Hay algo en mi formación personal que es necesario que comparta, porque entiendo que puede servirle de aliciente a muchos. No tuve demasiados maestros en mi vida. Tanto en lo que fue mi profesión secular como luego, en lo espiritual. Algunos rudimentos básicos, algunas metodologías técnicas o académicas y no mucho más. El resto, como decimos aquí en mi patria, “a poncho”, que es una expresión que se podría sintetizar en otra mucho más técnica: autodidáctica.
Obvio que esto no es para sentir orgullo, porque está muy bueno estudiar y más que bueno aprender, pero los seres humanos no siempre vivimos como es mejor, sino como podemos, sabemos, o como nos toca conforme a las circunstancias individuales. Tuve que ser autodidacta porque no me quedó otra, y eso me permitió acceder a funciones donde una gran mayoría eran profesionales. Pude ejercerlas y relacionarme de igual a igual, pero mi esfuerzo tuvo que ser veinte veces superior al de cualquier egresado con lauros.
Sin embargo, un viejo maestro del periodismo, de esos que no existen en las aulas, sino en las redacciones de los periódicos, me dijo una vez algo que me hizo pensar y se me grabó. “Escribe bien, regular o mal, de acuerdo a cómo te salga, pero con algo siempre en mente: dando todo lo que tienes, sin guardarte nada y, mucho menos, subestimar a tus lectores”. No usó el poder de síntesis que sí utilizó un enorme profeta del Señor para conmigo en los años 90, cuando me dijo: “Para el Señor, hazlo todo con excelencia”.
Esta palabra se me quedó dando giros y más giros en mi mente. Al término lo utilizábamos a menudo en toda conversación, artículo periodístico o predicación espiritual, pero no te puedo asegurar que tuviéramos bien en claro su significado. Simplemente sabíamos que había que hacer las cosas, como dijo aquel viejo maestro, dando todo y sin guardarnos nada, y que, a eso, según aquel enorme negrazo ungido y profeta, podíamos llamarlo excelencia.
No lo sé. Lo que sí sé, es que la excelencia de ninguna manera es un regalo, porque nadie nace con excelencia. Te lo diré como lo aprendí: la excelencia es generada por un espíritu. Todos ustedes saben que, al encontrarse con el mundo corporativo y el desarrollo de los negocios en el siglo veintiuno, cada industria, no tengo del todo claro si también incluye a mi país, tiene altísima gravitación el área de control de calidad. En realidad, todo el mundo está hablando de gestión de calidad.
En el mundo empresario, por ejemplo, cada empresa trata de obtener la ventaja en calidad, porque el mercado está tan saturado con tantos tipos de productos y servicios que, el futuro no pertenece simplemente a los productores de cada cosa, ni a los solamente prestan servicios anexos a todo esto. El futuro pertenece a quienes tienen la ventaja en excelencia, ya sea en el servicio o en la calidad. Esa es la diferencia entre el éxito y la mediocridad en este siglo.
Así que esta organización, como cualquier otra empresa, debe concentrarse de arriba hacia abajo en la excelencia y la calidad, más que en sus productos y servicios. Todo el mundo vende productos, y todo el mundo ofrece servicios. Pero sólo unos pocos ofrecen excelencia en los servicios o en los productos. La excelencia se define como la calidad más alta. No alta calidad, sino la más alta. Un estándar superior, una calidad extrema.
Pero resulta ser que la excelencia no es solamente calidad, sino que va al extremo. Finalmente, y para redondear esta especie de introducción, la excelencia se define como calidad máxima. Así es que, si trabajas como supervisor, gerente, líder, o en cualquier otra posición, y trabajas con menos de excelencia, literalmente estarás trabajando por debajo de tu verdadera capacidad. La excelencia te costará lo que la mediocridad te ahorrará.
La gente excelente conquista todo aquello de lo que la gente promedio se pasa quejando. La mayoría de las personas que no avanzan en la vida, no lo logran porque están demasiado ocupadas quejándose de por qué no pueden avanzar. Por eso, una persona excelente conquista las cosas de las que una clase promedio se queja. La gente excelente busca soluciones. La gente promedio se queda mirando los problemas sin atreverse a tomar ninguna actitud.
La excelencia se orquesta en la mente, se traduce en el habla y se demuestra en tu vida. No necesitas preguntarle a alguien si es excelente, ¿Te has dado cuenta? Puedes saberlo hasta por la manera en que se viste, y no estoy hablando del costo de esa ropa, por la forma en que te habla, por cómo organiza lo que tiene alrededor, por la manera en que ordena sus palabras al hablar. La excelencia no se impone desde afuera, se libera desde adentro.
Si tú y yo vamos a ser líderes efectivos; si vamos a inspirar a otros a ser excelentes, ellos tendrán que verlo en nuestra mentalidad, en la demostración de nuestra vida y en nuestro discurso. La gente excelente hace mejoras, no excusas. Ese es un gran pensamiento. Nosotros, que estamos en el camino de otros que aspiran a hacer lo que estamos haciendo nosotros e, incluso, a superarnos, debemos animar a las personas a buscar soluciones frente a sus obstáculos, su oposición y sus desafíos, en lugar de permitirles que den excusas.
Un líder genuino compite sólo consigo mismo. Un verdadero líder jamás va a compararse con nadie más. En suma, la excelencia en todos sus órdenes tiene algunos principios básicos que todo ser humano debería conocer. En primer lugar, hay que consignar con absoluta contundencia algo muy importante: No te conformes con lo promedio. Porque lo promedio, así como te suena, es realmente la tumba en la cual vas a enterrar la excelencia. La gente promedio se esfuerza por encajar.
La gente excelente se esfuerza por sobresalir. Nunca puedes cambiar lo que aceptas. Así que no te conformes con lo promedio. Nunca podrás cambiar lo que te niegas a confrontar. Si sigues pretendiendo que la mediocridad es lo mejor que puedes dar, nunca avanzarás hacia la excelencia. No naciste para ser una persona promedio. Este es el desafío. Necesitamos inspirar a la gente a no conformarse, aún cuando parezcan tener éxito.
De hecho, el mayo r enemigo del progreso es tu último éxito. Cuando te conformas con lo que ya lograste y crees que lo has conseguido todo, acabas de empezar a morir. La gente excelente nunca se conforma con lo promedio. Lo segundo en importancia, es clave: Desarrolla un Compromiso Profundo con la Excelencia. Nunca serás excelente hasta que decidas que ese será tu estilo de vida. Primero debes ser el mejor, entonces serás el primero.
Piensa en esto. En los negocios, todos piensan ser los primeros en el mercado, pero esa es la búsqueda equivocada. Las personas excelentes no intentan ser las primeras, intentan ser excelentes. Es muy similar a cuando el machismo rudimentario procura ser el primero en la vida de una mujer. Mucho más inteligente es el hombre genuino, que hará todo lo que le sea posible para ser el último en la vida de una mujer. Dime qué es más inteligente. O excelente.
Por todo esto, primero debes ser el mejor y, recién allí, serás el primero. Alguien relató que un día, Miguel Ángel estaba pintando la Capilla Sixtina, y todos conocen esa historia. Es la obra más impresionante de Roma. Personas de todo el mundo viajan para verla. Miguel Ángel trabajaba recostado en su espalda contra un andamio, pintando todo el techo. Y cuenta la historia real que un día, uno de sus asistentes, entró a revisarlo.
La capilla estaba oscura, llena de velas y polvo y no podía verlo. El asistente gritó: ¡Miguel! No obtuvo respuesta. Gritó otra vez ¡Miguel! ¿Estás aquí? Escuchó un ruido en una esquina, detrás de una columna, en lo alto, donde nadie podía verlo. Finalmente, una voz respondió desde la oscuridad: Sí…estoy ocupado. El asistente se acercó, miró h hacia arriba, y allí estaba Miguel Ángel, acostado en su espalda, pincel en una mano, paleta en la otra, pintando en un rincón escondido del techo, detallando las plumas de un ángel diminuto que nadie vería jamás.
Su amigo le dijo: Miguel… ¿Qué estás haciendo? Nadie verá ese detalle. Y Miguel Ángel, sin detenerse, respondió con firmeza: ¡Pero Dios lo ve! Y siguió pintando. Ese es el verdadero espíritu de la excelencia. Un espíritu excelente no trabaja porque lo miran, ni porque será reconocido. La excelencia surge de una actitud interior. Miguel Ángel no trabajaba para la aprobación de la gente, tenía integridad consigo mismo.
Creía que todo lo que hacía, debía ser mejor que todo lo que había hecho, aunque nadie más lo viera. Deberíamos aplaudirlo por el resto de la historia por darnos ese maravilloso ejemplo de excelencia. Miguel Ángel fue un hombre de excelencia, y por eso no podemos ignorarlo. En tercer término, hay una clara sugerencia: Posee Ética e Integridad. Una persona excelente, siempre posee estas dos cosas: ética e integridad.
Tu talento puede llevarte a lugares donde tu carácter no podrá sostenerte. Piensa en las historias bíblicas de José y de Sansón. Y aquí cabe una buena pregunta: ¿Quién fue más fuerte, Sansón o José? La respuesta es José. Sansón tenía todos los músculos. Era físicamente imparable. Podía arrancar las puertas de una ciudad. Matar a mil hombres con una quijada de burro. Derribar un templo entero con sus manos. Sansón era un monstruo de fuerza.
José, en cambio, no tenía músculos. No mató a mil hombres. Nunca destruyó un templo. Y aún así, fue más fuerte que Sansón. ¿Por qué? Porque la moralidad es más fuerte que el talento. Nosotros no abusamos de la gente. No violamos la familia. No le faltamos el respeto al matrimonio. No pasamos por encima de las convicciones. La excelencia implica un compromiso con la ética y con la alta moral. Por eso José fue más fuerte que Sansón.
Cuando una mujer casada quiso acostarse con él, lo enfrentó con integridad. Ella entró al cuarto sin ropas, cuando José salía con solo una toalla. Sansón, en cambio, se encontró con mujeres vestidas y no pudo controlarse. José, en cambio, fue tan fuerte interiormente, que soltó la toalla y salió corriendo, desnudo, para no ceder. Para mí, ese es un hombre verdaderamente fuerte. En cualquier organización o empresa, debemos comprometernos con la fuerza de la ética y de la integridad, por encima de la satisfacción o gratificación personal.
La ética son estándares morales basados en principios que gobiernan tus creencias y convicciones. Son actitudes mentales basadas en lo que crees, que controlan tu comportamiento. Lo que crees se manifiesta en cómo actúas. La integridad es la integración de tus palabras con tu comportamiento. Lo que dices y lo que haces, deben ser consistentes. Una persona de excelencia, tiene un espíritu de integridad. La integridad es la integración entre tu palabra y tu conducta.
La excelencia produce confianza. Porque la gente observa si lo que dices coincide con lo que haces, antes de confiar en ti. Los verdaderos líderes son aquellos que logran que otros confíen en ellos, porque dicen lo que piensan y cumplen lo que dicen. Si vas a ser una persona de excelencia en el liderazgo, debes integrar tus palabras con tus acciones. Si prometes a alguien que lo vas a llamar, llámalo. Si prometes reunirte con alguien o visitarlo, hazlo.
Si prometes enviar un producto en cierto tiempo, cumple con ese compromiso. Porque la excelencia es integridad. Lo que dices es lo que haces, y lo que haces es lo que antes dijiste. La palabra integridad proviene de integrar, que significa ser uno. Lo que dices debe ser exactamente lo que eres. La credibilidad y el carácter, son el resultado de la integridad. En cuarto término, Un Líder Excelente Muestra Respeto Genuino por los Demás.
Respetar significa honrar, valorar, estimar altamente, reconocer el valor de otra persona. Mi pregunta para ti, si fuera tu gerente o tu supervisor de equipo, sería esta: ¿Qué son las personas para ti? Para muchas empresas, las personas son sólo empleados, piezas de un engranaje. Para otros, las personas son sólo oportunidades para usarlas y avanzar. Pero la pregunta clave, es: ¿Cuál es tu valor de un ser humano y cómo ves a los demás?
La gente sabe cuando la respetas y cuando no, así que no lo finjas ni lo simules. A las personas no les importa cuanto sabes, hasta que saben cuanto te importan ellas. La excelencia se manifiesta en honrar a las personas. Quinto elemento: Recorre el Segundo Kilómetro. La excelencia se manifiesta en personas que no tienen miedo de dar lo mejor de sí mismas. La responsabilidad es más grande que los derechos. Da más de lo que tomas de la vida, da más de lo que te piden.
¿Cuántos conoces que hacen lo mínimo necesario? ¿Cuántos líderes sólo cumplen con lo esperado y nada más? Ese no es un espíritu de excelencia. Un espíritu de excelencia siempre va más allá del deber y más allá de la asignación. No actúa sólo porque se le dijo, actúa porque cree y porque se compromete. La excelencia siempre recorre el segundo kilómetro. Sexto tema: Sé Consistente. Nada frustra más que una persona inconstante. Una persona excelente establece altos estándares para sí misma.
Tienes que proponerte muy seriamente fijarte altos estándares a ti mismo. La gente se olvida de la velocidad con la que haces un trabajo, pero jamás se olvida cuando lo haces de manera brillante. Por eso es que debes ser más que consistente en tu desempeño. Haz siempre el mejor trabajo posible y demuestra la excelencia de tu actitud en todo lo que hagas. Muchas personas pueden ser buenas por un momento, pero un verdadero líder es consistente en todo lo que hace.
La consistencia atrae promoción. Si quieres que las personas bajo tu liderazgo sean fieles, tú mismo deberás modelar esa fidelidad. Si quieres que asistan a todas las reuniones correspondientes, entonces no debes faltar tú a ninguna. Si quieres que sean responsables con sus tareas, entonces muéstrales responsabilidad. La consistencia genera consistencia. Séptima condición: Nunca Dejes de Mejorar. Este es muy importante.
La excelencia es un espíritu que nunca se conforma. Una persona excelente puede estar impresionada con lo que ha hecho, pero nunca satisfecha. Siempre debes buscar crecer y mejorar. La excelencia es el resultado gradual de esforzarse constantemente por ser mejor. Si tú creces, todo lo demás crecerá contigo. Por eso es que un verdadero líder estará en constante desarrollo. Asiste a todos los seminarios que haya y léete todos los libros que hablen del tema.
Aprende, desaprende y vuelve a aprender. Porque sabe que si él crece, todo cambia. ¿Sabes qué? La vida y las cosas no cambian mucho. El que cambia eres tú. La mitad de los problemas que pensabas que eran terribles hace veinte años, hoy los ves como oportunidades porque creciste. La ignorancia es el mayor enemigo del hombre. El conocimiento es su mejor amigo. Cuanto menos sabes, más confundido estás sobre la vida.
Cuanto más aprendes, más simple se vuelve. Un verdadero líder excelente, siempre está creciendo. Porque sabe que todo mejora, a medida que él mejora. Así que asume la responsabilidad de tu propio desarrollo y enséñales a los demás a hacer lo mismo. No puedes estar cuidando líderes como si fueran niños. Los líderes se inspiran. Y si quieres que otros se conviertan en líderes como tú, debes animarlos a asumir la responsabilidad de su propio crecimiento.
Hay algo que creo que será el máximo secreto del liderazgo del siglo veintiuno. Los buenos líderes dirigen personas y desarrollan sistemas. Los grandes líderes desarrollan personas y dirigen sistemas. Esa es la diferencia. Es muy buen momento para preguntarte cuál de los dos eres tú. Durante los últimos ochocientos años, y más intensamente en los últimos quinientos, con la revolución industrial, la mayoría de filosofías de administración, se han enfocado en manejar gente y desarrollar recursos.
Lástima, porque el recurso más valioso que tiene son las personas. Los verdaderos líderes desarrollan personas. Los demás, sólo las administran. Cuando dejas de aprender, comienzas a perder. Cuando dejas de crecer, comienzas a morir. En octavo lugar: Dar Siempre el Cien por Ciento. Un espíritu excelente siempre entrega todo. La vida está compuesta por cuatro tipos de personas. Los que se rinden antes de empezar, los que se resisten, los que abandonan y los que lo entregan todo.
El primero, dice que es imposible, ni lo intenta. El segundo sólo está allí para gastar tu tiempo. Sin compromiso ni interés en mejorar. El tercero comenzó con entusiasmo, emocionado, pero pronto se rindió. Y el cuarto es el que paga el precio hasta alcanzar la meta. Las personas excelentes no están obsesionadas con salir corriendo a casa, sino con construir un hogar. Trabajan más allá de lo que se les pide, porque ven su trabajo como su firma personal.
Dicen que eso los representa. Si te avergüenzas de lo que has hecho, entonces nadie más debería verlo. Cada cosa que realices, debe ser digna de tu firma. Tu vida debe ser tan excelente que, cuando alguien vea lo que hiciste, pueda decir: sé quien hizo esto, sólo por la calidad. En noveno lugar: Haz de la Excelencia Un Estilo de Vida. La excelencia debe convertirse en un estilo de vida. Hazlo bien la primera vez y siempre. La mediocridad es una costumbre personal.
La excelencia es una elección, igual que la actitud. Tú eliges ser excelente. Las personas te ven antes de escucharte. Por eso, mírate bien a ti mismo. ¿Alguna vez te pusiste una determinad ropa y supiste que lucías increíble? En ese momento no podías esperar para salir a la calle. Porque la excelencia se nota. Un espíritu excelente es un estilo de vida. Se ve bien, se siente bien y produce bien. Algo debería ser regla fiel y permanente: si no lo puedes hacer bien, no lo hagas, todavía.
Adopta esa actitud en tu vida, en tu negocio y en tu trabajo. Esa es la actitud de la excelencia. Porque sólo tienes una oportunidad de causar una impresión duradera. Cuando estés frente a público, cuida tu estética. Sin exagerar, porque no eres un artista, pero con pulcritud y sobriedad. Camina con seguridad, habla con claridad y articula con fuerza. Da lo mejor de ti, porque sólo tienes una oportunidad para dejar huella.
Si un hombre vende diamantes y no lleva ninguno puesto, es porque está dudando de la calidad o de la legitimidad de esos diamantes. Si alguien vende pescado y no huele a mar, no te confíes de ese pescado. Si vamos a ser líderes que inspiran a otros que van a ser líderes, entonces debemos lucir como líderes, actuar como líderes y relacionarnos como líderes. Así ellos podrán ver como nos tratamos en nuestro nivel y se inspirarán a hacer lo mismo en el suyo.
Somos la manifestación de nuestro propio estilo de vida de excelencia. Nuestra apariencia es la plataforma de nuestra presentación. Por eso procura ser excelente en tu presencia física. Quiero darte un reto sencillo. Estudia la clase. Dedica el resto de tu vida a saber a ciencia cierta qué significa tener clase. O mejor, aún; ser de primera clase. Y créeme que no pasa por tu cuenta bancaria, ni lo sueñes. Conozco gente muy rica que es mediocre en su esencia. Y gente que vive con lo justo que brilla con luz propia.
Estúdialo. Porque lo que estudias comienza a moldear tu pensamiento. Y lo que piensas te convierte en lo que eres, como está escrito: Porque, así como el hombre piensa en su corazón, así es él. Si no piensas en excelencia, no puedes ser excelente. La calidad nunca es un accidente. Tu casa no es hermosa por error. Tu cuarto no se mantiene limpio por casualidad. La calidad no es un accidente. Es una decisión y el resultado del esfuerzo.
Y, finalmente, un espíritu de excelencia nunca se compara con otros, sino consigo mismo. Las personas de excelencia no miran lo que hacen otros para medir su éxito. La excelencia es competencia contigo mismo. Con lo que lograste la última vez, a ver si ahora puedes hacerlo mejor. Es un esfuerzo constante por superar tu propio nivel. La excelencia es celebrar lo que te hace único. Naciste original, no te conviertas en copia de la mediocridad de otros.
Observa a las personas, pero no permitas que te arrastren a ser como ellas. Nunca te conformes con lo logrado, de modo que dejes de avanzar hacia lo que aún puedes alcanzar. La excelencia es un espíritu que produce una actitud que genera una manera de pensar. Y que se manifiesta en un estilo de vida. Y, finalmente, ser tú mismo y llegar a ser tú mismo, es la esencia de la vida. Ayudar a otros a descubrirse y liberarse, es la esencia de vivir.