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Nuestros Dilemas Culturales

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     En los tiempos antiguos, eran muchos los hebreos que creían en la existencia y la vigencia de un Dios llamado Jehová. Sin embargo, resulta ser que, todo lo que sabían de Dios, no les servía para poder saber lo que Dios, en un momento específico, estaba haciendo. Había un superlativo nivel de ignorancia. Otro tema de ignorancia, muy fuerte en ellos, era la cultura. La cultura que ellos mantenían, como pueblo hebreo, quizás los había apartado del resto, que en todo caso sí era un objetivo de Dios, que ellos no se mezclen, pero por el otro lado, no entendieron que, cuando vino el Espíritu Santo, Dios ya no veía a la gente no creyente como gente inalcanzable. O sea: Él quería acercarse a los que no eran judíos, pero por su cultura, sus discípulos no. Dios tuvo que hacer todo un proceso en ellos para que cayeran sus paradigmas, y que ellos pudieran acercarse a los gentiles, sin condenación. Es famoso el encuentro de Pedro, ahí en Jope, cuando tiene la visión en la casa de Simón, para poder ir luego a la casa de Cornelio. ¿Y qué es lo que se ve allí? Un nivel visible de ignorancia.

     ¿Ignorancia en qué sentido? En la voluntad de Dios, en lo que Dios quería en un momento. Lo que en este tiempo tú sabes de Dios, por lo que has aprendido en los últimos veinte años, puede ser tu ignorancia mañana, con respecto a lo nuevo que Dios desee darte. O sea: todo lo que yo sé de Dios, siempre tiene que estar sujeto a ser revisado por el Espíritu Santo. Yo no pienso mover las cosas hasta que Él no las cambie. Pero debo estar dispuesto a cambiarlas. Pablo, por un lado, es enemigo de la ignorancia. En segundo lugar, una carga que podemos ver constantemente en él, es el constante anhelo que él tiene de que nosotros veamos a Dios como Él realmente es. Y esto, nace de un hecho puntual y concreto: la ley desfiguró a Dios. Es bastante feo decir eso, pero es cierto. La ley desfiguró a Dios.

     Desfiguró tanto a Dios, que en un momento dado era más importante la ofrenda que Dios. Que en un momento de la historia, trescientos años antes de Cristo, por allí, el Padre dice: ¿Saben qué? Ya no quiero que me traigan ofrendas, se acabó. Él mismo, que había instaurado el sistema sacrificial, como una forma de trabajar con las faltas y pecados del hombre, los holocaustos y todo eso, en un momento determinado, dice: ¡Ya me harté! ¡Basta! Porque todo lo que hacemos sin revelación, al pasar el tiempo, termina ofendiendo a Dios. Aunque lo que hayamos hecho, sea para Él. Por ejemplo: todos sabemos que trabajar duro para que gente muy pobre pueda llevarse un plato de comida a la boca, es bueno y agrada a Dios. Pero mucho más lo agradará si la mercadería que se utiliza para elaborar esas comidas, es de primera calidad y no sobras que nadie quiere.

     Por eso, Pablo es muy duro con aquellas personas que hacen las cosas de Dios, pero sin considerar el corazón de Dios. Van a ver ustedes que Pablo es muy misericordioso con los no creyentes, aún con los más pecadores; pero con los religiosos, ni la menor ventaja. Él, es sumamente estricto, muy duro. Él es muy condenatorio. Ese, mi amado hermano, es el espíritu de Reforma. Ya en los tiempos de Pablo, en la época en que él vive, la iglesia estaba sufriendo el manoseo del conocimiento humano. Se empezaron a querer conjeturar o teorizar cosas. Ningún hombre de Dios genuino necesita del consejo de la gente cuando acaba de escuchar al Señor. La gente se aferra de ese versículo que dice que en la multitud de consejos está la sabiduría, y no se da cuenta que lo está diciendo un hombre que tuvo más de mil mujeres. Nadie necesita mil consejeros cuando tiene morando en su interior al Espíritu Santo. ¡Vaya impacto! ¿No crees?

     El peso del consejo, o el espíritu de consejo, sí es uno de los siete espíritus de Dios. El espíritu de consejo, es parte de los cinco ministerios. Cada uno de esos cinco ministerios, tiene acceso a ese espíritu de consejo. Pero, a veces es apabullado por la presión de la iglesia. Veamos este ejemplo que escuché. Un ministro que lidera una gran congregación, decide no hacer absolutamente nada sin orden expresa del Espíritu Santo. Pero, resulta ser que se aproxima el aniversario de la iglesia, y los diferentes sectores que lo ayudan, empiezan a presionarlo con “hacer algo”, porque siempre se hizo algo para esta fecha. Cierto es, la gente prefiere hacer algo por tradición o costumbre, a no hacer nada por orden del Espíritu Santo. Lo que vemos como iglesia, es el resultado de esa costumbre.

     Se supone que la misión de la iglesia, que es asamblea, es complacer al corazón del Padre, no al de la gente. Y ni quieras negarte, porque el infierno mismo se desata en tu contra en modo-planeta-tierra. Y todo porque un hombre, en algún momento, se atrevió y dijo que no iba a hacer nada hasta que Dios no se lo diga. ¡Qué peso tiene la cultura! Porque somos gente que de la boca para afuera decimos que vamos a hacer lo que Dios nos diga, pero que en el fondo, ya hemos decidido lo que queremos y lo que no queremos hacer. Lo he visto centenares de veces. Lo hemos visto centenares de veces. Es mucho más fácil decir: “Señor, bendice lo que vamos a hacer”, que decir: “Señor, ¿Quieres tú que hagamos?” Porque, créeme, ¡Es muy difícil no hacer nada! ¡Claro! ¡No somos unos vagos! De hecho que no son vagos, pero: ¿No deben esperar en silencio que Dios hable, y mientras tanto no hacer nada? Ah, sí, veremos…

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noviembre 23, 2018 Néstor Martínez