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Anhelando el Espíritu

En la Biblia nos encontramos con la palabra “espíritu” escrita de dos maneras distintas: con una “e” minúscula en unos cuantos versículos, y con una “E” mayúscula otros tantos. Ya sabemos: el de la mayúscula es el Espíritu Santo de Dios y el de la minúscula es nuestro humilde espíritu humano. Como prueba irrefutable de esto que digo, hay muchos textos donde se habla de ambos, al mismo tiempo, y la mayúscula y la minúscula marcan las diferencias entre uno y otro. Uno de esos textos, (El que más rápido encontré), es el de Romanos 8:16, que es el que dice que el Espíritu, con mayúscula, es el que da testimonio a nuestro espíritu, con minúscula, de que somos hijos de Dios.

 

Esto es: Lo que aquí se nos dice, es que el Espíritu Santo de Dios, utilizando mecanismos que sólo Él conoce, y que en muchos casos son sobrenaturales, como la revelación, le informa a nuestro espíritu humano que hemos sido aceptados e incorporados como hijos de Dios por adopción en Cristo. Creo que de eso nadie tiene dudas y muy pocos pueden mostrar alguna clase de ignorancia. Sólo un pequeño problema. O pequeño detalle, si quieres, si te parece que “problema” es un término demasiado fuerte: ¿Adonde tenemos ese famoso espíritu humano dentro de nosotros?

No creo equivocarme por mucho si te digo que la mayoría de los creyentes de hoy, (Y hablo de los buenos, eh?) carecen absolutamente de conocimiento preciso o específico sobre la existencia y actividades del espíritu humano. No son pocos los que juntamente con la mente, los sentimientos, las emociones o la voluntad, también tienen un espíritu, así, con “e” minúscula. Incluso, de todos esos, una gran parte los confunde y creen que todo esto es una sola cosa y llegado el momento entran en confusión. Lo cierto es que, más allá de los afectos, las distintas sensaciones o placeres que producen las emociones o los sentimientos, hay algo más. Algo que también está más allá de los deseos, las decisiones y las actividades de la voluntad humana. Y ese algo se llama: espíritu humano.

Tengo la certeza de que el pueblo de Dios no sólo debe saber que tiene un espíritu humano morando en su interior, sino que además tendrá que enterarse como actúa este órgano, cuál es su sensibilidad, su trabajo, su poder y sus leyes específicas. Conocer esto, es la única puerta para ingresar a un andar en el espíritu, como se nos manda, no dejándonos dominar por el alma, el cuerpo o la carne. En primer término, habrá que aclarar que los incrédulos, (Gente que no conoce a Jesucristo y no ha nacido de nuevo), tienen su espíritu humano y su alma, fundidos en una sola cosa. Esa es la causa por la que jamás podrían acceder a ciertos conocimientos reservados solamente para los creyentes.

Asimismo, ellos, los incrédulos, son conscientes de la corriente sensación almática. Pero atención con esto: esas sensaciones, continúan en muchos que han sido salvos. Y esta es la mayor razón por la cual muchos creyentes andan a veces según la carne y otras según el espíritu, a pesar que han recibido vida espiritual y han experimentado, hasta cierto punto, victorias sobre las cosas de la carne. Está claro: si no te das cuenta del movimiento, las necesidades, el sentido y la dirección de tu espíritu, no vas a poder sujetarte a él y, por lógica inercia de vida natural, vas a ser sometido por los dictados de tu alma, tu cuerpo y tu carne.

Es tal el desconocimiento que sobre este asunto tienen los creyentes, que una gran parte de ellos, ansiosos de “experiencias de alto nivel espiritual”, o bien se desvían en la búsqueda de conocimientos bíblicos basados en su intelecto, o en una ardiente sensación de presencia de Dios en sus cuerpos físicos, o en actividades, planes y “visiones” que emanan del poder de sus propias voluntades. Fíjate que en todos los casos, Satanás ha hecho muy bien su trabajo de vanidad, ya que tanto los eminentemente intelectuales que conforman el arco llamado conservador, como los amantes de los fríos, calores y otras sensaciones corporales del área más progresista, como los centristas que aman sus tareas eclesiásticas y obras benéficas, sienten alto grado de orgullo de su nivel espiritual. Eso, simplemente eso, impide que puedan ser realmente capacitados en lo espiritual.

No son pocos, tampoco, los que se preguntan seriamente por qué razón o motivo tendrá que nacer de nuevo un pecador. O por qué causa decimos que tiene que nacer de lo alto. O porqué deberá existir algo como una regeneración espiritual en cada uno de nosotros. Son dudas lógicas y, te podría decir, hasta bien intencionadas. Pero llenas de ignorancia. Y todo aquello que el hombre ignora, si tiene algún poder en sí mismo, con el tiempo llega a entronizarse en su vida y dominarlo. Lo cierto es que se necesitan todas esas variables porque el hombre es, lisa y llanamente, un espíritu caído. Y un espíritu caído, de la única manera en que puede ser hecho nuevo, es naciendo de nuevo. Del mismo modo en que Satanás es un espíritu caído, el hombre también lo es. Con una diferencia: el hombre tiene un cuerpo para ejecutar.

Porque Satanás fue creado como un espíritu para que pudiera tener relación directa con Dios, pero se desvió y pasó a ser la cabeza de los poderes de las tinieblas. Ahora se encuentra separado de Dios y de toda posibilidad de acceso al ámbito divino. Esto no quiere decir que Satanás no exista. Su caída lo sacó del ámbito de Dios y afectó a la Creación en conjunto. Por eso el hombre, cuando nace, recibe un espíritu humano que también está hundido en la oscuridad y la separación de Dios. De allí que hablemos de “nacer de nuevo”. En esas condiciones, el hombre vive conforme a su naturaleza caída. No tiene ni la menor posibilidad, ni tampoco deseo, de tener comunión con Dios, es incapaz de gobernar a algo o alguien, y mucho menos a sí mismo. No exagero si te digo que hasta que recibe a Jesucristo, el hombre está espiritualmente muerto. No dormido, como enseñan algunos; muerto. No hay vestigios de vida en él.

¿Por qué? Porque debido a que el hombre tiene un cuerpo, su caída lo convierte en un hombre de la carne. Lo dice el propio Dios en Génesis 6:3: No hay religión en el mundo, ni cuadro moral, ni estirpe cultural, ni ley alguna que pueda mejorar a este espíritu caído. El hombre ha degenerado hacia una posición carnal, y nada que proceda de él mismo puede devolverle su estado espiritual anterior. Por eso necesita ser espiritualmente regenerado. Tan pronto como un pecador cree en Jesús, nace inmediatamente de nuevo. Dios le asegura esa vida no creada para que su espíritu pueda vivir. Es obvio, entonces, que la regeneración de un pecador sucede en su espíritu. Esto significa que la obra de Dios siempre comienza, sin excepción, por dentro del hombre. O si lo quieres más claro: desde adentro hacia fuera.

Fíjate que curioso y singular que esto. Lo que te termino de decir, es exactamente lo opuesto a lo que ocurre con la obra de Satanás en una persona, que siempre sucede a la inversa, es decir: desde fuera hacia adentro. La única forma que tiene Dios para contrarrestar esta debacle inminente, es tener permiso por parte de ese hombre para obrar en su espíritu humano usando su Espíritu Santo, y de este modo saturar el alma y el cuerpo del hombre con Su Presencia. Sólo así ese hombre combate con Satanás y lo vence. Ahora bien: esta regeneración en la cual hago especial hincapié porque muchos creyentes la desconocen, no sólo proporciona al hombre un nuevo espíritu, sino que también revigoriza al viejo. Esto está escrito y declarado como verdad inapelable. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

El “espíritu”, del que se habla aquí, tiene que ver con la vida de Dios, puesto que no se trata de aquello que teníamos originalmente. Ahora es concedido por Dios en el momento de nuestra regeneración. Esta nueva vida o espíritu pertenece a Dios. En esta nueva vida no podemos pecar porque Su simiente no lo hace. Sin embargo, pese a esto que se ha dicho, nuestro espíritu revigorizado puede, temporariamente, ser manchado. Pablo dice que debemos limpiarnos de toda contaminación de carne. Finalmente, pese a tener un espíritu regenerado y revigorizado, que tal como vimos puede padecer de manchas o contaminaciones carnales, es que se nos requiere santidad. Cuando la vida de Dios, es decir: Su Espíritu, entra en nuestro espíritu humano, lo aviva de su estado de sopor.

Esto significa que lo que estaba enajenado de la vida de Dios, ha sido vivificado. Se produce lo que Pablo escribe en Romanos 8: 10. Lo que se nos dio por causa de Adán, entonces, fue el espíritu que ha muerto, mientras que lo que recibimos de Cristo en la regeneración es tanto el espíritu muerto avivado como el nuevo espíritu de la vida de Dios: siendo este último algo que Adán nunca tuvo. El objetivo de Dios en un hombre regenerado es liberarlo de todo lo que pertenece a su vieja creación, porque adentro de su espíritu regenerado se encuentran activadas todas las obras de Dios hechas para él. Imposible de entenderlo, no lo intentes. Sólo créelo.

Ahora bien: ¿Ya está todo completado? Ni por asomo. Sería muy extenso y hasta un poco pesado para oír si te lo explicara detalladamente. Ya lo han hecho siervos fieles de Dios mediante libros que merecen leerse, como los que escribiera hace tantos años Watchman Nee, todavía discutido por algunos sectores de la iglesia, en este tiempo, pero vigente en su totalidad con lo profetizado y declarado en ellos. Lo que sí te puedo decir, para aportarle algo sustancioso a quienes nos escuchan, es que una persona cuyo espíritu ha sido regenerado, y dentro del cual mora el Espíritu Santo, puede ser todavía carnal, puesto que su espíritu puede estar todavía bajo la opresión de su alma o su cuerpo. Para poder ser espiritual, tendrá que tomar unas medidas muy precisas y definidas.

Hablando de manera general y globalizando los riesgos probables, puedo asegurarte que podemos encontrarnos con dos grandes peligros en nuestra vida, a pesar que seremos capaces de vencer tanto el uno como el otro. Estos dos peligros, junto con sus correspondientes triunfos, son: 1) Seguir siendo un pecador moribundo, o ser un creyente salvado, y 2) Continuar siendo un creyente carnal, o convertirse en un creyente espiritual. Tal como se produce el notable cambio de pecador a creyente, también debe acontecer la del carnal a espiritual. Dios puede hacer ambas cosas. La fe en Cristo nos convierte en gente regenerada, la obediencia al Espíritu Santo, en gente espiritual. Cristo nos regenera, el Espíritu nos convierte en espirituales.

Nadie puede jactarse de ser un creyente espiritual y negar o minimizar la presencia del Espíritu Santo en su vida o en la vida de la iglesia. Sólo el espíritu puede producir creyentes espirituales. Su trabajo es conducir a los hombres a la espiritualidad. Estoy queriendo decirte que en el plan redentor de Dios, la cruz ejecuta la obra negativa de destruir todo lo que nos viene de Adán, mientras que el Espíritu Santo toma para sí el trabajo de edificar todo lo que nos llega de Cristo. Con la cruz alcanza para redención, pero necesitamos el Espíritu para acceder a una vida espiritual. Lo que estoy queriendo mostrarte, más allá de las curiosas teologías que puedan haberte enseñado, es que el significado de ser espiritual, es pertenecer al Espíritu Santo. Porque Él es el que refuerza con poder el espíritu humano para que gobierne al hombre por entero. La cruz y el Espíritu Santo, trabajan juntos.

Partamos de una base: el mayor obstáculo que tenemos para conseguir una espiritualidad importante, es la carne. Cuanto más avanzamos en la vida espiritual, más podemos conocer a la carne. Si sabemos como resistirla en todos los aspectos, podremos ser considerados espirituales. Claro está que, lograr ese cometido de crucificar realmente a nuestra carne, negando su actividad, su poder y su opinión, no es tarea sencilla. Pero hay algunas pequeñas grandes medidas que podemos intentar tomar con esa finalidad. Hebreos 4: 12 es un clásico respecto a esta intención: A partir de este versículo, tendremos que preguntarnos si vivimos bajo la guía intuitiva del espíritu o si lo estamos haciendo bajo la influencia, buena o mala, del alma. ¿Quién debe juzgar eso? Lo dice aquí: la Palabra de Dios.

Así como un cuchillo humano corta y separa coyunturas y tuétanos, también la espada de Dios penetra y separa al espíritu y más unidos. En principio, esta división puede ser una simple cuestión de conocimiento, pero es esencial que entre en el mundo de la experiencia, ya que de otro modo jamás llegará a ser entendida. Los creyentes no sólo no deberán oponerse a la acción de Dios, sino que tendrán que facultar todas las posibilidades para que Él pueda, en la práctica, introducir esta separación del espíritu y el alma en su andar cotidiano.  No sólo deben buscarlo positivamente con la consagración, la oración y el sometimiento a la acción del Espíritu Santo y de la cruz, sino que también tendrán que poseerlo como experiencia. Tu espíritu, necesita ser liberado del círculo de hierro que entretejió tu alma.

Estos dos deben ser claramente separados, tanto como lo estaban el espíritu y el alma de Jesús. El espíritu que yo llamo intuitivo, necesita ser liberado por completo de cualquier influencia que provenga de una mente o una emoción almática. Con esto te estoy queriendo decir que el espíritu, debe ser la única morada y centro de actividad del Espíritu Santo, y debe, asimismo, por lógica consecuencia, evitársele cualquier perturbación que pretenda modificar algo, esencialmente si proviene del alma. El alma no es confiable. El Espíritu es Dios obrando en tu ser interior. ¿Está claro? Las diferentes experiencias producidas por dividir al hombre exterior del interior, harán que un creyente sea espiritual. La diferencia que hay entre un creyente espiritual a uno carnal, es que el espiritual tiene todo su ser gobernado por el espíritu.

Este tipo de control va más allá de la autoridad del Espíritu Santo sobre el alma y el cuerpo, puesto que significa también que el mismo espíritu del hombre, habiendo sido elevado como cabeza del hombre por entero gracias a la labor del Espíritu Santo y de la cruz, ya no se halla gobernado por el alma y el cuerpo, sino que es suficientemente poderoso como para tenerlos sometidos a su gobierno. De algo no te queden dudas: la división entre estos dos órganos, es necesaria en grado sumo para entrar en la vida espiritual. No hay manera de hacerlo de otro modo, sin que el creyente sea afectado por el alma y, por eso, siempre persiguen objetivos entremezclados: algunas veces andando de acuerdo con la vida del espíritu, y en otras, de acuerdo con la vida natural. Si la vida interior y exterior del creyente fuesen definitivamente separadas de modo que anduviese de acuerdo a la interior, sería capaz de sentir instantáneamente cualquier movimiento de su alma, e inmediatamente podría rechazarlo y evitar con eso su influencia y poder.

En verdad, todo elemento perteneciente a lo almático, está manchado y, por consecuencia, puede manchar el espíritu. Pero al experimentar la partición de espíritu y alma, el espíritu desarrolla su poder intuitivo de un modo más agudo. Tan pronto como el alma se agita el espíritu sufre y resiste al instante. El espíritu puede, incluso, ser contristado por la desordenada conmoción del alma de otros individuos. De hecho, será capaz de repudiar el amor almático o la emoción natural como algo inaguantable. Solamente después de haber experimentado esta separación puede los cristianos entrar en posesión de un sentido genuino de pureza. Es entonces que son conscientes de que no simplemente el pecado, sino también todo aquello que pertenece a lo almático, está manchado y mancha y debe ser resistido.

La Palabra dice que el que se une con el Señor es un espíritu con Él. No dice que es un alma con Él. Eso significa algo muy importante. Es decir que el Señor resucitado, es el Espíritu que da vida. Su unión con el creyente, es una unión con su espíritu. El alma, asiento de la personalidad humana, pertenece a lo natural. Todo lo que puede y debe llegar a ser es un vehículo para la expresión del fruto de la unión entre el Señor y el hombre interior del creyente. No hay nada en nuestra alma que participe de la vida del Señor; sino que es exclusivamente en el espíritu donde esta unión puede realizarse. La unión es una unión de espíritus en que no hay cabida para lo natural. Si se uniera lo natural con el espíritu, sería causa de impureza. Cualquier acción realizada de acuerdo con nuestro pensamiento, opinión o sentimiento, puede debilitar el aspecto experimental de esta unión.

Las cosas que son de una misma naturaleza se unen perfectamente. Así como el espíritu del Señor es puro, el nuestro debe ser tan puro como el suyo para que así puedan unirse en verdad. Si un creyente se apoya en sus magníficas ideas y no está dispuesto a rechazar sus preferencias y opiniones propias, su unión con el Señor no será expresada en la experiencia. Podrá declamar lo que quiera, pero nadie le creerá el discurso porque será evidente que no lo está viviendo. La unión de espíritus no permite adulteraciones almáticas. Pero venimos hablando de una unión y hasta dando detalles muy precisos de ella. Pero lo que no hemos alcanzado a dejar en claro, para muchos que gustan de escudriñar lo que oyen sin creerlo porque sí de buenas a primeras, es en que consiste esa unión. Simple: se trata de una identificación con Cristo en su muerte y resurrección.

Esto está indicando, simplemente, que somos uno con Él. Al aceptar su resurrección por la fe, nos encontramos en el lugar de la resurrección. Puesto que Jesús fue levantado de los muertos de acuerdo al Espíritu de santidad, y fue vivificado en el espíritu, nosotros también, al unirnos a Él en su resurrección, nos unimos a Él en su espíritu resucitado. Como consecuencia de todo esto, tendríamos que estar muertos a todo aquello que pertenece a nosotros mismos y vivos exclusivamente para Su Espíritu. Esto requiere que nuestra fe sea activa. Muchos se confunden y creen que ser pacíficos es sinónimo de ser pasivos. No funciona así. Digo esto, porque una vez que nos hemos identificado con su resurrección nos unimos a su vida de resurrección. Entonces es que se da aquello que tantas veces hemos repetido como papagayos, pero que no siempre llegamos a entender: nuestro interior está unido con el Señor y se hace Un espíritu con Él.

A través de la muerte de Cristo somos unidos a Él, incluso en su vida de resurrección. Esta unión es la que nos capacita para servir en la nueva vida del Espíritu, con total certeza y seguridad y libres de cualquier clase de adulteración religiosa. La cruz es la base de todo lo espiritual. La meta y el objetivo de su obra es unir el espíritu del creyente con el Señor resucitado en un solo espíritu. La cruz debe penetrar hondamente para eliminar todo lo pecaminoso y natural de modo que podamos unirnos a la vida positiva de resurrección en el Señor y así ser un espíritu con Él. Lo que es natural de nuestra personalidad y de las actividades del alma, ya no tiene lugar en el camino y el trabajo del creyente. Tanto el alma como el cuerpo deben, por esto, meramente exhibir el propósito, la obra y la vida del Señor. La vida del Espíritu deja su huella en todo, y todo da a conocer el sobreabundante Espíritu del Señor.

Esta es, de alguna manera y para que lo puedas entender con más claridad, nuestra vida de ascenso, o de ascensión. Somos unidos al Señor, que está sentado a la diestra de Dios. Refleja, manifiesta y activa el poder y la autoridad de Dios, Eso es estar a la diestra. Entonces, allí es cuando el Espíritu del Señor fluye hacia el espíritu del creyente, que si bien está en la tierra, teóricamente no pertenece al mundo. Y dije “teóricamente”, porque soy consciente de que, en grandes rasgos, esto no siempre se logra como impacto testimonial visible. Asignatura pendiente. Así, pues, la vida entronizada es experimentada sobre la tierra. La cabeza y el cuerpo comparten la misma vida, algo que no siempre puede verse en la iglesia del Señor. Con esa unión, Dios es capaz de derramar el poder de su Vida a través del espíritu del creyente.

Como si fuera una gran cañería que, conectada a una fuente, es capaz de llevar agua, así también el espíritu del creyente, unido firme y fielmente al Espíritu del Señor, tiene la innata capacidad de transmitir vida, algo que por sí mismo le resultaría imposible. Porque el Señor, en contra de algunos énfasis sobredimensionados, no es tan sólo el Espíritu. El señor es, esencialmente, el Espíritu que da vida, algo que no es de tono menor, precisamente. Cuando finalmente nuestro espíritu se ha unido al Espíritu vivificante, se nos llena de vida, y nada puede limitarla. No es opcional. No es meramente experimental. No es un placer espiritual que nos reporta agradables sensaciones corporales, tales como la risa, el calor del fuego, las lenguas o las caídas impactantes. Simple y sencillamente, lo necesitamos para triunfar continuamente en nuestro andar cotidiano.

Alguna vez me han preguntado que cosa es fundamental en esta unión de espíritus. No lo inventé yo, se lo leí a Watchman Nee. Él asegura en varios de sus trabajos, que esa unión nos reviste, literalmente, con la victoria de Jesús. Nada menos. Además, como si eso no fuera más que suficiente, nos proporciona el conocimiento de su voluntad e inteligencia. Resulta imposible para el hombre natural, sin la ayuda del Espíritu de Dios morando en su espíritu, tener certeza del propósito y la voluntad de Dios para su vida, tanto sea la personal como la ministerial. Esa unidad construye y amplía la nueva creación que se elabora dentro de nosotros por la rica afluencia de la vitalidad y la naturaleza del Señor. A través de la muerte y de la resurrección, nuestro espíritu asciende y experimenta los llamados “lugares celestiales”, habiendo encontrado todo lo que es terrenal, bajo sus pies.

Entonces, nuestro ser interior está en continua ascensión, más allá de todo obstáculo o dificultad. Sí, es continuamente libre y renovado y todo lo discierne con la visión transparente del cielo. ¡Cuan diferente es esta vida celestial en la tierra de aquella dominada por la emoción! Este es un tipo de vida que irradia naturaleza celestial y es persistentemente espiritual.

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julio 5, 2025 Néstor Martínez