El 28 de Setiembre de 1996 tuve ocasión de dar un estudio por la emisora donde en ese momento tenía un programa, que pese a tratarse de un tema medianamente difundido por los predicadores de la época, produjo una mini-revolución interna en muchos oyentes.
Ellos no me llamaron, -esta vez-, para felicitarme, decirme cosas bonitas o pedirme la copia grabada del estudio, (En aquellos tiempos, todavía en los mitológicos casetes). Ellos me llamaron para decirme que lo dicho y expuesto los había tocado, abrumado, acongojado y, finalmente, liberado.
No me gusta repetir los temas porque el Espíritu Santo jamás lo hace, pero creo que ha llegado el momento de renovarlo, de aggiornarlo con conceptos nuevos aprendidos de la misma vida, y añadiéndole todo lo que en estos últimos quince años he incorporado sobre al mismo asunto.
Cuando se habla de bendición, se habla de arrepentimiento. Y cuando se habla de arrepentimiento, inexorablemente, se habla de perdón. Porque sin arrepentimiento no hay perdón, y sin perdón no hay redención. Entonces, la pregunta lógica, es: ¿Qué hay de mi perdón?
No hablo del perdón que debo recibir luego de mi sincero arrepentimiento, ese es seguro. Viene de Dios, no hay costo ni condicionamiento, sólo el arrepentimiento previo. Hablo del otro perdón, del que debo dar a los que me ofendieron o el que me deben dar los que ofendí. De ese perdón quiero hablar. ¿Otra vez? Sí, otra vez, y todas las que sean necesarias, hasta que entiendas que sin perdón no hay paz.
¿Estamos hablando, tal vez, de una paz nacional o internacional? Ni lo sueñes, aunque podría incluirla, claro. Te estoy hablando de tu paz interior, de esa que te permite o no te permite, -por ejemplo- dormir tranquilo toda la noche.
Y quiero llevarte a un pasaje del Libro del Apocalipsis, en el que se habla del momento en donde Satanás es lanzado del cielo y se proclama la victoria de los hijos de Dios, del remanente santo que milita en el Reino de la luz. Escúchalo con cuidado, léelo al mismo tiempo que yo en tu Biblia y verás que va a revelarte mucho más de lo que yo te diga.
(Apocalipsis 12: 7) = Después hubo una gran batalla en el cielo; Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; (No me interesan las interpretaciones tradicionales ni dispensacionalista, no doy clase de teología. Cuando digo dragón es Satanás, y significa algo que tiene su poder en la boca. Cuando digo ángeles es mensajero, y tiene que ver con los que hablan lo que ordena la boca del dragón.) (8) pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. (Eso para que no se te olvide que Satanás no nació en el infierno, nació en el cielo. No sé si alcanzas a entenderme).
(9) Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.
(10) entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.
(11) Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.
Quiero que tengas algo bien en claro: estamos hablando de victoria. Y quiero que veas, en este pasaje, y esencialmente en el último versículo, los tres componentes casi básicos de esa victoria. Componentes que te conviene anotar para luego incorporarlo a lo que oigas.
El primer componente que encontramos es inamovible por una sencilla razón: es perfecto: la sangre de Cristo. Porque ella nos da acceso a la familia de Dios y también derecho legítimo a todas las promesas que están en la Biblia escritas para nosotros.
Satanás no va ni siquiera a plantearse atacar a ese primer componente porque es perfecto, y donde hay perfección divina, (Porque la perfección solamente puede ser divina), él no tiene entrada. La sangre de Cristo le costó todo a él, así que con ella no se mete. Pero sí se mete con el segundo componente.
Porque fíjate que dice aquí que para que la cosa funcione, a la sangre de Cristo hay que agregarle la palabra de nuestro testimonio. Y no te estoy hablando de nuestro testimonio, ese que si es bueno habremos contado en todas las campañas evangelísticas. Eso, créeme, no alcanza.
Te está diciendo que es la palabra del testimonio, un hecho que de ninguna manera será meramente formal o ritual. Porque se trata ni más ni menos que salir y decirle a Satanás en sus narices que lo que él está viendo y usa para acusarnos es mentira, porque por la sangre de Cristo está perdonado y redimido. Aquí, si quieres, le puedes añadir ese asunto que todavía crees no tener resuelto. Decláralo.
Y luego hay que morir a la carne. ¿Y qué cosa es morir a la carne? Ni se te ocurra agredirte o flagelarte, no funciona así. Morir a la carne es menospreciar la vida y poder decir como Pablo enseña en Gálatas 2:20: Ya no vivo yo, más Cristo vive en mí. Y lo que ahora vivo, lo vivo en el poder del Hijo de Dios, que murió y se entregó por mí.
Vamos a los hechos concretos. Es muy posible que toda esta semana el diablo te haya estado mintiendo. Y cuando digo “diablo”, recuerda, no estoy hablando directa o necesariamente de Satanás, sino que ese adjetivo incluye a todos sus ministros representantes, ya sea espiritual o humano.
¿Y cómo te puede estar mintiendo ese espíritu usado por Satanás? Te puede estar diciendo: “ Tu marido no se va a convertir nunca, tus hijos no van a volver al Señor, tu empresa o tu negocio va a andar mal, quizás pierdas tu trabajo, esto se va a poner cada vez peor” . Basta; son mentiras, ¿Ok?
Si eres de Cristo como dices, es necesario que creas que todo eso es mentira. Si te crees que algo de eso es verdad, dejas de ser de Cristo y pasas a ser de… ¿Está claro, no? Porque él a veces miente tanto que comenzamos a creerle, al menos, una parte de esa mentira.
Pero la Biblia dice que la manera de derrotarlo a él, es: después de saber lo que la sangre nos dio, decirle la palabra de nuestro testimonio. ¿Cuál es? Por ejemplo, esta: “Diablo; no es verdad que mi familia no va a venir a Cristo, porque escrito está, que si yo creyere en el Señor, yo y toda mi casa seremos salvos. Hoy, aquí y ahora, yo creo, tomo y activo esa promesa para que se haga realidad en mi vida.”
Otro ejemplo, en otra área muy delicada, es: “Diablo: no voy a creerte porque no es verdad que no vamos a tener para vivir. Porque escrito está que Dios me dará el pan cotidiano”. Y así en todo, hablándole la verdad en la cara, así es como –dice esta Palabra- que lo derrotamos.
Pero va a ser necesario que prestemos mucha atención a la forma en que oramos. Y mucho más si dentro de esa oración decidimos cantarle cuatro verdades al diablo. No seamos como niños asustados con cuentos de tías oscuras. Seamos como hombres y mujeres bien plantados en Cristo.
No podemos de ninguna manera decir: “¡Ay, señor diablo, lamento tener que decirle esto! ¡No!”. Despliega toda autoridad, dile quién eres y quiénes somos. ¡En el nombre del Señor Jesucristo! Con autoridad, rompiendo todo poder del diablo y siendo usados por el poder de Dios como canal, para aquellos que están más bajos o más perforados.
(2 Corintios 6: 1) = Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios.
Lo más inteligente que puedes hacer, antes de iniciar absolutamente nada, es pedirle al Espíritu Santo, que es tu único maestro y guía a toda verdad, que te enseñe. Si con el correr de los tiempos has dudado sobre hombres, ministerios o revelaciones personales de tiempo atrás, no copies formas ni textos, pero habla con la verdad.
No es necesario que cuando quieras orar y buscar al Espíritu Santo lo hagas diciéndole Bienvenido ni lo saludes con un Buenos Días, de acuerdo, pero dile a ese maestro algo como para que él sepa que tú también amas, crees y confías en esa llamada Tercera Persona de la Trinidad.
Ora fuerte y concreto para que esta palabra y esta enseñanza sean de bendición, capacitación y maduración para tu vida, pero recuerda algo muy pero muy importante, y no digas luego que nadie te lo dijo: yo, Néstor, no soy tu maestro; el Espíritu Santo de Dios es tu maestro. Yo, en todo caso, apenas soy su ayudante, su instrumento, siempre y cuando me mantenga en obediencia.
Ahora bien; ¿Qué dice esta palabra que Pablo le escribe a los Corintios? Dice, esencialmente, que no recibamos la gracia de Dios en vano. Muy bien, ¿Y qué quiere decir, exactamente, eso? Para muchos que han aprendido y creen fielmente que la gracia de Dios no se puede resistir, ¿Cómo hago para que me entienda que podemos llegar a recibirla en vano?
No lo sé, no sé cómo decírselo para que me crea; son años y años creyendo y respaldando una enseñanza errónea. ¿Errónea? ¿Y cómo prueba usted, hermano, que la enseñanza de no resistencia a la gracia de Dios es errónea? No tengo que probarlo, lo acabas de leer conmigo.
Además, todos sabemos que el diablo tiene como arma esencial al pecado, y él cree que mientras más se usa el pecado, más está ganando. Pero él no entiende, (Porque nadie le predicó), que cuando el pecado abunda, la gracia de Dios sobreabunda. O sea que Dios lo deja alejarse, lo deja ir un poco adelante, pero después le gana total y ampliamente con la gracia.
Porque Dios es quien da gracia, y no hay diablo que pueda frenar de ningún modo que Dios dé gracia. Ahora bien; lo que el diablo sí que puede hacer, -y suele hacerlo-, es que después que Dios te la dio, te dice: “¡Ah! ¿La recibiste? ¡Qué bien! Pero para esto no te sirve, ¿Eh?”
Por esa razón es que hay muchos creyentes que reciben la gracia y no pueden disfrutarla, porque le creen al diablo cuando él les dice que esa gracia será buena para irte al cielo, porque así está escrito, pero que no te es útil para hoy.
Y entonces te añade en su mentira enredada pero bien armada, que así como vas, vas a tener que estar en un infierno permanente hasta que ese gran día llegue. Y, lamentablemente, miles de vida arruinadas por el descreimiento y la frustración nos están diciendo que la estrategia le sigue dando resultados.
Pero lo cierto es que tú no vas a estar hoy en ningún infierno terrenal como pago por la vida eterna con Dios futura, ni lo pienses. Dios te da una gracia plena y entera. Créelo y disfrútalo. Y no le creas al diablo que siempre tratará de fraccionarla: para esto sí, para aquello otro, no.
Entonces, aunque la hayamos recibido, la recibimos en vano, porque es como si tú te estuvieras muriendo de pulmonía, y te quedaran dos días, y tus pulmones estuvieran tomados, y a menos que tomes un buen antibiótico no vas a salir; y alguien viene y te da una caja de antibiótico correcto para el diagnóstico, pero tú en lugar de tomarlo lo colocas sobre tu mesa de luz, no lo tomas y, a los dos días, te moriste. Recibiste el antibiótico en vano; lo tenías allí, pero no lo tomaste. ¿Se entiende?
Esto es lo que ocurre aquí. Y una de las áreas donde la gracia de Dios es tomada en vano, es en el área de los pecados que otros cometen contra nosotros. Casi todos nos creemos, -Dios quisiera que todos-, que el pecado que tú cometes, cuando tú te arrepientes, Dios lo perdona.
Dios perdona el pecado y limpia la maldad, eso está más claro que el agua. Pero donde se tiene una enorme dificultad para creer, es en que si otra persona peca contra tuyo, a menos que esa persona se arrepienta, tú estarías como condenado a vivir perpetuamente con esa carga y sus consecuencias.
Así es que hay mujeres cuyos maridos las han engañado con otra mujer, y como ellos no se han arrepentido de ese pecado, están convencidas que ese matrimonio ya no puede ser restaurado. Es complicado, pero sí se puede.
O hay hijos que se han apartado, (Y no hablo de ir a una iglesia, hablo del camino de la fe), y han traicionado a los padres, y dicen: “Y bueno, hasta que él no vuelva al Señor”… Y no nos damos cuenta que la gracia que Dios nos ha dado es más que suficiente para revertir el proceso gangrenoso que inició el pecado.
Es allí donde, un poco por ignorancia y otro poco por –oh paradoja- por legalismo, nos entregamos y decimos: “Y bueno…en los pecados que yo cometo, yo pido perdón, pero en el que cometen los otros, lo único que puedo hacer es orar para que se arrepientan. Mientras tanto, -concluyen- vivo con las consecuencias.”
Es por eso que el diablo procura, en lo más temprano de nuestro caminar con Cristo, de lastimarnos dura y cruelmente, por medio de alguien a quien amamos o respetamos, (Una madre, un padre, un abuelo, un pastor, un líder espiritual), porque cuando nos lastima temprano, esa lastimadura nos marca para el resto de la vida, si no entendemos que tenemos el poder de tornar lo malo en bueno.
Y esas lastimaduras se repiten permanentemente. Una vez alguien ya muy maduro en años, manifestaba su pena por cierto problema que había vivido, y en un momento dado le pregunté cuánto tiempo hacía que había sucedido eso.
“Cincuenta años”, fue la respuesta. ¿Cincuenta años y lloraba como si hubiera sido esta mañana? Todavía estaba cautivo, porque la maldad y el enojo, cuando nos hieren, hacen que nos enojemos mucho y que nos amarguemos muchísimo más. Se repite permanentemente.
Ahora presta atención porque te hago una pregunta: ¿Alguna vez alguien te lastimó profundamente? Sí, ya sé, es una pregunta algo tonta. Hay miles de ustedes que ahora mismo saldrían volando para Argentina, llegarían a mi ciudad, vendrían a mi casa, se sentarían frente a mí y no nos alcanzaría todo este tiempo para escucharlo ni para contarlo, ¿No es cierto?
Muy bien; ya que te has acordado con tanta rapidez y con tanta nitidez de ese asunto, debe ser porque eso te sucedió esta mañana temprano, o ayer a más tardar, ¿No es así? No. Pasó hace mucho tiempo. Pero pasa todos los días, porque todos los días nos acordamos, y es como si todos los días nos hicieran lo mismo.
Mira; a menos que la gracia de Dios revierta eso, vamos a vivir en un infierno. Una mujer, cuando muy joven, había sido atacada y violada por un desconocido. Pasaron muchos años, pero esa mujer, aunque fue creciendo en edad y madurando, aun casándose y teniendo hijos, cada noche –en sus pensamientos- era violada una y otra vez por aquel desconocido. Infierno.
Por eso, hermana, hermano, amiga o amigo que me estás escuchando, deja que el Espíritu Santo te influya esperanza. Que eso que te ha estado atormentando por tantos años, hoy se termine. Ahora, en este mismo momento, no importa la distancia en tiempo y horario que haya entre tú y yo. Hoy Dios va a tomar eso tan terrible y va a convertirlo en bendición. ¿Puedes creerlo? Decláralo en voz alta.
(2 Corintios 5: 17) = De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.
Quiero hacerte otra pregunta, casi sin anestesia previa: ¿En qué momento comenzaron en tu vida las cosas nuevas? Si la respuesta que estás pensando es: “Desde el momento de mi conversión”, entonces déjame decirte que has recibido la gracia de Dios en vano.
Porque cuando uno cree que las cosas nuevas empiezan desde el momento de la conversión hacia adelante, tiene un problema más que serio con su pasado. Y es allí donde vive diciendo cosas que de ninguna manera bendicen, sino más bien todo lo contrario. Cosas así, por ejemplo:
“¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no te conocí veinte años antes? Desde que te conocí todo es maravilloso, Señor, pero antes de conocerte mi vida estuvo tan marcada por el pecado, que ahora todo esto nuevo y hermoso, está creciendo a la sombra de aquello viejo y odioso.”
Entonces ocurre algo singular: tenemos en una mano una bolsa de cosas nuevas que le mostramos a todos, Ahí decimos alegremente, casi con euforia de templo dominguero: ¡Miren lo que Cristo me dio! En la otra mano, mientras tanto, tratamos de esconder una bolsa con las cosas viejas que no queremos que nadie sepa.
Hay gente muy valiosa, a la que Dios ha llamado sin ninguna duda al ministerio, y la ha ungido grandemente para eso, que a la hora de ejecutar las cosas, dice: “¡Ah, yo haría de mil amores todo esto, pero no puedo por mi pasado! ¿Entiendes?” Sí, entiendo; estás atado. ¡Desátate!
Creemos, (Y muchas enseñanzas recibidas, lamentablemente, lo han corroborado), que Dios nos salvó desde un punto hacia adelante, pero la realidad es que Dios no nos salvó desde el momento de la conversión hacia adelante, es un error; no sólo teológico, sino muy grave.
Dios salvó la totalidad de nuestra vida, y para hacer eso, hay que ir a la fracción de segundo en donde la vida comenzó. Y ese es el momento de la concepción. Ni siquiera el del nacimiento o el de la gestación: El de la concepción.
¿Por qué? Simple. O no tan simple, pero sí muy claro y conciso. En el momento de la concepción, cuando nuestra carne comienza a formarse embriónicamente, es cuando comienzan las cosas viejas, ¿Estás entendiendo? Ahora, si quieres, ve y participa de las marchas pro-aborto de tu país, eres libre. Pero ya lo sabes.
Por ejemplo: gente que experimenta rechazo; se sienten rechazados. Se buscan causas, y ahí vamos: padre, madre, tíos, abuelos, nada. No pueden sentirse aceptados. La pregunta, entonces, es: ¿Eres el fruto de un embarazo buscado, esperado, ansiado?
Y ahí viene el drama. Y algunas respuestas más o menos como esta: “Soy hijo de madre soltera, de una relación adúltera o clandestina, de la prostitución, de la fornicación, o de la hipocresía.” ¿Qué pasó? Pasó, quizás, algo que en principio fue un asunto casi desapercibido, pero que con el tiempo adquiere importancia.
Es probable que cuando ese bebé, completo pero sin desarrollarse, estaba en el vientre de la madre, a las dos o tres semanas de edad embrionari9a, la mamá dijo en voz alta: “¡Ojalá no esté embarazada! ¡Odiaría estar embarazada! ¡No quiero un bebé ahora! ¡Si es que está allí, ojalá lo pierda!”
Y aunque nunca le vio la cara, todavía, ya fue canal de la primera mala obra. Y si esa persona se convierte a los diez años, a los veinte años, a los treinta años, y las obras nuevas empiezan de ahí para adelante, va a vivir toda la vida en un espíritu de rechazo, porque la gracia de Dios que era suficiente para restaurar eso, él no la deja volver para atrás.
Escucha al Espíritu Santo. La gracia de Dios entró a tu vida en el momento de la conversión. A cualquiera edad que ella se haya decidido, pero ni bien entró hizo un giro a la izquierda y fue hasta el mismo comienzo de tu vida, tomando cada cosa vieja y convirtiéndola en una cosa nueva.
Veamos: un segundo antes de la conversión, ¿Qué porcentaje de cosas son viejas en tu corazón? Ciento por ciento, todas. ¿De dónde salieron las cosas nuevas? Y aquí va la buena noticia, escucha al Espíritu Santo.
De las cosas viejas, que al envolverle gracia, Dios las convierte en cosas nuevas. El principio-eje, aquí, es que l o que el diablo planeó para mal, Dios lo usa para bien. Que lo más terrible que te ocurrió o que hiciste, va a ser lo más precioso para tu vida una vez que le apliques la gracia de Dios.
Por ejemplo: Pablo era el perseguidor de la iglesia, ese era su pecado mayor. Cuando la gracia de Dios lo toca, Saulo el perseguidor, se convierte en Pablo, el edificador de la iglesia. ¿De dónde salió el edificador?
Del celo del destructor, porque la gracia de Dios lo envolvió. Deja que el Espíritu Santo quite un poco la anestesia de esa cosa terrible que hiciste o que te hicieron. De eso que no quieres recordar, ni siquiera pensar.
De eso que has protegido celosamente por años, diciendo: “¡No quiero ni siquiera hablar de eso!”. Déjala allí y ahora, a la luz del Espíritu, mírala. A eso tan terrible que te hicieron o que hiciste, hoy le vas a aplicar gracia, y va a pasar a ser una bendición. ¿Puedes creerlo? ¡Debes creerlo!
Ahora, pregunto: ¿Por qué no entendemos esto? Porque somos individualistas en lugar de ser colectivistas en nuestra manera de pensar. En la Biblia hay muy pocos versículos dirigidos a una sola persona; la gran mayoría de versículos están dirigidos a un pueblo, a un grupo.
Entonces, cuando Pablo le dice al carcelero de Filipos: “Cree en el Señor Jesucristo y tú, y toda tu casa, serán salvos”, nosotros creemos que él creyó, que fue salvo, y que caminó a la casa diciendo: “Bueno, mira Pablo, si le vas a hablar del evangelio a mi mujer, trata de sensibilizarla por el lado de los niños, porque por allí se va a aflojar.”
¡¡NO!! En el momento preciso en que el carcelero creyó, toda su familia fue salva. Dios opera colectivamente en muchas cosas. A veces, Dios ha castigado o bendecido a toda una nación, a toda una tribu, o a toda una familia, por el pecado o por la obediencia de una persona.
Entonces, como no entendemos esto, porque nuestra teología occidental individualista nos ha dicho que tiene que ser una decisión personal, lo cual es verdad, pero no es toda la verdad, yo, cuando recibí la gracia, puedo ser el conducto de la gracia para tocar a todo el grupo familiar o social del cual formo parte.
Entonces nos limitamos. “Yo me salvé, gracias a Dios, voy al cielo y ahora oro para que los otros se arrepientan y, el día que se arrepientan, arreglemos este asunto. Pero eso no toma en cuenta la dinámica del pecado y de la gracia. El pecado es corporativo o colectivo en sus consecuencias. Una persona lo comete, muchas sufren las consecuencias. (Adulterio; cónyuge, padres, suegros, hijos, hermanos, etc.)
Si el remedio de Dios para el pecado es la gracia, tiene que ser corporativo, colectivo, para que sea efectivo en sus beneficios. De manera que cuando el pecador se arrepiente, Dios no sólo lo perdona del pecado, sino que también lo limpia de toda la maldad que desparramó a otros con ese pecado.
Cuando Dios te salvó a ti, Él quiso salvarte a ti y, por medio tuyo, ser un conductor para bendecir a todos los que te maldijeron con algún pecado o con alguna actitud terrible. Algunos dirán: “Bueno, hermano…pero si es así de fácil, ¿Por qué duele tanto?
¿Por qué, si pasó hace tanto tiempo, no me lo puedo quitar de encima? Y la razón para eso, es: (Y tengo que decir con cariño porque no quiero herir, pero sin vacilar porque no puedo engañar); la razón por la que ese pecado que ocurrió hace tanto tiempo duele todavía, es porque no le has aplicado gracia.
Y un pecado al cual no se le aplicó gracia, es activo en vez de pasivo, y la paga del pecado es muerte. Tú me puedes decir: “Bueno, pero de ese pecado se tiene que arrepentir el que lo cometió”. Sí, de última, sí. Pero en el aspecto en que te rozó o te tocó a ti, tú tienes el privilegio de remitir ese pecado. Y eso se hace viendo a esa persona, no en la carne sino en Cristo.
(2 Corintios 5: 16) = De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aún si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así.
¿Qué quiere decir? Pablo dice: cuando yo veo a una persona, no lo veo como un pecador, perdido, perverso, un asesino, lo veo como alguien que en Cristo está perdonado, pero que todavía no lo sabe. Es clave pensar así, es mucho mejor mostrarlo.
Ahora vamos a ver el caso de aquel que te hizo tanto daño; alguien que te violó, alguien que te engaño, alguien que te robó. Ese pecado está activo en el sentido de que esa persona no se arrepintió, pero también está activo en el sentido que tú no lo has perdonado.
Y la razón por la cual no podemos perdonar, es porque el diablo nos dice: “¡Ah, no! ¡No puedes perdonarlo hasta que él no se arrepienta!”, lo cual es una mentira, porque el pecado que te cometió a ti, a ese, sólo tú lo puedes perdonar, ¿Puedes entenderlo?
Pero la otra causa es lo que vemos en la carne y no en Cristo. En Cristo, ese pecado ya está perdonado. Y si uno puede verlo en Cristo, puede verlo perdonado. Un ejemplo: un hombre va con su familia, en su auto, por una autopista. Por allí la menor de las hijas da un grito: ¡Una abeja, papá! ¡Entró una abeja! ¡Me va a picar!
El padre empieza a conducir con un ojo en la ruta y otro en la abeja, hasta que por allí con un manotazo, la atrapa. Obviamente, la abeja lo pica. Se muerde los labios porque la cosa duele un poco pero, tomándola por las alas, se la muestra a la nena. La nena sigue gritando: ¡No, no, sácala de allí, me va a picar! Entonces el padre le dice: No, ya no te puede picar ti, porque ya me picó a mí.
Ese pecado atroz que una vez se cometió contra ti, es una abeja que ya picó a Cristo. Ya lo llevó Él. De manera que tú, ahora, puedes ver a esa persona y dejar que la gracia de Dios entre en tu vida, visite tu pasado, y toque a cada persona, a cada individuo, y que tú digas: Padre, los perdono y los bendigo, y al hacer eso, desactivas el pecado, y el pecado deja de ser muerte y pasa a ser vida, porque el pecado cuando se encuentra con la gracia, se convierte en bendición.
Hay un ejemplo práctico que puedo darte. Es mucha la gente que luce cruces de distinto tamaño y calidad en su persona. Las lleva en el cuello, las imprime en sus Biblias, las cuelgan en las paredes, las instalan sobre los templos.
Sin embargo, antes que Cristo muriera, nadie iba siquiera a pensar en regalarle una cruz a alguien, porque la cruz era un símbolo de maldición. Entonces, ¿Por qué ahora es un símbolo de bendición? Porque el pecado más horrendo jamás cometido en esta tierra, fue cometido usando una cruz.
Cuando lo peor del mundo, con lo peor del infierno, crucificó lo mejor del cielo, en la cruz. Y cuando ese pecado se materializó y se convirtió en el peor y más grande de todos, Jesús aplicó gracia y dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Y la cruz, que era una maldición, pasó a ser una bendición.
Deja que el Espíritu te hable en este día. Deja que el Espíritu te abra los ojos. Que la gracia no es ni sosa, ni floja, ni algo que se derrite. La gracia es el arma más poderosa que el hombre y la mujer tienen sobre la tierra. La gracia vence la maldad. Otorgar gracia no es aguantar, es cambiar.
En Colosenses 2:14, dice que Jesús, estando colgado en la cruz, anuló el acta de los decretos que el diablo tenía con nosotros. El diablo lo atacaba y decía: “Tú no puedes hacer eso”. ¿No puedo? Mírame. Y la clava en la cruz; y derrama la sangre; y escribe: Perdonados.
Y el diablo le dice: “No puedes hacer eso, es contra los reglamentos”. Y Dios desde el cielo habló, y dijo: “acabo de cambiar los reglamentos”. Y el diablo dijo: “¿Qué nuevo reglamento es este?” Se llama Gracia.
¿Y cómo nunca supe nada? Porque estaba escondida en Cristo, mi unigénito Hijo, y estaba esperando que lo colgaras en la cruz y cortaras el costado y fluyera la sangre del Hijo Santo de Dios, y cuando la sangre del Hijo Santo de Dios fluyó, pagó el precio por los pecados; y ahora son míos, no tuyos.
Deja que el Espíritu te hable; que esto no se trata de aguantar y ver qué pasa. Esto se trata de darle un puntapié en los dientes al diablo; esto se trata de tomar la maldad que se ha hecho contra ti y transformarla en bendición, golpeando a aquel que nos ha engañado. ¡Cristo lo hizo en la cruz!
Sé lo que estás pensando al escuchar esto. Estás pensando que sí, que es verdad, que teológicamente estás total y absolutamente de acuerdo, y que todo está muy bien, pero que en definitiva yo soy solamente un ser humano…
En Hechos 7, versos 37 en adelante, hay una historia que tú seguramente conoces de memoria. Un joven llamado Esteban predicando, lleno del Espíritu Santo; su rostro, el rostro de un ángel. Él mira para arriba y ve los cielos abiertos.
Y ve al Padre, y al Hijo. Pero la multitud no quiere escuchar, y decide pecar contra él. Se cubren sus oídos y lo atacan, y lo empujan, y el cae por un precipicio. Y cae al fondo, y cuando mira para arriba, ve a un hombre totalmente endemoniado, un sujeto de nombre Saulo, de la ciudad de Tarso, que le está diciendo a todo el mundo:
“Agarren la piedra más grande y mátenlo como a una víbora, como a un gusano. Y cada vez que Esteban mira para arriba, ve el odio, el pecado y las rocas que le rompen los huesos, le quiebran las costillas, le perforan el pulmón; y se entra a ahogar en su propia sangre.
Y cuando mira para arriba, ve los cielos abiertos. Pero Jesús no está sentado a la diestra del Padre intercediendo, está de pie. Y muchos teólogos interpretan esto como una posición de juicio, porque Israel estaba cometiendo el pecado imperdonable, estaba rechazando al Espíritu Santo.
Y cuando ve tanto pecado, Esteban no se aguanta y, con el último hálito, dice: “Padre; no le tomes en cuenta este pecado, y envuelve gracia”. Dos capítulos más tarde, Saulo de Tarso se convierte en Pablo de Antioquía. Nadie lo guía al Señor, nadie ora por él, porque ya lo había hecho Esteban cuando él lo cubre con la gracia.
Deja que Dios te hable ahora. Deja que el Espíritu Santo te convenza que ese Saulo de Tarso que te está torturando, que te está persiguiendo, que te ataca, que te deprime, que hace que digas: “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”. Ese Saulo, hoy se va a convertir en Pablo de Antioquía, porque tú tienes en tus manos el poder, de poder convertir al pecado en un trofeo de la gracia de Dios.
Cuando vivimos una experiencia dolorosa, generalmente nos formulamos una pregunta: ¿Por qué? Bueno, esa es la pregunta favorita del diablo. Nadie te puede contestar esa pregunta porque, para hacerlo, habría que ser Dios.
Pero puedes cambiarla por otra: ¿Para qué? Porque hay un propósito en la miseria que te tocó vivir. Y porque si hay un propósito, la miseria no es tan miseria. Si una mujer tiene dolor de muelas a las dos de la madrugada, es una catástrofe. Pero si tiene dolores de parto a las dos de la madrugada, es una buena noticia. Porque mientras más fuerte y continuo es ese dolor, más se acerca el propósito de ese dolor.
Deja que el Espíritu te muestre ese mal que alguien te hizo, o que tú te has hecho a ti mismo. Y que hoy apliques la gracia de Dios. Tú me puedes decir que no funciona, que ya estuvieron orando por ti, que te impusieron las manos y te caíste al suelo, y así y todo el enojo sigue y la bronca continúa, que no se han ido.
Déjame explicarte algo. Adentro tuyo hay dos círculos. Uno llamado Emociones, y el otro Convicciones. Las emociones son lo que tú sientes y no tienes control sobre eso. Por eso el enojo va a volver, no lo puedes controlar.
Pero sí puedes controlar lo que entra en el círculo de las Convicciones. Una convicción es algo que tú crees porque Dios dice que es verdad. Y cuando venga el enojo, no lo niegues, pero confiesa lo que crees.
Es como ir conduciendo en una calle de doble circulación, y a la noche un grupo de muchachos viene con una camioneta con faroles arriba, que te los encienden y te encandilan. No tienes control. Quieres apagarlos y no puedes. ¿Cómo sobrevives a eso? Miras a la derecha y buscas una línea blanca en el piso, y olvidándote de las luces y mirando la línea, conduces hasta que las luces pasan.
Las luces son tus emociones. La línea blanca es lo que hoy edificas aquí. No digo la fecha para que esto que hoy estoy grabando pueda ser útil siempre. Toma la fecha de hoy, de este momento, y recuérdala siempre. Cuando las luces lleguen, la línea blanca dirá: Tal día, de Tal mes, y a Tal hora, a eso, ya lo perdoné.
Considera lo que el Espíritu está haciendo hoy, ahora, en este día y momento. ¿Te das cuenta que hoy puedes aplicar la gracia de Dios a tu vida o a la vida de otro? Y si la vas a aplicar, te pido que ya mismo, sin perder tiempo, lo hagas.
El diablo teme que lo hagas, sin duda, pero lo vas a hacer. Toma autoridad ahora mismo sobre todo poder del enemigo y, bajo la sangre de Cristo, ata a todos los demonios mentirosos y repréndelos en el nombre de Jesús.
Y ahora declárate libre. Y si estás dispuesto a perdonar, haz lo que sientas: arrodíllate, cierra tus ojos, agárrate del elemento por el cual me estás oyendo, haz lo que en este momento tengas deseos de hacer, sin buscar métodos ni fórmulas.
Ahora di con una voz lo suficientemente alta como para que te oigan todos los demonios, y lo suficientemente baja como para que tus vecinos no crean que te has vuelto rematadamente loco, tu decisión unilateral e inevitable.
Di: “Sí Señor, yo hoy bendigo, yo hoy libero, yo hoy aplico gracia a ese terrible pecado. Y si sientes que desde tu pecho comienza a subir ese dolor que tanto conoces, déjalo. Ese dolor ahora está subiendo, pero para irse definitivamente. Di con toda tu voz tu decisión. Hoy, yo voy a perdonar.
Padre Dios: que se sepa, en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, que hoy, en este día, y a esta hora, yo perdono, y bendigo, a los que me maldijeron, a los que me abandonaron, a los que me hirieron, que se sepa, en el cielo y en la tierra, y sobre todo, en el infierno, que hoy perdono, bendigo, libero, pido prosperidad, y declaro, que cuando el pecado abunda, la gracia de Dios, la gracia de Dios, sobreabunda, y soy libre, y declaro libres, a los que me esclavizaron, y los bendigo, en el nombre de Jesús, Amén.
Listo. Ahora estamos uno a cero. Estamos ganando uno a cero, lo cual significa que nos pueden empatar. Entonces, ¿Quieres pasar a ganar dos tantos por cero? Si confiesas algo con tu boca, lo sellas; así que ahora, ni bien termines de oír esto, sal y busca a alguien a quien decirle que hoy has podido perdonar a alguien que te había herido.
Y cuando vuelva el enojo, (Porque el diablo va a intentar seguramente meterlo de nuevo en tu mente), usa ese momento para orar por aquella persona. Y si satanás te sigue molestando demasiado, dile simplemente que si él insiste en recordarte tu pasado, tú vas a comenzar ahora a recordarle su futuro.