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El Tiempo de Laodicea

Uno de los problemas más graves que afronta el mundo en la mayoría de sus naciones, es el del narcotráfico. La droga ha calado hondo en el hombre sin Dios, y con su consumo proporciona un imponente negocio que hoy por hoy amenaza con cubrir todos los estamentos sociales. Las exorbitantes sumas de dinero que mueve la producción y venta de estupefacientes, ha logrado que sus personeros se infiltren en la policía, en los poderes judiciales, en el periodismo y, esencialmente, en la política de las naciones. Con todos esos circuitos jugando a su favor, no podemos menos que desesperarnos y preguntarnos: ¿Cómo se combate eso? La respuesta es una sola: con el pueblo de Dios presentando batalla en las regiones celestes.

La preguntaba al Señor si eso hoy era posible con lo que tenemos como iglesia, y su respuesta, al menos la que yo creí escuchar, fue que eso era una odisea, que como todos sabemos, significan las dificultades que se oponen a la realización de un propósito y que requieren tiempo, esfuerzo o habilidad. Esa, que yo entendí como respuesta divina, te confieso que me desanimó. Hasta que el Espíritu Santo, con esa paciencia, bondad y misericordia que lo caracterizan, me sacó del error. Me hizo ver que no me había dicho que combatir la droga con la iglesia era una odisea, sino que era como Laodicea, que es otra cosa bien distinta y que me llevó con toda urgencia a estudiar su presencia en mi Biblia.

Lo primero que encontré, es que Laodicea fue fundada como ciudad por Antíoco, y que la llamó así en honor a su esposa, que se llamaba Laodice. Estaba ubicada en la intersección de dos importantes rutas y era sumamente rica y próspera. Era famosa por sus manufacturas de ropas confeccionadas con la lana negra de la región. También se enorgullecía de contar con una famosa escuela de medicina donde se llegó a producir un ungüento con propiedades para curar enfermedades de los oídos y un colirio para las enfermedades de la vista. También había allí una iglesia cristiana, levantada a partir de la predicación de Epafras y a la que Pablo le escribió una carta que se extravió.

Sin embargo, lo más importante tiene que ver con la época en la que Juan escribió el Apocalipsis. No se registra que hubiera en Laodicea ningún tipo de persecución o que en su seno tuviera herejías. Su mayor problema –atención con esto-, era el orgullo y la ignorancia, provocados por su autosuficiencia y complacencia con el pecado. Y fue por esta razón justamente por la que recibió de Cristo la condenación más severa de todas las que encontramos en las tan famosos siete cartas. Que representa hoy Laodicea y qué tiene que ver con la solución al terrible flagelo de la droga dependencia y sus consecuencias, es algo que seguramente podremos ver con claridad en el final de este trabajo. Para eso me fue dado.

(Apocalipsis 3: 14) = Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: (15) Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!

Cristo mismo le habla a Juan. Y se presenta como el Amén, que es como decir que se denomina así porque nunca miente y porque siempre enseña la verdad acerca de Dios. Y porque se estima nada menos como lo que es, el principio de la Creación de Dios. Yo creo que a esta altura de nuestras vidas de fe, ya nadie ignora que toda la Creación desde la primera letra del Génesis arranca desde el Verbo, desde la Palabra, que es Cristo mismo. A esto en cierta forma lo corrobora y confirma Pablo, cuando en su Segunda carta a los Corintios, en el primer capítulo y verso 20, dice: porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.

Y cuando comienza a hablarle a Juan respecto a esta iglesia, que más allá de la literal que como quedó explicitado existía y era geográficamente visible, también de alguna manera simbolizaba a otras en distintas latitudes del mismo mundo. Tal vez como la nuestra, aquí en Argentina. O la tuya, donde quiera que vivas. Y nos dice que conoce nuestras obras, que es como decir que está absolutamente enterado de todas nuestras actividades religiosas, pero que nos encuentra tibios, que es lo mismo que decir no involucrados, dentro de todo activismo, pero fuera de todo compromiso cierto. Y le añade como para no caer en errores, que Él nos prefiere fríos, totalmente al margen de todo, fuera de todo, o caliente, que es comprometido a full. Pero no tibios.

Porque, en el verso 16, añade algo que resulta impactante y al mismo tiempo contundente. Dice que: Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Hay algo natural, físico, biológico que quiero comentar antes de ir al epicentro de la expresión. Ningún estómago, por dañado que se encuentre, va a reaccionar mal (Con vómitos) ante un sorbo de una infusión bien caliente o un vaso de algo muy fresco. Muy probablemente pueda tener alguna reacción negativa, si se ingiere algo tibio. Esto indica que lo tibio produce náuseas con posibilidades de vómito.

Sin embargo, de lo que me interesa hablar aquí es de la implicancia que para cualquiera de nosotros tiene esta expresión, por una razón muy simple. Dios nos dice que si somos calientes, estamos codo a codo con Él. Que si somos fríos, estamos en las antípodas de Él y hasta enfrentados, pero con posibilidades de convertirnos y cambiar. Sólo si estamos tibios, que es como estar faltos de interés, llenos de indiferencia y faltos de toda actitud de involucrarnos y eso desagrada profundamente a Dios al punto de vomitarnos de su boca. Y cuidado con esto que no siempre ha sido dicho. Si Dios nos vomita de su boca, es porque estábamos allí hasta un instante antes del vómito santo. O sea que estábamos con Él, pero no éramos de Él, ¿Se entiende?

Además, y por si se te había olvidado o habías leído lo que ahora te compartiré hace mucho tiempo, no es la primera vez que Dios usa ese término para establecer un principio. Ya en el libro de Levítico y con referencia a los actos de inmoralidad prohibidos, en el capítulo 18 y versos del 24 al 28, leemos: En ninguna de estas cosas os amancillaréis; pues en todas estas cosas se han corrompido las naciones que yo echo de delante de vosotros, y la tierra fue contaminada; y yo visité su maldad sobre ella, y la tierra vomitó sus moradores. Guardad, pues, vosotros mis estatutos y mis ordenanzas, y no hagáis ninguna de estas abominaciones, ni el natural ni el extranjero que mora entre vosotros (porque todas estas abominaciones hicieron los hombres de aquella tierra que fueron antes de vosotros, y la tierra fue contaminada); no sea que la tierra os vomite por haberla contaminado, como vomitó a la nación que la habitó antes de vosotros.

No es muy difícil interpretar esto. No necesitas un doctorado en teología ni un post grado en hermenéutica. Dice tres veces que la tierra vomita a sus moradores por causa de su corrupción. Pregunta: ¿Qué es lo que se corrompe en el hombre? Su carne. ¿Qué es la tierra según el diseño de la creación? La carne. Polvo de la tierra es lo único que la serpiente antigua puede comer. ¿Qué es lo único que esa serpiente antigua, hoy Satanás, diablo y demonio puede comer? Carne. Con alma, si el alma está entregada, pero nada más. Al espíritu no lo puede tocar. Lo que Dios vomita, es tu carnalidad, esa misma que te hace decir cosas como las que estos muchachos de la iglesia de Laodicea andaban diciendo. Verso 17: Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.

La gran pregunta que nos tenemos que hacer, y que va mucho más allá de la respuesta del Señor y de la propia expresión de aquellos miembros de aquella iglesia, es si en muchos lugares llamados cristianos, no existen personas que piensan de la misma manera. ¿Cómo se supone que llegaron a esa situación? En principio, cayendo en un estado de arrogancia y soberbia que los llevaba a felicitarse a ellos mismos por su situación. ¡No veían ningún problema en sus arrogancias y presuntuosidades! Incluso rechazaban el diagnóstico del Señor. En suma: se negaban a verse tal como eran y, para colmo de males, estaban enfermos de exceso de confianza en sí mismos. Entonces cabe la pregunta subsiguiente: ¿En dónde habían puesto su confianza? ¿En dónde y en qué tiene puesta su confianza la iglesia cristiana moderna?

Hay una expresión que los pinta de cuerpo entero. Antes y ahora. Yo soy rico, y me he enriquecido. En otras palabras, expresan orgullo y satisfacción por lo que habían ganado por sus propios esfuerzos. A esto lo he visto con mis propios ojos y muchos años después de Laodicea. Miembros de una congregación, pertenecientes tal vez a la clase alta de esa sociedad, que gozaban del respeto de su comunidad y que tenían dinero de sobra. Es posible que el edificio en el que se reunían fuera de maravillas y con todas las comodidades, pero toda su riqueza se reducía a esos recursos materiales y hasta humanos, pero todos sabemos hoy que no es esa la riqueza que el Señor valora. De hecho, las mencionó como un engaño en Mateo 13:22 cuando explica la parábola del sembrador: El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.

Eso es ser vencidos por el materialismo, creernos que somos ricos y, en ese proceso de enriquecernos, permitir que nuestro corazón se enfríe y nuestra relación con el Señor se vuelva formal y hasta hipócrita. Cuando un hombre tiene muchas cosas materiales y físicas para disfrutar, es muy probable que su comunión con el Señor se resienta y hasta se deteriore al punto de extinguirse en cuanto a la oración y la lectura de Su Palabra. En realidad, tengo que decirte que no hay ninguna cosa mala en muchas de las cosas materiales que podemos llegar a tener, y al Señor le gustaría darnos mucho más, pero él sabe que con frecuencia esas cosas nos alejan de él y nos llevan al desastre espiritual. ¿Qué hará un creyente materialista cuando llegue al cielo? ¿Se quedará ensimismado mirando las calles de oro y no será capaz de contemplar la gloria del Señor, ni disfrutar de su comunión? Por supuesto, eso no será posible, pero es importante comenzar ahora a poner las cosas en su verdadero lugar.

El caso de la iglesia en Laodicea era realmente grave. Miremos lo que dicen a continuación: Y de ninguna cosa tengo necesidad. Era verdad que la ciudad de Laodicea había sufrido un devastador terremoto que la destruyó, y sus habitantes habían logrado reconstruirla con sus propios recursos sin necesidad de pedir ayuda a Roma. Pero esta actitud, que puede resultar muy loable para ciertas cosas, no se puede aplicar a la vida cristiana. El orgullo espiritual que manifestaban no sólo era insensato, puesto que en estos asuntos nadie puede ser autosuficiente, sino que también era peligroso, porque como Salomón lo señala en su Proverbio º6:18: Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu. En lugar de la dependencia del Señor, ellos habían llegado a sentirse tan seguros de sí mismos y de sus recursos, que hasta habían excluido al Señor de sus vidas, razón por la que luego lo veremos fuera, llamando a su puerta.

Los creyentes, hoy, en su gran mayoría, no siempre tienen una percepción adecuada de su verdadera situación. Sus riquezas, si las poseen, les puede dar una falsa sensación de seguridad. Pero es imperativo que sepan que la riqueza material no es necesariamente un reflejo de su salud espiritual. Muchos de ellos pueden estar pensando que se les debería envidiar, pero la realidad nos muestra que son dignos de compasión. Estos no pudieron cambiar y hoy tampoco pueden hacerlo, porque para aquellos antiguos y estos modernos, la ceguera espiritual les impide ver su verdadero estado espiritual. Y mucho más cuando la opinión de la iglesia como institución, es diametralmente opuesta a la del Señor que se desprende de este texto. ¿Cómo un ministro del siglo veintiuno va a decir desde el púlpito que son desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos, aquellos que con sus jugosos diezmos y ofrendas sostienen su ministerio y su propia familia? Laodicea no pudo, como quiera que se llame la institución que recibe a sabiendas dinero mal habido como “ofrenda de amor”, tampoco.

(Verso 18) = Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.

Estaban tan ocupados en sus vidas ganando dinero y comprando cosas, que habían desatendido el principal negocio de la vida, que es la compra del verdadero oro divino. Ellos no lo sabían, como tampoco lo saben muchos hoy, en este tiempo, pero ninguna riqueza puede ser comparada con todos los tesoros y la sabiduría que están escondidas en Cristo. Pablo lo dice en Colosenses 2:3: en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Por esa razón es que les dice que los aconseja que de Él compren oro refinado. Laodicea era una ciudad mercantilista, ellos entendían muy bien ese lenguaje. Es como si hoy te dijera: “Los aconsejo que compren mi oro refinado y no ese que está contaminado con la droga y el delito”.

Y en cuanto a la ropa, es más que obvio que no se refiere a vestiduras literales, sino a ser re-vestidos de Cristo. Líder que gastas fortunas en ropa cara y de primera marca para, según tu óptica, estar en el púlpito con lo mejor porque eso es lo que Dios merece: ¿De qué te vale estar vestido con la mejor ropa, si debajo de ella sigue existiendo una personalidad mala y desagradable? En mi vida de ministro del Señor, he recibido algunas agresiones y ofensas, y ¿Sabes qué? En la mayoría de los casos, vinieron de parte de gente muy bien vestida. Algo debe querer decir eso. Desnudez no habla de falta de vestidos, habla de un estado de vergüenza que se disimula con ropas de alto costo. No sé si en tu país hay narcotraficantes, pero si los hubiera, ¿Tú crees que los encontrarás en las calles todos harapientos y menesterosos? Sigue pensando, por favor. Estás cerca de encontrar la llave que abre este dilema. El colirio es un medicamento líquido de uso externo que se emplea para curar o aliviar las enfermedades de los ojos. Aquí también es simbólico, te habla de ceguera o miopía espiritual.

(Verso 19) = Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. De acuerdo, en el original preponderantemente se lo dice como disciplina, no como castigo, pero no está equivocado traducirlo así, siempre y cuando tenga que ver con un estricto acto de justicia disciplinaria y no como un canto a la crueldad casi morbosa, que es como se vendió esto durante mucho tiempo en las religiones legalistas y ritualistas. No es un invento nuestro ni tampoco una ocurrencia aislada, ya en Proverbios 3:12 leemos algo similar cuando dice: Porque Jehová al que ama castiga, Como el padre al hijo a quien quiere. Indudablemente tiene que ver con la proverbial disciplina que todo padre ejercerá sobre sus hijos con la finalidad de hacer de ellos personas honestas, legítimas y respetuosas de las leyes sociales de su país.

(Verso 20) =  He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

Que no te quepan dudas, en Laodicea la cosa era realmente grave. Tanto que es evidente que el Señor ya no estaba en medio de la iglesia, como dice en el capítulo 1, sino que estaba afuera y llamando a la puerta para que lo dejaran entrar. Insólito. ¿Una iglesia puede llegar a suponer que puede funcionar sin necesidad de tener a Cristo y dejarlo al margen de sus decisiones? No te escandalices de los laodicenses, hoy sigue sucediendo. Y fíjate el detalle. Él dice que si “alguno” oye su voz y abre la puerta, él tendrá comunión con él. Ya no le  habla a la iglesia en su conjunto, aquí empieza a apelar a cada individuo.

Hoy lamentablemente sigue teniendo la necesidad de hacer lo mismo. Y el otro detalle que no es menor. Si Él se encuentra afuera y llama a la puerta aguardando que desde adentro le abran, es porque el Señor jamás hará nada con tu vida sin tu permiso. El picaporte de la puerta de tu vida, está del lado de adentro. Si tú abres, Él entra. Si tú no abres, Él se queda afuera y jamás entrará en tu vida. Ese es un principio que también es válido para el reino de las tinieblas. Satanás y sus demonios jamás entrarán en tu vida a menos que tú les abras la puerta a partir de algún pecado que les otorgue derecho legítimo para entrar.

(Versos 21 y 22) = Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

Cristo venció al pecado y ahora está sentado en el trono celestial. Cristo venció por el camino de la cruz, dejando de ese modo un ejemplo a sus seguidores. Es verdad que como consecuencia de su fidelidad al Padre fue crucificado desnudo y en pocas horas murió, pero tres días después resucitó victorioso de la muerte y ascendió al cielo, donde ha sido «coronado de gloria y de honra a causa del padecimiento de la muerte». Aquello que parecía la derrota de Cristo, fue en realidad su victoria. Y en cuanto al cierre, es obvio que no se refiere a gente con problemas auditivos, sino a aquellos que han elegido oír los cantos de sirena del mundo en lugar de la guía del Espíritu Santo.

La iglesia en Laodicea refleja una parte importante del cristianismo del siglo veintiuno. Aquí se describe una iglesia respetable, pero superficial y anémica. Como muchos cristianos en nuestros días, que sólo parecen emocionarse con los deportes, las redes sociales, el cine o la política, pero no por conocer más del Señor o por compartir el evangelio con otros. Cristianos que se entregan por completo a los negocios o a los estudios, pero poco o nada a la causa de Cristo. Cristianos obsesionados con sus cuerpos y su apariencia física, pero despreocupados por su vida espiritual. Cristianos entregados a los placeres de este mundo y que no ven la necesidad de negarse a sí mismos y crucificar el yo. Cristianos solícitos en la búsqueda de nuevas experiencias, pero sin un verdadero anhelo de conocer más de la Palabra de Dios. Cristianos que ya no defienden la doctrina bíblica porque no la conocen y porque han abrazado el relativismo de este mundo. Iglesias con una perfecta organización y atractivos programas que pueden funcionar muy bien sin la presencia del Señor Jesús, pero tan interesadas en cubrir sus gastos que no dudan en aceptar jugosas ofrendas provenientes del delito en cualquiera de sus facetas. hacerlo en ignorancia es una cosa, pero sabiéndolo, equivale a comer cosas sacrificadas a los ídolos. Un cristianismo, por lo tanto, que ha dejado de ser relevante para el mundo.

Cuentan la historia de una iglesia que en la puerta de su local habían escrito un versículo bíblico que decía: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado«. Con el tiempo, un árbol frondoso había ido creciendo a su lado, y poco a poco empezó a tapar las palabras del versículo empezando por el final. Primero cubrió la palabra «crucificado», y curiosamente, también la iglesia que se reunía en aquel local había dejado de predicar la Cruz de Cristo. Luego el árbol siguió creciendo y también ocultó la palabra «Cristo»; algo que una vez más también guardaba relación con lo que ocurría dentro: ellos habían dejado de hablar de Cristo para centrarse en otro tipo de mensajes más sociales y del gusto de la sociedad moderna. Y finalmente, el árbol creció hasta tapar la palabra «predicamos», lo que también se correspondía con la realidad de esa iglesia: habían cambiado la predicación por otras actividades más entretenidas. ¿Sabes qué quedó al final? Sólo la palabra «nosotros». Cristo ya no estaba allí, sólo estaban ellos. Algo parecido a esto era lo que le había ocurrido a la iglesia en Laodicea. Este estudio fue impartido hoy por la guía del Espíritu Santo para que nunca más nos suceda lo mismo en ninguna parte del mundo. ¿Amén? Amén.

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febrero 25, 2023 Néstor Martínez