(Ezequiel 1: 12) = Y cada uno caminaba derecho hacia delante; hacia donde el espíritu les movía que anduviesen. Entiende bien esto que acabas de leer. Dice que cada uno de esos seres vivientes formados por cuatro lados con cuatro caras distintas de los que se habla en este capítulo, caminaba derecho hacia delante, hacia donde el espíritu les movía. ¿Cómo podría hacer el espíritu para mover a cuatro seres al mismo tiempo? Ya; para el Espíritu no hay nada imposible porque es Dios, pero lo que aquí estamos viendo nos muestra otra cosa. Cuando el Espíritu movía a una de las caras de uno de los lados, los otros tres no se oponían, no perturbaban, cedían su lugar y asumían la nueva dirección mostrada solamente a uno de ellos. Es decir que estaban: en un mismo espíritu. Eso es lo que yo hoy estoy llamando Ceder Nuestro Lugar a otro cuando las circunstancias lo aconsejan, que es algo que en la iglesia de nuestro tiempo jamás podríamos ver por una razón: sólo pueden hacerlo aquellos que son gente que sabe a qué vino a este planeta.
Porque hay muchos cristianos en el mundo, es verdad. Y de esos muchos, una enorme cantidad acude y se congrega en determinados templos pertenecientes a determinadas denominaciones. No le hace. Si no saben a qué han venido, no es gente con un propósito alineado con el propósito de Dios. Por eso entiendo que este es un punto clave en importancia para ingresar como servidor de primer nivel al Reino, entender el propósito de Dios. De otro modo, harán pura religión y eso será, también, nada más que más de lo mismo. Claro; para ser gente con entendimiento de propósito, deben ser gente que, llegado el momento, sea capaz de ceder su lugar a otro, sin pensar en su lucimiento o rédito personal. ¿Sabes cómo se llama eso? Generosidad. ¿Sabes cuál es el patrón de máxima de la generosidad? La Humildad. En la Biblia se da como humildad aquella actitud que reconoce el propio lugar bajo la condición de criatura de Dios, que es opuesta a la presunción, a la afectación o a cualquier otra clase de orgullo.
La persona humilde reconoce su dependencia de Dios, no busca dominio sobre sus semejantes, sino que aprende a darles valor por encima de sí mismo. Ahora ya puedes ir dibujando en tu mente o sobre sitio concreto, la figura del verdadero humilde conforme al corazón de Dios y al que no lo es. Es muy probable que hayas conocido a ambos caracteres. Lo que no tengo certeza es a cuál de los dos le otorgaste mayor valor. Dios mismo, casi podría decirte que, en persona, es quien atiende a los humildes. Así lo dice en su palabra por medio de los dos apóstoles de mayor envergadura literaria: Pablo y Pedro. No es todo; añade que a su tiempo exaltará a esos humildes por sobre los soberbios que los oprimen. Viendo algunas cosas que hoy están sucediendo en todo el mundo, (No es sólo en tu país y ni siquiera en tu ciudad), te puedo adelantar que esto preanunciado está comenzando a verse cada día con mayor intensidad y claridad.
Un reconocido pastor de mi ciudad le decía hace un tiempo a su congregación, que la iglesia más grande de la ciudad era la que no se estaba congregando. Eso es exacto. Lo que no lo es, es la opinión que él daba sobre esto: decía que había que orar por esos pobres hermanos que ahora estaban en un tobogán espiritual. No te lo creas. Yo llevó más de veinte años formando parte de esa iglesia más grande de mi ciudad y, que yo sepa, no me estoy deslizando por ningún tobogán. Muy por el contrario, cada día amo más a mi Señor, cada día procuro servirle más y mejor y cada día, también, veo su obra permanente en decenas de personas. El caso es que el Señor Jesús es el paradigma de la humildad, pues siendo Dios de gloria, se humilló asumiendo naturaleza humana, y dio en todos sus pasos el verdadero ejemplo de humildad en todos sus tratos con los que le rodeaban.
En una ocasión me tocó leer, en el marco de una reunión con bastante gente, y por decisión superior atinente al mensaje del día, un párrafo del texto de Corintios que habla de la iglesia abierta, de esa que dice que uno tiene palabra, otro tiene profecía, otro don de lenguas, etc.etc. Y recuerdo que – tal como estaba previsto – terminé de leer el texto y debía decir algunas cosas respectivas a él para luego dejar paso al predicador. Claro; lo último que leí fue esa parte que dice que si alguno de los que está sentado tiene palabra, “calle el primero”. ¿Cuál será ese primero?, me pregunté en voz alta. Es indudable que no el predicador establecido de antemano. Esa es la iglesia conforme a como el Señor la ve. Una iglesia donde, si alguien que ahora está sentado en un banco, tiene una real y auténtica palabra del Señor, el predicador deberá callar para dejar paso a lo que Dios tiene para decir mediante ese siervo anónimo y humilde.
Dije esto y me fui a sentar a mi lugar. Te confieso que me dolieron los oídos del silencio que se podría tocar con los dedos. Recién cuando ya estaba sentado en mi banco pude ver como el predicador, (En cuestión, el pastor), se paraba frente al púlpito, frente al micrófono y apenas deslizaba un “je, je, je, ¡Qué lío tendríamos! ¿No?” Esa es la idea de la religión. Que, si nos salimos de lo preestablecido, tendremos un problema serio con la falta de orden. Que en realidad no es falta de orden o desorden, sino imposibilidad de ejercer control. Ese es el verdadero problema. Atención: no soy un necio como para ignorar que existen dentro de los templos de las congregaciones decenas, centenares o miles, que se yo, de personas que anhelan hacer o decir algo que las saque del anonimato y les otorgue, aunque más no sea, treinta segundos de fama.
Por lo consiguiente, ninguna de esas personas dudaría, si ve que eso le va a proporcionar cierta trascendencia, en tomar la palabra y decir cualquier cosa que mejor le parezca con la excusa de que el Señor se lo dio para que lo comparta. Lamentablemente, ese tipo de personajes son los que le dan la razón a los que no permiten que quienes están sentados puedan decir otra cosa que un “amén” de vez en cuando. Sin embargo, una cosa no invalida la otra. Ceder nuestro lugar en un acto de verdadera y legítima humildad y no menor mansedumbre, es algo que se ha previsto en la iglesia que Dios pensó plantar para bendición y honra de sí mismo a través de su pueblo. Lo que ocurre es que cada día encontramos menos mansos en nuestras congregaciones. No sé cómo será en tu tierra, pero en Argentina, donde la gente tiene terror a hacer el ridículo, se deja de lado el ser manso ante la duda y el temor de quedar como menso…dicho en términos mexicanos… Dicho en Idioma Deportivo: LA IGLESIA, ESE GRAN EQUIPO…