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¡Dios no me Escucha!

Tomé la decisión de encarar este tema a raíz de los muchos correos que recibo respecto a un problema altamente preocupante en el pueblo de Dios: la falta de respuesta a las oraciones. Para responder esto con algunos puntos específicos, primero será bueno ver que cosa es la oración.

La oración, dicen los que han estudiado profundamente esto, es la comunicación con Dios. Siendo el Creador del mundo, y reinando sobre él, no es un ser impersonal, sino un Dios dispuesto a escuchar a los hombres.

Sus leyes no lo limitan; son la expresión de Su propia operación, generalmente uniforme, en providencia y preservación. Puede, sin embargo, actuar de una manera libre, conforme al consejo de Su voluntad, modificando Su forma de actuar, e influenciando los sentimientos, la voluntad y la inteligencia de los hombres.

Las oraciones y las respuestas dadas por Dios a ellas se hallan incluidas en Su plan, desde el comienzo de la creación, que Él sostiene con Su constante presencia. La oración surge del corazón humano: en la angustia, clama a Dios, que demanda la oración de todos, pero que sólo admite las peticiones hechas de manera íntegra.

Sin embargo, es notorio que en muchas ocasiones, Dios no responde a nuestras oraciones y eso, en lugar de llevarnos a estudiar o profundizar más, nos desespera. Yo he encontrado siete razones por las cuales Dios no podría responder nuestra oración. No serán los únicos, desde luego, pero te servirán para revisar tu vida hoy mismo, ahora mismo.

La primera causa que he hallado para que una oración no sea respondida, es la existencia de Iniquidad sin juzgar. Iniquidad, literalmente, significa injusticia, la condición de no ser recto, ya sea en relación con Dios, en base a su norma inamovible de justicia y santidad, o en relación con los hombres, en base a lo que el hombre sabe que es justo por su propia conciencia.

Desde esta óptica, es indudable que una gran parte de lo que llamamos alegremente “la iglesia”, anda caminando en los umbrales de la iniquidad o, sencillamente, dentro de ella. Sin embargo, queda claro en un texto que es el hombre quien decide adoptarla o no.

(Salmo 66:18)= Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado.

¿Está más que claro, no es así? El salmista reconoce que no miró la iniquidad desde su corazón. Si tenemos en cuenta que en el Antiguo Testamento, decir corazón siempre significa decir alma, entonces allí cerraremos el cuadro de situación.

Se puede correr el riesgo de que nuestra alma, por influencia de tentaciones carnales, pueda cometer el error de mirar con cariño a la iniquidad. Y eso, está dicho aquí, será motivo para que Dios no te escuche.

(Isaías 1: 15)= Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos.

(16) Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; (17) aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.

Aquí también hay silencio de Dios por causa de la iniquidad. Pero hay algo más: dice que esa iniquidad tiene que ver con obras malas, obras llenas de injusticia. ¿Estás viendo eso mismo, hoy, en alguna congregación que conozcas?

¿Sí? Entonces déjame decirte que, por una simple cuestión de ambiente, las oraciones que salgan de esa congregación, por mejor intencionadas que sean, y aunque sean expresadas por gente buena, sincera y creyente, no tendrán respuesta. ¿Duro, no crees?

(Proverbios 15: 29)= Jehová está lejos de los impíos; pero él oye la oración de los justos.

¿Qué es la impiedad? Lo contrario de la piedad, que no es lástima, como muchos suponíamos, sino falta de espiritualidad. Impiedad es una actitud rebelde, que se opone a la sujeción y al conocimiento de Dios de una manera consciente, en contra de lo que se le debe como Creador, Sustentador y Salvador.

La palabra impío quiere decir sin miedo, es decir: gente que tiene problemas con la policía y no tiene miedo, tiene problemas en la iglesia y no tiene miedo, hace negocios arriesgados y no tiene miedo, son personas que hacen cosas que cualquiera de nosotros haría con temor, pero ellos lo hacen sin temor. Pero no son gente de fe, porque una cosa es vencer temores normales a través de la fe y otra cosa es cometer locuras. Esta es gente que no tiene temor a nada y a nadie.

Muy similar a la iniquidad, ¿No te parece? Y aquí dice, confirmando los otros textos, que Dios oye la oración de los justos, pero no la de los impíos, que son los que hacen iniquidad. O que la permiten, ya que iniquidad es, en muchos casos, ser cómplice de pecados por simple silencio.

La segunda de las siete razones por las que Dios no responde a tu oración, es Por La Incredulidad. Parecería ser esta una verdad de Perogrullo, ya que siendo incrédulo no podemos esperar nada de un Dios en el cual no creemos, pero sin embargo no es tan así de simple. Muchos de los que viven de las cosas de Dios, en el fondo de sus corazones, no creen en Él.

(Santiago 1: 6)= Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a la otra.

(7) No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.

Todos sabemos que la palabra Espíritu, tiene base en los originales con el griego Pneuma. Y esto significa, precisamente, viento. Pero atención, no estamos hablando exclusivamente del Espíritu Santo, sino de Espíritu, cualquiera sea su procedencia.

Por lo tanto, el incrédulo, que es aquel que duda cuando desea ejercer su supuesta fe, y que dice aquí se asemeja a una onda del mar que es arrastrada de un lado al otro…¿Por qué cosa? Por el viento. Por el Pneuma, por el espíritu, y no precisa o necesariamente el santo. La incredulidad es un arma satánica y, por consecuencia, frena u obstaculiza cualquier respuesta de Dios.

(Mateo 21: 21)= Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: quítate y échate en el mar, será hecho.

(22) Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.

La lección positiva que estos hombres rústicos tenían que aprender respecto a la higuera marchita, era respecto al increíble poder de la oración, cuando ella es pronunciada con fe y convicción, y de acuerdo con la voluntad y los propósitos de Dios.

En esto que Jesús deja establecido como principio básico para una oración con respuesta, hay pautas muy claras: 1) Tener Fe. 2) No dudar. 3) Ordenar algo en voz alta. 4) Confiar en que será hecho. 5) Pedir algo concreto y específico. 6) Creer que vamos a recibirlo. 7) Atreverse a recibirlo.

Si quedó dicho que la incredulidad es un arma satánica que hoy por hoy le sigue dando excelentes resultados al infierno, entonces la contrapartida, es la fe, que como todos sabemos, es un don que Dios da a quienes se lo pidan. ¿Lo estás pidiendo? ¿Crees que te lo dará? Básico.

(Hebreos 11: 6)= Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

Tengo una especie de manía sistemática de darle a los textos el contenido implícito inverso, tanto como para que tenga mayor impacto. En este, por ejemplo, se nos dice que hay gente que se cree cristiana que pretende agradar a Dios y no tiene una minúscula partícula de fe.

Y también que hay muchos que se acercan a Dios, conocen sus enseñanzas, concurren a sus iglesias, oran en voz alta, ya sea en las reuniones principales o en las células caseras. Cantan alabanzas y levantan sus manos, pero en sus intimidades, no terminan de creer que exista ese Dios al cual le hablan. Este no es un texto sobre la incredulidad, más bien es contundente contra las hipocresías vernáculas de la religión organizada.

La tercera razón por la cual Dios puede no responder la oración de un cristiano, es por causa del Amor al Placer por parte de este. De todas las acepciones que encontramos en los diccionarios sobre Placer, me quedo con la que dice que es una satisfacción, o sensación agradable, producida por la realización o suscepción de algo que gusta o complace.

Cuando indagamos más sobre el o los placeres, nos encontramos de cara con el Hedonismo, que es una doctrina pagana y secular que proclama el placer como fin supremo de la vida. No puedes tener idea de la cantidad enorme de gente que la comparte y la vive.

(Santiago 4: 3)= Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.

Santiago es, -tengo la certeza- de lo más claro y contundente al respecto. Él nos previene y advierte que, si en lugar de pedir por nuestras necesidades, lo hacemos por nuestros deseos o caprichos, Dios no va a responder a esa oración.

Una cosa es que tú necesites un automóvil para moverte en cuanto a lugares a visitar o a llevar la Palabra de Dios, pero otra cosa muy distinta es que, con el pretexto de esa necesidad lícita, pretendas un cero kilómetro de última generación para lucirte ante las hermanitas jóvenes.

Una cosa es que tú estés orando por una esposa o un marido, y esperes con fe y confianza que ese hombre o esa mujer llegarán en cualquier momento a tu vida, y otra muy distinta es que te enamores perdidamente del más lindo o linda de la iglesia y le exijas a Dios que te lo entregue ya mismo para marido o esposa. Hablamos de necesidades, no de deseos personales o caprichos.

(2 Timoteo 3: 1)= También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. (CHALEPOS: Esto significa tiempos ásperos, salvajes, difíciles, dolorosos, fieros, dañinos, duros de tratar. La palabra describe a una sociedad desprovista de virtud pero que abunda en vicios. Hoy).

(2) Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, (3) sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, (4) traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios,

No te voy a dar un detalle preciso y específico respecto a cada calificativo utilizado aquí, pero sí quiero que lo mires no como en un libro de historia del tiempo de Pablo y Timoteo, sino en un hoy cargado de incertidumbres y falsas expectativas.

¿No ves en tu ambiente a hombres que se aman a sí mismos de un modo que les resulta imposible amar a otros? ¿No los hay, también, avaros que por guardar un centavo eligen vivir casi en la miseria? ¿No existen los que arman un show en derredor de sus ministerios porque aman ser mirados, admirados y hasta acosados?

¿No has visto nunca, cerca de ti, a gente soberbia en tal grado que, cuando dicen algo lo hacen casi desde una posición absoluta y pontificia? ¿No has oído, en algún púlpito, doctrinas sustentadas en el dinero o en los poderes terrenales, vendidas como bíblicas, en el colmo total de la blasfemia?

Junto a todos esos, (Y no me dan los tiempos para referirme a los otros), están los que aman los placeres de tal modo que eso les impide relacionarse con un Dios que no prodiga placeres al alma o a la carne, sino paz a un espíritu olvidado y escondido. ¿Crees que Dios podría oír la oración de alguno de ellos?

El cuarto obstáculo para que Dios escuche y responda, más allá de si afirmativa o negativamente una oración, está arraigado a un elemento siempre presente en el hombre natural, pero que debería estar ausente del creyente genuino: El Orgullo.

Muchos confunden al orgullo con la soberbia, pero no son sinónimos. Tienen parentesco muy cercano, es verdad, pero no son la misma cosa. El orgullo es arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas, mientras que la soberbia es la altivez y el apetito desordenado de ser preferido a otros.

Sin embargo, en el libro de Job 35 se han unificado como freno indefectible para que Dios oiga oraciones. Dice en los versos 12 y 13: Allí clamarán, y él no oirá, por la soberbia de los malos. Ciertamente Dios no oirá la vanidad (orgullo), ni la mirará el Omnipotente.

Bajo esta perspectiva que es lineal y exacta, a mí se me presenta una curiosidad que tal vez tú también compartes. ¿Dios escucha, realmente, y responda o no, todas esas oraciones, a veces pomposas, efectuadas desde los púlpitos?

La respuesta no será ni sí ni no, sino depende. Porque una oración será oída depende quien la haga, y no desde el lugar en que se haga. Muchos adoran orar desde el púlpito porque suponen que desde ese sitio, la llegada a Dios está asegurada. Bien; lamento decirles que no entendieron nada.

(Salmo 138: 6)= Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, más al altivo mira de lejos.

Jehová es excelso, esto es: muy elevado, alto, eminente. Y atiende (Escucha, oye su oración) al humilde, que es el que tiene una virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. Pero aclara que al altivo, que es el orgulloso, el soberbio, lo mirará de lejos. Y esto, mi hermano, significa ni siquiera oír lo que dice.

(Santiago 4: 6)= Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

El concepto más o menos es el mismo que en el item anterior, con el añadido que resistir a alguien, no es soportarlo, como muchos han entendido el texto de resistir al diablo, sino combatirlo, confrontarlo, fastidiarlo, derrotarlo.

En quinto lugar, como factor recurrente para que tu oración no sea respondida, y de pronto quizás hasta ni siquiera escuchada, está La Indiferencia. Según cualquier diccionario más o menos confiable, es el estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado.

Yo me pregunto si es posible que adentro de lo que nosotros llamamos “la iglesia”, pueda existir este sentimiento. Si ha sido colocado en la Biblia con relación a la oración, es más que notorio que sí. ¿O no hemos conocido nunca, ninguno de nosotros, a alguien que toma las cosas de Dios con indiferencia?

Nos cuenta la historia bíblica que estaba el profeta Eliseo, ya enfermo del mal que finalmente lo llevaría a la muerte, cuando vino a él el rey Joas, desesperado porque Israel estaba siendo atacada y derrotada. Y allí se da un fragmento de un diálogo que habla, precisamente, de un supuesto creyente con una dosis de indiferencia en su fe.

(2 Reyes 13: 18)= Y le volvió a decir: (Eliseo a Joás) toma las saetas. Y luego de que el rey de Israel las hubo tomado, le dijo: golpea la tierra. Y él la golpeó tres veces, y se detuvo.

(19) Entonces el varón de Dios, enojado contra él, le dijo: al dar cinco o seis golpes, hubieras derrotado a Siria hasta no quedar ninguno; pero ahora sólo tres veces derrotarás a Siria.

Las explicaciones respecto a este pasaje que yo, en lo personal he oído, hablan de falta de fe por parte de Joás. Sin embargo, hilando más fino, podemos apreciar que independientemente de que esa fe no le sobraba al rey, el trabajo de golpear el piso con las saetas, le debe haber parecido demasiado esforzado como para ir mucho más allá de esos tres golpes.

¿O sería que en su fuero íntimo, Joás no terminaba de creerse que simplemente haciendo eso, la victoria estaría realmente de su lado? ¿Estaba pensando con su lado espiritual o lo hacía con el humano, racional y material?

Se me ocurre que esto, está total y absolutamente identificado con la oración. Déjame decirlo con más claridad: con TU oración. ¿Cuántas veces has orado por ESE problema que te aqueja y preocupa? ¿Una vez? ¿Dos? Me parece ver tu expresión como diciendo: ¿Qué pretendes, que canse a Dios? Porque eso es lo que suele decirse en estos casos, ¿No es así?

Bien; Dios no va a cansarse jamás de tus oraciones, así como tú tampoco te cansarías jamás de lo que tus hijos te puedan decir, sea ello importante o no, conforme a sus edades o madurez. Dios es, antes que ninguna otra cosa, Padre, recuérdalo.

Si tienes un problema a resolver y por los medios naturales a tu alcance no puedes lograrlo, oras. Pero oras, oras y oras. ¿Hasta cuando? Hasta que llegue la respuesta. ¿Y si Dios decide que esa respuesta sea negativa? Te lo hará saber y deberás dejar de orar. Pero nunca des tres golpes con esas saetas, antes de saber si no es necesario dar cinco o seis para lograrlo…

Ya en el Nuevo Testamento, (Eso en lo lineal, ya que Nuevo Pacto es un nuevo sello de sangre, y eso se produce recién en el final de los evangelios) nos encontramos con el relato de ese misterioso amigo que llega a medianoche, parábola usada por Jesús, precisamente, en torno a este tema.

(Lucas 11: 5)= Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: amigo, préstame tres panes, (6) porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo que ponerle delante; (7) y aquel, respondiendo desde adentro, le dice: no me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños conmigo en cama; no puedo levantarme y dártelos?

(8) Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite.

(9) Y yo os digo: pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.

A este último verso lo he añadido porque generalmente lo hemos recitado como papagayos sin tener en cuenta el contexto en el que está incluido. Y ese contexto, precisamente, tiene que ver con una respuesta divina al hombre que hace un esfuerzo, aún en contra de sus propios intereses, simplemente por fe sencilla y sin rebusques doctrinales.

No hacer el menor esfuerzo para ayudar a un amigo en problemas, es indiferencia al dolor o a la necesidad ajena. ¿Y que si Dios mismo tuviera, de pronto, un ataque de indiferencia? ¿Cuántos serían salvos, liberados, sanados o redimidos? Ninguno.

¿Lo estás entendiendo, verdad? Por ese motivo es que Él jamás responderá tu oración si eres indiferente a las cosas que Él no lo fue. No digo que serás salvo por lo que hagas, digo que serás oído por lo que eres.

Más adelante, en el mismo evangelio, nos encontraremos con otra parábola conocida: la de la viuda y el juez. Allí también podemos ver lo que significa fe, insistencia en fe, perseverancia en fe y hasta resultar pesado por la fe, siempre contrario a la indiferencia que es fría e inocua.

(Lucas 18: 1)= También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, (dice “siempre”, palabra de significado eterno, no dice “a veces” o “cuando se puede”; siempre.) y no desmayar (Que no es, en este caso, desplomarse con pérdida de conocimiento, sino abandonar, decepcionarse, ser indiferente), (2) diciendo: había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. (Generalmente estas dos cosas están siempre juntas).

(3) Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: hazme justicia de mi adversario. (La viuda tenía un adversario que evidentemente estaba siendo favorecido por la inacción judicial)

(4) Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, (5) sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia.

(6) Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto.

(7) ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?

(8) Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿Hallará fe en la tierra?

El concepto básico es que con fe y perseverancia, todo es posible. Porque por una parte vemos que Él asegura que hará justicia a sus escogidos si estos acuden a Su Trono, pero concluye preguntándose si hallará fe en la tierra cuando vuelva.

¿Qué quiere decir eso? Que si hubiera fe en la tierra en el momento de Él regresar, muchos serían los que se reunirían con el Señor en las nubes. Pero si no los hubiera, entonces serían muchísimos menos. Y esto es lo que entristece el corazón de Dios. La indiferencia del hombre.

El sexto punto de los siete que no permiten a Dios responder a tus oraciones, es el que tiene que ver con un Espíritu que no Perdona. Es tanto lo que se ha hablado, enseñado, predicado y vociferado al respecto que, añadir algo más, hasta parecería innecesario. Por eso nada mejor que ir a la propia Biblia.

(Marcos 11: 25)= Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.

(26) Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.

¿Antes de orar? No. ¿Después de orar para garantizarnos respuesta? No. Dice que durante nuestra oración es que debemos perdonar a quien o a quienes nos hayan ofendido. Presta atención y entiende, para que luego no digas que nadie te lo dijo.

Nadie dice que no tengas razón en molestarte con ese hermano, o con esa hermana, con ese líder o hasta con el mismísimo pastor, por haberte lastimado o haberte fallado o defraudado en lo que sea. Te damos la razón y creemos que es justo que te sientas molesto y mal.

Pero lo que es mi deber decirte es que, si no tomas la decisión de perdonar a esa persona o a esas personas, las que sean, te hayan hecho lo que te hayan hecho, Dios no podrá perdonarte a ti de todas las cosas falladas o malas que hagas de aquí en más.

¿Salvación? Nadie está hablando de tu salvación, ahora. Estoy hablando de tu relación con el Señor, que debe inexorablemente de ser limpiada blanqueando tu condición delante de Él. ¿Aspiras a ser perdonado, cada día. Perdona tú a los otros, ya mismo. ¿Deseas ser oído en tus oraciones y tener respuesta, si es posible favorable? Pues entonces haz tu parte: perdona.

Y, finalmente, el último punto clave que no te posibilita tener respuesta a tu oración, y en algunos casos hasta ni siquiera ser oído por Dios, es el Abandonar la Palabra de Dios. ¿Qué significa abandonar la palabra de Dios? ¿Acaso dejar de leer la Biblia? Lo incluye, pero como vas a ver, es mucho más que esto.

Porque Pedro, en su primera carta, viene hablando de la relación esposo-esposa, (De hecho, como en el caso de Pablo, haciendo una paráfrasis de lo que implica Cristo-iglesia), y llegado a una conclusión final, expresa lo siguiente:

(1 Pedro 3: 7)= Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.

No es demasiado complicado, aquí, establecer cuales son los conceptos globales que enmarcan esta declaración. El esposo debe vivir con su esposa de una manera sabia. ¿Qué significa esto? Desde la óptica secular y humanista, vendría a parecer que el hombre debería concurrir a una universidad, por lo menos, con la finalidad de adquirir sabiduría para comportarse, pero no es así, obviamente.

Desde lo espiritual, adquirir sabiduría, que es de la única manera en que se puede vivir o convivir sabiamente, es refugiarse y escudriñar en la Palabra de Dios. Están llenos los salmos de referencias a eso, y se añade que en la sabiduría está el principio básico de la autoridad.

Varón: ¿Quieres ser la auténtica y genuina cabeza de tu hogar, en lugar de ese pequeño déspota y tirano que la deficiente información te ha llevado a ser? Busca en la Palabra de Dios la sabiduría. Escudríñala a diario y llegarás, un día, a acceder a ella y, por consecuencia, a ser genuina cabeza espiritual de tu casa, tal como Dios lo ha determinado.

Luego expresa que el esposo debe darle honor a su mujer, como a vaso más frágil. Esto no significa, en modo alguno, que por esencia de género la mujer sea espiritualmente más frágil que el hombre, de ninguna manera.

Muy por el contrario, cientos, miles de experiencias han dejado claramente en evidencia que, llegado el caso de una crisis profunda, la mujer ostenta reacciones ante ellas con una profundidad espiritual que no siempre el hombre ha logrado mostrar.

De lo que se habla es que, a partir de lo que Dios ha ordenado en el hogar como forma eficiente de operatividad ejecutiva, si el hombre asume correctamente y sin desmadres su rol de autoridad de hogar, la mujer por lógica consecuencia pasa a convertirse directamente en imbatible. Y eso, si se tiene en cuenta por donde suele entrar el enemigo en una casa, es más que saludable y conveniente.

Porque, continúa diciendo, una mujer, una esposa en este caso, no es alguien más que habita un hogar, sino alguien que se encuentra a un mismo nivel espiritual. Yo sé que esto no sería muy bienvenido en decenas de congregaciones sustentadas en teorías y ordenanzas altamente machistas, que todavía se hacen llamar a sí mismas Iglesias, pero no viven conforme a las escrituras.

Porque si se necesita una prueba en aquellos lugares en donde la mujer ha sido y sigue siendo relegada siempre a segundos planos por detrás de cualquiera de los hombres, de que no es necesariamente ese su lugar, esta palabra lo otorga: coherederas de la gracia.

¿Qué cosa es una coheredera? Alguien que tiene acceso y derecho a una determinada herencia en las mismas condiciones que sus o su titular. Yo, hombre, tengo derecho a mi herencia divina. Pero mi esposa, con el simple hecho de serlo, tiene mi mismo derecho. Coheredera. ¿Es suficiente? Acéptalo o no, créelo o no, practícalo o no, pero no digas que nadie te lo dijo.

Y todo eso, ese respeto por la Palabra de Dios en cuanto a la sabiduría y el entendimiento con relación a los rangos hogareños, ¿Con que finalidad debemos cumplimentarlos tal cual Dios los ha plasmado? Con la sencilla finalidad de que nuestras oraciones no tengan estorbo por causa de nuestra desobediencia, así de simple.

Iniquidad sin Juzgar.

Por la incredulidad.

Amor al Placer.

Orgullo.

Indiferencia.

Espíritu que no perdona.

Abandonar la Palabra de Dios.

Siete perlas que, si las cumples en obediencia, te resultarán límpidas, transparentes, cristalinas y de enorme valor. Pero que si eliges dejarlas a un costado por celos machistas u otras prerrogativas humanas, entonces te resultarán de freno para tus oraciones.

Ahora, con estos elementos en tus manos. Que por supuesto, no son ni serán los únicos, pero que si son quizás los más frecuentes, examina y revisa tu oración y el caudal de respuestas que hayas tenido en tu vida de fe. De tu examen, seguramente saldrá el camino adecuado para de aquí en más, dirigirte a tu gran objetivo: cumplir con la voluntad de Dios.

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noviembre 13, 2018 Néstor Martínez