Cuando yo llevaba muy poco tiempo de convertido, me invitaron a una reunión ecuménica. Te estoy hablando de fines de la década de los años setenta. Yo en esa época trabajaba en el ámbito de relaciones públicas y prensa de una importante empresa siderúrgica de mi país. Las reuniones se iban a realizar por la tarde, después de la jornada de trabajo, en una hermosa capilla católica que la empresa había construido en un barrio residencial para sus empleados jerárquicos. Arquitectónicamente, una belleza. Además, sin estatuas ni santos móviles. Sólo un bajo relieve esculpido por un importante artista donde se veía la figura de los doce apóstoles más Pablo, que vaya uno a saber por qué razón el autor lo había incluido. A mí en ese momento y tiempo, me pareció excelente la idea. Como ex católico, me parecía tremendo que pudiéramos juntarnos y cambiar ideas, testimonios y cuanta cosa hiciera que cada uno reforzara su fe.
Como podrás imaginarte, yo de política religiosa no sabía absolutamente nada, de intereses mancomunados, tampoco y, para colmo de males, estaba confundiendo transparencia cristiana con ingenuidad imbécil. Recuerdo que concurrí a la reunión, (En realidad, la única de esas características que fui en mi vida), juntamente con otros evangélicos, incluido un pastor bautista, que, dicho sea de paso, fue quien tuvo ese día la palabra y dio un mensaje bastante aceptable sobre la familia. Políticamente correcta su elección. Pero lo curioso, llamativo y puntual que me hizo abrir los ojos a esta nueva forma de unidad, fue lo previo. Porque cuando llegamos nosotros al lugar de la reunión, no vimos que nadie hubiera llegado antes. Entonces, uno de los hermanos, sonriendo, dijo: “¿Cómo? ¿Todavía no llegaron los idólatras? Todos nos reímos celebrando su humorada, sin darnos cuenta de la profundidad negativa de sus palabras.
Lo que no sabíamos todavía, (Nos enteramos recién al día siguiente) es que uno de los hermanos se introdujo en el lugar, adelantándose a nosotros, y llegó a un salón donde ya se encontraban algunos de los católicos asistentes. Ocurrió que ellos no lo vieron ni lo oyeron llegar. Entonces, antes de entrar y saludar, escuchó claramente como uno de ellos le decía a otro: “¿Todavía no llegaron los herejes?” Aquí también, la humorada de este buen hombre despertó la celebración y las risotadas de sus compañeros. Para mí fue un toque de atención y alerta. En el mismo lugar, en el mismo momento y con simple diferencia geográfica, la supuesta reunión de unidad dejaba a la vista cuales eran las ideas de los dos grupos mayoritarios. Los católicos, haciendo un esfuerzo para ver si podían convencer de su error a los herejes evangélicos. Los evangélicos, pensando exactamente lo mismo con relación a la idolatría de los otros.
Simulación. Hipocresía. Fingimiento. ¿Culpables de algún pecado importante? Sí, pero todos por igual: del pecado de incredulidad, porque si hubieran tenido certeza de la existencia real de un Dios justo, jamás se hubieran comportado así. Dios no quiere que yo convenza a mis amigos católicos romanos que la adoración a la virgen María es un engaño sutil de Satanás que ha conseguido que, durante décadas, miles de personas bien intencionadas y sinceras, adoren al demonio que se esconde detrás de la imagen de yeso. Dios no quiere que tú, mi amado hermano progresista, convenzas a los serios hermanos conservadores que sus doctrinas están demasiado frías o demasiado muertas, y que, si no le añaden vida abundante a sus reuniones, en poco tiempo todo el mundo irá a sus templos a dormir la siesta. Dios no quiere que tú, mi amado hermano partidario de la ortodoxia conservadora en cualquier de sus expresiones, convenzas a los inconscientes hermanitos progresistas que, por hacer mucha bulla, mucho ruido, mucha lengua y mucho desparramo de gente por el suelo, se accede a un mayor estado espiritual de madurez.
Conclusión: Dios no quiere que, bajo el rótulo mentiroso de una unidad que no es tal, un grupo de personas que piensan diametralmente distinto, se tomen un café juntos un día a la semana o al mes, hagan una oración de circunstancias que probablemente no será oída por Dios, y se vayan contentos a sus casas pensando que han cumplido con un mandamiento bíblico, que es el de ser todos de un mismo sentir. De momento que hay una docena de credos que se llaman a sí mismos cristianos, y miles de denominaciones, grupos y posiciones doctrinales disímiles dentro de la mismísima iglesia evangélica que dice ser algo así como la dueña de la Biblia, que pretenden convencerse los unos a los otros de las equivocaciones de los demás sin reconocer y ni siquiera ver las propias, el cuento de la unidad en un mismo sentir es exacta y sencillamente eso: un cuento de hadas. Y hasta donde yo sé, no existen hadas “santas” …Hay Sentencias que no Mueren: AGUA Y ACEITE NO SE UNEN