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¡Hora de Sacarnos la Máscara!

Hay algo que Dios está haciendo maravillosamente en el corazón de muchísima gente, para levantar el nivel de la iglesia, con la finalidad de que las puertas del Hades no puedan prevalecer contra ella. Porque se está levantando un cuerpo sólido, una estirpe de verdaderos hijos de Dios, conocedores del Padre. A esa gente es a la que deseamos entrenar con todas estas cosas, para que salgan de esa condición apática y vulnerable en la que hoy se encuentran y pasen a ser, como dice la palabra, verdaderamente más que vencedores en Cristo Jesús.

Gálatas 4: 1-2 = Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. Fíjense que hay un tiempo señalado por el Padre. No por el hombre, no por una institución eclesiástica, no por un título que te dieron en el seminario, sino por el Padre, Él es quien señalará ese tiempo. (3) Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo. Los rudimentos del mundo son los principios, los valores con los que ese mundo se rige. Ese es el sistema. El sistema religioso, el sistema de este mundo.

Versos 4 y 5 = Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Esto que terminas de escuchar, es una terrible traducción, porque ninguno de nosotros somos adoptados. Somos hijos que nacimos del Padre, salimos del Padre desde antes de la fundación del mundo y somos hijos verdaderos del ADN del Padre. Y no es una interpretación o una ocurrencia mía, mira como sigue: (6) Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!

El Espíritu del Hijo, es muy importante entender eso. Es el Espíritu del Hijo el que nos va a ir transformando en el hijo. Y para llamarlo Padre eterno, creador de todos los espíritus, no simplemente papito, aunque suene tierno. Eso significa Abba Padre. (7) Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo. Fíjate que allí hay un “si”. Si el Padre verdaderamente lo determinó. Entonces ahora nos va a hablar de dos pactos.

Versos 22 al 25 = Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; más el de la libre, por la promesa. Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; este es Agar. Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues esta, junto con sus hijos, está en esclavitud.

O sea que lo terrenal, lo que proviene de la Jerusalén terrenal, proviene de esclavitud. 26 al 30 = Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre. Porque está escrito: Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz; Prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores de parto; Porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido. Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora. Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, Echa fuera a la esclava ay a su hijo. porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. 

No heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. Aquí vemos como la orfandad está enfocada en este esclavo. En esta niñez que no puede salir adelante. En estos hombres que se hacen padres y toman el lugar del padre equivocadamente y no con inocencia, sino con toda certeza de lo que están haciendo. Y aquí vemos como, si empiezo a analizar el estado de la iglesia en nuestros días, en su mayoría viven en el Antiguo Testamento. No entran en la resurrección. Siguen viviendo como si Jesús nunca hubiese venido. Lo siguen esperando para que Él venga a solucionar todas las cosas.

Y siguen viviendo en el tiempo del Antiguo Testamento. Ya sabemos porque así lo hemos enseñado, que Mateo, Marcos, Lucas y Juan no son el Nuevo Testamento. Muestran el cumplimiento de lo que el Antiguo Testamento había profetizado acerca de Jesús. Pero no comienza el Nuevo Pacto cuando nace Jesús, sino cuando Él toma la copa y parte el pan, antes de la crucifixión. Allí es donde declara comenzado el Nuevo Pacto, está escrito. Por eso, tanto Mateo, como Marcos, Lucas y Juan, son parte del Antiguo Testamento y una forma de vida relacionada con la Jerusalén terrenal.

Jesús viene a establecer la Jerusalén celestial, la Jerusalén del Espíritu. La que no está atada a la ley, por eso es libre. Y los hijos, que son nacidos por el Espíritu del Hijo, que fue engendrado en ellos, son hijos de libertad. No son hijos de esclavitud. Y dice que la nueva Jerusalén es madre de todos nosotros y da hijos para libertad. Entonces hablábamos de una madurez de pasar de niños a hijos. Y esta madurez no tiene nada que ver con el sistema de comportamiento. Vemos, en el sistema religioso, porque siguen viviendo conforme al Antiguo Testamento, que la madurez tiene que ver con cumplir ciertos estatutos, normas de conducta o buen testimonio.

Aquí vemos un problema de enmascaramiento y de situaciones que son completamente falsas, y que todo el mundo las sabe, porque no creo que haya alguien que no se conozca todas las máscaras de hipocresía que existen. Pero se siguen usando porque la iglesia sigue viviendo en el Antiguo Testamento y no ha entrado en la resurrección que es el ámbito que da hijos verdaderos de Dios. Entonces, la madurez de la que estamos hablando, no significa madurar conforme a un estatuto bíblico o conforme a las normas de un sistema religioso, o tener un buen comportamiento y un buen testimonio, sino en quitarse esas máscaras que ocultan lo verdadero que hay detrás. El buen testimonio aparecerá sólo como fruto del Espíritu que habita en esa persona.

El que ha alcanzado madurez, es el que ha sido ejercitado en los sentidos del Espíritu. Lo que estoy tratando de decirte es que no interesa cuán experto seas en una religión, eso no significa que seas maduro. Esta es una confusión que se produce muy a menudo en cualquier sistema religioso. En el que sea, hay que ir cumpliendo determinados requisitos que te posibilitan llegar a los sitiales más altos en el esquema de esa religión. Todas las religiones funcionan así y muy especialmente la religión evangélica. Pero, ánimo, porque el Reino funciona de otra manera.

El Reino funciona con la libertad que da el Espíritu, con el testimonio que el Padre da de cada hijo. El Reino directamente tiene relación con el ser libre para ver a cara descubierta como por un espejo la gloria de Jesucristo. Es decir que soy libre, pero no en el sentido mundano de la palabra libertad, sino que accedo al Reino. Tengo buen testimonio no porque tengo máscara de mi experiencia religiosa, sino que tengo buen testimonio porque he sido testigo del cielo también. He sido testigo de lo que está ocurriendo en la realidad espiritual, de lo que el corazón del Padre desea para este tiempo. Para esta generación.

Es otra realidad completamente distinta y que Pablo también la hace ver, porque él muestra este contraste entre la Jerusalén física de Palestina, de toda esa región contrastada con la Jerusalén de arriba, que es la del cielo. Es la Jerusalén del cielo la que da hijos libres. Hijos libres son gente que entiende el cielo y que camina conforme a los principios del cielo. Por eso me parece muy oportuno dejar muy en claro que toda esa pericia religiosa que tiene tanta gente, no significa de ninguna manera madurez. No implica madurez de hijo gobernante. Sólo te hace experto en una religión.

Por eso me llama la atención que Pablo, cuando recibe esa pregunta sobre qué es lo bueno o que es lo malo, qué se puede hacer o qué no se puede hacer, él no responde con una lista de cosas, tal como el judaísmo tenía por costumbre hacer. La respuesta de Pablo emana de una persona madura, que solamente podría responder así. Le dice: todo me es licito, pero no todo me conviene. Todo me es lícito, más nada me dominará. Esa regla, por decirlo de ese modo, depende mucho de mi libertad de haber sido libre de los rudimentos del mundo, ya que se me deja la posibilidad de que por medio del Espíritu Santo yo pueda discernir qué hago o qué no hago, y no por una lista que otros escriben prohibiendo o habilitando.

1 Corintios 2: 6 = Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio. O sea: el Espíritu tiene un lenguaje diferente al de la tierra. Es como dijo Jesús: ¿Por qué no entienden mi lenguaje? El lenguaje del Espíritu es diferente al lenguaje de la tierra. la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, O sea que el hijo tiene una madurez y una sabiduría que lo va llenando de la gloria de Dios. El Hijo carga la gloria de Dios.

La gloria que tú me diste, es la que yo les he dado. Pero no pueden heredarla mientras son niños pequeños. Hay una sabiduría que no es de este siglo, que no se puede acomodar a lo mental, por eso persigue. Como Agar perseguía a Sara, los que son de la carne, los que son del sistema, los que son del Antiguo Testamento, la iglesia modernista del Antiguo Testamento, persigue. ¿Por qué dices esas cosas? Porque es una sabiduría que nos es dada a los que hemos alcanzado madurez. Que no es de este siglo. No es de los fundamentos de este mundo. Las cosas del Espíritu no se pueden entender con la mente natural, porque esta nunca fue diseñada para lograr eso.

De hecho, la religión tampoco la puede entender, por eso eres absolutamente perseguido si eres un genuino hijo de Dios. Y no es el mundo incrédulo, secular, pagano y pecador el que te persigue, es la sinagoga moderna de los modernos fariseos. A Jesús no lo mataron por los milagros que hacía, lo mataron por ser Hijo de Dios. Hay una diferencia monumental entre ser hijo de Dios, genuino, a ser representante de Dios en la tierra. ¡Somos el cuerpo del Hijo en la tierra! No una simple asamblea representativa. No es un asunto teatral de máscaras y personajes. Es allí donde adoctrinar y amaestrar casi se unifican y consolidan imitaciones paupérrimas de falsos hijos.

El mayor problema que afrontan, es que son fácilmente detectables si se quiere descubrirlos. ¿Un ejemplo? Gente que, en su casa, en su trabajo y en la calle con sus amigos no cristianos habla de una manera, con un timbre determinado de voz, y cuando se mete en el templo de la congregación, esa voz le cambia rotundamente y suena absolutamente diferente a todo lo otro. Esa es una religiosidad actoral de primer nivel, pero de muy mediocre sustento. No quiero ni imaginarme a Dios mirándolo comportarse así. Tan falso suena todo eso que, en muchos casos, cuando me ha tocado hablar con algunos de estos impostores, tengo la sensación de estar en un escenario y en medio de una obra religiosa.

Lo que quiero decir es muy claro, visible y visto por una mayoría de ustedes, seguramente. Pero suena tan fuerte que los mismos que han visto lo que yo he visto, pueden volverse en mi contra y endilgarme alguno de esos calificativos con los que solemos obsequiar a quienes nos fastidian bastante. Lo que digo es que, como las reuniones en las iglesias evangélicas, y salvando muy pocas excepciones se asemejan mucho a representaciones teatrales, ya que muestran un escenario llamado plataforma y varios actores de reparto que rodean al actor principal que es el pastor o predicador. Con todo eso en mente, la gente asistente se mentaliza de tal manera que luego, cuando observa a supuestos cristianos que simulan serlo, lo admiten porque ya tienen asumida una cultura actoral como parte del todo.

Ese es un trabajo lento, tal vez, pero firme y concreto en todas sus líneas. Es el mismo trabajo que debió hacer Pablo que les hace saber a los Filipenses en el tercer capítulo de su carta, versos 13 y 14 cuando les dice: Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Todos estamos en ese camino y nadie puede, todavía, arrogarse el hecho de haberlo consumado. Seguimos reglas no escritas para arribar a un sitial que está prometido y que es factible de alcanzarse.

Creo que estamos en un punto clave en esta generación, que gracias a Dios tiene, tenemos el privilegio de poder estar hablando de estas cosas, temas que hace diez o quince años atrás, era imposible ni siquiera mencionarlos sin que te cayera una seria acusación oficial y formal de blasfemo o de hereje. Estos temas de conversación eran apenas un murmullo a escondidas. Nadie hablaba de la libertad bien ganada con estatura de hijos. Por eso en estos tiempos, cuando tenemos esa oportunidad tan maravillosa de expresarlo y fundamentarlo en voz alta, lo único que necesitamos es aferrarnos de Él y vivir esta realidad y comenzar a manifestarla con hechos, más que con palabras. La iglesia ya ha hablado demasiado. Es tiempo de mostrar todo aquello de lo que estuvo hablando.

No podemos menos que recordar cómo Pablo persiguió el poder de la resurrección y esa es la verdadera iglesia, esa contra la cual las puertas del infierno no pueden prevalecer. Porque es muy diferente vivir en el Antiguo Testamento que vivir por la resurrección. Por eso quiero decir algo que es muy importante para los hijos. Cuando le preguntan a Jesús acerca de la resurrección. Recordemos que está Jesús hablando en el Antiguo Testamento. Todavía no se ha establecido el Nuevo Pacto. Está hablándole a gente del Antiguo Testamento. Y cuando le preguntan sobre esa mujer que tuvo muchos maridos y con cual de ellos estará en la resurrección.

Y allí es donde Jesús les responde: Los hijos de este siglo se casan y se dan en casamiento; más los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento. Estaba hablando del siglo de la resurrección. Estaba hablando de la dimensión que Él iba a traer a la tierra. Del Reino que Él iba a traer a la tierra. Los que fuesen dignos de alcanzar, les dice. Y así los empuja a esa búsqueda permanente de ser dignos de lo que hay más allá de nuestra visión natural. Esto me dice a mí y te dice a ti que en el Reino de Dios, estas cosas no son importantes.

Lo son aquí, mientras habitamos esta caja descartable llamada cuerpo, que es la que nos diferencia. En el mundo espiritual no hay matrimonio porque no hay géneros. Todos somos hombre, pero no por lo masculino o femenino, sino por creación. Imposible entenderlo con nuestra mente carnal. El Reino de Dios y la resurrección son una misma cosa, no es que uno tenga más importancia que lo otro. Por eso se exige dignidad. Eres digno cuando buscas. Eres digno por como perseguiste. Eres digno por como amaste. Es igual que como sucede aquí. Si uno de los hijos es el que ama, atiende y cuida a sus padres más que los otros, ¿Cuál supones que será luego el preferido o consentido de ellos? ¡Ese! El que busca el Reino y detesta un sistema religioso que lo reemplace.

Esto es lo que la iglesia no ha podido alcanzar porque sigue esperando en el futuro que Jesús venga a hacer lo que ya hizo, o a cumplir con las fiestas, como si Jesús no hubiera cumplido con las fiestas. Todo lo que fue profetizado en el Antiguo Testamento, fue cumplido, hecho está. Eso dice en el final de Juan 17, He cumplido la obra que me diste que hiciera. He terminado la obra que me diste que hiciera. Por eso es que, vivir con un falso concepto religioso respecto a que Jesús no terminó la obra, es una verdadera herejía. Jesús terminó su obra y se lo debe glorificar por eso como el Rey de reyes y Señor de señores.

Es tan fuerte esto que a veces las personas no logran conectar que, si Cristo no hubiese concretado toda su obra, de paso no hubiera resucitado. ¡El Padre no lo hubiera resucitado si Él no hubiera completado toda su obra! Por eso es que, negar que Cristo cumplió toda su obra, es negar que Él resucitó. Eso es gravísimo si es que pretendes ser hijo de Dios o simplemente cristiano. Nosotros somos los hijos, hoy, como la oportunidad que aparece porque Cristo completó toda la obra. Al completar Cristo todas las cosas que había que cumplir, es que ahora podemos entrar a conocer al Padre y que el Padre se nos revele, se nos muestre y nosotros poder ser hijos.

Hay que interpretar correctamente lo que Jesús les dice a los fariseos. De acuerdo a como nosotros utilizamos hoy esa palabra, suena a insulto decirles hipócritas, ¿Verdad? Y eso, mal que nos pese, cuando nos lo enseñaron, nos hizo declinar un poquito esa imagen de ese Jesús buenísimo e incapaz de decir algo malo que nos habían presentado. Lo que Él les dice es que ellos están simulando y representando un papel actoral muy prolijo y bueno al frente de las sinagogas, haciéndoles creer a toda esa gente que iba a verlos y consultarlos, que eran creyentes sólidos y maduros, cuando la realidad muestra que sólo se colocaban una máscara, (Eso era la hipocresía), como los actores lo hacían en una obra cualquiera.

Déjame decirte algo desde el inicio, y quiero que lo escuches con atención. Dios está haciendo algo muy serio, muy profundo, en el corazón de mucha gente. No es ruido. No es moda. No es un nuevo movimiento. Es un llamado a crecer, a madurar, a dejar de vivir como niños. Porque la iglesia, en general, no está derrotada… Está inmadura. Y un heredero inmaduro vive como esclavo, aunque sea dueño de todo. Pablo lo dice claramente en Gálatas: mientras el heredero es niño, en nada difiere del esclavo.

Y quiero que pienses esto con honestidad: ¿Cuánta gente que se dice cristiana vive todavía con miedo, con culpa, con dependencia, con necesidad de aprobación? Eso no es herencia. Eso es esclavitud. Ahora, atención con esto, porque es clave: hay un tiempo señalado por el Padre. No por el pastor.
No por la iglesia. No por el seminario. No por un título, ni por años de asistir a reuniones. El Padre es el único que determina cuándo un hijo deja de ser niño.

Y aquí viene el problema: la religión se adelantó al Padre. Y empezó a poner títulos donde no había madurez. Autoridad donde no había identidad. Responsabilidad donde todavía había orfandad. Pablo dice que cuando éramos niños estábamos bajo los rudimentos del mundo. Y no se refiere solamente al mundo secular. Se refiere al sistema. Incluido el sistema religioso. Porque el sistema religioso también esclaviza.
Solo que lo hace con una Biblia en la mano. Te dice qué hacer. Qué no hacer. Cómo vestir. Cómo hablar.
Cómo sonar espiritual. Pero no te enseña a ser hijo.

Y ahora escucha esto con cuidado: dice la Escritura que recibimos el Espíritu del Hijo, no cualquier espíritu. El Espíritu del Hijo es el que clama: Abba, Padre. Eso no es una frase bonita. Eso es una identidad. No somos empleados del Reino. No somos representantes de Dios. No somos actores que interpretan un papel espiritual. Somos hijos. Y un hijo no actúa… un hijo es. Por eso Pablo habla de dos pactos. Dos Jerusalén. Dos tipos de hijos. Uno nace según la carne. El otro nace por la promesa.

Uno vive bajo esclavitud. El otro vive en libertad. Y aquí no hay punto medio. El problema es que la iglesia intentó mezclar los dos. Libertad con control. Gracia con ley. Espíritu con sistema. Y eso no funciona. Déjame decirlo sin rodeos: la mayoría de la iglesia vive todavía como si Jesús no hubiera terminado la obra. Siguen esperando que Él venga a hacer lo que ya hizo. Siguen viviendo como si la cruz no hubiese sido suficiente. Como si la resurrección no fuera real. Y eso es gravísimo.

Porque si Jesús no terminó la obra, entonces no resucitó. Y si no resucitó, nuestra fe es vana. Pero Él terminó la obra. Por eso el Padre lo resucitó. Y porque Él terminó la obra, ahora pueden existir hijos. Ahora hablemos de madurez, porque aquí hay mucha confusión. Madurez no es portarse bien.
Madurez no es cumplir normas. Madurez no es tener buen testimonio externo. Eso puede ser solo una máscara. Y seamos honestos… ¿Cuántas máscaras hemos visto en la iglesia?

Gente que habla de una manera en su casa… de otra en el trabajo… y cuando entra al templo, le cambia la voz, el tono, el vocabulario. Eso no es unción. Eso es actuación. Y lo peor es que ya lo normalizamos. Nos acostumbramos al teatro religioso. Plataforma. Escenario. Actor principal. Actores secundarios. Público. Y después nos preguntamos por qué no hay transformación real. Jesús no llamó hipócritas a los fariseos para insultarlos. Los llamó así porque actuaban.

Hipócrita era el actor en el teatro griego. El que se ponía una máscara. Y Jesús les dijo:
“ustedes hacen un papel perfecto, pero por dentro están vacíos.” Eso sigue pasando hoy. La madurez verdadera no viene del comportamiento. Viene de haber sido ejercitado en los sentidos del Espíritu. Por eso Pablo dice: “todo me es lícito, pero no todo me conviene.” Eso no lo puede decir un niño.
Eso lo dice alguien libre. La religión necesita listas. El hijo necesita discernimiento.

Y claro… esto incomoda. Esto persigue. Pero no te persigue el mundo. Te persigue la religión. A Jesús no lo mataron los pecadores. Lo mataron los religiosos. No por los milagros. Sino por decir: “Yo soy Hijo.” Y cuando tú empiezas a vivir como hijo, no como actor, no como esclavo, no como niño… vas a incomodar. Pero escúchame bien para cerrar: Este es un tiempo único. Hace años no se podía hablar de estas cosas. Hoy sí.

Y no es para discutirlas. Es para vivirlas. La iglesia ya habló demasiado. Ahora tiene que mostrar. Menos discurso. Menos actuación. Menos sistema. Más verdad. Más libertad. Más hijos. Porque la iglesia de la resurrección, la iglesia de hijos maduros, es la única contra la cual las puertas del Hades no pueden prevalecer.

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febrero 15, 2026 Néstor Martínez