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El Desierto Tiene Salida

Quiero ser bien claro y repetir un concepto que seguramente va a sonar muy fuerte, pero que es tan real y tan importante que siento que debo reiterarlo una y otra vez hasta que todos los que de un modo u otro sintonizan este servicio lo sepan y sepan a qué atenerse. El hecho de que cada uno de nosotros, cuando la pandemia nos permite, asistamos cada domingo a una congregación cristiana, no significa de modo automático que cada uno de nosotros conozca a Cristo.

Que leamos nuestras Biblias y oremos, no significa que conozcamos a Cristo. Y te digo una que está por encima de todas las demás: podría ser que llegado el caso echemos fuera un demonio de alguien y ese alguien reciba liberación y aun así, nosotros todavía no conozcamos a Cristo. Jesús dijo eso y nos consta, no es invento mío. Ellos liberaron a un endemoniado en el nombre de Cristo, así que es obvio que sabían quien era, pero Él los rechazó porque dijo no conocerlos.

Él les dijo a esa gente “¡No los conozco!”, lo cual a algunos teólogos les suena a una mentira que no se atreven a mostrar, porque toda esa gente que liberaban endemoniados en su nombre, eran personas con las que él había estado y tratado. ¿Cómo les iba a decir que no los conocía si había hasta cenado o almorzado con ellos? Porque Jesús no se estaba refiriendo a conocer desde el punto de saber como se llama una persona, donde trabaja y como es su familia. Jesús hablaba de conocer en términos espirituales. Él no conocía a esos hombres porque nunca había tenido ninguna intimidad con ellos.

Conocer, te lo reitero una vez más, no significa tener información. Yo estoy convencido que una enorme cantidad de cristianos tiene una súper abundante información acerca de Cristo, pero no lo conoce. Porque conocer –tú lo sabes-, es sinónimo de intimidad, de relación profunda, de meterse uno en el otro. De allí viene aquello de Ya no vivo yo más Cristo vive en mí, ¿Entiendes?

Satanás y sus demonios creen en Cristo, porque saben que Cristo existe y creen eso. Pero como ni lo aman ni lo sirven, y mucho menos intiman de ninguna manera con él, no pueden ser estimados como hijos, sino como el nombre de su jefe lo dice: adversario. Eso significa el nombre Satanás. Y eso pasa con mucha gente, que como tiene dones, cree que Cristo está en ellos, pero se olvidan que los dones son favores de Dios y no son revocados, pero una cosa es tener un don y otra cosa ser un hijo reconocido.

¿Usted me está queriendo decir que puede haber gente que tenga dones de sanidad y sea vehículo de sanidad divina y milagrosa de mucha gente, pero que en la recta final de sus vidas tenga que plantearse si verdaderamente irá a morar a esas moradas celestiales preparadas cerca del Padre o tendrán otro camino? No te lo estoy “queriendo decir”, ¡Te lo estoy diciendo! Y si sabes leer la Biblia por fuera de lo que la religión te ha enseñado, supongo que tienes que haberlo visto bien claro en la vida de muchos de los considerados…santos.

Yo creo que hoy, cuando muchos nos llenamos la boca hablando del Reino, no todos nos seguimos conmoviendo o asombrando con ciertas cosas. Ya deberíamos haber superado el tiempo en que una hermosa predicación nos conmovía. Ya sabemos (O deberíamos saberlo) lo suficiente como para no impactarnos por palabras impactantes. Una predicación es muy cierto que puede enseñarte algo que hasta este momento ignorabas y gloria a Dios por ello, pero sigue siendo una cucharada de leche en tiempos de comer carne asada.

Y lo mismo ocurre con los milagros. Si el nuestro es un Dios de milagros, lo más normal en el ámbito divino es que sucedan a cada momento. Dios no vive en lo natural sino por sobre lo natural, Él creó lo que nosotros conocemos como la naturaleza, por tanto todo lo que provenga de Él, siempre será sobrenatural y eso ya no tiene que asombrarnos. Debemos prestar mucha mayor atención al estilo de vida de los creyentes. Honestidad, integridad, santidad, equilibrio, bondad, mansedumbre, paz, etc., no deberían ser modismos sorprendentes, sino parte cotidiana de la vida de hombres y mujeres de Reino.

En mi caso personal, conocer a Cristo no tuvo luces ni relámpagos centelleantes como les ha pasado a otras personas. Tampoco me vino a ver en persona, hecho figura brillante sin rostro, como si sé y lo creo, que les ha sucedido a otros. En mi caso, simplemente pasé de tener información acerca de alguien llamado Cristo, a que el Espíritu Santo me revelara de manera directa y sin dudas, que Él era el Hijo del Dios viviente y, desde allí mismo, Salvador y Señor de mi vida.

No recibí nada nuevo ni especial, apenas lo mismo y nada menos que lo que el propio Pedro recibió en el momento en que Jesús preguntaba a sus discípulos si ellos sabían quién era Él. Recuerda que algunos dijeron Elías, otros Juan el Bautista, otros simplemente un profeta, pero el único que sacó coraje desde su interior sacudido y conmovido por el Espíritu Santo y dijo que Él era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, fue Pedro. Eso, quiero avisarte, no se cerró ese día, sigue vigente hasta hoy, ahora, en este momento. Tampoco le dio a Pedro chapa de infalible. Un rato después, Jesús le reprendió a Satanás.

Lo cierto es que todos nosotros, tanto ministros, como obreros, como hombres y mujeres de fe sincera, solamente conocemos de Jesús lo que le va sucediendo cuando comienza su ministerio. Uno solo de los evangelios relata un episodio a sus doce años de edad, cuando se les pierde o se les olvida a sus padres llevárselo de la sinagoga y él se queda dialogando con los líderes mostrando una sabiduría que a ellos les impacta.

Nunca pude saber por qué Dios Padre resuelve esconderlo hasta sus treinta años, por qué no lo utilizó antes con los jóvenes de su tiempo, como modelo de integridad, de santidad, de pureza. Pero luego entiendo que todo lo que hace Dios, lo podamos ver o entender o no, siempre es bueno y correcto, por lo que no nos queda otra que aceptar eso y procurar indagar dentro de lo que se nos permita algo más con la única finalidad de conocerlo mejor.

Respecto a los llamados Reyes Magos, siempre se nos ha enseñado, (Yo mismo he repetido eso, obviamente), que la realidad nos muestra que eran profetas, a los cuales se los denominaba como magos. Sin embargo, hay algunos elementos que nos muestran que efectivamente esas personas eran reyes de oriente, que habían llegado a ese pesebre donde el niño recién nacido reposaba, a traerles presentes de muy alto valor, no solamente incienso y mirra.

¿Por qué? Porque ellos tenían una palabra profética que les había avisado con anticipación que en esos días y en ese lugar nacería un rey que estaría por encima de todos los reyes del mundo, y entonces con esa hidalguía tan propia de nobles rancios con sentido de su condición y no envanecidos por sus posesiones y sus poderes terrenales, vinieron sin dudar a rendirle honor y adoración, la que según estimaban ellos, merecía largamente.

Y aquí puedo añadir que todavía merece y desea recibir de nuestra parte. Porque Jesús no era un niño nacido de José y María, era el Hijo de Dios y ellos de alguna manera lo sabían. Tú eres consciente y te das cuenta de inmediato que enseñar esto en algunos casos es ir directamente en contra de las enseñanzas tradicionales que todos hemos recibido en nuestras iglesias. ¿Sabes por qué? Porque la religión, que muchos enceguecidos todavía ven como una aliada de nuestra fe, en realidad es la mejor arma satánica para alejarnos de la fe.

Y fue precisamente la religión la que nos enseñó todo lo que aquí parece en contraposición con la verdad. Y me alegro de no tener que demostrártelo yo con acciones mías, ya que jamás podría hacerlo, sino simplemente llevarte a las escrituras, que citan todas estas cosas con meridiana claridad y solamente un ciego espiritual o un interesado en sacar provecho de nuestros errores podrían haber interpretado otra cosa que la estricta verdad visible.

De hecho, lo que más nos cuesta entender es que Jesús, caminando por las calles de su tiempo, era visiblemente hombre, pero también era Dios encarnado. ¿Por qué? Porque el nombre que se le ordena darle al niño es Emanuel, y ese nombre justamente significa “Dios con nosotros”. No era un ser humano que creía en Dios, era Dios mismo encarnado en un hombre, que no es lo mismo. Esa es la enorme diferencia entre Jesús y cualquiera de nosotros por espirituales que nos consideremos.

Nosotros somos seres humanos, (Así se denomina toda la creación), convertidos en hijos por aceptar que fuimos redimidos en la cruz. Y eso indefectiblemente nos hace co-herederos con Cristo, pero de ninguna manera nos coloca en su mismo nivel, sino en su seguimiento y obediencia, que es la nica forma de poder cumplir con todos los mandatos y ser más que vencedores. A esto lo tengo que aclarar cuantas veces sean necesarias, porque todavía anda mucha gente confundida y, lo peor, envanecida con esto.

Observa esto: Jesús caminó sobre la tierra siendo mitad hombre y mitad Dios. Tuvo hambre, frío, calor y tentaciones como hombre, pero tuvo revelación, señales, milagros y maravillas como Dios. De allí estamos aferrados nosotros desde el momento mismo en que lo aceptamos como Salvador y lo convertimos en Señor de nuestras vidas.

Si digo que cualquiera de nosotros que es hijo genuino se planta delante de alguien y le dice lo mismo que dijo Él: El que me ha visto a mi, ha visto al Padre, no estará diciendo ni haciendo ninguna herejía, sino cumpliendo fielmente con lo que siempre fue, es y sigue siendo el propósito y la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Él lo dijo a eso, no es invento mío. Dijo que nosotros haríamos las mismas cosas que Él hizo y aún mayores, porque Él iba a al Padre y porque Él y nosotros éramos una sola cosa.

Todos ustedes saben y conocen que Jesús, de muy pequeño, estuvo obligado a vivir durante un largo tiempo en Egipto, hasta que supieran que había muerto Herodes, que era el rey que había decidido eliminar a todos los niños en edad similar a la de Jesús buscando impedir la llegada del rey que le habían profetizado. Esto de alguna manera pone en evidencia algo que la gente que anda en guerra espiritual conoce como la palma de su mano: cada vez que va a nacer un libertador, o alguien que está llamado a ser una tremenda obra para el Reino de Dios, el infierno se enloquece y busca eliminarlo.

De hecho, no siempre se entera cual es exactamente esa persona, por eso arroja golpes a ciegas esperando con alguno acertar al que viene a hacerle morder el polvo de la derrota. Si el diablo hubiera sabido que el Cristo era ese niño nacido de José y María, se hubiera encargado de marcárselo a Herodes para que lo eliminara sin necesidad de matar a todos los demás niños. Lo mismo sucedió en su momento con Moisés, por eso fue a parar nada menos que al palacio del mismísimo faraón que con gusto lo hubiera aniquilado. Y eso te deja en evidencia la diferencia de poderes entre el reino de las tinieblas y el Reino de Dios.

Por estas razones, por creer en Jesús y seguir sus pasos, el mundo nos conoce como “los cristianos”. A mí ese rótulo no termina de gustarme porque sé que viene del desprecio y la burla de los griegos, pero se reivindica cuando entiendo que ser un cristiano, hoy, es seguir a Cristo, vivir como Cristo vivió, hacer las cosas que Él hizo y aún mayores, amar al prójimo como Él lo amó y, llegado el momento o la necesidad, dar la vida por otro cristiano. No es un apelativo racial ni étnico, tampoco un producto abstracto como se usa en el campo de mi país, no sé si en el tuyo no será igual.

Cuando se hablaba de un hombre, nuestros antiguos criollos solían decir que había que ayudar a un cristiano. Pero no lo decía porque ese hombre fuera creyente, sino simplemente porque era un ser humano. Es decir que usaban el término cristiano como sinónimo de ser humano. En este caso, y a pesar que, -reitero- la denominación no me agrada demasiado y prefiero hablar de creyentes o sencillamente hijos de Dios, reivindico el rótulo señalando que no todo hombre o mujer nacido es un cristiano, a menos que tome una decisión y decida serlo por fe. Recuerda como empieza Jesús su ministerio.

(Mateo 4: 1-4) = Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí que estas piedras se conviertan en pan. El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Todos sabemos que el desierto, en términos espirituales, es el lugar de la gran prueba. Es decir que si vas a ministrar para el Reino, no sería descabellado ni improbable que esa tarea comience con una gran prueba, de la que seguramente saldrás victorioso. Ayunó cuarenta días con sus noches, dice. ¿Por qué ayunaría alguien como Jesús? Lo primero que quiero que veas conmigo, es que Jesús no fue llevado por el diablo al desierto, sino por el Espíritu Santo. Con ese respaldo Él fue a enfrentarse con Satanás.

¿Estaba jugando con Él, Dios, entonces? No, lo estaba empezando a entrenar. Y cuando tú te das cuenta que algunas de tus pruebas no son otra cosa que un entrenamiento a futuro, entonces tú pasas esas pruebas en gran victoria y con todas las posibilidades de seguir por la misma ruta y sin llorisqueos ni lamentos. Ojo: no estoy diciendo que las pruebas sean necesarias, digo que si Dios te permite que las vivas, no es para que termines endemoniado, sino para que a través de ellas ganes en autoridad y libertad. Eres dulce o amargo, eres valiente o cobarde. Cuando pasas la prueba es cuando lo sabes. Si no pasas por uno o varios exámenes, no te gradúas nunca.

Y allí mi Biblia me cuenta que Jesús fue tentado. ¿Y eso qué significa? Trato de no ser religioso ni chabacano, que son las dos puntas con las que generalmente se ha interpretado esto. Lo que Jesús sintió muy en su interior de hombre, no de Dios encarnado, de hombre de carne, fue el deseo de caer. Lo reitero, sintió deseos. Porque si no existe el deseo de caer, la tentación jamás llega a ser tentación. Por eso Jesús ayunó todos esos días. Él sabía que las tentaciones le caerían encima y le harían sentir su presión, así que utilizó el arma más eficaz para vencerlas: ayunar.

¿Y con qué lo tienta Satanás? Con el pan, porque eso era lo que Jesús necesitaba. Tenía hambre, deseaba comer y el pan se veía excelente. Fíjate que no lo iba a tentar con robar o con estar con una mujer, Él no tenía ese problema. Lo tentó en lo único que Jesús estaba vulnerable. Así lo sigue haciendo e incluso contigo, apréndelo y no te olvides nunca. Si tienes algún punto vulnerable en el que él pueda doblegarte, allí será donde lo intente. Resiste.

Porque cada vez que llegue una tentación a tu vida, lo que te está llegando es un examen. Cada vez que seas tentado por el enemigo, con permiso del Padre, será una prueba de la que deberás salir airoso. No se trata que tú busques ser tentado porque eso sería tentar a Dios, se trata de que en algún momento esa tentación llegará, está escrito. Recién cuando Jesús volvió del desierto tenía la autoridad necesaria para comenzar su ministerio.

Porque cuando Satanás le dijo que si realmente era Hijo de Dios se lo demostrara haciendo que esas piedras se convirtieran en pan y saciaran su hambre de ayunar cuarenta días, Jesús se negó y le respondió con la Palabra, expresándole que no solo de pan va a vivir el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. ¿Por qué habrá hecho eso Jesús si el hubiera podido tranquilamente convertir las piedras en pan y así demostrarle a Satanás quien era?

No lo sabemos con certeza porque no se nos lo dice, pero podemos pensar que hacer eso que Satanás le sugería, hubiera sido obedecer a una directiva satánica y además dejar en evidencia un lucimiento personal. Cuando el diablo te diga que tú no eres nadie y no puedes contra él, tú ignóralo y no le respondas. Pero cuando te diga que tú eres lo más y el resto no te llega ni al calzado, también ignóralo. Por mucho menos han caído muchos llamados “grandes”. Tú no estás en esta tierra para demostrarle nada al infierno, tú has sido enviado a esta tierra con las armas del cielo para extender el Reino de Dios y proclamar la derrota del reino de las tinieblas.

Hay gente que se encuentra en el desierto de una tremenda prueba y se consuela pensando y diciendo a quien quiera escucharlo, y casi con orgullo, que si Jesús estuvo en el desierto ¿Por qué no aceptarían ellos estarlo? Por una simple razón: es cierto que Jesús estuvo en el desierto de la prueba, pero sólo estuvo allí por cuarenta días, un poquito más de un mes. No estuvo años y años como quizás esté hoy alguno de quienes me está escuchando. Cuando es demasiado el tiempo de desierto y de prueba, más que a Jesús, eso a mí me hace recordar al pueblo de Israel, que sí estuvo durante cuarenta años vagando por ese desierto sin poder llegar a la promesa. Pero lo que me alarma seriamente es que la causa de esos cuarenta años de caminar y no llegar a ningún lado, fueron por causa de su desobediencia, toma nota.

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agosto 6, 2022 Néstor Martínez