Evangelio de Juan – Introducción
Hola a todos. Hoy nos adentramos en uno de los libros más fascinantes del Nuevo Testamento: el Evangelio de Juan. No es simplemente otra biografía de Jesús —aunque lo es—, sino un texto con hondura teológica, espiritualidad para vivir, y mensajes que resuenan hoy. Quiero que juntos lo veamos como un viaje: desde el “en‑el‑principio” hasta la “vida en abundancia”, y nos permitamos descubrir lo que tiene que decirnos, con una sonrisa en el rostro porque la espiritualidad también puede y debe tener espontaneidad, alegría y ganas de compartirlo con todo el mundo.
El Evangelio de Juan arranca con un verso poderoso: “En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.” Esto ya nos saca del terreno del “yo escuché decir que…”, al nivel: “desde siempre, desde el origen, Dios se relaciona”—y esa Palabra, ese Logos, ese Verbo—se hace carne, se hace humano, camina entre nosotros. Juan nos coloca ante que Jesús no es solamente un buen maestro, un tipo admirable, sino que el “Verbo” que estaba con Dios es Dios mismo, y se hace humano.
¿Qué significa para nosotros hoy? Que la espiritualidad no es algo remoto, foráneo, sino que Dios entra en lo humano, en lo cotidiano, en nuestro desayuno, en el atasco de tránsito, en la charla con un amigo, en ese momento de “¿para qué sirve todo esto?” Que la Palabra se hace carne en nuestra vida. Y de paso, un toque de humor: si Dios se hace humano, supongo que también conoce los domingos sin ganas, el café frío, y las medias desapareadas.
Uno de los rasgos más distintivos de este evangelio son las declaraciones de Jesús en primera persona: “Yo soy…” — soy el pan de vida, soy la luz del mundo, soy la resurrección y la vida, soy el camino, la verdad y la vida. Cuando Jesús dice “Yo soy el pan de vida”, no está hablando solo del pan material sino del sustento que sacia el corazón; cuando dice “Yo soy la luz del mundo”, no es una bombilla nueva sino la presencia que disipa las tinieblas de la soledad, del miedo, del sentido vacío.
Y allí radica lo práctico: si le permitimos actuar como ese pan, esa luz, ese camino, nuestra vida se transforma. No en un “ticket fácil” al bienestar permanente, pero sí en una conexión con una realidad que trasciende lo inmediato. Y algo para soltar con ligereza: si Jesús es camino y verdad y vida… podríamos incluso imaginarlo sacándonos de GPS cuando “quedas a 300 metros a la izquierda y luego ‘siga recto hasta el fin del mundo’”. Porque el camino con él es más que dirección: es relación.
En el Evangelio de Juan Jesús dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” ¿Abundancia? Eso puede asustar: “¿Significa que voy a tener más dinero, más éxito, más likes en Instagram?” No necesariamente. La abundancia que Jesús ofrece es abundancia de sentido, de arraigo, de descubrir que no estamos solos, que somos amados. Es como encontrar que tu vida vale, que puedes estar conectado con el origen mismo, que puedes vivir con esperanza.
Pero también con realismo: el evangelio no promete solo días de sol, sino que en el mundo tendremos tribulación, pero “ánimo, yo he vencido al mundo” Así que la invitación es doble: aceptar la abundancia de vida que Jesús ofrece, y al mismo tiempo aceptar que la vida con significación también pasa por pruebas, por momentos de oscuridad, de espera. Y el humor sano entra: es como cuando alguien te regala una flor muy bella… pero en el camino se te clava un pedazo de espina. Sí, la flor es bella, pero trae espinas, y parte del crecimiento espiritual es aprender a valorar la flor y manejar la espina.
El evangelio de Juan tiene un propósito claro: que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que al creer tengamos vida en su nombre. Creer no es simplemente asentir con la cabeza; es poner la confianza, dejar que la vida se oriente alrededor de Él. Es como decidir cambiar de camino, dejar una vieja mochila de pesares, rencores, auto presiones, y tomar una nueva mochila —más ligera— donde lo esencial no es yo‑yo‑yo, sino Él‑conmigo.
Y luego está el “entrar”: pasar de las tinieblas a la luz, de la muerte al vivir. Juan habla de vida eterna, y de que esa vida no es un “después” distante solamente, sino que empieza aquí y ahora. Una reflexión práctica: ¿qué mochila estás cargando hoy? ¿Qué creencia, qué lastre necesitas soltar para abrazar la vida que Jesús propone? Un poco de humor para acompañar: imagina que llevas una mochila llena de piedras etiquetadas con “culpa”, “vergüenza”, “miedo”, y Jesús te dice: “Déjala ahí, toma la mía, que pesa menos y tiene un buen cierre”. Sí, él nos da esa opción.
Un tema que recorre este evangelio es la íntima unión entre Jesús y el Padre, y la promesa del Espíritu Santo. Jesús no actúa solo: dice “yo hago lo que veo hacer al Padre” imaginarlo es como ver un discípulo que observa al maestro y actúa con la misma intención, con comunión íntima. Y el Espíritu viene para quedarse, como compañero de camino. Esto tiene una implicación espiritual profunda: no estamos solos, no somos proyectos individuales sin apoyo. Hay comunión con Dios, hay presencia, hay aliento. Y sí: hasta ahí llega el humor de vida cotidiana: el Espíritu quizá no te hace campeona/o de Instagram, pero sí te recuerda que tienes un “amigo invisible” —y presente— que te acompaña cuando nadie más parece estar prestando atención.
En los capítulos finales (sobre todo en el llamado “discurso de despedida” de Jesús a sus discípulos) aparece una de las frases más hermosas: “un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.” Eso remueve todo planteamiento utilitario de la fe (“si rezo me pasan cosas buenas”) y lo lleva al terreno del servicio, de la entrega, del otro. Amar no es sólo recibir, sino dar. Y amar como Él amó implica vulnerabilidad, generosidad, perdón.
Lo práctico: hoy, en tu contexto, ¿a quién puedes amar de una forma nueva? ¿quién necesita ver que Dios ama a través de ti? Y de nuevo el humor: podrías decir “voy a amar como Él amó”… pero sin convertirte en superhéroe de las 24 horas y luego colapsar. Amar también implica descansar, pedir ayuda, reírte de ti mismo cuando fallas.
El evangelio no termina en una tragedia, sino en una victoria: Jesús muere, resucita, y aparece a sus discípulos, los envía al mundo. Juan organiza su relato en cuatro partes: prólogo, signos/milagros, pasión‑resurrección, epílogo. Esto nos habla de que la espiritualidad cristiana no es escapismo, ni se queda en lo abstracto, sino que toca lo real —muerte, sufrimiento, pérdida—, pero lo atraviesa con esperanza de resurrección, de nuevo comienzo, de vida que no se extingue. Y si lo traducimos al presente: quizá estás viviendo un “jueves santo” en tu vida —una espera, una incertidumbre—, pero Juan nos asegura que la historia de Dios no se queda en el sábado del silencio, sino en la mañana del domingo de la victoria. Así que sigue trabajando, sigue amando, sigue esperando. Y una sonrisa: igual que después de un día largo de trabajo vuelves a casa y decís “por fin”, en sentido espiritual también hay ese “por fin” que se abre en resurrección.
Para cerrar: el Evangelio de Juan nos invita a entrar en una experiencia de fe que es relacional (“con Él”, “en Él”), profunda (“en el principio”, “la Palabra”), práctica (vida diaria, amor al otro) y gozosa (sí, podemos reír con humildad, sabiendo que Dios también tiene buen humor y nos acompaña).
Te animo a acompañarme leyéndolo despacio, a dejar que cada “Yo soy…” calce en tu vida, que cada “creer” se vuelva puente, que cada “amar” sea un paso hacia el otro. Y recuerda: no estamos solos, hay Vida, hay Luz, hay Camino. Y si sentís que necesitas una pausa, que la mochila pesa mucho, tómala, y deja que la Palabra se convierta en carne en tu vida hoy. Gracias por escuchar. Que la Paz y el Amor que Jesús propone te acompañen.
Capítulo 1
El Evangelio de Juan no es solo un relato de lo que hizo Jesús, sino una invitación a conocer quién es realmente. Desde las primeras palabras Juan nos lleva más allá de los milagros y parábolas: nos lleva al corazón mismo de Dios. Aquí, Jesús no es solo un maestro o un hacedor de maravillas, es la Luz que ilumina nuestra oscuridad, el Pan que sacia el alma, el Buen Pastor que conoce tu nombre y te busca cuando te pierdes.
Juan escribió ‘para que creas’ —no en una idea, sino en una Persona— y que al creer, tengas vida verdadera. No una existencia religiosa, sino una relación viva. En un mundo que ofrece muchas versiones de la verdad, Juan te presenta a Jesús como la Verdad encarnada, y te dice con ternura y autoridad: ‘Míralo bien… este es Dios con nosotros.
El Evangelio de Juan es como ese amigo profundo del grupo: no te cuenta qué pasó, sino por qué importa. Mientras los otros evangelistas te dicen que Jesús caminó sobre el agua, Juan te guiña el ojo y dice: ‘Eso fue para que entiendas quién es Él’. Es como si dijera: ¡Dios está entre nosotros y te ama más de lo que amas el WiFi gratis!’ En resumen: Juan no solo quiere que sepas que Jesús vino, sino que confíes en Él como quien confía en el café de la mañana… solo que con resultados eternos.
En el principio… En el principio no había internet, ni redes sociales, ni siquiera café. Solo había el Verbo. ¿Qué te parece? Y no estamos hablando de gramática, obviamente… Hablamos de una Palabra viva, que además sobresale como poderosa, divina. De una Palabra que estaba con Dios, y que era Dios. Sí, sí… ¡Así arranca el evangelio de Juan! Con poesía cósmica y un misterio que haría sonrojar a cualquier filósofo griego. Pero todo tiene su explicación, claro.
Porque la Palabra —el Verbo— es la fuerza creativa del universo. Todo lo que existe, desde el ADN hasta las galaxias, fue hecho por Él. Y lo más asombroso: esa Palabra se hizo carne…
¡Eso dice! Y, Además. ¡Se vino a vivir entre nosotros! Así fue, ni lo dudes. Dios no se quedó allá arriba con sus nubes y sus querubines. Se puso sandalias, comió pan con aceite, caminó bajo el sol, y hasta se empapó en sudor en medio de ese clima áspero y achicharrante. Suena raro decir esto, ¿Verdad? ¡Es que somos tan religiosos y solemnes! ¿Tú crees que Jesús era así?
El caso puntual es que mira lo que nos muestra este primer capítulo de Juan. ¡Nada menos que a Dios, con piel humana! (Imagínate a Jesús con polvo en los pies y una sonrisa en los labios, compartiendo historias con pescadores.) Y en medio de esa historia, aparece un personaje peculiar:
Juan el Bautista. Una especie de influencer del desierto… sin Instagram, pero con miles de seguidores. Juan no tenía filtros, ni lo pretendía.
Vestía más que raro, y comía más raro todavía (¡langostas con miel!), y gritaba con fuerza: “¡Enderecen el camino del Señor!” La gente pensaba que era el Mesías, otros que era Elías, o algún profeta regresado de la ultratumba. Pero él lo tenía claro: “No soy la luz, solo vengo a señalarla.” Y vaya que lo hizo. Un día vio a Jesús venir y dijo: “¡He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” ¿Te puedes imaginar la escena? ¿Da tu mente para tanto?
Jesús se acerca, sin hacer aspavientos ni mucho menos pavoneándose como haría cualquiera de nosotros, hoy. Juan lo señala, y el cielo responde. Algo como una paloma —el Espíritu Santo— desciende.
No era un show de luces… era el cielo bajando a la tierra. Y allí comienza el seguimiento. Dos discípulos de Juan escuchan y siguen a Jesús. Le preguntan: “¿Dónde vives?” Y Jesús, sin rodeos, les responde: “Vengan y vean.” Se quedaron todo el día. Porque cuando estás frente a la luz… no quieres volver a las tinieblas.
Luego viene Andrés, que corre a buscar a su hermano Simón. Le dice: “¡Hemos encontrado al Mesías!” Y Jesús, cuando ve a Simón, le cambia el nombre: “Ahora te llamarás Pedro.”
(Que significa roca, aunque todavía era más bien una piedra movediza… pero eso viene después). Y por si fuera poco, Jesús encuentra a Felipe, y Felipe encuentra a Natanael. Este último, escéptico, dice: “¿De Nazaret? ¿Puede salir algo bueno de ahí?”
(Traducción moderna: “¿Ese del barrio humilde?”) Y Felipe solo le responde: “Ven y ve.”
Y cuando Jesús lo ve, le dice: “Te vi debajo de la higuera.” Natanael se queda de piedra.
¡Boom! Lo invisible se hizo visible. Y Jesús le dice: “¿Crees por eso? Vas a ver cosas mucho más grandes.
El cielo se abrirá. Los ángeles subirán y bajarán sobre el Hijo del Hombre.”
Este primer capítulo del evangelio de Juan es como abrir una puerta a lo eterno Es poesía, es historia, es teología…pero también es una invitación personal. Porque en medio de toda esta majestuosidad,
hay una verdad sencilla y revolucionaria: La luz vino al mundo. Y no cualquier luz. La luz verdadera.
Una luz que no se apaga, aunque la oscuridad lo intenta. Una luz que da vida, sentido, identidad. Y tú, ¿qué harás con esa luz?
¿La ignorarás como muchos hicieron? ¿O la seguirás como aquellos primeros discípulos,
que lo dejaron todo por una simple frase: “Ven y ve”? Porque sí… todo comenzó con el Verbo. Y ese Verbo sigue hablándonos hoy. A veces con voz de trueno, otras con susurros. Pero siempre con amor, gracia… y verdad. Un abrazo. Hasta el segundo capítulo.
Capítulo 2
¡Hola! Bienvenido a este espacio donde compartimos la Palabra con el corazón abierto, una sonrisa en el rostro… ¡Y, si se puede, con un buen café, té o mate argentino en mano! Hoy nos adentramos en el capítulo 2 del evangelio de Juan. Un capítulo con fiesta, con vino, con milagro… y también con mesa volteada. Así que… ¡vamos por partes! Ya lo sabes, no voy a leer el texto de este capítulo, eso debes hacer tú. Yo hablaré de él y tú lo comprobarás con tu Biblia o tu memoria.
Jesús fue invitado a una boda en Caná de Galilea. Y fue con su madre… y con sus discípulos. ¡Una boda con familia, amigos, y mucho entusiasmo! Pero en medio de la celebración, algo muy humano ocurre: ¡Se les acaba el vino! En una fiesta judía de aquella época, eso era casi como decir “se nos fue la luz en plena fiesta” … o peor. Un desastre social. Aquí hace años había un cantante de la provincia de Córdoba que tenía una pegadiza canción cuya letra decía en un momento a modo de pregunta: ¿Quién se ha tomado todo el vino?
Imagínate los novios… “¡Ay no, tía Miriam, no le digas a nadie! ¿Cómo que ya no hay vino?”
Y la madre de Jesús, María, que claramente era una mujer de acción, no se queda con los brazos cruzados. Se acerca a Jesús y le dice: – “No tienen vino.” Jesús, muy tranquilo, responde algo que a muchos nos ha hecho levantar la ceja: – “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha llegado mi hora.” Pero María… simplemente mira a los sirvientes y les dice una frase que todavía resuena hoy: “Hagan todo lo que él les diga.”
Y ahí ocurre el milagro. Jesús convierte agua —¡sí, agua común y corriente, ni siquiera envasada ni de filtro! — en vino. Pero no un vinito cualquiera… ¡El mejor! Sin ser bebedor de vino, por razones de trabajo, en una época tuve que estudiar las distintas calidades de los vinos. De hecho, no se trata de aplastar uva y listo, hay mucho más detrás de un buen vino. Todo un trabajo artesanal que, en este caso, simplemente pasó por una palabra de poder.
El maestro de ceremonias prueba el vino nuevo y dice: “Todos sirven primero el buen vino, y cuando ya están medio alegres… el barato. ¡Pero tú has guardado el mejor para el final!” Jesús no solo hizo un milagro. Hizo un gesto de ternura, de generosidad, de alegría compartida. Transformó lo cotidiano en algo extraordinario. Lo simple, en sagrado. ¿Y sabes qué más? Todavía lo hace. A veces lo vemos. A veces no. Pero Él sigue transformando nuestras aguas en vino… sí estamos dispuestos a “hacer lo que Él nos diga”.
Aunque no lo creas o no lo entiendas, todavía hay gente en los ambientes eclesiásticos que se sienten fastidiadas con este relato. Lo ven como una incitación al pecado de borrachera. No entendieron que beber vino es una cosa que hasta Jesús hizo, mientras que no controlar las adicciones es otra cosa muy distinta y no tiene nada que ver con un elemento específico. En algunos tratamientos de cardiología he oído a especialistas recomendar al paciente beber una pequeña copa de vino tinto de buena calidad por día. Precauciones, si; extremismos, no.
Después de la boda, el capítulo cambia totalmente de tono. Jesús va al templo, y lo encuentra… bueno, más parecido a un mercado que a una casa de oración. Había vendedores de ovejas, cambistas, monedas, bullicio. Era como entrar al mercado un domingo a mediodía, pero dentro de la iglesia. Jesús no dijo: “Bueno, vamos a calmarnos.” No, Él hizo un látigo de cuerdas —porque si algo nos enseña este Jesús es que la paciencia también tiene límites—, y limpió el templo. Volteó mesas, sacó a los vendedores, y dijo: “¡No conviertan la casa de mi Padre en un mercado!”
Este no es un Jesús enojado por capricho. Es un Jesús apasionado por lo sagrado. Un Jesús que ama tanto, que no se queda callado ante lo que está mal. ¿Y si hoy Jesús mirara nuestro “templo interior”? ¿Qué mesas tendría que voltear? ¿Qué rincón está lleno de ruido, de negocios mentales, de negociaciones con nuestra fe? Juan capítulo 2 es un recordatorio de que Jesús está presente tanto en la alegría de una boda como en la limpieza de un templo.
Está cuando el vino se acaba… y cuando el alma necesita orden. Y en ambos casos, Él actúa con amor. Con firmeza, sí. Pero con amor. Quizá hoy tú estás en Caná. Y se te acabó algo importante: la paciencia, la fe, la fuerza, el ánimo… O quizá estás en el templo, con el alma revuelta, necesitando que alguien venga y saque lo que ya no debe estar ahí. En cualquiera de los dos casos, Jesús está contigo. Solo recuerda lo que dijo María: “Hagan todo lo que Él les diga.” Porque donde Jesús está, el milagro empieza.
En una congregación que conocí, un día vinieron dos misioneros de origen sajón a visitar y predicar. Fueron invitados a almorzar y se espantaron porque vieron a creyentes bebiendo vino con el almuerzo. Esa noche predicaron atacando ferozmente al vino, declarando que era una bebida sólo apta “para ambientes degradados” y que un cristiano no podía en modo alguno caer en eso. La gente se sintió impactada, pero cuando descubrieron que ellos no bebían vino, pero si wisky, del mejor y en no escasas cantidades, comprendieron que todo se trataba de una opinión cultural, no bíblica.
En esa misma congregación, indignada por ese mensaje anti vitivinícola, no se inmutaban ni un milímetro por toda la mercancía que se practicaba en su hall de ingresos donde, junto con libros y videos, se vendían de toda clase de objetos casi esotéricos. Aguas, paños y hasta calcomanías supuestamente ungidas por causa de la oración del pastor. Así somos, veces. Pero podemos cambiar, estamos a tiempo. Gracias por compartir estos minutos. Que tu día tenga sabor a vino nuevo, a templo limpio, y a presencia viva de Jesús. Nos escuchamos pronto. ¡Un abrazo grande!
Capítulo 3
Este capítulo podría representarse teatralmente con una escena única: de noche t en una terraza de Jerusalén (Luz tenue. Sonidos nocturnos: grillos, viento suave. NICODEMO entra mirando hacia los lados, con una capa grande. Camina de puntillas de pie, temeroso de que alguien lo vea.) En Jerusalén, cuando el sol se va a dormir, algunos corazones se despiertan con preguntas. Éste es Nicodemo. Fariseo. Maestro de la ley. Amante del silencio… y, esta noche, de las preguntas peligrosas.
(NICODEMO se detiene, suspira. Toca suavemente la puerta. JESÚS la abre. Le sonríe con calma.) – Hola Nicodemo… Buenas noches. – Shhh… ¡Jesús! No tan alto, por favor. ¿Podemos hablar…? En privado. – Jesús mira a su alrededor y no ve a nadie. Entonces le dice: Tranquilo. Solo estamos tú, yo… y ese discípulo que se quedó dormido contando ovejas. (Se escucha un ronquido suave de fondo.) Nicodemo, aunque vestido como una autoridad, trae el alma desvestida. Una mezcla de respeto… y nervios.
Rabí…le dice. Sabemos que has venido de parte de Dios. ¡Nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él! Jesús asiente con su cabeza y una sonrisa tranquila y afectuosa y responde: Gracias, Nicodemo. Pero déjame decirte algo que no viene en tus libros… Te digo, con toda certeza: si alguien no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios. Obvio, a Nicodemo se le desparrama de un solo golpe toda su teología de años.
– ¿Perdón? ¿Nacer otra vez? ¿Y cómo se supone que un hombre, ya viejo, como yo (se palpa la espalda) va a volver al vientre de su madre? No creo que mamá esté de acuerdo…Jesús sonríe casi con ternura y expresa: No hablo de un parto con partera, Nicodemo. Hablo de un nuevo nacimiento del agua y del Espíritu. Lo que nace de carne, es carne. Pero lo que nace del Espíritu… ¡Es otra historia! Nicodemo parpadea. Sus neuronas fariseas hacen cortocircuito.
¿Pero cómo…? Casi aulla. ¿Cómo puede hacerse esto? Esta vez Jesús lo mira con algo de seriedad y añade: ¿Y tú eres maestro de Israel… y no sabes esto? Mira, te estoy hablando de cosas terrenales y ya te cuesta… ¿Cómo vas a entender si te hablo de cosas celestiales? Silencio. El tipo de silencio que hacen los relojes cuando se detienen. Jesús baja la voz, como quien cuenta un secreto eterno. Nadie ha subido al cielo, excepto el que bajó del cielo… el Hijo del Hombre.
Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto… así también el Hijo del Hombre debe ser levantado. Para que todo el que crea en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna. Nicodemo, con su mandíbula desencajada se queda murmurando: Vida eterna… Jesús escucha ese murmullo y responde: Porque de tal manera amó Dios al mundo… Que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no vino a condenar al mundo… vino a salvarlo.
Las palabras flotan como el viento. No se ven, pero se sienten. Jesús sigue hablando aunque este hombre, shockeado como está, no termina de entenderle lo que dice: El que cree, no es condenado. El que no cree… ya se ha condenado solo. Porque la Luz vino al mundo… Pero muchos prefieren las tinieblas, porque la luz muestra lo que uno quiere esconder bajo la alfombra. Nicodemo inclina su rostro y pregunta con un hilo de voz: Y… ¿qué pasa si uno ya ha vivido mucho tiempo en la oscuridad?
Jesús vuelve a sonreír, pero esta vez de manera comprensiva cuando le responde: Entonces camina hacia la luz, Nicodemo. La verdad no es para humillarte. Es para sanarte. Se hace una larga pausa. Nicodemo lo mira como si hubiera visto por primera vez el amanecer. Apenas alcanza a decir, casi en un balbuceo incomprensible: Gracias, Maestro. Esto… esto cambia todo. Y esa noche, mientras todos dormían, una semilla fue plantada en el corazón de un fariseo. Tardaría en brotar, pero ya nada volvería a ser igual.
JESÚS entra nuevamente de regreso a la casa. NICODEMO se queda en la terraza, mirando al cielo. Y dice casi en un susurro: ¿Nacer de nuevo…? Puede que sea más difícil que leer Levítico…
pero creo que, por primera vez, quiero volver a empezar. La luz ambiente baja lentamente. No muy lejos, se oye un último ronquido profundo del Discípulo Dormido. El relato completo del evangelio y lo expresado en otros textos y por los historiadores, dan cuenta del final feliz de esta historia.
¿Y de la nuestra, qué? Cuando yo le pedí al Señor que si era verdad que existía me ayudara a encontrarlo, Él lo hizo. Entonces, según me dijeron aquellos jóvenes que fueron mi primer grupo de creyentes, me hizo saber que eso tenía un nombre: yo me había convertido. Hubo cambios notorios en mí, luego de eso, pero no lo suficientemente fuertes como para que el planeta entero se diera cuenta. Algunas pequeñas cosas se modificaron en mi ser y comencé a desandar este camino.
Me quedaban muchas cosas antiguas arraigadas a mi estructura, todavía. Eran un combate diario y complicado. Hasta que meses después, en una reunión, se invitó a pedirle al Señor que nos llenara con el Espíritu Santo y…sucedió. Calor, lenguas, llanto, postrarse por largo tiempo, pero, lo más importante de todo, cuando volví a ponerme de pie, todo en mi interior se había revolucionado y cambiado, en algunas cosas, en un giro de ciento ochenta grados. Nacer de nuevo no sólo es bíblico, es posible. ¿Lo tienes? ¿Si? ¡Gloria a Dios! ¿No lo tienes? Pídeselo ya mismo. Y luego espera el tiempo que sea; sucederá si lo crees.
Capítulo 4
Hay historias que comienzan con una sed…No una sed cualquiera. No esa que se quita con un vaso de agua fría y una rodaja de limón. Hablo de la sed del alma. Esa que no se ve, pero se siente. La que te lleva a caminar al mediodía, bajo el sol del desierto, sola… con un cántaro vacío. Así empieza esta historia. Con una mujer. Una samaritana. Y un judío… que resultó ser mucho más que un judío con sed. Parece un romanticismo casi irreverente, pero sería interesante que alguien pudiera imaginarse en ese lugar, momento, clima, etc.
Jesús estaba viajando de Judea a Galilea. Y dice el texto que le era necesario pasar por Samaria.
¡Ojo! No dice que le tocó pasar. Dice que le era necesario. Algo necesario es algo que hay que hacer sí o sí por razones importantes que así lo demandan. Necesario. ¿Será que esa necesidad no era geográfica, sino espiritual? Me atrevo a arriesgar que sí. Tratándose de Jesús, es muy poco probable que tuviera necesidades de otro orden.
Entonces Jesús llega a Sicar. Una ciudad que tendría como única atracción turística un pozo. Pero no cualquier pozo: el pozo de Jacob. Un sitio con historia, con raíces, con herencia. Y ahí lo vemos: Jesús, cansado, se sienta junto al pozo. Sí, Jesús se cansa. Como tú, como yo, como todos. ¡Qué manía esa de tanto cristiano novelesco de imaginar a Jesús como una especie de mezcla antigua de Superman y más moderna de Robocop! Era un hombre. Dios encarnado en Él, es verdad, pero hombre a la hora de disfrutar o sufrir.
Y en esa hora, la sexta —alrededor del mediodía— cuando nadie con sentido común sale a buscar agua… aparece ella. La mujer samaritana. Una mujer que, probablemente, salía a esa hora para evitar las miradas. Los cuchicheos. Porque sí, su historia no era para la portada de una revista cristiana, precisamente.
Cinco maridos. Y el que tenía ahora… ni siquiera era esposo. Pero ella no lo sabía, aún. Jesús, con sed y sin balde, le dice: “Dame de beber”.
Y la mujer, con cara de: “¿Me estás hablando a mí?”, le responde: “¿Cómo tú, siendo judío, me hablas a mí, mujer samaritana?” ¡Qué escándalo! Es como si hoy un pastor evangélico entrara a un bar de motoeros y pidiera una cerveza para hablar de Dios. Pero Jesús no está interesado en protocolos. Ni en prejuicios. Él está sediento, sí… pero sediento de encuentros humanos. De conversaciones que atraviesan la superficie.
Jesús le dice: “Si supieras quién soy, tú me pedirías agua. Agua viva.” Y ahí se frena todo. La mujer no entiende. Porque, claro, no tiene balde, y el pozo es profundo. ¡Y ella viene con su historia! Su experiencia. “¿Acaso eres tú más grande que Jacob?”, le lanza, como quien defiende la tradición familiar. Pero Jesús no discute. Jesús propone. “El que bebe de esta agua, volverá a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le doy, no tendrá sed jamás.” Una fuente eterna. Un manantial interno. Una promesa que no cabe en el cántaro.
Ella dice: “Dame esa agua.” Pero entonces, Jesús le cambia el tema: “Ve, llama a tu marido.” ¡Ay, Jesús! Qué manera de romper el hielo.Ella contesta: “No tengo.” Y Jesús, con amor, pero sin rodeos: “Bien has dicho… cinco tuviste, y el que tienes ahora no es tu marido.” Imagina el silencio. El asombro. La vulnerabilidad. Ella no lo conocía… pero Él la conocía a ella. Podemos leerlo, creerlo, enseñarlo y predicarlo. Lo que no siempre podemos, es imaginarlo. Somos demasiado religiosos, todavía.
Y algo cambia en esa mujer. Donde había vergüenza, empieza a haber luz. Donde había juicio, aparece gracia. Ella le habla del Mesías que vendrá. Y Jesús, por primera vez en este Evangelio, lo dice claro: “Yo soy.” Sí. El que te habla. El que te conoce. El que no te juzga. El que sacia la sed. En eso vuelven los discípulos. Ven la escena. Mujer + Jesús + pozo = confusión. Pero no dicen nada. Quizás por respeto… o por puro desconcierto.
Mientras tanto, ella deja el cántaro. ¡Eso es importante! Lo deja. Como quien ya no necesita lo que la hacía volver una y otra vez al mismo pozo. Corre a la ciudad y dice: “¡Vengan! ¡Conocí a alguien que me dijo todo lo que he hecho!” Y no lo dice con vergüenza. Lo dice con asombro. “¿No será este el Cristo?” No sé por qué, al leer esto, no puedo evitar recordar al centurión que tenía a su criado enfermo y al que luego, Jesús destacó por su fe. ¡Un romano! ¿Y aquí? ¡Una samaritana!
Es indudable. Al religioso le cuesta mucho más ejercitar fe que al simple creyente sin rituales incorporados. Ni católico, ni evangélico, ni nada. No hay estructura dueña del evangelio. Hijo de Dios y miembro de Su Reino. La pregunta, ahora, es: Y tú… ¿Cuántas veces volviste al mismo pozo? A buscar en amores, en trabajos, en likes, en logros… algo que sacie. Algo que quite la sed… del alma. Jesús sigue sentado junto al pozo. Sigue pidiendo agua… pero ofreciendo eternidad. Sigue hablando con los que otros no mirarían. Sigue viendo la historia completa… y amando igual.
Ese día, muchos samaritanos creyeron. Primero, por el testimonio de una mujer que nadie escuchaba. Después, por encontrarse ellos mismos con Jesús. Y le dijeron: “Ahora creemos no solo por lo que ella dijo, sino porque lo hemos oído. Y sabemos que este es el Salvador del mundo.” Que esa sea también nuestra historia. No la del que solo escucha hablar de Jesús… Sino la del que se encuentra con Él, en el pozo más cotidiano, y encuentra en Él… el agua viva.
Capítulo 5
Hola, Qué bueno tenerte por aquí. Hoy te invito a hacer una pausa en medio del ajetreo de nuestras vidas… para escuchar una historia. Pero no es cualquier historia. Es una que tiene milagros, confrontaciones, preguntas incómodas… y sí, también algo de misterio. ¿Estás listo? Vamos a sumergirnos en Juan capítulo 5. Imagina esto: hay una piscina en Jerusalén, junto a una puerta llamada “la de las ovejas”. No suena muy glamorosa, ¿Verdad?
Pero esta piscina —llamada Betesda— es un lugar cargado de esperanza… y de mucha espera. Porque se decía que, de vez en cuando, un ángel descendía y agitaba las aguas, y el primero en meterse quedaba sano. No sé donde vives, pero si el lugar donde resides tiene una plaza pública, ¿Qué crees que sucedería si allí hubiera una pileta con agua y se corriera la voz de que está sucediendo algo similar a esto? Allí donde tú estás, no sé. Aquí donde yo vivo, andarían centenares a los codazos para ganarle el lugar al vecino.
Ahora imagina a un hombre. No sabemos su nombre. No sabemos su historia completa. Solo sabemos una cosa: llevaba 38 años enfermo. ¡Treinta y ocho! La mayoría de nosotros no se aguantaría ni una cuarta parte de ese tiempo ni esperando una pizza… ¡imagina esperar casi cuatro décadas para una oportunidad de sanidad! Él está ahí. Acostado. Mirando el agua. Esperando algo que nunca llega. Siempre me pregunté qué pasaría por la mente de ese hombre cada vez que esperaba y se frustraba.
Y entonces aparece Jesús. No con trompetas. No con efectos especiales. Solo… caminando. Lo ve. Y le hace una pregunta que, seamos honestos, suena un poco ridícula al principio si es que no vienes siguiendo su hilo ministerial, porque casi con infantil ingenuidad le pregunta:“¿Quieres ser sano?” ¡Jesús! El hombre lleva treinta y ocho años enfermo. ¿Qué clase de pregunta es esa que le haces? Pero… claro, quizás no es tan absurda como parece. Porque a veces nos acostumbramos tanto a nuestras limitaciones, a nuestros dolores, a nuestras excusas, que ya no sabemos si de verdad queremos cambiar.
Y fíjate que el hombre no responde “sí” o “no”. En lugar de eso… ¡Se lanza con una excusa! “Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua…” Traducción a la medianía social de siglo veintiunol: “No tengo ayuda. Nadie me empuja. Siempre me ganan. Así soy yo.” Y Jesús, que no le pidió currículum ni referencias ni diagnóstico médico… le dice tres cosas que lo cambian todo: 1 – Levántate. 2 – Toma tu camilla. 3 – Y anda.
El hombre se levanta. ¡Después de 38 años! Camina. Lleva su camilla bajo el brazo como quien dice: “Sí, estuve tirado, pero ya no más”. De acuerdo. Como buen ex periodista, escritor y amante de las letras, tal vez yo sea demasiado volador en mi imaginación, pero no puedo evitar ver a ese hombre con la camilla sobre sus hombros salir saltando, gritando, cantando y riéndose a carcajadas, enloquecido con su sanidad. Es lo que cualquiera de nosotros, por serios y circunspectos que seamos, hubiera hecho.
Y justo cuando piensas que todos deberían estar celebrando… ¡Zas! Aparecen los religiosos. Los policías del sábado. Los inspectores de la fe. “¡Eh! ¡No puedes cargar tu camilla en sábado! Eso es trabajo prohibido.” Imagínate: ¡el hombre acaba de ser sanado! Pero en vez de alegría, le dan un regaño. Es como si alguien saliera del hospital después de años de estar en coma y sala de cuidados intensivos y le dijeran: —“Disculpe, señor, no puede salir por esa puerta con la bata puesta.”
Y aquí es donde Jesús va más allá del milagro físico. Más allá del escándalo sabatino. Se encuentra de nuevo con el hombre, y le dice algo… incómodo: “Mira, has sido sanado. No peques más, para que no te venga algo peor.” Jesús no solo quiere curar piernas… quiere sanar el alma.
No basta con andar… hay que andar bien. Y ahora, volvemos al principio. La pregunta sigue flotando en el aire… como una piedra que aún no ha tocado fondo: “¿Quieres ser sano?”
No “¿quieres portarte bien?” No “¿quieres ir más a la iglesia?” No “¿quieres impresionar a Dios?” Sino… ¿quieres ser sano? De verdad. Por dentro. ¿Quieres levantarte de esa excusa que te tiene atado hace años? ¿De ese “así soy yo”, “ya no hay esperanza”, “nadie me ayuda”? Jesús sigue caminando hoy entre multitudes de personas esperando algo. Y su voz no cambia. No exige.
No regaña. Solo pregunta… con ternura y poder:“¿Quieres ser sano?”
Y si tu respuesta es sí… Entonces prepárate. Porque Él te dirá: “Levántate. Toma tu camilla… y anda.” Suena lindo porque suena bíblico, pero en realidad hoy Jesús te está preguntando si quieres ser sano…de eso que sólo Él y tu saben. ¿Le dirás que sí o le darás excusas? Como sea, Él te sanará pero al mismo tiempo te recomendará que tomes la responsabilidad de todos tus errores acostados en esa camilla vacía y comiences a andar en el Espíritu, única forma posible de vida abundante hoy, aquí y ahora. Gracias por escuchar este tiempo de reflexión. Gracias por seguir acompañándome en este Tiempo de Victoria. Si esta historia te habló, compártela. Porque quizás… alguien más necesita oír esa misma pregunta. Hasta la próxima. Que camines… libre.
Capítulo 6
¿Alguna vez te pasó que invitaste a cenar a un par de personas… y de pronto te llegaron cinco mil? Bueno, a Jesús le pasó. Y Él no tenía ni empanadas, ni un delivery a quien recurrir, ni un plan de contingencia. Pero espera… porque esta historia no va solo de pan y peces. Va del hambre. Del hambre de verdad. De esa que no se llena con carbohidratos, ni con chismes de barrio, ni con “me gusta” en redes sociales. Acompáñame, que esto se pone bueno.
Jesús cruza el mar de Galilea, se sienta tranquilo en el monte con sus discípulos, quizás esperando un momento de paz. Pero al parecer, la fama de Jesús se había disparado. Lo seguían multitudes como si fuera… el Messi de los milagros. Y no era para menos: sanaba enfermos, hablaba con autoridad, y encima, ¡Gratis! Imagínate llevado al hoy. Felipe, uno de sus discípulos, está a su lado. Jesús levanta la mirada, ve a la multitud y le lanza una bomba a Felipe:
—¿De dónde compraremos pan para toda esta gente? Le tira. Como quien dice: “Felipe, ¿Tenés idea de cómo vamos a alimentar a medio estadio de fútbol sin presupuesto?” Felipe hace números, mentalmente abre Excel y le responde: —Ni 200 denarios alcanzarían para que coman un bocado cada uno… (Te aclaro que 200 denarios eran como 8 meses de sueldo… No era un picnic barato.) Entonces aparece Andrés, y dice algo que en cualquier reunión de logística suena a humor dudoso:
—Acá hay un muchachito con cinco panes de cebada y dos pececitos… pero… ¿Para qué alcanza eso? ¿Te lo imaginas? Cinco pancitos de cebada —los más baratos del supermercado— y dos pececillos, probablemente secos. Es como decir: “tengo dos tostadas y una sardina”. Pero Jesús… Jesús tiene otra lógica. La lógica de caminar por esta vida con años luz de ventaja sobre todo el resto. Mitad por ser quien era, pero la otra mitad por no depender de las circunstancias naturales.
Entonces Jesús dice: “Hagan recostar a la gente”. Y comienza el milagro. Toma los panes, da gracias y los reparte. Toma los peces, los reparte. Y todos —TODOS— comieron cuanto quisieron. No solo eso. Sobró. ¿Te diste cuenta? No solo fue suficiente. Fue más que suficiente. Tanto, que recogieron ¡Doce cestas repletas de sobras! ¿Y sabes qué? Acá hay un mensaje poderoso: Cuando Dios bendice, no lo hace en modo “racionamiento”. Lo hace en modo “abundancia”.
No porque tú seas especial, sino porque Él es generoso. Y lo más loco de todo: usó lo poco que tenía un chico anónimo. Un nene con su vianda. ¿Te imaginas si ese chico hubiera dicho “¡Es mío!”?
Ni lo conoceríamos. Pero compartió, y fue parte de uno de los milagros más famosos de la historia. El famoso milagro de la multiplicación de los peces y los panes. Yo recuerdo que lo leía así en mi Biblia y no me sonaba ni raro ni fantasioso. ¡Esa manera automática de leer la Biblia que nos enseñaban!
Al día siguiente… ¡la gente volvió! ¿A qué? ¿A escuchar la palabra de Dios? ¡Nah! ¡Volvieron por el pan! Querían la repetición del buffet celestial. Jesús los mira y les dice: —Ustedes me buscan no porque entendieron lo que hice… sino porque comieron y se llenaron. Ups. Ahí se corta la música del buffet. Y les lanza una frase que nos deja pensando: —Trabajen, no por la comida que se echa a perder… sino por la que permanece para vida eterna. Le faltó añadirle: “Esto te pega como a las cinco de la madrugada”
Y claro, todos le piden ese pan mágico. Y ahí viene la bomba teológica: —Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. ¿Cuántas veces leíste o te leyeron esto? ¿Te diste cuenta que en nuestra ignorante inconsciencia eso nos sonaba natural y claro, cuando en realidad era absolutamente sobrenatural y milagroso? Jesús está diciendo:
“¿Tienen hambre? Yo soy la comida.” No una receta. No un método. No un manual. Él es el pan. Él es el alimento.
Pero ojo, esto no es literal. Y sin embargo, muchos lo tomaron así. Cuando Jesús empieza a hablar de comer su carne y beber su sangre, muchos lo miran como si hubiera dicho la mayor barbaridad del siglo. Y se ofenden. Y murmuran. Y se van. —“Esta palabra es muy dura”, dicen. Y ahí… muchos discípulos, sí, discípulos, lo dejan. Ya no andan más con Él. Lo siguen… hasta que les incomoda. Hasta que les exige algo más profundo que solo pan y pescado.
Y entonces, Jesús se da vuelta y le pregunta a los Doce: —¿También ustedes se quieren ir? Silencio hospital. Apenas el sonido de los insectos volando. Y Simón Pedro, como tantas veces, dice algo que parte el alma: —Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna. Esta historia es un espejo.
Nos encanta el Jesús que sana, que da, que multiplica. Pero nos cuesta el Jesús que desafía, que nos pide fe, que nos ofrece su vida como pan… y nos pide la nuestra a cambio.
Y sin embargo, como dijo Pedro… ¿a quién más iríamos? Solo Él tiene palabras que llenan el alma.
Solo Él sacia el hambre profunda. Solo Él es el verdadero pan de vida. Así que… La próxima vez que te sientas vacío, hambriento de sentido, de propósito… No busques solo milagros. Busca al Pan. Y si solo tenés cinco panes y dos peces… compartilos. Porque con Jesús, eso alcanza. Y sobra Guarda este mensaje y compártelo con quien el Espíritu te muestre. No será pan ni pescado, pero capaz alguien lo escuche y… se llene. ¿A quien iremos? “Solo tú tienes palabras de vida eterna…”
Capítulo 7
¿Alguna vez te sentiste incomprendido por tu propia familia? ¿Que tus intenciones eran buenas, pero nadie lo veía? Bienvenido al club… el club donde el fundador es nada más y nada menos que Jesús. Sí. Jesús. El mismo que multiplicó panes, sanó ciegos y caminó sobre el agua… también fue malinterpretado, incluso por sus propios hermanos. Hoy, te invito a caminar conmigo por el capítulo 7 del Evangelio de Juan. Una historia con fiesta, tensión, secretos… y una declaración que puede cambiarte la vida.
Estaba por comenzar una de las fiestas más alegres del calendario judío: la Fiesta de los Tabernáculos. Una especie de «campamento espiritual», una semana para recordar que Dios guio a su pueblo en el desierto. Y ahí está Jesús, tranquilo en Galilea, mientras en Judea las cosas están… digamos, tensas. Los líderes ya no lo quieren en el grupo de WhatsApp, por así decirlo. ¡Quieren matarlo! Y sus hermanos —sí, sus propios hermanos— le dicen:
«¡Dale, mostrate! Si hacés cosas increíbles, andá a Judea, hacete viral. ¡No te escondas!» Y Juan nos deja caer una bomba: «Ni siquiera sus hermanos creían en él.» ¡Auch! Eso duele. Ser Jesús, el Hijo de Dios, y que tu propia sangre no lo vea. Jesús les responde con calma, pero firme: “Mi tiempo aún no ha llegado. El mundo no los aborrece a ustedes… pero a mí sí.” Jesús no andaba con relojes de marca ni aplicaciones de calendario. Su tiempo era celestial. Y sabía que moverse antes del momento exacto… podía destruir el plan.
Así que les dice: «Vayan ustedes a la fiesta. Yo no voy todavía.» Y mientras todos piensan que se quedó en casa… ¡zas! Jesús sube a la fiesta… pero de incógnito. Como cuando uno entra a una reunión familiar y espera que no lo vean hasta que se sirve el postre. La ciudad bulle. Todos murmuran: «¿Dónde está ese tal Jesús?» «Es bueno.» —dicen unos. «¡No! Engaña a la gente.» —rebaten otros. Nadie se atreve a hablar abiertamente. Hay miedo, como si Jesús fuera una palabra prohibida.
Pero a la mitad de la fiesta… ¡Jesús aparece en el templo! Y comienza a enseñar. Con autoridad. Sin haber ido a Harvard ni al seminario de Jerusalén. La gente se queda de cara: “¿Cómo sabe tanto sin haber estudiado?” Y Jesús suelta una bomba teológica: “Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, sabrá si lo que digo viene de Él.” No se trata solo de escuchar… se trata de querer obedecer.
Jesús continúa. Con voz firme, pero con corazón sincero: “Ustedes tienen la ley de Moisés, ¡pero no la cumplen! ¿Entonces por qué quieren matarme?” La gente reacciona exageradamente: «¡Tenés un demonio!» Pero Jesús no se detiene. Les recuerda que si aceptan hacer una circuncisión en sábado… ¿por qué critican que Él sanó a un hombre en sábado? Y entonces suelta una frase que parece escrita para redes sociales, pero tiene siglos de sabiduría: “No juzguen por apariencias… juzguen con justo juicio.”
¡Boom! ¡Eso va directo al corazón! Porque todos, en algún momento, nos dejamos llevar por lo que parece en vez de buscar lo que es. Llega el último día de la fiesta. El más importante. Un sacerdote solía verter agua en el altar para recordar la provisión de Dios. Y ahí, entre la multitud… Jesús se levanta y alza la voz: “Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva.”
No era solo poesía. Hablaba del Espíritu Santo. Jesús no ofrecía religión. Ofrecía vida. Vida que sacia, vida que fluye, vida que transforma desde adentro. La multitud se divide. Algunos dicen: “¡Este es el Cristo!” Otros se resisten: “Pero… ¿de Galilea? ¿Puede venir algo bueno de ahí?” Los fariseos envían guardias para arrestarlo. Pero los guardias regresan… ¡con las manos vacías! —»¿Por qué no lo trajeron?» —gritan los jefes.
Y los soldados, con los ojos grandes, simplemente responden: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre.” Silencio. Ni palos, ni espadas. Solo una frase que encierra asombro, duda… y quizás… fe. ¿Y tú? ¿También tenés sed? ¿Sed de verdad, de sentido, de algo más que rutina? Mira que Jesús sigue diciendo lo mismo hoy: “Si tienes sed, ven a mí y bebe.” Podés encontrar división, ruido, confusión, dudas… incluso dentro de tu propia casa. Pero también podés encontrar a alguien que no solo habló diferente… sino que vivió y murió para saciar tu sed. Y lo mejor… es que esa historia aún no ha terminado.
En resumen: Jesús sube discretamente a la fiesta de los Tabernáculos, desafiando las expectativas de sus hermanos incrédulos. En medio de la celebración, enseña en el templo, asombrando a todos con su sabiduría sin formación académica. Los líderes judíos se escandalizan y buscan arrestarlo, pero su hora aún no ha llegado. Jesús denuncia la hipocresía: critican su sanidad en sábado, pero violan la ley por tradición. Divide a la multitud: algunos lo creen profeta, otros el Mesías, y otros dudan por su origen.
Nicodemo lo defiende tímidamente, recordando que la ley exige juicio justo. La autoridad de Jesús no se impone con fuerza, sino que atrae por verdad y coherencia. Él invita a todos a venir y beber del agua viva: el Espíritu, aún no dado plenamente. La tensión crece: su mensaje es claro, pero el corazón de muchos permanece cerrado. Moraleja: La verdad desafía estructuras, pero quien busca con sinceridad, encuentra vida en Cristo.
Capítulo 8
Imagina una mañana tranquila en Jerusalén… Jesús acaba de regresar del monte de los Olivos. Y mientras la ciudad despierta, él vuelve al templo… Y se sienta… a enseñar. ¿Puedes ver la escena?
El sol empieza a subir, la gente lo rodea… Hay paz. Pero esa calma, como pasa muchas veces en la vida… Está a punto de romperse. Entran los escribas y fariseos, arrastrando a una mujer. No vienen buscando justicia… sino una trampa.
—¡Maestro! Esta mujer fue sorprendida en el acto mismo del adulterio. ¡En el acto! La ley de Moisés dice que debe morir apedreada. ¿Y tú? ¿Qué dices? ¿Te das cuenta? No les importa ella… les importa dejar a Jesús sin salida. Si dice: “No la maten”, lo acusan de violar la ley. Si dice: “Mátenla”, lo acusan de falta de misericordia. Silencio. Jesús… se agacha. Y comienza a escribir en la tierra. ¿Qué escribía? ¿Un versículo? ¿Un dibujo? ¿Sus nombres? Nadie lo sabe… y tal vez eso no es lo importante.
Porque lo que dijo después… ¡Eso sí que lo sacudió todo! “El que de ustedes esté sin pecado…
que tire la primera piedra”. Primero uno suelta la piedra. Luego otro… y otro. Hasta que solo quedan dos personas en esa escena: Jesús… y la mujer. Jesús le dice: —¿Dónde están los que te acusaban? —Ninguno, Señor —responde ella. —Ni yo te condeno. Vete… y no peques más. Así de simple. Así de escueto. Así de contundente. Así de certero.
¡Qué momento! No justifica el pecado. Pero tampoco destruye a la persona. Jesús no niega la verdad… La redime. Y justo después de esa escena… Jesús dice algo que lo cambia todo: —Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. ¡Y claro! Los fariseos no lo soportan. —¿Tú testificas de ti mismo? Eso no vale. Pero Jesús no se deja enredar:
—Yo sé de dónde vengo y a dónde voy. Y no estoy solo. Mi Padre da testimonio de mí.
Pero ellos no lo entienden. No quieren entenderlo. Porque entenderlo… significaría rendirse. Dejar de controlar. Aceptar que no son los dueños de la verdad. Jesús les dice algo fuerte… Tan fuerte… que algunos se tapan los oídos con piedras en la mano. Jesús (voz firme, tranquila): —Si ustedes no creen que yo soy… morirán en sus pecados. Y aquí hay una joya escondida… Una joya que si lees tu Biblia como quien lee el periódico del lunes, jamás la encontrarás. Pero que si escudriñas, como se nos manda…
Esa frase “Yo soy” … No es casual. No es solo una manera de hablar. Es el nombre con el que Dios se presentó a Moisés en la zarza ardiente. “Yo soy el que soy”. Jesús no está diciendo que es un buen maestro. Está diciendo que Él es Dios. Que estaba antes de Abraham. Que es la Verdad que libera, la Luz que alumbra, el Hijo que no juzga para condenar, sino para salvar. Y aún así… no lo entienden.
No lo aceptan. Se enojan.
Al final del capítulo, lo acusan de estar poseído. ¡De tener demonio! Y cuando dice: —Antes que Abraham fuese… Yo Soy. …toman piedras para matarlo. Pero no pueden. Porque su hora… aún no ha llegado. Amiga, amigo… Jesús no vino solo a enseñarnos a ser buenos. Vino a mostrarnos quién es Dios. Y a transformarnos desde adentro. No importa cuán oscura haya sido tu historia. No importa cuántas piedras te hayan lanzado… o cuántas veces tú mismo las hayas levantado.
Jesús se agacha contigo en el polvo. Te mira a los ojos. Y con una voz más fuerte que la culpa, más dulce que el juicio, más verdadera que nuestras excusas… …te dice: “Ni yo te condeno.
Vete… y no peques más.” Jesús sigue siendo la luz del mundo. Y si hoy lo sigues… no andarás más en tinieblas. Tendrás la luz… de la vida.
Juan 8 es un capítulo central para comprender el conflicto entre la luz divina y las tinieblas del corazón humano. Comienza con la historia de la mujer adúltera (vv. 1–11), una escena que revela la misericordia divina frente al juicio humano. Jesús no niega la ley, pero revela que el verdadero juicio exige pureza interior, no solo conocimiento legal. “El que esté sin pecado…” desarma toda hipocresía y nos obliga a mirar hacia adentro antes de señalar.
El perdón que Jesús ofrece no es permisivo: “Vete y no peques más” revela que la gracia siempre llama a la transformación. Luego, Jesús se declara: “Yo soy la luz del mundo” (v. 12), una afirmación cargada de peso teológico. No es solo guía, sino la Luz originaria, la que separa el caos de la creación y da sentido al mundo. Quien le sigue, no camina en tinieblas, lo que implica un seguimiento activo, radical y constante. Los fariseos rechazan esta luz porque están ciegos espiritualmente, aferrados a sus sistemas religiosos.
Jesús confronta esa ceguera con verdad y revela que ellos juzgan según la carne, sin discernimiento espiritual. Afirma que su juicio es justo porque no está solo: el Padre lo acompaña (v. 16). Reitera su origen divino: “Yo soy de arriba… vosotros sois de abajo” (v. 23). Esta distinción no es geográfica, sino ontológica: Jesús es del cielo, ellos, del sistema caído. Dice claramente: “Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados” (v. 24).
Este “Yo Soy” es una autorrevelación divina, evocando el nombre sagrado de Dios en Éxodo 3:14. La incomprensión de sus oyentes muestra su incapacidad espiritual de recibir la verdad. Jesús insiste en que habla lo que ha oído del Padre (v. 26), testificando sin alterar el mensaje. Cuando sea “levantado” (crucificado), entenderán que Él es (v. 28): la cruz revelará su identidad. Muchos creen en Él, pero Jesús enseña que la fe auténtica implica permanecer en su palabra (v. 31).
Sólo entonces conocerán la verdad que libera del pecado y la esclavitud interior (v. 32). Los judíos reclaman su linaje de Abraham, pero Jesús señala que la verdadera filiación se vive. Si fueran hijos de Abraham, harían sus obras: fe, obediencia, hospitalidad al enviado de Dios. Pero buscan matarlo: su filiación espiritual es del diablo, padre de mentira y homicidio (v. 44). Jesús no suaviza su mensaje: confronta con la verdad que hiere pero también puede sanar. Afirma: “El que es de Dios, oye las palabras de Dios” (v. 47). El rechazo revela la desconexión espiritual.
El clímax llega cuando dice: “Antes que Abraham fuese, Yo Soy” (v. 58). Aquí Jesús se identifica sin ambigüedad como el Eterno, el Dios encarnado. La respuesta es violenta: quieren apedrearlo, pues entienden que ha reclamado divinidad. Jesús se oculta y sale del templo, imagen de una presencia rechazada que se retira en silencio. Juan 8 nos enfrenta con una decisión: vivir en la luz del Hijo o permanecer en la ceguera del ego.
Capítulo 9
Imagina una calle cualquiera de Jerusalén. Polvorienta. Con el sol apenas asomando por los techos de barro. Un hombre está sentado en el suelo. No ve. Nunca ha visto. No conoce el color del cielo, ni la sonrisa de su madre, ni el rostro de los que lo miran al pasar. Uno de los discípulos de Jesús, que pasan por su lado siente curiosidad y cree tener una gran pregunta para hacerle al Maestro: Rabí… ¿quién pecó para que este hombre naciera ciego? ¿Él? ¿O sus padres?
Ah… ¡los discípulos! Siempre listos para buscar culpables. Como si cada problema tuviera que tener un responsable directo. Un archivo. Un expediente. Me recuerda demasiado a una pequeña congregación evangélica que conocí en mis primeros años de creyente. Y no con añoranzas de simpatía, precisamente. La respuesta de Jesús con voz serena, firme y con un autoridad llena de amor: Ni él pecó, ni sus padres. Esto sucedió… para que las obras de Dios se manifiesten en él.
Y así…fíjate… Jesús cambia la pregunta. No es «¿quién tiene la culpa?«, sino «¿qué puede hacer Dios con esto?» Y le añade a modo de reflexión muy seria y profunda: Mientras sea de día, hay que trabajar. La noche se acerca, y yo… soy la luz del mundo. Y aquí viene uno de los momentos más extraños que hay en nuestras Biblias. Porque Jesús escupe en la tierra. Hace barro. Y se lo unta en los ojos al ciego. Sí… con saliva. Si no fuera tan sagrado, sería hasta cómico. Tan gracioso como ver a ciertas damas religiosas y estiradas disimulando una mueca de desagrado al verlo, pero guardándose la opinión por ser Él quien ellas saben que es. Porque a veces lo divino llega en formas insólitas.
Jesús mira con profundo afecto al hombre y le dice: Ve al estanque de Siloé. Lávate. Y el hombre fue… Se lavó. Y volvió viendo. Así, simple. Sin rayos de luz desde el cielo. Sin voces celestiales. Sin estridencias ni juegos de luces de colores. Sin música adecuada y rítmica de alabanza. Solo barro, agua… y fe. No me gusta emitir juicio gratuitamente, pero ¿Te das cuenta la abismal diferencia entre un milagro visible, real y divino y una de las tantas campañas de milagros que todos hemos conocido?
Hay un pequeño silencio, seguido de murmullos de fondo: vecinos sorprendidos, y uno de ellos que dice: —¿No es este el que mendigaba? Otro responde: —¡Parece él! Y el ex ciego, que ahora ve interviene con voz emocionada: —¡Soy yo! ¡Sí, yo! Y así comenzó… la investigación vecinal. Nivel Comando Superior de Investigaciones de Jerusalén. Un tercer testigo le pregunta: —¿Y cómo te fueron abiertos los ojos? Y el ex ciego responde: —Un hombre llamado Jesús hizo barro, me lo puso en los ojos, me dijo que me lavara… lo hice, ¡y ahora veo!
Sale otro y pregunta: —¿Dónde está ese tal Jesús? —No lo sé…responde el hombre que ha sido sanado.Y como era sábado… y como siempre hay gente que se molesta más por lo que rompe sus normas que por lo que libera a los demás, llevaron al ex-ciego con los fariseos. Una de las máximas jerarquías muy indignada vocifera: —¡Este hombre no es de Dios! ¡Trabajó en sábado! Otro, con rostro de incredulidad, añade: —Pero… ¿cómo puede un pecador hacer esto?
¡Drama! ¡División! ¡Teología en conflicto! Y en medio, un hombre feliz porque ahora ve. Un fariseo pregunta: —¿Y tú qué dices de ese que te abrió los ojos? —Pues… que es un profeta, murmura pensativo el ciego.¡Escándalo! ¡Herejía! ¿Un profeta que hace barro en sábado? Entonces los fariseos toman al ex ciego y llaman a sus padres. Sí, como si el hombre tuviera 5 años… Cuando llegan un fariseo dice: —¿Es este su hijo? ¿El que nació ciego?
El padre del hombre, muy nervioso responde: —Sí… es nuestro hijo… Allí interviene la madre, que todavía está conmovida y añade: —Y nació ciego, sí. Pero… cómo ve ahora, no sabemos. El padre toma la responsabilidad y con cierta rigidez expresa: —Tiene edad. Pregúntenle a él. No querían líos. Confesar que Jesús era el Mesías podía costarles la expulsión. Silencio por miedo. Tanta verdad en eso también… Así que volvieron al hombre.
Uno de los fariseos, bastante exasperado brama: —Da gloria a Dios. Sabemos que ese hombre es un pecador. Entonces el ex ciego, con vos firme plantea: —Si es pecador, no sé. Pero una cosa sé: yo era ciego… y ahora veo. Y esa frase quedó flotando. Como un estandarte. Como un testimonio que ni los doctores de la ley podían refutar. Por eso el ciego sanado, con cierta picardía los mira y dice: —¿Por qué me preguntan otra vez? ¿Quieren hacerse sus discípulos?
El fariseo se lo toma a mal y ruge: —¡Nosotros somos discípulos de Moisés! —Pues… eso es lo maravilloso. Que ustedes no sepan de dónde viene, y a mí me abrió los ojos, concluye el hombre con calma y serenidad. Y lo expulsaron. Por ver. Por hablar. Por no tener miedo. Entonces justo nuevamente Jesús lo encontró. Sí, como siempre. Buscando al rechazado. Al que se queda solo por decir la verdad. Lo miró y le preguntó: —¿Crees en el Hijo de Dios?
Y el ciego sanado le responde: —¿Quién es, Señor, ¿para que crea en él? —Tú lo has visto. Es el que habla contigo. —¡Creo, Señor! Y adoró. No por obligación. No por orden de culto. Sino porque había visto. No solo con los ojos, sino con el corazón. Jesús vuelve a hablar casi con el corazón en su mano: —He venido para que los que no ven, vean… y para que los que creen ver… entiendan que están ciegos. Y tú, que me estás escuchando… ¿Estás viendo realmente? ¿O vives con los ojos abiertos… pero el corazón cerrado? A veces, hace falta un poco de barro… para comenzar a ver con claridad.
Capítulo 10
¿Alguna vez has sentido que alguien te habla… y sin verlo, sabes que es alguien de confianza? Esa voz que no necesita presentación, porque tu alma ya la reconoce. Bueno… Jesús habló de eso. De una voz. De una puerta. Y de ovejas. Sí, ¡ovejas! Ahora, no te ofendas. Que Jesús no nos llama ovejas para decir que somos lentos o despistados. Nos llama así porque… bueno, las ovejas son animales dependientes, vulnerables, y muy sensibles a la voz de su pastor.
En Juan capítulo 10, Jesús no empieza con un sermón complicado ni con una parábola enrevesada.
Empieza diciendo algo bien directo: “El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador. Pero el que entra por la puerta, ese es el pastor de las ovejas. ¿Ves la imagen? Una puerta, un redil, y un montón de ovejas tranquilas. Pero de repente aparece alguien escalando por el costado del corral. ¡Sospechoso, por decir lo menos!
Jesús no está hablando de granjas, claro está. Está hablando de nuestras vidas. De quién dejamos entrar en nuestro corazón, y a quién seguimos con confianza. Porque tú sabes, no todo el que parece guía… lo es. No todo el que grita fuerte, está diciendo la verdad. Pero el verdadero pastor, ese entra por la puerta. Ese llama a cada oveja por su nombre. Y la oveja… bueno, la oveja reconoce esa voz. Jesús dice algo hermosísimo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.”
Qué imagen tan llena de paz, ¿no? Entrar. Salir. Pastar. Respirar. Estar a salvo. Y Jesús, con un tono todavía más profundo, deja claro quién es Él: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor su vida da por las ovejas.” Y aquí es donde la cosa se pone seria. Porque hay pastores que cuidan… y otros que sólo están ahí por el sueldo. Jesús los llama “asalariados”, y dice que cuando ven venir al lobo, ¡salen corriendo!
Pero Él no. Él se queda. Él protege. Y si es necesario, da la vida por ti. Y de hecho… eso hizo. Jesús dice algo que a veces pasamos por alto: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz.” ¿Sabes qué significa eso? Que hay lugar para todos.
Que nadie queda afuera por venir de otro lugar, por tener otra historia, otro idioma, otra piel. Jesús vino por todos los que reconocen su voz, aunque aún no la hayan escuchado.
Pero no todos entendieron. Algunos se rieron, otros lo llamaron loco. Imagínate: ¡decían que tenía demonio! Y sin embargo… otros sí creyeron. Porque sabían que nadie puede hablar así y al mismo tiempo abrir los ojos de los ciegos. Sus palabras traían vida. “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.” Qué promesa, ¿no?
¿Sabes qué es lo más poderoso de eso? Que Él te conoce. No solo por tu nombre, sino por lo que hay en lo más profundo de ti. Y te sigue amando igual. Y te llama. Hoy. Ahora. Aquí. Así que… si en este mundo de tantas voces, de tantas promesas falsas y tanto ruido… Tú oyes una voz que no te acusa, sino que te llama por tu nombre, una voz que te cuida, te guía, y te invita a vivir en abundancia… Esa voz es la del Buen Pastor.
Y puedes seguirla con confianza. Porque Él no viene a robar ni a engañar… Viene a dar vida. Y vida en abundancia. Unidad del capítulo: Juan 10 gira en torno a la imagen del buen pastor, presentando a Jesús como guía, protector y dador de vida para sus ovejas, en contraposición a los falsos líderes religiosos. Contexto simbólico: La metáfora del pastor remite al Antiguo Testamento (Salmo 23, Ezequiel 34), donde Dios cuida a su pueblo; aquí, Jesús se identifica con ese rol divino.
Puerta y pastor: Jesús se llama tanto “la puerta” como “el pastor”, señalando que Él es el único acceso legítimo a la salvación y a la verdadera comunidad del Reino. Voz y relación: Las ovejas reconocen su voz, lo que subraya la intimidad y discernimiento espiritual de quienes le siguen auténticamente. Contraste ético: Los ladrones y asalariados representan a líderes sin amor verdadero por las personas, interesados solo en el poder o el beneficio personal.
Entrega voluntaria: Jesús anticipa su muerte, destacando que entrega su vida por las ovejas voluntariamente, no por obligación ni derrota. Inclusividad del rebaño: Alude a otras ovejas fuera del redil, señalando la apertura del mensaje más allá de Israel, hacia los gentiles. Unidad escatológica: “Un solo rebaño y un solo pastor” apunta a una comunidad universal unida por la fe en Cristo.
Reacciones divididas: Las palabras de Jesús provocan división, mostrando que su identidad como el Hijo de Dios no deja lugar a la indiferencia. Clímax cristológico: El capítulo culmina con una afirmación directa de divinidad (“Yo y el Padre somos uno”), fundamento esencial para la fe cristiana. La palabra Pastor, aquí, tiene un relieve que no siempre encontramos en la vida cotidiana. ¿Se puede decir, aunque suene demasiado fuerte, que se ha bastardeado la figura del pastor?
Si. Lamentablemente, sí. Y por esa razón se cometen injusticias muy grandes, también. Sobre todo, cuando se generaliza. Hoy tú hablas en voz alta del pastor evangélico y prepárate para recibir como respuesta, de todo. Absolutamente de todo. Bellezas tales como manipuladores, ladrones de diezmos y otras por el estilo consiguen, lamentablemente, herir a aquellos hombres de Dios con un tremendo corazón de pastor que están haciendo un trabajo de enorme bendición. Oremos por estos y para que los otros se arrepientan. Gracias por acompañarnos. Que sigas oyendo la voz del Buen Pastor… en medio del ruido
Capítulo 11
Había una familia muy querida en Betania… Tres hermanos: Marta, María y Lázaro. Gente de confianza, de esas personas que cuando llegas a su casa te hacen sentir como en la tuya. ¿Y sabés qué? Jesús los amaba. Así, sin vueltas. Un día, Lázaro se enfermó. Y no era una gripe pasajera… Era serio. Así que sus hermanas, preocupadas, enviaron un mensaje urgente a Jesús: «Señor, el que amas está enfermo.» Podían haber dicho “Lázaro está enfermo”, pero no… Le recordaron a Jesús algo esencial: que lo amaba. Porque cuando uno ama, uno se mueve.
Pero, sorprendentemente… Jesús no salió corriendo. “Esta enfermedad no es para muerte… sino para que la gloria de Dios se manifieste.” Y se quedó dos días más en el mismo lugar. ¡Dos días! ¡Ni una mochila armó! Imaginate a los discípulos pensando: “¿No que lo quería tanto? ¿Y no se supone que cuando uno ama, actúa rápido?” Pero Jesús… juega en otra liga. Él no llega tarde. Llega a tiempo. A Su tiempo. Cuando finalmente Jesús dijo: “Vamos a ver a Lázaro”, los discípulos se alarmaron. Porque en Judea no eran bienvenidos. Tomás, con un sarcasmo heroico, dijo:
“Bueno, vamos también nosotros, ¡así morimos con Él!” ¿Viste? Tomás tenía sus días… ¡pero se la jugaba! A veces la fe es eso: ir con miedo, pero seguir caminando. Cuando llegaron a Betania, Lázaro ya llevaba cuatro días muerto. Sí, cuatro. Ya estaba… como decimos en criollo, “pasado”. Marta salió a recibir a Jesús con una mezcla de dolor y fe:“Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero aun ahora, sé que Dios te escucha.”
Y ahí, Jesús le lanza una de esas frases que te sacuden el alma: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá…” ¿Y sabés qué? Marta no necesitó entender todo. Solo necesitó creer. Después vino María, y al ver a Jesús… se quebró. Se tiró a sus pies llorando, con el mismo reclamo amoroso: “Señor… si hubieras estado aquí…” Y ahí pasó algo que siempre nos deja sin palabras. Jesús lloró.
El que tiene poder sobre la muerte… lloró. No era teatro. No era por mostrar. Era un llanto real. Jesús no solo resucita a los muertos… también acompaña en el duelo. Lloró porque lo amaba. Lloró porque la muerte duele. Lloró porque es humano. Y entonces… pidió ir al sepulcro. “Quitad la piedra.” Marta, la realista del grupo, le advierte: “Señor… ya huele mal. Son cuatro días.” Claro… a veces creemos más en el mal olor que en el poder de Dios.
Pero Jesús no se detuvo. “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces, oró al Padre… y gritó: “¡Lázaro, ven fuera!” Y sí. ¡El que había muerto… salió caminando! En realidad, tiene que haber salido dando pequeños saltos, porque estaba vendado, envuelto en sudario… como una momia resucitada. ¡Qué escena, por favor! Y Jesús, tranquilo, dice:“Desátenlo… y déjenlo ir.” Jesús no solo da vida… también libera.
Porque de nada sirve estar vivo… si seguimos atados. ¿Y vos? ¿Qué piedra necesitás mover? ¿Qué parte de tu vida huele mal… y creés que ya no tiene solución? Jesús no solo lloró por Lázaro… también lloró por vos. Y sigue diciendo lo mismo: “Si creés… verás la gloria de Dios.” Así que… Aunque tu fe esté cansada, aunque todo parezca muerto… Todavía puede haber un “¡Lázaro, sal fuera!” en tu historia. Solo… creé.
El capítulo 11 de Juan no es solo una historia de milagro, es una revelación profunda del carácter de Cristo y de su poder sobre la muerte. Jesús no llegó tarde, aunque parecía. Él vino a tiempo para demostrar que Él es la resurrección y la vida. Su demora no fue negligencia, fue estrategia divina para manifestar gloria. Lázaro estaba muerto cuatro días, un estado sin retorno humano. Pero Jesús no opera según nuestras limitaciones.
La tumba cerrada no fue obstáculo. El hedor de la muerte no lo detuvo. La incredulidad de algunos no lo frenó. Jesús lloró. El Hijo de Dios sintió el dolor humano. Él no ignora tu sufrimiento. Pero no solo siente: Él actúa. Ordena quitar la piedra, habla a un cadáver, y el muerto responde. Eso es lo que hace Su voz: revive, restaura, resucita. No hay situación tan muerta que Su palabra no pueda revertir. No hay corazón tan endurecido que Su amor no pueda ablandar.
No hay promesa divina vencida: solo espera su hora perfecta. Jesús no solo promete vida futura; ofrece vida ahora. El milagro de Lázaro apunta a uno mayor: la victoria de Cristo sobre Su propia tumba. Este capítulo nos llama a creer incluso cuando no entendemos. A obedecer incluso cuando dudamos. A quitar las piedras que impiden ver Su gloria. ¿Hay algo muerto en tu vida? Jesús no vino a decorarte la tumba, vino a sacarte de ella. Su voz aún llama por nombre. Su poder aún revive lo imposible. Y su amor sigue llorando con nosotros… para luego llamarnos a levantarnos. No es solo historia: es invitación a experimentar hoy la resurrección.
Capítulo 12
Hola. Bienvenido a este momento especial. Respira profundo, baja el ritmo un instante, y abre tu corazón. Hoy nos vamos a sumergir en una escena íntima, intensa… y muy, muy fragante. Sí, fragante. Ya verás por qué. Juan capítulo 12 nos lleva a una cena en Betania. Una mesa sencilla… pero con personajes nada comunes. Lázaro, el resucitado, está allí. Marta, como siempre, sirviendo —quizás con ese delantal invisible de los que aman con acciones—. Y María… ay, María… no podía faltar su acto valiente, extravagante y profundamente amoroso.
«Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume.» Imagina eso un momento. No solo fue un gesto bonito: fue escandaloso. El perfume costaba el salario de casi un año entero. Y no lo echó con gotero… no, no. Lo vertió todo. ¡María rompió la lógica del “un poquito está bien” y se fue directo al “todo por amor”!
Y mientras el aroma se esparcía —¡porque el amor no se queda quieto ni callado! — alguien frunció el ceño… Judas Iscariote, el tesorero del grupo —digamos que no tenía cinco estrellas en honestidad financiera— cuestiona la movida de María. “¿Y los pobres?”, dijo. Pero el texto aclara que su preocupación no era muy… caritativa, digamos. Jesús, sin alterarse, responde algo profundo y profético: “Déjala. Para el día de mi sepultura ha guardado esto.”
¡Wow! Mientras unos pensaban en dinero, Jesús hablaba de muerte y eternidad. Mientras otros contaban denarios, María contaba los días… y amaba como si fuera el último. Al día siguiente, Jesús entra a Jerusalén. Palmas al aire, gritos de Hosanna, multitudes agitadas. ¡La entrada triunfal! Pero Jesús no llega en un caballo blanco… sino en un pollino. Un burrito. Muy a su estilo: humilde, pero cargado de gloria. “No temas, hija de Sion; he aquí tu Rey viene, montado sobre un pollino de asna.”
¿Quién hubiera pensado que el Mesías haría su gran entrada montado en lo que básicamente sería poco más que una bicicleta de la época? Jesús no necesita pompa para ser Rey. Su poder no está en la apariencia, sino en la verdad. Y entonces… empieza a sonar el reloj del cielo. “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado.” Pero… la gloria de Jesús no será un trono de oro. Será una cruz de madera.
“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” Ahí está el corazón de este capítulo. Jesús sabe que su muerte es inminente. Está turbado… pero no huye. Y aquí hay algo impresionante: Él escucha una voz del cielo. Una voz real, audible. Algunos creyeron que era un trueno, otros, un ángel. Pero Jesús dice algo hermoso: “Esta voz no ha venido por causa mía, sino por causa de vosotros.”
Dios hablaba… no para impresionar, sino para confirmar. Para que tú y yo sepamos: esto no es teatro, es redención. Ahora… ¿qué hacemos nosotros con todo esto? Jesús dijo: “Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas.” La luz todavía brilla, amigo, amiga. Su nombre es Jesús. Y si aún lo puedes ver, si aún lo puedes sentir… es tiempo de caminar hacia Él. “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.”
Hoy, quizás Dios no te pida que derrames un frasco de nardo, ni que cortes ramas de palma. Pero sí te invita a ofrecer lo más valioso que tienes: tu corazón. No siempre entenderemos todo, como los discípulos. No siempre veremos claro. Pero si lo seguimos… si lo escuchamos… si lo amamos como María, aún sin palabras… la casa de nuestra vida se llenará del perfume de su presencia. Y créeme: cuando eso pasa, todos lo notan.
Señor Jesús, al contemplar Tu entrada triunfal en Jerusalén, recordamos que la verdadera gloria se revela en la entrega. Tú no viniste con poder humano, sino en humildad, montado en un asno, para traer paz a nuestros corazones. Nos enseñaste que el grano de trigo debe morir para dar fruto; así también nuestra vida debe rendirse para florecer en Ti. Gracias por mostrarnos que la obediencia al Padre, aunque cueste, produce fruto eterno.
Hoy, como María, queremos derramar lo mejor a Tus pies, sin reservas, en adoración sincera.
Danos valor para seguirte, incluso cuando el mundo no comprenda Tu cruz. Haz que no busquemos la aprobación humana, sino agradarte solo a Ti. Aviva nuestra fe para creer aun cuando no entendamos todo. Que nuestras vidas reflejen Tu luz en medio de la oscuridad. Y que nuestro mayor anhelo sea verte glorificado, hoy y siempre. Amén. Que la luz de Jesús ilumine tu caminar hoy. Que tu vida entera sea ese perfume derramado. Y que cuando el mundo te vea, no te vea a ti… sino al Rey que viene montado en humildad, que muere en amor… y que resucita en poder. Hasta la próxima.
Capítulo 13
¿Alguna vez has amado tanto a alguien… que estarías dispuesto a lavarle los pies? No me refiero a un gesto simbólico. Hablo de arrodillarte… de mirar esas plantas polvorientas y callosas, de tomar una toalla, agua… y hacerlo. Juan capítulo 13 nos lleva justo ahí. A una cena, una habitación silenciosa… y un acto que debería habernos volado la cabeza desde el principio. Era justo antes de la Pascua. Jesús sabía que su hora había llegado. No para recibir un premio… sino para irse. A morir. Y no de viejo.
Y en ese momento, con todo el peso del mundo por venir, ¿qué hace? Prepara… una cena. Sí, como esas abuelas que, aunque estén cansadas, cocinan para todos con amor. Y mientras los discípulos —esos doce hombres tan… humanos— discutían probablemente quién era el más importante (De hecho, a esto lo hacían seguido), Jesús se levanta de la mesa. Se quita el manto. Se ciñe una toalla. ¿Estás imaginando toda esta escena?
El Maestro, el Hijo de Dios, arrodillado como un sirviente. Como el último de todos. Empieza a lavarles los pies… uno por uno. ¡Qué incómodo! A Pedro casi se le atraganta la última comida: —“¡¿Tú… lavarme los pies a mí?! ¡Ni loco!” Jesús, con esa paciencia divina que seguro ya lo tenía agotado, le responde: —“Si no te lavo, no tienes parte conmigo.” Entonces Pedro cambia de canal: —“¡Ah bueno! Entonces lávame todo: pies, manos, cabeza… ¡poneme en ciclo de lavado intensivo, Señor!”
Jesús debe haber soltado una pequeña risa. Porque conocía a Pedro. Conocía sus impulsos, su corazón tembloroso… su amor desordenado. Ya sé que te cuesta horrores imaginarte a Jesús así, pero tienes que entender de una vez por todas que ese personaje solemne, de manos juntas y rostro sufrido como pidiendo disculpas por todo, fue armado por los demonios, que adoran que veamos a Jesús así y por su cómplice más cercana: la religión. Aunque se auto denomine como cristiana.
Luego, Jesús se sienta. Y les dice algo que todavía nos sacude: “Ustedes me llaman Maestro y Señor… y lo soy. Pues si yo, el Señor, les he lavado los pies… ustedes también deben lavarse los pies los unos a los otros.” Boom. Golpe directo al ego. ¿Quieres ser grande en el Reino de Dios? No se trata de títulos, ni micrófonos, ni aplausos. Se trata de toallas. De agua. De rodillas. Jesús nos está enseñando algo que solo el amor puede enseñar: que la autoridad verdadera no domina, sirve.
Que el amor auténtico… baja. Mira a los ojos. Lava pies sucios. Y, por si fuera poco, lo hizo sabiendo que uno de esos pies… lo iba a traicionar. Sí. Judas estaba ahí. Con sus pies listos para correr a entregarlo. Y aun así… Jesús los lavó también. Amigo, si eso no es amor, ¿qué lo es? ¿A quién tienes que perdonar tú hoy? ¿A quién tienes que lavarle los pies, aunque no se lo merezca? Eso sí, no te digo que vayas a tu trabajo con una palangana y una toalla —te van a mirar raro.
Pero sí puedes servir. Escuchar. Ceder. Amar con humildad. Eso también es lavar los pies. Y como si este capítulo no tuviera ya suficiente profundidad, Jesús termina con una frase que deberíamos grabar en la nevera, en el celular… en el alma: “Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Como yo los he amado, así también ustedes deben amarse.” Wow.
En el silencio del aposento alto, Jesús se ciñe la toalla y lava pies sucios con manos santas. El Rey se inclina. El Maestro sirve. ¿Y tú? Juan 13 no es solo una historia de humildad, es una llamada urgente a vivir con amor radical. Si el Señor se rebajó al nivel del siervo, ¿cómo podemos tú y yo aspirar a otra cosa? La cruz empieza en la toalla. El servicio precede al sacrificio. Pedro resistió el lavamiento, pero Jesús insistió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.”
¿Estás dejando que Cristo te lave? ¿Te estás dejando amar? Y aún más: ¿estás dispuesto a amar como Él? “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros…” No es una sugerencia, es la marca del verdadero discípulo. El amor no es sentimiento, es acción. No es palabra, es entrega. Jesús lavó incluso los pies del traidor. ¿Puedes tú amar a los que te hieren? Juan 13 es el umbral de la gloria, pero también de la traición. Solo el amor persevera cuando todo lo demás falla. Que tu vida huela al agua y al jabón de Cristo. Que seas siervo. Que seas suyo.
No dice: “Ámense cuando estén de acuerdo”, o “cuando sea fácil”. Dice: como yo los he amado. Y si acabas de escuchar el principio de esta historia… ya sabes cómo nos amó. Arrodillado. Con una toalla. Y con el corazón dispuesto a dar la vida. Así que hoy, mientras vas en el auto, o cocinas, o caminas por ahí con tus pensamientos, recuerda esto: No estás solo. Alguien te amó hasta el extremo. Y te invita a amar igual. No con discursos bonitos, sino con gestos pequeños. Con paciencia. Con servicio. Con los pies en la tierra… y el corazón en el cielo. Que en tu día haya toallas más que tronos. Y que cada paso que des… sea hacia un amor más verdadero.
Capítulo 14
¿Alguna vez has sentido que estás perdido… como si te hubieran soltado en una autopista de la vida sin GPS, sin señal, y con el tanque de combustible medio vacío? Tranquilo… no eres el único, ni la única. Hasta Tomás, uno de los discípulos de Jesús, se sinceró y le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas… ¿cómo podemos saber el camino?” ¡Eso es tan humano! Tan… nuestro. Porque todos, en algún momento, nos preguntamos lo mismo: “¿Para dónde voy?”, “¿Qué sentido tiene todo esto?”, “¿Hay un lugar preparado para mí?”
Y Jesús, con esa calma que solo tiene quien conoce el mapa completo, le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí.” Wow. No dijo “yo tengo el mapa”, o “les paso la ubicación por WhatsApp”… Dijo: Yo soy el camino. Y ahí, mis amigos, es donde empieza lo profundo. Porque Jesús no nos da una fórmula mágica, ni un atajo milagroso. Él mismo es el camino.
Y no es como Waze que te avisa del tráfico o Google Maps que a veces te mete por unos callejones sospechosos…
No. Este camino no se actualiza porque no necesita mejorar. Ya es perfecto. Pero claro, como buenos humanos, nos cuesta confiar. Felipe —otro discípulo— se le acerca con un reclamo suave:
“Muéstranos al Padre, y ya con eso estamos bien.” Y Jesús le responde, como quien mira con cariño y un poquito de “¿de verdad?”: “Felipe… tanto tiempo contigo y ¿todavía no me has conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” ¡Zas! Nivel de profundidad: celestial.
Vivimos en un mundo de filtros, realidades alternas en redes sociales, promesas rápidas, cursos de felicidad en 7 pasos, y gurús que te dicen “sigue tu corazón”… Pero Jesús te dice: “No se turbe tu corazón. Cree en mí.” No sigas tu corazón como si fuera una brújula perfecta —porque a veces tu corazón se confunde con el estómago cuando tienes hambre—. Sigue a Jesús, que es la brújula, el mapa y el destino.
Y aquí viene lo increíble: No solo nos muestra el camino… nos prepara una morada. O sea, un hogar, no una pensión de paso. Algo eterno. Jesús no nos quiere como turistas espirituales. Nos quiere como hijos en casa. Y para que no digas: “¿Y si me pierdo en el camino?”, Jesús hace algo aún más loco…
Promete enviarte un Guía personal, un Consolador. Sí. Algo así como la mejor versión de Google Assistant, pero eterno, santo y con sabiduría infinita. El Espíritu Santo.
Él no necesita batería, ni señal. Él habita en ti, te recuerda lo que Jesús dijo, y te acompaña cuando la vida aprieta. Es como si Jesús dijera: “No los dejo solos. No los abandono como huérfanos. Vengo a ustedes. Mi Espíritu estará con ustedes… y en ustedes.” Y eso, amigo, no es religión. Es relación. Es amor en su forma más pura. Jesús termina este capítulo con una frase que merece enmarcarse en la sala, en la nevera y en el alma:
“La paz os dejo, mi paz os doy. No como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” La paz de Jesús no es el silencio incómodo de un grupo de WhatsApp sin mensajes, ni la tranquilidad momentánea de un domingo sin tareas. Es una paz que no depende del clima, del dinero, ni del humor del jefe. Es una paz que sostiene, consuela, abraza, guía.
Como conclusión de todo esto, les digo, Hermanos, que Cristo habla en Juan 14 no con voz de reprensión, sino con voz de consuelo eterno. “No se turbe vuestro corazón”, dice, sabiendo que vendría la cruz, la traición y el abandono. ¡Qué gracia la suya, consolarnos cuando Él mismo va a sufrir por nosotros! esús revela que el cielo no es una idea, es una casa —la casa del Padre— y Él mismo ha ido a prepararla para nosotros. No hay duda, no hay azar: hay un destino preparado.
Declara con autoridad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No un camino entre muchos, sino el único. En un mundo de confusión espiritual, Cristo pone un punto final: nadie va al Padre si no es por Él. Cuando Felipe le pide ver al Padre, Jesús responde con una revelación gloriosa: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Aquí no hay espacio para religiones comparadas: en Jesús habita corporalmente toda la plenitud de Dios.
Nos promete un Consolador, el Espíritu Santo. No quedamos huérfanos. El mismo Dios habita ahora en nosotros. Esta no es una emoción, es una presencia eterna. esús no pide solo fe intelectual. “El que me ama, mi palabra guardará”. El amor se prueba en obediencia. Y nos deja su paz. No como el mundo la da, temporal y condicionada. Su paz es firme en la tormenta, segura en la muerte, viva en la resurrección. Hermanos, este capítulo no es una poesía. Es una declaración de guerra contra la duda, la mentira y el temor. ¿Vivís como si Jesús fuera el único camino? ¿Guardás su palabra? ¿Tenés su paz? Juan 14 no nos da opciones. Nos da a Cristo. Y Cristo basta.
Así que si hoy te sientes perdido… recuerda: Jesús es el camino, no uno de tantos. Jesús es la verdad, no una opinión más. Jesús es la vida, no una rutina aburrida. Y en este viaje, no vas solo.
Hay un lugar preparado para ti. Un Consolador camina contigo. Y una promesa te espera: “Donde yo estoy, ustedes también estarán.” No se turbe tu corazón… Cree en Él.
Capítulo 15
¿Alguna vez te ha pasado que estás en medio de algo importante —una reunión, una videollamada con tu suegra, o buscando la receta perfecta para el flan sin huevo— y de repente, se te va el WiFi? El mundo se detiene. Y ya sabes que no exagero. Si te pasó alguna vez, sabes que esa es una verdad. Hay una sensación de abandono, de desconexión… es casi apocalíptico. “¡Volvé, WiFi! ¡Te lo prometo, esta vez sí voy a cerrar las 27 pestañas que tengo abiertas!” …
Ahora, imagínate que esa conexión vital, en vez de ser con tu rauter, es con Jesús. Eso es lo que Él nos está diciendo en Juan 15:“Yo soy la vid verdadera… ustedes son los pámpanos. El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí, nada pueden hacer.” Nada. Nada. Es fuerte, ¿no? Jesús se presenta como la vid verdadera. No una vid cualquiera, no una planta decorativa para Instagram. No. Es la verdadera, la original, la fuente de vida.
Y nosotros… somos pámpanos. O sea, ramitas. No es glamoroso. No somos la vid entera, no somos el fruto brillante y jugoso todavía. Somos las ramitas que, si no están conectadas a la raíz, se secan. Pierden sentido. Piénsalo así: una ramita desconectada no se va de mochilera, no pone una cafetería artesanal, no tiene «proyectos personales». Una ramita sin vid, se seca. Punto. Y no es que Jesús lo diga con enojo, sino con amor.
Nos dice: «Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes». Es un llamado a una relación constante, íntima, como esas amistades que no necesitan hablar todo el tiempo, pero cuando hablan… ¡uff, qué conexión! Ahora, viene una parte incómoda: “Al que da fruto, lo limpia para que dé más fruto.” A ver… ¿Cómo? ¿Me estás diciendo que si estoy haciendo las cosas bien… igual me van a podar? ¡Sí! Porque en el Reino de Dios, el premio por dar fruto no es un aplauso o un trofeo… ¡es una tijera!
Pero no una tijera cruel. Es una poda con propósito. Dios, como buen labrador, quita lo que estorba, lo que distrae, lo que pesa. A veces son relaciones, a veces planes, a veces el ego que se infla más rápido que una torta en horno alto. Y aunque duele, es por amor. Porque Dios ve en nosotros una potencial cosecha abundante. Y ojo, el fruto no es para mostrárselo al vecino: “Mirá qué uvas tengo yo, vos tenés pasas…” No. El fruto es para dar vida a otros. El fruto espiritual —amor, gozo, paz, paciencia, etc.— no es decoración, es alimento. Si tu fe no está nutriendo a nadie, tal vez no estás tan conectado como crees.
Después, Jesús nos deja el núcleo de todo esto: “Este es mi mandamiento: Que se amen unos a otros, como yo los he amado.” ¿Te diste cuenta de que no dijo “Ámense como puedan” o “Ámense cuando se lo merezcan”? No. Dijo: “como yo los he amado.” Ese amor que da la vida. Un amor que se sacrifica, que perdona antes de que le pidan perdón. Que abraza incluso cuando el otro viene con espinas. Ese amor es la savia de la vid. Si estás conectado a Jesús, ese amor tiene que fluir por tu vida. No es una opción. Es un resultado natural. Como cuando el sol sale y el hielo se derrite: no puede evitarlo.
No somos empleados, somos amigos. Y aquí viene algo bellísimo: Jesús dice que ya no nos llama siervos… sino amigos. ¡Amigos de Dios! No empleados que cumplen órdenes. No obreros con jornada limitada. Amigos. Porque a los amigos se les confía el corazón, los secretos, las heridas. A los amigos se les invita a la mesa, no solo a trabajar en el campo. Eso cambia todo. El mundo no va a aplaudir esto. Ahora, Jesús es honesto: “El mundo los va a aborrecer. No se sorprendan. A mí también me pasó.”
¿Y por qué? Porque el amor verdadero incomoda. Porque ser luz en medio de la oscuridad produce tensión. Pero si estás siendo rechazado por parecerte a Jesús, ¡ánimo! Vas por buen camino. Y cuando te sientas solo, desconectado, medio marchito, Jesús nos deja una promesa: el Consolador, el Espíritu de verdad. Él no es un enchufe espiritual de emergencia. Es la fuente constante que nos recuerda quiénes somos, quién es Jesús y para qué estamos aquí.
Jesús es la vid verdadera; sin Él no hay vida ni fruto. Permanecer en Cristo es esencial para dar fruto espiritual. El amor a Dios se demuestra obedeciendo sus mandamientos. El mayor amor es dar la vida por los amigos, como hizo Jesús. Ya no somos siervos, sino amigos de Cristo si hacemos su voluntad. Dios nos eligió para ir y dar fruto que permanezca. El amor entre los creyentes es un mandato, no una sugerencia. El mundo odiará a los seguidores de Cristo, como lo odió a Él.
La persecución del creyente es señal de su unión con Jesús. El Espíritu Santo dará testimonio de Cristo, y nosotros también debemos hacerlo. Jesús nos eligió. No fue una casualidad. No es que Él armó un equipo y justo vos pasabas por ahí. No. Él te eligió, y te puso para que vayas y lleves fruto. No fruto de temporada, no fruto que se pasa. Fruto que permanece. Y todo esto, ¿para qué? Para que nuestro gozo sea completo. ¡Para vivir llenos! No secos. No medio vivos. No sobrevivientes. Llenos.
Así que hoy te pregunto: ¿Estás conectado a la Vid? ¿Te estás dejando podar o te estás aferrando a ramas muertas? ¿Tu vida está dando fruto o solo hojas? ¿Estás amando como Jesús… o como te sale? Y si te sentís seco, agotado, confundido, no es el fin. Volvé a conectarte. No necesitás WiFi. Necesitás a Jesús. Porque cuando permanecés en Él… Tu vida florece. Tu fruto bendice. Y tu corazón descansa. Amén.
Capítulo 16
Hay una frase en Juan 16 que me suena misteriosa… casi como cuando tu mamá te dice: «Espérate un poquito… ya va a estar lista está la comida». Y tú no sabes si ese «poquito» significa cinco minutos, media hora… o si mejor te haces un sándwich. Jesús les dice a sus discípulos: «Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis.» Y los pobres… estaban confundidos. No los culpo.
Imagínate que tu mejor amigo te dice: «Me voy, pero no del todo. Me verás, pero luego no. Pero después otra vez sí. Y por cierto, van a querer matarte, pero ánimo.» Yo también quedaría con cara de: ¿»Eh»?
Pero en esa aparente confusión, hay una promesa oculta, como un regalo envuelto con muchas capas. Y Jesús, como buen Maestro, no se desespera con nuestras dudas. Él ve más allá. Dice:
«Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo.» O sea, «Les aviso desde ya, para que cuando las cosas se pongan feas, no piensen que fracasaron. No es el fin. Es parte del camino.» Y aquí viene algo poderoso. Jesús sabe que sus discípulos se van a sentir tristes, confundidos, perseguidos, solos. Pero aun así, les dice: «Os conviene que me vaya.»
¿Perdón? ¿Nos conviene que te vayas, Jesús? Es como si el piloto de un avión de línea te dijera:
«Me bajo, pero tranquilo, les dejo al mejor copiloto del universo.» Y no sólo eso. ¡El copiloto viene con instrucciones directamente del cielo! Ese Copiloto es el Espíritu Santo, el Consolador, el Espíritu de Verdad. Y viene con tres funciones muy claras, según Jesús: Convencer al mundo de pecado. Convencer de justicia. Convencer de juicio.
Pero no con un dedo acusador, sino con una mano que sana, restaura y guía. Y aquí me detengo.
Porque Jesús dice algo muy humano: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.» ¿No te parece hermoso eso? Jesús no nos lanza verdades como piedras.
Nos las da a medida que crecemos, como un padre que no le explica álgebra a un niño que apenas está aprendiendo a sumar. Nos ama con un ritmo sabio. Nos lleva de la mano.
Ahora… la parte del dolor. Sí, Jesús lo dice claro: «Vosotros lloraréis, y el mundo se alegrará.» Esto me recuerda cuando uno está en pruebas, y todo el mundo a tu alrededor parece estar de vacaciones en Cancún. Tú estás con lágrimas, y ellos con piña colada. Pero… La tristeza no es el final del viaje. Jesús pone una imagen que todos podemos entender: una mujer dando a luz. Dolor intenso… pero alegría incontenible cuando nace el bebé.
Así será nuestra vida en Cristo. Pasamos por noches oscuras, pero el amanecer llega.
Y cuando llega, nadie nos puede quitar ese gozo. Jesús termina este capítulo con una frase que vale oro.
Escúchala como si te la dijera ahora mismo, con mirada firme y tierna: «En el mundo tendréis aflicción… pero confiad, yo he vencido al mundo.» Sí. Él venció al mundo. No significa que nunca te va a doler. Significa que el dolor no tendrá la última palabra.
Significa que no estás solo, aunque te sientas así. Significa que hay una victoria que ya fue ganada, y que tú, aunque con tropiezos, aunque con lágrimas, puedes caminar hacia ella. Porque el que va contigo, ya pasó por allí… y regresó para buscarte. Así que si hoy estás en ese “todavía un poco”,
si estás en la parte donde no entiendes, si el mundo parece haberse reído mientras tú lloras, recuerda lo que Jesús dijo:
«Os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.» Y si aún no has pedido, como dijo Él, pide en su nombre. Pide paz, pide fe, pide fuerza, pide luz. Y recibirás. Porque Jesús no solo venció al mundo… También venció tu tristeza. Y como un buen maestro, te dice hoy lo mismo que dijo entonces: «Estas cosas te las digo, para que tengas paz.» Y como diría mi abuela…
«Agárrate de Cristo… que con Él, aunque haya tropiezos, no te caes para quedarte.»
Jesús nos advierte que seguirle traerá oposición, no sorpresa. No debemos temer al rechazo del mundo; Él ya lo previó. El consuelo viene de saber que no estamos solos. El Espíritu Santo será nuestro Guía, Consolador y Maestro. Aunque Jesús partió, su partida nos trajo algo mejor: el Espíritu. El Espíritu convence al mundo de pecado, justicia y juicio. No estamos encargados de convencer, sino de testificar. Dios sigue obrando en corazones más allá de lo que vemos.
Aunque no entendamos todo ahora, pronto lo sabremos. Nuestro dolor se convertirá en gozo, como el parto en vida. La tristeza presente tiene fecha de vencimiento. El gozo que Dios da, nadie nos lo puede quitar. Jesús intercede por nosotros directamente al Padre. Ya no hay barrera: tenemos acceso al corazón del Padre. Podemos orar con confianza, en el nombre de Jesús. Jesús conoce nuestras dudas, pero sigue amándonos.
Él venció al mundo… y por eso podemos tener paz. La victoria no es nuestra habilidad, sino su fidelidad. En medio de la prueba, su presencia es nuestra fuerza. Hoy podemos caminar con fe: ¡Cristo ha vencido! Examina con tu Biblia todo esto y, si no encuentras errores y te agrada la forma simple y directa conque lo tratamos, entonces muéstraselo a tu hijo, a tu hija o, si ya eres un adulto mayor, quizás a algún nieto o nieta que seguramente recibirá bendición con ello.
Capítulo 17
Hola, hola… ¿cómo estás? Mirá, te traigo algo especial. Algo… diferente. Hoy no vas a escuchar a un pastor orando por vos, ni a tu abuela, ni siquiera a tu grupo de oración. Hoy… escuchás a Jesús mismo, sí, Jesús, hablando con el Padre, ¡y mencionándote a vos! ¡Así arranca Juan capítulo 17! Una conversación íntima, preciosa, antes de que Jesús vaya a la cruz. Una oración que nos abre el corazón del Hijo de Dios. Y vos estás en ella.
Jesús arranca así: «Padre, la hora ha llegado…» No dice “me quiero bajar”, ni “esto se me fue de las manos”. Jesús sabe lo que viene, y lo enfrenta con propósito. Dice: «Glorifica a tu Hijo, para que también el Hijo te glorifique a ti.» Jesús está a punto de entregar su vida, pero no lo ve como tragedia… lo ve como gloria. Porque obedecer al Padre también es glorificarlo. Y mirá esta joya: «Glorifícame con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera.» ¡Pará, qué fuerte eso! Jesús no empezó en Belén. ¡Estaba desde antes de la fundación del mundo!
Jesús no es un plan de emergencia. Es parte del plan eterno. Y ahora Jesús define algo clave: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» Vida eterna no es un ticket para el cielo. Vida eterna es conocer a Dios, tener una relación viva, diaria, real con Él. No es como seguir a alguien en Instagram. Es como cuando tu mejor amigo te conoce tanto que te termina las frases.
Conocer a Dios no es saber de memoria versículos… es hablar con Él, caminar con Él, vivir con Él. Jesús ahora empieza a hablar de sus discípulos… ¡con un amor de Padre orgulloso! «Les di tu Palabra… creyeron que salí de vos…» «Los guardé mientras estuve con ellos… ninguno se perdió.» Y después viene algo tremendo: «No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal.» Jesús no pide que te escondas. No dice: “Padre, ponelos en una burbuja cristiana donde no les pase nada.” No. Dice: “que estén en el mundo… pero protegidos del mal.”
Como decimos por aquí: Como mate dulce en un termo salado… algo no cuadra. Así estamos nosotros. No encajamos del todo, y está bien. ¡No sos del mundo! Pero estás en él… con propósito. Y acá viene lo que más me emociona: Jesús no ora solo por los 12 discípulos. Dice:
«No ruego solo por estos, sino por los que creerán en mí por su palabra.» ¡Ese sos vos! ¡Esa soy yo! ¡Estamos en esta oración!
Y lo que Jesús pide… es unidad. «Que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me enviaste.» La unidad entre creyentes es la mejor campaña evangelística del cielo. ¿Querés que el mundo crea? No discutas tanto con otros cristianos en redes… Ámalos. Trabajen juntos. Sé uno. Y que conste en las actas del cielo y en las terrenales. No estoy hablando de una reunión interdenominacional mensual. De eso hace mucho tiempo que tenemos y la unidad no apareció jamás.
Y el final… es como un suspiro del corazón de Jesús. «Padre, quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy… para que vean mi gloria.» Jesús quiere que estés con Él. No porque necesitás ver fuegos artificiales celestiales… sino porque quiere compartir con vos el amor eterno del Padre. Él quiere que veas lo que el Padre le dio. Porque… ¿sabés qué? ¡Vos también sos parte de ese regalo! Y termina así: «Les he dado a conocer tu nombre… para que el amor con que me amaste esté en ellos, y yo en ellos.»
Amor. Unión. Presencia. Eso es lo que Jesús quiere para vos. Esta oración de Jesús no es solo un texto hermoso para leer con voz angelical. Es una ventana al corazón de Dios. Y también es una invitación. Si Jesús oró por vos… ¿vas a ignorarlo? Hoy podés hacer algo simple, pero eterno: Podés decir:
«Señor Jesús, quiero conocerte. Quiero esa vida eterna que no empieza cuando muero… sino ahora. Ayudame a vivir en tu verdad, a no tener miedo al mundo, y a estar unido a vos y a mis hermanos. Gracias por orar por mí. Amén.»
En síntesis, Juan capítulo 17 es la oración más profunda y reveladora de Jesús antes de la cruz. Allí no solo intercede por sus discípulos, sino también por nosotros, los que creeríamos por su palabra. En su clamor se revela el deseo ardiente del Hijo: que seamos uno, así como Él es uno con el Padre. Pide que su gozo, su verdad y su gloria nos llenen. No ruega para que seamos sacados del mundo, sino guardados del mal mientras cumplimos la misión.
Nos llama a una santidad que impacte al mundo con la luz del Reino. Esta oración es un grito de amor eterno, de unidad inquebrantable y de destino celestial. Nos recuerda que fuimos escogidos, amados y enviados. Es un llamado urgente a vivir en comunión con Dios y entre nosotros. Jesús ora… y todavía esa oración nos cubre hoy con poder. Y ahora, salí a vivir tu día… con esta verdad grabada en tu corazón: Jesús oró por vos… y aún sigue intercediendo por vos. Él te ama. Te guarda. Y te quiere cerca. Si no terminas de creer que esto es así, es sólo porque te han enseñado religión cristiana evangélica y no Biblia profunda. Este es tu oportunidad de integrarte. Te bendigo.
Capítulo 18
Hoy te invito a sumergirte conmigo en una noche única. No fue cualquier noche. Fue la noche en la que el Rey… fue arrestado. Jesús acababa de terminar una de sus conversaciones más profundas con sus discípulos. Palabras cargadas de amor, advertencia y esperanza. Y luego… salió. Cruzó el torrente de Cedrón con sus amigos. Iban hacia un huerto. Tranquilo, oscuro, familiar. Un lugar que conocían bien. Lo habían visitado muchas veces. Era su punto de encuentro.
¿Y sabes quién más lo conocía? Judas. Sí… Judas. Ese discípulo que caminó con Jesús, comió con Él, vio milagros con sus propios ojos… y aun así, lo entregó. Con un beso. Irónico, ¿no? Traicionar con un acto de afecto. Pero antes del beso, llega con un escuadrón: soldados, antorchas, linternas, espadas. Vamos, como si Jesús fuera un criminal peligroso que se iba a escapar por una ventana o iba a desaparecer en una nube de humo.
Pero Jesús… no se esconde. No corre. Al contrario, se adelanta. Y pregunta: “¿A quién buscan?” “¡A Jesús, el nazareno!” Y Él responde algo que suena sencillo, pero fue poderoso: “Yo soy.” Y en ese momento… ¡boom! Retroceden y caen al suelo. Como fichas de dominó. Es como si por un instante se les desvelara un poco de la gloria de Aquel que estaban arrestando. Jesús, el Hijo de Dios, con autoridad aún en su entrega.
Y mientras el ambiente está tenso… aparece Pedro, nuestro querido Pedro, siempre impulsivo, medio valiente, medio imprudente. Saca una espada (¿De dónde la tenía escondida?) y zas, le corta la oreja a Malco, el siervo del sumo sacerdote. Uno pensaría que Jesús le diría: “¡Bien, Pedro, defiéndeme!” Pero no. Jesús le dice: “Guarda tu espada. ¿La copa que el Padre me ha dado, no la voy a beber?” ¡Qué contraste! Pedro reacciona con violencia, Jesús responde con obediencia.
De ahí lo arrestan. Lo atan. ¡Al que liberaba a los atados, ahora lo atan! Lo llevan ante Anás, suegro de Caifás, el sumo sacerdote. Y entre idas y venidas, tenemos a Pedro… otra vez. Pedro, el mismo que había dicho: “Aunque todos te abandonen, yo jamás.” Ahora está en un patio, intentando pasar desapercibido. Pero una portera lo reconoce: “¿No eres tú uno de sus discípulos?” “No, no lo soy.” — responde Pedro. Primera negación.
Luego, mientras se calienta junto al fuego —sí, había frío, no solo en el ambiente, sino también en el corazón de Pedro— le vuelven a preguntar. Y otra vez: “No lo soy.” Y por tercera vez, alguien dice: “Tú estabas con Él, ¡te vi en el huerto!” Y Pedro… niega de nuevo. Y justo en ese momento… canta el gallo. Como Jesús lo había dicho. Imagina la mezcla de emociones. Culpa. Dolor. Sorpresa. Pedro, el fuerte, el impulsivo… cayó. Pero esa no fue su condena. Fue el inicio de su restauración. (Pero eso es otra historia.)
Volvemos a Jesús. Ahora está ante Pilato, el gobernador romano. Pilato no sabe muy bien qué hacer con este prisionero tan particular. No grita, no suplica, no se defiende. Y en la conversación más intrigante de la historia, Pilato le pregunta: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Jesús no responde con propaganda política. No dice: “Sí, y voy a recuperar el trono de David.” No. Dice: “Mi reino no es de este mundo.” ¿Qué clase de Rey dice eso? Un Rey celestial. Un Rey que no vino a conquistar con espadas, sino con amor.
Y cuando Pilato le pregunta: “¿Qué has hecho?” Jesús responde con su misión: “Para esto he venido: para dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad… escucha mi voz.” ¿Y qué hace Pilato con eso? Le lanza una pregunta digna de un filósofo griego en plena crisis existencial:
“¿Qué es la verdad?” Y… se va. Así nomás. Jesús le ofrece verdad… y Pilato se da la vuelta. Finalmente, Pilato, intentando lavarse las manos del problema, les dice: “Tengo una costumbre: en Pascua, libero a un prisionero. ¿Quieren que suelte a Jesús, su Rey?”
Y ahí viene el grito colectivo, fuerte, desgarrador… “¡No a Él! ¡Suelta a Barrabás!” ¿Barrabás? ¿En serio? Un ladrón. Un criminal. Un culpable. Y así termina este capítulo. Con Jesús, el inocente, camino a la cruz. Y Barrabás, el culpable… libre. Pero si lo piensas bien, tú y yo… somos Barrabás. Somos los que fuimos liberados… porque Jesús tomó nuestro lugar. Así que la próxima vez que pienses en el arresto de Jesús, recuerda: no fue una derrota. Fue parte del plan. Él eligió ser entregado, eligió la cruz… por amor a ti.
El capítulo 18 de Juan nos presenta el inicio de la pasión de Cristo con una intensidad dramática: Jesús no es víctima pasiva, sino quien se entrega voluntariamente. Al decir «Yo soy», derriba a los soldados, mostrando su autoridad incluso en el arresto. Pedro, impulsivo, corta la oreja de Malco, pero Jesús lo reprende, revelando que el Reino de Dios no avanza por violencia. Su entrega voluntaria ante Pilato expone el contraste entre el poder político y la verdad eterna.
Pilato, confundido, pregunta: «¿Qué es la verdad?», sin darse cuenta de que la Verdad está frente a él. Jesús no negocia ni se defiende: su silencio y coherencia nos invitan a confiar en Dios, incluso ante la injusticia. Este capítulo nos desafía a no huir del sufrimiento cuando es parte del propósito. También nos muestra cómo el miedo puede llevar a la traición, como en el caso de Pedro. En lo práctico, nos llama a responder al mal con mansedumbre, y a mantenernos fieles a la verdad, aunque cueste. Te abrazo. Nos estamos escuchando. Gracias.
Capítulo 19
Hola, hola. Bienvenidos a este espacio donde nos metemos en los textos bíblicos como quien se mete a una buena conversación con un café en la mano… o un mate, según de dónde me estés escuchando. Hoy nos toca Juan capítulo 19, uno de los capítulos más intensos, dolorosos, y —sí, aunque suene raro— llenos de esperanza de toda la Biblia. Y no, no es una exageración. En este capítulo vemos a Jesús, el Rey de reyes, coronado… pero no con oro, sino con espinas. ¿Cómo puede algo tan trágico ser tan glorioso? Bueno, vamos a charlar sobre eso.
Todo empieza con un espectáculo grotesco. Pilato manda azotar a Jesús, y los soldados —con una creatividad bastante siniestra— deciden hacerle una “parodia de rey”. Le ponen una corona… ¡de espinas! Lo visten de púrpura, como si fuera un emperador romano, y lo saludan: «¡Salve, Rey de los judíos!»… ¡y pum! Le dan bofetadas. Sí, suena fuerte. Pero hay algo muy irónico acá: sin saberlo, esos soldados estaban diciendo la verdad. Jesús sí es Rey.
Lo que pasa es que su reinado no se parece en nada a lo que este mundo entiende por poder. No conquista con espadas, sino con amor. No domina a la fuerza, sino que se entrega. Qué locura, ¿no? Un Rey que muere por sus súbditos. Pilato está como muchos de nosotros: sabe lo que está bien… pero tiene miedo. Quiere soltar a Jesús, pero no quiere problemas con el pueblo, ni con César. Está más preocupado por las encuestas que por la verdad. ¿Te suena? Los políticos no descienden de un huevo de política…
En un momento le pregunta a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Jesús no responde. Y eso lo pone más nervioso. Entonces Pilato le dice: “¿No sabes que yo tengo autoridad para crucificarte o soltarte?”… Y Jesús le contesta con una de esas frases que deberían estar en una taza de café: «Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba.» ¡Boom! Jesús, ensangrentado, débil físicamente… pero totalmente en control. Pilato se cree poderoso, pero Jesús le recuerda que el verdadero poder viene de Dios.
Pilato presenta a Jesús y dice: «¡He aquí el hombre!«. Y la multitud responde: «¡Crucifícale!«.
Y ojo acá: esta es una escena que se repite en cada época. Siempre hay una elección entre Jesús y los sistemas del mundo. Entre la cruz… y la comodidad. Entre el Reino de Dios… y el imperio de turno. Y ellos gritan: «No tenemos más rey que César». ¡Qué frase tremenda! O sea, el pueblo de Dios prefirió al emperador romano antes que al Mesías. ¿Cuántas veces hacemos lo mismo? Elegimos lo fácil, lo conocido, lo cómodo… y rechazamos al que vino a salvarnos.
Y entonces, lo crucifican. Jesús lleva su cruz hasta el Gólgota, el lugar de la Calavera. Ahí, entre dos criminales, lo clavan en la cruz. Y Pilato, en una especie de “venganza simbólica” contra los líderes judíos, manda a escribir: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos.» Lo escribe en hebreo, en griego y en latín. ¿Sabés lo que significa eso? Que todos, absolutamente todos, podían leerlo. El mensaje es claro:
Jesús no es Rey solo de los judíos. Es el Rey del mundo. Tu Rey. Mi Rey.
Mientras agoniza, Jesús sigue amando. Ve a su mamá, María, al pie de la cruz. Y al discípulo amado, probablemente Juan. Y les dice: “Mujer, he ahí tu hijo… Hijo, he ahí tu madre.” Hasta en su sufrimiento, Jesús cuida a los suyos. Y cuando ya todo está cumplido, dice: «Tengo sed«. Le dan vinagre, y después, lanza esas palabras que resuenan por toda la eternidad: “Consumado es.” En griego, esa frase es tetelestai, que significa: Pagado por completo. Como cuando alguien cancela una deuda y te dan un recibo que dice “saldo cero”.¡Eso hizo Jesús en la cruz! Pagó nuestra deuda. Toda. Sin dejar centavos colgando.
Cuando los soldados ven que Jesús ya está muerto, no le quiebran las piernas como a los otros. En cambio, uno de ellos le atraviesa el costado con una lanza, y sale sangre… y agua. ¿Qué significa eso? Bueno, algunos dicen que fue una señal médica de que ya había muerto. Otros, que es símbolo de lo que Jesús nos da: la sangre que limpia y el agua que da vida. Dos elementos que en la Biblia representan salvación y Espíritu Santo. ¡Jesús no dejó nada a medias!
Finalmente, vienen dos hombres que hasta ahora habían estado en las sombras: José de Arimatea y Nicodemo. ¡Sí! El mismo Nicodemo que fue a ver a Jesús de noche en Juan 3. Ellos toman el cuerpo de Jesús, lo envuelven con lienzos y especias, y lo colocan en un sepulcro nuevo, en un huerto. Pausa. Silencio. Parece el final… pero no lo es. ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Qué significa Juan 19 para vos, hoy?
Primero, que el amor de Dios no es una teoría. Fue demostrado en la cruz. Segundo, que la corona de espinas fue el camino al trono eterno. Y tercero, que aunque el mundo diga «¡crucifícale!», vos y yo podemos decir: «He aquí mi Rey. El que me amó, y se entregó por mí.» Así que… la próxima vez que sientas que estás cargando una cruz, que todo parece perdido, recordá esto: Jesús ya venció. La cruz no fue el final, fue el inicio de algo nuevo.
Y como decimos por acá… ¡Guarda el hilo! Porque el domingo viene la resurrección! Gracias por acompañarme hasta acá. Si este mensaje te habló al corazón, compartilo con alguien. Porque esta historia… ¡vale la pena contarla! Nos vemos en el próximo episodio.
Capítulo 20
Hola, hola… Bienvenidos a este viaje de fe, esperanza, lágrimas, sorpresas, y… ¡una tumba vacía! Hoy nos metemos de lleno en Juan capítulo 20, un capítulo que arranca con lágrimas… pero termina con vidas transformadas. Así que, si alguna vez pensaste que Dios estaba callado, lejos o que tu historia terminó, como viven y piensan tantos cristianos en el mundo, aunque resulte increíble… ¡Atención! Porque esto es para vos.
Dice que era el primer día de la semana… y todavía estaba oscuro. María Magdalena va al sepulcro. A oscuras. Con el corazón roto. Porque cuando el alma está triste, ni la luz del sol alcanza. Pero ¡sorpresa! La piedra está removida. Y Jesús… no está. Y ahí arranca el drama: María corre a decirles a Pedro y al otro discípulo (Que Juan, con mucha humildad, se refiere como “el discípulo al que Jesús amaba”… y también como “el que corre más rápido que Pedro”
Y sí, corren al sepulcro. Me los imagino casi tropezando, con el corazón en la boca. Juan llega primero, pero no entra. Pedro entra como buen Pedro: impulsivo, decidido, a todo o nada. Y ¿qué encuentran? Lienzos… y un sudario cuidadosamente enrollado. ¡Jesús no salió corriendo! Esto no fue un robo. Esto fue ordenado, tranquilo… ¡resucitado! Juan dice que vio… y creyó. Pero aclara: «todavía no habían entendido las Escrituras». ¡Qué consuelo! A veces creemos que necesitamos tener todo claro para tener fe. Pero la fe, muchas veces, se enciende en medio de la confusión.
Volvemos a María…María está llorando afuera del sepulcro. Triste. Desconsolada. Y no reconoce a Jesús. Lo confunde con el jardinero. –“Señor, si vos lo sacaste, decime dónde lo pusiste…” Pero entonces Jesús le dice una sola palabra: “¡María!” ¡Y BOOM! Ella lo reconoce. A veces no necesitamos un sermón. Solo necesitamos oír nuestro nombre dicho por Aquel que nos conoce. Jesús la envía a dar las noticias. ¡La primera evangelista de la resurrección fue una mujer, con pasado complicado, pero con un corazón fiel! Porque fue la primera en anunciar ¡Cristo vive! Mirá vos… cuando Dios resucita, también resucita tu propósito.
Caía la noche, y los discípulos están encerrados. Con miedo. Y Jesús… aparece entre ellos. No tocó la puerta. No pidió permiso. ¡Se metió en medio y dijo: «Paz a ustedes!»! Jesús no se asusta de nuestras puertas cerradas. No necesita llave. Se mete en nuestras cuevas de miedo y ansiedad y dice: “Paz”. Les muestra las manos y el costado. Las heridas. Porque la resurrección no niega el dolor… pero sí lo redime. Y luego… sopla sobre ellos.«Reciban el Espíritu Santo.»
¡Soplo de vida nueva! Como en Génesis. Porque con la resurrección empieza una nueva creación. ¡Otra vez! Un nuevo comienzo. Pero falta uno… Tomás. El famoso “Tomás el incrédulo”. O, como yo lo llamo, Tomás el sincero. Porque todos dudamos… solo que él lo dijo en voz alta. –“Si no veo, no creo”, dice. Y ocho días después… ¡Jesús se le aparece! Y no lo reta. No lo condena. Le dice: «Tomás, vení. Tocá. Mirá.» ¿Verdad que, dicho así, sacado de la formalidad religiosa, suena muchomás lo real que fue?
Jesús no tiene problemas con tus preguntas. Tiene problemas con tu indiferencia. Si dudás, que sea una duda que busca. Y Jesús responde a esa búsqueda. Tomás cae de rodillas y dice: “¡Señor mío y Dios mío!” ¡Y eso es fe! Y termina el capítulo con una joya: Juan dice que no escribió todo lo que Jesús hizo… pero que lo que está escrito, es para que creas que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que creyendo, tengas vida en su nombre.
¿Y esto qué tiene que ver con vos, hoy, un martes cualquiera o un jueves estresado? Muchísimo. Porque la resurrección no es solo un evento histórico, es una experiencia personal. Cuando sentís que todo terminó… Jesús sigue escribiendo tu historia. Cuando tenés miedo, Él se aparece con Su paz. Cuando estás encerrado, Él entra. Cuando dudás, Él te invita a tocar sus heridas. Y cuando estás llorando, dice tu nombre.
Juan 20 nos introduce en el corazón palpitante de la fe cristiana: la resurrección de Jesús. María Magdalena llega al sepulcro antes del amanecer, símbolo de un alma que busca a Dios incluso en la oscuridad. La piedra removida no es solo un hecho físico, sino una señal de que nada puede encerrar al Autor de la vida. María corre, porque el amor hace que uno se mueva rápido, aún sin entender del todo. Pedro y el discípulo amado corren también: la fe y el amor compiten, pero ambos llegan.
El sudario doblado es un detalle aparentemente menor, pero revela orden, intención y propósito divino. El discípulo amado ve y cree: a veces, no necesitas tocar para creer, solo mirar con ojos limpios. María, en su llanto, ve ángeles, y luego al mismo Jesús: las lágrimas sinceras abren la vista espiritual. Pero no lo reconoce de inmediato. A menudo, lo divino se nos aparece disfrazado de cotidiano. Solo cuando Jesús la llama por su nombre, ella lo reconoce. Dios es personal: nos llama por quien realmente somos.
«No me toques», le dice Jesús, porque el encuentro con el Resucitado no es posesión, sino envío. Jesús se aparece luego a los discípulos con un saludo de paz. La paz es siempre la primera palabra de la resurrección. Les muestra sus manos y su costado: la gloria no borra las heridas, las transforma. Sopla sobre ellos: como en la creación, el Espíritu es aliento de nueva vida. Les da una misión: perdonar. El fruto de la resurrección es una comunidad que libera, no que condena.
Tomás representa a todos los que dudan, y Jesús no lo reprende, sino que lo invita. Jesús honra la duda honesta, porque ella puede llevar a una fe más profunda. “Señor mío y Dios mío” es la confesión más alta del evangelio… ¡y nace del que dudaba! Dichosos los que no vieron y creyeron: ahí estamos tú y yo, en esa bienaventuranza del Resucitado. Juan termina diciendo que todo esto se escribió para que creamos y tengamos vida. No solo información: vida abundante.
La resurrección no es solo algo que pasó… es algo que pasa. Hoy. Cada vez que alguien vuelve a tener esperanza. Cada vez que alguien es perdonado. Cada vez que una lágrima encuentra consuelo. Cada vez que un corazón muerto vuelve a latir. Él vive. Y porque Él vive… nosotros también. Así que no te olvides: la tumba está vacía… ¡pero tu corazón no tiene por qué estarlo! Gracias por acompañarme en este viaje. Que vivas esta semana con la certeza de que Jesús resucitó… y que eso lo cambia todo. ¡Hasta la próxima!
Capítulo 21
Imaginate esto: es de madrugada, y estás en un bote con tus amigos, cansado, con frío, y sin haber pescado ni una sardina en toda la noche. Simón Pedro se levantó esa noche y dijo: “Voy a pescar”, y los otros seis discípulos dijeron algo como “bueno, vamos también”. No suena muy espiritual, ¿no? No es una oración, no es una prédica, no es una campaña evangelística. ¡Es pesca! Y encima, sin éxito. Pero… ¿quién dijo que Jesús solo se aparece en los momentos súper espirituales? Jesús se aparece justo ahí, en el momento más normal, en una barca vacía y con el ánimo por el suelo.
Eso me encanta. Porque a veces pensamos que para encontrar a Dios tenemos que estar en modo “monje en el desierto”. Pero no: a veces te está esperando en la orilla, mientras vos estás frustrado con tus redes vacías. Ahora, atención a esto: Jesús les dice, como si nada, “Hijitos, ¿tienen algo de comer?”. Yo me imagino a los discípulos mirándose entre ellos como diciendo: “¡¿Quién es este?! Encima que no pescamos nada, ¿nos viene a preguntar por comida?”.
Pero lo genial es lo que viene después. Jesús les da un pequeño tip de pesca: “Echen la red a la derecha”. Suena tan poco espiritual… tan simple. Pero cuando lo hacen, ¡boom! La red explota de peces. ¡153 para ser exactos! A veces, la solución de Dios es tan simple que la pasamos de largo. No es magia. Es obediencia simple. Y ahí es donde Juan, el más perspicaz, dice: “¡Es el Señor!” Y Pedro, tan Pedro como siempre, no espera el protocolo: se tira al agua.
No camina sobre ella esta vez. Nada, se moja, se apura. ¡Porque cuando reconocés que Jesús está ahí, no importa lo empapado que termines! Al llegar, se encuentran con algo impresionante: Jesús ya tenía pescado en la parrilla. ¡Él no necesitaba su pesca! Solo quería hacerlos parte de lo que Él ya tenía preparado. A veces nos matamos remando toda la noche, y Jesús ya tiene la solución lista en la orilla. Solo está esperando que dejemos de hacerlo a nuestra manera, y escuchemos su voz.
Después de desayunar —sí, Jesús hace desayunos— viene ese momento icónico con Pedro. La famosa triple pregunta: “¿Me amas?” Tres veces. Una para cada vez que Pedro lo había negado antes. Y ojo: Jesús no lo avergüenza. No lo humilla. Lo restaura. Cada vez que Pedro responde que sí, Jesús le da una misión: “Apacienta mis ovejas”. En otras palabras: “Si me amás, cuidá a los míos. No me lo digas solo con palabras, mostralo con acciones”.
Jesús no busca amor emocional solamente, sino un amor que se traduce en responsabilidad y entrega. Después, Jesús le tira una bomba: “Cuando eras joven, hacías lo que querías. Pero llegará un día en que otros te llevarán donde no quieras”. O sea: “Pedro, si me seguís, no siempre va a ser fácil. Pero valdrá la pena”. Y como si fuera poco, Pedro ve a Juan detrás y le dice algo tipo: “¿Y este qué? ¿Qué onda con él?”
¡Clásico! Siempre nos interesa saber qué va a pasar con el otro. Y Jesús responde algo que todos deberíamos grabarnos: “¿Qué a ti? Tú, sígueme.” Traducido al criollo: “Pedro, metete en tus asuntos. Seguíme vos. Lo que pase con él, lo manejo yo.” Qué tremendo. Qué necesario. En un mundo donde nos comparamos todo el tiempo, Jesús te dice: “Tu llamado es único. No te distraigas mirando a los costados.”
El capítulo cierra con una frase que me deja sin palabras: “Y hay muchas otras cosas que hizo Jesús… que si se escribieran una por una, ni en todo el mundo cabrían los libros”. ¿Sabés lo que significa eso? Que hay tanto más de Jesús que no conocemos. Que sigue obrando, hablando, sorprendiendo. Que no terminó con lo que está escrito. ¡Que todavía escribe historias hoy! Entonces, ¿qué podemos llevarnos de este capítulo?
Jesús se aparece en lo cotidiano. No solo en lo sagrado. También en la frustración de una noche sin pesca. A veces la solución es tan simple como escuchar y obedecer. Solo un cambio de lado en la red cambió todo. Dios no te necesita, pero te quiere incluir. Ya tenía pescado, pero igual pidió los de ellos. Amar a Jesús se demuestra en cómo cuidamos a otros. Decir “te amo” no basta si no alimentamos a sus ovejas. Dejá de mirar la historia del otro. Jesús te dice: “Vos seguime”.
La pregunta, aquí, es: ¿Qué me ha dejado este evangelio que hoy concluimos en su estudio práctico, sencillo y casi callejero? Me revela a Jesús como el Hijo de Dios, eterno y divino, fundamento de mi fe. Me muestra que creer en Él es tener vida eterna, no solo futura, sino presente. Me enseña que Dios se hizo carne, cercano y comprensivo de mi humanidad. Me invita a confiar en Jesús como la Luz que disipa mis tinieblas. Me recuerda que soy amado profundamente, como lo dice Juan 3:16.
Me desafía a vivir en comunión con Dios, como el Padre y el Hijo lo están. Me consuela saber que Jesús es el Buen Pastor que me guía y protege. Me impulsa a servir con humildad, como lo hizo Jesús al lavar los pies. Me fortalece al prometerme el Espíritu Santo como guía y consuelo Me llama a dar testimonio de la verdad con amor, como testigo de Cristo.
Tal vez hoy estás en tu barca, remando, y no ves a Jesús. Pero Él ya está en la orilla. Tal vez ya preparó un desayuno, y solo está esperando que tires la red al lado correcto. No necesitás grandes discursos. Solo necesitás reconocerlo… y saltar del bote. Jesús sigue apareciendo donde menos lo esperás. Te llama por tu nombre. Te restaura, te da propósito. Y te dice, como a Pedro: “Sígueme.” La pregunta es… ¿vas a saltar del bote?