La Ley es Santa

Quiero, en este estudio, enseñarte que además de aquellos antiguos diez mandamientos históricos, hay otros que indudablemente deberás respetar, cumplimentar y guardar si es que deseas que la bendición de Dios recale sobre tu vida.

 Se trata de los mandamientos de Jesús, que no son solamente diez, sino muchos más. No aspiro a que aquí estén todos, es muy probable que se escapen unos cuantos. De allí que no pretendo decir que estos son todos los mandamientos de Jesús, sino, en todo caso, una gran mayoría de ellos.

 A ti te quedará, por la transferencia de la Gracia del maestro, la incentivación y el deseo de proseguir, escudriñar y buscar más. ¿Para qué? Sencillo: para cumplirlos y abrir puertas a todo lo que Dios ha preparado para quienes le obedecen.

Sin embargo, antes de comenzar con la etapa neotestamentaria y lo que Jesús dejó para nuestro aprendizaje y enseñanza, habrá que regresar una vez más a los antiguos, a aquellos diez, a los que un día marcaron a fuego al pueblo de Israel. Al Israel de Dios. Al que entonces era una nación. Al que hoy es tipología fiel y firme de la Iglesia. ¿Recuerdas como fue? Aquí va la historia y sus implicancias.

Éxodo 19: 20)=  Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte; y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió.

Este término que se utiliza aquí como “subió”, es la palabra ALAH e implica algo más que ascender o subir. Tiene que ver también con levantarse, y es un verbo que aparece más de ochocientas veces en el Antiguo Testamento. Implica tanto levantar como ofrecer cuando se refiere a sacrificios.

 Más aún: toda la ofrenda quemada se llama OLAH porque el humo de la ofrenda asciende al cielo. En el salmo 24: 3 (¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quien estará en su lugar santo?) ALAH se refiere a la ascensión de los justos al monte santo de Dios. ALAH también es la raíz de la palabra ALIYAH, que es “ascensión” o “subir”, que alude en especial a la subida a Sión, o al retorno a Israel desde la diáspora. Por último, ALAH es la raíz de ‘ELYON (El Altísimo), parte a su vez del título divino “El Elyón”, (Dios Altísimo).

(21) Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos.

(22) Y también que se santifiquen los sacerdotes que se acercan a Jehová, para que Jehová no haga en ellos estrago.  (Observe que si el sacerdote no está santificado cuando se acerca a Dios, Él puede causarle un estrago en su vida, su ministerio, su familia o lo que sea)

(23) Y Moisés dijo a Jehová: el pueblo no podrá subir al monte Sinaí, porque tú nos has mandado diciendo: Señala límites al monte, y santifícalo.

(24) Y Jehová le dijo: Ve, desciende, y subirás tú, y Aarón contigo; más los sacerdotes y el pueblo no traspasen el límite para subir a Jehová, no sea que haga en ellos estrago.

(25) Entonces Moisés descendió y se lo dijo al pueblo.

Es importante consignar que aquí, todo Israel tuvo la experiencia que Moisés conoció en el monte Sinaí. La intención estaba muy clara: Dios viene a su pueblo para instruirle. Aunque íntima, su relación con Dios se mantendría dentro de ciertos límites.

 Esos límites obedecían a la santidad de Dios; esta distancia podía ser salvada, únicamente, por Jesucristo, quien permite a los hombres penetrar lo que Hebreos llama “detrás del velo”.

(Éxodo 20: 1)= Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: (2) Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.

Las diez palabras o mandamientos que vienen a continuación, equivalen a diez leyes o principios que son permanentes y no admiten excepción alguna. Jesús confirmará, posteriormente, su eterna validez, aunque haya mucha gente que los soslaya bajo el argumento de una Gracia barata.

 Observe que Dios proclama, en el verso 2, su victoria a favor del pueblo, no sobre el pueblo. Cuando dice “Yo soy Jehová tu Dios”, identifica al que habla como aquel que había realizado los milagros del éxodo.

(3) No tendrás dioses ajenos delante de mí.

El carácter de Dios demanda lealtad. El creyente demostrará esa lealtad adorando al único y verdadero Dios. ¡¡Pero eso era antes, hoy nadie adora dioses falsos!! Es cierto, pero de yeso o material, pero sí sigue adorando dioses paganos tales como La Fama, el Poder, el Sexo, etc.

Al respecto, Jeremías 35:15 añade: Y envié a vosotros todos mis siervos los profetas, desde temprano y sin cesar, para deciros: Volveos ahora cada uno de vuestro mal camino, y enmendad vuestras obras, y no vayáis tras dioses ajenos para servirles, y viviréis en la tierra que di a vosotros y a vuestros padres; más no inclinasteis vuestro oído ni me oísteis.

 Me pregunto si existen demasiadas diferencias con relación a esto y si, en verdad, el pueblo de Dios en alguna franja, no sigue adorando dioses ajenos y, por tal motivo, están expuestos a circunstancias adversas de las que luego se quejan amargamente culpando a Dios por sus desventuras.

(4) No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.

Israel estaba rodeado de gente que adoraba imágenes a las cuales también se les llamaba dioses. Como ninguna cosa humana podía representar adecuadamente a Dios, el Señor prohibió que se le crearan imágenes, tanto de tipo material como conceptual.

 En este aspecto, los israelitas se convirtieron en un caso único entre los pueblos vecinos. Ahora bien: tomando por base sólida e inexpugnable este mandamiento, ¿Bajo qué perspectivas, credos que dicen ser cristianos, prosiguen sosteniendo doctrinas donde la adoración de imágenes forma parte de lo que se denomina liturgia y que tiene que ver con rituales que, dicho sea de paso, también es prohibido por la Biblia?

 ¿Es esto una crítica ácida, mal intencionada y sin otro objetivo que establecer una lucha entre credos que se disputan los favores o la adhesión de las personas? ¿Se trata sólo de eso?

¿Tan pobre es el pueblo de Dios para caer en esta batalla mínima y escasa de nivel espiritual? Entienda: no se trata de esta iglesia sí y aquella no; se trata de la Palabra de Dios y punto. Por algo sigue adelante con este asunto en el verso siguiente cuando dice:

(5) No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, (6) y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

¿Por qué alude, en el verso 5, a la tercera y cuarta generación? Entre otras cosas y como ejemplo, porque era posible que cuatro generaciones vivieran alrededor del anciano de una familia. Debido a los estrechos vínculos de una familia patriarcal, la influencia del patriarca, buena o mala, afectaba a todas las generaciones bajo su control.

 En este tiempo, eso ya no es tan frecuente ni tan posible, a menos que el anciano se encuentre en inmejorables condiciones físicas y mentales, ya que de otro modo y por imperio de las obligaciones laborales de su familia, esta no podrá cuidarlo o atenderlo y será derivado, inexorablemente, a los llamados “residenciales geriátricos”, que si bien en una buena cantidad lo son en ese tenor, convendrá aclarar que, en su gran mayoría, no pasan de ser verdaderos depósitos de viejos.

(7) No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.

Lo que aquí se enseña, es que el nombre de Dios no debería ser falsamente invocado, porque su ser y su nombre son inseparables. El nombre de Dios, sin ir más y lejos y como ejemplo, ha sido invocado de forma falsa en la magia, en un intento de apoyar verdades por medio de un juramento y en expresiones profanas.

 El tercer mandamiento no solo se refiere al uso del nombre de Dios, sino también al dominio de nuestra lengua. Un caso singular en nuestros días es la ficción. ¿Qué podría haber de malo que en una novela de la televisión, alguien hable de Dios o se represente a sí mismo como un ministro a su servicio, tanto para ser tomado en serio como en burla?

 Aparentemente nada, pero créame que eso también es tomar el nombre de Dios en vano. Y no es legalismo urticante, es respeto por un mandamiento.

En el libro de Levítico 19:12 hay otra expresión al respecto, cuando se lee: Y no juraréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová. Por si esto no fuera suficiente, Mateo 5:33-37 amplía el concepto cuando señala:

Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: no perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: no juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.

 No hay dudas. Este mandamiento, conforme a lo dicho a los antiguos y a los modernos, es transgredido, mayoritariamente, por los propios gobiernos que, en sus ceremonias de asunción de mando, hacen jurar a sus servidores y lo hacen ellos mismos, “por Dios y los santos evangelios”, mientras ponen sus manos sobre el libro donde habita la Palabra que se los está prohibiendo con entidad de mandamiento divino.

Y luego rematan la rutina con un: “Si así no lo hiciere, que Dios y la Patria me lo demanden”. ¡Pobre ilusos! No saben que pese su tranquilidad, fruto de que la patria nada hace ante sus fallas o pecados, Dios se toma en serio ese juramento y los estará esperando al final de sus carreras terrestres para preguntarles qué es lo que han hecho con ese pacto formulado en su presencia. ¿Habrá alguien que vaya a decírselos antes que sea demasiado tarde?

(8) Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

Cabe consignar que el día de reposo sería una especie de feriado dispuesto por Dios. La palabra hebrea significa “desistir”. Alguien que viva bajo el pacto dispuesto por Dios debe detener sus actividades cotidianas para honrar a Dios descansando cada siete días.

 Dios estableció el patrón de la creación: seis días trabajó y al séptimo descansó. Pero atención: no necesariamente será un sábado (el antiguo “sabbat”) o el más accidentalizado domingo, sencillamente aquí se nos dice que deberá ser UN día. El Día de Reposo. A continuación muestra la planificación concreta y específica al respecto.

(9) Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; (10) más el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.

(11) Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.

(12) Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

Es más que notoria la sabiduría ancestral de este mandamiento. Como la familia era el componente fundamental de la sociedad, en su seno se debían mantener apropiadas relaciones. Hoy mismo, el enemigo está llevando un ataque tremendo en contra de la iglesia a partir, precisamente, de la destrucción de sus células básicas: las familias; y a partir, concretamente, de un trabajo de socavamiento del matrimonio, que es el fundamento de cada núcleo.

Honrar, mientras tanto, significa tener en alta estima, mostrar respeto, glorificar y exaltar. Sostener económicamente a sus padres porque estos no llegan a cubrir sus gastos con sus magros ingresos jubilatorios, no es sinónimo de honra, sino una parte casi obligatoria de cada hijo. Parte de las mismas prerrogativas con las cuales los padres tienen la obligación de sostener a sus hijos menores.

La honra comienza exactamente en el sitio en el que terminan las obligaciones éticas y morales. Todo esto tiene una intencionalidad muy específica: que vivas más años, que no partas de este mundo en juventud. Porque eso es lo que dice: que si honras a tu padre y a tu madre, agregarás años de vida a tu estadía terrenal.

(13) No matarás.

El concepto, es indudable que se fundamenta en el hecho de privar a alguien intencionalmente de su vida. Se inspira en la santidad de la vida humana ante los ojos de Dios. Fíjese que este mandamiento es concreto y no deja sitio ni espacio para ninguna doble interpretación o elasticidad.

No es “no matarás, a menos que…” Tampoco es “No matarás, salvo que…” Es sencillamente No Matarás. Por lo tanto, discutir “posiciones” o “teorías” cristianas con respecto a la pena de muerte como sentencia máxima para el delito, la eutanasia que es la llamada “técnica de ayudar al bien morir” para los que sufren de enfermedades dolorosas o el mismísimo aborto en cualquiera de sus circunstancias, quedan inexorablemente bajo el prisma de este mandamiento.

Es verdad; hay mucha gente que no llega a entender ciertas cosas, pero a Dios más que entenderlo en sus disposiciones, hay que obedecerle. “No matarás”, significa exacta y precisamente eso mismo: No matarás. Y no le quite usted ni le agregue. Y no intente aclarar el concepto porque lo va a oscurecer.

(14) No cometerás adulterio.

Otro mandamiento específico y concreto. Comprende, claro está, todo tipo de infidelidades. Aunque está dirigido a la conservación de la pureza en el matrimonio, también tiene que ver con el principio que rige nuestras relaciones con Dios y con las demás personas.

 El concepto de pureza también se aplica a nuestros pensamientos. Es habitual que en la sociedad secular, se comprendan y justifiquen adulterios a partir de la base de ciertos hechos íntimos de la pareja. Un marido alcohólico, violento o cosa por el estilo, ha servido para que determinados núcleos sociales hayan justificado y hasta compartido la infidelidad de una esposa.

 Y factores negativos en la personalidad de una mujer y ciertos conceptos machistas, también lo han hecho con la de un esposo. Sin embargo, esto es más que claro: es pecado, Dios lo aborrece y lo sentencia. Y no sólo la consumación, sino el pensamiento, que es tomado como adulterio en su corazón, antesala al que pueda producirse con todo el resto del cuerpo.

(15) No hurtarás.

Es indudable que este mandamiento tiene la connotación de otorgar la seguridad de que todo lo que se posea sea adquirido a través de medios legítimos. Yo no puedo saber cómo es esta historia en diferentes lugares del planeta porque cada cultura, cada sociedad, se maneja de modos distintos.

Pero aquí en mi país, en Argentina, es más que normal y corriente que, si usted deja un objeto, aunque sea de ínfimo valor, olvidado en un lugar de tránsito de personas, no podrá esperar hallarlo si regresa a buscarlo en un término, digamos, de cinco minutos.

 ¿Es que justo habrá acertado a pasar un ladrón por allí y llevárselo? No necesariamente. Para un episodio así, no necesitamos a un delincuente nato y declarado. Cualquier persona se lo puede llevar sin cargo de conciencia alguno.

Nadie pensará que es hurto, todos se justificarán con un: “Pero estaba allí, abandonado, no era de nadie…” Así es la naturaleza humana por estos barrios. Claro; la cosa se complica cuando se le dice a esa gente que esto es, según los mandamientos de Dios, tan pecado como adulterar o matar.

Y mucho más se complicará si el objeto que dejamos olvidado y desapareció es una Biblia y el lugar en cuestión es el templo al cual concurrimos todos los domingos. ¿Nunca le ocurrió esto a usted? Si me dice que no, sólo puedo gemir un: ¡Pobre país mío!

Claro que este al cual me he referido, no es el único hurto por el cual somos pasibles de juicio y sentencia divinos. Porque hay otros hurtos, otros robos que, sin contabilizar objetos materiales, tienen que ver con propiedad privada.

 El robo de confianza, por ejemplo, que es sumamente doloroso y angustiante. La Biblia lo llama “fraude” o “cohecho”, y es moneda corriente en el marco social secular. Y también en algunos grupos autodenominados “cristianos”.

Otro robo muy peculiar es el de tiempo. Cuando alguien se toma todo su tiempo para atenderle a usted en un sitio donde la atención debería ser rápida y eficaz, está quedándose con un tiempo que es suyo y que usted podría haber destinado a otras cosas importantes.

Sobre esto no hay legislación humana. Sobre esto, incluso, no hay condena por parte del hombre. No le hace. Dios ha dicho “No hurtarás”. Y eso sigue siendo vigente y activo, más allá de las “chicanas” que usted pueda argumentar para evadirlo.

(16) No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

Este mandamiento, que es el noveno, nos llama a ser confiables y veraces. “¡Pero hermano! – Me dirá cualquiera de ustedes -, “¡Somos hijos de Dios! ¿Cómo vamos a necesitar un mandamiento para ser confiables y veraces?

¿A quien se le puede ocurrir que miembros del reino del Dios Todopoderoso sean personas no confiables o mentirosas? Mire; debería decirle, a la vista de lo que estamos estudiando, – Y créame que lo lamento -, que al que se le ocurrió esa – Según usted – “barbaridad”, es a Dios!!

Porque Él fue quien lo hizo dejar escrito en el libro. Y se sobreentiende, que si lo hizo colocar allí como premisa básica, es porque Él sabe que entre lo que se autotitula como “su pueblo”, pueden haber, efectivamente, gente que no es digna de confianza o mentirosos.

¡No hermano! ¡Me resisto a creerlo! Usted resístase a lo que se le ocurra, yo debo decirle que Dios tiene razón. Aunque nos duela. No se trata de pasarle revoque a una pared despareja para que no se noten las imperfecciones. Se trata de restaurarla y dejarla mejor que nueva.

¿Qué es un falso testimonio? Asegurar sobre alguien, algo que no es cierto. En grupos compactos, cuando eso sucede, se le llama Calumnia o Injuria. Ahora le pregunto: ¿Jamás observó usted, o al menos se enteró de algún hecho cercano, de un pastor defenestrado de su congregación por causa de una serie de calumnias no del todo comprobadas sobre su vida privada?

 Ya sé que en muchos casos, los hechos pudieron ser verdaderos, pero también han existido muchos otros donde no sucedió absolutamente nada y todo tuvo que ver con la calumnia armada por gente que le guardaba rencor por algunas de esas cosas emparentadas con los cargos o posiciones eclesiásticas internas.

¿Y aquellos que suben a la plataforma a contar testimonios sobre milagros que jamás ocurrieron, ya sea para lucirse, ya sea para fortificar campañas evangelísticas o simplemente para demostrar que son mimados de Dios? Falso testimonio. Todos culpables por igual, no importa el calibre de esa falsedad.

(17) No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

Vamos por partes: ¿Qué es Codiciar? Codiciar significa tener un imperativo deseo o lujuria. No es desear algo equivocado, necesariamente, sino el querer obtenerlo a expensas de otros o a causa de la envidia o los celos.

 No está desactualizado el texto con respecto a la casa porque aún hoy a mucha gente le produce envidia y celos la calidad de la vivienda de otros. Tampoco está desactualizado ni por asomo lo que tiene que ver con la mujer de tu prójimo (O el hombre de tu “prójima”, es lo mismo).

 El mundo está lleno de cónyuges de distintos sexos que están convencidos que el cónyuge de su vecino es infinitamente mejor que el propio, lo cual es una cuestión de naturaleza humana, ya que no son pocos los casos que, habiéndose divorciado de su cónyuge para unirse a ese que siempre le pareció infinitamente mejor, con el correr de los tiempos, vive exactamente la misma cosa con otra persona diferente.

 Lo que sigue, podría cambiarse conforme a nuestras épocas por: automóviles, prendas de vestir, alhajas, utensilios de confort, etc. Cualquiera de estas cosas despierta la codicia humana. En el mejor de los casos, sencillamente par envidiar silenciosamente; en el peor, para intentar robarlo.

Al respecto, Romanos 7: 7 consigna lo siguiente: ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. (La declaración de Pablo de que “estamos libres de la ley”, suscita la cuestión de si la ley es pecado.

 Su reacción es de horror. Inmediatamente comienza a mostrar cómo la ley de Dios es buena, suponiendo que comprendamos su función, que es la de revelar y enseñar lo que es justo, incapaz en sí misma de dar frutos de justicia, expone sin embargo la realidad del pecado. Por lo tanto, convengamos en que la ley es santa, pero no nos ayuda a obedecer.

 Pablo mismo está pidiendo que no se lo malinterprete como si dijera que la ley es mala en sí misma. Varias veces enfatiza que es buena, pero al mismo tiempo explica vívidamente la imposibilidad de cumplirla empleando las propias fuerzas.

Y lo remata en esta misma carta cuando, en 13:9-10, repite los conceptos de la ley para concluir con una manifestación concreta y sublime. Allí dice: Porque: no adulterarás, no matarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.

Mucha es la gente que habla del amor de Dios como un todo. Asimismo, no son pocos los que suponen que Dios es SOLAMENTE amor, cuando Él es mucho más y muchas cosas más al unísono.

El amor compendia la ley moral de Dios, aunque lo que sirve de síntesis no debe contradecir ningún aspecto de lo recopilado. De allí que decir que el amor por el prójimo exige quebrar de vez en cuando algunos de los mandamientos de Dios (A esto en más de una ocasión lo hemos visto en situaciones límite), es mal interpretar la Escritura y cometer un error que puede llegar a costar un precio demasiado elevado.

Son los antiguos mandamientos, los diez de los que habla todo el mundo cristiano. En el próximo capítulo comenzaremos a hablar de los que emanaron de Jesús, que fueron muchos, más de lo que nos imaginamos, y que, si lo decimos en códigos idiomáticos modernos, no han tenido tanta prensa. No le hace. Tienen el mismo valor que estos.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez