En esencia, lo que Dios anhela de nosotros, es que dependamos de Él. Que podamos decir como Jesús decía: lo que veo hacer al Padre, eso hago. Lo que sucede es que no es algo fácil de lograr, porque de alguna manera va en contra de la naturaleza del hombre. Imaginemos que tu esposa te pregunta si vas a ir a comprar esos elementos que se necesitan o no, y tú le respondes que no sabes. ¿Cómo que no sabes? ¿Me estás tomando el pelo? No, mi amor, estoy esperando que el Padre me habilite para hacerlo. Tu esposa te ama y te respeta, pero: ¿Te entenderá? A la mayoría de las personas les encanta un evangelio sobre rieles, calculado y estimado en todos sus movimientos. Pero, claro, ese no es el evangelio conforme a los dictados del Espíritu, porque ya sabemos que, con ese dictado, no sabes para dónde vas, cuando vas y ni siquiera sabes si vas o no vas, porque todo te lo revelará el Señor en el momento adecuado que Él disponga. La forma de construir en el genuino evangelio es hablando, declarándolo por fe. Y así es como todo se mueve.
Déjame decirte que, particular y personalmente, yo no soy capaz de ver ninguna esperanza en la iglesia como tal, si esta no está dispuesta a permanecer en estricta dependencia al Espíritu Santo. Fíjate que cuando los discípulos comenzaron a darle de comer a la gente, no sabían que esa tarea les iba a insumir tanto tiempo y esfuerzo. Sólo cuando se dieron cuenta que ese esfuerzo y ese tiempo era quitado a lo que verdaderamente ellos habían venido a hacer, fue cuando decidieron habilitar a otros para servir las mesas y dedicarse ellos a lo que era medular y de fondo. No existe tal cosa como planes a largo plazo en la iglesia. ¿Quién podría saber qué cosa dirá el Espíritu Santo, no ya mañana ni pasado, sino hoy mismo? ¡Ahora! Y no se trata de habilitar u ordenar más apóstoles. Podemos llenar la ciudad de apóstoles y la misión seguirá sin cumplirse. Porque todos sabemos que nuestros ambientes están llenos de apóstoles, (Léase enviados), que ni siquiera dependen del Espíritu Santo, sino de sus propias ideas o de lo que les ordena la central de la denominación a la que pertenecen.
Lo que sucede es que el Espíritu Santo está soplando una sola cosa, no hay forma ni manera de que haya dos o tres versiones de lo mismo. Si a alguien Dios lo envió a sembrar una palabra de esperanza a un lugar, no puede haber llamado a otro para que vaya a ese mismo lugar con una idea totalmente opuesta. ¿Usted me está queriendo decir que todos deberíamos oír una misma voz? Estoy absolutamente convencido que sí. Reitero: el Espíritu Santo es uno. ¡Pero puede enviar a muchos a un mismo lugar con misiones diferentes! Sí, pero en unidad con un solo objetivo, no unos en oposición con los otros. ¡Eso no es Dios! Yo creo que el Espíritu Santo es el que conduce esta nave en la que todos estamos navegando. Y también creo que es el que ha sido enviado a guiarnos a toda verdad. Y la verdad es una sola, no pueden existir diez verdades distintas y opuestas entre sí. Ninguna casa dividida prevalece. Toda la formación teológica y doctrinal que tenemos en acceso, ayuda y mucho. Pero de ninguna manera alguien podrá suponer que eso reemplaza al Espíritu Santo. Por eso, lo primero que deberíamos hacer para retornar al diseño correcto y salirnos fuera del sistema, es ver si estamos escuchando al Espíritu Santo.
Ahora vamos a lo crucial. Si yo pregunto de manera masiva a todos los que me están leyendo o escuchando, si se guían por lo que oyen del Espíritu Santo, seguramente de manera casi mayoritaria me dirán que sí, que seguramente, que sin dudas. Entonces déjame que te formule la pregunta clave: ¿Qué mecanismos pones en marcha para escuchar la voz del Espíritu Santo? ¿Cómo te aseguras que es el Espíritu Santo quien te está hablando? Te lo digo de otro modo: ¿Qué herramientas tienes para escuchar las voces del Espíritu? El principio básico, aquí, es: ¿Puede hablarles Dios, por ejemplo, a cualquiera de las cincuenta personas que están en un pequeño templo un domingo por la tarde? ¡Por supuesto que sí! Entonces debo preguntar: ¿Tú crees que esas cincuenta personas están todas aptas y preparadas para escuchar la voz del Espíritu Santo? Eso ya no es tan sencillo, muy probablemente no, no lo estén. ¿Cómo sabrán que es el Espíritu Santo el que les habla y no sus propios pensamientos, su carne? ¿Cuál es el problema con la percepción del rechazo? ¿Cuál es el problema con el temor y la inseguridad? Que distorsionan nuestras voces internas.
¿Cómo puedes esperar que esas cincuenta personas escuchen lo que el Espíritu Santo tiene para decir, si hay una cantidad no menor que no van a escuchar nada porque su corazón no está limpio? Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán. Ese “verán”, proféticamente, también es escuchar. Es notorio que cuando el Espíritu hable a ese grupo, habrá personas que oirán su voz. Porque cuando alguien está al frente de un grupo o es punto de referencia espiritual para otros, es simplemente porque está en condiciones de escuchar la voz de Dios de un modo que los otros no tienen. Claro está que es esto lo que de alguna manera ha justificado la presencia de un líder en un grupo. Si tamaña cantidad de gente a la cual Dios le habla, a todos por igual, no es capaz de escucharlo para de ese modo recibir alguna instrucción o saber qué hacer, ahí tendrá que aparecer alguno que sí lo escucha y luego, será el encargado de comunicárselo a los demás. ¿Eso es un ministro? Sí, básicamente eso es un ministro: alguien que oye lo que Dios dice y viene y se lo transmite a sus congregados. ¿Y si se le antoja de mandar que se haga algo que Dios no dijo? Seguramente será fiel y ciegamente obedecido, pero el problema lo tendrá en cualquier momento con el Señor. Eso se llama Justicia.