Gente con una Misión

Es bastante notorio que nuestras costumbres, tradiciones y hasta rituales han sobrepasado largamente al sentir real y genuino que espiritualmente experimentamos para con nuestro Dios. Seguimos insistiendo, pese a que ya se nos ha enseñado y predicado cientos de veces, en que es más importante el verbo HACER que el verbo SER. Y Dios, – debo decirle -, tiene otra óptica del asunto.

Por eso hablamos de misericordia, por eso hablamos de amor, por eso hablamos de compasión. Son elementos que Dios utiliza permanentemente, pero que en nuestras almas impuras no siempre se expresan como se debe. En lugar de ello, buscamos taparlos con hechos concretos que, por mejor intencionados que sean, no siempre llevan al mejor resultado.

(Mateo 9: 14)= Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?

(15) Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Vale la pena aclarar en este punto, que el ayuno sugería luto, pero la presencia de Jesús junto a sus discípulos, que inaugura de alguna manera el Reino de los Cielos, era una ocasión de gozosa celebración, tal como ocurre en cualquier banquete de bodas. La respuesta de Jesús está demostrando, asimismo, el error del ayuno tradicional, que falla totalmente en discernir las específicas orientaciones de Dios.

(16) Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo, porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.

(17) NI echan vino nuevo en odres viejos; de otra manea los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.

La respuesta de Jesús a la cuestión del ayuno muestra su autoridad sobre las prácticas religiosas y, al mismo tiempo, revela el carácter de las relaciones entre el cristianismo y el judaísmo. Las viejas formas del judaísmo no podrían jamás contener la frescura espiritual del evangelio.

 La gracia no puede ser esparcida o introducida en el sistema del legalismo hebreo. En lugar de remendar un frágil, desgastado y obsoleto sistema, Jesús vino a ofrecer una vida nueva, basada en la fe.

No cabe ninguna duda, a la vista de los hechos cotidianos que suceden en cualquier punto del planeta, que este es un tiempo muy similar al que se relata en esta historia. Las tradiciones y costumbres tan arraigadas que la iglesia evangélica sostiene, ya no pueden albergar la frescura de lo que Dios está haciendo hoy con su pueblo.

Por eso es que quienes hemos recibido una Palabra fresca y no hemos vacilado en llevársela al pueblo, resultamos tan singulares, tan “raros” y, en algunos casos, hasta tan…locos. Es que sencillamente tenemos la autoridad que sólo da el Espíritu Santo para batallar contra toda una estructura armada en base a tradiciones, costumbres y políticas religiosas.

A muchos pastores de este tiempo les encantaría poder apropiarse de esa autoridad y de esa llegada, con el fin de encaminarla hacia los horizontes que se han trazado para su propia conveniencia. Pero no pueden, no es posible. ¿Sabe por qué? Por lo que significa aquí el Mandamiento Nº 26: No se puede echar vino nuevo en odres viejos.

(Mateo 9: 35)= Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

(36) Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.

(37) Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.

(38) Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

En primer término, deberemos consignar que este pequeño trozo escrito por Mateo, resume de manera completa y casi brillante el ministerio de Jesús en Galilea y la comisión que Él dio a sus discípulos.

Porque, – se nos dice -, Él recorría todas las ciudades. No algunas, no las que lo recibían mejor; todas. Y allí a qué se dedicaba. A las dos cosas que los hijos de Dios todavía deberían dedicarse hoy: enseñar en la iglesia y predicar en el mundo.

Allí, en ese mundo impío, incrédulo y pecador será donde los milagros de sanidad serán más notorios. ¿Por qué? Porque ese mundo necesita que algo o alguien toquen sus vidas en lo más profundo para poder creer. La iglesia no necesita de eso, ya que debe vivir por la fe sin necesidad de ver. Eso no inhibe los milagros en la iglesia, pero no podrán ser estos el motivo de asistencia.

Hagamos una encuesta entre los cristianos que cada domingo concurren a un templo, y veremos con asombro su resultado. Un ochenta por ciento de ellos, por lo menos, asiste en búsqueda de solución par sus necesidades personales, mientas que el resto lo hace para adorar en espíritu y en verdad.

¿Y qué se le está enseñando a ese pueblo desde los púlpitos? Exactamente eso: que deben venir a buscar esas soluciones, y que incluso, el pastor es el único “capacitado” para orar por esas necesidades con probabilidades de éxito. Dios jamás pensó ni enseñó eso. El hombre lo implementó buscando su propia conveniencia, o la solución de sus propias necesidades.

Dice, además, que sintió compasión por las multitudes porque las vio desamparadas y dispersas “como ovejas que no tienen pastor”. Nominalmente, hoy, cada oveja de cada redil tiene un pastor, pero lo que se observa mayoritariamente, es exactamente lo mismo: desamparo y dispersión.

De allí que una vez más, la necesidad de verdaderos y genuinos obreros, por encima de gente designada por amiguismos u otros acomodos eclesiásticos, es más que evidente porque, una vez más, la mies supera a la mano de obra espiritual.

Eso nos lleva inexorablemente a la misma conclusión que dio a conocer Jesús cuando Él pudo observar esta alternativa. Allí, con un simple pedido, pronunció lo que, estimamos, es el Mandamiento Nº 27: Rogar al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

Hay dos palabras que se parecen bastante en sus pronunciaciones fonéticas que, de alguna manera, constituyen la base sustancial del evangelio de Jesucristo. Esas palabras son: Visión y Misión. Ambas, curiosamente, comenzaron con los mismos protagonistas: aquellos doce…

(Mateo 10: 5)= A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis. (6) sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Los doce a quienes aquí se hace referencia, son mencionados en el pasaje anterior. Simón Pedro, Andrés. Jacobo, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, otro Jacobo, (hijo de Alfeo), Tadeo, Simón el cananista y Judas Iscariote.

En cuanto a lo de “ovejas perdidas”, los antecedentes del Antiguo Testamento, a partir de lo que podemos leer en el capítulo 34 del libro del Éxodo, indican que todo Israel estaba disperso como ovejas. El ministerio de Jesús se dirigió primero a los judíos.

Tiempo de Victoria nació, específica y precisamente como una prolongación de esta clase de ministerio pero para este tiempo: apuntar sus enseñanzas al pueblo, mucho antes que para el mundo que aún no conoce a Jesús. Otra vez una reiteración de aquello.

(7) Y yendo, predicad, diciendo: el Reino de los cielos se ha acercado.

Este es el evangelio de Jesucristo. Todo lo demás que los hombres hemos inventado intentado “mejorarlo”, en muchos casos, no ha conseguido otra cosa que confundirlo, mezclarlo y minimizarlo en su calidad y cualidad. El evangelio implica presentar al Reino de los Cielos. Juan el Bautista, le recuerdo, predicó este mismo mensaje.

Si usted hoy se planta frente a alguien que aún no conoce a Dios y le dice estas mismas palabras, seguramente recibirá una inmediata respuesta: “¿Ah, sí? ¿Y adónde está ese reino, si es que puedo saberlo? Allí será el tiempo donde usted deberá decir: míreme: yo lo represento. ¿Está preparado?

(8) Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios, de gracia recibisteis, dad de gracia.

Los discípulos habían recibido gratuitamente la autoridad para echar fuera los demonios y sanar, y debían realizar esta obra de Jesús sin exigir nada a cambio. Esa fue la idea ministerial en el principio. ¿Quiere decirme quien y bajo que circunstancias la modificó?

Primero, haciéndole creer a muchos hermanos fieles y sinceros, que sanar enfermos, echar fuera demonios y demás cosas, fueron asuntos del pasado, y que hoy ya ha sido alejado de todo movimiento espiritual. ¿Quién dijo eso? ¡Ni hablar de una resurrección!

A otros, que creen mucho más que los anteriores en todas estas cosas, se les ha convencido que, si desean sanar enfermos y echar fuera demonios (otra vez: no hablemos de resurrecciones) deberán “capacitarse” en prestigiosos seminarios que preparan a los hermanitos para esa tarea.

¿Nadie va a salir a decirles a estos impíos, corruptos y aprovechadores de circunstancias, que Dios ha dicho otra cosa, que cualquiera de sus hijos que esté en obediencia y santidad puede ser un real sacerdote y ministro más que competente? ¿Hasta cuando serán engañadas y lastimadas las ovejas?

¿Cuánta gente está diezmando por obediencia? ¿Cuánta gente está diezmando para apropiarse de la vieja promesa? ¿Cuánta gente está diezmando sin ninguna de estas alternativas, sólo por temor a ser humillado? ¿Y cuantos están diezmando como pago por “servicios” pastorales que deberían ser prodigados “de gracia” porque, en suma, de gracia han sido recibidos?

(9) No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; (10) ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento.

Los discípulos, en este caso, desprovisto de bienes propios, debían confiar en la provisión de Dios a través de la hospitalidad de otros. Es una forma que Dios usó para enseñarles a confiar. Hoy, muchos cristianos pasan por situaciones similares, pero eso no significa que debamos implementar el reparto de bienes como doctrina contemporánea.

Hay lugares donde ello se ha propuesto como forma de “respeto” pro la Palabra, pero en realidad se trata de una estratagema de aquellos que ingresan al evangelio con el único fin de obtener alguna ganancia. Entonces proponen “compartirlo todo” con gente que tiene con qué, mientas que ellos no tienen absolutamente nada. Cuidado con estos abusadores.

Y con relación al trabajo de los obreros, verdaderamente ellos son dignos de su sustento. Aquí se lo llama “alimento”, pero al mismo concepto, Pablo en su primera carta a Timoteo, capítulo 5 y verso 18, lo denomina directamente salario.

Sin embargo, las rutinas evangélicas parecerían ser diametralmente opuestas, ya que suelen pagarse sueldos a aquellos que cumplen trabajos medianamente seculares dentro de las iglesias: (Limpieza, vigilancia, audio, etc.) y no a los que trabajan para el Reino, a los que se les dice que: “Dios los prosperará” y que ellos deben servirle sin esperar nada.

Una gran mayoría de estos fieles siervos que a veces dejan sus años, su salud y hasta sus vidas dentro de las congregaciones, descubre cuando llegan a viejos, que se han pasado toda una vida creyendo servir al Señor cuando en verdad, estuvieron sirviendo al pastor…

Nosotros creemos que cuando un hombre o una mujer, sin esperar hacer ningún buen negocio, se pone a trabajar auténticamente para el Señor, Él corre con todos los gastos sin que esta persona tenga que pedirlo o hacer largos discursos manipuladores para que alguien meta su mano en los bolsillos.

Y, finalmente, está la que de alguna manera es la mayor mentira corrupta que se mueve dentro de los ambientes supuestamente cristianos. La enorme cantidad de empresarios que pagan sueldos en negro, sin ninguna clase de blanqueos correspondientes, disfrazándolos con el rótulo de “ofrendas de amor”…

(11) Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quien en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis.

(12) Y al entrar en la casa, saludadla.

(13) Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.

Si debo ser claro, este texto, aparentemente escrito bajo otras perspectivas, destruye total y absolutamente el viejo cuento evangélico de la “cobertura”. Entre las cosas que Dios dice que somos, nos llama “casas”, ¿Recuerda?

Si somos “casa” digna, la paz del discípulo que llegue en el nombre del Señor, inundará nuestras vidas, pero si nuestra casa no tiene o ha perdido esa dignidad, esa paz solamente beneficiará a ese siervo, pero nunca a nosotros.

Es mucha la gente que supone que, como quiera que se comporte, igualmente estará a salvo por el simple hecho de estar en una buena iglesia con un excelente pastor. No se engañe, por favor, le va la vida abundante de hoy y la eterna de mañana en ello. Usted rendirá cuentas de sus actos, y nunca ha sido escrito que la santidad de otros nos cubra lo suficiente como para vivir como se nos da la gana.

No se trata de avivar antiguas polémicas, pero si tenemos en cuenta que ellas determinaron concretamente la conformación de nuevas denominaciones, resulta muy visible que significan un motivo de división que solamente le conviene a una de las dos partes en lucha espiritual. Y no es Dios.

He visto gente asustadísima por la posibilidad de que Dios los borre del libro de la vida, “convertirse” oficial y formalmente, todos los domingos, en cada culto, en cada reunión. En una ocasión predicando en una iglesia donde había bautismo, hice un llamado y dos de los que se iban a bautizar pasaron para “aceptar a Jesucristo” (???)

Pero también he conocido a muchos que, llevando una vida desordenada y hasta semi – pecaminosa durante toda una semana, entendían que la simple aceptación de Cristo varios años atrás y la concurrencia dominical a la iglesia, les garantizaba reinar con Cristo en la eternidad. (???)

(14) Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salud de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.

(15) De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra que para aquella ciudad.

En este texto, Jesús instruye a sus discípulos sobre el alcance de su misión, la sustancia de su mensaje, las obras que van a realizar, lo que han de llevar consigo, y los procedimientos a emplear. Como un microcosmos de la iglesia, la misión de los doce es un preludio a la futura misión de la iglesia, para extenderla más allá de la casa de Israel hasta alcanzar una dimensión universal.

Este último versículo, asimismo, rompe con una de las enseñanzas mal interpretadas y directamente falsas que podrían haber hecho cometer errores gravísimos a más de un creyente desprevenido: la enseñanza de que el Dios castigador, “no existe”.

Lo que en realidad no existe, es un Dios eminentemente, preponderantemente y hasta única y prioritariamente castigador, que de alguna manera es el que ha presentado el catolicismo romano. Pero es muy evidente y más que notorio que, llegado el caso, Dios va a castigar y con suma severidad los pecados cometidos por su pueblo.

No deberemos ni asombrarnos ni escandalizarnos del error de esa enseñanza, ya que nosotros como iglesia evangélica, hemos cometido uno exactamente similar aunque en otro orden. Hemos enseñado que Dios solamente es amor. Y Dios es, – en efecto -, amor, pero lo es entre otras cualidades. Ya que también es justicia y fuego consumidor.

Lo que sucede es que, como ningún pastor que se precie de tal es partidario de ceder su púlpito y las predicaciones de domingo a alguien con otra palabra, la que mayoritariamente hemos recibido proviene de pastores, que en el mejor de los casos, tienen un corazón de amor. Llevados por este sentimiento, de hecho que el mensaje no podía ser otro.

Por lo consiguiente, en todo el contexto de este relato ilustrativo y pleno en instrucciones prácticas y concretas, encontramos lo que evaluamos como el Mandamiento Nº 28: Tener muy en claro que somos gente con una Misión.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez