Estudios » Blog

2 – Perseverancia

Lucas 8: 15 = Mas la que cayó en buena tierra, estos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia. Es decir que, si quieres o pretendes dar fruto conforme al diseño divino, la perseverancia es básica y clave. Dice la NTV al respecto: Y las semillas que cayeron en la buena tierra representan a las personas sinceras, de buen corazón, que oyen la palabra de Dios, se aferran a ella y con paciencia producen una cosecha enorme. Esta versión reemplaza nuestra palabra por Paciencia, que es casi un sinónimo. En todo caso y para ser más preciso, el paso previo a la otra.

La perseverancia es una de esas palabras que, aunque suenan firmes y antiguas, siguen latiendo con una vigencia sorprendente en la vida cotidiana. No es un concepto abstracto reservado para discursos solemnes, ni tampoco una virtud exclusiva de ciertos héroes espirituales; es, más bien, una práctica silenciosa, diaria y muchas veces invisible. La perseverancia se cocina en lo pequeño: en levantarse cuando uno no quiere, en sostener una convicción cuando no hay aplausos, en seguir creyendo cuando los resultados todavía no aparecen.

Desde una mirada bíblica —pero también profundamente humana— la perseverancia no se presenta como una obstinación ciega, sino como una fidelidad inteligente. Porque no se trata de insistir en cualquier camino, sino de permanecer en aquello que es verdadero, justo y vivificante. En ese sentido, la perseverancia no es terquedad: es dirección con sentido. Es saber por qué se camina, aunque no siempre se vea claramente hacia dónde lleva el sendero.

En los relatos del Evangelio, la perseverancia aparece encarnada en gestos simples pero radicales. Personas que vuelven a intentar, que esperan, que confían aun contra toda evidencia. No lo hacen porque ignoren la realidad, sino porque la leen con una profundidad distinta. Donde otros ven final, ellos perciben proceso. Donde otros ven fracaso, ellos descubren aprendizaje. Esa mirada no es ingenua: es fruto de una confianza cultivada.

Socialmente, vivimos en una época que promueve lo inmediato. Todo parece diseñado para obtener resultados rápidos: mensajes instantáneos, respuestas veloces, soluciones exprés. En ese contexto, la perseverancia puede parecer fuera de moda, casi un lujo innecesario. Sin embargo, es precisamente en este escenario donde se vuelve más necesaria. Porque lo que vale la pena —los vínculos, el crecimiento personal, la transformación social— rara vez ocurre de un día para otro.

La perseverancia, entonces, se vuelve una forma de resistencia. No una resistencia agresiva, sino una firmeza tranquila. Es la capacidad de no abandonar aquello que se sabe bueno, aun cuando no sea lo más fácil ni lo más rentable en el corto plazo. En términos sociales, es lo que sostiene proyectos comunitarios, lo que permite reconstruir vínculos dañados, lo que da continuidad a procesos educativos, laborales y personales.

Ahora bien, hablar de perseverancia desde una fe viva implica reconocer que no todo depende del esfuerzo humano. Aquí aparece una tensión interesante: por un lado, la responsabilidad personal de continuar; por otro, la confianza en que hay una fuerza mayor que sostiene el camino. Esta combinación evita dos extremos: el agotamiento por autosuficiencia y la pasividad disfrazada de espiritualidad

En términos prácticos, perseverar no significa hacerlo todo solo. Significa aprender a sostenerse en una fuente más profunda. Es como remar: uno mueve los brazos, sí, pero también se deja llevar por la corriente adecuada. Si uno rema contra la corriente equivocada, se cansa más y avanza menos. La perseverancia sabia incluye discernimiento.

Un aspecto clave es el sentido. Nadie persevera mucho tiempo en algo que no entiende o que no le encuentra propósito. Por eso, una pregunta fundamental es: ¿Para qué sigo? No en un sentido utilitario, sino existencial. Cuando el propósito es claro, la constancia se vuelve más natural. No fácil, pero sí más coherente.

También hay que decirlo: perseverar cansa. Y reconocerlo no es falta de fe, es honestidad. Incluso los relatos más inspiradores muestran momentos de duda, cansancio y deseo de abandonar. Lo interesante es que esos momentos no son el final de la historia, sino parte del proceso. La perseverancia no elimina el cansancio; lo atraviesa. 

Aquí entra en juego el humor, ese recurso tan humano y tan necesario. Una perseverancia sin una pizca de humor corre el riesgo de volverse rígida, pesada, incluso insoportable. Saber reírse de uno mismo, de los tropiezos, de los planes que no salieron como se esperaba, aligera el camino. No trivializa la dificultad, pero la hace más llevadera. A veces, perseverar también es aprender a decir: “Bueno, hoy no salió, pero mañana lo intento otra vez… con un poco más de café, té o mate argentino”.

En la vida cotidiana, la perseverancia se entrena. No aparece mágicamente en momentos críticos si no se ha cultivado en lo simple. Algunos recursos prácticos pueden ayudar:

Primero, dividir los objetivos. No pensar solo en la meta final, sino en pasos concretos y alcanzables. Esto evita la frustración y permite celebrar pequeños avances.

Segundo, generar hábitos. La perseverancia no siempre se siente; muchas veces se ejecuta. Tener rutinas ayuda a sostener acciones incluso cuando la motivación fluctúa. Orar todos los días sería un hábito más que valioso y necesario.

Tercero, rodearse de comunidad. Nadie persevera completamente solo. Compartir procesos, pedir ayuda, acompañar y dejarse acompañar fortalece el camino. Pedirle al Espíritu Santo que te muestre con quienes sí y con quienes no.

Cuarto, revisar el rumbo. Perseverar no es seguir sin pensar. Es importante detenerse cada tanto, evaluar, ajustar. La fidelidad no está reñida con la inteligencia. Y la verdadera inteligencia no está reñida con la fe.

Quinto, cultivar la interioridad. Espacios de silencio, reflexión, oración o contemplación permiten reconectar con el sentido profundo de lo que se hace. Sin esta dimensión, la perseverancia puede volverse mecánica. Con el Señor, a solas, es una auténtica intimidad que, en público, siempre se distorsiona.

Desde una perspectiva del Reino de Dios —entendido no como una estructura religiosa, sino como una realidad viva de justicia, amor y verdad en acción— la perseverancia adquiere un matiz particular. No se trata solo de resistir por resistir, sino de sostener aquello que construye vida. Es una perseverancia orientada al bien común, a la dignidad humana, a la esperanza activa. Y enfrenta, mayoritariamente, no a sectores ateos o mundanos, sino a religiosos y supuestamente eclesiásticos.

Esto tiene implicancias sociales concretas. Perseverar en la justicia, por ejemplo, implica no rendirse ante la desigualdad. Perseverar en el amor implica seguir apostando por vínculos sanos incluso después de decepciones. Perseverar en la verdad implica no acomodarse a lo que conviene si eso traiciona lo que es correcto.

Ahora bien, hay un riesgo: confundir perseverancia con rigidez ideológica. Aquí es importante mantener una mirada sino objetiva, al menos todo lo imparcial que sea posible. Perseverar en valores no significa cerrarse al diálogo ni negar la complejidad del mundo. Al contrario, implica sostener principios mientras se escucha, se aprende y se ajusta la comprensión. La firmeza no está en negar la realidad, sino en no perder el eje en medio de ella.

En este sentido, la perseverancia se parece más a un árbol que a una piedra. La piedra es dura, pero no crece ni se adapta. El árbol, en cambio, tiene raíces firmes, pero también flexibilidad. Resiste el viento no porque sea rígido, sino porque puede moverse sin quebrarse. Esa es una imagen potente para pensar esta virtud.

Otro punto importante es distinguir entre perseverar con insistir en lo que daña. No todo merece ser sostenido. Hay relaciones, hábitos o caminos que necesitan ser dejados atrás. La perseverancia verdadera no es apego ciego, sino fidelidad a lo que genera vida. A veces, perseverar implica soltar.

En clave espiritual, esto se traduce en una confianza profunda: que el bien tiene un peso real, aunque no siempre sea visible de inmediato. Que lo sembrado con amor, verdad y justicia no se pierde, aunque tarde en dar fruto. Esta confianza no es una garantía de resultados inmediatos, pero sí una base sólida para seguir caminando.

La perseverancia, entonces, no es solo una virtud individual; es una forma de habitar el mundo. Es una manera de relacionarse con el tiempo, con los otros y con uno mismo. Es elegir no abandonar lo esencial, incluso cuando lo accesorio grita más fuerte.

Y sí, a veces la perseverancia se parece bastante a hacer fila en un banco un lunes a la mañana: larga, lenta y con pocas garantías de que avance rápido. Pero incluso ahí, hay una oportunidad de ejercitar la paciencia, de observar, de respirar, de no perder el buen humor. Porque perseverar no es vivir en tensión constante; es aprender a sostener el paso con humanidad.

En definitiva, la perseverancia es una alianza entre la decisión y la confianza. Decisión de seguir, de insistir en lo que vale, de no rendirse ante la dificultad. Y confianza en que ese camino, aunque no siempre sea el más fácil, es el que conduce a una vida más plena, más verdadera, más acorde a ese Reino que no se impone por fuerza, sino que crece en lo cotidiano, casi en silencio, pero con una potencia transformadora innegable.

Y quizás ahí esté su mayor belleza: en que no necesita espectáculo. La perseverancia no suele hacer ruido. Pero deja huellas profundas.

Comentarios o consultas a tiempodevictoria@yahoo.com.ar

abril 10, 2026 Néstor Martínez