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Una Autopista al Reino

 

(Hechos 14: 19) = Entonces vinieron unos judíos de Antioquía y de Iconio, que persuadieron a la multitud, y habiendo apedreado a Pablo, le arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto.

(20) Pero rodeándolo los discípulos, se levantó y entró en la ciudad; y al día siguiente salió con Bernabé para Derbe.

(21) Y después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, (22) confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.

(23) Y constituyeron ancianos en cada iglesia, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído.

Quiero que pongas toda tu atención en el verso 22, otra vez. Lo hemos leído, pero en el final nos dice algo que no siempre concita nuestra atención como debe: es necesario que, través de muchas tribulaciones, entremos al Reino de Dios.

(Mateo 11: 28) = Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

(29) Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; (30) porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

Creo que la mayor parte de la crisis que en estos tiempos se vive dentro de las iglesias, (Ni hablemos de la de afuera), se debe principalmente al egoísmo de la gente. Personas que se congregan suponiendo que es obligación de Dios responder sus oraciones, que creen que la iglesia está obligad a atenderlos, a cuidarlos, a ministrarlos, a discipularlos.

Sin embargo, ese no es el evangelio que podemos leer en la palabra. Ninguno de nosotros va a encontrar un evangelio donde Dios te llama para darte luego todo lo que tú quieras. Es más: Él ha sido tremendamente honesto. Cuando Jesús habla acerca de lo que sus discípulos van a sufrir, les dice que van a ser perseguidos, apedreados, que tendrán que huir de ciudad en ciudad.

En ningún momento Él les dijo que esto iba a ser fácil. Por eso comencé leyendo un pasaje en el que Pablo es dado por muerto, ¿Sabes por qué? ¡Porque lo apedrearon! Y no fue la primera ni tampoco la única vez. Él va a ser apedreado varias veces.

Él va a tener fracturas en muchas partes del cuerpo, y no una vez. En esta ocasión que leímos, en este pasaje tan impresionante, te llega a impresionar el nivel de determinación que tuvieron estos hombres para seguir a Jesús. Impresiona.

Impresiona, porque cuando los vemos y comparamos, llegamos a palidecer al darnos cuenta que no alcanzamos, con todo lo que hoy día tenemos, con toda la libertad que tenemos, con todas las ventajas que tenemos, no alcanzamos ni medianamente al esfuerzo que ellos hicieron.

¿Cuánta gente abandona el camino y se va porque no recibe lo que suponía que debía recibir y se enoja? ¡Qué importa si Dios lo puso en ese lugar con un motivo! ¿Saben más que Dios? No lo sé, pero sí sé que hay gente que va al médico y le dice que medicamento debe recetarle, porque resulta que sabe más que él. Esa es la ironía en la que muchos viven.

Sentimos que tenemos el derecho de escoger la alimentación, como un niño de cinco años diciéndole a su madre qué cosa es la que debe cocinarle, como si fuera una persona entendida y adulta. O simplemente cuando se nos confronta y se nos lleva a arrepentirnos y no ser tan soberbios, saltamos airadamente protestando porque nos han herido.

Voy a decirte algo que no siempre será aceptado, bienvenido o aplaudido, pero que no deja de ser definitivamente cierto: el mejor lugar en el que puedes estar, es aquel en donde Dios te ha enviado a estar. Porque Él envió a su hijo a hacer exactamente eso: obedecer a su voluntad por encima de todo.

Durante todos los años que Él estuvo en esta tierra fría y oscura, para Él que era la vida y la luz verdadera, éste era el peor lugar en donde Él podía estar. Sencillamente porque este lugar no quería nada con su Padre. Y cada desprecio que le hacían al evangelio de Dios, cada palabra dura, cada falta de fe, era un golpe, no sólo al rostro del Padre, era un golpe directo a Jesús.

Cada incredulidad de sus discípulos, le golpeaba y le taladraba el corazón. Tenemos esa imagen de Semana Santa, Católica, con un Cristo crucificado, con unos clavos que le entran en la palma de sus manos y atraviesan sus dos pies, pero ¿sabes? Jesús fue crucificado muchas veces.

Cada vez que sus discípulos no creían en Él, un clavo de incredulidad atravesaba, no solamente su mano o su pie, sino también su corazón. Porque a Dios le duele nuestra incredulidad. Le duele hasta nuestra preocupación. ¿Qué pasaría si un hijo tuyo se sintiera preocupado y deprimido porque cree que tú, como padre o madre, no eres capaz de cuidarlo?

¿Verdad que ninguno de tus hijos te ve así, no? Eso es porque seguramente creen en ti, y saben que de una manera u otra, tú te arreglarás para que a ellos no les ocurra nada malo. Dios es igual. Mejor dicho, es mejor. Y tus preocupaciones, a Él le caen del mismo modo que le caería a ese padre o a esa madre.

Y ahí estamos nosotros, con esa imagen tan de Hollywood de Semana Santa, con ese Jesús caminando y arrastrando los pies, que se cae tres veces, que por cierto no se cayó ni una, que tiene un rostro demacrado y triste, cuando dice que fue sonriendo a la cruz.

Y todo, y quizás lo único que Él tenía en ese momento, que no era ni siquiera la confianza de sus discípulos, ellos no entendieron, ni siquiera la compañía de aquellos que se decían sus amigos; lo único que Él tenía, era la satisfacción de saber que estaba haciendo lo que era la voluntad de su Padre.

Deja de lado los que han abandonado las iglesias porque el Señor los sacó de ellas para una misión de otro plano, y vete a lo más abundante que, en el terreno de los egoísmos, allí puede verse. Gente que se va porque no la dejan cantar los domingos, otra porque no los ponen en cargos importantes o, en suma, gente que busca un evangelio donde se sienta cómodo. ¿Es que el evangelio puede ser cómodo para alguien?

Lamentablemente, al pasar los años, muchas de esas personas, son insaciables. Porque donde vayan van a encontrar que necesitan, y no hay. Claro, será por eso que Jesús dijo: “Tomen mi yugo, si se sienten bien, y aprendan de mí, si les parece” ¿Será esto lo que dijo?

Mira un evangelista que llega y dice: ¡Atención! ¿Cuántos quieren recibir a Cristo en este día? ¡Es mi deber advertirles que los que quieran recibir a Cristo, se van a morir! Y nunca más van a poder decidir lo que ustedes quieren, porque van a pertenecerle a un amo como un perrito pertenece a su dueño. Sólo harán lo que él diga. ¿Quieren recibir a Cristo?

¡Ese es el evangelio! Es necesario que a través de muchas aflicciones entremos al Reino. ¡Es que yo pensaba que se ingresaba al Reino declarando ser profetas, o apóstoles! En realidad, parecería que no, que lo que nos introduce al Reino es morir y pasar por aflicción.

Hay una diferencia entre estar en la salvación y estar en el Reino. Hay mucha gente que es salva, pero que no está en el Reino. ¿Por qué? Porque no está dispuesta a sufrir. Ese es el evangelio de Jesucristo. Importa muy poco lo que tú quieras; importa lo que el Padre quiere.

Lamentablemente, hay un sentido tan ausente de quién es Dios. Hemos fabricado un Dios tan a nuestra imagen, tan a nuestra manera, que hemos perdido mucho de lo que es el sano temor de Dios. Porque si tuviéramos el temor de Dios, te puedo asegurar que no discutiríamos con él.

Te puedo asegurar que la adoración siempre sería una adoración extraordinaria, porque entendemos que la base que me une con él, es entender que le temo. ¡Es Dios! No es un viejito bonachón con cara de Santa Claus. ¡Él es Dios! Y el día en que él deja de decir tu nombre, tú te mueres.

Entonces, debes soltar inmediatamente todo lo que te cansa y no te deja adelantar. Nadie puede correr con peso, debe soltar si quiere rendir. Hablo de soltar todo lo que te resulta un estorbo. Porque, es fácil soltar el pecado, pero es muy difícil soltar lo que te gusta.

Es difícil soltar tu relación familiar, o aquellas cosas que no son malas de por sí. ¿Por qué deberías soltar eso si aparentemente te ayuda? Ahora, si Dios te ha dicho que lo sueltes, ¿Por qué vas tan despacio, si es tiempo de hacerlo?

Yo creo que el Reino de Dios no es algo  tan difícil como se pinta hoy día. Lo que sucede es que lo hemos complicado tanto que parece algo tremendo. Creo que los ministerios, aparente de manera absolutamente espontánea, cuando nosotros hemos aprendido a ser siervos.

Pero, ¿Te imaginas tú a un profeta que dice que nunca fue siervo? Dios tenga misericordia de esa pobre gente que va a estar alrededor de él. Y esto es válido para cualquiera de los cinco ministerios de Efesios 4. La base de un ministerio, es haber sido siervo antes de ejercerlo.

Porque nuestro ministerio central y cervical, es servir al Señor. Cuando tú entiendes eso, importa muy poco que Dios te cambie de carrera, de cambie de trabajo, te cambie de lugar. Todo cambio, todo proceso de dejar o de asumir, es más sencillo cuando entiendes que eres siervo.

Que no ganas nada peleando con Dios, porque creo haber escuchado que tú le entregaste tu vida, no tus fines de semana. Le dijiste: Señor, entra a mi vida, toma mi familia. Entonces, deja que Él tome a tu familia. Que Él separe para el ministerio a los que Él quiere separar para el ministerio.

Que Él sea, realmente, el Dios de nuestro hogar. Que no sea el pequeño letrero en la puerta que dice: “Dios es el Dios de este hogar”. Que sea eso sin necesidad de letrero. Porque allí se hace lo que Él quiere. Se va donde él dice. Es necesario que por muchas aflicciones entremos al Reino de Dios.

Dice en este mismo pasaje y es impresionante, quiero que entiendan. Los discípulos, Pablo, es apedreado en el verso 19 y es dado por muerto. Puedes imaginarte cómo quedó si lo dieron por muerto. Entonces se acerca Bernabé y algunos discípulos y comprobaron que no estaba muerto.

Al rato, Pablo se levantó, entró en la ciudad y se tomó un permiso por cuarenta días, para recuperarse de las heridas. Entró a la ciudad, y al día siguiente salió con Bernabé. ¿Sabes lo que era viajar en caballo y carreta en ese tiempo? ¿Y, sobre todo, para una persona que había sido apedreada el día anterior?

Y dice el verso 22 que, apenas llegó, confirmaron los ánimos de los discípulos. Escucha: quiero que entiendas otra vez la escena. Pablo tiene parches por todos lados. Tendría que haber viajado con un quiropráctico de cabecera. Alguien que le acomode los huesos permanentemente, porque lo van a azotar más de una vez.

Cuarenta azotes menos uno. Apedreado más de una vez. Parecería que los ángeles se hacen a un lado cuando vienen las piedras sobre él. Entiende esto, por favor. Este hombre tiene que haber sido muy cabeza dura, porque con una sola apedreada lo mataron a Esteban. Parece un gato, no se sabe cuántas vidas tiene.

Llegó todo descangayado, con todos sus huesos alborotados y fuera de lugar y, ¿Qué crees que hizo? Confirmar el ánimo de los discípulos. Y los exhortaba a que permanezcan en la fe. ¿Por qué crees que lo hacía? Porque al verlo, algunos supongo que querían estar en cualquier lugar del universo, menos allí.

Entonces Pablo, se supone que acordándose de Mateo, dice: el Señor dijo que hay un camino que es angosto, una puerta que es estrecha, y que hay una cruz que debemos llevar. Ser cristianos, no es para cobardes. Los cobardes no heredan el Reino.

Cuando se comparte el pan y el vino, se debería pedir que, si en el lugar hay algún cobarde, será mejor que se retire sin participar. Porque compartir el pan y el vino significa reconocer y aceptar que se sufrirá lo que sea por él. Lo que sea necesario, no por gusto masoquista, desde luego.

Esa es la iglesia que Jesús dejó. No era una iglesia que peleaba por sus derechos. No los tenía. La única cosa por la que peleaban, era por servir al Señor. Vas a darte cuenta que, al pasar los años, la gente que más dura en la iglesia, no es necesariamente la gente más ungida, o la más rápida, o la más lista. Es la más perseverante.

La clave de todo este andar que el Señor nos ha puesto por delante a cada uno, es la perseverancia. ¿Y qué cosa es perseverar? Sintetizándolo, es seguir adelante a pesar de los problemas, a pesar de las dificultades, a pesar que no vemos nada. Es seguir y seguir.

Vivo en una zona donde en cierta época del año, allá por marzo o abril, descienden nieblas sumamente espesas a primera hora de la mañana. Ni te imaginas lo que son las autopistas cercanas y el riesgo que significa salir a ellas en este tiempo y a estas horas. De hecho, hace algunos años, por esa precisa causa, tuvieron un trágico accidente reconocidos pastores de mi ciudad, costándole a dos de ellos su partida a estar con el Señor, tal vez antes del tiempo que Dios deseaba que eso ocurriera.

Pero voy a esto: cuando hay niebla en la ruta, ¿Cuál es la indicación más precisa y contundente que te dan las autoridades de tránsito? ¡No te detengas! ¡Pero es que no se ve nada! ¡No importa, no se detenga! Y luego de proponerte que enciendas tus luces correspondientes, disminuyas tu velocidad.

Escucha: hay momentos en nuestra vida de fe, que vamos a estar en zona de niebla cerrada. Y si a eso le acompaña una crisis de esas que suele derrumbar al más valiente, seguramente vas a querer tomarte un tiempo para reflexionar y seguir, ¿no es así? Bueno, la orden divina es la misma: ¡No te detengas! Sigue avanzando y disminuye la velocidad, pero no pares.

El diablo está observando tus reacciones. Si en cada ocasión que él te pone un problema tú te detienes, él ya sabe entonces cómo neutralizarte por completo. Tu reacción debe ser la del boxeador que recibe un golpe que casi lo manda a la lona. Trata de encarar al rival y arroja golpes, no tanto por técnica de ataque, sino para que el rival no se dé cuenta que está mareado y a punto de caer y entonces venga y lo remate.

La receta básica es que las cosas no son del que corre, ni tampoco del que hace y hace. Las cosas son acorde con la misericordia que Dios otorga en cada caso. ¿Y en qué se manifiesta la misericordia de Dios contigo, específicamente? En que Dios la activa cuando ve que obedeces lo que Él te ha enviado a hacer.

Que de pronto puedas decir algo así: “Yo no era nada, yo no tenía ni parte ni arte en todo lo que tenía que ver con el Reino de Dios. Hubiera sido un simple mortal trabajando como esclavo de un tremendo sistema faraónico de lunes a viernes, esperando el fin de semana sólo para dormir un par de horas más y descansar.

Toda tu meta en la vida, hubiera sido tener un título, una casa y un auto. Y luego, lo único que te faltaría sería acceder a un buen retiro y una buena jubilación. ¡Qué vida más hueca, pobre, mediocre y miserable! ¿No crees? Escucha: ¿Quién dijo que vivir se trata de eso, nada más?

Sin embargo, resulta ser que un día Dios te llamó. Y no te llamó para que simplemente seas un mueble casi de accesorio en un lugar. Te llamó para que le ayudes a construir un Reino. Te llamó para seas colaborador de su obra. Y para que la gente pueda conocerlo a través de nuestra difusión testimonial. ¡Para eso te llamó!

No te llamó para seas un altísimo jerarca religioso y ni un prestigioso hombre del evangelio, ¡Te llamó para que obedezcas sin cuestionar y hagas lo que él te diga que hagas!  Te llamó para lo que él quiera hacer contigo. O sea: el Creador del Universo, el que formó los cielos y la tierra, te llamó y te dijo: te necesito.

No puedes vivir las vidas suficientes para agradecer a Dios solamente por eso. Fíjate que en momentos en la mayoría de las personas descansan, ven novelas, juegan play, usan sus celulares o simplemente beben y se divierten barato por allí, nosotros adoramos, oramos, alabamos, estudiamos.

¿Sabes qué? Es la consecuencia y el precio de ser colaboradores del más grande del universo. Y eso, que a los quince o veinte años no parecería sonar demasiado interesante o alentador, se va modificando con el correr de los años. Llega un momento en que lo único que te interesa y te importa es saber que Dios te conoce.

Y, ¡Ojo! No estoy diciendo que necesites tener noventa años para eso. No. Lo que necesitas es haber alcanzado un nivel básico de sabiduría para saber y entender que, en esta vida, todo se trata de él, nada más que de él. Esta es la única manera de no convertir cualquier reunión espiritual en una carga y una obligación pesada, sino en un verdadero privilegio que no quieres que se termine nunca.

Ya no importa demasiado la cotización del dólar. ¿Conoces al Señor? Sí. Entonces ten paz y estarás bien. ¡Y no es pensamiento positivo! Es la realidad. Hazte cargo de sus asuntos, y Él se hará cargo de los tuyos. ¿Te parece un mal negocio, ese? ¡Funciona!

Es mucha la gente cristiana que vivía sus vidas agitadamente, llenos de ansiedad, haciendo planes y planes y casi no deteniéndose a comer para poder cumplirlos que, un día, cansada ya de tanto esfuerzo y poco resultado, hizo un trato con su Dios: ellos se ocuparían de los asuntos del Reino, y Él lo haría con sus vidas. ¿Sabes qué? Testimonios ajenos y propios garantizan que no pasa un solo día que Dios no te demuestre su fidelidad.

Porque al pasar los años, lo que va a quedar en tu memoria y vas a transmitir a tus hijos, es que Él abrió el mar, que lo que era imposible, se hizo. Es que Él te dejó vender tus anillos de matrimonio o la guitarra que tanto amabas, para poder hacer lo que Él mismo te pidió hacer.

Entones aquí sale uno de esos agarrados que nunca faltan, y pregunta: ¿Y por qué tengo que vender mis cosas si es para hacer algo para Él? ¿No podía vender algo Él o sacar dinero de la nada? Porque es necesario que por muchas aflicciones entremos al Reino de los cielos.

¿Aflicciones? Sí, dije aflicciones. Esa es la palabra correcta, aflicciones. Porque la palabra literal es tribulaciones, ya lo sé, pero: ¿Sabes qué significa esa palabra? Es el vocablo lipsis, que se traduce como presión. Es lo que los que viven en las grandes ciudades experimentan al ascender o descender de los vagones del metro.

Presión. Estrechez. ¿Y para qué haría Dios eso? Para probar tu corazón, para ver dónde está depositada, verdaderamente, tú esperanza, tu confianza. Claro, cuando hablamos de tribulación, de aflicción y de persecución, son verdaderamente palabras temibles, fuera de moda.

Porque la palabra de este nuevo tiempo, es, esencialmente, prosperidad. “¡Dígale al que está a su lado, Aquí está el nuevo millonario!” Bueno, claro, pero es que usted hermano a lo mejor no se da cuenta lo que una persona millonaria puede hacer para el Reino de Dios. ¡No podemos negarnos a la riqueza y a la prosperidad!

Sí me doy cuenta, por eso digo lo que digo. Lipsis. Presión. La perseverancia sólo es posible si le creemos a Jesús. Si tú no crees, ni modo habrá que puedas perseverar. ¿No te he dicho que si crees, verás? Tú ya lo sabes, no es ver para creer; es creer para poder ver.

Si tú perseveras, es porque estás creyéndole a Él. Fíjate que Jesús fue tan franco con sus discípulos; tan franco, tan claro y tan específico, que si a ellos les hubiera quedado alguna duda respecto a lo que debían aprender, era porque sus mentes estaban en otra parte y no por falta de claridad.

(Mateo 24: 13) = Más el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

El que persevere hasta el fin. ¿Sabes? Hay cosas que el Señor nos va a pedir que hagamos, que parecen ridículas. Me viene a la memoria Juan 20, cuando María llega al sepulcro y lo encuentra vacío. Ella, inmediatamente, corre de regreso a donde estaban los discípulos reunidos, ¿Recuerdas el pasaje, verdad?

Y les cuenta lo que había pasado. ¿Le creyeron? ¿Leíste ese pasaje, verdad? ¿Le creyeron? ¡No! Le dijeron: ¡Mujer, estás loca! Y ella no fue a los inconversos, mundanos, impíos y paganos, fue a los discípulos. Hay muchos hombres y mujeres de Dios desparramados por el mundo a los cuales Dios los ha llevado de pronto a hacer cosas muy locas.

De todos modos, no sólo yo, que a lo mejor lo hago en lo mínimo, sino que la mayoría de aquellos que sirven en ministerios de largo alcance, saben perfectamente que, pese a esas cosas locas que en algún momento deberán hacer, lo más grandioso de cada misión es la colección de manifestaciones divinas que la adornan.

De hecho, no creo estar diciendo nada nuevo, hoy. Sólo trata de ser una leve exhortación a perseverar, a estar firmes en la fe, a no negociar con Dios, y aceptar que Él les pida lo que les quiera pedir. Si tú no le pones condiciones, tampoco Él te las pondrá, cuando tú le pidas lo que tu corazón anhela.

Él complacerá los deseos de tu corazón, si es que tú aprendiste a deleitarte en Él. Ese es el evangelio de siempre, lo demás son cuentos, muletillas, discursos, marketing evangélico. Tú te vas a dar cuenta un día, que entraste al Reino. ¿Sabes cómo? Dándote cuenta que ya nada te mueve.

¡Bienvenido al Reino! No hay luces artificiales, no empiezas a profetizar y a predicar y la gente se cae, te mirarás en el espejo y te verás exactamente igual que ayer, ningún brillo brota de ti. Pero ha cambiado algo. Tú miras a tu alrededor, y nada de lo que ves a tu alrededor, -tienes certeza-, puede moverte de donde estás.

Ese es el Reino. Y si tu duda es en qué momento vas a saber eso, mi respuesta es que no sé cómo ni con qué fórmulas, pero lo vas a saber. ¿Quieres entrar al Reino? Sólo persevera. Deja que Dios siga presionando. No le pidas que suspenda eso.

Obedece. En algún momento tú sabrás que has entrado allí. Y se cumplirá una palabra: y hallaréis descanso para vuestras almas. Sabrás que no es por esforzarte más que tendrás más. Entraste al lugar correcto. Y ni siquiera pensar en la idea de dejar al Señor habrá de parecerte tan, pero tan ridícula, que ni siquiera es algo que te haga perder tu tiempo pensando.

Y mirarás a los que viven mirando hacia atrás con tanta tristeza que te llevará a desconocerlos como hermanos. ¿Quiénes son estos? Porque sencillamente nuestros ojos y nuestra mente se van renovando, en la medida en que nosotros podemos conservar la posición que Dios nos ha dado, aunque no entendamos lo que está pasando.

De eso se trata. Esa es la vida de Dios. Y sabes que eso va a traer un gozo tremendo a tu vida. A lo mejor, vas a tener que enterrar varios sueños, está bien, pero vas a vivir por otros. Por sueños extraordinarios que vienen del Padre. No hay forma de mover a un hijo que entró al Reino.

Y en este sentido, la presión que a veces viene, aún de parte del diablo, suele ayudar para bien. Porque él termina trabajando para Dios, sin que lo sepa. Él sin quererlo nos ayuda a que el trabajo sea bien hecho. Creo que estamos transitando tiempos que nos demandan vivir en luz.

Porque dice la palabra que somos gente de luz. A la incredulidad, Jesús la describe de esta forma: la Luz vino a este mundo, y los hombres amaron más las tinieblas, porque sus obras eran malas. Eso quiere decir que nosotros amamos la luz por una razón; porque nuestras obras son buenas.

 Lo que ya se ha comenzado a formar en muchos creyentes, es una cultura de luz. Confesar pecados viejos sin que nadie los obligue, caminar derechos delante de Dios aunque nadie nos esté controlando, esforzarnos aún en medio de tanta debilidad, de tanta ceguera, de tanta miopía, en ser fieles a Dios.

Nada puede ser inmediato, todo esto es normalmente progresivo. Sólo debes perseverar y mantener tu fe en Dios, veas lo que veas, sientas lo que sientas, vivas lo que vivas. Aprende a vivir con lo que Dios te da. Y gózate en eso, no despotriques. Cada queja de un cristiano es una alabanza al infierno. ¡Es que si yo tuviera “eso”, sería feliz! ¿Sabes qué? Estás haciendo que “eso” que anhelas, se aleje. Porque nuestro gozo no puede ser por lo que viene, sino por estar donde estamos.

(1 Pedro 5: 6) = Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; (7) echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.

Hay un altísimo porcentaje de seres humanos en el planeta peleando todos los días contra el stress. ¿Y qué cosa es el stress? Es el irrefrenable deseo de controlar lo que no puedes controlar. Jesús dice: echando toda vuestra ansiedad. ¿Tú crees que eso incluye la preocupación?

¡Sí, claro! ¿Y por qué yo debo ponerlo sobre Él? Porque lo conozco. Dice que Él tiene cuidado de mí. Ninguno de nosotros sabe qué es lo que va a suceder mañana, pero es una bocanada de aire fresco saber que Él tiene cuidado de todos nosotros.

Te quiero animar a que seas parte de esa iglesia sin techo, nombre, denominación ni autoridades humanas, que quiere seguir a Jesús, no por lo que pueda recibir de Él, sino porque quiere servirle. Porque quieren agradarle en todo lo que hagan y en todo lo que Él pida.

Nadie te podrá asegurar que no vas a tener problemas. De hecho, la palabra dice que sí vas a tenerlos. Pero dice algo más. Número uno: siempre vas a tener paz. ¿Por qué debo celebrar eso? Porque la paz es sencillamente extraordinaria. Te das cuenta lo que vale, cuando no la tienes.

Número dos: porque Él es fiel. Y si Él dijo que iba a cuidar de ti, lo va a hacer aunque tus hijos te dejen, aunque quedes solo o sola, aunque parezca que absolutamente nadie quiere estar ni cerca de ti, ten paz; Él se quedará. Siempre. Él es fiel. Su nombre es fiel y Verdadero.

Nada de Él es mentira. De hecho, debo reconocer y advertirte que a veces, su verdad es un poco chocante. Quisiéramos que nos lo haga más fácil, pero no lo hace fácil. En algún momento alguna no muy agradable va a llegar. Este mundo no es el nuestro, y se sacude para hacernos saltar fuera. Estamos de paso por aquí.

Pero, ¿Recuerdas lo que Él dijo respecto a eso? El mundo te va a tratar mal, pero no te hagas problemas; yo ya lo vencí. Eso no implica que lo que te pase no te va a doler, ¡Claro que te va a doler! Pregúntale a Pablo, antes de llegar a Listra si no es así como te digo.

Sin embargo, si te tocara sufrir, vas a descubrir que es sufrimiento tiene un sentido. No estás sufriendo en la cárcel por robar o matar; estás sufriendo por la justicia de Dios. No es lo mismo sufrir con un sentido claro, que sufrir por errores, pecados o castigos lógicos.

Por eso Pablo dice, respecto a esto, que él añade su sufrimiento a los sufrimientos de Cristo, para que el cuerpo sea formado. Hoy me toca alentar tu fe. Hoy me toca exhortarte a mantener tu fe, a no moverte. A darle al Padre lo que Él te pida. Y al César lo que es de César, desde luego.

 

 

 

 

 

 

 

 

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noviembre 9, 2017 Néstor Martínez