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Una Dulce Locura: El Reino

Hay un nivel de guerra que la mayor parte de los hijos de Dios, no han experimentado, todavía. Es una guerra sin armas, un algo que no puede explicarse y que quizás no tenga significado alguno para el ciego y el sordo, pero sí para el entendido y el que tiene sus oídos prestos para oír. Y eso, quieras o no, te lleva a prepararte lo mejor que puedas. ¿Y como te preparas? Armándote. Empiezas a juntar tus armas. ¿Y que sucederá si un día el Señor mismo te ordena que te desarmes, que te desprendas de todas esas armas que habías preparado?

Seguramente que lo harás, porque eres obediente, pero… ¿Para qué te pediría eso, Él? Para enseñarte diseños nuevos, por ejemplo. ¿Y cual podría ser un diseño nuevo, hoy? Acceder a la que algunos han denominado como la Unción de la Oveja. Hay hijos de Dios en batalla que ya están venciendo, en este tiempo, utilizando esa unción de la oveja. El vino como oveja a vivir en medio de lobos.

Entonces, él nos está introduciendo a un nivel de guerra que nunca habíamos visto. Porque la idea que una gran mayoría tenemos de guerra, es que sacamos la espada, atamos, desatamos, aplaudimos, pataleamos y todas esas cosas que al menos yo, eh visto casi de manera pintoresca hacer en liberaciones. Sin embargo, déjame decirte que existen niveles de guerra que ni siquiera se nos han pasado por la mente. Y a medida que transcurran los tiempos, esto irá a más, a más y a más.

(Salmo 37:1 No te impacientes a causa de los malignos, Ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. (2) Porque como hierba serán pronto cortados, Y como la hierba verde se secarán. (3) Confía en Jehová, y haz el bien; Y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. (4) Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón. (5) Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en él; y él hará. (6) Exhibirá tu justicia como la luz, Y tu derecho como el mediodía. (7) Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, Por el hombre que hace maldades. (8) Deja la ira, y desecha el enojo; No te excites en manera alguna a hacer lo malo. (9) Porque los malignos serán destruidos, Pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra.

Y me detengo aquí, porque en esta parte está el verso que me interesa. Se nos ha enseñado, desde niños, por la corriente de este mundo, que tú tienes que pelear por lo que quieres conseguir. Se nos ha enseñado que debemos esforzarnos y pelear por lo que va a ser nuestro. Y resulta ser que, cuando entramos a la vida del evangelio, nosotros seguimos con esa misma manera de pensar. Cuidado, nadie te está diciendo que esforzarte y estudiar para mejorar, por ejemplo, sea algo malo, no. Dan buenos frutos. Lo que sí quiero advertirte es que no es el mejor camino. Hay un camino que han descubierto los mansos. Yo veo que, así como en la casa de mi Padre muchas moradas hay, en el camino, que es el camino de mi perfección y mi crecimiento, hay muchos caminos, también. Y no todos los caminos tienen la misma dificultad y no son iguales, aunque todos los caminos apuntan y llegan al mismo lugar. Sólo que algunos son más cortos, y otros son más largos. Algunos son más escarpados y otros son más sencillos.

Entonces, repito, se nos ha enseñado que nosotros debemos pelear por lo que queremos conseguir. Si quieres ser alguien en la vida, tendrás que pelar duro para conseguirlo. Sin embargo, esas cosas no funcionan en los ámbitos del Reino. Vámonos al verso 1, de nuevo. Está hablando David, y dice: No te impacientes a causa de los malignos, Ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, Y como la hierba verde se secarán. David tenía la capacidad de ver al hombre en la perspectiva de la eternidad. Él no miraba a aquel que se sacó la Lotería ayer, él miraba la eternidad. Y evaluaba de qué podría servirle su Lotería, en la perspectiva de la eternidad. Él podía ver las cosas en función de Dios, no en función de la temporalidad. Una de las herramientas más poderosas que uno descubre en el Reino, es que en el Reino no hay tiempo.

Nos han enseñado que todo tiene su tiempo, pero no te olvides que el que lo dice es el peor rey de Israel y un hombre totalmente alejado de Dios. Y nosotros, con esa velocidad supersónica que tenemos para interpretar la Biblia, hemos asumido que esa es una palabra revelada de Dios y aplicable a todas las personas. Y creo que pensar y creer así, nos ha traído y nos sigue trayendo más de un problema. Yo no voy a ser un estudio de eso, porque ya Pablo rebate totalmente eso de que todo tiene su tiempo, que leemos en Eclesiastés. Voy más allá. El hecho de que cuando nosotros entramos a la dimensión del Reino, nos damos cuenta, por ejemplo, que las cosas ya han sido hechas. Ya no tienes que hacer nada, ya todo ha sido hecho. Entonces uno se pregunta. ¿Y qué hemos estado haciendo todo ese tiempo? Esforzándonos. Y nuestro fruto ha sido eso, nada. Y el Señor no entiende por qué haces eso, si tienes Su Gracia para funcionar.

Y entonces ahí es donde uno empieza a preguntarse cómo debe moverse en el Reino, cuál debería ser mi trabajo. Entonces, Jesús te responde y te dice: Mira…esta es la obra que yo quiero que hagas; que creas en mí. Esta es la obra en el evangelio, dice: que crean en quien me ha enviado. ¡Bueno, Señor, pero es que yo creo! ¿Qué debo hacer? Siéntate. Sí Señor, pero mira que yo creo, ¿Eh? De acuerdo, pero siéntate y cállate. Y nos tiene ahí casi haciéndonos sentir un grupo de incrédulos. No te digo eso, dice el Señor. Sólo te digo que esto no es del que quiere ni del que corre, esto es del que yo tengo misericordia. De hecho, conseguirá más el que clama por misericordia que el que corre de actividad en actividad. Ese es mucho más inteligente, porque ha entendido que no puede alcanzarlo. Entonces se pone a gritar, porque sabe que clamó a Jehová, y él lo oyó.

Y el otro, el que vive corriendo y corriendo todos los días, a lo mejor también va a tener su recompensa, claro. Pero se me hace que la va a tener que disfrutar muy cansado. Toda dinámica del Reino, es locura para el cristiano formado. Porque se nos ha enseñado, el valor del esfuerzo dentro de la iglesia, cuando la obra más grande que Dios quiere que hagamos, es creer. Esa es tu máxima obra dentro del evangelio: creer. ¿Y qué cosa es creer? Es encarnarnos la fe dentro. Porque la fe no es algo, la fe es alguien. ¡Él es la fe! ¡Jesús es la fe! Por eso dice que la fe viene por el oír y el oír la palabra de Dios. Entonces la fe, es don de Dios. Jesús es nuestro don. Entonces, lo que yo empiezo a hacer, es lo que sabe hacer un niño. ¿Y qué sería eso? ¡Comer! Nadie se lo enseña. A los dos minutos de nacer, él sabe ya lo que es y para que le sirve el pecho de su mamá.

Un día Jesús está sentado, con sus discípulos, y ellos llegan en un determinado momento trayéndole comida, y él entonces les dice: “No, gracias”. Ahí ellos piensan que seguramente vino alguien antes que ellos y le dio de comer. Y ahí es donde Jesús les da la gran respuesta: Mi comida y mi bebida, es que yo haga la voluntad de mi Padre. Dos elementos claros. 1) Creer. 2) Hacer la voluntad del Padre. Estas dos facultades, son de alguna manera las dos piernas del que vive en el Reino. Tú no puedes creer, si después no vas a hacer la voluntad del Padre. Eres incrédulo, si lo haces. Pero cuidado, porque tampoco podrás hacer la voluntad del Padre, si antes no crees. Por eso, en todas partes de la palabra, Jesús nos demanda estas dos sencillas cosas, Yo puedo dar mi vida por Cristo y puedo negar mi alma, pero todo eso yo puedo hacerlo si creo y hago la voluntad del Padre.

Yo nunca voy a poder asumir lo que Dios me dice que yo haga, y si no quiero hacer la voluntad de mi Padre. Porque no se trata de lo que tú hagas por haber levantado veinte iglesias, sino que hagas la voluntad del Padre, porque crees. Entones, la parte complicada para nosotros, que somos gente muy complicada, es sentarnos y creer. Fíjate que si dios te pidiera sacrificios terribles, no me caben dudas que tratarías de cumplirlos. Pero la Gracia, es incomprensible para el cerebro del hombre. Porque te está exigiendo algo: nada.  A veces te toca pelear en algo y alguien viene después y te dice: ¡Que buena fue tu pelea! ¿Qué pelea? ¡Si yo no tenía ni un arma para pelear contra nada! ¡Él fue el que la peleó! En mi caso, sólo fue una pelea de fe contra fe, nada más. Ahora; ¿Cuántos de nosotros estamos esperando que algo pase, o que algo cambie? Y no te das cuenta, pero parecería ser que mientras más oramos por algo, más lejos está…

Mira; si quieres conseguir eso que tanto anhelas, déjalo. Esa es la locura del Reino. Lo que más quieras conseguir, eso es lo que vas a perder. Y lo que quieras perder, vas a ganar. Y no es mi palabra con mi opinión, mira. Deléitate a ti mismo en Jehová, y Él te concederá las peticiones de tu corazón. Dios está empeñado en perfeccionar la obra que ha empezado en nosotros, cueste lo que cueste. En el momento del dolor, todos, somos nulos al entendimiento de lo que nos está pasando. Por eso te dice: ¡Cállate! ¡Siéntate! En el tiempo que viene por delante, ahí te darás cuenta de lo que te libré. Y Dios está tan empeñado en hacer esto, que Él va a hacer todo lo que sea necesario para terminar la obra que empezó en nosotros. Lo triste es que, en algunos casos, Él va a terminar esa obra cuando tú ya estés partiendo. Y ahí no tendrás problemas, porque harás ese viaje tremendo y llegarás al lugar en donde serás y te sentirás perfecto. Pero tienes que entender que a otros les será permitido pasar por cosas que los llevaran a ser y sentirse perfectos en esta tierra.

Nos han predicado durante mucho tiempo que eso apunta a la eternidad y que eso es bueno. Pero en tanto que llega la eternidad, es evidente que nosotros tenemos una serie de problemas aquí en la tierra. Muchos de nosotros quisiéramos vivir con la perfección que vamos a tener allá, aquí. Ahora, en lo que respecta al cuerpo, y en parte del alma tal vez no lo logremos, pero del cien por ciento de perfección que yo voy a tener allá, yo creo que tranquilamente podemos apuntar a un ochenta y cinco y hasta noventa. De tal manera, que lo que resta sea más cuerpo que otra cosa. Porque aquí hay un día en que Pablo está escribiendo, y dice: Nosotros, los perfectos. Y veo un hombre que tiene la capacidad de decir: terminé mi carrera, punto. Se acabó, me voy, ya estoy listo. Terminé. Y él lo vivió por años. Hubo un hombre llamado Juan. Juan fue levantado para una tarea específica: preparar camino a Jesús. Su tarea era esa, puntual y concreta.

Ahora escucha esto: cuando Jesús viene, aún sin haberlo visto antes y sin haber nacido, el primero en reconocerlo es Juan. Él estaba todavía en el vientre de Elizabeth. Pero este muchacho tenía algo muy singular: él estaba programado para una tarea: preparar camino al Señor. De tal manera que el que tenía que reconocerlo, antes que cualquier ser humano, era él.  Y eso es evidente, porque a los seis meses, Juan ya está casi saltando y brincando diciendo que Él era. Cuando Jesús va a empezar su ministerio, y tiene que pasar por las aguas, y porque Jesús sabía qué tarea Dios nos había dado a cada uno. Él sabe qué tarea nos entregó su Padre Él va donde Juan y le dice: aquí estoy, Juan. Y Juan le responde: ¡Sí! ¡Eres el Cordero! Y lo bautiza. Bueno, escucha; en ese momento, Juan estaba siendo jubilado, estaba pasando a retiro efectivo, como se dice en el Ejército. El problema, sin embargo, fue que Juan amaba mucho a su ministerio. Hay mucha gente que ha creído interpretar, (Yo soy uno, uno más), que Juan tendría que haber agarrado sus maletas y seguir a Jesús con todos sus discípulos.

Ya no tenía sentido que él esté predicando y diciendo: ¡Viene! Porque ya había venido. Ninguno de nosotros puede amar más lo que hacemos que al Señor. Ninguno puede amar más su vida que al Señor. Nadie puede amar más su ministerio que al Señor. Es lo mismo que si yo me hubiera ido de la que fue mi última iglesia porque no me permitían fluir con mi ministerio. ¡Yo me fui por causa de un vínculo con el Señor, no por causa del ministerio. Eso vino después. Porque nuestra fidelidad no es a nuestro ministerio, ¡Es al Señor! Ahora; ¿Qué pasó? Si ustedes leen la narración de los evangelios verán para dónde va la historia. Cuando vino la cabeza de este cuerpo, Juan no quiso unirse al cuerpo. Y al pasar el tiempo, él tuvo que perder la cabeza, para que la que quede sea la única. Y él muere decapitado a manos de un pagano.

No ha habido hombre como él en la tierra, nacido de mujer. ¡Eso dijo Jesús de Juan! Y eso me lleva a una reflexión. Tú puedes ser un hombre o una mujer con una tremenda unción, pero si no tienes en claro los tiempos de Dios, tú andas por la vida más perdido o perdida que un no creyente. Porque, con toda la unción que tenía, con todo lo que significó venir a preparar camino nada menos que para el Hijo de Dios, este hombre se equivocó. Y se equivocó por el mismo motivo por el cual todavía muchos ministros se siguen equivocando: porque amó más la tarea que al dador de la tarea. Y no se trata ni por asomo de estar abriendo juicio nada menos que contra Juan el Bautista, pero yo tengo certeza y supongo que no soy el único, que Juan tuvo un fin que no era el que Jesús esperaba o deseaba para él.  Bajo esa óptica, nosotros tenemos gran parte de nuestra responsabilidad en nuestro destino. Tú puedes darle una mano a Dios respecto a tu futuro. ¡Ah, no me interesa! ¡Dios sabe cuándo me tengo que morir! Sí, seguro, pero si sigues comiendo de esa manera y bebiendo alcohol a raudales, entonces me temo que llegarás antes que lo que Dios tenía previsto. Porque es la palabra la que dice el hombre, a veces, apresura el día de su partida.

¿Qué puedes estar pidiendo? No lo sé, pero hay un secreto para que recibas eso que tanto estás pidiendo: Deléitate asimismo en Jehová; y él te concederá, las peticiones de tu corazón. Es tan sencillo como eso. El punto es ese: tú, con mucho esfuerzo, no vas a poder convertir nunca el corazón del hombre. Tú nunca vas a poder hacer que un pecador sea salvo en cinco minutos. El único que puede hacer eso, es el Señor. Porque nosotros nos desesperamos tratando de reflejar nuestras vidas a los inconversos, pensando que con eso los convenceremos. Y fracasamos porque no nos damos cuenta que el único capaz de convertir a alguien es el Señor, no nosotros. Porque nosotros entorpecemos el trabajo. ¡Es que no sé cómo hacer funcionar eso. ¡Y aquí te lo estoy diciendo! ¡Deléitate! Y él te va a conceder lo que tú deseas. Y esto viene muy ligado a lo que dice a continuación. Dice: Encomienda a Jehová tu camino. Y encomienda, no es decirle simplemente: ¡Bendíceme! ¡Bendice mi camino! No. Encomendar, es permitir que él dirija tu camino. Porque nosotros le decimos al Señor que le entregamos nuestra vida, pero después queremos salir para la derecha cuando él nos mandó a ir a la izquierda. ¡Es que por aquí está mejor, Señor! Bueno, hijo. Ve por allí, entonces… ¡Crash! Me di la gran piña, choqué. ¡Señor! ¿Por qué no me ayudas? ¿No ves que choqué?

Es que yo te dije que vinieras por acá, hijo, tu no quisiste y porfiaste. ¿Y por qué no me lo impediste, Señor? Porque yo te cree para que vengas a mí por tu decisión, no de manera automática. Quiero hombres y mujeres, no quiero robots, máquinas. ¡Pero es que yo te encomendé mi camino, Señor! Claro, pero entonces, ¡Escúchame! ¿Y ahora que hago, entonces? Vuelve atrás y empezamos de nuevo…Claro, parece una broma lo que digo, pero nos pasamos la vida queriendo corregirlo al Señor. ¿Es que alguien te ha designado como Asesor del Espíritu Santo?  Yo no sé quién te dio ese nombramiento, pero el que te lo dio, te puedo asegurar que te engañó. Claro está que, el que hace la voluntad del Padre, tiene la garantía total que habrá bendición en todo lo que venga por delante. Y el que no, se arriesga a conseguir lo que está buscando con sus propias fuerzas. Por ahí te sale bien, no te olvides que hay muchos hombres que no conocen a Dios, que en sus cosas les va muy bien. ¡Pero sólo es el fruto de su esfuerzo! El tema es por donde quieres transitar tú este camino.

Claro, a medida que vas conociendo esto, te das cuenta que los que más problemas tienen con todo esto, son aquellas personas que les encanta pelear por lo suyo. O sea: casi todos. La unción de la oveja, es esa unción que nos da el Señor para aprender a pelear en medio de lobos. A esperar la voluntad del Padre. ¡Si Él sabe cuánto anhelo yo esto! ¿Qué más puedo hacer? Esta espera, sin embargo, no es una espera pacífica ni inanimada; es una espera deleitándome en Él. Entonces empiezas a pedirle que te de un trabajo, y se lo pides de arriba y de abajo, de noche y de día, Señor, dame un trabajo, por favor. Y no te tomas el tiempo para escuchar su respuesta que te dice: ¿Sabes por qué todavía no te estoy dando un trabajo? ¡Porque todavía no te has enamorado de mí! Y si te llego a dar ese trabajo que ansias, vas a terminar enamorándote de tu trabajo, y me vas a perder. Así que prefiero tenerte sin dinero, pero conmigo, a tenerte con mucho trabajo y dinero y por ahí, en cualquiera.

Es así. Es imposible que Dios no te quiera dar el sustento. Pero tú creo que ya sabes que la gente cuando tiene un poco más de dinero en el bolsillo cambia un poco, ¿No? Hay muchos del otro lado de este micrófono que podrían ser millonarios, pero no lo van a ser nunca. Porque sus corazones se irían para el otro lado. Y esto te tiene que enseñar algo, que Dios tiene algo para ti, y que cada día viene con una porción de eso que tiene. Entonces, tu vida consiste en esto: ¿Qué regalo me diste en este día, Padre? Encomienda a Jehová tu camino, y confía en Él. ¡El hará! Porque desde ese lugar es que vendrá la Gracia. ¡Y es tan fácil el camino de la Gracia! Lo que ocurre es que no nos cabe en la cabeza que pueda ser tan fácil, entonces pensamos que algo hay que hacer. Entonces te pones a hacer algo y ahí aparecen tus asesores. “Me parece que así no es” “Podrías hacerlo de otro modo”. ¡Gracias! Pero escucha: a mí no me interesa escuchar opiniones de hombres, a mí me interesa escuchar la voz de mi Padre. Porque es a Él a quien voy a dar cuentas. Es Él quien me está dirigiendo.

¡Me perdí, Señor! ¿Dónde estás? Estoy aquí, pero ¿Por qué tomaste por ese camino si yo no te mandé por allí? ¡Es que no sabía qué hacer, Señor! ¿Y para qué te mandé el Espíritu Santo para que te guiara a toda verdad? Dime: ¿Qué parte de esa toda verdad no entendiste? El vendrá para recordarte, enseñarte, revelarte, guiarte, mimarte y todo lo que termina con arte. Pregunto: ¿Qué parte de todo esto no entiendes? Es nuestra naturaleza caída a la que le gusta andar cosiendo hojas de higuera todo el tiempo. Alguien dijo que tenemos el complejo de la araña, que es tejer, tejer y tejer, aunque teja vestiduras que no abrigan. La verdadera obra que puedes hacer, es creer en Aquel que te ha enviado. Ahora; ¿Sabes por qué está ligada esta palabra con esto? Porque si tú crees, esperas en él. Porque si tú crees, confías en él. Porque si tú crees, le encomiendas tu camino a Él. Pregunto: ¿Tú crees que estoy hablando de guerra? ¡Pero claro! Pero de guerra de muy alto nivel. Es dejar de pelear por lo que tú quieres.

¡Suéltalo! ¡¡Pero es que se va!! ¡Déjalo que se vaya! Una cosa es que tú lo retengas, pero otra cosa es cuando Él lo trae. Que vano es tratar de retener lo que no se puede retener. ¿Sabes qué? La unción de la oveja nos lleva a renunciar. Una sola cosa sé: Él hará. Guarda silencio ante Jehová. Guarda silencio. Si vas a hablar, que lo que salga sea adoración. Sino cállate. ¡No te alteres! Deja la ira, desecha el enojo. ¿Sabes cuándo viene la ira y el enojo? Cuando no conseguimos lo que queremos. Y golpeamos, y golpeamos. Si supiéramos donde está el Juzgado que defiende nuestros casos.  Pero nada de esto será necesario, porque el Señor sabe lo que cada uno de nosotros necesita. Alguien dijo que la vida de un creyente de Reino, es una vida de reposo absoluto. Porque han entendido que el trabajo más fuerte, más grande y más exigente que deben hacer, es creer. Y su meta, cada día, es una sola: deleitarse en Él. ¿Así de fácil? ¡Así de fácil! ¿Sabes qué es lo demás? Es carne.

Bajo esa óptica, ¿Cuánto tiempo te parece que perdemos, peleando por conseguir cosas que el Señor ya tiene guardadas para nosotros? Si tú le das un juguete delicado a un niño que está muy revoltoso, sabes que lo va a tirar y lo va a romper. Recuerda que el sudor vino por la maldición. Comerás el pan con el sudor de tu frente. Entonces, aunque veas a los levitas dentro del templo celebrando ocho horas continuas, tú no los veías con una sola gota de sudor. Porque la alabanza y la adoración, no era una forma de trabajo. Para Dios, el sudor sigue siendo maldición. Imagínate ahora que en tu iglesia, esa a la que hace veinte años que asistes, sin que jamás se te haya invitado ni siquiera a orar por la Santa Cena en el frente, llega una jovencita, una niña casi, que acaba de convertirse en una campaña en un barrio carenciado. Y resulta ser que su cambio y su testimonio es tan violento y marcado, que un mes después de haber llegado a la iglesia, una mañana es invitada a predicar. Y lo hace, y el culto con ella predicando resulta glorioso.

Entonces es cuando aparece su majestad, la carne. Y el hombrecito que hace más de veinte años que va a esa misma iglesia y jamás pudo ni siquiera pasar al frente a recitar un verso en homenaje al pastor, piensa y dice: ¿Cómo la van a invitar a esta mocosa que se convirtió ayer, y a mí que hace veinte años que asisto puntualmente, ni para levantar la ofrenda me llaman? Simple: debe ser porque esa jovencita tiene algo que a Dios le interesa que ella diga, y tú no tienes nada. Porque si se trata de hablar, ¡Hasta las mulas pueden hablar si Dios quiere! Lo cierto es que la dinámica del Reino, es extraña. Si es locura aún para la mente del cristiano, imagínate para que el que todavía no lo ha visto. Nosotros tenemos poder en la quietud. La adoración, nos lleva a un nivel de comunión con Dios. Y te digo, que no se consigue simplemente cantando. Puedes cantar días y horas enteras, pero si no llegas a un punto de adoración, no habremos tocado ni el timbre en la puerta del Reino. Pero, una persona quebrada golpeando las puertas del Reino y diciendo: yo no puedo, Señor, pero tú sí, puede conseguir lo que mil bandas de alabanza no pueden lograr.

Es una lógica extraña. Y aquí podemos ver un camino que nos puede aliviar muchos pesares. Ese es un atajo que, de tomarlo, te puede evitar muchos dolores de cabeza. Dicen los que saben, que la que fuera la madre de John Wesley, me imagino que sabes de quien estoy hablando, tuvo dieciséis hijos más, al margen de John. Y que se pasaba al menos media hora con cada uno de ellos, tratando de conocerlos y hacerse conocer. El resultado es ese del cual todos los libros de teología se llenan la boca hablando maravillas. Pero la realidad es la capacidad de renuncia que esa mujer pudo esgrimir para lograr el objetivo. En el Reino, hasta el tiempo se cambia. Porque un día es como mil años, y mil años como un día. ¡Eso es Reino! Ya no lo puedes entender de otra manera. Él te quiere en gracia, no te quiere transpirando a mares y diciendo que ¡Qué difícil es ser cristiano! Esa es la imagen antigua que hemos heredado, pero el Reino no es eso. La vida de Reino es gozo y paz. ¿Dice eso Pablo? Sí. Cambia tu manera de orar. Empieza a orar deleitándote en Él. Y ya no importa si alguien te responde o no. ¡El es tu respuesta!

¿Sabes qué empieza a pasar cuando una persona entra en esa dimensión? ¡Ya no me interesa si me das o no me das lo que te pido, déjalo, es asunto tuyo! Tú eres mi deleite. Eso empieza a provocar algo que empieza a quebrarse en el cielo. Ese cielo de bronce que tenemos, porque parecería ser que no escuchamos respuestas. Y se empieza a abrir no por golpear, golpear y golpear, sino por quebrar lo que está acá dentro. Este quebrarse de aquí adentro, provoca lo que mil golpes no provocan. Este quebrarse, no sabes cuanto te cuesta y cuanto te vale. Eso provocará lo que años y años de esfuerzo y cansancio no conseguirán. Es la unción de la oveja, revivirse berreando. De todos modos, nuestro Padre siempre sabe de lo que tenemos necesidad. De todos modos, nosotros podemos ganar posiciones en esta guerra levantando nuestras espadas y desalojando usurpadores, o podemos ganarlas en el altar de la adoración. Porque Dios sigue habitando en la alabanza de su pueblo. Tú puedes sacar a los demonios que fastidian uno detrás del otro, o puedes permitir que el Señor venga y veas qué demonios quedan.

¡Esa es la forma de guerra más efectiva! Porque, ¿Sabes cual es el problema con salir a echar fuera demonios a la vieja usanza? Que nunca sabes si los sacaste a todos o te quedan algunos para reproducción por ahí. Pero, si tú dejas que la presencia de Dios descienda, no queda un demonio ni para muestra, porque la gloria de Dios es más que suficiente para barrer con todo. Por eso la pregunta, siempre, será: ¿Qué hago? ¿Me vuelvo un cazador de demonios a sueldo, o me vuelvo un adorador sereno? Si yo me vuelvo un adorador sereno, pero empedernido y perdido en la adoración, obstinado, terco, inamovible, algo así como: si no te adoro me muero, yo te puedo asegurar que no hay demonios que dure más de cinco minutos en ningún lugar al que no ha sido invitado. Porque el Espíritu Santo cuando viene, viene y toma todo. Tú eliges qué guerra quieres hacer. ¡Es que me cuesta mucho orar, hermano! Entonces deja de orar un tiempo y sólo adórale… Este es uno de los más altos niveles de guerra. Pero sigue siendo guerra.

Algo quiero decirte en el final. Si mañana tuvieras la oportunidad de ascender al Tercer Cielo, seguramente no vas a encontrar ahí a ningún ángel apurado. ¿Sabes por qué, no? ¡Porque lo están viendo cara a cara a Él! Y si nosotros también lo viéramos, dejaríamos de patalear como niños malcriados y empezaríamos rendirnos. Aprende: no hay profetas apurados. El profeta de Dios sabe que el tiempo está en la mano del Padre. Él gobierna. ¿Quieres seguir haciendo esfuerzos? Sea. Entonces, ¡Esfuérzate en deleitarte en Él!

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febrero 25, 2022 Néstor Martínez