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Mirando Sólo Hacia Adelante

(Salmo 103: 1) = Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.

(2) Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.

(3) Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; (4) el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; (5) el que sacia de bien tu bica de modo que te rejuvenezcas como el águila.

Este es uno de los pasajes, quizás, más sencillos, pero que expresa con rigurosa exactitud las razones por las cuales nosotros debemos alabar a Dios. Debemos alabarlo por lo que Él ha hecho en nuestras vidas y por lo que sigue haciendo continuamente en nosotros.

A veces dejamos de ver los milagros que nos acontecen, por darle prioridad en nuestra consideración a ciertos problemas que tenemos. Por eso quiero, en este inicio, revisar algunos versículos de estos cinco que hemos leído de este salmo.

Siempre me ha impresionado, y no debo ser el único, al comprobar cómo David le habla a su alma. Y esto tiene que ver con que nuestra alma no le gusta mucho alabar a alguien que no sea ella (O él) mismo. Nuestra alma siempre busca alabarse a sí misma.

Hay un poder en la palabra que tú dices, no hablo de la palabra escrita. Las cosas que tú dices, son más poderosas de lo que tú crees. Entonces, cuando tú a veces declaras derrota, la derrota es evidente y se hace visible en tu vida, y lo mismo ocurre cuando declaras victoria.

Por eso, una de las cosas que tenemos que hacer cuando venimos al Señor, es aprender a hablar. Porque la manera de hablar que teníamos antes, giraba en torno a la tristeza, al temor, a lo que hemos escuchado desde niños, a lo que somos o no somos, o hacemos o no hacemos.

Pero llega un momento en que nosotros debemos escuchar lo que Dios dice de nosotros, no lo que dice tu esposa o tu esposo, tu hija o tu hijo. Y eso empieza a provocar un cambio en la manera de hablar. Dejamos de hablar en condicional.

Hay mucha gente que dice, por ejemplo, “Yo sé que Dios puede hacer tal cosa”. Esa es una manera muy carente de fe de decir las cosas. Lo correcto es decir: “yo sé que Dios va hacer tal cosa”. Entonces empezamos a cambiar las condicionales, los absolutos, los siempres y los nuncas.

¿Por qué? Porque son irreales y nos destruyen. Tú siempre haces esto, tú nunca me escuchas. No es verdad, muchas veces lo hemos hecho, pero no siempre. Y empezamos a cambiar. El primer paso para que nuestra mente cambie, es que nuestro vocabulario cambie.

Ahora, ¿Por qué puede darse ese cambio? Muy simple, porque Jesús dijo que de la abundancia del corazón, habla la boca. Y si Jesús cambió tu corazón, lo más lógico y natural es que también cambie tu vocabulario. Porque si es de la abundancia del corazón habla la boca, lo más lógico es que tu vocabulario cambie porque al entrar en tu vida, lo primero que Jesús hizo fue cambiar tu corazón.

Por eso es que el cambio en el hombre de Dios no empieza en la mente, empieza en el corazón. Eso provoca que su vocabulario comience a cambiar y, al hablar cosas nuevas, su mente empieza a cambiar, también. Ese es el proceso. Paso 1: corazón.- Paso 2: boca.- Paso 3: mente.

Y no creas que lo que te di es un invento de los tantos que los ministros realizan para entretener a sus audiencias con ingredientes que se suman a sus mensajes para que no resulten pesados o aburridos, no. Lo que termino de darte, es absolutamente bíblico. Porque de la abundancia del corazón, habla la boca.

Cuando una persona se enamora, primero pasa todo por el corazón. Pero luego empieza a decir cosas románticas, empalagosas y hasta ridículas para los que miran desde afuera. Y luego la persona se mete tanto lo que dice en su mente, que termina no pudiendo vivir sin eso.

Lo que Dios quiere de nosotros, es que se produzca ese cambio. Que nosotros, al llegar al Señor, no solamente cambie nuestro corazón. Porque es mucha la gente que tiene buen corazón, pero vive mal. Mucha gente tiene un buen corazón, pero hiere con sus palabras.

Mucha gente tiene un nuevo corazón, pero vive ligado al pasado, vive ligado a lo que sufrió, a la decepción, a la tristeza. Entonces, tiene que haber un cambio. Y ese cambio se produce, cuando yo empiezo a declarar cosas nuevas.

Él dice que nos renovemos, así que nosotros debemos renovar nuestra boca y nuestro vocabulario. No sé a cuántos de ustedes les gustará aprender palabras nuevas, pero es interesante. Cuando estamos leyendo y encontramos una palabra rara, y luego la vemos en el diccionario, es lindo memorizarla, porque es una palabra nueva al bagaje que ya teníamos.

También esto es verdad. No sé a cuántos les gustará aprender palabras nuevas, pero es más que interesante. Por ahí estamos leyendo y encontramos una palabra rara, y luego la vemos en el diccionario, y es lindo memorizarla porque es una palabra nueva que llega a incorporarse al bagaje que ya tenemos.

Es mucha la gente, (Y tengo que decir que lamentablemente los latinoamericanos estamos al frente en las estadísticas), que se queda con un vocabulario muy limitado y que, en muchos casos, no supera al que maneja un niño de doce o trece años.

Y no es porque no puedan o no se les posibilite, es por propia decisión. Y es muy triste, porque por ahí ves a un profesional importante en lo suyo dar una conferencia o entrevista en la televisión y su lenguaje expresivo es muy pobre y limitado.

Yo soy periodista, pero además también soy locutor de radio. Y cuando me ha tocado dar charlas o conferencias respecto a mis trabajos, siempre he enseñado a los más jóvenes que el punto esencial para un buen vocabulario es la lectura. Mientras más lees, mejor te expresas.

Sin embargo, todo eso tiene que ver con que no renueva su vocabulario. Y eso tiene que ver con uno de nuestros sentidos físicos: el oído. ¿Tú sabes lo que es el oído? Ejemplo: un bebé de veinticuatro semanas, ya puede escuchar muy bien.

No sucede lo mismo con la vista, ya que pasa mucho tiempo hasta que un niñito empieza a ver con claridad. Aparentemente, cuando nacen y hasta un cierto tiempo ven borroso, por eso les cuesta fijar su mirada en las cosas o las personas.

Por eso, lo que los hace reconocer a su mamá, es el oído. Lo primero es su voz, porque la ha venido escuchando por varios meses, incluso desde dentro del vientre. Y la Palabra noes muestra que Dios nos habló antes de nacer.

Y cuando tú entiendes que todo lo que Él hizo lo hizo con su palabra, cosa muy preciosa es entender que Él puede, hoy, seguir cambiando vidas mediante su palabra. Entonces dice: Bendice alma mía a Jehová y bendiga todo mi ser su santo nombre.

La palabra bendecir, en hebreo, es barak. Y bendecir, créeme, es algo que nosotros no usamos mucho. En la cultura occidental, lamentablemente, no parece estar muy claro el concepto de bendición. Es penoso, pero esa es una herencia del paganismo en el que América creció.

Yo recuerdo que de niño, algunas familias, (No la mía, lamentablemente) solía darles la bendición a sus hijos cada vez que ellos partían de viaje o salían a hacer algún trabajo peligroso o importante. Y estoy hablando de personas ligadas fuertemente al catolicismo romano, religión oficial en mi país por entonces.

Pero la pregunta, es: ¿Qué cosa es bendecir, básicamente? Bendecir es desear algo extraordinario, algo bueno sobre la vida de alguien, aunque no confiando en las habilidades de esa persona, sino en el poder de Dios sobre su vida.

La bendición, entonces, no es un acto mental, es algo que se dice, es algo que se escucha. Entonces, cuando tú estás en sintonía con nuestro Dios, tú tienes que bendecirlo con tu boca, porque si sólo lo haces con tu mente, eso no sirve.

Dice en este mismo verso alaba alma mía al Señor, y alabe todo mi ser su santo nombre. Y es por eso que al alabar no es lo mejor estar con las manos en los bolsillos, tampoco masticando chicles, sentados. Porque dice alabe todo mi ser su santo nombre. Todo mi ser.

Yo siempre cuando hablamos de alabanza y como buen argentino que soy por nacimiento carnal, apelo al ejemplo de un partido de fútbol. ¿Has visto cómo se pone eufórica la gente que va a alentar a su equipo y que aquí se le llama “la hinchada”?

Esa gente no mira un partido, lo vive. Salta, grita, se enoja con los rivales, se enoja (Y también insulta bien feo) al árbitro, canta, disfruta los goles propios y sufre horrores los ajenos. Si pudiera bajar de las gradas e ir a impedir una jugada complicada en contra o definir una a favor, lo haría.

Lo cierto es que esa gente vive el partido, es un apasionado de lo que ha ido a ver. Esa persona no se contiene ni se reprime nada. ¿Tú crees que si alguien lo chistara en el momento de un gol a favor y le dijera: “sí, es gol nuestro, pero no hagas ruido”, él obedecería?

¡Qué va! ¡Si es gol lo va a gritar hasta que lo escuchen en la Antártida o las mismísimas Islas Malvinas! Porque tiene pasión de lo que está viviendo. No fue a la cancha a pasar el rato o a bostezar de puro aburrido. He sido periodista deportivo en fútbol y nunca vi a alguien aburrirse en una cancha, así el partido fuera horrible. El público es pura pasión. Y a veces, exageradamente enfermiza.

Y no se limita a un día de partido y dentro de un estadio. En el resto de la semana, los hinchas de los equipos más importantes tienen acaloradas discusiones en sus trabajos, escuelas o donde sea por causa de lo que ocurrió o no ocurrió el domingo en la cancha. Es que cuando algo nos entusiasma, somos así, nos pasamos todo el tiempo hablando de eso.

Si ganamos andamos mostrándoles a todos nuestros amigos las fotos o videos del triunfo. Si perdemos ni asomamos ni la nariz a la calle. Y lo mismo sucede cuando alguien nos regala algo que nos gusta, se lo mostramos a todos los que quieran verlo.

¿Hermoso, no es cierto? Bueno, eso es lo que tiene que ver con la alabanza, cuando nosotros venimos al Señor, dice aquí, tenemos que alabarle con todo nuestro ser. Alabe todo mi ser su santo nombre. Y eso no significa que tú vayas y te pares por allá, en un rinconcito alejado. ¡No! Alaba con todo tu ser.

Yo he oído en muchos sitios en los que he estado en medio de una buena alabanza, decir a gente “¡Te alabo, Dios!” Y no está mal, eso; no lo está. Pero a mí me gustaría que recordaras lo del fútbol y te atrevieras a alabar de verdad al Dios de todo poder.

¿O escucharemos en una cancha a miles de personas decir a media voz: “Te alabo, Boca Juniors, o River Plate”? ¡Jamás oirás algo así en un estadio!  Allí, la alabanza del equipo del cual eres simpatizante, es alabanza en serio, a todo pulmón y sin reprimirte nada.

Yo recuerdo que en una iglesia a la que asistíamos, muy ortodoxa y conservadora ella, había un excelente coro de hombres formado por los hermanos mayores, los más antiguos. Y cantaban una canción que se titulaba y decía en su letra: “Quiero levantar mis manos…”

¡¡Y ellos cantaban eso con las suyas caídas a los lados o en los bolsillos!! Escucha; nadie va a obligarte a hacer lo que no quieras, eso es horrible. Pero si vas a cantar que levantas tus manos, hazlo. Y si no se te da la gana de hacerlo, pues entonces anula la estrofa y canta lo que sigue. Pero no seas hipócrita.

El caso es que este verso dice alaba alma mía al Señor, y aquí nos dice algunas cosas por las cuales nosotros podemos alabar. Porque luego dice: Y no olvides ninguno de sus beneficios. A ver, hagamos un ejercicio a distancia: piensa en tres beneficios que el Señor te haya dado en estos días.

Y no tienes que ser demasiado místico, puedes pensar en asuntos mucho más simples, cotidianos, de todos los días. Como protege a tu familia, como cuida de tus posesiones, de tu trabajo, de tu casa, de tu tierra. Cómo te sustenta y sostiene en el día malo. Beneficios que no siempre agradecemos.

Entonces, cuando tú recuerdas los beneficios del Señor, ¿Sabes qué haces? Agradeces. Y en este salmo que escribió David, él menciona algunas cosas interesantes. Dice: Él perdona todos tus pecados, y sana todas tus dolencias.

Sería interesante revisar ese verso en otras versiones, ¿Por qué? Porque en la palabra original, dice: Él es quien perdona tus iniquidades. ¿Y sabes qué? A mí me gusta y me cierra mucho más la palabra iniquidades que pecados.

¿Por qué? Porque iniquidad, es más grande que pecado. Tú ya conoces eso y sabes por qué digo lo que digo. Pero no se detiene allí. Dice: Él es quien perdona tus iniquidades, y quien sana todas tus dolencias. O todas tus enfermedades-

La palabra literal, traducida, aquí es dolores. Es quien sana todos tus dolores, ligados al cuerpo. Y es interesante que hable de iniquidades y, al mismo tiempo, también hable de dolencias, en el mismo versículo. Piensa, sólo piensa un momento.

Si Él te dice que perdona todas tus iniquidades y que sana todas tus dolencias, ¿No será porque hay una relación estrecha entre la iniquidad y las dolencias físicas? Exacto. De hecho, muchas enfermedades, son producto de la iniquidad.

¿Y qué es la iniquidad? Es la herencia de nuestros padres. Es la herencia que hemos recibido de nuestros padres. Ahora bien; tengo que decirte, sin embargo, que la iniquidad no es algo terrible o tan ofensivo a Dios, o una clase de pecados de esos casi inconfesables.

¡No! A veces son cosas muy pequeñas. Por ejemplo, uno de los clásicos detalles de la iniquidad, es enseñarnos a confiar más en las medicinas que en Dios. Y es algo que la mayoría de los cristianos alguna vez hemos hecho, sin darnos cuenta que estamos ofendiendo al Señor.

¿Por qué? Porque teniendo a disposición esa tremenda fuente de sanidad que es Dios, igualmente tomamos la decisión de confiar más en un médico. Le tenemos más confianza a una aspirina que a una oración de sanidad. Si le tuviéramos a esa oración la misma fe que le tenemos a la aspirina, todo estaría resuelto. Oraríamos y diríamos: ya está, ahora se va a pasar.

Entonces, una familia puede estar creando iniquidad para la siguiente generación, haciendo simplemente que ellos confíen más en la medicina del hombre que en el poder de Dios. Por eso te digo que iniquidad no es necesariamente un pecado de esos horribles. A veces, es sencillamente nuestra manera de pensar.

Entonces, ¿Qué pasa con el niño que hoy es niño pero que mañana será hombre, cuando le duele algo decida tomarse una pastilla en lugar de orar pidiendo sanidad? Pero si de niño hubiera aprendido que el padre, antes de darle ningún medicamento le decía: “Un momento, voy a orar por ese malestar que tienes, y recién si no pasa nada vamos a pensar en la pastilla”.

¿Y eso es iniquidad? ¡Claro que es iniquidad! La iniquidad está muy ligada a actuar en una dirección sin pensarlo. O sea: ya está en tus genes. Reaccionas así. Entonces tú dices: “¡Ah, no! Yo me enojo fácilmente, o yo me entristezco fácilmente, yo no perdono”.

Esas cosas que agarramos de nuestras generaciones pasadas. Eso es iniquidad. Y dice acá, nos lo está queriendo mostrar el versículo, que muchas dolencias físicas, tienen que ver con iniquidad. Dice: El perdona todos tus pecados, y sana todas tus dolencias.

Ahora veamos: ¿Cuántos de ustedes pueden creer que Dios perdona todos sus pecados? Supongo que una enorme mayoría. Amén. Y si es así, y está bien que lo sea: ¿Me quieres explicar por qué motivo, razón o argumento coherente no crees lo mismo respecto a tu sanidad?

En el verso 4, dice: El rescata tu vida del hoyo. Ya sé, tú puedes decir que en el lugar donde vives las calles están bien cuidadas y no hay muchos hoyos, así que no sabes qué tiene que ver eso. ¿Qué cosa puede ser que rescate mi vida del hoyo?

Te voy a explicar. La palabra literal, aquí, no es hoyo; es destrucción. Termina diciendo que Él rescata tu vida de la destrucción. Otra traducción dice: rescata tu vida del sepulcro. De la tumba, de la fosa. La palabra literal es una palabra hebrea que es shahak, que significa trampa, Pozo, abismo, destrucción, corrupción, foso, hoyo, mazmorra, sepulcro, sepultura.

Él rescata tu vida de la destrucción. Qué bueno es saber eso. No es que solamente evita que te metas en un hueco. No obstante, cuando hablamos de destrucción, todavía hay una imagen que es difícil de imaginar. ¿Destrucción? ¿De qué me estás hablando?

Vamos a poner la traducción Reina Valera: pozo. Imagínense ustedes un pozo como de agua, de no más de un metro y algo de diámetro, y ustedes están dentro del pozo. Comprendan algo; cuando están dentro de un pozo, normalmente, uno no puede salir de allí por su propia fuerza.

Muchas veces el pozo al que aquí se hace referencia, es una situación en tu vida en la que tú no ves solución ni salida alguna. No ves ni por donde ir y. mucho menos, por dónde salir. En un pozo hay oscuridad, y esto otorga mayor cantidad de tiniebla.

Ese pozo es el momento en el que tú empiezas a pensar qué va a ocurrir contigo, qué va a ser de tu vida, no sabes hacia dónde vas, no ves absolutamente nada. ¿Te pasó alguna vez esto? ¿No? ¡Gloria a Dios, bienaventurado eres!  ¿No será que sí te pasó y ni cuenta te diste?

Hay muchos que a sus pozos los adornan para que luzcan más bonitos y se hacen a la idea de tener que vivir siempre allí. Es esa gente que suele decir: “Ah, no; yo prefiero no arriesgarme, yo me quedo aquí. ¿Para qué vamos a cambiar si así nadie nos molesta?”

Sin embargo, en casi todos los casos, los pozos son trampas, en las cuales caemos por alguna situación. Ahora bien; la palabra dice aquí que Él es quien rescata tu vida del pozo. Eso es muy importante. Eso quiere decir que aquí no estamos hablando de destructor, ni tienes que pensar en la versión apocalíptica de tu destino.

Simplemente, en lo que tienes que pensar es que el riesgo está en tomar alguna decisión equivocada, que es lo que normalmente lleva a mucha gente a un pozo. Dios quiere sacarte de cualquier pozo en el que te encuentres.

Y eso va de la mano con lo que dice en el verso 5. En un momento vuelvo al verso 4, pero el 5 dice: Él colma de bienes tu vida, y te rejuvenece como a las águilas. ¿Algunos de ustedes han visto alguna vez a un águila de cerca? Y vi alguna vez, alguna. Impresionante animal.

Sin embargo, déjame que te cuente un par de cosas respecto a ellas. En principio, el águila es el animal que vive más años. Vive, más o menos promedio, setenta años. Imagínate, vive en promedio casi como las personas. Es un ave mayor que vive cerca de setenta años.

Setenta años. Pero más menos tiene una crisis, la crisis de los cuarenta. No te rías, de verdad que el águila tiene una crisis un tanto especial a los cuarenta años. Te cuento. ¿Alguien sabe qué es lo que el águila utiliza para cazar? ¿Cómo mata el águila? Con potente golpe de sus garras.

El águila baja de las tremendas alturas donde vive y vuela a gran velocidad. Tiene una vista prodigiosa. Se estima que puede ver una pequeña moneda a diez kilómetros de altura aun cuando esa moneda esté entre el pasto de la tierra.

Y se lanza sobre su presa a esa velocidad y, cuando llega a ella, le da un tremendo golpe con sus garras y hasta allí llegó la vida de la presa. Es una muerte súbita. Sin embargo, más o menos a sus cuarenta años, le pasa algo: sus garras se vuelven muy flexibles.

Pierde la fuerza en sus garras. Y esas garras que eran como hierros puntiagudos, ahora están fláccidos y sin posibilidad alguna de servir de arma de ataque. Y lo mismo le ocurre a su pico. Ella con el pico desgarra todo lo que toca, pero en ese momento apenas se queda con un pico decorativo.

Y además de volverse flexible, también, su pico pierde el filo agudo de su punta, y comienza a doblársele hacia abajo, hacia su pecho. Tan así es que, para morder a una presa tiene que abrir la boca bien grande, porque se le dobla hacia abajo.

Y también pasa algo con sus plumas; envejecen mucho y se vuelven pesadas y gruesas. Entonces, cada vez que quiere levantar vuelo, tiene que hacer más esfuerzo. Es como intentar nadar en un río torrentoso arrojándote con un pesado abrigo de piel y botas de invierno.

Entonces esta águila tiene dos alternativas. Una es resignarse a su condición, sabiendo que cada vez va a poder cazar menos, y que como consecuencia también cada vez va a poder comer menos y que, por lo tanto, obvia y lógicamente terminará muriendo.

Y lo otro es enfrentarse a un tratamiento que dura ciento cincuenta días. Ese es el más duro, es el más difícil, pero es la elección que hace un águila: o se muere, estira la pata, o decide pasar por un proceso de restauración.

Entonces, si decide sanarse, ella se va a un risco, un nido grande (Y cuando digo grande estoy hablando de más o menos de cinco a seis metros de diámetro), y allí va a enfrentar un proceso muy doloroso por espacio de ciento cincuenta días. ¡Cinco meses!

En esos días no va a poder comer casi nada; tal vez un poco de miel, lo único. Lo primero que hace es irse a un lugar alto, a un risco. Y una vez que llega allí, comienza a golpear su pico contra la pared, contra la roca, hasta que literalmente se lo saca. Se saca el pico. Lo pierde.

Lo descarna, le quita todo lo que lo sujeta, y se queda sin pico. Después, lo mismo hace con las garras. Golpeándolas, se va desprendiendo una a una las garras que tiene. Incluida la del talón, que por su posición es la más complicada de desprender. Pero también lo hace.

¡Pequeño dolor!, ¿Verdad? Imagínate la situación del pobre animal. Más o menos cinco meses después, el pico le ha crecido de nuevo, pero durante ese tiempo casi no ha podido comer nada. Una vez que ya ha comenzado a salir el nuevo pico, ella comienza a quitarse todas las plumas viejas, y esperan que les salgan plumas nuevas.

Y eso, aunque te cueste creerlo, les da treinta años más de vida. Esto se pudo comprobar no hace muchos años, ya que antes nadie había filmado águilas en este proceso. Es que viven en lugares tan inaccesibles que el que quiera filmarlas tiene que ser una mezcla de alpinista y paracaidista.

Sin embargo, lo más interesante del asunto es que la Biblia ya hablaba de esto. Porque aquí dice: Él hace que te rejuvenezcas como las águilas. Impresionante, ¿Verdad? Nota dos cosas. El águila escoge, decide: si quiere ya morir o si quiere vivir treinta años más.

Y la ventaja de los pozos es que, precisamente, quedamos en una condición en la que necesariamente debemos tomar una decisión. El rejuvenecimiento del que nos habla la Biblia, no viene porque tú digas: “ah, Señor, yo voy a quedarme en tu presencia”, no.

Es un acto doloroso. Ahora bien, en la parte práctica, y partiendo de la base que hayas entendido el ejemplo que te acabo de dar de las águilas, muy bonito, aplausos al predicador, pero: ¿Cómo aplico eso yo para mi vida?

Mira; se aplica de la siguiente manera. Muchas veces tenemos que despojarnos de las cosas viejas que nosotros estamos llevando casi como una pesada carga. Es la única manera de quedar aptos para recibir las cosas nuevas.

Aún aquellas cosas que nosotros tenemos en consideración como principios verticales de nuestras vidas. Y te doy un ejemplo. Hay mucha gente que no cree que haya que hacer liberación, que cuando alguien recibe a Cristo ya está, Él se encarga de todo lo demás.

Y es en esos lugares donde lo que más se dice es que nos ocupemos de Dios, no del diablo. Ocúpate de entender lo que Dios ha hecho, no lo que el diablo ha hecho. Sin embargo, en un momento dado, muchos de estos entendieron que las cosas no eran tan así.

Que en efecto, hay una serie de poderes que actúan contra el creyente, y que necesariamente tenemos que aprender a vencerlos. Esa gente hizo caer, indudablemente, algo que era muy importante, un punto de fe. Y en esa medida, Dios también te da cosas nuevas.

Pero ahora imagínate a una persona que está en su trabajo. Y ya tiene muchos años en ese lugar. Pero resulta que esa persona no está hecha para ese trabajo. Entonces, la alternativa es: o terminas muriéndote haciendo eso toda tu vida, o tomas una decisión radical.

¿Pero de qué voy a vivir? Es normalmente la pregunta. Fíjate que es la misma pregunta que el águila se haría. ¿Cómo voy a vivir? ¿Cómo voy a poder comer? ¿Y quién se supone que se va a subir hasta ese lugar para ayudarla?

Y es lo que dice aquí la palabra del salmo: Él es el que te hace rejuvenecer como las águilas. Pero es un proceso voluntario, yo debo elegir quedarme como estoy o entrar en una etapa donde Dios puede restaurarme y puede darme cosas nuevas.

Y aquí es donde se define la cosa. Hay gente que acepta su condición y dice: “así soy, así moriré” Y hay otros que dicen: “No, yo creo que Dios puede hacer muchas cosas más en mi vida”. Pero eso significa, también, un proceso doloroso.

Escucha: alguna vez Dios te va a llevar a esa situación. Vas a tener que cambiar la página y voltear muchas cosas que tú considerabas que así iban a seguir para siempre en tu vida. Pero decides cambiar y enfrentar otra etapa de tu vida.

De hecho, hay gente que no puede con eso y se queda estacionado. Hay personas que tienen mucho trabajo y mucho dinero, y en un momento dado pierden todo por causa de su mala administración. En realidad, nunca pudo recuperarse.

Pero no se pudo recuperar no porque era el efecto de lo que había hecho, sino porque en su mente él nunca pudo aceptar que le había pasado eso. Cada vez que se daban las circunstancias, decía: “¿Cómo me pudo haber pasado eso?”

Y le pasó, nomás. Yo tenía, yo movía, yo hacía, yo podía. De acuerdo, pero hoy ya no tienes, no mueves, no haces ni puedes. ¿Y ahora cómo harás para vivir con eso? Hay personas así que jamás logran recuperarse.

Y se quedan repitiendo a quien quiera oírlo, a cada momento: ¿Cómo me pudo pasar eso? Pero hay otra gente que le pasa eso y se levanta. Se levanta desde cero y vuelve a tomar posiciones y vuelve a salir adelante. ¡Le pasa como a Job! Él terminó con el doble de cosas que tenía antes.

Yo no sé cuál será tu perspectiva respecto a lo que quieres en tu vida, pero tú vas a tener que tomar decisiones. Y este tipo de decisiones, son más que importantes. Gente que en un momento dado lo deja su esposa y su vida se derrumba.

Si es por abandono o divorcio, ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Vas a salir a perseguir a tu ex hasta que acceda a regresar contigo? Y si es por muerte, ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Vas a ponerte un luto externo e interno para toda la vida?

Lava tu cara, ponte ropa limpia o nueva y sal a la calle, y enfrenta toda la vida que tienes por delante. Así es, mujer sola, hombre solo. Tú eres mucho más que una pareja. Tú no tienes valor por tener alguien al lado, tú tienes valor porque Dios te ha dado valor.

Hay gente que no puede y se hunde; pero hay gente que sí puede. Esa decisión, no es de Dios. Es tu decisión. “¡Ay! ¡Yo le fallé al Señor!” – Sí, le fallaste, ¿Y ahora qué vas a hacer? Hay gente que no puede pero hay gente que sí puede.

Y se levanta y dice: “De acuerdo, yo le fallé al Señor, pero ya me arrepentí, ya pedí perdón, ya fui perdonado y redimido de todo. Dios es un Dios de oportunidades y siempre te posibilita volver a arrancar de cero. Voy a hacer lo mejor, voy a tratar de no equivocarme. Pero hay gente que dice “Y no…ya no…”

Y si no, fíjate en la crisis de los cuarenta. Escucha: no hay que tener cuarenta años para que te venga esa crisis. Es cuarenta por el águila, porque le pasa más o menos a los cuarenta años de edad, pero no es porque tú tengas cuarenta años.

En algún momento de nuestra vida, dejamos de escuchar tan claramente. Es interesante que así como el oído, es el primer sentido que desarrollamos, también es el primero que se suele perder. Por eso es que cuando una persona envejece, suele perder su capacidad auditiva gradualmente.

De allí que sería casi comprensible que una persona mayor que no accedió a Jesucristo, pueda caer en depresión o desazón por causa de su natural proceso de envejecimiento. Lo que de ninguna manera se entiende, es que haya jóvenes que caen en lo mismo.

Tú y yo conocemos a jóvenes que andan por la vida sencillamente derrumbados. Andan arrastrando los pies como al descuido, y no se dan cuenta que tienen toda una vida por delante. Que pueden elegir diez cosas para hacer y, en lugar de eso, nadan como si tuvieran tres hipotecas, dos hijos en Afganistán o qué sé yo.

Y ahí están, con una tremenda tristeza encima. Y uno los mira y se pregunta qué les pasa. Tienen veinticinco años, están en la mejor etapa de sus vidas, pueden subir a una montaña, pueden cruzar el estrecho de Magallanes nadando, nada se los impide.

Pueden darse el lujo de tomar una decisión equivocada, al día siguiente modifican y comienzan de cero como si nada y no tienen absolutamente ningún problema, ¿Por qué? ¡Porque son jóvenes y fuertes! Pero pueden ver hoy día a jovencitas de dieciocho o veinte años deprimidas.

Tanto que en este tiempo en los colegios están haciendo servicios psicológicos para las niñas, para las adolescentes, porque dicen que tienen las crisis de los catorce o quince años y andan con depresiones fabulosas. ¿Pero cómo puede ser?

Están llenas de vida y no muestran ningún problema físico que las perjudique. ¿Qué es lo que pasa, entonces? Es el espíritu de este tiempo. Se cultiva lo oscuro. Niñas de once o doce años que quieren vestir de negro. Las góticas y los góticos son el estándar.

Usan lápiz labiales negros. ¿Los has visto? ¡Lápiz labial negro! Una chiquilla de dieciséis bien bonita, con su rostro limpio de manchas, granitos o arrugas, impecable, ¡con los labios pintados de negro! ¿Qué les pasa?

Es el culto a lo oscuro. Y yo que pensaba que la imagen de Morticia era un dibujo ficticio de la serie de los Adams, pero ellas andan igualitas. Y en otros países mucho más que en el mío, seguro. Aquí todavía no vemos demasiado de eso.

¿Cuál es el mejor rostro de una jovencita de quince o dieciséis años? El rostro que no necesita maquillaje, no tiene arrugas ni imperfecciones que ocultar. Ese rostro brillante y hermoso de nacimiento. ¿Tan jovencitas y ya necesitan embardunarse con maquillaje? ¿De verdad lo necesitan?

Hay etapas para todo. Hay etapas en las que tú muestras tus fuerzas. Y por la mañana vas a la escuela, y por la tarde luego de almorzar te vas a jugar al fútbol, y luego quizás sales a correr con otros amigos, y si no te llaman a cenar y a dormir todavía estás corriendo. Todo tiene su tiempo.

Y reconocer perfectamente lo que nos corresponde vivir en cada tiempo, nos trae paz. Dime una cosa, mujer de quince años, ¿Qué necesitas en esta etapa de tu vida para verte bien? Quizás alguna crema humectante o un buen perfume, pero nada más.

Pero ustedes van a ver que no, y ese es el espíritu de rechazo en esta generación. No se gustan a sí mismos. Se miran a un espejo y dicen: “¡Qué horrible soy!” Y se ponen de todo, y la Barbie sigue siendo el estándar. Y no se dan cuenta que la Barbie es casi anoréxica.

Todo tiene su tiempo. Y lo peor es hacer cosas de otro tiempo en el tiempo incorrecto. Ya lo dice Eclesiastés, no lo inventé yo; hay un tiempo para todo y otro tiempo para lo otro. ¿Qué es vivir bien y disfrutar la vida? Hacer lo que me corresponde hacer en cada etapa de mi vida.

Estudiar en el tiempo que te toca estudiar, casarte en el tiempo que debes casarte, tener hijos en el tiempo que puedes tener hijos, Y así cada etapa. Disfrutar tus años, ya maduro haciendo las cosas que corresponden a un hombre maduro, que no es precisamente andar persiguiendo jovencitas como hay tantos, todavía, que se resisten a cumplir años. No le hace, créeme, los cumplen igual.

Hay gente que rompe los moles, es cierto, y yo los respeto, pero no son el estándar, de hecho. No hace mucho tiempo fue noticia una mujer de 83 años que cumplió con su antiguo sueño de arrojarse en paracaídas. Mi aplauso emocionado y mis respetos para ella, pero me temo que no está en edad para eso. Hay una edad para esa clase de disciplinas. Porque hay un cuerpo acorde a ella.

Todo tiene su tiempo. Y en Dios también, Dios nos entrega cosas en su tiempo, para que administremos esas cosas, y las hagamos efectivas. Cuando disfrutamos eso, es cuando podemos decir que estamos completos.

Por ejemplo: hay muchos cristianos que aman ser líderes en tiempos en donde todavía tienen que ser formados. Pero termina esa etapa y, si Dios te levanta para liderar algo, pues ve y hazlo. Entonces, no quiere seguir siendo dependiente, tú tienes que hacer que otras personas se levanten y tú le ayudas.

Es parte de un proceso. Dios es un Dios de tiempos y es un Dios de procesos. ¿Qué tienes que hacer para rejuvenecerte como el águila? Tienes que despojarte de cosas que te atan al pasado. Tienes que quebrar esas estructuras viejas.

Que los tiempos han cambiado, han cambiado. A esto es algo que lo va a decir cualquier persona de cualquier edad. Porque siempre será oriundo de un tiempo que ya ha pasado. Desde el teléfono a disco al celular última generación. Es como que te sientes de contra mano.

Todos los hijos de Dios, en algún momento de su o de sus tiempos, pierden la habilidad de escuchar a Dios como lo escuchaban antes. Debería ser al revés, ¿Entiendes? Pero no lo es. Hay cosas que se ven diferente.

Antes, para tomar una decisión, orabas, te levantabas muy temprano, hacías vigilias de noches enteras buscando respuestas. Pero al pasar los años es como que te vuelves más canchero, más hábil. Y entonces ya no oras igual, no buscas al Señor en la intimidad. Estás relajado, confiado. Y en ese proceso es donde más riesgos tienes de equivocarte.

Y muchas veces ocurre que te equivocas en las cosas más sencillas, más básicas. ¿Por qué? Porque no has tenido el mismo cuidado que tenías años atrás para tomar una decisión. Entonces, ¿Qué debes hacer? Acércate al Señor.

Y quítate de todas esas cosas viejas. Entra en un tiempo de renovación de tu mente. Dios se renueva cada día. Y más rápido que nuestra mente y nuestra manera de hablar. Y en ese proceso, deja que Dios te de cosas nuevas.

Ve al Señor y dile: entrégame las nuevas cosas que tienes para mí. Vuelve a levantarte temprano, toma tu Biblia y dile: “Señor, háblame, quiero volver a depender de ti. Necesito escucharte”. O sea: cosas que son básicas.

Verso 4: Él rescata tu vida del sepulcro, del pozo, del hueco, del destructor, y te cubre de amor y compasión. Él colma de bienes tu vida, y te rejuvenece como a las águilas. ¿Entendiste el proceso? Muchas veces Dios está en el proceso de rejuvenecernos.

Míralo de esta manera. Agarramos al águila y, sin decirle nada, le arrancamos el pico. Y luego las garras. Y eso hace Dios, a veces. Claro, después nos va a explicar lo que estuvo haciendo, claro. Pero en el momento en que te arranca el pico y la garras, tú reprendes a todos los demonios conocidos y por conocer y levantas tus ojos y le dices: “¡Señor! ¿Qué está pasando?”

¿Por qué me está pasando esto? ¿Por qué lo permites, Señor? ¡Señor, líbrame! – Y Dios te mira y te dice: Eso es lo que estoy haciendo, librándote. Y va y te arranca las plumas de un manotazo. Tú gritas y pataleas, pero lo que Él está haciendo es rejuvenecerte.

Está muy bueno eso, pero en el momento duele, y duele muchísimo. Es más: si pudieras escapar de ese proceso lo harías gustoso. ¿Pero qué está haciendo Dios? Te está poniendo en un proceso de rejuvenecimiento. Te quiere devolver la vitalidad, la fuerza. Quiere que tengas garras nuevas para que tomes la presa otra vez.

Y un pico fuerte para desgarrar a tu presa. Pero para llevarte a eso, madre mía. ¿Le duele al águila? Puedo asegurarte que sí. ¿Te va a doler a ti? Ni lo dudes. Pero el resultado son treinta años más de vitalidad, de fuerza, de claridad y de poder remontar alturas a las que ya no podías llegar.

Todos tenemos la posibilidad de elegir para dónde. ¿Para arriba o para abajo? Dios tiene que ayudarte, pero eres tú el que toma las decisiones. Pregunto: ¿Estás en un proceso así? ¿Te sientes maltratado por Dios? ¿Crees que el Señor estará haciendo eso contigo?

¿Crees que Él está tratando de quitarte todas esas esferas de vejez que tanto te estorbaban para seguir madurando y creciendo? ¿Lo ves así? Si lo ves así, entonces te pregunto: ¿qué se supone que deberías hacer?

En principio, sé dócil. Deja que el Señor haga su obra. Permite que Él termine su trabajo en ti. No grites, no pidas ayuda. Nadie te va a oír a esa altura. Esto es algo personal. ¿Estás aferrado a cosas del pasado? Despójate de eso. ¿Has perdido cosas? Entrégalas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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junio 1, 2015 Néstor Martínez