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Apenas Sabiduría y Justicia

Mateo 5 dice en su contexto, lo que es la base central de todo este mover presente: Oísteis que fue dicho; pero yo os digo… Eso tiene que ver con enseñanza y aprendizaje. Tiene que ver con haber inventado doctrinas para reemplazar nuevos nacimientos. Tiene que ver con apelar a la simulación no exenta de hipocresía para disimular la falta de una espiritualidad genuina. Tiene que ver con parecer y aparentar, con auténticamente ser. Y, finalmente, tiene que ver con darle preponderancia a la sabiduría divina, aun por encima de la salvación eterna. ¿Quiero ser salvo? ¡Amén! Pero también quiero ser sabio, ya que de otro modo esa salvación por gracia, en mí, será desperdiciada en lo que no bendice ni edifica.

Santiago 3: 13 = ¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pablo dice que cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse solo respecto de sí mismo, y no en otro; porque cada uno llevará su propia carga. Y el propio Santiago ya había dicho antes que: alguno dirá: tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Yo me siento directa e indirectamente identificado con este texto, ya que Santiago les está hablando a los maestros de su época. Cuando comienza este capítulo les dice que no se hagan maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.

¿Es así? Puede que sí, porque antes les había advertido cómo debían hablar, pero ahora directamente les está poniendo en punto y coma el cómo deben vivir. Se está dirigiendo, obviamente, a la persona que es sabia y comprensiva. Porque la palabra Sophos, que es la que se traduce como Sabio, era un término técnico entre los judíos para referirse al maestro, al escriba, al rabino. De allí que él hace muy especial hincapié no tanto en lo que ellos decían, sino en comprobar el modo en que vivían. De hecho, nadie ignora, (Aunque varios lo disimulen muy bien), que la sabiduría no es solamente el conocimiento almacenado en nuestra mente, en nuestra cabeza, sino que la verdadera sabiduría, es la que hace al individuo entendido y capaz de mostrar una vida de buena conducta sin tacha ni enmienda alguna. No parece, ES. No se muestra, se ve.

En este sentido, la sabiduría y la comprensión son como la fe, cualidades interiores invisibles. Nadie puede ver en ti sabiduría hasta que no abres la boca o tienes alguna determinada conducta. Si una persona se considera a sí misma sabia o entendida, es justo esperar que esta cualidad invisible e interna se muestre con claridad en su vida cotidiana. De alguna manera, Santiago nos da las pautas para comprobar eso. En principio, el que es verdaderamente sabio, lo evidencia por su manera mansa de vivir. Los que hicieron todas esas buenas obras preparadas para atraer la atención pública hacia ellos, muestran falta de sabiduría, además de un egocentrismo que de ninguna manera tiene relación con el miembro del Reino de los Cielos. Mansedumbre, (La palabra es Prautes), de ninguna manera es una mansedumbre pasiva que surge de la debilidad o la resignación, sino una actitud activa de aceptación deliberada. No es manso el que recibe un golpe de alguien más fuerte, sino el de alguien más débil, no sé si se entiende.

(14) Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; A propósito de esto, Pablo le recuerda a Timoteo que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. El evangelio es selectivo, pero de ninguna manera discriminador. De allí que el mismo Santiago, más adelante, va a consignar que si alguno de ellos se ha extraviado en esa verdad y otro lo hace retornar a su anterior conocimiento sano, no sólo salvará un alma de la condenación, sino que impedirá multitud de pecados. De hecho, lo que este verso declara, es la contraparte a esa sabia mansedumbre que se había mencionado anteriormente. Se refiere, de hecho, a gente que tiene una actitud extremadamente crítica, evidentemente contenciosa y altamente provocadora.

Y no es algo menor que les diga que no se jacten. A ver: haz funcionar tu maravillosa máquina de pensar que Dios te ha provisto. Como creyente e hijo del Dios viviente, tú, en lo personal y por tus habilidades obtenidas por fuera de Dios, ¿Tienes algo de qué jactarte? No. Porque por fuera de Dios no tenemos absolutamente nada. Todo lo que poseemos, ya sea en habilidades, creatividad, ingenio, sabiduría o capacidad física para hacer lo que sea, proviene de algo entregado por Dios sin cargo ni mérito de nuestra parte. Sin embargo, si aquí ya se los estaba advirtiendo, es porque ha pasado a ser muy “normal” ver dentro de nuestros ambientes cristianos, a hombres o a mujeres de alguna manera jactándose de sus habilidades, talentos, dones o lo que sea. Todo eso suele disimularse con un supuesto culto a la lealtad por la verdad que, en realidad, encierra nada más que un minúsculo marketing personal.

(15) porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Alguien dijo que los religiosos pueden ser extremadamente provocadores, y derrotar sus propios fines con métodos prepotentes; los puntos de vista correctos y los consejos sensatos pueden perder su efecto si son expresados por hombres que son partidarios egoístas o polémicos sin escrúpulos. No te jactes, ni mientas contra la verdad: Todos aquellos que muestran celos amargos y contención no deberían de engañar a nadie, especialmente a sí mismos, sobre lo “sabios” que son. Ellos muestran una sabiduría que es terrenal, animal, y diabólica. Su “sabiduría” es característica del mundo, la carne y la maldad, y no de Dios. Esta sabiduría a la que Santiago se refería no era realmente sabiduría en absoluto. Es la sabiduría de los aspirantes a maestros, cuyas vidas contradicen dichas afirmaciones. Tal sabiduría evalúa todo según los estándares mundanos y hace del beneficio personal la meta más importante de la vida.

Alguien se tomó el trabajo de definir cada uno de estos términos utilizados por Santiago: Terrenal es tener la vista solamente en esta vida. Animal, es tener por objeto la gratificación de las pasiones y las propensiones animales. Y Diabólica, obviamente que se trata de una inspiración satánica efectuada por demonios y mantenida en el alma por su influencia residente en el interior. Casi en el principio de su carta, Santiago advierte que no piense, aquel que haga cualquiera de estas cosas, que recibirá algo del Señor. Si te digo que hoy mismo hay mucha gente que lo sigue haciendo y piensa, efectivamente, que habrá de recibir maravillas de parte del cielo, ¿Me lo crees? De eso es de lo que Pablo habla cuando le dice a Timoteo que el Espíritu le dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios. ¿Soy claro?

(16) Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Este es el fruto de la sabiduría humana y terrenal. La sabiduría del mundo, de la carne y del infierno, puede ser capaz de lograr cosas, pero siempre con el fruto final de la confusión y toda obra perversa. No te vayas demasiado lejos. Presta atención a los matrimonios donde existen celos profundos, enconados y hasta violentos. ¿No los lleva todo eso a una alta perturbación no exenta de obras perversas? Esto no es palabrerío inconsistente, esto es verdad visible y palpable. A esto se refiere Pablo cuando les dice a los Gálatas que manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas, como ya os lo dijo antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

(17) Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Lo primero que se entiende, es que la sabiduría de Dios, también tiene frutos, no es sólo un canto a la divinidad. Además, el carácter de esta sabiduría es maravilloso. Está llena de amor y de un corazón de entrega, consistente con la santidad de Dios. Esta sabiduría es primeramente pura: La referencia no es a la pureza sexual, sino a la ausencia de cualquier actitud o motivo pecaminoso. Esta sabiduría es después pacífica: Esta es una de las grandes palabras de la descripción del carácter en el Nuevo Testamento. En la Septuaginta se usa mayormente para describir la disposición de Dios como Rey. Él es gentil y amable, aunque en realidad tiene todas las razones para ser severo y punitivo con los hombres en sus pecados. Esta sabiduría es amable: El hombre que es epieikes es el hombre que sabe cuándo es realmente incorrecto aplicar la estricta letra de la ley. Sabe perdonar cuando la estricta justicia le da el perfecto derecho de condena. Es imposible encontrar una palabra en español para traducir esta cualidad. Alguien la llamó dulce razonamiento, y es la capacidad de extender a otros la amable consideración que desearíamos recibir nosotros mismos.

Esta sabiduría también es benigna: Ni necia ni obstinada; de una disposición complaciente en todas las cosas; servil, dócil. Conciliador (solo aquí en Nuevo Testamento) es lo opuesto a rígido e inflexible. «Los eupitajes pueden ser fáciles de persuadir, no en el sentido de ser flexibles y débiles, sino en el sentido de no ser tercos y estar dispuestos a escuchar la razón y a apelar. La verdadera sabiduría no es rígida, sino que está dispuesta a escuchar y es hábil para saber cuándo ceder sabiamente. Esta sabiduría está llena de misericordia: No juzga a los demás estrictamente en base a la ley, sino que extiende una mano generosa llena de misericordia. Esta sabiduría sabe que la misma medida de misericordia que concedemos a los demás es la que Dios usará con nosotros. Esta sabiduría está llena de buenos frutos. Esta sabiduría se puede ver por los frutos que produce. No es solo el poder interior para pensar y hablar de las cosas de la manera correcta; está llena de buenos frutos. Es sin parcialidad: Sin parcialidad o sin juzgar; es decir, sin cuestionar curiosamente las faltas de los demás para encontrar materia y así censurarlos.

No tiene hipocresía: Sin pretender ser lo que no es, actuando siempre bajo su propio carácter, nunca detrás de una máscara. Buscando nada más que la gloria de Dios, y no usando otros medios para alcanzarla que sus propios preceptos. Estas dos últimas palabras (Sin parcialidad y sin hipocresía) descartan el hábito de usar el discurso para revelar y ocultar a medias la mente del orador, que tiene algo (como decimos) en el subconsciente todo el tiempo. Pablo se lo explica bastante bien a los Corintios cuando les dice que hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. O a los Romanos, cuando les demanda que el amor sea sin fingimiento y que aborrezcan lo malo y sigan lo bueno. Pedro, por su parte, también aporta lo suyo cuando dice que habiendo purificado nuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, nos amemos unos a otros entrañablemente, de corazón puro.

(18) Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz. Este fruto es como una semilla, ¿Entiendes? Lleva frutos mientras se muestra a aquellos que hacen la paz. El fruto de la justicia, o sea el fruto que producimos, y que de alguna manera es la justicia misma, o el que cosechamos si es que quieres tomarlo así, es la recompensa de la justicia, es decir, la vida eterna. Lo dice muy claro Jesús en Lucas, cuando expresa que hagamos frutos dignos de arrepentimiento, y no comencemos a decir dentro de nosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque yo les digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. O Pablo a los Romanos, consignándole que ahora que habían sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tengan por fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. O a los Filipenses, encargándoles que aprueben lo mejor, a fin de que sean sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

Lejos de ser algo teórico y especulativo, el concepto de sabiduría de Santiago es completamente práctico. Es la comprensión y la actitud que tiene a la verdadera espiritualidad como resultado. Ya supo decirlo Salomón con bastante claridad cuando expresó que el impío hace obra falsa; más el que siembra justicia tendrá galardón firme. Isaías también lo expresó a su modo, diciendo que el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Claro está que todo esto que hemos compartido hasta aquí, es casi teórico, lineal, bíblico, es cierto, pero pasible de ser puesto por obra o no conforme a los dictados del alma de cada uno de los hombres que tengan esa responsabilidad. Y cuando es el hombre el que asume responsabilidades de contenido divino, en los resultados puede suceder cualquier cosa. Creo que esto ha quedado sumamente claro y comprobado en el devenir de las historias distintas de lugares del mundo distintos.

Así es que, en el momento en que el hombre debe poner sobre la mesa todo lo que ha recibido en el ámbito espiritual, deberá evidenciarlo no solamente en su vida personal o privada, sino en todo lo que haga en beneficio o alcance general o público. Y una de esas tareas que, para mi gusto, todavía mantienen una asignatura pendiente, es la de administrar justicia. Hoy se habla de jueces, abogados, presiones, juicios, sentencias y todo lo que tú y yo sabemos o, al menos nos han contado a través de los medios de comunicación. Pregunto, en base a todo lo que sabes, ¿Se está viviendo en un mundo donde la justicia en general funciona correcta, sabia y verdaderamente justa? Yo tengo mi opinión, pero no te la h aré saber porque es opinión y, por tanto, no puede ser compartida como verdad suprema. Seguramente tú también tienes la tuya que, imagino, no debería estar demasiado alejada de la mía. Pero elijo no dedicarme a esos hombres del mundo secular que ostentan esos poderes y también esas responsabilidades, sino a los que dicen ser o son hijos del Dios Altísimo y tienen, aquí en la tierra, la tarea de impartir justicia.

¿Qué es la justicia? Linealmente, es la virtud de dar a cada uno lo que le corresponde, es decir, de organizar una sociedad según los principios de la honestidad, la equidad y la razón. ¿Existe todo eso en el mundo secular? No lo sé, pero sí me preocupa saber si existe en nuestro ámbito de creyentes genuinos. Se habla de justicia cuando se obra rectamente y conforme a la razón, o sea, cuando se tiene la voluntad de actuar objetivamente y teniendo en cuenta el bienestar común. La palabra en sí puede tener diferentes acepciones de acuerdo con el ámbito específico en el que se utilice. Por ejemplo: En lo moral, tiene que ver con vivir honestamente, de manera recta y honrada, comprometida con la verdad y con el bien. Pregunto: ¿Hay alguna diferencia con los postulados básicos del diseño de Dios para la vida humana? En absoluto. Esto es parte de un todo que lo amplía. La otra pregunta que surge, es: ¿Vemos que se cumpla, esto?

En derecho o jurisprudencia, se refiere al correcto cumplimiento de las leyes y a la diferenciación entre aquellas acciones deseables y aquellas reprobables en los individuos de la sociedad. ¿Cómo se supone que encaja todo esto con nuestra forma de vida o, mejor dicho, la que debería ser nuestra forma de vida? La religión, y no interesa de qué color porque cuando es religión todos los colores se unifican en el oscuro y sin brillo, habla de la justicia divina para referirse a los castigos que Dios ejerce sobre sus fieles cuando desobedecen sus mandamientos o contradicen el código moral que se enseña en su doctrina. Así es como ve el mundo secular a nuestros ambientes cristianos en relación con la justicia. ¿Son demasiado malintencionados y lo ven mucho peor de lo que realmente es? Puede ser, pero en algunos puntos, tengo la sensación de que no están demasiado lejos de la realidad. ¡Y estoy, hablando del mundo!

Justicia. Imagínate que, de cuatro obreros presentes en la construcción de un edificio, solamente dos trabajan a tiempo completo, mientras que los otros dos lo hacen a medio tiempo. Es obvio que la cantidad de esfuerzo realizado por los primeros será mayor y debería, por justicia, recibir mayor remuneración. Aquí la justicia estará en las manos de los ceos de la empresa constructora, que será la que decida como lo hace y en qué volumen. Cuando hablamos de justicia, hablamos de algo que se caracteriza por ser una virtud moral, por perseguir el bien común y un grado de igualdad ante la ley, que garantiza el orden y la paz en una sociedad y que cuenta con un fundamento cultural y un fundamento formal. Lo primero, se da a partir del consenso social, mientras que lo segundo, por lo establecido por las leyes de cada lugar del mundo, que no siempre son similares. Una justicia genuina no es nunca arbitraria y se la vincula siempre con los valores de la honradez, la equidad y la verdad.

Algo tengo claro y supongo que tú también: justicia es la distinción entre lo bueno y lo malo y la retribución legal acorde a cada caso. Eso, si se cumple con lo correcto y se castiga las acciones negativas y se recompensan las positivas. ¿Y si no es así? No es justicia, es corrupción de nivel magisterial. ¿Y si quien está encargado de ejecutar esa justicia es un creyente? Simple. Allí, además de corrupción, es pecado liso y llano. La pregunta que todos nos formulamos, es: ¿Esto existe? ¿Hay casos así? Obviamente que es imposible probarlo, al menos desde nuestra posición. Por lo tanto, si no existen pruebas concretas, ni siquiera podemos sugerirlo o darlo a entender como probable sin caer nosotros en alguna forma de delito. Pero en el caso que sí exista algo así, ¿Cuál sería la razón o la causa? Es un abanico de posibilidades. Desde la simple corruptela por dinero o poder, que es la más rudimentaria, pasando a alguna forma de trampa presionante por parte de ciertos poderes omnímodos. No te olvides que un magistrado, no es un extraterrestre ni un superdotado. Apenas es un ser humano con sus defectos, necesidades y, esencialmente, alguna forma de pasado que podría llegar a condicionarlo.

Sabiduría y justicia. Origen divino, ejecutividad humana. ¡Qué diferencia! ¿No es verdad? La sabiduría tiene un solo origen, el divino. Y la justicia, también. Sin embargo, esta última, en la tierra, presenta varios apellidos. Justicia cultural o histórica, es uno. Depende el lugar, depende qué se juzga y qué no se juzga, algo así. Justicia distributiva que es, a mi entender, la más escasa de todas. Solamente figura como fundamento teórico para ideologías afines, pero en la realidad, eso de distribuir equitativamente los bienes de un país entre todos sus habitantes, apenas es un sueño, rozando la fantasía y la quimera. Justicia procesal, que es la que más conocemos, ya que tiene que ver con los delitos comunes y su tratamiento. Justicia restaurativa, que me dicen que es la que busca subsanar o resarcir el daño0 causado por un tercero a un individuo en particular. Y luego viene la tan famosa, remanida y utilizada hasta el hartazgo por líneas ideológicas definidas: la Justicia social.

Es la que -aseguran-, busca la igualdad de oportunidades en una sociedad, de modo tal de reducir las desventajas con las que algunos ciudadanos vienen al mundo y construir una sociedad más equitativa. Busca, preponderantemente, -Y aquí viene lo ideológico-, evitar la concentración de saberes y riquezas en manos de unos pocos. En mi vida secular de periodista, estuve indagando, investigando y averiguando de un lado y del otro de este calificativo, ¿Y sabes qué? Sin dejar de reconocer la validez de los distintos argumentos, sean los de justicia de reclamo, como los de fundamentos de defensa, llegué a la conclusión de que, en el final de todo, apenas se trata de una entelequia, que por si no conoces el término, se trata de algo irreal que no puede existir en la realidad. Como no existía en los tiempos de Abraham, de Moisés e, incluso, en el del mismísimo Jesús. Pobres siempre tendréis. Él lo dijo, y por algo debe haberlo aclarado.

Eso, en un análisis somero, interesado y con alta empatía por aquellos que de verdad sufren carencias, podría considerar se como injusticia, la contracara de la justicia. La gran pregunta que como hijos de Dios nos formulamos, es: ¿Lo es? Desde lo natural, indudablemente que si. Desde lo político o ideológico, supuestamente también. Pero ¿Y desde lo espiritual? Lo lamento, pero no tengo una respuesta contundente o concreta. No, al menos, en el cierre de este trabajo. Aunque sí tengo certeza que la tendré, si el Señor me permite escudriñar con mucho cuidado y prolijidad sentimental todo lo que Jesús hizo y dijo al respecto. Comenzando por buscar revelación divina para ver qué es lo que quiso decir cuando expresó lo dicho anteriormente, respecto a que pobres siempre tendríamos con nosotros.

Es verdad que la gente con carencia de dinero era la que más lo seguía a Jesús, pero no cuesta demasiado trabajo mental darnos cuenta que, en su gran mayoría, no lo hacía por razones espirituales, sino por necesidades materiales que, suponían, Jesús podía resolverles milagrosamente. Me pregunto si hoy, en este pleno siglo veintiuno, en muchos lugares del planeta no está sucediendo algo similar. Y allí es donde nos encontramos de narices con un diseño divino que no tiene nada que ver con lo que nos ha vendido la religión cristiana en su conjunto. Jesús no vino a ayudar a los pobres de dinero, a pelear por sus derechos o a darles de comer cada día. Él vino a mostrarles un Reino que, simplemente crucificando nuestra carne como Él crucificó la suya, nos admite como miembros distinguidos, tengamos la condición social terrenal que tengamos y nos convierte en gobernadores. Sólo se atrevió a asegurar que era más fácil que a eso lo decidiera un pobre que un rico, pero no por una cuestión espiritual, sino carnal. Hoy sigue habiendo pobres de dinero, pero mucho más de espíritu. Y es a ellos a quien debemos traer a Cristo.

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diciembre 21, 2025 Néstor Martínez