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Conociendo la Unción del Reino

Vamos a abrir la Escritura en el Libro de los hechos, capítulo 1. Quiero compartir contigo en este trabajo, algunos principios y diseños que no me cabe ninguna duda, estarás presto a utilizar en cuanto la situación, o tus situaciones personales, así te lo demanden.

(Hechos 1: 1) =  En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, (2) hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; (3) a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios. 

Estos cuarenta días en la vida de Jesucristo, según lo puedo ver a la distancia en el tiempo y el conocimiento, son los cuarenta días más importantes de su ministerio. Los días en que su enseñanza va a ser tan crucial, porque va a ser la preparación. Como un maestro, como un apóstol, Jesucristo sabe que lo que él va a enseñar en esos cuarenta días, va a dejar marcado el principio de la iglesia.

Y dice que se aparece a ellos, y durante cuarenta días se pasa hablándoles acerca del Reino de Dios. Fíjate que esto es algo preparativo, para que el Espíritu Santo pueda venir sobre ellos. Jesús está preparando la venida del Espíritu Santo, el derramamiento del Espíritu Santo para el día de Pentecostés, y él sabe que tiene que preparar un terreno espiritual apto para recibir la manifestación verídica del Espíritu Santo, como Jesucristo quiere que venga sobre la iglesia.

Hoy estamos a la espera de una de las mayores manifestaciones del Espíritu Santo. De eso se trata la restitución de lo que robó la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta. Y es necesario aclarar que en este caso, el Espíritu Santo es un Espíritu Santo profético. La palabra lo dice: Yo derramaré de mi Espíritu Santo y tus hijos y tus hijas profetizarán, verán visiones, tendrán sueños.

La venida del Espíritu Santo abre una dimensión en el mundo espiritual, en el cual el Reino de Dios es visible. Ya no es un secreto para ningún creyente sólido, que todo aquel que es nacido de Dios, puede ver el Reino de Dios. Porque el Reino de Dios, sí que es visible. Dios quiere que veamos Su Reino. Porque de la misma manera en que él fue enviado a la tierra, es que nosotros somos enviados.

Él fue enviado viendo todo lo que el Padre hacía y oyendo todo lo que el Padre decía. Para eso necesitamos el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la fuerza, el poder de Dios que va a unir cielos y tierra y va a abrir una dimensión espiritual que nos va a permitir ver y oír lo que está sucediendo en el Reino de los Cielos. El Espíritu Santo es profético. El Espíritu Santo es el que te hace testigo. Y nadie podrá ser testigo de nada, a menos que vea y oiga.

Un testigo en una corte, no puede ser alguien que leyó, no puede ser alguien al que le pasaron información de segunda mano. Tiene que ser alguien que vio, tiene que ser alguien que oyó. Dice que el espíritu de la profecía es el testimonio de Jesucristo. Es testimonio. Jesús viene a dar testimonio, viene a traer lo que es del cielo, a la tierra; y eso es lo que lo hace testigo del Padre. Yo soy testigo del Padre, decía Jesús. Yo vengo a testificar todo lo que es el Padre. Vosotros me seréis testigos. Testigo es alguien que ve, testigo es alguien que oye.

Entonces, Jesús va a preparar la tierra, para la venida del Espíritu Santo, del Espíritu Santo profético. Mis hijos y mis hijas profetizarán. Es notorio que, en el paso de generación tras generación, los cristianos hemos ido perdiendo paulatinamente aquello que era original. Hoy en día, tenemos por concepto de lo que es el Espíritu Santo, el hablar en lenguas. Cuando oímos que alguien habla en lenguas, decimos: ¡Oh! ¡Ya tiene el bautismo del Espíritu Santo! Escucha: nada puede ser más errado que pensar así.

Hay generaciones enteras de cristianos que se han formado con esta enseñanza como base espiritual. Que la máxima evidencia del bautismo del Espíritu Santo, es que alguien hable en lenguas. Hablar en lenguas, es un don. Es el don de lenguas. Es simplemente un don. Es un regalo. La palabra bautizar, significa sumergirse, estar completamente inmerso. Hoy llamamos a una persona nacida de nuevo, bautizada del Espíritu Santo, a alguien que habla en lenguas, pero que también está conectado a la pornografía en internet. ¿Cuántos saben que lo que digo no es ningún invento malintencionado?

Estamos hablando de inmersión, estamos hablando de estar totalmente sumergido. Dios está trayendo el espíritu de verdad. Jesús dijo: yo enviaré el espíritu de verdad. El Espíritu Santo es el Espíritu de verdad. La verdad es verdadera. La verdad no puede tener aspectos de mentira y aspectos de verdad. El que dice que anda en luz, pero tú lo ves que en realidad anda en tinieblas, es mentiroso. Hoy llamamos gente llena del Espíritu Santo, a gente mentirosa, que anda en tinieblas.

Dios está trayendo una reforma de verdad. Dios está trayendo reforma de Reino. Dios prepara el Reino. Jesús vino a traer un Reino. El Reino, no es traer una serie de principios morales, que hagan a la gente buena. Jesús no vino a traernos lecciones de moral. Las lecciones de moral, estaban escritas ya, en la Biblia. Ni una jota ni una tilde, será removida. Jesús vino a traer algo más. Jesús vino a traernos el Reino de Dios.

El Reino de Dios, no es de este mundo. Él lo dijo: Así como yo no soy de este mundo, también vosotros no sois de este mundo. El Reino de Dios es una realidad espiritual. El Reino de Dios es, traer todo lo que sucede en los cielos, a la tierra. Y Jesús prepara este terreno, por cuarenta días, y se pasa hablándoles y enseñándoles a los apóstoles. Es necesario que los apóstoles tengan dimensión de Reino, mentalidad de Reino, para poder recibir la llenura del Espíritu Santo, como será derramado en los últimos tiempos.

En el Día de Pentecostés, solamente se derramó una parte del Espíritu Santo, que fue manifestado en fuego, pero dicen que en los postreros tiempos, después de aquellos días, yo derramaré de mi Espíritu, y habrá señales en los cielos, y en la tierra fuego, sangre, y columnas de humo. O sea que en el Día de Pentecostés, vimos solamente una pequeña parte del derramamiento del Espíritu Santo. Pero en los últimos tiempos, dice que vendrá una manifestación plena de la sangre destruyendo las obras del mal.

Pero Dios quiere, primeramente, preparar el territorio, como lo preparó en aquel tiempo. Necesitamos hombres y mujeres apostólicos. Ojo que cuando hablamos de hombres y mujeres apostólicos, eso no quiere decir que todos tengan que ser apóstoles, para nada. Lo que sí quiero decir, es que todos deberemos tener una mentalidad apostólica. Todos podemos tener una mentalidad de Reino, que le va a dar cabida al Espíritu Santo, para hacernos testigos sobre la tierra.

Entonces, el Reino de Dios no es un compendio de enseñanzas morales que te convierten en una buena gente. Escucha: en el mundo secular, hay mucha gente buena. No estoy diciendo que son justos, estoy diciendo que son buenos. Porque justo ni solo uno. Pero hay gente aparentemente buena. Algunos hermanos que han tenido oportunidad de viajar a la India, por ejemplo, han  cruzado conversaciones con los lamas, y ellos aseguran que independientemente de lo que sea su religión, ellos son gente buena.  No le hacen mal a nadie.

Son gente que busca, a través del ascetismo, a través de suprimir todos sus deseos y pasiones, tener una vida más o menos recta delante de sus propios dioses. De hecho, si tú hablas con ellos, te van a caer como personas buenas. Porque el principio por el cual Dios vino a la tierra, no fue para hacer gente buena. Está demostrado que la gente puede ser buena simplemente suprimiendo su voluntad, la carne. Porque el hombre puede suprimir las obras de la carne por su propia voluntad. Pero no las puede destruir, porque sólo por medio del Espíritu se destruyen las obras de la carne.

Y fíjate que aunque estas religiones no han hecho demasiada base en nuestros países latinoamericanos, curiosamente tenemos a mucha gente asceta en las iglesias. Gente que suprime las obras de la carne en su vida mediante un esfuerzo propio de enorme voluntad. Pero lo hace así porque no tiene el poder del Espíritu Santo que le permita directamente destruirlas. El Reino de Dios es traer una dimensión diferente. El reino de Dios, es espiritual. Todo ese material que anda dando vueltas con títulos pomposos, tales como: “Gente de éxito en la iglesia” o similares, es apenas un invento mundano matizado con un par de versículos al tono y vendido como la gran revelación de Dios. Escucha: la palabra éxito, para Dios, no existe.

El éxito, créeme, no es el propósito del Reino de Dios. El propósito del Reino de Dios es traer las dimensiones del Reino de Dios, a la tierra. Esto, inevitablemente, te va a llevar a un éxito. Esto, inevitablemente, te va a llevar a cosas maravillosas. Pero no será, indudablemente, a través de los rudimentos de este mundo. Es a través de una mentalidad diferente.

El Reino de Dios, la unción apostólica, la mentalidad apostólica, tiene que ver muchísimo con el entendimiento que tengamos de lo que es el bautismo en el Espíritu Santo. En primer lugar, deberemos hacerte notar que hay diferentes niveles para recibir al Espíritu. Una cosa es recibir un don, y otra cosa es ser inmerso en el Espíritu Santo de Dios.

Cuando Jesús les dijo, a los doce o a los setenta, id y sanad enfermos, echad fuera demonios, resucitad los muertos; ¿En qué poder salieron los doce o los setenta a hacer las obras de Dios? En el poder del Espíritu Santo. Evidentemente, tenían una medida. Hay una medida del Espíritu Santo que te permite hacer este tipo de obras. Es una medida. Ellos ya tenían una medida. Y dice, después de la resurrección que se les apareció a los discípulos.

(Juan 20: 21) =  Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío.

(22) Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. 

(23) A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.

Fíjate que esto sucede antes que descienda el Espíritu Santo en el Día de Pentecostés. Tenían una medida del Espíritu Santo, les fue soplada otra medida del Espíritu Santo, y esta otra medida, solamente podía ser soplada sobre ellos, después que Jesucristo venció sobre el pecado. Antes de eso, los apóstoles no tenían poder para perdonar pecados.

Después de la crucifixión, en la resurrección, Jesús sopla el Espíritu Santo, y viene una nueva medida de autoridad. Es más fácil sanar enfermos y echar fuera demonios, que perdonar pecados. Solamente Jesucristo puede perdonar pecados. Entonces sopla el Espíritu Santo y les da autoridad a los apóstoles para perdonar pecados. Sí, ya sé, tú escuchas que digo esto y no puedes evitarlo: ¡Te suena a iglesia católica romana! ¿Verdad?

Sin embargo, yo tengo que decirte que a mí me sigue sonando a bíblico. Lo estoy leyendo en mi Biblia, no en ese librito que ellos llaman misal. Hay cosas que Dios necesita restaurar, porque el pecado necesita ser confesado y necesita ser remitido. Si el pecado no es confesado y no es remitido, la persona permanece en pecado. La misma palabra que usamos para confesar, es la misma palabra que en Romanos 10, donde dice: Si creemos con el corazón y confesamos con la boca, seremos salvos. La misma palabra.

Confesar, de hecho, quiere decir confesar públicamente. Cuando tú confiesas al Señor, lo confiesas públicamente. Pero cuando tú confiesas el pecado, ahí hemos fabricado toda una teología, respecto a que mejor no hay que confesarlo a nadie, cuando la palabra dice, en Santiago capítulo 5, donde el que habla es Santiago, apóstol de Jesucristo. Y cuando hablan los apóstoles, lo que determinan son doctrinas apostólicas. Y este apóstol escribió, no ninguno de nosotros: Confesaos vuestros pecados los unos a los otros, para que podáis ser sanados. Por eso hay tanto enfermo en la iglesia.

Si tú analizas esa escritura donde dice que la oración del justo puede mucho, vas a ver que después viene confesaos vuestros pecados los unos a los otros. Y entones orad por aquel que está enfermo, y la oración del justo puede mucho. Fíjate que lo uno está en relación con lo otro, y lo otro es la confesión de pecados. Haz un pequeño ejercicio. Toma una pequeña bombilla de luz, una pequeña lámpara. ¿Cuántas toneladas de tinieblas crees que deberías arrojar encima de una lámpara de estas, para apagar aunque más no sea un wat de su luz?

Ni arrojando todas las tinieblas del universo podrías apagar ni un solo wat de esa luz. ¿Por qué? Porque las tinieblas se vuelven insustanciales, no tienen sustancia ante la luz. El diablo solamente tiene poder en las tinieblas. Es como si fuese un pez que tú sacas del agua. Estamos hablando de dimensiones, de ámbitos. El diablo tiene poder en el ámbito de las tinieblas. Cuando tú pones al diablo en la luz, le pasa lo mismo que a un pez que es sacado del agua y lo pones en el aire. No tiene un medio ambiente para funcionar ni para moverse.

No tiene poder. Un tiburón es un peligroso espécimen dentro del agua, pero fuera del agua es menos que una polilla porque no puede hacer absolutamente nada. Se mueve, se contorsiona y hasta asusta un poco con sus sacudidas, pero resulta técnicamente inofensivo. ¡Eso es lo que le pasa a Satanás cuando lo traemos a la luz!  Lo que ocurre es que la iglesia cristiana quiere pelear las batallas en las tinieblas, y resulta ser que las batallas no se pelean en las tinieblas, ¡Se pelean en la luz!

Todo lo que tú traes a la luz, le quita poder al diablo para atacarte. Por eso dice: confesad vuestros pecados. De manera que de la misma manera en que Jesucristo venció al pecado triunfando sobre él en la cruz del calvario, exponiendo el pecado a la luz. Jesucristo no murió ni fue asesinado en el huerto de Getsemaní a escondidas, llevando el pecado en la noche, a oscuras. En el jardín del Getsemaní, Jesús murió en la cruz del calvario a plena luz, exponiendo el acta que nos era contraria y venciendo sobre todo principado y autoridad en esa cruz.

Si tú quieres vencer sobre todo principado y potestad, ven como vino Jesús: ¡Él se despojó! Y despojarse, por ejemplo, sería que alguien considerado brillante para el evangelio, comience a recorrer iglesias predicando pero, esencialmente, hablando de lo que han sido sus pecados personales. ¿Sabes qué? ¡Sería debut y despedida! ¡Nadie quiere oír hablar de pecados propios, porque se ven obligados a hablar de los suyos!

Nadie recuerda que dice la palabra que, cuando un pecador confiesa sus pecados, hay fiesta en los cielos. Era una virtud para los apóstoles hablar de sus pecados. No era un problema ni una vergüenza. No era un problema de atacarse los unos a los otros. No hubo un conflicto entre Pedro y los evangelistas, porque los evangelistas escribieron acerca de la negación de Pedro. Más bien es de tener certeza que el propio Pedro fue y les dijo que ya que estaban escribiendo, por favor, escribieran respecto a su pecado, así nadie más lo volvía a cometer.

Fíjate que el rey David hizo lo mismo; de ninguna manera era un problema para ellos confesar un pecado, ¡Todo lo contrario! Pero, para los espíritus religiosos que imperaron durante todo el siglo veinte y lo siguen haciendo hoy, en pleno siglo veintiuno, sí es un problema. ¡Es un problema religioso! ¡Es un problema para Babilonia! Pero no lo es para Jesucristo, que sabe que cuando tú expones tu pecado públicamente, lo que haces es humillar tu carne y, conjuntamente, humillar al diablo que desde ese momento ya no tiene de dónde agarrarte.

Cuando la gente empieza a reconocer lo que verdaderamente son y a confesar sus pecados, empiezan a acceder a un nivel de luz. Cuando escuchaba predicar a los misioneros estadounidenses, y hablar de las maravillas que ellos vivían en su país, no podía menos que pensar. ¿Cuántos cristianos habrá en USA? Hasta donde yo he podido indagar, alrededor de cien millones. ¡Cien millones de cristianos en un solo país! ¿Te imaginas lo que sería si cada uno de esos cristianos fuera luz del mundo? ¡Desde hace años no había ni un mísero demonio en USA!

Sin embargo, mucho me temo que no es así, por la sencilla razón que la mayor parte de esos cien millones de cristianos, (Y no quisiera decir que todos) están viviendo escondidos en las tinieblas para que nadie se entere. Tapan y tapan sus porquerías carnales porque suponen que tapar todo los hace grandes delante de los hombres. Y atención con esto: tomé como ejemplo a USA porque tiene el volumen que tiene, pero te aseguro que, proporcionalmente, mi país y el tuyo no son diferentes, ¡Lamentablemente!

Dice la palabra que es bienaventurado el hombre al que Dios honra, ¿No es así? Bueno, entonces déjame con mi locura de despreciar el supuesto respeto de los hombres para elegir quedarme con el respeto de mi Padre celestial. Todos los hombres te deshonran, pero aquel que te hizo, aquel que te levantó y aquel que tiene un trono preparado para ti, dice: ¡Este es el hombre al que yo honro!

Dice que sopló el Espíritu Santo y les dio autoridad para remitir los pecados. La era apostólica tiene autoridad para remitir el pecado. El pecado tiene que ser remitido, porque estamos entrando a la guerra de los últimos tiempos, en una guerra final que estaba escrita en Apocalipsis capítulo 12, en el cual el acusador de los hermanos, es echado fuera. Y dice que ellos le han vencido por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio, no ya el de su conversión, sino el del día a día, llevando a Jesucristo como estandarte permanente.

Esos son los verdaderos testigos del cielo en la tierra. Testigos que pueden dar fe de lo que oyen y de lo que ven, negando sus vidas hasta la muerte. ¡No se puede vencer a Satanás a escondidas! Ahora te está dando el poder para destruir al pecado. Para perdonar el pecado. Y dice que ahora los preparará en el Reino de Dios, porque viene una medida mayor, y todo ese caudal será algo que el diablo jamás podrá resistir.

Pero, antes que esto suceda, dice el Señor, tengo que prepararlos con dimensiones de Reino. Tengo que abrir su mentalidad y romper sus estructuras de hombres, porque con estructuras de hombres, lo único que van a hacer con el Espíritu Santo, será quedarse con una botella tapada. El Espíritu Santo se va a derramar, pero no va a entrar en ustedes. Necesito preparar sus mentes, necesito preparar sus corazones, porque lo que viene sobre ustedes va a cambiar el mundo, va a establecer mi iglesia, va a avergonzar al diablo y a conquistar los imperios, y yo necesito que estén listos para esto. Y empieza a hablarles del Reino.

Reitero: el Reino no son lecciones de moral, de conducta o integridad, eso ya está escrito. El Reino es una realidad espiritual. El Reino es movernos en el espíritu. El Reino es entender cómo caminar en dos dimensiones al mismo tiempo. Muchos de ustedes ya entendieron que la imagen de Dios es bi-dimensional, que tiene dos dimensiones. Y eso significa que tú y yo nos podemos mover igual en el mundo natural que en el mundo espiritual. De la misma manera que hago y me muevo aquí en la tierra, puedo entrar a las dimensiones del espíritu y ver, oír y moverme en ellas.

Porque, creo que a esto ya lo viste claramente: tú y yo somos espíritus. Somos un espíritu al cual se le ha dado en calidad de préstamos un alma y que, mientras dure nuestra permanencia en este planeta, también se nos ha concedido un cuerpo. Y todo espíritu tiene la facultad de ver, de oír y de moverse en el mundo espiritual. No hay un espíritu que no sea espiritual. ¡Es que ese hermanito es demasiado espiritual! ¿No has oído nunca algo así en tu iglesia? Pregunto: ¿Qué clase de espíritu podría no ser espiritual?

El problema es que nos movemos en formas tan terrenales, en base a fórmulas evangélicas, que a Dios no le ha quedado otra solución que traer una reforma, una reforma espiritual, una reforma que te va a catapultar a las regiones del espíritu y ahí sí, tus hijos y tus hijas profetizarán. Profetizar no es agarrar y leer la palabra como se te antoje. Profetizar es profético cuando lo oyes del cielo, cuando del espíritu llega la palabra, y la palabra sale de tu boca, y entonces el cielo y la tierra se unen y se cumple la palabra de Dios.

Sumergidos en el Espíritu Santo, es que veremos. Vosotros me veréis, más el mundo no me verá más, dijo. El que practica el pecado, no le ha visto ni le ha conocido. Pero, el que camina en la fe del espíritu, el que entrena su espíritu. Ese llega. Hemos creado una generación floja, que dependía de los grandes predicadores de los que entonces denominaban como: “Los portadores de la unción”. Y la gente iba a sus reuniones, escuchaba a medias, el mensaje, pero cuando se hacía un llamado al frente, allá iban a que les pusieran la mano en la cabeza y le traspasaran su unción. ¿Creían de verdad que eso era así?

Cierto es que hay una impartición de unción que es bíblica y es poderosa, que es apostólica. Pero mucho me temo que la iglesia, fundamentalmente la de los años noventa, la convirtió en un juego, en el que todavía hoy, a falta de algo más contundente, todavía estamos. Todos decían que querían la unción. Y allá iban, a cada reunión, a cada plataforma, a cada mano estirada. Gente que sumó más de veinte unciones de los distintos grandes hombres de Dios de la época, pero que hoy siguen sentados en un banco porque esa unción no les produjo nada ni para ellos ni para la iglesia a la cual asisten.

Repito: se creó una generación muy floja, altamente pasiva. Una generación que oraba y decía: ¡Dios! ¿Qué puedes hacer por mí? No entendiste. Dios no quiere hacer cosas por ti, quiere que tú entres de una vez por todas a Su Reino y empieces a hacer cosas para Su Reino. Porque cuando las hagas, recién cuando las hagas y muestres que has dado prioridad a su Reino, entonces Él podrá ocuparse de las tonterías tuyas. Lo que dios tenía que hacer por ti, ya lo hizo. ¡Señor! ¡Dame más de ti!, oran algunos. ¿Más? ¡Te dio su único hijo en la cruz! ¿Qué más quieres que haga?

Dios es quien trae un mover y tú el que tiene que engancharse, sumarse, aferrarse a ese mover. ¡No va a venir a buscarte a tu casa! ¡No, ahora! Quizás luego, cuando tú aceptes ser parte obediente del Reino, tenga la misericordia y la gracia de llamarte para que tú le respondas, ¡Heme aquí! Es indiscutible que necesitamos la Unción del Santo. O sea: necesitamos al Espíritu Santo, en toda la medida de su plenitud. ¿Qué les faltaba a los apóstoles? Se les había dicho que podían resucitar muertos, sanar enfermos, echar fuera demonios, perdonar pecados… ¿Qué les faltaba?

Les faltaba el poder para hablar los idiomas del mundo, y llevar el evangelio hasta lo postrero de la tierra. Así fue que, en el Día de Pentecostés, empezaron a hablar los idiomas del mundo. Empezaron a hablar los diferentes idiomas. Empezaron a hablar griego, español, idiomas de todos los países y también hasta los dialectos de sus provincias. Un pastor de Buenos Aires oró en lenguas durante un mensaje. Ese mensaje se grabó en un audio que, por esas cosas de la vida, fue a parar mucho tiempo después a las manos de un cacique de una tribu Toba, en el norte argentino. Al cacique no lo conmovió el mensaje, pero lo impactó y lo llevó a los pies de Cristo, lo que le oyó decir a ese hombre en su propio dialecto tribal.

Escucha: esto no es una historieta inventada por ciertos grupos pentecostales, como quisieron que yo creyera durante mi época de congregarme en iglesias conservadoras. Pablo jamás estudió el idioma español, sin embargo una de sus mayores obras espirituales fue en España. ¿Te cabe alguna duda que fue capacitado por el Espíritu Santo? Que ese Espíritu Santo te otorgue plenitud y te capacite para recibir las cosas más valiosas que el Reino de Dios tiene para darte, es mucho más que salir alegremente a decir que Iba – Kuma – Raba – Shima.

Y eso no tiene nada que ver con tu cultura nacional, más allá de tu nacionalidad. Él dijo: Mi Reino no es de este mundo. Cuando el Espíritu de Dios desciende a la tierra, todo lo que es accesible en los cielos, es impartido al espíritu. Los idiomas son espirituales y son impartidos al espíritu. Todo idioma fue impartido en un abrir y cerrar de ojos, en el día en que las lenguas fueron confundidas. Todo idioma fue dado en el día de Pentecostés, en un abrir y cerrar de ojos. Esta es una obra del Reino de Dios, la mente no lo puede comprender, pero la sabiduría a la cual Dios nos está llamando, no es de este mundo.

Por lo tanto, lo que te está diciendo con tanta claridad que es imposible e increíble que haya tanta gente que todavía no lo ha entendido, es que nada de lo que un creyente haga conforme a los rudimentos del mundo, le va a funcionar bien. Podrá parecer que sí, por un tiempo, pero llegará el momento en que el enemigo vendrá a cobrarse su deuda, su factura, y lo que aparentó ser conveniente, terminará en una ruina.

¿Por qué? Porque Su Reino, no es de este mundo. Así que, o te metes a pelearla en espíritu o entregas todas tus banderas y te rindes. Tú eliges. Guerrero o cobarde, no hay término medio. Recoges o desparramas. Por eso, hoy estoy aquí para romper todas las estructuras mentales con las cuales has sido programado. Y para evitar que, como lo han hecho unos cuantos, ya; terrenalices el evangelio, hagas algo terrenal de la Biblia y la Palabra.

(Apocalipsis 1: 10) =  Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, (11) que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. 

(12) Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, (13) y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro.

Estar en el espíritu, es estar fuera de este plano dimensional y pasar a la siguiente dimensión. Eso es esta en el espíritu. Y es allí donde les dará el mensaje a las siete iglesias. Él está inmerso en la dimensión del cielo. Él no está viendo nada natural, todo lo que está viendo y transmitiendo, es de la dimensión espiritual, de lo que hoy pomposamente muchos llaman sin saber de qué están hablando, de la Dimensión profética.

(Apocalipsis 4: 1) =  Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. 

(2) Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado.

Es necesario que veas y entiendas esto, estamos viendo niveles del Espíritu. Tenían una medida del Espíritu, les fue soplada otra medida del Espíritu, estaban esperando la manifestación de ser inmersos en el Espíritu. Aquí lo tienes a Juan en el Espíritu. Está viendo, está oyendo, y estando dentro de esa visión, ve una puerta abierta, y dice que al instante estaba él en el Espíritu. Es decir. Entró a un nivel más profundo. Y fue arrebatado al cielo. Gente de Reino.

¿Por qué Pedro estaba tan tranquilo durmiendo en la cárcel? Porque tenía una mentalidad diferente. Acababa de ver cómo terminaban de matar a Santiago, cómo lo decapitaron. Y que además le dijeron que al día siguiente lo iban a matar a él. Cualquier persona que no es de Reino se hubiera pasado toda la noche despierto, aterrorizado. Él durmió como un bebé. Y después vino un ángel y lo sacó. Y no fue solamente en el espíritu, simultáneamente también sucedió en el mundo natural.

La gran pregunta, entonces, es: ¿Por qué estas manifestaciones sobrenaturales que son bien de Reino, solamente son patrimonio de un puñado de personas, pero no de toda la iglesia? Porque la iglesia viene de la idolatría y todavía tiene mentalidad idólatra. ¿Y cuál es esa mentalidad? Buscar un Dios que te haga favores. Clamar, llorar y llamar la atención de un dios que te hace favores, pero que en el fondo mucho no importa lo que piensa, ese dios.

Fíjate: van y adoran una virgen por allí, pero no la tratan como una virgen. El idólatra se acerca a la imagen y le pide, le llora, le clama. Le dice: ¡Dame dinero! ¡Dame felicidad! ¡Dame esto, dame lo otro! ¡Sáname! Pero te aviso que no me interesa demasiado vivir una vida santa, porque en el fondo tampoco me importa mucho lo que tú piensas. De la misma manera, mi iglesia me ha convertido en un ídolo. Me siguen como el que hace favores, el que da el pan. Buscan, lloran. Gritan, buscando mi favor, pero en el fondo no les importa lo que yo pienso. No les importa lo que yo digo en mi palabra. Mi iglesia no me cree, porque me ha hecho un ídolo.

No es casual que dentro de lo que son las siete cartas a las siete iglesias del Apocalipsis, en cinco de ellas, hay una reprimenda muy fuerte esencialmente contra el espíritu de la religión. No otro pecado cualquiera. No fornicación, no adulterio, no lascivia, no lujuria, que son pecados y graves. Algo que a juicio divino es mucho peor: espíritu de religión. Y ese espíritu te lleva a la peor de las fornicaciones, la espiritual. La fornicación espiritual es cuando tú quieres el calor de una relación, pero sin el compromiso de un matrimonio.

Habla ahora con Dios y dile que te arranque todas tus estructuras mentales. Dile que las aborreces, porque te están obstaculizando para entrar a Su Reino. Dile que levante tu espíritu, que lo desarrolle, que lo vivifique. Los nacidos de Dios son como el viento, nadie sabe de dónde vienen ni para dónde van. Así son todos los nacidos del Espíritu, desarraigados de la tierra.

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enero 2, 2020 Néstor Martínez