(Hebreos 13: 12) = Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.
(13) Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; (14) porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.
(15) Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.
Hay algunas cosas que por obvias, a veces parecemos no terminar de ver. Una de ellas, es que nuestros labios siempre producen fruto. Lo que luego habrá que ver, es la clase de fruto que producen. La otra cosa, es la que tiene que ver con el número siete.
Todos sabemos de una u otra manera, que el siete es el número de Dios. Nos lo han dicho y predicado muchas veces, aunque no siempre sabemos la razón. ¿Puedo decirte algo que quizás ignoras? En tu cabeza está el número siete.
Mira tu cabeza; en principio, vas a ver qué tienes siete orificios en ella. Siete agujeros en tu cabeza. Tres pares, que son: dos oídos, dos cornetes nasales y dos ojos. Pero también tienes un agujero individual y único, que es tu boca.
Es como si Dios hubiera dicho para sí mismo, que iba a crear un hombre con la intención de que escuchara, observara y oliera el doble de lo que hablara. Sin embargo, Dios nos ha dado una boca. Y como Dios es un Dios de propósitos, seguramente esa boca nos fue dada con un propósito, también.
Tengo la certeza de que nuestra boca nos ha sido dada con un propósito central: producir frutos. Frutos de labios. Y vamos a hablar de eso. Hemos leído un pasaje que nos muestra que Jesús murió fuera de la puerta.
Y quiero explicarte un poco este trasfondo histórico, para poder llegar a lo que me interesa ministrar en este trabajo. En los días de Moisés, cuando él subió al monte para recibir las tablas de la ley, él estuvo cuarenta días y cuarenta noches en el monte.
El pueblo dijo: ¿Qué pasó con Moisés? El que nos sacó de Egipto, parece que no viene nunca. Entonces ellos, liderados por Aarón, su hermano, hicieron un becerro de oro, ¿Recuerdas? Las mujeres trajeron sus aros, sus collares, sus zarcillos, y trajeron joyas, y dice que Aarón, el hermano de Moisés, que era el sumo sacerdote, tomó ese oro, lo fundió, e hizo un becerro de oro, una especie de toro, un ídolo.
Es decir que él hizo una imagen, y el pueblo comenzó a adorar esa imagen. Cuando Moisés bajó del monte, de lejos escuchó el ruido, el grito, el bullicio y los bailes; el pueblo se había pervertido en torno al becerro de oro. Ellos dijeron: estos son nuestros dioses que nos sacaron de Egipto.
Entones fue allí cuando Dios le habló a Moisés. Y será bueno que escuches esto, porque tiene mucha relación con este pasaje de Hebreos. Y Dios le dijo a Moisés: “El pueblo se ha pervertido, el pueblo se apartó de mí.”
Saca el tabernáculo, levántalo. El tabernáculo era la tienda, el lugar donde Dios moraba, el lugar de la adoración donde estaba el arca del pacto. Y le dijo: “Sácalo, y ponlo fuera del campamento”. Quiero que me vayas siguiendo.
“Saca esa tienda”, le dijo. El tabernáculo era el lugar donde oficiaban los sacerdotes. Tú ya sabes que tenía tres separaciones: el atrio, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. Y a toda esa carpa Dios le ordenó a Moisés que levantara de allí y la sacara fuera del campamento.
Lo que en realidad Dios estaba diciendo allí, era: “¡Retira mi presencia de allí! Porque si mi pueblo quiero adorar ese becerro de oro, ¿Para qué quiere mi tabernáculo?” Y ellos armaron el tabernáculo fuera, y dice la Biblia que Josué se fue a vivir dentro del tabernáculo.
Y cada israelita, cada hebreo que quería ir al tabernáculo, tenía que salir fura del campamento. Cuando tú entiendes esto, entiendes por qué Jesús murió fuera de la puerta. Es símbolo y tipología de morir fuera de un sistema religioso dominante.
Cuando Jesús estuvo aquí en la tierra, Él era el tabernáculo. Dice que Él era tabernáculo de Dios con los hombres. Él vino a un pueblo llamado judío, que fue cuna de cuatro religiones. Y cuando Jesús vino, dice que todo eso estaba muerto.
Ellos adoraban su sistema, adoraban su religión, adoraban su templo. Hasta los propios discípulos en un momento dado le dijeron al Señor que mirara las glorias del templo. Pero en realidad Dios no estaba allí. O sea que existe el peligro que tú tengas una vida religiosa de formas, de tradiciones, de costumbres, pero dios no está allí.
Tú puedes construir una enorme estructura o un enorme edificio para Dios, pero existe el riesgo de que Dios no esté allí. Porque Él no habita en templos hechos de manos de hombre. Él habita en nuestro corazón, en la alabanza de su pueblo. Así que la gente en los días de Jesús, cuando quería encontrarse con Dios, tenía que ir donde estaba Jesús.
Si Jesús estaba en el Jordán, la gente tenía que ir al Jordán para encontrarse con Jesús. Si Jesús estaba en Samaria, la gente que quería encontrarse con Dios, tenía que ir a Samaria, para encontrarse con Jesús.
Si Jesús estaba en Jerusalén, la gente tenía que venir a Jerusalén para encontrar a Jesús. Porque Jesús era el tabernáculo de Dios con nosotros. ¿Qué significa eso? Significa que al igual que en ese entonces Israel, hoy hay todo un sistema religioso imperante en el mundo.
¿Pero sabes dónde tienes que estar tú para encontrarte con Dios? Exacta y puntualmente donde está Jesús, hoy. Y no es lo que hace una gran cantidad de gente, que engañada por falsas religiones visitan santuarios y diversos puntos de cultos entre paganos y satánicos, como si fueran cristianos.
Porque hay mucha gente, asimismo, que se dice cristiana, que se dice evangélica, cuando lo único que hizo fue cambiar de religión, pero que nunca ha llegado ni cerca de conocer verdaderamente a Jesucristo. En todo caso, cambiaron vírgenes, santos y sacerdotes, por palmas, coritos y pastores.
Y no te creas que tengo ganas de hacerme el gracioso y por eso uso humor para entretenerte. Estoy diciendo algo bien real. ¿No iban antes a pedirle a esas vírgenes o santos que les solucionaran sus problemas? Sí, iban. ¿Y ahora? Ahora corren a pedirle al pastor que les ore por este o aquel problema. ¿No es demasiado parecido?
Ahora te pregunto: ¿Eres casado? ¿Eres casada? Si lo eres, seguramente has pasado por algo muy específico y singular, lo mismo que si estás de novio o de novia ahora mismo. Te has enamorado. ¿Y sabes lo que le sucede a las personas que se enamoran?
Les sucede que quedan impactados por la belleza o las virtudes de la otra persona y son incapaces de verle nada malo o negativo. Y te pasas todo el tiempo alabando a esa persona, a esa jovencita o a ese muchacho. Y no porque él o ella sean fuera de serie, sino porque tú estás enamorado o enamorada.
¿Sabes cuándo uno puede alabar a alguien? Cuando puede admirar su belleza; cuando puede admirar las cosas buenas que alguien tiene. ¿Cuántos de ustedes saben que Jesús es fantástico, maravilloso, bello y único? Por eso puedes alabarlo y adorarlo.
Y mientras más lo conoces, más lo alabas y lo adoras. Y eso que, dice Pablo, aún no conocemos como debemos conocer. Hay muchísimo más, todavía, que en los próximos años vas a conocer de Jesús. Y cada día o momento que pase, mientras más lo conozcas y tengas intimidad con Él, más vas a adorarlo.
Y con esta relación ocurre algo muy parecido a los matrimonios con algunos años de casados. A veces a uno de los cónyuges, o a ambos, se le olvida decirle al otro que lo ama. ¡Pero si ya lo sabe! Claro que lo sabe. Cristo también sabe que lo amas, pero le agrada mucho que se lo digas.
Y si pudieras escuchar su respuesta, oirías que dice que Él también te ama, y que tú ni siquiera te imaginas cuánto. Y que porque te ama es que está dispuesto a darte todas las peticiones de tu corazón, a concedértelas; no porque te lo merezcas, como muchas veces suponemos.
Lo que ocurre es que nosotros parecemos tener un pequeño campamento, adentro. Pero es necesario que salgamos de ese pequeño campamento, que son nuestras costumbres. Salir de nuestras formas y formalidades.
Decimos que como creyentes hemos madurado y crecido mucho en adoración y alabanza, ¿Verdad? Bueno, eso es cierto puntualmente si tú eres uno de los que adora a Dios por lo que es, lo alaba por lo que hace y no por lo que presumes que podría darte a ti. Lo primero es amor, lo segundo mercadería.
Porque, en todo caso, lo que él pueda estar dándote a ti, no lo está haciendo porque tú seas un fuera de serie o un híper santo; lo hace porque te ama, igual que me ama a mí y a ese vecino tuyo al que ni siquiera saludas porque es demasiado pobre, y…
Me pregunto si en medio de tus ínfulas públicas por todo lo que tienes, y aún con un discurso evangélico respecto a que tienes lo que tienes porque Dios ha prosperado tus esfuerzos, me pregunto qué podrías hacer si Dios te suspendiera el oxígeno que respiras por cinco minutos. Azul morado y a otra cosa.
Estoy hablando de sacrificio de alabanza. ¿Sabes lo que significa la palabra sacrificio? La palabra griega es gorban, y quiere decir “algo que se trae cerca”. Un sacrificio, algo que tú traes cerca. Es tu ofrenda. Y cuando tú traes tu ofrenda cerca de Dios, tú estableces en el mundo espiritual, una jurisdicción.
Deletreo: juris, (Que quiere decir ley) dicción, (Que significa establecer documentadamente) O sea que tú estableces una ley mediante la palabra. La alabanza rompe maldiciones. La alabanza trae la presencia de Dios. La alabanza establece la victoria cuando en lo natural no tienes nada qué celebrar.
Fruto de labios que confiesan su nombre. Fruto de labios. Yo quiero que leas conmigo. Vamos a relacionar este versículo con una palabra que Dios le dio a Pablo para Timoteo, discípulo de Pablo.
(1 Timoteo 6: 12) = Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.
Atención con esto. Dice en Hebreos que nuestro fruto de labios, es confesar. Aquí dice que la batalla de la fe la peleamos haciendo la buena confesión. Esto tiene que ver con tu boca. ¿Recuerdas los siete agujeros en la cabeza? Estamos hablando de la boca.
Y dice Hebreos que nosotros debemos presentar a Dios sacrificio de alabanza, fruto de labios que confiesan. Confesar. Esta palabra, confesar, en el mundo espiritual tiene un significado impresionante. La palabra confesar, en el griego, es la palabra homologeo.
Y su significado es: “diciendo lo mismo”. Y su significado e: “diciendo lo mismo”. ¿Y qué significa esto? Significa confesar la palabra de Dios, o sea: decir lo mismo que Dios dice. Alinear tus labios con la palabra de Dios. Hacer coincidir tus palabras, con la palabra de Dios.
Un ejemplo: estás en una dificultad económica; no sabes cómo vas a pagar mañana tus cuentas. Tienes dos cosas para hacer en lo inmediato: lamentarte porque no ves ninguna solución natural o lógica posible y se te viene la gran bancarrota, o confesar la palabra de Dios, o sea: decir lo mismo que Dios dice frente a una necesidad económica.
Confesar significa decir lo mismo que Dios dice frente a una situación puntual. Cuando tú tienes un problema económico, Dios espera frutos de labios. Que, por ejemplo, digas: “Mi Dios suplirá todo lo que falta, conforme a sus riquezas en gloria, en Cristo Jesús”.
¿Sabes qué pasa? Se nos tienen que convertir los labios. Tú no puedes decir que alabas al Señor cuando lo único que haces al respecto es cantar corito o himnos. Tú alabas al Señor de verdad, cuando en cada momento, en cada circunstancia contraria o negativa, puedes confesar que la victoria está cerca.
Suponte que tienes una crisis de algo muy específico en horas de la madrugada. Ahí no está ni el pastor que venga urgente a orarte, ni los músicos que te guíen a una hermosa canción de guerra. Ahí estás tú y tu crisis, solos en la madrugada. ¿Qué harás?
Ese es el momento en el que tú debes confesar la palabra de Dios, en medio de la adversidad. Ese es el momento Es allí cuando tú tienes que decirle al Señor que no eres ciego y estás viendo la cantidad y calidad de esa crisis, pero que su palabra dice que Él es Jehová tu sanador y tu liberador.
Eso sería confesión. Eso sería fruto de labios. Eso sería hacer coincidir lo que tú hablas con lo que Dios dice. Y ese es un sacrificio espiritual, cuando todas las circunstancias parecen estar en tu contra. Cuando parece que la catástrofe es inminente en tu vida.
Tú te puedes poner de pie en el poder del Espíritu, justo en el preciso momento en que estabas dispuesto a arrojar todo por la borda, mientras te quejas que no das más, que nadie te apoya y qué sé yo cuantas excusas más, todavía queda en tu espíritu una palabra que puedes soltar.
Una palabra que se plante y diga: “Señor, es verdad que todo parecería estar en mi contra, pero tu palabra dice que aunque un ejército acampe contra mí, yo estaré confiado. Aunque bramen las olas, y se traspasen los montes al mar, yo confiaré en Jehová.
Porque Él va delante de mí como poderoso gigante. Él adereza mesa delante de mí, en presencia de los angustiadores. Para eso es muy necesario que te aprendas la Biblia de memoria, no para rendir exámenes de supuestas materias importantes para enriquecer tu mente, pero no para tener victoria.
No te olvides que el mismísimo Jesús, en una pelea tremenda contra Satanás en persona, pudo derrotarlo diciéndole en varias ocasiones algo que es clave: escrito está. ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que le dijiste al diablo, “escrito está” ¿Se lo dijiste alguna vez?
No existe tal cosa como un cristiano analfabeto bíblico que tenga victoria plena. Y te digo algo; Efesios capítulo 6, cuando habla de la armadura de Dios, dice que la palabra de Dios, es la espada del Espíritu. ¿Cuál es la espada del Espíritu, entonces? La palabra de Dios.
Pero te está diciendo que la palabra de Dios, es una espada. ¿Y qué cosa es una espada? Es un elemento que penetra, que corta, que divide. Es un arma para aniquilar al enemigo. Ahora bien; se supone que tú tienes al Espíritu en tu interior. Estás lleno del Espíritu.
La pregunta que cabe, sin embargo, es: ¿Cómo va a operar ese Espíritu que está dentro tuyo, de adentro hacia afuera, si tú no le provees una espada para que lo haga? Cuando tú declaras la palabra, cuando tú presentas frutos de labios, cuando tú sueltas la palabra escritural, tú le estás proveyendo al Espíritu una espada tremenda.
¿De qué sirve que tú estés lleno del Espíritu, si ese Espíritu no cuenta con una espada para llevar a cabo el necesario ataque a las huestes del mal? Y ese es el problema de mucha gente, que están llenos del Espíritu, pero más que calladitos. Nunca sueltan una palabra de Dios.
Nunca sueltan una promesa de Dios. No deberás olvidarte que Jesús siempre le habló al diablo con la palabra de Dios. Escrito está. Y Pablo también habló la palabra. Y cuando tú sueltas la palabra, cuando puedes pronunciarla, cuando el resto no sabe par donde tomar, el Espíritu cuenta con una espada y créeme que la va a utilizar muy bien. Pero debes dársela tú.
Abre la boca, hermana. Abre la boca, hermano. Nosotros tenemos que hablar. Todo lo que Dios hace, fíjate, lo hace hablando. Dios creó el universo, hablando. Dios creó la luz, hablando. Dios separó las tinieblas de la luz, hablando. Dios te creó a ti, hablando.
Y Dios también edifica a la iglesia, hablando. Y nosotros somos hechos a imagen y semejanza de Dios. Así que no deben caber dudas que tú vas a construir tú futuro, hablando. El Salmo 119 dice: Lámpara es a mis pies, tu palabra. Y lumbrera a mi camino.
El problema es que es mucha la gente que piensa que la Biblia es como un desodorante espiritual, y que es bueno y conveniente llevarla debajo de tu axila. Entiende esto: la Biblia no tiene ningún poder como libro cerrado.
Yo recuerdo una vez haber visto a un ministro, a un predicador que visitaba la que era nuestra congregación, arrojar su Biblia al suelo y pararse encima. Cuatro viejos cabezones antiguos de la iglesia casi se infartaron. Pero él quiso demostrar que como objeto, la Biblia no tiene el menor valor.
¿Por qué lo hizo? Por lo mismo que yo te lo cuento hoy: para evitar adoración de imágenes. Para muchos cristianos evangélicos, la Biblia es una imagen de culto. No es de valor la Biblia como libro; el valor está en que contiene la palabra de Dios en sus páginas. Tu obligación es tocar esa palabra, no atesorar el libro.
Porque de otro modo estaríamos haciendo de ese libro, un becerro de oro. Yo he visto gente imponer al libro sobre la cabeza de la gente en lugar de sus manos. ¡El libro como objeto no tiene ningún poder, hermanos! Cuando la palabra está en tu boca y tú la sueltas en el poder del Espíritu, entonces sí tiene poder. Por eso es que Satanás ha hecho tantas cosas para que tú no aprendas la Biblia.
Una de las cosas que Babilonia hace en algunas de sus expresiones eclesiásticas y que considero positiva, es enseñar a memorizar versículos y capítulos. De hecho, no vayamos a suponer que eso determinará o no nuestra salvación, olvídalo. Pero sí nos dará un arma letal para, llegado el caso, sacar a relucir y atacar con todo al enemigo.
Uno de los problemas más serios que la mayoría de los cristianos congregados tiene, es la falta de Biblia. Y digo cristianos congregados, porque los que por algún motivo que sea volver al mundo han decidido no congregarse, han recurrido a la Biblia sí o sí como único sostén espiritual posible.
Y Pablo está diciendo aquí: pelea la buena batalla de la fe. ¿Sabes qué? Las batallas adquieren el nombre de aquello que está en juego. La guerra de Malvinas, para argentina, se llamó así porque lo que estaba en juego eran las Islas Malvinas, que el Reino Unido, adversario en esa ocasión, llama Falklands.
Pero no es la única. Tienes la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la guerra del Golfo. En todos los casos, lo que estaba en juego eran, precisamente, esos lugares sobre los cuales se combatía duro, feroz y sangriento.
Eso quiere decir, repito, que cada batalla adquiere el nombre de aquello que está en juego. Y acá Pablo dice que peleemos la buena batalla de la fe. ¿Sabes algo? A Satanás, tu enemigo, lo único que le interesa de ti, es tu fe. Tú fe es el único trofeo que el diablo procurará llevarse a su guarida.
A Satanás no le interesa tu casa, no le interesa tu auto, no le interesa tu gente. Ni siquiera le interesas tú, si vamos al caso. A él le interesa tu fe. Por eso Pablo también dice: he guardado la fe. Mucha gente dice: ¡El diablo me robó, me quitó el auto!
Nadie ha visto a Satanás andando en auto, alguna vez. Después viene otra y dice: ¡El diablo me quitó mi marido! Óyeme: no terminabas de aguantarlo tú y ahora me dices que ¿lo va a aguantar el diablo? Al diablo no le interesa tu marido, hermana.
Pero lo que sí le interesa a Satanás, es tu fe. Y si tú pierdes tu auto, una jovencita espectacular te sopla tu marido o alguien te estafa tu dinero, lo primero que pierdes es tu paz. Y un cristiano sin paz, si no pelea la buena batalla y la recupera, se va derechito a perder su fe. Y cuando un cristiano pierde su fe, es porque el diablo se la ha robado.
Por eso Pablo dice: pelea la buena batalla de la fe. ¿Y cómo se supone que se pelea la buena batalla de la fe? Haciendo la buena confesión delante de muchos testigos. Te digo algo: tú siempre vas a estar rodeado de gente incrédula.
En el trabajo, en la escuela, en la familia y, no te asombres, aún en la iglesia. Hay pastores que me han dicho que han visto más gente incrédula y una calidad de pecado altamente grosera en la iglesia que en el llamado mundo secular.
Porque son muchos los que cantan, gritan, baten palmas, danzan y saltan, pero cuando llega el momento de creer en serio, dudan. Los discípulos eran más incrédulos que cualquier otra persona, y estaban al lado de Jesús.
Es que hay una verdad inocultable que merece ser repetida hasta el cansancio: estar al lado de Jesús, no te hace Jesús. Judas estuvo al lado de Jesús, y mira cómo terminó. Estar al lado de un grande, note hace un grande. ¿Te acuerdas cuando enseñábamos que nacer en un garaje no te hace un automóvil?
El punto es este. En el momento en que nosotros necesitamos consumar una victoria, dice acá que la batalla se hace confesando. Porque la confesión, en este caso, es la palabra que tú estableces. Lo que a ti te va a consumar la victoria.
Dice la Biblia, -ya te lo dije- que el poder de la vida y la muerte están en la lengua. Porque todo lo que tú digas, en algún momento, será hecho. Hablar nunca es un acto inocente. Cuando tú diez algo, ese algo se realiza. Sea lo que nosotros consideramos como bueno, sea lo que estimamos como malo.
Porque hay poder en la confesión. Tú construyes realidades con tu confesión. Lámpara es a mis pies tu palabra; la palabra que tú confiesas. Y que quede claro que hablo de confesión en el sentido de declaración y decreto. Nada que ver con hombres escuchando los pecados de otros hombres.
Lo que digas, ilumina tu camino o lo oscurece. Porque cuando tú confiesas una palabra, es palabra es una luz que va iluminando tu camino. Convierte tus labios, hermano. Convierte tus labios, hermana. Tanto es así esto que mucho me temo que vas a tener que convertir hasta tu idioma.
De la manera que hablabas cuando estabas en el reino de las tinieblas, ya no puedes hablar dentro del Reino de la luz. Tú me entiendes. Y no se trata solamente de mal gusto o buen gusto, se trata de una fuente que fue creada para verter agua dulce, (tu boca) que no puede ni debe verter agua amarga.
(Mateo 10: 32) = A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.
(33) Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Una vez más, te digo: pelea la buena batalla de la fe, haciendo la confesión delante de muchos testigos. Porque dice el Señor: a cualquiera que me confiese delante de los hombres. ¿Qué significa eso? ¿Cuántos de ustedes saben que Jesús es el Verbo?
O sea: que Él es la palabra. Cuando tú confiesas la palabra delante de los incrédulos. Cuando todo el mundo se está quejando. Cuando todo el mundo está preocupado o asustado. Allí es donde tú te plantas firme sobre tus pies para confesar la palabra de Dios como única solución.
Caerán a tu lado mil, diez mil a tu diestra; más a ti no llegará. Y con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos. Cuando tú puedes declarar que Él nos protege. Cuando tú puedes declarar de este modo la palabra de Dios, tú estás confesando a Cristo delante de los hombres.
Cuando tú estés bendecido, y recuerda que bendición no tiene que ver necesariamente con más o menos dinero, sino que tiene que ver con lo que Dios va a hacer en tu vida, con lo que Dios trabaja dentro de ti, con lo que Dios proyecta dentro de tu vida, serás punto de observación de muchos.
Y cuando tú te paras para decir estoy bendecido con toda bendición en los lugares celestiales en Cristo Jesús; cuando tú puedes confesar la palabra delante de los hombres, dice: yo te confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Hay algo que cuando tú lo escudriñas en los originales, recibes un impacto de revelación en tu vida. Porque es la tierra lo que determina lo que va a pasar en el cielo. Tú puedes cerrar la llave del cielo o abrir la llave de la bendición.
Si tú confiesas la palabra de Dios delante de los hombres, dice: yo te confesaré delante de mi Padre. ¿Qué significa que nos confesará delante del Padre? Significa que Él le dirá al Padre: A mi hijo (Y aquí puedes poner tu nombre), recíbelo.
Él tiene la agenda del Padre. Jesús le maneja las visitas a su Padre. Nadie va al Padre si no es por mí, ha dicho. Y no ha exagerado nada. Por eso lo que Jesús dijo, pasado en limpio modelo-tierra, es: si tú me confiesas delante de los hombres, yo te consigo una entrevista personal con mi papá.
Y luego dice: Yo te aseguro que si mi Padre te recibe en su presencia, todo lo que le pidas, Él te lo dará. Una entrevista exclusiva y privada. No es que Dios no te conozca, claro está, pero hay un orden muy claro en la trinidad.
Entonces, Jesús le dice al Padre: mira Padre, allá, mi hijo (Otra vez puedes poner tu nombre), me está confesando delante de todos los hombres allá en (Y aquí puedes añadir el lugar donde habitas). Él siempre está hablando de mí, así que recíbelo sin problemas, es bieeen de los nuestros.
Y ahí tú entras en la presencia del Padre y Él te dice: ¿Qué es lo que necesitas, hijo? Es que…necesito esto, esto y aquello. – Bien; tómalas, aquí están; son tuyas. Porque es la gente de fe en este tercer milenio, la que va a conquistar al mundo.
Pero también dice que si tú lo niegas delante de los hombres… ¿Sabes qué es negar? Hablar como cualquier impío. Está todo mal, la cosa no va, no sé qué vamos a hacer, vaya a saber en qué va a terminar esto, nuestra vida es un desastre, ya no sé qué hacer, estoy confundido.
Si tú me niegas delante de los hombres, yo también te negaré delante de mi Padre. O sea: yo me encargaré personalmente, de que mi Padre nunca te reciba en su presencia. Y esa es la razón por la cual mucha gente puede pasar años en la iglesia, y no recibir respuestas de Dios.
Cuida tu boca, sé un adorador las veinticuatro horas del día. Había un hombre que estaba en una escalera, clavando un clavo. Y un niño, desde abajo, lo miraba. Y él le dijo: -Niño, ¿Qué miras?- Y el niño respondió: Yo quiero saber qué dice un cristiano cuando se pega un martillazo en un dedo.
Podría ser tranquilamente: ¿Qué dices tú cuando te encierran en la calle con tu auto y, de paso, el otro conductor te culpa y te insulta aunque no seas responsable de la maniobra? O cuando las cosas no salen bien o tienes esos días difíciles.
Para eso es que Pablo dijo que debíamos colocarnos la armadura de Dios. Y toda, no algunas partes más livianas. Porque él dijo y así es, que te sirve para poder resistir en el día malo. Porque seguramente todos tendremos algún día malo.