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La Consagración del Hombre

Vamos a hablar sobre la consagración. Lo primero que debemos hacer después de experimentar la vida que vence es consagrarnos. Por su puesto, esto es lo primero que debiéramos hacer al ser salvos. Sin embargo, a pesar de que muchos son salvos, aún no se han consagrado al Señor.

Por lo tanto, después de empezar a experimentar la vida que vence deben consagrarse. Hay algunos que se consagraron desde que fueron salvos, pero caen y se levantan constantemente, y no tienen la frescura que tenían. Por lo tanto, ellos también necesitan consagrarse.

No digo que la consagración sea el primer paso ni la primera manifestación de la victoria. Sólo puedo decir que puesto que el Señor murió por nosotros y vive para nosotros, lo primero que debemos hacer después de vencer es consagrarnos.

Algunos dicen que para vencer primero tenemos que consagrarnos, pero Romanos 6:13 dice: “Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como armas de injusticia, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como armas de justicia”.

Este versículo nos muestra que la consagración viene después de experimentar la vida que vence. Es un hecho evidente que una persona no se puede consagrar si no ha experimentado la muerte y la resurrección. Sólo aquellos que han muerto y resucitado pueden consagrarse.

En los últimos días hemos venido hablando de nuestra crucifixión con Cristo y de que Él vive en nosotros. Nosotros morimos con Cristo y vivimos con El. Por lo tanto, basándonos en Romanos 6:13, podemos ver que un cristiano se consagra después de experimentar la vida vencedora. Si una persona no ha experimentado la vida vencedora, no puede consagrarse, y aun si lo hiciese, Dios no aceptaría tal consagración; El no desea nada que esté relacionado con Adán ni con la muerte.

Si aún no hemos experimentado la vida que vence, nuestra consagración no es confiable. Puede ser que hoy nos consagremos, y mañana olvidemos los que hicimos. Es posible que hoy hagamos un voto al Señor diciéndole que haremos esto y aquello, y que mañana se nos olvide por completo.

Hubo una misionera que había asistido a siete convenciones. Ella decía que asistir a las convenciones cada año era como darle cuerda a un reloj. El reloj se le comenzaba a atrasar, y ella le daba cuerda. Cada año ella asistía para que le dieran “cuerda”, y cada año volvía a sentir que se le acababa la “cuerda”.

Esto es lo mismo que sucede con muchos cristianos. Le hacen grandes promesas a Dios, pero cuando se van, todo queda olvidado. Es por esto que digo que no podemos consagrarnos. No contamos con la fuerza para hacerlo.

Si no hemos experimentado la vida vencedora, aunque nos consagremos, Dios no aceptará tal consagración, porque todo lo que tenemos es de Adán y es muerte. Así como le decimos que no a los incrédulos y nos rehusamos a recibir sus regalos, así mismo sucede con Dios. Él no puede aceptar nuestras ofrendas. Sólo lo que procede del Señor puede consagrarse a Él. Nada de lo que provenga de nosotros mismos puede consagrarse a Dios.

Debemos darnos cuenta de que lo primero que debemos hacer después de experimentar la vida que vence es consagrarnos al Señor. Este es el momento en que nos consagremos al Señor. En la actualidad tenemos la oportunidad de consagrarnos a Él. Si no nos consagramos ahora, retrocederemos y en pocos días volveremos a caer.

No sólo en Romanos 6 se habla de la consagración, sino también en Romanos 12. ¿Por qué tenemos que consagrarnos? Pablo nos exhorta a que nos consagremos por las compasiones de Dios. ¿Qué son las compasiones de Dios, y qué son las misericordias de Dios?

Romanos del 1 al 8 hablan de las compasiones y de las misericordias de Dios. Desde el punto de vista doctrinal, el capítulo doce viene inmediatamente después del capítulo ocho. Los primeros ocho capítulos abarcan las compasiones y las misericordias de Dios.

Antes éramos pecadores, y el Hijo de Dios vino para derramar Su sangre por nuestros pecados. Los capítulos tres y cuatro nos hablan de la sangre; el capítulo cinco trata del perdón, mientras que los capítulos del seis al ocho abarcan el tema de la cruz.

Por una parte, la sangre fue derramada para el perdón de los pecados; fuimos perdonados por medio de la sangre. Por otra parte, la cruz pone fin al viejo hombre; nosotros somos libres por medio de la cruz. Damos gracias al Señor por haber sido crucificado y morir en nuestro lugar y por vivir en nuestro lugar. Basándose en las compasiones y las misericordias de Dios, Pablo nos exhorta a consagrarnos a Dios.

Dios nos creó y nos salvó con este propósito. Su intención es que nosotros expresemos la vida de Su Hijo y participemos de la gloria de Su Hijo. En la eternidad pasada Dios tenía un propósito; El no sólo quería un Hijo unigénito, sino muchos hijos.

Por lo tanto, Romanos 8:29 dice: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó, para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el Primogénito entre muchos hermanos”. Dios nos predestinó para que fuésemos hechos conforme a la imagen de Su Hijo.

Luego nos compró y nos redimió. Él nos obtiene de dos formas. Por Su parte, Dios envió a Su Hijo para que muriera por nosotros y nos redimiera. En lo que respecta a nuestra redención, somos Sus esclavos. ¡Le damos gracias a Dios por habernos comprado!

Fuimos comprados por Dios. Dios dijo a Abraham: “Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje” (Gn. 17:12). ¡Aleluya, Dios nos engendró y nos compró!

Dios nos compró y le pertenecemos a Él. Pero Él nos deja en libertad. En cuanto a Su legítimo derecho y en cuanto a la redención, le pertenecemos a Él, pero El no nos obliga a hacer nada. Si deseamos servir a las riquezas, Él nos deja, y si queremos servir al mundo, Él no nos detiene.

Si queremos servir a nuestro vientre, Dios no nos lo impide, y si queremos servir a los ídolos, Él nos permite hacerlo. Dios no se mueve; El espera hasta que un día le digamos: “Dios, soy Tu esclavo, no sólo porque me compraste, sino porque voluntariamente quiero serlo”.

Romanos 6:16 nos habla del precioso principio de la consagración. Por favor, recuerden que no somos esclavos de Dios sólo por el hecho de haber sido comprados. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?”.

Por una parte, somos Sus esclavos por haber sido comprados, y por otra, somos Sus esclavos porque queremos serlo voluntariamente. Hermanos y hermanas, en cuanto a la ley, venimos a ser Sus esclavos el día que fuimos redimidos.

Pero en lo que respecta a nuestra experiencia, llegamos a ser esclavos de Dios el día en que voluntariamente le decimos: “Consagro mi ser a Ti”. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien os obedecéis?” (v. 16).

Por lo tanto, nadie puede ser siervo de Dios sin darse cuenta. Tenemos que consagrarnos a Dios antes de poder ser Sus siervos. Esta consagración debe ser nuestra decisión personal. Dios no nos obliga, y Pablo tampoco lo hace, sino que nos exhorta y nos suplica. Dios no nos presionará de ninguna manera. El desea que nosotros nos consagremos libremente a Él.

La vida vencedora está muy relacionada con la salvación. Cuando fuimos salvos, tuvimos el deseo espontáneo de consagrarnos. La vida que recibimos nos presiona para que nos consagremos. Toda persona que ha sido salva tiene el sentir de que debe vivir para el Señor, aunque en realidad no tiene la fuerza para hacerlo.

Muchos asuntos le enredan y le impiden vivir para el Señor. Pero damos gracias a Dios por habernos dado a Cristo para que pudiéramos consagrarnos a Él. Cuando estábamos muertos en pecado, no podíamos consagrarnos a Él. Si continuamos viviendo en pecado después de ser salvos, todavía no podremos consagrarnos a Él. Pero ahora que Cristo ha venido a ser nuestra vida y nuestra santidad, podemos consagrarnos voluntariamente a Dios.

El señor Panton contó en cierta ocasión que una joven esclava estaba a punto de ser subastada. Dos hombres estaban haciendo ofertas, y el precio subía cada vez más. Ambos eran hombres malvados, y la esclava sabía que iba a sufrir sin importar en manos de quien cayera.

Ella lloraba y se lamentaba. De repente apareció otro hombre y se unió a la subasta. Los primeros dos hombres no pudieron ofrecer tanto como el tercero, y la muchacha fue comprada finalmente por el último. Inmediatamente el hombre llamó a un cerrajero y al hacer romper las cadenas de la joven, le declaró que estaba libre, con estas palabras: “No te compré para que fueras mi esclava, sino para que seas libre”. Con estas palabras se marchó. La muchacha quedó perpleja, sin entender qué estaba sucediendo.

Dos minutos después volvió en sí y corrió hacia el hombre y le dijo: “Desde hoy en adelante, hasta que muera, seré tu esclava”. Hermanos y hermanas, así es el amor del Señor hacia nosotros. Nosotros somos constreñidos por Su amor para decirle: “Desde este día en adelante, seré Tu esclavo”. Hermanos y hermanas, Dios nos compró, nos crucificó y nos resucitó. Puesto que ya gustamos Sus compasiones y misericordias, debemos consagrarnos a Él.

Romanos 6 nos manda que consagremos nuestros miembros a Dios, mientras que Romanos 12 nos manda que consagremos nuestros cuerpos a El. Estas dos consagraciones incluyen muchas cosas. Durante estos once días, hemos hablado de soltarlo todo y de creer y hemos dicho que cumpliremos con los requisitos de Dios y que expresaremos Su vida una vez que hagamos estas cosas.

Lo que Dios requiere es que nosotros nos consagremos absolutamente a El. Este requisito lo incluye todo. Pero no podemos hacer esto por nuestra propia cuenta; sólo podemos hacerlo por el Cristo que vive en nosotros. Antes no podíamos hacerlo, pero ahora sí, por causa de Cristo. Puesto que recibimos Sus misericordias, podemos consagrarnos.

Cuando un hebreo compraba un esclavo, éste tenía que servir a su amo por seis años. Al séptimo año saldría libre. Pero si él decía que amaba a su amo y no quería salir libre, su amo lo llevaría ante los jueces, y le haría estar junto a la puerta o al poste, y luego le horadaría la oreja con una lesna.

Así el esclavo serviría a su amo para siempre (Ex. 21:2-6). Dios nos salvó y nos compró con sangre. No nos compró con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Su Hijo. Muchos cristianos piensan que deben servir a Dios por causa de su conciencia.

Pero cuando vemos cuán precioso es el Señor, voluntariamente nos consagramos a Él. Cuando le decimos al Señor que estamos dispuestos a ser Sus esclavos, Él nos llevará a la puerta y contra el poste nos horadará la oreja con una lesna.

El poste es el lugar donde fue aplicada la sangre del cordero pascual. Hoy somos llevados a sangrar allí mismo; también somos llevados a la cruz. Amamos al Señor y escogemos ser Sus esclavos para siempre. Al estar conscientes de que Él nos ama, estamos dispuestos a servirle para siempre. No tenemos otra alternativa que declarar: “¡Señor, Tú me has amado, me has salvado y me has librado! Señor, ¡te amo y no puedo hacer otra cosa que servirte para siempre!”.

Lo primero que debemos consagrar son las personas que amamos. Si un hombre no ama al Señor más que a sus padres, esposa, hijos y amigos, no es digno de ser discípulo del Señor. Si tú te has consagrado al Señor, no debe existir nadie en el mundo que pueda ocupar ni cautivar tu corazón.

Dios te salva a fin de ganarte por completo. Derramar muchas lágrimas lo detiene a uno. Muchos sentimientos humanos lo llaman a volverse a ellos. Muchas desilusiones lo persuaden a regresar. Tú debes decir: “Señor, todas mis relaciones con los hombres están sobre el altar. Mi relación con todo el mundo ha terminado”.

Cuando la esposa de un hermano estuvo enferma, y otros le pidieron a él que orara por ella, él respondió: “¡Dios aún no me ha dicho que ore por ella!”. Cuando otro le preguntó si él se lamentaría si su esposa llegase a morir, él dijo: “Ella ya murió para mí”. Otro hermano tenía un buen amigo, y Dios quería que dejara esta amistad. Así que no pudo hacer otra cosa que obedecer. Él le dijo al Señor: “Si Tú lo deseas, estoy dispuesto a dejar esta amistad”.

Dios nos dio a Cristo como nuestra vida vencedora no sólo para que conozcamos Su voluntad, sino también para que la obedezcamos. Nunca debemos pensar que la vida vencedora sólo nos libra del pecado. La verdadera vida que vence nos capacita para que tengamos comunión con Dios y obedezcamos Su voluntad.

Dios nos da Su vida vencedora para que nosotros cumplamos Su meta, no para que El cumpla la nuestra. Ningún cristiano puede aferrarse a una persona. Si no consagramos hoy mismo las personas que amamos, no podremos satisfacer a Dios.

Las personas que ocupan nuestro corazón deben salir de ahí. Debemos decir: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25). Debemos decir: “Serviré al Señor mi Dios con todo mi corazón, con toda mi mente y con toda mi alma”.

Aun si el Señor te ha dado a alguien, El no permitirá que tú te apegues a esa persona. El no permitirá que te apegues a tu esposa ni a tus hijos ni a tus amigos. Hasta el Isaac que Dios había prometido tenía que ser puesto sobre el altar. Muchos cristianos han fracasado porque la gente captura sus corazones.

No sólo tenemos que consagrar personas, sino también asuntos. Con frecuencia, decidimos muchas cosas y estamos determinados a lograrlas, pero no consultamos cuál es la voluntad de Dios en estos asuntos.

Un hermano estaba decidido a alcanzar la nota más alta en su examen de graduación y a ocupar el primer lugar de su clase en la universidad. Todo su tiempo y su energía los invertía en sus estudios. Después de entrar en la experiencia de la victoria, le entregó esto a Dios. Desde ese momento en adelante, él estaba dispuesto a seguir a Dios, aún si esto significaba quedar en el último lugar.

Quizás tú sientas que se justifica invertir todo tu tiempo en tu carrera, pero si tú no tienes una comunión íntima con el Señor, tu carrera no será provechosa. Tú abrigas alguna esperanza en tu carrera y no estás dispuesto a soltarla.

Tienes alguna expectativa con respecto a tu trabajo y estás resuelto a lograrla a toda costa. Si actúas de esta forma, entonces necesitas consagrarte. Tú no debes permitir que nada te enrede. Para muchos hermanos y hermanas el afán por completar los estudios llega a ser su esperanza; tienen esperanzas de sobrepasar a los demás. Esta es una esperanza mezclada con orgullo. No digo que tú debes dejar tus estudios; me refiero a que tú debes dejarlo todo si el Señor te llama.

Había un hermano huérfano que había crecido en una familia pobre. Tenía una caligrafía hermosa y también era muy buen músico. En el orfanato, mientras otros aprendían a hacer artesanías de madera y se les enseñaba albañilería, él pudo entrar en la escuela secundaria.

Al finalizar cada período recibía menciones honoríficas. Después de estudiar dos años en la universidad, los administradores de este plantel educativo decidieron enviarlo otra universidad, con la condición de que regresara después de terminar sus estudios para trabajar en su universidad.

Su madre y su tío le enviaron cartas para felicitarlo. Dos meses antes de que le dieran la fecha para salir, fue salvo, y muchas de las esperanzas que antes tenía se derrumbaron. Además se consagró al Señor. Cuando le preguntaron qué deseaba hacer, dijo que ya lo tenía decidido, que se iría y que estaba listo para firmar el contrato.

Dijo: “Han sido mis compañeros de clase por ocho años. ¿No se han dado cuenta en todo este tiempo cuáles han sido mis aspiraciones?”. Cuando estaban a punto separarse, le dijeron: “Hoy, todavía somos hermanos. Pero me temo que cuando regreses, ya no serás nuestro hermano”.

Cuando él oyó esto, acudió al Señor y oró: “Dios, Tú sabes cuáles son mis aspiraciones. Sé que Tú me has llamado, pero no puedo renunciar a mis aspiraciones. Pero si tal es Tu deseo, estoy dispuesto a ir a los pueblos a predicar el evangelio”.

Después de esta oración, fue y habló con el rector de la universidad, y le dijo que había decidido no ir, y que por lo tanto no firmaría el contrato. El rector, confundido, le preguntó si estaba enfermo, y él le respondió: “El Señor me ha llamado a predicar el evangelio”.

Cuatro días después vinieron su tío, sus primos y su madre. Su madre le dijo con lágrimas: “Desde que tu padre murió, había estado luchando todos estos años con la esperanza de que algún día progresaras para que me pudieras sostener. Hoy tienes la oportunidad y la estás desperdiciando”.

Mientras su madre lloraba, su tío añadió: “Antes de que entraras al orfanato, fui yo quien te crio. También cuidé de tu madre. Ahora tú estás en deuda con ambos. Tus primos ni siquiera disponen del dinero para ir a un colegio, y aun así, tú decides desaprovechar esta oportunidad tan grande”.

Este hermano se sentía presionado por ambos lados. Así que le preguntó al Señor qué debía hacer. Entonces pudo ver que la deuda que tenía con el Señor era mucho más grande que la tenía con los hombres. Prometió sostener a su madre y a su tío, pero también les dijo que no podría satisfacer las aspiraciones que ellos tenían y que primero tenía que obedecer al Señor.

Todos debemos consagrar nuestros asuntos al Señor. No quiero decir con esto que todos nosotros debemos consagrarnos para ser predicadores. Quiero decir que todos nosotros tenemos que consagrarlo todo al Señor. ¿Qué es la consagración? ¿Qué significa darnos a Él como ofrenda?

Es declarar: “Señor, haré Tu voluntad”. Muchos piensan que la consagración consiste en dedicarse a ser predicadores. No, nos consagramos para hacer la voluntad de Dios. Muchos llegan a comprender por medio de una consagración genuina que deben seguir siendo fieles en sus negocios y suplir la necesidad que hay en la obra de Dios.

Como resultado, renuncian a su labor de predicar. Muchos otros son motivados por las necesidades presentes y las necesidades de otros lugares y se entregan a la predicación. Durante los últimos años, hemos estado escasos de colaboradores. Si Dios va a obrar entre nosotros, muchos hermanos y hermanas se entregarán para servir al Señor a tiempo completo en un futuro cercano. Ellos se darán cuenta de que deben consagrar todos sus asuntos al Señor.

No sólo tenemos que consagrar personas y asuntos, sino también todos los objetos. Hay algunos que tienen que consagrar sus joyas; otros posiblemente tengan casas o ropa que tienen que consagrar. Quizás algunos tengan pequeños objetos que consagrar, pero no deben permitir que éstos se conviertan en un estorbo.

Algunos quizás se aferren a unos cuantos anillos de oro o alhajas de perlas. No hay ninguna ley al respecto, pero si deseamos tener una vida consagrada, probablemente tendremos que deshacernos de todas las alhajas de oro, de la ropa de moda y quizás también de nuestro dinero.

Muchos malgastan su dinero y no agradan al Señor. Muchos otros, por el contrario, han estado ahorrando su dinero y tampoco agradan al Señor. Obviamente derrochar el dinero no tiene cabida a los ojos del Señor, pero ahorrarlo tampoco la tiene.

No debemos gastar todo nuestro dinero de una sola vez; debemos transferirlo a la cuenta del Señor. En el Nuevo Testamento no se dice nada acerca de ofrendar la décima parte de todos nuestros bienes; pero sí se habla de poner todo en las manos del Señor.

El primer día que traigamos nuestro salario a casa, debemos decirle al Señor: “Dios, todo el dinero es Tuyo. Dame lo que necesite para los gastos de mi hogar”. No se debe gastar cierta cantidad y luego guardar el resto para el Señor. No me atrevo a decir si Dios tomará o no todo lo que tenemos en ocasiones. Pero sí diría que si verdaderamente le hemos consagrado todo al Señor, lo que consagramos le pertenece a Dios.

Muchos tienen muebles en sus casas, ropa en sus armarios o posesiones en sus manos que son impropias para hijos de Dios. Una vez que el Señor toque estas cosas, tendremos que consagrárselas. Dios nos salvó. Puesto que todo nuestro dinero pertenece a Dios, no deberíamos invertirlo de nuevo en el mundo.

Si hacemos planes para nuestros hijos y permitimos que ellos se lleven nuestro dinero al mundo, no estaremos haciendo lo correcto. Dios nos ha separado del mundo a nosotros y nuestras posesiones. No debemos permitir que ellas regresen al mundo.

Cuando los israelitas salieron de Egipto, no dejaron ni un animal en Egipto. Lo mismo se aplica a nosotros hoy. Por supuesto, nosotros no podemos hacer esto, pero le damos gracias a Dios porque con El todo es posible. Filipenses 4:13 dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

Esto significa que tan pronto como el Señor nos infunde Su energía, podemos hacerlo todo. Nos parece imposible ofrendar todas las cosas, pero sí podemos hacerlo por medio de Aquel que nos reviste de poder. Puesto que Cristo es nuestra vida, podemos hacerlo.

Muchos jóvenes pueden consagrar lo que tienen cuando no tienen mucho, pero cuando llegan a enriquecerse, sus ofrendas disminuyen. Si el Señor gana nuestro corazón, también debería ganar nuestro bolsillo. Si el corazón se cierra, entonces el bolsillo también está cerrado. Si el bolsillo no se abre, el corazón no podrá abrirse.

Debemos consagrar las personas, los asuntos y los objetos, y por último nuestro propio ser. Tenemos que consagrarnos a Dios. Debemos decir: “Dios, me consagro a Ti para hacer Tu voluntad”. No sabemos lo que nos sobrevendrá en un futuro. Pero sí sabemos que Dios tiene una voluntad que se relaciona con cada uno de nosotros.

Es posible que no sean bendiciones y tal vez no sean sufrimientos. De todos modos, tenemos que consagrarnos a Su voluntad. Debemos estar dispuestos a aceptarla, sea que venga con bendiciones o sufrimientos. Muchas personas que están dispuestas a ser usadas por Dios, están llenas del Espíritu y viven una vida de plena victoria. Esto se debe a que se han consagrado al Señor.

¿Qué clase de consagración es ésta? Es una consagración en la cual presentamos nuestros cuerpos en sacrificio vivo. La Biblia nunca habla de la consagración del corazón; sólo habla de la consagración del cuerpo. Ninguno que se ha consagrado a sí mismo deja su cuerpo sin consagrar.

Hemos consagrado todo nuestro ser al Señor. Por consiguiente, nuestra boca no es nuestra; nuestros oídos no nos pertenecen, ni nuestros ojos, ni nuestras manos, ni nuestros pies, ni nuestro cuerpo nos pertenece. De ahora en adelante, somos simples mayordomos de Dios.

De ahora en adelante, nuestros pies pertenecen al Señor y ya no podemos usarlos para lo que nos plazca. Hoy el Espíritu Santo vive en nosotros. En 1 Corintios 6:19 dice: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”.

Esto es lo que significa la consagración, lo que significa consagrar nuestro cuerpo. Nadie debe decir que su cuerpo le pertenece. Todos los días de nuestra vida son del Señor, y nuestro cuerpo en su totalidad es para el Señor; nosotros somos simples mayordomos Suyos.

En una ocasión en otro país, mientras pasaban el recipiente de la ofrenda un domingo por la mañana, al acercar la caja a una joven de trece años, ella pidió varias veces que bajaran el recipiente. Cuando lo pusieron en el suelo, ella se paró en la caja. Como no tenía dinero, decidió darse a sí misma en ofrenda.

En la actualidad no sólo debemos consagrar personas, asuntos y objetos al Señor, sino que también debemos consagrarnos nosotros mismos a Él. En cada reunión dominical, cuando pongamos nuestro dinero en la caja de las ofrendas, debemos también depositarnos nosotros mismos.

Si no queremos entregarnos nosotros mismos, Dios no aceptará nuestro dinero. Dios no aceptará nada que sea “nuestro”, a menos que primero nos tenga a “nosotros”. Dios tiene que obtenernos a “nosotros” antes de tener “lo nuestro”.

Muchos se consagrarán al Señor, y el Señor no necesariamente les pedirá que se hagan predicadores. Quizás Él quiera que algunos sean buenos negociantes. Todos los rincones del mundo necesitan la luz, y no tenemos la libertad de escoger la obra que nos guste. Debemos decirle al Señor: “Desde ahora en adelante estoy resuelto a hacer Tu voluntad”.

¿Cuál es el resultado de la consagración? El primer resultado se describe en Romanos 6, y el segundo en Romanos 12. Muchos no conocen la diferencia que hay entre ambas. De hecho, la diferencia es enorme. La consagración que se menciona en Romanos 6, lo beneficia a uno pues consiste en llevar el fruto de la justicia.

La consagración de Romanos 12 beneficia a Dios ya que cumple Su voluntad. El resultado de la consagración de Romanos 6 consiste en que nos libra del pecado para hacernos esclavos de Dios a fin de llevar fruto para santificación.

Esto es lo que significa expresar día tras día la vida que vence. El resultado de la consagración de Romanos 12 no es simplemente el beneplácito de Dios, sino la comprobación de la voluntad buena agradable y perfecta de Dios.

No es suficiente solamente soltar las cosas, creer y alabar. Hay un último punto: tenemos que ponernos en las manos del Señor antes de que Él pueda expresar Su santidad por medio de nosotros. Antes, no teníamos las fuerzas para consagrarnos.

Pero después de entrar en la experiencia de la victoria, podemos hacerlo. Recuerden que antes nos era imposible ponernos en las manos de Dios. No es cuestión de ser capaces o no, sino de estar dispuestos a ponernos en Sus manos. Antes, el problema era nuestra incapacidad; ahora el asunto es la falta de disposición.

De ahora en adelante, nuestras manos, nuestros pies y nuestros labios pertenecen al Señor. No nos atrevemos a usarlos. Cada vez que las tentaciones vengan, tenemos que decir que no tenemos nuestras manos con nosotros. E

sta es la consagración de Romanos 6. Cuando nos consagremos de esta manera, seremos santificados y llevaremos el fruto de la santificación. Por tanto, lo primero que debemos hacer después de experimentar la victoria es consagrarnos, lo cual también es las primicias de la experiencia de la victoria.

La consagración descrita en Romanos 12 está dirigida a Dios. Dice allí que debemos presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo a Dios y que esta consagración es santa y agradable a El. Por consiguiente, debemos recordar que la consagración mencionada en el capítulo doce tiene como meta servir a Dios.

El capítulo seis se relaciona con la santificación personal, mientras que el capítulo doce se refiere a la obra. El capítulo seis habla de la consagración, de la santificación y del fruto de ésta. El capítulo doce también habla de la santidad o de ser santo.

¿Qué es la santificación y qué es la santidad? Ser santificado o ser santo significa ser apartado para cierta persona, para ser usado por ella. Antes éramos afectados por muchos objetos, personas y asuntos. Anteriormente, vivíamos para nosotros mismos; ahora, vivimos sólo para Dios.

Todo cristiano debe ser como “un tren expreso”. Desafortunadamente, muchos cristianos son de “servicio público”. Pero nosotros no somos de “servicio público”, sino “que somos un vehículo expreso”; hemos sido apartados y plenamente reservados para la voluntad de Dios.

Romanos 12 nos muestra que nuestro trabajo, nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestro dinero y todos nuestros bienes materiales son todos exclusivamente de Dios; están reservados para el uso exclusivo de El. Cuando somos sólo Suyos y cuando nos presentemos únicamente a Dios, debemos creer que Dios nos aceptó, porque esto es lo que Dios anhela.

La meta de Dios no es que tengamos fervor por cierto tiempo. Si uno no se consagra al Señor, Dios no quedará satisfecho. Dios queda contento sólo cuando el hombre vierte el ungüento sobre el Señor; sólo queda satisfecho cuando depositamos toda nuestra vida en la caja de la ofrenda (Lc. 21:4). Debemos ofrecérselo todo a Él.

Agradecemos a Dios porque fuimos levantados de entre los muertos, y recibimos misericordia de parte de Dios. Esta consagración es agradable a Dios y es razonable. Todo cristiano debe consagrarse; es un error pensar que sólo los cristianos especiales deben consagrarse. La sangre del Señor nos compró, y somos Suyos. Su amor nos ha constreñido, y vivimos para El.

Examinen la consagración que aquí se describe. Somos piedras vivas. Aunque nos consagramos, permanecemos vivos. Somos un sacrificio vivo. Los sacrificios del Antiguo Testamento eran inmolados con cuchillo, pero nosotros somos sacrificios vivos.

El resultado de presentarnos se ve en la interpretaciones parafraseada de Romanos 12:2. “No os amoldéis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable y lo perfecto”.

Esta es nuestra meta final. Durante las conferencias de enero del año pasado, vimos que Dios tiene un propósito eterno, el cual lleva a cabo por medio de Su Hijo. Dios creó todas las cosas por medio de El para cumplir Su propósito.

La redención, la derrota de Satanás y la salvación de los pecadores tienen como fin cumplir el propósito de Dios. Tenemos que saber cuál es el propósito eterno de Dios antes de hacer lo que Dios desea. Nuestra meta no se limita a salvar a los pecadores; nuestra meta es el cumplimiento del propósito eterno de Dios.

Si no nos consagramos, no nos percataremos de que esta voluntad es buena. En la actualidad muchos temen a la expresión “el propósito de Dios” y se sienten incómodos con respecto a estas palabras. Los cristianos temen oír acerca de la voluntad de Dios.

Pero Pablo dijo que cuando uno presenta su cuerpo, comprueba lo que es bueno, agradable y perfecto de la voluntad de Dios. Podemos cantar acerca de lo buena que es la voluntad de Dios y decir: ¡Aleluya por la voluntad de Dios!

La voluntad de Dios redunda en nuestro bien y en ella no hay malicia alguna. Nosotros tenemos una vista muy corta. La voluntad de Dios es buena. Una vez un hermano hizo una oración muy buena: “Cuando pedíamos pan, pensamos que nos darías una piedra, y cuando pedíamos pescado, pensamos que nos darías una serpiente. Cuando pedíamos huevos, creímos que nos darías escorpiones. Pero cuando te pedimos piedras ¡nos diste pan!”.

Con frecuencia no entendemos el amor de Dios. Tampoco entendemos Su voluntad. No comprendemos que Sus intenciones para con nosotros son buenas y excelentes. Tal vez nos quejemos de las muchas cosas que vienen a nosotros, pero después de un par de años, tendremos que alabar al Señor por todas ellas. ¿Por qué no más bien le alabamos desde hoy?

La voluntad de Dios no sólo es buena, sino perfecta. Todo lo relacionado con la voluntad de Dios hacia aquellos que lo aman es bueno y provechoso. Si entendemos esto, no rechazaremos Su voluntad. Presentarle nuestros cuerpos es santo, y a Él le agrada. Además, descubriremos que Su voluntad es agradable para nosotros y que es buena y perfecta.

Vimos todas las condiciones necesarias para vencer; éstas ya han sido descritas. Para obtener una vida vencedora tenemos que consagrarnos, lo cual es el último paso. También es lo primero que debemos hacer al experimentar la vida que vence.

Cuando nos hayamos consagrado, debemos creer que Dios aceptó nuestra consagración. Una vez que nos hayamos consagrado, vendremos a ser personas consagradas. Puede ser que nos sintamos calientes, o tal vez nos sintamos fríos, pero mientras nos hayamos consagrado verdaderamente a Dios de todo corazón, todo estará bien.

Digo esto para ayudarlos a no vivir según las indicaciones de sus sentimientos. Cuando una joven se casa, si en alguna ocasión encuentra que hay desacuerdos entre ella y su esposo, ella no tiene que volver a casarse con él.

Aun si existe algo entre el Señor y nosotros, sólo podemos consagrarnos una sola vez al Señor. A partir de ese momento, le pertenecemos al Él y sólo podemos servir para Su uso. Díganle al Señor: “Dios, soy enteramente tuyo. Desde ahora, ya no viviré para mí mismo”.

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enero 2, 2020 Néstor Martínez