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¿Es Cristo Nuestra Vida?

La vida vencedora no consiste en una mejora ni en un progreso que logremos nosotros, ni se trata de un esfuerzo por llegar a ser como Cristo. La victoria es Cristo, quien vive en nosotros. En otras palabras, es Cristo, quien vence en nuestro lugar. El murió por nosotros en la cruz a fin de salvarnos.

Hoy Él vive en nosotros a fin de vencer por nosotros. Ya vimos las condiciones para vencer. La primera condición es rendirse y la segunda es creer. Creemos que el Hijo de Dios vive en nosotros y que vive Su victoria desde nuestro interior. Vimos lo que significa rendirnos; veamos ahora lo que significa creer.

Temo que muchos ya se hayan rendido, pero aún no son victoriosos porque todavía no han creído. Así que debemos recordar que no podemos vencer si no creemos, aunque ya nos hayamos rendido. Rendirnos se relaciona con el aspecto negativo; pero aún necesitamos creer, que es el aspecto positivo. Si por un lado nos rendimos, y por otro creemos, venceremos.

Recuerden que la condición para obtener la victoria no es meramente rendirnos. Uno no vence meramente rindiéndose. Después de rendirnos tenemos que creer de manera específica. Una vez que nos rindamos y creamos, venceremos.

¿Cuál fue la experiencia de Pablo? ¿Cómo logró vencer? Primeramente se rindió. Él dijo: Con Cristo estoy juntamente crucificado. Él ya había experimentado lo que era: Ya no vivo yo; pero añadió: Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe, la fe del Hijo de Dios. Esto significa que Pablo creía que Cristo vivía en él, y que lo amaba y se había entregado por él.

Aunque muchos ya se han rendido, todavía no han vencido porque no han creído. Si no creen, no habrá resultados. Examinemos el significado de la fe, más no detalladamente. Sólo discutiré este asunto brevemente. Daré especial énfasis a la relación estrecha que existe entre la fe y la victoria.

Todo lo que Dios ha logrado a nuestro favor se halla en la Biblia. Dios lo ha logrado todo por nosotros. En nuestra conferencia de enero del año pasado, hablamos de tres cosas que Dios nos ha dado: primeramente, Dios nos dio Su pacto; en segundo lugar, tenemos los hechos que Dios realizó por nosotros, y en tercer lugar, tenemos las promesas que Él nos dio.

Estas tres cosas incluyen la obra de Dios a nuestro favor. Ya mencionamos estas tres cosas cuando tocamos el tema del nuevo pacto. Hoy no hablaré mucho acerca de ellas. Una promesa es algo que Dios hará por nosotros; es algo que sucederá en el futuro. Un hecho es algo que Dios ya logró en Cristo; es algo que ya realizó. Hoy hablaré de lo que Dios ya efectuó y de Su promesa.

Muchas personas no saben lo que es un hecho cumplido por Dios. El Señor Jesús murió por todos los hombres en la cruz; El murió por todo el mundo. Este es un hecho que Dios ya cumplió. Pero, ¿cuántas personas son salvas? Solamente las que creen.

Puesto que Cristo murió por todo el mundo, ¿es acaso insignificante que la persona crea? ¿Es una persona salva, ya sea que crea o no? ¿Da igual que una persona crea o no, puesto que Cristo ya murió por todos y puesto que esto es un hecho para Dios?

Esto es lo que muchos cristianos piensan cuando dicen que Cristo vive en ellos. Cristo es la Cabeza, y nosotros somos Su Cuerpo. La manera en que la Cabeza siente, controla, administra y asume responsabilidad debe ser la misma manera en que los cristianos sienten, controlan, administran y asumen responsabilidad.

¿Cuántos cristianos hoy ven que el Señor Jesús es la Cabeza? ¿Es Cristo el que siente, o somos nosotros? ¿Es Él quien rige o somos nosotros? ¿Es Él quien administra o somos nosotros? ¿Es Cristo quien se hace cargo, o lo hacemos nosotros? ¿En qué radica nuestro problema? En que no tenemos fe.

Algunos hermanos y hermanas dicen tener fe en Cristo como la Cabeza, mas no tienen fe en que la Cabeza asume toda la responsabilidad. Muchas personas no pueden creer esto; no han comprendido lo que significa la fe. La Biblia dice que el Señor es la vid y nosotros los pámpanos.

No dice que El será nuestra vid y que nosotros seremos Sus pámpanos. No importa si creemos o no, Él es la vid y nosotros los pámpanos. No obstante, sólo los que creen pueden experimentar el fluir de la savia a través de ellos y obtener fruto de su labor.

La vida del Señor no corre por los que no creen; así que éstos siempre tienen que luchar para laborar y llevar fruto. Si les decimos que el Señor es la vid y nosotros somos los pámpanos, es posible que pregunten por qué no pueden ellos trabajar ni llevar fruto. No pueden hacerlo porque no tienen fe.

Ellos quizás respondan que como el Señor es la vid y nosotros los pámpanos, no importa si uno cree o no; puesto que un hecho realizado por Dios es siempre un hecho. Aquellos que dicen esto no conocen el verdadero significado de la fe.

Hebreos 11:1 habla de la importancia de la fe. Es el único versículo de la Biblia que define lo que es la fe. Ahora bien, la fe –dice una versión que no es la tradicional-, es lo que da sustantividad a lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Hay muchas formas de traducir la expresión dar sustantividad. Es una palabra difícil de traducir del griego. “Dar sustantividad” denota la capacidad de hacer algo real. Tenemos por ejemplo la forma de las lámparas, el color de las paredes y el sonido de un instrumento musical.

¿Cómo pueden estas formas, colores y sonidos hacerse reales para nosotros? Lo único que comprueba la existencia del color es la vista. Tenemos aquí un cuadro con colores hermosos: sin embargo, estos colores únicamente pueden tener sustantividad por medio de los ojos.

Sin éstos, los colores no podrían tener sustantividad, aunque fuesen hermosos. El sonido de un instrumento es muy agradable, pero sólo puede tener sustantividad por medio del oído. Una persona sorda no podría darle sustantividad al sonido.

Los ojos no pueden darle sustantividad al sonido, ni tampoco las manos; sólo los oídos pueden hacerlo. Los diferentes objetos tienen diferentes formas: algunos son cúbicos; otros son esféricos, planos, triangulares o curvos. Solamente podemos darle sustantividad a esas formas por medio de la vista o del tacto.

Por consiguiente, una cosa es que los objetos existan, y es otra que la existencia de ellos pueda tener sustantividad para nosotros. Existen millones de objetos sobre la tierra, pero todos ellos dependen de cierta habilidad nuestra para cobrar sustantividad. Lo anterior se aplica igualmente a nuestra fe.

Aquí vemos un paisaje que tiene montañas, agua, flores, pasto y árboles. El paisaje es hermoso; si tiene ojos, puede apreciar la belleza del cuadro y describírselo a otros. Pero suponga que una persona haya nacido ciega y nunca en toda su vida ha llegado a ver los colores. Si le habla del rojo y de lo atractivo que es, preguntará: “¿Qué es el rojo?”.

O quizás le hable acerca de lo encantador que es el verde, y ella preguntaría: “¿Qué cosa es el verde?”. Usted sólo puede decirle que el rojo es rojo y que el verde es verde. Aunque exista el paisaje, esta persona no podrá apreciar cuán maravilloso es. Aunque el paisaje del cuadro sea hermoso, no puede disfrutar lo maravilloso que es.

Ejemplo: hay una hermana que puede tocar muy bien el piano. Aquellos que tienen oído y saben de música pueden apreciar la música que ella toca. No obstante, los que son sordos o los que no entienden de música, no pueden testificar de lo bella que es la música.

Lo mismo se aplica a nuestra fe. Todos los hechos de Dios son verdaderos. Sin embargo, sólo pueden tener sustantividad por medio de la fe, porque la fe es lo que da sustantividad a lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Puede ser que un cuadro tenga un paisaje hermoso, pero un ciego no podrá verlo. Sin embargo, no puede decir que la pintura no exista simplemente porque no la ve. Es un hecho que la pintura existe; y ya sea que uno la vea o no, sigue siendo una pintura y los hermosos colores también existen.

La pregunta es si tú has recibido o no algún beneficio de ella. Los que tienen el sentido de la vista podrán deleitarse en ella, se beneficiarán de ella. El Señor Jesús murió y derramó Su sangre en la cruz por todos los hombres. Este es un hecho. Pero algunos tienen la fe que le da sustantividad al hecho de la muerte del Señor y se benefician de ella. Otros no tienen la fe. La muerte del Señor Jesús en la cruz sigue siendo un hecho, pero no pueden experimentarla.

¿Pueden ver la importancia de la fe? Necesitamos la fe para poder darle sustantividad a los hechos espirituales, de la misma forma en que necesitamos los ojos, los oídos y las manos para poder darle sustantividad a los objetos físicos.

Necesitamos la fe para darles sustantividad a la realidad de todos los asuntos espirituales. La mano da sustantividad a la forma de los objetos, y el oído puede percibir el sonido, pero la mano no puede sentir los colores, ni los oídos pueden escucharlos.

Los colores solamente pueden recibir sustantividad por medio de los ojos. Esto mismo se aplica a los asuntos espirituales. Por ejemplo, el Señor es la Cabeza, y nosotros somos los miembros. Esta unión es un hecho, y no existe posibilidad alguna de separación.

El Señor también es la vid y nosotros somos los pámpanos, y no hay posibilidad de separación. Si creemos, recibiremos el beneficio de este hecho. Algunas personas confiesan que el Señor es la vid y nosotros los pámpanos, pero no tienen la savia, la vida. No pueden llevar fruto porque no tienen fe.

¿Qué es la fe? No es un simple entendimiento mental acerca de una verdad. Es percibir un hecho y darle sustantividad. Hemos oído que el Señor murió en la cruz y derramó Su sangre para redimirnos. Tal vez estemos de acuerdo con otros en cuanto al hecho de que el Señor murió en la cruz y derramó Su sangre para redimirnos.

También hemos escuchado que el Señor es la vid y nosotros somos los pámpanos. Quizás también estemos de acuerdo en que Él es la vid y nosotros los pámpanos. Se nos ha dicho que el Señor es nuestra vida, que vive en nosotros y es posible que también estemos de acuerdo en que Él es nuestra vida y que vive en nosotros.

Sin embargo, esto por sí solo no puede dar sustantividad a los hechos. Puede ser que nos hayamos puesto a un lado y hayamos visto que somos impotentes e inútiles. Posiblemente hayamos soltado todos los asuntos, pero éstos son sólo un aspecto. Por otro lado, debemos dar sustantividad a Cristo. Esto es maravilloso. Sólo requiere un segundo, y los hechos que Cristo realizó recibirán sustantividad en nosotros.

He aquí un hermoso cuadro. ¿Cómo sabemos que es hermoso? Porque lo hemos visto. ¿Cómo sabe uno acerca de las riquezas de Cristo? Porque las ha visto. Colosenses dice que somos llenos de Cristo. ¿Cómo sabemos que somos satisfechos en Cristo? Lo sabemos porque lo hemos visto a Él.

Cuando nos miramos a nosotros mismos, no vemos ninguna plenitud. Pero se nos dice que en El estamos llenos. ¿Estamos llenos en Cristo? El Señor nos ha dado la plenitud y nos ha dado gracia sobre gracia. ¿Tenemos ya esto? No es asunto de si lo entendemos con nuestro intelecto o no, sino de si tenemos tal fe en nuestro corazón.

Dice en Efesios 1:3: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. No hay duda de que Dios nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Pero, ¿dónde se hallan estas bendiciones? Hermanos y hermanas, la cuestión principal es la fe: debemos creer que la Palabra de Dios es veraz. Esto es muy sencillo y no es necesario ampliar más.

¿En qué consiste la fe? Examinemos esto desde el punto de vista del Señor. El hecho de que los cristianos no puedan creer es un gran fracaso. Creer equivale a dar sustantividad a los hechos. Una vez que vemos algo, le damos sustantividad. Una vez que creemos, le damos sustantividad a los hechos y los obtenemos.

El problema hoy es que hemos escuchado que el Señor Jesús es la Cabeza, y nosotros seguimos orando para que Él lo sea. Debemos más bien darle gracias y alabarlo diciendo: “Señor, Tú eres la Cabeza”. Si hacemos esto, se le dará sustantividad al hecho inmediatamente.

Un hermano dijo una vez: “Señor, usted ha hablado muy lindo, pero yo no he podido recibir nada”. Le respondí que eso se debía a que solamente estaba escuchando mis palabras; en lugar de eso, debería acudir al Señor y pedirle que le hable.

Aquella noche él oró a Dios diciendo: “Dios, hazme vencer. Señor hazme victorioso. Señor tengo un carácter horrible; ayúdame a vencer”. Mientras oraba, recordó la oración del leproso que dijo al Señor: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

El oró de la misma manera: “Señor, si quieres, mi mal humor se irá”. En ese momento entendió que si el Señor lo deseaba, entonces no tenía necesidad de pedir nada más. El Señor lo ha logrado todo y El sí quiere; ya todo está hecho.

Todo lo que necesitamos hacer es creer lo que dice 2 Corintios 12:9 o Lucas 18:27. Tan pronto creamos en las palabras sí quiero todo estará bien. Una vez que tenemos el “sí quiero”, los problemas quedan atrás y se desvanece el mal carácter.

 Aun si alguien está muriendo de alguna enfermedad, mientras el Señor haya dicho: “Sí quiero”, todo estará bien. Este es el verdadero significado de creer. Creer significa no pedir nada; es no pedirle a Dios que haga algo que ya ha prometido hacer.

Una vez un hermano habló sobre la victoria. Después de su mensaje les pidió a los hermanos y hermanas que hicieran las preguntas que tuviesen. El observó que una hermana joven estaba llorando en su asiento, pero no se ponía de pie para hacer ninguna pregunta.

Otra hermana, ya mayor, se levantó y preguntó: “Durante los últimos años he estado orando pidiendo que el Señor me conceda la victoria, pero nunca la he experimentado. ¿Qué sucede?”. El hermano respondió: “Nada. Ha orado demasiado. Si en vez de pedir alaba, todo estará bien”.

Después otro hermano se puso de pie y dijo: “Yo había buscado la victoria por once años, pero hasta ahora no había podido vencer. La pregunta de esta hermana y la respuesta que usted dio me han iluminado y ahora tengo la victoria”. El hermano luego se le acercó a la joven que lloraba y le preguntó cómo estaba. La joven respondió que también había visto claramente al escuchar esta pregunta y su respuesta. Esto es lo que significa la fe.

Recuerden que con soltarlo todo no termina el asunto. Si no tiene fe, no podrá darle sustantividad a los hechos. El color del cuadro sólo puede tener sustantividad por medio de los ojos; el sonido de un instrumento, sólo puede recibir sustantividad por medio de los oídos, y la textura de un objeto, sólo por las manos.

Del mismo modo, la Palabra de Dios y Sus promesas sólo pueden recibir sustantividad por medio de la fe. No debemos orar a Dios con incertidumbre: “Señor, sé mi victoria. Sé mi vida y mi santificación”. Más bien, debemos decirle: “Dios, Tú eres mi victoria. Te agradezco y te alabo porque eres mi santificación. ¡Te agradezco y te alabo!”

Se nos presentan tentaciones continuamente. Enfrentamos muchas dificultades, y palabras duras hieren nuestros oídos. ¿Le pediremos a Dios que nos dé fuerzas para vencer? No. Más bien, debemos decir: “Señor, te doy gracias y te alabo porque eres mi victoria. Señor, Tú vences en mi lugar.

Te doy gracias y te alabo porque todo lo soportas en mi lugar. Te doy gracias porque Tú eres la Cabeza y yo soy un miembro Tuyo. Tú eres la vid y yo el pámpano. Tú me lo provees todo”. Según la palabra de Dios, Él ya nos lo ha suministrado todo.

Cuando fuimos salvos, recibimos una de los millares de palabras que El habló. Algunos fueron salvos al leer Juan 3:16; otros fueron salvos por medio de Juan 5:24; otros recibieron la salvación en Romanos 10:10. Somos salvos al recibir una palabra del Señor.

Lo mismo se aplica a la victoria; todo lo que necesitamos es una de Sus muchas palabras. El hermano que mencionábamos antes, venció al recibir sólo dos palabras: “Sí quiero”. Algunos han vencido por medio de 2 Corintios 12:9, mientras que otros han vencido por Romanos 6:14. Otros han recibido victoria en 1 Corintios 1:30.

Examinemos ahora lo que no es la fe. La fe no es esperanza. Los que tienen esperanza, no necesariamente tienen fe. Al hablar con otros sobre el tema de vencer, si ellos han vencido, verá que no tienen fe si responden: “Espero llegar a vencer”. Esto es como hablarle a una persona acerca de la salvación.

Si él le dice que él espera algún día ser salvo, usted sabe que todavía no tiene fe. Algunas personas constantemente esperan que el Señor los salve, y siempre esperan que el Señor les ayude a vencer. Algunas personas oran constantemente y le piden al Señor que los haga vencer.

Esperan que el Señor los haga vencer. Algunos dicen que se han rendido y han creído, pero todavía siguen esperando ver algún resultado. Si esperan para ver si esto funciona, nada sucederá jamás, porque la fe no es esperanza.

Demos gracias al Señor porque la vida vencedora no depende de que nosotros recordemos al Señor, sino de que el Señor se acuerde de nosotros. Sería un gran sufrimiento para nosotros si se nos exigiera recordar al Señor. Demos gracias al Señor y alabémoslo porque Él se acuerda de nosotros.

Creer es tener fe absoluta en algo; los sentimientos no juegan ningún papel en esto. Los sentimientos no tienen nada que ver con si un cuadro es hermoso o no; sólo se necesitan los ojos para ver. Los sentimientos son útiles en ocasiones, pero no sirven para entender las cosas de Dios.

La mano solamente puede tocar las cosas y sentir su temperatura; pero no sirve para ver una pintura. Las cosas espirituales sólo pueden recibir sustantividad por medio de la fe, no de los sentimientos. Podemos vencer por causa de la Palabra de Dios. Dios habla, y todo queda hecho. No se trata de sentir alguna fuerza ni de experimentar alguna sensación intensa por unos cuantos días. Para vencer, lo único que se necesita es que tengamos una palabra del Señor.

Podemos confiar en las promesas de Dios y en Su Palabra. Si dice que tu mal carácter y tu orgullo son verdaderos, hace que la Palabra de Dios no sea confiable. Si no tienes fe, tu mal carácter y tu orgullo se te volverán reales. Pero si tienes fe, todas estas cosas desaparecerán.

Dios hizo un pacto con nosotros que dice que la mansedumbre, la paciencia, el amor, la templanza, lo que está en Cristo, todo ello es nuestro. Pero cuando tú vuelvas a perder la paciencia y regresen tu orgullo, tu impureza y tus fracasos, ¿qué harás?

Si crees en la Palabra del Señor, debes decir: “Dios te agradezco y te alabo porque yo puedo ser manso, paciente, humilde, amoroso y sobrio. Yo puedo ser todas estas cosas porque Cristo vive en mí”. Mientras te aferres firmemente a la Palabra de Dios, todos los temores se esfumarán.

El problema más grande que prevalece en los hijos de Dios en la actualidad es la falta de fe en la Palabra de Dios. No se les hace difícil cuando se les pide que lo suelten todo. Después de soltarlo todo, debería serles fácil creer. Acérquense a la presencia del Señor. Después de que lo suelten todo, deben tener la fe de que vencerán.

Una hermana había soltado todos los asuntos y los había entregado al Señor. Le pregunté si había vencido, y ella respondió que no estaba segura. Inquirí acerca de la razón por la cual decía eso, y dijo que todavía no había visto los resultados. Le dije sin rodeos: “Usted ha cometido el mayor pecado que el hombre pueda cometer: el pecado de la incredulidad.

Al no creer, da a entender que Dios es mentiroso. Dios dijo que tú eres un pámpano de la vid y si tú lo sueltas todo, la vida de El espontáneamente fluirá por ti. No obstante, dices que Dios no te ha librado todavía, pese a que has hecho tu parte. Tú estás dando a entender que ya cumpliste, y que Dios no ha hecho Su parte”. Debes darle gracias al Señor y alabarlo por haberte dado todo.

Recuerden que cuando creemos en el Señor como nuestra Cabeza y nuestra vida, y creemos que ya lo recibimos todo, todo llega a ser en realidad nuestro. Una vez que creemos, todos los problemas quedan resueltos. Cuando tenemos fe, ningún obstáculo puede impedirnos recibir nuestra victoria. ¡Aleluya! Esta es la salvación.

Nuestra fe no es una labor sino la acción de dar sustantividad a los hechos. Creemos que el Señor es la Cabeza, que Él vive en nosotros, que es nuestra vida, que es la vid y nosotros los pámpanos, y que El vence en nuestro lugar. Cuando creemos, se desvanecen todas las tentaciones, y el Señor lo hace todo por nosotros. Alabamos y agradecemos al Señor por haberlo hecho todo.

¿Cuántos hemos soltado todas las cosas? ¿Cuántos ya lo han soltado todo y también tienen fe? En primer lugar, les pediría a quienes lo han soltado todo que levanten la mano. Digo lo mismo a los que además de soltarlo todo, creen. La cantidad de unos y otros es casi la misma, aunque son menos los del segundo grupo. Déjenme añadir algo a esto de creer.

Recuerden que la Palabra de Dios es fidedigna. No confiamos en nuestra propia experiencia. Tampoco creemos en nuestros propios sentimientos. Creemos en la Palabra de Dios. Él dice que el Señor Jesús no sólo ha llegado a ser nuestra justicia, sino también nuestra santificación al vivir en nosotros.

Por lo tanto, podemos decir que Cristo no sólo es nuestra justicia, sino también nuestra santificación. No necesitamos sentir que Cristo sea nuestra vida o nuestra santificación. Creemos que Él es nuestra vida y nuestra santificación. La Palabra de Dios es digna de fiar.

Cuando Dios dice que Cristo es nuestra vida, nosotros también decimos que lo es. Cuando dice que Él es nuestra santificación, nosotros también decimos que lo es. Cuando Dios dice que Cristo es nuestra victoria, también nosotros decimos que Él es nuestra victoria. Creemos en todo lo que Dios diga.

Dios dice que Jesucristo es tu vida, pero tú dices que quizás no lo sea. Dios dice que Jesucristo es tu santificación, pero tú dices que es posible que Cristo no sea tu santificación. Dios dice que Su gracia te basta, y tú dices que la gracia de Dios tal vez no te sea suficiente.

Entre tú y Dios, uno debe de estar mintiendo. O Dios está equivocado o tú lo estás. ¿Te atreves a decir que Dios es mentiroso? Dios dice que Cristo es tu vida, pero tú dices que tal vez no lo sea. Dios dice que Cristo es tu santificación, pero tú dices que quizás no. ¿Estás dando a entender que la Palabra de Dios no es confiable?”. Si aún están dudando, si todavía se preguntan si Cristo es su vida, o si Él es su santificación, esto no es insignificante. Puedo decirles francamente que están haciendo a Dios mentiroso.

Es un gran pecado no creer en la Palabra de Dios. Dios dice que Cristo es tu vida y tu santificación. Él dice que Cristo es tu victoria y que Su gracia te basta. Pero tú no puedes creer y hasta piensas que es un asunto trivial al expresarlo con una sonrisa.

Debo decirte que ha cometido un pecado muy serio. Tú debes acudir al Señor y decirle: ‘Dios, no he creído a Tu palabra; he pecado contra Ti Por favor, perdóname y quita mi corazón malo e incrédulo. Te suplico que quites este pecado de mí’”.

Algunos no creen, pero todavía siguen sonriendo. Creen que la incredulidad no es algo serio; pero en realidad es un gran pecado. Este pecado es más grande que el pecado de cometer adulterio o matar. Debemos decirle a Dios: “Perdóname por haber pecado contra Ti Señor, quita de mi corazón la incredulidad”.

Si llamamos pecado a la incredulidad, lograremos vencer. Nuestra fe se basa en la Palabra de Dios. Cuán maravilloso es 2 Corintios 12:9, que dice: Bástate Mi gracia. Cuán maravilloso es 1 Corintios 1:30, que dice: Cristo Jesús… hecho de parte de Dios sabiduría: justicia y santificación y redención.

Cuán maravilloso es Colosenses 3:4, que dice: Cristo, nuestra vida. Si nos aferramos a la Palabra de Dios y creemos en ella, todo irá bien. Aunque sólo tengamos un versículo de la Escritura o una palabra de parte del Señor, tendremos la garantía y venceremos.

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noviembre 13, 2018 Néstor Martínez