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Considerando al Alma y al Espíritu

Muchos científicos y neurólogos consideran que el alma es un mito inventado por las religiones o, por lo menos, que tal concepto religioso resulta innecesario para explicar a los seres humanos. Francis Crick, uno de los famosos biólogos descubridores de la estructura del ADN, escribió al respecto: “Un neurobiólogo moderno no ve necesidad alguna de tener un concepto religioso del alma para explicar el comportamiento de los humanos y de otros animales.”

Me recuerda a la pregunta que Napoleón hizo a Pierre-Simon Laplace, después de que éste le explicara cómo funcionaba el sistema solar: “Y Dios, -le dijo-, ¿Dónde entra en esto?” A lo cual Laplace replicó: Señor, no tengo necesidad de semejante hipótesis.» No todos los neurocientíficos creen que la idea del alma sea un mito (sir John Eccles es la excepción más notable), pero sí la mayoría.

¿Lleva razón Crick y quienes piensan como él? ¿Es innecesaria el alma para explicar al hombre? ¿Tiene sentido hablar de un alma totalmente separada del cuerpo físico? ¿Qué dice la Biblia sobre este asunto? El término “alma” del latín “anima” corresponde al hebreo “néphesh” y al griego “psykhé”. En principio, todas estas palabras pretenden resaltar la idea de aliento vital o de respiración de los seres vivos, tanto animales como humanos.

El “soplo divino” mediante el cual el hombre empezó su existencia se refiere precisamente a eso. De manera que el alma, según el primer libro de la Biblia, sería la fuente vital o la vida que anima tanto a las personas como a las bestias. Es lógico, por tanto, que si “alma” equivale a “vida”, aquello que sustenta la vida, como puede ser la sangre que circula por las venas, se relacione también con el alma.

(Génesis 9: 4) Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis.

(Levítico 17: 10) = Si cualquier varón de la casa de Israel, o de los extranjeros que moran entre ellos, comiere alguna sangre, yo pondré mi rostro contra la persona que comiere sangre, y la cortaré de entre su pueblo.

(11) Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.

(12) Por tanto, he dicho a los hijos de Israel: Ninguna persona de vosotros comerá sangre, ni el extranjero que mora entre vosotros comerá sangre.

(13) Y cualquier varón de los hijos de Israel, o de los extranjeros que moran entre ellos, que cazare animal o ave que sea de comer, derramará su sangre y la cubrirá con tierra.

(14) Porque la vida de toda carne es su sangre; por tanto, he dicho a los hijos de Israel: No comeréis la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre; cualquiera que la comiere será cortado.

Incluso se dice, ya en el Nuevo Testamento, que el Señor Jesucristo derramó su alma hasta la muerte y su sangre para remisión de pecados. No obstante, “néphesh” es mucho más que el principio vital. En general, esta palabra aplicada al ser humano, en la mentalidad hebrea, designa también el centro de la persona donde radican los sentimientos, el intelecto y la voluntad.

Así, por ejemplo, para indicar que un hombre se enamoró de una mujer, se dice que “su alma se apegó a ella” (Génesis 34: 3) Pero su alma se apegó a Dina la hija de Lea, y se enamoró de la joven, y habló al corazón de ella. Alma sería pues la totalidad de la persona, inseparable del cuerpo ya que forma parte de él y lo constituye como una unidad orgánica y psicosomática.

Por tanto, el Antiguo Testamento no contempla ninguna división entre el cuerpo y el alma del hombre sino que se trata de una simbiosis completa. Más tarde, cuando se habla de espíritu, alma y cuerpo -como hace Pablo (1 Tesalonicenses 5: 23) = Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo, lo que se pretende es resaltar éste o aquél aspecto particular del único e indivisible ser humano.

No se sobrevalora lo espiritual frente a lo corporal. No se condena la corporeidad ni la sexualidad. El hombre del Antiguo Testamento no conoce la problemática del cuerpo y el alma propia del mundo heleno. A pesar de esta concepción hebrea unitaria de la persona, que excluye la visión dualista del pensamiento griego, es evidente que los judíos reconocían dos dimensiones en el ser humano.

Una puramente corporal o física y otra espiritual que era precisamente la que constituía a la persona como “imagen y semejanza de Dios”. Pero esto eran sólo dos aspectos de la misma unidad antropológica. En el Nuevo Testamento el concepto de alma coincide en lo esencial con los datos veterotestamentarios, (procede del latín vetus, -ĕris, viejo, y testamentario) pero se observa cierta influencia de la antropología helenística.

Es lógico que fuera así. El mensaje cristiano tenía que proclamarse en un contexto marcado por el espíritu greco-helenístico y había que preservarlo de posibles interpretaciones erróneas. Era necesario conservar la unidad del ser humano y rechazar las ideas gnóstico-dualistas, hostiles al cuerpo.

Sin embargo, muchos griegos que se convertían seguían creyendo en la inmortalidad del alma. ¿Qué pasaba entonces con el espíritu de aquellos cristianos que fallecían? El judaísmo esperaba que la resurrección de los muertos tendría lugar al final de la historia.

En un primer momento, los cristianos primitivos tenían la esperanza de que “el día del Señor” llegaría antes de que ellos murieran. Pero, al comprobar que esto no era así, pronto se planteó la cuestión del tiempo intermedio. ¿Qué ocurre con los creyentes que mueren antes de la resurrección final? ¿Están completamente muertos o su alma goza ya en la presencia del Señor?

El Nuevo Testamento sólo responde a esta cuestión afirmando que los muertos están “en Cristo” y que, por tanto, la comunión del cristiano con Dios, a través de Jesucristo, no puede sufrir ningún tipo de interrupción por causa de la muerte. Eso era sumamente claro y no dejaba duda alguna.

Ahora bien, la forma en que debe entenderse esta relación entre el “estar en Cristo” y la resurrección de los muertos ha dado quebraderos de cabeza a los exegetas hasta el presente. Ciertas teologías apocalípticas habían tomado la idea del Seol del Antiguo Testamento y la habían convertido en un estado intermedio en el que los difuntos se hallaban a la espera de la resurrección.

Otros, como los gnósticos, se iban al polo opuesto y asumían la antropología griega de alma y cuerpo, rechazaban la resurrección y pensaban que el alma perdía definitivamente en la muerte el último contacto con el cuerpo -hecho de materia esclavizante- y comenzaba así un viaje al reino del espíritu, del que habría caído en su supuesta preexistencia.

Frente a tanta polémica, la iglesia desarrolló un modelo del estado intermedio, reconociendo que el alma incorruptible o el espíritu pueden existir separados del cuerpo. Tengo cinco escrituras que seguidamente voy a compartirte, que de alguna manera sostienen esto.

(Lucas 8: 55) = Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y él mandó que se le diese de comer. (Este es un relato sumamente conocido referente a la hija de Jairo y a la mujer que tocó el manto de Jesús, ¿Los recuerdas?)

(Lucas 23: 46) = Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. (Este episodio no puede ser desconocido por nadie. En uno u otro sentido y sea cual fuere la enseñanza recibida o brindada a partir de este pasaje, el mismo es absolutamente conocido por cualquier cristiano del grupo, sector o posición que sea)

(Hechos 7: 59) =  Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. (Observa que en el texto anterior, cuando Jesús expira en la cruz, encomienda su espíritu al Padre, pero aquí Esteban, seguidor de aquel Jesús, le encomienda su espíritu a Él, como Hijo ubicado junto al trono.)

(Santiago 2: 26)Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta. (En contra de todas las ciencias que pretender adjudicar la muerte a procesos químicos o bacteriológicos, aquí está la verdad más simple de todas: el cuerpo humano está definitivamente muerto y condenado a su auto-destrucción, a partir del momento en que el espíritu que lo habitaba, retorna a su fuente)

(1 Pedro 3: 18) = Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; (19) en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, (Y aquí vemos el complemento a lo anterior. La muerte es un asunto que le sucede al cuerpo, de ninguna manera al alma y mucho menos al espíritu. Somos seres eternos, a menos que nos dejemos convencer por las voces que nos aseguran que dependemos de esta caja descartable llamada cuerpo, que sólo se nos ha dado para habitarla mientras estemos en el mundo natural.)

El alma se separa del cuerpo en la muerte y espera en un estado intermedio -que para los redimidos es una bienaventuranza provisional, mientras que para los incrédulos, en cambio, una pena incipiente- el juicio definitivo y la resurrección de la carne. El apóstol Pablo compara la muerte con un sueño con la intención de señalar que quienes duermen en el cuerpo ya han empezado, en realidad, a gozar la salvación de Dios aunque estén a la espera de la resurrección final.

De manera que esta acentuación cristiana de la resurrección de la carne neutralizó el dualismo gnóstico de alma y cuerpo. No obstante, semejante concepción escatológica tuvo siempre, como indica la historia posterior, cierta tendencia a virar hacia el dualismo griego. La creencia en la inmortalidad del alma fue posicionándose por encima de la resurrección del cuerpo. La teología de Agustín de Hipona, en los siglos IV y V, -claramente influida por el neoplatonismo- muestra cómo en la Edad Media la idea de la inmortalidad del alma prevalece frente a la resurrección del final de los tiempos.

A pesar de que en siglo XIII, Tomás de Aquino, volvió a insistir en la unidad estricta del hombre, mediante su fórmula “anima forma corporis” que pretendía acentuar la unidad del ser humano, compuesto de alma y cuerpo pero en un todo unitario, lo cierto es que la Iglesia católica continuó enseñando esta escatología bipolar durante siglos. Solamente en la Modernidad se empezó a cuestionar tal concepción en amplios círculos de la teología protestante.

Lutero critica la doctrina filosófica de la escolástica tardía acerca de la inmortalidad. En respuesta a un decreto del papa León XIII, dice que suscribir la inmortalidad del alma es sencillamente una monstruosidad y propone una fundamentación más bíblica. Lutero cree que si el alma humana fuera inmortal esto significaría que el hombre poseería un poder propio ante Dios y que no podría morir verdaderamente.

Pero, lo cierto es que el ser humano es “una nada” ante el Creador. Por tanto, no puede haber nada en el hombre que sobreviva a la muerte. Ésta es total. Lo único que les queda al hombre y la mujer que mueren es la actitud misericordiosa de Dios y su promesa eterna. Estamos en su mente hasta que él decida resucitarnos. Posteriormente, la teología evangélica de principios del XX volverá a retomar esta crítica iniciada en la Reforma y tales tesis pueden considerarse como representativas de una gran parte de la teología protestante contemporánea.

No obstante, las respuestas de los teólogos evangélicos, en cuanto al soporte de la identidad en el tiempo intermedio entre la muerte y la resurrección, son muy diferentes. Quizás uno de los planteamientos que goza de mayor aceptación sea la idea de que la resurrección final no está distante, en sentido cronológico, de la muerte personal.

Es decir, la muerte supone para el hombre el término de su tiempo histórico, su salida del espacio-tiempo y su entrada en una forma de duración que no es el tiempo, ni la existencia histórica, ni tampoco la eternidad de Dios. El instante de la muerte es distinto para cada persona, mientras que el de la resurrección es igual para todos. Si se mira desde la perspectiva humana temporal, el tiempo que media entre la muerte y la resurrección es real.

Pero, si se adopta la perspectiva divina del lado de allá, ese tiempo intermedio no existe, puesto que al no haber tiempo no tiene sentido un entretiempo. Por tanto, muerte y resurrección son acontecimientos distintos y sucesivos, pero no cuantitativamente distantes. La distancia entre ambos existe desde el tiempo pero no desde el “no tiempo”. Las palabras del apóstol Pablo que indican que en el momento de la muerte se entra en contacto directo con Cristo podrían entenderse desde esta perspectiva del estado intermedio atemporal.

(Filipenses 1: 21) = Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.

(22) Más si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger.

(23) Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; (24) pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.

(25) Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe, (26) para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo Jesús por mi presencia otra vez entre vosotros.

(27) Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio, (28) y en nada intimidados por los que se oponen, que para ellos ciertamente es indicio de perdición, más para vosotros de salvación; y esto de Dios.

(29) Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, (30) teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí.

En una clase de niños, uno de ellos, con sana picardía pero no poca imaginación y perspicacia, preguntó: si el apóstol Pablo dice que morir para él es ganancia, ¿Eso significaría que el vivir en Cristo es pérdida? Claro, más allá del humor que pueda adherirse a una respuesta, aquí, está la realidad. Y esa realidad nos dice que efectivamente, vivir en Cristo, para la carne, es pérdida clara. Mientras que morir a la carne, es ganancia absoluta porque libera a nuestro espíritu para todo lo que el Reino necesite.

(2 Corintios 5: 1) = Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.

(2) Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; (3) pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos.

(4) Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.

(5) Más el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu.

(6) Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (7) (porque por fe andamos, no por vista); (8) pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.

(9) Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables.

(10) Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.

El famoso teólogo protestante, Karl Barth, escribe: “¿Cuál es el significado de la esperanza cristiana en esta vida? ¿Acaso es un alma minúscula que, como si fuera una mariposa, se eleva por encima de la tumba y aún está conservada en algún sitio, para que pueda vivir eternamente? De esta forma es como los paganos consideran que es la vida después de la muerte. Pero no es la esperanza cristiana: “Creo en la resurrección del cuerpo».”

La opinión de los cristianos primitivos ante la naturaleza del hombre fue la aceptación hebrea de su unidad, en vez de la separación entre cuerpo y alma, propia de la visión griega. La esperanza cristiana era ante todo la resurrección corporal, por encima de la pervivencia espiritual. De esta manera, alma y cuerpo son considerados como aspectos constitutivos e interdependientes de la unidad de la vida humana. Alma y conciencia se hallan también profundamente enraizadas en el cuerpo del hombre.

Los primeros creyentes que habían visto resucitar a Cristo, confiaban en que Dios reconstituiría también a la persona completa, en algún entorno escogido para dicho fin. Esto es precisamente lo que afirma hoy la teología, que el ser humano no está sólo codificado en la estructura espaciotemporal del momento presente, sino además, en la mente de Dios. El hombre no está sólo en sus genes, en su conciencia y en el lugar que ocupa en el mundo, sino también en la memoria de su Creador.

Por tanto, quienes han muerto en Cristo, podrán volver a la vida en Dios. Como escribe el apóstol Pablo: (1 Tesalonicenses 4: 13) = Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza.

(14) Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.

Ahora bien; conociendo esto, aunque más no sea en grandes rasgos, nos queda el otro interrogante que también ha preocupado y ocupado a muchos cristianos. ¿Qué cosa es el espíritu humano, y dónde se supone que se localiza? Ya sé que parece una pregunta casi hasta irreverente, pero no creo equivocarme demasiado si aseguro que ha sido y quizás sigue siendo la que a diario se formulan miles o millones de hombres y mujeres en el mundo. ¿Y es, acaso, una pregunta que tiene respuesta? Sí, a mi modesto entender, la tiene.

En primer lugar, podemos decir que el espíritu humano es la parte incorpórea del hombre. La Biblia dice que el espíritu humano es el aliento de Dios Todopoderoso, y que Dios lo sopló en la nariz del hombre al principio de la creación: Génesis 2:7, nos dice: Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Es el espíritu que nos da una conciencia de nosotros mismos, y otras notables, aunque limitadas cualidades «como Dios». El espíritu humano incluye nuestro intelecto, emociones, miedos, pasiones y creatividad. Es este espíritu el que nos proporciona la capacidad única de comprender y entender.

(Job 32: 8) = Ciertamente espíritu hay en el hombre, Y el soplo del Omnipotente le hace que entienda.

(Verso 18) = Porque lleno estoy de palabras, Y me apremia el espíritu dentro de mí.

Las palabras espíritu y aliento son traducciones de la palabra hebrea neshamah y la palabra griega pneuma. Las palabras significan «viento fuerte, ráfaga o inspiración.» Neshamah es la fuente de vida que vitaliza la humanidad. Job 33:4 dice que El espíritu de Dios me hizo, Y el soplo del Omnipotente me dio vida.

Es el espíritu humano intangible e invisible que gobierna la existencia mental y emocional del hombre. El apóstol Pablo dijo, en 1 Corintios 2:11: Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.

Después de la muerte, el espíritu vuelve a Dios que lo dio. Al menos así lo dice Eclesiastés 12:7, que en su texto completo señala: Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio. También leemos algo al respecto en Job 34:14-15, donde dice: Si él pusiese sobre el hombre su corazón, Y recogiese así su espíritu y su aliento, toda carne perecería juntamente, Y el hombre volvería al polvo. Y coincide el Salmo 104:29-30: Escondes tu rostro, se turban; Les quitas el hálito, dejan de ser, Y vuelven al polvo. Envías tu Espíritu, son creados, Y renuevas la faz de la tierra.

Cada ser humano tiene un espíritu, y es distinto del «espíritu», o vida, de los animales. Dios hizo al hombre diferente de los animales en que Él nos creó «a la imagen de Dios”.  Por lo tanto, el hombre es capaz de pensar, sentir, amar, diseñar, crear y disfrutar de música, humor y arte. Y es por el espíritu humano que tenemos «libre albedrío» que ninguna otra criatura en la tierra posee.

(Génesis 1: 26) = Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

(27) Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

El espíritu humano fue dañado en la caída. Cuando Adán pecó, su capacidad de comunión con Dios estaba rota; no murió ese día físicamente, pero murió espiritualmente. Desde entonces, el espíritu humano ha soportado los efectos de la caída. Antes de la salvación, una persona se caracteriza como espiritualmente «muerta».

(Efesios 2: 1) = Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, (2) en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, (3) entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.

(4) Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, (5) aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),

(Colosenses 2: 13) =  Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, (Una relación con Cristo revitaliza nuestros espíritus y nos renueva día a día)

(2 Corintios 4: 16) = Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.

Curiosamente, así como el espíritu humano fue insuflado divinamente en el primer hombre, así el Espíritu Santo fue insuflado en los primeros discípulos en Juan 20:22: Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Hechos 2:38: Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Adán fue vivificado por el aliento de Dios, y nosotros, como «nuevas creaciones» en Cristo, estamos vivificados espiritualmente por el «Aliento de Dios,» el Espíritu Santo. (2 Corintios 5: 17) = De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

(Juan 3: 3) = Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

(Romanos 6: 4) = Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.

Sobre nuestra aceptación de Cristo Jesús, el Espíritu Santo de Dios se une a nuestro espíritu de maneras que no podemos comprender. El apóstol Juan dijo, (1 Juan 4: 13) = En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.

Cuando permitimos que el Espíritu de Dios guíe nuestras vidas, ocurre esto: (Romanos 8: 16) = El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Como hijos de Dios, somos ya no guiados por nuestro propio espíritu, sino por el Espíritu de Dios, que nos lleva a la vida eterna.

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septiembre 6, 2020 Néstor Martínez