Hay, dentro del pueblo de Dios, una serie de frases hechas, de muletillas, sentencias y mitos que han terminado por incorporarse y encarnarse de tal manera en la vida de los creyentes que también han terminado por hacerles creer que son bíblicos. “A Dios no le agrada que critiquen a su iglesia”. ¿Verdadero o falso? Verdadero. Eso es cierto y real. Pero atención: no tiene nada que ver con una congregación saturada de pecado, manipulaciones emocionales y corrupción. Porque eso, para Dios, no es su iglesia, no se confunda.
Otra: “Dios condena la crítica a los hermanos”. ¿Verdadero o falso? Verdadero, por supuesto. Real y cierto. Tan cierto como que no todo lo que respira y se mueve dentro de las paredes de un templo es hermano. Corre usted el riesgo de tratar de “hermano” a un demonio y, si lo trata así, el “bicho” se siente cómodo y no se va más. Es que queremos ser más justos, más misericordiosos y más buenitos que Dios. No funciona. Sí Jesús hubiera tenido ese mismo criterio, no sólo se hubiera sometido y sujetado a los fariseos, (Que en aquel entonces eran LA iglesia oficial, los hermanos) sino que hubiera tratado de colaborar con ellos. ¡Sepulcros blanqueados! ¡Generación de víboras! Les dijo. ¿Era una crítica, acaso? No. Era nada menos que un calificativo exacto y justo. Pero calificativo y justicia de Dios, que se entienda.
En el capítulo 5 de la primera carta de Pablo a los Corintios, el apóstol desgrana una serie de comentarios que, a primera lectura, podrían tomarse como una crítica. ¿Lo han leído? ¿Cuántos saben que no es ninguna crítica? ¿Cuántos saben, que estos también son calificativos de Dios, en este caso, a través de Pablo? ¿Y qué sucedía allí? Pasaba que los Corintios habían dejado en evidencia una actitud bastante apática, perezosa, indiferente casi, ante un caso de incesto, ignorando pasivamente esa desgracia. Pablo atendió esa cuestión e instruyó a esa iglesia en la disciplina de la santidad.
Los Corintios eran gente cargada de dones, pero necesitada que se los corrigiera y se los aconsejara en relación con su entorno moral. El siglo 21, ha encontrado a una gran parte de la llamada iglesia, con las mismas bendiciones, los mismos errores y las mismas necesidades. Expresarlo, entonces, ya no será una crítica, tal como todavía la entienden tantos, sino difundir calificativos de Dios mediante los instrumentos que a Él le plazca utilizar, que generalmente será gente a la cual Él mismo, con anterioridad, les habrá puesto la carga para hacerlo, los haga quedar muy simpáticos o no.
(1 Corintios 5: 1)= De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre.
Desde lo literal, el epicentro de este verso radica en la expresión: “Tiene la mujer de su padre”. Es notorio que está hablando de una madrastra, ya que se repite lo que se dice en Levíticos 18:7-8: La desnudez de tu padre (Uno) o la desnudez de tu madre (Dos) no descubrirás; tu madre es, no descubrirás su desnudez. La desnudez de la mujer de tu padre (Tres y esto es obviamente otra cosa) no descubrirás. (¿Y por qué? Porque) es la desnudez de tu padre. Y luego sigue hablando de hermanos, tíos y demás parientes. Esta ofensa violaba incluso las normas morales del mundo pagano, un claro indicador de que los Corintios poseían una falsa noción de la gracia de Dios, o una actitud muy distendida y suelta en materia de moralidad sexual.
Hágase a la idea de que algo parecido estuviera sucediendo hoy en el seno de una congregación. Sí, ya me imagino su rostro. Aberrante, no? Mire: le diré algo. Un viejo pastor me dijo una vez: “Hijo; hay veces en que estoy casi asqueado. Encuentro dentro de la congregación determinados tipo de pecados que no he visto jamás en el mundo incrédulo. ¡Parecería hecho como a propósito para desmoralizarme!” Era un pastor de bastante edad, formado con la escuela clásica más bien antigua, en la que no había lugar para hablar de Guerra Espiritual. Por eso es que él no sabía, en ese momento, la enorme verdad que estaba diciendo. Satanás es promiscuo, depravado e inmoral a un extremo que usted no puede imaginar siquiera. De allí que, en cada lugar en el que se le da entrada, él lo va a manifestar con sus frutos. En el mundo, de hecho, suele ser algo que, de tan cotidiano, ya no llama la atención: pero cuando puede meterse en una congregación sin que se lo resista demasiado…
Hay que ver la casi incomprensible resistencia que todavía hay en algunos círculos a realizar algo tan sencillo como es atar y sujetar al enemigo antes de iniciar cualquier culto, reunión o servicio. ¿Y usted qué cree, que esa resistencia tiene origen intelectual, racional o teológico como una gran mayoría todavía piensa? ¡No hermano, es espiritual! ¿Quién sería el más interesado, y al mismo tiempo el más beneficiado que no se haga ninguna clase de Guerra Espiritual en una congregación? ¿Los hermanos tradicionalistas, quizás? ¿La famosa ortodoxia cristiana, tal vez? Piense un poco por favor. Ahora bien; cuando ocurren algunas cosas de estas, ¿Cuál se supone que será la actitud, tanto de los líderes como la de los hermanos en general? Normalmente, la que aquí detalla y al mismo tiempo amonesta Pablo.
(2) Y vosotros estáis envanecidos, (¡Tenemos el mejor templo, la mejor banda, el mejor predicador!) ¿No debieras más bien haberos lamentado, (Que en este caso equivale a reconocer el pecado y humillarse) para que fuese quitado de en medio de nosotros el que cometió tal acción?
(3) Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho.
No es la primera vez que Pablo arma esta figura con relación a su ausencia física pero presencia espiritual. Ya a la iglesia de Colosas le escribió lo mismo cuando les dice, en Colosenses 2:5: Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo. ¿Pero qué intenta decir Pablo en este terreno? Porque dicho así y aun como lo amplía en el siguiente verso, podría dar origen a interpretaciones muy complicadas.
(4) En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo.
Claro; dicho así parecería ser como si un fantasmagórico espíritu de Pablo estuviera compartiendo las reuniones con los seres humanos de ese lugar. Sin embargo, ciertos antecedentes muestran que, cuando Pablo dice que está presente en espíritu, a lo que se refiere es a ciertas decisiones tomadas con anterioridad para con ciertos hechos, en este caso, muy similares al que los tiene preocupados. En 2 Tesalonicenses 3:6, hay una de esas directivas: Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros.
Este verso, interpretado muy ligeramente, ha sido factor de abandonos y discriminaciones dentro de la iglesia. Pero no hay tal cosa. Lo que Pablo le dice es que, si usted sabe que un hermano (¡Cuidado que no habla de incrédulos, que deben ser vistos desde otro ángulo!) no anda en buenos pasos, el apartarse será no consentir su comportamiento, exhortarlo y ayudarlo a cambiar si así lo desea, pero jamás dejarlo abandonado o impedirle el ingreso al templo, que lamentablemente es lo que más hemos visto en estos casos. No se olvide que uno de los más grandes ministerios que mostró Jesús y que nosotros hoy practicamos muy poco, es el ministerio de la restauración.
(5) El tal (O sea: este hermanito despatarrado que no quiere cambiar) sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.
¡Qué verso, este! Estremece, no? ¿A usted no le da la sensación, leyéndolo, que es como si la iglesia, de pronto, dijera: “¡Pero, sí; Si no quieres entender, joróbate! ¡A ver, Satanás, ven y llévate a este porfiado y hazlo papilla! ¿Parece, no? Sin embargo, más que de ostracismo, indiferencia y justicia sumarísima eclesiástica, es evidente que esto implica una remoción de la protección de Dios que es, en definitiva, lo que va permitirle obrar a Satanás. Basta ya, entonces, de orar e interceder a favor de líderes sociales, gubernamentales o eclesiásticos corruptos que no quieren obedecer. Sáqueles ese respaldo y que reciban lo que corresponde. Ya fue advertido y amonestado. Ya han tomado su decisión. ¡Pero es que Dios es bueno! Sí, Dios es bueno, pero ese mismo Dios bueno fue el que un día le dijo a Samuel con respecto a Saúl: “Basta Samuel; no ores más por él. Yo ya lo deseché”, recuerda?
En cuanto a la destrucción de la carne de la cual se habla aquí, esto tiene que ver con que la disciplina administrada al ofensor y los sufrimientos consiguientes van a traer, seguramente, un espíritu de humildad, un estado genuino de arrepentimiento también genuino, que como bien se sabe, son las puertas excelentes que dan paso al infinito perdón de Dios para el pecador arrepentido. El texto, y esto es notorio, no nos dice cómo operaba en la práctica eso de “ser entregado a Satanás” y, aunque algunos cuantos han creído interpretar y entender que eso equivaldría a que en ocasiones, ciertas personas tendrían que abandonar la comunidad de creyentes y quedar abandonados, por causa de sus desobediencias, en el ámbito espiritual que es donde va a recalar, necesariamente esta palabra, se refiere al retiro de cierto tipo de escudo protector que los creyentes tenemos para con los ataques del enemigo cuando estamos, esencialmente, obedeciendo su palabra y siendo fieles a sus principios.
En una ocasión fui testigo muy casual de una disciplina en una congregación. Esa disciplina se llevaba a cabo para con una pareja de novios que había incurrido en fornicación. Ambos estaban trabajando en la iglesia y, parte de esa disciplina consistiría en separarlos temporariamente de sus funciones. Cuando pregunté si ellos habían confesado su pecado me dijeron que no, que la iglesia los había descubierto. Como vieron que yo me quedaba pensando en cómo se podría haber producido ese descubrimiento, me comentaron que la chica estaba embarazada. Entonces fue cuando yo dije: ¡Ah! ¡Entonces no están disciplinando fornicación, están disciplinando embarazo! En lugar de reflexión lo único que conseguí fue unas cuantas miradas torvas que me hicieron sentir, por un momento, casi partícipe del pecado de los chicos. Hay antecedentes de estas cosas en 1 Timoteo 1:20 cuando Pablo, en alusión a gente corrompida, dice: De los cuales son Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar.
(6) No es buena vuestra jactancia, ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? (Santiago, en su carta, lo dice de otra manera.) En 4:16-17, señala: Pero ahora os jactáis de vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala; y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.
(7) Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que sean nueva masa, sin levadura como sois; Porque vuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. (Liberadas conforme a como se hacía en el mundo antiguo, donde los esclavos podían ser rescatados pagando el precio correspondiente)
(8) Así que celebremos la fiesta, (Hagamos congresos, conferencias, clínicas, festivales, recitales y todo lo que nos guste con el rótulo de “Cristiano”) no con la vieja levadura, (Que es incredulidad) ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, (Habla de un alimento espiritual, no contaminado con recetas humanistas o científicas que encierran incredulidad) de sinceridad y de verdad.
Aquí hay algo que queda muy claro: la disciplina eclesiástica ha sido mayoritariamente manejada con riguroso legalismo, con falta de misericordia y amor y con exceso de teología por sobre discernimiento y revelación. Esto ha sido así y ha determinado no sólo distensión en cuanto a esa disciplina, sino también una notoria devaluación en su importancia. El árbol no debe tapar el bosque. La disciplina ante probados casos de pecado en la iglesia es bíblica, es conveniente y es indicada. Pero nunca desde una falsa posición de inmaculados juzgando a mugrientos, sino de débiles en la carne respaldándose unos a otros en el poder de Cristo Jesús.
En la noche de su primera Pascua en Egipto, los hebreos removieron toda la levadura de sus casas, una práctica que todavía se mantiene entre el pueblo judío. La levadura tiene la propiedad de fermentar y sirve para ilustrar el poder corruptor del mal. Como Cristo, nuestro Cordero de la Pascua, ha sido sacrificado, la iglesia debe ser como una casa sin levadura; de otra manera, el fermento del pecado, de no estar bajo control, se puede esparcir. Ignorar la disciplina contradice el propósito por el cual Cristo murió. Pero como en otro lugar habla de la levadura con relación al reino de Dios, de ellos sacamos que la levadura, en sí misma, no es ni buena ni mala; es levadura. Y puede muy bien ser utilizada como ejemplo tanto para lo pecaminoso como para lo no pecaminoso. Es lo mismo que cuando se dice que un reino dividido no prevalece; vale para el reino de Satanás y para el reino de Dios también.
Finalmente, cuando habla de celebrar la fiesta con sinceridad, la palabra usada allí es EILIKRINEIA, que literalmente significa: “Juzgado a la luz del sol”. La palabra alude a los bazares del oriente, donde se exhibía la alfarería en cuartos débilmente alumbrados. Los comerciantes inescrupulosos remendaban las vasijas reventadas o cubrían los defectos con cera. Los compradores inteligentes sostenían en alto las piezas de alfarería, al sol, y juzgaban su calidad por la luz solar. EILIKRINEIA es honestidad transparente, pureza genuina e inocencia no contaminada. Describe a quien no teme un examen completo de sus motivos e intenciones, por cuanto no tiene nada que esconder.
Por eso el texto de Deuteronomio 16:3: No comerás con ella pan con levadura, siete días comerás con ella pan sin levadura, pan de aflicción, porque aprisa saliste de tierra de Egipto; para que todos los días de tu vida te acuerdes del día en que saliste de la tierra de Egipto. Jesús mismo les habló de esto cuando, según Marcos 8:15 dice: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes.
(9) Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios, (10) no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo.
Lo primero que vemos aquí, es que Pablo escribió a los Corintios una carta anterior a la que nosotros consideramos como primera. Y que en esa carta ya les había hecho una serie de recomendaciones muy similares a estas. Y que ellos, lejos de entender que Pablo se estaba refiriendo a gente que estaba en la iglesia, se habían confundido suponiendo que él hablaba de los mundanos incrédulos y pecadores. Hoy, todavía hay mucha gente que cree y piensa lo mismo, que se enoja cuando alguien les muestra las cosas tales como son (Que es como Dios las ve) y lo acusan de querer dividir o disgregar la iglesia con doctrinas de demonios, cuando lo que el pobre hombre lo que está haciendo, es decir una clara verdad en el marco de un mundo de hipocresías. Hay datos bíblicos más que evidentes de que la hipocresía nació en la iglesia, no en el mundo impío. Los motivos, cada uno los sabrá con mayor o menor exactitud.
No mezclarse con los pecadores del mundo hubiese significado un retiro completo, un apartamiento total. Cuando apareció el primer movimiento de santidad, (Que todos sabemos, significa precisamente “apartarse para Dios”) los diferentes sectores lo tomaron como mejor les pareció sin que esto, -obviamente-, tuviera que ver siempre con el verdadero espíritu de la cuestión. El catolicismo romano, por ejemplo, eligió recluirse en monasterios. Esa fue su interpretación de separarse, de apartarse para Dios. El resultado, mayoritariamente tuvo que ver con condiciones que naturalmente nadie quería: alcoholismo y homosexualidad, entre las más perniciosas. Algunos grupos evangélicos, mientras tanto, eligieron como expresión de santidad, el prohibir. No te pintes, no uses esa ropa, no te cortes el cabello y una serie más de barbaridades, algunas de ellas, en directa contraposición con la propia Biblia. ¡Ah, no importa! Somos santos, hemos salido del mundo. ¿Ah, sí? Pues no lo parece. Pero Pablo, en este texto, da a entender muy claramente que esa no es la voluntad de Dios para nosotros, y las huellas de la filosofía monástica de la historia de la iglesia evidencia su relativa esterilidad a la hora de hacer avanzar tanto la santidad como el evangelio.
Un caso clásico respecto a esta clase de “comunión” con el mundo se muestra en esta misma carta a los Corintios, la primera, en 10:27-29: Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. – Mas si alguien os dijere: esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. La conciencia digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿Por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia del otro?
(11) Mas bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aún comáis.
Donde quiera que Pablo recomienda buscar la rehabilitación de los santos que erran, que se equivocan, deja bien en claro que no se trata de apartarse de ellos. Aquí instruye que a veces, es cierto, hay que alejarlos de la comunidad de creyentes. Ello supone aplicar medidas disciplinarias estrictas cuando miembros de la iglesia persisten en el pecado y no prestan atención a los consejos que se les ofrecen para remediar el mal.
En una oportunidad, un hermano a quien yo respetaba mucho, un buen día cometió adulterio. A mí me afectó tanto o más que a cualquiera de los demás con quienes compartíamos tantas cosas. Fue inmediatamente marginado de todos los lugares y se le cerraron, casi violentamente, todas las puertas que hasta allí se abrían de par en par para recibirlo. Hubo un consenso casi generalizado que produjo una muy santa indignación y hasta se dijo: “Hasta que no se arrepienta y venga a pedir perdón, ni siquiera se lo llama por teléfono”, fue casi la directiva escrita. Yo tenía muy claro que el pecado es pecado y nadie por bueno que quiera ser, puede cambiar su impacto y su efecto.
Sin embargo, me puse a pensar: ¿Por qué siendo que es algo tan claro, tan obvio y tan inexcusable como el pecado sexual, son tantos todavía los que caen y lo cometen? ¿Y por qué será, que de esos tantos, no sólo no están exentos, sino que son mucho más proclives a caer los líderes, algunos de ellos irreprochables y fieles hasta allí, siervos de Dios? Guerra. Heridos. Muerte. Tomé el teléfono, llamé a este hombre y le dije: “Quiero que sepas tres cosas: 1) Como hombre, carnal, puedo comprenderte. 2) Como amigo no me borro. Si das los pasos que tú sabes que tienes que dar, sigues contando con mi amistad. 3) Espiritualmente ni se te ocurra suponer que voy a ser tu cómplice. El pecado es pecado y Dios da precisiones muy concretas con respecto a qué hacer con él. Pero fíjate una cosa. Con ese llamado telefónico, quizás sin proponérmelo, le cerré la clásica resentida excusa de todos estos casos: “¿No ves? ¡Todo el mundo se borró, nadie me ayudó, nadie me comprendió!” Él, a eso, ya no lo podía argumentar. De allí en más ya es otra historia. Una historia que, en este caso, no tuvo final feliz. Eligió la soberbia de la necedad espiritual, sospecho que se apartó del evangelio, que es mucho peor que ser expulsado de una congregación, obviamente. Y Pablo, fíjate, lo fundamenta de una manera muy parecida en los versos finales.
(12) Porque, ¿Qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?
Es necesario que puedas ver con claridad que Jesús, y aquí se lo deja claramente en evidencia, tiene definiciones muy específicas tanto para los que están fuera como para los que están dentro. En el evangelio de Marcos, y en instancias de estar explicándole a sus discípulos el por qué de su repetitiva actitud de hablar mayoritaria y preponderantemente a través o mediante parábolas, en el capítulo 4 y en el verso 11, les dice: A vosotros, os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas. ¿Cuál será la intención más notoria aquí? La única posible, la única existente, la única probable. Y la que, oh sorpresa, se contrapone, se contradice con lo que suelen enseñar los clásicos maestros intelectualizados, con respecto a que para interpretar y entender mejor la Biblia, hay que pasar primero por los mejores Seminarios, Institutos y/o universidades. Yo no quiero ser irrespetuoso con la gente que ostenta títulos en los sitios que he mencionado, pero algo simple y único habré de decirle: no hay registro bíblico de gente que haya sido de utilidad para el reino que previamente haya tenido que estudiar teología. Eso es bien eclesiástico, bien institucional, bien nuestro y bieeeen religioso.
Muy por el contrario, Jesús sabía perfectamente que, los que estaban dentro del Camino, y que ya contaban con ese don tan maravilloso y eficaz llamado discernimiento, al cual acompaña permanentemente otro muy similar llamado Sabiduría, no necesitarían demasiadas explicaciones, ya que el Espíritu Santo haría la labor del entendimiento y la guía a toda verdad. Sin embargo, y tanto como para que nadie se infiltrara intelectualmente en la santidad de la iglesia, a los de afuera, a los que se manejaban por las riquezas de sus mentes, por parábolas. Si el Espíritu Santo no hacía lo suyo, esas parábolas jamás serían interpretadas, develadas, reveladas y encarnadas. Que es, voy a decirle, lo que está ocurriendo hoy en una gran parte de lo que conocemos como iglesia. A los que están fuera, por parábolas todas las cosas.
(13) Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros.
La iglesia juzga, -es decir, administra medidas disciplinarias-, a quienes forman parte de la comunidad de creyentes; Dios juzga al mundo. La moral cristiana nunca puede ser exitosamente impuesta al mundo y eso no puede ser nuestra misión. Dice: quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros. Que justamente es una cita que se repite nueve veces en el libro de Deuteronomio como principio inexcusable para el pueblo de Dios, y que se aplica directamente a los casos de incesto, que es de lo que hemos estado hablando en lo literal, e indirectamente también a todo fermento de maldad en nuestras vidas, porque el objetivo de ese procedimiento es redimir y restaurar, nunca castigar.