Cuando el Entendimiento Está Entenebrecido

 

(Efesios 4: 19) =  los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza.

¡Ey! ¿Me está diciendo esto que un creyente puede entregarse a la lascivia? ¡Claro! Porque lascivia no tiene necesariamente que ver con sexualidad desenfrenada, aunque naturalmente la incluya, sino que significa que esa persona se ha dejado gobernar por sus sentidos. Lo que yo veo, lo que yo oigo, lo que yo siento, lo que yo proceso a nivel sensorial, nada más. Y dice que estas personas cometieron con avidez toda clase de impurezas. No pienses solamente en desviaciones sexuales y todo eso, porque cuando una persona tiene como voz divina a sus sentidos, esa persona es una persona sensual. Esa es una persona natural, terrenal. Es obvio que incluye todo aquello que está en los primeros lugares del ranking de pecados, pero no es el todo, es mucho más que eso.

En conclusión y de acuerdo con todo lo que hemos venido escribiendo en estos últimos tiempos: ¿Qué hemos aprendido de nuevo, si es que podemos llamarlo así? Principalmente, la diferencia entre los ministerios y el ministerio. Hemos entendido que hay dos tipos de personas en el Cuerpo de Cristo, y que ambos son necesarias e importantes. Hemos entendido cómo operaba el Reino en Cristo, como operaba el Reino en la iglesia, y vamos a entender por qué vinieron los ministerios. Hemos entendido que lo que Dios espera de nosotros, si nosotros buscamos los opuestos de estas definiciones, qué es lo que Dios quiere de nosotros. Número uno, que tengamos nuestro entendimiento iluminado. Dios quiere que tu entendimiento siempre tenga de Su luz. Número dos, que siempre participes de la vida de Dios. Número tres, que no tengas ignorancia, que tú corazón sea sencillo y sensible a Dios.

Son los opuestos a lo que hemos visto. En lugar de un entendimiento entenebrecido, un entendimiento iluminado. En vez de excluidos de la vida de Dios por la ignorancia, partícipes de la vida de Dios por un corazón sensible. Eso quiere Dios de nosotros. Si hay algo que en este tiempo es vital y clave, eso es capacitar a la iglesia, para que sea ella la que edifique el Cuerpo de Cristo. Y por eso es que tú estás allí, del otro lado. No para aprender cómo se mueve un profeta o un apóstol, sino para poner tú parte en todo esto, y edificar el Cuerpo de Cristo. Recuerda: algunos fueron llamados a edificar y otros a capacitar a los que luego edificarán. No sé a qué fuiste llamado tú, me bastará saber a qué he sido llamado yo, porque eso me permitirá hacer mi trabajo bien y con la máxima excelencia que me sea posible.

Y si estamos hablando de edificar, deberíamos comenzar por algo que no sólo es un punto débil en el ministro, sino también, me atrevo a decir, en toda la creación: el carácter. Creo que no descubro nada si digo que la mayor parte de los seres humanos tienen, como problema fundamental, su carácter. Creo que quien quiera que dijera que con una simple charla o plática puede llevar a alguien a cambiar su carácter, sería poco menos que ridículo. El tema es de tanta profundidad que nadie podría consignar que sea factible cambiar algo de manera tan simplista. Tú carácter no vino así como es de la nada, sino que responde a una historia vivida, a una genética humana recibida por herencia y hasta a una genética espiritual. Carácter, en alguna de sus traducciones más amplias, llega a rotularse con una palabra que nos resulta muy conocida: Ágape, y que siempre traducimos como Amor, aunque dista mucho de ser algo romántico y sensible.

De todos modos, si queremos avanzar algo al respecto, deberíamos comenzar, primeramente, sabiendo por qué razón es que Dios nos da los ministerios. En primer lugar, déjame decirte que hay un grupo al que tranquilamente se podría denominar como secesionista, que está trabajando muy duro para procurar demostrar que los ministerios ya no existen como tales. Sin embargo, curiosamente, los únicos ministerios que ellos atacan casi vorazmente, son los apostólicos y proféticos. No parecerían tener problemas con los restantes. Por lo menos, es muy curioso, ¿Verdad?

Convengamos que, pese a que todo lo que nos llegue siempre nos debe merecer el mayor respeto porque en este tema nadie tiene, -hasta donde yo sé-, la verdad absoluta, esa postura de esta gente no tiene demasiada solidez, ya que su mayor sustento o fundamento es el que emana de sus propias deducciones. En lo personal y sin que esto tenga validez de palabra revelada o enseñanza espiritual, yo pienso y creo que todo pasa por una simple cuestión de control. A un pastor, a un maestro y a un evangelista, se le pueden marcar pautas para su trabajo porque el mismo no tiene demasiado contenido místico, sino que más bien se enrola en lo puntual, en lo práctico y en lo efectivo. Pero a los apóstoles y muy especialmente a los profetas, es muy difícil, complicado y hasta imposible controlarles o dirigirles su trabajo desde afuera.

Ellos, -si son lo que aseguran ser-, trabajan con órdenes directas del cielo y, poner en duda esto o cuestionarlo, ingresa en el terreno de los debates y las luchas internas, que lo único que han producido hasta el momento, son enfrentamientos, críticas y censuras de ida y vuelta que, a todas luces, lleva al mundo secular que lo mira desde afuera, una clara sensación de una puja por el poder y hasta los intereses materiales a las que tan acostumbrado está en los demás rubros. Esa, a mi entender, es la asignatura pendiente de este tiempo, trasladar a la iglesia del Señor a lo que es, un cuerpo de representantes espirituales del Cuerpo de Cristo en la tierra, y no una organización religiosa que lucha por espacios de poder de los que ni siquiera la política terrenal está ausente. Y esa no es nuestra Gran Comisión, de eso tampoco tengo dudas.

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Alegrando El Corazón Del Padre

 

(Efesios 4: 14) = para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, (15) sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, 

Eso sólo se logra cuando la gente se dedica al ministerio. ¿Quieres alegrar al corazón del Padre? Capacita la iglesia. Enséñale a hacer las cosas. No las hagas tú por ellos, (Por favor, hacer copy-paste con esta frase, ampliarla y pegarla en las paredes de todos los templos, salones o lo que sea que se utilice como asamblea, iglesia) que sean ellos las que las hagan. Si eres pastor, (Después hablaremos con mayor relieve de esto), no resuelvas sus problemas, enséñales a resolverlos por sí mismos. La primera vez, ora por su enfermedad; la segunda vez, enséñale a orar. La tercera vez, déjalo solo. ¿Suena cruel? No lo es. Sólo es Justo.

Tú puedes ayudar a tu hijo a comer mientras es niño, pero cuando ya es adulto tendrás que dejar que coma solo. Hay gente que lleva veinte años en una congregación y todavía no sabe diferenciar su mano derecha de su mano izquierda. No sabe por qué le pasan las cosas, no sabe su llamado, no sabe cuáles son sus dones, no sabe para dónde va, no sabe cómo orar. No sabe hacer negocios, siempre se asocia con sinvergüenzas. No sabe con quién sale su hija que termina casándose con un tipejo que la maltrata. ¿De qué le sirvió su salvación? Nadie podrá negar que no fue pastoreado, tal vez sí lo fue, pero déjame decirte que jamás fue capacitado. Fue permanentemente conducido. Por eso es que la Biblia, en el Nuevo Testamento, desde el libro de los Hechos en adelante, solamente menciona la palabra pastor, una vez. Es más; si algún ministerio debería desaparecer, ese es el ministerio del pastor. Gracias a sus asistencialismos tenemos una iglesia débil, sin fuerzas propias. ¿A alguien le duele leer esto? Lo siento, es la verdad y el dolorido también lo sabe.

(Efesios 4: 16) = de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, (Las coyunturas son los ancianos) según la actividad propia de cada miembro, (¿Leíste bien? Dice de cada miembro) recibe su crecimiento para ir edificándose en amor. (Todo cuerpo está llamado a crecer armónicamente. Imagínate a una mano creciendo más que la otra.)

(17) Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, (18) teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; 

La pregunta, es: ¿Cómo andan los gentiles? En la vanidad de su mente. ¿Cuántos gentiles conoces o has visto en estos últimos tiempos? Yo, algunos. Los que andan en la vanidad de su mente y en la sabiduría de su propio pensamiento. Y en el final dice que es por causa de la ignorancia que en ellos hay. Quisiera recordarte que está hablando de cristianos, ¿Entiendes? Está hablando de creyentes, pero que no han alcanzado a saltar al otro lado. Personas que nunca renovaron su entendimiento.  Y dice: por la dureza de su corazónImagínate la escena, que por otra parte no es ni nueva ni demasiado imaginaria. Personas que tienen una experiencia tremenda en el espíritu, van a contárselo a sus líderes y estos no tienen mejor idea que reprenderlos porque lo que están viviendo, dicen, es contrario a los postulados de su doctrina denominacional. Puedes llamarlo extrema severidad, puedes llamarlo excesivo celo, o puedes llamarlo legalismo, si es que quieres confrontarlos. Yo me quedo con lo que dice aquí: dureza de corazón.

Veamos: ¿Cómo se puede operar en el Reino? Por fe. Ah, ¿Y de dónde nace la fe? Del corazón. No nace del espíritu, nace del corazón. Por eso, la persona que es dura de corazón, tampoco va a expresar fe. Esto, pues, digo y requiero en el Señor. ¡Me impresiona Pablo cuando dice eso! Escucha: la gente más dura que yo he conocido, (Y no creo ser el único), no ha sido gente incrédula, ha sido gente supuestamente creyente. Lo que sucede, y ahora creo que vas a entenderlo con claridad, es que cuando llega alguien que ha vivido alguna experiencia diferente a todo lo acostumbrado en el marco del o de los grupos que conformamos, la gran mayoría se sobresalta y entra en desconfianza, ¿Sabes por qué? Por la vanidad de su mente. ¿Cómo? ¡Claro! No aceptan eso que está viviendo ese hermano por la simple razón de que no lo entienden con su mente, y no están preparados para aceptar nada que no procesen y entiendan con su mente.

Y luego fíjate lo que dice: teniendo el entendimiento entenebrecido. ¡Esto es muy feo, es horrible! Porque quiere decir que las tinieblas han ganado terreno en esa vida. Porque no encuentro forma de que tu entendimiento no esté entenebrecido, sino ha sido contaminado con las tinieblas. Y no sólo eso, sino que es notorio que esas tinieblas han tomado control y poder sobre ese pensamiento. ¿Y has visto lo que dice a continuación? ajenos de la vida de Dios. Esto significa, literalmente, fuera del Reino.  ¿Y a causa de qué? De la ignorancia de ellos. Entonces ahora pregunto: ¿Y por qué son ignorantes? Por la dureza de su corazón. Dios jamás condenará a una persona por su ignorancia, la condenará por la dureza de su corazón, que fue lo que lo llevó a la ignorancia. Comienza ya mismo tu proceso personal para ablandar tu corazón. No sé si ganarás cosas palpables o evidentes, pero sí te garantizo que alegrarás el corazón del Padre. Y eso no es poca cosa, créeme.

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Ministerios & Ministros

(Efesios 4: 11) = Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, (12) a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, 

Veamos. Tómate unos minutos en el verso 12. Mira; lo primero que deberemos hacer, es empezar a cambiar el vocabulario que la iglesia tradicionalmente maneja. En realidad, existe un solo ministerio. ¡Perdón, hermano! ¡Yo no veo eso, aquí! Déjame explicártelo mejor. Si llegáramos a reunir toda la lista de ministerios y probables ministerios, encontraríamos algo así como veinte o veinticinco, de acuerdo con el conteo que han realizado probos maestros y estudiosos de las escrituras. Estoy refiriéndome a dones, ministerios y operaciones. Pero resulta ser que aquí, Pablo, habla del ministerio. Y lo hace en singular. Plural, muchos, singular, uno. Punto. Él dice, lo leíste conmigo: a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio. Entonces la pregunta, es: ¿Qué diferencia hay entre el ministerio y los ministerios? El ministerio, la razón de todo lo que existe, es la edificación del Cuerpo de Cristo. Ese es el ministerio. La edificación del Cuerpo de Cristo.

Los ministerios existen sólo para cumplir con esto, El ministerio. ¿Está claro o se me enredó? Empecemos por ver que la palabra Ministerio, significa Servicio. Entonces dice: a fin de perfeccionar a los santos. ¿Quiénes son los santos? Mira; en este momento, yo a la distancia, estoy haciendo un trabajo maravilloso porque cumplimenta un mandamiento: los estoy perfeccionando, madurando, capacitando a ustedes. ¿Y para qué se supone que me toca hacer todo eso? Para que después ustedes hagan algo que es vital: edificar el Cuerpo de Cristo en la tierra. Cuando cualquiera de ustedes se maravilla de algo que aprendió y va y se lo enseña a otro hermano, tienes dos alternativas: o eres tú el que directamente edifica el Cuerpo de Cristo, o enseñas a otros hermanos para que ellos vayan y lo hagan. Hay una diferencia.

Opción uno: yo edifico el Cuerpo de Cristo. Opción dos: yo enseño a otros a edificar el Cuerpo de Cristo. En la iglesia, entiende, siempre ha habido dos tipos de personas. Las personas que edifican el Cuerpo de Cristo y las personas que edifican a los que van a edificar el Cuerpo de Cristo. No existe nadie más. Cualquier otra cosa no es iglesia, es visita. O lo peor: infiltrado. Puede haber un grupo que tenga la suficiente unción como para edificar el Cuerpo de Cristo. Pero lo harán solos. ¿Qué pasa si ese grupo se pone a capacitar a otros para hacer lo que ellos hacen y, con el correr de los días, todos los que oyeron esas enseñanzas ya están en condiciones de edificar el Cuerpo de Cristo? Será muy bueno y Dios se agradará mucho de ellos.

 La gran pregunta, entonces, es: ¿Cuál de estas tareas es la más importante, edificar el Cuerpo de Cristo o capacitar a otros para edificar el Cuerpo de Cristo? La segunda. Sólo un detalle: para la primera, no necesitas ser llamado. Para la segunda tarea, sí necesitas ser llamado y, además, también enviado. Esa es la diferencia entre aquel que es ministro y aquel que no lo es. Pero ahora nos encontramos con la otra disyuntiva. ¿Todo creyente, aún aquel que lleva apenas un día de convertido, puede ser un ministro del Señor? Absolutamente. Nadie podría discutir eso. ¿Y él puede edificar al Señor? ¡Por supuesto! Edifica con su fe, con su amor, con su testimonio, con su evangelismo, con todo lo que él haga, edifica el Cuerpo de Cristo. Todos ustedes que están allí, del otro lado, están porque alguien les habló del Señor, un día lo aceptaron y ahí mismo fueron insertados en Su Cuerpo.

Pero, y atención con esto: no todos los que están reunidos en los distintos grupos o congregaciones, tienen el llamado para capacitar a los edificadores. Y esa es la gran diferencia existente entre los que hemos sido llamados a capacitar y los que van a edificar. Una simple familia que un día y a partir de alguno de sus miembros llega a convertirse por completo y, el primer día que retornan de un culto, se sientan a la mesa para comer y el padre dice: “Bueno, ahora somos cristianos y debemos orar por la comida. Nunca lo hicimos, pero ahora debemos hacerlo”. ¿Está este buen hombre edificando el Cuerpo de Cristo? ¡Claro que sí! ¿Con esa cosa tan simple? Sí, porque de muchas simplezas se conforma un todo de profundidad extrema. Y todo esto le va a traer, a ese buen hombre, muy buen fruto y gran bendición, pero; ¿Podemos llamar a este simple hombre un líder o ministro? ¡No! Simplemente está ejerciendo su autoridad como jefe de un hogar, eso es todo. De esto es de lo que habla Pablo en Corintios 14. Hermanos, cuando ustedes se reúnen, cada uno de ustedes tiene salmo, tiene lenguas, tiene palabra, profecía. Hágase todo para edificación.

Lo ideal es que, cuando la iglesia se reúne, todos tengan algo para edificar. Por eso es que no se deberá procurar ni incentivar a que la música que se ejecuta en los templos sea solamente música, que tengan un espectáculo de luz y sonido muy bueno, pero convertido en un show para lucimiento personal de los músicos, mientras la gente se limita a mirar sin participar en nada. La idea es que todos, músicos y gente, edifiquen el Cuerpo con cánticos, palabras, oraciones, alabanzas y adoración en espíritu y verdad. Esto ha sido, partiendo de algo bueno, una lisa y llana tergiversación de una tremenda palabra, como es: adoración. Porque la adoración, y también la alabanza pueden, si cabe y están dadas las condiciones, recibir la apoyatura de la música, pero no significa esto que decir alabanza y adoración deba interpretarse directamente como música, ¿Se entiende?

En suma: ¿Qué es lo que Dios quiere de su iglesia? Que capacitemos a los santos. ¿Y con qué objetivo? La palabra dice que para llegar a la unidad de la fe. ¿Y qué pasa cuando llegamos a la unidad de la fe? El Reino se establece. Y lo hace a la imagen de un Adán maduro, no de un Adán inmaduro. No llegó a madurar. ¿Por qué? Porque no tomó del árbol de la vida. Adán fue un fruto que se cortó cuando estaba verde. Y fíjate que las propias frutas te dan la pista. Mientras que lo maduro siempre es dulce y apetecible, lo verde o inmaduro siempre es agrio y además produce serios problemas. Y este pasaje concluye diciendo que todo es a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

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La Hora de Los Testigos

¿Recuerdas qué les dice Jesús a sus discípulos en las vísperas de todo su calvario? Les dice que cuando venga el Espíritu Santo, mayores cosas harán, de acuerdo “con las que yo hice”. Jesús les dice, en Hechos 1:8: Esperen; después de recibir el Espíritu Santo, me serán testigos, en Jerusalén, Judea, Samaria, y hasta lo último de la tierra. La palabra testigo, es mártir. Son muchos los que todavía no terminan de entender cuál es la función del Espíritu Santo. No es una sola, pero te digo la primera: llenar el espacio que tu fe no puede llenar. Eso nos llevaría a decir que estamos firmes, por Su Espíritu. Y fue el Espíritu también el que llenó el espacio que el temor a morir inundaba a todos ellos. Es mucha la buena gente, sincera y fiel, pero sinceramente equivocada, que se ha atemorizado por lo que entiende como un exagerado énfasis respecto al Espíritu, entonces inevitablemente caen en la contraria: lo ignoran, lo marginan y hasta lo olvidan. ¿Creen estar en la Verdad? Lamentablemente si, lo creen. El engaño satánico funcionando a todo vapor…

Está más que claro que en Pentecostés, lo que vino nuevamente fue el Reino. En este caso, representado por el Espíritu Santo. Por eso sucedieron todas esas cosas que sucedieron, pudieron oír el mensaje del Reino cada uno en su propio idioma, hubo diversidad de dones desparramados entre todos los asistentes. Fue el Reino el que vino otra vez. O sea: no es que vinieron dones, ¡Vino el Reino! El Reino vino a la tierra, y su primera tarea fue insertarse en las áreas débiles que tenían todos los creyentes. Entonces tú puedes ver, ya en el final del capítulo 2 y comenzando el 3, a Pedro levantarse y predicar la palabra con valentía frente a mucha gente. Más de cinco mil personas lo escucharon. ¿Y cómo sabemos eso? Porque ese fue el número de personas que se convirtió. ¡Lo dice allí! ¿Pero entonces pudieron ser más los que estaban allí? Sí, pero eso ya sería conjeturar, y no me gusta hacerlo. La Biblia es para leer, aceptar, creer y poner por obra, no para inventar hipótesis humanas.

La pregunta, es: ¿De dónde Pedro sacó coraje para hacerlo? ¿Pero es que era Pedro? No, era el Espíritu. Era el Reino viviente. Y cómo será el impacto que, si lo recuerdas, Jesús no pudo llenar de valor a Pedro cuando queriendo caminar sobre las aguas, comenzó a hundirse, y empezó a los gritos a clamar para que Jesús lo salvara. Pero el Espíritu Santo vino y en un segundo, Pedro se convirtió en un león. Es necesario que yo me vaya… ¿Recuerdas? ¿Cuál es la acción directa del Espíritu Santo? De que lo que a Pedro le tomaría veinte años, lo hace en un instante. Y la buena noticia es que eso mismo que hizo con Pedro, y más, puede hacerlo contigo hoy mismo. ¿Y qué necesito para que lo haga? Lo mismo que necesitaste para caminar junto a Jesús: fe. Entonces sí la iglesia puede empezar a operar de inmediato.

No necesitas veinte años de ministerio, no necesitas cuarenta años de seminario. En un instante la iglesia se transforma si es inundada por el Espíritu Santo. ¿Nunca te preguntaste por qué razón la gente comenzó a vender todas sus propiedades y traer lo recaudado a los pies de los apóstoles? ¡Ellos ni abrieron la boca para pedir nada! ¡Lejos de hacer como hoy, que se invierten dos horas de sermón para poder levantar una ofrenda interesante! ¡No fue manipulación, fue el Espíritu! La pregunta, es: ¿Qué se soltó con el Espíritu, en ellos, generosidad? No. Se soltó fe. La gente decide dar, dar y dar, porque tiene fe. Si no, no le sacas una miserable moneda. Ese anillo, esa burbuja que Jesús formaba con el Espíritu Santo, ¡Llegó hasta España! Y fue algo que los discípulos no pudieron ver cuando estuvieron con Jesús, sin dudas.

Sin embargo, hay algo que el Espíritu no hace, y es cambiar tu carácter. Esa es una acción de voluntad personal. Por eso se puede ver que aquel hombre llamado Ananías y su esposa Safira, aún dentro de la atmósfera de Reino que había, ellos colapsan. El pecado fue mentir, ¿Si? ¿Y alguien sabe por qué mintieron? Porque quisieron retener el dinero. Porque tuvieron miedo de quedarse sin nada. En suma, mintieron por falta de fe. Cuidado, porque nadie los había obligado a dar nada. En un principio ellos decidieron donar el dinero recaudado por la venta de su casa, pero luego, por miedo, decidieron quedarse con algo. Lo único que hizo el apóstol, fue preguntarles si esa era la cantidad correcta.

 ¡Ahí fue donde mintieron! Porque si ellos le hubieran respondido que no, que estaban guardando algo para ellos por si las moscas, nadie les hubiera reprochado nada y mucho menos hubiera bajado ningún rayo del cielo para calcinarlos. ¡No fue un problema de suma de dinero, fue una innecesaria mentira! Porque fue una mentira guiada por la falta de fe. Que terrible es cuando se comienza algo en fe, por ejemplo: ¡Vamos a tomar la ciudad! Y al segundo siguiente alguien dice: oye…mejor no, ok? Si empezaste algo en fe, termínalo en fe. Los cristianos no podemos ser de esa clase de personas que retroceden ante lo mínimo. El Espíritu Santo viene y nos sostiene a todos. Hace a Pedro un tremendo predicador, a Juan súper amoroso.

Entonces resulta que el Espíritu Santo desciende, trae el Reino y la iglesia, la recién constituida iglesia, es el elemento que puede anclar el Reino en la tierra. Siempre y cuando la iglesia manifieste fe y dependencia al Espíritu Santo. Cuando alguien contrista al Espíritu Santo, tira por la borda cualquier posibilidad de salvación, de ayuda, de recuperación. Por eso es que Jesús dice que al que peca contra el Espíritu Santo no se le perdonará nunca, ni en este siglo ni en el venidero. Parece demasiado duro, ¿Verdad? ¡Pero así lo dice! Lo que sucede es que una persona que niega al Espíritu Santo, ya es imposible que pueda ser alcanzada. Ese es un suicidio teológico terrible. No hay nada más que hacer. Volviendo al texto de Efesios 4, ¿Cómo encaja todo esto? En una síntesis, encaja de una sola manera: Unidad. Pero justamente Unidad en el Espíritu, no denominacional, no doctrinaria, no emocional, no cultural. Es Unidad en el Espíritu Santo o es más Religión; tú eliges.

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Las Cinco Piedras de David

En la carta a los Efesios, nos encontramos con la mención de los cinco ministerios, y quisiera decirte, por qué razón yo creo y estoy firmemente convencido que los ministerios son importantes. No tiene lógica (No me gusta esta palabra, porque es infiltración griega y está en contraposición con la fe sencilla, pero aquí cabe), tratar de exponer algo, si no sabemos la utilidad de lo que exponemos. Es mucho lo que se ha dicho de los ministerios, pero mucha también ha sido la confusión al respecto, sólo por no haber sido definitivamente claros y concisos a la hora de mostrarlos. En primer lugar, para evitar ingresar nosotros también en el mismo nivel de confusiones, vamos a leer el texto donde se los menciona, pero en contexto, como se debe hacer siempre.

(Efesios 4: 7) = Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. 

(8) Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres.

(9) Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? 

(10) El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. 

 (11) Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, (12) a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, (13) hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; 

Resumiendo: los ministerios son enviados de parte de Dios, para que nosotros podamos completar la imagen de Dios en nosotros. Esa es la razón. Este es un tema de recuperar la imagen. Volvamos al ejemplo. Sigo con el relato. Cuando Jesús se va, Él había anticipado que su partida no era el final de todo. Incluso les llega a decir que es conveniente que Él se vaya, porque cuando Él se vaya vendrá el Espíritu Santo y después, todo lo que ustedes conocen. Entonces, la pregunta cabe: ¿Cuál es la utilidad de que el Espíritu Santo venga? En ese momento, los discípulos no vieron ninguna utilidad, por eso le dijeron que no, que preferían que Él se quedara, que no se fuera. Y allí es donde Jesús les dice que no, que si Él no se va, el Espíritu no puede venir.

Y los discípulos, a decir verdad, no terminan de entender del todo por qué razón tendría que venir el Espíritu Santo. Jesús les dice que Él les guiará a toda verdad y les va a recordar todas las cosas que Él les habló. En suma; Jesús les dice a sus discípulos que necesitan que venga el Espíritu Santo, para que Él les haga entender todas las cosas que todavía no han entendido. Considera que apenas un par de parábolas se les explicó a los discípulos. A la gran mayoría de las parábolas, Jesús no las explicó. Y no creo que ellos mismos las entendieran. Algo tan importante como su muerte y su resurrección, no lo habían entendido. Y eso que Jesús lo había hablado.

Entonces Jesús se va, muere, asciende, y el Espíritu Santo, en Hechos 2, desciende sobre los discípulos. ¿Y qué es lo que el Espíritu Santo trae? Antes que pienses una respuesta, te formulo una pregunta: Cuando Jesús se fue, ¿Se llevó el Reino o lo dejó? Piénsalo. Volvamos hacia atrás. ¿Qué hicieron después que Jesús se fue, los discípulos? Se llenaron de temor, se dispersaron, se escondieron, sus ojos se cegaron, tanto que ni siquiera lo pudieron reconocer, o sea: ¿El Reino se quedó o se fue? Se fue, ¿No es cierto? Sí señor, se fue. El Reino sólo estaba presente porque Jesús estaba presente.

Y no tenía una imagen, no tenía un equivalente, ni siquiera Juan tenía la imagen de Jesús, nadie podía soportarlo, nadie podía anclar el Reino a la tierra. ¡No podían! Entonces, cuando Jesús se va, se va el Reino también. Y ahí quedamos otra vez como estábamos antes que Él llegara. Por eso la reacción de todos los discípulos. El único que pasa la prueba, fíjate, es Juan. Él no tuvo temor de estar junto a la cruz. ¿Podía Juan haber sentido temor? ¡Pero claro que sí! Podrían haberlo vinculado con Él, tranquilamente, y haberlo detenido primero, metido en la cárcel después y ejecutado finalmente. Pero a él no le importó. ¿Y saben qué? Esa es la única razón por la cual, Juan, es el único de todos los discípulos que muere de muerte natural. El premio de su valentía, fue que no tuvo que pasar por martirio para morir.

Y esto se cumple en Apocalipsis. Estos son los que han vencido, aquellos que negaron sus vidas hasta la muerte. ¿Por qué él pudo morir de muerte natural? Porque mientras estuvo siguiendo a Jesús, él mismo decide no tenerle temor a la muerte. ¡Si me tienen que matar, pues que me maten! Aquí estoy yo y no me muevo. ¿Y cuál fue el premio de eso? Que la muerte, a él, no lo podía tocar. Por eso termina muriendo de muerte natural, como cualquier buen anciano de buena cantidad de días encima. Es el único. Pero todos los demás discípulos, tuvieron temor. Y la consecuencia de ello, fue que todos ellos tuvieron que vencer ese temor. ¿Y cómo lo vencerían? Sufriendo el martirio.

Nadie puede pasar al otro lado si no vence el temor a la muerte. Estos son los que han salido, los que han escapado de la gran tribulación, los que negaron su vida hasta la muerte. Son tres requisitos, pero ese es uno. Entonces, ¿Qué sucede? Se quedan sin el Reino, desconsolados, atribulados, tristes, y ¡Ni siquiera se creen entre ellos! ¿Recuerdan ustedes cuando las mujeres dicen que el Señor resucitó? ¡Nadie les cree! Ni siquiera la capacidad de confiar en sus palabras, quedó. Todo se fue. ¿De qué le hubiera servido al Señor dejar doctrina? Lo que Él esperaba en ellos, era fe. Pero la fe que ellos tenían, era una fe de Reino. ¿Qué quiere decir una fe de Reino? Que cuando tú entras a la atmósfera que Jesús generaba, automáticamente sentías fe, manifestabas fe. Pero en el momento en que salías de la burbuja, esa fe no era tuya. Se iba. Cuando el Espíritu Santo desciende, desciende al Reino. Y genera una atmósfera, genera fe, es decir: genera lo mismo que Jesús generaba. Lo mismo; los milagros, la fuerza, la convicción, la fe, la tenacidad. ¡Todo lo que Jesús generaba, luego lo generaba el Espíritu Santo!

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Introduciéndonos al Reino

Jesús trae la imagen del hombre perfecto. Pero no la trae suelta. ¿Por qué? Porque en el sistema en el que Jesús aparece, y estoy hablando de la cultura, estoy hablando de ese momento, más o menos allá por el año cero, o en el año seis, o en el año tres, era un sistema corrupto, caído. Aún el sacerdocio de ese tiempo era corrupto. Jesús no tenía dónde poner un pie sin ensuciárselo.  Todo lo que estaba en ese momento era sucio, era corrupto. La palabra dice: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. ¿Recuerdas? Jesús es introducido en el mundo como si fuera dentro de una cápsula dentro del Reino. El Reino es lo que viene, es esa atmósfera impresionante que desciende del cielo, porque dice: el Reino de los cielos se ha acercado, y Jesús está en medio. Me pregunto, ya que estamos, cuánto habrá cambiado ese sistema en el día de hoy… ¿Qué crees?

Imagínate un círculo invisible, más o menos de dos metros, alrededor tuyo, y donde tú te mueves, ese círculo se mueve contigo. Ese es el Reino, entonces la gente te escucha, pero para que la gente pueda creer en ti, tiene que introducirse dentro de ese círculo, dentro de esa atmósfera. Alguien entra y entonces sus ojos se abren de la sorpresa y el asombro porque ve y cree inmediatamente. Y, por favor, no lo tomes como una licencia poética apropiada. ¡Yo lo viví y te aseguro que es así! Entonces luego sale de ese lugar y queda como medio atontado, anonadado, shockeado todavía por la experiencia, queda inmovilizado. Por esa razón fue que toda esa gente que fue sanada y liberada por Jesús, no apareció cuando a Él lo tomaron prisionero, e incluso cuando fue llevado a la cruz. ¿Dónde estaban? ¿Dónde está Jairo? ¿Dónde están Lázaro y sus hermanas? ¿Dónde está toda esa gente? ¿Los cinco mil que comieron los panes y los peces multiplicados?

Imagínate a eso hoy, un ministro que llegue y ore por tu hijo y le sane una tremenda enfermedad, ¿No estarías agradecido de por vida con él? ¿Dónde estaban todos? La atmósfera del Reino era lo que provocaba que la gente se sostenga. El círculo de Jesús no era de dos metros cuadrados, era una cosa inmensa. Esa gente no tuvo hambre, no tuvo sueño, se olvidó del trabajo, se olvidó de la familia, ¡No quería moverse! ¡Quería seguir ahí! ¿Y dónde estaban? Estaban en el Reino.  Jesús sólo operaba en el Reino, y el Reino podía ir a un lugar, siempre y cuando hubiera fe. En el caso de Samaria, dice que no pudo entrar porque la gente no tenía fe. Jesús no era alguien que pudiera hacer algo fuera de la atmósfera del Reino. Es necesario que entiendas bien esto. No era el Súperman que podía hacer lo que quería y se iba volando, no. ¿Sabes por qué? Cuidado porque a lo mejor te choca esto que digo: Pero Él estaba sujeto al Reino. ¿Entiendes ahora la distancia entre ese Reino y ese del que tantos hablan ligeramente, hoy?

Era el Reino el que determinaba dónde Él podía ir y dónde Él no podía ir. Había lugares donde Él no podía ir. Aunque era el Hijo. No podía. Era necesario que Él se mueva simplemente donde el Reino podía obrar. Cuando los discípulos son comisionados, como leemos en Mateo 10, “Vayan de dos en dos”, ¿Recuerdas? Ellos son parte de esa burbuja, de esa cosa invisible que es el Reino.  Entonces van y hacen, y aunque viajaron un par de días, eso se extendió. El Reino se extendió. ¿Y por qué se extendió? Porque la fe de ellos era lo que provocaba su permanencia dentro del Reino. Alguien dio un muy buen ejemplo que vale la pena compartir. Filmado en cámara lenta, alguien introduce su mano en una burbuja de jabón sin romperla. ¡Pero eso es imposible!  ¡Al menor contacto la burbuja estalla! Sí, salvo que te mojes la mano antes de introducirla. La mano mojada penetra la burbuja sin romperla.

Venimos de un ejemplo sobre el Reino con relación a una gran burbuja. La mano hidratada, en este caso, es la fe. Solamente puedes introducirte al Reino sin problemas, estando hidratado con la fe. Y con esa misma hidratación, puedes moverte dentro de esa burbuja con total libertad y éxito en todo lo que hagas. Si no tienes una mínima fe, ni lo intentes. Es decir que ellos, todos ellos los que además de Jesús pudieron hacer grandes milagros y los hicieron, fue mientras estuvieron funcionando y operando dentro del Reino, porque fuera del Reino no les funcionaba nada. ¡Señor, no pudimos sacar este demonio! ¡Hombres de poca fe! ¿Lo recuerdas, verdad?

Entonces, la habilidad de Jesús consistía en saber mantenerse dentro del Reino. ¿Y saben qué es lo que Él enseña todo el tiempo que está con sus discípulos? Les enseña a sus discípulos, cómo vivir en el Reino. ¡No les enseña ninguna doctrina, por buena que parezca! Ellos ya estaban repletos de doctrina. Miren ustedes a la samaritana. Toda su vida era un desastre y quiere saber dónde debe adorar. ¡Necesitaba ver a un psicólogo, primero! Bueno, eso es la doctrina. Tú ya lo sabes, pero es menester que alguien te lo repita una vez más: la doctrina, cuando no está acompañada de fe, no sirve para nada.

Por eso Jesús no les enseñó doctrina, les enseñó cómo moverse en la atmósfera del Reino. Cuáles eran las leyes del Reino: cuando Dios recibe una ofrenda, cuando recibe una oración, cuando no. Cómo debemos movernos como personas, unos con otros, con el mundo, con los de la casa de Dios. En pocas palabras, Él habló de las dinámicas que rigen la permanencia de un creyente en el Reino. En eso consiste toda su enseñanza. Él traía la imagen. Quien siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su ser. Y fíjate que la palabra imagen, en griego, aquí, no es icono, como podría suponerse, sino caracter.

Y caracter, así, sin acento en la segunda “a”, significa sello grabado, figura estampada, copia, representación exacta, imagen misma. ¡Jesús trajo eso! Era el caracter de Dios, Él trajo la imagen de Dios. Entonces, cuando nos encontramos con Felipe que le dice: muéstranos al Padre, la respuesta de Jesús es obvia: ¿Me viste a mí? ¡Ya viste al Padre! Claro que ellos estaban viendo a Jesús, pero Jesús les dice que es el Padre. Ellos se lo aceptaron porque Él se los decía, pero créeme que no quedaron muy convencidos. La gran pregunta a formularnos en estos tiempos tan complicados de transitar, es: ¿Nosotros hemos creído eso? ¿Alcanza nuestra fe para penetrar la burbuja del Reino?

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Como Obreros Aprobados

(2 Timoteo 2: 15) = Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. 

Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado. Fíjate, no dice bendecido, dice aprobado. Recuerdo una sentencia sintética lanzada desde un púlpito que me impactó como ninguna otra: No interesa que Dios te use, lo que importa es que Dios te apruebe. Y quien lo dijo, lo fundamento luego con personajes de la talla de Saúl y Salomón, incluso Judas Iscariote. Como obrero que no tiene de qué avergonzarse, dice, que usa bien la palabra de verdad, añade. No conozco un solo hombre que esté aportando a un cambio profundo en su ciudad, región o país, que no haya tenido que dejar su profesión, su negocio. Es que el nivel de exigencia es muy alto.  Por eso quiero que ahora me acompañes al libro de Génesis, en el capítulo 1. En este capítulo hay un versículo que hemos usado en muchas ocasiones, pero que es importante reiterar porque es el que da la pauta o el pie para el tema con el que quiero continuar este trabajo.

(Génesis 1: 26) = Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

Hagamos al hombre a nuestra imagen. Ese principio que está aquí en Génesis 26, es lo que ha movido toda la acción de Dios en la historia. Aclaración: el anhelo del Señor cuando creó a Adán, fue que Adán manifestara la imagen de Dios. Él fue hecho a su imagen. Esto ha sido explicado por diversos maestros en muchas ocasiones y, seguramente, lo conoces.  Ahora bien; el pecado, lo que hace, es destruir esa imagen. Y a medida que el hombre cae y vuelve a caer hasta que se desata el diluvio en Génesis 6, Dios se ve obligado a destruir toda la creación porque, literalmente, la imagen de Dios que se había copiado en el hombre se había deteriorado tanto, que no era digna de ser salvada.

Del grupo que queda, esa familia, esas ocho personas, se levanta otra nueva generación. Pero, aun ellos tenían esta imagen distorsionada, ellos no nacieron de nuevo. La fe de Noé salvó a sus hijos, a sus familias, pero ellos ya tenían un gen defectuoso. Todos ellos descendían de Adán. Entonces, fue cuestión de tiempo que se manifestara, otra vez, este problema de adulteración de imagen. Ese proceso no se detuvo. Cuando Jesús viene, lo que el Señor trae con Él, es la imagen perfecta. Jesús es la imagen, por eso le llama Pablo “el postrer Adán”, “el segundo Adán”. Porque Él trae la imagen corregida. Es Adán sin el gen defectuoso. Es Adán perfecto. Es Jesús, la imagen misma de Dios. Eso es explicado, precisamente, en la carta a los Hebreos, cuando ustedes leen los primeros versículos.

(Hebreos 1: 3) = el cual, (Está hablando de Jesús), siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, 

Él es el resplandor de la gloria de Dios. Y la imagen misma de su sustancia, o sea: de su naturaleza. En la versión de la Biblia Textual, el mismo versículo, dice: Quien siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su ser. ¿Qué trae Jesús? Él trae de regreso la imagen. Entonces, pensemos por un momento: Dios crea al hombre a su imagen. El diablo hace pecar al hombre, y la imagen se corrompe. No hay manera en todo el Antiguo Testamento, de reparar la imagen. No puede haber proceso regenerativo. Re, es volver. Gen, es generación, genética. No puede regenerar al hombre todo el Antiguo Testamento.  Cuando Nicodemo va a hablar con Jesús, esa noche, y le dice: ¿Qué debo hacer para entrar al Reino? ¿De qué se trata todo esto? Jesús le responde que es necesario nacer de nuevo. Lo que le está diciendo es que debe pasar por un proceso de regeneración, re-genética. O sea: tiene que haber un proceso genético en ti.

Y luego dice: debes nacer del agua y del espíritu. Ese es un punto interesante para meditar. ¿Qué significa nacer del agua y el espíritu? Tendremos que estudiarlo. Ahora; ¿Entendió algo Nicodemo? No, no entendió nada. Durante el ministerio de Jesús, Él manifiesta toda esa imagen en lo que Él hace. La mejor prueba es cuando los discípulos caen de rodillas al ver cómo calma la tempestad en esa barca. Eso tiene que ver con lo que dice Hebreos: el resplandor de Su gloria y la imagen misma de su sustancia, su naturaleza, su ser. Él trae la imagen dentro del Reino. Él dice: arrepiéntanse, que el Reino de los cielos se ha acercado. El medio por el que vuelve la imagen, es el Reino, y lo que se destruye o desplaza, es (¡Oh, sorpresa!) el sistema. Escucha: cada palabra es importante, ¿Sí? Entonces coincidirás conmigo que este es el tiempo donde las cosas comienzan a producirse y los hechos esperados a manifestarse. El sistema se está tambaleando y la pregunta que le hago a la iglesia del Señor, a la genuina, es: ¿Vas a contribuir para terminar de derrumbarlo o vas a ayudarlo a recuperarse y volver a ser palabra santa cuando pase la pandemia?

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La Excelencia por Sobre el Éxito

Quiero hablar hoy de un principio necesario para edificar una casa celestial que no tenga adherencia alguna con los sistemas que la religión ha implementado como obligatorios: el Principio de la Excelencia. Partamos de una base concreta: nadie puede ser excelente en algo a lo cual no está plenamente dedicado, ¿No crees? ¿Y qué significa esto? Significa que, si vas a liderar un ministerio, tendrás que dedicarte a tiempo completo a él, más allá de si es rentado o no. Ya estudiarás de qué manera ejercerlo con mayor eficiencia, y qué lugar ocuparán tus tareas seculares si las tienes. ¡Bueno, hermano! ¡Pero si las condiciones no dan para ser sostenido por salario, la gente tendrá que aceptar que divida mi tiempo entre el ministerio y mis obligaciones particulares! Sí, la gente lo va a aceptar, tal como lo ha hecho siempre. El problema es que el que me parece que no lo va a aceptar, es el Señor.

Hay toda una teología que en este tiempo está siendo armada, para probar que Pablo se auto-sustentaba. Entonces imaginamos a Pablo vendiendo sus tiendas y todo eso que sabía fabricar, en base a una referencia que él hace. Qué, curiosamente, está relacionada con un tema de Jerusalén y no de realidades cotidianas. Lo que se dice un “fuera de contexto”, clásico y habitual en estos tiempos de trampas comunicacionales a raudales. Vale aclarar que, cada vez que aparecía Jerusalén en escena, Pablo se ponía muy nervioso. Sus buenas razones tendría.

Entonces, resulta que yo tengo una empresa, pero al mismo tiempo, por ejemplo, también soy un ministro del Señor. El punto, aquí, es excelencia ministerial a partir de la plena dedicación. Lo que te estoy diciendo, es que nadie va a poder ser excelente si no tiene dedicación. De hecho que si es necesario, pueden llevarse ambas cosas, ¡Claro que se puede! Y que alguien no quiera ser un peso extra, y muy pesado, para su congregación, también es respetable, pero te olvidas de algo: no es una congregación la que sustenta a un ministro; ¡Es el Señor! O, de otro modo, te lo aseguro y hasta te lo firmo: no tiene sustento alguno.

Fíjate que este ministerio, aun siendo apenas de nivel medio en su importancia, cuenta con mi dedicación total. Fui tocado por la mano del Señor, en su momento, y tal como lo relato en mi primer libro, retirándome de mi trabajo secular por una ley que salió, se aplicó conmigo y luego desapareció, que determinaba a los empleados de ese nivel retirarse cinco años antes de su edad jubilatoria, percibiendo ambos salarios  ( ! ) Impensable. El Señor lo hizo y ayudó a mi dedicación plena. Y no creo estar descubriendo nada nuevo. Es exactamente lo que en el plano secular se vive en torno a las disciplinas deportivas o artísticas denominadas como profesionales. Un músico famoso no tiene menos de siete u ocho horas diarias de ensayo, todos los días. Lo mismo un deportista de alta competencia, un mínimo de cuatro horas de entrenamiento diario. Si no, no juega. Profesionales. Pero, atención con esto: profesionales a la hora de la disciplina, pero no en cuanto a la ética y la responsabilidad. Allí es amateur porque es puro corazón, alma y, naturalmente, espíritu.

Y en lo nuestro, el problema radica en que, mientras no le demos total excelencia a lo que hacemos, muy difícilmente Dios nos pueda hacer llegar toda la profundidad que tienen todas sus cosas. Para el modelo de iglesia que hoy día vemos, no hay demasiada dedicación. Tampoco se requiere mucho esfuerzo. ¿Cuántas horas a la semana se enseña? Quizás muchas, pero nunca equiparadas a una jornada laboral de cualquier clase de empleo. ¿Cuarenta horas semanales? No hay ministro que las complete. Podrá ir de aquí para allá y a lo mejor invertir ese tiempo, pero no en dedicación plena a lo que realmente sea su ministerio. En mi caso personal, estudiar para aprender y aprender para enseñar. Orar para recibir y recibir para compartir. Trato que sea con la máxima excelencia, pero no creo llegar a las cuarenta horas semanales. 

Fíjate el modelo Jesús. Él salió a buscar discípulos que estaban haciendo ¿Qué cosa? Trabajando, la mayoría de ellos. ¡Todos trabajaban! ¿Por qué crees que Jesús no los invitó a una reunión por la noche, después de sus jornadas laborales? ¡Vengan cuando tengan tiempo, muchachos! No hizo eso, ya lo sabes. Pregunto: ¿Podrían los discípulos haber seguido a Jesús sin dedicación completa? No, ¿Verdad? ¿Y entonces por qué todavía hay gente que cree que podemos hacerlo nosotros? Dedicación exclusiva. ¡Deja todas esas redes y esos peces y ven y sígueme, Simón! ¿Quieres ser un miembro del Reino,  excelente? Deja todo y sígueme… (Y aquí pondríamos tu nombre y apellido). Después, claro está, sólo faltaría que tú lo aceptes. ¿Lo aceptarías?

Hay gente muy capaz, que ama al Señor, y realmente trabajan durísimo. Y aun con su tiempo dividido, han hecho muchas cosas para el Señor, de eso no tengo dudas. Pero no puedo imaginarme lo que llegarían a hacer si dispusieran de tiempo exclusivo para las cosas de Dios. El ministerio, para poder marcar a una generación, para poder encontrar las inconmensurables riquezas de Cristo, no va a hacer la iglesia como la hemos visto hasta estos días, ¿Sabes? Creo que casi no hay mucho que hacer para eso. Es casi intuición. Pero si quisiéramos volver al diseño, se van a consumir nuestras neuronas.

Nadie podrá ser excelente si no tiene dedicación plena. Cualquiera que desee profundizar en las verdades de Jesucristo, tarde o temprano deberá abandonar sus otras tareas, es inevitable. A lo mejor no es lo que más agrada, pero es así, no tengan dudas. Por eso, yo como muchos otros hombres y mujeres de Dios, estoy en certeza de asegurarte que el ministerio no es para todos, sólo para los llamados. Motivo simple: los llamados ya traen ese querer y hacer que sólo el Espíritu Santo produce. Los demás, es a puro esfuerzo humano. No existe tal cosa como ser responsable de un tremendo ministerio y andar por la vida quejándote del esfuerzo, del trabajo, de la mala calidad de la gente o de las carencias materiales. El ministro de orden divina, jamás se queja. Sólo mira al invisible y avanza.

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A la Hora de la Disciplina

(1 Samuel 15: 22) = Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros

De acuerdo; no estamos en un templo, ni en medio de un culto de los que a diario se cumplimentaban en las que eran nuestras congregaciones, pero igualmente tomaré prestada una muletilla cultista clásica y tradicional. Quiero que repitas conmigo, (Aunque yo no te oiga con mis oídos naturales, Dios te oye) “La obediencia, es mejor que los sacrificios”. Escucha: lo que ocurre, es que si nos analizamos con cierta profundidad, descubriremos que el sacrificio en sí mismo ejerce una atracción muy potente sobre los hombres. Muchos hombres y mujeres se sienten de maravillas después de un tremendo esfuerzo y sacrificio para lograr un objetivo supuestamente espiritual. Pero, en el fondo de sus acciones, la satisfacción es por el acto sacrificial que eleva sus auto-estimas, y no por el supuesto objetivo espiritual cumplimentado. Curioso, ¿Verdad? Pero muy cierto.

Y si en lugar de eso se apareciera un ángel para decirles que no se necesita eso que ellos están haciendo, sino solamente que crean que Dios lo hará, te aseguro que habría muchos decepcionados. Lo que sucede, es que la religión se fortalece en la acción y el sacrificio. Es una tendencia innata. ¡Nos gusta sacrificarnos! Lo que sucede es que mayoritariamente, y preferentemente los cristianos, y especialmente los ministros, no estamos demasiado acostumbrados a disfrutar. Con decirte que nos cuesta aceptar una ofrenda sin ponernos algo incómodos y colorados de vergüenza. ¡Pero si es bíblico! Sí, pero nos sentimos mucho mejor dando que recibiendo. De ministros genuinos del Señor, estoy hablando. Creo que la aclaración es válida y necesaria.

Y eso no es nada. ¿Has visto las iglesias legalistas, esas que realmente maltratan a la gente? Las presionan a las mujeres con el cabello, el maquillaje, los pantalones y, encima, ni siquiera les permiten hablar. ¿Y sabes qué? ¡Están repletas de mujeres! ¿A qué van? ¿Por qué? Trabajo para un psicólogo. Te diría, seguramente, algo que ya sabíamos: porque nos sentimos gratificados por el sufrimiento. ¡Señor! ¿Qué quieres que haga hoy?Quiero que hagas una obra¿Una obra? ¡Dime cual, Señor, y saldré volando para hacerla!No, no tienes que moverte de donde estás; sólo quiero que creas en el que te ha enviado.Ehhh… ¿Esa es la obra?Sí.¿Y nada más? ¿No hay que pelearse a cimitarra con un musulmán para convertir a alguien?No…sólo deseo que disfrutes de creer en el que te envió… Obedecer, es mejor que un sacrificio.

Lo interesante es que, ese ministro, que es capaz de padecer sufrimientos impresionantes, que es capaz de dejar a toda su familia sin vacaciones porque quiere levantar una nueva construcción para los niños, recibe una orden de Dios de disfrutar de algo, y no sabe por dónde empezar. Es capaz de darlo todo por un servicio, pero le sugieres que le pregunte al Señor qué debe hacer y te mira como si estuvieras hablándole en chino. Si quieres agradar al Padre, haz algo: obedece. No hay cosa que al Padre le alegre y le emocione más, que sus hijos le obedezcan. ¿Sabes? Él es feliz con eso. Estuve años conversando a diario con el pastor de una gran iglesia a la que asistíamos, y nunca pudimos sintonizar el mismo idioma: yo le hablaba del Señor, él me respondía hablando de su iglesia. De la de él, no de la del Señor del que yo le hablaba.

(Romanos 15: 19) = Con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo. 

(Verso 23) = Pero ahora, no teniendo más campo en estas regiones, y deseando desde hace muchos años ir a vosotros,

Les está hablando a unos hermanos a los cuales no ha podido ir a visitar, y les dice que ya no le quedan lugares para ir. ¡Se había recorrido medio mundo! ¿Qué es eso? Responsabilidad. Todos conocemos las cartas que él escribió pero, más allá de su sabiduría, que a nadie puede asombrar porque es evidente que su perfil era altísimo, lo que verdaderamente impresiona de Pablo, es su disciplina. Nos ponemos en examen a la luz de su personalidad y nos damos cuenta que nos falta muchísimo de esa disciplina que él tenía. Creo que ninguno de nosotros podría hoy, en épocas de redes sociales, de aviones y trenes súper rápidos, decir que ya no nos quedan lugares donde ir o llegar. ¡Y en un tiempo donde un viaje duraba, por lo menos, un año y medio o dos! Es evidente que le faltó vivir más tiempo, y así y todo le quedó chico el mundo a Pablo.

Resumiendo: nunca le pidas a Dios algo que luego no vas a poder administrar. ¡Oh, Señor! ¡Dame la ciudad! Escucha, hermano: ¿Qué vas a hacer con ella! ¡Mira tu casa como está! Administra y adminístrate. Sé responsable con lo que Dios te dio y sé responsable con las palabras que dices. Sé responsable para enseñar aquello en lo que crees. Nunca enseñes algo en lo que no crees. Que las personas sepan que estás hablando de lo que has recibido, no de algo que suena lindo y punto. Responsabilidad. Conducir un vehículo a excesiva velocidad no es un simple riesgo deportivo, en algunos casos concretos, es irresponsabilidad. David dijo que era un simple pastor de ovejas, sólo podía gozarse de que cuando venían los lobos él sabía proteger a sus ovejas y nunca había perdido ninguna. Esa responsabilidad en lo menor, lo llevó a ser respaldado por Dios en lo mayor, cuando enfrentó a Goliat.

De hecho y como ejemplo práctico, voy a decirte que será mucho más fácil que tus padres te crean que Dios te ha llamado a un ministerio, si terminas tus estudios completos, antes. Tu palabra, ministro, va a tener mucha mayor autoridad, si provees como corresponde para tu casa. Entonces te escribe alguien que te dice: hermano, yo quiero ser profeta. ¡Muy bien! ¡Me gozo por ello! Pero… ¿Sabes cuán responsable debes ser para tomar ese ministerio? ¡Sí, hermano!  ¡Sé que hay que estar muy seguro de lo que se dice como palabra profética! Sí, claro, pero eso es en lo específico, ¿Y qué me cuentas de tu trabajo secular? ¿Y de tu relación con tu esposa? ¿Y del comportamiento público de tus hijos?Bueno, hermano… ¿Pero eso será más importante que una palabra profética que viene del Cielo? No, pero de tu calidad de mensajero, o de ese heraldo que se puede perder del que habla Pablo, sí que lo es.

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Asumiendo Nuestras Responsabilidades

Hay un ejemplo que oí que, entiendo, está perfecto y es válido repetirlo. Suponte que Dios te regala un automóvil. Entonces tú lo pones en marcha, vas a tu casa, se gozan en familia por el regalo del cielo y se suben todos a bordo para dar un paseo. Pero como el auto es grande, tú invitas a otros que tú eliges. El auto fue un regalo de Dios, es cierto, pero quien lo conduce, eres tú. Partiendo desde esa premisa y teniendo muy en cuenta las leyes globales, (En cada país podrán tener sus propios matices, pero la esencia es la misma), quien conduce el auto, que eres tú, es responsable de lo que le suceda al auto y a todos los que son transportados por él. Dios no es responsable de nada. Su responsabilidad terminó cuando tú recibiste el auto, lo pusiste en marcha y en movimiento.

Estoy de acuerdo con que cuando sales de viaje en tu auto, a ese viaje se lo entregues al Señor. Le pides su cobertura y sales confiado. Pero, atención; Dios no va a tomar el volante del auto para conducirlo. Esa es tu responsabilidad total. Dios, lo que hará, será protegerte del entorno, pero no podrá hacerlo con tus aciertos o errores. ¡Ah, no, hermano! ¡No es así! ¡Yo le entrego el viaje y él conduce el auto, me lleva y me trae! ¿Ah, sí? ¿Y tú donde viajas, en la butaca del acompañante o en la del conductor? Porque si viajas en la del acompañante y el auto se conduce solo, por dos manos invisibles, amén. Pero si viajas en la butaca del conductor, me temo que eres tú quien conduce. ¿Se puede bajar la intensidad pragmática de esto? Sí; han existido casos en los que extraña y misteriosamente, hay gente que se salvó de morir en un accidente de un modo y por circunstancias que racionalmente no pueden explicar. ¿Ángeles? Puede ser, Dios lo sabe. Él está en control de todo.

Cuidado: yo entiendo perfectamente el sentido que se le da a estas formas de expresión. Confiamos en que el Señor nos protege, nos cuida, nos guía y está ahí para que no padezcamos problemas serios. Gloria a Dios por ello y, ciertamente, es así. Pero reitero que en lo conceptual: tú eres quien conduce el auto. Porque si me dices que es Dios el que conduce el auto, eso significa que no te lo dio. ¿Cuál es, entonces, ese principio de responsabilidad? Cuando Dios te pone en control de algo, tú tienes responsabilidad sobre eso. ¿Esto es fácil de entender, no crees? Fíjate que Jesús se hizo responsable de su misión, hasta la muerte. No dejó nada suelto ni librado al azar. Cumplió todo.

Lo que ocurre es que hay una tendencia en Adán, que es como decir: en el hombre, y es a no hacerse responsable. Es mucho más fácil decir que el bus te dejó a pie que reconocer que llegaste tarde a la terminal. A eso lo vemos mucho en nuestros ambientes. ¿Quién no ha oído muchas veces a un líder echarle la culpa de su fornicación o su adulterio, al diablo que lo tentó y lo hizo caer? ¿Es que él o ella no tuvieron ninguna responsabilidad? Cuando Adán peca, lo primero que dice, es: “La mujer que tú me diste. No la pidió, no la eligió. La mujer que tú me diste por compañera, me dio del árbol, y yo comí”. O sea, que en realidad, el problema lo causaste tú, Dios, no yo.  Ese es el principio de la irresponsabilidad: no asumir la consecuencia de lo que nosotros mismos estamos haciendo. ¡Es que el hermanito cayó en pecado! El hermanito no «cayó» en pecado. El hermanito fue tentado, vio al pecado y le gustó; lo pensó, se lo imaginó, lo fantaseó, lo diagramó, lo planificó y, finalmente, lo consumó, Pregunto: ¿Podemos seguir diciendo que el diablo tentó al hermanito y este “cayó” en pecado?

Dios no puede tratar con sus hijos, mientras ellos le demuestran que no aceptan asumir el grado de responsabilidad que tienen. Puede ser gente con muy buenas intenciones, pero resulta que para la gente de Reino, la gente con buenas intenciones no le termina de inspirar confianza, ¿Sabes por qué? Porque las buenas intenciones, nunca han salvado a nadie. Tú tienes un sueño, por ejemplo, en el que ves a un hermano que amas, a punto de caerse a un precipicio lleno de animales salvajes que se lo comerán. Tú te espantas por ese sueño y corres a contárselo, con la mejor de tus intenciones. Entonces el hermano, tranquilamente, te pregunta: ¿Te dijo el Señor que me cuentes ese sueño? ¡No! ¡Pero es que estabas tú, ahí! ¿Pero Dios te dijo o no te dijo que me lo cuentes? ¡Dios no me ha dicho nada, pero yo pensé…! Yo pensé. Si Dios no te dice que hagas algo, no lo hagas, así parezca excelente o así te mueras de ganas por hacerlo.

Ahora, la duda de muchos, en situaciones como esta, es: ¿Por qué no debo escuchar lo que un hermano fiel, que me conoce y me ama, ha soñado y quiere compartirme por la simple razón que en ese sueño estaba yo? Porque Dios no le dijo que me lo contara, y a mí no me da la gana de oír algo que no viene del Padre, sólo porque el diablo está usando a un buen cristiano. ¿Sabes qué? Eso se llama irresponsabilidad, en este caso, del buen hermano que por exceso de confianza, podría estar jugando para el equipo contrario. Además, ya has leído y oído que la palabra de Dios nunca regresa vacía, ¿Verdad? Y eso es muy cierto. Tan cierto como que las palabras, ya no las espirituales sino cualquiera de ellas, no es que no retornan vacías, directamente no retornan. Ninguna palabra soltada vuelve igual a como fue soltada. Así que, a la hora de soltar una palabra, de lo que sea, cuídate muy bien que no sea dañina, porque va a cumplir con lo que tiene reservado.

Esto te deja en evidencia, una vez más, que si hay algo que debemos cuidar tanto como a nuestras vidas, es lo que decimos. Todo el mundo espiritual se mueve por las palabras que tú dices. No es poca cosa, créeme. Fíjate que no son pocos los ministerios que comienzan una obra determinada en plena dependencia al Señor y a Su Palabra, y la terminan con muchísima menos dependencia a los mismos valores. Supongo que tiene que ser porque, a medida que pasan los años, el hombre presenta una clara tendencia a volverse más confiado en aquello que antes desconfiaba. Conclusión: ¿Quieres tener profetas en tu ministerio, en tu iglesia, en tu familia o en tu vida? Tenlos, gloria a Dios por ellos, pero por favor, que se hagan total y absolutamente responsables de lo que dicen y hacen. De otro modo, ya no será para bendición. Y si un ministerio no es para bendición, explícame por favor, entonces, ¿Para qué es?

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Bases Para Edificar

¿Alguien sabe qué le pasaba a David cuando iba camino al trono al que Dios lo había destinado? ¿Alguien puede ver cuál era su mayor anhelo? Edificar. No es una palabra más, no es una expresión más, no estamos hablando de mampostería. Míralo así: ¿Qué edifica Noé cuando ve a Dios? Un arca. Y el más grande hombre que Dios llama para establecer su Reino, Moisés; ¿Qué edifica? El tabernáculo. Y todos ellos edificaron después de haber visto. Pero quiero que leas esto tantas veces como te sea necesario, para poder entender lo que es el eje central de lo que escribo con valor profético: es imposible edificar sin revelación. Y aquí es donde formulo por primera vez una pregunta que seguramente repetiré a lo largo de este trabajo ministerial en todas sus áreas y facetas: ¿Cuántos lugares supuestamente cristianos, has visto procurar edificar sin la menor revelación del Espíritu Santo o, lo que es mucho más grave: sin siquiera creer demasiado en la vigencia del Espíritu Santo? No me respondas, porque no se trata de un juicio de valor y tampoco hasta donde yo sepa, no me nombraron juez de nada ni de nadie, sólo reflexiona.

(Mateo 17: 5) = Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.

(6) Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.

(7) Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis.

(8) Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.

Cuando vemos a Jesús, el cielo se alinea en una misma dirección espiritual con nosotros. Y ahora viene la pregunta complicada: ¿Por qué, durante el ministerio de Jesús, en medio de tantas palabras y enseñanzas que él nos ha dejado, bien recopiladas en los evangelios, él casi no menciona a la iglesia? Apenas hay un par de breves menciones. ¿Por qué? Porque su mensaje es el Reino, y porque el Reino es más importante que la iglesia. Esa es la razón. Tú puedes tener a la iglesia, pero no tener al Reino, pero es imposible que tengas al Reino, sino tienes a la iglesia. A esto te lo memorizas y lo cultivas como si fuera un tesoro. El fundamento de la Gran Comisión, es ir a predicar el Reino, el evangelio del Reino. Eso es lo que el Señor espera de nosotros. La obsesión de los apóstoles, es decir, de los apostellos, de los enviados, es edificar. Pero no es edificar lo que a ellos les parece, sino reproducir la forma de lo que han visto.

Por eso es tan importante ver lo que el Señor quiere que edifiquemos. La iglesia puede centrarse en el hombre. De hecho y salta a la vista: en el hombre están centradas la mayoría de las iglesias. Hacen una encuesta para ver qué es lo que le interesa o necesita la gente y ya está; eso es lo que predican después. “Igle-Burger”, denominó a eso cierto ministro. Iglesia a pedido del consumidor. ¿Eso es Dios? O, por el contrario, la iglesia puede centrarse en Dios, que es como decir examinar qué es lo que Dios quiere de la gente. Y esos dos simples enfoques, van a crear dos iglesias completamente diferentes. La iglesia centrada en el hombre, es una iglesia que busca que el hombre encuentre en ella confort. Hay que hacer un culto de acuerdo con sus gustos, su medida, a su tiempo y a su cultura.

En la que está centrada en Dios, en cambio, no es tan importante lo que el hombre necesita. Y esto, dicho con sumo cuidado, porque Jesús vino porque necesitamos de Él. El hombre pecador no necesita la iglesia, necesita a Dios. Y la iglesia sólo es importante, si está haciendo esa tarea: manifestar el nombre del Señor. El corazón del trabajo apostólico está sintetizado en esas dos preguntas que les hace Jesús: ¿Quién dice la gente que yo soy? ¿Quién dicen ustedes que yo soy? Revelar quién es Dios a los que no lo conocían. Ese es el centro de todo esto. Por eso he dicho que, a medida que el hombre cayó, el nombre de Dios se perdió. Al punto tal, que llegaron en cierto momento de la historia, a no poder pronunciar el nombre de Dios.

Tengo un Dios obsesionado en darme a conocer Su Nombre, y la respuesta de su pueblo, es esta: no podemos ni mencionar el tuyo. ¿Qué Biblias leen? ¿Qué profetas escuchan? Desde el principio tengo un Dios que está desesperado en manifestarse. ¿Y cómo lo hace? Dando su nombre, Yo Soy él. Y su pueblo llega y dice que no, que no puede mencionar su nombre porque es demasiado santo para mencionarlo. Entonces prefirieron llamarlo Adonaí u otros nombres. Y ahí aparecen un montón de títulos, que si bien muestran características de quien es Dios, no es su nombre. Los Elohistas, Elohim. Mi Señor, Adonaí. ¿De qué me estás hablando? Ese no es mi nombre, ese es un título.

Entonces, ¿Qué es lo que dice Jesús cuando ya se está yendo? Vayan y enséñenles a estas personas todo lo que les he enseñado yo. ¿Y qué es lo que el Señor les enseñó? ¿Acaso muchas clases de catecismo o doctrina? No. Él les enseñó cuál era el camino para llegar al Padre. Es eso lo que les enseñó. Les manifestó el nombre de Dios. Lee Juan 17 dice: he dado a conocer tu nombre. En ese nombre, ahora vayan y hagan que otras personas conozcan lo mismo que ustedes ahora conocen. Quién es el Padre. Y tienen autoridad y respaldo, ya lo tienen; ahora háganlo. Nunca podremos cumplir la Gran Comisión, tan sólo proclamando a Jesús como el Señor. Necesitamos el todo del Señor. Todo. Todo lo que Él es. Todo. ¿Tan difícil, será? No lo parece. ¿Y entonces? Puro sistema.

¿Recuerdan ustedes la fiesta pascual? Jesús era el Cordero, ¿Recuerdan? Se les enseñó que los hijos de Israel deberían participar del Cordero, y deberían comerlo todo sin dejar nada para el día siguiente. Si vamos a comer a Cristo, comamos todo, comámoslo completo. ¿Por qué? Porque el propósito de ese proceso de comer, es que Él se forme en nosotros. ¡Pero es que después nos van a acusar de caníbales! Ah, sí, esa es la otra en la que el pueblo cae con facilidad: cuando no entiendo algo que me trae un mensaje, mato al mensajero. La comida, que es Él, va a ser parte de nuestras células y vamos a ser formados a Su imagen. Esa es la meta de todo esto, que lleguemos a ser a Su imagen. Todos los ministerios apuntan a una sola cosa: que Cristo se forme en nosotros. Eso dice en Efesios 4, cuando leamos este pasaje y lo entendamos, esa es la razón.

El funcionamiento de cualquier ministerio, básicamente, es la revelación de Cristo en nosotros, hacia afuera. Cuando tú enseñas, es el maestro hablando. Cuando tú sanas, es el pastor cuidando. Cuando tú exhortas, es el profeta mismo, Cristo, hablando. No hay manera, no tenemos muchos evangelios, la verdad. No vamos a poder cumplir con la Gran Comisión, hasta que los ministerios trabajen en acuerdo y unidad. Y no me estoy refiriendo a tomarse unos cafés juntos una vez por mes. Y tampoco a que uno de ellos procure unirlos, pero a su servicio personal. Así tampoco funciona. Y si esto sirve para que mucha gente se proponga, en lugar de hacer lo que venía haciendo desde hace cien años, cambiar, reformar los rudimentos y empezar a procurar que la gente conozca el nombre de Dios, gloria a Dios por ello.

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Subiendo al Monte Alto

Antes que la pandemia asolara las iglesias de todo el planeta, en la mayoría de las congregaciones se caían año tras año los intercesores por una sencilla razón: habían puesto a pelear esa parte de la batalla a gente que jamás había tenido una revelación respecto a quién es el Hijo. Obviamente, que entonces tampoco sabían quiénes eran ellos y hasta qué punto podían ser imbatibles, cosa que les proporcionaría mayor seguridad y certeza de su tarea. Yo recuerdo que en la época en que el ministerio de mi compatriota Carlos Anacondia, puntal en evangelismo, milagros y liberación en mi país y el exterior, durante muchos años, desarrollaba su tarea, muchos lo veían en la enorme plataforma y anhelaban ser como él. Sin embargo, muy pocos sabían que en cada reunión, debajo de esa enorme plataforma, había no menos de treinta intercesores peleando a brazo partido en oración de guerra con demonios y espíritus inmundos. Pero, cómo ellos, muy pocos deseaban ser; ¡Qué paradoja! Un Eclesiastés viviente; vanidad de vanidades…

Que quede claro: lo que te estoy enseñando es que si tú no sabes quién es el Hijo, y tampoco quién eres tú en Cristo, ante el primer demonio minúsculo que se te aparezca, te desmayas de terror. Porque toda la teología del temor nace, por la falta de revelación de quién es el Hijo. Por eso, en épocas recientes antes de la pandemia, cuando había una visita en una iglesia, sus miembros se empujaban y disputaban un lugar para que la visita les orara. ¿Y por qué no oraban ellos por sus problemas? No sabían quiénes eran en Cristo, porque no les fue revelado el Hijo. Entonces, teniendo en cuenta esto, debo preguntar: ¿Cuál es el problema del pecado, en esencia? Que no se reconoce al Creador. Esta generación ha perdido, en la maraña de la naturaleza, la dirección de la Creación. Te pregunto otra vez: ¿Por qué la Creación por ahí le obedece a los brujos o a los chamanes? Porque la creación es neutra, no tiene voluntad, es engañada.

Entonces cuando tú vas y la liberas, la creación aguarda la manifestación gloriosa de los hijos de Dios y ella empieza a andar bien contigo, te prospera, te sana, te bendice. ¿Qué te dice el Señor? Que tú sabes que la tierra no te va a negar sus frutos. ¿Para qué necesito a la tierra si Dios me bendice? ¡Ah! ¿Y cómo crees que te va a bendecir si no te da sus frutos? Es decir, Dios usa su Creación para bendecirnos. La respuesta que da Pedro, no la podría haber dado sin la ayuda del Espíritu Santo. Y tengo una prueba: él no sabía quién era, por eso se asustó cuando la mujer esa le dijo, al lado de la fogata: ¡Tú eres uno de ellos! Y él, pálido seguramente, le dijo: ¡No! ¡Yo no soy uno de ellos! Llegó a decirle maldito a ese hombre y que él no lo conocía. Ese hombre era Jesús. ¿Por qué lo negó a Jesús? Porque tuvo temor. ¡No lo conocía! Y el tema no termina aquí, porque vamos a ver qué él pasa por otro proceso. En todo esto hay una dinámica bien interesante. Si tomas tu Biblia y vas un poco más adelante, es decir, al capítulo 17, se encontrarán con esto.

(Mateo 17: 1) = Seis días después, (Perdón; ¿Seis días después de qué? De lo que acabamos de leer)  Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; (2) y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.

(3) Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.

(4) Entonces Pedro dijo a Jesús: (Ojo: no dice Juan, no dice Jacobo; dice: entonces Pedro dijo a Jesús) Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.

Te puedes imaginar tú; Elías vaya a saber dónde estaba viviendo, y ahora va a vivir bajo una enramada, un amontonamiento de palos y hojas, eso era una enramada. ¡De las calles de oro a una choza enclenque! A Pedro, aparentemente, se le perdió una tuerca por causa del impacto recibido. Sin embargo, hay una parte positiva de todo esto. Sólo cuando tú has tenido una revelación del Hijo, estás listo para edificar. ¿No les parece casual que, después de ver a Jesús transfigurarse, lo primero que quiere hacer, es edificar? Ponte a pensar un momento; Pedro no era constructor de ninguna manera, ¡Era pescador! Y pretendía alojar en esas enramadas nada menos que a dos de los tres personajes más importantes del judaísmo: Moisés y Elías.

Faltaba Abraham, pero él seguramente estaría muy ocupado en su trabajo principal: recibir a los que mueren. Es otro estudio, tiene bases lo suficientemente sólidas como para considerarlo verdadero o por lo menos muy atinado de tener en cuenta: enseña que no te recibirá ni tu padre, ni tu madre, ni ninguno de tus seres queridos; te recibirá Abraham. ¿Por qué? Porque es el padre de la fe, y a ese lugar donde está Abraham, sólo se llega por fe. En síntesis: la revelación del Hijo provoca una unción de edificación. Ya sabe lo que debe edificar, debe edificar tres enramadas. Fíjate que no pensó en hacer una sola donde pudieran acomodarse los tres, porque no me negarás que eso hubiera sido lo más lógico, ¿Verdad? Él sabía que no los podía juntar porque eran tres expresiones muy particulares y diferentes de la economía de Dios en distintos tiempos.

Es dramático cuando la gente quiere edificar la casa y no tuvo una revelación del Hijo. Porque así es como se crean verdaderos monstruos y estructuras horribles. Y no me fui del tema, sigo hablando de iglesia, sigo hablando de sistemas falsos, no de otra cosa. Dice: es bueno estar aquí. Si quieres, haré tres enramadas. La unción de edificación siempre es consecuencia de la revelación. Los profetas de la ley estaban hablando con Jesús en ese momento, y lo que quiere hacer Pedro, es edificar. Y es correcto, esa intención no era desubicada. A lo mejor, fue desubicado hablar, pero lo que Pedro dijo fue coherente, porque muestra lo que se activó en él.  

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Como Viendo lo Invisible

Quiero aclarar que, cuando alguna vez he hablado del Principio de la Revelación, he estado tocando un punto que es determinante para entender quiénes somos en Dios, una incógnita que no demasiados cristianos tienen resuelta satisfactoriamente. Porque si yo te pregunto quién es Cristo, tú me darás una respuesta que seguramente será similar a las que ya han dado otros creyentes maduros respecto a la misma pregunta. Sólo que ninguno de ellos acertó a definirlo como El Ungido. Y lo más curioso de todo es que, tanto la palabra Cristo, que es la traducción al griego de la palabra Mesías, lo que significa es precisamente eso: ungido. Y resulta ser que en cierta ocasión, al comenzar su ministerio, Jesús entra a la sinagoga de Capernaum, en un día de reposo. Y a él le corresponde leer el pasaje de la ley, en ese día.

Y casualmente, él abre el rollo justamente en el pasaje en que el profeta Isaías, dice: el Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ungió el Señor. ¿Recuerdas ese pasaje, verdad? ¿Y qué está diciendo ahí, literalmente? Que el Espíritu del Señor está sobre mí por cuanto me ungió. Me ungió. ¿Qué cosas podemos decir de Dios? Que es Todopoderoso, y es verdad; que es amor, y es verdad; que Él es vida, y es verdad. Pero ninguno de esos títulos puede reemplazar el entendimiento que tienes, cuando comprendes lo que significa ser el ungido. Ha habido mucha gente buena en la tierra. Podemos pensar en Gandhi, Teresa de Calcuta, ¿Quién podría discutir que las cosas que ellos hicieron no fueron buenas, geniales? Sin embargo, pese a todo lo que sin ninguna duda ni discusión le brindaron a la sociedad de su tiempo, ninguno de ellos podría haber sido nominado como ungido.

Entonces, cuando Jesús termina de leer ese pasaje, les profetiza y les dice: Esta palabra, hoy se ha cumplido. En realidad él lee un poco más, no lee solamente ese pasaje. Añade: Me ha enviado a liberar a los cautivos, ¿Recuerdas? Y luego: A pregonar libertad a los oprimidos, a los presos apertura de la cárcel y a declarar el año de la buena voluntad del Señor. Él, antes de empezar ese ministerio activamente, establece quién era, en base a la palabra, y todo lo que Dios había esperado de su manifestación. O sea: Él podía entrar por la puerta izquierda o por la derecha, pero no; entró por la principal. Y tomó el texto correcto: el Espíritu del Señor está sobre mí. Durante todo su ministerio, Jesús fue un instrumento del Espíritu Santo. Él no obró solo, con lo que se le ocurrió a él.

¿Recuerdas lo que sucede cuando Él sale del agua, después de haber estado con Juan el Bautista? Dice que “algo” como una paloma descendió, pero no solamente eso es lo importante; el Padre habló, y dijo: Este es mi Hijo, en quien me complazco. ¿Acaso se complació porque se bautizó? ¿Acaso necesitaba bautizarse para perdón de pecados, Él? No. ¿Y entonces en qué se complació el Padre? ¿Nunca te lo preguntaste? ¡Oh! ¡Cuántas cosas damos por sentadas los cristianos, sin indagar nada más ni ir más profundo! ¿Acaso se complació en su obediencia? Sí, indudablemente que sí, pero hay algo más en todo esto. En el lugar que Jesús le da al Espíritu Santo. En eso es que el Padre estuvo complacido. Es tan asombroso que nosotros queramos hacer la voluntad de Dios sin el Espíritu Santo, cuando Jesús, con todo su poder, le dio un primerísimo lugar para poder hacerlo. Lo que quiero que entiendas es que no es algo pequeño.

¡Él dice eso! El Espíritu Santo está sobre mí, por cuanto me ungió el Señor. Y me ha enviado. Y aquí volvemos al apostellos, ¿Recuerdas? ¿Qué te parece? ¿Jesús vino porque quiso o porque fue enviado? ¡Claro que porque fue enviado! ¡Jesús fue enviado! ¿Quién pone en duda eso? Y hasta donde nosotros sabemos, ningún seminario bíblico te puede enviar a ninguna parte. Ninguna universidad te puede enviar. ¡Sólo Dios puede enviarte! Y Jesús está diciendo: me ha enviado. Hay algo interesante en todo este proceso. Jesús está diciendo: me ha ungido y me ha enviado. Hay un orden: primero me unge, luego me envía. Pero luego me envía y me dice: a qué cosa es que me envía. ¡Ah! A predicar, a abrir puertas, a proclamar, a sanar, a liberar, a vendar. O sea que, junto con el Espíritu Santo que descendía sobre Él ungiéndolo, venía la misión.

Y ahí está explicada toda la agenda de trabajo que Jesús iba a desarrollar. Lo que te estoy diciendo es que Él no tuvo que improvisar nada, ¡Él sabía lo que debía hacer, porque el Espíritu se lo reveló! Entonces, volvemos al instante en que Jesús les pregunta a sus discípulos: ¿Quién soy yo? Y la respuesta correcta, era conectar, no simplemente a Jesús como el muchacho que hacía milagros. Porque, para ese momento, ¿Cuántos milagros había hecho, ya? Muchos. Pero el punto es este: ya los discípulos se habían preguntado más de una vez: ¿Pero quién es este? ¡Había sido más que impresionante!

Ahora bien; que Pedro pudiera decir: tú eres el ungido, cuando él no había estado en la sinagoga de Capernaum para escuchar lo que estaba leyendo Jesús, fue milagroso. Si él hubiera estado allí, entonces sí hubiera sido fácil decir esto, porque Jesús ya lo había dicho allí. Pero Pedro no estuvo allí ni escuchó a Jesús decir nada al respecto, ni había todavía emisoras de radio o televisión cristianas emitiendo en directo. No estaban las redes, tampoco. Al menos, no hay ninguna referencia de que Pedro haya estado allí. Por esa razón es cuando, entonces, Jesús le dice: lo que acabas de decir, te lo reveló el Espíritu Santo. Y eso, lo que acaba de decir Pedro, que es Simón hasta este momento, le acredita a Dios, le autoriza a Dios a que él pueda cambiar su nombre. En pocas palabras: cuando tú tienes una revelación del Hijo, él te da una revelación de quién eres. ¿De verdad nunca pensaste cual será tu verdadero nombre, el que figura en el Libro de la Vida? El de Simón era Pedro, ¿Y el tuyo?

Al verlo a él y entender lo que es él, al mismo tiempo, entiende quien es. Aclaro: si yo lo veo y lo entiendo a él y sé quién es él, al mismo tiempo me es revelado quién soy yo. ¿Qué pasa, entonces, cuando la gente es enviada a hacer guerra espiritual a una ciudad o a una región, pero ellos no tienen una revelación de quién es Cristo? Pasa que encaran su tarea con un miedo que ni te cuento. Dime: ¿Los ves más que vencedores? ¿Son valientes de igual modo? Sí, son valientes, pero eso es secundario. ¿Cómo que es secundario ser valiente en guerra espiritual? ¡Es que lo es! Lo que necesitas para esa guerra no es valentía, sino obediencia. Porque eso es lo que trae inevitablemente revelación. Y sólo es la revelación la que te trae autoridad y sólo la autoridad es la que te trae victoria segura. O sea que lo que estoy tratando de decirte es que, cuando tú entiendes quién es él, automáticamente entiendes quién eres tú.

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La Hora del Poder

Es indudable que cuando hablamos de poder, tanto los hombres como las mujeres, sean creyentes o no, inmediatamente hacen un reverencial y respetuoso silencio. Es que esta palabra, se la entienda como se la entienda y se la utilice como se la utilice, siempre conlleva un aura de misterio, de luminosidad celestial, casi de magia, para los ateos consuetudinarios. El evangelio contiene poder de Dios acumulado en sus entrañas, y sólo aquellos que se han atrevido a introducirse sin pudores, han conseguido acceder, en parte o en grandes proporciones, a ello. Los que siguen poniendo en duda esta aseveración, (Y estoy hablando de cristianos practicantes), jamás lo verán manifestado. La parte de la Palabra que no puedas, no sepas o no quieras creer, jamás se te manifiesta. Hay una anécdota bíblica que lo resume y que tiene que ver con el epicentro del tema central que nos ocupa desde hace mucho tiempo, la caída de los sistemas que frenan la fe.  

(Mateo 10: 1) = Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.

¿Qué dice que les dio? Poder. ¿Sabes qué? Es la misma palabra anterior, exousia. Es capacidad por sobre los espíritus inmundos. Entonces, tú que tienes alta formación religiosa, preguntas: ¿Pero sin ser pastor? Es que estoy refiriéndome al evangelio, no a un punto de vista doctrinario denominacional. Te pregunto: Jesús les dio poder a sus discípulos, capacidad para echar fuera espíritus inmundos, ¿No es así? Sí, pero… ¿Tú no eres un discípulo del Señor? Sí, pero… Pero, nada; lo tienes. ¿Cómo que lo tengo? ¡Sí, lo tienes! Ahora ¡Úsalo! Y además, también les dio exousia sobre toda enfermedad y dolencia. Perdón… ¿Sobre todas o sobre algunas? Sobre todas, dice aquí. ¿Lo crees? También sobre todos los demonios. ¿Y entonces por qué ellos no pudieron sacar algunos? Porque les faltó fe. ¿A los discípulos de Jesús, les faltó fe? ¡Sí! ¿Por qué? ¿Te parece extraño o irreverente?

Esta misma palabra es la que está aquí como Derecho. Exousia. ¿Para quiénes reserva Dios el poder? Para los hijos. ¿Quién es el que gobierna? Es el Hijo. Tú trono, oh Dios, cetro de equidad es el cetro de tu reino. Dice el Padre al Hijo. ¿Quiénes tienen el cetro en una ciudad? Los que son hijos. ¿Y entonces qué autoridad tiene el siervo? Una autoridad restringida a una tarea específica. ¿Qué autoridad tienen los hijos? Sobre todo lo que le pertenece al Padre. Asunto clarificado. Ya no puedes argumentar que no conoces u olvidaste la diferencia entre siervos e hijos, ahora la sabes. Este principio del que estamos hablando, que es el Principio de la Autoridad, está íntimamente ligado a tu día a día humano, personal, familiar, ministerial.

 No puede haber Comisión, (Co-misión, una misión de dos o más personas), sin autoridad. Ve y diles esto. De acuerdo, voy y les digo. Te tienen que escuchar, y para que ellos te escuchen, llevas este anillo, y les dirás: el Rey me ha enviado. Hasta este momento hemos visto dos principios que tienen que ver no con un ministerio en particular, sino con la dinámica de todos los ministerios.

(Mateo 16: 13) =  Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Yo aprendí después de mucha lectura bíblica, que cuando Jesús en el Nuevo Testamento y el mismísimo Padre en el Antiguo, le preguntan algo a uno de sus hombres o mujeres creados, no es porque ignoren lo que preguntan, sino para que ellos se entrenen respondiendo lo correcto. Esto es, a todas luces, lo que Jesús está haciendo con sus muchachos, aquí. Él sabe muy bien quién y qué es, pero lo que desea es poner blanco sobre negro y comprobar si esos doce jóvenes atrevidos y valientes, pero sumamente ignorantes de muchas verdades espirituales, todavía, alcanzan a divisar con cierta nitidez quién es verdaderamente Él, muy por encima de presentarse como el hijo de un tal José, carpintero de oficio, y una tal María, de la que poco se conoce, pero que se comenta que lo engendró en estado de virginidad. Mira la calidad de las respuestas de esos “muchachos”.

(14) Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.

(15) Él les dijo: Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?

Claro que es muy singular este escenario, te podría decir que, incluso, altamente interesante. Porque Jesús fue alguien que en su tiempo dio mucho que hablar, imagínate. Pensaran como pensaran los que no les interesaba seguirlo, igualmente no podían dejar pasar por alto lo que Él decía o hacía. Cualquier cosa que dijera o hiciera, creyeran o no creyeran, igualmente recibían un impacto de alto voltaje. Por eso me asombra y me seguirá asombrando, que en su momento los judíos pudieran decir que Él era Elías. Quiero que entiendas cuán familiarizados estaban los judíos, por su cultura, con lo sobrenatural. Porque todos sabemos que Elías había vivido muchísimos años antes que apareciera Jesús. ¿Recuerdas eso, no? ¿Y recuerdas que él, Elías, fue tomado por Dios y se lo llevó; lo recuerdas, verdad?

Lo que estoy queriendo mostrarte es que en la cultura hebrea, era casi normal pensar en ángeles o en Elías, y no darse cuenta quién era Jesús. El Señor les pregunta quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre. Y ellos dijeron unos Juan, otros Elías, etc. Y luego Él dice: ¿Y quién decís que soy? Ustedes, díganme: ¿Quién soy yo? No sabemos exactamente cuánto tiempo Jesús ministró a sus discípulos. Porque no tenemos una fecha exacta y es muy difícil llegar a una conclusión seria. Hay algunos que dicen que fue sólo un año y otros, con el mismo ímpetu, que aseguran que fueron tres años. Y lo cierto es que, aunque rebusquemos exhaustivamente en los evangelios, no podemos tener una certeza respecto a cuánto tiempo Él estuvo con los discípulos. Cuando a Dios no le interesa que tú sepas o ignores algo, se lo calla y punto. Pero una cosa es cierta, a esta pregunta la hace ya en la última parte de su ministerio. O sea: no fue al principio, era cuando ya ellos habían tenido un tiempo con Él y, supuestamente, debían conocerlo más en profundidad.

Mi conclusión, hoy, en pleno siglo veintiuno y en el marco de un flagelo virósico que azota al mundo en su globalidad sin respetar credos ni teorías, es: ¿Cuántos de nosotros sabemos quien es Jesús el Cristo? Olvida tus conocimientos de teología y examina tu interior profundo. ¿Qué crees? ¿Cómo lo crees? ¿Qué esperas? ¿Qué imaginas? ¿Qué sientes? Todas preguntas que desencadenan respuestas que, estoy seguro, en muchos casos costaría bastante aceptar como propias. Sin embargo allí están, a veces, en medio de tribulaciones que nos conmueven y hasta nos llevan a poner en duda todo lo que hemos vivido y aprendido. ¿Sabes por qué nos sucede eso? Porque hemos olvidado a la persona más importante en tiempos de carencia de objetivos y destinos: el Espíritu Santo. Él es quien dice la Palabra que nos guiará a toda verdad. Y si nosotros hoy no terminamos de conocer toda esa verdad, ya puedes imaginarte cual es el motivo. Es tiempo que el Espíritu Santo deje de ser una doctrina evangélica y se convierta en lo que realmente es: una persona. Dios mismo.

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Por si Fuéramos Esparcidos…

Dice Juan capítulo 1 en el verso 12: Más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; (Reitero y enfatizo: a los que creen en su nombre). Y la palabra creer, en el griego, es la palabra pistis. Pistis es creer, pero aquí dice que: en su nombre. Ahora bien; cuando yo te digo que lo que mayoritariamente se escucha como prédica, es hablar de lo que es o no es la iglesia, llegamos a entender que, entonces, la iglesia se está predicando a sí misma. Porque ellos, en el fondo, no están haciendo que la gente conozca el nombre de quién es Él, tal cual se nos ha ordenado, sino el nombre de la congregación del caso.

Y si quieres una prueba legítima de lo que digo, observa los tratados que se reparten en ocasión de campañas evangelísticas puerta a puerta. Lo que yo llamo “tratado”, por las dudas alguien no lo tenga en claro por cuestiones de diferencias idiomáticas latinoamericanas, es un pequeño folleto que generalmente trae en letras visibles un salmo, un versículo, una porción con su correspondiente explicación y, seguidamente, algunas palabras alusivas. Pero al pie, en la parte inferior pero no en letra pequeña, precisamente e indefectiblemente, el nombre de la congregación que realiza el operativo. Impreso, si es de cierto prestigio y poder adquisitivo, o con un modesto sello, si es de las más carenciadas. Escúchame: ¡Tienen que conocer el nombre de Jesucristo! ¿Era necesario el otro? Es que…es para que sepan dónde ir después que se conviertan… ¡Basta! ¡Tienen que ir a Cristo! Después que Él los lleve donde estén predestinados a vencer.

Vamos a ver: ¿Qué se escribe en las puertas de las iglesias? Ejemplo: Iglesia Cristiana Pan y Vino. ¿Qué es lo que se está exponiendo ahí afuera como eje central de tu interés ateo o incrédulo?¿Cuál es el nombre que te están presentando como realmente importante? Sencillo y a la vista: Pan y Vino, que es el nombre de los que pagan la renta, el alquiler del salón o los gastos fijos del edificio. Y eso, fíjate, a mí me lleva a recordar un pasaje que alguna vez habrás leído y que, al igual que yo en su momento, y en varios otros momentos también, no alcancé a entender del todo, pero en este momento sí lo entiendo: hagámonos un nombre por si fuéramos esparcidos. ¿Lo recuerdas, verdad?

Entonces, si eso no es lo correcto, ¿Qué es lo que debería escribirse afuera? Jesús. Ahí es donde tú me dices: ¡Bueno, de acuerdo, pero es que Jesús no es el nombre de la iglesia! ¿Ah, sí, eh? Hubiera jurado que sí lo era. ¡Es que usted no entiende, hermano! ¡En mi país se necesita tener una personería jurídica que la otorga la Secretaria de Culto de la Nación, pero eso sólo es posible si se le presenta con un nombre! No me estás contando ninguna novedad, en el mío, también; claro que lo sé. Y es correcto que se haga eso, que se organice un fichero de cuito y que se presenten todos los documentos y papeles que sean necesarios, pero eso no obliga a pregonar en la puerta de tu congregación lo que para ti no es lo más importante. ¿O es que sí lo es?

Decía un amigo que hay negocios de venta de comida, que parecen tener más discernimiento que la mayoría de las iglesias. “Venta de tortas El Shadai”, por ejemplo. Son creyentes, seguramente, pero fíjate que ellos en su pequeño negocio de venta de tortas, están pregonando un nombre que en la iglesia no se pregona. ¿Y sabes qué? Luego pasas por uno de esos lugares donde te venden aguas milagrosas, ángeles custodios, aceites energizantes o fluidos para atraer o ahuyentar parejas, y ¿Con qué te encuentras? Conque encima de la puerta de ingreso a sus fétidos salones, (Y digo fétidos no por ser ofensivo, sino porque donde hay demonios hay feo aroma), hay un letrero que dice: “¡Jesús es el Señor! ¡¡¡Ellos anuncian el nombre que nosotros deberíamos anunciar!!! Y lo hacen para vender porquerías…

¿Qué crees que sucedería si todas las iglesias de tu ciudad tuvieran ese letrero sobre sus puertas? Internamente estarían un poco confundidos a la hora de pagar servicios o recibir donaciones, pero la gente seguramente se asombraría al comprobar que todas tienen y anuncian… ¡El mismo nombre! Yo personalmente adhiero a la teoría de varios hombres y mujeres de Dios, algunos de ellos muy conocidos. Creo que muchos no son hijos todavía, porque en lugar de conocer el nombre que está por sobre todo nombre, sólo conocen el nombre de su iglesia. Bautista, Asambleas, Presbiteriana, Cuadrangular, Hermanos Libres, etc. Debemos entender que, ninguna instancia humana, por buena que sea, puede formar hijos. Porque Dios le dio los hijos a una familia, a un matrimonio. Hay un diseño para tener hijos. Y sólo habrá hijos en una congregación donde Él es la cabeza y la iglesia es el cuerpo. Y muy difícilmente una iglesia así, si la hubiera, pondría un letrerito de ese tipo en su entrada. Ese negocio de venta de tortas que te mencionaba, tiene más discernimiento. Porque están pregonando al Todopoderoso, el Shadai.

Esto demuestra que en el fondo, algo se está haciendo mal. ¡Pero, hermano! ¡Usted está en contra de las denominaciones y se le nota! Muchas gracias, pero déjalo que se me note. Y es cierto, estoy en contra de las denominaciones. Estimo que lo único que han logrado es dividirnos y, hasta donde yo leí y entendí en mi Biblia, todavía ninguna casa dividida prevalece. Es más: hasta puedo asegurarte que creo que las denominaciones no existen. ¿Cómo que no existen, hermano? ¿Qué está diciendo? ¡Existen y Dios las usa! Eso es cierto, en lo natural y carnal existen y, efectivamente, Dios las usa. Pero no porque sea su voluntad usarlas. Y no estamos hablando de esa denominación que posee miles de iglesias, muy bien puede ser una sola que sea el principio de otra denominación. Entiende: denominación. De-nominación. Nominación por nombre. Pregunto: ¿No leyeron Génesis 11? Hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos.

Haz una prueba simple. Cuando te encuentres con algún hermano de otro lugar, dile que tú eres un cristiano que se congrega en tal o cual ciudad, donde tú vives. Vas a ver qué va a hacer lo indecible para saber en qué iglesia, de qué denominación. ¡Necesita etiquetarte! ¡Necesita saber bajo qué nombre humano te congregas! El nombre divino, parecería no importar demasiado. Sin embargo, lo que podemos ver es que la gente siente temor de no tener un nombre. Y cuando alguien dice que pertenece a la iglesia tal o cual, entonces ya ponen en marcha sus sistemas propios de base de datos y, en menos de tres minutos, te tienen catalogado y ubicado, y hasta se permiten aventurar supuestos errores doctrinales tuyos y de tus hermanos de ese lugar.

¿Sabes qué? Pablo enfrentó eso. Él dijo no es de Cefas ni de Pablo; somos uno. Y nosotros, aunque todos decimos gloria a Dios y gritamos aleluya en el mismo tono, encarnizadamente defendemos nuestros nombres. Cuando alguien me pregunta qué soy, yo digo que soy creyente. Entonces luego me preguntan a qué iglesia voy. A ninguna, yo soy la iglesia. ¡Sí! ¿Pero cuál? La única, porque las demás son Babilonia. ¿Y dónde está esa iglesia? En Rosario, mi ciudad. ¡Claro! ¿Pero en qué calle? En varias. Aquí es donde puede producirse el primer cortocircuito. ¡Es que a los propios líderes no les gusta que los confundan con los de la otra denominación! Deberíamos salir como los jovencitos mormones; todos con camisa blanca y pantalón negro o marrón, y con una credencial de plástico adherida al bolsillo de la camisa, para que todos sepan de dónde venimos. Perdón… ¿Y el Nombre que está por sobre todo nombre, para cuándo?

Mira; yo era uno de los que suponía que, mientras más alta era tu posición en la iglesia, más autoridad tenías en contra de los demonios. Sin embargo, luego de algunas experiencias personales y como simple observador de compañía, pude comprobar que los demonios, cuando habitan en alguien que no desea tenerlos consigo y pide ayuda, están dispuestos a ser obedientes e irse de allí ni bien alguien con autoridad les dé la orden de hacerlo. Si tú quieres ser bíblico y al mismo tiempo novelesco, te doy como ejemplo: ¡Sal fuera! Ahora pregunto: ¿Con eso es suficiente? Sí, pero tiene que hacerse en el Nombre que es por sobre todo nombre, ya que de otro modo ni sueñes que siquiera un mísero demonito pequeño se irá de su lugar de habitación. ¿Y ahí qué es lo que decimos? ¡En el nombre de Jesús! ¿Y es suficiente? Sí, aunque algunos evangelistas de alto poder liberador, se aseguran que ningún demonio se haga el desentendido y los echan fuera ¡En el Nombre de Jesús de Nazaret! Y, allí sí, nadie se podrá hacer el distraído. ¿Suficiente para un Sábado de Gloria? Quiera el Señor que lo sea.

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Conceptos Básicos de Autoridad

Examinando y estudiando lo que otros hombres y mujeres del Señor han encontrado al respecto, y mientras sentamos las bases donde consolidaremos la estructura que necesitamos para encarar al sistema o a los sistemas, nos encontramos con un principio que, quien quiera que sea llamado por el Padre para servir para Su Reino, deberá tener en cuenta sin exclusión: El Principio de la Autoridad. ¿Qué palabra, verdad? Básica, elemental para cualquier clase de intento de corte ministerial. Y, además, con base escritural apta y suficiente para los más desconfiados. Y también con inocultables limitaciones para no caer en la imitación satánica de la Autoridad, el autoritarismo. Suena parecido, pero no es lo mismo, y a veces mata. Para eso nos iremos en primer término al Libro del profeta Jeremías.

(Jeremías 1: 8) = No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. 

(9) Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. 

(10) Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar. 

Vamos por partes: si Dios toma a alguien y le dice que no tenga temor de nadie porque Él vendrá a librarlo, y luego extiende su mano sobre su boca y le dice que ha puesto sus propias palabras en ella y que es colocado sobre naciones y sobre reinos, poco menos que para hacer con ellos lo que esa persona estime necesario, es porque indefectiblemente, lo que está diciendo de manera sintética, es: Te he dado autoridad. Y a este principio tan singular, deberemos añadirlo al anterior que en otros trabajos nos hemos referido, que era el de la comisión. Como prototipo de movimiento, aquí aparece el segundo principio, que es la  autoridad. Desde que el hombre salió de la esfera del gobierno de Dios, Él se sujetó a otra autoridad. Fue otra la autoridad a la que él obedeció. No fue al consejo de Dios, que le decía: no comas del árbol del conocimiento. Se sujetó a la autoridad de la serpiente, que dice que era más astuta que los demás animales.

El Señor sabe que estamos haciendo una tarea con cierto nivel de oposición. Entonces tú, que de pronto caes en la cuenta de eso que antes no habías percibido, me dices: ¡Un momento! ¿Es que hay oposición? Sí, la hay. ¿Entonces es bastante luchado, esto? ¡Claro que es luchado! Cuando Pablo recibe, más adelante, las palabras de su comisión, y en parte lo vemos cuando Dios está hablando con Ananías, le dice: él va a padecer. Le voy a tener que mostrar que deberá sufrir por mí. MI pregunta inmediata, que seguramente también será la tuya, es: ¿Se cumplió eso? Sí, se cumplió. Sin embargo, es imposible que Dios te envíe a algo sin la autoridad necesaria. Él te va a mandar con la autoridad suficiente como para romper la oposición. Vamos a probarlo y a comprobarlo; Juan capítulo 1. Aquí, Juan está hablando de lo que Jesús hizo al nacer entre nosotros, y dice:

(Juan 1: 12) = Más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 

¿Leíste bien? A todos los que le recibieron. A TODOS los que le recibieron, les dio potestad, que es como decir que les dio derecho o autoridad, de ser hechos hijos de Dios. Pero cuidado, añade algo muy importante y de fondo, que es: a los que creen en su nombre. La palabra Potestad, que también se puede identificar como Derecho, es la palabra exousia en el original griego. Es una palabra sumamente poderosa. Se la traduce como capacidad, privilegio, fuerza, competencia, libertad, maestría, (Concretamente magistrado, sobrehumano, potentado) influencia delegada: autoridad, derecho, dueño, jurisdicción, libertad, poder, potencia, potestad. Es decir que: a los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio capacidad de ser hechos hijos de Dios. ¿Y entonces qué pasa cuando tú ves a una persona que nunca llega a ser hijo? ¿Qué puede haber pasado con él? No lo recibió. Entonces sale alguien que te dice: ¡Pero es que no, hermano! ¡No puede ser!¡Ese hermanito tiene muchos años de creyente! Puede ser, pero no lo recibió. La señal de que una persona recibió al Hijo, es que él tiene competencia, autoridad, potencia. ¿Para qué? Para ser hijo. Esto cambia bastante lo habitual que conocemos, ¿No es cierto?

De todos modos, aquí surge un problema que, lamentablemente, es muy frecuente. Pregunto: ¿Qué es predicar el evangelio? Es algo que en algún momento lo hemos hablado, lo hemos mencionado y hasta lo hemos juzgado. ¿Cómo podemos saber, nosotros, si la gente está recibiendo al Señor? Casi a coro sale un grupo que no es pequeño de hermanos que dice: ¡Si hace la oración de entrega, lo recibe! Ah, sí, claro; Pero… ¿Y si esa oración verdaderamente fue genuina, por qué la gente no llega a ser hijo? De hecho y por obvias razones, esta última pregunta, generalmente se queda sin respuesta. ¿Será porque no existe una respuesta segura? No. Es porque hay una respuesta, pero nos agarra una mezcla de vergüenza y temor decirla en voz alta. Y aclaro: vergüenza, porque hace años que estamos haciendo lo mismo sin cuestionarnos ni preguntarnos nada. Y temor, porque  a esa misma oración la ha hecho tanta gente que amamos y deseamos sea salva y tenga la categoría de hijos…

La respuesta es que no alcanza con reconocer que hay Cristo. No alcanza con aceptar a ese Cristo como Salvador y salir a proclamarlo a los cuatro puntos cardinales. Lo que sí alcanza, en principio, es CREER todo eso, PONERLO POR OBRA seguidamente y, como punto final, entregarle tu vida sin condicionamientos, que es de la única manera en que definitivamente, lo harás SEÑOR. La Autoridad vendrá automáticamente a tu vida como consecuencia de todos estos pasos. De otro modo, por alta que sea tu posición y prestigiosa tu trayectoria dentro del sistema y sus estructuras, ni lo sueñes.

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La Estatura de Un Nombre

Creo fielmente que, a partir de todas las cosas que hemos compartido y estamos compartiendo en este tiempo, vas a descubrir que como iglesia, nosotros tenemos un solo mensaje. Entonces tú me dices: ¡Claro, hermano! ¡El mensaje del evangelio! ¿Sabes qué no? ¿Qué? ¿Cómo dice? Que no, que el centro del mensaje de la iglesia, es dar a conocer el nombre del Señor. Eso es lo que siempre estuvo y está escrito. Esa es la razón de nuestra existencia, podría añadirte. ¿Y por qué me atrevo a decir que eso no es el evangelio? Porque en estos tiempos tan especiales que vivimos, todavía se predica un evangelio donde no se presenta el nombre. Para evitar ofensas, argumentan. Claro, y entonces la gente de pronto se convierte, y sabe muy bien que se ha convertido en algo, o a algo, pero pasará mucho tiempo antes que sepa en qué o a qué, se convirtió. Dice Pablo que él es escogido para llevar Su nombre en presencia de los gentiles. ¿Dónde dice va a llevar su nombre? A los gentiles. ¿Sabía Pablo lo que tenía que hacer? Sí, a eso se lo van a repetir. Esta instrucción Dios se la está dando a Ananías, cuando es usado en Damasco, no se la está diciendo a Saulo.

¿Entonces se podría decir que Pablo allí recibe una hoja con instrucciones? Sí. ¿Y él sabe lo que tiene que hacer más adelante? Sí. ¿Y él sabe dónde, en qué lugar geográfico? Sí. ¿Y él cumple y hace eso? Sí. A todos estos, a los que Dios llamó, de los cuales yo he estado mencionando nada más que algunos, con decirte que se me quedó afuera nada menos que Jeremías, que también recibe un tremendo llamado, y a los que habría que sumar a Jonás, a Daniel, o José. O piensa en Bernabé, o en Esteban; Bien; todas estas personas, sin excepción, tenían un kerusso (¿Recuerdas que se traduce como Mensaje?) y tenían un apostello. (Son Enviados) Nadie puede cumplir con la voluntad de Dios, si no tiene estas dos cosas.  Entonces, obviamente, la pregunta que surge, es: ¿Cómo puede llamarme Dios a un ministerio, en este tiempo? No lo sé, Dios es Soberano, pero te aviso que Él sigue llamando a la gente como la llamaba antes. Tal vez no utilice zarzas ardientes, pero Él te hace conocer su voluntad de una manera que no te tienen que quedar dudas.

¿Y entonces? ¿Cuál es el error más frecuente? Que ciertos líderes o directamente ministros, quizás por hacer más suave el evangelio o motivar e incentivar a las personas para que acepten a Jesucristo y se incorporen a la iglesia, terminan diciéndoles a esa gente cosas que no son verdaderas. Y esto nos muestra un principio determinante: en el fondo, el evangelismo que funciona, es el evangelismo uno a uno, el persona a persona, el directo e individual. Porque es a través de ese proceso que una persona puede recibir una dirección más precisa respecto a saber para qué Dios lo necesita. Sin embargo, la predicación masiva tiene un ejemplo en Pedro, la Biblia lo relata. ¿Hizo algo mal? No, él tenía que abrir la puerta, porque él tenía la llave. ¿Entonces, Pedro tenía la llave? Sí, la tenía. Es que nosotros pensábamos que esa llave era un invento de… ¡No! ¡Él la tenía! Pero no se quedó con ella y mucho menos se la entregó al Vaticano. Era la llave para la primera predicación. Él usó esa llave para abrir el evangelio a los gentiles. Pedro. Y a los judíos.

Pero, aún en esa prédica de Pedro, podemos notar que hay propósito y dirección. La gente que conoció a Jesús en esa prédica, sabía quién era Jesús, después de escuchar la prédica. Porque la respuesta inmediata de ellos, fue: ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo arreglamos esto? Realmente, ellos recibieron claridad en el mensaje. Y esto, convengamos, no es lo que usualmente estamos viendo en nuestros ambientes. Dejemos de lado esta época de pandemia porque hoy nada es normal, todo está modificado y cambiado, pero lo cierto es que como quiera que sean las cosas, la predicación del evangelio del Reino, es un modelo a seguir que nadie puede alterar ni suplantar por otro. Es decir que, conforme a todo lo que hemos venido compartiendo, el primer principio visible, es el que muchos han dado en llamar: Principio de La Comisión. Pero podemos ir más lejos, todavía; ¿Podemos hablar de la Gran Comisión? ¡Claro que sí! ¿Y tiene estos mismos perfiles? Sí, tiene los mismos perfiles.

Hemos empezado todo este análisis que venimos realizando con miras a encarar un nuevo sistema en el cual podamos ser esa sal y esa luz del mundo que se nos ha demandado como premisa básica. Un sistema que emana del Reino de Dios y no una mezcla rara y bastarda que debe adaptarse a un sistema mundano con rudimentos inalterables propios que terminan por destruir lo edificado. Y lo hemos comenzado a todo esto con una palabra específica, que es la declaración de Pablo, en Romanos 10:15, que dice: ¿Cómo predicarán, si no fueren enviados? Y hemos explicado que aquí hay dos elementos determinantes. Es lo que se va a decir, el predicar, el kerusso, y el concepto de ser enviados para cumplir una tarea; ambas son necesarias.

Anteriormente pudimos explicar lo que era el predicar y lo que era el ser enviado. Y fíjate que aparece por primera vez en este tipo de estudios, una definición muy singular de apóstol: enviado lejos. Pero no sólo es enviado lejos en distancia geográfica, sino que también tiene que ver con posicionado, con apartado y con firmemente establecido. También hemos mostrado ejemplos: Moisés, David, Jacob, Mateo y Pablo, para mostrar un simple principio: Dios siempre trabaja de esta manera: llama a la gente, es Él el que busca a las personas, y no las personas las que lo buscan a Él.  Y en segundo lugar las empodera, por usar un término que no me gusta mucho, pero que está tan actual que todos entienden. Les otorga poderes, les da dirección, les muestra dónde las necesita y hacia dónde deben ir. Y entonces recién allí las envía. Hoy es un tiempo donde Dios estará comenzando a hacer eso. La gran pregunta final, es: ¿Estarás tú preparado o preparada, para que ni bien oigas la voz del Espíritu Santo, dejes todo lo innecesario y salgas a cumplir con tu destino? Piénsalo, pero recuerda que no tendrás toda la vida para decidirlo. Esto, tal como están las cosas, me temo que será ya y ahora. Y nos tiene que encontrar preparados y dispuestos.

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Coces Contra el Aguijón

Todos sabemos que en nuestros ambientes hay gente a la que podríamos considerar de todos los colores. Están los que se acercan a ti y te prueban con diversas triquiñuelas, cuando lo único que buscan y les interesa, es que tú les resuelvas sus problemas. Simulan ser tus seguidores, tus admiradores, tus discípulos y hasta tus amigos, pero eso concluye en el momento en que su problema coyuntural, encuentra una salida. Ahí ser pierde de vista hasta el próximo drama personal. Escucha: la manipulación no tiene necesariamente que ver con Jezabel. El hombre, genéricamente hablando, es manipulador por esencia, por carácter. Si esa persona viniera a mí y me dijera: mira, tengo que hacer tal o cual cosa. Me lo han propuesto y una parte de mí quiere hacerlo y la otra no. ¿Tú qué opinas? ¿Qué me aconsejas? O, tratándose de mí, seguramente me diría: ¿Qué harías tú en mi lugar? ¿Qué sugieres? Algo se llevaría, seguramente. Pero no, eligen pintarte un cuadro abstracto y esperar que de tu interior salga un consejo, una sugerencia o una palabra que les enseñe lo que tienen que hacer. Pregunto: ¿Tanto temor a mostrarse frágil tiene el hombre? Sí, nadie quiere ser el perdedor. Todos sueñan con ser el gran vencedor. Sólo un problema: en una competencia, hay un solo vencedor.

Entonces viene alguien y me dice: ¡Claro, pero el ejemplo que usted está dando tiene trampa, hermano! ¡Con una zarza ardiendo como la de Moisés, cualquiera cree! ¿Ah, sí, eh? Pues yo te aseguro que si hoy se presentara una zarza ardiendo, seguramente aparecería alguno de esos miles de buscadores de perlas que andan por las páginas Web cristianas, y ya le encontraría algún error o, en su defecto, intentaría debatir teología con ella. Siempre recuerdo el título de un libro que leí. Del libro no recuerdo nada, pero el título jamás se me fue de la mente y cabe aquí: “Aunque los Muertos Resuciten”, se llamaba. ¿Fui claro, verdad? Mira; Moisés estaba destruido en su propia imagen, cuando la zarza aparece frente a él. Él no era capaz de oponerse a nadie. Lisa y llanamente, era un fracasado. Fue educado para ser príncipe, recuerda. Y estaba casado con una mujer que ni siquiera era judía, y trabajaba cuidando las ovejas de su suegro. ¿Quién podría ser feliz así?

¿Y qué hacer con todo lo que él había recibido en Egipto? No sé, pero cuando apareció la zarza, él estaba tan  destruido que no se sintió capaz. Un último ejemplo: Pablo. Siempre pongo a Pablo como ejemplo de algo. ¿Se nota que es mi favorito? ¿Cómo dices? ¿Qué un maestro del Señor no debe tener favoritos? Tienes razón, anótala como mala mía. Pero Pablo es mi favorito. Mira Hechos 9. Y él le dijo: ¿Quién eres, Señor? ¿Recuerdas? Está yendo camino a Damasco, se le aparece una gran luz y se cae al suelo (Mi Biblia no habla de caballo, ni de camello, se supone que sobre algunos de estos dos animales viajaba Pablo, por la distancia, pero lo cierto es que lo único que dice allí es que cayó al piso, no sé qué dirá en la tuya) y el resto de la historia seguramente la conoces. Pero él le pregunta: ¿Quién eres, Señor? Este fariseo de fariseos, no sabía quién era el Señor. Eso, simplemente y justamente, es lo que la religión produce. ¿Te impactó leer esto? Te aseguro que a mí también, cuando lo recibí.

(Hechos 9: 5) = Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. 

Es interesante que no se presente como Yo Soy, como el Dios del Antiguo Testamento. Yo Soy, pero Jesús, nombre propio e individual. Además, fíjate que es interesante, también, que se presenta casi sin anestesia. ¡Cero protocolo! ¡Yo Soy el que tú estás persiguiendo, muchacho! Y lo quebró. Otra vez uno tirado en el piso. Esto me recuerda cómo se preocupaban los conservadores a ultranza porque la gente se les desparramaba en el piso sin su permiso.

(6) El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿Qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. 

Pregunta un tanto tontuela: ¿De verdad tú piensas que cualquiera de nosotros, si nos hubiera ocurrido más o menos lo mismo que a Pablo, nos hubiéramos puesto de pie, ciegos, y se nos hubiera ocurrido preguntar lo mismo? ¿No te parece que antes hubiéramos pretendido algo así como pedir explicaciones por el golpe que nos dimos y por la ceguera que padecíamos? No hay caso; una cosa es el que está llamado y levantado para que sí, y otra cosa es el que está permitido para que no.

(7) Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, más sin ver a nadie. 

¿Tú sabes que de esto que terminas de leer, jamás escuché enseñar ni predicar a nadie? Cuidado: yo tampoco lo había hecho hasta este preciso momento, en que estando en otro tema, me encuentro con este mínimo pero importante episodio. Los que rodeaban a Pablo oían la misma voz que Pablo (Todavía Saulo) estaba oyendo, pero no veían a nadie. La pregunta que se me ocurre, es: ¿Pablo sí estaba viendo a Jesús? En su espíritu, porque se había quedado ciego, dice el relato. Hay veces que no terminamos de entender las cosas de Dios, ¿Verdad? En fin; cuando no entiendes a Dios, mejor sencillamente créele.

(8) Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, 

Hoy hablábamos respecto a si se cayó de un caballo o de un camello, porque conjeturamos que dada la distancia que debía recorrer, iba a lomos de alguna de estas dos clases de bestias. La Biblia no las menciona. Dice que se cayó al suelo, nada más. Y aquí añade que luego, cuando se pone de pie, como había perdido la visión, debió ser llevado de la mano para que no tropezara y se cayera. Ahí es notorio que no iba a lomos de ningún caballo ni camello, sino a pie.

(Verso 15) = El Señor le dijo: (A Ananías) Ve, porque instrumento escogido me es éste, (En referencia a Saulo), para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; (16) porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.

Ya lo sabes. Tú que anhelas servir al Reino y ser considerado hijo del cual el Padre tiene complacencia, lo cual es muy legítimo y está excelente pensarlo y sentirlo: ¿Entiendes que esto no es un asunto de show, espectacularidades, monumentales festivales ni multitudinarias reuniones masivas? Esto es entre Dios y tú. Y encierra una serie de elementos y razones de las cuales serán testigos solamente Dios y tú. Porque si eres levantado como lo fue Saulo para convertirse en Pablo, gozarás de las mieles de la confianza divina, glorificarás al Dios de todo poder con tu ministerio, pero te será mostrado cuánto te es necesario padecer por Su nombre. Está todo junto, acéptalo y no des coces contra el aguijón

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¿Listos Para Dejarlo Todo?

 (Génesis 28: 13) = Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, (Está hablando de la piedra, ¿Recuerdas?) el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. (Noten que no es Jacob el que está buscando a Dios, es Dios el que lo busca a él)

(14) Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. 

(15) He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho. 

Vamos a ver: ¿Qué le pide a cambio a Jacob? ¿Le pide algo Dios a Jacob? No, nada. ¿Se podría decir que ese es un pacto?  No, no es un pacto. Porque el pacto es un acuerdo de dos partes, donde cada uno dispone poner algo. En realidad, esta es una manifestación extraordinaria de la gracia de Dios, en la que Dios comisiona a Jacob. Ahora volvamos a la escena. Él va a llegar a la casa de Labán, y no escapando, precisamente, él es enviado por su familia. Recuerden ustedes que él es enviado por su casa para que él vaya. Estando allá, durante esos veinte años que él trabaja por sus dos esposas y su riqueza, seguramente que muchas veces él se debe haber acordado de esta palabra, ¿No te parece? ¡Seguro que sí!  Sin embargo, podemos pensar que durante todas esas oportunidades, él recordaba esto: Yo estoy contigo. Te guardaré donde quiera que vayas. Te haré volver a esta tierra. ¿Podríamos, por un momento, tratar de pensar en las palabras de Jesús? Toda potestad me es dada, por tanto id y haced. Yo estoy con ustedes, hasta el final. ¿Hay una co-misión en Jacob? Sí. Tú vas a bendecir a todas las naciones de la tierra, tu simiente. ¿Depende de él? No, no depende de él. Porque le está diciendo que lo va a hacer a través de él, le guste o no, Dios lo va a hacer. Si ustedes ubican esta palabra, fue la misma promesa que Dios le da a Abraham.

A Abraham le da cinco promesas. Y esto que acaba de decirle a Jacob, es parte de lo que Dios le había prometido a Abraham. Ahora bien; con Abraham, Dios sí hace un pacto. Y el pacto de Abraham, es un pacto multi-generacional. De tal manera que Jacob, dos generaciones después, está recibiendo el beneficio de un pacto que hizo su abuelo, si tú quieres, su antepasado, con Dios, sin que él tenga que poner ni un centavo. Te voy a prosperar, te voy a bendecir, te voy a dar toda esta tierra, vas a ser bendición para todos, nunca te voy a dejar. ¿Te parece conveniente este negocio? Y fíjate; lo hizo con una persona que tenía como apodo, Suplantador. Del nombre Jacob, viene Santiago. La palabra Santiago no existe en el hebreo, es Jacobo. Jacob, Jacobo. ¿Y de dónde viene Santiago? De Saint James. James, en inglés, es Jacobo. Ahora piensa: ¿Qué te habrán dejado tus abuelos? ¿Prosperidad o iniquidad? Revísalo, es adecuado. Le está diciendo a Jacob: haré esto, sin que tú hagas nada. ¡Oh, Jacob! ¡Es tremendo tu llamado! ¿Sí? ¿Qué llamado? ¿Cómo se hace para recibir eso? Es fácil, tienes que ser descendiente de Abraham. Ahora, si tú has entendido lo que Pablo dice de Abraham, este tema es muy sencillo. Nuevo Testamento.

(Mateo 9: 9) = Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, (Su nombre también era Leví) que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió.  Pregunto: ¿Mateo va a buscar a Jesús? No. Jesús es el que va a buscar a Mateo. ¿Y qué instrucción le da? Sígueme. Tremenda instrucción, apta para consultar ampliaciones, para cuestionarla, ¿Verdad? Ahora bien; ese “sígueme”, ¿Es futuro o es una acción inmediata? Es una acción inmediata. ¿Y qué hace Mateo después de oír a Jesús? Abandona todo y se va tras él. Muy bien; eso demuestra claramente que Mateo estaba calificado para cumplir con lo que Dios necesitaba y para lo que él había sido llamado. Hay otro discípulo, del cual ignoramos su nombre, porque Dios no permitió que apareciera, que cuando vio a Jesús le dijo que deseaba seguirlo. Y Jesús vio con buenos ojos que lo hiciera, así que le dijo lo mismo que a los demás: deja todo y sígueme. Ahí fue cuando este hombre le dijo que ahora no podía, que primero debía sepultar a su papá y que luego sí lo seguiría. ¿Recuerdas la respuesta de Jesús? Deja que los muertos entierren a sus muertos. ¿Qué quiso decirle, que su papá ya estaba muerto? No. Le dijo: mira; si yo te estoy llamando, tengo la autoridad y el poder para hacerme cargo de tu padre mejor que tú. ¿Qué vas a hacer tú, con tu padre, que sea superior a lo que yo pueda hacer? ¿Acaso puedes prolongarle un día más su vida? ¿Cómo puedes tú ayudarlo, realmente? No puedes hacer nada, los muertos no pueden ayudar a los muertos. Pero si tú me sigues, vas a ser vivo. Y este hombre sin identidad no volvió a hablar de su familia.

Apareció otro y le dijo: mira; yo he guardado todos tus mandamientos desde muy joven. ¿Todos? Sí, todos. Bueno, entonces sólo haz una cosa más; deshazte de todas las cosas materiales que tienes, véndelas y luego ven y sígueme. Y este hombre en lugar de hacer eso se puso muy triste porque tenía muchísimas cosas y le dolía perderlas. ¿Qué es lo que demuestra que una persona está calificada para lo que Dios la está llamando? La obediencia inmediata. ¿Sin dudarlo? Sin dudarlo. Pese a todo esto, y sin embargo, vez tras vez, cometemos un error que casi siempre es el mismo: Y es el de tratar de ayudar al Espíritu Santo. Vemos a alguien que parece tener amor al Señor, que es bueno con la palabra, es dedicado y, de inmediato, nuestro corazón quiere tomarlo y discipularlo.

Sin embargo, si se trata de una persona joven, no podemos saber de ninguna manera cómo será en el mañana, cuando por ejemplo, aparezca en el horizonte la joven o el muchacho que le gusta, si es que se trata de un joven o de una jovencita. Tampoco sabemos cómo será cuando tenga su primer salario. En suma; no sabemos cómo y en qué habrá de cambiar, porque la gente cambia. Y una vez que tú le dices que va a ser esto o aquello, eso muy difícilmente se pueda revertir. Y es donde generalmente estamos al punto de cometer una infracción, un error. Delegarle poder a una persona que no está calificada para tener poder. Y no es porque Dios lo desprecie, sino porque a lo mejor todavía no está lo suficientemente maduro, o porque todavía no es su tiempo, o cualquier otro factor de los tantos que pueden aparecer. Escucha: ¿No te ha sido suficiente con todo lo que has tenido que ver, respecto a gente que no estaba preparada para tener cierto poder?

Porque, inevitablemente, es allí donde el liderazgo promedio comete muchos errores. En primer lugar, porque se deja llevar por apariencias que se pueden estimar como frutos, pero no de los que habla la Palabra. La Palabra no habla de buena conducta ni dedicación full-time. La palabra habla de algo que es un testimonio un poco más interno. Y eso se ve expresado en lo que Samuel escucha de parte de Dios: Yo quiero a ese muchacho, le dice; porque yo no miro lo que está afuera, miro lo que está adentro, miro su corazón. Y cuando dice “su corazón”, la palabra más asociada es: su motivación. Es decir que a la hora de levantar a un líder o ayudante de líder, (Y sigo utilizando este término, que no me agrada en absoluto, porque es el que más rápido te llevará a entender de lo que estoy hablando), lo más importante no es ni su conducta ni sus capacidades. Lo más importante es su motivación. Si yo tengo don de sanidad y lo ejerzo a favor de los enfermos para la gloria de Dios, es una cosa. Si lo hago esperando de cada uno de los sanados una ofrenda al tono, entonces la cosa es bien distinta. Pero, escúchame bien: ¡¡¡Bien distinta!!!

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