De la gente que normalmente concurre a una iglesia, existen dos clases: los que aman a Jesús, y los que creen y tienen mucha información acerca de Él. Dejo afuera a los infiltrados porque ellos no son iglesia, no son trigo, son cizaña. Para los que aman a Jesús, aliento, respaldo; a los otros, exhortación, enseñanza, paciencia. No se olvide usted que Jesús les dijo que eran la luz del mundo y la sal de la tierra a un grupo de harapientos rotosos mugrientos que por primera vez escuchaban algo parecido a un halago. Y todo porque habían empezado a amar a ese hombre tan raro, tan singular.
(2 Pedro 1: 3)= Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad,
Observe que el primer párrafo de este verso, está hablando de dos niveles distintos de nuestra existencia: la vida y la piedad. La vida, propiamente dicha, se conforma de todas las circunstancias y vicisitudes que experimentamos: Mamá, papá, nuestros hermanos de sangre, la escuela, los vecinos, el trabajo, la iglesia, nuestros hermanos en la fe, el pastor. En fin; la vida. Lo que uno necesita para vivir, para existir, para sentir que es alguien que está en esa vida precisamente por algo y, lo que es mucho más importante, para algo. Porque la vida, al hombre, se le ha dado para que la viva en plenitud y no de una manera pobre, mediocre o más o menos. Esto no es vida, es una subsistencia que no habrá de significar nada ni para quien la vive ni para quien la ve vivir. La pregunta, es: ¿Es usted feliz? La respuesta se la dejo, usted sabrá. Pero le puedo decir que es mucha la gente que no es feliz simplemente porque no se realiza, porque siente y sabe que no cumple su objetivo.
Se sienten así porque nunca logran metas claras y porque generalmente no saben para donde van. Son seres que están a la deriva, de aquí para allá, para donde los lleva el viento. Naturalmente, estamos hablando de una persona que quiere vivir bien, de una persona que está satisfecha de lo que está haciendo, de una persona que está contenta porque, cada vez que finaliza un día, puede decir que ese fue un buen día, que ha valido la pena vivirlo y que se siente realizado porque lo vivió, que se va a dormir con la tranquilidad y con la confianza de que ha logrado lo que se había propuesto. Dice que todas las cosas le pertenecen a esa vida y también a la piedad. Entonces la inexorable pregunta, será: ¿Y qué es la piedad?
La piedad, en contraposición de lo que nuestras tradiciones idiomáticas nos puedan haber enseñado, es la vida espiritual. Un hombre Pío es un hombre que camina por y en el Espíritu. Un hombre impío, por contrapartida, es aquel que no presta atención a esa presencia sobrenatural en su vida. Como si fuera poco vivir lo que nos cuesta vivir, debemos vivir una vida espiritual. Como si fuera poco aguantar que como padres, por allí, nos vamos haciendo viejos y, a veces, no logramos entender los códigos de la gente más joven. La abuelita que no resiste la tentación y que, por allí, le pega un soberano reto a alguno de sus nietos por nada. Los maestros, los profesores, los estudios. Y que nos falta dinero y que deseamos hacer un viaje y no podemos, en fin: la vida. Y como si fuera poco vivir esa vida, vamos a la iglesia y allí nos dicen: ¡Tienes que vivir en santidad! ¡Tienes que ayudar a las misiones! ¡Tienes que orar más! ¡Tienes que testificar! Ya la vida, de por sí, es una suma de esforzados trabajos y, encima, la iglesia, nos propone más trabajo todavía! La vida y la piedad.
Son, innegablemente, dos cosas que nos preocupan. Yo soy padre, soy esposo, tengo un trabajo, tengo una vida que vivir bastante complicada y, encima, tengo que vivir en santidad y pureza, tengo que orar, tengo que leer la Biblia, tengo que ayudar a los pobres. En fin: la piedad. Así que definimos a la vida como todas las circunstancias y contingencias, con sus vicisitudes, dificultades, desafíos, oportunidades, pruebas, luchas; esa es la vida. Y a la piedad la definimos como todas nuestras obligaciones espirituales: con Dios y con su iglesia.
Entonces, dice Pedro, como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad, nos han sido dadas por su divino poder. (Dice que nos han sido dadas. ¿Y qué es lo que se nos dio? Se nos dio todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad. ¿Y quién nos lo dio? Su divino poder. ¿Y cuándo nos lo dio? Ahí va:) Mediante el conocimiento de Aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. (¿Cuándo es, entonces? Cuando conocimos a Cristo. Ese día que conocimos a Cristo, accedimos a la promesa: En Cristo tenemos todo. Y dice más: Que nos llamó a su gloria y excelencia. El original griego de este pasaje, no dice que nos llamó POR su gloria, dice que nos llamó A gloria y excelencia.
Esto nos está diciendo, entonces, que no nos llamó a mediocridad. Yo no sé usted, pero a mí no me gusta en absoluto la mediocridad. ES decir: no me gusta para nada la gente que se deja pensar por otra gente sin usar la mente que Dios le ha dado precisamente para que piense. Somos cómodos. Y cuidado, no le estoy diciendo que no tengamos que ser dependientes del Señor, le estoy diciendo que no debemos ser dependientes de la manera de pensar de otros hombres. Eso es mediocridad. ¿Sabe cuánta gente cree que un determinado hombre podrá tomar decisiones que le competen, con mejor lucidez que ellos mismos? Eso es una incoherencia. Y es algo mucho peor cuando se financia desde el poder eclesiástico. ¿No tenemos usted y yo el mismo Espíritu Santo que nos guía a toda verdad? Entonces: ¿Por qué se supone que usted o yo estaremos “más cerca” de Dios como para tener mejor información? Mitología cristiana. Esta mediocridad de la que le estoy hablando, se da bastante dentro de nuestras iglesias bajo el barniz religioso de la sujeción. Sin embargo, a mí no me gusta la mediocridad, me gusta la excelencia. No digo exquisitez, digo excelencia. Porque a eso nos llamó Dios: a ser Excelentes. ¿Y por qué excelentes? Lo dice el contexto:
(Verso 4)= Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ella legaseis a ser participantes de la naturaleza divina.
Esto es excelencia: participar en la naturaleza divina. Ser como Jesús. Él es la meta. No hablo de Cristo, el Hijo de Dios; hablo de Jesús, el hijo de María, que es Dios, sí, pero encarnado en un hombre como usted y como yo. No sé cuando podremos llegar a esa meta, pero hacia allí apuntamos. Y el que apunta a ser como Jesús, está apuntándole a la excelencia. Nadie recibe este tesoro porque tenga un apellido ilustre, o porque sea tercera generación de evangélicos, o porque tenga la cultura de abuelos y padres pastores, o porque es muy vivo o porque es muy tonto. Nadie tiene abolengo eclesiástico como para recibir esto por ese motivo. Esos son inventos nuestros. Dice que lo recibimos porque Él nos eligió en la eternidad. Como iglesia, claro está. Nuestra única decisión, en todo caso, es si vamos a formar parte de esa iglesia o no, entiende?
Allí, detrás de este trabajo, leyéndolo, hay gente muy viva, muy sagaz, muy rápida e inteligente. Pero también hay gente medio “lenteja”, dura de entendederas. Hay gente con discapacidades externas: mudos, mancos, rengos, amputados, lisiados, inmóviles. Pero también hay gente con discapacidades internas, que son quizás las peores. Porque los llevan a pensar que son la resaca a de la resaca, de lo peor que anda por las iglesias. Bien: tengo buenas noticias. Estamos todos juntos, mezclados, distintos, con soberbias, con amarguras, con orgullos y complejos. Pero unidos, nos guste o no nos guste, por algo vital: a todos, como somos, nos conoció Dios desde antes de la fundación del mundo. De allí que no haya lugar para jactarnos ni gloriarnos. No somos carne podrida por gracia y misericordia de Dios, sólo por eso, y de ninguna manera por méritos propios. Todos. Ninguno, sea usted como sea, viva donde viva y tenga el aspecto que tenga. Porque lo que se ve es la caja, pero lo que retorna a Dios, es invisible. Se ven todos iguales y no se ve nada en ninguno.
La metodología que Dios elige, es una metodología muy rara, muy singular. Pero si uno lo piensa un poco, es casi hasta muy lógica. ¿Qué hará Dios para que yo pueda utilizar los recursos que su divino poder nos ha dado? ¿Cómo haré para identificarlos y cómo haré para utilizarlos? La metodología, entonces, que vendría a ser algo así como la palanca, el abrelatas de toda esta historia, está en el segundo texto que he compartido con usted: Él nos dio sus preciosas y grandísimas promesas. Esto, para todos los pueblos latinoamericanos especialmente, y muy en particular para nosotros los argentinos, nos resulta bastante complicado y difícil de creer. Es que estamos tan cansados de tantos y tantos hombres que nos han prometido tantas y tantas cosas que, como se puede imaginar, jamás han cumplido, que cometemos el error de suponer que Dios es un hombre más y actúa como tal.
Pero resulta ser que las promesas de Dios, están avaladas por la garantía de Dios. Es decir que, como Dios es invisible, impalpable, no se puede oler, no se lo puede gustar con la boca, es Espíritu. Entonces uno se termina preguntando cómo es que se puede hacer para comunicarse con uno que movemos ni tocamos, si nos resulta tan difícil hacerlo con aquellos que sí vemos y que sí tocamos. Bueno; la única forma de comunicarnos con Dios, es por medio de la fe. Es creer que Él está aquí. Ya sé que no le estoy descubriendo nada nuevo ni le estoy dando una tremenda revelación. Pero es por eso que dice la Palabra, tanto en el libro de Habacuc como luego lo reiterará Pablo, que el justo por la fe vivirá. Esa será la vida de comunicación con el Padre. Por eso dice, también, que: Sin fe es imposible agradar a Dios. Porque es necesario que el que a Dios se allega, crea que le hay. Parecería una verdad de perogrullo esta, pero usted no imagina cuánta gente existe que vive las veinticuatro horas del día haciendo cosas para un Dios del que, en lo más íntimo, descree. Trágico. Dramático. Triste.
Estas dos palabras: FE y CREA, son palabras muy cortas. Demasiado sencillas como para que parezca que solamente por eso podemos sintonizarnos con Dios. Pero es así. Entonces Él nos da las promesas. ¿Y qué hay que hacer con una promesa? Fácil la respuesta: Creerla. Alguien le dice a usted: “Ven a casa que vamos a almorzar juntos”. Y usted se pregunta: ¿Será verdad que me va a dar de comer? ¿Este tipo me va a invitar a comer? Bueno; si no lo cree, no va. Si le cree, en cambio, va y por allí le come hasta las flores de sus maceteros. La única manera de activar positivamente lo que alguien le promete, es creyéndolo. Claro que esto de creer, a veces, parece absurdo, ¡pero es tan real! Ya lo dice la Biblia desde el Génesis: Y creyó Abraham, y Dios se lo contó por justicia.
¿Y qué querrá decir que Abraham creyó y que Dios se lo contó por justicia? Eso. Que cuando Abraham, que no era precisamente ningún “santito”, creyó, a Dios eso le emocionó y le llevó a justificarle todas sus barrabasadas anteriores. Es que Dios está tan acostumbrado a que la gente normalmente no le crea que, cuando encuentra UNO que sí le cree, aunque ese UNO hasta allí haya sido una reverendísima porquería, Él le justifica su pasado y le concreta sus promesas. Por eso es que Pablo dice que Somos justificados por la fe. Justificados, quiere decir “Declarados justos”. Esto da una conclusión muy simple, que sin embargo a muchos religiosos y moraloides les parece desatinado, pero que es bíblico, lo lamento. Si usted es un sinvergüenza de siete suelas y quiere “zafar”, crea. Le será contado por justicia y después podrá testificar a quien quiera oírlo: “Yo era un sinvergüenza, pero creí y Dios me justificó”. El justo por la fe vivirá.
Se han hecho innumerables estudios muy profundos y muy buenos sobre la oración. Todos sabemos que sin no hay oración, generalmente no puede haber victoria. Pero en ningún lugar de la Biblia dice que de acuerdo con la cantidad de tiempo que usted ore, le será concedido lo que pide. Lo que sí dice es que de acuerdo con su fe le será concedido. ¿Sabe por qué? Porque cuando oramos y repetimos cien veces el pedido, en el fondo, es porque no tenemos la fe suficiente como para creer que la primera vez que lo dijimos, ya había sido hecho. No tuvimos fe. Lo que equivale a decir que la oración no tuvo respuesta no porque oramos poco, sino porque no creímos que fuera a tenerla. ¿Quién habrá complicado un evangelio tan simple y concreto?
Ahora bien: sabemos que al que cree, todo le es posible. Él nos dio estas cosas desde antes de la fundación del mundo, no es así? ¿Y entonces, por qué suceden sólo cuando le conocemos a Él? Y a veces, seamos sinceros, ni siquiera allí sucede. Porque puede pasar que uno esté recibiendo una enorme herencia, pero como no está enterado que existe un testamento que se la otorga, anda por allí viviendo como un pobre ratón cuando en realidad hace ya mucho tiempo que era multimillonario.
Al conocer a Cristo, se supone que uno investiga un poco para ver qué es este Cristo, qué es lo que tiene, qué es lo que vale, qué es lo que significa para poder identificarme con él, qué quiere decir que Cristo entre en mi vida, qué quiere decir que en EL estoy completo. Hay muchos creyentes que jamás se preocupan por averiguarlo. Y andan muriéndose de sed en el medio del Río Paraná, que para los que no lo conocen, es uno de los más grandes del mundo. A Cristo, después de aceptarlo, hay que seguir conociéndolo. Que no significa hacer seminarios sobre su vida y su obra. En la Biblia, el término CONOCER, no se utiliza como información intelectual, sino como sinónimo de INTIMIDAD. Porque todos los recursos para ser maduros, para estar completos, para ser victoriosos, para sentirse realizados, para ser cristianos hechos y derechos, ya están aquí, en Cristo. Por eso es que Pablo les enseña a los Filipenses aquello de: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Cristo no es, como muchos suponen, una pila energética que se carga cada domingo. Cristo es una usina generadora de poder. NO tenemos una pequeña batería, tenemos una central eléctrica. Él dice que si le abrimos el corazón, si creemos en Él, Él será una fuente que salta para vida eterna. ¿Y qué es una fuente? Es el origen, la fábrica, lo que produce. No tiene usted que andar esperando a ver si Jesús le deja caer algo del cielo. Usted tiene un Cristo completo. No es un vaso de agua, no es un balde de agua, no es un lago de agua, ni siquiera es un océano de agua. ¡Es una fuente inagotable!
Entonces, el día que usted tiene una experiencia de esas que nos dejan tambaleando de gozo, usted va y da testimonio enseguida. ¡Hermanos! ¡Cómo me tocó el Señor! ¡He tenido una tremenda experiencia! ¡No se imaginan lo que he recibido! Nada. ¿Cómo? Que no ha recibido nada. Lo único que hizo fue liberar algo que siempre estuvo allí. Porque Jesús dice: El que cree en mí, de SU INTERIOR correrán ríos de aguas vivas. Entonces, si fuera que tenemos que recibir, Él hubiera dicho: “El que cree en mí, verá como le llueve agua viva del cielo”. La cuestión no es clamar para que caiga algo. La cuestión es permitir que ese algo salga de dentro de nosotros.
¿Qué padre no dirá que su hijo es el más hermoso, aunque sea un chimpancé? ¿Querrá usted más o menos a sus hijos por lo que ellos hagan de bueno o de malo? ¿Y por qué se supone que Dios lo haría? En la historia tan conocida del hijo pródigo, cuando el que se quedó con el padre protesta porque a él nunca le hizo un banquete, ¿Qué es lo que le contesta el padre? Lo mismo que Dios le contestaría hoy, a usted, si se quejara por algo similar: “Hijo; ¿Por qué habría de darte lo que siempre has tenido a tu disposición? ¿Sabe usted cuántos somos los que de pronto le pedimos a Dios cosas que Él ya nos ha dado? ¿Cuántos serán los que le habrán pedido a Dios, por ejemplo, que les de amor para con ciertos hermanos… no demasiado amables, eh? ¡Ya lo tienen! Si se atreven a dejarlo fluir…
(Romanos 5: 5)= Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.
Espere un momento. ¡Yo tengo el Espíritu Santo! Y aquí dice que el Espíritu Santo fue quien derramó el amor de Dios en mi corazón. ¡Es cierto! ¡El fruto del Espíritu es amor! No, hermano…Los frutos del Espíritu son nueve, yo lo estudié en… ¡No! Dice que el fruto del Espíritu ES amor y todo lo demás, no que SON. Es el amor y, como consecuencia, todo lo que sigue. ¡Claro! ¡Con razón yo le pedía a Dios que me diera amor y Él jamás me respondió! ¡Si ya me lo había dado! La solución comienza, entonces, cuando en lugar de pedir amor, comenzamos a liberarlo desde nuestro interior.
Veamos este ejemplo, para estar a tono con la época, de índole cibernética: Yo tengo una computadora. Lo único que aprendí a hacer con ella, es a procesar textos. La uso, entonces, como si fuera una máquina de escribir con memoria. Mi hijo, en cambio, se pasa horas con ella e investiga, investiga e investiga. Conclusión: ha conseguido poder hacer con el equipo, por lo menos el setenta u ochenta por ciento de las miles de funciones que esa máquina puede realizar. Piense por un momento en que Cristo es como esa computadora. No es su responsabilidad si los que dicen ser sus seguidores no investigan (el término bíblico es “escudriñar”) y se quedan solamente con alguna sanidad y cosas por el estilo, se da cuenta?
El evangelio tiene un Antiguo y un Nuevo Testamento. ¿Y qué es un testamento? Es un documento que alguien elabora para certificar que le deja una herencia a alguien. En la legislación argentina no se utiliza, pero en una gran parte del planeta, sí. Entonces si a usted se le muere un tío lejano que casi no conocía y le avisan que en su testamento le deja toda su fortuna, ¿Qué se supone que hará usted? Primero, obviamente, ocuparse de sus exequias. De su velatorio, que tenga un buen féretro, que ocupe un buen sitio en el cementerio, en suma: que se encuentre cómodo donde quiera que esté y que no vuelva. ¿Y después? Después se va al escribano y le pide ese testamento. ¿Para qué? ¿Para estudiarlo? ¿Para ponerse a discutir con otras personas sobre algunas cosas que dice y sobre otras que, aparentemente, habría querido decir? ¡No! Lo pide para ver qué es lo que ha heredado y proceder a tomarlo inmediatamente para usted. Jesús nunca dijo: “El que tiene los mejores y mayores estudios bíblicos, tiene la vida” Los chicos que nacen hoy, jamás se van a conformar con tener buenos estudios bíblicos para discutir doctrinas. Si no ven poder de Dios manifestado y todo no pasa de vana palabrería, se van a ir a donde lo puedan encontrar. Van a querer la vida y la gloria de Dios en sus vidas, porque esa y no otra es la herencia. Aprenda: No hay hombre o mujer que decidan rechazar una herencia de esta naturaleza. Lo que se está rechazando en este tiempo, son los argumentos que dicen que si bien hay una herencia, esta todavía está muy lejos, y que mientras tanto debemos jugar a un juego llamado “Iglesia”.
Uno de los mayores problemas que afronta la iglesia hoy, es haber creído que los conceptos, pueden reemplazar a la vida abundante prometida. De allí que en cada una de nuestras reuniones típicas, la gente se aburra, empiece a bostezar y languidecer mientras espera, pacientemente pero cada vez con menos expectativas, que suceda algo que demuestre que Dios, efectivamente, es quien preside ese culto. Cuando eso no sucede, (Y habrá que dar fe que no sucede en la mayoría de los lugares conocidos), los hombres que están al frente, deseosos de que la gente no se harte y se vaya, aguzan su ingenio y comienzan a fabricar distintos tipos de entretenimientos, (Cristianos, religiosos, pero entretenimientos al fin) que procuran detener al público y distraerlo hasta que, dicen, la presencia de Dios se haga manifiesta y todos se llenen de gozo. Lo lamentable del caso, es que nos hemos acostumbrado tanto al entretenimiento cristiano, que si un día Dios dice presente, nos pegamos tal susto que en una de esas nos vamos con Él antes que nos llame.
Ampliemos: ejemplo: el Taoísmo tiene sus conceptos, el hinduismo tiene sus conceptos, el brahmanismo tiene sus conceptos, Si usted quiere ser Brahmán, va a tener que creer que un dios supremo creó el universo y que también creó a los dioses inferiores, los cuales después, le ayudaron a ese dios supremo a crear todas las demás cosas que se ven y se tocan, y que de él mismo provienen, sucesivamente y más adelante, todas las restantes evoluciones. Entonces, si usted quiere ser brahmán, tiene que aceptar eso. No puede ser brahmán si no tiene claro eso y mucho menos si no lo acepta.
El hinduismo dice que hubo un huevo en los primeros átomos y luego, de ese huevo, saldría la semilla del universo. Parece una barbaridad de marca mayúscula, pero es así la idea. Y dicen que ese huevo creció tanto en tamaño que un día explotó y así se formó el universo y la creación. Es muy parecida a la teoría más moderna del Bing Bang. Para mí, esto significaría tanta casualidad como que en una imprenta hubiera un día una explosión y, la tipografía que vuela por los aires cayera y formara un lujoso diccionario en cinco idiomas. Yo no sé lo que puede parecerle a usted estos conceptos, pero lo que sí puedo decirle es que, si no los comparte, usted no puede pertenecer al hinduismo. Para pertenecerlo, tiene que aceptar esa teoría como verdad absoluta.
El taoísmo, dice que la creación es por evolución, igual a como lo sostuvo Darwin. El islamismo, mientras tanto, dice como nosotros, que Dios habló y que las cosas fueron hechas. Los cristianos, mientras tanto, decimos que en el principio, Dios creó los cielos y la tierra, y creemos fielmente que esa es la verdad. Pero de todos modos, convengamos que son, al igual que los de ellos, también conceptos. Es muy interesante esto, pero no demasiado importante. Importante, a la verdad, es que usted tenga a Cristo en su vida.
Entonces aquí hay una posibilidad de respuesta coherente a la pregunta que tantos cristianos se han hecho y se hacen todavía: ¿Por qué hay denominaciones? Simple: porque hay personas con diferentes conceptos. Algunos ejemplos: el concepto Bautista dice que si no se es bautizado de adulto, el bautismo no sirve. El concepto católico romano dice que, si el bautismo no se cumple dentro de la iglesia católica, ese bautismo no sirve. LA congregación de los hermanos, dice que si el bautismo no se hace con tres inmersiones, ese bautismo no sirve. Conceptos. Lo realmente importante es que a ese bautismo se lo haga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y creyendo, como dice la Biblia. Y que creas que es un paso de obediencia, símbolo de la muerta a la vieja vida y resurrección a la nueva, y no como un rito indispensable para pertenecer a una congregación autodenominada “cristiana”.
Otra: ¿En la congregación a la que usted concurre, se danza? Conceptos. En la congregación a la que usted va, las hermanas usan pantalones y se pintan? ¿Se ora en lenguas? ¿Se liberan endemoniados? ¿¡Estás fuera del cuerpo!! ¿Cuántas veces oyó eso destinado a alguien que no comparte lo que en suma son, nada más que conceptos? Como si congregación y cuerpo fueran una misma cosa. ¿Es que no es posible quedar, por no compartir algunos conceptos determinados, fuera de una congregación y, al mismo tiempo, no necesariamente quedar fuera del cuerpo? Yo mismo, en una etapa de mi vida donde estaba buscando más de un Dios demasiado limitado que me habían presentado, fui ministrado por hermanos de una congregación diferente a la que yo asistía. Mi vida recibió un impacto del Espíritu Santo y ya nada volvió a ser igual. Cuando compartí esto con el líder de mi iglesia, ¿Sabe que me contestó? Que él no me daba ninguna garantía sobre lo que podría haber recibido, ya que lo había recibido fuera del cuerpo. ¿Fuera del cuerpo? ¡Fuera del templo habrá querido decir! Confusión. Conceptos.
Para algunos, hoy día, Dios no sana ni hace milagros. Los dones bíblicos no son para hoy. Son los mismos que entienden que una iglesia, hoy, no es otra cosa que un centro que trata desesperadamente y sin otro poder que el de su capacidad de persuasión par que la gente tenga un comportamiento moral un poco mejor. ¡Qué pobreza! ¡Qué ignorancia! Otros creen que sí, que Dios sana hoy mismo y muestran testimonios a montones de cancerosos y sidásicos curados. Naturalmente, ninguno de los otros pueden creer que hayan sido curados por Dios. Siempre saldrá la justificación científica o lógica que siempre la duda al indeciso. ¿Cuál tendrá la verdad? Estoy seguro que, de quienes estén leyendo esto, habrá un cupo para un lado y otro cupo para el otro, es decir: no hay ninguna unanimidad de conceptos. ¡Pero son todos convertidos! Y sí, qué sé yo. Dios es el único que sabe cuál es el de Él y cuál cree serlo pero todavía está con el “vecino”. Todo lo demás, apenas no pasa de ser una simple diferencia de conceptos.
Convengamos una cosa que, cuando la vemos, a veces nos llena de intolerante bronca: para el asiático budista, lo mismo que para el africano participante del vudú y el árabe islámico, el cristianismo es nada más que otra religión. Para algunos más simpática que para otros, pero otra religión al fin, nada más. Pero no debemos enojarnos. Mucho menos si entendemos que la culpa esencial de ese pensamiento, es nuestra, no de ellos. Porque nosotros deberíamos manifestar lo que es una verdad plena: que nuestro fundador, a diferencia del de ellos, está vivo y se mueve a cada segundo que pasa. Cuan hermosos son los pies, dice, no la lengua. Y nosotros, más que moviéndonos en Cristo, nos la pasamos hablando de Cristo. LA lengua, la dialéctica y nuestra pobre capacidad de convencimiento, jamás podrán hacer cambiar nada en el mundo. El poder de Cristo Jesús manifestado, inmediatamente. ¡Pero cómo le vamos a mostrar ese poder al mundo si muchos de nosotros jamás lo vio en su iglesia! Jesús no vino a fundar una religión nueva. Donde él pisaba, algo pasaba y cambiaba. ¿Cuál o quienes son su cuerpo hoy, y aquí y ahora?
Seamos más precisos: Cristo no vino a traer un concepto sobre lo que es la santidad. Él vino a traer santidad. Entonces nosotros nos ponemos a discutir y presentamos ponencias sobre el mismo tema: ¿La santidad, será instantánea o progresiva? Listo. Ya hay allí dos doctrinas, dos conceptos. ¿Y a quién le importa eso? Lo que vale, es tener la santidad. Sin embargo, en su momento, eso trajo tanta polémica y tanta discusión que los santos hermanos casi se agarraron a las santas trompadas por causa de la santidad y, por ese mismo motivo, no se dieron cuenta que la perdieron. Es muy triste eso de estar centrados en los conceptos y no en la vida.
Ejemplo: yo estoy en una casa que no es la mía y me invitan a almorzar. Me sirven una comida que me gusta y hago, precisamente, ese comentario. ¿Qué hará la dueña de casa ante mi comentario? Primero, servirme más y, en segundo lugar, pasarme la receta de esa comida. Entonces yo regreso a mi casa con la receta de la comida que me gustó, en la mano. Ahora bien: si mi esposa no quiere por algún motivo hacerme esa comida siguiendo esa receta, por más que yo tenga esa receta con todas las indicaciones, no puedo volver a paladear la exquisitez de aquella comida. ¿Se da cuenta lo que le quiero decir? El reino de Dios, mi querido amigo, no consiste en vana palabrería.
Vamos a ver: ¿Por qué se supone que somos hermanos usted y yo? Perdóneme. Usted me merece el mayor de los respetos y no tengo nada, absolutamente nada en su contra, pero ¿Quiere que le diga algo? Yo no lo elegí como hermano a usted. Pero sin embargo lo somos, porque el Espíritu que mora en nosotros nos da testimonio de que ambos somos hijos de Dios, no es así? Entonces no podemos seleccionarnos ni elegirnos como hermanos. Somos y punto.
En algunas iglesias determinadas a las que me han invitado, los pastores se ven en la necesidad de advertirles a los miembros, en los días previos a mi visita, que quizás noten algunas cosas “raras” en mi mensaje, pero que entiendan que yo no estoy en su misma denominación y que hay diferencias doctrinales. Eso ocurre, generalmente, porque no son esos pastores los que me invitan porque me conocen, sino porque se lo piden algunos miembros de la congregación que son los que sí me conocen y también me aman. Porque si me conocieran, sabrían que yo jamás prediqué denominación alguna, (Aun cuando estaba dentro de una de ellas) sino al Cristo de la Biblia, al Dios del universo del cual soy hijo y, por lo tanto, le pueda resultar simpático o no, eso me convierte en su hermano sí o sí. Y sin barreras de ninguna clase de conceptos que no manejo.
En una ocasión, y no lo cuento para lucirme sino para que usted vea cómo son las cosas a veces, fui invitado a una congregación bastante carismática. En ese entonces, yo estaba como miembro de una iglesia Bautista, todos sabemos, muy tradicional y ortodoxa. Días antes de mi visita, el pastor le dijo a la gente que yo iba a estar allí y que, como era un Bautista, clamaran y oraran para que el Espíritu Santo me tocara y pudiera ver lo que era, realmente, una iglesia donde reinaba el poder de Dios, distinta, quiero entender, a la que él suponía que yo asistía. Fui, prediqué una palabra que el Señor me dio para el lugar. Se produjo tal conmoción que al final de la reunión andaba gente tirada por el piso, llorando y pidiendo perdón por sus pecados, incluido el pastor y su esposa. Dios siempre protege su gloria.
Conceptos. Un día se nos ocurre y armamos un seminario de tres días sobre el gozo (Pago, naturalmente). Leemos, entre todos los que participamos, todos los versículos que existen en la Biblia sobre el gozo. Ahora, con la computadora, no se quedará ninguno sin leer, ah, sí. Descubrimos lo que el gozo significa en el griego, en el hebreo y hasta en el arameo antiguo, y compartimos todas las opiniones todas vertidas por encumbrados comentaristas sobre el gozo. Conocemos, de paso y como para que alguien no deje de lucirse, lo que opinaba Spurgeon sobre el gozo, que decían los hermanos Wesley del gozo y hasta lo que Shakespeare pensaba del gozo que, aunque no tenga absolutamente nada que ver, citar a Shakespeare siempre le da a la cosa un tinte de culturosidad, vio? ¿Pero sabe una cosa? Nos pasamos los tres días predicando, estudiando y hablando del gozo, pero sin una pizca de gozo en nuestro ser. Y lo mismo sucede con el amor. Es que tener conceptos, aunque sean buenos, es una cosa y tener vida, y vida abundante, es otra, muy otra.
Yo creo, particularmente y sin valor de pontificado, que esa remanida unidad de la que tantos y tanto se habla, se fundamenta en tres aspectos esenciales: 1) Unidad en Espíritu; 2) Unidad en lo doctrinal; 3) Unidad en el cuerpo o funcional. En el Espíritu, es cuando todos, sencillamente porque amamos a Jesús, nos aceptamos unos a otros en eso precisamente, en el Espíritu. La doctrinal, es porque cuando estamos juntos, y ya que estamos, aprovechamos y elaboramos una doctrina común que nos identifique. Y cuerpo, es cuando funcionamos sujetos unos a otros como organismos debajo de una cabeza no humana.
Yo me he preguntado muchas veces, y me lo sigo preguntando, por qué en lugar de andar en todas estas cosas, no seguimos abriendo los brazos y amando a todos los que aman a Jesús como su Salvador personal y como Señor de sus vidas, sin obligar a nadie a que pase p0or nuestros sistemas religiosos para pertenecer al cuerpo, teniendo muy en cuenta, de paso, que cada líder suele llamar cuerpo generalmente y primero, a su propia congregación local y luego a su denominación global, no atreviéndose a ir mucho más allá. Como si la iglesia que Dios ve desde su posición, no tuvieran absolutamente nada que ver. Quisiera saber: ¿De qué Biblia habremos sacado tamaña barbaridad? Y conste, usted lo sabe, que no hablo de doctrinas erróneas ni sectas falsas.
Habrá que aclarar que, las denominaciones, tienen cada una, un marco de referencia diferente. Se parecen en muchos puntos, pero se diferencian notablemente en otros. Por eso es que se han dividido. Y parecerían disfrutar cada vez que se encuentran los unos con los otros, después de las formalidades hipócritas del caso, (“¡Dios le bendiga, hermano!” “¡La paz del señor sea contigo, hermano!”) se empiezan a pinchar con las pequeñas diferencias en lugar de gozarse en las muchas coincidencias.
Eso sí; para pertenecer a cada una de ellas, hay que encajar en ese marco de referencia y aceptarlo. De oro modo, estará usted mal y por lo tanto quedará fuera. ¿Y qué sucede cuando alguien ve que no encaja en ninguno de esos marcos completamente? Sencillamente, estará fuera del evangelio, casi condenado al fuego eterno. Al menos, eso es lo que le hará creer la iglesia organizada. ¡Pero si ama a Cristo! No importa, está fuera. Si no se decide por pertenecer a una denominación cualquiera, está afuera. Nadie puede amar a Cristo y no sumarse a una congregación que, a su vez, pertenece a una denominación que, a su vez, cree que es la única que tiene la verdad total.
Ahora uno se pregunta cuál será el marco de referencia que tiene Dios. Ánimo hermano; en el cielo no le van a tomar ningún examen doctrinario sectorial. En el cielo le van a tomar el pulso. Si ven que su pulso dice que en usted hay vida, entra. Y si su pulso no late, síntoma de que no hay vida en Jesús, no entra. Porque no sé cuántas veces habrá cantado usted, o declarado, predicado y hasta escrito que Hay Vida en Jesús. Y no sé cuantas veces habrá cantado, declarado, predicado y hasta escrito que El que Tiene al Hijo, tiene la Vida. Lo más importante es que su pulso diga que eso es así, no que lo diga meramente su boca, por mejor que usted sepa hablar. Ese es su innegable potencial.