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Aquello que Nadie nos Enseñó

Hay un relato en el libro de los Hechos, capítulo 2, que se desarrolla luego del Pentecostés, cuando Pedro está predicando en la que luego será una iglesia llena de vitalidad, como lo eran mayoritariamente las del primer siglo, las primitivas, las que no se congregaban en templos. Allí él dice:

(Hechos 2: 41) = Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.

(42) Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.

Hoy quiero hablar de las cosas en las que ellos perseveraban. Este es el producto del Pentecostés; desciende el Espíritu Santo y, como consecuencia de ello, la iglesia va a perseverar en ciertas cosas del fruto, del producto, del bautismo del Espíritu Santo. ¿Cuál era, entonces, la doctrina de los apóstoles? Comunión unos con otros, partimiento del pan y oraciones. ¿Qué fue lo que determinó esto?

(43) Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles.

No es casual. Una de las cosas que, estamos viendo, la iglesia ha perdido, es el temor de Dios. La iglesia primitiva se movía en el temor de Dios. O sea: era tan sensible, tan preciosa la presencia, la inundación, el sumergimiento en el Espíritu Santo, que la gente se había vuelto tan sensible, que no querían ofender, no querían contristarlo.

El ser sensibles al Espíritu Santo, los hacía perseverar en estas cosas. Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles. Y en estos tiempos en los que Dios está levantando una reforma apostólica, que no se trata de un evangelio nuevo, sino de una revitalización de verdades indiscutibles que están escritas desde siempre, y que curiosa y llamativamente se han dejado de guardar.

Parecería que hoy el mayor éxito de la iglesia es aumentar el número de sus miembros. Sin embargo, nadie podría asegurar con certeza cuántos de esos miembros entrarán al Reino de los Cielos. No todo el que me dice Señor, Señor, entrará al Reino de los Cielos, ha sido dicho.

Estamos a las puertas, y entrando ya, a una era apostólica, la cual tiene que hacer visible y manifestado, lo que es la gloria de Dios en la tierra. El mundo, afuera, tiene que ver algo diferente. Hasta hoy, lo que el mundo está viendo mayoritariamente en la iglesia evangélica, es religión. Está viendo abusos, está viendo una cantidad exagerada de gente enferma, de gente llena de problemas. Esto no está impactando la tierra.

La gente dice: ¿Y qué voy a ir yo a hacer ahí si lo que hacen es igual a lo que se hace en otras partes donde no pasa nada? Yo creo en la guerra espiritual, las influencias satánicas y todo eso. Pero si un mundo perdido nos está diciendo con claridad que no quiere ni pisar nuestras iglesias, algo nos está diciendo que no podemos o no queremos ver.

Hay demasiada religión, demasiadas tradiciones estériles. El mundo no necesita eso. El mundo está clamando y está gimiendo por encontrarse con su Salvador. Pero, desgraciadamente, lo que la mayor cantidad de gente cristiana puede ofrecerle hoy a un mundo perdido, es religión.

Y todo por la falta de entendimiento y la falta de comunión personal con Jesucristo. Aprendemos a decir que no somos una religión, sino que somos una relación personal con Cristo, pero todo eso no pasa de ser uno más de los tantos dichos que nos han enseñado y que repetimos como papagayos sin vivirlo.

Pero, como los sabemos de memoria, los repetimos a cada momento, como quizás pueda estar repitiéndome alguno a la distancia en desacuerdo con lo que digo. Sin embargo, y le duela a quien le duela, la verdad es que es muy poca la gente que tiene verdaderamente una relación personal con Cristo.

Una relación personal tal vez tenga que ser explicada en todo un extenso contexto, pero que se puede sintetizar en una conversación, en un diálogo permanente, de ida y de vuelta. Donde tú hablas y Él te responde. Donde Él te hablar y tú oyes su voz y le respondes. ¿Cuántos hay así allí, del otro lado?

Eso es cuando puedes mirar a aquel con quien tienes comunión, a cara descubierta. La religión no puede ofrecer eso. A eso solamente lo consigue una relación. Y una relación es santa, no es de cualquier manera. Acercarnos a un Dios santo, tiene requisitos.

Si bien la cruz del calvario es la puerta, la única puerta, pese a que hoy se están predicando centenares de evangelios sin cruz. Hemos reducido el evangelio a cuatro leyes espirituales. Ese podrá ser el evangelio según alguien, pero no según la Biblia que yo leo todos los días, o la que tal vez también leas tú.

Y es tan triste ver que en las cuatro leyes espirituales se omite el arrepentimiento. No es necesario que te arrepientas, no es necesario ver la condición de tu alma; Jesús murió por tus pecados, entonces confiesa conmigo que Él es tu Señor y tu Salvador y listo, asunto terminado.

Ese no es el evangelio de Jesucristo. El evangelio de Jesús empieza con la cruz del calvario. Y sin la cruz del calvario, no hay salvación. Sin la crucifixión de la carne, no hay salvación. Y Pedro, dice: con muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: sed salvos de esta perversa generación. Y los que recibieron su palabra, fueron bautizados. Sed salvos de esta perversa generación.

¿Nunca te preguntaste por qué es tan diferente la predicación que lees en la Biblia, a la que hoy vemos y oímos en la mayor parte de nuestros ambientes? Respuesta simple: antes predicaban para llevar almas al Reino de Dios.  Hoy se predica para atraer gente a los templos a cualquier costo.

El evangelio es lo más poderoso que existe sobre la faz de la tierra. No hay nada más poderoso que Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, se haya hecho carne para habitar en medio de nosotros, y traer otra vez el Reino de Dios a la tierra.

En la muerte y en la resurrección de Cristo nos da la capacidad absoluta de ser seres bi-dimensionales. Seres conformados, no automáticamente, sino conformados, a la imagen de Dios. Y una de las grandes cosas, es que dice que perseveraban en la doctrina de los apóstoles.

Seamos sensatos: las doctrinas se han perdido. Las doctrinas de los apóstoles se han diluido. La doctrina de los apóstoles se ha ido quedando atrás. Hay tantas doctrinas, que la de los apóstoles se ha quedado en alguna vitrina, para ser recorrida, admirada pero luego inmediatamente olvidada por la iglesia que debería respetarla.

Porque mientras Dios dice que toda esa palabra encerrada en aquella doctrina apostólica es veraz, que es una palabra que salió del cielo y contiene vida, nosotros nos hemos empecinado en modificarla, introducirle añadidos que no estaban escritos en el principio y hasta tergiversarla si es conveniente a planes privados.

Todo eso, que fue mutando en nuevas y hasta pintorescas u ocurrentes doctrinas, determinó que la iglesia fuera paulatinamente perdiendo el poder. Ese poder que Jesucristo había comprado a precio de sangre para ella, pero que ella resignó utilizar a favor de adoptar doctrinas diferentes y hasta opuestas a la básica.

Y esta doctrina, que es una de las más grandes herencias que Jesucristo nos dio, donde radica el total y absoluto poder de Dios, que de ninguna manera vendrá a alguien por una imposición de manos, y que hoy se encuentra diluida, opacada o sencillamente olvidada, está tan mal entendida que no podemos extraer de ella el enorme potencial que ella contiene.

Y esto es, lo que normal y mayoritariamente, el pueblo cristiano evangélico ha dado en llamar: la Santa Cena. Por eso, cuando leemos que ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión los unos con los otros, no podemos dejar de entender que, al decir que perseveraban, se nos está diciendo que ellos hacían todo lo que esa doctrina apostólica decía, continuamente. Eso es perseverar.

Y luego vemos dice que perseveraban en el partimiento del pan. Y, poco a poco, esta doctrina del partimiento del pan, fue quedando rezagada. Hay algunas iglesias, congregaciones, denominaciones, quizás, que toman la Santa Cena una vez al mes. Otras no les parece tan importante y lo hacen una vez al año, así que si ese día tú te enfermas o tienes un problema, tendrás que esperar todo un año para poder compartirlo.

Lo que vemos hoy es algo muy flagrante: algo pasó en el ínterin, pero lo cierto es que la iglesia ha perdido el poder que tenía la iglesia primitiva. Cierto es que hay algunos hombres y mujeres, pequeños grupos, ministerios aislados, que manifiestan algo de ese poder, pero no lo hallamos en el conjunto corporal.

A mi modesto entender, creo que hemos perdido la esencia del evangelio. Y decir eso es como decir que hemos perdido la esencia de la herencia más poderosa que ha existido, existe y existirá en el universo. Y allí es donde aparece la llamada Santa Cena.

La mayoría de los ministros, y lo digo así porque no es mi caso, gracias a Dios, han asistido a institutos, seminarios y hasta universidades donde aprendieron ciertas enseñanzas que luego nos transfirieron, y que gracias a Dios, en lo personal, yo ya he dejado a un lado.

Bueno; una de las cosas que se han enseñado y todos o casi todos hemos aprendido alguna vez, es lo concerniente a la Santa Cena desde una óptica total de religiosidad. Que hizo de ella, de la Santa Cena, simplemente un ritual. Es, simplemente, el recordar el pacto.

Vamos a recordar el pacto, hermanos. Abren la Biblia y nos hacen leer 1 Corintios 11 con toda ceremoniosidad y solemnidad y luego ahí vamos, a la pequeña copita con el trocito de pan, o lo he visto, la versión más pobre de Latinoamérica, una sola copa grande con un platito lleno de pedazos de galletitas saladas.

Y ahí están todos los cristianos, anunciando una vez más la muerte del Señor y masticando con gesto solemne el trocito de pan o galleta y empinando de un sorbo la pequeña copa o un sorbo breve de la grande, previa limpieza con una servilleta preparada para tal efecto. Y eso se hizo un ritual.

Pero, debo decirlo, la Santa Cena jamás fue un ritual en la iglesia primitiva. La santa Cena, era la herencia más poderosa que Jesús nos había dejado. No hay modo que te lo enseñe si no es a partir de la propia Biblia. Ven conmigo al evangelio de Juan, capítulo 6. Y quiero que prestes mucha atención, porque lo que te voy a compartir es tan poderoso que puede cambiar rotundamente tu vida.

(Juan 6: 51) = Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.

(52) Entones los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?

(53) Jesús les dijo: de cierto, de cierto os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis la sangre, no tenéis vida en vosotros.

Ahora bien; antes que alguien entienda que haya propósitos de canibalismo en esta enseñanza, deberé preguntarles a todos los que hoy son oyentes de este trabajo: ¿Cuántos de ustedes saben que cada palabra que salió de la boca de Jesús, tenía un propósito y estaba perfectamente diseñada?

Yo no encuentro en ningún lugar de mi Biblia un relato donde Jesús pida perdón a sus seguidores diciendo que le han entendido mal, o pidiendo perdón por haberse expresado confusamente, o que en realidad quiso decir algo distinto a lo que estaban entendiendo ellos. No existe ningún episodio así.

Muy por el contrario, lo que sí reiteró en muchas ocasiones, fue que Él se limitaba a decir lo que le oía decir al Padre, así como también hacer lo que veía al Padre hacer. Cada palabra que Él eligió para mostrarnos el Reino invisible, para enseñarnos las verdades del Reino espiritual, fue cuidadosamente escogida, porque simbolizaba una verdad concreta para nosotros.

Ahora bien; cuando Él elige, para este texto, el verbo Comer y el verbo Beber, indefectiblemente tiene que ver con algo que se hace diariamente. Es simple: si tú no comes, salvo que sea por ayuno divino, comenzarás a debilitarte, a desnutrirte, y si no bebes, comenzarás a deshidratarte con el consiguiente proceso.

Cuando Jesús elige estos verbos: comer y beber, es porque está enseñando respecto a algo que es vital para todos nosotros. Les estaba hablando en su idioma. Jesús siempre les habló a ellos en un idioma que ellos pudieran entender. El Reino de los Cielos es como un pastor, el Reino de los Cielos es como una puerta, en fin; les hablaba en su lenguaje y con ejemplos cotidianos que ellos entendían.

Entonces, está claro que está hablando de algo que tú necesitas todos los días, y dice: si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis la sangre, no tenéis vida en vosotros. En realidad, son nuestros espíritus los que comen la carne y beben la sangre de Jesús, ¿Entiendes? Sólo un problema: somos espíritus.

Yo soy espíritu. Tú eres espíritu. Vivimos en dos realidades al mismo tiempo: una espiritual e invisible y otra tangible, material, física, aquí en la tierra. Cuando tú tomas esa copa y bebes ese vino y tomas ese trozo de pan y te lo comes. Es tu cuerpo físico el que lo hace. Comes pan y tomas vino.

Sin embargo, lo que tú quizás ignoras, es que tu espíritu no está comiendo pan ni tomando vino. Tu espíritu está comiendo la carne de Jesús y bebiendo su sangre. Tu espíritu, no tu carne. De otro modo si, como muchos han salido a censurar a los que han traído esta enseñanza, estarías cometiendo canibalismo.

Por eso, lo cierto es que tú espíritu está, verdaderamente, comiendo el cuerpo de Jesús. Y quiero que conste con todas las aclaraciones del caso, que de ninguna manera estoy hablando de una transustanciación como se enseña por allí. Los elementos aquí en la tierra, no se transforman. No importa la jerarquía de quienes hayan enseñado esto.

Sin embargo, no es menos cierto que ni el vino es vino ni el pan es pan. Es sangre y es carne en el mundo espiritual. Hay tantos cristianos que andan por la vida con sus espíritus prácticamente famélicos, hambrientos, sedientos, debilitados, sólo porque no comen del cuerpo del Señor y no beben de su sangre. Y si lo hacen, por simple liturgia ritual, tampoco les sirve porque no tienen entendimiento de lo que hacen.

Beben como si fuera nada más que para recordar un pacto, pero no lo están bebiendo como si fuera algo vital para subsistir como espíritus llenos de Dios. Entonces dice: si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y comer significa lo que ya estás viendo: comer todos los días.

Por eso dice luego que ellos perseveraban. Perseverar es otro verbo que significa, precisamente, hacerlo repetidamente, todos los días, hacer algo de continuo. De hecho, no de vez en cuando. Eso no es sinónimo de perseverar. Y dice que todos los días, que todos los días, partían el pan ¿Dónde? En las casas.

¿Cuándo dice que lo hacían? Todos los días. ¿Y qué era lo que hacían? Partían el pan. ¿Y en qué lugar lo hacían? En las casas. Reitero lo leído en Hechos 2:42: (Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.

Fíjate que esto produjo nada menos que el temor de Dios viniese. ¿Por qué? Porque cuando tu espíritu está, literalmente, bebiendo de la sangre de Jesús, tú espíritu estará bebiendo de la vida misma. Dice la palabra de Dios que la vida está contenida en la sangre.

Yo necesito, en realidad mi espíritu necesita, beber de la sangre de Jesús, porque allí está contenida la vida. Por eso, la Santa Cena es algo que deberíamos tomar todos los días, en casa, con nuestra familia. Porque al tomarla todos los días, nuestro espíritu comienza a fortalecerse.

Un ejemplo sencillo. Allí donde estás, haz este ejercicio. Levanta tu mano, tal como normalmente te hacen hacer los predicadores en la iglesia. Déjala levantada y no la bajes. ¿Qué crees que pasará? Pasará que, transcurrido un buen rato, ese brazo que has levantado, comenzará a dolerte. ¿Por qué? Porque le está faltando irrigación de sangre. ¿Sabes? La falta de sangre produce dolor.

Donde hay sangre, el dolor va a ser absorbido por la sangre. Siguiendo con el ejemplo que te di, es vital para tu brazo recibir la sangre, porque de lo contrario, paulatinamente, se va a ir muriendo. Es la famosa y temida gangrena. Su conclusión parcial o total, siempre es muerte. Así están muchos espíritus de los cristianos.

Problemas, sufrimientos emocionales o sentimentales, enfermedades, son moneda corriente en cristianos que no han dejado que la vida de la sangre de Jesús penetre en sus vidas, en sus cuerpos, esencialmente en sus espíritus. Si l sangre está habitando en tu espíritu y tu espíritu controla el resto de ti, deberías estar al margen de todo lo mencionado antes.

Si tu espíritu está famélico, tiene hambre, tu cuerpo empieza a afectarse, tu alma empieza a afectarse. ¿Por qué? Porque no tiene la nutrición correspondiente para vivir. Por eso es que hay muchos espíritus que están en un estado de letargo y adormecimiento porque les falta la vida.

No hemos entendido que el mayor legado de Dios, lo que transmite todo lo que es Jesucristo, donde se hace la transferencia de espíritu a espíritu, de todo lo que es Jesús dentro de tu propio ser, es a través de beber de su sangre y comer de su carne.

La sangre es donde está todo el poder. Dice: Él era el Verbo, y el Verbo era la vida, y la vida era la luz de los hombres. Cuando tu espíritu empieza a beber todos los días de esa sangre, tu cuerpo natural está tomando simplemente una bebida llamada vino, pero tu espíritu está genuinamente, verídicamente, bebiendo todo lo que contiene esa sangre divina.

Porque en esa sangre está la vida de Jesús, y la vida es luz. Y es allí donde tu espíritu empieza a llenarse de esa luz poderosa de Dios, con todo lo que eso significa. Por eso no se trata sólo de recordar un pacto, sino de que todo tu espíritu esté lleno de la sangre de Jesús.

Entonces, esa vida recibida va a empezar a salir, va a empezar a traslucirse a través de tu alma y a través de tu cuerpo. En el mundo espiritual el diablo, el reino de las tinieblas, sabe quiénes son los que están con un espíritu famélico, muerto de hambre, desnutrido, adormecido, sin poder, y aquellos que, por el contrario, están llenos de la plenitud de Cristo en sus vidas.

Por eso, cuando el diablo te ve, no ve a la persona que tú eres; él ve a un espíritu sumergido en la sangre de Jesucristo, y por consiguiente no te puede tocar. Porque dice la palabra que: Al que está en Cristo, el maligno no le toca. No dice al que estudia respecto a Cristo, o al que habla mucho de Cristo, o ni siquiera al que cree en Cristo. Dice que es al que está EN Cristo. Y estar en Cristo, es ser una misma sangre con Él.

Y que conste, que se sepa, que se entienda y se aprenda. No se trata simplemente de invocar la sangre de Jesús para ser más que vencedor. Se trata, eminentemente, de estar lleno, repleto en tu espíritu de esa sangre. Es importante lo que habla tu boca, es cierto, lo hemos enseñado. Pero mucho más importante es tener certeza desde qué lugar en el espíritu habla tu boca.

El enemigo lo sabe porque lo está viendo. Por eso es que cuando estás en plena batalla, es muy válido decir en voz alta: ¡La sangre de Jesús me cubre! Pero esa cobertura sólo será posible si en tu espíritu hay sangre para derramar y cumplir con tu orden. De otro modo, sólo serán palabras vacías y nada ocurrirá. Cuando no funciona no es que Dios esté sordo o no exista, es que tú estás vacío porque no te has tomado el trabajo de llenarte.

En la sangre está contenida toda la victoria contra el diablo. En cada gota, la sangre habla. Dice que la sangre de Jesús habla, más que la sangre de Abel. La sangre produce un sonido en el mundo espiritual, resuena. Cuando ese sonido se planta delante de un endemoniado, aquello que lo posee se tiene que ir. Y sin necesidad de que diez diáconos forzudos lo sostengan. Solos, uno contra uno.

El diablo conoce más de la sangre que todos los cristianos juntos. El diablo pide sangre, pide sacrificios, pide abortos, pide homicidios y derramamientos de sangre en guerras o atentados. Porque él conoce que el que tiene el poder de la sangre, vence en el mundo espiritual.

Y él cree que mientras más sangre tenga más poder tiene, y eso es verdad, sin dudas. Sólo que aunque tuviera toda la sangre del mundo, esa sangre jamás se compararía al poder de la sangre de Jesús. Quien comiere mi cuerpo y bebiere mi sangre, no puede ser vencido. Tiene vida eterna.

La sangre vence el poder del pecado. Con su sangre venció al poder del pecado. Y también dice que perseveraban en la comunión. ¿Sabes qué? Nuestra comunión, generalmente, suele estar matizada de problemas, celos, envidias, contiendas. ¿Sabes por qué? Porque no está la sangre de Jesús en medio. Si lo estuviera, no podría haber disensos, ya que sangre con sangre se une y es imposible dividirlo.

La sangre regenera todo lo que está corrupto. ¿Notas que tu alma se ha corrompido, ya que tienes pensamientos impuros que no sabes cómo combatir y derrotar? La sangre. Porque decimos Jesús, pero la sangre proviene del Padre, no simplemente de Jesús.

La sangre y el cuerpo de Cristo es lo que une los cielos y la tierra. Sólo la sangre puede transmitir la vida. Sólo la sangre puede transmitir la herencia. Los cielos y la tierra se unieron en el vientre de María, cuando sobrenaturalmente la sangre del Padre por el Espíritu. El Espíritu y la sangre trabajan conjuntamente.

Cuando la sombra del Omnipotente cubrió a María, una gota poderosa de la sangre del Padre penetró ese óvulo. Y fue entonces que los cielos y la tierra se hicieron uno. La sangre es una llave, tiene el poder de abrir. La sangre abrió la tumba. La sangre rasgó el velo del templo. La sangre abrió los cielos y los sigue abriendo.

Perdimos la herencia más gloriosa, porque la hicimos ritual, la hicimos religión, la hicimos un pequeño y minúsculo pacto. Y si no, fíjate. Ellos oían a Jesús, veían milagros, señales y maravillas en Jesús, pero aun así no siempre lo entendían. Sin embargo, dice que cuando llegó y partió el pan, sus ojos fueron abiertos.

El texto que leímos dice que si comemos y bebemos su cuerpo y su sangre, Él nos resucitará en el día postrero. La sangre tiene el poder de la resurrección. Dice la palabra que por su sangre fue resucitado entre los muertos. En la sangre y en su poder fue donde se contuvo todo el poder de la resurrección.

Dice: Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. No necesitas sermones, necesitas comer y beber de Él. Y no es casual, pero usa el verbo permanecer, que es otro que se utiliza diariamente. Es algo que está de continuo allí.

Entonces la mujer atribulada llega donde está el pastor y le pide que ore por ella, por su problema. “Porque a mí, Dios no me oye”, se justifica. Se olvida de la palabra que dice: El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece. Y tampoco ha recordado o quizás ni ha leído a Juan 15:7: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.

Pregunto con toda indisimulada inocencia: ¿Necesitas que te explique la ligadura que hay entre un texto y el otro? Y si todavía tienes dudas y me tomas por defensor del canibalismo, tal como le pasó a alguien que ya estuvo enseñando esto, mira lo que dice Juan 6:57: Como me envió el padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.

De la misma manera que me envió el Padre, y yo vivo por el Padre. Divina conexión entre él y el Padre. El que come mi carne y bebe mi sangre, de la misma manera es enviado, y vive. Oh, no soy yo el que hace las obras, decía. Es el Padre en mí. Y ahora vamos al pasaje clásico y tradicional del ritual evangélico:

(1 Corintios 11: 23) = Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; (24) y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.

(25) Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí.

(26) Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

Ahora veamos: ¿Qué significa eso de “la muerte del Señor anunciáis?” En el ritual, generalmente decimos: “Señor, anunciamos tu muerte”, mientras todos participan. Pregunto: Si lees que el Señor te dice que anuncies el evangelio, ¿Tú te paras en una plaza y dices a los gritos: ¡Anuncio el evangelio!? ¿O lo haces hablando extensamente acerca del evangelio?

Yo creo que hablas acerca del evangelio, ¿Verdad? Y está perfecto que así sea. Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis. ¿Qué es lo que está diciendo aquí? ¿Cómo tomaban la Santa Cena en la iglesia primitiva?

En principio, hay algunos puntos en los que quiero ser preciso. Quiero que imagines en este momento, a alguien a quien amas, a alguien por quien gustosamente darías tu vida. Un día, esa persona que amas, es asesinada de manera violenta y sanguinaria. Imagina la crisis que vivirás en ese momento.

Y cuando estás llorando desgarradoramente y lamentándote, aparece un hombre y te dice: esto que estás pasando, eso que le ha ocurrido a la persona que amabas, es por causa de todo lo malo que tú has hecho. Por tu culpa pasaron todas estas cosas. ¿Por mi culpa?

Este es el cuerpo. Tomad y comed; este es mi cuerpo, que por vosotros es partido. Lo que Jesús te está diciendo aquí es que, por causa tuya, su cuerpo es partido. Es por causa de su amor. Su amor y el amor del Padre lo enviaron. Pero es por culpa tuya.

Imagínate a Jesús, clavado en la cruz. Pero no ese Jesús de los cuadros pintados por hombres que no pudieron ni siquiera pensar en cómo fueron realmente esas cosas. Si lo hubieran hecho, esos cuadros no serían vendidos por demasiado fuertes, hasta rozando lo inapropiado desde lo estético. ¿Quién querría tener un cuadro con un hombre desfigurado, lacerado, traspasado y lleno de sangre de la cabeza a los pies?

Bueno, esa figura, de repente, hace contacto con tu espíritu, y te dice: Este es mi cuerpo, que por…y aquí puedes poner tu nombre y apellido…es partido. Claro, esta figura que te doy no se parece en nada a la que se presenta en el evangelio de este tiempo. ¡Jesús murió por ti!, te dicen. ¡Qué bueno! respondes tú. ¿Y qué debo hacer ahora? – Mira; conque empieces a venir todos los cultos a la iglesia, leer tu Biblia, orar un poco y traer tus diezmos y ofrendas al altar, ya está.

No mi hermano; no está nada. Eso no es así. Aquellos de la iglesia primitiva no entendían el evangelio así. Este es mi cuerpo que por vosotros es partido. Escucha: no sé cómo habrá sido tu vida antes de conocerlo a Él. A lo mejor, al igual que la mía, no fue de excesos pecaminosos. Sin embargo, de cualquier manera, con nuestras mentiras y nuestras idolatrías, aportamos lo nuestro para clavarlo allí en esa cruz.

No me interesa aquí referirme a los incrédulos, a los que todavía no han tenido convicción de ese pecado, a los que no les interesa ni esto ni nada parecido. Quiero referirme a todos esos supuestos cristianos que, una vez convertidos y redimidos por esa sangre derramada por ese hombre en la cruz, por causa de todo lo malo que ellos hicieron, salir de la iglesia un domingo e irse corriendo a cometer los mismos pecados anteriores.

(Verso 27) = De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.

(28) Por tanto, pruébese cada uno  así mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.

(29) Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.

(30) Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.

(31) Sí, pes, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; (32) más siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.

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junio 27, 2019 Néstor Martínez