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Es una Sola Puerta la que Abre

Es Una Sola la Puerta que Abre

     Pablo, en su primera carta a la iglesia de Corinto, nos da una lista de aquellos que no heredarán el Reino de Dios: Ni los fornicarios, ni los idólatras, no los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios (1 Corintios 6:9-10).

     Pero luego, entendiendo que quizás no haya sido suficiente con lo expresado, el apóstol añade: Y esto erais algunos de vosotros, pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios. (Versículo 11).

     ¿Cómo es que estas personas, que fueron salvadas de tan horribles pecados, llegaron a ser justas delante de Dios? La gran pregunta de todos aquellos que han leído y leen todavía estos textos se formulan, es: ¿Qué hicieron para no ser más malvados sino más bien, aceptados por Dios?

     En primer lugar, algo muy importante y que no siempre es tenido en cuenta, aún dentro de los denominados “ambientes cristianos”: Dios no hace acepción de personas; no es en absoluto impresionado por el título de una persona o sus honores en la tierra, ya sea un rey, una reina, un presidente o un primer ministro.

     Y en segundo lugar, y no menos valioso e importante: Dios no es cautivado por ninguna bondad en nosotros: Largas oraciones, el ayuno, el diezmo, los estudios bíblicos, las buenas obras, nada de eso nos hace justos o aceptable delante de Dios.

     Incluso, lo que podríamos denominar como nuestra «bondad» en la carne, esto es: buen carácter, buenas palabras, pensamientos de excelencia y actos de honra y honor, son un hedor a Su nariz si se utiliza como un alegato en favor de nuestra propia justicia.

     Cuando Jesús fue a la cruz, Él crucificó nuestro «hombre viejo» de la carne. Sólo queda un hombre, uno sólo con quien Dios quiere tratar: su Hijo. Cuando Jesús terminó su obra en la tierra y se sentó a la diestra del Padre, Dios dijo: «A partir de ahora solo reconozco un hombre, el único hombre justo. Cualquier persona que viene a mí, debe venir a través de Él: a través de Mi Hijo. Todos los que quieran ser justos deben aceptar su justicia, ¡Y ninguna otra!»

     Somos aceptados en los ojos de Dios por la fe en Cristo y su obra: nos hizo aceptos en el Amado, Consigna él en su carta a los Efesios, capítulo 1 y verso 6. ¿Puedes ver ahora lo importante que es permanecer en Jesús y venir a Él rápidamente cada vez que fallamos? Tienes que aprender a correr hacia Él, clamando, «¡Jesús, te he fallado! no puedo resolver esto. No importa lo que hagas, nunca podrás ser reconocido ante el Padre ¡A menos que vayas hacia Él en ti!» Es decir que Jesús es la Puerta, la única puerta que abre.

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octubre 31, 2017 Néstor Martínez