La Hora de la Humillación

Si observamos el comportamiento global de lo que conocemos como “la iglesia”, hoy, veremos que en algo muy sustancial se está desobedeciendo claramente la Palabra. Porque desde el inicio mismo se nos dice que nuestro trabajo es seguir a Cristo, pero nosotros nos conducimos en la conducción de la iglesia como si Cristo debiera seguirnos a nosotros.

Esto ocurre porque a los hombres, su egocentrismo les ha jugado una mala pasada y por sus almas de ninguna manera han aceptado sujetarse a un espíritu humano que, en el caso de los creyentes auténticos, debería estar lleno del Espíritu Santo de Dios. Hay un mandamiento que surge del siguiente texto que tiene parentesco real con lo expuesto.

(Mateo 16: 24)= Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

(25) Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

(26) Porque, ¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?

(27) Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.

Jesús se toma todo su tiempo para explicar aquí, debidamente, lo que en definitiva es la paradoja del discipulado. Perder la vida, es encontrarla; morir es vivir. Negarse a sí mismo, no es asumir algún ascetismo externo y falso, sino poner los intereses del reino primero y por encima de todo en la vida.

Tomar la cruz no significa soportar alguna carga irritante, sino renunciar a las ambiciones egoístas. Tal sacrificio trae consigo la vida eterna y la más plena experiencia de la vida del reino ahora.

Perder la vida no es suicidio mi amado hermano. Perder la vida es despojarse de toda ambición de logros personales en lo secular y consagrarla al servicio al reino. No estoy hablando de ser ujier de un templo, – con el mayor de mis respetos por los abnegados ujieres -, estoy hablando de servir para el reino de Dios en la tierra.

No es eso lo que mayoritariamente encontramos en nuestros ambientes evangélicos. Es más: muchos son los hermanitos que, poseyendo algún mediano talento en algo, y no habiendo tenido oportunidades de hacerlo valer en el plano secular, en muchas oportunidades aprovechan la influencia de la iglesia para realizarse personalmente a través de ella. Eso no es perder la vida.

Es el equivalente lineal del negarse a sí mismo. Porque el ascetismo, si es eso la negación corporal más evidente desde lo externo, termina siendo – como una gran cantidad de ceremonias rituales -, una mentira hipócrita y falsa, algo para mostrar pero que no tiene ni raíces ni bases internas.

Anteponer los intereses del reino de Dios a todos nuestros propios intereses, no es un asunto sencillo y es lógico que así sea. Hemos sido formados por la escuela secular basamentada en recursos de la psicología para pretender, siempre, estar primeros en todo. Y en el reino de Dios los parámetros son otros y opuestos, por lo que desprenderse de lo anterior e integrarse a esto, no es una tarea que resulte sencilla y fácil de cumplimentar.

En cuanto a tomar la cruz, se han hecho interpretaciones de las más variadas especies al respecto. Algunas, créame, lindando con el pintorequismo excéntrico. Si no fuera porque en muchos casos en ello nos va la vida, hasta podría decirle que es gracioso.

La esposa que aguanta la bestia peluda de un marido borracho, mujeriego, jugador, pendenciero y golpeador, es aconsejada “sabiamente” por la hermanita que le asegura que esa es “su cruz” y que, como tal, debe seguir siendo esclava de hombre hasta la última gota de sangre.

 No interesa demasiado si la Biblia dice otra cosa: eso es lo que se les enseñó e inculcó desde pequeñas y así seguramente tendrá que seguir. Bajo el disfraz de la “sujeción” se han cometido verdaderas crueldades dentro de las iglesias.

Todo este conglomerado de expresiones constituyen un verdadero manual de vida. Que sería factor de testimonio de alto vuelo si no fuera porque los hombres han pretendido “ayudar” “mejorándolo” con estatutos privados. Dice el Mandamiento Nº 49: Todo el que menosprecie sus deseos por mí, hallará la vida.

(Mateo 17: 1)= Seis días después, (De lo que hemos relatado anteriormente), Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; (2) y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.

Es más que notorio, tanto por este como por otos textos similares, que Pedro, Jacobo y Juan constituían el círculo íntimo de los allegados a Jesús. Esto nos enseña que no podemos enfadarnos si el actual liderazgo también tiene su propio círculo íntimo.

Claro que con alguna diferencia más que ostensible: la Biblia misma demuestra en un sinfín de episodios y relatos, que esa calidad de cercanos a Jesús no les proporcionó a estos tres ninguna clase de privilegios “especiales”, cosa que sí suceden con los modernos círculos cercanos al poder.

En cuanto al verbo “transfiguró” que se utiliza aquí, puede ser interpretado sin errores como una transformación espiritual, es evidente que en este caso específico, también se observó una transformación visible, que reafirmó la gloria de Jesús el Mesías.

(3) Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.

En primer lugar, cabe corroborar que la aparición de Moisés y Elías significa que la Ley y los profetas sostenían a Jesús en su misión redentora. Pero en segundo término, nos encontramos con un asunto muy singular que muy bien puede proporcionarnos algún sofocón doctrinario a la hora de responder alguna pregunta formulada con capciosidad.

¿Cómo es la cosa, señor cristiano? ¿No dicen ustedes que no podemos intentar hacer contacto con los muertos porque Dios se opone a ello, y como explicación bíblica nos dicen que los muertos no pueden tener contacto con los vivos, y aquí aceptan que de la nada se le hayan aparecido Moisés y Elías, dos bien muertos, a Jesús?

Si algún esotérico de los que nunca faltan, advertido por el diablo de sus limitaciones, llega a preguntarle esto, ¿Qué va a responderle? Lo que debe responder es lo que en realidad deberíamos enseñar: que el hombre es quien no puede ni invocar ni intentar tomar contacto con los muertos. Dios es soberano y Él puede hacer lo que quiera, cuando quiera y de la manera que quiera.

(4) Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.

¡Como se debe haber sentido Pedro para proponerle a Jesús esto! Esto que Lucas, en su evangelio, rotula como incoherente, ya que dice que pedro dijo esto “no sabiendo lo que decía”. Pero nos sirve para hacer una evaluación que nos deja una clara lección.

Lo que pedro estaba experimentando, indudablemente, era superior a cualquier cosa que se pueda experimentar carnal o anímicamente en el mundo terrenal. No se olvide que Pedro era casado, y aún así estimaba que el contacto con estos personajes producía en él algo que era decididamente superior a cualquier cosa que el mundo le entregara.

(5) Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.

La reafirmación por el Padre celestial de la misión redentora de Jesús, mandaba a los discípulos a aceptar las instrucciones de Jesús relacionadas con su sufrimiento. Además, note que no les está diciendo que lo miren a Él, sino que lo oigan. Predicador del siglo veintiuno: ¿Qué es lo más importante para ti, que te vean o que te oigan? No me respondas a mí, respóndele a Él.

Esta expresión que Dios el Padre vierte aquí sobre su Hijo Jesús, no es aislada ni única. Se reitera en otras ocasiones y la Biblia las rescata debidamente. Por ejemplo, en 1 Pedro 1:17: Pero cuando él recibió de dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia.

También en el Antiguo testamento encontramos esta referencia, ya que en el libro del profeta Isaías, en el capítulo 42 y verso 1, leemos: He aquí mi siervo, yo le sostendré, mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones.

Dice “he aquí mi siervo”, y esto significa que Israel fue previamente proclamado siervo de Dios. El siervo parecer ser aquí alguien diferente. El uso que hace el Nuevo Testamento de este versículo, lo convierte en un texto claramente profético, que se cumple en Cristo. Como tal, Él es el primero de los cuatro “cánticos del siervo” que evoca a Cristo.

Esto se confirma en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando en el capitulo 3 y versos 22 y 23, leemos lo siguiente: Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo.

(6) Al oír esto los discípulos se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.

(7) Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis.

(8) Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.

(9) Cuando descendieron el monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.

El encargo de guardar el secreto sería suspendido después de la resurrección, cuando los demás podrían comprender mejor a Jesús y su misión. Pero note algo muy singular: no es el primer asunto del que Jesús quiere guardar secreto. ¿Por qué lo haría? Simple. Para evitar ensalzamientos personales, una cuestión en la que hoy tenemos altas asignaturas pendientes.

(10) Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?

La cuestión fue planteada, indudablemente, debido a la aparición de Elías en la montaña. No obstante, en Malaquías 4:5 se esboza esto cuando dice: He aquí yo os envío al profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Jesús conoce muy bien este texto, de allí que responde lo siguiente:

(11) Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas.

Esto se compadece con la continuación de Malaquías 4, cuando en el verso 6 se añade: Él, (Por Elías), hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición. Esta profecía se cumplió con el ministerio de Juan el Bautista.

(12) Mas yo os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.

(13) Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.

Este es uno de los relatos proféticos más hermosos que hay en la Escritura. Sin embargo, rescataremos del principio los elementos básicos para ordenar el Mandamiento Nº 50: Levántense y no tengan miedo.

(Mateo 17: 14)= Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo, porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua.

Si bien aquí el padre de este muchacho lo define como “lunático”, se puede observar que las características de las reacciones que este muchacho está padeciendo, se asemejan en mucho a lo que hoy se conoce como “epilepsia”. Nadie puede aseverar que efectivamente sea esto, pero convendría en casos de esta patología, agregarle el costado espiritual dentro de la atención medica correspondiente.

(16) Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.

(17) Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuando he de estar con vosotros? ¿Hasta cuando os he de soportar? Traédmelo acá.

(18) Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.

(19) Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?

(20) Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.

(21) Pero este género no sale sino con oración y ayuno.

Muchos han creído entender, y así lo han enseñado, que cuando Jesús habla de “este género”, se refiere a un determinado género de demonios. En absoluto. Si observa bien el contexto, podrá ver con claridad que el género al que Jesús alude, es el de la incredulidad, que es lo que no sale sin oración y ayuno.

La fe, que nos parece pequeña o débil, puede alcanzar lo humanamente imposible. Cuando habla de “este monte, eso representa un obstáculo, una dificultad o un problema humanamente insoluble; nada de lo cual es imposible manejar por Dios a través de gente consagrada que conoce exactamente cuales son sus potestades y cual es su poder, voluntad, propósitos y provisión.

De allí que nos queda, para incorporarlo a la galería especial que venimos recopilando y estudiando, el Mandamiento Nº 51: La lucha contra la incredulidad se gana con oración y ayuno.  

(Mateo 18: 1)= En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?

(2) Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, (3) y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

(4) Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos.

(5) Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe.

El camino hacia el reino de los cielos, que no se encuentra a millones de kilómetros hacia alguna parte geográfica, sino en el marco de este ambiente en el cual vivimos, es el de la simple confianza y entrega de un niño, mientras que en su humildad, está la llave de ingreso a la grandeza.

El término SE HUMILLE que se utiliza en el verso 4, es la palabra griega unificada TAPEINOO, que se traduce literalmente como “rebajar”. En el capítulo 5 de Lucas, el mismo término se aplica a un monte.

Metafóricamente, mientras tanto, esta palabra significa envilecer, humillar, rebajarse. Describe a una persona que está desprovista de toda arrogancia y de autoexaltación; en suma: alguien que somete su voluntad a la voluntad de Dios.

Porque ser como niño, habla del carácter, no de otra cosa. Jesús confronta la tendencia de la humanidad de asociar la autoridad con un ejercicio de dominio sobre otros. Al leer esto, no habrás podido evitar asociarlo con algunas cosas que habrás visto adentro de tu congregación, ¿Verdad? Eso sucede, inevitablemente, porque tus líderes aún no han logrado ser como niños, y por lo tanto, aunque sigan ejerciendo liderazgo, todavía no caminan en dirección del Reino de Dios.

El dominio o la autoridad en la vida del Reino, que Dios quiere establecer en nosotros, separa una vida victoriosa y fructífera, para echar fuera los poderes infernales, no para controlar a otros o servir a nuestros propios intereses. ¿Te sigue pareciendo algo conocido, no es así?

El llamado de Dios a ser humildes como niños y a servir “de corazón”, establece el espíritu y sienta la pauta para que el creyente ejercite su autoridad como un agente del poder del Reino de Dios y no como representante de alguna clase de organización humana. Lo primero es divino; lo segundo es carnal y no sirve, no llega y no agrada a Dios.

Esto, indefectiblemente, nos lleva a otras de las llaves preciosas del evangelio, a otra de las verdades inexorables que deberán regir nuestras vidas, a lo que en suma es, el Mandamiento Nº 52: Humillarnos como Niños.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez