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Tres Niveles Para Servir al Reino

Una noche fui invitado a predicar a una congregación bastante numerosa que estaba celebrando su aniversario, por lo que se debía interpretar que la invitación que me habían efectuado, debía halagarme notablemente. Un instante antes de subir a la plataforma, el hermano que oficiaba de conductor de la reunión, me preguntó cómo deseaba yo que me presentara.

Era norma por aquellos tiempos, que los que conducían los servicios consultaran a los ministros invitados, porque la decisión del estilo de su presentación, era algo que debían decidir ellos mismos. O sea: nosotros. En este caso, yo mismo. Te confieso que por un momento estuve tentado, (no me preguntes por quien), de hacerlo como la gran mayoría que había presenciado: ¡Ahora! ¡El gran siervo de Dios!

Pero de inmediato me arrepentí. No porque estuviera muy iluminado, ya que todavía había mucha oscuridad dando vueltas en mi mente y mi alma. Tuve temor que esa presentación cayera mal y me criticaran por ello. Y al pensar esto, el Espíritu por una milésima de segundo iluminó mi entendimiento. Y entendí que si era un siervo de Dios, de verdad, lo último que podía ser, era grande.

Recuerdo que la vocecita de la tentación me soplaba al oído: “¡Pero si todos lo hacen! ¿Quién eres tú menos que ellos para no hacerlo? ¡Tú también eres grande! Menos mal que no cedí a la seducción. Allá los que usaban esa presentación. Los había visto arder de ira cuando los criticaban por eso, y hasta declarar, a modo de sentencia divina, que, ¡Se las verían con el mismísimo infierno por criticar al siervo!

Así que, un tanto desorientado, recordé algo que había oído decir a un predicador hondureño, y pensé en hacerme presentar como un simple amigo de Dios. De inmediato me imaginé la reacción: ¿Eh? ¿Amigo de Dios, hermano? ¿Usted sabe lo que está diciendo? Perdóneme, pero rotularse así me suena como un poco exagerado en la confianza, casi irrespetuoso, casi irreverente. ¿Cómo va a ser amigo de Dios? En ese pensamiento andaba cuando me decidí y le dije: preséntame como un hijo de Dios, nada más. Y el muchacho respondió al instante lo que no me esperaba: ¿Hijo de Dios? ¡Pero hermano! ¡Ese es solamente Jesús! Así que me quedé en silencio, pensando en cómo debía presentarme para que nadie me criticara.

Fue mi experiencia hace muchos, muchísimos años, cuando todavía bebía biberón con leche adulterada y ya me las daba de hombre que comía asado a la parrilla. ¡Iluso! De ilusos está llena la religión. Y supongo que el infierno, también. Sin embargo, esto que te he contado, seguramente una de las dudas que en algún momento ha embargado a cualquier predicador internacional itinerante, o incluso a algún pastor de alguna congregación de las multitudinarias, o de cualquier cristiano que suponga tener un ministerio también, de supuesto gran alcance. ¿Cómo me presento¿ ¿Cómo Siervo, como Amigo, o como Hijo? La Biblia, claro está, habla de todo, pero la duda siempre está. Es una permanente batalla entre el respeto por la Palabra y la religiosidad de los hombres. Bien; te propongo dejar de lado las pequeñas soberbias miserables de hombres también muy pequeños, y vamos a estudiar, desde la Palabra misma, qué es lo que realmente somos, para poder definir cómo presentarnos en sociedad.

SIERVO

La pregunta, es: ¿Qué es, literalmente, un Siervo? A mí no me gusta demasiado recalar en los hechos históricos o sociales, con el fin de extraer de ellos alguna buena moraleja. No es mi estilo, ni es mi sentir. Creo en el evangelio como una serie inagotable de principios espirituales, fruto de la guía del Espíritu Santo de Dios, que deberán ser develados mediante la revelación que el mismo Espíritu dará. Por lo tanto, baste aclarar que un Siervo, era literalmente un esclavo, un criado, un sirviente de un determinado amo, que era su dueño y señor y sin derecho alguno más allá de obedecer ciegamente y sin saber motivos ni objetivos, lo que ese amo le ordenara. Vamos a ver ahora qué es lo que dice la Biblia.

(1 Samuel 3: 8) = Jehová, pues, llamó la tercera vez a Samuel. Y él se levantó y vino a Elí y dijo: heme aquí; ¿Para qué me has llamado? Entonces entendió Elí que Jehová llamaba al joven.

(9) Y dijo Elí a Samuel: ve y acuéstate; y si te llamare, dirás: habla, Jehová, porque tu siervo oye. Así fue Samuel y se acostó en su lugar.

Fíjate con cuidado quién es, aquí, el que rotula al servidor de Dios como siervo: Elí. Elí era un sacerdote con mucho poder, pero con enorme debilidad. Permitió que sus hijos Ofni y Finés hicieran barbaridades pecaminosas en el templo y, por esa causa, Dios decidió levantar al niño Samuel y entenderse con él. Sin embargo, Elí tenía bien claro el rol del hombre ante su creador. Humildad y un reconocimiento de indiscutible señorío y posesión. Un pagano impío desobediente y corrupto puede, llegado el caso, tener muy en claro que quien desee ser algo dentro del Reino, tendrá que tener un espíritu de siervo.

(Job 1: 7) = Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: de rodear la tierra y de andar por ella.

(8) Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?

Dios mismo declara a Job varón perfecto y recto, y así y todo se le somete a prueba, no a causa de sus pecados, sino a pesar de su rectitud. La prueba perseguía dejar restablecida su rectitud, así como darle una visión más profunda de la naturaleza de Dios y una más clara comprensión de la condición humana. Mientras que Satanás se proponía demostrar que Job era un pecador, la meta de Dios era poner de manifiesto para siempre la sinceridad de la fe de Job. Dios no permite que se nos pruebe para ver si fallamos, sino para fortificar nuestra fe. La prueba es, de hecho, una manifestación de la confianza de Dios en nuestra fidelidad o integridad.

Sin embargo, lo más notorio en este texto, es que a la palabra Siervo como rótulo al hombre o a la mujer de Dios, lo utiliza el propio Dios, avalándolo implícitamente y dejando de lado cualquier subestimación o visión peyorativa. Asimismo deja traslucir, de paso, algunas de las condiciones elementales que un siervo debe tener. 1.- Varón perfecto, que es como decir: Varón Maduro. 2.- Varón Recto, sin dobleces ni dobles mensajes o comportamientos. 3.- Temeroso de Dios, que no es pusilánime, sino valiente hasta la osadía por reverencia. 4.- Apartado del mal. Entonces es buen momento para preguntarse y preguntarte a ti: ¿Quieres ser tú un Siervo de Dios? Te ruego que tengas muy presente estos cuatro aspectos, entre otros no mencionados aquí, pero obvios en su practicidad.

(Romanos 1: 1) = Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios.

Pablo se auto-denomina Siervo a sí mismo. Pero en este texto, la palabra se usa en el sentido de alguien que recibía salario; que a veces tenía notables habilidades y responsabilidades, y que por lo general recibía buen trato y protección legal. Pero no podía renunciar a su trabajo y elegir a su empleador. Entre este tipo de siervos, había quienes eran educados y hábiles, y trabajadores comunes y corrientes.

(Gálatas 1: 10) = Pues, ¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Pablo rechaza aquí la insinuación de que es un oportunista que busca el favor de la gente enseñándoles lo que quieren oír. Y agrega  que si así lo hiciera, no sería siervo de Jesucristo. ¿Qué estás haciendo tú, siervo, desde tu ministerio? ¿Estás agradando a Dios aunque ello redunde en contra hasta de tu reputación, o estás intentando agradar a los hombres? Está en juego tu categoría de Siervo.

(Hebreos 3: 5) = Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la asa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir.

Lo que se está dando a entender aquí, complementariamente, es que Cristo es indiscutiblemente estimado con mayor gloria que Moisés, porque éste, -aquí lo dice-, era un mero siervo, un miembro de la casa de Dios. En contraste, como Dios, Cristo es tanto constructor como Señor de la casa; es la consumación de todo lo que anticipó Moisés.

Supongo que con estas escrituras resultará más que suficiente como para no tener ninguna duda que el calificativo de “Siervo de Dios” es bíblicamente legítimo y avalado por Dios mismo al referirse Él así, con respecto a determinados personajes. Siendo así, ya no quedaría nada por agregar y ni falta haría que se hiciera ningún estudio esclarecedor, ¿Verdad? Sin embargo, la Biblia misma nos muestra que la posición de Siervo, es meramente transitoria, y además previa para otro estado tan valioso e importante como este.

AMIGO

(Juan 15: 12) = Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado.

(13) Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.

(14) Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando.

(15) Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os la he dado a conocer.

La terminología de siervo-maestro y del hijo-padre, describe de una forma vívida la relación íntima que debe existir entre los creyentes, Cristo y el Padre. Pero ninguna tiene un sentido tan profundo como la que utilizó Jesús al llamar a sus discípulos, Amigos, porque ella encierra identificación y amor.

Esto nos lleva, inexorablemente, a indagar más sobre la terminología de Amigo. Porque pese a que algunas de sus acepciones clásicas son las de “compañero”, “conocido” o “hermano”, esta palabra en el devenir de los tiempos, se ha poetizado, subliminado y hasta bastardeado. Es como la palabra “señor”, que siendo en su conformación un calificativo de alto honor, termina siendo utilizada para cualquiera como un simple tratamiento protocolar. Amigo, hoy día, se le llama tanto al adversario político, al que si se lo puede eliminar se lo elimina, como al amante que no tiene ganas de comprometerse demasiado con una relación sentimental más seria. Es notorio que según el concepto de Jesús, Amigo tiene que ser muy otra cosa que las mencionadas.

(Proverbios 17: 17) = En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia.

Es indudable, y a nadie se le puede escapar aunque de pronto lo parezca: la verdadera Amistad se demuestra mejor, no tanto en los buenos tiempos, cuando todo anda a las mil maravillas, sino en los momentos de crisis y dificultades. Un Amigo es una persona familiar. Este sustantivo aparece más de ciento ochenta veces en la Biblia. La palabra que lo identifica es re’a y su raíz es el verbo ra’ah, que quiere decir “asociarse con” y “ser compañero de”. Aquí constituye una receta para una saludable amistad: un Amigo debe amar en todo tiempo. Ahora bien; con todos estos elementos, toma conciencia del significado y valor de una Amistad con Dios.

(Juan 3: 29) = El que tiene la esposa, es el esposo; más el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido.

En lo histórico, lineal y literal, el amigo del esposo, aquí, muy bien puede haber sido Juan el Bautista. Su gran gozo, entonces, se debía al privilegio de haber sido enviado como precursor, a preparar la gente para el esposo divino. En lo espiritual, en cambio, no estará descolocado para nada interpretar que, partiendo de la base de que la esposa es la iglesia y el esposo es Cristo, el amigo en cuestión puedes ser tú mismo, o yo, o cualquiera de los que verdadera y genuinamente le hemos entregado nuestra vida a Cristo.

(Santiago 2: 23) = Y se cumplió la escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.

Este texto está inserto en un contexto general en el que Santiago viene hablando de la fe y las obras, las prioridades, consecuencias y efectos. Y con referencia a Abraham, la base hay que hallarla en Génesis 15, donde la fe de Abraham le valió precisamente que todo le fuera contado por justicia. Y con respecto a esa Amistad ente Dios y Abraham, la misma no es la consecuencia de una mente imaginativa que concurre a una iglesia. Esto está en 2 Crónicas 20:7, donde leemos: con referencia a las victorias sobre Moab y Amón: Dios nuestro, ¿No echaste tú a los moradores de esta tierra delante de tu pueblo Israel, y la diste en descendencia de Abraham tu amigo para siempre? Esto se confirma y corrobora en Isaías 41:8, cuando el profeta, hablando de la seguridad de Dios para Israel, dice: Pero tú, oh Israel, siervo mío eres; tú, Jacob, a quien yo escogí, descendencia de Abraham mi amigo.

Listo. Lo ha dicho Dios. No se discute más. Abraham fue Amigo de Dios. Todo lo demás que a ti se te ocurra, también. Pero lo que estábamos tratando de confirmar y probar, era esa Amistad. Ha sido probado. ¿Qué queda como remanente de los orígenes y motivos de esa Amistad? Algo muy simple y no tanto: el origen lo pone Abraham al creerle a Dios. Todos lo sabemos: no basta creer EN Dios; los demonios también creen y tiemblan. Es necesario creerle A Dios y, como último y crucial paso: CONFIAR en Dios. Procuremos creerle a Dios, entonces, y también a nosotros nos será contado por justicia. Sigamos luego por ese camino y, como corolario de ese hecho previo, podremos también ser considerados Amigos de Dios, nada menos, aunque a muchos religiosos esto los espante. ¿Y allí termina todo, entonces? En absoluto. Falta un estado que nadie puede ni debe ignorar o desconocer: ser Hijo.

HIJO

(Salmo 2: 7) 0 Yo publicaré el decreto: Jehová me ha dicho: mi hijo eres tú, yo te engendré hoy.

Esto es una palabra profética que, obviamente, tiene que ver con Cristo. Sin embargo, si nosotros, la iglesia, somos el cuerpo de Cristo, su brazo ejecutor en la tierra, esta declaración profética de Dios, también nos cabe perfectamente. Mi hijo eres tú… ¿Y qué es, linealmente, un hijo? Es el símbolo de su casa, es su descendencia, su familia, su linaje, su primogénito y su simiente.

(Isaías 9: 6) = Porque un niño no es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre admirable, consejero, Dios fuerte, Padre eterno, príncipe de paz.

Aquí tenemos varias cosas para ver, pero la primera ubica en su preciso lugar una confusión muy reiterada en el pueblo cristiano. Este texto, obviamente, se refiere al nacimiento y posterior ministerio de Jesucristo, pero tiene un detalle que siempre será necesario tener presente. El niño que nos es nacido, es Jesús, gestado por el Espíritu Santo en estado virginal y parido por María, esa virgen, en un pesebre de Belén con la apoyatura paterna aunque no biológica de José, el carpintero de Nazaret. El hijo que nos es dado, en tanto, es Cristo, la deidad partícipe de la trinidad y Señor de señores. La unidad por encarnación de ambos, origina la figura de Jesucristo, el nombre que está por encima de todo nombre.

Luego vemos que se ofrece el cuádruple nombre y los atributos del Niño, que es el Mesías, quien nacería para reinar por siempre sobre el trono de David. Le dice Admirable, Consejero. Parecen, ambos, nombres que expresan sus cualidades de guía y líder político. Él es la Palabra viva, el guía infalible, la inextinguible sabiduría de la Verdad y el Camino. Sobre él descansará el imperio, que es la autoridad para gobernar, es decir, Dios Fuerte. El niño es Dios encarnado, el Omnipotente. La palabra traducida como “fuerte”, tiene el significado adicional de “héroe”. El Señor es el héroe infinito de su pueblo, el guerrero divino que ha triunfado sobre el pecado y la muerte.

Padre Eterno, mientras expresa el cuidado paternal que viene de Cristo. Este título no entra en conflicto con el de la primera persona de la Trinidad. Jesús dijo a Felipe: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Eterno, también significa “presente en todas partes”; el Señor posee los atributos de eternidad y Omnipresencia mientras reina sobre el trono de David y dentro de los corazones de los redimidos. Príncipe de paz: su reino está caracterizado por Shalom, bienestar, prosperidad, felicidad y casi de la enemistad. El Nuevo Testamento afirma que el establecimiento del reino estará antecedido por su triunfo sobre Satanás. Reino: no hace falta demasiado: es la jurisdicción espiritual sobre la que tiene gobierno Dios.

(Mateo 3: 17) =Y hubo una voz de los cielos, que decía: este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia.

Esta es una reiteración del original. Las palabras de la voz celestial tomadas del Salmo 2:7, un cántico real, y de Isaías 42:1, un cántico del siervo, declaran que Jesús es el mesías Rey que viene a cumplir la misión del siervo del Señor. Lo cierto es que si la iglesia, esto es: nosotros, somos verdadera y genuinamente cuerpo ejecutor  de Cristo en la tierra, esta expresión del padre nos cabe, nos compete y nos pertenece con toda legitimidad.

(Mateo 5: 9) = Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Aclaremos: la palabra “bienaventurados” que leemos aquí, en todo este contexto de las bienaventuranzas, es la palabra griega makarios, que viene de la raíz mak, que indica algo grande o de larga duración. Se trata de un adjetivo que denota felicidad, alguien muy bendecido, digno de ser congratulado. Es una palabra de gracia que expresa un regocijo y una satisfacción especiales, concedidos a la persona que experimenta la salvación.

Lo que nos da a entender específicamente este verso, es que si dios es el supremo pacificador, sus hijos deberán seguir inexorablemente su ejemplo. La expresión “pacificadores” que aquí se utiliza, es la palabra eironopolos, que implica a algo o alguien pacificatorio, que practica la paz. Viene de la raíz eiro, que significa unir, prosperar, implica, asimismo, derramar, pronunciar, hablar, hacer, mandar. También abarca mostrar o dar a conocer los pensamientos divinos o afirmar algo. Un pacificador, por lo tanto, no se limita ser una persona que tiene paz o se muestra pacífica, sino que incluye notoriamente a quien lo proclama, lo evidencia y lo enseña.

(Juan 1: 12) = Más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

Entendamos, entonces: yo no soy un hijo de Dios porque soy un fantoche (Que es como decir: Payaso), que quiere fantasear o aparentar. Tampoco porque un grupo de notables de la religión lo hayan decidido en alguna reunión de comisión. Soy un hijo de Dios porque ese es mi derecho por recibirle a Él y por creer en su nombre. “Derecho” es la palabra utilizada en otra versión en lugar de “celestial”. Gálatas dice que todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.

(Juan 5: 20) = Porque el Padre ama al hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis.

En ningún sentido Jesús actuó independientemente del Padre. Por el contrario, comprendía que como el padre y Él eran uno, hacía sólo lo que el Padre le mostraba. Entonces, la autoridad de Jesús no es usurpada, sino derivada de la autoridad del Padre. A la inversa, no se puede honrar al Padre sin honrar al Hijo. Entonces, por favor, escucha y entiende. Tú, a lo sumo, lo máximo que puedes hacer, es ver las actitudes y las acciones de las personas. Y eso no alcanza para medir quien ha recibido al Hijo y cree en su nombre, y quién no. Por lo tanto, tú no puedes dejar de honrar a cada hermano, pues corres el riesgo de intentar honrar al Padre sin hacerlo con el Hijo.

(Romanos 8: 14) = Porque todos los que son enviados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios.

La frase: Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, es más que una alusión para designar a los crisitanos. Describe el estilo de vida de aquellos que son hijos de Dios. Pablo está alentando a vivir, no de acuerdo a la carne, sino para hacer morir las obras de la carne. Por lo tanto, ser guiados por el Espíritu de Dios supone hacer morir progresivamente los apetitos pecaminosos de la naturaleza inferior. Esto explica que aunque todos los cristianos son de alguna manera guiados por el Espíritu de Dios, hay diversos grados en la actitud de aceptar la dirección del Espíritu. Mientras más plenamente sea guiada la gente por el Espíritu Santo, más obedecerán la voluntad de Dios y mejor se confirmarán en sus estándares santos.

La palabra griega traducida como “son guiados”, es un participio presente y debe ser entendida como que: “muchos son guiados continuamente por el Espíritu de Dios”. Esta guía divina no se reduce al conocimiento objetivo de los mandamientos de la Escritura y al esfuerzo consciente por obedecerlos (Aunque lo más seguro es que los incluya). Por el contrario más bien se refiere al favor subjetivo de ser receptivos a los impulsos del espíritu Santo a lo largo del día. Impulsos que si de verdad vienen del Espíritu Santo, nunca nos inducirán a actuar en cont5ra de lo que se enseña en la Escritura.

Lo que se percibe como la dirección subjetiva del Espíritu Santo, especialmente en las decisiones más importantes, o en los impulsos para hacer algo poco usual, debe ser sometido a la confirmación de varios consejeros para que nos ayuden a protegernos de errores y a mantener una clara visión de las normas objetivas de la Escritura.

Entonces llegamos a una simple conclusión: si tú ministras y te haces llamar Siervo, está bien. Si, en cambio, adoptas el calificativo de Amigo de Dios, indudablemente que estará mejor. Y si en última instancia comienzas a caminar la vida como Hijo de Dios, va a estar muchísimo mejor, todavía. Porque es una consecuencia transitiva, progresiva y no estados finales, salvo el último. Son distintas plataformas sobre las cuales se apoyan los estados consecutivos siguientes: Es la materia Literatura Uno, que te da la posibilidad de estudiar, rendir y aprobar Literatura Dos.

Esta es una pequeña pero importante asignatura pendiente por parte de los cristianos. Estamos acostumbrados a cristalizarnos en diferentes estados, como si ellos fueran completos y definitivos. Estamos tan impactados y enamorados del Cordero de Dios que no vacilamos en pretender ser lo mismo. Cuidado. No te olvides que el Cordero es un animal de transición y que, Espiritualmente, simboliza la provisión de Dios para el sacrificio, pero la historia no termina allí, en el cordero. Termina en León de Judá. Nos consideramos sencillas ovejas del Señor, cuando la historia no termina en ovejas, sino en caballos de honor. Que no se conforman con lo que comen al ras del piso, sino que escarban y buscan más, más y más.

Tú comienzas siendo Siervo. Le perteneces íntegramente a tu señor por legítimo derecho adquirido, y obedeces toda orden suya sin replicar, con la poca o mucha información que se te haya dado, sin preguntar y en total sumisión. Tú señor simplemente te da una orden y tú la cumples. No es necesario más, con eso alcanza. Después Él dice: ya no eres Siervo, ahora eres mi Amigo. Entonces tú sigues recibiendo directivas, las sigues cumpliendo con obediencia, pero ahora eres informado con mayor alcance y profundidad de todo lo que rodea a la directiva recibida. Propósito, causa, motivaciones. Es decir: tú harás lo mismo, pero mucho más informado que cuando eras Siervo. Y, finalmente, pasarás a la condición de Hijo. Allí repites todo lo anterior pero con dos añadidos: Primero, que ya no cuentas con información sobre algunas cosas, sino que te es permitido saber todo lo que hay que hacer. Y segundo, recibes herencia. Porque las cosas son muy claras y pueden probarse o comprobarse. El Siervo y el Amigo no heredan al señor de la casa, pero el Hijo sí. Y hacia allí vamos.

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enero 2, 2020 Néstor Martínez