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La Revelación del Verbo

¿Qué es el verbo? Gramatical y secularmente, el verbo es la parte de la oración, concretamente una categoría léxica, que expresa una acción, un movimiento, una existencia, una consecución, una condición o el estado del sujeto. Sintácticamente representa una predicación. En la oración, el verbo conjugado funciona como el núcleo sintáctico del predicado (si el verbo está en una forma conjugada ocupará en general la posición del núcleo del sintagma de tiempo, y si no de un sintagma verbal simple). Los verbos, según su valencia o gramática, pueden ser clasificados en intransitivos, transitivos, ditransitivos, etc. Son transitivos cuando el verbo requiere más de un argumento obligatorio. Los intransitivos tienen un solo argumento obligatorio.

Según un buen diccionario bíblico, el verbo, que viene del griego lógos, es el o la palabra, dicho, declaración, discurso, narración, informe, tratado; la frase subraya la organización sistemática y significativa de los pensamientos expresados en palabras, no las palabras mismas. Designación para Cristo, que lo presenta como la expresión encarnada del carácter, la mente y la voluntad de Dios (empleada con este significado sólo por Juan. Jesucristo era el pensamiento de Dios hecho visible, audible e inteligible para los seres humanos, en particular con respecto a su bondadoso propósito de que todos los hombres encuentren la salvación.

En la biblia lógos se usa generalmente para referirse tanto a la palabra creadora como a la que Dios emplea para comunicar sus planes y su voluntad. Sin duda, estos usos de lógos en el AT estaban presentes en la mente de Juan cuando escribió su Evangelio y sus epístolas. La creación es una expresión de la voluntad y del propósito de Dios; y la revelación, tal como se encuentra en las escrituras del AT, es una expresión más exacta y significativa aún de esa voluntad y ese propósito. Después Dios envió a Cristo al mundo como la revelación suprema de sí mismo ante la especie humana, y por lo mismo más perfecta todavía.

Muy bonito. Intelectual y teológicamente, ya está. No habría mucho más para añadir. Ya la humanidad al leer esto sabe perfectamente que cosa es un verbo. ¿Cómo? ¡Ah! ¿Es EL Verbo, me dices? Entonces tengo la sensación de que indefectiblemente tendré que leer mi Biblia, después de todo. Me regalaron una hermosa para un cumpleaños, pero después de mucho tiempo de llevarla a la iglesia y traerla de vuelta a casa sin leerla, un día el Señor se apiadó de mí y me mandó a su Espíritu Santo a enseñarme como leerla y aprender de lo que dice, no solamente memorizar capítulos y versículos para dar la imagen de teólogo distinguido. ¿Me acompañas? Texto muy conocido. Quiero pensar que debes haberlo leído no menos de diez veces en tu vida y escuchado enseñar o predicar otro tanto. Lo que no sé, -hoy lo averiguaremos juntos, es si lo entendiste.

Juan 1:1 = En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. (2) Este era en el principio con Dios. (3) Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. (4) En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. (5) La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Dice que en el principio era el Verbo. ¿En qué principio? ¿En el principio de qué cosa? En el original, la palabra griega que se traduce así, es arjé. Tiene varias acepciones, pero los más sabios y conocedores de los idiomas originales bíblicos, coinciden, en una palabra: Dignidad. ¿Tienes un buen diccionario a mano? Fíjate qué cosa es dignidad según ese diccionario que no es bíblico, sino secular. ¿Sabes cuál es la acepción que más sobresale? Excelencia, Realce. ¿Cómo quedaría esa parte del texto, entonces? En la excelencia y el realce, era el Verbo.

Suena lindo, pero ¿Eso que significa? Que estamos hablando de una palabra griega, arjé, de donde luego vamos a extraer una nuestra muy conocida: Arquitecto, o arquitectura. ¿Conclusión? La misma que pudimos ver cuando leímos Génesis 1:1. Diseño. Las cosas de Dios tienen excelencia y realce, (Porque provienen de realeza), y obedecen a un diseño, el suyo, el que fundó nada menos que todo lo que vemos, partiendo desde una base que como no vemos porque pertenece al ámbito de lo invisible, suena a fantasía o misticismo. Las cosas que vemos y que nos convierten en gente sabia e inteligente, todas, provienen de lo espiritual, que es algo que no se puede ver, palpar ni comprobar. Es por fe, o no es nada. Y en ese plano, hay un diseño y en ese diseño, El Verbo. Pero, atención con esto: dice que ERA el Verbo. ¿La conjugación en pasado de que verbo del idioma español es Era? Del verbo Ser. ¿En primera persona y tiempo presente? Simple: Yo Soy, ¿Te suena? Verbo.

Decir Verbo en idioma bíblico, es decir Logos. Y decir Logos, indefectiblemente es decir Palabra. ¿Cómo nos queda, entonces, esa primera frase? En la excelencia y el realce del diseño divino, era la Palabra. ¿Verdad que toma otro sentido totalmente distinto leído así? Pero no se termina allí, porque en la conclusión de ese primer verso, se nos dice que El Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. No es mi intención darte una clase de idioma español, pero si dice CON, está utilizando una preposición que indica algo así como “en compañía de”. Pero resulta ser que luego no lo dice así, dice que el Verbo era Dios. Y eso tiene que ver con ser, no estar en compañía de alguien o algo. ¿Una contradicción bíblica, quizás? En absoluto. Es la mejor prueba de que cuando se habla de un Espíritu y tres personas con relación a la deidad que conocemos como Dios, no s aleja de la verdad. La Palabra, estaba en compañía de Dios, pero también era Dios mismo. ¿Dios Padre? Como integrante, sí, pero en este caso puntual, está hablando del Hijo.

¿Pruebas? Una. Pablo dice, en Colosenses 1:17, que Él, por Cristo, es antes de todas las cosas y que todas las cosas en Él subsisten. Esto significa sostener o mantener las cosas unidas y presenta a Cristo como el diseño sostenedor y unificador del universo. Creo que, si lees con atención y esta concepción los primeros versos de Génesis 1, te vas a encontrar con esa prueba que buscábamos. Pero no es la única. En su carta a los Filipenses, Pablo vuelve a hablar del tema, y en el segundo capítulo y verso 6, hablando de Cristo, les dice esto: el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse. De hecho, esta frase de ninguna manera se refiere al aspecto físico de Cristo, sino a su esencia divina, algo que permanece inalterable. Por eso, cuando dice que es igual a Dios, se refiere al modo de existencia de Cristo. El Señor comparte la gloria y prerrogativas de la divinidad, pero no consideraba esa condición como algo que debía ser mantenido celosamente. Por el contrario, Jesús renunció voluntariamente a su gloria cuando vino a la tierra, aunque retuvo su esencia divina.

Concretamente, hay un ser que estamos conociendo como El Verbo. Este ser, indudablemente Es Dios, porque cuando se refiere al principio, al diseño, se nos muestra como oriundo de la eternidad. Y por si eso no fuera suficiente, es llamado Dios, así que a nadie pueden caberle dudas que realmente Es Dios. Sin embargo, al mismo tiempo, este ser no abarca todo lo que es Dios, porque Dios el Padre es una persona diferente. Así, el Padre y el Hijo, que aquí es conocido como El Verbo, son igualmente Dios, aunque distintos en su persona. El Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Padre. Sin embargo, ambos son igualmente Dios, junto con Dios el Espíritu Santo, haciendo un Dios en tres personas. Complicado de entenderlo con nuestra mente intelectual, pero cierto desde lo eminentemente espiritual, está escrito. Y por si a alguien siguiera teniendo dudas, en su primera carta, en el inicio mismo de ella, Juan concluye: Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida  (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.

Conclusión de todo esto, Jesús, el Cristo, el Hijo del Dios viviente, Dios mismo, es el Verbo, el Logos, en suma: La Palabra. Tiene coherencia. Mira Génesis y verás que todo, estrictamente todo, de un modo u otro, fue creado a partir de la palabra. Dios dijo Sea la Luz y fue la luz. Dios dijo. Verbo. Palabra. Por la Palabra y para la Palabra todo fue hecho y por ella fue hecho, eso dice el tercer verso. O sea que, lo que Juan declara, es que Jesús fue el agente divino responsable de toda la Creación. Pablo se lo detalla casi puntillosamente a los Colosenses cuando, en el primer capítulo y verso 16, les dice: Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. O sea que, para dar fehaciente prueba del rol de Jesús como primogénito de toda creación, Pablo le llama el mediador, el agente, y la meta de todas las cosas creadas. Esto lleva también a proclamar su autoridad sobre todos los poderes cósmicos malignos, quienes también eran sujetos de la creación y cayeron de su estado original. Obviamente, que el punto de referencia de Pablo es Génesis 1.

Reafirmando todo esto, el autor de la carta a los Hebreos escribe en el primer capítulo y verso segundo, que hoy Dios habla a través del hijo, a quien constituyó, -dice-, heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo. ¿Te queda claro? Dios hizo el universo nada más y nada menos que para brindárselo a Su Hijo, el Verbo. ¡Es que no lo entiendo! Me dices. ¿Y nosotros? ¿No es que el hombre era el centro de la creación? Lo es. Jesús es ese hombre. Él es el Cristo y es el Verbo. Y solamente los que están EN Él son considerados por Dios coherederos de todo. O sea que, según esta carta, Dios constituyó todo el universo con sus millones de galaxias y trillones de planetas, sólo para Su Hijo. Y si nosotros estamos en Él, podremos compartir toda esa gloria manifestada.

Luego te dice que, en Él, esto es, en el Hijo, que es Cristo, el Verbo, estaba la vida y que, esa vida, justamente, era la luz de los hombres. No tengo ninguna duda, el Verbo es la fuente de toda la vida, y no sólo esa vida biológica a la cual le otorgamos tanta importancia, sino también el mismo principio de vida. Porque la palabra griega antigua traducida aquí como vida es zoe, que significa “el principio de vida.” Por lo tanto, no me está hablando aquí de bios, la cual es solo la vida biológica. Sin embargo, hay algo más que comienza a surgir lenta pero progresivamente de todo este trabajo. Porque si yo te digo que el poder que crea vida y mantiene todo lo demás en existencia está en el Logos, no voy a cometer ningún error, ya que quedó dicho que Verbo, puntualmente, es Logos. Por tanto, mi amado amigo o amiga, hermano o hermana, déjame decirte que, cuando se habla de Cristo como Vida, en cierto modo de lo que se está hablando, es de La Palabra.

Y por si fuera necesario, Juan vuelve a repetir el concepto un poco más adelante en su evangelio. Por allí por el quinto capítulo, dice que: Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Mucho más contundente es Juan cuando reproduce, en el capítulo 11, algo que Jesús dice y que pasa a ser un clásico de la declaración de victoria: Todo esto hasta arribar al clásico de todos los clásicos de Juan, el 14:6, cuando Jesús dice aquello de: Yo soy la resurrección y la vida; y el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Sólo le falta, para cerrar esta parte de esta historia, que Juan utilice el otro término que tan familiar le resulta para sumarlo al primero, que es vida. Estoy hablando de la luz. ¿De qué luz se habla aquí? De la que nos brinda el Verbo. El Logos. La Palabra. ¿Es productora de luz, entonces, la Palabra de Dios? ¿Te cabe alguna duda? ¿Quién la provee? El Verbo, que es el Padre, que es el Hijo, pero que también es el Espíritu Santo. ¿Ahora sí te cierra? Porque a mí si me cierra y perfecto, como todo el resto del evangelio del Reino.

¿Cuántas veces escuchaste decir a alguien en nuestros ambientes, que sin Cristo estamos muertos y también en total y absoluta oscuridad? Eso es el equivalente más claro de que sin Cristo estamos perdidos. Y además padeciendo los naturales temores de estar por fuera de Él, entre ellos, el miedo innato a la muerte y, como consecuencia, a la oscuridad. Los niños muy pequeños son el mejor ejemplo de que algo espiritual está por fuera de una simple ausencia de luz. ¿Tienen miedo los niños pequeños a la oscuridad, o no? Lo tienen. ¿Sabes por qué? Porque para ellos, la oscuridad no es algo, sino alguien. Dios es Luz. Tú saca ahora tus propias conclusiones. Yo, por mi parte, creo que lo más oportuno es dedicarme a examinar el quinto verso de este primer capítulo de Juan. ¿Se te olvidó? Dice: La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. En el ámbito científico suele enseñarse que la oscuridad no se puede examinar, pero sí la luz. Que, en todo caso, oscuridad es solamente ausencia de luz. Desde lo técnico o científico, puede ser, no lo dudo. Pero en lo espiritual, no; absolutamente no.

Si acudes a los originales, podrás ver que, cuando se habla de luz, se habla en realidad de resplandor. Y cuando decimos resplandor, no podemos menos que recordar cómo se asume lo que llamamos la Gloria de Dios: como un resplandor brillante y enceguecedor. El resplandor de la gloria. Ahora bien; si decir luz es decir esto, ¿Qué haremos con las tinieblas? ¿Vamos a dejarlo en que se trata simplemente de oscuridad visual por falta de iluminación? En lo literal, si, lo es, pero en lo espiritual, todos sabemos que tiene otras connotaciones. Dios envió a Jesús al mundo a traerle Su luz, esa que nos es necesaria para salir de toda la negrura de una vida hueca, vacía y sin futuro, y también de esa clase de oscuridad que sólo tiene lo tenebroso, lo mortuorio, lo seco e infame. Por ese motivo es que más adelante, en este mismo libro, juan escribe advirtiendo a quienes lo quieran oír, que: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

¿Alguno de ustedes que hoy me está escuchando tiene la menor duda de eso? Los hombres, en general, en lo global, en lo genérico, incluso, ¿No siguen mayoritariamente amando más esas tinieblas de perversión, promiscuidad, vicio y corrupción que esa luz de santidad, integridad, honestidad, pureza y transparencia? Por esa razón es que tienen tanto valor esos dos versos del libro de Génesis, en su primer capítulo. El primero, después de haber trazado Dios el diseño para la Creación, dice: Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Cuando ese diseño precioso comienza a ponerse en marcha, el máximo obstáculo que tuvo, fue el mismo que la mayor parte de los creyentes tenemos hoy cuando decidimos comenzar una obra favorable al Reino: Se nos viene encima un tremendo desorden y oscuridad, mucha, toda. ¿Qué hizo Dios? Él es el Verbo, el Logos, la Palabra, así que hizo lo que corresponde hacer en cada problema que tengamos: simplemente habló: Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. ¡Ah! ¿Creó la luna y el sol? ¡No! Eso recién lo hace más adelante, en el verso 14. ¿Y entonces? Soltó su Palabra, y esa Palabra al salir en libertad, determinó que se hiciera la luz. Dijo SEA la luz. Sea es parte del verbo SER. Recuerda: primera persona: YO SOY. ¡Wow!

En un momento de su ministerio, Jesús se encontró con un hombre ciego de nacimiento. (Un ciego no ve, no tiene luz, está a oscuras). Los religiosos del lugar, legalistas a ultranza, enseguida le preguntaron quien creía él que había pecado para que ese hombre hubiera sido castigado así,, con esa ceguera. La respuesta que da el Señor en los versos 3 al 5 de ese capítulo 9, nos siguen desacomodando y desparramando cualquier intencionalidad legalista o juzgadora en nosotros. Mira lo que les dice: Respondió Jesús: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; (Esto habla de luz) la noche viene, (Aquí lo que llega es la oscuridad) cuando nadie puede trabajar. (Y allí les declara la razón de su existencia en la tierra) Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo. Él, mientras estaba en este mundo, era indiscutiblemente luz para este mundo. Pregunto: Cuando la cabeza de un cuerpo determina algo, ¿Alguno de sus miembros puede estar en desacuerdo o verlo de otro modo? No sé, digo, mira que somos un cuerpo bastante raro todos nosotros, ¿No te parece? Si Él era luz, ¿Nosotros qué?

Obviamente, está más que claro que ninguno de todos estos que lo oyeron, entendieron ni pìo. Tanto que, mucho tiempo después, debió reiterar el mismo concepto, aunque ya de modo directo y sin lugar a confusiones. Les dijo, como se lee en el capítulo 12 y versos 42 al 46: Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios. Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió. Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas. La palabra que Él usa aquí para tinieblas, es scotia, y se traduce como sombras, lobreguez, mal, pecado, oscuridad, noche, ignorancia, depravación moral. En un abanico de acepciones, siempre tienes la posibilidad de echar mano a la que más se adapte al punto en cuestión. ¿Me dejas elegir? Me quedo con lobreguez, mal, pecado, muy esencialmente ignorancia y toda forma de depravación moral. Todo eso está encerrado en el reino de las tinieblas, ese que tanto cuesta separar de nuestras vidas para entregarnos por completo al Reino de los Cielos, único que te garantiza eternidad con Cristo. Nada menos.

Y lo último que leemos, es que, contra esa luz, ninguna forma de tinieblas pudo prevalecer. Este término, concretamente prevalecieron, dice, es katalambano, y es una palabra que puede tener tres significados: 1 – Apoderarse, asir, dominar. Si así fuera, aquí estaría diciendo algo así como: Las tinieblas no tienen control sobre la luz. 2 – Percibir, lograr, asir con la mente, prevalecer con esfuerzo mental o moral. Aquí, traducido bajo esta óptica, se leería: Las tinieblas no entienden a la luz. 3 – Apagar, extinguir, matar la luz sofocándola. Aquí, lo mismo, nos diría: Las tinieblas nunca podrán extinguir la luz. De hecho, la luz y la tiniebla son esencialmente antagónicas entre sí. El gozo del creyente no sólo está en saber que la l es más fuerte que las tinieblas, son que también prevalecerá contra ellas. Ahora plántate sobre tus pies como un hijo de Dios, miembro de Su Reino y parte activa del cuerpo de Cristo. ¿Qué has aprendido? Que el infierno no tiene control sobre ti, a menos que tú se lo entregues, pecando. Que jamás un endemoniado o perturbado por demonios podrá entenderte. Y que nunca jamás ningún espíritu inmundo se dará el gusto de apagar uno de nuestros millones de luces multimiembros del cuerpo de Cristo.

Ahora bien. Hablemos con propiedad y sin aspavientos de púlpito. Todo eso está en nuestras manos. Si somos su cuerpo, con seguir lo que la cabeza decide, es más que suficiente. Ponte una mano en el corazón, ¿Tú crees que la mayoría del pueblo de Dios está haciendo eso, hoy? Y si no está haciendo eso, ¿Puedo saber qué está haciendo? Allí alguno me va a responder que está viviendo en la carne y no en el espíritu. De acuerdo, pero sigue siendo teología académica. Si quiero ser parte del Reino de Dios y contar con tu compañía, tengo la obligación de ser menos teocrático y más práctico. De otro modo, hasta el demonio más idiota me derrota.

¿Es Cristo el Hijo de Dios, o no? Lo es. ¿Es Cristo el Verbo, o no? Lo es. ¿El Verbo es Dios, o no? Lo es. ¿El Verbo es Logos, la Palabra, ¿O no? Sí, también lo es. ¿Tienes claro que para vencer tenemos la obligación de estar EN Cristo, más allá de creer en Él, conocer su obra o tener información suya? Si, así es. Entonces, me gustaría que como cierre de este trabajo, te tomes dos minutos para reflexionar de qué manera rápida puedes pasar de no estar EN Cristo a estarlo. ¿Listo? ¿Se te reveló? ¡Exacto! Estando metido de cuerpo, alma y espíritu en Su Palabra. En el Verbo. En la Luz. Y no te estoy hablando de repetir como papagayos capítulos y versículos de una Biblia. Estoy hablando de poner por obra y darle vida activa, visible y práctica a lo que fue escrito hace dos mil años. ¿Amén?

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agosto 16, 2025 Néstor Martínez