Uno de los peores enemigos que tiene el cristiano en su día a día, es su propio carácter. En lugares donde la demonología es parte de la enseñanza cotidiana, se habla de espíritus de ira, de violencia y de todo lo que implica roce y contienda. Sin embargo, la Palabra en su alta sabiduría nos enseña que no es todo esto el caudal enemigo más importante, sino su simple consecuencia. Lo que en realidad nos lleva a caer en las garras de esos demonios de maldad, aun siendo creyentes, es nuestra reacción a las ofensas. Porque allí suele ser, donde llevados por nuestra propia impotencia y angustia, hasta llegamos a pensar de manera torcida en nuestro Dios.