recordemos que Dios usa personas para cumplir su obra. Cada uno de nosotros puede ser “Ananías” en la vida de alguien más. Nunca subestimes la fuerza de una palabra, un gesto, un acompañamiento. Luego, Pablo recibe su misión: testigo para todos los hombres, incluso los gentiles. Esto nos recuerda que Dios no limita el alcance de su gracia. Si alguna vez te sentiste “inútil” o “pequeño”, mira a Pablo: antes perseguidor, ahora mensajero global. Dios puede transformar nuestra historia para algo que trascienda.

Pero, claro, no todo fue fácil. Cuando Pablo relata esto ante el concilio, la reacción es furiosa: “¡Quita de la tierra a tal hombre!”. Nos encontramos con una verdad dura: hablar de Jesús puede incomodar, incluso provocar rechazo. Pablo casi es linchado, pero su ciudadanía romana lo protege. Aquí hay un guiño humorístico: hasta un apóstol necesitó papeles al día. Bromeando, a veces necesitamos “documentación divina” y paciencia humana para sobrevivir en el mundo.

Finalmente, Pablo es presentado ante los líderes. Todo esto nos enseña varias cosas: como primer punto importante, Valorar nuestra historia personal: Pablo no ocultó su pasado; lo usó para testimonio. Nuestros errores pueden ser plataforma de bendición. Conocí a muchos hermanos que se negaban rotundamente a hablar de lo que eran antes de su conversión. Argumentaban con “las cosas viejas pasaron” y etc. Pero lo cierto es que sus egos no le permitían reconocer un pasado vergonzante. ¿Nadie les dijo que ese podría ser su mejor testimonio de vida?

En segundo lugar, Responder a Dios sin demora: cuando Jesús llama, no hay excusa válida. Preguntarnos “¿qué hago ahora?” es más productivo que quejarnos. Cuando el Señor nos sacó de la que fuera nuestra última congregación evangélica, durante un tiempo suponíamos que era porque nos quería en otra. Hasta que un día fue tan clara la voz del Espíritu demandándonos a no contaminarnos con la religión estructural que no nos quedó otro camino que obedecer. Gracias a Dios por eso.

En tercer término  Ser instrumentos unos de otros: como Ananías, nuestra fe y acción pueden cambiar vidas. Tan obvio que exime de comentarios. Quinto y último, Mantener la calma en la oposición: Pablo no entró en pánico; sabía quién estaba con él. Podemos enfrentar ataques, rechazos, y aun así mantener la firmeza. Hermanos, ¿no les parece impresionante? Un hombre que una vez quiso destruir a los cristianos, termina entregando su vida por ellos, viajando ciudades, enfrentando juicios, cárceles, peligros, pero con un corazón transformado. Eso nos recuerda que ningún pasado es demasiado oscuro para el poder de Dios.

Para llevarlo a la vida diaria: si estás atrapado en hábitos que no te acercan a Dios, recuerda a Saulo. Si sientes miedo de testificar, recuerda a Pablo frente al concilio. Si dudas de tu influencia, recuerda a Ananías. La historia de Hechos 22 nos grita que Dios transforma, capacita y protege a los que responden con fe. Así que, queridos oyentes, la pregunta que nos deja este capítulo no es “¿qué haré yo mañana?”, sino “¿qué haré hoy con lo que Dios ya está haciendo en mí?”. Porque, como vemos con Pablo, la vida cambia cuando escuchamos y actuamos, no solo cuando creemos que estamos listos.

Capítulo 23

 Imagina la escena: un salón lleno de hombres con túnicas, miradas tensas y egos religiosos del tamaño del templo. En medio, Pablo. Ese Pablo valiente, de mirada firme y conciencia tranquila. El capítulo 23 de Hechos comienza así: “Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy.” Y claro… bastó esa frase para que el sumo sacerdote, Ananías, ordenara que lo golpearan en la boca.

¿Qué tal el recibimiento? Pablo ni había terminado la primera línea de su defensa y ¡zas!, un bofetón santo. Bueno, santo no, pero sí rápido. Pablo, con esa chispa que lo caracteriza, responde: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!”. Es decir, “hipócrita, te ves limpio por fuera pero estás podrido por dentro”. Fuerte, ¿verdad? Pero también justo. Pablo estaba señalando la incoherencia de juzgar según la ley mientras se violaba la misma ley. No sé por qué, pero esto me hizo acordar de…bueno…nada.

Ahora, en cuanto le dicen que el que ordenó el golpe era el sumo sacerdote, Pablo baja el tono: “No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote”. Ese detalle nos enseña algo precioso: tener razón no te da licencia para faltar al respeto. Pablo sabía controlarse. Era un hombre de principios, pero también de humildad. Aquí ya podemos detenernos a pensar. A veces, cuando nos sentimos atacados injustamente, respondemos con la misma moneda.

Pero Pablo, incluso en su defensa, se deja corregir por la Palabra. Reconoce el error y se somete a la Escritura: “No maldecirás al príncipe de tu pueblo”. Qué lección para esta época de redes sociales, donde muchos quieren ganar discusiones y pocos quieren ganar almas. Luego viene una jugada maestra. Pablo nota que en el concilio hay dos grupos: fariseos y saduceos. Los fariseos creen en la resurrección, los saduceos no.

Entonces Pablo dice en voz alta: “Se me juzga por la esperanza de la resurrección de los muertos.” ¡Boom! Divide al grupo. Una sola frase y la asamblea se convierte en un ring teológico. Los fariseos salen a defenderlo: “Ningún mal hallamos en este hombre.” Y los saduceos se enfurecen. Tanto, que el tribuno romano teme que despedacen a Pablo y manda a los soldados a rescatarlo. Así que sí, Pablo no sólo predicaba con poder, también sabía usar su inteligencia y discernimiento.

Esa noche, mientras el alboroto se apaga, el Señor mismo se aparece a Pablo. Qué hermoso ese versículo 11: “Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.” Imagínate lo que habrá sentido. Todo parecía caos: insultos, golpes, amenazas, confusión religiosa… y en medio de eso, una voz calma le recuerda el propósito. Dios no le promete comodidad, le promete propósito. No le dice “te sacaré del problema”, sino “te llevaré más lejos, hasta Roma.”

Y entonces, llega la segunda parte del capítulo: ¡el complot! Más de cuarenta hombres hacen un juramento extremo: “No comeremos ni beberemos hasta que matemos a Pablo.” ¡Eso es tener hambre de venganza! Pero aquí entra uno de esos detalles que muestran el toque providencial de Dios: el sobrino de Pablo escucha el plan y corre a avisarle. ¿Ves cómo Dios tiene sus recursos? A veces el milagro no viene en forma de ángel, sino de un sobrino con buen oído. Dios obra tanto con lo espectacular como con lo cotidiano.

El joven avisa al tribuno, y éste —un tal Claudio Lisias— reacciona con eficiencia militar. Ordena una escolta impresionante: doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros. ¡470 hombres para proteger a un solo prisionero! Así es Dios: cuando decide cuidar a alguien, lo hace con exageración divina. Pablo es trasladado de noche, en medio de la oscuridad, rumbo a Cesarea. Mientras tanto, el tribuno escribe una carta al gobernador Félix explicando que Pablo no ha hecho nada digno de muerte.

Qué ironía: los romanos, paganos, están actuando con más justicia que los líderes religiosos. Cuando llegan a Cesarea, Félix recibe la carta y dice: “Te oiré cuando vengan tus acusadores.” Y así termina el capítulo. Pablo sigue preso… pero cada paso lo acerca más al destino que Dios le había revelado: Roma. Este capítulo es una joya porque nos muestra tres cosas esenciales para la vida cristiana: Primero, la conciencia limpia. Pablo dice que ha vivido con buena conciencia ante Dios. No perfecta, pero limpia.

Y eso vale oro. Vivir con conciencia limpia no es no equivocarse, sino reconocer a tiempo cuando te equivocas. Segundo, la sabiduría en el conflicto. Pablo no fue ingenuo ni pasivo. Supo cuándo hablar, cuándo callar y cómo usar el contexto a su favor. Ser cristiano no es ser ingenuo; es ser sabio como serpiente y sencillo como paloma. Tercero, la confianza en la providencia de Dios. Desde la visión del Señor hasta el sobrino informante, todo muestra que Dios mueve los hilos incluso cuando parece que todo se derrumba.  Pablo no controla las circunstancias, pero confía en quien sí las controla.

Y tú, ¿en qué parte de esta historia te encuentras hoy? ¿Frente a un concilio que no te entiende? ¿En medio de un complot invisible, rodeado de problemas? ¿O siendo trasladado por caminos que no elegiste, sin saber qué te espera al llegar? Recuerda esto: si Dios tiene un propósito contigo, ni el concilio más hostil, ni el complot más oscuro, ni la noche más larga pueden detenerlo. El Señor le dijo a Pablo “ten ánimo”, y hoy te lo dice a ti también. Ten ánimo, porque lo que parece un arresto puede ser la ruta hacia tu Roma.

Porque cuando caminas con Dios, ningún golpe, ningún plan humano y ninguna fortaleza puede evitar que llegues al lugar donde Él quiere que testifiques. Hasta la próxima, y que tu conciencia —como la de Pablo— esté limpia, valiente y confiada en que el Señor siempre tiene la última palabra.

Capítulo 24

 ¿Alguna vez te han acusado de algo que no hiciste? Bueno… Pablo sí. Y no una, sino varias veces. En el capítulo 24 de los Hechos encontramos una escena que parece sacada de una serie judicial de Netflix… solo que aquí el protagonista no busca likes ni abogados caros, sino vivir con una conciencia limpia ante Dios. Cinco días después de su arresto, llega a Cesarea una comitiva muy seria: el sumo sacerdote Ananías, algunos ancianos… y un orador profesional llamado Tértulo.

Sí, un abogado de los de corbata dorada. Tértulo empieza su discurso con un toque de política barata: “Oh excelentísimo Félix, gracias a ti tenemos paz, orden, prosperidad…” (Ya te imaginas el tono, ¿no? La clásica adulación antes de clavar el cuchillo). Después de esa introducción melosa, lanza su acusación:
“Este hombre, Pablo, es una plaga. Causa disturbios, lidera una secta, y hasta intentó profanar el templo.” En resumen: lo pintan como terrorista religioso.

Pero cuando llega el turno de Pablo, la escena cambia. No hay nervios. No hay gritos. Solo un hombre seguro de quién es y de quién lo llamó. Dice: “Como tú puedes comprobar, no hace más de doce días que subí a adorar a Jerusalén. No discutí con nadie, ni armé alborotos.” Pablo no dramatiza. No se victimiza. Solo dice la verdad con serenidad. Y ahí viene una frase que vale oro: “Confieso que según el Camino, que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todo lo que está escrito en la Ley y en los Profetas.”

En otras palabras, Pablo dice: “No estoy contra mi fe… la estoy viviendo en plenitud.” Él no se defiende negando quién es, sino afirmando su fe. Y añade algo que desarma a cualquiera: “Procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.” ¡Qué declaración! Porque tener buena conciencia no es tener siempre la razón… es vivir de tal manera que, aun si te acusan injustamente, puedas dormir tranquilo sabiendo que caminaste en la verdad.

Pablo no busca escapar de la cárcel… busca mantener su integridad. Y eso, amigo oyente, es libertad de la buena. Luego la historia toma un giro interesante. Félix, el gobernador, lo escucha… y, curiosamente, quiere saber más. Invita a Pablo a hablarle —junto a su esposa Drusila— sobre la fe en Jesús. Pero cuando Pablo empieza a hablar de justicia, dominio propio y juicio venidero… ¡Félix se asusta! Le dice: “Por ahora vete, ya te llamaré cuando tenga tiempo.”

Claro, el mensaje de Pablo toca nervios. Porque la Palabra no solo consuela: también confronta.
Y Félix, acostumbrado a los sobornos y a la corrupción, siente que el Espíritu le habla… pero no quiere escuchar. Como muchos, dice: “Después, cuando tenga oportunidad…” Y ese “después” se convierte en nunca. Félix tenía poder, riqueza, influencia… Pero no tenía paz. Pablo estaba preso, sí… pero era el hombre más libre de la sala.

Dos años pasan. El gobernador cambia, Pablo sigue preso. Y, sin embargo, sigue firme. No se amarga, no negocia sus valores, no busca venganza. Porque su conciencia está limpia, y su fe puesta en un Dios que ve más allá de los barrotes. Y aquí está el punto para ti y para mí hoy: Quizás no estés ante un tribunal romano, pero todos los días enfrentamos pequeños juicios: el del trabajo, el de la familia, el de nuestra propia mente. Y la pregunta es la misma: ¿Vivimos con una conciencia limpia ante Dios?

No se trata de ser perfectos. Se trata de ser coherentes. De poder mirar atrás y decir: “No vendí mi alma por un aplauso, ni traicioné mis convicciones por comodidad.” Pablo nos enseña que la verdadera defensa no está en los argumentos, sino en el testimonio. Que la paz no la da un juez humano, sino el Dios que conoce el corazón. Y que no hay cárcel capaz de encerrar a quien vive con fe y buena conciencia. Así que, si hoy te sientes acusado, incomprendido o simplemente cansado de ser fiel… recuerda: Dios conoce tu verdad. Y cuando llegue el momento, Él será tu defensor.

Hasta entonces, camina con paz, habla con verdad y vive con conciencia limpia. Porque, como Pablo, quizás no siempre ganes el juicio de los hombres… pero siempre podrás mantener la sonrisa de Dios sobre tu vida.: Este fue un mensaje sobre Hechos 24: la defensa de Pablo ante Félix. Que el Señor te conceda hoy una conciencia tranquila, una fe firme y un corazón valiente.

Capítulo 25

 ¿Alguna vez has sentido que te acusan injustamente? Que te rodean las voces que quieren tu caída, mientras tú solo intentas mantenerte fiel a Dios. Bienvenido al episodio de hoy: Hechos capítulo 25, donde Pablo demuestra que la fe verdadera no necesita defenderse con gritos… sino con convicción. Festo, el nuevo gobernador romano, llega a la provincia y casi sin desempacar maletas, ¡ya lo buscan los líderes religiosos! No para darle la bienvenida, claro, sino para pedirle un “favorcito”: traer a Pablo a Jerusalén.

Claro, lo que no dicen es que lo esperan con una emboscada lista. Parece que nada ha cambiado: hay gente que no descansa hasta ver caer al justo. Pero Festo, más político que ingenuo, responde: “No, no, el hombre está custodiado en Cesarea. Si tienen algo contra él, vengan ustedes.” Y así, los líderes bajan, cargados de acusaciones… que no pueden probar. Otra vez, mucho ruido, poco argumento. Pablo se defiende con serenidad: “Ni contra la ley, ni contra el templo, ni contra César he pecado en nada.”

Y aquí viene el giro. Festo, queriendo quedar bien con los judíos, le propone un juicio en Jerusalén.
Pero Pablo no es nuevo en esto. Sabe que allá lo esperan con puñales bajo el manto. Así que responde con una frase que resonará en la historia: “A César apelo.” Es decir: “No me van a matar tan fácil. Me juzgará el tribunal más alto del imperio.” Y Festo, quizás sorprendido, responde: “A César has apelado; a César irás.

Pasados unos días, llega el rey Agripa con su hermana Berenice. Y sí, la Biblia menciona que entraron “con mucha pompa”. Imagina la escena: desfiles, túnicas brillantes, coronas relucientes, trompetas sonando. Mientras tanto, Pablo, el prisionero del camino de Damasco, entra encadenado… pero con más autoridad espiritual que todos juntos. Festo les explica el caso: “No entiendo bien este asunto… los judíos lo acusan por temas religiosos, por un tal Jesús que murió… y que Pablo dice que está vivo.”

¿Te das cuenta? A los ojos del mundo, el corazón del evangelio —la resurrección de Jesús— suena como una simple “cuestión religiosa”. Para Festo, no es un misterio eterno, es un expediente confuso. Para Pablo, es la razón de su vida. Hechos 25 no es solo una crónica judicial. Es una radiografía espiritual. Nos muestra lo que ocurre cuando la fe choca con los sistemas humanos: religión sin vida, poder sin verdad, y política sin justicia.

Pablo está preso, pero libre. Sus acusadores están libres, pero presos del odio. Y Festo… está confundido, queriendo complacer a todos, menos a la verdad. ¿Cuántas veces hacemos lo mismo? ¿Cuántas veces callamos lo que creemos para no incomodar? ¿Cuántas veces negociamos convicciones por aceptación? Yo lo hice durante mucho tiempo. MI conciencia de hombre de prensa, en este caso me salvó.

Porque llegó el día que me miré al espejo y dije ¡Basta! O soy y digo lo que Dios dijo que yo era, o me anoto en el grupo de WhatsApp del Movimiento Fariseo Mundial. No si existe una organización así, pero lo que sí sé es que existen miles que podrían formar parte de ella tranquilamente.  A veces la fidelidad a Cristo te llevará ante reyes, jefes, tribunales o redes sociales que no entienden tu fe. Y está bien.
Pablo nos enseña que cuando la injusticia te rodea, no es momento de huir, sino de mantenerte firme.

No todo juicio es para destruirte. Algunos juicios son plataformas para testificar. Cuando Pablo apeló a César, no estaba huyendo: estaba avanzando en el propósito. Esa apelación lo llevó, finalmente, a Roma… el centro del mundo. Dios puede usar los procesos más oscuros para colocarte en el escenario que nunca imaginaste. Así que, si hoy te sientes acusado, malinterpretado o arrinconado, recuerda esto:
no todo camino difícil es señal de derrota.

A veces, es Dios llevándote más alto, aunque uses cadenas para llegar. Festo tenía poder, Agripa tenía pompa, Berenice tenía apariencia… pero Pablo tenía propósito. Y al final, eso es lo único que realmente importa. A César apeló… y a Cristo pertenecía. Ora conmigo: “Señor, enséñame a mantenerme firme cuando el mundo me acuse. A no negociar mi fe por comodidad. Y a confiar en que cada proceso, por difícil que sea, puede ser un camino hacia tu propósito.” Amén.

Nos escuchamos en el próximo episodio… donde seguimos aprendiendo a vivir como Pablo: presos del amor de Cristo, pero libres en el Espíritu.

Capítulo 26

 Hoy tengo una escena casi real para compartirte. Es de un tiempo muy lejano, pero de conceptos muy vigentes. Es el contenido del capítulo 26 del Libro de los Hechos, que estamos repasando. El ambiente está cargado de expectativa. En el palacio de Cesarea, el rey Agripa y la reina Berenice se sientan junto al gobernador Festo. Ante ellos, un prisionero encadenado… pero con el rostro tranquilo. Es Pablo. —Pablo, -dice Agripa- puedes hablar por ti mismo.

Lejos de reaccionar con humana carnalidad, Pablo hace con sobria elegancia.  —Oh rey Agripa, ¡qué gusto defenderme ante ti! Sé que conoces bien nuestras costumbres… así que, te ruego, escúchame con paciencia. Y así comienza uno de los discursos más fascinantes de toda la Biblia.
Pablo, el hombre que un día persiguió a los cristianos… ahora se defiende como uno de ellos. —Desde joven todos me conocen. Fui fariseo, de los más estrictos. Y ahora estoy aquí… por creer en la promesa que Dios hizo a nuestros padres.

Sigue hablando Pablo. —¿Acaso es increíble que Dios resucite a los muertos? Gran pregunta, ¿No? Si creemos en Dios… ¿por qué nos sorprende que haga lo imposible?  —Yo pensaba que debía hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús. Encerré a sus seguidores, voté por su muerte, los obligué a blasfemar… Y cuando se me acabaron las ciudades, los perseguí en otros países. Pablo era un hombre con energía, eso no se puede negar. Si hubiera existido Twitter en su tiempo, seguro sería tendencia: #SauloContraTodo. Pero Dios tenía otros planes.

Sigue Pablo en su defensa.  —Iba rumbo a Damasco, al mediodía, cuando una luz del cielo, más brillante que el sol, me envolvió. Caímos todos al suelo y escuché una voz que me dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.” Pelear contra Dios… siempre duele. Y Pablo lo entendió en ese momento. —Pregunté: “¿Quién eres, Señor?” Y la voz respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.”

Jesús no lo destruyó. Lo levantó. Lo convirtió en mensajero de la misma fe que había querido borrar. Él lo estaba reconociendo en declaración bajo juramento.  —Me envió a abrir ojos, a sacar a la gente de las tinieblas a la luz… para que reciban perdón y una herencia entre los santificados. —No fui rebelde a la visión celestial. Empecé en Damasco, seguí en Jerusalén, en toda Judea, y hasta entre los gentiles. Prediqué que se arrepintieran y volvieran a Dios.

Y por eso lo arrestaron. Pero Pablo, aun preso, hablaba con una libertad que ningún imperio podía quitarle. —Hasta hoy doy testimonio a grandes y pequeños, y solo repito lo que los profetas dijeron:
que el Mesías sufriría, resucitaría, y traería luz al pueblo… y a los gentiles.
Y justo cuando Pablo decía eso… Salta Festo, con semblante iracundo.  —¡Estás loco, Pablo! ¡Tantas letras te han hecho perder la cabeza!

La sonrisa de Pablo desarmaría cualquier conjetura cuando dice:  —No estoy loco, excelentísimo Festo. Hablo palabras de verdad… y de cordura. Qué respuesta. Sin enojo, sin gritos. Solo verdad. Y ahora, Pablo se dirige directo al corazón del rey: —Rey Agripa, tú sabes que esto no pasó en un rincón. ¿Crees a los profetas? Yo sé que crees. Agripa, titubeando y con una sonrisa nerviosa, responde:
—Por poco me persuades a ser cristiano.

Por poco… El “por poco” más triste de la historia. —¡Quisiera Dios que, por poco o por mucho, no solo tú, sino todos los que me oyen, fuesen como yo! Excepto por estas cadenas, claro. El juicio termina. Agripa, Festo y Berenice se levantan, conversan entre ellos: —Este hombre no ha hecho nada digno de muerte… ni de prisión, dice Agripa.  Podría ser libre, si no hubiera apelado a César. Libre o preso, Pablo ya era un hombre imparable.

Su esperanza no dependía de barrotes, ni de reyes, ni de Roma. Dependía del Dios que resucita a los muertos. Y hoy, Hechos 26 no es solo historia. Es una invitación. Porque todos tenemos algo de Agripa:
escuchamos la verdad y decimos… “por poco me convences.” Pero el “por poco” no alcanza. Pablo, encadenado, era más libre que muchos reyes. Porque cuando uno se encuentra con Jesús, no hay muro, ni pasado, ni culpa… que te detenga. Así que hoy… no te quedes en el “por poco”. Da el paso completo. De las tinieblas… a la luz.

Capítulo 27

Tengo una pregunta para ti. ¿Alguna vez has sentido que tu vida parece un barco en medio de una tormenta? Todo se mueve, todo truena, y tú apenas alcanzas a decir: “Señor, ¡si esto sigue así, me bajo aquí mismo!”. Bueno… si es así, bienvenido al club. Pablo ya estuvo ahí —literalmente—, en medio del mar, con un barco que se deshacía a pedazos, y sin flotadores. Y no era un crucero con bufet libre, eh. Era una nave romana con 276 personas, un centurión, marineros estresados y presos que, digamos, no eran precisamente los más calmados del Mediterráneo.

Pablo no estaba en ese barco por capricho. Dios le había dicho: “Vas a Roma”. Eso era un llamado, una misión divina. Pero fíjate: Dios no le dio un boleto en primera clase ni mares tranquilos. Le dio viento contrario, mareos, y días sin ver el sol. Y eso nos rompe un poco los esquemas, ¿verdad? Porque pensamos que, si Dios nos envía, todo debería salir fácil. Pero no. A veces Dios no calma la tormenta enseguida, porque está formando en ti un carácter que resiste las olas. Pablo no estaba solo sobreviviendo… estaba aprendiendo a confiar más allá de la lógica.

Pablo les advirtió: “No zarpen, esto no va a salir bien”. Pero el centurión prefirió escuchar al piloto… y claro, cuando el viento sopla suave, uno cree que ya todo está bajo control. Hasta que aparece el famoso Euroclidón —ese huracán que en la vida moderna se llama “problemas inesperados”. Y ahí sí, todos empiezan a orar, hasta el que juró que no creía. Porque cuando el barco se sacude, nadie pregunta de qué denominación es tu fe. Solo gritas: “¡Dios mío, ayúdame!”.

Y lo hermoso es que, aunque nadie escuchó a Pablo al principio, Dios sí lo escuchó a él. Y el mensaje del ángel fue claro: “No temas, Pablo. Vas a llegar. Y todos los que están contigo también”. Qué promesa poderosa: la tormenta no cambia el destino. El barco se puede romper… pero la palabra de Dios no naufraga. Después de catorce días sin comer, Pablo les dice: “Coman algo, por su bien. Ni un cabello se les caerá”. Y ahí, en medio del caos, parte el pan y da gracias.

O sea… el barco se hunde, y Pablo saca la merienda. Eso no es locura, eso es fe con los pies mojados. Pablo entendía algo profundo: Aun si no puedes controlar el mar, sí puedes controlar tu actitud. Y dar gracias en medio de la tormenta no es negar la realidad… es recordar que Dios sigue en el timón. No me preguntes por qué, pero tengo una media certeza que algo así estás viviendo en este día. Escucha; si eso es así como lo pienso, entonces no estás allí por casualidad. Algo tiene que haber para ti. De otro modo, el Espíritu Santo no te hubiera traído.

Cuando el barco encalló y comenzó a romperse, algunos pensaron: “Hasta aquí llegamos”. Pero el centurión —movido por Dios— salvó a Pablo y permitió que todos llegaran a tierra. Unos nadando, otros aferrados a tablas… pero todos llegaron.Y eso, querido amigo, querida amiga, es el resumen del capítulo: Tal vez no llegues como imaginabas, pero llegarás. A veces no llegas con todo el barco, sino con una tabla. A veces no llegas con fuerzas, sino arrastrándote. Pero llegas… porque Dios cumple lo que promete.

Tal vez hoy tú también estás navegando entre olas de preocupación, de enfermedad, de incertidumbre. Y sientes que la nave de tu vida está crujiendo. Pero recuerda:  Dios no te prometió mares tranquilos, Te prometió llegar al otro lado. No te bajes del barco antes de tiempo. No dejes que el miedo te haga saltar. Si permaneces —como dijo Pablo—, Dios te preservará. Y cuando todo termine, cuando pongas los pies en tierra firme, mirarás atrás y dirás: “Fue duro, pero valió la pena. Porque en la tormenta conocí de verdad al Capitán de mi alma”.

Así que, si hoy las olas golpean fuerte, toma aire… suelta las velas… y deja que Dios te lleve a tu destino. Y si el barco se rompe, no temas: Dios te enseñará a flotar en pedazos. Porque los barcos se hunden, pero las promesas de Dios no. Yo no sé cómo esté tu mar hoy… pero sí sé que el mismo Dios que sostuvo a Pablo en medio del Euroclidón, te sostiene también a ti.

Capítulo 28

 ¿Alguna vez sentiste que apenas sales de una tormenta, ya te espera otra en la orilla? Bueno, si te pasa, estás en buena compañía. Pablo también. El capítulo 28 de Hechos comienza así: “Estando ya a salvo…” ¡Qué alivio! Después de un naufragio, por fin tierra firme. Pero espera… aún no hay final feliz. A veces pensamos que el “a salvo” de Dios significa “sin problemas”, y no. A veces significa “listo para el siguiente milagro”.

Pablo y los demás llegan empapados, con frío, tiritando, y los isleños de Malta los reciben con una calidez impresionante. Dice el texto que “los trataron con no poca humanidad”. En otras palabras, los malteses eran buena gente. Hicieron fuego, les dieron abrigo, los cuidaron. Y ahí está Pablo, el apóstol, el hombre de fe… ¿qué hace? ¿Predica? ¿Ora? No. Junta ramas secas. Eso me encanta. Pablo no estaba por encima de las tareas pequeñas.

No dijo: “Yo soy el ungido, otro que recoja la leña”. No. Servirle a Jesús también es levantar ramas húmedas bajo la lluvia. Pero mientras echa las ramas al fuego, una víbora, escondida entre ellas, salta y se le prende en la mano. ¡Imagínate la escena! Los locales, que lo estaban viendo, sueltan el mate (o la taza de té, según el clima): “¡Ah! Este hombre debe ser un asesino. Escapó del mar, pero la justicia lo alcanzó”. La teología popular de Malta: “Si algo malo te pasa, seguro hiciste algo malo”. ¿Te suena?

A veces la gente sigue pensando así. “Se enfermó, algo habrá hecho”. “Le fue mal, Dios lo está castigando”. Pero no siempre el sufrimiento es castigo. A veces es escenario. Pablo no discute, no explica, no dramatiza. Sacude la serpiente en el fuego. Así, simple. ¡Qué gesto poderoso! Porque hay serpientes que no se matan con discursos, sino con fuego. El fuego de la fe, de la presencia de Dios. No las analizas, no las alimentas, no las exhibes en redes sociales para contar lo mal que te tratan. Las sacudes en el fuego, y sigues.

La gente esperaba que Pablo se hinchara o cayera muerto, pero nada pasó. Y claro, cuando no te mueres de lo que otros pensaban que te iba a matar, cambian la historia: “Ah, entonces es un dios”. De criminal a deidad en diez minutos. Así son los aplausos del mundo: volátiles. Pero Pablo no se deja marear ni por el veneno ni por la fama. Sabe quién es, y a quién sirve. Y entonces Dios abre otra puerta: el principal de la isla, Publio, lo hospeda.

Su padre está enfermo, y Pablo —otra vez— no pierde tiempo: ora, impone las manos, y el hombre sano. ¡Y se arma un mini avivamiento en Malta! Toda la isla empieza a venir con enfermos, y Dios sana a muchos. Mira qué ironía: lo que comenzó con una víbora termina en milagros. Dios puede usar incluso el ataque del enemigo para abrirte una puerta de bendición. Tres meses después, Pablo sigue rumbo a Roma. En el camino se encuentra con hermanos de la fe, y dice que al verlos, “dio gracias a Dios y cobró aliento”.

Qué detalle tan humano. El apóstol de hierro también necesitaba ánimo. A veces el abrazo de un hermano te da más fuerza que mil sermones. Ya en Roma, Pablo no entra como héroe triunfante. Entra como preso. Con una cadena. Pero aún encadenado, sigue predicando. Dice el texto que “recibía a todos los que venían a él, predicando el Reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento”.

Sin impedimento, aunque estaba preso. Eso es tremendo: puede que tus circunstancias sean difíciles, pero el evangelio no está encadenado. Puedes estar limitado por fuera y libre por dentro. Pablo nos enseña que la libertad del creyente no depende de las puertas que se abren, sino del fuego que no se apaga. Mira la secuencia del capítulo: 1.- Naufragio. 2.- Serpiente. 3.- Milagros. 4.- Prisión. 5.-  Evangelio libre. Así es el viaje de la fe: no lineal, pero siempre con propósito.

Cada episodio de la vida de Pablo grita que Dios no necesita condiciones ideales para cumplir su plan, solo corazones disponibles. Tal vez hoy estás en tu “isla de Malta”. No sabías que ibas a parar ahí. No era el destino que planeabas, no está en tu mapa. Pero Dios sí sabía. Y aunque parezca una pausa o una desviación, Malta puede ser tu lugar de fuego y milagro. El sitio donde sacudes serpientes y descubres que el veneno no puede contigo.

El lugar donde sirves sin título, oras sin micrófono, y sanas a otros mientras tú mismo llevas tus propias cadenas. Así que, si estás en medio del frío, no dejes que el veneno te distraiga. Haz fuego. Sirve. Ora. Mantente fiel. Porque mientras tú estás sacudiendo la serpiente, Dios ya está preparando la nave que te llevará a Roma. Sacúdela en el fuego. No te detengas. Lo que hoy parece una mordida, mañana será testimonio.

Y cuando llegues a Roma —a ese lugar donde Dios quiere usarte—, que el mundo vea que ninguna tormenta, ninguna víbora, ninguna cadena pudo apagar lo que Él encendió en ti. Gracias por acompañarme en todo el recorrido del Libro de los Hechos. ¿Lo que viene? ¡Génesis! Porque si puedes entender Génesis, luego de haber vivido la síntesis de todo el evangelio del Reino, que es Juan y tomado conciencia del valor del Espíritu Santo en el Libro de los Hechos, es justo que ahora, al entender Génesis, compruebes como todo el resto de tu Biblia toma sentido.

Leer Más

El Espíritu de Excelencia

Hay algo en mi formación personal que es necesario que comparta, porque entiendo que puede servirle de aliciente a muchos. No tuve demasiados maestros en mi vida. Tanto en lo que fue mi profesión secular como luego, en lo espiritual. Algunos rudimentos básicos, algunas metodologías técnicas o académicas y no mucho más. El resto, como decimos aquí en mi patria, “a poncho”, que es una expresión que se podría sintetizar en otra mucho más técnica: autodidáctica.

Obvio que esto no es para sentir orgullo, porque está muy bueno estudiar y más que bueno aprender, pero los seres humanos no siempre vivimos como es mejor, sino como podemos, sabemos, o como nos toca conforme a las circunstancias individuales. Tuve que ser autodidacta porque no me quedó otra, y eso me permitió acceder a funciones donde una gran mayoría eran profesionales. Pude ejercerlas y relacionarme de igual a igual, pero mi esfuerzo tuvo que ser veinte veces superior al de cualquier egresado con lauros.

Sin embargo, un viejo maestro del periodismo, de esos que no existen en las aulas, sino en las redacciones de los periódicos, me dijo una vez algo que me hizo pensar y se me grabó. “Escribe bien, regular o mal, de acuerdo a cómo te salga, pero con algo siempre en mente: dando todo lo que tienes, sin guardarte nada y, mucho menos, subestimar a tus lectores”. No usó el poder de síntesis que sí utilizó un enorme profeta del Señor para conmigo en los años 90, cuando me dijo: “Para el Señor, hazlo todo con excelencia”.

Esta palabra se me quedó dando giros y más giros en mi mente. Al término lo utilizábamos a menudo en toda conversación, artículo periodístico o predicación espiritual, pero no te puedo asegurar que tuviéramos bien en claro su significado. Simplemente sabíamos que había que hacer las cosas, como dijo aquel viejo maestro, dando todo y sin guardarnos nada, y que, a eso, según aquel enorme negrazo ungido y profeta, podíamos llamarlo excelencia.

No lo sé. Lo que sí sé, es que la excelencia de ninguna manera es un regalo, porque nadie nace con excelencia. Te lo diré como lo aprendí: la excelencia es generada por un espíritu. Todos ustedes saben que, al encontrarse con el mundo corporativo y el desarrollo de los negocios en el siglo veintiuno, cada industria, no tengo del todo claro si también incluye a mi país, tiene altísima gravitación el área de control de calidad. En realidad, todo el mundo está hablando de gestión de calidad.

En el mundo empresario, por ejemplo, cada empresa trata de obtener la ventaja en calidad, porque el mercado está tan saturado con tantos tipos de productos y servicios que, el futuro no pertenece simplemente a los productores de cada cosa, ni a los solamente prestan servicios anexos a todo esto. El futuro pertenece a quienes tienen la ventaja en excelencia, ya sea en el servicio o en la calidad. Esa es la diferencia entre el éxito y la mediocridad en este siglo.

Así que esta organización, como cualquier otra empresa, debe concentrarse de arriba hacia abajo en la excelencia y la calidad, más que en sus productos y servicios. Todo el mundo vende productos, y todo el mundo ofrece servicios. Pero sólo unos pocos ofrecen excelencia en los servicios o en los productos. La excelencia se define como la calidad más alta. No alta calidad, sino la más alta. Un estándar superior, una calidad extrema.

Pero resulta ser que la excelencia no es solamente calidad, sino que va al extremo. Finalmente, y para redondear esta especie de introducción, la excelencia se define como calidad máxima. Así es que, si trabajas como supervisor, gerente, líder, o en cualquier otra posición, y trabajas con menos de excelencia, literalmente estarás trabajando por debajo de tu verdadera capacidad. La excelencia te costará lo que la mediocridad te ahorrará.

La gente excelente conquista todo aquello de lo que la gente promedio se pasa quejando. La mayoría de las personas que no avanzan en la vida, no lo logran porque están demasiado ocupadas quejándose de por qué no pueden avanzar. Por eso, una persona excelente conquista las cosas de las que una clase promedio se queja. La gente excelente busca soluciones. La gente promedio se queda mirando los problemas sin atreverse a tomar ninguna actitud.

La excelencia se orquesta en la mente, se traduce en el habla y se demuestra en tu vida. No necesitas preguntarle a alguien si es excelente, ¿Te has dado cuenta? Puedes saberlo hasta por la manera en que se viste, y no estoy hablando del costo de esa ropa, por la forma en que te habla, por cómo organiza lo que tiene alrededor, por la manera en que ordena sus palabras al hablar. La excelencia no se impone desde afuera, se libera desde adentro.

Si tú y yo vamos a ser líderes efectivos; si vamos a inspirar a otros a ser excelentes, ellos tendrán que verlo en nuestra mentalidad, en la demostración de nuestra vida y en nuestro discurso. La gente excelente hace mejoras, no excusas. Ese es un gran pensamiento. Nosotros, que estamos en el camino de otros que aspiran a hacer lo que estamos haciendo nosotros e, incluso, a superarnos, debemos animar a las personas a buscar soluciones frente a sus obstáculos, su oposición y sus desafíos, en lugar de permitirles que den excusas.

Un líder genuino compite sólo consigo mismo. Un verdadero líder jamás va a compararse con nadie más. En suma, la excelencia en todos sus órdenes tiene algunos principios básicos que todo ser humano debería conocer. En primer lugar, hay que consignar con absoluta contundencia algo muy importante: No te conformes con lo promedio. Porque lo promedio, así como te suena, es realmente la tumba en la cual vas a enterrar la excelencia. La gente promedio se esfuerza por encajar.

La gente excelente se esfuerza por sobresalir. Nunca puedes cambiar lo que aceptas. Así que no te conformes con lo promedio. Nunca podrás cambiar lo que te niegas a confrontar. Si sigues pretendiendo que la mediocridad es lo mejor que puedes dar, nunca avanzarás hacia la excelencia. No naciste para ser una persona promedio. Este es el desafío. Necesitamos inspirar a la gente a no conformarse, aún cuando parezcan tener éxito.

De hecho, el mayo r enemigo del progreso es tu último éxito. Cuando te conformas con lo que ya lograste y crees que lo has conseguido todo, acabas de empezar a morir. La gente excelente nunca se conforma con lo promedio. Lo segundo en importancia, es clave: Desarrolla un Compromiso Profundo con la Excelencia. Nunca serás excelente hasta que decidas que ese será tu estilo de vida. Primero debes ser el mejor, entonces serás el primero.

Piensa en esto. En los negocios, todos piensan ser los primeros en el mercado, pero esa es la búsqueda equivocada. Las personas excelentes no intentan ser las primeras, intentan ser excelentes. Es muy similar a cuando el machismo rudimentario procura ser el primero en la vida de una mujer. Mucho más inteligente es el hombre genuino, que hará todo lo que le sea posible para ser el último en la vida de una mujer. Dime qué es más inteligente. O excelente.

Por todo esto, primero debes ser el mejor y, recién allí, serás el primero. Alguien relató que un día, Miguel Ángel estaba pintando la Capilla Sixtina, y todos conocen esa historia. Es la obra más impresionante de Roma. Personas de todo el mundo viajan para verla. Miguel Ángel trabajaba recostado en su espalda contra un andamio, pintando todo el techo. Y cuenta la historia real que un día, uno de sus asistentes, entró a revisarlo.

La capilla estaba oscura, llena de velas y polvo y no podía verlo. El asistente gritó: ¡Miguel! No obtuvo respuesta. Gritó otra vez ¡Miguel! ¿Estás aquí? Escuchó un ruido en una esquina, detrás de una columna, en lo alto, donde nadie podía verlo. Finalmente, una voz respondió desde la oscuridad: Sí…estoy ocupado. El asistente se acercó, miró h hacia arriba, y allí estaba Miguel Ángel, acostado en su espalda, pincel en una mano, paleta en la otra, pintando en un rincón escondido del techo, detallando las plumas de un ángel diminuto que nadie vería jamás.

Su amigo le dijo: Miguel… ¿Qué estás haciendo? Nadie verá ese detalle. Y Miguel Ángel, sin detenerse, respondió con firmeza: ¡Pero Dios lo ve! Y siguió pintando. Ese es el verdadero espíritu de la excelencia. Un espíritu excelente no trabaja porque lo miran, ni porque será reconocido. La excelencia surge de una actitud interior. Miguel Ángel no trabajaba para la aprobación de la gente, tenía integridad consigo mismo.

Creía que todo lo que hacía, debía ser mejor que todo lo que había hecho, aunque nadie más lo viera. Deberíamos aplaudirlo por el resto de la historia por darnos ese maravilloso ejemplo de excelencia. Miguel Ángel fue un hombre de excelencia, y por eso no podemos ignorarlo. En tercer término, hay una clara sugerencia: Posee Ética e Integridad. Una persona excelente, siempre posee estas dos cosas: ética e integridad.

Tu talento puede llevarte a lugares donde tu carácter no podrá sostenerte. Piensa en las historias bíblicas de José y de Sansón. Y aquí cabe una buena pregunta: ¿Quién fue más fuerte, Sansón o José? La respuesta es José. Sansón tenía todos los músculos. Era físicamente imparable. Podía arrancar las puertas de una ciudad. Matar a mil hombres con una quijada de burro. Derribar un templo entero con sus manos. Sansón era un monstruo de fuerza.

José, en cambio, no tenía músculos. No mató a mil hombres. Nunca destruyó un templo. Y aún así, fue más fuerte que Sansón. ¿Por qué? Porque la moralidad es más fuerte que el talento. Nosotros no abusamos de la gente. No violamos la familia. No le faltamos el respeto al matrimonio. No pasamos por encima de las convicciones. La excelencia implica un compromiso con la ética y con la alta moral. Por eso José fue más fuerte que Sansón.

Cuando una mujer casada quiso acostarse con él, lo enfrentó con integridad. Ella entró al cuarto sin ropas, cuando José salía con solo una toalla. Sansón, en cambio, se encontró con mujeres vestidas y no pudo controlarse. José, en cambio, fue tan fuerte interiormente, que soltó la toalla y salió corriendo, desnudo, para no ceder. Para mí, ese es un hombre verdaderamente fuerte. En cualquier organización o empresa, debemos comprometernos con la fuerza de la ética y de la integridad, por encima de la satisfacción o gratificación personal.

La ética son estándares morales basados en principios que gobiernan tus creencias y convicciones. Son actitudes mentales basadas en lo que crees, que controlan tu comportamiento. Lo que crees se manifiesta en cómo actúas. La integridad es la integración de tus palabras con tu comportamiento. Lo que dices y lo que haces, deben ser consistentes. Una persona de excelencia, tiene un espíritu de integridad. La integridad es la integración entre tu palabra y tu conducta.

La excelencia produce confianza. Porque la gente observa si lo que dices coincide con lo que haces, antes de confiar en ti. Los verdaderos líderes son aquellos que logran que otros confíen en ellos, porque dicen lo que piensan y cumplen lo que dicen. Si vas a ser una persona de excelencia en el liderazgo, debes integrar tus palabras con tus acciones. Si prometes a alguien que lo vas a llamar, llámalo. Si prometes reunirte con alguien o visitarlo, hazlo.

Si prometes enviar un producto en cierto tiempo, cumple con ese compromiso. Porque la excelencia es integridad. Lo que dices es lo que haces, y lo que haces es lo que antes dijiste. La palabra integridad proviene de integrar, que significa ser uno. Lo que dices debe ser exactamente lo que eres. La credibilidad y el carácter, son el resultado de la integridad. En cuarto término, Un Líder Excelente Muestra Respeto Genuino por los Demás.

Respetar significa honrar, valorar, estimar altamente, reconocer el valor de otra persona. Mi pregunta para ti, si fuera tu gerente o tu supervisor de equipo, sería esta: ¿Qué son las personas para ti? Para muchas empresas, las personas son sólo empleados, piezas de un engranaje. Para otros, las personas son sólo oportunidades para usarlas y avanzar. Pero la pregunta clave, es: ¿Cuál es tu valor de un ser humano y cómo ves a los demás?

La gente sabe cuando la respetas y cuando no, así que no lo finjas ni lo simules. A las personas no les importa cuanto sabes, hasta que saben cuanto te importan ellas. La excelencia se manifiesta en honrar a las personas. Quinto elemento: Recorre el Segundo Kilómetro. La excelencia se manifiesta en personas que no tienen miedo de dar lo mejor de sí mismas. La responsabilidad es más grande que los derechos. Da más de lo que tomas de la vida, da más de lo que te piden.

¿Cuántos conoces que hacen lo mínimo necesario? ¿Cuántos líderes sólo cumplen con lo esperado y nada más? Ese no es un espíritu de excelencia. Un espíritu de excelencia siempre va más allá del deber y más allá de la asignación. No actúa sólo porque se le dijo, actúa porque cree y porque se compromete. La excelencia siempre recorre el segundo kilómetro. Sexto tema: Sé Consistente. Nada frustra más que una persona inconstante. Una persona excelente establece altos estándares para sí misma.

Tienes que proponerte muy seriamente fijarte altos estándares a ti mismo. La gente se olvida de la velocidad con la que haces un trabajo, pero jamás se olvida cuando lo haces de manera brillante. Por eso es que debes ser más que consistente en tu desempeño. Haz siempre el mejor trabajo posible y demuestra la excelencia de tu actitud en todo lo que hagas. Muchas personas pueden ser buenas por un momento, pero un verdadero líder es consistente en todo lo que hace.

La consistencia atrae promoción. Si quieres que las personas bajo tu liderazgo sean fieles, tú mismo deberás modelar esa fidelidad. Si quieres que asistan a todas las reuniones correspondientes, entonces no debes faltar tú a ninguna. Si quieres que sean responsables con sus tareas, entonces muéstrales responsabilidad. La consistencia genera consistencia. Séptima condición: Nunca Dejes de Mejorar. Este es muy importante.

La excelencia es un espíritu que nunca se conforma. Una persona excelente puede estar impresionada con lo que ha hecho, pero nunca satisfecha. Siempre debes buscar crecer y mejorar. La excelencia es el resultado gradual de esforzarse constantemente por ser mejor. Si tú creces, todo lo demás crecerá contigo. Por eso es que un verdadero líder estará en constante desarrollo. Asiste a todos los seminarios que haya y léete todos los libros que hablen del tema.

Aprende, desaprende y vuelve a aprender. Porque sabe que si él crece, todo cambia. ¿Sabes qué? La vida y las cosas no cambian mucho. El que cambia eres tú. La mitad de los problemas que pensabas que eran terribles hace veinte años, hoy los ves como oportunidades porque creciste. La ignorancia es el mayor enemigo del hombre. El conocimiento es su mejor amigo. Cuanto menos sabes, más confundido estás sobre la vida.

Cuanto más aprendes, más simple se vuelve. Un verdadero líder excelente, siempre está creciendo. Porque sabe que todo mejora, a medida que él mejora. Así que asume la responsabilidad de tu propio desarrollo y enséñales a los demás a hacer lo mismo. No puedes estar cuidando líderes como si fueran niños. Los líderes se inspiran. Y si quieres que otros se conviertan en líderes como tú, debes animarlos a asumir la responsabilidad de su propio crecimiento.

Hay algo que creo que será el máximo secreto del liderazgo del siglo veintiuno. Los buenos líderes dirigen personas y desarrollan sistemas. Los grandes líderes desarrollan personas y dirigen sistemas. Esa es la diferencia. Es muy buen momento para preguntarte cuál de los dos eres tú. Durante los últimos ochocientos años, y más intensamente en los últimos quinientos, con la revolución industrial, la mayoría de filosofías de administración, se han enfocado en manejar gente y desarrollar recursos.

Lástima, porque el recurso más valioso que tiene son las personas. Los verdaderos líderes desarrollan personas. Los demás, sólo las administran. Cuando dejas de aprender, comienzas a perder. Cuando dejas de crecer, comienzas a morir. En octavo lugar: Dar Siempre el Cien por Ciento. Un espíritu excelente siempre entrega todo. La vida está compuesta por cuatro tipos de personas. Los que se rinden antes de empezar, los que se resisten, los que abandonan y los que lo entregan todo.

El primero, dice que es imposible, ni lo intenta. El segundo sólo está allí para gastar tu tiempo. Sin compromiso ni interés en mejorar. El tercero comenzó con entusiasmo, emocionado, pero pronto se rindió. Y el cuarto es el que paga el precio hasta alcanzar la meta. Las personas excelentes no están obsesionadas con salir corriendo a casa, sino con construir un hogar. Trabajan más allá de lo que se les pide, porque ven su trabajo como su firma personal.

Dicen que eso los representa. Si te avergüenzas de lo que has hecho, entonces nadie más debería verlo. Cada cosa que realices, debe ser digna de tu firma. Tu vida debe ser tan excelente que, cuando alguien vea lo que hiciste, pueda decir: sé quien hizo esto, sólo por la calidad. En noveno lugar: Haz de la Excelencia Un Estilo de Vida. La excelencia debe convertirse en un estilo de vida. Hazlo bien la primera vez y siempre. La mediocridad es una costumbre personal.

La excelencia es una elección, igual que la actitud. Tú eliges ser excelente. Las personas te ven antes de escucharte. Por eso, mírate bien a ti mismo. ¿Alguna vez te pusiste una determinad ropa y supiste que lucías increíble? En ese momento no podías esperar para salir a la calle. Porque la excelencia se nota. Un espíritu excelente es un estilo de vida. Se ve bien, se siente bien y produce bien. Algo debería ser regla fiel y permanente: si no lo puedes hacer bien, no lo hagas, todavía.

Adopta esa actitud en tu vida, en tu negocio y en tu trabajo. Esa es la actitud de la excelencia. Porque sólo tienes una oportunidad de causar una impresión duradera. Cuando estés frente a público, cuida tu estética. Sin exagerar, porque no eres un artista, pero con pulcritud y sobriedad. Camina con seguridad, habla con claridad y articula con fuerza. Da lo mejor de ti, porque sólo tienes una oportunidad para dejar huella.

Si un hombre vende diamantes y no lleva ninguno puesto, es porque está dudando de la calidad o de la legitimidad de esos diamantes. Si alguien vende pescado y no huele a mar, no te confíes de ese pescado. Si vamos a ser líderes que inspiran a otros que van a ser líderes, entonces debemos lucir como líderes, actuar como líderes y relacionarnos como líderes. Así ellos podrán ver como nos tratamos en nuestro nivel y se inspirarán a hacer lo mismo en el suyo.

Somos la manifestación de nuestro propio estilo de vida de excelencia. Nuestra apariencia es la plataforma de nuestra presentación. Por eso procura ser excelente en tu presencia física. Quiero darte un reto sencillo. Estudia la clase. Dedica el resto de tu vida a saber a ciencia cierta qué significa tener clase. O mejor, aún; ser de primera clase. Y créeme que no pasa por tu cuenta bancaria, ni lo sueñes. Conozco gente muy rica que es mediocre en su esencia. Y gente que vive con lo justo que brilla con luz propia.

Estúdialo. Porque lo que estudias comienza a moldear tu pensamiento. Y lo que piensas te convierte en lo que eres, como está escrito: Porque, así como el hombre piensa en su corazón, así es él. Si no piensas en excelencia, no puedes ser excelente. La calidad nunca es un accidente. Tu casa no es hermosa por error. Tu cuarto no se mantiene limpio por casualidad. La calidad no es un accidente. Es una decisión y el resultado del esfuerzo.

Y, finalmente, un espíritu de excelencia nunca se compara con otros, sino consigo mismo. Las personas de excelencia no miran lo que hacen otros para medir su éxito. La excelencia es competencia contigo mismo. Con lo que lograste la última vez, a ver si ahora puedes hacerlo mejor. Es un esfuerzo constante por superar tu propio nivel. La excelencia es celebrar lo que te hace único. Naciste original, no te conviertas en copia de la mediocridad de otros.

Observa a las personas, pero no permitas que te arrastren a ser como ellas. Nunca te conformes con lo logrado, de modo que dejes de avanzar hacia lo que aún puedes alcanzar. La excelencia es un espíritu que produce una actitud que genera una manera de pensar. Y que se manifiesta en un estilo de vida. Y, finalmente, ser tú mismo y llegar a ser tú mismo, es la esencia de la vida. Ayudar a otros a descubrirse y liberarse, es la esencia de vivir.

Leer Más

¿Qué Aprendimos? ¿Verdad o Religión?

 ¿Y si te dijera que lo que escuchaste hace un rato en ese video o audio de ese famoso predicador no está en la biblia? ¿Y si te dijera que a partir del avance tecnológico y con las enormes posibilidades que te permite el uso de la Inteligencia artificial, miles de creyentes pueden estar siendo desviados del camino con mensajes que suenan espirituales, pero que en realidad contradicen lo que Dios reveló en su palabra? Hay un engaño silencioso infiltrándose entre nosotros, y casi nadie lo nota.

Vivimos tiempos en donde la predicación se ha vuelto entretenimiento, donde la revelación es personal y en muchos casos ha reemplazado la autoridad de la Escritura y, donde muchos ministros, con buenas intenciones o no, están enseñando doctrinas que nunca salieron de la boca de Dios. Te sugiero, cada vez que ingreses a alguna de esas redes que contienen materiales supuestamente cristianos, te pongas firme en oración y aceptes sólo aquellas cosas que el Espíritu Santo te proporciona paz para escuchar.

De todos modos, y tanto como para que te protejas de las inmensas cantidades de manipulaciones existentes, hoy vamos a exponer las herejías más comunes que se predican como si fueran verdad absoluta. Y vas a descubrir como identificarlas, antes de que sea demasiado tarde. Porque lo que está en juego, no es sólo tu fe, es tu salvación eterna. La Biblia es clara en Gálatas 1:8 cuando Pablo dice: Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.

Esa palabra, anatema, significa maldito, separado de Dios, condenado. Pero Pablo no estaba jugando, él sabía que la pureza del evangelio era cuestión de vida o muerte espiritual. Y sin embargo, hoy en día, muchos líderes espirituales, están anunciando otro evangelio, disfrazado de modernidad, de progreso, incluso de revelación fresca. Pero lo peor viene ahora. Porque estas herejías no llegan gritando, no vienen ni con cuernos ni con fuego.

Llegan con versículos mal interpretados, con testimonios emocionales, con experiencias personales elevadas al nivel de la Escritura. Y la gente las recibe sin cuestionar, porque suenan bien, porque tocan emociones, porque el predicador tal vez tiene carisma. Pero escucha esto con atención. Una mentira repetida mil veces, no se convierte en verdad. Y una herejía predicada desde un púlpito, no se convierte en doctrina sólo porque la diga alguien con título.

La primera herejía que está devastando iglesias, es la doctrina de la prosperidad obligatoria. Muchos predican que Dios quiere que todos los creyentes sean ricos, que la pobreza es una maldición, y que, si no tienes abundancia material, es porque te falta fe. Citan versículos como 3 Juan 2: Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. Pero aquí es donde muchos caen sin darse cuenta. Este versículo es un saludo personal de Juan a Gayo. No es una promesa universal de riqueza material. Es como si yo te enviara un WhatsApp o un mail diciendo: espero que te vaya bien, y tú lo tomaras como una profecía garantizada de parte de Dios. El contexto importa, y cuando ignoramos el contexto, abrimos una puerta enorme, monumental al engaño.

Jesús mismo dijo en Mateo 6:24: Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Cuidado, no dijo que no puedes tener riquezas, dijo que no puedes servirlas. El problema no es la prosperidad. El problema es cuando la prosperidad se convierte en el evangelio, cuando el dinero se convierte en la señal de la bendición de Dios, cuando la fe se mide por el tamaño de tu cuenta bancaria.

Pablo, el apóstol que escribió gran parte del Nuevo Testamento dijo, en Filipenses 4:12: Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. O sea que, evidentemente, Pablo conocía ambos extremos y su fe no dependía de ninguno de ellos. Pero hoy, muchos ministros te dirán que, si no tienes abundancia, es porque te falta fe, porque no has sembrado suficiente, porque estás bajo maldición.

Eso no es el evangelio de Cristo, eso es manipulación espiritual. Y aquí es donde se pone más oscuro, porque cuando la prosperidad se convierte en doctrina, la ofrenda se convierte en transacción. Dios deja de ser Padre y se convierte en cajero automático. Y el pueblo de Dios deja de buscar santidad y empieza a buscar riqueza.

Pero lo que voy a decir ahora, casi nadie lo dice o lo enseña. La segunda herejía devastadora, es la de las revelaciones extra bíblicas con autoridad divina. Escucha bien esto. Hay predicadores que suben al púlpito y dicen “Dios me reveló, Dios me mostró, Dios me dijo.” Y la congregación lo recibe como si fuera escritura. Pero la Biblia es clara en Hebreos 1:1-2: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; Dios habló en el pasado por los profetas, pero ahora nos habló por Jesucristo. La revelación de Dios está completa en Jesucristo y está registrada en la escritura.

Apocalipsis 22:18-19: Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro. Añadir o quitar de la palabra de Dios tiene consecuencias eternas. Pero muchos hombres, hoy, están añadiendo sus propias revelaciones, sus propias experiencias, sus propios sueños.

Y las están poniendo en el mismo nivel que la Biblia. Eso es herejía, eso es peligroso, eso es condenable. Porque cuando tu revelación personal se convierte en autoridad doctrinal, ya no necesitas la Biblia, ya no necesitas escudriñar las escrituras. Sólo necesitas escuchar al hombre en el púlpito. Y eso, amigo, es exactamente lo que pasaba en la Edad Media antes de la reforma. La gente no tenía acceso a la Biblia, sólo tenía acceso a lo que el sacerdote decía. Y la reforma vino a devolver la escritura al pueblo. Pero hoy, en pleno siglo veintiuno, estamos regresando al mismo error. Estamos entregando nuestra autoridad espiritual a hombres que dicen tener revelaciones frescas, por fuera de la Escritura, cuando Dios ya nos dio toda la revelación que necesitamos en su Palabra.

 La tercera herejía, y esta es sutil, es la del evangelio sin arrepentimiento. Muchos predican un evangelio de aceptación total, de amor incondicional, de gracia sin límites, pero olvidan una palabra clave: arrepentimiento. Jesús comenzó su ministerio con estas palabras en Marcos 1:15: diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. 

Arrepentíos, primero, y creed después. No al revés. El arrepentimiento no es sólo sentir pena por tus pecados. La palabra griega es metanoia, que significa cambio de mente, cambio de dirección, transformación total. Es darle la espalda al pecado y correr hacia Dios. Pero hoy, muchos predican que sólo necesitas creer, que Dios te acepta tal como eres, que no necesitas cambiar nada. Eso suena amoroso, pero es falso. Dios te ama tal como eres, pero te ama demasiado para dejarte tal como eres. 1 Juan 1:9 dice: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Confesión-Perdón-Limpieza. Ese es el orden divino. No puedes saltarte la confesión y esperar la limpieza. No puedes ignorar el arrepentimiento y reclamar la gracia. Porque la gracia no es una licencia para pecar. La gracia es el poder de Dios para dejar de pecar. Romanos 6:1-2 dice: ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? Pablo está destruyendo la idea de que la gracia te permite seguir viviendo en pecado.

La gracia te libera del pecado, no te da permiso para pecar. Pero lo peor viene ahora. Porque cuando eliminas el arrepentimiento del evangelio, eliminas la convicción del Espíritu Santo, eliminas la conciencia del pecado, eliminas la necesidad de santidad. Y creas una generación de creyentes que piensan que están salvos, pero nunca fueron transformados. Jesús dijo en Mateo 7:21-23 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.  Habrá personas que hicieron milagros, que profetizaron, que echaron fuera demonios, pero Jesús les dirá: Nunca os conocí. ¿Por qué? Porque nunca se arrepintieron. Porque nunca dejaron su pecado. Porque nunca vivieron en obediencia. Y eso es aterrador.

 La cuarta herejía es la del universalismo disfrazado. Muchos predican que al final todos serán salvos, que Dios es demasiado amoroso para enviar a alguien al infierno. Que el infierno es temporal o simbólico. Pero Jesús habló más del infierno que del cielo. En Mateo 25:46 dice: E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

La misma palabra griega, ayonios, se usa para ambos destinos. Eterno. Si el cielo es eterno, el infierno también lo es. No puedes aceptar uno y rechazar el otro. Apocalipsis 20:15, dice: Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego. No dice que fue purificado. No dice que fue rehabilitado. Dios dice que fue lanzado al lago de fuego. Y eso debería hacernos temblar. No de miedo paralizante, sino de reverencia santa. Porque el evangelio no es sólo que Dios te ama. El evangelio es que Dios te ama tanto, que envió a su Hijo a morir en tu lugar para que no tengas que ir al infierno.

Pero si no hay infierno, no hay necesidad de salvación. Si todos van al cielo, Cristo murió en vano. Gálatas 2:21 dice: No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo. Si hay otra manera de salvarse, entonces Cristo murió innecesariamente. Pero no hay otra manera. Hechos 4:12 declara: Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Sólo Cristo.

Sólo su nombre. Sólo su sangre. Todo lo demás es herejía. Y aquí está el peligro final. Estas herejías no vienen solas. Vienen combinadas, entrelazadas, combinadas, mezcladas con suficiente verdad como parecer legítimas. Vienen de labios elocuentes, de hombres carismáticos, de ministerios grandes. Pero Jesús advirtió en Mateo 7:15: Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.

Los falsos profetas no vienen con carteles que dicen “Soy falso”, vienen disfrazados. Vienen con apariencia de piedad, que es alta espiritualidad. Vienen con señales y prodigios, pero por dentro son lobos y su objetivo no es alimentarte, es devorarte. 2 Timoteo 4:3-4 dice: Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.

Ese tiempo ya llegó. Vivimos en la era en donde la gente quiere escuchar lo que le agrada, no lo que necesita. Donde la verdad incomoda y la mentira entretiene. Donde la doctrina sólida es aburrida y las fábulas son virales, apasionantes, captadoras. Pero tú no tienes que ser parte de esa multitud. Tú puedes ser como los de Berea, que según Hechos 17:11, eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las escrituras, para ver si estas cosas eran así.  Escudriña las escrituras, no creas todo lo que escuchas, incluido esto. No aceptes toda doctrina sin examinarla. Prueba todo, retén lo bueno y rechaza lo que contradice la Palabra de Dios, no importa quien lo predique.

Y ahora entremos por un momento al mundo íntimo de las congregaciones evangélicas convencionales, tradicionales. Tú, que todavía asistes regularmente y con absoluta fidelidad sincera y humilde, te pregunto: ¿Alguna vez te has preguntado si todo lo que escuchas desde el púlpito es realmente bíblico? Una enorme mayoría confía en sus pastores como guías espirituales, y muchas veces se da por hecho que todo lo que ellos enseñan refleja fielmente la palabra de Dios.

Pero, ¿Qué pasaría si algunas de esas ideas, aunque bien intencionadas, no fueran del todo ciertas? Hoy vamos a desenmascarar tres mentiras que muchos pastores creen sin darse cuenta. No se trata de atacar ni desacreditar a quienes sirven en la obra, porque la mayoría lo hace con un corazón sincero. El propósito de este mensaje, es otro: ayudarte a discernir, a irte más profundo y a comprobar, con tus propios ojos, lo que dice la escritura. Lo que vas a escuchar quizás te incomode, porque vamos a tocar áreas que casi siempre damos por sentadas en nuestra vida cristiana, pero también puede traerte libertad, claridad y un fundamento más sólido en tu fe. Así que, abre tu mente y tu corazón, porque vamos a cuestionar creencias que parecen normales en la iglesia, pero que en realidad no siempre tienen respaldo bíblico.

1 – Más Miembros, Significa Más y mejor Ministerio. En muchas iglesias modernas, existe una idea profundamente arraigada, que es que, si la congregación crece en número, entonces el ministerio es más exitoso. Se cree que una iglesia grande equivale a una iglesia fuerte y que, mientras más sillas o butacas se ocupen, más impacto se está teniendo en el Reino de Dios. Pero, ¿Es eso realmente lo que la Biblia enseña? Cuando miramos el ministerio de Jesús, vemos algo muy diferente. Sí, había multitudes que lo seguían, pero en los momentos más decisivos, Él buscaba la intimidad con un grupo reducido de discípulos.

En lugar de medir su éxito por la cantidad de oyentes, se enfocó en formar el corazón de unos pocos para transformar al mundo entero. El Libro de los Hechos, también nos muestra que la iglesia primitiva crecía, pero no se trataba de números vacíos. Lo esencial era la profundidad en la enseñanza, la comunión verdadera y la vida de oración. La salud espiritual no estaba en cuantos se congregaban, sino en cuan arraigados estaban en Cristo.

El peligro de creer esta mentira, es claro. Cuando un pastor se obsesiona con el tamaño, puede terminar diluyendo el mensaje para agradar a las multitudes. Los sermones se vuelven superficiales. La comunidad se convierte en un evento social y el liderazgo se agota procurando sostener un ritmo que nunca sacia. Al final, la iglesia puede estar llena de gente, pero vacía de discípulos. La verdad es que, el crecimiento que realmente importa, no se mide en estadísticas, sino en transformación de vidas. Una iglesia pequeña, puede ser espiritualmente más saludable que un auditorio masivo. Si sus miembros caminan en obediencia, amor y verdad. Entonces, ¿Qué buscas tú en tu iglesia? ¿Un lugar concurrido que impresiona a la vista? ¿O una comunidad que te reta, te discipula y te ayuda a parecerte más a Cristo?

2 – Mi Papel es Ser el Experto Espiritual. Una de las mentiras más arraigadas en muchas iglesias, es la idea de que el pastor debe ser el único experto espiritual, la voz autorizada en todo lo que respecta a Dios. Esta mentalidad no sólo coloca una carga imposible de sobrellevar sobre ese pobre hombre, si es que no lo facultó él mismo, sino que también debilita a la congregación, convirtiéndola en un grupo de oyentes pasivos, en lugar de discípulos maduros. El problema es que, cuando se cree que sólo el pastor tiene la respuesta, se construye una dependencia tóxica.

Los creyentes ya no buscan a Dios directamente en oración ni en su palabra, sino que esperan que otro u otros lo hagan por ellos. El pastor, sin quererlo, se transforma en un intérprete oficial de Dios, mientras la iglesia se acostumbra a vivir de migajas espirituales, en lugar de cultivar una relación personal con el Señor. La Biblia, sin embargo, presenta un modelo totalmente diferente. El apóstol Pedro lo deja bien claro en 1 Pedro 2: 9: Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; 

¿Notas lo que dice? No hay un sacerdocio exclusivo del pastor, sino un sacerdocio de todos los creyentes. Cada cristiano tiene acceso directo al Padre a través de Cristo y cada uno es llamado a servir, discernir y anunciar el evangelio. Pablo también lo reafirma en Efesios 4:11-12: Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,

El rol del pastor no es cargar con todo, ni ser el único iluminado. Es capacitar a la iglesia para que cada miembro ejerza su don y crezca en madurez. Cuando un pastor cae en la trampa de ser “el experto”, termina agotado, aislado y con un ministerio superficial. Y cuando una iglesia cree esta mentira, se queda inmadura, incapaz de discernir la verdad, fácil de manipular y débil ante las pruebas. La verdadera fortaleza de una congregación no se mide por lo que sabe un solo hombre, sino por como toda la comunidad vive y practica la fe.

No se trata de un líder fuerte y un pueblo débil, sino de un cuerpo unido donde Cristo es la cabeza. Colosenses 1:18 nos recuerda que: y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; La pregunta es directa: ¿Estás dependiendo sólo de lo que dice tu pastor o estás desarrollando una relación personal con Dios a través de su palabra y su espíritu?

3 – Dios Quiere que Estés Cómodo y Seguro. Quizás esta sea la mentira más peligrosa de todas, porque se disfraza de bendición. Muchos pastores creen, consciente o inconscientemente, que su fidelidad a Dios debería traducirse en comodidad, seguridad y prosperidad material. Y, aunque no siempre lo dicen abiertamente, sus decisiones, prioridades y estilo de vida, revelan esa expectativa. Pero la pregunta es: ¿Realmente la Biblia promete comodidad a los que sirven al Señor? Jesús mismo respondió con claridad en Mateo 16:24. Sólo dijo: Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 

El llamado de Cristo nunca fue a buscar comodidad, sino a abrazar el sacrificio. Seguir Jesús implica morir al Ego, al deseo de control, a la ambición personal. Y estar dispuesto, incluso, a sufrir por causa del evangelio. El problema con esta mentira es que cambia el enfoque del ministerio. Cuando un pastor cree que su posición personal es una señal de aprobación divina, se vuelve reacio a incomodar a su congregación con mensajes de arrepentimiento, santidad o confrontación.

En lugar de ser una voz profética que denuncia el pecado y llama al cambio, se convierte en un administrador del status quo, cuidando su posición, su salario y su reputación. Pablo lo vivió en carne propia y nunca lo ocultó. En Filipenses 3:8, declaró: Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,

Es indudable que el apóstol no hablaba de riquezas, sino de renuncias. Su ministerio no se midió por el nivel de seguridad que alcanzó, sino por el nivel de entrega que vivió. Creer que Dios nos llama a una vida cómoda, es distorsionar el evangelio. La verdad es que el camino de la fe está lleno de riesgos, desafíos y, a veces, persecución. Pero, precisamente en ese terreno hostil es donde la luz de Cristo brilla con más fuerza. El pastor que busca comodidad, terminará siendo un líder tibio. Pero, el que abraza la cruz, aunque el camino sea duro, será un instrumento poderoso en las manos de Dios.

La pregunta es inevitable. ¿Quieres un cristianismo cómodo que te adormece o una fe auténtica que transforma y desafía, aunque duela? Ahora que hemos revelado estas tres mentiras, surge una pregunta inevitable. ¿Qué hacemos con esta verdad? Lo primero, es entender que este mensaje no es un llamado a abandonar tu iglesia ni a pelearte con tu pastor. La Biblia nos enseña en Hebreos 13:17 a honrar y obedecer a nuestros líderes espirituales. Pero también nos llama a discernir y a probar los espíritus. Así lo dice en 1 Juan 4:1.

La madurez cristiana no consiste en aceptar todo ciegamente, sino en examinarlo todo y retener lo bueno. Así lo dice Pablo en 1 Tesalonicenses 5:21. Si eres creyente, tu papel es mantener un corazón sensible y una fe fundamentada en la palabra. No en las tradiciones ni en las expectativas humanas. Eso significa que, cuando escuches un mensaje, no lo recibas sólo porque viene del púlpito, sino porque está respaldado por la Escritura. Si eres pastor o líder, este es un llamado a la humildad. Todos estamos expuestos a errores y, la única forma de evitarlos, es volver una y otra vez a la palabra de Dios.

El ministerio no se trata de números ni de aparentar tener todas las respuestas, ni de buscar comodidad. El verdadero ministerio es reflejar a Cristo, aun cuando eso implique sacrificio, confrontación y renuncia. Jesús mismo lo dijo en Juan 8:32: y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. La verdad bíblica es la única base que puede sostener una fe auténtica. Tanto para el pastor como para la congregación. Y cuando dejamos que esa verdad nos moldee, no sólo desenmascaramos las mentiras, sino que construimos una iglesia más fuerte, más sincera y más fiel al corazón de Dios.

La pregunta, ahora, es: ¿Estás dispuesto a dejar que la palabra de Dios exponga lo que no está firme en tu vida y en tu fe? Porque al final, lo que está en juego, no es una discusión teológica, sino la autenticidad de nuestra relación con Cristo.

Leer Más

Siete Veces Siete

Hay una parábola que Jesús contó siete veces en los evangelios. No dos ni tres, ¡Siete veces repitió la misma revelación sobre el Reino de Dios! Y aquí está lo asombroso: la iglesia tradicional la transformó en un cuento moral bonito para los niños de la Escuela Dominical. Pero alguien vio algo en esa revelación que cambió absolutamente su propia visión del cristianismo. Algo tan radical que, cuando lo entiendes, tu vida religiosa cómoda nunca vuelve a ser la misma.

¿Sabes cuál es esa parábola? En realidad, son varias, y es el descubrimiento que se ha hecho y vamos a compartir hoy. La realidad es que Jesús no contó una parábola siete veces. Lo que Él contó fueron siete variaciones del mismo principio transformador del Reino. Levadura o fermento, Semilla de Mostaza, Tesoro escondido, Perla de gran precio. Cada una revelando la misma verdad explosiva desde ángulos diferentes. Y la iglesia moderna las lee como historias separadas, entonces pierde el patrón y termina predicando religión dominical en lugar de Reino transformador.

Lo cierto es que la iglesia ha estado enseñando las parábolas de Jesús por espacio de dos mil años, pero ignorando completamente lo que Jesús realmente estaba revelando. O sea, el diseño original del Reino que, obviamente, amenaza a todo el sistema religioso establecido. Hoy te voy a mostrar esas parábolas con ojos completamente nuevos y vas a poder verlas tal como son y no como las deformaron. Y te advierto que lo que descubrirás te perturbará, porque te revelará por qué tu vida cristiana se siente como actividad religiosa en lugar de una asignación divina y transformadora del Reino.

Si llegas a la iglesia fielmente, sirves en ministerios, lees tu biblia, pero en lo profundo sabes que algo no cuadra, no encaja, es como que te falta algo o te sobra algo; si sientes que hay más de Dios que lo que has experimentado en estructuras religiosas tradicionales, no estás loco, estás sintiendo exactamente lo que esas siete parábolas revelan. Hay un patrón que Jesús repitió siete veces y quiero mostrarte con claridad en los próximos minutos. Es el diseño del Reino que la religión enterró. Y cuando lo veas, tu propósito dormido despertará, porque estas parábolas no son sobre la moral, son sobre tu mandato divino, que es el de infiltrar sistemas para transformarlos desde adentro.

Suena como ilegal o delictivo, pero créeme que no lo es, todo lo contrario. Si quieres descubrir más verdades del Reino que la religión tradicional no enseña y liberar el potencial que Dios diseñó en ti, presta mucha atención a lo que viene. Lo primero, y muy importante para mucha gente que toma estas cosas con demasiada ligereza, es aclarar que Jesús no decía nada de lo que decía diariamente, al azar. Lo que Él hacía de manera permanente, puedes comprobarlo, era revelar sistemáticamente el diseño original del Reino de Dios, algo completamente opuesto a cómo funciona la religión que conocemos.

Mira estas siete parábolas que Jesús enseñó. La Levadura. También se conoce como El Fermento. Está en Mateo 13:33. Una mujer toma un poco de levadura y la esconde en tres medidas de harina hasta que toda la masa fermenta. Así es como lo relata: Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.

La Semilla de Mostaza. Mateo 13: 31.32. La semilla más pequeña se convierte en el árbol más grande donde las aves hacen nidos. Dice textualmente: Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.

El Tesoro Escondido. Mateo 13:44. Un hombre encuentra un tesoro, lo esconde, vende todo y compra el campo. El texto: Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.

La Perla de Gran Precio. Mateo 13:45-46. Un comerciante encuentra una perla de valor supremo, vende todo y la compra. Dice así: También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que, habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.

La Red. Mateo 13:47-50. Una red atrapa todo tipo de peces, y después viene la separación. El pasaje expresa: Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

El Grano de Trigo. Juan 12:24. El grano debe morir y ser enterrado para producir mucho fruto. Dice: De cierto, de cierto os digo, que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

La Semilla que Crece Sola. Marcos 4:26-29. Un hombre siembra y la semilla crece por sí misma, no sabe cómo. El texto completo consigna: Decía, además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado.

Ahora, lo que la iglesia tradicional hizo con estas parábolas, fue convertirlas en lecciones morales. La levadura es sobre influencia cristiana, la mostaza es sobre fe pequeña que crece, el tesoro es sobre valorar el evangelio. Todo muy bonito y edificante, pero completamente superficial. Pero resulta ser que lo que lo que tenemos que ver es lo que generalmente hemos pasado por alto. Jesús repitió el mismo patrón siete veces, porque estaba revelando como opera el Reino en contraste total con la religión.

Y ese patrón tiene cuatro características devastadoras que la religión tradicional no quiere que descubras. Primera característica, comienza pequeño e invisible. Levadura, mostaza, grano enterrado, nadie lo ve al principio. La religión, en cambio, construye catedrales visibles, mientras el Reino planta semillas invisibles. ¿Sabes por qué esto es revolucionario? Porque destruye toda la mentalidad de ministerio grande y de iglesia numerosa como medida de Reino. El impacto de Reino se mide por transformación interna, no por asistencia dominical o imponencias ministeriales.

Segunda característica, Es la que infiltra desde adentro. La levadura no se queda fuera de la masa, sino que entra y transforma desde el interior. Tu mandato en el Reino no es construir templos separados del mundo, sino infiltrar sistemas existentes. Familia, trabajo, política, economía, lo que se te muestre y transformarlos con principios del Reino. Imagina por un momento qué pasaría, si en lugar de esperar que la gente venga a la iglesia, los creyentes verdaderos del Reino infiltraran cada sector de la sociedad como levadura invisible pero irresistible. Eso es exactamente lo que Jesús repitió siete veces. Pero la religión prefiere mantenerte en el edificio dominical porque allí es más fácil controlarte.

Tercera característica, Una transformación total e irresistible. La levadura no leuda parte de la masa, lo hace con toda la masa. La mostaza no se queda pequeña, se convierte en el árbol más grande. El grano no produce un poquito, produce mucho fruto. Algo sumamente radical se desprende de todo esto. El Reino no viene de ninguna manera a coexistir co0n sistemas caídos. Viene a transformarlos completamente o, directamente a reemplazarlos. ¿Sabes por qué la iglesia no predica esto? Porque una transformación total representa una fuerte amenaza a una serie de estructuras muy cómodas y en ciertos casos muy rentables. Es más sencillo predicar ser una buena persona, que transformar toda una empresa entera con principios del Reino. Pero lo más importante, es que es factible lograrlo.

Cuarta característica. Requiere sacrificio total. Tesoro escondido y perla preciosa, ambos requieren vender todo para poseerlos. Solamente dar tu diez por ciento cada domingo no sirve, no alcanza. El Reino no es añadir actividad adicional a tu vida normal. El Reino es intercambio total, es cambiar tu agenda por la agenda de Dios. Tu carrera por tu mandato. Tu comodidad por tu destino. ¿Estás viendo el patrón original, ahora? Siete veces, el mismo principio. El Reino opera exactamente opuesto a la religión. Y, obviamente, ésta lo detesta, lo niega, lo oculta y hasta lo combate.

La religión se ve grande, visible y en muchos casos impresionante desde afuera. El Reino es pequeño y está escondido, pero transforma desde adentro. La religión te dice que te mantengas separado del mundo dentro de un edificio santo. El Reino infiltra el mundo como agente de transformación. La religión dice que hagas tu parte, que des tu porcentaje y que cumplas con tu horario. El Reino te pide que entregues todo y que transformes todo. De otro modo, evidentemente no has entendido nada.

¿Ahora entiendes por qué Jesús repitió esto siete veces y por qué la iglesia tradicional lo ignoró sistemáticamente? Aquí está la pregunta clave. Si Jesús repitió estas revelaciones del Reino siete veces, ¿Por qué la iglesia moderna casi nunca las enseña de esta manera? La respuesta te va a incomodar, pero necesitas escucharla. Se ha descubierto, estudiando la historia de la iglesia, trescientos años después de Cristo, que cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, el mensaje del Reino fue sistemáticamente reemplazado por un mensaje de religión institucional acomodada a los intereses del Imperio.

¿Por qué? Porque el Reino que Jesús predicó era y es peligroso para las estructuras de control. Déjame explicarte, con ejemplo concreto. Cuando Jesús predicó sobre la levadura, estaba diciendo que el Reino opera como agente invisible que infiltra y transforma sistemas desde adentro. Esto significa que un verdadero creyente del Reino no necesita permiso de la institución religiosa para cumplir su asignación. Él es el Reino, donde quiera que esté.

¿Estás viendo el problema? Si las personas descubren que ellas mismas son el Reino, que su trabajo secular es su púlpito, que su hogar es su templo, que su trabajo o su empresa es su campo misionero, ¿Para que necesitarían esas tremendas estructuras religiosas tradicionales? Hay que decirlo sin rodeos. La religión quiere que vengas al edificio los domingos, mientras que el Reino te envía al mundo los lunes. La religión te da actividades, mientras que el Reino te da asignación y mandatos.

La religión mide tu asistencia, pero el Reino mide tu transformación. Imagínate una iglesia tradicional donde el pastor diga: “Hermano, tu asignación del Reino no está aquí sirviendo en la limpieza del templo”. Dios te diseñó como ingeniero para cambiar la industria que sea con los principios de Reino. Ve allí e infíltrate en ese sistema como si fueras levadura. ¿Cuántos pastores estarán predicando eso? Hasta donde yo sé, muy pocos.

Porque es más fácil mantener ocupadas a las personas en actividades religiosas que empoderarlas para infiltrar y transformar sistemas seculares. Ahora mira la parábola de la semilla de mostaza con esta lente. Jesús dice que el Reino comienza como la semilla más pequeña, pero se convierte en árbol donde las aves hacen nidos. ¿Y por qué dijo aves? Porque en lenguaje profético del Antiguo Testamento, aves representan naciones.

El Reino crece hasta que las naciones encuentran refugio en él. ¿Eso suena como ser buena persona e ir al cielo? No, suena como transformación de naciones enteras. Pero la religión redujo el mensaje a salvación personal para escape futuro, porque transformación de naciones requiere creyentes del Reino que piensen como reyes, no como súbditos religiosos. Jesús no vino a fundar una religión, vino a restablecer el Reino, el gobierno de Dios en la tierra como en el cielo. ¡Él lo dijo y lo predicó! No estamos inventando ninguna doctrina ni movimiento nuevo, estamos sosteniendo el único evangelio predicado desde siempre.

Pero la religión institucional enterró ese mensaje porque un Reino empoderado amenaza feo a las jerarquías religiosas establecidas. Fíjate en la parábola del grano de trigo. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero si muere, produce mucho fruto. La religión interpreta esto como ser humilde y sufrir en silencio. El Reino te enseña que la muerte del grano equivale a la muerte de tu agenda propia, a ese camino seguro que es ir a ese templo cada semana, pero también a expectativas familiares, para que tu propósito original diseñado por Dios produzca fruto multiplicado que transforme naciones.

¿Ves la diferencia devastadora? Religión es muérete a ti mismo igual a conviértete en nada. Reino, muere a ti mismo igual a tu diseño original que produce fruto exponencial. Al igual que otros hombres de Dios que hoy también enseñan esto, nací pobre y recibí de mis padres la idea directiva de capacitarme lo suficiente como para conseguir un trabajo medianamente estable y sobrevivir. Algo de adentro, aun no siendo creyente todavía, me hizo rebelarme contra eso y buscar horizontes que supuestamente para mí estaban cerrados. Tuve que pelear duro y firme, pero logré mucho más de lo que se me había dado como futuro “normal”.

Cuando me convertí, busqué desesperadamente de parte de Dios una dirección más acorde a lo que había en mi ser interior. Eso me llevó a la religión, donde si bien aprendí algunos rudimentos bíblicos que ignoraba, también pasé años infructuosos sin pena ni gloria y prosiguiendo con necesidades de todos los colores. Cuando escuché a un tremendo hombre de Dios predicar por primera vez sobre el Reino, todo dentro de mí se dio vueltas patas para arriba y allí, recién allí, empecé a transitar por donde verdaderamente estaba llamado a transitar. Fui libre.

Me pregunto cuántos de ustedes que hoy me están escuchando, están viviendo la vida que sus padres le diseñaron, en lugar de estar haciéndolo con la que Dios les diseñó desde antes de la fundación del mundo y desde antes que estuvieran en el vientre de sus madres. De acuerdo, puedes estar en un trabajo medianamente seguro, pero si tu alma está espiritualmente muerta., no tienes vida, sólo respiras. Incluso hasta puedes tener un título universitario, muy respetable y recomendable, pero tu verdadero propósito está enterrado. Religión es lo que te felicita por tu conformismo. Reino es lo que te confronta con tu mandato.

Aquí está la verdad incómoda. La iglesia tradicional prefiere a las parábolas como lecciones morales bonitas, porque la moral es controlable. Pero el Reino transformador es incontrolable, porque empodera individuos para infiltrar sistemas y cambiarlos desde adentro sin pedir permiso a jerarquías religiosas. Por eso Jesús lo repitió siete veces. Y por eso la religión lo enterró por mil setecientos años. Hasta que algunos hombres, verdaderos pioneros de todo esto, lo desenterraron y aquí lo tienes.

Ahora viene la parte que cambiará tu forma de ver tu propia vida. Hay un patrón central que conecta estas siete parábolas. Él lo llamaba el principio del diseño original del Reino y, cuando lo entiendes, tu mentalidad religiosa, colapsa. Aquí está el patrón en tres palabras. Pequeño, Escondido, Irresistible. Déjame mostrarte como todo esto destruye todo lo que la religión te enseñó sobre el éxito cristiano. Es pequeño, porque el Reino comienza donde nadie lo ve. El que piense que el Reino viene con pompa, trompeta y espectáculo, no leyó la Biblia ni entendió a Jesús.

Levadura, es invisible en la masa. Mostaza, la semilla más pequeña. Tesoro, enterrado en el campo. Grano, muerto en tierra oscura. ¿Dónde está tu tesoro más grande, ahora mismo? No en lo que todos ven, sino en lo que nadie ve. Tus dones enterrados, tus ideas descartadas. Tus sueños, que consideraste demasiado pequeños para importar. ¿Sabes cuál es el mayor impacto de estas parábolas? Que Jesús valoraba lo pequeño que nadie celebra.

La religión celebra al predicador en la enorme plataforma, el ministerio grande y el milagro público. El Reino celebra al padre que ora por sus hijos en secreto, a la mujer que le enseña Biblia a las vecinas, el hombre que transforma su empresa con una integridad que nadie aplaude. Creo que, si buscamos subirnos a la plataforma para que todos nos vean y nos aplaudan, estamos perdiendo el Reino. Porque el Reino opera en lo pequeño, en lo oscuro en cuanto a exposición, en lo ignorado. Porque allí no hay egos compitiendo con el propósito de Dios.

¿Cuántas veces descartaste una idea porque te pareció que era algo demasiado pequeño como para cambiar algo? Ese pensamiento es religioso, no es Reino. En el Reino, pequeño es el diseño, no el defecto. Porque pequeño es donde Dios puede trabajar sin que tu ego le robe gloria. Es escondido, porque el Reino infiltra sin anunciarse. Aquí está lo revolucionario. En todas estas parábolas, el agente del Reino está escondido en la masa. Levadura, escondida en la masa. Pero leudando todo con el correr de los días.

Tesoro, escondido en el campo. Semilla, escondida en tierra. Perla, dentro de ostra cerrada. El Reino no necesita anunciarse, se demuestra por transformación, no por promoción. Imagínate que eres un gerente en una empresa secular. La religión te dice: predica el evangelio verbalmente, pon versículos en tu escritorio, invita a tus compañeros a la iglesia, pero en tus negocios, no hagas cosas raras, sigue la ruta de las demás empresas exitosas.

Estrategia del Reino. Infiltra a esa empresa con excelencia tan irresistible, integridad tan rara, liderazgo tan transformador que el sistema entero cambie y, cuando te pregunten por qué eres diferente, ahí es donde respondes que vives conforme a los principios del Reino de Dios. ¿Estás viendo la diferencia? La religión anuncia primero y tal vez transforma después. El Reino transforma primero y responde preguntas después. El punto no está en predicar Reino para líderes y pastores, sino para empresarios y hombres de negocios, hambrientos de sinceridad, honestidad, lealtad e integridad. Cuando descubren que todo lo que les dices viene de la Biblia, les agarra un hambre feroz por devorársela. Eso es levadura, infiltración. Transformación desde adentro, irresistible. El Reino transforma totalmente.

Ahora viene lo más poderoso, fíjate en el resultado de las parábolas. La levadura leuda toda la masa, no una parte, toda. La mostaza se convierte en el árbol más grande, no en uno mediano. El tesoro o la perla, vale todo lo que posees, no un porcentaje. El grano, produce mucho fruto, no poco. ¿Qué está diciendo Jesús? Que cuando el Reino opera correctamente, la transformación es total e irresistible. El Reino no viene a mejorar un poquito tu vida, viene a transformarla completamente.

Tampoco viene a añadirse a tu agenda, viene a reemplazarla con la agenda de Dios. Esto ofende a la mentalidad religiosa que quiere a Dios como complemento. Un poquito de Dios los domingos y mi vida normal el resto de la semana. Pero mira las parábolas. El hombre que encontró el tesoro, vendió todo. El comerciante que halló la perla, vendió todo. No dice que dio su diezmo y ofrenda, dice que vendió todo. ¿Nunca te preguntaste por qué tu vida cristiana es tibia? La respuesta es tan simple que estorba si no se la dice: porque estás jugando a la religión y no viviendo el Reino.

Reino requiere todo, o no funciona. No puede ser levadura de medio tiempo. Cuando leudas masa para pan, no puedes poner un poquito de levadura y esperar un poquito de leudado. O se leuda toda la masa, o no funciona. No existe un pan medio leudado. Lo mismo es con tu vida. O el Reino te transforma todo, tu matrimonio, tu carrera, tus finanzas, tus relaciones, tus decisiones o estás jugando a la religión. El cementerio está lleno de potencial enterrado de personas que quisieron un poquito de Reino sin entrega total.  Murieron cómodos, es verdad, pero vacíos. Pequeño, escondido, irresistible. Ese es el diseño del Reino que Jesús repitió siete veces y que la religión no puede procesar porque requiere muerte total al control religioso.

Muy bien; ahora te tengo que preguntar casi obligadamente. Si entendiste con claridad el patrón de las siete parábolas, ¿Qué vas a hacer mañana? Porque aquí está el problema, puedes entender todo intelectualmente y seguir viviendo religiosamente. Es malo el conocimiento sin aplicación, así que será oportuno que tiremos algunas líneas al respecto. Lo primero que debes hacer, es identificar tu semilla pequeña que Dios plantó. Dios jamás te enviaría al mundo sin semilla. El problema es que la religión te enseñó a buscar un ministerio grande en lugar de descubrir tu semilla específica. Tu semilla es ese don que tienes, y que consideraste muy ordinario para importar. Esa habilidad que te sale natural mientras que otros luchan para tenerla. Esa carga en tu corazón por un problema específico que nadie más ve.

Ejemplo concreto. Tal vez tienes facilidad para organizar sistemas. La religión dice que eso no es un don espiritual. Pero el Reino dice que ese es tu diseño original para infiltrar empresas caóticas y transformarlas con orden divino. O tal vez tienes pasión por enseñarles a los niños. La religión te dirá que sirvas en la Escuela Dominical. El Reino te dice que infiltres el sistema educativo público como levadura que leuda y verás como toda una generación entera aprende y termina cambiando todo.

¿Ves cómo cambia todo cuando dejas de buscar ministerios religiosos y empiezas a descubrir asignación o mandato del Reino? La gran pregunta, es: ¿Por qué esperas un llamado al ministerio cuando Dios ya te diseñó con un propósito específico visible en tus dones naturales? Tu trabajo secular es tu ministerio, si lo haces con mentalidad de Reino. Hazte tu propio examen, honesto y fiel. ¿Qué es lo que haces mejor que otras personas con muy poco esfuerzo? Esa facilidad no es casualidad, es diseño.

Ahí está tu semilla. Segunda aplicación: planta tu semilla en campo correcto, no en un templo. Aquí está el error fatal. La mayoría de los creyentes intentan servir a Dios trayendo su semilla al edificio religioso, cuando Jesús dujo que el tesoro está escondido en el campo. ¿Y que es el campo? ¿Lo recuerdas? ¡El mundo! Tu empresa, tu vecindario, tu familia, sistemas seculares que necesitan transformación. Si tienes don de liderazgo y estás sirviendo en el estacionamiento de la iglesia, estás desperdiciando tu asignación.

Dios te diseñó para infiltrar gobiernos, empresas, instituciones, no para acomodar butacas en un templo. Esto ofende, porque la religión valora el servicio en la iglesia por sobre cualquier forma de impacto en el mundo. Pero mira las parábolas, la levadura entra en la masa, la semilla se planta en el campo, el tesoro está escondido en territorio secular. ¿Un ejemplo concreto? José nunca pastoreó una iglesia en Egipto, sólo infiltró lo suyo en el palacio del faraón y eso transformó la nación entera salvándola de la hambruna. Daniel no predicó en las esquinas de Babilonia, infiltró la administración del rey y cambió decretos que iban a destruir al pueblo de Dios. Eso es Reino, infiltración estratégica. Transformación desde posiciones de influencia. Una buena pregunta: ¿Dónde pasas más de cuarenta horas semanales? Ahí es tu campo de infiltración. No es trabajo secular que toleras hasta poder hacer ministerio real. Ese es tu ministerio.

Tercera aplicación. Acepta que una transformación requiere una muerte al camino seguro. Aquí viene la parte que duele. Si quieres que tu semilla produzca fruto multiplicado, tiene que morir primero. Y esa clase de muerte, duele. ¿En qué duele? Duele porque es muerte a la aprobación familiar, por ejemplo. Porque tal vez tu familia espera que seas médico, abogado o ingeniero, porque estima que eso es respetable. Pero Dios te diseñó como artista emprendedor y maestro. Si sigues el camino familiar, tendrás seguridad, pero tu semilla morirá sin tener fruto.

El Reino a veces requiere que dejes lugares de seguridad para apostarlo todo a tu mandato riesgoso. Eso es tal cual el comerciante que vendió todo por la perla. La otra gran pregunta que surge, es: ¿Por qué sigues martirizándote en ese trabajo que odias? Respuesta. Porque es un salario seguro. Claro, entiendo, pero tener seguridad sin propósito, es igual a vivir en una cárcel cómoda. Y cuando mueras, tu semilla muere contigo, enterrada en un cementerio como el libro que nunca escribiste, la empresa que nunca fundaste, y la generación que nunca impactaste.

Algo es imperativo, la muerte a la comodidad religiosa. Tal vez llevas años y años en la misma iglesia, siempre con las mismas rutinas, las mismas actividades. Totalmente cómodo y además, conocido, tranquilo, apático incluso. Pero Dios te está llamando a infiltrar nuevo territorio y eso requiere dejar la seguridad de tu banca familiar en el templo. ¿Qué crees que deberías vender, o dejar, o soltar, o arriesgar, para perseguir plenamente el propósito que Dios plantó en ti? Esa, si tienes alguna respuesta, es la prueba de si entendiste el Reino o no.

Cuarta aplicación. Confía en el proceso invisible de crecimiento. La última parábola, la semilla que crece sola, revela algo que alivia la presión religiosa. El hombre siembra la semilla y duerme, y la semilla crece sin que él lo sepa cómo lo hizo. Tu responsabilidad es plantar tu semilla en el campo correcto y regarla con fidelidad. El crecimiento es responsabilidad de Dios, no tuyo. Esto te libera de esa responsabilidad religiosa que te demanda tener resultados.

Si plantaste tu semilla, identificaste tu propósito y la pusiste en el campo correcto, ya sea tu empresa, familia o lo que sea. Y si además la estás regando con excelencia e integridad y sabiduría de Reino, confía en que el crecimiento vendrá, aunque no veas resultados inmediatos. La pregunta, ahora, es: ¿Estás plantando con mentalidad de Reino pequeño, escondido, fiel o con mentalidad religiosa, grande, visible? ¿Resultados inmediatos? Volvamos a la pregunta original: ¿Por qué Jesús repitió este mensaje del Reino siete veces en diferentes parábolas?

Hay una respuesta que lo resume todo. Porque Jesús sabía que la religión institucional iba a enterrar el mensaje del Reino. Entonces lo repitió en múltiples formas para que cuando alguien finalmente lo desenterrara, el patrón fuera inconfundible. Y tenía razón. Pasaron mil setecientos años de religión dominando el cristianismo, antes de que movimientos de Reino empezaran a resurgir. Pero ahora que ves el patrón, ahora que conectaste las siete variaciones de la misma verdad transformadora, no puedes volver a leer estas parábolas como cuentos morales bonitos para niños.

Has visto el diseño, y el diseño te confronta. Déjame mostrarte por qué el número siete importa bíblicamente y qué significa para tu vida específicamente. En la Escritura, el siete representa lo completo, la protección divina, la totalidad. Cuando Dios hace algo siete veces, está diciendo que eso es completo. Esto es todo lo que necesitas saber sobre este tema. Jesús dio siete variaciones de la revelación del Reino para cubrir todas las dimensiones de cómo opera.

Fermento, levadura, método de infiltración invisible. Mostaza, proceso de crecimiento exponencial. Tesoro, valor supremo que justifica sacrificio total. Perla, singularidad de lo que buscas, un propósito. Red, alcance universal del Reino atrapa todo tipo de presas. Grano, muerte necesaria para multiplicación. Semilla que crece sola, soberanía de Dios en crecimiento. ¿Te das cuenta ahora que no son parábolas repetitivas? Son facetas de un diamante perfecto, el diseño completo del Reino revelado desde todos los ángulos.

O sea que Jesús no repitió el mensaje porque fuera mal maestro. Lo repitió porque sabía que la mentalidad religiosa está tan arraigada que necesitas ver la verdad del Reino desde siete ángulos diferentes para que finalmente penetre tu resistencia a la transformación total. Ahora tienes una aplicación personal devastadora. Si entendiste las siete revelaciones, tienes una decisión binaria para tomar, no hay zona gris. Opción uno, volver a la religión cómoda.

Puedes olvidarte de esto que estás escuchando y volver a tu rutina religiosa dominical. Seguir haciendo cosas cristianas sin transformación real. Serás buen cristiano según estándares religiosos, pero tu semilla morirá contigo en el cementerio, junto con el libro no escrito, la empresa no fundada y la generación no impactada. Opción dos. Abrazar el Reino transformador. Puedes tomar la decisión que cambia todo, identificar tu semilla y el propósito específico que dios plantó en ella.

Plantarla en tu campo, familia, comunidad donde tienes influencia. Aceptar la muerte al camino seguro y confiar en Dios para el crecimiento que transforma sistemas enteros. Esta opción asusta, porque requiere salir de estructuras religiosas cómodas hacia territorio desconocido, donde sólo tienes una semilla pequeña y una promesa de Dios. Pero mira lo que Jesús prometió en las siete parábolas. Tu levadura pequeña leudará toda la masa.

Tu semilla diminuta se convertirá en árbol gigante. Tu tesoro escondido vale más que todo lo demás. Tu grano muerto producirá mucho fruto. Tu semilla crecerá, aunque no sepas cómo. ¿Qué necesitas para creer esto? Fe en el diseño de Dios, no en tu capacidad. La religión dice que te capacites y luego Dios te usará. El Reino dice que Dios te capacitará antes de usarte. ¿Qué harías mañana, si creyeras que tu semilla pequeña puede transformar a un sistema entero?

Si tu respuesta es que no harías nada diferente, entonces no entendiste nada del Reino. En todo caso, sólo acumulaste un poco más de información religiosa. Pero si tu respuesta incluye algo de estas acciones concretas, identificar tu semilla, pasión, cargas únicas e infiltrar lo que puedas con principios de Reino. Y hacerlo desde adentro y de forma absolutamente legal, aunque por fuera de toda actitud religiosa, algo será diferente. Y si también te atreves a soltarte de todo compromiso social, familiar o religioso que te lo impida, entonces captaste el mensaje y ya eres uno más en la lucha.

Y algo más que importante. Dios no creó duplicados. Él plantó en ti una semilla que solamente tú puedes germinar. El mundo está esperando desesperadamente el fruto que sólo tu semilla puede aportarle. No la entierres en cementerios de conformidad religiosa. Tu vida no es un accidente, es asignación y mandato. Tu trabajo no es secular, es campo de infiltración. Tu semilla no es pequeña, es diseño perfecto, para transformación específica.

Leer Más

8 – Fidelidad

2 Corintios 11: 3 = Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. ¿Cuál sería, entonces, la llave infalible para mantener esa fidelidad a Cristo? La sabiduría de no caer en engaños producto de la astucia de enviados del infierno. La NTV lo dice así: Pero temo que, de alguna manera, su pura y completa devoción a Cristo se corrompa, tal como Eva fue engañada por la astucia de la serpiente. Ahora lo sabes, fidelidad es casi sinónimo de devoción.

La palabra “fidelidad” tiene una profundidad que muchas veces se pierde en el uso cotidiano. Se la asocia con la lealtad en las relaciones, con la constancia en el trabajo o con la coherencia personal, pero en su raíz más honda es una postura del alma frente a la verdad. No es simplemente “no fallar”, sino permanecer, sostener, mantenerse firme incluso cuando todo alrededor cambia. La fidelidad no es una emoción pasajera, es una decisión sostenida en el tiempo.

Desde una mirada bíblica —pero no religiosa en el sentido institucional— la fidelidad es uno de los rasgos más claros del carácter de Dios. La Escritura presenta a un Dios que no abandona lo que empieza, que no se contradice, que no se adapta a conveniencia. Su fidelidad no depende del comportamiento humano; es una expresión de su esencia. Esto es clave: la fidelidad verdadera no es reactiva, es originaria. No nace de lo que otros hacen, sino de lo que uno es. 

Cuando se traslada esta idea a la vida humana, la fidelidad deja de ser un simple valor moral y se convierte en una forma de existencia. Ser fiel implica vivir alineado con aquello que uno reconoce como verdad, aun cuando eso implique incomodidad, pérdida o incomprensión. Es fácil ser fiel cuando todo es favorable; lo difícil —y lo genuino— aparece cuando sostener una convicción tiene costo.

En el evangelio del Reino de Dios, la fidelidad no está ligada a ritos ni a estructuras externas, sino a una relación viva con la verdad y la justicia. Jesús no elogió a quienes cumplían normas por obligación, sino a quienes tenían un corazón íntegro. La fidelidad, en este sentido, no es obediencia ciega, sino coherencia lúcida. No es sumisión, es compromiso consciente.

Ahora bien, en el plano social, la fidelidad atraviesa una crisis silenciosa. Vivimos en una cultura que valora la inmediatez, el cambio constante, la adaptación rápida. Se premia la flexibilidad, pero muchas veces se confunde con la falta de raíces. Las relaciones se vuelven descartables, los compromisos se relativizan, y la palabra dada pierde peso. En este contexto, ser fiel puede parecer anticuado, incluso ingenuo. 

Sin embargo, la fidelidad es precisamente lo que sostiene el tejido social. Sin ella, no hay confianza; sin confianza, no hay comunidad. La fidelidad no es solo un asunto personal, es un bien colectivo. Cuando una persona es fiel —a su palabra, a sus principios, a su vocación— genera un espacio de estabilidad para otros. Se vuelve alguien en quien se puede confiar, y eso, en tiempos de incertidumbre, es un acto profundamente humano.

Es importante aclarar que la fidelidad no es rigidez. No se trata de aferrarse a ideas por orgullo o miedo al cambio. La fidelidad auténtica sabe discernir entre lo esencial y lo accesorio. Puede adaptarse en formas, pero no traiciona el fondo. Es como un árbol: se mueve con el viento, pero sus raíces permanecen firmes.

Aquí aparece un punto clave: ¿A qué o a quién somos fieles? Porque la fidelidad, mal orientada, puede convertirse en obstinación o incluso en complicidad con lo injusto. Ser fiel a una mentira no es virtud, es error. Por eso, la fidelidad necesita estar anclada en la verdad. Y la verdad, en términos del Reino de Dios, no es una ideología ni un sistema cerrado, sino una realidad viva que se expresa en el amor, la justicia y la misericordia. 

Desde una perspectiva práctica, la fidelidad se construye en lo cotidiano. No es un acto heroico aislado, sino una suma de decisiones pequeñas. Ser fiel a la palabra dada, cumplir lo que se promete, sostener un compromiso, aunque ya no sea emocionante, cuidar una relación cuando atraviesa dificultades, perseverar en una vocación cuando los resultados no son inmediatos. Todo eso forma el músculo de la fidelidad.

Un recurso útil es revisar periódicamente nuestras prioridades. Preguntarse: ¿Qué es lo verdaderamente importante para mí? ¿Qué valores no estoy dispuesto a negociar? ¿Estoy viviendo de acuerdo con eso? Este ejercicio, aunque simple, ayuda a alinear la vida con convicciones profundas y evita que la fidelidad se diluya en la rutina.

Otro aspecto práctico es aprender a decir “no”. La fidelidad implica elegir, y elegir implica renunciar. No se puede ser fiel a todo. Decir “no” a lo que distrae o desvía es una forma de decir “sí” a lo esencial. Esto no siempre es cómodo, pero es necesario. La fidelidad tiene un componente de disciplina que no se puede evitar. 

También es importante cultivar la memoria. Recordar por qué comenzamos algo, qué nos motivó, qué sentido tenía. En momentos de desgaste o duda, volver a ese origen puede renovar el compromiso. La memoria, en este sentido, es una aliada de la fidelidad.

Ahora bien, no se puede hablar de fidelidad sin reconocer la fragilidad humana. Todos, en algún momento, fallamos. Prometemos y no cumplimos, comenzamos con entusiasmo y abandonamos, sostenemos convicciones que luego traicionamos. Esto no invalida la fidelidad como valor, pero sí la vuelve más realista. La fidelidad no es perfección, es persistencia. No es nunca caer, es volver a levantarse con la misma orientación.

Aquí entra en juego la gracia, entendida no como un concepto religioso abstracto, sino como la posibilidad de recomenzar. La fidelidad no se sostiene solo con fuerza de voluntad; necesita una fuente interior que la alimente. En el evangelio del Reino, esa fuente es la relación con Dios como Padre, cercano, presente, que no abandona. La fidelidad humana se fortalece cuando se apoya en una fidelidad mayor. 

Un detalle importante, no podemos ni debemos volver la fidelidad como algo pesado o solemne. Porque, seamos sinceros, a veces somos fieles… hasta que aparece una tentación con mejor marketing. “Esta vez sí voy a ser constante”, decimos un lunes, y el miércoles ya estamos negociando con nosotros mismos. La fidelidad también implica reírse un poco de esas contradicciones, sin justificarlas, pero sin dramatizarlas en exceso. La autoexigencia extrema puede ser tan dañina como la falta de compromiso.

La fidelidad, en su expresión más profunda, tiene que ver con la identidad. Una persona fiel no actúa de cierta manera para cumplir expectativas externas, sino porque ha integrado ciertos valores como parte de sí misma. No es “debo ser fiel”, sino “soy fiel”. Este cambio de enfoque transforma la manera en que se vive.

En términos sociales, sería interesante imaginar qué pasaría si la fidelidad volviera a ocupar un lugar central. Políticos fieles a la verdad y al bien común, trabajadores fieles a su responsabilidad, ciudadanos fieles a principios de justicia, relaciones basadas en la confianza mutua. No es una utopía ingenua, es una posibilidad concreta que comienza en lo individual. Y además, por si lo olvidaste; ¡¡Ese era el diseño!!

Por supuesto, esto no significa ignorar las complejidades del mundo real. La fidelidad no resuelve todos los problemas, ni garantiza resultados inmediatos. A veces, ser fiel implica atravesar pérdidas o incomprensiones. Pero incluso en esos casos, hay una ganancia interior: la coherencia. Y la coherencia, aunque no siempre sea visible, tiene un valor inmenso.

En el marco del Reino de Dios, la fidelidad no es un fin en sí mismo, sino un medio para expresar el amor. Ser fiel es, en última instancia, una forma de amar: amar la verdad, amar a las personas, amar el propósito que se ha recibido. No es una carga, es una elección que da sentido.

Para cerrar, se podría decir que la fidelidad es una especie de brújula. No elimina las tormentas, pero orienta en medio de ellas. No evita los errores, pero permite corregir el rumbo. No hace la vida más fácil, pero sí más auténtica.

En un mundo donde todo parece negociable, la fidelidad se vuelve un acto casi revolucionario. No necesita grandes discursos ni gestos espectaculares. Se manifiesta en la constancia silenciosa, en la palabra cumplida, en la decisión de permanecer. Y, aunque no siempre sea reconocida, tiene un impacto profundo en la vida propia y en la de los demás.

Ser fiel, entonces, no es simplemente “portarse bien”. Es vivir con integridad, sostener lo que vale la pena, elegir la verdad una y otra vez. Es, en definitiva, una forma de participar —de manera concreta y cotidiana— en ese Reino que no se impone, pero que crece en cada acto genuino de amor y coherencia.

Leer Más

7 – Seguridad

 

 

Efesios 3: 10-12 = para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él; Sólo en Cristo tenemos seguridad. NTV añade:  El propósito de Dios con todo esto fue utilizar a la iglesia para mostrar la amplia variedad de su sabiduría a todos los gobernantes y autoridades invisibles que están en los lugares celestiales. Ese era su plan eterno, que él llevó a cabo por medio de Cristo Jesús nuestro Señor. Gracias a Cristo y a nuestra fe en él, podemos entrar en la presencia de Dios con toda libertad y confianza.

La palabra “seguridad” suele evocar imágenes inmediatas: cerraduras firmes, cámaras vigilantes, estadísticas, leyes, protocolos. Pensamos en proteger lo que tenemos, en evitar riesgos, en blindarnos frente a un mundo que percibimos incierto. Sin embargo, cuando la vida se mira con cierta profundidad —no solo desde la urgencia sino desde el sentido— la seguridad deja de ser únicamente un asunto externo y comienza a revelar su dimensión más íntima: aquello en lo que confiamos cuando todo lo demás tiembla.

Desde una mirada bíblica, pero no encorsetada en lo religioso sino abierta a la experiencia humana, la seguridad no es una ilusión de control sino una relación de confianza. La Escritura no niega los peligros —los reconoce con una honestidad sorprendente—, pero propone algo que va más allá de evitarlos: aprender a habitar el mundo con una certeza interior que no depende completamente de las circunstancias. Es, si se quiere, una seguridad que no se compra ni se instala, sino que se cultiva.

En términos sociales, vivimos una época que multiplica mecanismos de protección, pero también ansiedades. Cuanto más intentamos controlar, más evidente se vuelve lo incontrolable. Es una paradoja moderna: tenemos más herramientas que nunca, pero menos tranquilidad que antes. No es casual. Cuando la seguridad se apoya exclusivamente en factores externos —economía, estabilidad política, tecnología— queda inevitablemente expuesta a sus vaivenes. Y como esos vaivenes son constantes, la sensación de inseguridad también lo es. 

Aquí es donde el mensaje del Reino de Dios introduce una perspectiva distinta, profundamente contracultural y, al mismo tiempo, sorprendentemente práctica. No propone negar la realidad ni abandonar la responsabilidad social; no invita a una pasividad ingenua. Por el contrario, impulsa una forma de vivir donde la seguridad comienza en el interior y se proyecta hacia afuera en acciones concretas, justas y solidarias. ¿Puedes entenderlo? ¿No? Entonces sólo créelo, porque desde allí comienza el camino. Si no crees, el Reino para ti no existe y sólo es fantasía. ¿Comprendido?

Jesús no prometió ausencia de problemas. Eso ya sería motivo suficiente para tomar en serio su mensaje, porque evita el autoengaño. Lo que sí propuso fue una manera distinta de atravesarlos. Cuando habla del Reino, no se refiere a un territorio geográfico ni a una estructura política, sino a una dinámica viva: a una jurisdicción activa, a una dimensión comprobable, es Dios actuando en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo humano. Y ahí, en esa dinámica, la seguridad adquiere otro sentido.

Es la seguridad de saberse acompañado, incluso cuando las respuestas no llegan de inmediato. Es la certeza de que la vida no es un accidente sin dirección, sino un proceso con propósito. Es la confianza en que el bien, aunque a veces parezca frágil, tiene una fuerza persistente. 

Ahora bien, esto no es poesía abstracta. Tiene implicancias concretas. Por ejemplo, en lo personal: una persona que encuentra su seguridad en lo esencial no necesita construir su identidad sobre la aprobación constante de los demás. Puede equivocarse sin destruirse, aprender sin paralizarse, cambiar sin perderse. Eso ya es una forma de libertad.

En lo social, esa seguridad interior se traduce en actitudes que generan entornos más sanos. Alguien que no vive dominado por el miedo es menos propenso a reaccionar con violencia o desconfianza automática. Puede escuchar, dialogar, construir. No porque sea ingenuo, sino porque no necesita defenderse de todo y de todos todo el tiempo.

Y aquí aparece un punto clave: la seguridad bíblica no es aislamiento, es vínculo. No se trata de levantar muros más altos, sino de construir relaciones más firmes. Esto no elimina la necesidad de estructuras de seguridad en la sociedad —leyes, instituciones, prevención—, pero las reubica en su lugar justo. No son la fuente última de tranquilidad, sino herramientas que funcionan mejor cuando están sostenidas por valores más profundos.

El evangelio del Reino invita a una ética de la confianza activa. No es “dejar todo en manos de Dios” en el sentido de desentenderse, sino participar conscientemente en la construcción del bien, sabiendo que no estamos solos en ese proceso. Es una colaboración, no una delegación. La delegación, en todo caso, es de una autoridad emanada desde el trono de ese Reino. 

Y sí, también hay algo de humor en todo esto, porque muchas veces nos comportamos como si cargar con todo el peso del mundo fuera una obligación personal. Nos estresamos intentando controlar lo incontrolable, como quien quiere atajar el viento con una red de pescar. La fe, en su sentido más genuino, no elimina la responsabilidad, pero sí aligera esa carga absurda de pretender ser omnipotentes. En términos simples: no somos Dios, y eso, lejos de ser una mala noticia, es un gran descanso.

Ahora bien, ¿Cómo se traduce esta visión en prácticas concretas? Porque sin práctica, toda idea —por más profunda que sea— se diluye.

Primero, cultivar espacios de silencio y reflexión. No como evasión, sino como entrenamiento interior. La seguridad profunda no se construye en el ruido constante. Requiere momentos de pausa donde uno pueda ordenar pensamientos, reconocer emociones y reenfocar la mirada. Esto no necesita rituales complicados; basta con la decisión de detenerse unos minutos al día con honestidad.

Segundo, ejercitar la gratitud. Puede parecer simple, incluso ingenuo, pero tiene un impacto real. La gratitud reconfigura la percepción. No niega los problemas, pero evita que ocupen todo el panorama. Una persona agradecida no vive en una burbuja; simplemente no pierde de vista lo que sí funciona, lo que sí está, lo que sí sostiene. 

Tercero, practicar la coherencia. La seguridad interior se fortalece cuando lo que pensamos, decimos y hacemos empieza a alinearse. La incoherencia genera inestabilidad interna, una especie de “ruido” que desgasta. No se trata de perfección, sino de dirección: ir acercando cada vez más la vida real a los valores que decimos sostener.

Cuarto, construir comunidad. La idea de autosuficiencia total es atractiva en teoría, pero insostenible en la práctica. Necesitamos a otros. Y no solo para recibir, sino también para dar. La seguridad compartida —esa red de apoyo mutuo— es una de las expresiones más concretas del Reino en lo cotidiano.

Quinto, aprender a soltar. Esto es probablemente lo más difícil. Soltar no es abandonar, es reconocer límites. Hay situaciones que no dependen de nosotros, por más que insistamos. La fe madura distingue entre lo que puede transformar y lo que necesita confiar. Esa distinción ahorra mucha ansiedad.

Desde un enfoque de lo más objetivo que como seres humanos podamos, incluso fuera del marco espiritual, estas prácticas tienen correlatos en estudios psicológicos y sociales: reducción del estrés, mejora en la toma de decisiones, fortalecimiento de vínculos, mayor resiliencia. Es interesante cómo lo espiritual y lo práctico se encuentran en el mismo punto. No son caminos opuestos.

Volviendo al concepto central, la seguridad no es ausencia de incertidumbre, sino capacidad de habitarla sin desmoronarse. Y eso cambia todo. Porque la incertidumbre no va a desaparecer —forma parte de la vida—, pero la forma en que la enfrentamos sí puede transformarse.

El mensaje del Reino, vivido con autenticidad, propone justamente eso: una transformación desde adentro hacia afuera. No promete un mundo sin problemas, pero sí una manera distinta de estar en él. Una seguridad que no depende exclusivamente de factores externos, sino que se sostiene en una relación viva con Dios y se expresa en acciones concretas hacia los demás.

En tiempos donde la palabra “seguridad” suele asociarse al miedo, esta perspectiva ofrece un matiz necesario: la verdadera seguridad no se construye desde la amenaza, sino desde la confianza. No se alimenta del encierro, sino del sentido. No se sostiene en la ilusión de control total, sino en la certeza de que, aun en medio de lo incierto, hay un fundamento firme.

Y tal vez, en medio de tantas alarmas, notificaciones y titulares urgentes, esa sea la noticia más revolucionaria de todas: que la seguridad más profunda no se instala desde afuera, sino que se despierta desde adentro. Y que, cuando eso sucede, no solo cambia la forma en que vivimos, sino también la forma en que convivimos.

Porque una persona segura en lo esencial no necesita imponerse, ni temer constantemente, ni desconfiar por defecto. Puede caminar con firmeza, pero también con humildad. Puede actuar con responsabilidad, pero sin desesperación. Puede construir, incluso en contextos difíciles.

En definitiva, la seguridad, entendida desde el evangelio del Reino, deja de ser un refugio rígido para convertirse en una base dinámica. No es un lugar donde esconderse, sino una plataforma desde la cual vivir con propósito, con libertad y con una confianza que, lejos de ser ingenua, es profundamente consciente.

Y sí, en un mundo que a veces parece girar demasiado rápido, tener ese tipo de seguridad es casi un acto de rebeldía… pero de la buena. Porque es en contra de un sistema humano, y no contra un diseño divino.

Leer Más

¡Cuidado Donde Pones Tus Manos!

En el marco de una serie de consejos y mandatos que Pablo le da a conocer a su discípulo Timoteo, hay uno que, si lo examinas con cuidado, se convierte en una clave de victoria o derrota a futuro. Está escrito en el capítulo 5 de la Primera carta de Pablo a Timoteo y en el verso 22. Dice: No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro. Aquí el apóstol Pablo de Tarso le da esta instrucción a Timoteo en el contexto de la ordenación o reconocimiento de líderes en la iglesia, eso es verdad, pero tan verdad como que también tiene un contexto espiritual muy poco enseñado.

Porque el tema de la imposición de manos no concluye en esto ni allí, va mucho más allá y conviene verlo en todos sus elementos. Porque, créeme, cuando conozcas algunos de estos pormenores, lo pensarás muy bien antes de hacerlo. Esta es una advertencia muy seria. El hombre que estaba frente al predicador tenía sus ojos cerrados, por su rostro corrían lágrimas y sus manos estaban alzadas esperando recibir la oración, esperando ese toque que traía la corriente eléctrica del cielo.

A la vista superficial, todo parecía perfecto y santo. Había una música que sonaba suavemente creando esa atmósfera en donde los milagros suelen ocurrir. Fue en ese momento donde ese predicador lo escuchó. Y no fue una voz audible para los oídos naturales, fue ese trueno silencioso, esa alarma ensordecedora dentro de su espíritu que ella conocía mejor que su propio nombre. Dice que el Espíritu Santo le gritó una sola orden tan imperativa que dice que sintió frío en la médula de sus huesos.

¡No lo toques! ¡Aléjate! Dice este hombre que si hubiera bajado su mano ese día, si hubiera cedido a la presión que ejercía la multitud que esperaba ver caer a ese hombre bajo el poder, si hubiera ignorado esa advertencia roja parpadeando en su alma, algo terrible habría sucedido. No sólo habría perdido la unción ese día, sino que hubiera compartido un pecado oculto tan oscuro, tan denso que podría haberle costado su vida misma.

La gente piensa que el ministerio es un juego, que imponer las manos es un ritual bonito para terminar un servicio de domingo. No tienen idea de que están jugando con uranio espiritual, ese que se usa para crear armas nucleares. No tienen idea de que, al tocar a alguien, abren una compuerta invisible de doble vía. Tú impartes lo que tienes, sí, pero, ¿Te has detenido a pensar qué es lo que ellos te imparten a ti? La Biblia no nos da sugerencias suaves.

Cuando Pablo le escribió a Timoteo, no le estaba dando un consejo administrativo para organizar la iglesia. Eso es lo que mayoritariamente se quiso entender y así se enseñó, pero lo cierto era que le estaba dando una advertencia de supervivencia espiritual. Lee de nuevo el texto de 1 Timoteo 5:22: No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro. ¿Lo has leído? ¿Verdaderamente lo has leído?

Fíjate que dice: ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro. Hay una conexión aterradora entre tus manos y la condición espiritual de la persona que tocas. Es algo que muy poca gente se atreve a contar por temor a asustar a las personas de las iglesias. Habrá que explicar, incluso, por qué muchos predicadores sienten que mueren mil muertes antes de subir a esas plataformas en las que luego harán oír sus voces.

Y por qué tú, en tu vida diaria, podrías estar atrayendo maldiciones, enfermedades y tormentos mentales, simplemente por no entender la ley espiritual de la transferencia. Lo que estás a punto de escuchar, creo que va a cambiar para siempre la forma en que oras por los demás. Y te advierto que, una vez que sepas esto, ya no vas a poder alegar ignorancia ante el trono de Dios. Hay gente que ha vivido lo suficiente como para ver la gloria de Dios descender y hacer caminar a los paralíticos.

Pero también vivieron lo suficiente para ver caer a los hombres de Dios fulminados, secos y vacíos, porque pusieron sus manos donde Dios había dicho ¡No!. El misterio de la imposición de manos es mucho más profundo que un simple contacto físico. Es una fusión de espíritus, es un canal abierto. Y si no estás preparado, ese canal puede ahogarte. Vamos a adentrarnos en las profundidades de las escrituras. No en la superficie, donde todos nadan, sino en lo profundo, donde la presión es fuerte y la verdad es absoluta.

Muchos de ustedes han sentido algo extraño después de orar por alguien, ¿Verdad? Una fatiga repentina que no es normal. Un dolor de cabeza agudo que aparece de la nada después de consolar a ese amigo o amiga que está en rebelión. O quizás, una repentina oleada de pensamientos impuros que jamás habías tenido. Justo después de abrazar y bendecir a alguien que vive en pecado oculto. No son coincidencias, son consecuencias.

La Biblia es un libro de leyes espirituales, tan reales como la ley de la gravedad. Si saltas del último piso de un edificio, la gravedad no te preguntará si eres una buena persona o si tenías buenas intenciones; simplemente caerás.  De la misma manera, la ley del contacto espiritual funciona independientemente de lo mucho que ames a Jesús.

Uza es un personaje bíblico que tenía buenas intenciones. Uza amaba el arca. En 2 Samuel 6, vemos que el arca del pacto se tambaleaba. Los bueyes tropezaron. Uza, con el instinto natural de proteger lo sagrado, extendió su mano para sostener el arca. Su intención era noble. Su corazón, quizás, quería servir. Pero en el momento en que su piel tocó la gloria para la cual no estaba consagrado ni autorizado, cayó muerto al instante. David, se enojó, David tuvo miedo. ¿Por qué? Porque Dios no tolera la mezcla.

No puedes tocar lo santo con manos comunes, y no puedes mezclar tu espíritu con lo que no ha sido lavado, sin sufrir las consecuencias. Hoy vivimos en una generación de “manos rápidas”. Vemos a alguien llorando en el altar y corremos a ponerle la mano en la cabeza. Vemos a alguien enfermo, y sin esperar la dirección del Espíritu Santo, nos lanzamos a tocarlo. Creemos que el “poder” está en nosotros. Qué arrogancia. Yo no tengo ningún poder. Si en algún momento ese poder fluye de mí es porque Él ha estimado conveniente usarme como canal. Pero eso es cuando Él lo determina.

Pero ninguno de nosotros tiene nada. Sin el Espíritu Santo, cualquiera de nosotros es uno más de los tantos que andan dando vueltas por allí. Pero cuando Él viene, cuando esa presencia desciende, cualquiera de nuestras manos deja de ser nuestras y se convierten en extensiones de su voluntad. Y Él es celoso, Él no permitirá que su unción fluya por un conducto que se conecta descuidadamente con la oscuridad.

Hablemos de lo que Pablo realmente quiso decir con No impongas con ligereza las manos. La palabra griega, aquí implica precipitación, actuar sin un examen previo, sin discernimiento. En el contexto histórico, se refería a la ordenación de líderes, si. Pero el principio espiritual es eterno y universal. Imponer las manos es señal de identificación. Es decir: yo me hago uno contigo, yo respaldo lo que hay en ti. Y yo abro mi espíritu para compartir lo que tú llevas.

Imaginen por un momento que ustedes tienen un vaso de agua pura, cristalina, sacada del manantial más limpio de las montañas. Esa es tu alma lavada por la sangre de Cristo, buscando santidad. Ahora, imagina que ves un vaso lleno de agua turbia, lodo, veneno y aceite quemado. Esa es una persona que, aunque pueda parecer estar buscando ayuda, en su interior alberga rebelión, odio no perdonado, ocultismo o pecados sexuales no confesados. Si tú tomas una tubería y conectas ambos vasos, ¿Qué sucede? ¿Acaso toda el agua sucia se vuelve limpia instantáneamente?

No. Por ley física, el agua sucia contaminará el agua limpia hasta que ambas estén turbias. Esto es lo que sucede en el reino invisible. Cuando pones tus manos sobre alguien que está bajo la influencia de espíritus inmundos y tú no estás cubierto, no has orado, o peor aún, Dios no te mandó a hacerlo, estás invitando a esos espíritus a que prueben tu propia casa. He visto ministros jóvenes llenos de fuego, perder su pasión en cuestión de meses.

Empiezan a tener luchas con depresiones que no eran suyas. Empiezan a tener batallas con la lujuria que nunca antes tuvieron. Y cuando rastreas el origen, siempre encuentras el momento: impusieron manos sobre alguien con “ligereza”. Se hicieron copartícipes de pecados ajenos. Ha sucedido con gente aparentemente necesitada de un milagro que, en lo secreto, sólo venía a probarse a si misma y a ver si el poder de ese Dios en el que no creían hacía algo a su favor. Imponer las manos sobre alguien así, produce un choque fuerte, donde la parte divina puede ser seriamente afectada.

Es gente que viene a desafiar al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo jamás será desafiado por la carne. La Biblia dice que el que tocaba un cadáver, quedaba inmundo por siete días. ¿Por qué Dios sería tan estricto con la higiene física? Porque estaba enseñando una verdad espiritual. La muerte se pega. La muerte espiritual es contagiosa. Hay personas que son “cadáveres espirituales” andantes; caminan en delitos y pecados, aman su pecado, no tienen intención de dejarlo, pero quieren el alivio de la oración.

Quieren la bendición sin el arrepentimiento. Y tú, en tu impulso emocional, corres y les impones las manos. ¡Peligro! ¡Estás tocando la muerte! Y esa muerte buscará adherirse a tu vida de oración, a tus finanzas, a tu paz mental. Pero hay algo más profundo aquí, algo que te hará temblar si logras comprenderlo. La advertencia de Pablo termina con tres palabras que son el escudo de todo cristiano: Consérvate puro. ¿Y como vas a conservarte puro si vas por la vida mezclando tu unción con cada espíritu que se cruce en tu camino?

La pureza no es sólo no pecar; la pureza es proteger la atmósfera que el Espíritu Santo ha creado en ti. Tienes que cuidar tu atmósfera más que tu dinero, más que tu salud, más que tu reputación. Porque si el Espíritu Santo se entristece y se levanta de ti, tú estás muerto. No tienes nada más. Hay una historia en el Antiguo Testamento, que ilustra esto con una claridad aterradora. Es la de Eliseo y su criado, Giezi. Eliseo era un hombre que entendía los límites espirituales.

Cuando Naamán, el sirio, fue sanado de lepra, Eliseo no aceptó dinero. Sabía que la gracia no se vende. Pero Giezi, movido por la codicia, corrió tras Naamán y tomó prendas y plata. ¿Y qué le dijo Eliseo cuando regresó? ¿No estaba allí mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro a recibirte? Eliseo estaba en el espíritu y luego dictó la sentencia: por tanto, la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. Hubo una transferencia.

Giezi tomó los bienes materiales de Naamán, pero con ellos tomó su enfermedad espiritual y física. Se hizo partícipe del pecado y de la maldición. ¿Cuántas veces has tomado la lepra de alguien más, porque te involucraste emocionalmente donde Dios no te llamó? A veces, queremos ser los salvadores. Queremos ser nosotros los que hacemos el milagro. Y en ese deseo del Ego, cruzamos la línea de protección. No pongas las manos sobre nadie con ligereza.

Esta frase debería estar grabada en la entrada de cada iglesia, templo o salón donde se diga adorar y servir a Dios, en la portada de cada Biblia. Déjame hacerte una pregunta muy seria y quiero que seas honesto contigo mismo. Allí donde estás sentado o acostado escuchando esto. Quiero que mires hacia adentro, a ese lugar secreto de tu corazón. ¿Alguna vez has sentido, justo en el momento de ir a abrazar u orar por alguien, un freno inexplicable, una sensación de rechazo o pesadez en tu estómago, y lo ignoraste por educación?

¿Y qué pasó después? ¿Te sentiste drenado, enfermo o confundido? Piensa en esto. Jesús imponía manos, sí, pero Jesúis era el Hijo de Dios sin pecado. Y, aun así, notaba cuando la virtud salía de Él. Recuerda a la mujer del flujo de sangre. Ella lo tocó. Jesús no la tocó a ella primero. Ella tocó el borde de su manto con fe, y Él dijo: alguien me ha tocado, porque percibo que ha salido poder de mí. Si Jesús, en su cuerpo glorioso y sin pecado, sentía el drenaje de poder, ¿Cuánto más nosotros?

Pero hay una diferencia crucial: la mujer tocó con fe para recibir vida. Pero cuando tú impones manos sobre un rebelde, estás tocando para recibir muerte. Hay una ciencia divina en esto. Isaac Newton descubrió leyes físicas, pero el Espíritu Santo ha establecido leyes espirituales mucho antes de la fundación del mundo. Hay una ley del acuerdo. Dice: ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo? Cuando pones tus manos sobre alguien, estás estableciendo un acuerdo visible e invisible.

Estás diciendo “amén” a su espíritu. ¿Tienes una vaga idea de la cantidad de adivinos, curanderos, ocultistas y cuanto satanista se te ocurra, acuden a reuniones cristianas en búsqueda de captar a alguien desprevenido que les imponga sus manos con la finalidad de apropiarse de su unción? Tienes que ser consciente con temor santo a poner tus manos donde Dios no haya puesto su sello, antes. ¿Estás entendiendo, ahora, la gravedad de todo esto? No es un rito. Es una guerra.

Y en la guerra, no tocas al enemigo ni te quitas la armadura para abrazar a un espía, a menos que quieras ser destruido. Pero esto se pone aun más misterioso. No sólo se trata de demonios o pecado, se trata de la madurez. Pablo le dice a Timoteo, no con ligereza. A veces la persona es buena, es un hermano en la fe, pero es un bebé espiritual. Si tú le das una carga de alto voltaje a un bebé, lo matas. Si impones manos para impartir autoridad o un don a alguien que no tiene el carácter para sostenerlo, no lo estás bendiciendo, lo estás destruyendo.

Estás poniendo una turbina de avión en una bicicleta. La bicicleta se desintegrará a la primera aceleración. Se han visto a hombres recibir unciones y posiciones por imposición de manos antes de tiempo, y cinco años después están divorciados, en escándalos financieros o totalmente apartados de la fe. ¿Fue culpa de Dios? No. Fue culpa de unas manos que se impusieron con ligereza, acelerando un proceso que necesitaba tiempo.

Hay un peso de gloria. La palabra hebrea para gloria, es kabod, que significa peso. La gloria pesa. La unción pesa. Y si pones ese peso sobre alguien que no ha construido los músculos espirituales suficientes  a través de la prueba y la obediencia, lo vas a aplastar. Nuestra responsabilidad compartida, es discernir. Unos como ministros, otros como ministrados. ¿Está esta persona lista para lo que voy a impartir o estoy actuando por emociones?

La emoción es el enemigo de la unción. La emoción es carne. La unción es Espíritu. La emoción dice: tócalo, pobrecito. El Espíritu dice: espera, déjame tratar con su corazón primero. Quiero que mires tus manos ahora mismo. Esas manos han sido lavadas por la sangre del Cordero, espero. Son instrumentos. En Marcos 16 dice: Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Es una promesa, pero la promesa tiene una premisa; Estas señales seguirán a los que creen.

Y creer implica conocer y obedecer las leyes de Dios. ¿Qué sucede cuando desobedeces esta advertencia? ¿Qué sucede cuando participas de pecados ajenos? Comienzas a sentir una sequía inexplicable. Lees la Biblia, y parece un libro cerrado. Oras, y sientes que tus palabras rebotan en el techo. Pierdes el gozo, te irritas con facilidad. Son síntomas de contaminación espiritual. Has dejado entrar algo que no te pertenece. Has cargado con la mochila de otro.

Gálatas 6:2, dice: Sobrellevad los unos las cargas de los otros. Pero tres versículos más adelante, dice: Porque cada uno llevará su propia carga. Entonces, ¿Se contradice la Biblia? ¡Jamás! Hay cargas que debemos ayudar a llevar: el dolor, la necesidad, el sufrimiento. Pero hay una carga, que es la responsabilidad individual de la santidad y el arrepentimiento. Esa carga no la puedes tocar. No puedes arrepentirte por otro. No puedes creer por otro. Y si intentas hacerlo imponiéndoles tus manos para pasarles tu fe, terminarás perdiendo la tuya.

El misterio de la iniquidad está operando en el mundo, hoy, con una fuerza que no veíamos desde hace cincuenta años. La brujería, se ha disfrazado de espiritualidad moderna. La rebelión, se ha disfrazado de libertad. Y en medio de este campo minado, el cristiano camina descuidadamente, tocando todo, abrazando todo, validando todo. Y el Espíritu Santo está en una esquina, contristado, esperando que alguien tenga el discernimiento de detenerse y preguntar: Señor, ¿Es esto tuyo?

Tus manos son puertas, ciérralas al mal. Ábrelas sólo cuando el Rey de Gloria te de la llave. Hemos llegado al punto en donde el bisturí del Espíritu Santo debe ir profundo. Ya sabes el peligro, ya sabes el peso de la advertencia de Pablo: no participes en pecados ajenos. ¿Pero qué sucede si ya lo hiciste? ¿Qué sucede si en tu ignorancia o en tu afán de ayudar, pusiste tus manos sobre alguien que estaba atado a las tinieblas y ahora sientes que esas cadenas ahora te están apretando a ti?

No entres en pánico, el miedo es la herramienta favorita del diablo. Pero la fe es la herramienta de Dios. Hay una salida, y es tan poderosa, que hará temblar cualquier contaminación que se haya adherido a tu manto. Hablemos de la ley de la separación. En 2 Corintios 6:17, el Señor nos da una ordenanza militar. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré, Escucha bien esa última frase: Yo os recibiré.

Hay una condición para ser recibido en la intimidad profunda del Lugar Santísimo: dejar de tocar lo inmundo. Y tocar, no es sólo físico; es un acuerdo del alma. ¿Te has preguntado alguna vez por qué Moisés tuvo que quitarse el calzado ante la zarza ardiente? Dios le había dicho: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en donde estás, tierra santa es. Moisés no podía traer el polvo de Egipto, la suciedad del desierto, el caminar de su vida pasada, a la presencia directa de la santidad de Dios.

Tenía que haber una separación entre su caminar y la gloria. De la misma manera, tus manos deben ser despojadas de toda conexión pasada antes que puedan ser usadas para impartir vida. Si sientes que has absorbido algo que no es tuyo, esa ansiedad repentina, esa duda corrosiva, esa frialdad espiritual, necesitas hacer una oración de corte espiritual. No es una oración suave. Es una declaración legal en el mundo espiritual.

Tienes que decir: Espíritu de Dios, renuncio a cualquier pacto de alma, consciente o inconsciente que hice al imponer mis manos precipitadamente. Corto el flujo de iniquidad. Me lavo con la sangre de Jesús. La sangre no sólo perdona pecados, la sangre rompe transmisiones. La sangre es el único aislante perfecto en el universo. Cuando la sangre de Cristo está sobre tus manos, puedes tocar al leproso y no infectarte, porque la sangre consume la enfermedad antes que toque tu piel.

Pero sin esa cobertura consciente, estás desnudo en la batalla. Hay un ejemplo bíblico fascinante que casi nadie analiza con profundidad sobre la transferencia del espíritu. Está en Números 11. Moisés estaba agotado. La carga del pueblo era demasiada. Y Dios le dijo, versos 16 y 17: Entonces Jehová dijo a Moisés: Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel, que tú sabes que son ancianos del pueblo y sus principales; y tráelos a la puerta del tabernáculo de reunión, y esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo.

Nota lo que Dios no hizo. Dios no le dio un espíritu nuevo e independiente a cada uno de los setenta. Dios tomó del espíritu que estaba en Moisés. Hubo una transferencia. Si Moisés hubiera estado amargado, setenta hombres se hubieran amargado. Si Moisés hubiera estado en rebelión, setenta hombres hubieran entrado en rebelión. La fuente determina el flujo. Por eso hay momentos donde siento una tremenda responsabilidad, sabiendo que el espíritu que cada día esté en mí puede fluir hacia ustedes por el simple hecho de escucharme y creerme. Ese es mi costo laboral. No es menor.

Y aquí es donde entra la historia de Simón el mago en Hechos 8, una de las advertencias más terroríficas del Nuevo Testamento. Simón vio que, por la imposición de las manos de los apóstoles, se daba el Espíritu Santo. Vio el poder. Vio los milagros. Y su reacción fue ofrecer dinero; dadme también a mí este poder, dijo. Pedro, lleno de una furia santa, le respondió: tu dinero perezca contigo, no tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios.

Veo que en hiel de amargura y en prisión de maldad estás. Escudriña esto: Simón quería el método sin tener la rectitud de corazón. Quería la mecánica del milagro sin la moral del maestro. Y Pedro discernió que, si permitía que Simón impusiera manos, esa hiel de amargura envenenaría a la iglesia naciente. La imposición de manos, es el acto final de una vida rendida, no el truco de un mago para ganar influencia.,

Hoy en día, vemos tantas escuelas de profetas, tantos seminarios donde enseñan a la gente a imponer manos y activar dones, como si estuvieran encendiendo un microondas. ¡Qué peligro! ¡Qué insensatez! No puedes activar lo que Dios no ha ungido. Y no puedes impartir lo que no has pagado el precio de obtener en el secreto. La unción cuesta, cuesta todo. Cuesta tu vida, tu ego, tus planes. La persona que vemos en ti, murió hace mucho tiempo. Si el Espíritu Santo no la llena, no tendrá nada para dar.

Quiero que entiendas que tus manos tienen memoria espiritual. Tus manos han tocado cosas impuras en el pasado. Tus manos han acariciado el pecado. Tus manos han robado, han golpeado o han servido al ídolo del yo. Antes que te atrevas a ponerlas sobre la cabeza de un hijo de Dios, esas manos deben pasar por el fuego del altar. En Isaías 6, el profeta gritó: ¡Ay de mí! Que soy muerto, hombre de labios inmundos. ¿Y qué hizo el ángel? Voló con un carbón encendido del altar y tocó su boca.

El fuego purificó el instrumento. ¿Estás dispuesto a dejar que el fuego de Dios queme la ligereza de tus manos hoy? ¿Estás dispuesto a decirle al Señor nunca más tocaré a alguien para ser visto, nunca más tocaré para manipular, nunca más tocaré sin tu orden? Quiero que hagas algo profético ahora mismo, donde sea que estés. Mírate las palmas de las manos. Imagina que son libros abiertos ante Dios. Hay historias escritas en ellas que necesitan ser borradas.

Este es el momento de tu liberación. Es necesario que allí donde estés efectúes una declaración de fe, que rompa con cualquier ciclo de transferencia negativa. Puedes decir: Señor, lava mis manos con tu fuego. Rompo toda ligadura de alma que no proviene de ti. Hoy consagro mis manos sólo para tu gloria. Si quieres y tienes con qué, lo mejor sería escribirlo en alguna parte, porque al escribirlo estarás estableciendo un decreto.

Estás cerrando las puertas traseras que dejaste abiertas al imponer manos con ligereza. El cielo está registrando tu declaración y tu decreto como un acta de consagración. Y luego, si quieres, vete a ministrar a quien debas ministrar. Pero nunca lo hagas esperando imponer manos para que ocurran milagros, dale prioridad a la adoración y, cuando la presencia de Jesús sea casi palpable por lo real, entonces los milagros sucederán sin necesidad de que uses tus manos. Con el poder del Espíritu Santo será suficiente.

La imposición de manos es necesaria, sí, y también es bíblica. Pero es un punto de contacto para cuando la fe necesita ayuda. Pero el nivel superior, el nivel al que deberías acceder, es donde la sombra de Pedro sanaba a los enfermos, ¿Recuerdas? Pedro no tenía que tocarlos, su sola presencia saturada de Dios, desplazaba a los demonios. Eso es lo que quisiera que seas, no un imponedor o imponedora de manos serial, sino que seas un portador o portadora de la gloria.

Que cuando entres a una habitación, los demonios tiemblen, y no por lo que haces con tus manos, sino por quien camina contigo. Pablo le dijo a Timoteo, Consérvate puro. Esa es tu mayor protección. La pureza es un campo de fuerza. Satanás no puede tocar lo que es puramente de Dios. Cuando te mantienes puro, cuando cuidas tus ojos, tus oídos y tu corazón, tus manos se convierten en extensiones del trono. Y cuando Dios te diga: “toca”, entonces fluirá un río de vida cristalina que resucitará muertos.

Mientras tanto no te llegue esa voz, mantén tus manos alzadas, adorando. Es mejor tener las manos ocupadas en adorar a Dios que llenas de ministerio contaminándote con pecado ajeno. Recuerda esto todos los días de tu vida, sea quien seas y hagas lo que hagas y tengas el prestigio que tengas. La unción no es un juguete, es el poder de la resurrección. Trátala con el temor santo que merece. Y nunca, nunca, pongas tus manos sobre nadie repentinamente, a menos que estés dispuesto a compartir eternidad con lo que estás tocando.

Leer Más

¡Ahora Le Toca a Satanás!

Lucas 18: 1-8 = También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que, viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?

Nuestra oración tiene estos tres aspectos: 1) Nosotros mismos. 2) El Dios a quien oramos. Y 3) Nuestro enemigo, Satanás. Toda oración verdadera se relaciona con estos tres aspectos. Cuando nos reunimos para orar, naturalmente oramos por nuestro propio beneficio. Tenemos necesidades, deseos y esperanzas, y por lo tanto oramos por todo eso. Oramos para lograr nuestras peticiones. No obstante, en la verdadera oración no debemos pedir simplemente las cosas que se refieren a nuestro bienestar, debemos también orar por la gloria de Dios y por el reinado celestial en la tierra.

Aunque el obtener las respuestas a las oraciones, nosotros los que oramos somos los beneficiarios inmediatos, la realidad espiritual muestra también que el Señor alcanza gloria y que su voluntad se realiza. La respuesta a la oración da mucha gloria a Dios, pues revela la inigualable grandeza de su amor y de su poder al cumplir las peticiones de sus hijos. También indica que su voluntad se realiza, porque el Señor no contesta la oración que no está de acuerdo con su voluntad. Nosotros pedimos y Dios es aquel a quien pedimos. En la oración lograda se benefician ambos, el que pide y el que otorga la petición.

El que pide obtiene el deseo de su corazón y Dios logra que su voluntad se cumpla. No necesitamos insistir en este punto, puesto que todos los hijos de Dios que tienen algo de experiencia en la oración, saben la relación que existe entre estos dos aspectos de la oración. Pero lo que ahora nos gustaría recordar a los creyentes es el hecho de que si en la oración sólo ponemos atención a estos dos aspectos de Dios y el hombre, nuestra oración todavía es imperfecta. Aunque sea muy efectiva, en el éxito todavía hay derrota, pues aún no hemos llegado a dominar el verdadero significado de la oración.

Sin duda que todos los creyentes espirituales conocen la relación absoluta entre la oración, y la gloria y la voluntad de Dios. La oración no es solo para nuestro propio provecho. Con todo, este conocimiento es incompleto; hemos de tomar en cuenta el tercer aspecto que cuando oramos al Señor, lo que nosotros pedimos y loque Dios promete, perjudicará sin duda alguna al enemigo. Sabemos que Dios rige el universo. Sin embargo, Satanás es llamado “El príncipe de este mundo”. Puesto que el mundo entero está bajo el maligno, se nos dice.

Así pues, vemos que en este mundo hay dos fuerzas diametralmente opuestas, buscando ambas la ventaja. Cierto que Dios tiene la última victoria; sin embargo en este nuestro tiempo antes del reino de los mil años, Satanás sigue usurpando poder en este mundo para oponerse a la obra, a la voluntad y al interés de Dios. Los que somos hijos de Dios pertenecemos a Dios. Si bajo su protección ganamos algo, es claro que significa que su enemigo sufre una pérdida. La medida en que nosotros ganamos, corresponde exactamente a la medida de la voluntad de Dios que se realiza, es a su vez la pérdida que Satanás sufre.

Puesto que nosotros pertenecemos a Dios, Satanás intenta hacernos fracasar, afligirnos o suprimirnos y, por supuesto, no permitir que ganemos ningún terreno. Esta es su intención, aunque su intención no se cumpla debido a que nosotros nos podemos acercar al trono de la gracia acogiéndonos a la preciosa sangre de Jesús, pidiendo la protección de Dios. Cuando Dios oye nuestra oración, el plan de Satanás es definitivamente derrotado. Al contestar nuestra oración, Dios impide la perversa voluntad de Satanás, y por consecuencia, éste no puede infligirnos el mal que tenía proyectado.

Lo que nosotros ganamos en la oración corresponde a la pérdida de Satanás. Así que nuestra ganancia y la gloria de Dios, están en proporción directa a la pérdida de Satanás. Uno gana y el otro pierde; uno pierde y el otro gana. En vista de esto, en nuestra oración debemos considerar no sólo nuestro beneficio y la gloria y la voluntad de Dios, sino también tener en cuenta el tercer aspecto, el que se refiere a Satanás, el enemigo. La oración que no considere los tres aspectos, es superficial, de poco valor, y no podrá lograr muchas cosas.

No hay necesidad de que hablemos de las oraciones superficiales, hechas sin sentido y sin corazón, pues no tienen efecto sobre ninguno de los tres aspectos de la oración. En el caso de un cristiano carnal, sus oraciones, aunque sean razonables, tienen en cuenta únicamente un aspecto, el de su propio beneficio. El motivo de su oración es lograr lo que él desea. Sólo tiene en cuenta su propia necesidad y anhelo. Con tal que el Señor conteste su petición y le conceda el deseo de su corazón, se da por satisfecho. No reconoce que existe la voluntad de Dios ni tiene en cuenta la gloria de Dios.

Y por supuesto, no tiene ni la más remota idea del aspecto que se refiere a hacer que Satanás sufra una pérdida. Pero no todos los creyentes son carnales. Damos gracias a Dios y lo alabamos por los muchos de sus hijos que son espirituales. Cuando éstos oran, su propósito no es tan egoísta que se den por satisfechos sólo con que el Señor conteste su oración, supliendo la necesidad personal que tienen. También ponen mucha atención a la gloria y a la voluntad de Dios. Ellos esperan que el Señor conteste sus oraciones, no porque quieran solamente lograr algo para ellos mismos, sino porque también Dios se glorifica contestando a sus oraciones.

Al orar, no insisten en lograr lo que piden, porque solamente tienen en cuenta la voluntad de Dios. Por lo que a la vo0luntad divina se refiere, no se trata de si el Señor se complace en conceder sus peticiones, sino en si la contestación a las oraciones estará en conflicto o no con la voluntad de Dios y sus planes de gobernar el mundo. Tienen en cuenta no solamente el asunto por el que oran, sino también la relación de este asunto con la perspectiva más amplia de la obra de Dios. Así es que sus oraciones cubren los dos aspectos que se refieren a Dios y al hombre.

Sin embargo, muy pocos cristianos consideran en sus oraciones el tercer aspecto, el de Satanás. La finalidad de la verdadera oración no considera solamente el provecho personal (Muchas veces ni siquiera se piensa en este aspecto), sino que mira como más importante la gloria de Dios y la derrota del enemigo. Ellos no consideran que su beneficio sea de primera importancia. Piensan que su oración ha sido muy valiosa, si por medio de ella Satanás ha sido derrotado y Dios ha sido glorificado. Lo que ellos buscan en su oración es la derrota del enemigo.

Sus miradas no se limitan a lo que los rodea de inmediato, sino que consideran la perspectiva de la obra y la voluntad de Dios en todo el mundo. Con todo, permíteme añadir que con esto no se sugiere que ellos sólo tienen en cuenta los aspectos que se refieren a Dios y a Satanás, y olvidan completamente el aspecto personal de la oración. De hecho, cuando la voluntad de Dios se cumple y Satanás sufre una pérdida, sin duda alguna que ellos reciben provecho. Por lo tanto, el progreso espiritual de un santo puede apreciarse por el énfasis que se nota en su oración.

Lucas 18:1-8 = También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?

En esta parábola, Jesús toca los tres aspectos de la oración de los cuales hemos hablado. Se mencionan tres personas: 1) El Juez. 2) La Viuda. Y 3) El adversario. El juez, (De manera negativa), representa a Dios, la viuda representa a la iglesia de hoy o a un fiel cristiano, mientras que el adversario tiene el puesto de nuestro enemigo el diablo. Cuando explicamos esta parábola, con frecuencia ponemos la atención solamente en la relación entre el juez y la viuda. Notamos como este juez, que ni teme a Dios ni tiene respeto a los hombres, finalmente hace justicia a la viuda porque venía a él constantemente; y sacamos la conclusión: puesto que nuestro Dios no es como ese juez malvado, ¿NO nos hará Él justicia rápidamente si oramos?

Y esto es casi todo lo que explicamos de esta parábola.  Este juez es la única autoridad de una determinada ciudad. Allí él gobierna por completo. En cierto sentido esto es una representación del poder y de la autoridad de Dios. Aunque en el momento presente Satanás dirija temporalmente el mundo, no es más que un usurpador que se ha metido por la fuerza. Cuando el Señor murió en la cruz, arrojó fuera al príncipe de este mundo. Con su muerte, Jesús, despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la Cruz, eso le dice Pablo a los Colosenses en 2:15 de su carta.

Aunque el mundo todavía está sometido al maligno, es una situación totalmente ilegal. Y Dios ha señalado el día en que su Hijo volverá a tomar el Reino y será rey de este mundo durante mil años, y después, eternamente. Antes de la llegada de este tiempo Dios permite solamente que Satanás esté activo, aun cuando el Señor mantiene las riendas del gobierno de este mundo. Satanás podrá dominar sobre todo lo que le pertenece al mismo satanás, podrá hasta llegar a perseguir a los que pertenecen a Dios; sin embargo, todo esto sucede solamente durante un plazo determinado.

E incluso en este corto plazo, Satanás está completamente limitado por Dios. Podrá hostigar a los santos, pero solamente dentro de ciertos límites. Aparte de lo que Dios le permita, el enemigo no tiene ninguna autoridad en absoluto. Esto lo podemos apreciar claramente en la historia de Job. De la misma manera que este juez domina en una ciudad entera, así Dios domina en el mundo entero. Y del mismo modo que es completamente ilegal que los que están bajo la autoridad de un juez hostiguen a otros y se conviertan en sus adversarios, así es algo extraordinario, hasta monstruoso, que Satanás que está bajo la autoridad de Dios, persiga a los santos.

Se nos dice el carácter de este juez por sus propias palabras: NI temo a Dios, ni tengo respeto a hombre. Verdaderamente debe ser una persona inmoral, pues no tiene consideración ni a Dios ni a hombre. Sin embargo, debido a las incesantes visitas de la viuda que Viena a pedir justicia, se molesta y se aburre tanto con sus quejas, que por fin hace justicia. El Señor usa a este juez como una comparación negativa, para subrayar la bondad de Dios; pues Dios no es como el juez malvado de la parábola; al contrario, Dios es nuestro Padre amoroso que nos protege; como desea Dios darnos lo mejor, y además no está desligado de nosotros como está el juez de la viuda.

Así, pues, si un juez como el de la parábola está dispuesto a hacer justicia a la viuda por razón de sus súplicas incesantes, Cuánto más, Dios que es la suma virtud, la suma bondad que nos ama y está tan íntimamente unido a nosotros, ¿Hará justicia a sus hijos que claman a Él incesantemente? Si un juez inmoral hace justicia a una mujer por causa de su continuo clamor, ¿No obrará Dios a favor de sus propios hijos? La razón por la que la viuda obtiene el consentimiento del juez para hacerle justicia, la encontramos en sus incesantes súplicas.

Espontáneamente el juez no le habría hecho justicia a la viuda pues era inmoral y malvado. Sin embargo, nosotros habremos de reconocer que la respuesta a nuestra oración a Dios, no sólo viene por nuestras incesantes oraciones, (Que de por sí deberían ser suficiente para obtener lo que pedimos), sino también por la bondad de Dios. Por esto, el Señor concluye la parábola preguntando: ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos? Estas cuatro palabras “Acaso Dios no hará”, implican una comparación.

Si la viuda depende solamente de su súplica incesante como el medio de conseguir lo que pide, ¿No recibiremos nosotros lo que pedimos por razón de nuestra constante oración a Dios y por razón de su bondad? Esta viuda no tiene a nadie en quien confiar. La misma palabra “viuda” declara sutilmente su soledad. El esposo de quien ella dependía para poder vivir, ha muerto. Ella es ahora una viuda. Verdaderamente ella sirve muy bien de ejemplo de lo que los creyentes somos en el mundo. Nuestro Señor ya ha ascendido al cielo; por lo tanto, hablando simplemente desde un punto de vista físico, los cristianos están tan desamparados como una viuda.

Lo que Mateo enseña en el capítulo 5 revela nuestra penosa condición de cristianos. Hemos de ser los más mansos de todos, no ofrecer resistencia de ninguna clase; y por lo tanto, en todas partes sufrimos persecución y humillación. El Señor y sus apóstoles nunca instruyeron a los creyentes que buscaran en este mundo poder y altos puestos; en su lugar nos enseñan a ser modestos y humildes, y a aceptar el desprecio y la persecución de este mundo rehusando reclamar lo que concede la ley y el derecho. Esta es la posición de los creyentes y el camino que el mismo señor nos ha marcado.

Si el Hijo de Dios debió morir en la cruz sin resistir ni protestara, ¿Acaso podrán sus discípulas esperar del mundo un mejor trato? En vista de todo esto, la viuda es verdaderamente un buen ejemplo de nosotros los cristianos de esta época. Así como la viuda tiene su adversario, también nosotros los cristianos tenemos el nuestro. Y nuestro adversario es Satanás. Hasta el significado de la palabra “Satanás” es “adversario”, que quiere decir enemigo. Por lo tanto, debemos reconocer claramente quien es nuestro enemigo.

Entonces sabremos cómo hemos de acercarnos a nuestro juez que es nuestro Dios, y acusar a nuestro enemigo. Si queremos examinar la razón primaria de la enemistad existente entre nosotros y el diablo, hallaremos que detrás de ella hay una larga historia. Para decirlo resumidamente, esta enemistad comenzó en el huerto del Edén. Después de la caída del hombre, Dios dijo: Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. Eso dice Génesis 3:15.

Cierto que el diablo nos hiere a nosotros los humanos, pero es que Dios ha puesto enemistad en nuestros corazones tanto como en el corazón de Satanás. Del mismo modo que el adversario trató injustamente a la viuda, así de mal nos trata hoy el diablo a los creyentes. ¿Quién sabe lo mucho que hemos sufrido en sus manos? Por supuesto que cuando el diablo nos persigue, nunca se manifiesta ni actúa directamente. Él hace todo su trabajo por medio de personas o de cosas. Él no quiere aparecer abiertamente. Al contrario, él instiga a la gente del mundo para que obre por él, mientras que él mismo lo dirige todo en secreto.

Así como en su primera intervención se disfrazó con la forma de una serpiente, pues igualmente, cada vez que hoy actúa, lo hace encubierto. Por razón de sus engaños, los hijos de Dios se equivocan muchas veces y no reconocen al enemigo real. Algunas veces él debilita el cuerpo de los creyentes causándoles enfermedades y dolores. Así lo dice en Hechos 10:38: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Y con todo, los creyentes quizás miren su estado como consecuencia de la fatiga o de la falta de higiene, sin darse cuenta que el diablo está obrando detrás del escenario. Sólo con que consideremos este punto, veremos qué enormes suelen ser los sufrimientos de los cristianos en manos de Satanás. Algunas veces el enemigo incita a la gente de este mundo a perseguir a los creyentes y entonces éstos son atacados por su propia comunidad, amigos y familiares. Sin embargo, ellos piensan que esto se debe al odio de la gente hacia el Señor; y no se dan cuenta que en realidad es el diablo el instigador de estos ataques.

Algunas veces el diablo se vale de las circunstancias y coloca a los creyentes en dificultades y peligros. Con frecuencia hace que surjan malentendidos entre los cristianos, con el fin de separar hasta a los amigos más queridos, causando así muchas angustias y lágrimas. Algunas veces el enemigo priva a los creyentes de los bienes materiales, y los reduce a la necesidad e incluso a la miseria. Otras veces oprime sus espíritus y les hace sentirse deprimidos, desasosegados y desorientados. O los ataca en la voluntad haciéndolos incapaces de elegir libremente y poniéndolos en tal situación que no saben qué hacer.

O mete en el corazón de los creyentes un miedo irracional. O Satanás amontona cosas sobre ellos para agotarlos, o les hace perder el sueño para hacerlos sentir exhaustos. O les pone en la mente pensamientos sucios y confusos para debilitar su resistencia, o hasta se disfraza de ángel de luz para engañar y desviar a los creyentes del buen camino. Es imposible acabar la lista de todas las obras que el diablo hace. En resumen, el enemigo hará cualquier cosa que cause que los creyentes sufran en su espíritu o en su cuerpo, que caigan en pecado, o que incurran en pérdidas y perjuicios. Desgraciadamente, muchos de los hijos de Dios no se dan cuenta de la obra de Satanás cuando están sufriendo en sus manos.

Lo que está sucediendo lo atribuyen a causas naturales, accidentales o humanas, y no disciernen cómo en muchos sucesos naturales se esconde lo satánico sobrenatural, como en muchos episodios accidentales, se oculta un plan diabólico, y cómo en muchos tratos humanos se mezclan las malignas maniobras del enemigo. Ahora la tarea más importante para nosotros es la de identificar al enemigo. Debemos saber con certeza quién es nuestro adversario, quien es el que nos causa tanto sufrimiento. Con mucha frecuencia pensamos que nuestros sufrimientos son causados por los hombres.

Pero la Biblia nos dice que no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, que es como decir nada menos que de este sistema, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. ¿O no dice eso? Por esto, cada vez que sufrimos a manos de un hombre, necesitamos recordar que detrás de la carne y la sangre, Satanás y sus poderes de las tinieblas pueden muy bien estar dirigiéndolo todo. Debemos tener la necesaria visión espiritual para discernir la obra de Dios de las maniobras de Satanás que están detrás de todo.

Debemos distinguir lo que es natural de lo que es sobrenatural. Debemos estar tan eje3rcitados en las cosas interiores, de manera que tengamos conocimiento de las realidades espirituales, para que ninguna de las obras ocultas de Satanás pueda escapar a nuestra observación. Si este fuera el caso, ¿No reconoceríamos que lo que usualmente consideramos hechos naturales o accidentales pueden envolver la obra del enemigo oculto tras la escena? Veríamos enseguida que Satanás está realmente tratando de frustrarnos a cada paso y de oprimirnos en todas las cosas.

Qué lástima que hayamos sufrido tanto por culpa suya en el pasado, sin saber que era él el que nos hacía sufrir. Hoy, parte de nuestro trabajo más urgente, es el crearnos un corazón lleno de aborrecimiento hacia Satanás por su crueldad. No hemos de temeré que nuestra enemistad hacia Satanás se haga demasiado honda. Antes de que exista la posibilidad de que podamos vencer, debemos mantener en nuestro corazón una actitud hostil hacia él, decididos a no dejarnos oprimir por él. Tenemos que comprender que lo que hemos sufrido en las manos de Satanás es un perjuicio real que debe ser vengado.

Él no tiene derecho a atormentarnos, y sin embargo aún lo hace. Esto es verdaderamente una injusticia, un agravio que no puede quedar sin venganza. Después que esa viuda ha sufrido mucho, viene al juez pidiendo justicia. Esto es algo que debemos aprender a hacer. Nosotros no acudimos a jueces de la tierra implorándoles que intervengan a nuestro favor. (Nosotros, si somos creyentes genuinos no hacemos eso. El resto, aún los religiosos, sí suelen hacerlo).

Nosotros pedimos a nuestro juez que no es otro que nuestro Padre Dios en el cielo. Las armas de nuestra milicia no son carnales. Por lo tanto, no emplearemos ningún medio terreno o carnal contra los instrumentos de carne y sangre utilizados por Satanás. Muy al contrario, en vez de mostrar impaciencia, ira o siguiera hostilidad contra ellos, debemos compadecernos de ellos porque no son más que instrumentos de Satanás. Veamos que, en el combate espiritual, las armas de la carne son completamente inútiles. No solamente inútiles, sino que, con toda certeza, el que las usa, será vencido por Satanás.

Leer Más

6 – Dependencia

Gálatas 5: 1 = Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Esto es lo que se lee en la versión tradicional Reina Valera. En un lenguaje más sencillo, la Nueva Traducción Viviente lo muestra así: Por lo tanto, Cristo en verdad nos ha liberado. Ahora asegúrense de permanecer libres y no se esclavicen de nuevo a la ley. El sinónimo que pertenece al diseño, aquí, es dependencia.

En una cultura que exalta la autosuficiencia, depender suena a debilidad, a carencia, incluso a fracaso personal. Sin embargo, cuando se observa con detenimiento —y con una mirada que no niega lo espiritual, la dependencia no es una anomalía: es una condición constitutiva del ser humano. Respiramos aire que no producimos, vivimos en redes sociales que no controlamos por completo y pensamos ideas que heredamos en parte de otros. La cuestión, entonces, no es si dependemos, sino de qué o de quién dependemos.

Desde una perspectiva bíblica —no en clave institucional ni dogmática, sino existencial— la dependencia encuentra su sentido más pleno en la relación con Dios. El evangelio del Reino no propone una anulación de la libertad humana, sino una reorientación de la confianza. La independencia absoluta es una ilusión; la dependencia bien dirigida es una forma de sabiduría.

En los textos bíblicos aparece una tensión constante entre dos tipos de dependencia: una que esclaviza y otra que libera. La primera se expresa en la idolatría, no solo en el sentido antiguo de estatuas, sino en todo aquello que ocupa el centro del corazón: poder, dinero, sexo, aprobación social, incluso la propia imagen. Estas dependencias prometen seguridad, pero exigen un precio cada vez mayor. Funcionan como contratos invisibles: ofrecen identidad a cambio de sumisión. La segunda, en cambio, es la dependencia de Dios, que no anula la dignidad humana, sino que la afirma. Es una relación en la que la fuente no se agota y el vínculo no degrada.

Resulta interesante que en la narrativa bíblica, los momentos de mayor transformación personal suelen coincidir con el reconocimiento de la propia necesidad. No es la autosuficiencia la que abre puertas, sino la honestidad. “Necesito ayuda” es una frase profundamente espiritual, aunque suene simple. En ella se rompe la ficción del control total y se habilita la posibilidad de una intervención distinta, más profunda.

En términos sociales, la palabra dependencia ha sido manipulada tanto para justificar dominaciones como para promover emancipaciones. Por un lado, hay estructuras que fomentan dependencias perjudiciales: economías que atrapan, sistemas que condicionan, discursos que infantilizan a las personas. Por otro lado, también existe un rechazo ideológico a cualquier forma de dependencia, como si la libertad consistiera en no necesitar a nadie. Ambos extremos resultan problemáticos. El primero porque deshumaniza; el segundo porque desconoce la naturaleza relacional del ser humano.

Una lectura equilibrada reconoce que la dependencia puede ser saludable cuando está orientada hacia fuentes que promueven vida, justicia y verdad. Aquí es donde el evangelio del Reino introduce una lógica diferente: no se trata de dominar ni de ser dominado, sino de vivir en una relación de confianza con Dios que transforma la manera de vincularse con los demás.

Esta dependencia espiritual no implica pasividad. No es una invitación a quedarse esperando que todo suceda sin participación. Al contrario, es un llamado a actuar desde un fundamento distinto. Es como cambiar el punto de apoyo: en lugar de sostener la vida únicamente sobre las propias fuerzas —que son limitadas— se aprende a apoyarse en algo mayor. Esto no elimina la responsabilidad personal, pero sí reduce la ansiedad de tener que controlar todo.

Aquí aparece un matiz importante: depender de Dios no significa evadir la realidad, sino enfrentarla con una perspectiva más amplia. Es fácil caer en caricaturas: pensar que la fe es una especie de anestesia emocional o una excusa para la inacción. Sin embargo, una lectura honesta del mensaje del Reino muestra lo contrario. La dependencia de Dios impulsa a la justicia, a la compasión, al compromiso social. No es un refugio para escapar del mundo, sino una fuerza para transformarlo.

En la práctica, ¿Cómo se vive esta dependencia? No se trata de fórmulas mágicas ni de rituales vacíos. Se trata de hábitos concretos que reorientan la vida. Algunos de ellos pueden parecer sencillos, pero tienen una profundidad notable: 

Primero, la oración entendida no como repetición mecánica, sino como diálogo real. Hablar con Dios implica también escuchar. Y escuchar requiere silencio, algo cada vez más escaso en un mundo saturado de estímulos. Un consejo práctico: reservar unos minutos al día para desconectarse de todo lo demás y simplemente estar en presencia de Dios. Sin agenda, sin exigencias, sin performance, sin teléfonos. Solo estar.

Segundo, la lectura reflexiva de las Escrituras. No como un ejercicio académico ni como un intento de acumular información, sino como una búsqueda de sentido. La Biblia, leída con honestidad, confronta, consuela y orienta. No siempre ofrece respuestas inmediatas, pero sí abre preguntas que transforman.

Tercero, la comunidad. Aunque la fe es personal, no es individualista. La dependencia de Dios se fortalece en vínculos con otros que buscan lo mismo. Esto no implica uniformidad ni ausencia de conflicto, sino la posibilidad de caminar juntos, corregirse, sostenerse mutuamente.

Cuarto, la práctica de la gratitud. Reconocer lo recibido es una forma concreta de dependencia consciente. No se trata de negar las dificultades, sino de no quedar atrapado en ellas. La gratitud reconfigura la percepción y evita que la vida se reduzca a lo que falta.

Quinto, el servicio. Paradójicamente, al depender de Dios, se desarrolla una mayor capacidad de darse a los demás. Esto rompe con la lógica de acumulación y abre una dimensión de generosidad que tiene impacto social real.

Ahora bien, hablar de dependencia también exige abordar las falsas dependencias que muchas veces se disfrazan de soluciones. En el plano contemporáneo, estas pueden tomar formas variadas: adicciones, hiperconectividad digital, validación constante en redes sociales, consumo compulsivo. Todas ellas comparten un patrón: ofrecen alivio inmediato, pero generan dependencia progresiva.

Un ejemplo cotidiano: la necesidad de revisar el celular constantemente. Puede parecer trivial, pero revela algo más profundo. Hay una búsqueda de conexión, de reconocimiento, de distracción frente al vacío o la ansiedad. El problema no es el dispositivo en sí, sino la dependencia que se construye alrededor de él. Aquí el humor ayuda: si uno siente que el celular vibra incluso cuando no lo hace, quizás no sea un milagro espiritual, sino una señal de que algo necesita reordenarse.

La propuesta del evangelio del Reino no es demonizar estas realidades, sino ofrecer una alternativa más profunda. En lugar de depender de estímulos externos para sostener el ánimo, se propone una relación con Dios que genera estabilidad interior. No es una solución instantánea, pero sí una transformación progresiva.

Es importante también reconocer que la dependencia de Dios no elimina las dificultades. La vida sigue siendo compleja, los conflictos no desaparecen mágicamente y las preguntas siguen existiendo. La diferencia está en la manera de atravesarlos. Hay una confianza que no se basa en la ausencia de problemas, sino en la presencia de Dios en medio de ellos.

Desde un punto de vista ideológico, esta perspectiva evita tanto el determinismo como el voluntarismo extremo. No todo está predeterminado ni todo depende exclusivamente del esfuerzo humano. Hay una interacción dinámica entre la acción divina y la respuesta humana. Esta visión permite sostener la responsabilidad sin caer en la desesperación.

En el plano social, una comprensión sana de la dependencia puede contribuir a relaciones más justas. Si todos dependemos, entonces nadie puede erigirse como completamente autosuficiente. Esto cuestiona estructuras de poder que se sostienen en la ilusión de superioridad. Al mismo tiempo, evita la victimización permanente, ya que reconoce la capacidad de respuesta de cada persona.

El evangelio del Reino presenta una imagen de Dios que no oprime ni manipula, sino que invita. La dependencia hacia Él no es forzada, sino elegida. Y en esa elección se juega gran parte de la experiencia humana. No es una elección que se hace una sola vez, sino que se renueva constantemente, en decisiones pequeñas y cotidianas.

Quizás uno de los mayores desafíos es desaprender ciertas ideas sobre la dependencia. Durante mucho tiempo se la ha asociado exclusivamente con debilidad. Pero en realidad, reconocer la propia necesidad es un acto de valentía. Es más fácil fingir autosuficiencia que admitir vulnerabilidad. Sin embargo, es en esa vulnerabilidad donde se abre la posibilidad de una relación más auténtica con Dios.

Hay una paradoja interesante: cuanto más consciente es una persona de su dependencia de Dios, más libre se vuelve frente a otras dependencias. No necesita tanto la aprobación ajena, no se define exclusivamente por sus logros, no se derrumba ante el fracaso. Su identidad no está en constante negociación.

Esto no significa que se vuelva indiferente o desconectada, sino que su centro está en otro lugar. Y desde ese centro puede relacionarse de manera más saludable con el mundo.

Para cerrar —aunque el tema siempre queda abierto— vale la pena plantear una pregunta sencilla pero profunda: ¿De qué dependo hoy? No como un ejercicio de culpa, sino de honestidad. La respuesta puede ser incómoda, pero también liberadora. El balón está en tú campo, tú lo mueves.

La dependencia no es el problema. El problema es cuando se deposita en lugares que no pueden sostenerla. El evangelio del Reino propone una alternativa: una dependencia que no esclaviza, sino que da vida. No es un camino fácil ni automático, pero sí uno que vale la pena recorrer.

Y si en algún momento el proceso parece complicado, conviene recordar algo con un toque de humor y verdad: incluso para aprender a depender bien, dependemos de ayuda. Y eso, lejos de ser una contradicción, es parte de la gracia.

Leer Más

5 – Corrupción

 

Romanos 8: 21 = porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Es notorio que si es la creación la que se encuentra bajo esa esclavitud, el hecho determinante de ser hijos de Dios la derrumba. La versión NTV, como siempre, nos muestra una conclusión más simple en su entendimiento del tema. Dice: la creación espera el día en que será liberada de la muerte y la descomposición, y se unirá a la gloria de los hijos de Dios. Descomposición, una palabra más elegante y menos repugnante que putrefacción, que es lo que realmente significa.

La palabra corrupción suele evocar imágenes inmediatas: políticos deshonestos, empresas que manipulan reglas, sistemas que se tuercen para favorecer a unos pocos. Pero si uno se detiene un momento y mira más profundo, la corrupción no es solamente un fenómeno institucional ni un problema exclusivo de “los de arriba”. Es, en esencia, una distorsión del orden original de las cosas: una grieta que comienza en lo invisible —en el corazón humano— y luego se expande hacia lo social, lo económico y lo cultural.

Desde una perspectiva bíblica, pero sin caer en discursos religiosos rígidos, la corrupción puede entenderse como la desviación del propósito. En el relato de la creación, todo fue diseñado con armonía, con intención, con un equilibrio que reflejaba el carácter de Dios: justicia, verdad, bondad. La corrupción aparece cuando ese diseño se altera, cuando lo que debía servir a la vida comienza a servirse a sí mismo. Es como un engranaje que deja de cumplir su función y, en lugar de colaborar con el sistema, empieza a dañarlo desde adentro.

Lo interesante —y a la vez incómodo— es que la Biblia no presenta la corrupción como un problema externo que se soluciona simplemente cambiando leyes o reemplazando líderes. Más bien, la ubica en una dimensión más íntima. Jesús, en los evangelios, señala que lo que contamina al ser humano no es lo que viene de afuera, sino lo que sale del corazón: intenciones torcidas, egoísmo, codicia. Dicho de otro modo, la corrupción no empieza en el palacio de gobierno; empieza en decisiones pequeñas, cotidianas, muchas veces invisibles. Y luego, claro, por imperio de la democracia, puede terminar tranquilamente en el palacio de gobierno, claro que si. 

Esto no significa que las estructuras no importen. Al contrario, los sistemas pueden amplificar o limitar la corrupción. Pero pensar que todo se resuelve “cambiando a los de arriba” es una simplificación peligrosa. Es como querer arreglar una humedad pintando la pared sin revisar la cañería: el problema reaparece, porque la raíz sigue intacta. Un funcionario de un país muy pobre se pasaba los días haciendo discursos en los que se ufanaba de que en su gobierno no había corrupción. Hasta que un día, un periodista, cansado del discurso simplista le respondió: No es que aquí no hay corrupción, lo que no hay es dinero para robarse…

Ahora bien, hablar de corrupción desde una fe firme en el evangelio del Reino de Dios implica algo más que señalar errores. Implica también proponer una alternativa. El Reino de Dios, tal como lo enseñó Jesús, no es un sistema político ni una ideología, sino una forma de vida donde los valores se invierten: el mayor sirve, el que tiene comparte, el que lidera lo hace con humildad. En ese contexto, la corrupción no tiene espacio porque pierde su combustible principal: el ego desordenado.

Pero seamos honestos: esto suena muy bien en teoría. En la práctica, todos, en mayor o menor medida, lidiamos con la tentación de torcer un poco las cosas a nuestro favor. El clásico “no pasa nada”,es solo una vez”, “todos lo hacen”. Y ahí aparece el humor involuntario de la condición humana: criticamos la corrupción estructural mientras justificamos nuestras pequeñas trampas cotidianas. Nos indignamos por grandes escándalos, pero a veces nos cuesta devolver un vuelto de más. 

Lejos de condenar, esta observación invita a una toma de conciencia. Porque si la corrupción tiene una raíz espiritual, entonces la transformación también debe serlo. No se trata de volverse perfecto de un día para otro, sino de cultivar una integridad progresiva. En términos prácticos, esto implica cosas simples pero poderosas: decir la verdad, aunque incomode, cumplir compromisos, aunque nadie esté mirando, tratar a los demás con justicia incluso cuando no hay consecuencias inmediatas.

Un recurso útil es hacerse preguntas incómodas pero honestas: ¿Estoy actuando con transparencia? ¿Estoy aprovechándome de alguna situación? ¿Estoy siendo coherente entre lo que digo y lo que hago? Estas preguntas no buscan generar culpa paralizante, sino despertar una conciencia activa. Porque la corrupción prospera en la inconsciencia, en la automatización de conductas que nunca se revisan.

Desde lo social, la corrupción también tiene un componente colectivo. No es solo la suma de actos individuales, sino una cultura que, en ciertos contextos, normaliza la trampa. Cuando la deshonestidad se vuelve la regla y no la excepción, el que quiere actuar correctamente parece ingenuo o incluso perjudicado. Aquí es donde el mensaje del Reino de Dios adquiere una dimensión contracultural: propone vivir de otra manera, aunque no sea la más fácil ni la más popular.

Y esto requiere valentía. Porque ir contra de la corriente nunca fue cómodo. Sin embargo, también genera un efecto contagio. La integridad, aunque silenciosa, tiene un poder transformador. Una persona que actúa con rectitud puede influir en su entorno más de lo que imagina. Es como una pequeña luz en un cuarto oscuro: no elimina toda la oscuridad de golpe, pero cambia la percepción del espacio.

Hay también un aspecto esperanzador que no se puede ignorar. La Biblia no solo diagnostica la corrupción; también ofrece redención. Habla de un Dios que no abandona al ser humano en su condición, sino que propone un camino de restauración. Esto no es un escape de la realidad, sino una invitación a participar activamente en su transformación. El evangelio del Reino no es un mensaje pasivo; es una convocatoria a vivir de manera distinta aquí y ahora.

En términos prácticos, esto puede traducirse en hábitos concretos: administrar los recursos con responsabilidad, rechazar atajos injustos, promover la equidad en los espacios donde uno tiene influencia, por pequeños que sean. No todos van a cambiar el mundo desde grandes plataformas, pero todos pueden aportar desde su lugar. Y, aunque suene simple, muchas veces lo revolucionario está en lo cotidiano.

Ahora; es menester ser muy prudente y tener cuidado con los pasos a dar. Porque si uno se lo toma demasiado en serio, al extremo de constituirlo una obsesión, corre el riesgo de volverse rígido o moralista. La realidad es que todos estamos en proceso. Nadie tiene un historial perfecto. La diferencia está en la dirección: si uno elige justificar la corrupción o confrontarla, aunque sea de a poco.

También es importante evitar caer en extremos ideológicos. La corrupción no es patrimonio de una corriente política ni de un sector social específico. Aparece donde hay poder sin control, deseo sin límite y conciencia adormecida. Por eso, un enfoque, sino objetivo, al menos pleno en imparcialidad, reconoce que el problema es transversal y que las soluciones requieren una mirada amplia, que incluya tanto reformas estructurales como transformaciones personales.

Desde una fe firme pero no religiosa en el sentido institucional, el énfasis está en la relación con Dios como fuente de renovación interior. No se trata de cumplir rituales, sino de permitir que esa conexión moldee el carácter. Porque, en definitiva, la corrupción se combate no solo con normas, sino con una identidad transformada. Una persona que entiende su valor y propósito es menos propensa a buscar ventajas a cualquier costo.

En el plano humano, esto se traduce en algo muy concreto: dignidad. Cuando uno reconoce su propia dignidad y la del otro, se vuelve más difícil justificar actos corruptos. La corrupción, en el fondo, deshumaniza: convierte a las personas en medios para un fin. El Reino de Dios, en cambio, las reconoce como fines en sí mismas.

Para cerrar, vale la pena recordar que la corrupción, aunque profunda y extendida, no es invencible. No porque el ser humano sea naturalmente bueno en todo momento, sino porque existe la posibilidad de cambio. Y ese cambio empieza en lo pequeño, en decisiones diarias que parecen insignificantes pero que, acumuladas, generan una cultura distinta.

Tal vez no podamos erradicar la corrupción de un día para otro, pero sí podemos reducir su espacio en nuestra propia vida. Y eso, lejos de ser poco, es el punto de partida más realista y más poderoso. Porque cada acto de integridad es una afirmación de que otra forma de vivir es posible. Y en un mundo donde la desconfianza crece, esa afirmación no solo es necesaria: es profundamente esperanzadora. Alguien podría preguntarme, ahora: Néstor… ¿Estás pretendiendo cambiar el mundo tú solo? No, estoy procurando ayudar a cambiar el corazón del hombre. Luego, ese hombre se encargará de poner de lo suyo para cambiar el mundo. Algo un tanto parecido a lo que hizo un tal Jesús de Nazaret, ¿Verdad?

Leer Más

4 – Lealtad

Jeremías 42: 5 = Y ellos dijeron a Jeremías: Jehová sea entre nosotros testigo de la verdad y de la lealtad, si no hiciéremos conforme a todo aquello para lo cual Jehová tu Dios te enviare a nosotros. Queda claro por si se te había olvidado. Dios será siempre testigo de tu lealtad, con él o con quien debas en la tierra. La Nueva Traducción Viviente lo dice así: Ellos dijeron a Jeremías: —¡Que el Señor tu Dios sea fiel testigo contra nosotros si rehusamos obedecer todo lo que él nos diga que hagamos! Aquí está fielmente relacionada con la obediencia.

La lealtad es una palabra breve, pero con un peso existencial enorme. No es una emoción pasajera ni una virtud decorativa: es una decisión sostenida en el tiempo. En un mundo donde lo inmediato, lo útil y lo descartable parecen regir muchas relaciones, la lealtad aparece casi como una resistencia silenciosa. No hace ruido, no busca aplausos, pero sostiene lo que de otro modo se derrumbaría: vínculos, compromisos, identidades y, en el plano espiritual, la relación entre el ser humano y Dios. 

Desde una mirada bíblica, la lealtad no es solo fidelidad externa; es coherencia interna. No se trata de cumplir por obligación, sino de permanecer por convicción. Hay una diferencia profunda entre quien “aguanta” y quien “permanece”. El primero resiste porque no le queda otra; el segundo elige quedarse porque ha encontrado sentido. En ese punto, la lealtad se vuelve una forma de amor en acción.

En las Escrituras, la lealtad aparece muchas veces entrelazada con la idea de pacto. Y un pacto no es un contrato comercial donde se calculan beneficios: es un compromiso donde la palabra tiene valor incluso cuando las circunstancias cambian. La lealtad, entonces, no depende del clima emocional ni de la conveniencia del momento. Es más parecida a una raíz que a una hoja: no se ve tanto, pero sostiene todo.

Llevando esto a la vida cotidiana, la lealtad se pone a prueba en cosas muy simples. No hace falta una gran crisis para medirla. Se manifiesta en cómo hablamos de alguien cuando no está presente, en si cumplimos lo que prometemos, aunque nadie nos controle, en si somos capaces de sostener a otros cuando ya no nos resultan “útiles”. En un entorno social donde muchas veces se valora más la rapidez que la profundidad, ser leal puede parecer una desventaja. Pero en realidad es una forma de sabiduría: lo que es sólido tarda más en construirse.

Ahora bien, ser leal no significa ser ingenuo. No implica tolerar abusos ni justificar lo injustificable. Aquí aparece un punto clave: la lealtad bíblica no es ciega, es consciente. Está alineada con la verdad. De hecho, una de las formas más genuinas de lealtad es decir la verdad con amor, incluso cuando incomoda. Porque la lealtad no busca quedar bien, sino hacer bien. 

En el evangelio del Reino de Dios, la lealtad adquiere un matiz todavía más profundo. No es solo una virtud humana, sino una respuesta a la fidelidad divina. Dios es presentado como alguien constante, firme, que no abandona su propósito a pesar de las fallas humanas. Esa fidelidad no es fría ni distante: es cercana, paciente, activa. Y frente a eso, la lealtad del creyente no es un esfuerzo aislado, sino una respuesta agradecida.

Hay algo profundamente transformador en entender que la lealtad no nace del miedo a perder algo, sino del reconocimiento de un valor. Cuando alguien descubre el valor del Reino de Dios, la lealtad deja de ser una carga y se convierte en una consecuencia natural. No porque todo sea fácil, sino porque hay una convicción que sostiene.

Socialmente, la lealtad tiene un impacto enorme. En tiempos donde la desconfianza puede volverse norma, una persona leal genera un espacio distinto. No es perfecta, pero es confiable. Y eso, aunque suene simple, es revolucionario. La confianza es uno de los bienes más escasos en muchas sociedades actuales. Y la lealtad es su principal fuente.

En lo ideológico, es importante mantener un equilibrio. La lealtad no debe confundirse con fanatismo. El fanatismo anula el pensamiento crítico; la lealtad lo integra. Una persona leal puede cuestionar, reflexionar, crecer. No necesita negar la realidad para sostener su compromiso. De hecho, una lealtad madura se fortalece cuando atraviesa preguntas difíciles.

Un detalle interesante es que la lealtad también se aprende. No es solo una cualidad innata. Se cultiva. Y como todo cultivo, requiere tiempo, paciencia y práctica. No se trata de hacer grandes declaraciones, sino de pequeñas decisiones repetidas. Cumplir un compromiso, llegar a tiempo, escuchar de verdad, no abandonar ante la primera dificultad. Son cosas simples, pero acumulativas.

Y sí, también hay lugar para el humor en todo esto. Porque la lealtad no es solemnidad permanente. A veces, ser leal implica quedarse en una conversación incómoda, acompañar a alguien en un mal día o incluso reírse juntos cuando nada sale como se esperaba. La lealtad sabe que la vida no es perfecta, y por eso no exige perfección para permanecer.

Un recurso práctico para desarrollar lealtad es revisar las propias palabras. ¿Prometo más de lo que puedo cumplir? ¿Digo “sí” por compromiso y luego me arrepiento? Ajustar el lenguaje es un primer paso. Otro recurso es identificar qué valores realmente sostienen la vida de uno. La lealtad no puede sostener todo; necesita un eje. En el marco del evangelio del Reino de Dios, ese eje es claro: amar a Dios y al prójimo. Todo lo demás se ordena alrededor de eso.

También es útil practicar la lealtad en lo pequeño. No hace falta esperar grandes desafíos. Ser constante en lo cotidiano entrena el carácter para momentos más complejos. Es como un músculo: si no se usa, se debilita. Si se ejercita, responde mejor cuando se lo necesita.

Hay una imagen muy poderosa en la idea de la lealtad: la de alguien que permanece cuando otros se van. No por terquedad, sino por convicción. En una cultura que muchas veces valora la novedad constante, la permanencia puede parecer aburrida. Pero en realidad es profundamente creativa. Porque sostener algo en el tiempo implica reinventarse, adaptarse, crecer sin perder la esencia.

En el plano espiritual, la lealtad también implica confianza. No siempre se entienden los procesos, no siempre las respuestas son inmediatas. Pero hay una decisión de seguir creyendo. No desde la negación de la realidad, sino desde la certeza de que hay un propósito mayor. Esa confianza no es ingenua; es una forma de ver más allá de lo inmediato.

Y aquí aparece un punto central: la lealtad no es perfecta. Hay caídas, errores, momentos de duda. Pero lo que la define no es la ausencia de fallas, sino la disposición a volver. A retomar. A seguir. En ese sentido, la lealtad tiene algo de resiliencia: no se quiebra ante la primera dificultad, sino que aprende a recomponerse. 

En lo humano, todos valoran la lealtad… hasta que cuesta. Porque mientras es fácil, nadie la cuestiona. Pero cuando implica renunciar a algo, cuando exige paciencia, cuando no hay reconocimiento inmediato, ahí se revela si es real o solo una idea bonita.

Por eso, la lealtad está profundamente conectada con la identidad. No es solo algo que se hace, es algo que se es. Una persona leal no actúa así ocasionalmente: lo integra a su forma de vivir. Y eso genera una coherencia que, aunque no siempre sea visible, se percibe.

En el mensaje del Reino de Dios, la lealtad encuentra su máxima expresión en la encarnación de la palabra: no es solo discurso, es vida. No se trata de repetir conceptos, sino de vivirlos. Y ahí está el verdadero desafío: hacer que la lealtad deje de ser una idea abstracta y se vuelva una práctica cotidiana.

En términos simples, la lealtad es elegir permanecer cuando sería más fácil irse, decir la verdad cuando sería más cómodo callar, sostener cuando sería más liviano soltar. No siempre es la opción más rápida ni la más cómoda, pero sí la más significativa.

Y, como cierre, una idea que resume todo: la lealtad no garantiza una vida sin conflictos, pero sí una vida con sentido. Porque en un mundo cambiante, donde muchas cosas van y vienen, la lealtad se convierte en un ancla. No para quedarse quieto, sino para no perder el rumbo.

Quizás no sea la virtud más visible, ni la más celebrada en redes sociales, pero es una de las más necesarias. Y cuando se vive desde una fe firme en el evangelio del Reino de Dios, deja de ser solo una cualidad humana para convertirse en un reflejo de algo mucho más grande: una fidelidad que no se agota, que no se rinde y que sigue creyendo, incluso cuando todo invita a lo contrario.

Leer Más