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El Árbol que no Tapó el Bosque

Un día cualquiera, alguien pronuncia una sentencia popular muy conocida a partir de la definición circunstancial respecto a un tema cualquiera, y algo explota en el ámbito espiritual de quien lo escucha. Una especie de retumbar de tambores y de sonido de trompetas, señalan que esa sentencia popular, esconde mucho más que lo que se escucha. El refrán dice: Que el árbol no te tape el bosque…

Claro; la pregunta, entonces, es: ¿Qué significa eso? ¿Para qué debo escudriñar al respecto? ¿Será realmente una directiva de mi Señor o solamente una idea personal mía? Ni dudarlo. Yo aprendí, a lo largo de todos estos años, que cuando se recibe una palabra de esta categoría, no es para a alguien en especial, aunque lo incluya, sino para un conjunto, para una masa, para todos aquellos que, sea como sea, caminan sus días, ven, andan y piensan con los mismos puntos y objetivos. En suma: gente con un mismo sentir.

Entonces, lo primero que haremos, será examinar qué cosa significaría, en trazos generales, no permitir que el árbol nos tape el bosque. Mira; cuando el árbol nos tapa el bosque, es cuando debemos dar varios pasos hacia atrás o elevarnos lo suficiente para ver el bosque completo; no nos podemos quedar conformes con ver solamente el árbol, porque eso sería como ver una verdad parcial. Para ver la verdad completa debemos ver todo el bosque, porque en él encontraremos la variedad de árboles, plantas y arbustos y un sinnúmero de otras especies botánicas que nos permitan ampliar nuestra capacidad de observación.

Viendo el árbol, solamente observaremos a algunos pájaros que se posan en él, pero hay miles de otros pájaros que habitan en la magnitud del bosque. En nuestras vidas ocurre lo mismo cuando nos encerramos en nuestras ideas y no abrimos nuestra mente para que accedan nuevos conocimientos, que para nosotros, los creyentes genuinos y aspirantes serios a ser considerados como gente de Reino, sabemos que los hay a borbotones por doquier. El Espíritu Santo es testigo de eso

Ya en el mundo secular se ve que la estética ha ocupado el lugar de la ética. Nuestra máxima de cabecera de “amaos los unos a los otros”, se ha trastocado por el “amaos los unos sobre los otros”: En ese mismo mundo, el sexo es rey, único monarca y conductor de los objetivos, fundamentalmente de los más jóvenes, que parecen haber perdido el rumbo, y no por su culpa, seguramente, sino por la falta de orientación limpia y pura que debemos darle los mayores y la sociedad toda en su conjunto.

Claro está que eso será factible y posible, cuando los mayores sepan, como deberían saberlo, que para Dios el mayor pecado que existe es el de la incredulidad y la rebeldía y no el del sexo, como se enseña en lugares auto denominados como cristianos, entonces sí tendremos autoridad para hablar de amor, del verdadero y genuino amor que está por encima de todo lo que esa sociedad hipócrita quiere fabricar como bueno, pero que en su intimidad vacia y hueca, saben perfectamente que sólo es una burda imitación carnal.

Los gobiernos tampoco hacen mucho en marcar alguna línea divisoria entre el bien y el mal. La guerras siguen destruyendo pueblos enteros, utilizando toda la clase de excusas que se te ocurran, sin otro perfil que el de justificar sus propios intereses, sobre todo si se trata de naciones poderosas. Las asimetrías sociales siguen imperando en los países Latinoamericanos y del tercer mundo. Los inescrupulosos narcotraficantes y traficantes de armas, siguen haciendo buenos negocios. Y esto lamentablemente no acaba aquí, porque algunos gobiernos mantienen connivencia con muchos de ellos.

Esto, de alguna manera, es entre otras cosas, no permitir que el árbol nos tape el bosque. Pero no es lo único. Porque si todo se limitara a eso, no diferiría en nada a lo que vive o siente el resto del planeta. Y el resto del planeta puede estar compuesto por gente buena, honesta, trabajadora y excelente, pero no toda esa gente son parte del Reino de Dios. Y aunque alguien nos pueda acusar de sectarios o discriminadores, para mí, todavía mi hermano en Cristo, esto es, el hijo de mi mismo Padre, tiene prioridad. El resto, los amo, pero que hagan fila…

He escuchado, a lo largo de mi vida, que no ha sido breve, gracias a Dios, algunos dichos o refranes populares que tienen a los árboles como protagonistas. Y mira estos tres: “Del árbol enfermizo no esperes fruto rollizo”. “De tal árbol, tal astilla”. “De un mismo árbol, un madero dorado y otro quemado”. Esto habla de una realidad. Los hombres somos como árboles, y el árbol tiene una particularidad que Dios mismo, usando a Mateo, describió para todos nosotros, con meridiana claridad.

(Mateo 7: 17) =  Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.

(18) No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.

(19) Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.

(20) Así que, por sus frutos los conoceréis.

Es más que evidente que a Dios, aún interesándole la botánica, no se le ocurrió inspirar esto con relación específica para con los árboles. Si bien Él sabe perfectamente que alguien que planta árboles, ama a los otros más que a sí mismo, en este texto está dando a entender claramente que considera, por algún punto muy específico, a su máxima creación el hombre, como un árbol. Y que espera de él, que produzca buen fruto, que de ninguna manera será simplemente salvar almas perdidas, aunque lo incluya, sino adquirir con el paso del tiempo un carácter afin al carácter del Hijo de Dios, Jesucristo. Ese es el fruto.

Un árbol es, en esencia, la suma de cuatro elementos concretos: Raíz, tronco, ramas  y hojas, frutos. La raíz de un hombre es su historia de vida, su genética, tanto la natural como la espiritual, la base sobre la cual hará descansar todo lo que haga, diga o viva. El tronco es su conducta, su comportamiento ante las circunstancias que la vida le presente, su andar diario. Las ramas y las hojas serán los resultados visibles de esa conducta cotidiana, su entorno social, laboral, afectivo. Y los frutos, finalmente, el producto terminado de toda la suma de ese árbol: conforme a su raíz, su tronco y sus ramas y hojas, será la calidad del fruto. Pero claro, todo está muy bonito, pero… ¿No es aventurado o fantasioso comparar al hombre de Dios con un árbol? No lo creas, mira…

(Isaías 61: 1) =  El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; (2) a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados;(3) a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya. 

Seremos llamados árboles de justicia. ¡Qué tremendo! ¡Cuantas veces habré leído este texto y nunca antes me dijo lo que hoy puede decirme con tanta claridad! Léelo con cuidado… ¿No es una maravillosa y puntual definición de la tarea de un fruto diamante? Ungidos con aceite del cielo, enviados a predicar buenas nuevas a los quebrantados y angustiados, a liberar a los cautivos de la religión hueca y vacía, a los presos de ella abrirles las puertas para sacarlos a libertad, a proclamar el año de Dios y su venganza de todos los sistemas que han tratado de anularlo, disminuirlo y convertirlo poco menos que en un servidor más de las caprichosas ambiciones de los liderazgos humanos, a consolar a todos los que sufren, a cambiar el ánimo de los que necesitan gloria en lugar de amargura, a llevar alegría sana a los que están con su espíritu angustiado y a ser considerados, como árboles de justicia, nada menos que plantío de Dios. ¿Es que será considerado poca cosa ser un fruto diamante?

Dice la sabiduría popular que en terreno de sequío, no pongas árbol de río, y eso te está enseñando que en lugares en donde la palabra que se predica es humanismo puro e intelectualismo desarrollado teológicamente, un verdadero árbol de justicia, no tiene lugar, se secará irremediablemente. Muy por el contrario, otra sentencia que dice que junto al agua, cuando puedas, pon extensas arboledas, te está mostrando el camino. Donde hay verdadera palabra, allí estarán también los verdaderos árboles. Porque allí también estará representada la vida, ya que quien tiene árbol, seguramente también tendrá pájaros, vida, dinámica. Y, además, será de testimonio viviente, ya que quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. De todos modos, me quedo con un refrán popular que es quizás el que más me llega hoy. Dice: árboles y amores, mientras tengan raíces, tendrán flores… ¡Qué tremenda verdad! ¡Qué tremenda! Es como decir que árbol sin flor, es como día sin sol.

(Jueces 9: 8) = Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. 

(9) Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? 

(10) Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. 

(11) Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles? 

(12) Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros. 

(13) Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? 

(14) Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. 

(15) Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano. 

Esto que terminas de leer, es una metáfora que se ejercita en tiempos en que debía ser elegido como rey Abimelec. Y lo curioso y llamativo de todo esto, es la calidad y cantidad de árboles a los que se menciona. ¿Tendrán que ver con los llamados árboles de justicia? Olivo, Higuera, Vid, Zarza y Cedro. Cada uno es un modelo, un prototipo de hombre, hasta de diamante, tal vez. Una pintura colorida de lo que tendrá que ser un impacto a futuro cercano.

El olivo, nombre que deriva del latín óleum, que significa aceite, era originario de la India. Su madera se empleaba en la construcción, y eran sus frutos los que producían ese precioso aceite. Sin embargo, nacían en estado silvestre, por lo que resultaba indispensable injertarlo. De otro modo, el olivo silvestre sería apenas un arbusto con frutos minúsculos y sin valor. Sin embargo, hoy, en términos espirituales, el Espíritu Santo nos lleva a Romanos 11:17, donde Pablo dice: Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo. Esto es, sin dudas, el pueblo de Dios injertado en el ambiente de las babilonias religiosas.

Este árbol ha venido a ser el símbolo de la paz. Su fruto era el emblema de la prosperidad, de la bendición divina, de la belleza, de la fuerza. El tronco de un olivo viejo está frecuentemente rodeado de vigorosos retoños. Me pregunto cuantos de ustedes aceptarán de buen grado ser alguno de esos olivos con años vividos, que hoy pueden estar rodeados de retoños inexpertos, pero vigorosos en grado sumo, y prestos a cumplir con todo lo que Dios ha determinado para este tiempo y espacio terrenal. Olivo. Puedo ser olivo, puedo serlo.

La Vid y la Higuera, mientras tanto, tienen que ver con la prosecución de la especie. Del mismo modo, árboles vid o higuera, lo hacen con respecto a la incorporación de nuevos árboles al bosque. Evangelismo, que le llaman. Claro está que la vid, que simboliza al pueblo cristiano en general, es fructífera de manera restringida, con limitaciones notorias. Fijate que por cada uva que cosechamos de esa vid, ella contiene no más de dos, tres, a lo sumo cuatro semillas. Esas son las que luego, al ser sembradas, darán lugar a un nuevo árbol. La higuera, en tanto, simboliza al remanente santo, a ese grupo pequeño, minúsculo en alguna medida, que sin embargo es el que está llamado a hacer la gran obra para el Reino. ¿Por qué? Porque su fruto, que es el higo, a diferencia de la uva, no tiene tres o cuatro semillas para reproducirse. ¡El higo es todo semilla! Vid. Higuera. Puedo ser las dos cosas, si.

La Zarza. Es una mata o arbusto que tiene espinas, quizás el cambrón o espino cerval. Alcanzaba una altura de uno a dos metros,  y tenía hojas oblongas siempre verdes, con forma de cuñas, espinas aterciopeladas y flores imperfectas que florecían en marzo y abril. Pero no existe certeza en la identificación de plantas espinosas, como la zarza, pues en la Biblia se usan más de veinte palabras diferentes para referirse a ellas. En su mayor parte, los pasajes en que aparece la palabra zarza se refieren a plantas no identificables fácilmente. Por ejemplo: la palabra traducida por zarzales probablemente signifique vegas o campos de pastoreo. Esta alegoría de la elección de un rey por parte de los árboles, utiliza la zarza en contraste con los gigantes del bosque para simbolizar la débil protección ofrecida a los siquemitas por Abimelec. ¿Puedo ser tan débil como la zarza, también? Sí, puedo serlo.

El Cedro. Generalmente se refiere al cedro del Líbano. En lo pasado estuvo ampliamente difundido en las montañas del Líbano, pero ahora existe sólo en unos pocos lugares. Alcanza más de veinticuatro metros de altura. En sus años tempranos adquiere una forma piramidal, pero más tarde se aplana en la copa. Sus ramas llegan a ser muy gruesas y torcidas. En los tiempos bíblicos, el cedro del Líbano se usaba en la construcción de templos y otros edificios, y servía como símbolo de crecimiento, fortaleza e inmutabilidad. Con su madera se hacían ídolos  y mástiles. Sin embargo, su principal virtud tratándose de una madera altamente utilizable y apta para la construcción, es su estricta rigidez. Cedro. Rígido en sus convicciones. ¿Puedo ser cedro? Hoy no lo sé, pero sí, he sido cedro rígido, y de los buenos.

Ahora bien; hemos visto estos árboles, y hemos tenido en cuenta sus particularidades, sus virtudes y hasta sus defectos. La gran pregunta que surge de inmediato, al prestar atención a este mover de nuevas voluntades y sensaciones espirituales recientes, es: ¿Con esto alcanza? ¿Todo aquel que pueda ser o sentirse un olivo, una higuera, una vid, una zarza o un cedro, estará listo para salir de la religiosidad ambiente y meterse de lleno en las jurisdicciones maravillosas del Reino de Dios. La respuesta es No. Porque a la vista de todo lo considerado, es que podemos ver que nos hace falta un algo que no estamos viendo, un algo que nos tiene que sacar de lo preestablecido y meternos de lleno en lo nuevo que Dios quiera acercarnos. Y con olivos viejos, vides escuálidas, higos escasos, zarzas mediocres y cedros muy rígidos, me temo que no alcanza. No son árboles que no permitan ver el bosque. Algo falta.

Falta EL árbol. Ese que no tiene que ver con todas estas historias, que llegará a dejarse ver más adelante, cuando sea necesario. Que determinará los grandes cambios. El árbol por excelencia, el que debería ser modelo exacto de lo que tendrá que ser un creyente del siglo veintiuno, que mejor podríamos catalogar como un hombre o una mujer de Reino. Oremos buscando dirección. ¿Llegó? Llegó. Dios es bueno.

(Salmo 92: 8) = Mas tú, Jehová, para siempre eres Altísimo.

(9) Porque he aquí tus enemigos, oh Jehová, Porque he aquí, perecerán tus enemigos;
Serán esparcidos todos los que hacen maldad.

(10) Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; Seré ungido con aceite fresco.

(11) Y mirarán mis ojos sobre mis enemigos; Oirán mis oídos de los que se levantaron contra mí, de los malignos.

(12) El justo florecerá como la palmera; Crecerá como cedro en el Líbano.

(13) Plantados en la casa de Jehová, En los atrios de nuestro Dios florecerán.

(14) Aun en la vejez fructificarán; Estarán vigorosos y verdes, (15) Para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, Y que en él no hay injusticia.

Hay palabra directa arribada por medio indirecto. A mi Padre le encanta ministrarme así. Lo amo por eso. Y, de paso, amaré a todos los que Él utilice para ministrar mi vida. Vigorosos y verdes, lo cual indica dinámica, actividad suma, igualdad con el resto de mayor juventud. Dios es mi fortaleza y en Él no hay injusticia. De acuerdo, pero… ¿Y el árbol..? Verso 12 es la clave, mira: El justo florecerá como la palmera; Crecerá como cedro en el Líbano. La pregunta que nos queda, es: si el justo, que es el obediente, el que sabe que sabe lo que tiene que hacer, cómo, cuando y dónde, crece como cedro, esto es: en rectitud y rigidez total, ese justo algo me dice que se está formando en un lugar del que luego deberá salir. Entonces, la gran verdad está en lo anterior del verso; el justo florecerá como la palmera. ¿Un justo es una palmera? Es el fruto de justicia, evidentemente.

A las palmeras, legendariamente, se las asocia con los oasis, el verde y, de alguna manera, la imagen de la vida misma, ya que presentan una vista alentadora para los que viajan por el desierto, como en el caso de las setenta palmeras que crecían junto a los doce manantiales de agua de Elim, la segunda parada que hicieron los israelitas en su marcha después de cruzar el mar Rojo. Su larga raíz primaria le permite llegar a fuentes de agua que no se encuentran al alcance de muchas plantas, gracias a lo cual puede crecer en condiciones desérticas. En tiempos bíblicos crecían palmas en la costa del mar de Galilea, así como a lo largo de la cuenca baja del caluroso valle del Jordán, y abundaban especialmente alrededor de En-guedí y de Jericó, llamada “la ciudad de las palmeras”. De igual manera, crecían en los alrededores de Jerusalén, como lo prueba el que se usaran sus frondas cuando se celebraba la fiesta de las cabañas y en la ocasión en que Jesús entró en dicha ciudad. Tamar, una de las ciudades de Salomón, recibió su nombre de este árbol. Asimismo, la tierra de Tiro y Sidón recibió más tarde el nombre Fenicia del griego fói·nix, que significa palmera.

La palmera es alta y majestuosa, tiene una silueta grácil y de singular belleza. Su tronco, largo y esbelto, puede alcanzar treinta metros y está coronado con un penacho de largas y robustas frondas. A las muchachas hebreas les tuvo que agradar recibir el nombre Tamar, como se llamaba la nuera de Judá, la hermana de Absalón  y su hija, a quien se describe como “una mujer de apariencia sumamente hermosa”. La disposición en espiral de sus fibras leñosas la convierten en un árbol de flexibilidad y fuerza poco comunes. Alcanza su total desarrollo entre los diez y los quince años; produce fruto por unos cien años y después va decayendo hasta que muere a finales de su segundo siglo.

Entalladuras grabadas de palmeras —con su forma erguida, su belleza y productividad— servían de decoración para los muros interiores y las puertas del templo de Salomón, así como para los laterales de las carretillas usadas en el servicio del templo. De igual manera, Ezequiel pudo observar que en el templo que vio en visión había palmeras que decoraban las columnas laterales de las puertas de los patios, así como los muros y las puertas interiores del templo. Debido a que la palmera es erguida, alta y productiva, también era un símbolo adecuado del ‘hombre justo’ ‘plantado en los patios de Jehová’.  El que la muchedumbre de personas que aclamaron a Jesús como el “rey de Israel” emplearan frondas de palmera probablemente sirvió para simbolizar tanto su alabanza como su sumisión a la posición real de Jesús.

Este es el árbol diamante, sin dudas. Por sobre todos los demás, este se destaca por algunas particularidades que lo hacen diferente. Representa la vida misma, lo cual es como si dijéramos que Cristo vive en ella. Sus raíces encuentran siempre las fuentes de aguas que necesitan, lo cual nos lleva a entender que tiene especial cuidado por la palabra como alimento y no como discurso. Es erguida, lo que nos está hablando de alguien con dignidad, de ninguna manera caminando por la vida como ciudadano de segunda categoría, que es como se empeña el mundo secular en presentar al pueblo de Dios. Y, finalmente, la palmera, lo dice aquí, es la representación cabal del hombre justo, que es como decir del obediente, del que cumple con la voluntad de Dios contra viento y marea. Por eso se convierte en diamante genuino y destructor de cristales de religiosidad.

Ahora bien; todo esto está muy bueno y compromete a cada uno de los que desean ser diamantes, a asemejarse a una palmera. Sin embargo, para que eso sea posible, deberá romper con todas las estructuras internas que la religión ha plantado allí como verdades inexorables e insustituibles. ¿Cómo lograrlo? No es sencillo, es quizás la pelea más ardua que existe entre la salida de la religión y el ingreso al Reino. Sólo es posible lograrlo haciendo honor a las dos cualidades que me quedaron sin mencionar: flexibilidad y fuerza. ¿Has visto lo que hace un huracán de los violentos en tierras caribeñas? Destruye todo lo que encuentra a su paso. Salvo las palmeras. Las hace tocar el suelo, pero la flexibilidad de su tronco le permite resistir y vencer la tormenta. Toda tormenta espiritual, arrasará con la rigidez de una doctrina, pero jamás le hará daño a la flexibilidad suma de poder disponerse a oír lo que el Espíritu Santo quiera decir hoy, aunque lo que diga destroce con todo lo que se haya aprendido y practicado por años. Dios es Soberano. A eso, la mayor parte de los creyentes se lo olvida. Y un Dios Soberano hará lo que le da la gana, el día que le da la gana, usando a los hijos que le da la gana y de las maneras más increíbles e insólitas que le de la gana. Eso es Soberanía.

¿Recuerdas lo que decíamos en la constitución total del árbol? Raíz es base. La palmera tiene unma base más que sólida, ya que no interesa a la distancia que la tenga, ella irá, irá e irá y encontrará agua. Agua es vida, vida es Cristo. Cristo es Verbo, Verbo es palabra. Un diamante fino que pretenda horadar los cristales arcaicos de las religiones teológicas e intachables, pero huecas y vacías de vida y contenidos, tendrá que tener una base sólida y una palabra rhema. De otro modo, no será ni eficiente ni contundente. Su tronco, símbolo de la conducta, tendrá que ser como el de esa palmera, flexible, resistente como para poder ser doblado, pero jamás quebrado. Flexible, para dar acceso a todo viento nuevo que el Espíritu Santo quiera traer, aunque eso determine que tenga que dejar de lado lo que había aprendido como cierto, único e inamovible. Tendrá que darse cuenta que, aquello que los hombres enseñan que es inamovible en Dios, a Dios le place enormemente hacerlo al revés, para mostrarle a esos hombres presuntuosos, que a Él no lo manipula nadie, como ellos hacen con su gente y hasta pretenden hacer con Dios mismo.

Esas son las bases, esos son los rudimentos. Cuando el diamante puro se encuentre con el cristal, tendrá que estar preparado para horadar cualquier clase de argumento, de fortaleza legalista y satánica. Tendrá que demostrar con su propia flexibilidad que nada de lo que Dios pueda hacer hoy mismo, ahora, puede sorprender a ninguno de sus hijos. Suponer que Dios está obligado a hacer todos los días lo mismo, con todas las personas por igual, evidentemente y a favor de una experiencia de vida espiritual que de ninguna manera es transferible, es un error conceptual tan grave que, no sólo no ha permitido cumplir con éxito la tarea de diamantes encomendada, sino que además al propio diamante le ha otorgado una calidad de vida gris, agria, sin contenidos de paz y de sosiego, porque el temor, una de las armas preferidas del infierno, ha terminado enseñoreándose con áreas en donde solamente Dios tenía potestad. ¿Qué pasó? Que no se pudo ser flexible, y en la rigidez de las estructuras, nadie encontrará jamás la paz.

Estas palmeras vivientes serán los árboles llamados a ser epicentros de lo que viene. Estas palmeras que, de alguna manera, serán testimonios netos de todo lo que pueda ocurrir de allí en más, bajo el espectro general de un plan divino que, a poco que haya obediencia mínima en el pueblo, terminará por leudar toda la masa, tal como siempre hizo y seguirá haciendo el Reino donde quiera que siente sus reales. Pero, claro, el tema central no podrá ni deberá ser ese árbol, al cual nadie discute, sino el rol que ese árbol deberá cumplir en todo el contexto de lo que estamos viviendo. Porque así como una palmera resiste al huracán más violento que pueda sobrevenir sin quebrarse, así también un diamante sólido lo hará en cuanto a su propia trascendencia. Nadie que sea llamado a horadar cristales religiosos para sacar cautivos a la luz del día, podrá pretender tener luz propia. Todos reflejarán lo que llega del cielo, así como las palmeras lo hacen con la luz del sol destellando en sus hojas húmedas por el rocío nocturno.

Entonces, cuando alguien venga y te diga que es necesario que el árbol no nos tape el bosque, lo que te estará diciendo es que no interesa que historia, que vida propia, que sufrimientos, que amargura, que tristeza, que desgarro o angustias pueda tener o haber tenido esa palmera aislada, única, individual, ese diamante. Lo que interesa es lo que va a lograr cuando cada uno de los que vayan saliendo de sus prisiones de cristal, conformen ese grupo que finalmente horadará la gran cúpula final. Esa cúpula también formada de cristal, pero que en este caso ya no hablará de vidas individuales separadas, sino de conjuntos predispuestos a luchar por un solo e igual objetivo: establecer un Reino en el que todos los árboles, cualquiera sea su estirpe, su contextura o su imagen, estarán llamados a conformar un conjunto que definitivamente, proclamara el gran Día de la Victoria por sobre todas las potestades que todavía hoy parecerían señorear sobre la tierra en la que viven tus hijos, tus nietos, todos los que vendrán. Ese y no otro será el tiempo de la victoria. Que ningún árbol especial, por bueno que sea, te tape el bosque de la magnitud y de la excelencia. Cuerpo de Cristo en la tierra.

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enero 2, 2020 Néstor Martínez