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Los Esclavos del Tiempo

Dentro de lo que pueden significar dimensiones desconocidas para el hombre, están las del concepto del tiempo. El hombre nace en el tiempo, vive en el tiempo y muere en el tiempo. Para nadie es desconocido que el tiempo es una cárcel en la que el hombre, prisionero de esta terrible dimensión llamada tiempo, vive y desarrolla su vida, sueña y ensueña la vida, vive en ese campo de la prisión de sus propios deseos. El tiempo, simplemente transcurre sobre el hombre sin que el hombre pueda hacer nada para modificarlo y cambiarlo. Es una cárcel. El hombre nace en el tiempo, vive en el tiempo y se derrumba en el tiempo. Todo colapsa en el tiempo. Está escrito que algún día, el mismo mundo será destruido por el tiempo y en el tiempo.

Está escrito que los cielos se envejecerán como se envejece una vestidura de vestir, dice el texto de Isaías. Serán muchas las cosas que van a colapsar. Todo colapsa en el tiempo. Las cosas nacen, viven y mueren en el tiempo. El hombre vive, en ese tiempo, todas las experiencias; desde las más sublimes como ver nacer a un hijo hasta las otras. Es en el tiempo donde los hombres viven el amor, el odio, la abundancia y hasta la miseria. Es en el tiempo, también, donde son posibles todas las alegrías, pero también todas las desgracias. Definitivamente: el hombre es un prisionero del tiempo.

La tierra, que vista desde el aire parecería una naranja dentro de la cual seis mil millones de seres se debaten entre la vida y la muerte, entre el amor y el odio, también es el lugar en donde los hombres gustan y degustan sus pequeños y efímeros placeres, pero también se llenan de terror, de angustia, de expectativas negativas frente a la muerte, al hambre, a la desnudez y a la miseria humana. Esto es el tiempo, terrible cárcel en la que el hombre se debate.

Es entonces allí, en medio de esa tremenda visión casi sideral, que el apóstol Pablo tiene, con esa excelente pluma literaria con la que él describe las cosas del tiempo; es en medio de esa visión en que él da una palabra impactante a la iglesia. Y les dice esta frase a los hombres de Roma como hoy nos la dice a nosotros: No se conformen al presente siglo; no se conformen al tiempo en el que ustedes han nacido; no se conformen a estar prisioneros del tiempo en el que ustedes están viviendo. Él nos invita, nos incita, es el Espíritu Santo el que sopla sobre la iglesia y nos llama a rebelarnos contra esa unidad carcelaria llamada tiempo. Y nos dice: ¡Salgan de ese tiempo! ¡Rebélense contra ese tiempo! ¡No se conformen a ese tiempo! Tengan la capacidad de cambiar su manera de pensar, para así poder cambiar su manera de vivir.

Hay dos tiempos, lo han dicho los griegos. El tiempo humano, representado por ese maléfico dios KRONOS, palabra de la cual sacamos las nuestras Cronómetro, Cronología, Cronograma. KRONOS, el tiempo griego del tiempo humano. Este dios, KRONOS, era para los griegos el dios de la tiranía. No es casual; hasta hoy este dios sigue tiranizando a los hombres. ¿Cuántos han escuchado decir a alguien que el tiempo es tirano? Sin embargo, como decía Albert Einstein, el tiempo no existe. Simplemente es una abstracción del hombre, es una ilusión, una quimera. El tiempo, en sí, es una irrealidad. Nuestra forma de medir el tiempo no tiene ningún sentido más allá del planeta tierra. Un giro sobre sí mismo, el día. Un giro alrededor del sol, un año. Pero allá afuera, en el espacio infinito, nuestros cronómetros y relojes no sirven para nada.

En ese tiempo terrible de esa rueda impactante que es la vida, con el nacimiento y la muerte. Es la rueda de la cual habla Santiago en el capítulo 3 de su carta cuando alude a “La rueda de la creación”. La versión original de Casiodoro de Reina, dice: “La rueda de nuestro nacimiento”. De allí que algunos grandes pensadores, dijeron: “El hombre nada hace, todo le sucede”. “El hombre es una víctima de los sucesos”. Al hombre los eventos de la vida le caen encima como cae la lluvia y, como ocurre con esta, no puede hacer nada más que comprarse un buen paraguas y tratar de no mojarse. Es aquí, entonces, donde el evangelio surge con su propuesta de liberación tremenda y extraordinaria. Evidentemente no son muchos los que la alcanzan, pero es la Palabra de Dios para aquellos que quieran intentarlo. El evangelio es libertad porque el evangelio te rescata de tus prisiones temporales y te invita a caminar los tiempos divinos.

Vivir en el tiempo de Dios, en cambio, es vivir en otra esfera. Es vivir en el mundo de lo imposible, viendo las cosas posibles. Es el tiempo del poder, es el tiempo de la fuerza, es el tiempo de la esperanza, es ese segundo donde todo lo imposible no existe. Es el mundo del conocimiento, el mundo de la libertad, es el mundo de la vida abundante.

Así como los griegos hablaban del tiempo KRONOS, el tiempo humano donde suceden y transcurren todas las alegrías, peripecias, placeres y dolores del hombre, así también hablaban del otro tiempo, el que ellos llamaban “el tiempo de los dioses”, al que denominaban KAIROS. De modo que había dos conceptos del tiempo en el lenguaje de la filosofía griega, que es precisamente el lenguaje con el cual se escribió el Nuevo Testamento. El concepto del tiempo humano, KRONOS, y el concepto del tiempo divino, KAIROS. Y el apóstol Pablo, lo que busca, es sacarnos de ese KRONOS y meternos en el KAIROS, que es el tiempo divino, el tiempo del viento recio, ese tiempo donde las cosas imposibles son posibles.

Por eso es que Isaías recoge esas palabras monumentales de Jehová, Dios de los ejércitos. Así como son más altos los cielos que la tierra, así son más altos mis caminos que vuestros caminos. Mis pensamientos no son como vuestros pensamientos, ni mis caminos como vuestros caminos. El hombre tiene que elevarse al pensamiento de Dios, al camino de Dios, tiene que tener la fuerza para propulsarse a esas grandiosas esferas. Tiene que salir de alguna manera de esta esfera de secuestro que es la tierra y ver la tierra, en el sentido espiritual, de la misma manera en que la tienen que haberla visto los astronautas de las naves espaciales, desde lejos.

Cuando tú estás demasiado cerca de la tierra, vas a ver grande la tierra y grandes tus problemas. Pero cuando te vas alejando vas a ver a esa tierra mucho más pequeña, y ni siquiera te puedes imaginar que allí haya problemas. Cuando tú te levantas en el tiempo de Dios, todas las cosas de esta tierra serán minúsculas, pero cuando tú estás metido en esta tierra, hasta el problema más chico te parece enorme, inmenso. Es la fe que te levanta a Dios, que te levanta a los imposibles, la que te da la libertad de escaparte a cualquier tragedia, la que te convierte en invencible y la que te permite pisotear tus problemas y vencer en el nombre de Jesús. Es el tiempo de Dios.

En toda la Biblia se entremezclan los dos tiempos: el KRONOS humano y el KAIROS de Dios. Este es el ámbito que tuvo Juan cuando vivió la visión del Apocalipsis. Juan estaba prisionero, pero entrar al tiempo de Dios lo hizo total y absolutamente libre. A la isla de Patmos iban los disidentes del imperio romano, los que eran más peligrosos para ese estado, aquellos que luchaban contra el emperador. Y Juan. ¿Por qué estaba preso Juan? Él lo dice: por causa del testimonio de Jesucristo y la palabra del evangelio. Ese era su delito. Porque los hombres que piensan, siempre han sido un peligro para la sociedad, sobre todo para los dictadores.

Cuando hay hombres que piensan, los dictadores tiemblan, los corruptos tiemblan. Mientras haya en un país una manada de imbéciles que no tengan la audacia de pensar ni de decir lo que piensan, mientras haya cobardes así, nunca nadie temblará delante del evangelio. Pero cuando se levantan hombres que piensan la palabra de Dios y tienen agallas para decir lo que piensan de Dios y en Dios, entonces la humanidad tiembla, el mundo tiembla, el país temblará algún día. Cuando se levanten hombres que hablen la palabra de Señor en el tiempo de Dios.

Me he frustrado mucho con mis compatriotas argentinos en estos últimos tiempos. De una gente inteligente, que hacía funcionar sus mentes mal o bien, pero con ideas propias, pasaron a ser parte de esa manada mencionada dejándose influir y hasta doctrinar por lo que aquí todavía insisten en llamar “medios de comunicación”, cuando en realidad no son más que operadores mercenarios de intereses que nunca tienen nada que ver con la gente de la calle, sino con altos y encumbrados personajes que directa o indirectamente dictan sus leyes para el resto de la ciudadanía. Los cristianos no estamos para ser parte pura o limpia de la política de un país, estamos para ser sal y luz de la tierra. Y eso incluye un gobierno espiritual que la iglesia como conjunto tiene la obligación divina de ejercitar. La iglesia no nació para ser oficialismo u oposición de un gobierno terrenal por una sencilla razón: la iglesia ES gobierno.

Y ahí estaba este célebre maestro de la palabra que es Juan: preso por la palabra de Jesucristo. En su tiempo humano, ese tiempo de tragedia, tiempo de lágrimas, tiempo de esclavitud, tiempo de dolor, tiempo de látigos. La isla de Patmos, hasta el día de hoy, existe. Cuando se hacen excursiones turísticas a Patmos, todavía es una isla llena de rocas; es una prisión estatal, nadie vive allí, ni siquiera los pájaros. No hay lugar hospitalario allí, es una isla maldita. Es uno de los lugares más tenebrosos de la tierra, no hay esperanzas allí. No puede haber nada, siempre fue una cárcel y lo será; símbolo de la opresión y la esclavitud de un imperio, hasta el día de hoy.

Y allí estaba el apóstol. En su tiempo humano. Pero de pronto los cielos se abren, comienza el glorioso tiempo de Dios, y dice: Estaba yo en el Espíritu del Señor; en el día del Señor, y una voz que me dice: ven y sube acá. Y es transportado entonces a esa gloriosa presencia de Dios, donde comienza a ver la gloria de Dios y nos escribe esa palabra poderosa en la profecía, la más alta de toda la Biblia, que es el Apocalipsis. Que no habla de destrucciones ni de fines de planetas, sino que nos habla de revelaciones, porque ese es el significado de su nombre. Porque el hombre debe reconocer una cosa: estamos viviendo en el tiempo humano, pero de pronto ese KAIROS irrumpe en la vida de los hombres, produciendo los milagros más extraordinarios.

Cuando se lee y hasta se analiza, quizás exegéticamente la expresión del apóstol Juan cuando dice Estaba yo en el día del Señor, a muchos se les ocurrió emparentarlo con el día domingo. Sin embargo, el Espíritu da otra cosa. Dice que no era un día perteneciente a los siete de la semana, sino que era un octavo día. Es un día que no está dentro del calendario humano. Es muy difícil imaginarse esto, pero esta realidad existe. El día y la hora nadie lo sabe dice la palabra con relación a la venida del Señor. ¿Será un octavo día y en su hora veinticinco? Nadie lo sabe, nadie lo vivió en este tiempo KRONOS. Es tiempo divino, calendario divino.

Y Juan se mete en ese tiempo divino. Y en ese tiempo divino encuentra la libertad, encuentra la visión de Dios, encuentra transformación para su vida, encuentra la visión del señor. ¿Qué queremos decir con todo esto? Que tal vez tú, hoy, que estás leyendo esto allí, estás con tus propias tragedias, con tus propios problemas. Estás sencillamente prisionero del tiempo humano. Problemas económicos, problemas de amor, desilusión de la vida, problemas con los hijos, abandono del hogar, problemas con tu familia, problemas personales, problemas, problemas y problemas.

El mundo entero, al igual que esas hormigas que desfilan por el muro de tu casa, y que si tú te detienes un momento a verlas, con una gran lupa, viendo mejor sus acciones, todas cargando un pequeño trozo de tierra, o una partícula de una hoja, arrastrada desde el patio de tu casa. Trepan, y a veces las ves caminar metros y metros, y escabullirse hasta las zonas donde ya no puedes seguirlas. Y me parece que así desfilan los hombres por la vida, cargados de cosas que no le sirven para nada, como millones y millones de hormigas inútiles, que marchan con prisa a ninguna parte. Hombres que no tienen esperanza ni visión. Su destino es caminar y no parar nunca de caminar, llevando su problema a cuestas.

Pero hoy, el tiempo de Dios, el KAIROS, está bajando para darle total libertad, para quitar tu carga, para librarte de tus prisiones. ¿Recuerdas el diálogo de Jesús con el paralítico de Betseida? ¿Aquel que aguardaba que alguien lo ayudara a meterse en el estanque cuando el ángel revolvía las aguas para sanarse? A todas luces vemos que este hombre era el que menos posibilidades tenía para entrar allí. Su destino, su KRONOS, su tiempo humano, era un tiempo de esclavitud, de vergüenza, de desesperanza. ¡Treinta y ocho años esperando ser el primero en tocar las aguas para obtener el milagro! ¡Treinta y ocho años de frustraciones! Pero esa mañana, Jesús caminaba cerca del estanque de la bendición.

Hablaron. Y ese hombre hizo lo mismo que tú, que yo y que tantos que alguna vez estuvimos esperando un milagro, por pequeño que fuera. Queja, llanto, pena, tristeza, angustia, depresión, lamento, pesimismo, desahogo. “¡Soy un paralítico! ¡He perdido a mis amigos! ¡Ya no tengo a nadie! ¡Nadie me ama! ¡Nadie tiene interés en mí! ¡Nadie quiere estar aquí esperando la hora del milagro!” – Jesús lo mira a los ojos. Algo, (que no está escrito en la Biblia) le tiene que haber dicho. Algo así como: “No tienes que esperar que venga el ángel a revolver el agua. Ahora ya no tienes que esperar más la hora de ese milagro. ¡Yo soy esa hora! ¡Ahora; Levántate y anda! El KAIROS, el tiempo de Dios, baja, desciende, sana al hombre y le levanta para su gloria.

Después llega la resurrección de Lázaro. Ella se lamenta mucho que el Maestro haya llegado cuatro días tarde. Todo está perdido en el KRONOS, en el tiempo humano. El tiempo de la muerte, el más terrible de todos los tiempos humanos. “Señor, -se lamenta Marta- si tú hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”. Y Jesús le dice: “Tu hermano volverá a vivir”. Sí Señor, ya lo sé; en la resurrección de los santos él vivirá nuevamente. No Marta; tú no tienes que esperar el día postrero, no tienes que esperar el día final, no tienes que esperar nada. ¡Yo soy esa hora! Yo, -dice Jesús-, soy ese día! ¡Yo soy la resurrección y la vida, y el que cree en mí aunque esté muerto, volverá a vivir! Él es el tiempo de la vida.

Pero hay más Tiempo de Dios. De pronto descubrimos al apóstol Pedro, en medio de sus prédicas hidalgas y profundas. Esa prédica ardorosa que lo destaca como un hombre valiente en los primeros años de la iglesia apostólica. Por causa de esa prédica ardorosa y valiente es encarcelado junto a otros hombres. Pero a él lo ponen en una prisión aparte, en la peor y más dura de las prisiones estatales de Jerusalén. Con cuatro guardias compuestas de cuatro hombres cada una. Dieciséis soldados que lo custodian día y noche. Y allí está él en su KRONOS, en su tiempo humano. No puede salir de esa cárcel. Cuatro puertas de hierro, lleno de grillos y cadenas. En el cuello, en las manos y en los pies. Imposible moverse, está esclavizado. Ese es su tiempo humano, ese es su tiempo de dolor.

Entonces es cuando la iglesia tiene una palabra de oración delante de Dios. Y cuando la iglesia ora, el tiempo de Dios desciende. El tiempo de Dios baja, el tiempo del milagro se desata. Sucede cuando los hombres golpean las puertas de la eternidad. Hasta el llanto de un niño es escuchado en los cielos, así como Dios escuchó el llanto de Ismael. Aún el lamento del hombre más pequeño y miserable en la tierra, penetra en los cielos y conmueve el trono de Dios y su presencia de eternidad. No hay lamento, no hay palabra que nosotros pronunciemos, que no penetre en la esfera de los cielos. Por eso no se canse, hoy, si ha tenido una larga oración durante mucho tiempo, si hay una petición que ha mantenido en su corazón durante muchas horas. Este es el tiempo del milagro, no se canse de lanzar su voz hacia los cielos. Insista; su palabra penetra los cielos, más allá del techo de su habitación. Su palabra penetra los cielos y conmueve el corazón de Dios.

Y así está aquella iglesia, orando por Pedro. Su tiempo humano, era tiempo de dolor, de angustia, de miseria. Era un esclavo del imperio, estaba prisionero, nunca más saldría de allí. Sin embargo, la voz de la iglesia, atrae la presencia del ángel de Jehová. El poderoso ángel del Señor, que desciende en la ciudad de Jerusalén y encamina sus pasos hacia la cárcel pretorial. Nos cuenta la Biblia que abrió la primera puerta y nadie se dio cuenta que había entrado un ángel. No sabemos si los soldados se durmieron o qué fue lo que les pasó. Simplemente se borraron. Es como si parte de sus mentes se les hubiera bloqueado.

Las puertas se abrieron, sin llave alguna. Los hierros se rompen y el ángel penetra en la primera, la segunda, la tercera y la cuarta puerta. Dieciséis guardias fornidos, y ninguno puede detenerlo. Todos caen espantados frente a la presencia de esa fuerza que es trans-humana. Se enfrenta al apóstol Pedro, le corta los grillos y las cadenas, lo levanta en pie, lo saca por las cuatro puertas, lo deja en la calle y le dice ¡Chau! ¡Hasta siempre! Su KAIROS ha descendido. Su tiempo divino. En medio de sus prisiones, hermano, Dios puede sacarte de la cárcel en la que estás, en medio de tus problemas. Debes orar mi hermano, debes mantener la fe, la fuerza, Dios está aquí para bendecir tu vida HOY. Está aquí para bendecir tu corazón, está aquí para sacarte de tus prisiones, no importa cuál fuere la prisión que tengas. No importa el dolor o la angustia en la que tú vivas, Dios está aquí para transformar tu existencia. ¿Puedes creerlo? Eso alcanza.

Y hay otros KAIROS, muchos más, decenas de ellos. Cientos, quizás, y no todos escritos. Siendo capaces de sacar de la ciudad sitiada a todos los que habían perdido sus esperanzas, a los que creían que ya no había escapatoria. Tú recuerdas: los que se atrevían a salir de una ciudad sitiada, caían en manos de los soldados del ejército invasor y lo mataban. Es como dice el libro de las Lamentaciones: Mas bienaventurados fueron los que murieron por el filo de la espada que los que fueron destruidos por la muerte del hambre. Y así es.

Y en una ocasión, en medio de ese pueblo, estaba un loco. Un loco como Pablo. Estaba allí el profeta Elíseo. Y fíjate lo que hace este loco. Un día, recibe ese KAIROS, ese tiempo divino, ese tiempo de Dios que baja en medio de las miserias. Ese bendito loco se llena de fuerza, se para en medio de la plaza pública de la ciudad y, de pronto, dice: ¡Hermanos! ¡Mañana, a estas horas, habrá aquí un gran banquete para todos nosotros! ¡Ustedes van a comer como nunca han comido antes! La gente se lo queda mirando como si fuera una lagartija rara, y entonces piensan: este Eliseo, cuando comía, ya era loco, porque todos los profetas son locos, todos, porque no hay ninguno que no sea loco, todos son locos. ¡Benditos todos esos locos que cambian el mundo! ¡Infelices los cuerdos que se adaptan a los sistemas opresivos, represivos y esclavizantes!

Entonces decían: cuando comía, éste ya era loco. Ahora que hace un buen tiempo que no come por el sitio de la ciudad, está más loco que nunca. Y la gente no creyó lo que estaba diciendo ese hombre. Un hombre que decía lo que decía porque había discernido el Tiempo de Dios que se aproximaba. Porque el hombre que puede discernir el KAIROS de Dios es como aquel que se levanta en una poderosa y alta torre, y ve lo que viene en el futuro, en la mañana. Para la gente de su tiempo, es un loco, un paranoico; es simplemente un esquizofrénico, es un hombre que ve visiones y que tiene sueños vanos.

Sin embargo, discernir el tiempo divino es discernir la presencia de Dios mismo. Es percibir el poder del Eterno, es ver el día que no nace, es ver el mañana que no viene, es predicarlo hoy en medio de las tinieblas. Entienda: cada cambio, cada modificación a las antiguas estructuras eclesiásticas tradicionales, esas que ahora tomamos con naturalidad fueron, en un primer momento, prédica pionera de hombres que de ninguna manera fueron ni apoyados, ni felicitados ni respaldados. Hombres que debieron ser solitarios portadores de lo que sabían perfectamente que venía del Tiempo de Dios, pero que el mundo religioso no podía ver ni entender. Hoy se critica mucho a los llamados “Llaneros Solitarios”, pero olvidan que fue gracias a hombres así que tantas cosas cambiaron.

Y Eliseo se mete en ese KAIROS y habla esa palabra. Y la Biblia cuenta que esa noche se trasladaron hacia el campamento de los invasores unos hombres leprosos, y fueron allí y encontraron el campamento. ¿Sabes cómo? Intacto. Había una gran cantidad de cosas allí para comer, porque los adversarios eran miles y miles y se habían ido todos. Había quedado todo el campamento intacto y no había ninguno de los invasores allí. A todo esto, el ángel del Señor había provocado el pánico entre ellos y los había dispersado. Entonces, estos hombres leprosos, lo primero que hacen, lógicamente, es comer como locos. Pero cuando se sacian, cuando no pueden más, dicen: no es bueno que solamente nosotros estemos acá, esta es hora de dar buenas noticias. Y se van, con toda prisa, a la ciudad sitiada a decirles a todos: ¡Podremos seguir viviendo!!

Es allí, entonces, donde se cumple la palabra de los locos lindos. De ese bendito loco que anticipa la bendición de Dios sobre la ciudad. Tal vez, en esta mañana, usted tenga muchos problemas, tremendas angustias. Pero Cristo es el KAIROS de la bendición, de la riqueza, de la abundancia. Él es hoy el tiempo de Dios viviente. Él es quien manifiesta a todos los que creen la autenticidad del tiempo divino. El Señor es mi pastor, nada me falta. En el mundo todo le puede faltar, pero Él es Jehová Jireh, Jehová el proveedor, Jehová el dador de todo bien.

Haciendo un resumen, digamos que este día en que tú ha leído esto, tú tienes que hacer algo frente a esta palabra que te desafía. Todo hombre, siempre vive en su KRONOS. Entonces es hora de preguntarte: ¿Cuál es tu tiempo? ¿Es tu tiempo de miserias, de dolor, de preocupación, de desgracias, de desventuras? ¿Es tu tiempo de enfermedad, tu tiempo amargo? ¿Es tu tiempo de penas? ¿Has comido lágrimas esta mañana y te pusiste a leer esto tanto como para no pensar en lo otro? ¿Has bebido lágrimas anoche? ¿Has venido delante de Dios trayendo tu petición dolorosa? ¿Estás desesperanzado y abatido? Así nunca podrás ser parte del ejército de Dios. Deja tus caminos y súbete a los caminos del Eterno. Deja tus pensamientos y empieza a pensar cómo piensa Él. Dios te llama y te dice, como a Juan: ¡Eh! ¡Sube acá! ¡Levántate de tus miserias! ¡Deja de ser un esclavo de tus penas, de tus tristezas! ¡Deja tu KRONOS, tu tiempo humano y métete en el KAIROS de Dios, en el tiempo divino!

Volviendo a revisar las palabras del apóstol Pablo, palabras del Espíritu Santo para nosotros, dice: No se conformen al tiempo presente. Rebélense contra ese tiempo en que están viviendo. Tengan la audacia y las agallas de levantarse de donde están postrados, tengan la audacia de luchar contra sus problemas. ¡No se dejen aplastar por las dificultades de la vida! ¡Levántate y camina! ¡Levántate y anda! ¡No dejes que tu vida sea una pesada roca que te aplasta la espalda y te sumerge en el pantano de la desgracia! ¡Rebélate contra tu destino y contra tus penas! ¡Rebélate contra la miseria y contra tu hambre! ¡Entra al tiempo de Dios y a la libertad! ¡Jamás hables de tu problema de salud diciendo “Mi enfermedad”! ¡No es tu enfermedad! ¡No te pertenece! ¡Es un lastre del diablo que no tienes por qué aceptar, y menos considerarlo tuyo!

Deja tu tristeza. Deja de lamentarte frente a tus miserias. Deja de llorar sobre tu destino negativo. Cambia tu manera de pensar. La riqueza de la vida está en la forma de pensar sobre ella. La pobreza no es un problema de dinero en el bolsillo o la billetera, de más o menos dinero. La pobreza del hombre vive adentro de su cabeza, está en su mentalidad, en su forma de pensar. Ha sido dicho que el primer paso de la fe, es el sueño. Si la gente quiere cambiar de vida, tiene que tener un sueño de libertad en el alma; tiene que tener la fuerza de ser libres, desear la libertad. Hay hombres esclavos que adoran sus miserias, adoran sus enfermedades, adoran sus lágrimas, viven día y noche ese estado de crisis. Les encanta, cada vez que van a la iglesia, ponerse de pie y pedir que los demás oren por ellos. ¡El cielo desafía esa cobardía y te invita a que entres en el tiempo de Dios donde hay libertad y abundancia! Hermano, en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levanta tu mano allí donde estás aunque alguien pueda tomarte por loco, y di ahora conmigo con valor y entidad de oración de guerra:

“Señor, en este momento, en el nombre de Jesucristo de Nazaret rechazo, me opongo y echo fuera de mi toda esclavitud que haya en mi mente. En este momento y por el poder de tu nombre me declaro total y absolutamente libre, entro en tu tiempo divino y dejo de ser, definitivamente y para siempre, un esclavo de los Tiempos humanos. Amén.”

 

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diciembre 16, 2016 Néstor Martínez