28 – Conexión

Juan 15: 5 = Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Esto, independientemente como se hable en estos tiempos, sigue teniendo una palabra que lo identifica: conexión. La versión NTV en el mismo verso lo expresa así: Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada. Es Dios en modo árbol y, cada uno de nosotros, conectados con Él en modo rama…y fruto.

Hay palabras que usamos tanto que terminan gastándose. “Conexión” es una de ellas. La decimos para todo: conexión a internet, conexión emocional, conexión laboral, conexión espiritual. Pero cuando una palabra se usa para todo, corre el riesgo de no decir nada. Por eso vale la pena detenernos, bajar un cambio —como quien desenchufa para volver a enchufar mejor— y preguntarnos: ¿De qué hablamos cuando hablamos de conexión, especialmente cuando la miramos desde una perspectiva bíblica, humana y cotidiana?

La conexión, en su sentido más profundo, no es solo contacto. No es estar cerca ni estar comunicados. Es pertenecer, es participar, es compartir una misma fuente de vida. En la Biblia, la idea aparece de muchas formas: el vínculo entre Dios y el ser humano, la relación entre las personas, la unidad entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Es una palabra que, aunque no siempre aparece literalmente, atraviesa todo el mensaje: fuimos creados para estar conectados.

Ahora bien, el problema no es la falta de conexiones, sino la calidad de las mismas. Vivimos en una época donde todo está hiperconectado, pero no necesariamente profundamente vinculado. Podemos hablar con alguien al otro lado del mundo en segundos, pero no sabemos qué le pasa a quien está sentado al lado nuestro. Podemos consumir contenido espiritual, pero sentirnos vacíos por dentro. Podemos saber mucho sobre Dios, pero vivir como si estuviéramos desconectados de Él.

Aquí aparece una clave fundamental: la conexión verdadera no se mide por la cantidad de enlaces, sino por la profundidad del vínculo. Y eso nos lleva al corazón del mensaje del evangelio del Reino de Dios: no se trata de acumular información espiritual, sino de vivir una relación real, viva, transformadora.

Jesús no vino a fundar una institución fría ni a dejar un manual técnico. Vino a restaurar la conexión perdida. A mostrar que Dios no es una idea lejana, sino una presencia cercana. Que no es un concepto abstracto, sino una realidad que se encarna en lo cotidiano: en cómo tratamos a los demás, en cómo enfrentamos las dificultades, en cómo elegimos vivir. 

La conexión con Dios, entonces, no es un momento aislado del día ni una actividad religiosa específica. Es una forma de vida. Es aprender a reconocer su presencia en lo simple: en una conversación honesta, en un gesto de generosidad, en una decisión justa, en un silencio necesario. Es vivir con la conciencia de que no estamos solos, y que cada acción tiene un eco más allá de lo inmediato.

Pero seamos honestos: mantener esa conexión no siempre es fácil. La vida cotidiana, con sus urgencias y distracciones, tiende a desenfocarnos. Es como cuando el Wi-Fi anda mal: sabemos que la señal está, pero no logramos aprovecharla. En esos momentos, no necesitamos cambiar la fuente, sino revisar la conexión.

¿Y cómo se hace eso en la práctica? No hace falta complicarlo. A veces, lo más profundo es también lo más simple. Primero, hacer pausas reales. No solo parar físicamente, sino también mentalmente. Darse un momento para salir del ruido constante y volver al centro. No es perder tiempo, es recuperar dirección. Segundo, practicar la coherencia. La conexión se fortalece cuando lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos están alineados. No se trata de ser perfectos, sino de ser honestos. La incoherencia desgasta; la integridad conecta.

Tercero, cultivar relaciones auténticas. No hay conexión con Dios que no se refleje en cómo nos vinculamos con los demás. El amor al prójimo no es un concepto romántico, es una práctica concreta: escuchar, acompañar, perdonar, poner límites cuando hace falta. Es fácil hablar de espiritualidad; lo desafiante es vivirla en las relaciones humanas. 

Cuarto, aprender a soltar. Muchas desconexiones vienen de aferrarnos a cosas que nos pesan: resentimientos, miedos, expectativas irreales. Soltar no es perder, es hacer espacio para algo mejor. Y quinto, mantener una actitud de búsqueda. La conexión no es un estado fijo, es un proceso dinámico. Hay días de claridad y días de confusión. Lo importante no es no caer, sino no dejar de buscar.

Ahora bien, hablar de conexión también implica hablar de responsabilidad. Porque no solo recibimos, también transmitimos. Somos, en cierto sentido, nodos de conexión en la vida de otros. Lo que decimos, lo que hacemos, incluso lo que callamos, impacta. Podemos ser canales de vida o de desgaste. En este punto, el evangelio del Reino nos plantea un desafío interesante: vivir de tal manera que nuestra vida misma sea un puente. No un muro, no un filtro distorsionado, sino un puente que acerque, que facilite, que invite.

Y acá viene una cuota de humor, porque tampoco se trata de volvernos solemnes todo el tiempo. A veces queremos tener una conexión espiritual “premium”, como si fuera un servicio de alta velocidad, pero seguimos usando hábitos de “baja señal”. Queremos claridad sin detenernos, paz sin soltar, profundidad sin compromiso. Es como querer hacer videollamada en medio del campo sin señal y enojarse con el teléfono. Tal vez no es el dispositivo… tal vez necesitamos movernos un poco para encontrar mejor recepción. 

La buena noticia es que la conexión con Dios no depende de nuestra perfección, sino de su fidelidad. No es algo que tengamos que fabricar desde cero, sino algo a lo que podemos volver una y otra vez. Es una invitación constante, no un privilegio para unos pocos. Desde una mirada social, esto tiene implicancias enormes. Una comunidad conectada de verdad no es aquella donde todos piensan igual, sino donde hay respeto, diálogo y compromiso con el bien común. La desconexión social no se resuelve solo con tecnología, sino con humanidad. Y ahí es donde el mensaje del Reino se vuelve profundamente actual: justicia, misericordia, humildad. No como palabras bonitas, sino como prácticas concretas.

Ser creyente firme en el evangelio no significa encerrarse en una burbuja ni imponer ideas. Significa vivir con convicción, pero también con apertura. Tener raíces, pero no rigidez. Poder dialogar sin perder identidad. Aportar sin aplastar. Porque la verdad, cuando es auténtica, no necesita gritar. Se sostiene sola. Y la conexión, cuando es real, no necesita forzarse. Fluye. En definitiva, hablar de conexión es hablar de vida. De cómo nos vinculamos con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Es reconocer que no fuimos diseñados para la desconexión, aunque a veces la elijamos sin darnos cuenta.

Tal vez hoy sea un buen momento para revisar nuestras conexiones. No desde la culpa, sino desde la oportunidad. Preguntarnos: ¿Qué me está conectando de verdad? ¿Qué me está desconectando? ¿Qué puedo ajustar, aunque sea un poco? No hace falta cambiar todo de golpe. A veces, un pequeño gesto —una conversación sincera, un acto de bondad, un momento de silencio consciente— puede restablecer más de lo que imaginamos.

La conexión no es un lujo espiritual. Es una necesidad esencial. Y también, una decisión cotidiana. Porque al final del día, cuando llega esa hora donde todo va abandonando velocidad y ganando pensamiento, y más allá de las palabras que puedan haber sido expresadas o no, lo que queda es la vida vivida. Y una vida conectada, en el sentido más profundo, no es perfecta… pero sí es plena.

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La Trampa del Servicio

Hay preguntas que tienen la capacidad de detenernos por completo. Preguntas que no buscan darnos información, sino llevarnos a revisar el rumbo de nuestra vida. Una de ellas nace de las palabras de Jesús en el Sermón del Monte, y quizá sea una de las más inquietantes de toda la Biblia. Imagina por un momento esa escena. Has dedicado años a servir a Dios. Has invertido tiempo, esfuerzo, recursos. Has ayudado a personas, has hablado de Él, has visto vidas cambiar.

Quizá otros incluso te admiran por tu compromiso. Entonces llega el momento definitivo, el instante en que todo queda expuesto delante del Padre. Esperas escuchar una bienvenida. Esperas aprobación. Pero en lugar de eso escuchas unas palabras que nadie quisiera oír: Nunca los conocí. Apártense de mí… No son palabras dirigidas a personas que rechazaron a Dios de manera abierta. Tampoco a quienes vivieron negando su existencia. Lo sorprendente es que Jesús las dirige a personas profundamente involucradas en actividades espirituales.

Ellos responden casi con asombro. «¿No profetizamos en tu nombre? ¿No expulsamos demonios en tu nombre? ¿No hicimos muchos milagros en tu nombre?» Es una lista impresionante. Cualquiera podría pensar que una vida así sería la evidencia definitiva de una relación con Dios. Sin embargo, Jesús demuestra exactamente lo contrario. Y eso cambia por completo nuestra manera de entender la vida del Reino. Durante mucho tiempo muchos han supuesto que la prueba de una vida aprobada por Dios son los resultados visibles.

Si alguien habla bien, si ayuda a mucha gente, si parece tener autoridad espiritual o si ocurren cosas extraordinarias alrededor de su vida, entonces damos por sentado que todo está bien entre esa persona y Dios. Pero Jesús desmonta esa idea en apenas tres versículos. Lo extraordinario no siempre revela lo auténtico. El éxito visible no siempre refleja una comunión verdadera. La actividad espiritual no reemplaza una relación viva. Y quizá esa sea una de las advertencias más necesarias para nuestro tiempo.

Vivimos en una cultura que mide todo por resultados. Cuántos seguidores tiene alguien. Cuántas personas lo escuchan. Cuánto produce. Cuánto logra. Incluso cuando hablamos de la vida espiritual podemos caer en la misma lógica: medirnos por lo que hacemos. Sin darnos cuenta comenzamos a construir nuestra identidad alrededor de nuestra utilidad. Nos sentimos valiosos porque hacemos. Nos sentimos aceptados porque servimos. Nos sentimos seguros porque estamos ocupados.

Pero el Reino de Dios funciona de otra manera. El Padre nunca quiso hijos que vivieran intentando demostrar su valor mediante su rendimiento. Él quiso hijos que aprendieran a vivir desde una relación. Esa diferencia parece pequeña, pero transforma absolutamente todo. Porque cuando una persona necesita demostrar constantemente que vale, termina usando incluso las cosas de Dios para alimentar esa necesidad. Puede servir. Puede enseñar. Puede liderar. Puede ayudar. Puede sacrificar tiempo y energía.

Y, sin embargo, cae en hacerlo desde un lugar completamente distinto al que el Padre desea. Entonces la pregunta deja de ser cuánto haces. La pregunta pasa a ser desde dónde lo haces. Hay una diferencia enorme entre trabajar para conseguir aceptación y actuar porque ya sabes que eres amado. El hijo no trabaja para convertirse en hijo. El hijo vive como hijo porque ya pertenece a la familia. Ese cambio de perspectiva parece sencillo, pero modifica las motivaciones más profundas del corazón.

Jesús conocía perfectamente esa diferencia. Por eso, cuando habla en Mateo capítulo 7, no discute las obras realizadas. En ningún momento dice que esas personas estaban inventando lo que habían hecho. No les responde: «Eso nunca ocurrió.» Tampoco dice: «Los milagros eran falsos.» El centro del problema es otro. Ellos hablan de todo lo que hicieron. Jesús responde hablando de una relación que nunca existió. Mientras ellos presentan un currículum, Él habla de intimidad. Mientras ellos muestran resultados, Él revela una ausencia.

Es como si estuvieran respondiendo una pregunta que nunca se les hizo. Ellos creen que el criterio es la productividad. Jesús revela que el criterio siempre fue la comunión. Eso debería hacernos pensar. Porque existe un peligro muy sutil. Podemos llenar nuestra agenda con actividades relacionadas con Dios y, al mismo tiempo, descuidar aquello que Él más desea: caminar con nosotros. Desde el principio de la historia bíblica, el propósito nunca fue simplemente establecer normas o levantar organizaciones humanas. El propósito fue restaurar una familia.

Cuando Dios crea al ser humano, no lo coloca en un sistema religioso. Lo coloca en un jardín. No comienza entregándole una lista interminable de tareas. Comienza caminando con él. La primera imagen que la Biblia presenta de la relación entre Dios y el hombre no es la de un empleado con su jefe. Es la de un Padre que comparte la vida con sus hijos. Ese diseño nunca cambió. Lo que cambia a lo largo de la historia son las circunstancias, pero el deseo del Padre permanece igual.

Él busca personas que quieran vivir con Él, no simplemente trabajar para Él. Sin embargo, el ser humano tiene una tendencia constante a reemplazar la relación por el rendimiento. Nos resulta más fácil hacer cosas que abrir el corazón. Es más sencillo cumplir tareas que rendir nuestra voluntad. Es más cómodo construir una imagen que permitir que Dios transforme nuestro interior. Por eso las palabras de Jesús resultan tan confrontadoras. Porque exponen una posibilidad que pocos consideran.

Es posible hablar mucho de Dios sin caminar con Él. Es posible hacer cosas en Su nombre sin permitirle gobernar la vida. Es posible que la actividad aumente mientras la relación disminuye. Y cuando eso ocurre aparece un fenómeno muy peligroso. Comenzamos a usar el nombre de Jesús como respaldo para nuestros propios proyectos, en lugar de permitir que nuestra vida sea la expresión de Su voluntad. La diferencia puede parecer sutil desde afuera. Pero delante del Padre es enorme.

Porque el Reino no funciona sobre la base del desempeño. Funciona sobre la base de una relación de confianza, amor y obediencia. Por eso Jesús comienza ese pasaje con una frase que muchas veces pasa desapercibida. No todo el que me dice: Señor, Señor… Observa que no dice: «No todo el que habla de mí.» Dice: No todo el que me llama Señor. Es decir, no basta con reconocer verbalmente quién es Jesús. La verdadera pregunta es si ese reconocimiento alcanza las decisiones cotidianas.

Porque llamar a alguien «Señor» implica reconocer su autoridad. Y reconocer su autoridad significa permitir que sus palabras orienten nuestra manera de vivir. No se trata de una obediencia nacida del miedo. Se trata de la respuesta natural de quien ha descubierto el amor del Padre y desea caminar junto a Él. El Reino nunca fue una invitación a cumplir un conjunto de obligaciones para ganar el favor de Dios. Es una invitación a vivir desde una identidad nueva. Y cuando la identidad cambia, también cambian las motivaciones. Ya no obedecemos para ser aceptados. Obedecemos porque ya pertenecemos. Ya no servimos para demostrar algo. Servimos porque el amor recibido inevitablemente se convierte en amor compartido.

Ese es el punto de partida que Jesús quiere recuperar. No una vida llena de actividades espirituales. Sino una vida donde cada actividad nace de una relación viva con el Padre. Y precisamente ahí aparece una palabra del texto original que merece toda nuestra atención. Una palabra que, bien entendida, nos ayuda a comprender por qué Jesús pronunció un veredicto tan fuerte y qué estaba señalando realmente acerca del corazón de aquellas personas. De eso hablaremos a continuación.

En el texto de Mateo 7 hay un detalle que normalmente pasa desapercibido porque nuestras traducciones lo resumen en una expresión sencilla: hacedores de maldad o los que practican la iniquidad. Pero detrás de esa frase hay una riqueza de significado que merece ser explorada. Jesús dice: Nunca los conocí; apártense de mí, los que practican la iniquidad. En el texto griego aparece la expresión hoi ergazomenoi tēn anomian.

No hace falta ser especialista en idiomas antiguos para comprender lo esencial. Lo importante no es aprender una palabra en griego, sino descubrir qué quiso comunicar Jesús. El verbo ergazomai significa trabajar, realizar una actividad, producir algo. Pero en esta forma verbal describe una acción continua, una práctica habitual. No habla de un error aislado ni de una caída ocasional. Habla de una manera de vivir, de una dirección constante. Todos fallamos. Todos tomamos malas decisiones alguna vez. Todos necesitamos la gracia de Dios.

Jesús no está diciendo que quien se equivoca una vez queda fuera de Su Reino. Si así fuera, ninguno tendría esperanza. Lo que está describiendo es algo diferente. Está hablando de personas cuya vida había tomado un rumbo donde la desobediencia dejó de ser una excepción para convertirse en un patrón. Y ahí aparece la segunda palabra. Anomía. Literalmente significa «sin ley». Sin embargo, en el pensamiento bíblico esa expresión va mucho más allá de romper normas.

La palabra señala una actitud de independencia frente a Dios. Es vivir como si la propia voluntad fuera la autoridad final. Es construir una vida donde Dios puede ser reconocido con los labios, pero no necesariamente obedecido en las decisiones. Eso cambia completamente la perspectiva. Porque el problema no era que aquellas personas desconocieran el nombre de Jesús. Lo usaban constantemente. Tampoco era un problema de falta de actividad. Habían hecho mucho.

El problema era mucho más profundo. Su vida seguía teniendo el mismo centro de gobierno: ellos mismos. Y esta es una tentación tan antigua como la humanidad. Desde el principio, el verdadero conflicto nunca fue simplemente comer de un árbol prohibido. El conflicto fue decidir quién definiría el bien y el mal. ¿Dios? ¿O el ser humano? Cuando Adán y Eva decidieron actuar al margen de la voz del Padre, no solo quebrantaron un mandato. Escogieron la autonomía. Escogieron vivir según su propio criterio.

Ese mismo principio sigue apareciendo una y otra vez en la historia humana. No siempre adopta formas escandalosas. Muchas veces se presenta de manera muy sofisticada. Podemos decir que creemos en Dios y, sin embargo, reservar áreas completas de nuestra vida donde solamente nosotros decidimos. Administramos nuestras relaciones sin consultarlo. Tomamos decisiones económicas ignorando Su sabiduría. Construimos nuestros proyectos sin preguntarle qué desea Él. Elegimos qué partes de Sus enseñanzas aceptamos y cuáles dejamos de lado porque resultan incómodas.

Entonces Dios deja de ser el Señor de nuestra vida para convertirse en un asesor al que consultamos cuando nos conviene. Eso es mucho más cercano a la anomía de lo que solemos imaginar. Porque la independencia espiritual casi nunca comienza con una rebelión abierta. Comienza con pequeñas decisiones. Pequeñas concesiones. Pequeñas justificaciones. Una voz interior que dice: «Esto ya lo resolveré yo.» «No hace falta involucrar a Dios en esto.» «Él entenderá.»

Y poco a poco esa manera de pensar construye una forma de vivir donde seguimos hablando de Dios, pero cada vez dependemos menos de Él. Eso explica por qué Jesús pone tanto énfasis en hacer la voluntad del Padre. Observa cómo comienza el pasaje. No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre. La diferencia no está entre personas religiosas y personas no religiosas. La diferencia está entre quienes viven sometiendo su voluntad al Padre y quienes solamente conservan un lenguaje espiritual.

Porque el Reino no consiste en aprender un vocabulario. Consiste en aprender una manera nueva de vivir. Y aquí conviene detenernos un momento. Cuando escuchamos la palabra «obediencia», muchas veces pensamos en obligación. Imaginamos reglas. Control. Pérdida de libertad. Pero la Biblia presenta algo completamente distinto. La obediencia nace de la confianza. Un hijo pequeño toma de la mano a su padre para cruzar una calle no porque viva bajo una dictadura, sino porque confía en quien ve más que él.

La obediencia del Reino funciona de la misma manera. No nace del miedo. Nace de la certeza de que el Padre siempre ve más lejos que nosotros. Cada vez que Él nos guía, no intenta quitarnos libertad. Está protegiendo nuestro propósito. Por eso Jesús nunca presentó al Padre como alguien obsesionado con controlar personas. Lo presentó como alguien profundamente interesado en dar vida. Cuando Dios dice «no», nunca es un «no» vacío. Siempre está protegiendo un «sí» mucho mayor. Cuando limita un camino, normalmente está preservando otro. Cuando corrige, está formando. Cuando confronta, está sanando.

Pero para experimentar todo eso hace falta algo que el ser humano resiste profundamente. Rendir el control. Y quizá ahí encontramos una de las diferencias más claras entre la vida religiosa y la vida del Reino. La religión suele preguntar: «¿Qué debo hacer?» El Reino pregunta: «¿En quién me estoy convirtiendo?» La religión se concentra en conductas. El Reino transforma el corazón. La religión puede producir disciplina externa. El Reino produce una naturaleza nueva. Por eso Jesús nunca se conformó con modificar comportamientos. Siempre fue al origen. Al corazón. A las motivaciones.

Porque sabe que una conducta puede fingirse durante un tiempo. Pero el corazón siempre termina revelándose. Una persona puede aparentar humildad mientras busca reconocimiento. Puede servir mientras alimenta su orgullo. Puede hablar de amor mientras compite silenciosamente con los demás. Puede hacer muchas cosas correctas por razones completamente equivocadas. Y solo Dios puede distinguir esa diferencia. Los seres humanos solemos mirar resultados. Dios mira raíces. Nosotros admiramos lo visible. Él observa lo invisible. Nos impresiona el fruto. Él examina el árbol.

Eso explica por qué Jesús nunca quedó deslumbrado por los grandes actos públicos. Él prestaba tanta atención a una viuda dando dos pequeñas monedas como a una multitud escuchando un sermón. Veía con la misma claridad un gesto oculto de generosidad que un milagro realizado delante de miles. Porque Su mirada siempre iba más profundo. Él veía aquello que nadie más podía ver. Las verdaderas motivaciones. Y quizá esa sea una de las invitaciones más importantes de este pasaje. Dejar de preguntarnos únicamente qué estamos haciendo. Y empezar a preguntarnos desde dónde lo estamos haciendo.

¿Qué mueve realmente nuestro corazón? ¿El deseo de agradar al Padre? ¿O la necesidad de sentirnos importantes? ¿Buscamos parecer espirituales? ¿O buscamos parecernos más a Jesús? Esas preguntas no producen culpa. Producen libertad. Porque cuando descubrimos que el Padre está más interesado en transformar nuestro interior que en evaluar nuestro rendimiento, dejamos de vivir bajo la presión de demostrar constantemente nuestro valor. Comenzamos a descansar. Y desde ese descanso empieza a surgir una obediencia completamente diferente. No una obediencia forzada. Sino una obediencia nacida del amor.

Y precisamente allí aparece otra palabra fundamental del pasaje. Una palabra que cambia el sentido completo de la conversación: cuando Jesús dice nunca los conocí, utiliza un verbo que habla de una relación mucho más profunda que un simple reconocimiento. Entender ese verbo nos permitirá descubrir cuál era, en realidad, el mayor anhelo del corazón del Padre. Después de escuchar las palabras de Jesús, es fácil quedarse atrapado en la parte más dura del pasaje. Nunca los conocí. Pero si nos detenemos un poco más, descubrimos que esa frase también contiene una extraordinaria invitación.

Porque Jesús no dice: «Nunca supe quiénes eran.» Tampoco dice: «Nunca escuché hablar de ustedes.» Dice algo mucho más profundo. Nunca los conocí. El verbo que aparece allí es ginōskō. En la Biblia, esa palabra no describe un conocimiento superficial o simplemente intelectual. Habla de un conocimiento nacido de la experiencia, de la cercanía, de una relación viva. Todos conocemos personas de nombre. Sabemos quiénes son. Reconocemos su rostro. Incluso podemos contar algunas cosas sobre ellas. Pero eso no significa que las conozcamos realmente.

Conocer a alguien implica compartir tiempo. Escuchar. Aprender. Caminar juntos. Descubrir cómo piensa, qué ama, qué le duele, qué lo alegra. Eso es exactamente lo que Jesús está señalando. El problema nunca fue la falta de información acerca de Dios. Aquellas personas sabían muchas cosas. Conocían Su nombre. Hablaban de Él. Trabajaban para Él. Pero no habían aprendido a caminar con Él. Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas. Uno puede pasar años estudiando la vida de un músico sin haber compartido jamás una conversación con él. Puede conocer todas sus canciones, todas sus entrevistas, todas las fechas importantes de su carrera. Pero seguirá siendo un desconocido.

Con Dios puede ocurrir algo parecido. Podemos acumular conocimientos bíblicos. Memorizar versículos. Comprender doctrinas. Responder preguntas difíciles. Y aun así mantener una relación distante. Porque el conocimiento que transforma no consiste solamente en aprender información. Consiste en permitir que esa verdad modele nuestra manera de vivir. Por eso Jesús nunca invitó simplemente a creer ciertas ideas. Invitó a seguirlo. Y seguir a alguien implica movimiento. Implica cercanía. Implica aprender observando su vida. Un discípulo no solo escuchaba las enseñanzas de su maestro. Compartía el camino con él. Veía cómo respondía a los conflictos. Cómo trataba a las personas. Cómo descansaba. Cómo oraba. Cómo enfrentaba el dolor.

La enseñanza no terminaba cuando acababa una conversación. Continuaba durante toda la vida. Eso es exactamente lo que el Padre desea con cada uno de nosotros. No busca visitas ocasionales. Busca hijos que aprendan a vivir junto a Él. Quizá aquí encontramos una de las mayores diferencias entre la cultura del rendimiento y la cultura del Reino. El rendimiento pregunta: «¿Qué logré hoy?» El Reino pregunta: «¿Cómo caminé hoy con mi Padre?» Puede parecer una diferencia pequeña. Pero cambia completamente la manera de vivir. Porque si todo depende de lo que logro, nunca será suficiente.

Siempre habrá algo más por hacer. Más personas que ayudar. Más proyectos. Más desafíos. La lista nunca termina. Y el corazón termina agotado. Sin embargo, cuando la prioridad es caminar con el Padre, incluso las tareas más sencillas adquieren un significado diferente. Preparar una comida. Escuchar a un hijo. Cumplir una responsabilidad laboral. Conversar con un amigo. Perdonar una ofensa. Todo puede convertirse en una expresión de esa relación. El Reino no está dividido entre actividades espirituales y actividades comunes. Toda la vida pertenece al Padre.

Por eso Pablo escribió que todo lo que hagamos debe hacerse para la gloria de Dios. No porque existan trabajos sagrados y trabajos profanos. Sino porque existe una sola vida. Y esa vida puede ser vivida en comunión con Él. Quizá durante mucho tiempo pensamos que Dios solo estaba interesado en los grandes momentos. Las reuniones importantes. Los milagros. Las decisiones trascendentes. Pero cuando observamos la vida de Jesús descubrimos otra realidad.

Él dedicó la mayor parte de Su existencia a una vida sencilla. Treinta años de vida cotidiana. Trabajo. Familia. Amistades. Conversaciones. Caminatas. Comidas compartidas. Y fue precisamente allí donde reveló el corazón del Padre. Eso significa que Dios también está presente en nuestras rutinas. En las decisiones pequeñas. En las conversaciones que nadie recuerda. En los actos de integridad que nadie aplaude. En la paciencia que ejercemos cuando nadie nos observa.

Porque el Reino crece desde adentro. Como una semilla. Silenciosamente. Sin espectáculo. La transformación más profunda casi nunca hace ruido. Sucede mientras aprendemos a confiar. Mientras dejamos de depender únicamente de nuestras fuerzas. Mientras comenzamos a preguntarle al Padre qué piensa antes de decidir. Mientras permitimos que Su Espíritu moldee nuestro carácter. Ese proceso suele ser lento. Y quizá por eso muchas personas lo subestiman.

Vivimos en una cultura enamorada de lo inmediato. Queremos cambios rápidos. Resultados visibles. Respuestas instantáneas. Pero el crecimiento de un árbol no ocurre de un día para otro. Las raíces trabajan en silencio mucho antes de que aparezcan los frutos. Y Dios siempre presta más atención a las raíces que al fruto visible. Porque sabe que un fruto puede ser imitado durante un tiempo. Pero las raíces no. Las raíces revelan de dónde obtiene vida una persona.

Ahí aparece otra pregunta importante. ¿De dónde estamos obteniendo nuestra identidad? Muchas personas viven buscando aprobación. Necesitan sentirse valiosas porque otros las reconocen. O porque producen. O porque son necesarias. El problema es que esa fuente nunca sacia. Siempre exige más. Siempre pide otra demostración. Otro logro. Otra validación. El Reino ofrece una libertad completamente distinta. El Padre no nos llama hijos porque hayamos demostrado suficiente capacidad. Nos llama hijos porque Él decidió adoptarnos en Cristo y hacernos parte de Su familia.

Esa identidad no se conquista. Se recibe. Y cuando realmente creemos eso, cambia nuestra manera de servir. Ya no ayudamos para sentirnos importantes. Ayudamos porque el amor del Padre ya llenó nuestro corazón. Ya no obedecemos para evitar el rechazo. Obedecemos porque confiamos en quien nos ama. Ya no vivimos intentando construir una reputación. Vivimos procurando reflejar el carácter de Jesús. Eso produce descanso. Y desde ese descanso nace un servicio completamente diferente. Más humilde. Más libre.

Curiosamente, cuanto menos necesitamos demostrar quiénes somos, más útiles nos volvemos para el Reino. Porque dejamos de ocupar el centro. Y permitimos que Cristo ocupe el lugar que siempre le perteneció. Quizá esa sea una de las mayores evidencias de una vida transformada. No que hacemos cosas extraordinarias. Sino que cada vez dependemos menos de nosotros mismos. Aprendemos a escuchar antes de hablar. A consultar antes de decidir. A amar antes de juzgar. A servir sin esperar reconocimiento. A permanecer fieles incluso cuando nadie nos ve.

Eso es lo que una relación verdadera produce. No perfección inmediata. Sino una dirección nueva. Un corazón que vuelve una y otra vez al Padre. Un hijo que aprende cada día a parecerse más a Él. Y cuando esa relación se convierte en el fundamento de la vida, ocurre algo maravilloso: las obras dejan de ser el objetivo y se transforman en la consecuencia natural del amor. Los frutos ya no son un esfuerzo desesperado por impresionar a Dios. Son el resultado inevitable de permanecer unidos a Él.

Por eso, antes de terminar, queda una pregunta profundamente práctica. ¿Cómo saber si realmente estamos viviendo desde esa relación y no simplemente desde la actividad? Hay señales sencillas, cotidianas, que pueden ayudarnos a responderla con honestidad. Y descubrirlas puede cambiar no solo nuestra forma de servir a Dios, sino nuestra manera de vivir cada día. Llegados a este punto, es probable que la pregunta ya no sea la misma con la que comenzamos. Al principio nos preguntábamos cómo era posible que personas que habían hecho tantas cosas en el nombre de Jesús escucharan finalmente: «Nunca los conocí.»

Ahora la pregunta cambia. La verdadera pregunta es: ¿Cómo sé si estoy viviendo desde una relación con el Padre o simplemente desde la costumbre de hacer cosas para Él? La respuesta no está en revisar una lista de actividades. Tampoco en contar cuántas horas dedicamos a servir. Mucho menos en medir resultados. Jesús nunca presentó esos elementos como el centro de la vida del Reino. Hay señales mucho más profundas. La primera tiene que ver con aquello que sucede cuando nadie nos está mirando.

Porque todos somos capaces de cuidar nuestra imagen delante de otros. Podemos elegir cuidadosamente nuestras palabras. Podemos mostrar paciencia. Podemos parecer generosos. Podemos proyectar una versión de nosotros mismos que impresione. Pero cuando estamos solos desaparece el público. Y allí queda al descubierto quiénes somos realmente. ¿Qué ocupa nuestros pensamientos cuando nadie nos observa? ¿Dónde busca descanso nuestro corazón? ¿De qué manera tomamos decisiones cuando no necesitamos explicarlas a nadie?

Es en esos lugares donde una relación con el Padre comienza a hacerse visible. No porque nunca fallemos. Sino porque aprendemos a volver una y otra vez a Él. La segunda señal aparece cuando debemos elegir entre nuestra voluntad y la Suya. Hay momentos en que ambas coinciden. Pero también existen situaciones donde seguir a Cristo implica renunciar al orgullo. Perdonar cuando sería más fácil guardar resentimiento. Decir la verdad cuando una mentira parece conveniente. Permanecer íntegros cuando nadie descubriría lo contrario. Servir sin esperar reconocimiento. Amar incluso cuando no recibimos nada a cambio.

Es allí donde el señorío de Jesús deja de ser una idea bonita y se convierte en una realidad concreta. Porque reconocerlo como Señor no consiste únicamente en pronunciar esas palabras. Consiste en permitir que Su forma de vivir transforme la nuestra. Y hay una tercera señal que suele pasar desapercibida. ¿Qué ocurre cuando todo parece salir mal? Mientras las cosas funcionan, es sencillo decir que confiamos en Dios. La verdadera confianza aparece cuando no entendemos lo que está ocurriendo. Cuando las respuestas tardan. Cuando los planes cambian. Cuando el dolor golpea. Cuando el futuro parece incierto. Es precisamente allí donde una relación madura se fortalece.

Porque dejamos de confiar solamente en las circunstancias y aprendemos a confiar en el carácter del Padre. Sabemos que no siempre comprenderemos Sus caminos. Pero también sabemos que Su amor permanece inalterable. Eso cambia nuestra manera de vivir. Y quizá también cambia nuestra manera de orar. Porque la oración deja de ser únicamente una lista de pedidos. Se convierte en una conversación. Un espacio donde aprendemos a escuchar tanto como hablamos. Donde descubrimos que Dios no solo quiere responder preguntas. Quiere formar personas. Quiere moldear hijos que reflejen Su corazón.

Ese es el propósito del Reino. No producir trabajadores infatigables. Sino hijos maduros. No fabricar personas ocupadas. Sino hombres y mujeres que aprendan a caminar con Él. Cuando eso sucede, el servicio encuentra su lugar correcto. Ya no es el centro. Es la consecuencia. Ya no nace de la ansiedad. Nace del amor. Ya no intenta llenar un vacío. Expresa una plenitud. Y entonces comprendemos algo extraordinario. El Padre nunca estuvo buscando personas impresionantes. Nunca necesitó que alguien aumentara Su prestigio. Nunca dependió de nuestro rendimiento para cumplir Sus propósitos. Lo único que siempre buscó fue un pueblo dispuesto a vivir unido a Él.

Esa ha sido la historia desde el principio. Cuando llamó a Abraham, quería caminar con él. Cuando formó a Israel, quería habitar en medio de su pueblo. Cuando Jesús vino al mundo, fue llamado Emanuel: Dios con nosotros. Y cuando envió al Espíritu Santo, lo hizo para que Su presencia habitara en nosotros. Toda la historia bíblica apunta en una misma dirección. Dios acercándose. Dios buscando. Dios llamando. Dios restaurando la comunión perdida.

Por eso el centro del Evangelio no es simplemente el perdón de los pecados. El perdón abre la puerta a algo mucho mayor. La reconciliación con el Padre. La recuperación de una relación que el pecado había fracturado. Esa relación cambia la identidad. Y cuando la identidad cambia, cambia la manera de vivir. Ya no actuamos como huérfanos intentando ganar un lugar. Vivimos como hijos que ya tienen un hogar. Esa diferencia transforma absolutamente todo. Transforma el trabajo. La familia. Las amistades. Las decisiones. La forma de administrar el dinero. La manera de responder a las dificultades. La manera de amar.

Porque el Reino nunca fue un compartimento reservado para algunos momentos de la semana. Es una forma de vivir cada día. Es aprender a reconocer la voz del Padre en medio de las decisiones más sencillas. Es descubrir que Su presencia también está en la oficina, en la cocina, en el camino al trabajo, en una conversación con un vecino, en una llamada telefónica, en una mesa compartida con la familia. El Reino invade la vida cotidiana. Y quizá ahí está la mayor diferencia entre una existencia religiosa y una vida transformada. La religión suele separar lo sagrado de lo cotidiano.  El Reino une ambas cosas.

Todo pertenece al Padre. Todo puede convertirse en una oportunidad para reflejar Su carácter. Todo puede ser vivido junto a Él. Por eso, al volver una vez más a Mateo 7, descubrimos algo esperanzador. Jesús no estaba diciendo: «Hagan menos.» Tampoco estaba diciendo: «Dejen de servir.» Lo que estaba diciendo era algo mucho más profundo. No permitan que las obras ocupen el lugar que solo puede ocupar la relación. Porque cuando el orden se invierte, incluso las mejores acciones terminan vaciándose de sentido. Pero cuando la relación ocupa el primer lugar, las obras encuentran naturalmente su lugar.

Como el fruto que nace de un árbol sano. No porque el árbol haga esfuerzos desesperados por producir. Sino porque está firmemente arraigado. Y quizá esa sea la imagen que vale la pena guardar al terminar este recorrido. Imagina un árbol enorme. Desde lejos todos admiran sus ramas. Su sombra. Sus frutos. Su belleza. Pero casi nadie piensa en aquello que permanece oculto. Las raíces. Sin embargo, son las raíces las que sostienen todo lo demás. Nadie las aplaude. Nadie las fotografía. Nadie las ve.

Pero allí está la verdadera vida. Lo mismo ocurre con nosotros. Las personas pueden admirar lo que hacemos. Pueden reconocer nuestros talentos. Pueden agradecer nuestro servicio. Pero el Padre siempre mira aquello que nadie más puede ver. Las raíces. La comunión. La confianza. La obediencia nacida del amor. Ese lugar secreto donde nadie aplaude, pero donde todo comienza. Y quizá, al terminar este episodio, la mejor decisión no sea hacer más. Tal vez la decisión más importante sea detenernos y preguntarnos con total sinceridad:

¿Estoy construyendo una vida llena de actividades… o una vida profundamente arraigada en el Padre? Porque el Reino no necesita personas que simplemente hagan muchas cosas. El mundo está lleno de gente ocupada. El Padre está formando hijos. Hijos que conozcan Su voz. Que disfruten Su presencia. Que confíen en Su amor. Que reflejen Su carácter. Y cuando esos hijos sirven, su servicio deja de ser una carga. Se convierte en una expresión natural de la vida que llevan dentro. Mi deseo es que, cuando llegue el día de encontrarnos cara a cara con Él, no sintamos la necesidad de presentar un currículum de logros, de ministerios o de reconocimientos.

Que no tengamos que convencerlo de cuánto hicimos. Que simplemente podamos permanecer delante de nuestro Padre con la serenidad de quien caminó con Él durante toda su vida. Porque al final, la mayor victoria no será haber llenado agendas, auditorios o calendarios. La mayor victoria será haber aprendido a vivir cada día tomados de la mano del Padre. Y entonces, las palabras que llenarán de sentido toda la eternidad no serán el reconocimiento de nuestras obras, sino la confirmación de una relación que comenzó mucho antes: «Te conozco.» Y si Él nos conoce, eso significa que aprendimos a vivir donde siempre estuvo nuestro verdadero hogar.

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¿Quieres Vencer? ¡Cambia!

Según un buen diccionario, la palabra Transición significa por lo menos tres cosas:  Acción y resultado de pasar de un estado o modo de ser a otro distinto. Paso de una idea o materia a otra. Y cambio de tono y expresión. Las tres son perfectamente válidas en lo concerniente a temas del mundo secular, pero también en lo espiritual. Para Dios, decir transición, es expresar la intención de depositar vino nuevo. Nadie puede ignorar que vivimos en una sociedad cambiante y que, en estos tiempos, está sujeta y casi prisionera de cambios que en muchos casos hasta parecen violentos.

Cambios en la sociedad política, monetaria, social, moral, en suma: cambios en todas partes. Lo cierto es que, cuando hay muchos cambios en una sociedad, se pierden automáticamente los valores de los incidentes individuales. Es muy fácil olvidar la importancia de un hecho, cuando este hecho es superado por un hecho próximo inmediatamente. La tecnología en todas sus expresiones son un ejemplo evidente de esto. Ni bien aprendes a operar con algo relativamente nuevo, ya es reemplazado por otra cosa más moderna y diferente en su operatividad.

La consecuencia de todo esto es que la gente en su gran mayoría, quiere estar actualizada con lo que llegará mañana, sin prestarle ya demasiada atención a lo que sucedió hoy. Ese es un espíritu y hay que tener mucha precaución con él. Siempre la versión 2 parece ser superior a la 3, pero eso es hasta que aparece la 4. Es un espíritu. Nunca se termina. Conferencia o Congreso 1, 2, 3, 4. Sin dudas, este nuestro es un mundo rápido y cambiante.

Ese espíritu siempre te va a decir que vas a mejorar el ahora con el mañana. De los cambios en el mundo natural ni siquiera vale la pena invertir diez segundos. Están a la vista para cualquiera que sepa mirar un poco más allá de su nariz. Así es que, como el mundo espiritual y el mundo natural son paralelos, podemos esperar grandes cambios en el mundo espiritual. Y es por eso, créanme, que nos sentimos como nos sentimos. Porque están ocurriendo cambios.

Dios está removiendo todo lo que es de origen fariseo, está destruyendo todo lo que es política religiosa, estructuras que no son suyas y cambiando generaciones de líderes y liderados. Cambio. De eso estamos hablando, de cambios. Mientras el pueblo de Dios ora y supone que no pasa nada, en el mundo se producen cambios y modificaciones de muy alto calibre si las comparamos con otros tiempos pasados. Hoy los creyentes no tienen tan claro el definir cuales y quienes son los buenos y los malos. Hubo cambios.

Para mi gusto, más que cambios violentos, estamos atravesando un período de transición. Cambiando de lo viejo a lo nuevo. De manera que la iglesia, y aquí hablo de su conjunto, se encuentra en una especie de estado de parto. Como es sabido, todo estado de parto conlleva dolor. Por poco o por mucho, sigue siendo un tiempo de dolencias personales. El metabolismo y la anatomía del cuerpo cambia cuando la mujer está en estado de parto.

El cuerpo completo de la mujer es afectado por muchos cambios en su tiempo de estado. Las hormonas enloquecen, un día se están riendo a carcajadas y al día siguiente te quieren matar. Su tamaño cambia, su cuerpo es estrechado. Comienzan a crecerle zonas que antes no eran tan grandes. Al mismo tiempo, otras entran en proceso de disminución. De hecho, estoy hablando del cuerpo de Cristo, no del de tu esposa. Lo aclaro por si hay alguien que todavía no lo entendió.

Las emociones se vuelven locas. Se llora, se ríe, los gustos comienzan a cambiar en el cuerpo que está por dar a luz. Sigo hablando de la iglesia, no de tu mujer. Hay cambios químicos y luego comienzan los verdaderos dolores de parto. Comienzan las contracciones y van incrementando su potencia. Obvio que una mujer puede hablar de esto no sólo con experiencias reales vividas, sino con máxima autoridad recibida. Un urólogo arriesgó opinión hace mucho tiempo señalando que hay un solo dolor que equipara al de parto, el del tránsito y despido de un cálculo renal a través del uréter. No lo sé. Hay que sufrir ambos para saberlo.

Aunque te ofendas, pregúntale al médico. Lo que sucede es que necesito explicar el estado de una mujer en tiempo de parto, para poder expresar el estado de la iglesia. Y si has podido entender lo natural, quizás puedas tener una idea aproximada de lo que está aconteciendo espiritualmente. Una mujer puede ir a todas esas clases pre parto especiales que les dan, incluso con asistencia de la pareja conjunta, no de ella sola. Pero eso solamente elimina el temor al parto, pero no el dolor. Al dolor no lo elimina nada ni hay medicamento alguno capaz de atenuarlo, siquiera.

Aquí estamos haciendo algo parecido. Puedo atenuarte los temores a los cambios que vienen en el cuerpo, pero de ninguna manera evitar el dolor que eso va a producir o está produciendo. Y eso continua hasta que el fruto y la madre se unen en un momento de transición. Delicado, pero muy doloroso a la misma vez. Y siempre involucrando riesgo. Se puede perder el fruto y se puede perder la madre. Un momento de transición es un momento de confusión.

Esto significa que Dios está por dar a luz algo. Tanto en lo personal, en tu vida, como en lo corporal, en Cristo. Y cuando todo está en el dolor máximo, y la mujer, que es la iglesia, mira en el rostro de su marido buscando apoyo. Y comienza a hacer de su mano una agarradera con el riesgo de romperle los huesos de la mano al apretarlo. Y cuando llega el gran médico, ella quisiera oír las palabras: descansa, mi amor, que voy a eliminar el dolor, Él en lugar de eso, dice: ¡Empuja!

Involucra muchas emociones. Tiene una confusión, pero cuando viene el fruto, todo el dolor se olvida. Empuja. Empuja. Dios está soplando sobre Sion. Hebreos 11:8-10 dice lo siguiente: Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Noten que en transición, nadie sabe para donde va. Es normal. ¡Es que estoy confundido! Es normal. Hay un subibaja de emociones. Es normal.

¡Es que duele tomar la decisión! Es normal. Estás exactamente donde hemos querido traerte, en la cama y de parto. Empuja. Dice: Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac (No Ismael)  y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. La iglesia. Fue llamado de un lugar, a ir a un lugar que no conoce. ¿Sabes qué? ¡Nadie lo conoce!

Porque hasta que no lleguemos, no sabemos qué es. Podemos estar recibiendo una revelación respecto a que en este tiempo ha comenzado la transición, pero no estamos allá donde vamos, todavía estamos acá, contigo. ¡Explícamelo! Puedo una sola cosa: el justo camina por fe. ¿Pero para donde vas? ¡Estoy siguiendo la nube! Moisés tampoco sabía para donde iba. Pero el pueblo lo seguía. Es muy difícil dirigir o guiar cuando el guía nunca conoció el sitio hacia donde se dirige.

En la involucración, siempre hay riesgo. Es normal. ¡Es que a mí me gustaría que fuera de otra manera! No le hace, eso no cambia la verdad. Es normal. ES temeroso cuando uno desconoce el camino, somos gente que nos gusta tener control personal, seguridad, nos gusta viajar por rutas familiares. Tú te levantas por la mañana y, si eres tradicional, tomas la misma ruta hacia tu trabajo todos los días. Porque prefieres ir por donde conoces, que aventurarte por donde puedes perderte.

El ser humano es así. Es normal. Pero cuando hay un suceso nuevo, hay incertidumbre. Y es aquí donde muchos optan por volver a lo acostumbrado en lugar de empujar e ir por el fruto. El que empuja da fruto. Isaías 43:18 dice: He aquí que hago cosa nueva. Es un cambio espiritual, transicional. Recuerden que el peor enemigo del futuro, es el pasado. El peor enemigo del progreso, es la costumbre. Si tú quieres algo que nunca has tenido, vas a tener que hacer algo que nunca has hecho.

Haciendo siempre lo mismo, no se consigue nada nuevo. Isaías 43:18-19 = No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad. Tiene que ser espiritual lo que Dios está haciendo. Salmo 55:19 = Dios oirá, y los quebrantará luego, El que permanece desde la antigüedad; Por cuanto no cambian, Ni temen a Dios. Temer a Dios tiene que ver con ser flexible.

Porque ser flexible con Dios, significa que confías en su dirección, aunque no sepas para donde vas. No cambiar, es falta de reverencia. Falta de temor a Dios. Será quebrantado el que permanece igual desde el tiempo antiguo. Rehusarnos a cambiar, es admitir que no tememos a Dios. Habla de ritualismo, en cualquier forma, corporal o individual. Siempre orando de la misma manera, siempre intenta sanar a la gente con el mismo método. Tu ministración nunca cambia, todos los años eres igual.

Pero cuando abrazas lo desconocido, entonces tenemos que clamar ¡Dios mío, ayúdame! Y Dios dice: Eso es precisamente lo que quería oír. Porque cuando tú eres débil ahí es donde se manifiesta mi fuerza. Dios quiere llevarnos a un nivel de dependencia de Él, sacar el pie fuera del bote. Donde está sólo Dios. Caminar en fe es caminar mucho más allá del área que tú puedes ministrar con tus propias habilidades. Muchos viven y mueren y nunca caminaron en fe.

La fe siempre te impulsa más allá del control que tú puedas tener de la situación. Pero no nos gusta vivir sin poder controlar nada, pero nos lleva a su presencia. Marcos 2: 22 nos dice que somos odres. El odre puede ser individual, puede ser la iglesia en general, puede ser un ministerio. Un odre no es otra cosa que la bolsa o la vasija en la cual se preparaba, se añejaba o contenía vino. Por eso dice que nadie echa vino nuevo en odres viejos.

De otra manera, el vino nuevo rompe los odres y el vino se derrama. Cuando vino nuevo, o sea, revelación fresca de Dios viene, la estructura que añejaba la revelación antigua, se rompe. No se puede evitar. Es normal. Sólo mira la historia de la iglesia. Es normal. No va a cambiar su patrón. Es el mismo de ayer que sigue operando hoy. Nuestro problema es que, como no sabemos para donde vamos, siempre que llegamos a un lugar, pensamos que es la última etapa.

Entonces, cuando alguien abra la boca, enseguida dicen: ¡Hereje! ¡Ya llegamos! Los que estaban antes que nosotros, también pensaron que habían llegado. Y los que estaban antes que ellos, a su vez, y así sucesiva y relativamente, todos pensaron haber llegado y Dios continuaba revelando otra porción de su plan eterno. El nosotros hacer esto en este día, sería hacer lo que te hicieron a ti cuando tú tuviste la revelación de vivir como vives hoy. No le hagas eso a la próxima generación.

Volviendo al odre. Cuando el vino se echa, el odre tiene que tomar la forma del vino. El odre siempre rodea la forma del vino. Cuando el vino es echado en el odre, produce gases. El vino añejo es suave. Cuando tú lo pruebas seguramente dices que ese es el que es. Tú ya sabes que, en lo natural, si te agrada el vino, cuando vas a comprarlo, mientras más viejo mejor. El vino nuevo corta, es difícil al gusto. No sale bien al principio. Es incómodo porque es muy rudo. No me gusta como ministra. Antes se ministraba mejor- Tiene que ser más suave.

No es el odre el que le dice al vino cómo debe ser, es el vino el que le da la forma al odre. Todo lo que tiene vida, cambia. Las flores, los árboles, los animales, tus hijos. Lo que no cambia es porque ha muerto. Cambio es evidencia de vida. Lo que no tiene vida no cambia, lo que me dice a mí que lo que no cambia es porque no tiene verdadera vida. Así s que, lo que tibia constantemente. Jeremías 48. Versos 10 y 11.

Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová, Indolencia significa mediocridad. O sea: maldito es el que hace las cosas a medias para Dios. Excelencia. ¡Yo quisiera cantar una canción para Jesús! ¡Yo no sé cantar, pero quiero hacerlo! – Siéntese. Practique en su casa y después para Dios traiga lo mejor. Excelencia o nada.  y maldito el que detuviere de la sangre su espada. Si tu espada no tiene sangre, eres maldito. ¡Es que soy pacífico, no me gusta la guerra! ¡No le hace! ¡Maldito el que tiene la espada limpia!

Quieto estuvo Moab desde su juventud, O sea que desde que nació, se quedó igual. Así hay muchos cristianos. Nacen y se pasan toda su vida en estado de feto. ¡Es que son nuevos! ¡Que nuevo ni nuevo! Llevan mil años sentados en un banco que ya tiene su forma y sobre su sedimento ha estado reposado, Ha estado tan quieto que el vino se ha ido hasta el fondo del sedimento y ya está muy pesado, ahora no se mueve. Se le fue todo el sedimento al fondo. y no fue vaciado de vasija en vasija, ni nunca estuvo en cautiverio; por tanto, quedó su sabor en él, y su olor no se ha cambiado.

Apesta a carne, ya. Eso está diciendo. El que no cambia, termina oliendo a él. Moabita es un espíritu que se rehúsa a cambiar y el vino no se cambia de vasija en vasija, se convierte en vinagre. Apesta. Tienes que ser cambiante. Y dicen los expertos en vitivinicultura, que esto es para que el vino sea transparente al final. Que no te veas tú, sólo Dios. Pero, el que no hace eso, huele a él. Su fragancia no cambia. Es Ismael. Rehúso a cambio.

2 Corintios siempre nos habla de que siempre cambiamos progresivamente. 2 Corintios 3:17 = Porque el Señor es el Espíritu; Noten que en el Nuevo Testamento, el Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. No cautiverio. (18) Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados Nos vemos en el espejo de la palabra y tenemos que transformarnos según lo que vamos viendo. Cada día el espejo nos revela más la imagen de Dios.

La verdad siempre está presente, pero su revelación es progresiva. Y cada vez que metes la cara en el espejo, la idea es que no hagas como dice Santiago, que miras y después se te olvida lo que viste, sino que cambies y vayas modificándote según lo que has visto. El necio se ve en el espejo, ve que no tiene la misma imagen y entonces va y se pone un traje de los más caros. El sabio se baña, primero. Se quita todo lo sucio, primero. Y luego sí, se viste.

Dios quiere que pensemos como Él, veamos las cosas como Él y tengamos el mismo propósito que Él. Por eso es que está hablando de los niveles que está hablando. ¿Cómo romper el yugo de la transición? ¿Cómo permanecer flexibles? Te voy a dar ahora tres ejemplos bíblicos para luego compartirte lo que pienso. Apocalipsis 6: 17 = porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie? Vemos que el cielo se encuentra en un momento de silencio, de transición.

Y cuando vas al capítulo 8: 1 = Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora. (2) Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas. (3) Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. (4) Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos. (5)  Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto. 

Vemos que en un tiempo de transición, cuando Dios está por hacer algo en la tierra, hay algo que siempre ocurre entre la meditación y la acción. Aquí vemos que hubo incienso y oración. Siempre subió oración antes que Él volteara aquello desde el cielo y trajo un nuevo mover en la tierra. Un nuevo evento. Otra fase de su plan. Vamos a ver otro ejemplo. Vayan al libro de Hechos, capítulo 10. Aquí vemos a Pedro y Cornelio.

Verso 1 = Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, (2) piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre. (3) Este vio claramente en una visión, como a la hora novena del día, que un ángel de Dios entraba donde él estaba, y le decía: Cornelio. (4)  Él, mirándole fijamente, y atemorizado, dijo: ¿Qué es, Señor? Y le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios.

Aquí vemos otra transición. En aquel tiempo la iglesia era judía. Todo el mundo era judío. Los gentiles no tenían acceso. Estaba sola la sinagoga, para los judíos, pero era un tiempo de transición. La pared intermedia había sido quebrantada, pero no le había sido revelado a nadie. Pablo nos dice que la iglesia se componía de judíos y griegos por igual, pero a este hombre le corresponde iniciar una transición. ¿Se imaginan ustedes?

La iglesia era sectorial, era sólo de judíos. Esto era un cambio muy grande, nunca se había escuchado en la historia bíblica que el gentil pudiera entrar, que el gentil también era iglesia, pero a este hombre le corresponde traer un nuevo mensaje. Pero vemos que nuevamente las oraciones estaban subiendo a Dios. La oración siempre precede a la transición. Si hay algo que tú deberías estar haciendo ahora, es orar. Y no por el abuelito, el nieto o el hijito, no por tus finanzas. ¡Orar por la revelación de Dios y para que Él te permita estar presente en esta transición!

De pronto el hombre común no sabe de qué se trata, pero igualmente está orando. Si no cubrimos a los que han salido a decir verdades que estuvieron ocultas durante años, ellos no podrán prevalecer. La maquinaria de la religión es muy grande y poderosa. Contra Dios y la verdadera fe no podrán, pero mientras tanto batallan y duro. Y se registran bajas en nuestro ejercito. ¿Motivos? Mayoritariamente, falta de oración de intercesión y cobertura.

Pedro está atribulado, se mueve en obediencia, pero en su mente él les está haciendo un favor a los perros. Porque él dijo que gentiles no se lleva. Pero, sin saberlo todavía, marca la inmersión de una nueva iglesia. Gentiles y judíos, por igual. La transición se precede con oración. Oración trae revelación. Veremos si este hombre oraba y daba. No te retractes, empuja. Hechos 16 otro hermoso ejemplo. Vemos a Pablo, en el versículo 5, tratando de conseguir la dirección del Señor.

Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día. (6) Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; Me pregunto yo cuantos ministros pasarán por tu lugar de residencia y discernirán si el Espíritu Santo quiere que hablen allí o no.  Están buscando la dirección, pero algo pasa, que en Asia no les es permitido. (7) y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió.

(8) Y pasando junto a Misia, descendieron a Troas. (9) Y se le mostró a Pablo una visión de noche: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos. Rogándole. Había un hombre que rogaba porque había accedido a la visión. La iglesia es un hombre, es un cuerpo y debe orar y rogar para entrar en la visión. En Asia no había oración ni incienso, pero en Macedonia había alguien orando, rogando. ¡Y allí fue que Dios llevó la palabra!

¡Hermano, ora! ¡Y que Dios visite la ciudad, aldea, pueblo, región o lugar en donde vives! Tiene que permanecer flexible en oración y dádiva. ¡Empuja! ¿Qué NO debemos hacer? En primer lugar, nunca introduzcas cambios drásticos en un grupo consolidado de mucho tiempo. Toda transición conlleva tiempo. En toda transición, se pierden odres. Es inevitable. En segundo término, nunca defiendas la verdad. La verdad siempre prevalece. Si es de Dios, no se cae.

Nunca defiendas un mensaje, porque esto no es un mensaje, es una mentalidad. No defiendas la forma de ver a Dios, vívelo. Nadie que no posea la autoridad como para producir cambios, debe intentarlo. Sólo quien recibe directiva divina puede hacerlo. Nunca te identifiques con una verdad. Tú no eres de la fe. Tú no eres de la prosperidad. Tú no eres progresista. Tú no eres conservador. Tú no eres ni de la santidad y ni siquiera del Reino. ¡Tú eres de Cristo!

Nunca te identifiques con una sola verdad, porque una sola verdad es una verdad parcial. Y eso no es evangelio. Nunca se debate la verdad, porque la verdad no se trata de algo que surge de un debate, se trata de cambiar nuestra manera de pensar. No es una doctrina ni es un movimiento, ni tampoco un campamento, y mucho menos una denominación. No lo defiendas. Repito: vívelo. Ora, escudriña, que Dios te de nueva luz en todo el compendio bíblico.

Mi intención es que comiences a leer la Biblia de nuevo, con nuevos ojos. ¡No te muevas de ningún lugar! ¡No te vayas de ninguna iglesia! Examínate tú en primer lugar y luego a todos los que tienes cerca. No existe lugar perfecto en esta tierra. Y si hubiera alguno, como ya pasó con el Edén, cuando llegas tú, lo dañas. No te muevas del lugar en el que hoy estás. De la única manera que puedes moverte con bendición y cobertura, es si el Espíritu Santo te lo indica claramente. Pero por enojos o lo que sea de tu carne, ni se te ocurra.

No trates de restaurar denominaciones. No es esa la intención de Dios. Tú no puedes. Sólo Dios separa a Ismael, y no todas son Ismael. Dentro de cada denominación hay Ismael y hay Isaac. Discierne. Mira los frutos espirituales, no las obras de la carne religiosa.  No toques el grano. Hay más gente salva en denominaciones aparentemente alejadas que entre muchas de las más espectaculares. No te familiarices con las unciones locales. El espíritu de familiaridad no es bueno para la iglesia.

Eso neutraliza el poder de Dios. Jesús no pudo hacer milagros en su tierra. Porque estaban familiarizados con él. Son neutralizadores. Pero entonces, ¿Es un demonio? No. Es una mente no renovada. Son personas que buscan que aquel o aquellos que han impactado su vida con palabras contundentes, sean iguales a ellos. Elevándose o rebajándose. Es muy difícil recibir algo divino apropiadamente de una persona a la que consideramos colega…

Hay peligros en relaciones que no tienen límites. Cuando tú consideras que un ministro o lo que sea que enseña cosas a tu vida es tu amigo personal, el día que intenta corregirte algún error o te dice tres o cuatro cosas que te pegan fuerte, te ofendes. ¿Quieres un consejo para proceder a llevar lo que el Espíritu Santo te guía a llevar sin tener problemas mayores? Guarda una respetable distancia. No digo ni frialdad, ni ausencia de empatía ni mucho menos indiferencia. Digo distancia prudente.

Cuando tienes algo que decir, tu vida es solitaria. ¿Amas hacer eso? ¡Paga el precio! No es orgullo, sólo que no quiero ser ídolo de nadie. No puedo darle al diablo una puerta a través de la cual me destruya. Ya viví cosas así y aprendí la lección. Hoy hablo de los errores y hasta las mentiras que se han cometido y dicho en la iglesia por motivos varios, pero necesariamente debemos devolver con enseñanza fiel, genuina y verdadera, todo lo que con errores y mentiras en su momento nos brindaron. Cuando orabas a Dios para que te ayudara en tus dramas, Él permitió o directamente te trajo allí.

Pero ese espíritu de familiaridad es real y participa en todas tus alternativas de vida. Entras a un trabajo nuevo y de arranque buscas hacer amistad con tus nuevos compañeros, obedeces todo lo que tu jefe o supervisor te ordena y eres el tipo más feliz del planeta. A los cinco o seis meses, empiezas a rezongar porque el que maneja esa maquinita tonta gana más que tú y el supervisor se rasca todo el día mientras su trabajo se lo hace un alcahuete cercano y, por esa situación, tú empiezas a criticarlo. A él y al jefe superior. Al director no porque no lo conoces. ¿Sabes como se llama eso? Espíritu de familiaridad.

Pasa entre padres e hijos. Hay cercanía absoluta y total. Luego, al querer corregir algo incorrecto, no hay aceptación. Y sucede lo mismo con un automóvil, una vivienda o lo que sea. Cuando te familiarizas, dejas de prestarle atención. Así es que, con mucho dolor tengo la obligación de informarte que, a pesar de todo lo malo, torcido o equivocado que mucho liderazgo eclesiástico anda haciendo por allí, el problema central no son ellos solamente es todo el conjunto. ¡Es un espíritu!

Produce una mente que no tiene disciplina. Donde quiera que vayas va a pasar lo mismo. El problema no es solamente la iglesia y sus líderes, el problema es la gente. Mentes no renovadas. ES tiempo de madurar y abrazar lo que Dios está haciendo en cualquier lugar. Sucede en la pareja. ¿No te parece que hay una distancia abismal, y no solo de tiempo, entre las formas que se trataban de novios nuevos, a las que hoy ejecutan como matrimonio viejo? No es sólo religión, ¡Es un espíritu!

En todo lugar hay Ismael, en todo lugar hay Isaac. Hay estructuras que van a ser quebrantadas. Hay lugares de cautiverio. Tú discierne todo eso, pero no te familiarices. Esto es lo que Dios está haciendo. Resumir el plan de Dios desde Génesis hasta Apocalipsis. Dios quiere manifestarse, crea a un hombre, vive dentro del hombre. El hombre fue destituido de su presencia, porque no quiso que Dios fuera Sumo Sacerdote de su conciencia.

Entonces el hombre vive sin Dios, eso es un espíritu humanista. Satanás consigue el título de la tierra y quiere operar en ella ilegalmente, a través de la caída de un hombre. Dios entonces tiene que restaurar esa autoridad. Para hacerlo tiene que entregarle a Satanás un hombre igual al que perdió. Así que Él mismo se convierte en hombre. Viene a la tierra y cambia su vida por el título de la propiedad. Toma el título de la propiedad, pero como no se queda muerto, resucita e intercede, para ver que sus embajadores echen fuera al inquilino ilegal.

Estamos aquí para avanzar el Reino de Dios. Cuando el orden de Dios, dentro de su Reino, opere como es debido, y podamos ser un ejemplo que juzgue las naciones, porque somos mejores que ellas, en todas las áreas de la vida. Entonces es cuando Dios dice: “Este es mi siervo, en quien tengo complacencia. Id, hijo mío, y entregadme mi Reino nuevamente”. Entonces entraremos en aquella etapa llamada “milenio”. No sabemos cuantos años son, pero es literal. Será con Cristo y SU iglesia. Dios permita y ayude a que seas parte de ella.

Y allí es donde tú me dices: ¿Y entonces que le pasa al anticristo? Ah, no sé, pero lo que sí sé es que, entre medio del principio y el fin, en algún momento lo derrotamos. No sé exactamente cómo lo vamos a hacer, pero de que lo vamos hacer no tengo ninguna duda. Allí donde estás, bajito si estás con gente, fuerte si estás en soledad, di: ¡Soy creyente! ¡Esta es mi Biblia! ¡Es mi constitución! ¡Yo soy todo lo que ella dice que yo soy! ¡Y puedo hacer todo lo que ella dice que puedo hacer! ¡Por eso soy más que vencedor en Cristo Jesús!

 

 

 

 

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No Confundas A Cristo Con Religión

Soy creyente desde hace más de cuarenta años y tengo más que claro que tanto la crítica ácida como los cuestionamientos duros tienen que ver con desacomodos espirituales que no aportan nada y arman conflictos. Mi modelo es Jesús, y Él jamás criticó a pecadores, ni a gobiernos humanos, ni a injusticias sociales. ¿Verdad? Pero en mi vida secular fui periodista, de los antiguos, de los que se mataban antes de mentir o tener operaciones fraudulentas para favorecer intereses. Entonces, en este tiempo, me enfrento con un dilema que no es menor. Soy creyente y no puedo ni debo cuestionar ni criticar, de acuerdo, pero también soy íntegro y honesto por lo que no puedo dejar de decir las verdades que ven mis ojos.

El único camino que me queda, entonces, es elaborar una estrategia santa, que me permita decir todas las verdades que se deben decir y, al mismo tiempo, buscar y encontrar desde la mismísima palabra de Dios los resortes que nos permitan solucionar lo erróneo y darle vía libre a lo divino. Entonces me coloco unos supuestos anteojos de marco oscuro, un pocillo de café que se enfría, una ficticia máquina de escribir mecánica y sinceros deseos de hacer un aporte de valor y transparencia dirigido a una sociedad que en los últimos tiempos ha hecho un canto a la mentira, al fraude, a la corrupción y la perversión.

Desde esa óptica, si tuviera que formular una crítica fuerte al cristianismo convencional (Entendido como las formas mayoritarias e institucionales del cristianismo a lo largo de la historia), elegiría una que ha sido planteada tanto por creyentes como por no creyentes: La distancia entre sus ideales éticos y el comportamiento de muchas de sus instituciones. El núcleo del mensaje atribuido a Jesús de Nazaret enfatiza el amor al prójimo, el perdón, la humildad, el cuidado de los marginados y la renuncia al poder como fin en sí mismo. Sin embargo, a lo largo de la historia, distintas iglesias cristianas han estado involucradas en episodios de:

Búsqueda y conservación de poder político. Persecución de disidentes y herejes. Intolerancia religiosa. Encubrimiento de abusos en algunas instituciones. Resistencia a ciertos avances científicos o sociales en distintos momentos históricos. La crítica sería que cuando una institución proclama un estándar moral tan elevado, sus fallas resultan especialmente graves, porque afectan no solo a quienes sufren directamente esas acciones, sino también a la credibilidad del propio mensaje. También podría plantearse una crítica filosófica:

En ocasiones, parte del cristianismo convencional ha enfatizado más la obediencia doctrinal y la pertenencia al grupo que el desarrollo del pensamiento crítico o la búsqueda honesta de la verdad. Cuando la lealtad a una interpretación se vuelve más importante que la evidencia o el diálogo, existe el riesgo de caer en el dogmatismo. Al mismo tiempo, hay que reconocer que estas críticas no describen a todos los cristianos ni a todas las iglesias. Muchas comunidades cristianas han sido protagonistas de hospitales, universidades, movimientos de derechos humanos, ayuda humanitaria y defensa de personas vulnerables.

Además, numerosos teólogos y creyentes han formulado estas mismas críticas desde dentro del cristianismo, buscando una mayor coherencia con las enseñanzas de Jesús. En resumen, la crítica más profunda no sería que el cristianismo predique ideales demasiado altos, sino que con frecuencia sus instituciones no han estado a la altura de los ideales que ellas mismas proclaman. Esa tensión entre el mensaje y la práctica ha sido una de las objeciones más persistentes y difíciles de responder para el cristianismo convencional.

Si el objetivo es responder a esa crítica desde la propia Biblia, entonces conviene construir un mensaje que haga una distinción clara entre el cristianismo institucional y el verdadero discipulado según Jesús. Curiosamente, la Biblia ya anticipa muchas de las críticas que hoy se hacen al cristianismo. Jesús fue muy duro con la hipocresía religiosa. Te propongo un eje central: El problema no es Cristo; el problema es cuando quienes dicen seguirlo dejan de parecerse a Él. Estos son algunos de los pasajes más poderosos para desarrollar ese mensaje.

  1. Jesús condenó la religión hipócrita.

Te sugiero que leas en el evangelio de Mateo, su capítulo 23, completo. Este que voy a reproducirte es probablemente el texto más fuerte.  Este pueblo de labios me honra; más su corazón está lejos de mí. Y también: Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas… Recuerda la enseñanza que te he compartido, con relación a la expresión “Ay” en hebreo. Significa lisa y llanamente, “maldito seas”. Duro, ¿No? ¿Por qué Jesús tiene esa expresión para con esa gente? Porque Jesús denuncia que los líderes religiosos: aman el prestigio; cargan a otros con reglas que ellos no cumplen; cuidan la apariencia pero no el corazón y usan la religión para obtener poder.

La crítica moderna al cristianismo no sorprende a Jesús. Él hizo exactamente la misma crítica hace dos mil años. Pero hay una verdad inocultable que ha permanecido intacta por todos los tiempos: El verdadero discípulo se reconoce por su amor. Está registrado esto en el evangelio de Juan 13:34-35: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Observa con suma atención el contenido de estas palabras.

No te dice que nos conocerán por nuestras doctrinas, o por los hermosos o incluso espectaculares templos que podamos mostrar. Tampoco por el poder terrenal que manejemos o podamos influenciar y mucho menos por la política que desde su seno desarrollemos conforme a la cultura o idiosincrasia del pueblo, nación o país en el que podamos habitar. Dice que nos tendrán que conocer y registrar como discípulos de Jesucristo por el amor que emane de nuestro ser. Hay una realidad que es insoslayable: cuando la iglesia como tal deja de amar, deja de mostrar la evidencia de que pertenece a Cristo.

Y aquí dejo a un costado al catolicismo romano porque lo que voy a mostrar nunca fue parte de sus rutinas, salvo en la voz de sus sacerdotes. Pero no en los fieles. La realidad terrible pero nítida de que no todo el que dice “Señor” pertenece realmente a Cristo. Esto, lo sabemos, es mucho más frecuente hasta el grado de sobreabundar en las iglesias evangélicas. Mateo 7:21-23 nos muestra: No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. 

Hay dos fragmentos en este texto que te tiene que hacer pensar muy seriamente sí o sí. El primero, es el que dice: No todo el que me dice: Señor, Señor… Y el otro, para mi gusto el que más te estremece de pies a cabeza, es: Nunca os conocí. Esto demuestra que: asistir a una iglesia, predicar, o incluso hacer milagros, no garantiza a nadie el ser un discípulo genuino de Jesucristo. Jesús mismo reconoce que habrá personas religiosas que nunca le pertenecieron realmente. Entonces, es el momento en que la gran pregunta resuena y queda flotando en los aires como si fuera un repique de tambores: ¿Cuánta gente creyente y cuanta gente religiosa hay, hoy, pleno siglo veintiuno?

Llegado a este punto, ¿No deberíamos hacer una pausa, reflexionar muy seriamente y detenernos a pensar si podemos continuar, como en muchos lugares el cristianismo ha estado haciendo, con juicios y censuras a las conductas de todos aquellos que no profesan nuestra fe? ¿Tenemos realmente autoridad para juzgar a eso que llamamos “mundo”? Autoridad tendríamos, si no fuera que ha sido dicho desde la antigüedad, (Porque no hay nada nuevo bajo el sol que no haya sido visto antes), que el juicio comienza por la casa de Dios. Más allá de si ese mundo se lo merece o no, hay una realidad que ya ha sido dicha.

1 Pedro 4:17 te lo dice con claridad:  Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿Cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? Vuelve a leer esa frase: Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios. Pedro enseña que Dios de ninguna manera protege el pecado que pueda existir dentro de su pueblo. Primero juzga a los suyos. Eso responde a la idea de que Dios de ninguna manera aprueba cualquier cosa hecha en nombre del cristianismo. No es mala palabra decir religión, pero siempre y cuando resuma pureza.

Ya se lo conocía así en la antigüedad y, pese a que no era exactamente lo que se debía proclamar y enseñar, por ser palabra conocida, Santiago la utiliza en el primer capítulo de su carta y en el verso 27 cuando expresa: La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo. Santiago usa esa palabra que hoy está en declinación y la reduce a misericordia y santidad. De ninguna manera y bajo ningún concepto habla de poder o mucho menos de prestigio, dos valores que hoy están casi en el centro de toda actividad religiosa institucional.

Una actividad que, aunque suene casi inconcebible, suele afirmarse en textos que de ninguna manera significan lo que le hacen significar. Uno de ellos es el pasaje de Santiago 2:14-17. Allí leemos: Hermanos míos, ¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.

Esto, de ninguna manera es lo que en muchas ocasiones he oído de labios de líderes cristianos, con relación a la actividad que cada miembro de su congregación tiene obligación de ejercitar para cumplimentar con esta palabra. No. El que siga creyendo que desaparecer de tu casa por la mañana y retornar por la noche porque estuviste haciendo cosas para la iglesia es una demostración de fe, se equivocó de medio a medio. Lo que esta palabra enseña es una suerte de respuesta directa al creyente que dice creer, pero que no vive conforme a esa fe. Obras no es barrer un templo, aunque lo pueda incluir. Fe es no necesitar de un templo para vivir sin pecar, amar a Dios y ser salvo.

Esas obras nos están hablando de servicio, no de actividades. Jesús mismo vino para servir. A eso lo vemos con nitidez en el evangelio de Marcos 10:42-45: Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Fíjate que Él está comparando a su Reino con los gobiernos. Por eso les aclara que los gobernantes dominan, pero que entre ellos no tendrá que ser así. Que el que entre ellos pretenda hacerse grande, primeramente, deberá servir a todos los demás. Y se pone como ejemplo clave y central del punto: Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir. Esa es, a todas luces, una crítica clarísima a toda forma de liderazgo religioso basado en el poder. Momento de reflexionar y preguntarnos y preguntar si es que cabe: ¿Está haciendo eso el liderazgo cristiano que tú conoces? No interesan los nombres ni los lugares. ¿Están haciendo eso? Dentro de lo que yo conozco, aquí, lamentablemente no.

Y, como ya sabemos más que bien, aunque hayamos leído dos páginas de la biblia, que el árbol se conoce por la calidad de fruto que produce. Eso es lo que se desprende del texto que encierra el evangelio de Mateo 7:15-20: Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.

¿Lo leíste bien? Por sus frutos. No por la cualidad, la calidad o el prestigio de tu denominación. No por los títulos seculares o cristianos que hayas obtenido. No por tus audios, videos o predicaciones ante público. ¡Por tus frutos! ¿Y qué cosa son esos frutos, acaso traer más convertidos a la iglesia? Durante mucho tiempo eso es exactamente lo que se enseñó como interpretación principal de este pasaje, pero creo que ya no. Este es otro tiempo y las verdades, aunque vivan muchos años escondidas, un día salen a la luz porque al Espíritu Santo así le place.

Ya quedó dicho; en contrario a los rudimentos del mundo secular, en la dimensión del Reino, el mayor es el que sirve. Lucas 22:25-27 te lo presenta así: Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve. Listo. No le quites ni le añadas nada; toda autoridad cristiana en lo que sea, debería parecerse a eso. Si no se le parece o, lo peor, impone lo inverso, entonces no tiene autoridad divina, sólo de hombre.

¿Por qué? Porque esta es una cuestión de amor, pero no de ese amor que ves en las telenovelas, sino del único, verdadero e inmutable, del que Pablo se atreve a hablar en el contexto del capítulo 13 de la primera de sus cartas a los Corintios. Allí él sostiene que, si bien puede tener profecía, conocimiento, fe y dones, si no tiene amor, no es absolutamente nada. ¡Pablo dice eso! Según mi opinión estrictamente personal y sin ánimo ni intención de convertirlo en enseñanza o doctrina, yo creo que este capítulo es el que mejor resume el genuino corazón del llamado cristianismo.

No confundas jamás a Cristo con la religión. Porque cuando el hombre pierde esa diferencia, termina defendiendo sistemas en lugar de defender la verdad, instituciones en lugar del Reino, tradiciones en lugar de la vida, y apariencias en lugar del carácter de Cristo. Ese ha sido, quizás, el error más costoso de la historia del pueblo de Dios. La religión siempre intentará convencerte de que Dios habita en edificios; Cristo vino a demostrar que desea habitar en personas. La religión organiza multitudes; el Reino forma hijos. La religión necesita jerarquías para sostenerse; el Reino necesita servidores para manifestarse. La religión fabrica miembros; Cristo engendra nuevas criaturas. La religión exige comportamientos; el Espíritu produce transformación.

Y esa diferencia es inmensa. No estamos hablando de una discusión semántica ni de un cambio de palabras. Estamos hablando de dos naturalezas completamente distintas. El Reino jamás vino para perfeccionar la religión. Vino para reemplazarla. Jesús no murió para fundar una organización humana más entre las muchas existentes sobre la tierra. No derramó su sangre para levantar un sistema religioso competitivo. No resucitó para que sus seguidores pelearan por doctrinas, denominaciones, tradiciones o interpretaciones. Él vino a reconciliar al hombre con el Padre. Todo lo demás es consecuencia.

Por eso resulta profundamente revelador observar que el conflicto permanente de Jesús nunca fue con los pecadores. Fue con los religiosos. Los publicanos encontraban misericordia. Las prostitutas encontraban dignidad. Los enfermos encontraban compasión. Los endemoniados encontraban libertad. Los niños encontraban abrazos. Los marginados encontraban un lugar. Pero los orgullosos encontraban resistencia. Porque el mayor enemigo del Reino nunca ha sido el pecado visible. Ha sido la autosuficiencia espiritual.

El pecado puede llevar a un hombre a buscar arrepentimiento. La soberbia religiosa, en cambio, suele convencerlo de que ya no necesita arrepentirse. Allí radica el peligro. Porque cuando la religión deja de parecerse a Cristo, continúa utilizando Su nombre mientras deja de representar Su corazón. Y eso produce uno de los daños más profundos que puede sufrir el Evangelio. Miles de personas no rechazan a Jesús. Rechazan la imagen deformada que muchas veces quienes decimos seguirlo hemos presentado de Él. No conocen al Cristo de los Evangelios. Conocen al Cristo filtrado por nuestras incoherencias. Conocen al Cristo deformado por nuestros orgullos. Conocen al Cristo oculto detrás de nuestros intereses.

Y eso debe dolernos. No porque afecte nuestra reputación. Sino porque afecta la gloria del Rey. Como ciudadanos del Reino debemos comprender una verdad que transforma completamente nuestra manera de vivir. Nosotros no representamos una religión. Representamos un Reino invisible que gobierna sobre todos los reinos visibles. No somos embajadores de una institución. Somos embajadores del Cielo. No hablamos en nombre de una denominación. Hablamos en nombre del Rey de reyes. Y un embajador jamás tiene derecho a modificar el mensaje de quien lo envió.

Nuestra misión no consiste en conquistar espacios de poder. Consiste en manifestar la naturaleza del Rey allí donde vivimos. El Reino nunca avanzó mediante imposiciones. Siempre avanzó mediante transformación. Porque la verdadera autoridad nunca necesita imponerse. Se reconoce. La verdadera luz jamás discute con la oscuridad. Simplemente brilla. La verdad jamás necesita gritar. Permanece. El amor jamás necesita exhibirse. Se evidencia. Y la santidad nunca requiere propaganda. Produce fruto.

Ese fruto es precisamente el examen permanente de toda vida cristiana. No cuánto sabemos. No cuánto predicamos. No cuántos seguidores tenemos. No cuántos libros escribimos. No cuántas iglesias levantamos. No cuántos milagros contamos. Sino cuánto nos parecemos a Cristo. Porque el Reino jamás mide el éxito como lo hace el mundo. Mientras el sistema celebra influencia, Dios observa fidelidad. Mientras los hombres premian resultados, el Padre contempla corazones. Mientras la cultura exalta celebridades, el Reino honra siervos. Mientras la religión construye plataformas, Cristo sigue lavando pies.

Y ese contraste continúa siendo escandaloso. Vivimos una época fascinada con la visibilidad. Sin embargo, el Reino sigue formando personas en el secreto. Vivimos tiempos donde parecer vale más que ser. Pero el Padre continúa mirando aquello que nadie más puede ver. No será nuestra elocuencia la que convenza al mundo. Será nuestra semejanza con Jesús. No será la excelencia de nuestros discursos. Será la coherencia de nuestras vidas.

Porque una vida transformada sigue siendo el argumento más poderoso del Evangelio. El mundo ya ha escuchado demasiados sermones. Ahora necesita contemplar testimonios. Necesita encontrar hombres y mujeres cuya paz no dependa de las circunstancias. Cuya esperanza no dependa de la economía. Cuya integridad no dependa del aplauso. Cuya generosidad no dependa de la abundancia. Cuya humildad no dependa de la posición. Y cuyo amor no dependa de la respuesta del otro.

Eso solamente puede producirlo el Espíritu Santo. Jamás una estructura religiosa. Por eso el desafío de nuestra generación no consiste en modernizar el cristianismo. Consiste en volver a Cristo. No necesitamos una iglesia más entretenida. Necesitamos una iglesia más parecida a Jesús. No necesitamos mejores estrategias de marketing. Necesitamos mayor quebrantamiento. No necesitamos más protagonismo humano. Necesitamos mayor manifestación del Reino.

Porque el Reino no crece cuando los hombres son admirados. Crece cuando Cristo es revelado. Y allí aparece una verdad que jamás deberíamos olvidar. La Iglesia no existe para sobrevivir. Existe para reflejar. Reflejar el carácter del Padre. Reflejar la justicia del Reino. Reflejar la misericordia del Rey. Reflejar la verdad del Evangelio. Reflejar el amor de Cristo. Cuando deja de hacerlo, podrá conservar estructuras, presupuestos, programas, edificios y estadísticas.

Pero habrá perdido su razón de existir. El Reino nunca será sostenido por recursos humanos. Siempre será sostenido por la presencia de Dios. Por eso nuestra esperanza tampoco descansa en reformas institucionales. Descansa en el obrar soberano del Espíritu Santo. Él sigue levantando hombres y mujeres que aman la verdad más que la popularidad. Que prefieren obedecer antes que negociar. Que buscan agradar al Padre antes que impresionar a los hombres.

Que entienden que el éxito eterno no se mide por el tamaño de una congregación, sino por la profundidad de la obediencia. Quizás nunca sean famosos. Quizás jamás aparezcan en una plataforma. Tal vez nadie escriba sus nombres en un libro de historia. Pero el Cielo los conoce. Y eso basta. Porque el Reino jamás funcionó mediante reconocimiento humano. Siempre funcionó mediante fidelidad. Al final de los tiempos, Cristo no preguntará cuántas posiciones ocupamos. Preguntará qué hicimos con aquello que nos confió. No evaluará nuestro prestigio. Evaluará nuestro fruto. No observará nuestros títulos. Mirará nuestro corazón.

Y ese día desaparecerán todas las máscaras. Las plataformas dejarán de importar. Las denominaciones dejarán de importar. Los aplausos dejarán de importar. Las comparaciones dejarán de importar. Solo permanecerá aquello que haya nacido del Espíritu. Todo lo demás será consumido como la paja por el fuego. Por eso todavía estamos a tiempo. Tiempo para arrepentirnos donde sea necesario. Tiempo para reconciliarnos con la verdad. Tiempo para abandonar todo protagonismo personal. Tiempo para volver al primer amor. Tiempo para recordar que antes que miembros de una iglesia somos hijos del Padre.

Antes que simpatizantes de una doctrina somos ciudadanos del Reino. Antes que defensores de una institución somos discípulos del Maestro. Y un discípulo jamás deja de parecerse a quien sigue. Si hoy el mundo necesita algo, no necesita una religión más sofisticada. Necesita volver a encontrarse con Cristo. Con el Cristo que perdona. Con el Cristo que restaura. Con el Cristo que sirve. Con el Cristo que sana. Con el Cristo que libera. Con el Cristo que ama sin hipocresía. Con el Cristo que sigue extendiendo sus manos hacia todo aquel que desea regresar al Padre.

Ese Cristo continúa siendo la esperanza del mundo. No nuestras organizaciones. No nuestras interpretaciones. No nuestras tradiciones. Él. Solo Él. Porque cuando todo pase; cuando las estructuras desaparezcan, cuando los sistemas humanos se derrumben, cuando los imperios de este siglo sean apenas un recuerdo, cuando las voces de los hombres se apaguen y los escenarios queden vacíos, el único Reino que permanecerá será aquel que nunca tuvo principio ni tendrá fin.

Y nosotros no fuimos llamados simplemente a asistir a reuniones religiosas. Fuimos llamados a vivir como hijos del Dios Altísimo. Fuimos llamados a pensar, hablar, amar, perdonar, servir y caminar como ciudadanos del Reino de los cielos mientras todavía transitamos esta tierra. Esa es nuestra identidad. Ese es nuestro llamado. Esa es nuestra responsabilidad. Y también, gracias a la obra consumada de Cristo, ese es nuestro glorioso privilegio.

Porque al final, cuando toda voz humana haya callado, cuando toda apariencia haya desaparecido y cuando toda verdad quede definitivamente expuesta delante del trono del Rey, ya no importará quién tuvo la religión más grande, la organización más poderosa o la doctrina más sofisticada. Lo único verdaderamente trascendente será haber podido escuchar aquellas palabras que ningún hijo de Dios debería dejar de anhelar durante toda su existencia: «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor.» Ese será el único reconocimiento que realmente tendrá valor por toda la eternidad.

«Si alguien rechaza el cristianismo porque ha visto hipocresía, abuso de poder o falta de amor, Jesús no le pediría que aprobara esas cosas. Él mismo las condenó. La invitación del Evangelio no es a seguir a personas imperfectas ni a justificar los errores de las instituciones, sino a seguir a Cristo. La verdadera pregunta no es si todos los que se llaman cristianos representan bien a Jesús, sino si Jesús merece ser juzgado por quienes no vivieron conforme a sus enseñanzas.»

Este enfoque tiene una fortaleza importante: no intenta negar las críticas históricas ni justificarlas, sino que muestra que el propio Nuevo Testamento establece el mismo estándar moral con el que esas fallas pueden ser evaluadas y condenadas. Eso permite responder a la crítica sin minimizar el daño causado y, al mismo tiempo, centrar la atención en las enseñanzas de Jesús como criterio fundamental.

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27 – Trabajo

Colosenses 3: 23-24 = Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís. Ese es el epicentro del creyente respecto a su trabajo en la tierra, ya sea para el Reino mismo o para la sociedad en la que vive. Versión NTV lo expresa así: Trabajen de buena gana en todo lo que hagan, como si fuera para el Señor y no para la gente. Recuerden que el Señor los recompensará con una herencia y que el Amo a quien sirven es Cristo; Está más que claro. No esperar recompensa divina es no ajustarse al diseño divino. ¡Hasta Jesús fue a la cruz por esa recompensa! 

El tema del trabajo suele abordarse desde la economía, la necesidad o la ambición, pero pocas veces se lo mira desde una perspectiva espiritual que no sea meramente religiosa o ritualista. Sin embargo, cuando se habla del Reino de Dios en el evangelio, el trabajo aparece como algo mucho más profundo que una obligación o una carga: se vuelve una forma concreta de encarnar la verdad, de ordenar la vida y de manifestar sentido en medio del caos cotidiano. No se trata de repetir frases piadosas ni de esconder la realidad detrás de palabras suaves; se trata de comprender que el trabajo, bien entendido, es una herramienta directa para vivir con coherencia, responsabilidad y propósito.

El Reino de Dios no es un lugar lejano ni una promesa para después de la muerte. Es una forma de vivir aquí y ahora, basada en principios claros: justicia, verdad, responsabilidad, coherencia y acción. En ese marco, el trabajo deja de ser solo un medio para ganar dinero y pasa a ser un espacio donde se prueba quién es cada uno en realidad. Porque cualquiera puede hablar bien, pero es en el trabajo donde se ve si una persona cumple, si sostiene la palabra, si se adapta a la realidad sin traicionar lo esencial.

El evangelio no muestra a Jesús como alguien aislado del mundo, sino como alguien profundamente involucrado en la vida concreta. Antes de enseñar, trabajó. Y durante su ministerio, su mensaje siempre estuvo conectado con acciones prácticas: sembrar, construir, administrar, servir. No hay contradicción entre lo espiritual y lo laboral; la contradicción aparece cuando se separa la palabra de la acción. Por eso, el trabajo es una prueba constante de autenticidad.

Desde un plano ideológico objetivo, el trabajo organiza la vida individual y social. Sin trabajo, no hay producción; sin producción, no hay sustento; sin sustento, no hay estabilidad. Pero desde un plano espiritual, el trabajo también organiza la mente y el carácter. Obliga a ordenar prioridades, a enfrentar límites, a resolver problemas. Y ahí aparece un punto clave: el trabajo no es solo lo que uno hace, sino cómo lo hace.

Una persona puede tener un empleo humilde y vivirlo con dignidad, responsabilidad y excelencia, o puede tener una posición alta y actuar con negligencia, egoísmo o mediocridad. El Reino de Dios no mide el trabajo por el cargo, sino por la fidelidad en lo pequeño. Esa idea es directa y sin vueltas: si alguien no es confiable en lo mínimo, no lo será en lo grande. Esto no es un castigo ni una regla arbitraria; es simplemente cómo funciona la realidad. 

En la práctica, esto implica algo concreto: hacer bien lo que se tiene delante, aunque no sea lo ideal. Muchas personas quedan atrapadas en la queja permanente porque su trabajo no coincide con sus deseos. Pero el evangelio plantea otra lógica: primero se responde con integridad a lo que hay, y desde ahí se abren nuevas posibilidades. No es resignación, es estrategia espiritual aplicada a la vida real.

El trabajo también confronta el ego. Obliga a reconocer que no todo depende de uno, que hay procesos, tiempos, otros actores. En ese sentido, trabajar bien requiere humildad, pero no una humildad pasiva, sino activa: aprender, corregir, escuchar, mejorar. Esto es clave porque el orgullo mal entendido bloquea el crecimiento. Una persona que cree que ya sabe todo se estanca; una que se mantiene abierta, evoluciona. En una época me tocó trabajar en equipo. Pude hacerlo con efectividad, pero confieso que me resultó mucho más complejo que trabajar individualmente.

Ahora bien, hablar de trabajo desde el Reino de Dios no significa romantizar el esfuerzo ni justificar abusos. Hay trabajos injustos, condiciones indignas y estructuras que explotan a las personas. Negarlo sería ingenuo. Pero incluso en esos contextos, la respuesta espiritual no es la pasividad ni la victimización permanente, sino la búsqueda inteligente de alternativas, la construcción de caminos y la firmeza interior para no corromperse.

Aquí aparece un recurso práctico importante: separar lo que depende de uno de lo que no. Esta distinción es simple, pero poderosa. Lo que depende de uno —actitud, responsabilidad, aprendizaje, disciplina— debe ser trabajado con excelencia. Lo que no depende —decisiones externas, contextos económicos, acciones de otros— debe ser gestionado con realismo, sin gastar energía inútil en la queja constante.

Otro punto central es la palabra. En el evangelio, la palabra no es solo discurso; es compromiso. “Sí” significa sí, y “no” significa no. En el trabajo, esto se traduce en algo muy concreto: cumplir lo que se promete. Parece básico, pero no es común. Muchas relaciones laborales se deterioran no por falta de capacidad, sino por falta de confiabilidad. La persona que cumple, que sostiene su palabra incluso cuando cuesta, se vuelve valiosa más allá de su rol específico.

El trabajo también revela la relación con el tiempo. Vivimos en una cultura que busca resultados rápidos, pero el Reino de Dios funciona con procesos. Sembrar, cuidar, esperar, cosechar. No hay atajos reales. Esto no significa lentitud innecesaria, sino respeto por los tiempos de desarrollo. Aplicado al trabajo, implica constancia, paciencia y visión a largo plazo. La improvisación permanente puede dar resultados momentáneos, pero no construye nada sólido.

En cuanto a la adaptación, el trabajo exige flexibilidad sin perder identidad. Las circunstancias cambian, los contextos se transforman, las exigencias evolucionan. Una persona rígida se quiebra; una completamente adaptable sin principios se diluye. El equilibrio está en mantener valores firmes mientras se ajustan las formas. Esto es profundamente espiritual porque implica discernimiento: saber qué es esencial y qué es secundario. 

Un recurso práctico para esto es hacerse preguntas simples pero directas: ¿Esto que hago aporta valor real? ¿Estoy siendo honesto? ¿Estoy creciendo o repitiendo hábitos que no sirven? Estas preguntas evitan la automatización de la vida laboral y mantienen despierta la conciencia. También es importante entender que el trabajo no define el valor de una persona, pero sí expresa su forma de vivir. Esto libera de la presión de “ser alguien” según estándares externos y enfoca en “ser coherente” con lo que uno cree. Desde el Reino de Dios, la identidad no depende del éxito visible, sino de la fidelidad interna.

Sin embargo, esta fidelidad no es pasiva. Impulsa a mejorar, a innovar, a buscar soluciones. El evangelio no promueve mediocridad disfrazada de humildad. Al contrario, llama a multiplicar lo recibido, a desarrollar capacidades, a generar impacto. Esto tiene una traducción directa en el trabajo: aprender nuevas habilidades, optimizar procesos, aportar ideas, no conformarse con hacer lo mínimo.

Otro aspecto clave es la relación con los demás. El trabajo casi siempre implica interacción: compañeros, jefes, clientes. Aquí se pone a prueba la capacidad de respeto, comunicación y manejo de conflictos. El Reino de Dios propone tratar a los demás con justicia, no con favoritismo ni desprecio. Esto no significa ser ingenuo ni permitir abusos, sino actuar con claridad y firmeza sin caer en la agresión innecesaria.

Un recurso útil en este punto es diferenciar entre personas y comportamientos. Se puede rechazar una actitud sin desvalorizar a la persona. Esto permite sostener relaciones más sanas y evitar conflictos destructivos. Finalmente, el trabajo, visto desde esta perspectiva, se convierte en un espacio de transformación continua. No porque sea fácil, sino precisamente porque presenta desafíos reales. Cada dificultad es una oportunidad para ajustar, aprender y fortalecer el carácter. Esto no es un discurso optimista vacío; es una forma concreta de enfrentar la realidad sin negarla.

El respaldo bíblico de esta visión no está en frases aisladas, sino en una línea coherente: la fe sin acción es estéril, la palabra debe hacerse vida, lo pequeño importa, la fidelidad es clave, y el fruto se ve en los hechos. Traducido al lenguaje del trabajo: hacer, sostener, mejorar, cumplir y crecer.

En síntesis, el trabajo, desde el evangelio del Reino de Dios, no es un castigo ni una simple necesidad económica. Es un campo de entrenamiento para la vida real, donde se integran pensamiento, palabra y acción. Es el lugar donde la espiritualidad deja de ser discurso y se vuelve práctica. Y en ese cruce entre lo que se cree y lo que se hace, se define la verdadera calidad de una persona.

Vivir así no garantiza éxito inmediato ni ausencia de problemas, pero sí construye algo mucho más sólido: una vida con sentido, coherencia y dirección. Y eso, en un mundo lleno de ruido y superficialidad, ya es una forma concreta de riqueza.

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26 – Pobreza

2 Corintios 8: 9 = Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. ¿Esto tiene que ver estrictamente con lo espiritual? En mayor medida, si, pero no descarta lo literal. Jesús no era de familia pobre. Su padre compartía con los principales de la sinagoga. Y a eso sólo lo permitía el status material. Versión NTV: Ustedes conocen la gracia generosa de nuestro Señor Jesucristo. Aunque era rico, por amor a ustedes se hizo pobre para que mediante su pobreza pudiera hacerlos ricos.

La palabra “pobreza” suele ser tratada como un concepto económico, una cifra en informes o una imagen repetida en discursos políticos. Sin embargo, cuando se la observa desde el plano espiritual, especialmente a la luz del evangelio del Reino de Dios, adquiere una profundidad distinta, más incómoda y a la vez más transformadora. No se trata solo de carencia material, sino de una condición del corazón, de la mente y de la forma en que una persona se posiciona frente a la vida, a los demás y a Dios.

El mensaje central del Reino de Dios no romantiza la pobreza ni la convierte en un mérito automático. Tampoco la ignora. La pone en evidencia. Jesús no habló de pobreza como un ideal en sí mismo, sino como un terreno donde se revela con claridad qué hay dentro del ser humano. “Bienaventurados los pobres en espíritu”, dijo, no para elogiar la miseria, sino para señalar una actitud: reconocer la propia necesidad, sin disfrazarla.

La pobreza material es real y duele. Limita opciones, desgasta, condiciona decisiones. Pero el evangelio va más allá de esa capa visible. Hay personas con pocos recursos que conservan dignidad, claridad y una capacidad notable de amar y construir. Y hay personas con abundancia que viven en una pobreza interior profunda: dependientes, vacíos, incapaces de sostenerse sin estímulos externos. Desde el Reino, la verdadera pobreza es la desconexión de la vida plena que Dios propone. 

El problema no es tener o no tener, sino qué gobierna el corazón. Cuando la escasez se instala como identidad, la persona deja de verse como alguien con valor intrínseco y empieza a definirse por lo que le falta. Esa es una trampa silenciosa. El evangelio confronta esa lógica: el valor no viene de la acumulación ni de la carencia, sino de la relación con Dios y de la capacidad de vivir en verdad.

Ahora bien, esto no es un discurso abstracto. Tiene consecuencias prácticas. Si una persona vive en pobreza material, necesita recursos concretos: trabajo, organización, apoyo comunitario. El Reino no niega eso. Pero también propone una forma de actuar en medio de la escasez que rompe ciclos repetitivos.

Primero, la responsabilidad personal. No como culpa, sino como punto de partida. Nadie puede cambiar lo que no reconoce. El evangelio insiste en la verdad: ver la situación tal como es, sin excusas ni autoengaños. Esto implica revisar hábitos, decisiones, relaciones. Muchas veces la pobreza se sostiene no solo por factores externos, sino por patrones internos: desorden, impulsividad, falta de visión.

Segundo, la administración. Jesús habló repetidamente sobre el uso de los recursos. Aunque sean pocos, cómo se administran define el futuro. La parábola de los talentos no trata sobre riqueza, sino sobre gestión. El que entierra lo poco que tiene, lo pierde. El que lo usa con criterio, lo multiplica. Esto no es magia ni prosperidad instantánea; es una lógica simple: lo que se ordena crece, lo que se descuida se deteriora. 

Tercero, la comunidad. El Reino de Dios nunca se plantea en aislamiento. La pobreza se vuelve más pesada cuando se vive en soledad. Compartir, colaborar, pedir ayuda sin orgullo, ofrecer lo que uno puede, aunque sea poco, son prácticas que generan redes reales. En el libro de los Hechos se describe una comunidad donde nadie pasaba necesidad porque había una circulación de recursos basada en la confianza y la responsabilidad.

Cuarto, la mentalidad. Aquí se juega gran parte del cambio. Una mente atrapada en la idea de “no puedo”, “no hay”, “siempre fue así”, limita cualquier posibilidad. El evangelio no propone pensamiento mágico, pero sí una renovación de la mente. Esto significa aprender a pensar con claridad, evaluar opciones, proyectar, tomar decisiones con criterio y no solo reaccionar a la urgencia.

Quinto, la acción. El Reino de Dios es dinámico. No se trata de esperar pasivamente una intervención externa. La fe, en el sentido bíblico, es activa. Implica moverse, intentar, corregir, persistir. Incluso en contextos difíciles, siempre hay algún margen de acción, aunque sea pequeño. El problema es que muchas veces se subestima ese margen y se cae en la inercia.

Desde el punto de vista ideológico, esto rompe tanto con la glorificación de la pobreza como con la idolatría de la riqueza. No se trata de justificar sistemas injustos ni de culpar a quien sufre, pero tampoco de instalar una mentalidad de dependencia permanente. El evangelio propone una libertad que empieza adentro y se traduce afuera.

Hay algo clave: la dignidad. La pobreza no debería quitarla, pero muchas veces lo hace. El Reino la restituye. No a través de discursos, sino de identidad. Una persona que entiende su valor no se resigna a vivir degradada, aunque su situación sea limitada. Esto no significa negar la realidad, sino enfrentarla desde otro lugar.

También hay que hablar sin rodeos: la pobreza puede generar hábitos destructivos. Consumo desordenado, violencia, evasión, victimización constante. Ignorar esto no ayuda. El evangelio confronta esas conductas y ofrece una salida. No desde la condena, sino desde la posibilidad de cambio real.

A nivel práctico, adaptarse a cada circunstancia requiere flexibilidad. No todas las situaciones son iguales. Hay momentos para resistir, otros para moverse, otros para esperar estratégicamente. La sabiduría consiste en discernir. Esto se entrena: observando, escuchando, aprendiendo de errores.

Algunos recursos concretos que se alinean con este enfoque: – Hacer un inventario real de ingresos y gastos, sin autoengaños. – Priorizar lo esencial y eliminar lo superfluo, aunque sea incómodo. – Generar pequeñas fuentes de ingreso, aunque no sean ideales al principio. – Aprender habilidades prácticas que tengan demanda. – Construir relaciones con personas confiables, no solo convenientes. – Evitar deudas innecesarias que agravan la situación. – Establecer rutinas que ordenen el día. – Cuidar la salud física y mental, porque sin eso todo se vuelve más difícil.

Nada de esto es espectacular, pero es efectivo. El Reino de Dios no se basa en fórmulas mágicas, sino en principios que, aplicados con constancia, generan transformación. Por otro lado, también es necesario reconocer las estructuras injustas que perpetúan la pobreza. El evangelio no es ingenuo frente a eso. Jesús denunció la hipocresía de los poderosos y las cargas injustas. Pero no se quedó en la denuncia; ofreció una forma de vida que no depende totalmente de esas estructuras.

Aquí aparece una tensión interesante: actuar dentro del sistema sin quedar atrapado en él. Usar lo que existe sin perder la libertad interior. Esto requiere claridad y firmeza. No es fácil, pero es posible. La palabra “pobreza”, entonces, deja de ser solo un diagnóstico y se convierte en un punto de partida. Desde el Reino de Dios, no se niega el dolor que implica, pero tampoco se la acepta como destino inamovible. Se la enfrenta con verdad, con responsabilidad y con esperanza activa.

La Biblia, leída desde esta perspectiva, no es un libro distante, sino una guía concreta. No ofrece soluciones instantáneas, pero sí principios sólidos. Y, sobre todo, muestra que Dios no está ajeno a la realidad humana. La palabra se hace vida cuando se practica, no cuando se repite. En definitiva, la pobreza, vista espiritualmente, es una invitación incómoda pero potente: revisar qué sostiene la vida, qué la limita y qué la puede transformar. El evangelio del Reino no promete ausencia de dificultades, pero sí una forma de atravesarlas con sentido, con dirección y con la posibilidad real de cambio.

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25 – Prisa

Proverbios 19: 2 = El alma sin ciencia no es buena, Y aquel que se apresura con los pies, peca. Presta mucha atención que no te está diciendo que no te apresures con tus pensamientos del alma o con las conclusiones de tu espíritu. Eso también pesa, pero lo que te conduce de inmediato al pecado, es el apresuramiento de nuestros pies, o sea de nuestro cuerpo. Versión NTV: El entusiasmo sin conocimiento no vale nada; la prisa produce errores. Creo que aquí te ha quedado más que claro, ¿Verdad?

La prisa se ha vuelto un idioma universal. No importa el país, la cultura o la edad: todos la hablamos con fluidez, aunque nos deje sin palabras para lo verdaderamente importante. Vivimos corriendo, pero rara vez sabemos hacia dónde. Y en ese vértigo cotidiano, donde cada segundo parece valer oro, olvidamos algo esencial: el valor del tiempo no está en su velocidad, sino en su propósito.

La prisa no es simplemente moverse rápido. Es una forma de vivir desconectada del sentido profundo de la existencia. Es levantarse pensando en lo que falta, acostarse sintiendo que no alcanzó, y atravesar el día como quien sobrevive más que como quien vive. Es el alma apurada intentando llenar vacíos que no se resuelven con velocidad.

Desde una mirada espiritual, la prisa no solo desgasta el cuerpo: dispersa el corazón. Nos fragmenta. Nos divide entre lo urgente y lo importante, inclinándonos casi siempre por lo primero. Y así, sin darnos cuenta, lo urgente se convierte en un tirano que gobierna nuestras decisiones, mientras lo esencial queda relegado a “cuando haya tiempo” … un momento que casi nunca llega. 

Sin embargo, cuando observamos la vida desde la perspectiva del Reino de Dios, aparece una lógica distinta. Una lógica que no niega la acción ni la responsabilidad, pero que redefine el ritmo. No se trata de hacer menos, sino de vivir con dirección. No se trata de lentitud por pereza, sino de pausa con sentido.

Jesús no vivió apurado. Y eso resulta profundamente llamativo en un mundo que también en su tiempo estaba lleno de necesidades urgentes. Había enfermos esperando, multitudes buscando, conflictos sociales y religiosos constantes. Sin embargo, Él caminaba con propósito, no con ansiedad. Podía detenerse en medio de una multitud por una sola persona. Podía apartarse a orar cuando todos lo buscaban. Podía esperar antes de actuar, incluso cuando otros lo consideraban tarde.

Esto no es un detalle menor: revela una forma de vivir profundamente libre. Libre de la presión externa, libre del ruido, libre del miedo a “no llegar”. Una libertad que nace de la confianza en el propósito, no en la velocidad. Hoy, la prisa se ha normalizado al punto de confundirse con productividad. Si estás ocupado, parece que estás haciendo las cosas bien. Si no parás, eres valorado. Pero esa lógica, aunque socialmente aceptada, es espiritualmente peligrosa. Porque nos lleva a medir la vida por lo que hacemos y no por lo que somos. 

Y ahí es donde aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Qué estamos perdiendo por vivir apurados? Perdemos profundidad en nuestras relaciones. Escuchamos a medias, respondemos sin comprender, compartimos sin presencia. Perdemos capacidad de asombro. Todo pasa tan rápido que nada nos impacta. Perdemos claridad interior. No hay espacio para procesar, para reflexionar, para discernir. Y, quizás lo más importante, perdemos sensibilidad a la voz de Dios en lo cotidiano.

Porque Dios no suele gritar en medio del ruido. Su voz es clara, pero requiere atención. No porque Él sea débil, sino porque respeta profundamente nuestra libertad. Y en una vida dominada por la prisa, esa atención se vuelve escasa. Ahora bien, esto no significa que la solución sea retirarse del mundo o dejar de tener responsabilidades. La propuesta no es evasión, sino transformación. Se trata de aprender a vivir en el mismo contexto, pero con otro espíritu. ¿Cómo se logra eso en la práctica?

Primero, redefiniendo prioridades. No todo lo urgente es importante. Y no todo lo importante es urgente. Hacer este discernimiento de manera consciente cambia radicalmente la forma en que usamos nuestro tiempo. Implica decidir, por ejemplo, que una conversación significativa vale más que una tarea más en la lista. Que un momento de silencio vale más que una hora de distracción automática.

Segundo, incorporando pausas intencionales. No pausas vacías, sino espacios donde el alma pueda respirar. Puede ser unos minutos al comenzar el día, una caminata sin celular, un momento de reflexión antes de dormir. No se trata de cantidad, sino de calidad. Pequeños actos de pausa pueden generar grandes cambios de perspectiva.

Tercero, cultivando la presencia. Estar donde estamos. Parece obvio, pero no lo es. Muchas veces estamos físicamente en un lugar, pero mental y emocionalmente en otro. Practicar la presencia implica atender a la persona que tenemos enfrente, a la tarea que realizamos, al momento que vivimos. Es una forma concreta de honrar la vida.

Cuarto, aprendiendo a decir “no”. La prisa muchas veces es consecuencia de haber dicho demasiados “sí” sin discernimiento. Decir “no” no es egoísmo: es responsabilidad. Es reconocer que el tiempo es limitado y que no todo merece ocupar un lugar en nuestra agenda. Quinto, recuperando el sentido del descanso. No como escape, sino como parte del diseño. Descansar no es perder tiempo: es invertir en vida. Es permitir que el cuerpo se recupere, que la mente se ordene, que el espíritu se renueve.

Y en todo esto, hay un componente clave: la confianza. La prisa, en el fondo, muchas veces nace del miedo. Miedo a no llegar, a no lograr, a no ser suficiente. Pero cuando hay confianza en que la vida tiene un propósito mayor, esa ansiedad pierde fuerza. Confiar no significa pasividad. Significa actuar desde un lugar de seguridad interior, no desde la desesperación. Significa hacer lo que corresponde, pero sin cargar con lo que no nos corresponde.

Desde una perspectiva social, vivir sin prisa también es un acto contracultural. En una sociedad que premia la velocidad, elegir la profundidad es casi una rebeldía. Pero es una rebeldía que construye. Porque genera vínculos más sanos, decisiones más conscientes y una vida más coherente. Además, tiene un impacto colectivo. Una persona que vive con paz interior transmite paz. Una persona que escucha de verdad mejora la calidad de las relaciones. Una persona que actúa con propósito influye en su entorno de manera positiva.

No se trata de cambiar el mundo de un día para otro, sino de transformar el espacio que habitamos. Y eso empieza por cómo vivimos nuestro tiempo. Ahora bien, tampoco se trata de idealizar. Todos, en mayor o menor medida, caemos en la prisa. Es parte de la condición humana en este contexto. Pero reconocerlo es el primer paso para cambiarlo.

Y acá es donde entra un elemento que aporta incluso un toque de humor: muchas veces corremos tanto que si alguien nos preguntara exactamente qué estamos haciendo, no sabríamos explicarlo con claridad. Es como estar en una carrera sin saber cuál es la meta. Y lo más curioso es que, aunque lleguemos primero, no sabremos si valía la pena.

Tal vez sea momento de hacernos preguntas más simples, pero más profundas: ¿Esto que estoy haciendo tiene sentido? ¿Me acerca a lo que realmente importa? ¿Estoy viviendo o solo estoy cumpliendo? No hay respuestas mágicas ni fórmulas únicas. Pero sí hay una dirección posible: volver a lo esencial. Volver a una vida con propósito, con sentido, con conexión.

El evangelio del Reino de Dios no propone una vida perfecta ni sin desafíos. Propone una vida con fundamento. Una vida donde lo espiritual no está separado de lo cotidiano, sino integrado. Donde cada decisión, cada relación, cada momento puede ser vivido con sentido. Y en ese marco, la prisa pierde protagonismo. No porque desaparezca por completo, sino porque deja de gobernar.

Quizás la clave no sea correr menos, sino correr mejor. No hacer menos, sino hacer con sentido. No vivir más lento por obligación, sino vivir más consciente por elección. Al final del día, la pregunta no será cuán rápido vivimos, sino cuán profundamente lo hicimos. Y tal vez, solo tal vez, descubramos que la verdadera plenitud no estaba en llegar antes, sino en caminar con propósito. Porque una vida alineada con el Reino no se mide en velocidad, sino en verdad, en amor y en coherencia. Y eso, por más simple que parezca, cambia todo.

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¡Despierta o Te Quedas Fuera!

Si abres tu Biblia y buscas el capítulo 22 del evangelio de Mateo, vas a encontrarte con un pasaje que te habla de la parábola de las bodas. Y te cuenta que el rey se levanta y ve que hay un hombre que no está vestido de boda. Entonces le dice el rey, versículo 12: Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. (13) Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. (14) Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.

En principio, tengo que decirte que no creo que aquí se esté hablando de un infierno. El mundo, es un mundo de tinieblas. Y allí es donde está el lloro y el crujir de dientes. Entonces hay dos realidades. Una realidad que es el Reino de Dios y su Justicia y otra que es una falsa realidad, que es el sistema de este mundo. Desde hace varios años Dios ha estado insistiendo que tenemos que movernos desde el Reino de Dios. Porque se vienen tiempos de gran dolor sobre el mundo.

Viene un sacudimiento muy fuerte para las naciones y por eso es necesario estar conformes al Reino de Dios. Porque no tendrán el mismo destino los que están en el Reino que los que no están. Porque así ha sido dicho: muchos serán los llamados, pero pocos los escogidos. Dios ha estado llamando y llamando a un pueblo de Luz. Pero vemos como, continuamente, el pueblo de Dios se rinde ante el sistema de este mundo. SE rinde a las soluciones de este mundo.

Y van a venir tiempos muy difíciles, que, si no entendemos claramente el Reino de Dios, la vamos a pasar muy mal. Ya ha sido dicho: el Reino de Dios no es una realidad para después que te mueras. Jesús dijo que había venido a traer el Reino de su Padre y no falló su misión. Por eso, antes que, a ningún otro, les dijo a sus discípulos: buscad el Reino de Dios. O sea que esto nos dice que el Reino de Dios está en medio de nosotros. Y a esto lo hemos oído muchísimas veces.

Pero te hago una pregunta al respecto: ¿Crees que el Reino de Dios está hoy en operación en tu vida? ¿O son las tinieblas de afuera las que gobierna lo que pasa en tu vida? Vamos al libro de Apocalipsis, capítulo 22. Mira lo que dice el verso 14: Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad. La religión, lo que ha hecho, es crear una ilusión fantasiosa.

¿Qué es lo que le dice Jesús en su gloria a la iglesia de Laodicea? Le dice: Tú dices que yo soy rico y me he enriquecido y que de ninguna cosa tengo necesidad. Pero aquí desde el cielo te ves desventurado, pobre, miserable, ciego y desnudo. Eso me dice a mí que hay una realidad de cómo mira el cielo y otra realidad de como se puede sentir la iglesia. Jesús aquí hace un llamado clarísimo a despertar interiormente y cambiar sus vestiduras.

Creo que estamos ante un terrible genocidio que viene sobre toda la tierra. Y el árbol de la vida es el que te va a mantener en la salud que necesitas. Cuidado; estoy hablando con entendimiento para el que tenga entendimiento. Y dice: Para que tengan derecho a entrar por las puertas de la ciudad. Ahora; si voy a Apocalipsis 21, habla de las puertas de esta ciudad y habla también de cómo esta ciudad está en medio de nosotros.

Desgraciadamente, las teologías tradicionales, han pasado de la ciudad celestial a un evento futuro inaccesible para nosotros. Sin embargo, creo que sería mucho mejor que veamos que dice la palabra. Dice Apocalipsis 21:23: La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Hemos hablado muchas veces de cómo hemos sido predestinados para ser glorificados. O sea que esa gloria de Dios que alumbra, mora dentro de nosotros.

LO que intento mostrarte es que Jesús es la lumbrera de la ciudad que es Jesús mismo. Porque Jesús es también la ciudad. Luego dice el verso 24: Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Pero, ¿Sabes qué? En ningún manuscrito original aparece esa frase. Y esta frase inventada, ha hecho que las teologías manden a la ciudad celestial al futuro.

Yo te invito que busques en los interlineales y vas a ver que esa frase no existe en ningún interlineal. Entonces, lo que está diciendo, es que Jesús es la lumbrera de la ciudad. Porque dice: Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Y sus puertas nunca serán cerradas de día, porque allí no habrá noche. Ahora bien; nosotros conocemos, si es que hemos estudiado correctamente el Génesis, que la noche tiene que ver con las tinieblas.

Ahora; en el Reino de Dios, no hay tinieblas. Entonces dice que las naciones andan ¿A la luz de qué? De Cristo. Porque dice, reitero, que las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; De acuerdo, Pero, ¿Qué dice la carta de Pêdro? Dice: Vosotros sois nación santa. Esto te deja en evidencia que naciones, tiene que ver con personas. Esto es un misterio del Reino. Que una persona puede ser una nación. ¡Es una nación! Una persona es una nación y es una ciudad.

Esto, repito, son misterios del Reino, de la misma forma en que la deidad puede venir a habitar un cuerpo de carne. O sea que Dios no pone un trocito de Él en ti, ¡Se pone todo! El pone todo el Reino, toda una ciudad, todo lo que es Él dentro de una persona. Ahora bien; si las teologías tradicionales fueran verdaderas, el siguiente versículo no tiene cabida. Porque ellos piensan que la ciudad celestial viene en un planeta nuevo que Dios va a hacer. Y para ese momento, ya todos los malos se fueron al infierno.

Eso es lo que dice la teología tradicional. Pero aquí dice: Pero no entrará en ella ninguna cosa inmunda o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscriptos en el libro de la vida del Cordero. A ver; una ley no existe si no hay posibilidad de transgredirla. O sea que para que exista una ley, tiene que haber una posibilidad de que alguien la cumpla o no la cumpla. Es como si yo fuera alcalde o intendente y pusiera una ley que diga que nadie puede circular por las calles de mi ciudad a mil kilómetros por hora.

Primero, sería una ley descabellada e ilógica, porque no hay vehículo masivo que pueda circular a esa velocidad. Algún prototipo por allí y en pistas especiales, pero no un vehículo de uso general. Entonces, si ya todos los impíos están en el infierno, ¿Cómo es posible que diga que no puede entrar ninguna cosa inmunda? Indudablemente es porque hay una posibilidad de que lo inmundo y aborrecible quiera entrar. Es como el hombre que se metió a la boda y no estaba vestido de Reino.

Y esto se confirma también en Apocalipsis 22:15 Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira. Es notorio que estos versículos solamente pueden suceder mientras estamos aquí en la tierra. Hay una ciudad celestial en donde los hijos de Dios habitamos, donde están los bienaventurados que han lavado sus vestiduras, los que han sido escogidos por Dios y los demás están afuera, en las tinieblas de afuera.

¿Estás viendo cómo esto tiene que suceder aquí en la tierra, ahora? Eso te y me dice que la ciudad celestial es Jesús y Su Reino. La ciudad es la realidad de Cristo genuinamente en nosotros. Vamos al capítulo 22, verso 1: Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. (2) En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. 

No sé si puedes percibir que aquí estamos viendo, otra vez, la misma situación. Está la ciudad de Dios, y alrededor, naciones que están enfermas y necesitan sanidad. Ahora tenemos esta situación en el mundo. El mundo está terriblemente enfermo. Porque dice que, del árbol de la vida, las hojas son las que dan sanidad a las naciones. Y dice que no habrá más maldición y que el trono de Dios y del Cordero estarán en ella, y sus siervos le servirán.

Eso me dice a mí que, en la realidad del Reino, no hay maldición. El mayor problema es que la religión quiere ver todas las cosas en lo físico. Pero resulta ser que, el que vive en el Reino, vive en una realidad que no puede ser tocada. Por eso es que dice que en el Reino no hay maldición. Entonces, la pregunta es: ¿Por qué vienen las maldiciones? Porque los vestidos están manchados de iniquidad. Y la iglesia, créeme, descuida permanentemente sus vestidos.

Por eso dice que son bienaventurados los que lavan sus ropas. Eso es de la misma manera en que lavamos nuestra ropa porque debemos ponernos ropa limpia todos los días. Eso, al menos que seas un mugriento o no tengas posibilidades de lavarla. ¿Verdad? Con todo respeto, se sobreentiende. Y dice: Y sus siervos le servirán y verán su rostro. Los siervos, dentro de la nueva Jerusalén, ven el rostro de Dios. Por eso dice la palabra que nadie que no naciere del agua y del espíritu puede ver el Reino de Dios.

Y verán su rostro y su nombre estará en sus frentes, y no habrá allí más noche y no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz de sol, porque Dios el Señor los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos. Muy bien; vamos ahora a 2 Corintios 4. Y dice el verso 4: en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

Lo que te está diciendo es que el diablo viene a cegar el entendimiento, para que no les resplandezca la luz Vimos que los siervos ven su rostro, y el Señor mismo los ilumina. Porque el entendimiento cambió. Se propusieron cambiar el entendimiento. Toma nota: eso no te va a suceder porque alguien te ponga las manos en la cabeza y tú digas: ¡Ay! ¡Ahora se me va a quitar el velo del entendimiento! Dice que el velo es quitado cuando se convierten a Cristo.

Esto quiere decir cuando mi mentalidad entra en el Reino de Dios y lo veo. El verso 6, dice: Porque Dios que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Eso significa que el Cordero viene e ilumina nuestro entendimiento. Y eso nos va a dar una realidad que está por sobre todas las tinieblas de este mundo.

Tienes que darle gracias a Dios si llevas muchos años estableciendo una salud de Reino en tu vida. Porque eso significa que has peleado a brazo partido en contra de todo el sistema de Pharmakeia. Y eso te cuesta horrores, porque es muy difícil en este momento de la historia inventarse una salud de Reino. Sin embargo, en su misericordia, Dios los puede ayudar a todos. Pero el gran llamado de este mensaje es que son bienaventurados los que están lavando sus ropas para poder tener acceso a la ciudad.

Porque, el que puede entrar a la ciudad celestial, puede comer del árbol de la vida. Y de ese modo, llevar sanidad a las naciones. DE hecho, lo visible de un árbol son sus hojas, ¿Verdad? Jesús es la vid, nosotros somos los pámpanos. Y las hojas es lo visible de todos nosotros. Cuando tú ves un árbol, ese árbol es característico por sus hojas. Un árbol hermoso es un árbol lleno de hojas. Es la vida de Cristo manifestándose visiblemente alrededor nuestro.

Y, como ya lo hemos hablado muchas veces, nuestro espíritu es una onda expansiva que cambia todo a nuestro alrededor. Y esas hojas representan el crecimiento de nuestro espíritu. Como nuestro espíritu se expande para tocar a otras vidas. Veamos ahora lo que nos dice Isaías, capítulo 60. Verso 11: Tus puertas estarán de continúo abiertas; no se cerrarán de día ni de noche, para que a ti sean traídas las riquezas de las naciones, y conducidos a ti sus reyes. Este pasaje comienza diciendo Levántate y resplandece porque ha llegado su luz. ¿Cuál es esa luz? Es la luz de la ciudad. Es la luz de Jesucristo. Jesús es la ciudad. Cuando decimos que en Él estamos y nos movemos, es porque nos movemos en la ciudad.

(14) Y vendrán a ti humillados los hijos de los que te afligieron, y a las pisadas de tus pies se encorvarán todos los que te escarnecían, y te llamarán Ciudad de Jehová, Sion del Santo de Israel.  (20) No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados. (21 Y tu pueblo, todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme. Y este, justamente, es uno de los pasajes que te muestra que la tierra no se va a quemar como proclaman algunos.

Porque dice que para siempre heredarán la tierra. Y dice, verso 22: El pequeño vendrá a ser mil, el menor, un pueblo fuerte. Yo Jehová, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto. Observa este texto con cuidado. Dice que el pequeño vendrá a ser mil. Por eso es que somos una nación. Porque, el impacto de tu vida en Cristo. No es el de una personita en medio de un millón. En tu carne eres uno solo. En el Espíritu, tienes el impacto de miles. Somos varios unidos y somos el impacto en cada uno de nosotros.

Podemos cambiar muchas cosas en nuestras naciones, y el más pequeño será un pueblo fuerte. En medio de las tinieblas que se mueven en tu nación, hay un pueblo fuerte que eres tú. Hay un millar de impactos, que eres tú, produciendo la luz de la ciudad que habitas. Nunca más Dios quiere verte pensando que eres un pequeñito que no puede hacer nada ante los grandes poderes de las ideologías, la política o el dinero. ¡Por eso son bienaventurados los que lavan sus ropas y entran en la ciudad! Porque se convierten en el poder de la fuerza de Dios donde quiera que están. Por eso es tan importante que entendamos ese concepto de la ciudad en nosotros.

El gran desafío de esta generación no consiste en aprender más conceptos acerca del Reino de Dios, sino en vivir desde su realidad. Existe una diferencia inmensa entre conocer el lenguaje del Reino y habitar en él; entre hablar de Cristo y vivir en Cristo; entre defender una doctrina y manifestar una vida transformada por la presencia del Espíritu Santo. El Padre nunca tuvo el propósito de formar un pueblo que simplemente asistiera a reuniones o acumulase conocimientos bíblicos.

Desde el principio, Su propósito fue levantar hijos maduros que reflejaran Su naturaleza en medio de una creación que gime esperando la manifestación de esos hijos. El Reino nunca fue diseñado para ser una teoría religiosa ni una promesa reservada exclusivamente para la eternidad. Es una realidad presente que invade la historia cada vez que un hombre o una mujer decide rendir completamente su vida al gobierno de Jesucristo.

Por eso la verdadera pregunta no es cuánto sabemos acerca del Reino, sino cuánto del Reino gobierna realmente nuestra manera de pensar, de decidir, de amar, de trabajar, de enfrentar las dificultades y de responder ante las crisis. Porque el Reino no transforma únicamente nuestro destino eterno; transforma nuestro presente. Mientras el sistema del mundo intenta gobernar mediante el temor, el Reino gobierna mediante la paz. Mientras el mundo sostiene a las personas mediante el control, el Reino las sostiene mediante la confianza en el Padre.

Mientras el mundo produce ansiedad por el mañana, el Reino enseña a descansar en Aquel que conoce el fin desde el principio. Allí está la gran diferencia. No se trata de escapar del mundo, sino de vivir en él desde una realidad superior. Jesús jamás pidió que sus discípulos fueran sacados del mundo, sino guardados del mal mientras permanecían en él. Eso significa que el ciudadano del Reino no niega la existencia de las tinieblas, pero tampoco permite que las tinieblas definan su identidad ni determinen sus decisiones.

Su referencia ya no es el caos que lo rodea, sino la presencia del Rey que habita en él. Cuando comprendemos esto, dejamos de reaccionar como víctimas para comenzar a responder como hijos. Un hijo del Reino no vive dominado por las noticias, las estadísticas o los pronósticos humanos. Escucha lo que sucede, pero su corazón permanece anclado en la voz del Espíritu Santo. No ignora la realidad visible, pero sabe que existe una realidad aún más verdadera: la del Reino eterno de Dios.

Ese cambio interior es el verdadero lavado de las vestiduras. No consiste únicamente en abandonar ciertos pecados visibles. Consiste en permitir que Cristo purifique continuamente nuestras motivaciones, nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestros afectos y nuestras prioridades. Cada día el Espíritu Santo nos conduce a una renovación más profunda para que nada del viejo hombre siga gobernando nuestra vida. Porque las vestiduras del Reino no son un disfraz espiritual. Son el carácter de Cristo manifestándose en nosotros. Son la humildad sustituyendo al orgullo. La verdad reemplazando a la mentira. La misericordia venciendo al juicio. La fe desplazando al temor. El amor expulsando al egoísmo. La obediencia derrotando a la autosuficiencia.

Y esa transformación jamás puede producirla el esfuerzo humano. Es fruto de una comunión permanente con el Señor. Allí fracasa toda religión vacía. La religión intenta modificar conductas desde afuera. El Espíritu Santo transforma la naturaleza desde adentro. La religión fabrica apariencias. Cristo produce vida. La religión exige cargas imposibles. Jesús comparte Su yugo y Su descanso. La religión multiplica normas. El Reino forma hijos que aman la voluntad del Padre porque Su ley ha sido escrita en el corazón.

Por eso, el futuro del pueblo de Dios nunca dependerá de la capacidad de las estructuras religiosas para sostenerse, sino de la intimidad que cada creyente desarrolle con Cristo. Los días que vienen exigirán hombres y mujeres cuya seguridad no nazca de instituciones humanas, sino de la presencia permanente del Espíritu Santo. Creyentes que sepan discernir Su voz por encima del ruido del mundo. Creyentes cuya paz no pueda comprarse ni destruirse. Creyentes cuya esperanza no dependa de las circunstancias. Creyentes que vivan conscientes de que el Reino ya ha sido establecido en ellos.

Porque allí donde un hijo de Dios camina gobernado por el Espíritu, la atmósfera cambia. No porque él posea poder propio. Sino porque Cristo manifiesta Su vida a través de él. El Reino nunca avanza mediante propaganda. Avanza mediante personas transformadas. Una familia transformada puede cambiar un barrio. Un matrimonio restaurado puede abrir esperanza para decenas de hogares. Un empresario gobernado por el Reino puede transformar una cultura laboral. Un maestro lleno del Espíritu puede sembrar generaciones enteras.

Un médico, un agricultor, un científico, un artista o un gobernante que vive sometido a Cristo puede convertirse en un canal mediante el cual la luz del Reino alcance lugares donde ningún sermón llegaría. Así obra Dios. Siempre comienza con una vida completamente rendida. Por eso nunca debemos despreciar el lugar donde el Señor nos ha plantado. El Reino no necesita escenarios gigantes para manifestarse. Necesita corazones disponibles. No importa si el mundo considera pequeña tu influencia.

En las manos de Dios, la obediencia siempre produce un alcance mucho mayor del que nuestros ojos pueden medir. El Reino jamás ha dependido de mayorías. Ha dependido de hombres y mujeres que dijeron sí al llamado del Rey. Nuestra verdadera autoridad nace precisamente de esa rendición. No luchamos para obtener una identidad. Luchamos porque ya hemos recibido una. No buscamos convertirnos en hijos. Vivimos como hijos porque hemos nacido de Dios. No procuramos ganar el amor del Padre. Servimos porque ya somos profundamente amados.

Esa diferencia cambia absolutamente todo. El servicio deja de ser una obligación para convertirse en una expresión natural de amor. La santidad deja de ser un esfuerzo agotador para convertirse en el fruto de permanecer en Cristo. La obediencia deja de ser una imposición para transformarse en el gozo de caminar junto al Padre. Entonces entendemos que el Reino no se manifiesta únicamente mediante milagros extraordinarios. También se manifiesta en la paciencia con que perdonamos. En la fidelidad con que cumplimos nuestra palabra. En la integridad con que administramos nuestros recursos. En la compasión con que tratamos al necesitado. En la verdad que hablamos, aunque tenga un costo. En la esperanza que conservamos cuando todo parece derrumbarse.

Es allí donde el mundo comienza a contemplar una luz diferente. No la luz de hombres extraordinarios. La luz de Cristo reflejada en personas comunes que decidieron permanecer unidas a Él. Quizá esa sea una de las mayores necesidades de este tiempo. No más cristianos fascinados con experiencias pasajeras. Sino discípulos profundamente establecidos en Cristo. No más creyentes movidos por emociones cambiantes. Sino hijos guiados diariamente por el Espíritu Santo. No más personas buscando únicamente bendiciones. Sino ciudadanos del Reino deseando representar dignamente al Rey.

Porque el propósito final nunca fue que el mundo admirara a la Iglesia. El propósito es que el mundo vea a Cristo. Que descubra Su amor. Que conozca Su verdad. Que experimente Su justicia. Que encuentre Su paz. Que sea alcanzado por Su gracia. Y eso comienza cuando cada uno de nosotros comprende que la ciudad de Dios no es simplemente un concepto para estudiar, sino una realidad para manifestar. Somos llamados a vivir de tal manera que nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras acciones anuncien continuamente que existe un Reino inconmovible en medio de un mundo que se estremece.

Mientras muchos vivirán dominados por el miedo, los hijos caminarán en confianza. Mientras muchos serán arrastrados por la desesperación, los hijos permanecerán firmes. Mientras muchos buscarán refugio en sistemas que finalmente fracasan, los hijos hallarán refugio en el gobierno eterno del Padre. Ésa es la esperanza del Evangelio. No una promesa vacía. No una ilusión religiosa. No una evasión de la realidad. Sino la certeza de que Jesucristo vive, reina y continúa edificando Su Reino en aquellos que le pertenecen.

Que cada día podamos permitir que el Espíritu Santo siga lavando nuestras vestiduras, renovando nuestro entendimiento y conformándonos a la imagen del Hijo. Que aprendamos a caminar desde la identidad que hemos recibido y no desde las limitaciones que el mundo pretende imponernos. Que vivamos como verdaderos embajadores del Reino, llevando la presencia de Cristo allí donde Él nos envíe. Porque el mundo necesita mucho más que argumentos: necesita contemplar la vida de Jesús reflejada en Sus hijos.

Y cuando un hijo del Reino vive plenamente unido a su Señor, la oscuridad nunca tiene la última palabra. La luz siempre termina revelando el camino. El amor siempre encuentra una puerta. La verdad siempre rompe el engaño. Y la vida de Cristo siempre será suficiente para manifestar, aquí y ahora, la gloria del Reino del Padre hasta que toda la tierra sea llena del conocimiento de Su gloria, como las aguas cubren el mar.

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Alineados Con el Propósito Eterno

¿Alguna vez te has preguntado por qué hay personas que oran día y noche, pero su vida parece no avanzar? ¿Por qué tantos hijos de Dios hablan del Reino, pero viven como si fueran súbditos de la escasez? Recuerda esto: el mayor enemigo del propósito no es el pecado, sino la ignorancia. Y hoy quiero abrirte una puerta que muchos temen cruzar. Dios escondió un poder en tu mente y casi nadie se atreve a usarlo. Porque la mente fue diseñada como el trono donde el Reino se expresa.

Tu mente no es un simple órgano biológico, es el territorio donde Dios quiso plantar su gobierno. Cuando el salmo 8 dice: Le hiciste poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra, está hablando de ti. Esa gloria no es un brillo externo, es la capacidad divina que habita en tu mente para crear, para gobernar, para transformar lo invisible en realidad. El Reino, lo sabes, no se trata de religión, sino de mentalidad.

La pobreza no es la ausencia de dinero, sino la ausencia de visión. Y mientras muchos oran pidiendo que el cielo descienda, Dios está esperando que la mente del Reino despierte en ellos. Hay una batalla silenciosa librándose, cada día, dentro de ti. No entre el bien y el mal, sino entre la mente del Reino y la mente de la esclavitud. Una voz te dice: “No puedes, no naciste para eso, confórmate” Y otra susurra con la fuerza del Espíritu: “Eres imagen de Dios, fuiste enviado para dominar”.

El enemigo no necesita quitarte tus recursos si logra controlar tus pensamientos. Porque si controla tu mente, controla tu futuro. Por eso, desde el principio, Satanás no atacó las manos de Eva, atacó su mente. Le habló a su lógica, a su interpretación, a su identidad. Y así, una idea corrompida dio a luz una caída entera. ¿Estás viendo el poder de una mente mal direccionada? Ahora entiende esto: el poder que Dios escondió en ti, no se activa con esfuerzo, se activa con revelación.

Por eso Jesús dijo, en Lucas 17:21: Ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros. Les dijo claramente: ¡Eh! ¡Muchachos! ¡El Reino de Dios está dentro de ustedes! ¡Dejen de mirar para arriba! No está en un templo ni en una estructura humana. Está dentro. La mente es el portal por el cual ese Reino interior se manifiesta en lo externo. Y mientras no entiendas esto, vivirás orando por lo que ya posees, pidiendo lo que ya fue depositado.

Salmo 23. El Señor es mi pastor, nada me faltará. Esa no es una promesa futura, es una realidad presente. Nada me falta, porque ya lo tengo todo en el interior del Reino. Pero el problema no es la promesa, es la percepción. Tu mente interpreta escasez, donde el cielo declaró abundancia. Y el Espíritu está diciendo: renueva tu mente, porque tu realidad está atrapada en tus pensamientos. El día que entiendes esto, dejas de pedirle a Dios lo que necesitas y comienzas a hablar como el embajador de un Reino.

Un embajador no pide, ejecuta la voluntad del Rey. Y cuando tu mente se alinea con esa identidad, el cielo se abre. No porque ruegues, sino porque gobiernas. El cielo responde a mentalidades, no a emociones. Piénsalo. Todo lo que existe fue creado primero en la mente de Dios. Él pensó, habló y fue hecho. Dijo Dios: Sea la luz. Y fue la luz. El pensamiento fue la semilla. La palabra, el canal. La materia, el resultado.

Y tú fuiste hecho a Su imagen, eso significa que tu mente tiene la misma estructura espiritual que la de tu Creador. Puedes concebir lo invisible y materializarlo con fe y acción. Pero para eso, debes liberar tu mente de las cadenas de la religión, de la culpa y del miedo. El enemigo te quiere ocupado, orando, pero sin pensar. Porque sabe que una mente iluminada por el Reino, se vuelve peligrosa. Una mente que entiende su poder, deja de ser esclava de la necesidad.

Por eso el Salmo 1, versos 1 y 2 declaran: Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche.

¿Ves? La prosperidad del justo no nace del azar, o de la suerte, sino de su meditación constante de la palabra. No dice que ora de día y de noche, dice que medita. Porque quien controla su mente controla su atmósfera, y quien controla su atmósfera, gobierna su destino. Tu mente es como una tierra espiritual. Cada pensamiento es como una semilla, y lo que siembras hoy en forma de pensamiento, cosechas mañana en forma de realidad. Por eso, cuando alguien dice que no puede con algo, está sembrando fracaso.

Cuando dice que Dios lo abandonó, está plantando desierto. Pero cuando declara que el Reino está en Él y nada le falta, activa un flujo sobrenatural de provisión. Si tu mente está cautiva, tus manos no pueden prosperar. Dios te dio la capacidad de crear, pero necesitas pensar como un rey antes de pretender vivir como uno. Un rey no se desespera ante la falta, porque sabe que tiene autoridad para crear. Un rey no pide permiso para prosperar, él establece su decreto.

Y tú, hijo del Reino, no naciste para sobrevivir, naciste para gobernar. Por eso, no subestimes el poder de tus pensamientos. Cada vez que imaginas algo con fe, estás construyendo una realidad futura. Cada vez que eliges la gratitud en lugar de la queja, estás moldeando tu destino. El Reino no se activa con magia, se activa con mentalidad. Y tu mente fue diseñada para ser el punto de contacto entre el cielo y la tierra.

Escucha esto. No es la oración lo que mueve a Dios, es la fe pensada. Porque la fe no es emoción, es convicción mental espiritualizada. Hebreos 11:1 lo dice: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. La fe es pensamiento con dirección divina. Por eso Jesús pudo multiplicar los panes. No fue magia, fue mentalidad de Reino. Antes de partir el pan levantó la vista al cielo, agradeció y pensó como su Padre. Esa fue la clave. Antes de ver la abundancia, la imaginó, antes de tocar el milagro, lo visualizó. Y el cielo respondió.

Hay una conexión misteriosa entre la mente alineada y la manifestación visible. Dios no responde a la desesperación, Dios responde a la revelación. Y la revelación viene cuando tu mente se renueva por la palabra. Romanos 12:2 lo confirma: Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios agradable y perfecta. No dice que cambies tu corazón, dice que renueves tu entendimiento.

Porque el corazón siente, pero la mente gobierna. El corazón te conecta con la emoción del cielo, pero la mente ejecuta el gobierno del Reino. Tal vez te has sentido limitado, pequeño, sin recursos, sin dirección, pero Dios no se equivocó contigo. Él depositó dentro de ti, la misma mente que estaba en Cristo Jesús. Una mente creativa, estratégica, firme. Y esa mente tiene el poder de transformar cualquier circunstancia, si aprendes a pensar como un hijo, no como un huérfano.

Porque el huérfano pide, pero el hijo dispone. El huérfano teme, el hijo ejecuta. Y el cielo está esperando que pienses como lo que eres, un heredero del Reino. Y no estamos hablando de pensamiento positivo, sino de pensamiento profético. No se trata de imaginar lo que quieres, sino de concebir lo que el Padre ya dijo. Porque el Reino no se inventa, se revela. Y cuando tu mente capta esa revelación, tu entorno empieza a obedecer. La gente lo llamará suerte, pero tú sabrás que es gobierno mental del Reino.

Así comienza el despertar, cuando dejas de reaccionar y comienzas a crear. Cuando dejas de ver problemas y comienzas a ver posibilidades. Cuando entiendes que Dios no te dio una mente para repetir lo visible, sino para manifestar lo invisible. Ese es el poder misterioso y escondido que casi nadie usa. La mayoría gasta su mente recordando el pasado, preocupándose por el mañana, comparándose con otros. Pero los hijos del Reino usan su mente como un altar donde se forma la realidad.

Y cuando eso sucede, el cielo se vuelve visible. ¿Sabes por qué tan pocos logran manifestar ese poder escondido en su mente? Porque fueron programados para sobrevivir, no para gobernar. Desde niño, el sistema del mundo te entrenó para depender de algo o de alguien. Del salario, del reconocimiento, del gobierno, incluso de la religión. Y mientras tanto, Dios te estaba diciendo que todo lo que necesitas, ya estaba dentro de ti.

Pero, las voces externas fueron más ruidosas que las voces del Reino. Y así, una generación de reyes fue educada como siervos. No porque no tengan corona, sino porque olvidaron su diseño. Cuando la mente ignora su propósito, el cuerpo trabaja en vano. Y esa es la raíz de la frustración humana: tener una semilla de Reino, pero vivir en terreno de esclavitud. No puedes prosperar si tu mente está condicionada al miedo. No puedes avanzar si tu pensamiento todavía depende del permiso de otros.

Dios no te llamó para obedecer al sistema, sino para manifestar su Reino dentro de ese sistema perverso. Y la puerta de ese Reino está en tu mente. El salmo 27 dice: El Señor es mi luz y mi salvación. ¿De quien temeré? La luz representa entendimiento. Cuando Dios te ilumina, no te da más cosas, te da más claridad. La salvación comienza cuando tus pensamientos se alinean con la verdad. Por eso, cada revelación es un acto de guerra espiritual que no se libra con espadas, sino con ideas.

Porque el enemigo sabe que un pensamiento lleno de fe, puede derribar fortalezas más rápido que mil oraciones vacías. Así lo enseña 2 Corintios 10: 4-5 cuando dice: porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. ¿Te das cuenta? El campo de batalla no está afuera, está en tu mente.

Cada día, el Reino y la cultura compiten dentro de ti. El Reino te dice: multiplica. La cultura te dice: ahorra. El Reino te dice que creas antes de ver. La cultura te dice que mires y veas antes de creer. El Reino te dice que tú eres hijo. La cultura te dice que eres un número más. Y, mientras no renueves tu mente, vivirás dividido entre lo que sabes y lo que sientes. Pero, cuando la mente se alinea con el Reino, el alma se quieta, el cuerpo obedece y la realidad responde.

La pobreza es un estado mental antes de ser una condición económica. Y eso explica por qué hay personas con recursos que siguen pensando como pobres. Tienen dinero, pero no mentalidad de abundancia. Poseen cosas, pero no propósito. Porque la abundancia no se mide en lo que posees, sino en lo que puedes producir desde adentro. Un hijo del Reino puede perderlo todo y volver a levantarse. Porque su fuente no está afuera, está adentro.

Esa es la diferencia entre el sistema del mundo y el Reino. El mundo te da cosas para que te sientas valioso. El Reino te recuerda que ya eres valioso y que por eso puedes producir cosas. Jesús nunca dijo que fueran bienaventurados los ricos, sino los pobres en espíritu. ¿Por qué? Porque el pobre en espíritu es aquel que reconoce su necesidad de mentalidad divina. No es alguien carente de bienes, sino alguien vacío de orgullo y listo para ser lleno de sabiduría celestial.

Y ese es el tipo de mente que el Reino puede usar. Dios no deposita su poder en una mente arrogante, sino en una mente disponible. Porque el poder que Él escondió, no se activa con gritos, sino con entendimiento. Por eso, el salmo 119:130, declara: La exposición de tus palabras alumbra; Hace entender a los simples. Entendimiento, eso es lo que cambia todo. Una persona entendida, no necesita que el mundo la aplauda, porque su dirección viene del cielo.

No necesita perseguir oportunidades, porque las oportunidades son las que buscan a esa persona. No se preocupa por perder, porque entiende que todo lo que pierde afuera, lo está ganando adentro. Ese es el fruto de una mente gobernada por el Reino. La mente del Reino no se rinde ante la escasez, la interpreta como instrucción. Cuando algo falta, no llora, pregunta: ¿Qué debo crear? Cuando algo se cierra, no se frustra, discierne: ¿Qué están haciendo?

Porque sabe que Dios nunca quita sin propósito, sólo reposiciona para multiplicar. Eso fue lo que Jesñus enseñó en la parábola de los talentos. El siervo que escondió su talento, tenía miedo. El que multiplicó, tenía mentalidad. Ambos recibieron lo mismo, pero sólo uno entendió el código. Dios no bendice la pasividad, bendice la productividad del pensamiento. El que piensa como hijo, no espera el milagro, se convierte en milagro.

Y es allí donde el poder escondido en tu mente se manifiesta, cuando dejas de reaccionar y comienzas a crear. Porque cada pensamiento alineado con el Espíritu es una semilla que el cielo reconoce como decreto. Dios no se mueve por tus lágrimas, sino por tu comprensión, no por tu emoción, sino por tu intención. Y cuando tus pensamientos y tus palabras se unen en fe, la atmósfera cambia. Escucha esto: la fe no es magia, es diseño mental.

La oración sin entendimiento, es ruido espiritual. Pero la oración que nace de una mente renovada, es estrategia divina. Por eso Jesús decía: cuando oren, crean que ya lo recibieron. Eso no es fe ciega, es conciencia espiritual, es vivir desde la realidad del Reino, no desde la necesidad del mundo. Y allí está el secreto que casi nadie aplica: pensar como ya cumplido lo que aun no se ve. Eso no es negar la realidad, es imponer una realidad superior. La fe, es pensamiento en acción.

Y si lo analizas, verás que todos los grandes hombres y mujeres de la Biblia, pensaron diferente. Abraham salió de su tierra porque pensó como un visionario. José gobernó Egipto porque pensó como un administrador celestial, no como un esclavo. David venció a Goliat no por su fuerza, sino porque su mente estaba alineada con la mentalidad de Dios. ¿Quién es este incircunciso que desafía al ejército del Dios viviente?

No dijo que era demasiado grande para vencerlo. Dijo que era demasiado grande como para fallar al lanzarle la piedra. Esa es la diferencia entre una mente del Reino y una mente natural. La mente natural, ve obstáculos, la mente del Reino ve plataformas para manifestar gloria. Tu mente tiene la capacidad de crear atmósferas. Cuando te levantas con gratitud, atraes provisión. Cuando hablas desde la fe, los ángeles se activan. Cuando decides pensar lo que Dios piensa, el universo obedece a tu voz.

Porque fuiste creado para gobernar con ideas, no sólo con palabras. Tu mente es la cuna del propósito. Y el propósito es la evidencia de que ya fuiste equipado. Por eso, nunca subestimes una idea nacida en oración. Una idea del cielo, puede cambiar generaciones. Una idea con el sello del Espíritu, puede abrir empresas, restaurar familias y liberar naciones. Pero antes que Dios la use afuera, necesita conquistar el territorio de tu mente.

Porque no puede confiarle su Reino a una mente dividida. Y muchos están orando por una nueva temporada, mientras que Dios está esperando una nueva mentalidad. Cuando Jesús dijo Arrepentíos, porque el Reino d ellos cielos se ha acercado, no estaba hablando de culpa, sino de cambio de pensamiento. La palabra arrepentirse, en griego, es la palabra metanoia, que significa cambiar la mente. Jesús les estaba diciendo: ¡Cambien su manera de pensar, porque el Reino está aquí!

No dijo que vendría, dijo que ya estaba. Hoy sigue aquí, pero no puedes verlo si sigues pensando cómo el mundo. El Reino no se percibe con los ojos, se discierne con la mente. Por eso Lucas 17:21 afirma: ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros. Pero, cuidado. Mientras no renueves tu mente, el Reino seguirá siendo una teoría en lugar de una experiencia. Dios no te está llamando a orar más. Te está invitando a pensar como piensa Él.

Porque quien piensa como Dios, ora con autoridad. Y quien ora con autoridad, obtiene resultados sobrenaturales. El Reino no es un lugar al que se entra, es una mentalidad que se adopta. Y cuando tu mente se vuelve una extensión del cielo, tu vida se vuelve una manifestación del Reino. Las mayorías de las personas viven orando por un milagro, cuando en realidad el milagro está esperando que ellos piensen diferente. Dios no crea desde la necesidad, crea desde la plenitud.

Por eso, si quieres activar el poder escondido en tu mente, debes dejar de actuar desde la carencia y debes comenzar a pensar desde la abundancia. Porque todo lo que piensas continuamente, eso atraerás inevitablemente. Tal cual el hombre piensa, el hombre es, ¿Recuerdas eso? El salmo 1 vuelve a recordarnos eso. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae. Y todo lo que hace, prosperará.

Esa no es una metáfora poética, es una fórmula divina. El árbol plantado representa una mente estable. Las aguas, son la palabra. El fruto, es la manifestación. Y cuando tu mente se arraiga en la verdad del Reino, tu vida empieza a producir resultados naturales de lo sobrenatural. No porque lo fuerces, sino porque lo fluyes. Pero, ¿Cómo se activa esa mente del Reino en la práctica? Hay tres llaves que son claves: Revelación, Enfoque y Acción. Y esas tres forman el circuito en donde el poder escondido se enciende.

Primero, la Revelación. Nada cambia, hasta que la mente recibe luz. Revelación no es información, es comprensión divina. Puedes leer la Biblia mil veces y no transformar nada si no lees con los ojos del Espíritu. Por eso el salmista oraba: Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. Eso es lo que dice en el salmo 119:18. El poder en tu mente está esperando una chispa de revelación para activarse. Esa chispa llega cuando una verdad se vuelve más real que tu circunstancia.

Cuando dejas de repetir versículos, y comienzas a vivirlos. Cuando ya no andas diciendo que Dios puede, sino que Dios ya lo hizo y te incluyó. Allí es donde la mente cambia de espectadora a participante. Y el Reino empieza a moverse a través de ti. Segundo, el Enfoque. El enemigo no necesita destruirte, sólo necesita distraerte. Porque lo que tu mente no enfoca, el cielo no respalda. Jesús decía: si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz.

El ojo es símbolo de enfoque. Cuando enfocas tu mente en la visión del Reino, tu alma se ordena. Tus emociones se aquietan y tus decisiones se vuelven precisas. El éxito no se mide por lo que logras, se mide por cuan fiel eres por el propósito por el cual fuiste creado. Y ese propósito se mantiene vivo cuando tu mente no se dispersa entre la opinión de los demás. Dios no puede expandir una mente confundida, pero puede multiplicar una mente enfocada.

Si sabes para donde vas, todo el cielo se alinea para empujarte. Tercero, la Acción. El Reino no responde a los que sueñan, responde a los que ejecutan. La fe sin acción, es estéril. Muchos piensan que creer es suficiente, pero creer sin actuar, es como sembrar sin regar. Por eso Santiago 2:17 declara: Así también la fe, si no tiene obras está muerta en sí misma. Cuando actúas desde una mente renovada, tu movimiento se vuelve profético.

Cada paso se convierte en una declaración que dice: yo creo, y por eso camino. Y allí es donde el poder escondido dentro de ti, comienza a moverse con autoridad. Pero hay algo más profundo: el poder de tu mente no se activa sólo con conocimiento, se activa con obediencia. Dios no confía su Reino a quien tiene buena memoria, lo confía a quien tiene corazón sometido. Porque el Reino se mueve bajo una ley espiritual. La autoridad fluye donde hay alineación.

No puedes gobernar afuera lo que no gobiernas dentro. Y no puedes ordenar tu entorno, si tus pensamientos viven en caos. Por eso es que, activar el poder de tu mente, requiere también disciplina mental. El salmo 16:8 revela el secreto del enfoque espiritual. A Jehová he puesto siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré conmovido. Esto significa que el salmista entrenó su mente para mantener a Dios en el centro de su atención.

Mientras el mundo cambia, él se mantiene firme. Eso es disciplina del Reino, no dejar que tu mente divague entre el temor y la duda, sino dirigirla constantemente hacia la verdad. Cada pensamiento que sostienes, se convierte en la forma de tu vida. Y si sostienes la verdad del Reino, inevitablemente vivirás en prosperidad, propósito y paz. Tu mente fue diseñada para producir exactamente aquello que más contempla. Si piensas en pérdidas, vibras con pérdidas. Si piensas en propósito, te alineas con propósito.

Dios escondió ese poder en ti no para que lo uses de manera egoísta, sino para que seas un cocreador con él. Por eso Jesús decía: Las obras que yo hago, vosotros las haréis también. No porque seamos dioses, sino porque somos hijos de un Dios que piensa, crea y gobierna. Y el hijo, imita la naturaleza de su Padre. Pero aquí está el punto más hermoso. Tu mente no fue creada para cargar ansiedad, fue creada para canalizar autoridad.

Cada vez que te llenas de preocupación, estás usando la energía creativa del Reino para construir realidades que no deseas. Por eso Filipenses 4:8, dice: Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si hay algo digno de alabanza, en esto pensad. ¿Te das cuenta que de ninguna manera este es un versículo poético? Es una instrucción espiritual.

Dios te está diciendo: administra tus pensamientos como administras un tesoro. Porque cada pensamiento es una semilla espiritual con potencial de eternidad. Cuando aprendes a pensar en lo que Dios piensa, empiezas a hablar como Él habla. Y cuando hablas como Él, el universo obedece. Jesús calmó la tormenta no porque gritó más fuerte, sino porque su mente estaba en reposo. Él no reaccionó al viento. Recordó quien era.

Esa es la clave; tu mente no necesita poder nuevo, necesita recordar el poder original que ya posee. El salmo 46:10 lo resume en una sola frase: Estad quietos, y conoced que yo soy Dios. Estar quieto, no es estar inmóvil. Es estar consciente, es detener el ruido interior para escuchar la voz que gobierna sobre el caos. Y cuando esa conciencia llena tu mente, el poder escondido se manifiesta sin esfuerzo. Porque ya no luchas para cambiar las circunstancias, simplemente piensas desde el cielo y la tierra se alinea.

Dios no te dio una mente para sobrevivir al sistema, sino para transformarlo. Cada vez que cambias tu manera de pensar, cambias tu atmósfera. Cada vez que renuevas tu entendimiento, tu entorno se actualiza a la frecuencia del Reino. Y el Espíritu Santo es el encargado de esa renovación. Él no vino sólo a darte consuelo, vino a reprogramar tu mente para pensar como el cielo. Por eso, 1 Corintios 2:16, declara: Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.

Esto significa que ya tienes la mente divina dentro de ti, sólo necesitas activarla. ¿Cómo? Meditando, declarando y actuando en coherencia con el Reino. No repitiendo versículos como grabadora mediocre, sino encarnándolos. No orando por miedo, sino hablando con autoridad. No esperando señales, sino manifestando propósito. El poder escondido en tu mente no se revela en momentos de calma, sino en medio de la prueba. Allí es cuando tu mente decide a qué voz obedecerá, la del miedo o la del Reino.

Y cuando eliges pensar como Dios en medio del caos, lo invisible empieza a obedecer tu pensamiento. Las puertas que estaban cerradas, se abren. No porque empujes, sino porque tu mente ya las cruzó en el espíritu. Tú no eres tus pensamientos negativos, pero si eres responsable de lo que decides mantener en tu mente. Dios te dio autoridad sobre los pensamientos y no para suprimirlos, sino para dirigirlos. Cada vez que reemplazas un pensamiento de temor por una verdad del Reino, una parte del cielo se instala en tu interior.

Y poco a poco, lo que pensabas imposible, se vuelve natural. Eso no es misticismo, es gobierno espiritual. Cuando un hijo del Reino despierta su mente, el infierno tiembla. Porque el enemigo puede resistir tu voz, pero no puede resistir tu revelación. Y cuando tu mente se ilumina con la verdad de Dios, las tinieblas pierden su dominio. Por eso, el mayor milagro no es ver el mar abrirse, ni el fuego descender del cielo. El mayor milagro, es una mente transformada.

Porque una mente transformada, cambia todo lo que toca. No necesitas una nueva oportunidad, necesitas una nueva mentalidad. No necesitas más puertas abiertas, necesitas pensar como alguien que tiene llaves. Jesús no vino a darte una religión, vino a darte una mente original. La mente del Reino. Esa que no teme, no duda, no mendiga. Esa que llama las cosas que no son, como si fueran, porque sabe quién las dijo primero.

Tu mente fue diseñada para operar en la frecuencia de la fe. Y cada pensamiento de fe, es un decreto que los ángeles ejecutan. Por eso, cuando piensas de acuerdo al Reino, el cielo se mueve. Tu entorno empieza a reflejar tu interior, las personas cambian, las oportunidades aparecen, la provisión fluye. No porque todo sea más fácil, sino porque tú te vuelves más consciente de tu poder espiritual. El salmo 37:4 lo expresa así:  Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón.

El deleite, aquí, no es emoción, es mentalidad. Significa pensar como Él piensa. Disfrutar lo que Él disfruta. Y cuando tu mente se alinea con su mente, tus deseos dejan de ser terrenales y se vuelven proféticos. Dios no está esperando que tengas más fuerzas, está esperando que tengas más claridad. Porque la fuerza sin dirección, se desperdicia, pero la claridad multiplica el propósito. Cada día que renuevas tu mente, un pedazo del cielo se manifiesta en la tierra.

Esa es la oración que Jesús enseñó. Venga tu Reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. ¿Dónde comienza esa voluntad? En tu mente. Cada pensamiento que se somete a la verdad de Dios, es una manifestación del Reino en acción. Por eso, hoy el Espíritu te dice que despiertes la mente que te ha sido dada, y que no temas pensar en grande porque fuiste creado a imagen y semejanza de un Dios ilimitado. No te conformes con sobrevivir, porque llevas dentro de ti, la arquitectura del cielo.

Tú no eres un accidente espiritual, eres una idea divina que tomó forma humana. Y esa idea está llamada a gobernar. Ahora es el momento de hacer silencio interior, de permitir que esta palabra penetre más allá del entendimiento y descienda al espíritu. Porque no fue casualidad que llegaras hasta aquí. Dios te trajo para recordarte quien eres. Eres portador de su mente, eres reflejo de su pensamiento, eres canal de su gobierno y el cielo no puede esperar más para manifestarse a través de ti.

Padre celestial te damos gracias, porque has depositado en nosotros tu mente, tu visión y tu sabiduría. Hoy declaramos que toda fortaleza mental se derrumba. Todo pensamiento de escasez, de miedo o de duda, queda destruido por la luz de tu verdad. Despierta en nosotros la mentalidad del Reino. Haznos conscientes del poder que has escondido dentro de nuestras mentes. Danos claridad para pensar como hijos, hablar como reyes y actuar como embajadores de tu Reino.

Que cada pensamiento nuestro esté alineado con tu propósito eterno. Desde hoy renunciamos a la mentalidad de esclavitud y abrazamos la mente de Cristo que gobierna sobre toda circunstancia. Proclamamos que nuestras ideas serán fructíferas, nuestros proyectos serán prósperos y nuestras decisiones estarán guiadas por tu Espíritu. En el nombre de Jesús, amén.

Esto no fue solamente un audio más, esto fue una convocatoria, un realineamiento con el cielo, una activación mental y espiritual. Ya no eres el mismo o la misma, el Reino dentro de ti ha sido despertado y, donde tú vayas, el gobierno de Dios irá contigo. Declara en voz alta que el Reino está en ti y que tu mente ha sido diseñada para gobernar.

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¿Luchas Contra Lo Que Eres?

En nuestra preocupación por conocer más de cerca los entretelones del Reino de Dios, hoy acudimos al Libro de los Hechos. En este libro hay un solo mensaje que Jesús predicó y ese fue el del Reino de Dios. La Biblia toda trata sobre el Reino de Dios. Concretamente la atracción y la expansión del Reino. De eso justamente es lo que trata el capítulo octavo del libro de los Hechos. Eso nos hará descubrir la realidad y la potencia del Reino, incluso su validez, ya que el Reino se valida a sí mismo.

También se puede estudiar aquí su necesidad, su impacto y su autoridad. Pero ahora vamos a ver la expansión y la atracción del Reino. Si miran con atención el primer verso de ese capítulo 8 de Hechos, este verso les dice de qué va a tratar todo el resto del capítulo. Dice: En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles.

Este verso 1 establece prácticamente el tono para esta parte de este libro. Es un libro que habla de la persecución del Reino de Dios. Ahora, permítanme recordarles un par de cosas. Creo que es importante recordar que nos enfocaremos en reconocer la naturaleza imparable del Reino. ¿En qué nos estamos enfocando, entonces? En la naturaleza imparable del Reino. Eso es importante, porque el Reino de Dios no tiene límites, eso es incontrastable.

No puede ser detenido ni cercado. Y esto no es sólo un hecho en la realidad de este libro de los Hechos, sino que podemos ver un par de escrituras de trasfondo, que fueron declaradas anteriormente sobre el Reino de Dios. En primer lugar, el Reino de Dios es eterno y seguro, sin restricciones. Eso es importante, especialmente ahora, cuando tenemos el resurgimiento del islam, el budismo y muchas religiones orientales que están comenzando a expandirse, como el taoísmo.

Por supuesto, tenemos todo tipo de expansiones interesantes del hinduismo, mucha dificultad ocurriendo en Pakistán y en lugares así, donde los musulmanes luchan contra los hindúes. Y ahora, por supuesto, tenemos a los musulmanes y a los cristianos, y las tensiones ente las diferentes sectas de la religión. Les prometo esto: en los próximos diez o veinte años, van a tener que enfrentar persecución. Habrá mezquitas por todas partes. Habrá templos hindúes levantándose por todas partes.

Donde haya una mezquita con un pináculo con un micrófono, a la mañana muy temprano se escuchará una voz en árabe que despertará a todo el vecindario donde esa mezquita se haya construido. Entonces, tenemos una pregunta: ¿Tenemos una ley contra la perturbación pública? ¡Claro que sí! Entonces, ¿Qué haces cuando la gente quiere practicar su religión libremente, y lanzan este fuerte sonido de oración cada mañana a las cinco, sobre este vecindario?

Para eso es ese pináculo. Eso se llama minarete en un templo musulmán, justo aquí en la calle. Ahora bien; no estamos acostumbrados a eso porque es el primero que tenemos. Eso significa que, a las cinco de la mañana, habrá un sonido en tu oído si vives cerca de aquí en cualquier lugar y te despertarán. ¿Qué vas a hacer? ¿Y si intentas quejarte al gobierno? El gobierno tiene un problema, porque el gobierno afirma que la democracia significa libertad de religión.

Así que, cuando te moleste, cuando deberías estar durmiendo, no pueden detenerlo. De lo contrario, sienten que están discriminando. Entonces, la pregunta es: ¿Es eso persecución hacia ti, porque estás siendo molestado por la religión de otra persona? ¿Es persecución para ti pedirles que se callen porque estás tratando de dormir? ¿Qué tal si se construyen diez de esas mezquitas en el vecindario en los próximos diez años, y todo ese sonido comienza a las cinco de la mañana?

No creo que apreciemos la persecución. Por favor, comprendan que la razón por la cual Dios permite que ciertas cosas se registren en su libro, es porque quiere que aprendan algunos principios de estas maravillosas escrituras, para prepararlos para vivir eficazmente en el mundo. ¿No es increíble que una de las primeras cosas que les sucede a los ciudadanos del Reino de Dios, sea la persecución? Pero, lo bueno de esto es que la persecución sobre el Reino de Dios no lo destruye, lo multiplica.

Y ese es el punto que quiero que capten aquí. El Reino no puede ser detenido, no puede ser contenido, no puede ser controlado y no puede ser comprado con dinero. Se puede detener una religión, eso no es difícil de hacer. Se puede contener una religión y evitar que se propague creando leyes en su contra. De hecho, se puede controlar una religión, porque la religión tiene que ver con rituales, actividades y personas lidiando con diferentes tradiciones. Se pueden poner limitaciones a esas cosas.

Incluso se puede sobornar a la religión. Recuerden que los romanos eran paganos. El paganismo es una religión.  Y cuando los soldados romanos que estaban en la tumba de Jesús vieron la resurrección con sus propios ojos, ellos fueron los primeros en ver la resurrección. No las mujeres, sino que los soldados lo vieron primero. Y la Biblia dice que se quedaron como muertos. Estaban tan asustados…Vieron a Jesús caminar junto a ellos, estaban en shock.

Así que los soldados vieron la resurrección y la Biblia dice que cuando regresaron e informaron, ¿Adivinen quien les pagó para que mintieran? No fue el gobierno romano, sino los líderes religiosos. Muy importante. Desde aquel entonces se ve que el enemigo del Reino no es el mundo, porque el mundo está buscando el Reino. Ellos saben lo que buscan, aunque no lo encuentren. Saben que buscan el Reino. Pero la religión, como veremos hoy es el mayor enemigo del Reino de Dios.

Y ellos les pagaron a los soldados y les dijeron que dijeran una mentira. Les dijeron a los soldados que, cuando la gente les preguntara qué pasó, debían decir que sus discípulos vinieron y robaron el cuerpo de Jesús esa noche. Así que estaban usando dinero para detener una religión y funcionó. Los soldados tomaron el dinero, dice la Biblia. Y hasta el día de hoy se cuenta que estos discípulos robaron el cuerpo. Así que sí lograron que su religión de paganismo fuera detenida por el dinero.

El dinero puede ser usado para detener una religión. Hay muchas personas que no pueden predicar la verdad porque las despedirían de sus trabajos como pastores. Así que se les paga para limitar lo que deberían estar haciendo. Pero el Reino no puede ser comprado. Muy importante, Salmo 103:19. Jehová estableció en los cielos su trono, Él tiene su trono dónde; en el cielo y su reino domina todo lo demás. Y su reino domina sobre todos.

Así que la sede del gobierno de Dios no está en la tierra. Por eso no necesitan preocuparse de que el terrorismo ataque nuestro Reino, porque nuestra sede no está aquí. La sede del Reino de Dios, no está en Roma. Está muy claro dónde está la sede. Así que el Papa no vive en la sede de Dios. Incluso en la tierra, la ubicación de donde Jesús estableció la primera sede, fue en Jerusalén, no en Roma. Así que el asiento de la verdadera iglesia de Dios en la tierra en ese caso, sería Jerusalén.

Pero el centro celestial de autoridad es donde Dios está. Entonces, el Reino de Dios está establecido en el cielo. Salmo 145:13: Tu reino es reino de todos los siglos, Y tu señorío en todas las generaciones. Esto es muy importante. En otras palabras, Dios está diciendo: mi Reino vivirá más, durará más y resistirá más que cada gobierno. Cada protesta, cada crítica en su contra, cada tipo de ataque, lo sobrevivirá. Imagina eso. No importa como intenten destruir lo que Jesús comenzó; no funciona.

¿Te das cuenta de que quemaron a los primeros cristianos? Sirvieron para alimentar leones, fueron aserrados por la mitad, pusieron aceite sobre ellos y los quemaron, los sirvieron en grasa caliente. Es decir; hicieron todo lo que pudieron para deshacerse de esto que Jesús comenzó. Y el problema es que Dios ya dijo que perdurará en cada generación. Incluso cuando las generaciones crean que este lugar llamado iglesia debería volverse socialmente aceptable y comenzar a incorporar en él todo tipo de comportamiento que es anti Reino, no podrá destruir la iglesia.

Debemos recordar que ningún sacerdote, ningún obispo, ningún pastor, ningún evangelista está construyendo la iglesia. Jesús dijo: Yo edificaré mi iglesia. Así que hay algunas personas construyendo algunas cosas, pero no es su iglesia. Y, por cierto, permíteme decir algo sobre la iglesia. Es muy importante. La iglesia no es el Reino. La iglesia es la agencia, en la tierra, que representa al gobierno de Dios. Eso es lo que la iglesia es.

Recuerda siempre eso, por favor. Porque cuando lees el libro de Hechos, te vas a confundir si no recuerdas que la iglesia no es el Reino. La iglesia es como la oficina local de la sede del gobierno de Dios en la tierra. ¿Y la sede entonces donde está? En el cielo. Así que el gobierno local en la tierra, es la eklesia, la iglesia. El grupo de personas que son embajadores representantes de ese gobierno en la tierra. Entonces, la iglesia no es el Reino. La iglesia representa al Reino.

Reino significa autoridad gobernante. La iglesia es el consejo de gobierno local en la tierra, para representar al gobierno celestial. Así que cuando hablamos de lo que la Biblia cuenta respecto a la gran persecución que se desató sobre la iglesia, recuerden que eso no es contra el Reino, es contra la agencia que representa al Reino. Intentan detenerla. Ahora, según Dios, Él dice que su Reino es un Reino eterno. Así que, si alguien intenta destruir su Reino, ellos serán destruidos.

Él vivirá más, durará más y resistirá todos los ataques. Muy importante recordar esto. Por eso deben asegurarse de que ya no están siguiendo una religión, sino que deben entrar en el Reino de Dios, porque el Reino de Dios es el único lugar seguro. Mira Isaías 9:6-7, un versículo muy familiar que puede relacionarse con esta persecución: Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto. Hay una palabra que es clave aquí: Dilatado. Significa expansión. Cuando el Reino viene, el gobierno viene sobre el hombro de Jesús y Él lo establece en la tierra. Dice que se expandirá y nada podrá detenerlo.

Eso me hace sentir bien. Porque el cristianismo podrá ser detenido porque el cristianismo se ha convertido en una religión. Por eso pueden quitar la oración de la escuela, pueden impedir que lean la Biblia en los altos niveles de gobierno. Pueden remover una placa de los diez mandamientos en algún lugar visible. Pueden mover y detener cosas. Pueden impedir que prediquen sobre Jesús si es una religión. Pero te diré algo: ¿Puede impedirme alguien a mí ser argentino? ¿Puede alguien impedirte a ti ser de la nacionalidad que eres?

Tu ciudadanía no es algo que tú haces, porque tú no haces un gobierno. Tú puedes hacer una religión. Puedes hacer cosas, rituales, actos y tradiciones. Pueden impedirte que hagas esas cosas, pero lo que no pueden impedirte, es ser. ¿Estás entendiendo? Así que no se puede terminar aquello que es. Se puede detener lo que hace. Ahora está mi Padre aquí, presente en su Espíritu Santo. Y yo soy su hijo. ¿Alguien puede elaborar una ley que me impida ser su hijo?

Imposible, porque yo soy. Yo no hago de hijo, yo soy hijo. A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Eso significa que tienes que asegurarte de ser hijo y no siervo. Porque los siervos son contratados y puedes despedirlos. Es muy importante, un ciudadano no puede ser anulado. Puedes encerrar a un argentino, pero simplemente es un argentino encerrado. Puedes atar a un argentino, pero simplemente es un argentino atado.

En otras palabras, si atas a un ciudadano del Reino, simplemente has atado a un ciudadano. Él sigue siendo un ciudadano del Reino. Por eso Pablo y Silas, y Pedro y Jacobo, no tenían miedo de ser encarcelados. ¿Por qué? Porque no puedes encarcelar lo que yo soy, Pero, lo que es tan bueno de esto, es que el gobierno vendrá por ti. Yo digo que tu gobierno vendrá a buscarte. Encerraron a Pedro y el gobierno vino por él. Encerraron a Pablo y el gobierno rompió la cárcel. ¿Qué más quieren?

Escucha: el gobierno no viene por la religión, viene por sus ciudadanos. Y eso es lo que hacen los gobiernos, protegen a sus ciudadanos. Si te consideras miembro de una organización religiosa, entonces Dios no está obligado a venir por ti. Pero si afirmas y sabes que eres un ciudadano del Reino de Dios, entonces el gobierno está obligado a venir y proteger a su ciudadano.

Ahora hablemos de la permanencia del Reino de Dios, de cuan permanente es. Porque la persecución es un intento de terminar, de destruir. El Reino no puede ser destruido. Daniel 7:13-14: Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido. 

Esto es tan importante conocerlo, mientras vemos la expansión del terrorismo, de los ataques sobre su propia religión. De los intentos de eliminar nuestras propias convicciones nacionales y de nuestros compromisos constitucionales. Nadie está a salvo. No puedes proteger ninguna religión, pero adivina qué. No tienes que proteger un Reino. Un Reino te protege a ti. Siempre me intriga y estoy seguro que hay musulmanes escuchando esto.

Quiero hacerles una pregunta a los musulmanes que residen en países con gobiernos musulmanes. En esos lugares hay una ley respecto a ganar personas para otras religiones. Hay una ley gubernamental contra eso y ni siquiera te permiten hablar de otras religiones allí. Entonces mi pregunta, es: Si esa religión es tan fuerte como dices, ¿Por qué tienes miedo de las otras? Es decir: si están tan convencidos de que lo que saben es correcto, entiendo que deberían ser capaces de resistir la prueba de oír otra cosa.

Nosotros no escondemos a Jesús de nadie. De hecho, la Biblia dice que venceremos por nuestro testimonio. Lo que creemos, debe ser probado. La persecución es lo mejor que le puede pasar a un ciudadano del Reino, porque la persecución pone a prueba tu Reino. No demuestras quien eres en los buenos tiempos. La fuerza de cualquier afirmación, reside en sus pruebas. Miren esto:

Daniel 7:17-18, versículos poderosos. Acabo de leer el verso 18 que dice: Después recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre. ¿Por qué la Biblia repite esto tres veces? Porque quiere que estos ciudadanos sepan que aquello en lo que han entrado no puede ser destruido por la persecución. Es para siempre. Y luego, después de terminar, continúa para siempre de nuevo y, después de eso, sigue por otro camino.

Dios te está diciendo que no te preocupes por tu futuro en su Reino. No importa cuánto se amotinen las gentes y los pueblos piensen cosas vanas. Dice que el Señor se sentará en los cielos y se reirá. ¿Por qué se ríe? Porque no pueden tocar esto. Él dice que cada persona en la historia, y puedo enumerar mil de esos nombres que se levantaron contra la creencia bíblica en Dios diciendo que está muerta, que todavía esa fe está viva y vigente.

Así que mi sugerencia para ti es: no creas más tarde, cree ahora, porque eventualmente toda lengua confesará. ¿Cuántas lenguas? Toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor. El dueño de todas las cosas, y que Jesucristo es el Señor y es Salvador del mundo. Lo confesarán, así que es para siempre. Hechos capítulo 8 es un registro de la durabilidad y la supremacía del Reino de los Cielos en la tierra. Hechos capítulo 8, es el testimonio de la durabilidad y la supremacía del Reino de los Cielos en la tierra.

Prueba cuán duradero es el Reino, puede manejar toda persecución. No quiero ser parte de una fe que tenga miedo de ser probada por otras formas de fe. Así que, lo que realmente tienen, son reinos en conflicto. Permíteme hablar de eso un momento. El Reino expone la verdadera naturaleza de la religión y crea su primer conflicto. No puedes traer el Reino de Dios y no tener conflicto. No puedes estar en el Reino de Dios y que todo sea normal.

Eso es imposible, porque es una cultura diferente. Hay un choque de culturas. Cuando estás en el Reino de Dios, no puedes vivir en el mundo y ser del mundo al mismo tiempo. Porque el Reino expone la verdadera naturaleza de la religión, y me refiero a toda religión, incluida aquella en la que yo mismo he estado a través de mi propia experiencia. Miren Hechos 8:1. Dice que Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles.

La persecución del Reino, ¿De dónde venía? ¡Léanlo! Viene de la religión. Lo más lógico para pensar era que la persecución del Reino de Dios vendría de los pecadores, vagabundos o apóstatas. Pero no, la mayor persecución que vemos a través de todo el Libro de Hechos, proviene de la religión. Porque el Reino la expone. Es como si alguien muy bien plantado te dijera hoy: mira, para poder entrar al Reino, tuve que dejar mi religión.

Saulo. ¿Recuerdas a Saulo? Era culpable de sangre. Era un hombre muy educado y su nombre fue cambiado a Pablo más tarde. Y escribió la mayor parte del Nuevo Testamento. Pero al principio su nombre era Saulo. Y noten que aquí, en este libro, se les dice que Pablo, quien entonces era Saulo, fue responsable de la muerte de muchas personas, incluyendo a Esteban. Ahora, cuando dice que él estaba allí dando su consentimiento, eso significa que estaba dando señales. Les estaba dando su bendición.

Después que lo mataron, él dijo que eso estaba bien y que ahora buscaran y mataran a otro. O sea que Pablo estaba liderando toda la persecución. Ahora hay pruebas de esto, Pablo dice: yo era el más grande de los pecadores. Él dice: yo era el principal entre los fariseos. ¿Y quienes creen que fueron los mayores perseguidores del Reino? Los fariseos. Él era el principal entre ellos. Es decir que Pablo fue culpable de la muerte de muchas personas.

Ni siquiera sabemos de cuantas. Tenía sangre en sus manos. Sin embargo, la persecución tiene un efecto positivo. Y quiero que entiendan esto: ¿Qué hace la persecución? La Biblia dice que dispersó al Reino representado por toda la región. El Reino de Dios es como el mercurio. ¿Alguna vez has visto el mercurio? Cuando intentas deshacerte del mercurio, se multiplica. Cada vez que golpeas el mercurio, se esparce más. Así es el Reino de Dios. No puedes detener, contener ni destruir el Reino de Dios.

Cuando lo golpeas, se multiplica. Y cuanto más lo persigues, más se extiende. Y esa es la forma en que el Reino de Dios crece. El Reino de Dios crece a través de la persecución. Lo mismo que, se supone, debe destruirlo, lo multiplica. Creo que por eso Dios permite la persecución. Después de un tiempo de pereza, Él se preocupa un poco por la complacencia de los santos, y permite la persecución para agitarlos y multiplicar su impacto y probar su autenticidad.

No me importa cuánto digas conocer la palabra de Dios, mejor ten cuidado, porque la vida tiene que probarlo. Y algunos de ustedes están pasando por la prueba ahora mismo, porque pensaban que todo estaba bien. Y cuando empezaron a afirmar: yo sé esto, aquí viene la prueba para demostrar si lo saben o si lo creen. La persecución es buena para aquello que es autentico. Marcos 7:8: Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.

Tengan en cuenta esto, y también Mateo 15:1-2: Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan. Esos discípulos no pueden ser de Dios, han quebrantado nuestras tradiciones. ¿Las tradiciones de quién? Nuestras tradiciones. Esta fue la respuesta de Jesús aquí mismo: Ustedes han dejado el mandamiento de Dios y se aferran a sus tradiciones.

Me gusta el capítulo 15 de Mateo, porque lo dice de una manera muy gráfica. Dice: ustedes han reemplazado los mandamientos de Dios con las tradiciones de los hombres. La religión se considera a sí misma más importante que Dios y que el Reino. Esa es una carga que nadie genuino puede evitar. Creo que estoy hablando por toda la iglesia alrededor del mundo. La religión es tan fuerte que lucha contra el Reino y, para colmo, reemplaza a la verdad con sus tradiciones.

Jesús dijo que ellos habían hecho a las tradiciones de los hombres más importantes que los mandamientos de Dios. Por eso es que la tradición lucha contra el Reino. La religión es poderosa. El Reino debe ser probado para demostrar su autenticidad. Si lo que Jesús dijo es verdad, debe ser probado. Ninguna afirmación debe estar sin pruebas. Entonces, ¿Cómo se prueba el Reino? Hechos 8:3. Dice: Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel. 

Esto está en tu Biblia, mira ese versículo. Saulo estaba a cargo de la persecución y arrastraba tanto a hombres como a mujeres y los metía en la cárcel. Es importante notar que, en primer lugar, el celo religioso es el mayor enemigo del Reino. ¿Qué es el celo religioso? Está en tu Biblia. Pablo dice que él fue el mejor alumno de la escuela de Gamaliel, que era el instituto número uno para estudios farisaicos en aquel día. Era la universidad líder, y Pablo se graduó con todos los honores y las mejores calificaciones.

Él era el mejor, era a quien ellos veneraban. Él tenía un doctorado, no era ningún tonto improvisado. Y su padre era rico. Su padre era tan rico que pudo comprar la ciudadanía romana. Pablo creció en la ciudad, no en la aldea. No era como Pedro, Pablo era educado. Tenía lo mejor de todo. De hecho, tenía un negocio llamado “fabricación de tiendas”. La fabricación de tiendas era la costura del tejido que los fariseos usaban. Y eso podía costar muchísimo dinero cada uno.

Esa fabricación de tiendas no se refiere a construir casas. Él hacía los mantos para los fariseos. Artículos caros hechos de hilo púrpura, que por sí solo valía una fortuna. Pablo era rico, adinerado, de un gran nombre familiar. Nadie podía convertirse en romano a menos que naciera romano. De lo contrario, debía pagar por su ciudadanía. Y Pablo era de la ciudad de Tarso, una gran ciudad comercial donde uno de los más adinerados era justamente su padre.

Pablo era ciudadano romano y ciudadano judío. El hombre tenía la ciudadanía judía, era un hombre poderoso. Pero miren su celo. Su celo religioso lo hizo matar a ciudadanos del Reino. ¿Cuál es mi punto? Tus mayores enemigos en el Reino de Dios, son aquellos que afirman estar en Dios. Pablo estaba convencido de que lo que estaba haciendo, era la voluntad de Dios. La iglesia no puede ser destruida. Sólo la religión puede ser destruida.

Dice que él intentó destruir la iglesia. ¿Adivinen qué le pasó a Pablo? Se convirtió. No intentas matar algo en lo que se supone que debes estar. La voz que le habló a Pablo, cuando lo derribó al suelo, un par de capítulos después, le dijo: ¿Por qué das coces contra el aguijón? Eso significa: ¿Por qué estás luchando contra lo que ya eres? Eres uno de ellos, Pablo, pórtate bien y súbete al barco. Cada ser humano está supuesto a estar en el Reino de Dios. Simplemente es que aún no lo saben.

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24 – Discriminación

Levítico 19: 15 = No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo. Cada vez que leído este pasaje, no he podido menos que imaginarme el mundo que hoy tendríamos si esto hubiera sido respetado por nuestros hombres de la justicia. Versión NTV: No tuerzas la justicia en asuntos legales al favorecer al pobre ni al ser parcial con el rico y poderoso. Siempre juzga con imparcialidad a las personas. Me gusta que diga imparcialidad y no objetividad, porque la objetividad en el hombre no existe, el hombre es un ser subjetivo, siempre.

La palabra “discriminación” suele aparecer cargada de conflicto, dolor y tensión social. Se la asocia con injusticia, exclusión y abuso de poder. Pero si uno se detiene a mirarla con más profundidad, desde un plano espiritual afirmado en el evangelio del Reino de Dios —no como sistema religioso, sino como una forma concreta de vivir la verdad—, aparece un matiz distinto. No para justificar la injusticia, sino para entender que la vida misma requiere discernimiento, y que no todo acto de separar o diferenciar es maldad. La clave está en el espíritu desde el cual se actúa.

El Reino de Dios, tal como se expresa en el mensaje de Jesús, no es una institución ni un conjunto de reglas externas. Es una forma de ver, pensar y actuar que nace de una conciencia alineada con la verdad, la justicia y el amor práctico. En ese sentido, la discriminación, entendida como “capacidad de distinguir”, es inevitable. Cada día elegimos: qué decir, qué callar, con quién caminar, qué aceptar y qué rechazar. Sin ese ejercicio, la vida se vuelve caótica. El problema no es discriminar, sino desde dónde se discrimina.

Cuando la discriminación nace del ego, del miedo o de la ignorancia, produce exclusión injusta. Es la que etiqueta, degrada y deshumaniza. Es la que convierte a las personas en categorías: ricos o pobres, dignos o indignos, aceptables o descartables. Esa forma de discriminar rompe la esencia del Reino, porque niega el valor intrínseco de cada ser humano. Es una forma de ceguera espiritual que impide ver al otro como prójimo.

Pero existe otra forma de discriminación, una que el evangelio propone de manera clara: el discernimiento. No todo es lo mismo. No todo conviene. No todo edifica. Y no todo lo que parece bueno lo es. Esta discriminación no apunta contra personas, sino contra conductas, ideas y caminos que desvían de la vida plena. Es una herramienta de libertad, no de opresión.

El mensaje del Reino de Dios invita a una inteligencia espiritual que no se deja llevar por apariencias. Jesús no trataba a todos igual en el sentido superficial. A cada uno le hablaba según su necesidad. A algunos los confrontaba, a otros los consolaba, a otros los desafiaba. Eso no era injusticia, era justicia en acción. Porque tratar a todos exactamente igual puede ser, en realidad, una forma de negligencia.

Desde un plano ideológico objetivo, la discriminación negativa aparece cuando se absolutizan diferencias secundarias y se ignora lo esencial. El Reino, en cambio, pone el foco en lo esencial: la dignidad humana, la capacidad de transformación, la verdad interior. No niega las diferencias, pero tampoco las convierte en barreras.

Un recurso práctico para vivir esto es aprender a separar identidad de conducta. Una persona no es su error. No es su condición social. No es su historia pasada. El evangelio insiste en que cada ser humano tiene potencial de cambio. Entonces, se puede rechazar una acción sin rechazar a la persona. Esto es clave para no caer en la discriminación destructiva.

Otro recurso es revisar constantemente la intención. Antes de emitir un juicio, conviene preguntarse: ¿Esto que pienso o digo construye o destruye? ¿Nace del amor o del prejuicio? ¿Estoy buscando comprender o simplemente confirmar lo que ya creo? Este ejercicio simple puede evitar muchas formas de discriminación injusta.

También es necesario desarrollar una mirada amplia. La discriminación negativa suele surgir de una visión limitada. Se juzga sin conocer, se opina sin entender, se reacciona sin reflexionar. El Reino propone lo contrario: una mirada profunda, capaz de ver más allá de lo evidente. Esto no significa justificar todo, sino comprender antes de decidir.

En la práctica cotidiana, esto se traduce en acciones concretas. Por ejemplo, en el trabajo: elegir a alguien por su capacidad y compromiso, no por prejuicios. En la familia: escuchar antes de etiquetar. En la sociedad: cuestionar discursos que dividen y simplifican la realidad. En cada ámbito, la discriminación puede ser una herramienta de justicia o de injusticia, según cómo se use.

El evangelio del Reino también plantea una tensión necesaria: no todo debe ser aceptado. Hay conductas que dañan, sistemas que oprimen, ideas que destruyen. No discriminarlas sería irresponsable. La clave es no confundir firmeza con violencia. Se puede ser claro sin ser cruel. Se puede poner límites sin deshumanizar.

Un ejemplo práctico es aprender a decir “no” sin culpa. Muchas veces, por evitar mostrarnos como discriminadores, terminamos aceptando lo que no corresponde. Pero el Reino enseña que la verdad libera, y eso incluye la capacidad de marcar límites. Decir “no” a lo que daña es una forma de cuidar la vida, propia y ajena.

Al mismo tiempo, es importante evitar la auto discriminación. Muchas personas se excluyen a sí mismas por creencias limitantes: “no soy suficiente”, “no pertenezco”, “no puedo”. Estas ideas también son formas de discriminación, pero dirigidas hacia uno mismo. El mensaje del Reino rompe con eso, afirmando que cada persona tiene valor y propósito.

En términos de ejecutividad, la palabra debe hacerse acción. No alcanza con entender estos conceptos; hay que vivirlos. Eso implica decisiones concretas: elegir la verdad, aunque incomode, tratar a otros con dignidad, aunque no lo merezcan según criterios humanos, actuar con justicia, aunque no sea lo más fácil.

El respaldo bíblico no es una acumulación de citas, sino una coherencia de vida. El Reino no se predica solo con palabras, sino con hechos. Cuando alguien actúa con integridad, cuando discrimina con justicia y no con prejuicio, está encarnando ese mensaje. Está haciendo visible algo que, de otro modo, quedaría en lo abstracto.

Un punto clave es la coherencia interna. No se puede hablar de justicia y actuar con parcialidad. No se puede criticar la discriminación y practicarla de formas sutiles. El Reino exige honestidad. Y eso implica reconocer errores, corregir actitudes y seguir creciendo.

La discriminación, entonces, deja de ser un concepto estático y se convierte en una herramienta dinámica. Puede ser usada para separar lo que edifica de lo que destruye, lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto. Pero para eso, necesita estar guiada por un espíritu alineado con el Reino.

En la vida real, esto se ve en decisiones pequeñas: elegir una conversación constructiva en lugar de una destructiva, dar una oportunidad en lugar de cerrar una puerta, escuchar en lugar de juzgar. Cada acto cuenta. Cada elección define el tipo de discriminación que se está practicando.

El ingenio y la amenidad también tienen lugar en este camino. No todo debe ser solemne o pesado. A veces, una actitud liviana, una palabra oportuna, un gesto simple pueden cambiar una situación. El Reino no es rigidez; es vida en movimiento. Y en esa vida, la discriminación se vuelve una habilidad que se afina con la práctica.

En síntesis, la discriminación no es el problema en sí. El problema es la falta de discernimiento espiritual. Cuando se actúa desde el ego, la discriminación divide y daña. Cuando se actúa desde el Reino, la discriminación ordena, protege y construye. La diferencia está en la raíz, no en la acción externa.

Vivir esto implica un compromiso diario. No es algo que se logra de una vez y para siempre. Es un proceso. Pero es un proceso que vale la pena, porque conduce a una vida más justa, más libre y más coherente.

La palabra “discriminación”, resignificada desde el evangelio del Reino de Dios, deja de ser solo un símbolo de conflicto y se convierte en una invitación a vivir con conciencia, verdad y responsabilidad. No para excluir, sino para elegir mejor. No para dividir, sino para ordenar. No para juzgar, sino para discernir.

Y en ese discernimiento, la palabra escrita cobra vida. Se hace humanidad. Se vuelve acción concreta. Se traduce en decisiones que impactan la realidad. Porque el Reino no es teoría: es práctica. Y en esa práctica, cada acto de discriminación —bien entendido— puede ser un paso hacia una vida más alineada con la verdad.

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23 – Consumo

Lucas 12: 15 = Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. ¡Qué vidas distintas vivirían tantos hombres y mujeres del planeta si pudieran entender la verdad y profundidad de este pasaje dedicado al consumo innecesario! La versión NTV lo expresa así: Y luego dijo: ¡Tengan cuidado con toda clase de avaricia! La vida no se mide por cuánto tienen. Esta versión es mucho más contundente y concreta. No entender ni aceptar, es caer en necedad y algo peor como consecuencia.

Hablar del consumo desde un plano espiritual, afirmado en el evangelio del Reino de Dios, no es señalar con el dedo ni condenar prácticas, sino poner luz sobre una realidad que atraviesa la vida cotidiana de cualquier persona. Consumir es inevitable: comemos, usamos, adquirimos, elegimos. El punto no es si consumimos, sino cómo, para qué y desde dónde lo hacemos. Allí aparece la diferencia entre una vida guiada por impulsos y una vida guiada por sentido y guía del Espíritu Santo.

El evangelio del Reino de Dios propone una lógica distinta a la dominante. No es religiosa en el sentido institucional ni ideológica en el sentido partidario, pero sí tiene una base clara: la vida tiene un orden, una prioridad, una orientación. Cuando ese orden se invierte, todo se desacomoda. El consumo, entonces, deja de ser una herramienta y pasa a ser un amo silencioso.

La cultura actual empuja a consumir como forma de identidad. “Eres lo que compras”, “vales por lo que tienes”, “disfruta ahora, después vemos”. Estas frases no siempre se dicen explícitamente, pero operan como fondo constante. El resultado es una ansiedad permanente: nunca alcanza, siempre falta algo, siempre hay una versión mejor. Esto no es casual, es un sistema que necesita que el deseo nunca se sacie.

Frente a esto, el mensaje del Reino propone otra base: la vida no se sostiene en lo que acumulas, sino en lo que eres y en cómo vives. Esto no es poesía, es una afirmación concreta. Cuando una persona pone su seguridad en el consumo, se vuelve dependiente de lo externo. Cuando la pone en una verdad interna, se vuelve libre para usar lo externo sin quedar atrapada. Ahora bien, esto no significa dejar de consumir ni vivir en carencia. Significa ordenar el consumo. Y ordenar implica criterio, conciencia y decisión. No es automático. Requiere práctica.

Un primer recurso práctico es la pausa. Antes de consumir algo —sea un objeto, una experiencia o incluso información— conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿Esto responde a una necesidad real o a un impulso momentáneo? Parece simple, pero no lo es. La velocidad del mundo actual anula la pausa. Recuperarla es un acto de gobierno personal.

Un segundo recurso es la claridad de propósito. Cuando una persona sabe hacia dónde va, consume de manera distinta. No se trata de restringirse, sino de elegir mejor. Por ejemplo, alguien que entiende que su vida apunta al crecimiento integral —emocional, espiritual, intelectual— no consume lo mismo que alguien que solo busca distracción o validación externa. El propósito ordena el consumo sin necesidad de reglas rígidas.

Un tercer recurso es el uso consciente del tiempo. El consumo no es solo material. También consumimos contenido, conversaciones, ambientes. Todo eso deja huella. Si una persona se expone constantemente a estímulos que generan comparación, ansiedad o vacío, su interior se contamina. En cambio, si elige con criterio lo que incorpora, fortalece su interior. Esto no es moralismo, es higiene mental y espiritual.

El evangelio del Reino plantea que el ser humano tiene un valor intrínseco, independiente de lo que posee. Desde ahí, el consumo deja de ser una búsqueda de identidad y pasa a ser una herramienta funcional. Esto cambia todo. Porque cuando una persona ya no necesita demostrar nada a través de lo que tiene, puede usar las cosas sin quedar atrapada en ellas.

Aquí aparece una tensión interesante: el sistema necesita consumidores inconscientes, pero el Reino forma personas conscientes. Y una persona consciente no es fácil de manipular. Sabe lo que quiere, distingue lo que necesita y no compra cualquier relato. Esto no la vuelve antisistema, la vuelve libre dentro del sistema.

Otro punto clave es el manejo del deseo. El deseo no es el problema. Es una fuerza vital. El problema es cuando el deseo no tiene dirección. Entonces se dispersa, se vuelve compulsivo y termina generando vacío. El Reino no propone eliminar el deseo, sino encauzarlo. Darle un norte. Cuando el deseo está alineado con un propósito mayor, se vuelve motor. Cuando está suelto, se vuelve cadena.

En términos concretos, esto implica revisar hábitos. ¿Cuánto de lo que consumimos realmente suma a nuestra vida? ¿Cuánto responde a una inercia? Cambiar hábitos no es cuestión de fuerza de voluntad solamente. Es cuestión de comprensión. Cuando entiendes por qué algo no te sirve, dejarlo se vuelve más natural.

También es importante hablar del dinero, porque es uno de los principales medios de consumo. El dinero no es bueno ni malo en sí mismo. Es un recurso. El problema aparece cuando se convierte en un fin en lugar de un medio. El Reino propone una relación sana con el dinero: usarlo con criterio, administrarlo con responsabilidad y no depender emocionalmente de él. Esto da una estabilidad que no depende de las fluctuaciones externas.

La generosidad juega un papel clave en este punto. No como obligación, sino como ejercicio de libertad. Cuando una persona es capaz de dar sin miedo, demuestra que el consumo no la domina. Dar rompe la lógica de acumulación constante y abre una dimensión distinta: la de compartir, construir y contribuir.

Otro aspecto fundamental es la identidad. Muchas decisiones de consumo están ligadas a la necesidad de pertenecer o de destacar. Esto es natural, pero puede volverse una trampa. Cuando la identidad está firme, estas necesidades pierden peso. No desaparecen, pero dejan de dirigir la vida. Esto permite consumir con más tranquilidad y menos presión.

En la práctica diaria, esto se traduce en decisiones simples: comprar lo necesario sin caer en el exceso, elegir calidad sobre cantidad, priorizar experiencias que construyan en lugar de las que solo distraen, cuidar el entorno en el que uno se mueve. No son grandes discursos, son pequeños actos sostenidos.

También es clave aprender a disfrutar sin culpa, pero con conciencia. El Reino no propone una vida gris ni limitada. Propone una vida plena, pero ordenada. Disfrutar de una comida, de un viaje, de un objeto, no está mal. Lo que se cuestiona es la dependencia. Si no puedes disfrutar sin eso, ahí hay un problema.

El consumo también tiene una dimensión social. Las decisiones individuales impactan en el entorno. Consumir de manera consciente no solo beneficia a quien lo hace, sino también a la comunidad. Se generan dinámicas más justas, más sostenibles, más humanas. Esto no es una utopía, es una consecuencia directa de decisiones repetidas.

En este punto, el evangelio del Reino conecta con algo muy concreto: la responsabilidad personal. No se trata de cambiar el mundo de golpe, sino de gobernar la propia vida. Y desde ahí, influir. Una persona ordenada internamente tiene impacto externo, aunque no lo busque.

La palabra “consumo” puede resignificarse. En lugar de ser sinónimo de gasto o acumulación, puede convertirse en un acto consciente de administración. Consumir lo que suma, descartar lo que resta, elegir con criterio. Esto transforma la experiencia cotidiana.

Finalmente, hay un principio que resume todo: donde está tu enfoque, está tu vida. Si el enfoque está en lo que falta, el consumo se vuelve desesperado. Si está en lo que ya hay y en lo que se puede construir, el consumo se vuelve estratégico. El Reino invita a cambiar el enfoque.

No es un cambio que ocurre de un día para otro. Es un proceso. Pero cada decisión cuenta. Cada pausa, cada elección consciente, cada acto de generosidad, va formando una manera distinta de vivir. Una manera más libre, más estable, más humana.

En definitiva, el consumo no desaparece, se transforma. Deja de ser un reflejo automático y pasa a ser una decisión alineada con un propósito mayor. Y en ese proceso, la persona deja de girar alrededor de lo que tiene y empieza a construir desde lo que es. Ahí aparece una libertad que no depende del mercado, ni de las modas, ni de las circunstancias. Una libertad que se sostiene desde adentro hacia afuera.

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22 – Promesa

Hechos 2: 39 = Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Algo es concreto y puntual: tenemos una promesa que es para todos nosotros y nuestra casa. Eso no implica algo automático. A una promesa hay que aceptarla, creerla y ponerla por obra. Versión NTV: Esta promesa es para ustedes, para sus hijos y para los que están lejos, es decir, para todos los que han sido llamados por el Señor nuestro Dios. Hemos sido llamados, eso es notorio. Pero está en nuestra voluntad y decisión obedecer a esa llamada o no. 

La palabra “promesa” tiene algo de semilla y algo de horizonte. Es pequeña cuando se pronuncia, pero inmensa cuando se vive. No ocupa espacio en la mano, pero puede transformar por completo una vida, una familia, una comunidad. En un mundo donde lo inmediato parece valer más que lo verdadero, hablar de promesa suena casi ingenuo… y sin embargo, sigue siendo una de las fuerzas más poderosas que existen. Porque una promesa no es solo una declaración: es una dirección.

Desde una mirada bíblica —pero sin necesidad de encerrarnos en moldes religiosos— la promesa no aparece como un simple deseo, sino como un compromiso que atraviesa el tiempo. No es magia, no es autoayuda, no es pensamiento positivo con maquillaje espiritual. Es algo más sólido: una palabra que se sostiene incluso cuando las circunstancias parecen negarla. Y eso, llevado a la vida cotidiana, tiene implicancias profundas.

Pensémoslo así: todos vivimos de alguna promesa, aunque no siempre lo notemos. El que estudia, cree en la promesa de un futuro mejor. El que ama, cree en la promesa de reciprocidad. El que siembra, cree en la promesa de la cosecha. Incluso el escéptico vive sostenido por alguna expectativa. La diferencia no está en si creemos o no en promesas, sino en cuáles elegimos creer… y por qué. 

Ahora bien, cuando hablamos de la promesa en clave del Reino de Dios, no hablamos de un contrato frío ni de una transacción. Hablamos de una relación. Una promesa que no depende únicamente del desempeño humano, sino de la fidelidad de quien la pronuncia. Y ahí aparece un punto clave: la confianza.

Porque aceptar una promesa implica un riesgo. Implica caminar antes de ver, sostener antes de tocar, esperar sin garantías visibles. Y eso, en una cultura que mide todo en resultados inmediatos, es casi contracultural. Pero también es profundamente liberador. Porque nos saca del control obsesivo y nos introduce en una dinámica de fe que no es ciega, sino confiada.

Ahora bien, ser creyente firme en el evangelio del Reino no significa desconectarse de la realidad social. Al contrario. Significa mirarla con más profundidad. Una promesa bien entendida no adormece la conciencia, la despierta. No nos vuelve pasivos, nos vuelve responsables. Porque si creemos que hay un propósito, entonces nuestras decisiones importan. 

En lo cotidiano, esto se traduce en cosas muy concretas. Por ejemplo: – Aprender a sostener la palabra dada, incluso cuando no conviene. – Ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. – No usar la promesa como herramienta de manipulación emocional. – Construir vínculos donde la confianza no sea una excepción, sino la base.

Puede sonar simple, pero no lo es. Vivimos en una época donde prometer es fácil… y cumplir es opcional. Donde las palabras se inflan para impresionar, pero se vacían en la práctica. Y eso genera desgaste, desconfianza, cinismo. Por eso, recuperar el valor de la promesa es también un acto social. Ahora bien, no todo es solemnidad. La fe —cuando es genuina— también tiene espacio para el humor, para la liviandad sana. Porque confiar en una promesa no es vivir tensionado, sino todo lo contrario. Es descansar en que no todo depende de nosotros. Y eso, seamos honestos, ya es motivo para sonreír. 

Hay algo casi irónico en esto: cuanto más intentamos controlar todo, más ansiedad generamos. Y cuanto más aprendemos a confiar correctamente, más libertad experimentamos. No es abandono irresponsable, es alineación. Es entender que hay cosas que nos corresponden… y otras que no. Un recurso práctico en este sentido es hacer un pequeño ejercicio diario: identificar qué promesas estamos creyendo. No solo las grandes, sino las pequeñas. ¿Estoy creyendo que “no voy a poder”? ¿Qué “todo siempre sale mal”? ¿Que “la gente no cambia”? Esas también son promesas… pero negativas. Y tienen impacto real. 

Reemplazarlas no es repetir frases bonitas frente al espejo. Es reordenar el enfoque. Es elegir conscientemente qué narrativa va a guiar nuestras decisiones. Y ahí es donde la palabra bíblica —entendida como vida y no como ritual— cobra sentido. Porque no se trata de acumular citas, sino de encarnarlas. Otro recurso útil: practicar la memoria. No la nostalgia, sino la memoria activa. Recordar momentos donde la promesa se hizo visible, aunque haya sido de formas inesperadas. Eso fortalece la confianza y evita que vivamos siempre desde la falta.

También es importante entender que la promesa no siempre se cumple como imaginamos. Y eso puede frustrar. Pero no necesariamente invalida la promesa; muchas veces revela nuestras expectativas. La diferencia entre lo que esperamos y lo que recibimos puede ser incómoda… pero también transformadora. En términos sociales, una comunidad que valora la promesa es una comunidad más saludable. Porque genera previsibilidad, respeto y sentido de pertenencia. No se trata de idealizar, porque todos fallamos, pero sí de apuntar a un estándar más alto que el mero “cada uno hace lo que puede”.

Ahora, un poco de humor necesario: si la promesa fuera un músculo, muchos la tendríamos bastante atrofiada. Pero la buena noticia es que se entrena. No hace falta empezar prometiendo cambiar el mundo mañana a las 8 AM. Podemos comenzar con cosas simples: llegar a horario, cumplir un compromiso, decir “sí” o “no” con claridad. La espiritualidad del Reino no es abstracta. Es profundamente práctica. Se juega en lo pequeño. En cómo tratamos a los demás, en cómo manejamos nuestras palabras, en cómo respondemos cuando nadie está mirando. Ahí la promesa deja de ser discurso y se vuelve carne. 

Y en ese punto aparece algo central: la fidelidad. No como rigidez, sino como consistencia. Ser fiel no es ser perfecto, es ser perseverante. Es sostener una dirección incluso cuando hay tropiezos. Es volver a alinearse una y otra vez. En un mundo saturado de información, lo que más impacta no es lo que se dice, sino lo que se vive. Por eso, una persona que encarna la promesa —sin necesidad de imponerla— se vuelve referencia. No por superioridad moral, sino por coherencia.

Y aquí vale una aclaración importante: ser creyente firme no implica imponer creencias ni descalificar a quien piensa distinto. La fe auténtica no necesita gritar para sostenerse. Puede dialogar, puede escuchar, puede convivir. Porque su base no es la inseguridad, sino la convicción. Eso también tiene un impacto ideológico sano: permite construir espacios donde la diversidad no sea amenaza, sino oportunidad. Donde el desacuerdo no derive automáticamente en confrontación. Y donde la verdad no se negocie, pero tampoco se use como arma.

Volviendo a la promesa, hay un elemento que muchas veces se pasa por alto: el tiempo. Vivimos acelerados, pero las promesas profundas suelen desarrollarse lentamente. Requieren proceso, maduración, espera. Y eso no siempre es cómodo. Sin embargo, hay algo valioso en ese ritmo más pausado: nos forma. Nos moldea. Nos enseña a distinguir entre lo urgente y lo importante. Y nos ayuda a construir una fe que no dependa de emociones momentáneas. 

Para cerrar —aunque en realidad esto recién empieza en la vida de cada uno—, la promesa no es un concepto lejano ni reservado para momentos especiales. Está presente en cada decisión, en cada palabra, en cada vínculo. Vivir desde la promesa del Reino es, en esencia, vivir con propósito, con coherencia y con esperanza. No una esperanza ingenua, sino una esperanza activa. De esas que trabajan, que construyen, que perseveran.

Y sí, a veces vamos a dudar. A veces vamos a fallar. A veces vamos a querer abandonar. Pero ahí es donde la promesa vuelve a aparecer, no como presión, sino como recordatorio. Recordatorio de que no estamos solos. De que hay sentido, incluso cuando no lo vemos completo. Y de que la fidelidad —aunque sea silenciosa— siempre deja huella. Al final del día, la pregunta no es si existen promesas. La pregunta es: ¿Cuáles estamos eligiendo vivir? Porque de eso, en gran parte, depende el mundo que estamos construyendo.

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21 – Vida

Mateo 19: 29 = Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. La vida eterna no es algo que se consigue peleando o haciendo esfuerzos personales, es algo que se hereda como hijos que somos. NTV lo expresa así: Y todo el que haya dejado casas o hermanos o hermanas o padre o madre o hijos o bienes por mi causa recibirá cien veces más a cambio y heredará la vida eterna. ¿Es un canje? No, es una recompensa. Pero no la vida eterna, ella sigue siendo herencia, derecho legal por calidad de hijos. 

La palabra “Vida” es tan cotidiana que a veces se vuelve invisible. La usamos para saludar, para despedirnos, para desear bienestar o para describir lo que creemos que somos. Sin embargo, cuando uno se detiene a observarla con atención —no solo desde lo biológico sino desde lo espiritual, lo humano y lo social— aparece como un misterio vasto, profundo y desafiante. Vida no es simplemente existir; es un don en movimiento, una oportunidad continua, una responsabilidad compartida.

Desde una mirada bíblica —no como sistema religioso rígido, sino como fuente viva de sabiduría— la Vida no comienza en el nacimiento ni termina en la muerte. Se presenta como algo que fluye desde el origen mismo de todo lo creado, una energía que sostiene, ordena y da sentido. En el relato de la creación, la Vida no surge del caos por accidente: es pronunciada, intencionada, declarada buena. Esto ya nos da una primera clave: la Vida tiene valor intrínseco. No depende de la productividad, del éxito ni de la aprobación social. Vale porque es.

Ahora bien, vivir no es automático. Respirar no es lo mismo que vivir plenamente. Hay personas que, aun teniendo todo lo necesario para subsistir, experimentan vacío, desconexión o falta de propósito. Y aquí es donde la comprensión espiritual de la Vida aporta una dimensión que muchas veces la cultura contemporánea descuida: la Vida necesita sentido. Sin sentido, se vuelve mecánica; con sentido, se transforma en camino. 

El evangelio del Reino de Dios introduce una idea poderosa: la Vida verdadera no se reduce a la duración, sino a la calidad del vínculo con lo trascendente y con los demás. No es una promesa exclusivamente futura, sino una realidad que puede comenzar aquí y ahora. Esto tiene implicancias prácticas enormes. Si la Vida plena es accesible en el presente, entonces nuestras decisiones cotidianas —cómo tratamos a otros, cómo administramos el tiempo, cómo respondemos al conflicto— adquieren un peso diferente.

En lo social, la palabra Vida también enfrenta tensiones. Vivimos en un mundo donde, paradójicamente, se habla mucho de derechos, pero se cuida poco la dignidad concreta. Hay sistemas que priorizan la eficiencia por encima de la persona, estructuras que invisibilizan a los más vulnerables y dinámicas que fragmentan la convivencia. En este contexto, hablar de Vida es, en cierto modo, contracultural. Implica afirmar que cada ser humano tiene un valor que no puede ser negociado.

Pero tampoco se trata de idealizar. La Vida incluye dolor, pérdida, incertidumbre. Negarlo sería ingenuo. La pregunta no es cómo evitar todo sufrimiento —algo imposible— sino cómo atravesarlo sin perder la esencia. Aquí aparece otra enseñanza clave: la Vida se fortalece en la adversidad cuando hay propósito. No es el dolor en sí lo que construye, sino la manera en que se lo integra. Hay quienes salen endurecidos; otros, en cambio, salen más humanos. 

Un aspecto interesante es cómo la Vida se expresa en lo cotidiano. No hace falta esperar grandes eventos para experimentarla en profundidad. Está en lo simple: una conversación honesta, un gesto de generosidad, una decisión justa. A veces buscamos experiencias extraordinarias y pasamos por alto lo esencial. La Vida, en su forma más genuina, suele ser discreta. No hace ruido, pero transforma.

Porque una visión profunda de la Vida no tiene por qué ser solemne o pesada. De hecho, una espiritualidad sana incluye la capacidad de reírse —no de manera burlona, sino liberadora. El humor bien entendido nos recuerda que no somos el centro del universo, que podemos equivocarnos y volver a intentar. En cierto modo, reír es una forma de humildad. Ahora bien, si la Vida es un don, también es una tarea. No basta con recibirla; hay que cultivarla. Esto implica responsabilidad personal. No podemos controlar todo lo que nos sucede, pero sí cómo respondemos. Y aquí aparecen recursos prácticos que no requieren grandes teorías:

Primero, la atención. Vivir atentos cambia la calidad de la experiencia. Prestar atención a lo que pensamos, a lo que sentimos, a cómo reaccionamos. Muchas veces vivimos en piloto automático, repitiendo patrones sin cuestionarlos. La atención abre la puerta a la transformación. Segundo, la gratitud. No como frase hecha, sino como ejercicio consciente. Agradecer no elimina los problemas, pero reconfigura la mirada. Permite reconocer lo que sí está, lo que funciona, lo que sostiene. Y eso genera una base emocional más estable. 

Tercero, la coherencia. Intentar que lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos estén alineados. No es fácil, pero es fundamental. La incoherencia desgasta, fragmenta, genera conflicto interno. La coherencia, en cambio, simplifica la vida. Cuarto, el servicio. La Vida se expande cuando se comparte. Ayudar a otros no es solo un acto altruista; también es una forma de encontrar sentido. Cuando alguien descubre que puede aportar algo, por pequeño que sea, su percepción de la Vida cambia.

Quinto, el descanso. En una cultura que glorifica la productividad, descansar parece casi un lujo. Pero no lo es. Es una necesidad. La Vida necesita pausas para regenerarse. Sin descanso, todo se vuelve pesado, incluso lo que debería ser disfrutable. Desde una perspectiva ideológica objetiva, es interesante notar que la palabra Vida es utilizada por distintas corrientes con significados diversos. Algunos la asocian con libertad individual, otros con justicia social, otros con desarrollo económico. Todas estas dimensiones son importantes, pero ninguna agota el concepto. La Vida es más amplia que cualquier marco ideológico. Intentar reducirla a una sola dimensión es empobrecerla.

Por eso, una visión equilibrada reconoce la complejidad. La Vida incluye lo personal y lo colectivo, lo material y lo espiritual, lo inmediato y lo trascendente. No se trata de elegir entre uno u otro, sino de integrarlos. Y esa integración es un proceso, no un estado fijo. Otro punto clave es la identidad. ¿Quién soy en relación con la Vida? ¿Soy un espectador, un sobreviviente, un protagonista? La respuesta a esta pregunta influye en cómo vivimos. Si uno se percibe como víctima permanente, la Vida se siente como carga. Si se percibe como protagonista responsable, la misma realidad adquiere otro color.

Esto no significa negar las injusticias o las dificultades reales. Sería irresponsable. Pero sí implica reconocer que, incluso en contextos complejos, hay un margen de acción. Y ese margen, aunque sea pequeño, puede marcar una diferencia. En términos espirituales, la Vida también se relaciona con la confianza. No una confianza ingenua, sino una confianza profunda en que hay un propósito mayor, aunque no siempre lo entendamos. Esta confianza no elimina las preguntas, pero evita que las preguntas nos paralicen.

Hay una tensión interesante entre control y entrega. Queremos controlar todo, planificar cada detalle, asegurar resultados. Pero la Vida tiene una cuota de imprevisibilidad que no se puede eliminar. Aprender a soltar cierto control —sin caer en la pasividad— es parte del crecimiento. Es como navegar: uno puede ajustar las velas, pero no puede controlar el viento.

En lo comunitario, la Vida se potencia en relación. Nadie vive plenamente aislado. Necesitamos vínculos. Pero no cualquier vínculo: vínculos sanos, basados en el respeto, la honestidad y la empatía. La calidad de nuestras relaciones impacta directamente en nuestra experiencia de la Vida. Y aquí aparece un desafío contemporáneo: la hiper conectividad digital no siempre se traduce en conexión real. Podemos tener cientos de contactos y sentirnos solos. Recuperar espacios de encuentro genuino —cara a cara, sin pantallas de por medio— es una forma concreta de cuidar la Vida. 

También es importante hablar del lenguaje. Las palabras que usamos influyen en cómo percibimos la Vida. Un lenguaje negativo, fatalista o agresivo tiende a reforzar una visión limitada. En cambio, un lenguaje que reconoce posibilidades, que construye, que afirma, abre caminos. No se trata de negar la realidad, sino de no quedar atrapados en una narrativa que nos reduce.

Finalmente, la Vida plantea una pregunta inevitable: ¿Para qué? No en un sentido abstracto, sino personal. ¿Para qué estoy acá? ¿Qué sentido tiene mi paso por este mundo? No hay una respuesta única ni inmediata. Es una búsqueda. Pero es una búsqueda que vale la pena. Porque cuando el “para qué” se vuelve claro, muchas otras cosas se ordenan. Las prioridades se ajustan, las decisiones se simplifican, los conflictos se relativizan. No desaparecen, pero dejan de ocupar el centro.

En síntesis, la Vida es un don que se recibe y una tarea que se construye. Es un misterio que se explora y una realidad que se practica. No se agota en definiciones, pero se expresa en acciones. Y aunque cada persona la vive de manera única, hay principios que la atraviesan: valor, sentido, relación, coherencia, esperanza. Quizás no podamos resolver todas las preguntas ni evitar todas las dificultades. Pero sí podemos elegir cómo vivir lo que nos toca. Y en esa elección —día a día, decisión a decisión— la palabra Vida deja de ser un concepto abstracto y se convierte en experiencia concreta. Y eso, en tiempos donde muchas cosas parecen vaciarse de significado, ya es mucho.

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¿Es Pecado Sufrir?

Hoy, si allí del otro lado, hay alguien que piensa que está pasando por el peor momento de su vida, y se pregunta dónde está Dios, entonces te pido que no te vayas de allí y que escuches todo lo que tengo para decirle. Porque la respuesta creo que no va a ser justamente la que estás esperando. No es que Dios se fue y te abandonó. Tampoco es que se olvidó de ti y mucho menos que te está castigando, como se nos enseñaba en ciertos lugares cuando éramos pequeños niños incrédulos.

La respuesta tiene dos aristas absolutamente diferentes. Por un lado, te puede sonar casi aterradora y, por el otro, hermosa de toda hermosura. Porque la respuesta genuina es que Dios está más cerca de ti ahora, en el que sea tu dolor, que lo que estuvo durante todo tu tiempo de comodidad. No sé en qué condiciones me estás escuchando, pero si en algún caso puntual estoy hablando para alguien que tiene los ojos hinchados de llorar o en la sala de espera de un centro de salud, esto es para ti.

También puede ser que te encuentres en algún lugar neutro todavía masticando una mezcla de enojo y desasosiego por causa de una fuerte discusión que ha dejado tu matrimonio al borde del abismo. O quizás, como sé que ha hecho mucha gente durante estos años de ministerio, haya alguien que me escucha en medio de una madrugada de ojos abiertos porque no puede dormir por causa de algún enorme peso que te ha caído sobre los hombros y casi no lo puedes soportar.

Si estás en alguna de estas variables que te mencioné o algo peor todavía, seguramente estás esperando que salga alguien a decirte algo que no suene a frase religiosa de circunstancias o casi de heladera. Alguien que haya sido enviado por el cielo a decirte algo real. Algo que te duela menos o, en todo caso, que te explique porque lo que te duele te duele tanto. La respuesta bíblica la tienes como cabecera de puente en Hebreos 12:6.

Dice: Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. Seis palabras, nada más. Seis palabras que, durante siglos, han sido usadas para justificar el sufrimiento con una especie de indiferencia y frialdad teológica. ¡Dios te ama, por eso sufres! Te tira alguien desde la comodidad de una oficina con aire acondicionado mientras bebe un refresco y graba frases bonitas pero vacías. Pero explicación para tu dolor, ni por asomo, nada.

Sin profundidad, sin consuelo real, sólo una frase repetida como una letanía vacía y casi esotérica que, por supuesto, no te cura nada. Por eso hoy, aquí y ahora, yo quiero, si puedo, ir mucho más profundo que eso. Voy a abrirte el griego original de Hebreos 12:6 y descubrir que las palabras que allí se usan para describir lo que Dios hace con tu dolor son tan distintas a lo que te enseñaron que, cuando las entiendas, tu sufrimiento no va a desaparecer, pero tu comprensión de él va a transformarse para siempre.

Y a veces, entender el porqué del dolor es mucho más poderoso que su ausencia. Tengo absoluta conciencia que este tema es muy delicado, porque puede haber personas que están escuchando esto que tienen el corazón roto, totalmente. Que, por ejemplo, acaban de perder a alguien que amaban, o que han recibido algún diagnóstico que les cambió la vida, o que están viendo como su matrimonio se desmorona, que tienen un hijo que se alejó de Dios y de ellos. O que están pasando por una crisis financiera que no les deja dormir.

Y lo último que necesitan estas personas, es una frase religiosa vacía que les diga, por ejemplo, que todo tiene un propósito y les den una palmadita en la espalda. Lo que necesitan es la verdad desnuda de lo que Dios está haciendo en medio de su dolor. Y esa verdad, aunque no lo creas, está en el griego de Hebreos 12:6. Y no se parece a nada de lo que unas cuantas veces te deben haber dicho desde algún púlpito. Sé de hombres que en su momento fueron atacados por todos los costados y, pese a ello, siguieron predicando con una unción que jamás llegarían a tener los más cómodos.

Alguien dijo que Dios nunca desperdicia una lágrima y que cada dolor tiene un destino. Y que el cristiano que no ha sufrido, es como una espada que nunca fue forjada. Tiene forma de arma, pero no tiene filo. Pero el sufrimiento es la fragua, no el castigo. Lo que el griego te revele va a cambiar tu relación con el dolor. Eso, pese a todo el tiempo que llevas cargando esas heridas. Hay un diseño de una semana, de siete días, para que el Espíritu Santo trabaje en las áreas más complejas de tu vida.

Me estoy refiriendo a esas áreas en donde el dolor ha dejado marcas. No es mío esto, otra gente lo ha probado y el resultado ha sido óptimo en gran mayoría. Cambios en conceptos muy personales en la mitad de este diseño y no lejos de él. Decía alguien que cuando llevaba a cabo este diseño un día rompió en llanto y entendió que el sufrimiento no es castigo, sino preparación. Sólo hay que entenderlo primero, aceptarlo después y procurar sacarle el mayor rédito posible, finalmente.

Esto no es para todos, es para los que están cansados de frases religiosas vacías y quieren que el Espíritu Santo haga algo real en su dolor. Si tienes más de tres años como creyente y tu vida de oración sigue como el primer día, esto es puntualmente para ti. Veamos. Lo que la palabra Disciplina significa en griego y por qué cambia todo. La palabra que tu Biblia traduce como disciplina en Hebreos 12:6, es paideia. Del verbo paideuo, y aquí está el primer punto que te dejará sin dormir esta noche.

Paideuo no significa castigar, no significa corregir al desobediente. Tampoco significa imponer dolor como consecuencia del pecado. Paideuo viene de la raíz País, que significa Niño. Y el significado original de Paideuo, es educar a un niño. Criar, formar, entrenar, desarrollar. Es la palabra que se usaba en la Grecia antigua, para describir la educación integral de un hijo. No sólo la disciplina correctiva. Cuando un padre griego enviaba su hijo a la Paideia, no lo enviaba a un reformatorio. Lo enviaba a una escuela donde aprendería literatura, filosofía, música, atletismo y carácter.

La Paideia era un proceso formativo completo diseñado para convertir a un niño inmaduro en un adulto pleno. No era castigo, era inversión. No era dolor por el dolor, era desarrollo por experiencias que incluían dificultad, esfuerzo y si, a veces dolor. Pero siempre con un propósito educativo. Cuando Hebreos 12:6 dice que el Señor al que ama disciplina, no está diciendo que Dios castiga a los que ama, está diciendo que Dios educa a los que ama.

Invierte en los que ama, forma y somete a un proceso de desarrollo integral a los que ama. Y ese proceso incluye experiencias difíciles, no como castigo por algo que hiciste, sino como formación para algo que Dios quiere que seas. Hay una diferencia. El castigo mira hacia atrás. ¿Hiciste algo malo? ¡Aquí está la consecuencia! La Paideia mira hacia adelante. Quiero que seas algo grande, aquí está el proceso para llegar allí.

El castigo busca retribución, la Paideia busca transformación. El castigo destruye, la Paideia te construye. Y Dios, según el griego de Hebreos 12:6, no está castigando a sus hijos, está construyéndolos. Y esto no es todo, porque hay una segunda palabra en ese versículo que es aún más reveladora. La palabra azota, que es Mastigó en griego. Y su significado puede llegar a estremecerte. Mastigó, tu Biblia la traduce como azota y suena terrible.

Suena a un Dios violento que golpea a sus hijos. Pero cuando miras cuando más aparece esta palabra en el Nuevo Testamento, descubres algo que cambia radicalmente su significado en este contexto. Mastigó aparece en Mateo 20:19, donde Jesús profetiza lo que le harán en Jerusalén. Lo entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, lo azoten y lo crucifiquen. La misma palabra, Mastigó. Lo que le hicieron a Jesús antes de la cruz es la misma acción que Hebreos 12:6 dice que Dios hace con sus hijos.

Y aquí se te aclara algo. Dios no les hace a sus hijos algo que no se haya hecho antes a sí mismo. Jesús fue Mastigó antes de la cruz. Fue azotado, fue golpeado, sufrió el mismo tipo de dolor que Hebreos 12:6 describe para los hijos. Dios no es un Padre que infringe dolor desde la distancia cómoda del cielo. Es un padre que pasó primero por el dolor. Que lo conoce por experiencia propia. Que sufrió el Mastigó, antes de permitir que sus hijos lo sufrieran.

Isaías 53:5 dice que por su llaga fuimos nosotros curados. Sus heridas primero, tu curación después. Su dolor primero, tu formación después. Cuando un padre terrenal envía a su hijo a un entrenamiento militar sabiendo que va a sufrir, eso puede verse como crueldad o como amor, dependiendo de una sola cosa. ¿El padre pasó primero por lo mismo? Si el padre nunca sufrió y manda a su hijo a sufrir, es hipocresía. Pero si el padre sufrió, ya conoce el dolor, ya sabe lo que se siente y, aun así, decide que el proceso es necesario para que su hijo se convierta en lo que necesita ser, eso no es crueldad.

Es el amor más costoso que existe. El amor que dice Yo pasé por eso, y sobreviví. Y ahora te sostengo mientras tú pasas. Y eso es exactamente lo que Dios hace. No te manda al fuego desde un trono de comodidad. Te acompaña en el fuego, porque Él ya pasó por uno peor. Daniel 3:25, cuando los tres jóvenes fueron lanzados al horno de fuego, Nabucodonosor miró dentro del horno y dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño.

Y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses. Cuatro, no tres. Dios no sacó a Sadrac, Mesac y Abed Nego del fuego, ¡Se metió al fuego con ellos! Y caminó con ellos adentro, y los sacó sin que siquiera olieran a humo. Ese es el modelo de Hebreos 12:6. No el de un Dios que te lanza al sufrimiento y te mira desde arriba. Un Dios que camina contigo adentro del fuego. Que se quema contigo, que sufre contigo y que te saca al otro lado sin que el fuego te consuma.

Los versículos 7 al 11, que nadie te lee y que transforman el dolor en propósito. Ahora es cuando necesitas leer lo que viene después del versículo 6. Porque el autor de Hebreos no se detiene en el dolor, sino que explica el propósito. Y la explicación, es una de las declaraciones más profundas sobre el sufrimiento, que jamás se haya escrito. Hebreos 12:7-11:

Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Hay cinco revelaciones en ese pasaje que necesitas absorber una por una. La primera revelación es que el sufrimiento es evidencia de filiación, no de abandono. El versículo 8 lo dice con una brutalidad que incomoda. Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. En la cultura del primer siglo, un bastardo no tenía herencia, no tenía protección legal, no tenía acceso al padre.

Lo que aquí se está diciendo, entonces, es que la ausencia de proceso formativo, no es señal de favor divino, es señal de orfandad espiritual. El hijo sufre porque el padre invierte en él. El bastardo no sufre, porque el padre no le importa. Yo sé que esto suena muy duro, porque tal vez estés pensando que deberías alegrarte de sufrir. ¡No! ¡De ninguna manera! El verso 11 dice que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza.

No se te pide que te alegres del dolor, se te pide que entiendas al dolor. Que, en medio de la tristeza, que es normal y legítima, sepas que hay un padre detrás del proceso que no te abandonó, sino que está invirtiendo en ti de la forma más costosa que existe. La segunda revelación es que el propósito es tu santidad, no tu comodidad. El verso 10 dice: Para que participemos de su santidad. No para que participemos de su prosperidad, no para que tengamos más dinero, más salud, más éxito. Para que participemos de su santidad.

Dios no está interesado en hacerte cómodo, está interesado en hacerte santo. Y la santidad no se forma en la cantidad, se forma en el fuego, como el oro que se purifica a temperaturas extremas. Malaquías 3:3: Dios se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia. ¿Alguna vez has visto como un fundidor purifica plata? La calienta hasta que las impurezas suben a la superficie y luego la retira.

El calor no es el enemigo, es la herramienta. Y el fundidor no deja la plata en el fuego más tiempo que el necesario. La saca cuando puede ver su propio reflejo en ella. Tu sufrimiento dura hasta que Dios puede ver su reflejo en ti, ni un segundo más. La tercera revelación es que hay un después. Versículo 11: Después da fruto apacible de justicia. Después. Esa palabra debería ser un ancla para tu alma en medio de la tormenta.

El dolor tiene un después, no es eterno, no es infinito. No es sin fin, tiene un después. Y en ese después, hay fruto. Y no cualquier fruto, fruto apacible de justicia. La palabra griega para apacible, es Eirenikón, que viene de Eirene, que es paz. Shalom en hebreo, plenitud total. El fruto que nace del sufrimiento procesado con Dios es un tipo de paz que los que nunca sufrieron no pueden conocer. Es la paz del que pasó por el fuego y salió sin olor a humo. La paz del que lloró hasta quedarse seco.

Y descubrió que, en el fondo del pozo, Dios ya había puesto agua fresca. Esa paz no se compra en una librería cristiana, no se obtiene en un seminario. Se forja en el horno del sufrimiento y, los que la tienen, la reconocen en los ojos de otros que también la tienen. La cuarta revelación es la frase: A los que en ella han sido ejercitados. La palabra ejercitados en griego es Hegimnasmois, del verbo Gimnazo. ¿De donde crees que proviene la palabra gimnasio?

El sufrimiento formativo es un gimnasio espiritual. Cuando levantas pesas en un gimnasio, tus músculos se rompen literalmente. Las fibras musculares se desgarran con el esfuerzo. Y duele, pero es ese rompimiento el que permite que el músculo se reconstruya más fuerte. Sin rompimiento no hay crecimiento. Sin dolor, no hay fortalecimiento. Y Dios, según lo aquí escrito, te está poniendo pesas espirituales. Y no para destruirte, sino para fortalecerte.

Para que tu fe desarrolle músculos, que la comodidad nunca podría darle. Para que cuando llegue la verdadera batalla, no te quiebres al primer golpe. El atleta que se queja porque el entrenamiento duele, no es rechazado por el entrenador, es animado. El entrenador sabe que el dolor del entrenamiento es temporal, pero la fuerza que produce, es duradera. Y no reduce el peso porque el atleta se queja, aumenta el peso porque confía en la capacidad del atleta para soportar más de lo que cree poder soportar.

Dios confía en ti más de lo que tú confías en ti mismo. El peso que te puso, no es para quebrarte, es porque sabe que puedes cargarlo. Y si no pudieras, no te lo habría puesto. Esa es la diferencia entre un Dios cruel y un Padre que entrena. El cruel pone peso para destruir. El Padre pone peso porque cree en la fortaleza que Él mismo puso dentro de ti. Pero se nos dice que el fruto sólo aparece en los que se ejercitan en la disciplina, no para los que la evaden.

No para los que huyen del dolor. No para los que se anestesian con distracciones para no sentir, sino para los que se plantan en medio del dolor. Miran a Dios a los ojos y dicen: ¡Duele, pero no me voy! Si estoy aquí es porque tú me pusiste aquí. Y si me pusiste aquí, es porque aquí hay algo que debo aprender. ¡Muéstramelo! Esa oración, hecha desde el centro del fuego, es la oración más valiente que un ser humano puede hacer. Y es la oración que activa el fruto del después.

Y la quinta revelación es, quizás, la más poderosa de todas. Versículo 10: Nuestros padres terrenales nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso. Los padres terrenales cometen errores. A veces disciplinan por ira, por frustración, por sus propias heridas. Pero Dios disciplina para lo que nos es provechoso. Nunca por ira, nunca por capricho, nunca por venganza, siempre para tu bien. Romanos 8:28, que ya estudiamos en profundidad, confirma esto.

Todas las cosas obran para bien, no algunas, ¡Todas! Incluyendo las que duelen. Incluyendo las que no entiendes. Incluyendo las que te hacen gritar a las tres de la mañana preguntando por qué. Ahora necesitamos ser cuidadosos, porque no todo sufrimiento es disciplina divina, y pretender que todo dolor viene de Dios es tan peligroso como pretender que ninguno viene de Él. La Biblia describe distintos tipos de sufrimiento con diferentes causas.

El primer tipo es el sufrimiento por causa del pecado propio. Si robas y vas a prisión, eso no es Paideia, es consecuencia. Si destruyes tu matrimonio con infidelidad y tu esposa se va, eso no es Dios formándote, es el resultado de tu decisión. Gálatas 6:7: No os engañéis, Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Este tipo de sufrimiento no es disciplina formativa, es cosecha.

Y la respuesta correcta no es buscar propósito divino en él, sino arrepentirse genuinamente y aceptar las consecuencias con humildad. El segundo tipo es el sufrimiento por vivir en un mundo caído. Terremotos, enfermedades genéticas, accidentes aleatorios, pandemias. Romanos 8:22: Toda la creación gime a una y a una está con dolores de parto hasta ahora. El mundo está roto, y vivir en un mundo roto implica que a veces el dolor te alcanza sin que hayas hecho nada para merecerlo.

El bebé que nace con una enfermedad, no fue disciplinado por Dios. La familia que pierde su casa en un terremoto, no está siendo corregida. Es el gemido de la creación caída. Y la respuesta correcta ante ese sufrimiento no es buscar un pecado que lo justifique, sino llorar con los que lloran y esperar la restauración final que Apocalipsis 21:4 promete. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.

El tercer tipo es el sufrimiento por persecución. Jesús dijo en Juan 15:20: Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. Y Pablo confirmó en 1 Timoteo 3:12 Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución. Si sufres porque predicas a Cristo, porque predicas la verdad, porque te niegas a comprometer tu fe, eso no es Paideia correctiva. Es el precio del discipulado. Y tiene su propia recompensa.

Mateo 5:10: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la Justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. El cuarto tipo, es la prueba de fe. Santiago 1:2-3, dice: Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Las pruebas no son castigo, son exámenes. No diseñados para que Dios descubra como es tu fe, porque Él ya lo sabe.

Esos exámenes están diseñados para que tú descubras como es tu fe. Para que veas si lo que creías que creías realmente lo crees cuando el piso se te mueve debajo de tus pies. Y el quinto tipo es la Paideia de Hebreos 12:6. La formación intencional de Dios. El sufrimiento que tiene propósito educativo. Que está diseñado para desarrollar carácter, purificar fe, profundizar motivaciones y producir el fruto apacible de justicia.

No todo sufrimiento es Paideia, pero cuando lo es, tiene características específicas que lo distinguen de los demás tipos. ¿Cómo distinguir la Paideia del resto? Hay tres señales. Primera, produce cambio de carácter con el tiempo. Si después del sufrimiento eres más paciente, más compasivo, más dependiente de Dios, más sensible al dolor ajeno, menos arrogante, menos autosuficiente, probablemente fue Paideia. Si después del sufrimiento estás exactamente igual o peor, más amargado, más cerrado, puede ser otro tipo que no procesaste con Dios.

Segunda. La presencia de Dios es perceptible en medio del dolor. No como comodidad barata, sino como una certeza profunda, a veces inexplicable, de que no estás solo, aunque todo duele. Es lo que Job escribió cuando dijo: Yo sé que mi Redentor vive, No lo, veía, no lo sentía, pero lo sabía. Y ese saber era suficiente para no soltar la fe cuando todo lo demás, se había soltado. Tercera. El fruto se hace visible después, no durante. Después. Y a veces, mucho después.

El José que fue vendido como esclavo, no vio el propósito durante trece años. Piensa en eso. No trece días, no trece semanas, ¡Trece años! Vendido por sus propios hermanos a los diecisiete años. Esclavo en Egipto, falsamente acusado por la esposa de Potifar, encarcelado, olvidado por el copero al que le interpretó el sueño. Año tras año sin explicación, sin profecía, sin un ángel que le dijera: ¡Aguanta, que ya casi termina! Sólo silencio divino y dolor humano durante trece años.

Y después de esos trece años, cuando finalmente vio el propósito, cuando estaba frente a sus hermanos como gobernador de Egipto, pudo decir en Génesis 50:20: Vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encaminó a bien. Para hacer lo que vemos hoy, para mantener vida en mucho pueblo. ¡Trece años entre la cisterna y el palacio! Trece años de Paideia invisible que sólo se hizo visible al final. Y la pregunta que tu sufrimiento te está haciendo ahora mismo no es por qué me duele. Es si vas a confiar en el Dios del después, aunque el durante no tenga sentido.

Hay algo que Jesús enseñó sobre el sufrimiento y que nadie te predica. Necesitamos escuchar lo que el propio Jesús dijo sobre el sufrimiento. Porque la iglesia moderna ha creado dos extremos falsos. El primero dice que si sufres, es porque Dios te castigó. El segundo dice que si tienes fe, nunca sufrirás. Y Jesús destruyó ambos extremos con una sola frase, Juan 16:33: Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

Tendréis aflicción, futuro garantizado. No dice tal vez tendréis, o quizás en una de esas os toca sufrir. Dice que tendremos aflicción. La aflicción no es una posibilidad para el cristiano, es una certeza. Jesús no prometió una vida sin dolor, prometió una vida con Él en medio del dolor. Y la diferencia entre ambas promesas, es la diferencia entre la teología de la prosperidad y el evangelio real del Reino. La prosperidad promete la ausencia de dolor, pero Jesús promete su presencia en el dolor.

Y su presencia en el dolor, es infinitamente más valiosa que la ausencia de dolor. Porque la ausencia de dolor es temporal, pero su presencia es eterna. Pero mira las dos partes de la frase. Tendréis aflicción. Eso es la realidad, pero confiad, esa es la respuesta. Yo he vencido al mundo, eso es el fundamento. Jesús no dice no sufrirás, dice que cuando sufras, recuerdes que Él ya venció lo que te está haciendo sufrir. No elimina el dolor, le da contexto. Le da horizonte, le da el después.

Es como un capitán que le dice a sus solados antes de la batalla: habrá heridos, habrá sangre, habrá dolor, pero ya ganamos, la victoria ya está asegurada. Peleen sabiendo que el resultado final, ya está de nuestro lado. La batalla duele, pero el resultado ya fue decidido en la cruz. Y esa certeza no elimina el dolor de la batalla, pero le quita al dolor, el poder de destruirte. Porque un dolor con final, es soportable. Lo que no es soportable es un dolor sin sentido y sin final. Y Cristo te dio las dos cosas.

Sentido, porque es Paideia y final, porque Él ya venció. Y en Juan 9:1-3 le preguntaron a Jesús sobre un hombre ciego de nacimiento. Rabí, ¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? La pregunta de los discípulos, es la misma que la iglesia sigue haciendo hoy. ¿Quién tiene la culpa del sufrimiento? Y la respuesta de Jesús destruye la lógica de culpa. Respondió Jesús: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.

No pecó él ni sus padres. El sufrimiento no siempre es consecuencia del pecado, a veces es escenario de gloria. A veces Dios permite el dolor no como castigo, sino como lienzo donde va a pintar algo que sólo Él puede pintar. Y la obra que pintó en el ciego de nacimiento, fue una obra que llevó dos mil años siendo contada. El dolor temporal se convirtió en testimonio eterno. Pero cuidado, una cosa es hablar del sufrimiento como teólogo de escritorio y otra como paciente que todavía sangra.

Dios jamás desperdicia el dolor de sus hijos, como un alquimista no desperdicia el fuego. El fuego tiene un propósito, convertir el plomo en oro. Y el dolor también tiene un propósito, convertir al cristiano inmaduro en un vaso de honra que refleja la gloria de Dios desde las grietas que el sufrimiento dejó. Y no te avergüences de sufrir, porque la autoridad que nace de la vulnerabilidad, es inquebrantable. Nadie puede quitarte lo que admitiste voluntariamente.

Y nadie puede usar en tu contra lo que tú mismo pusiste sobre la mesa. ¿Sabes por qué esto tiene que hacerte pensar muy seriamente en lo que crees y cómo lo crees? Porque si el predicador más grande que el mundo cristiano ha producido, sufrió depresión, dolor físico y desolación espiritual, eso te dirá que tú no estás siendo menos cristiano por sufrir lo que hoy sufres. No eres menos fiel por llorar, no eres menos valiente por quebrarte, eres humano. Y Dios no te llamó a ser invulnerable.

Te llamó a ser vulnerable en sus manos, que es muy diferente. Ha quedado demostrado que, los que sienten más profundo, sufren más profundo. Y que Dios usa a los que sufren profundo para consolar profundo. 2 Corintios 1:3-4 dice: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.

¿Estás viendo la cadena? Dios te consuela en tu sufrimiento para que tú puedas consolar a otros en el suyo. El dolor no es solo tuyo, es un recurso que Dios va a usar a través de ti, para sanar a alguien que aun no conoces. Alguien que está pasando ahora mismo por lo que tú pasaste hace un año. Y cuando esa persona te cuente su dolor, tú no vas a decirle “¡Todo tiene un propósito!”, con una sonrisa plástica. Vas a mirarla a los ojos, con lágrimas en los tuyos y decirle: Yo sé lo que sientes, porque lo viví…

Y esas palabras, dichas desde la cicatriz propia, van a tener más poder que mil sermones dichos desde el púlpito cómodo. Porque no siempre te han dicho, enseñado o incluso predicado la verdad o al menos toda la verdad. De hecho, podemos rescatar algunas mentiras enseñadas al respecto. Te comparto cinco, aunque puede haber alguna o varias más, depende el lugar y su cultura. Obviamente, no es el sufrimiento el que puede destruir tu fe, sino las mentiras respecto a eso.

La primera mentira, ya la estuvimos examinando, es que si sufres es porque seguramente pecaste. Quedó claro que Jesús destruyó esta lógica cuando se refirió a ese hombre ciego de nacimiento. Y si no alcanza este ejemplo, lo tienes a Job, que sufrió muchísimo más que cualquier pecador de su época y lugar, dando oportunidad para que el propio Dios testificara a su favor. Si el sufrimiento realmente fuera proporcional al pecado cometido, Job hubiera sido el hombre más feliz del planeta. Y fue el que más sufrió.

O sea que la ecuación sufrimiento pecado, fue una mentira que los amigos de Job predicaron y que Dios mismo condeno al final del libro. La segunda mentira es que, si tienes suficiente fe, no sufrirás. Pablo tenia fe suficiente para resucitar muertos, sanar enfermos y fundar iglesias en todo el Mediterráneo. Y sufrió más que la mayoría de los cristianos juntos. 2 Corintios 11:24-27 lo relata: De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. 

Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez;

Si la fe eliminara el sufrimiento, Pablo hubiera sido el hombre más cómodo de la historia. Sin embargo, fue el más golpeado. La tercera mentira es que Dios nunca da más de lo que puedes soportar. Esta es una distorsión de 1 Corintios 10:13, que habla específicamente de tentación, no de sufrimiento. Dios si permite que el sufrimiento supere tu capacidad de soportarlo solo. Esa es la clave, solo. 2 Corintios 1:8-9, Pablo confiesa: fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas de tal modo, que aun perdimos la esperanza de conservar la vida.

Pablo mismo dice que fue abrumado más allá de sus fuerzas. Dios nunca prometió que jamás te sentirías aplastado. Prometió que, cuando estés aplastado, Él estará allí para levantarte, no para que no caigas. Para que cuando caigas, no te quedes en el suelo. La cuarta mentira, es que el tiempo sana todas las heridas. No. El tiempo no sana nada. Lo que sana, es lo que haces con el tiempo. Puedes pasar veinte años cargando la misma herida si nunca te decides a llevarla ante Dios.

El tiempo sin procesamiento, es sólo tiempo perdido. La Paideia requiere que proceses el dolor con Dios. Que llores delante de Él, que le grites si es necesario. Que le hagas las preguntas difíciles sin censurarlas. Los salmos están llenos de gritos a Dios. Salmo 22:1: ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Eso no es falta de fe. Eso es fe en crisis, buscando al único que puede responder. Y la quinta mentira es que el cristiano maduro no sufre, o sufre sonriendo.

Jesús lloró en Juan 11.35. Dos palabras. No sonrió, no citó un versículo de ánimo; lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, sabiendo que lo iba a resucitar en cinco minutos. Pero lloró, porque el dolor merece lágrimas y llorar no es debilidad, es humanidad. Y Jesús, siendo Dios, eligió llorar como humano para que tú supieras que tus lagrimas no lo avergüenzan, sino que lo honran. Porque son la evidencia que amas lo suficiente como para que la pérdida te duela.

Sé que esto h a sido largo, profundo y ha tocado heridas que tal vez nadie había nombrado en voz alta. Y ahora la pregunta será: ¿Qué harás con lo que escuchaste? Primero: deja de buscar la razón del dolor y empieza a buscar a Dios en el dolor. Recuerda siempre Job. Él no recibió explicación, recibió encuentro. Y el encuentro fue suficiente. Y no compares tu dolor con el de otros. Tu dolor es tuyo. No necesita competir con el de nadie para ser válido.

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¿Cuándo Retorna el Señor?

La Biblia no es sobre religión, sino sobre un rey, y un Reino, y una familia real. Entender depende de los conceptos. Solamente podrías entender, si tus conceptos están correctos. Si quieres entender la Biblia y entender la mente de Jesús, tienes que tener sus conceptos. Los conceptos correctos. ¿Qué es un concepto? Ideas. Un concepto se arma en función de una serie de ideas. Si tus ideas están incorrectas, tu entendimiento estará incorrecto.

Los componentes más importantes de la vida, son las ideas. Las ideas son más poderosas que la muerte. Tú puedes matar a un hombre, pero tú no puedes matar una idea. Alguien, con mucho poder supo decir alguna vez que esto podía ser cierto, pero que si mataba al hombre que tenia la idea, el asunto estaba concluido. Y no, ¿Tú sabes qué no? Porque quien tiene una idea muy difícilmente se la guarda para él solo, sino que la comparte, la distribuye, la enseña. Así que puedes matar a uno, pero te quedan miles en contra.

Todo lo que gira en tu alrededor proviene de una idea. Las zapatillas que tienes puestas, surgieron de una idea. Hace muchos años atrás, la gente sólo usaba zapatos. La zapatilla estaba mal vista y eran horribles. Pero luego, alguien tuvo una idea y mira en que terminó. La ropa que tienes puesta, cualquiera sea y de la marca o calidad que sea, salió de una idea. El edificio o vivienda en el que me estás escuchando, fue el producto de una idea. En suma: las ideas gobiernan el mundo.

Las ideas duran más que los hombres. Por eso siempre he pensado, casi de manera excéntrica o rara, que el mundo está manejado por gente muerta. Platón, Sócrates, Aristóteles. Las ideas son mas poderosas que la muerte. Tú no puedes matar una idea. ¿Cuál es la palabra bíblica para idea? Logos. Logos es idea. La palabra Logos, se encuentra en Juan capítulo 1. Idea. En el principio, era el logos. Y el logos era Dios. Todas las cosas fueron hechas por logos.

Verso 14. Y el logos se hizo carne. ¿Lo está entendiendo? Jesús, es la idea de Dios, en el cuerpo. Por eso es que pudieron matar a Jesús, pero no pudieron matar el logos. Cuando Jesús habla, está comunicando los conceptos de Dios. En el principio, era el logos. En el principio, originalmente. Y el logos se hizo carne. Y llamamos a esa persona, Jesús. Jesús es la idea original de Dios en el cuerpo. Todo lo demás, es un comentario.

He leído mucho a Pablo. Me gusta mucho Pablo. Pero de ninguna manera se me ocurriría hacerlo más grande que Jesús. Pablo es un comentario. Vuelve atrás y lee Mateo, Marcos, Lucas y Juan durante los próximos siete meses. ¿Nadie se dio cuenta que se predica más de Pablo que lo que se predica de Jesús? Predican a Moisés, a Josué, a Daniel, a Malaquías, a Isaías, ¡Pero no predican a Jesús! Toda profecía es sobre Jesús. Él es la idea original.

Todo lo que Jesús habla, es la idea original de Dios. Así que hoy yo quiero que tú leas su mente. ¿Cómo se supone que tú comunicas una idea? Simple. ¡Palabras! Jesús es la idea de Dios, comunicada. Por eso a él le llaman: La Palabra. Una palabra, es un contenedor de ideas. Cuando tú escuchas a Jesús y escuchas su mensaje, estás escuchando la idea de Dios. Originalmente la idea de Dios. Y Jesús nunca predicó religión. Porque la religión no es idea de Dios.

Dios es Rey. Su Reino es el cielo. Y un día lo quiere extender, entonces crea la tierra y envía a sus hijos a vivir en ella. Y luego quiere lo lógico, que su Reino impere en esa tierra. Entonces crea al hombre a su imagen y semejanza, para que el hombre domine la tierra en Su nombre. Esa es la idea de Dios. ¿Por qué los hombres la complicaron tanto? No hay rituales, no hay sacrificios, no hay incienso, no hay servicio de oración. Simple. Tengan dominio, les ordenó.

Dios te creó a ti, en Adán. Hay siete billones de personas en la tierra, y dios solamente creó uno. NI de la tierra, Él nunca volvió atrás. Eso es poderoso. ¡Siete billones de personas! ¡Y Dios solamente hizo uno! Las mujeres no vinieron de la tierra. Solamente Dios hizo uno. ¿Por qué? Porque todo el mundo estaba en ese cuerpo. ¿Por qué? Porque Dios nunca comienza hasta que termina. Isaías 45:10: que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero;

Dios dice: Yo siempre termino antes de comenzar. Cuando Dios comienza, (Y este verso es evidencia), es porque ya terminó. El hecho de que tú comenzaste, es evidencia de que tú ya terminaste. Por eso es que Dios le dijo a Jeremías: “¡Yo te conocí a ti, antes que tú nacieras, antes que fueras concebido, yo ya había terminado!” Efesios 1:3: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,

O sea que si nos bendijo en los lugares celestiales en Cristo, fue cuando todavía no nos habían concebido. ¡Ya estábamos terminados! Dios no habría permitido que fuéramos concebidos, a menos que hubiéramos sido terminados. Así que tu futuro es historia ya en Dios. Por eso a Dios nunca le da pánico. Por eso es que tú sueñas. Por eso es que tú tienes visiones. Solamente puedes ver lo que existe. Visiones, es ver lo terminado.

O sea que tú naciste, para comenzar lo que ya está terminado. Esa es la forma de pensar de Reino. Así que Dios dice que todas las cosas obran para tu bien. ¿Por qué? Porque tú estás terminado. Lo único que es permanente, es tu acción de terminar. Todo lo demás, es temporal. Lo que tú estás pasando hoy, si no está terminado, es sólo temporal. No es tu final. Puedes decir: Si lo que yo estoy pasando ahora no es lo que Dios terminó en mi vida, entonces es temporal.

Por eso es que Jesucristo nunca tuvo miedo. ¿Por qué? Porque Él había terminado. Él resucitó antes de nacer. Él estaba muerto antes de ser concebido. La Biblia dice: He allí el Cordero que fue sacrificado. ¿Cuándo? ¡Antes de la fundación del mundo! Por eso es que no lo podían amenazar con muerte. Tú no puedes asustar a un hombre que ya ha muerto. Él termina antes de comenzar. ¿Te cuesta entenderlo? No te hagas drama. A Dios no se lo entiende, se le obedece. Es el Rey y tú su hijo.

¿Quieres una prueba bíblica de lo que digo? Libro de Apocalipsis. Jamás le hubiera sido posible a Juan escribirlo si Dios no hubiera terminado todo lo que tenía que hacer. ¿Sabes algo tú que me estás escuchando hoy? Tu futuro se ve precioso, así que disfruta tu presente. Así que Dios creó el cielo y la tierra. En el libro de Génesis, quiere decir el principio. Dios nunca comienza, hasta que no termina. Así que la idea de Dios está terminada.

Tú te estás acercando a la idea de Dios. Así que Dios le da a Adán, dominio. La palabra dominio, quiere decir Reino. ¿Qué es un Reino? Un Reino es la autoridad que gobierna de un Rey, sobre un territorio, produciendo una cultura. Eso es un Reino. Un Reino no es una religión. El catolicismo no es el Reino. El cristianismo evangélico no es el Reino. Un Reino es un gobierno, que está dirigido por un Rey, gobernando un territorio y produciendo una cultura.

Dios dice: Adán; gobierna la tierra. Produce mi cultura en la tierra. Que la tierra se vea igual que los cielos. Llena la tierra con mi gloria. Gloria. La palabra gloria no es una palabra religiosa. La palabra gloria es la palabra hebrea kabot. Kabot. Gloria. ¿Qué quiere decir? La naturaleza completa, o la naturaleza real. O el peso de la realidad. Gloria. Dios dice: ¡Llena la tierra de mi gloria! ¡Llena la tierra de mi naturaleza! ¡Muéstrale a la tierra lo que yo soy!

Y la tierra será llena con la gloria del Señor. Kabot. Cultura. Tu patria, como quiera que se llame y donde quiera que se encuentre, tiene que ser llena con la gloria del Señor. Yo quiero eso para Argentina. Adán era el rey de Dios sobre la tierra. Y dentro de Adán, estaba todo el mundo. Todas las instrucciones de Dios, le fueron dadas a Adán. Nunca Dios le dio instrucciones a Eva. ¿Sorprendida, hermana? ¡Ah1 ¡Lee tu Biblia! ¿Por qué? Porque en ese cuerpo, estaba todo el mundo.

Por eso, lo que Dios le dijo a ese cuerpo, se lo estaba diciendo a todo el mundo. Imagina la escena si puedes. Dios se planta frente a Adán, aparentemente una sola persona y le dice: ¡Que ellos tengan dominio! Ellos. ¡Pero le está hablando a una persona! Y le dice ellos. Que ellos tengan dominio. Y cuando Dios tomó al hombre y lo pu.so en el huerto del Edén, le dijo a él, que ellos tengan dominio. ¡No toques ese árbol! Le estaba hablando a todos.

Pero todo el mundo estaba en un solo cuerpo. Lo que un solo cuerpo hizo, todo el mundo hizo. Así que la Biblia dice: por un hombre el pecado, rebelión, entró al mundo. Y el pecado, era parte de nosotros. Porque todo el mundo estaba en un solo cuerpo. Adán. Número uno. Adán. Primero Adán. Se rebeló, así que todo el mundo, se rebeló. Así que Dios dice: ¡Oh! ¡Tengo que corregir esto! Mi primer Adán ha fracasado, así que voy a enviar al último Adán.

El último. La palabra último, en el lenguaje hebreo, quiere decir Original. Así que envía al Adán original, y el Adán original tiene a todo el mundo en él. Así que, por un hombre, todo el mundo se convirtió en pecado. Y por un hombre, todo el mundo se convirtió en justo. O sea que Dios creó a un hombre, y puso a todo el mundo en un cuerpo. Y había terminado, por eso es que Dios no creó más gente. Ellos siguen saliendo.

Génesis, capítulo 2, verso 18: Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él. No es bueno que el hombre esté solo. Solo. En hebreo, “todos en uno”. No es bueno que el hombre, plural, hombre, esté en uno, así que los voy a sacar. Dios lo puso a dormir, entra dentro de Adán, y saca a una mujer. ¡Ella estaba en él! Pero atención con esto: ella no salió de su espalda, de sus pies o de su cabeza. Ella salió de su corazón.

Así que ella está al frente de él. ¿Por qué? Porque el varón es el fundamento del fundador, no el tope. Ese es el diseño de Dios. La mujer nunca está atrás del hombre en el Reino de Dios. ¿Por qué? Porque Dios puso primero al varón. Porque cuando estás edificando un edificio, pones el fundamento primero. Porque el fundamento va a llevar el peso de todo el edificio. Por eso Satanás, ataca siempre a la mujer. Ella está adelante, de allí es de donde salió.

Tú habrás escuchado muchas veces decir ese famoso pensamiento humano que dice que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, pero eso no es verdad, Eso no es correcto en el Reino de Dios. Eso no es la cultura del Reino. Frente de cada buen hombre, hay una buena mujer. Jesús es un esposo, y tiene una esposa. Su nombre es eklessia. ¿Y qué es lo que le dice a la esposa? Que ponga toda su carga sobre Él. Ese es un matrimonio de Reino.

Adán es el fundamento. Así que, hombre, vine a corregir tus conceptos. Tú no eres la cabeza de la familia, tú eres el fundamento de la familia. Porque Adán cargó el peso de la familia humana. Dios entró dentro del hombre y sacó otro hombre. Y luego se aclara que formó al hombre, pero luego construyó, edificó a una mujer. Y la mejor prueba que fue así, la tienes en el resultado. Mira el físico de un hombre y verás que está formado. Pero luego recorre todas las curvaturas de una mujer y verás que está construida.

¿Por qué Dios construyó la mujer? Porque Él quería añadir algo. Un vientre. ¿Para qué? Para que en ese vientre se pudiera desatar a todo el mundo. Y luego les dijo a ambos: multiplíquense, comiencen a soltar a todo el mundo. Y eso es por qué, dos hombres, no es la voluntad de Dios. Se ve muy estúpido desde afuera. ¡Ellos no pueden producir! Abominación. Esto no es un problema religioso, es un problema científico. Es biológico. Esto destruye la voluntad de Dios. Dos mujeres, también se ve estúpido. ¡Tampoco pueden producir! Ninguna legislación gubernamental puede modificar esto.

Adán fue el fundamento para la humanidad. Él llevaba a todo el mundo, era el rey de la tierra. Dentro de él había reyes. Por eso es que Dios se llama a Él mismo, Rey de reyes. Ahora escúchame. Una corona no hace a un rey. Un trono tampoco hace a un rey. Mucho menos un palacio hará a un rey. Un rey es nacido rey. Y es el rey el que hace a la corona, corona. Hace de una silla un trono y de un edificio un palacio. Así que, sin importar donde vivas, cuando entras en tu casa, ese es un palacio.

Así que tu automóvil, como quiera que sea él, en realidad es un carruaje real. Además, esa silla vieja que parece desarmarse por el paso del tiempo, cuando tú te sientas en ella, pasa a ser un trono. Nuestro Reino es un Reino de reyes, no un reino de sirvientes. Adán es hijo de un Rey. Y todo el mundo, en Adán, son reyes. Dominio. Gobierno. Eso quiere decir que la caída del hombre, no fue una caída del cielo. Y esto es importante porque la religión quiere poner al hombre en el cielo.

El programa de Dios es llamado Redención. Restauración. Recubrir. Renovar. Revivir. Reconciliación. Re. ¡Todo fue Re! Dios quiere colocar al hombre de donde cayó. Así que si quieres saber tu futuro, comienza donde Dios te colocó. Él no te puso en el cielo. El cielo no es tu destino. ¡Uh! Me imagino la cara que deben haber puesto los pocos religiosos que me están escuchando para tratar de descubrir blasfemias.

Tienes que volver a leer tu Biblia. La Biblia comienza en la tierra. La Biblia, termina en la tierra. El hombre no ha perdido el cielo, ha perdido la tierra, el control sobre la tierra. Y Jesús vino para restaurarte y para que domines la tierra. Pastores, perdón, pero… ¿Qué están predicando? Lee tu Biblia. Deja de predicar denominación, deja de predicar religión, Lee tu Biblia. Deja de estar mintiéndole a la gente. ¡Predica la Biblia! Jesús dijo: Tu voluntad sea hecha en la tierra.

¿Y tú estás apurado por irte para el cielo? Ir al cielo no es restauración. Tú no perdiste el cielo. Tu no caíste del cielo. Bueno, para que la gente religiosa no se asuste, les diré: si tu te mueres ahora, vas a irte al cielo. ¿Amén? ¿Estás satisfecho ahora? Pero no es tu hogar permanente. Los cielos de arriba pertenecen al Señor. Pero la tierra nos la dio a nosotros. ¡Así que gobierna tu país para el Reino de Dios! Jóvenes, no sean como vuestros padres, sean como Jesús.

Dios le dio a Adán, dominio sobre la tierra. ¿Qué es dominio? ¡Reino! Cuando Adán cayó, él no perdió cielo. Así que llegar al cielo o conseguir cielo, no es restauración. ¡Yo no lo entiendo! ¡Los cristianos están todos locos! Ellos se quejan. Que el gobierno está malo. Que los negocios están malos. La economía está mala. Los hombres están malos. El crimen está malo. Quejas, quejas, quejas y quejas. Pero nunca se involucran en gobierno.

Tampoco se involucran en la economía. Todo lo que quieren es irse al cielo. Sin embargo, a mí me llamó mucho la atención leer en mi Biblia que, cuando los justos gobiernan, las naciones se regocijan. Estoy seguro que algunos de ustedes han estado luchando aun con su futuro. Han estado peleando contra su futuro. Harías muchas cosas, pero la religión se encarga de mantenerte fuera. Y si en una de esas logras entrar, la religión y no el Reino, es la que te dará las instrucciones. Imagínate el resultado.

No sería extraño que algunos de ustedes, quizás pastores o ministros, no fueron llamados ni enviados a eso, por esa razón es que sufren tanto para llevarla a cabo. La realidad es que se están escondiendo en el ministerio para evitar hacer lo que realmente es la voluntad de Dios para sus vidas. ¿No dice la Palabra que toda la tierra es del Señor? ¿Y entonces por qué no parece ser nuestra, si somos los que estamos con el Señor? No digas nada, sólo piensa.

La caída del hombre fue la declaración de independencia del Reino de Dios. Adán no perdió una religión. Él perdió un Reino. Tú no puedes perder lo que nunca has tenido. Adán nunca tuvo una religión, él tenía un Reino. Eso es porque tu religión nunca te va a poder satisfacer. Jesús dijo: bendecidos son aquellos que son espiritualmente pobres, porque a ellos les pertenece el Reino. Tu pobreza espiritual nunca se va a llenar por una religión. Por eso la gente se va cambiando de religiones, van y vienen y jamás llegan.

Budismo, islamismo, hinduismo, yoga, cristianismo. ¡Ellos están buscando el Reino predicado!  No sé donde vives tú, que hoy me estás escuchando. Voy a tomar un país Cualquiera de los muchos que acceden a estos trabajos. México. México, a ti te digo. Soy un embajador del Reino que ha sido enviado hoy a decirte que te arrepientas de todos tus pecados, porque el Reino de los Cielos h a llegado a México, yo lo represento, soy uno de sus embajadores.

Independencia, requiere que se llame hacia atrás al gobierno, el Espíritu Santo. La meta de redención, es muy simple. En primer lugar, devolver el gobierno. Luego, la restauración de los ciudadanos. En tercer término, reclamar el territorio. Seguidamente, instalar la cultura. En quinto lugar, restablecer la comunidad. Luego, retomar la sociedad. Y por último, darle a la colonia el regalo o recompensa. Por eso Jesús vino a la tierra. Ahí está. ¿Quieres saber por qué Él vino? ¡Por eso!

Él nunca vino a comenzar una religión. Jesús no conoce nada de cristiandad o de cristianismo. ¡Nosotros hemos creado esa cultura! Él no es un hombre religioso. ¡Es un Rey! Por eso Pilato le preguntó: ¿Eres tú un rey? Jesús dijo: Sí, yo soy un Rey, porque por ese propósito yo he nacido. Y mi Reino no es de este mundo, es de mi país, allá en el Cielo. Esta es mi colonia. Y de repente, Pilato lo entendió. ¿Por qué? Porque Pilato era el gobernador de un reino en una colonia.

Él vino a traer el gobernador para atrás. Él vino a traer los ciudadanos para atrás. Y Él vino a devolver territorios para atrás. Jesús vino para traer la cultura de los cielos. Por eso es que ningún país tendrá éxito sin el Reino de Dios. Lo que intento decir es que ningún país tendrá éxito sin la presencia del Rey. El Espíritu Santo. Son ellos los que atraen la cultura de Dios. El propósito de Jesús fue el de ser un Rey que viene a su territorio. La meta de Jesús era restaurarle al hombre lo que había perdido.

El Espíritu Santo, el Gobernador, vino de nuevo a la tierra. El Reino, el gobierno de Dios, lo volvió a traer a la tierra. Él puso a la tierra bajo el control de Dios. Trajo la cultura, el estilo de vida del cielo a la tierra. Y, finalmente, el trajo la comunidad de los cielos nuevamente a la tierra. Ciudadanía. ¡Tú no puedes practicar ciudadanía! Puedes practicar religión. Tú no puedes ser un ciudadano en los fines de semana. Sólo puedes ser un cristiano en los fines de semana.

Por eso es que a mucha gente le gusta más el cristianismo que el Reino, porque lo pueden practicar sólo en los fines de semana. Un Reino, tiene ciudadanos. Y tú no te puedes convertir en un miembro de un país sólo por cada fin de semana. Lo que sí puedes hacer, es convertirte en un miembro de una religión por cada fin de semana. Pero no te puedes convertir en un miembro de un país. Te tienes que convertir en un ciudadano. Y un ciudadano es ciudadano las veinticuatro horas al día.

Se supone que tú vivas la cultura de los cielos, el estilo de vida de los cielos, veinticuatro horas al día. Yo siempre soy un argentino, no sólo en cada fin de semana. ¡Porque soy un ciudadano argentino! Por eso es que, si alguien extranjero me conoce a mí, conocerá cual es nuestra cultura. Por la carne asada, por el mate, por el fútbol, por el tango. Cuatro cosas le bastarán a ese extranjero para saber que soy argentino. Así que, si eres ciudadano del Reino, tienes esa misma oportunidad.

La religión, en tanto, es peligrosa. El Islam es una religión, y dice: mata a tus enemigos. El Reino de los Cielos es una cultura diferente. Dice: ama a tus enemigos. Dios quiere edificar una comunidad, quiere edificar una cultura. Edificar una colonia, en la tierra, como lo es en el cielo. Mateo capítulo 3. Versos 1 y 2. En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. 

Mateo capítulo 4, verso 17. Escuchen esto, es la misión y el mensaje de Jesús: Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Mismo capítulo, verso 23: Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Mateo 5: 3: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Mateo 6:33: Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Lucas 4: 43: Pero él les dijo: Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado. Mateo 13:11: Él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado. Mismo capítulo, verso 24: Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo;

Mateo 12:28: Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Lucas 9:11: Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él les recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanaba a los que necesitaban ser curados. Mismo evangelio, 12:32: No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. Mismo evangelio, 15:16: La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él. 

Mateo 23:13: Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando. ¿Qué dice que están haciendo los fariseos de su tiempo? Cerrando el Reino para que la gente no lo conozca ni entre. No entran ellos ni dejan que otros lo hagan. ¿Qué hace la religión tradicional, hoy, en este tiempo? ¡Está cerrando el Reino de Dios para que sus miembros no lo conozcan y entren en él! No entran ellos ni dejan entrar a otros.

La última parte de este verso es terrible. Porque Jesús les dice a esos líderes que ellos no van a entrar al Reino ni van a dejar que otros entren. Ellos eran los líderes supremos de la religión de ese tiempo. Hoy, los líderes son otros y la religión también, pero el concepto es el mismo: esos líderes aman más a la religión que al Reino. Ojo: a la gente en mayoría le gusta el Reino, es a los líderes a los que no les agrada. No es novedad. Ya sucedió antes y lo seguirá haciendo hasta que todo llegue a su fin.

Fíjate. La religión no quiere saber nada con el Reino por una razón básica y central: la religión es un buen negocio. Pero Jesús los miró a los de su tiempo y les dijo ¡Ay de Vosotros! ¡Hipócritas! Esa expresión es muy fuerte en el hebreo, y Jesús jamás la utilizó con los pecadores, por ejemplo. Sólo con los religiosos. Te cuento por si no lo escuchaste antes, de mí o de algún otro. La palabra “Ay”, en hebreo, quiere decir maldito seas. ¡Él estaba enojado! Por eso se los dijo. ¿Por qué? ¡Porque no predicaban el Reino!

Quiero dejar algo más que en claro, por si me estás entendiendo torcido. Amo a mis hermanos. Y dentro de ellos hay líderes, ministros, pastores, a los que en el Señor, también amor. Y todo esto que estoy enseñando que, en apariencia, va en contra de sus intereses, lo hago para impedir que un día alguien tenga que decirles ¡Malditos sean! Te voy a dar una última escritura. Mateo 24. Jesús solamente predicó un solo mensaje: el Reino de los Cielos. El gobierno de Dios ha llegado a la tierra.

¿Tú sabes cual es el problema primario del hombre alrededor del mundo? Gobierno. ¿Se han dado cuenta mis compatriotas argentinos cual es el problema más grande que como población hemos tenido desde hace mucho tiempo? Gobierno. Y puedo asegurarte que no somos los únicos. ¿Problemas en Pakistán, en Irán, en Palestina, en los Estados Unidos y en Israel? Gobierno. ¿Por qué crees que ocurre? ¡Porque eso es lo que Adán perdió!

Isaías lo vio. Un niño nos es nacido, un hijo nos es dado. Con su gobierno en sus hombros. Y tú estás buscando por el lado de la religión. Y en el aumento de su gobierno, no tendrá fin. Eso es Isaías, capítulo 9. Ahora sí, Mateo 24. Un capítulo muy importante. Los discípulos le hacen una pregunta a Jesús. Maestro, ¿Cuándo será el fin del mundo? Esa fue la pregunta. Verso 3: Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?

Él les contesta. Yo sé cuando será el fin del mundo. Y yo también lo sé. Y tu deberías saberlo si leyeras tu Biblia con atención. Hoy se le sigue diciendo a la gente que nadie conoce el tiempo, ni el día, ni la hora. ¡Dejen de mentir, che! Lee tu Biblia. ¡Ey! ¡Yo te amo! Por eso es que te tengo que hablar la verdad. Así que Jesús, contestó la pregunta. Primero les dice cuando el fin NO va a llegar. Los primeros trece versos de este capítulo, nos dicen cuando NO será el final.

¡Es tremendo! Que todo lo que Él dijo que NO va a traer el final, es lo que la mayoría de los ministros predican como que sí va a traer el final. Él dijo: primero, va a haber muchos cristos. Buda, Mahoma, Confucio. Van a haber muchas religiones, les dijo. Van a haber guerras y rumores de guerras. Y entonces muchos salen a espantar a muchos diciendo que estas guerras que hoy estamos viendo van a concluir con el uso de armas nucleares y entonces será el momento en que vendrá el Señor.

¿No has escuchado eso, últimamente? ¡No es verdad! Lee tu Biblia. Reino contra Reino, nación contra nación. Tensiones, crisis. Y ahí los oyes: ¡El Señor viene pronto! ¡El viene pronto! ¡No es verdad! Pestilencias, enfermedades, Covid, Sida. ¡Cuidado hermanos! ¡Miren las epidemias, el fin está cerca! ¡Prepárense para recibir a Jesús! ¡No es verdad! Él siguió diciendo: Hambre, crisis económica. Tremendo. ¡El Señor está viniendo! No es verdad.

Lee tu Biblia. Van a haber plagas, temblores, terremotos. Y cuando la tierra se mueve, salen a gritar biblia en mano que el Señor ya está viniendo. ¡No es verdad!  ¿Qué estás predicando? Entonces Jesús dijo: Cuando vean estas cosas, el final no está allí, todavía. Por favor, lee el verso 14, que nos dice cuando sí vendrá el fin. ¿Estás listo? Lee conmigo: Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.

¿Leíste bien? Dice que cuando este evangelio. Este evangelio. Este, no cualquier evangelio, este. Cuando este evangelio, ¿De qué? No del nuevo nacimiento, no de la salvación, no de prosperidad, no de fe, no de liberación, no de bautismo, Lee tu Biblia. Y cuando este evangelio del Reino sea predicado alrededor de todo el mundo, como testimonio a cada nación, ¡Entonces vendrá el fin! Eso me produce enojo, como a Jesús. ¿Por qué, si todos lo han leído a esto con claridad, han resuelto no obedecerlo?

El fin del mundo no está determinado por el armamento nuclear de las naciones potencias. Tampoco por un terremoto, o tsunamis. Tampoco por el Covid, el Sida o lo que aparezca mañana. No está determinado por una o varias guerras. Está determinado por tu mensaje. Y para eso hoy me toca estar aquí y a ti casualmente allí, del otro lado. Para ayudarte a recuperar tu mensaje. Porque ese mundo que llegará a su fin, en realidad es un sistema. Y lo único que podrá acabar con el sistema religioso que hoy tenemos, es un mensaje genuino. Y el único mensaje genuino que existe, es el que vino a predicar primeramente Juan el Bautista y luego Jesús, Dios mismo hecho hombre.

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Hebreos 11:1; Una Nueva Visión

La pregunta que alguna vez me dejó en silencio por un momento, y más porque me la estaba formulando un no creyente, fue: ¿Qué es realmente la fe? No sé qué hubieras respondido tú, pero a mí no me fue para nada sencillo darle una respuesta que lo dejara satisfecho, sin caer en el facilismo religioso de murmurarle el versículo clave de Hebreos 11:1. De haberlo hecho, seguramente me hubiera mirado con una mezcla de compasión y temor, ya que le hubiera sonado a locura. Si hay un texto racionalmente incomprensible, ese es el versículo de la fe.

De hecho, es uno de los textos más conocidos de toda la Biblia Hebreos 11:1. Muchas personas lo han repetido de memoria durante muchos años. Sin embargo, no siempre se ha entendido en el sentido que el propio autor quiso darle. A veces se ha presentado la fe como una especie de fuerza mental capaz de producir cualquier cosa que una persona desee. Otras veces se ha reducido a creer ciertas doctrinas. En algunos casos incluso se ha identificado con optimismo o con la simple esperanza de que todo saldrá bien.

Pero el texto habla de algo mucho más profundo. La fe bíblica no consiste en cerrar los ojos ante la realidad. Tampoco es negar los problemas. No es imaginación, ni autosugestión, ni una forma de convencerse de algo sin razones. La fe comienza cuando una persona conoce quién es Dios, escucha su palabra y decide confiar en Él incluso cuando todavía no puede ver el resultado. Por eso Hebreos 11 no pretende enseñar una técnica para obtener cosas. Pretende mostrar cómo viven quienes han llegado a conocer al Dios verdadero.

Antes de definir la fe, el autor ha pasado diez capítulos explicando quién es Jesús. Esto es muy importante. La fe nunca aparece aislada. Siempre tiene un fundamento. Nadie puede confiar de verdad si antes no conoce en quién está confiando. Así que, si me lo permites y tienes ganas de meterte en las profundidades bíblicas, te invito a acompañarme hoy a estudiar a fondo en todo lo que nos sea posible este verso que es un verdadero clásico del cristianismo global.

Vamos con las distintas versiones para que puedas ver las diferencias de matices que en algunos casos hay entre una y otra. La versión tradicional de la Reina Valera 1960, la Biblia más consumida por los cristianos en general, dice: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. La Nueva Versión Internacional, la clásica MVI lo dice así:  Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve.

La Biblia de las Américas, una versión muy consultada también, traduce: Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. La Traducción en Lenguaje Actual expresa la idea de manera más popular: Confiar en Dios es estar totalmente seguros de que uno va a recibir lo que espera. Es estar convencidos de que algo existe aun cuando no podamos verlo. Las palabras cambian ligeramente, pero todas conservan la misma idea: la fe produce una seguridad que no depende de lo que los ojos alcanzan a ver. Eso significa que la fe no nace de las circunstancias. Nace de la confianza en Dios.

La carta fue escrita para personas que estaban sufriendo. No era una iglesia cómoda. Muchos habían perdido bienes materiales. Otros sufrían persecución. Algunos estaban cansados. Otros comenzaban a pensar que seguir a Jesús era demasiado difícil. Había creyentes tentados a abandonar el camino porque esperaban soluciones inmediatas y esas soluciones no llegaban. Entonces el autor hace una pregunta indirecta. ¿Cómo sigue caminando alguien cuando todavía no ve aquello que Dios prometió?

La respuesta ocupa todo el capítulo once. Por eso Hebreos 11:1 no intenta dar una definición filosófica de la fe. Está describiendo la actitud que sostiene a una persona cuando todo alrededor parece decirle que abandone. Comencemos por entender el idioma. ¿Qué significa «certeza»? La palabra certeza habla de fundamento. Imaginemos una casa. Lo primero que se construye no son las paredes. No es el techo. No son las ventanas. Primero se prepara un cimiento. Ese cimiento queda oculto. Quien pasa por delante apenas lo ve. Sin embargo, toda la casa descansará sobre él. La fe funciona de manera parecida.

No elimina las tormentas. Hace posible mantenerse firme durante ellas. Muchas personas buscan una fe que elimine las dificultades. La Biblia presenta una fe que permite atravesarlas. No promete ausencia de problemas. Promete la presencia de Dios dentro de ellos. Eso cambia completamente la perspectiva. La otra pregunta a nivel gramatical, es: ¿Qué significa «lo que se espera»? Esperar, en la Biblia, no significa desear algo como quien compra un billete de lotería. La esperanza bíblica siempre está unida a una promesa de Dios.

Si Dios no ha hablado, no existe fundamento para llamar fe a cualquier deseo personal. Aquí aparece una diferencia muy importante. Una persona puede desear riqueza. Otra puede desear fama. Otra puede desear salud perfecta durante toda su vida. Todos son deseos. Pero la fe no convierte automáticamente cualquier deseo en una promesa divina. La fe responde a lo que Dios ha dicho. No obliga a Dios a cumplir lo que nosotros imaginamos. En otras palabras, la fe escucha primero y confía después. Nunca ocurre al revés.

Cuando Juan el Bautista comenzó a predicar decía: Arrepiéntanse, porque el Reino de los Cielos se ha acercado. Más tarde Jesús comenzó exactamente con el mismo anuncio. No era un mensaje distinto. Era el mismo Reino. Pero ese Reino no podía verse con los ojos. Roma seguía gobernando. Los soldados seguían patrullando. Los impuestos seguían existiendo. Los enfermos seguían enfermando. Los poderosos seguían siendo poderosos. Entonces, ¿Dónde estaba el Reino?

Jesús respondió esa pregunta de distintas maneras. El Reino comenzaba allí donde las personas aceptaban el gobierno de Dios sobre sus vidas. Eso exigía fe. No porque el Reino fuera imaginario. Sino porque todavía no aparecía en toda su plenitud. La gente debía confiar en la palabra de Jesús antes de ver el resultado final. En este sentido, Hebreos 11:1 encaja perfectamente con el mensaje del Reino. La fe permite vivir hoy conforme a una realidad que todavía no se ha manifestado completamente. Quien pertenece al Reino sigue viviendo en el mismo mundo que todos los demás. Tiene los mismos problemas económicos. Sufre enfermedades. Envejece. Llora la muerte de seres queridos. Sin embargo, interpreta toda la realidad desde la promesa de Dios y no solamente desde lo que sus ojos contemplan.

Aquí es donde muchas personas malinterpretan el texto. No ver no significa creer sin razones. Nadie confía en un desconocido de la misma manera que confía en alguien cuya fidelidad ha comprobado durante años. La fe bíblica se basa precisamente en el carácter de Dios. No vemos el futuro. Pero conocemos a quien gobierna el futuro. No vemos todas las respuestas. Pero conocemos al que nunca deja de ser fiel. La diferencia es enorme. La fe no elimina las preguntas. Da una razón para seguir caminando mientras algunas preguntas permanecen abiertas.

Aunque Hebreos 11 menciona a muchos hombres y mujeres del Antiguo Testamento, toda la carta apunta finalmente hacia Jesús. Él vivió completamente confiando en el Padre. No tomó decisiones buscando el camino más fácil. No evitó el sufrimiento cuando obedecer implicaba sufrir. No abandonó su misión porque las circunstancias fueran adversas. Su confianza descansaba en la fidelidad del Padre. Eso demuestra que la fe no consiste en conseguir una vida cómoda. Consiste en permanecer fiel a Dios incluso cuando obedecer cuesta. Por eso más adelante el autor dirá que debemos poner los ojos en Jesús, quien soportó la cruz mirando el gozo que tenía delante. La fe siempre mira más lejos que el presente.

Vivimos en una cultura que suele valorar únicamente aquello que puede medirse. Si algo produce resultados rápidos, parece verdadero. Si tarda, muchos lo consideran inútil. La fe enseña otra forma de pensar. Un agricultor siembra meses antes de recoger la cosecha. Mientras tanto, la tierra parece vacía. Sin embargo, continúa trabajando. ¿Por qué? Porque sabe que la semilla está haciendo una obra invisible. Lo mismo sucede con muchas obras de Dios. El cambio interior de una persona rara vez ocurre de un día para otro. La reconciliación entre familiares puede requerir años. La formación del carácter lleva tiempo. Aprender a perdonar cuesta. Vencer el orgullo cuesta. Crecer en paciencia cuesta. Desde fuera puede parecer que nada sucede. Pero Dios sigue trabajando donde los ojos humanos no alcanzan a ver. La fe permite perseverar durante ese proceso.

El miedo nace cuando pensamos que todo depende de nosotros. La ansiedad suele aumentar cuando creemos que el futuro está completamente fuera de control. La fe introduce una realidad distinta. No dice que todo será fácil. Dice que nuestra vida no está abandonada al azar. Eso no elimina automáticamente el dolor. Jesús lloró. También sintió angustia. Muchos hombres y mujeres de la Biblia conocieron el sufrimiento. La fe no prohíbe llorar. Lo que hace es impedir que la desesperación tenga la última palabra. Quien confía en Dios puede atravesar el duelo sin dejar de esperar. Puede reconocer su cansancio sin perder el rumbo. Puede admitir que tiene miedo y, aun así, seguir adelante. Eso hace de la fe una fuerza profundamente humana. No exige fingir fortaleza. Invita a apoyarse en la fidelidad de Dios cuando las propias fuerzas ya no alcanzan.

Hebreos 11:1 nos hace una pregunta muy personal. ¿Sobre qué está apoyada nuestra seguridad? Muchas personas construyen su vida sobre el dinero. Otras sobre su salud. Otras sobre su prestigio. Otras sobre la opinión de los demás. Pero todas esas cosas pueden desaparecer. La fe propone un fundamento diferente. No dice que las demás cosas carezcan de valor. Dice que ninguna de ellas puede sostener una vida para siempre.

Solo Dios permanece cuando todo lo demás cambia. Por eso la fe no consiste simplemente en creer que Dios existe. Consiste en confiar en Él de tal manera que esa confianza cambie nuestras decisiones, nuestras prioridades, nuestra manera de enfrentar el sufrimiento y también nuestra forma de esperar el futuro. Así comienza Hebreos 11. No con una teoría, sino con una invitación a mirar la vida desde la perspectiva de Dios.

En los siguientes versículos, el autor mostrará que esa fe nunca fue una idea abstracta. Siempre produjo personas que actuaron, obedecieron, perseveraron y caminaron hacia adelante, aun cuando todavía no podían ver el cumplimiento completo de las promesas. Hebreos 11:1 no presenta la fe como un sentimiento ni como una técnica para conseguir lo que uno desea. La presenta como una confianza firme en Dios, basada en su carácter y en sus promesas.

Esa confianza permite seguir adelante cuando el cumplimiento todavía no es visible. Pero el autor no se conforma con definir la fe. Inmediatamente comienza a mostrar cómo se ve la fe cuando entra en la vida de personas comunes. Ahí descubrimos un principio que atraviesa toda la Biblia: la fe verdadera siempre produce una forma distinta de vivir. No se trata de una obligación externa. Se trata de una consecuencia natural. Si alguien confía realmente en Dios, sus decisiones empiezan a reflejar esa confianza.

La fe no es una idea; es una manera de vivir. Muchas personas piensan que la fe pertenece al mundo de las ideas. Se la imagina como una opinión religiosa, algo que cada uno lleva dentro de sí. Sin embargo, la Biblia nunca habla de la fe en esos términos. Cuando el autor de Hebreos menciona a los hombres y mujeres del pasado, no dice primero lo que pensaban. Dice lo que hicieron. «Por la fe Abel…» «Por la fe Noé…» «Por la fe Abraham…» «Por la fe Sara…»

Cada historia comienza igual. No porque fueran personas extraordinarias, sino porque todas tomaron decisiones confiando en Dios antes de ver el resultado. Eso es importante. La fe no cambia solamente las creencias. Cambia la dirección de la vida. El primer ejemplo es Abel. No se destacan sus capacidades ni su inteligencia. Se destaca que presentó una ofrenda aceptable delante de Dios. ¿Por qué fue aceptada? No porque el valor económico fuera mayor. La diferencia estaba en la actitud del corazón.

Abel entendía que Dios ocupaba el primer lugar. La fe siempre comienza allí. Mientras una persona se coloque a sí misma en el centro de su propia vida, Dios ocupará un lugar secundario. Cuando aparece la fe, el centro cambia. Ya no se vive preguntando únicamente: «¿Qué quiero yo?» Empieza a surgir otra pregunta: «¿Qué agrada a Dios?» Ese cambio parece pequeño, pero transforma toda la existencia. Después aparece Noé.

Durante años construyó un arca. Nunca había ocurrido un diluvio semejante. Todo indicaba que estaba perdiendo el tiempo. Seguramente soportó burlas. Muchos lo considerarían exagerado. Otros pensarían que había perdido el juicio. Sin embargo, siguió trabajando. Aquí encontramos una enseñanza muy práctica. La fe no depende de la aprobación de la mayoría. Vivimos en una sociedad donde muchas decisiones se toman buscando aceptación.

Las redes sociales han aumentado esa tendencia. Muchas personas preguntan constantemente: «¿Qué pensarán los demás?» La fe plantea otra pregunta. «¿Qué piensa Dios?» Eso no significa despreciar la opinión ajena. Significa que la verdad no depende del número de personas que la acepten. Noé obedeció cuando estaba prácticamente solo. Uno de los ejemplos más desarrollados del capítulo es Abraham. Dios le pidió abandonar su tierra.

No le entregó un mapa completo. No respondió todas sus preguntas. Simplemente le dijo que fuera. Abraham salió. Este episodio muestra algo esencial. La fe no necesita conocer todos los detalles para comenzar a obedecer. Nos gustaría que Dios explicara cada paso de antemano. Queremos saber cómo terminarán los problemas. Cómo resolverá las dificultades. Qué ocurrirá dentro de diez años. Pero muchas veces Dios muestra solamente el siguiente paso. La fe consiste en dar ese paso. Después vendrá el siguiente.

Así aprende un niño a caminar. No recibe una explicación completa sobre el equilibrio. Simplemente da un paso. Luego otro. Así también madura la confianza en Dios. Uno de los aspectos menos valorados actualmente es la paciencia. Todo parece exigir rapidez. Respuestas inmediatas. Resultados inmediatos. Cambios inmediatos. Sin embargo, casi todo lo importante necesita tiempo. Un árbol tarda años en crecer. Una amistad profunda necesita años. Un matrimonio sólido se construye durante décadas. El carácter también necesita tiempo. La fe comprende esto.

Abraham esperó muchos años antes del nacimiento de Isaac. José esperó años antes de salir de la cárcel. Moisés esperó cuarenta años en el desierto antes de comenzar la misión que Dios le había preparado. David fue ungido como rey mucho antes de ocupar el trono. La espera no significaba que Dios hubiera olvidado su palabra. Significaba que estaba obrando en el momento adecuado. Hoy seguimos luchando con la misma dificultad. Queremos controlar los tiempos. Pero Dios no trabaja según nuestra impaciencia. Trabaja según su sabiduría.

Aquí aparece una cuestión importante. Esperar no resulta fácil. Produce cansancio. Produce dudas. Produce frustración. La Biblia nunca niega esas emociones. Los salmos están llenos de personas que preguntan: «¿Hasta cuándo?» No están ocultando su dolor. Lo presentan delante de Dios. Eso también forma parte de la fe. La fe no consiste en fingir que todo está bien. Consiste en seguir buscando a Dios incluso cuando el corazón está cansado. Muchas personas creen que tener fe significa no sentir miedo.

No es cierto. Abraham sintió miedo. Moisés sintió miedo. Elías sintió miedo. Los discípulos sintieron miedo. La diferencia no estaba en la ausencia del miedo. La diferencia estaba en que el miedo no terminó gobernando sus decisiones. El valor no consiste en no tener temor. Consiste en hacer lo correcto a pesar del temor. Hay una idea muy extendida que identifica la fe con sentirse superior a los demás. Pero ocurre exactamente lo contrario.

Quien conoce realmente a Dios descubre también sus propios límites. La fe destruye la arrogancia. ¿Por qué? Porque todo comienza con reconocer que necesitamos a Dios. Una persona orgullosa cree que puede sostenerse sola. La fe reconoce que no. Por eso Jesús habló tantas veces de la humildad. No porque quisiera humillar a las personas. Sino porque solamente quien reconoce su necesidad está dispuesto a recibir ayuda. El orgulloso cree que ya sabe suficiente. El humilde sigue aprendiendo.

Hebreos no habla solamente de una experiencia interior. La fe modifica la forma de tratar a los demás. Si creo que Dios es paciente conmigo, aprendo a ser paciente con otros. Si creo que Dios perdona, entiendo la importancia del perdón. Si creo que todos los seres humanos tienen el mismo valor delante de Dios, dejo de mirar a las personas según su dinero, su posición social o su apariencia. Eso tiene enormes consecuencias sociales.

La fe rompe barreras de orgullo. Reduce el deseo constante de competir. Disminuye la necesidad de demostrar superioridad. Hace posible reconocer errores. Hace posible pedir perdón. Hace posible reconciliarse. Ninguna sociedad puede vivir en paz si nadie está dispuesto a reconocer sus propias faltas. Otro aspecto muy práctico. ¿Qué ocurre cuando las cosas salen bien? ¿Y cuando salen mal? Muchas personas construyen su identidad alrededor del éxito. Mientras todo funciona, se sienten valiosas. Cuando fracasan, creen que ya no sirven para nada.

La fe ofrece una estabilidad diferente. Nuestro valor no depende únicamente de nuestros logros. Tampoco desaparece cuando cometemos errores. Esto no significa que el fracaso no duela. Claro que duele. Pero deja de definir completamente quiénes somos. Del mismo modo, el éxito deja de convertirse en un motivo para despreciar a otros. La fe nos permite recibir ambos momentos con equilibrio. Cuando Jesús anunciaba el Reino de los Cielos, muchas personas esperaban una revolución política inmediata. Querían cambios visibles. Querían poder. Querían derrotar a Roma.

Jesús sorprendió a todos. Comenzó hablando del corazón. Habló del perdón. De la misericordia. De la justicia. Del amor al prójimo. Del cuidado de los pequeños. Del servicio. Muchos se decepcionaron. Esperaban otro tipo de reino. Pero Jesús estaba construyendo algo mucho más profundo. Un gobierno que comenzaba transformando a las personas desde dentro. Eso exige fe. Porque los cambios interiores suelen ser invisibles al principio.

Una persona orgullosa puede comenzar a cambiar mucho antes de que los demás lo noten. Un hombre violento puede empezar a dominar su carácter antes de que la familia vea una transformación completa. Una mujer consumida por el resentimiento puede iniciar un camino de perdón que nadie percibe todavía. El Reino empieza muchas veces así. Silenciosamente. No porque sea débil. Sino porque Dios suele comenzar por las raíces antes de mostrar los frutos. Existe una diferencia enorme. Muchas personas creen que Dios existe. Eso no significa necesariamente que confíen en Él.

Confiar implica entregar el control. Significa dejar que Dios tenga la autoridad para corregirnos. Para cambiar nuestros planes. Para decirnos «no» cuando creemos que necesitamos un «sí». Todos preferimos un Dios que confirme nuestras decisiones. La fe acepta un Dios que también las cuestiona. Por eso seguir a Jesús nunca consistió únicamente en aceptar ciertas ideas. Consistió en aprender una nueva manera de vivir. Imaginemos dos personas que deben cruzar un puente colgante.

Una afirma: —Creo que el puente resistirá. La otra también lo cree. Pero solamente una da el primer paso. ¿Cuál demostró realmente su confianza? No fue la que habló más. Fue la que caminó. Eso ocurre con la fe. Las palabras tienen importancia. Pero finalmente la confianza se demuestra viviendo. Hebreos 11 comienza a desmontar una idea equivocada que aparece una y otra vez: pensar que la fe es algo privado que no afecta la vida diaria.

Para el autor, la fe siempre deja huellas. Se nota en las decisiones. En la manera de esperar. En la forma de enfrentar el sufrimiento. En la humildad. En las relaciones con los demás. En la perseverancia cuando las respuestas tardan. Y, sobre todo, en la disposición a obedecer a Dios incluso cuando todavía no vemos el final del camino. La fe no es caminar porque todo está claro. Es caminar porque quien nos llama es digno de confianza.

Hasta aquí hemos visto que la fe no es una emoción pasajera ni una forma de pensar en positivo. Es una confianza firme en Dios que cambia la manera de vivir. Ahora el autor de Hebreos lleva esa enseñanza a un nivel todavía más profundo. Hace algo que puede sorprender al lector. Presenta hombres y mujeres que creyeron durante toda su vida sin llegar a ver el cumplimiento completo de lo que Dios les había prometido. Desde la lógica humana eso parece un fracaso. Desde la perspectiva de Dios, fue una victoria. Aquí descubrimos uno de los mensajes centrales de Hebreos 11.

Vivimos en una cultura acostumbrada a la rapidez. Si enviamos un mensaje, esperamos una respuesta en pocos minutos. Si compramos algo, queremos recibirlo cuanto antes. Si una página tarda unos segundos en cargar, ya nos parece lenta. Sin darnos cuenta, esa forma de vivir influye también en nuestra relación con Dios. Muchas personas piensan: «Si Dios está obrando, debería verlo enseguida.» Pero la Biblia muestra otra realidad. Dios trabaja con profundidad, no con apuro.

El tiempo de Dios no está gobernado por nuestra impaciencia. Eso no significa que sea indiferente al sufrimiento. Significa que ve mucho más lejos de lo que nosotros alcanzamos a ver. Un padre no piensa solamente en el bienestar inmediato de su hijo. También piensa en la persona que llegará a ser dentro de veinte años. De manera semejante, Dios no actúa únicamente para resolver el problema de hoy. También está formando nuestro carácter para la vida que viene.

Más adelante el capítulo dice algo que merece leerse con calma. Habla de personas que: «Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos…» A primera vista, esta frase puede resultar desconcertante. ¿Cómo puede decirse que la fe dio resultado si esas personas murieron antes de ver el cumplimiento total? Porque la fe nunca tuvo como objetivo principal conseguir resultados inmediatos. Su objetivo siempre fue vivir en comunión con Dios.

Las promesas comenzaron a cumplirse. Pero su plenitud quedaba todavía por delante. Eso también ocurre con el Reino de los Cielos. Jesús anunció que el Reino había llegado. Sin embargo, también enseñó que un día vendría en toda su plenitud. Las dos afirmaciones son verdaderas. El Reino ya ha comenzado. Pero todavía esperamos su manifestación completa. La fe vive precisamente en ese espacio. Entre el «ya» y el «todavía no». Muchas personas confunden esperanza con ilusión. La ilusión depende de lo que uno imagina. La esperanza bíblica depende de lo que Dios ha prometido.

La diferencia parece pequeña, pero cambia todo. La ilusión puede terminar en decepción porque nace únicamente del deseo humano. La esperanza permanece incluso cuando las circunstancias cambian, porque descansa en la fidelidad de Dios. Por eso la Biblia nunca invita a fabricar expectativas irreales. Invita a confiar en quien nunca deja de ser fiel. Cuando Jesús habló del Reino de los Cielos, dejó claro que comenzaba transformando el interior de las personas. Sin embargo, nunca dijo que todo terminara allí.

El Reino apunta hacia la restauración completa de la creación. Por eso los primeros discípulos vivían mirando hacia adelante. No escapaban del mundo. Trabajaban. Formaban familias. Ayudaban a los necesitados. Anunciaban las buenas noticias. Pero sabían que la historia todavía no había llegado a su desenlace. Eso les daba una perspectiva distinta. No ponían toda su esperanza en los gobiernos. Ni en el dinero. Ni en el poder. Sabían que ninguna estructura humana puede establecer definitivamente la justicia que solamente Dios traerá. Eso no los hacía indiferentes. Al contrario. Los impulsaba a vivir desde ahora conforme a los valores del Reino.

Uno de los mayores desafíos de cualquier persona es encontrar sentido al sufrimiento. Todos, tarde o temprano, atravesamos pérdidas. La muerte de un ser querido. Una enfermedad. Una traición. El fracaso de un proyecto. La Biblia nunca responde con frases fáciles. Nunca dice que el dolor sea una ilusión. Jesús mismo lloró ante la tumba de un amigo. Eso demuestra que el sufrimiento es real. Pero también muestra que el dolor no tiene la última palabra. La fe permite sufrir sin perder la esperanza. No porque entendamos todas las razones. Sino porque conocemos a Aquel que sigue presente incluso cuando no comprendemos lo que sucede. Hay una gran diferencia entre sufrir pensando que todo carece de sentido y sufrir confiando en que Dios todavía está obrando. El dolor puede ser el mismo. La manera de atravesarlo cambia completamente.

Una palabra aparece constantemente en Hebreos. Perseverar. No comenzar. Continuar. Muchos comienzan con entusiasmo. El desafío aparece después. ¿Cómo seguir cuando desaparece la emoción inicial? ¿Cómo continuar cuando llegan las dificultades? ¿Cómo mantenerse firme cuando nadie reconoce el esfuerzo? Ahí entra en acción la fe. La perseverancia no nace del orgullo. Nace de la confianza. Seguimos adelante porque creemos que Dios no abandona la obra que ha comenzado. No caminamos porque todo resulte fácil. Caminamos porque Dios sigue siendo digno de confianza.

Existe una tendencia a pensar que la fe solamente aparece en momentos extraordinarios. Pero la mayor parte de la vida está formada por decisiones sencillas. Decir la verdad cuando mentir parece más conveniente. Cumplir una promesa. Trabajar con honestidad aunque nadie esté mirando. Perdonar cuando sería más fácil guardar rencor. Escuchar antes de responder con enojo. Pedir perdón cuando sabemos que nos equivocamos. Ser agradecidos. Ayudar a quien no puede devolver el favor. Ahí también actúa la fe. Porque todas esas decisiones nacen de creer que vivir según la voluntad de Dios vale la pena, incluso cuando no produce beneficios inmediatos.

Hebreos 11 suele leerse de forma muy individual. Sin embargo, la fe tiene consecuencias para toda la sociedad. Una persona íntegra mejora el lugar donde trabaja. Un comerciante honesto fortalece la confianza de sus clientes. Un juez justo protege a los más débiles. Un padre responsable influye en varias generaciones. Una madre que educa con paciencia deja una huella profunda en sus hijos. La fe nunca queda encerrada en el corazón. Se convierte en acciones que benefician también a otros. Por eso Jesús dijo que sus seguidores debían ser luz del mundo. La luz no existe para verse a sí misma. Existe para iluminar el camino de los demás.

Uno de los errores más frecuentes consiste en medir la fe únicamente por los resultados visibles. Si alguien prospera económicamente, algunos concluyen que tiene mucha fe. Si atraviesa dificultades, otros piensan que le falta fe. Hebreos destruye completamente esa idea. En el mismo capítulo aparecen personas que fueron libradas de peligros y otras que murieron sin ser libradas. Unas recibieron milagros extraordinarios. Otras soportaron sufrimientos terribles. Sin embargo, todas son presentadas como ejemplos de fe. ¿Por qué? Porque el valor de la fe no depende del desenlace inmediato. Depende de permanecer fieles a Dios. Eso devuelve equilibrio a nuestra manera de leer la Biblia. No todos vivirán las mismas experiencias. Pero todos están llamados a confiar en el mismo Dios.

Todo el capítulo prepara el camino para hablar de Jesús. Él representa la expresión perfecta de la confianza en el Padre. En la cruz parecía que todo había terminado. Los discípulos huyeron. Los enemigos celebraban. La esperanza parecía extinguida. Sin embargo, precisamente allí Dios estaba llevando adelante su propósito. La resurrección mostró que la última palabra nunca pertenece a la muerte. Por eso el evangelio del Reino no consiste solamente en enseñar principios para vivir mejor. Consiste en anunciar que Dios ha comenzado una nueva creación por medio de Jesús. La fe abraza esa realidad antes de verla completamente realizada.

Todo esto sería solamente una teoría si no descendiera a la vida diaria. ¿Qué significa vivir por fe un martes cualquiera? Significa levantarse dispuesto a hacer lo correcto aunque nadie lo aplauda. Significa cuidar la palabra dada. Significa tratar con respeto a quien piensa diferente. Significa administrar el dinero con responsabilidad. Significa rechazar la corrupción, aunque parezca el camino más fácil. Significa educar a los hijos con paciencia cuando los resultados tardan. Significa seguir sirviendo a otros aunque el reconocimiento nunca llegue. Significa continuar orando aun cuando el silencio de Dios parezca largo. La fe no transforma únicamente los grandes momentos. Transforma la rutina. Y, al final, es la rutina la que construye el carácter.

Muchos creen que ser libre consiste en hacer todo lo que uno desea. La Biblia propone una idea distinta. Es libre quien puede hacer el bien. Es libre quien no está esclavizado por el orgullo. Por la codicia. Por el resentimiento. Por la necesidad constante de aprobación. La fe conduce hacia esa libertad. Porque desplaza el centro de nuestra vida. Dejamos de vivir para satisfacer únicamente nuestros impulsos. Aprendemos a vivir conforme al propósito de Dios. Eso no reduce nuestra humanidad. La desarrolla.

Pensemos en un navegante que cruza el mar durante la noche. No puede ver el puerto. No distingue toda la costa. A veces apenas alcanza a orientarse por las estrellas. Sin embargo, sigue avanzando porque sabe cuál es el rumbo. Si esperara a ver completamente el destino antes de navegar, nunca saldría del puerto. La fe funciona de una manera parecida. No vemos todo el camino. Pero conocemos la dirección. Y conocemos al Señor del camino. Eso basta para seguir avanzando.

Hebreos 11 enseña que la fe no existe para hacer nuestra vida más cómoda, sino para mantenernos firmes mientras caminamos hacia el propósito de Dios. La fe acepta que habrá preguntas sin respuesta inmediata. Habrá tiempos de espera. Habrá momentos de alegría y también de lágrimas. Habrá victorias visibles y otras que solo Dios conoce. Pero ninguna de esas circunstancias cambia el carácter de Dios. Él sigue siendo fiel. Y precisamente porque Él permanece fiel, nosotros podemos seguir caminando.

Llegamos al final de este recorrido por Hebreos 11:1. Después de considerar el significado de la fe, su relación con la vida de los hombres y mujeres de la Biblia y su conexión con el Reino de los Cielos anunciado por Juan el Bautista y por Jesús, queda una pregunta decisiva: La respuesta no consiste en aprender una técnica. Tampoco en repetir determinadas frases. Consiste en permitir que la confianza en Dios se convierta en la base de toda la existencia. La fe no ocupa un pequeño espacio dentro de la vida. La fe cambia la manera de vivir la vida entera.

En muchos ambientes se presenta la fe como un esfuerzo humano. Como si la persona tuviera que convencerse a sí misma de creer. La Biblia enseña otra cosa. La fe comienza cuando Dios habla. Primero habla Dios. Después responde el ser humano. Por eso Pablo escribe que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo. Este principio aparece desde el principio hasta el final de la Escritura. Dios habló a Abraham. Dios habló a Moisés. Dios habló a los profetas. Finalmente habló por medio de su Hijo. La iniciativa siempre parte de Dios. La fe es la respuesta del hombre. Eso significa que la fe no nace de la imaginación. Nace del encuentro con la verdad.

Cuando Juan el Bautista comenzó a predicar, llamó al pueblo al arrepentimiento. Arrepentirse no significaba solamente sentir tristeza por los errores. Significaba cambiar la dirección de la vida. Cambiar la manera de pensar. Aceptar el gobierno de Dios. Después Jesús comenzó exactamente con el mismo anuncio. No vino ofreciendo una religión nueva. Vino anunciando que Dios estaba llamando a los hombres a volver bajo su autoridad. Pero nadie puede entregar el gobierno de su vida sin confiar en quien la gobernará. Por eso el Reino y la fe están inseparablemente unidos. No puede haber Reino sin confianza. Y no puede haber verdadera confianza sin aceptar el gobierno del Rey.

A veces se presenta una oposición entre la fe y la obediencia. Como si fueran dos caminos distintos. Hebreos demuestra que eso es imposible. Abraham creyó. Por eso salió. Noé creyó. Por eso construyó. Moisés creyó. Por eso regresó a Egipto. La obediencia no produce la fe. La fe produce la obediencia. De la misma manera que un árbol produce fruto porque está vivo. No vive porque produce fruto. Las obras no sustituyen a la fe. La hacen visible. Cuando una persona comienza a confiar verdaderamente en Dios, algo cambia dentro de ella. Las preguntas empiezan a ser diferentes.

Antes preguntaba: «¿Qué me conviene?» Ahora también pregunta: «¿Qué es correcto?» Antes preguntaba: «¿Cómo gano más?» Ahora también pregunta: «¿Cómo puedo ser fiel?» Antes preguntaba: «¿Qué piensan los demás de mí?» Ahora pregunta: «¿Estoy viviendo con integridad delante de Dios?» Ese cambio no ocurre de un día para otro. Es un proceso. Pero es un proceso real. Uno de los mejores lugares para comprobar dónde está nuestro corazón es la forma en que usamos los bienes materiales. Jesús habló mucho sobre este tema.

No porque el dinero fuera malo. Sino porque puede ocupar el lugar que solamente corresponde a Dios. La fe enseña a administrar. No a idolatrar. El dinero es un buen servidor. Es un mal amo. Quien vive por fe comprende que todo lo que posee es temporal. Eso produce libertad. Puede disfrutar de las cosas buenas sin convertirlas en el centro de su existencia. Puede compartir. Puede ayudar. Puede ser generoso. Porque su seguridad ya no depende únicamente de aquello que acumula.

El primer lugar donde la fe suele ponerse a prueba no es una reunión pública. Es el hogar. Es fácil parecer paciente durante unos minutos. Es mucho más difícil mantener la paciencia todos los días. La fe se nota cuando los padres cumplen su palabra. Cuando los hijos aprenden a respetar. Cuando los esposos se tratan con dignidad. Cuando existe disposición para pedir perdón. Cuando se aprende a escuchar antes de responder. Cuando la verdad vale más que tener siempre la razón. La familia nunca será perfecta. Pero puede convertirse en un lugar donde la confianza en Dios transforme la manera de convivir.

Trabajar por fe no significa hablar constantemente de temas religiosos. Significa trabajar con honestidad. Cumplir los compromisos. No aprovecharse de los demás. No engañar. No buscar atajos injustos. Hacer bien aquello que corresponde hacer. Jesús pasó la mayor parte de su vida trabajando. Eso nos recuerda que el trabajo digno también forma parte del propósito de Dios. No solamente importa lo que hacemos. Importa cómo lo hacemos.

Probablemente éste sea el punto donde más preguntas aparecen. ¿Por qué Dios no evita todo el dolor? La Biblia no responde con explicaciones sencillas. Pero sí muestra algo fundamental. Dios nunca promete que sus hijos estarán libres de toda dificultad. Promete caminar con ellos. Esa diferencia cambia completamente el mensaje. La presencia de Dios no elimina todas las tormentas. Pero impide que la tormenta tenga la última palabra. La cruz de Jesús demuestra que Dios puede traer vida incluso allí donde parecía haber solamente derrota. La resurrección demuestra que el mal no vence definitivamente. Esa es la esperanza que sostiene la fe.

Una de las virtudes menos admiradas en nuestro tiempo es la paciencia. Sin embargo, casi todo lo valioso requiere paciencia. Un agricultor espera la cosecha. Un maestro espera el crecimiento de sus alumnos. Un médico acompaña un tratamiento. Un artesano trabaja lentamente. También Dios trabaja muchas veces así. Nos gustaría cambiar de inmediato. Pero el carácter se forma paso a paso. Cada decisión correcta fortalece la siguiente. Cada acto de fidelidad prepara el que vendrá. La fe acepta ese proceso. No porque disfrute de la espera. Sino porque sabe que Dios no abandona la obra que comenzó.

Jesús resumió la voluntad de Dios en dos grandes mandamientos. Amar a Dios. Y amar al prójimo. No son dos caminos. Son dos aspectos de una misma realidad. No puede decir que ama a Dios quien desprecia continuamente a las personas. La fe verdadera produce respeto. Produce compasión. Produce justicia. Produce misericordia. No porque esas virtudes nos hagan merecedores del amor de Dios. Sino porque son el fruto natural de una vida que está siendo transformada por Él.

Muchas veces pensamos que el mayor enemigo de la fe es la duda. Pero la Biblia señala otro peligro todavía más profundo. La autosuficiencia. Cuando una persona cree que puede dirigir toda su vida sin Dios, deja de buscarlo. El orgullo cierra los oídos. La humildad los abre. Por eso Jesús dijo que los pobres en espíritu son bienaventurados. No estaba exaltando la pobreza material. Estaba hablando de quienes reconocen su necesidad de Dios. Ahí comienza toda verdadera fe.

Conviene decir algo muy importante. La fe no significa tener respuesta para todo. Incluso los grandes hombres y mujeres de la Biblia hicieron preguntas. Job preguntó. David preguntó. Jeremías preguntó. Los discípulos preguntaron. La diferencia está en que llevaron sus preguntas delante de Dios, en lugar de alejarse de Él. La duda sincera puede convertirse en un camino hacia un conocimiento más profundo. Lo peligroso no es preguntar. Lo peligroso es dejar de buscar.

Después de recorrer todo este camino, podemos volver al versículo inicial. «La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.» Ahora podemos comprender mejor sus palabras. La fe es la firme seguridad de que Dios cumplirá todo aquello que ha prometido. Es la confianza que permite obedecer antes de ver el resultado. Es la decisión de caminar cuando todavía no se distingue el final del camino. Es la paz que nace de conocer el carácter de Dios. No depende de las circunstancias. No depende de las emociones. No depende del éxito. Depende de Dios. Y Dios permanece fiel.

Si tuviéramos que resumir la relación entre Hebreos 11:1 y el mensaje de Juan el Bautista y de Jesús, podríamos hacerlo así. Juan llamó al pueblo a prepararse para el Reino. Jesús anunció que el Reino había llegado. Ambos llamaron a las personas a confiar en Dios y a vivir bajo su gobierno. Hebreos explica cómo viven quienes aceptan ese llamado. Viven por fe. No porque ignoren la realidad. Sino porque conocen una realidad más profunda. La realidad de un Dios que reina, que cumple su palabra y que un día llevará su obra a su plenitud. Por eso la fe no es un añadido al evangelio del Reino. Es la puerta por la que se entra en él y el camino por el que se permanece en él.

Hebreos 11:1 no intenta ofrecernos una definición académica de la fe. Nos invita a una manera completamente distinta de vivir. Nos enseña que la fe no consiste en creer cualquier cosa con mucha fuerza. Consiste en confiar en el Dios que se ha dado a conocer. Nos enseña que la esperanza no nace del optimismo, sino de las promesas de Dios. Nos enseña que la obediencia no es una carga, sino la consecuencia natural de la confianza.

Nos enseña que el Reino de los Cielos comienza cuando una persona acepta el gobierno de Dios sobre su vida. Nos enseña que el sufrimiento no demuestra el abandono de Dios. Nos enseña que la paciencia también forma parte de la fe. Nos enseña que el carácter vale más que el éxito inmediato. Nos enseña que el amor al prójimo revela si realmente conocemos a Dios. Y, sobre todo, nos enseña que la fe tiene un nombre y un rostro. No termina en una idea. Conduce a Jesucristo.

 Él vivió confiando plenamente en el Padre. Anunció el Reino de los Cielos, mostró con su vida cómo es el Rey y abrió el camino para que toda persona que crea en Él aprenda a vivir bajo ese mismo gobierno. Por eso Hebreos 11:1 no es solo un versículo para memorizar. Es una invitación permanente a caminar con confianza, a obedecer aun cuando el camino no esté completamente despejado, a perseverar cuando la espera se haga larga y a recordar cada día que la realidad más firme no es la que perciben nuestros ojos, sino la fidelidad del Dios que ha hablado y que siempre cumple su palabra.

 «Porque caminamos por fe y no por vista.» Esa frase resume el espíritu de Hebreos 11:1. No significa caminar con los ojos cerrados. Significa caminar con los ojos puestos en Dios. Cuando esa verdad desciende del entendimiento al corazón, deja de ser una definición y se convierte en una forma de vivir.

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¿Es Una Crisis o Una Oportunidad?

¿Alguna vez has pensado que cuando estrechas la mano de un hermano en Cristo, en realidad estás tocando algo absolutamente original? Creo que si cada uno supiera con exactitud quién es el otro en las oficinas celestiales, muy probablemente se pelearían para ver quien invita a comer a quien y corre con todos los gastos. Y también aprovecharías ese momento para hacer cierto aquello de que cuando dos se ponen de acuerdo en algo concerniente a esta tierra y lo piden, el Señor se los brinda de inmediato.

Esto, ya lo sabes, pretende siempre ser una enseñanza. Pero también sabes, como anteriormente lo he sabido yo, que yo no puedo enseñar nada. Lo único que yo puedo hacer, es hablar, pero mi Padre celestial es el que enseña. Porque en lo concerniente a Su Palabra, no necesitamos que ningún hombre nos enseñe nada. Porque hay una unción que habita en nosotros, que nos enseña. Es el Espíritu de Verdad, que es como decir el Espíritu de Cristo, que es como confirmar que es el Espíritu Santo.

Por eso es que debemos pedirle al Señor que nos cambie, que nos haga distintos y al mismo tiempo distintivos, esto es: distintos al mundo. Porque ha sido dicho que estamos EN el mundo, pero no somos DEL mundo. Por esa razón es que debemos darle gracias de manera permanente, en la autoridad de Jesús. Sólo así, luego de tener más que en cuenta en nuestros corazones todas estas cosas, es que estaremos preparados para todo lo que Él permita y determine que venga a nuestras vidas.

Los principios del Reino, es la única esperanza para este tiempo. Y sus respuestas para las distintas alternativas de una vida terrenal, son no ya valiosas e importantes, sino sencillamente claves. Hoy quiero hablar de una de esas respuestas que el Reino tiene para ti: la que tiene que ver con tus crisis. O con las crisis de aquellos que amas y deseas ayudar. Mir a tu alrededor, ahora, hoy. ¿Está todo bien en el mundo? ¿Hay trabajo para todo el que quiere trabajar? ¿Hay comida para todo el que tiene hambre?

Sí, ya sé, suena como uno de esos discursos ideológicos, pero tiene un punto diferente: Esto no es política, esto es verdad. Y no aspira a cosechar adeptos o votos en una elección. Esto sólo tiene como intencionalidad principal, llevar a tu espíritu y a tu corazón, un nombre que puede llenarlo, rebosarlo de gozo y hacerlo más que vencedor. Un nombre que está por sobre todo nombre que se nombre: Jesucristo. ¿O te lo digo más teológico para que nadie se fastidie? ¡Jesús, el Cristo! El Salvador. Tu Salvador personal, si es que lo aceptas y le permites morar contigo para siempre.

Hoy estamos viviendo un tiempo difícil, complicado, confuso, sumamente injusto y en muchos casos, hasta cruel. Y no te descubro nada si te digo que, en muchos cristianos de buena calidad, anida un temor que no alcanzan a explicar de donde y por qué razón les aparece. Si lo tengo que resumir en una palabra conocida, te digo que esa palabra es inseguridad. Y no hablo de lo delictivo, aunque lo incluye. Hablo de gente que perdió sus trabajos, otros que perdieron sus hogares.

Y tampoco creo descubrir nada desconocido si digo que las iglesias cristianas, preponderantemente las evangélicas, otrora casi nadando en aguas de abundancia y esplendor, hoy ven afectadas sus propias economías a partir de los movimientos diversos que el mundo les brinda a cada momento. Los cambios de toda índole son muchos, y todos sabemos que, en una enorme mayoría humana, todo cambio trae temor. El cambio es lo que nivela a la humanidad.

Y lo que eso significa es, que sin importar quien eres, seas rico y poderoso, clase media de trabajo y gustos austeros o pobres de toda pobreza con carencias de todos los colores, da lo mismo. Cambios, miedos, inseguridades, desesperación, impotencia, tristeza, depresión. ¿Sigo? Estamos viendo que muchas personas adineradas en el mundo, hoy están visitando las cárceles y no como visitantes. Fueron a parar allí porque fueron hallados abusando de la gente.

La clase media está perdiendo algunas de sus posesiones por causa de estos cambios. Y eso los lleva a cometer estafas u otros delitos de ese mismo tenor con la finalidad de no resignar sus status. Y ni hablar de la gente más pobre, que al verse afectada de manera más dura que de costumbre, no vacilan en salir a delinquir como medio de vida más factible a sus posibilidades. ¿Alguien se atrevería a meter ideología barata ya sea para defender o agredir a cualquiera de estas clases sociales por esas actitudes?

Lo cierto es que, cuando la gente comienza a sentir temor, indefectiblemente el mundo entra en crisis. Pero ¡Animo! Tengo una buena noticia. La buena noticia es que todos los cambios no son malos. Todo cambio es crisis, y cada crisis es el resultado o producto del cambio. Algunas crisis son auto impuestas. Y una crisis externa es el resultado de cambios, y más si tienes en claro que una crisis de cierto calibre es un evento sobre el cual no tienes control.

Y el cambio más grande de una crisis. Un cambio es el resultado de una crisis. Y tampoco te descubro el chocolate si te aseguro que a los seres humanos no les gusta el cambio. Pero resulta ser que el cambio es absolutamente normal en el Reino de Dios. El Reino nunca cambia, pero todo dentro del Reino, sí cambia. El poder manejar la crisis en el cambio va a determinar éxito. Tu habilidad de manejar el cambio y obtener de ese cambio beneficios, es el deseo o sencillamente la voluntad de Dios.

Un desastre de los denominados naturales, implican una crisis. Un terremoto, un tornado, un tsunami, desatan una crisis. Porque, ¿Qué cosa es una crisis? En principio, una crisis es algo que tú no ocasionaste, no comenzaste, no puedes controlarlo, pero igualmente viene. Y la economía es como un tsunami. Cuando se desata o se cae, no hay gobierno, economista o pastor que pueda detenerla. Crisis. Una crisis es un evento, una circunstancia o una situación que te afecta a ti, o a tu medio ambiente, sobre el cual no tienes ningún control directo, ni responsabilidad por ello.

Si te despiden de tu trabajo, muy probablemente tu no ocasionaste esa crisis, y tampoco la puedes controlar y no eres responsable de ello. Eso es una crisis. Es como un huracán, un tornado. Los huracanes siempre están en movimiento. Por eso los huracanes, donde llegan y hacen estragos, son crisis. Y las crisis siempre están moviéndose. Y esa es buena noticia. Cuando pasa un huracán, arranca y arrasa con todo lo que sea débil.

Cuando viene un huracán, (Y mis hermanos del caribe y su zona saben muy bien de lo que hablo), destruye todo árbol podrido. Un huracán también consigue que sea quitada toda basura. Pero lo más contundente es que, cuando viene un huracán, lo primero que hace es descubrir a aquellos que construyeron sus casas ilegalmente. Una crisis, entonces, no viene a destruir, sino que viene a corregir y a purificar. Cuando termina el huracán, todo lo que pudo ser sacudido, fue sacudido.

Y, entonces, se despeja el aire. Entonces, pueden ver árboles nuevos, nuevas plantas que empiezan a brotar y mostrarse. Yo creo que una crisis siempre va a agitar toda cosa que no esté cimentada en Dios. Pasó con el Covid 19. Tuvieron que cerrar todas las iglesias. Cuando la epidemia pasó, casi dos años después, fue el momento de volver a abrirlas. Sólo lo hizo el 60 por ciento de ellas. ¿Y el 40 restante que no abrió? No eran de Dios, eran de hombre.

Allí es donde se hace visible y real esa palabra que nos enseña de la arena, la tierra y la roca. Si en cualquier crisis estás edificado sobre la Roca, no habrá huracán, tornado ni tsunami que te mueva. ¡Vas a permanecer en pie aunque todo a tu alrededor se desmorone! ¿Sabes qué? Vi en mi lugar de residencia, durante la pandemia de Covid y luego, como resultado de ella, erigirse nuevos negocios nacidos por una necesidad, es cierto, pero luego cimentados en la creatividad y el ingenio.

Creo que hoy he sido enviado a decirte que una crisis no es tu enemiga a combatir, sino una amiga a examinar para ver qué hacer de importante con ella. Cada hombre, cada mujer de Dios que Dios usó poderosamente, en la Biblia, vemos que su grandeza comenzó justamente con una crisis. ¡Yo encontré a Cristo en medio de una crisis! No puedes detener ni controlar una crisis, pero siempre sí que puedes controlar tu mentalidad. Puedes controlar tus pensamientos. Tu puedes controlar tu propia mente y tu percepción.

En otras palabras, puedes interpretar la crisis para beneficio tuyo. Dios quiere que seas simple, igual que Él. Tú eres un ciudadano del Reino que estás en el mundo, pero no eres del mundo. No piensas como ellos, piensas como el cielo. Dios ama la crisis, porque es la única manera que Dios puede demostrar su poder. ¿Qué hizo con los jóvenes prisioneros de Nabucodonosor? Dios dijo: ¡Mételos en el fuego! ¿Por qué? Porque quiero demostrarme a mí mismo, dijo.

Nuestra fe no tiene temor del fuego ardiente. A Dios le encanta la crisis. Daniel y los leones. Dios dice: ¡Mételo! Porque yo le voy a demostrar al gobierno, le voy a demostrar a este sistema, que mi pueblo duerme cuando hay leones. Los hijos de Dios y ciudadanos de Su Reino no le temen a la crisis, más bien resplandecen durante ellas. Recuerden a esos soldados que estaban poniéndole los clavos en las manos a Jesús. Y la sangre comienza a brotar. Y Dios mira a esa sangre y a esos clavos y ¿Sabes lo que piensa? ¡¡¡Salvación!!!

El mundo te mira que todos los domingos vas a esa iglesia y piensa. En ese lugar le están enseñando que es hija de un Dios Todopoderoso, pero resulta que por una antigua deuda está perdiendo su casa, ¡Qué vergüenza! Pero Dios mira y dice: ¡No! ¡Esa no era tu casa permanente! ¡La que ahora voy a darte es diez veces mejor que esa que hoy pierdes! ¿Algo personal? A mis 48 años de edad, vino una reestructuración en la gran empresa en la que trabajaba y me tocó quedar fuera.

¿Te imaginas? Si es duro quedarte sin trabajo a los treinta años en un país con posibilidades, lo que tiene que haber sido con 48 años en un país que en ese momento se caía a pedazos. Recuerdo que en oración dimos gracias con mi familia por esa situación y declaramos, decretamos en el nombre de Jesús que iba a tener un trabajo mejor y con el doble de salario. ¡Todavía hoy me lamento no haber declarado que iba a ganar cuatro o cinco veces más y no sólo el doble! Porque sucedió exactamente así antes de cumplirse un mes de mi cesantía. Funciona.

El poder de la percepción. Lo que sea que le nombres a una cosa, ese nombre viene a ser su realidad. Repito: el nombre que le pongas a algo, viene a ser la realidad de esa cosa. ¿Sabes por qué? Porque para ciertas culturas, la palabra crisis no existe en sus idiomas. Por ejemplo, China, Japón, Malasia. Y mira esta información. La palabra china que usan para decir crisis, es la misma palabra que usan para decir oportunidad, Así que mientras todos nosotros nos pasamos repitiendo ¡Crisis! ¡Crisis! Esos asiáticos dicen ¡Oportunidad! ¡Oportunidad!

Así que, si por un momento te atreves a imitar a esos asiáticos en su concepto de vida, dile a ese problema que te viene persiguiendo y atormentando: ¡Oportunidad! ¡Oportunidad! Y no se trata de promocionar culturas ni razas ni nacionalidades, se trata de que entiendas que es exactamente como Dios ve a lo que tu estas viendo como crisis. Y la otra: lo que cada cosa signifique y represente para ti, será lo que va a controlar tu respuesta a esa cosa.

Por eso es que, como hemos podido comprobar, los ciudadanos del Reino pueden dormir en medio de una tormenta. ¿O no dormía plácidamente Jesús en una barca, mientras una tremenda crisis climática amenazaba con destruirlos a todos? Por una gran casualidad, ¿No te estará sucediendo algo parecido, hoy, en tu vida? ¡Duerme tranquilo! ¡Deja que los demás se preocupen y se asusten! Tu sólo confía. Mientras Él dormía y confiaba, los discípulos se desesperaban y vociferaban de terror. Parecían latinoamericanos.

¿No estás así en algunas ocasiones, cuando tus cosas no andan bien? ¿No es como si te preguntaras por qué Él sigue durmiendo mientras a ti todo el mundo parecería venírsete encima? Recuerda lo que Jesús les respondió a ellos cuando lo zamarrearon a los fritos muertos de miedo. ¿Por qué me despiertan? Les dijo. ¡Maestro, mira, nos estamos hundiendo! Ese es tu problema, les respondió. Usas demasiado tus ojos naturales.

¡Pero Señor! ¿Es que no ves? ¡Mira las aguas, las olas, el viento, la economía, el desempleo, la vivienda, los trabajos, los gastos! ¿Recuerdas cual fue su respuesta? Sí, les dijo: ¿Dónde está tu fe? ¿Lo puedes oír, todavía, hoy? Has perdido tu trabajo. Eres migrante y debes salirte del país donde fuiste a buscar mejores oportunidades, te has gastado todo el dinero de la indemnización, vas a perder tu casa, tienes las rodillas lastimadas de tanto postrarte para orar. Y ahí sale Dios y te dice: ¿Dónde está tu fe?

Aprende esto: la fe nunca es probada en tiempos buenos. No has nacido para andar recitando las escrituras, ¡Has nacido para vivirlas! Jesús dijo: ¿Dónde está tu fe? La fe, es una palabra griega que significa creer. Una convicción. Él les dijo: ¿Dónde está tu creencia? Dos días anteriores, Él les preguntó: ¿Quién soy yo? Y ellos dijeron: tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. ¿Tú lo crees? Entonces te lo voy a contar, porque lo crees. En una barca. ¡Es que nos vamos a ahogar, Maestro! ¿Ah, sí? ¡Entonces tú no lo crees!

Hace dos días tú mismo me dijiste que yo soy el Mesías, el Hijo del Dios viviente. ¿Y ahora no puedes creer lo mismo? Ustedes son hombres judíos, han leído la Torá, saben lo que dice acerca de mí. Dice que yo iba a morir crucificado sobre un madero. ¡En ningún lugar dice que yo moriría ahogado! Él dijo: nunca he visto al justo desamparado. Mi simiente. La que yo envié. ¿Tú lo crees, ahora? Las promesas de Dios son más poderosas que la crisis. Dile a alguien que tengas cerca: ¡Acuéstate! ¡Duerme tranquilo! ¡No hay tormenta ni crisis que pueda contigo si estás EN Cristo!

Debemos parar de vivir de acuerdo con lo que vemos, y empezar a vivir de acuerdo con lo que sabemos. Él sabía que era el Mesías, así que sabía que ocurriera a su alrededor lo que ocurriera, Él no podía ahogarse. Recuerda. Te protege en medio de la tormenta. El controlar la percepción no es negar la realidad. El controlar la percepción, controla tu respuesta a esta realidad. Jesús no dijo que no había viento o que no había olas. Lo que Él hizo fue demostrarles a esos hombres que nada puede destruir a un ciudadano del Reino.

Una crisis es solamente un cambio en el medio ambiente, pero requiere de ti una respuesta que no habías planificado. Es importante, esto, porque la crisis demanda acción. Una acción que tampoco habías anticipado. ¿Te divorciaste? ¡Eso es una crisis! Jamás planificaste divorciarte, pero ahora te toca vivir y adecuarte a varios cambios. Puedo darte infinidad de ejemplos, pero la base central de cada uno es una sola: no provocaste ni planeaste ninguna crisis, pero te toca responder a ella.

Una crisis, en suma, es una fuente dormida de creatividad dinámica e inmediata. Por eso es que generalmente y por mayoría, nunca puedes crecer cuando todo va bien. No hay nuevos inventos, a menos que antes no sobrevenga una crisis. Por eso cuando crees que estás en crisis porque has perdido algo, no alcanzas a escuchar la voz del Espíritu Santo que te dice que no, que no has perdido nada, que en realidad estás en época de promoción.

Jesús era creativo. Él tenía a cinco mil personas allá, sentadas en el campo. Por tres días. Sin comida, después de tres días. No había ninguna aldea cercana. No había tiendas, mercados, panaderías. No había pueblos de pescadores cercanos, estaban en el desierto. Jesús mira a sus discípulos y les dice la cosa más disparatada que se te pueda ocurrir. Cinco mil hombres, más las mujeres y los niños. ¿Once, doce mil? Y les dice a ellos, en el medio de un desierto sin nada encima y sin donde ir a comprarlo: ¡Denles de comer ustedes!

Ojo; no les dijo NOSOTROS le daremos de comer, sino que dijo USTEDES denle de comer a toda esa gente. Pero este no fu e el milagro. El milagro fue que Él creyó que dentro de ellos estaba la habilidad de solucionar eso. ¡No importa lo que estés pasando! ¡Dales tú de comer a los hambrientos! Piensa. Había una crisis de hambre en ese desierto, creada por Jesús al ir a hablarles allí.  ¿Y que les dijo Él? ¡Arréglenla! ¿Y que hicieron ellos? Exactamente lo que hacemos todos nosotros.

Empezamos a pensar, pensamientos viejos. ¡Una crisis requiere creatividad! Los discípulos de Jesús pensaron en ir a otra aldea a buscar comida, pero sería un trayecto que les llevaría por lo menos tres días entre ir y volver. ¡No se les ocurrió ni por las tapas que podría existir otra forma! Por esa misma razón muchos de ustedes han perdido lo que han perdido. Pero Dios no está angustiado ni amargado. Está sentado en el cielo y te dice: ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Hazlo tú! ¡Puedes! En mi nombre, ¡Todo lo puedes! Sólo sal de la tradición y crea algo nuevo.

Somos imagen y semejanza de un Dios Creador, ¿Verdad? ¿Y entonces por qué tradicionalmente nos comportamos, nos formamos y nos resignamos a ser empleados de otros? ¿No somos capaces de crear algo nuevo? Está comprobado y probado. Una crisis, crea creatividad, valga el hermoso juego de palabras. Dios nos prometió la crisis. Es impresionante como la gente religiosa, especialmente la gente carismática, aman rescatar las promesas positivas de Dios.

Bendíceme. Sáname. Libérame. ¡Gracias! Bendíceme. Dios suplirá. El Señor es mi pastor y nada me falta. ¡Yo lo reclamo! Ese es un creyente débil. Lo que Dios te promete es que para todo hay un tiempo, una temporada. Hay una promesa genuina de Dios que te dice que para todo hay un tiempo, un momento. Eclesiastés capítulo 3, versículo 1. Todo tiene su tiempo. Mira lo que le hace decir a Salomón:

Eclesiastés 3: 1-8 = Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar;  tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;  tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.

¿Alguien me ayuda a definir qué significa esto? Gracias. Significa que todo es temporal. Esta es una de las promesas más importantes de la palabra. Todo tiene un tiempo. ¿Cuántos de ustedes piensan así? ¿Estás bien con el dinero hoy? ¿Si? Es sólo por un tiempo. ¿Estás en bancarrota y no te alcanza ni para comer, hoy? Es sólo por un tiempo. ¡Es promesa! ¿La puedes creer? Déjame que te muestre algo que quizás nunca has visto.

Génesis 8: 22 = Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche. Esta es una promesa. Mientras que permanezcas en la tierra, habrán días y noches. Yo sé que algunos de los que me oyen, hoy, están en la noche. ¡Él lo prometió! Pero también prometió que el día se avecina. O sea que cuando te estremezca la noche, no cometas suicidio. ¡Porque todo es sólo por un tiempo!

No puedes de ninguna manera tener una fe solamente de día. Dios quiere que tengas fe de Reino, esa fe que también funciona de noche. Cree en la oscuridad, lo que Él te dijo cuando era de día. Recuerda que Dios no sacó a aquellos tres muchachos del fuego. Él entró al fuego con ellos. ¿Cómo podrías dudar, anden como anden tus cosas hoy, que Él no está contigo también? Lo que importa no es donde tú estés, sino en donde Él esté. Y Él está contigo.

Daniel 2: 20 = Y Daniel habló y dijo: Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. (21) Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.

¿Está claro o se necesita explicación? ¿Quién cambia los tiempos y las temporadas? ¡Él tiene el poder para cambiar los tiempos y las temporadas!  Y además, la sabiduría, para saber cuando hacerlo. El sabe que ahora no vas a crecer, entonces en su sabiduría dice: ¡Voy a cambiar la temporada! Estás a punto de descubrir algo de tu propia persona, que jamás supiste que tenías. Porque la crisis va a hacer que tú pienses en cosas que jamás pensaste que serían posibles.

La presión produce progreso. Así cuando aparezca una crisis, en lugar de lamentarte o quejarte, dale gracias al Señor por esa presión que te obliga a crear y mejorar. La protección más grande en contra del cambio, es esperar que esta va a llegar. Esperar que Dios te va a proteger y va a hacer lo que sea por Él mismo. Por eso es que tantos de ustedes suelen estar tan deprimidos y frustrados con Dios. ¿Por qué? Porque no entiendes que es sólo por una temporada. La mejor manera de protegerte es saber que esto va a cambiar.

La fuente mayor de la desilusión en la vida, es esperar que las cosas nunca cambien. ¿De verdad crees eso? Te doy un ejemplo duro y doloroso, pero real. Te casaste con la mujer más hermosa del planeta o con el hombre más guapo del universo. ¿Crees que toda la vida que te espera estará así como estaba el día que te casaste? ¿Quieres saber como serán los cambios del futuro? Si eres hombre, mira a la madre de tu esposa. Si eres mujer, mira al padre de tu marido. Con eso que ves vas a dormir dentro de algunos años. Cambios.

¿Alguien podría entender o definir tu fe? Es simple: La fe, bíblicamente, es “certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve” (Heb 11:1), no es optimismo barato. No es cerrar los ojos a la realidad, sino abrirlos a Dios en medio de ella, incluso cuando aprieta. La fe nace de oír la Palabra (Rom 10:17), no de repetir frases como loro espiritual. Abraham creyó y caminó sin GPS, confiando más en la promesa que en el mapa (Gen 12). La fe verdadera obedece: se mueve, se arriesga, y a veces tiembla, pero no se queda en el sillón.

No compra milagros ni manipula a Dios; descansa en su carácter, no en trucos religiosos. Jesús la comparó con un grano de mostaza: pequeña, viva y capaz de mover montañas, no de inflar egos. En la cruz, la fe aprende que confiar no evita el dolor, pero lo llena de sentido y esperanza. Por gracia somos salvos por medio de la fe (Ef 2:8): regalo recibido, no trofeo ganado. En resumen, la fe es tomar a Dios en serio, reírse un poco del propio control, y seguir caminando con Él.

Hay una realidad que no suena espiritual, pero que sí lo es: estar preparados para el cambio, cualquiera que este sea. Juan 16:1-2: Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. ¡Ey! ¡Jesús está predicándole esto a sus discípulos! ¡Los van a echar de la iglesia! ¡Los van a perseguir! Y si alguien los mata, ¡Los demás van a pensar que hizo algo bueno! Eso les predicaba.

¿Qué crees que diría una iglesia carismática sobre esta predicación? ¡Ay! ¡Qué mensaje tan negativo! Sin embargo, Él les dijo que les decía todas esas cosas para que, cuando pasaran, no se sorprendieran. Espera cambios y contrólalos. Esa es la clave. No resistirlos. Porque nada es tan permanente como el cambio. El cambio es constante, todo cambia. Además, es inevitable. Porque e cambio, en todo caso, es el principio de la vida

Esto sólo es una advertencia. En el Reino de Dios, no existe la crisis. Y tú, eres un ciudadano del Reino de los Cielos. Eso quiere decir que estás en el mundo, pero no eres del mundo. Así que tú no puedes reaccionar o responder de la misma manera que reacciona o responde el mundo. Entiende. Durante una crisis, no podemos responder o reaccionar como lo hace el mundo secular. ¿Por qué? Porque estamos bajo otro gobierno.

Hay dos cosas que ocurren en la crisis: 1.- La gente ya no es tan bondadosa. El mundo pagano, deja de dar. 2.- Se comprometen los valores. Dos cosas que ocurren en la crisis. Dicho con mayor claridad. Cuando llega la crisis, la gente se vuelve corrupta. Empiezan a violar sus propias convicciones, porque quieren sobrevivir, así que dejan de dar. La única evidencia que eres ciudadano del Reino, es por tu forma de responder o reaccionar ante la crisis.

No comprometes ni tampoco dejas de dar. Porque esa, entre otras cosas, es la mejor evidencia que no perteneces al otro reino. Por eso el Señor dijo: Yo Soy Dios, Yo no cambio. Todo cambia, excepto Dios. Si tu fe está en Dios y no en tu trabajo, en tu salario, en tus ahorros o en lo que pueda representar seguridad, entonces estás en el camino correcto. Si es lo contrario, cualquier crisis, por leve que sea, te va a conmover tus cimientos y hasta puede hacerte tambalear.

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Rompiendo Viejas Creencias

Cuando los profesores de literatura hablan de caracteres, sus alumnos saben de lo que está hablando: de las letras. Cuando los profesores de matemática hablan de caracteres, sus alumnos saben que, en este caso, se está refiriendo a los números. La pregunta es: ¿Por qué los llaman así caracteres? Porque tanto las letras como los números, muestran carácter. Una “A” es “A” en invierno o verano, en Argentina o en España. Un “1” es un “1” en Italia como en Australia. Siempre. Carácter.

Un buen diccionario te dirá que Carácter es el conjunto de cualidades psíquicas y afectivas que condicionan la conducta de cada individuo o de un pueblo. En el idioma del Reino eso está claro y funciona. Por ejemplo, creo que todos nosotros identificamos al diablo como un adversario y somos unánimes en eso. Pero todos hemos omitido sopesar lo que significa para la estatura del Reino un carácter poco desarrollado. Porque eso, paulatina y progresivamente, va a provocar que el proyecto fracase.

La historia tiene registro de una gran cantidad de hombres y mujeres que hicieron historia viva, da enorme valentía, y que también marcaron tiempos. Porque la misma historia te deja entrever que la unción que todas esas personas tenían, para levantar muertos, para abrir puertas, para predicar el evangelio, sin embargo no les resultaba suficiente para transformar su carácter. Todos ellos cometieron errores muy serios. Incluso algunos de ellos murieron antes de tiempo, porque no supieron desarrollar su carácter.

Cometieron errores infantiles. Y te deja en evidencia las dos caras del ministro de Dios. La cara ministerial, funcional, la que todos ven, la que ayuda, la que empuja. Pero también se ve la otra área: como somos como padres, como esposos, como hijos, como gente que no cuida su salud, como gente que no descansa bien, que camina independientemente, que cae en celos, que tiene problemas de rechazo, que comete errores por ser aceptado.

Eso te confronta con una realidad: así como les pasó a ellos, hoy nos está pasando a nosotros. En la mayor parte de los países hispanos que conozco, hay un espíritu de independencia muy fuerte. En otros, también se le suma un alto espíritu de rechazo. Hay multitudes llenas de profundos y tremendos complejos. En otros lugares les cuesta caminar. Organizan algo, lo estructuran y, cuando llega el momento de comenzar, no arrancan, no tienen fuerzas y se llenan de miedo o prejuicios.

Cada nación, y no existe una que esté libre de esto, tiene áreas débiles. Cuesta mucho entender que si nosotros, cada uno, no trabajamos todo eso, el Espíritu Santo no va a hacerlo. Hay dos áreas claras de desarrollo: la que viene del Espíritu Santo y la que es consecuencia del trato con otros creyentes. Una gran cantidad de líderes cristianos con problemas de carácter, hoy, radica esencialmente en el hecho de no haber tenido buenos ejemplos.

Aprendimos a ministrar viendo ministrar. Quieras o no, cuando comienzas tu camino de fe, indefectiblemente vas a tomar el modelo de la persona que estuvo más cerca de ti en el momento de entregarte a Cristo. Y todo lo que aprendas e incorpores de esa persona, será lo que luego utilizarás cuando llegue el momento de ministrar tú. Si te tocó alguien prolijo y estudioso, ese será tu estilo. Si en cambio tu modelo fue un improvisado y hasta actor de escenario religioso, también serás eso.

Es algo innato que nosotros aprendamos el modelo de lo que sea, viendo a otros. Así aprendemos a cocinar, a reaccionar a lo que es el nivel del amor, del enojo o de la tristeza. Nuestros padres o hermanos mayores si los tuvimos, nos han dado mucho ejemplo. Y no se trata de que pretendan darnos clases, aunque en el proceso familiar sí terminan haciéndolo. Hasta que llegas a los 18 o 20 años, indefectiblemente vas aprendiendo cosas de la gente que te rodea.

Por eso es que es muy probable que la gran mayoría de ministros que hoy todavía están en funciones plenas, implícitamente estén siguiendo patrones de la gente que estaba cerca de ellos cuando empezaron su caminar en el Señor. Si alguien aprendió a ministrar de acuerdo a lo que vio ministrar, los que vienen detrás de ti, aprenderán a ministrar conforme te vean hacerlo a ti. Y allí es donde se genera, justamente, algo llamado tradición.

O sea que, cuando nosotros transmitimos algo que no necesariamente es bueno o no es lo mejor, también estamos transmitiendo errores. Yo siempre me resistí a eso, por eso no era demasiado simpático para el liderazgo convencional. Porque la primera reforma en tu vida se plantea cuando tú dices: ¿Por qué voy a seguir este diseño si no lo veo correcto? Llega un momento en que lo que recibes del Señor ya no puede propagarse por el medio en el cual antes estabas tranquilo.

Hay una gran confusión entre lo que es la capacidad de alguien con el propósito que hay en su vida. Nada que ver. Dios no viene a buscar los capacitados, Dios capacita a los que va a levantar. Yo tenía algunos talentos, es verdad, pero de ninguna manera tenía la capacidad para hacer lo que hoy estoy haciendo y en el nivel que lo estoy haciendo. Y cuando digo nivel no hablo de millones de personas ni de estructuras gigantescas, estoy hablando de llegadas profundas a personas necesitadas.

Y debo aclararte algo. Desde que tus ojos fueron abiertos y abandonaste la vieja religión repetitiva y sin fruto, para pasar a creer en un Reino que produce, avanza y libera, ¿Todo te está resultando más fácil? ¿No? No te preocupes, no eres la única ni el único. Somos varios los que hoy recibimos más golpes y magullones que antes. Cuando todavía estaba en la religión evangélica, recibía aplausos, felicitaciones y adulaciones a granel, pero yo en lo íntimo, estaba vacío. Hoy estoy pleno, pero con hematomas.

Hay una realidad que rige para todos. Por más extraviados que anden hoy en esta vida, si realmente están buscando al Señor, Él va a venir, los va a tomar de la mano y los va a llevar donde realmente tienen que estar, no se preocupen. Y si la religión organizada que conocen les da la espalda o incluso los agrede de alguna manera, tampoco se preocupen. Hubo un tal Jesús de Nazaret que hace más de dos mil años le tocó vivir lo mismo. Y ahí lo tienes, mira donde está.

Con relación a la gente que está congregada en un sitio hace muchos años y de pronto la luz del entendimiento se hace día en su corazón, recibe un impacto tremendo. Porque a partir de eso comienza a ver al lugar donde está con diferente mirada, y no es de extrañarse que al poco o mediano tiempo, proceda de dos modos optativos: o habla con los líderes para compartir lo que ha aprendido o directamente les da las gracias y se va. Lo último cae mal en sus antiguos hermanos, pero lo primero cae peor.

Y si se van se van a sentir muy mal por un tiempo bastante prolongado, porque habían aprendido a amar a esas personas de las que se están separando, pero no podrían continuar con ellos por un simple motivo de compatibilidad. Cuando a mi me tocó salirme de la estructura, no fue porque hubiera encontrado a otra mejor o más simpática. Lo que había recibido del Señor era tan fuerte que no hubiera encontrado manera de evadirlo. En pocas palabras, nos tuvimos que ir con mi familia para no caer en desobediencia.

No puedes tener alineamiento con las que son tus autoridades, si no coincides con ellas en lo esencial. Y mucho más teniendo certeza de que no había manera en que esa gente llegara siquiera a considerar que les estaba faltando algo. Los equivocados y hasta herejes si me apuras un poco, éramos nosotros. Creo que en muchos casos, lo primero que muchas personas pierden es la dependencia al Espíritu Santo, por darle prioridad a la ambición del ministerio.

Lo que sucede es que somos personas que nos gusta planificar. Pero te vas a dar cuenta muy a corto plazo, que Dios no es compatible con la planificación. La gente le pregunta a sus líderes que congresos, clínicas o escuelas habrá el próximo año, porque quieren hacer las reservas pertinentes para asistir. ¡No se lo pueden responder! Si se los responden, no están operando en el Espíritu sino en sus agendas. ES tan normal esto que pasa como parte de sus ministerios, pero la realidad es otra.

La realidad me dice que si yo encuentro un trabajo de otro hombre o mujer de Dios, antes de dar una opinión o tomar una decisión respecto a ese trabajo, yo tengo que leerlo o escucharlo. Después podré decir si es bueno o no es bueno, si se ajusta a la palabra o no. Pero ¿Qué hacen la mayoría de los líderes religiosos hoy? Cuando les llega algo nuevo, esencialmente relacionado con el Reino, les dicen a sus seguidores que no pierdan su tiempo oyendo o leyendo eso, que lo arrojen a la basura. ¡Y ni siquiera saben de qué trata el asunto!

Alguien puede oír o leer algo mío y luego, si entiende que algo no es como yo lo digo, debería decírmelo. Yo no estoy de acuerdo con esto por esto, esto y lo otro, pero no. ¿Sabes que hacen? Se lanzan a criticarme y a prohibirles a todos los que pueden prohibirles cosas que no me escuchen ni me lean porque estoy fuera del evangelio. ¿Fuera del evangelio? ¡Fuera de sus templos, estoy! ¡Fuera de la religión estructural, estoy! ¡Pero de ninguna manera fuera del evangelio!

Retroceden a los rudimentos de la época de la inquisición. Hacen quemar libros de personas que no les agradan como si creyeran estar quemando las ideas de toda esa gente. ¿Sabes qué? Lo único que logran con esas actitudes, es crear rebeldía. Porque siempre hay gene que coincide con eso. Aprende esto: cuando tú satanizas algo de alguien, también estás satanizando a la persona. Escucha, ¿Dios te dio autoridad para hacer eso? ¿De verdad crees tener esa autoridad?

¿Y qué crees que podría pasar si esa persona sí está respaldada por Dios y no es ningún hereje como tú dices¿ ¿Qué supones que haría Dios al respecto? ¿Qué tal si un hombre como Saúl lo estaba, en medio de todo su extravío, y un hombre como David no quiso tocarlo? La gente es atrevida, es burlona, publica cosas en sus redes que ni siquiera tienen ética y, cuando editan algo de alguien, es para mostrar errores. Es gente corrupta, es mala.

No puedes salir por las redes a denunciar a falsos apóstoles o profetas. ¡Habla con ellos! Si no te reciben escríbeles y diles que no estás de acuerdo con lo que están haciendo y por qué. Tirando piedras a todo lo que se mueve no van a edificar el Reino. Si no te recibe, no te responde el correo la comunicación, esa ya no es tu responsabilidad. Pero creo que deberíamos tener mínimamente la madurez para decir que sí te parece correcto por tal o cual razón o que no te parece correcto.

¿Por qué? Porque eso es la gente en orden, eso es todo. Y lo que va a suceder y ya está sucediendo, es que mucha gente nueva no está funcionando de ninguna manera como aprendió a hacerlo de sus antiguos maestros. Han hecho muchos cambios, los vemos, pero tal vez no los suficientes. Mientras te quede una raíz minúscula aferrada a la religión en la que militaste, sigues siendo el mismo religioso de siempre en tu mentalidad.

¿Qué me cuentas de recibir a Cristo en tu corazón y convertirte? ¿Es algo que la iglesia en su conjunto lo tiene claro? No, no lo tiene claro. ¿Quieres algunos temas más en donde medio mundo cristiano anda perdido? ¿Cual es el nombre de Dios? Otro. ¿Cómo debe ser la educación en la iglesia? Entoncdes, en esencia, es más fácil hablar de ángeles o demonios, porque no los puedes convocar para que una mesa especial los examine. Pero al hacer esto, nos corremos de algo que sí podría ser manejable.

¿Qué cosa? El buscar al Señor, el recibir palabra de dirección y presentarla para que sea sopesada. Y recién allí, luego, liberarla. Pero necesariamente tienes que compartirlo, porque es muy importante y necesario recibir confirmación de otras personas sobre algo que el Señor te está mostrando. Además, hay un elemento que nosotros como hijos de Dios y miembros de su Reino debemos recuperar: la educación en las casas.

¿Alguna vez pensaron que en Israel no había colegios? ¿Cómo funcionaba el sistema educativo en Israel? Ojo, no se trata de que copiemos esto, Israel es un borrador, hoy ya tenemos el diseño final. Israel era los planos, hoy ya tenemos el edificio. Pero hay un elemento que es vital en educación. El gran problema de tratar el carácter, es que nosotros hemos concedido eso a otras personas. Te lo digo más sencillo: ¿En qué etapa se desarrolla el carácter de una persona?

Salvo mejor opinión de los psicólogos, que podrían efectuar algunas modificaciones de acuerdo a sus últimas informaciones, entre los cuatro y los catorce años. Hoy, tengo que decirte que esa ventana se ha achicado. Antes era hasta los diecinueve. Ahora se ha achicado. Puede variar, un poco más o un poco menos. Hoy día hay una tonta idea de meter a los niños de lo más pequeñito que se pueda, en los centros educativos. Eso, cuando en la palabra está determinado la edad de destete en algunos casos hasta los seis años.

Conozco casos de niños de un año ubicados en centros de educación en modo guarderías o jardines. Creo que detrás de ese tipo de decisiones hay un tremendo egoísmo materno y paterno, allí. ¿Qué madre que ama a su hijo va a querer tenerlo lejos? Hoy día tenemos a niños llenos de alergia a todo y ese es un tema de rechazo crónico. Que hace apenas cincuenta años, no había. ¿Sabes por qué? Porque los niños pasaban mas tiempo en casa. El incremento de las alergias infantiles radica en que los niños pasan más tiempo afuera.

Ahora bien; en todo ese tiempo que va desde guarderías, jardines y colegio, ¿Cuánto tiempo de calidad pasaron esos niños con sus padres? Pasan un promedio de seis u ocho horas de lunes a viernes en un colegio, haz la suma. La casa es un hotel, solamente va a dormir. Donde hace relaciones, donde descubre al mundo, donde hay una persona absolutamente desconocida con principios y valores que no conocemos, que será la encargada de decirle lo que es verdad y lo que es falso, está fura de la casa.

Cuando un niño termina el colegio, tiene más del mundo que de su familia. Porque allí fue donde por primera vez le mostraron esto, le enseñaron aquello, le forzaron con esto, lo maltrataron y ahí empieza el rechazo y una serie de cosas más. ¿Por qué? Porque la idea básica de la educación es que sea una formadora de cultura. No es posible transmitir conocimiento sin cultura. Tengo un ejemplo en modo retro, recordatorio.

¿Recuerdas esa época bohemia donde estuvo de moda la poesía? La poesía, la música, estoy hablando de muchos años atrás. ¿La escena cual era? Que el poeta, que el artista, tenía un cigarrillo en la mano, siempre. Se iba a dormir muy tarde y se levantaba también muy tarde. Tenía un grupo de acólitos con los que siempre se movía. De tal manera que el que quería escribir, no solamente aprendía a escribir, sino que también aprendía un estilo de vida.

A eso yo lo incorporé a mi tarea secular de periodista. Durante muchos años el combo tenebroso de café y cigarrillo formaban parte de mi vida y de la de todos los que en ese momento eran mis compañeros de redacción. Era “lo normal”. Lo que ocurre es que la idea que existía era que todo lo creativo se hacía relajándose, y se creía ingenua y peligrosamente que el cigarrillo lograba eso. ¿Relajarse con tabaco y café? Tontos o dormidos, únicamente. Todo lo contrario. Cultura.

De hecho, en ese proceso, cualquiera que se metiera allí no iba a poder tomar el conocimiento central sin tomar la cultura anexa. Piensa en diseño de modas. Nadie puede discutir que hay necesidad de diseñadores de modas, hombres y mujeres. Que no sean formados en academias. Porque en el momento que entren a un centro educativo, van a ser afectados por la cultura. No es que quieran, es que no es posible separarlo.

Porque si eres alguien que vive o trata de vivir en base a la costura y buscas modelos de ropa, de vestidos femeninos, vas a consultar todo el material existente que encuentres, tanto en las redes como en algunas revistas que todavía sobreviven. ¿Y que vas a encontrar allí aparte de los modelos que buscas? Chismes, publicidad de energizantes, y todo lo que se te pueda ocurrir relacionado con la llamada sexualidad libre. ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a mirar los modelos y a apartar rápidamente la vista de todo lo demás?

Ahora bien; en esa etapa juvenil donde uno está formándose como profesional, ¿No se retienen imágenes? ¿No eres una esponja que absorbe todo? ¿Tú crees que puedes meterte en una mina de carbón con un vestido blanco y salirte sin una mínima mancha? Puede ser que necesitemos diseñadores de ropa los creyentes, pero sería muy conveniente que no pasen por ese proceso. Que su creatividad venga del cielo. ¿Alguien podría discutirle un diseño en ropa al Espíritu Santo?

Y esto se aplica también a otras áreas. Porque, como padres, ¿Cuál es la idea ingenua que tenemos? ¡No hay problemas! Decimos. ¡Sólo está yendo allí a estudiar, lo demás no le interesa! Error. Eso es imposible. ¡Por favor! El sistema educativo de cualquier nación es impartición de cultura, lo quieras o no. Me pregunto y te pregunto: ¿Qué ambiente más seguro hay que un hogar cuando es realmente hogar? Entonces, algo que debemos recuperar como hijos de Dios es que los hijos se eduquen en la casa.

¡Es que no estamos preparados para eso! No, no estamos preparados. ¿Qué nos va a costar horrores? Sí, nos va a costar horrores. Pero no se trata que saques un Einstein. Se trata de que, con todas tus fuerzas, lo hagas posible. Eso sería cuidar el depósito de Dios en esta vida. Ojo: no es ningún proyecto burbuja, ¿Eh? ¡Es que vamos a tener que enfrentarnos con el mundo! Sí. Pero mínimamente que hayan encontrado a Dios. Mínimamente que sepan lo que tienen adentro para vencer afuera.

¿Quieres mandarlos afuera sin saber lo que tienen dentro? Tú eres absorbido por la cultura del mundo cuando no tienes cultura propia. ¿Qué cultura tenemos los creyentes hoy? La cultura católica ya quedó en evidencia que no sirve, está viciada. La cultura evangélica es fofa, no tiene sabor a nada concreto. Necesitamos una cultura de Reino, pero como no hemos visto al Reino como debemos verlo, ¿Qué cultura podríamos tener?

Para un niño de doce años, es muy triste, pero en su gran mayoría suelen pensar que la que tiene razón en todas las cosas es su maestra, no sus padres. Mi mamá no entiende nada, es mi profe la que está en lo correcto. No sé si llegaré a verlo, pero creo firmemente que los colegios presenciales están destinados a desaparecer. Hoy día, por causa de la violencia, la inseguridad ciudadana o el tráfico de drogas están ayudando sin querer a que los creyentes vuelvan al principio y eduquen a sus hijos en sus casas.

¡Es que se necesita tener a alguien allí! En la mayor parte de los hogares trabajan los dos. Calculo que uno tendrá que dejar de trabajar. ¡Pero es que se van a morir de hambre con un solo trabajo! No. Cuando entras en el diseño de Dios, todo se te acomoda. Créelo. Y no es machismo, porque puede modificarse, es diseño de Dios. ¿Qué mejor tutora que una mamá? ¡Es que estoy en la universidad y tengo que hacer los post grados que me faltan. ¡Entonces todavía no tengas hijos, hermana!

No tiene sentido que un día tu hijo le diga mamá a la niñera que lo cuida mientras tú trabajas. En una ocasión, cuando yo todavía congregaba en una iglesia local, vino un hombre de otro país que trajo un documento que produjo un tremendo revuelo. Porque en sus análisis teológicos y espirituales ese documento demostraba que nunca tuvo en el corazón ni en el diseño de Dios que existieran pastores de jóvenes.

Es más. Creo que no debería haber escuela dominical donde las hay. Eso aparece recién en 1800, pero no para enseñar la Biblia, sino para alfabetizar a los niños. Niños que trabajaban, en la era victoriana, que trabajaban en las fábricas. Los días domingo, que era el único que no trabajaban, los traían para enseñarles a leer y darles comida, y en ese proceso los evangelizaban. Allí surge la escuela dominical. Nada que ver con las que quedan actuales, ¿Verdad?

Repito: nunca fue diseño de Dios que sean otras personas las que enseñen a nuestros hijos. Más adelante y por esa misma causa, aparece el líder de jóvenes. ¿Saben a quien admiran los jóvenes de una congregación muy por encima del líder principal y de sus propios padres? Al pastor de jóvenes. O sea que consciente o inconscientemente, los pastores de jóvenes les están robando a los padres de esos chicos ,ser ellos el emblema principal para ellos.

Los seres humanos somos muy delicados con respecto al respeto por nuestros derechos, ¿Verdad? A mí eso me parece excelente, porque es patrimonio de cada hombre o mujer el tenerlos y usarlos con justicia. Pero hay algo donde no hemos obrado correctamente los creyentes. No tenemos ni el más mínimo derecho a decidir reinventar la iglesia. Dios hizo un diseño que operaba y funcionaba. Nosotros decidimos mejorarlo y modernizarlo y ahí están los resultados.

Es normal que una familia, de lunes a viernes, por causa de la actividad de cada uno de ellos, suponiendo una familia tipo de cuatro, matrimonio y dos hijos, viven toda esa semana separados, viéndose de paso y de cruce, cuando uno sale el otro llega y así. Ni siquiera almuerzan o cenan juntos, a veces. Llega el sábado y los hijos se van a la reunión de jóvenes, no están con sus padres. Llega el domingo y, en el caso de los más pequeños, se los llevan por allá no sé donde, para que no molesten y dejen escuchar el mensaje.

Y no es solamente eso, porque en muchos lugares también se usan reuniones para hombres, culto de mujeres y cuestiones por el estilo. Uno por allá, el otro por acá, y los otros más allá. ¿Eso es unidad familiar? Muy bonita cuando se predica, pero absolutamente falsa cuando se practica. Es como si alguien nos estuviera influenciando para, en lugar de proyectar un modelo de familia unida, nos resultara más sencillo ejecutar otro de familia dividida. Como le llaman ahora, disfuncional.

No tiene caso en estos tiempos dejar afuera de lo que el Señor quiera decirnos a los niños. Lo que sí habría que hacer, supongo, es educar a los padres para que puedan discipular a sus hijos. El gran problema del sistema babilónico, es que anula la función del cuerpo. Convierte a una persona en alguien que solamente debe escuchar. Y esto a un extremo tal que hay una serie de cosas que aparentemente no se hacen que son notables, mira.

Hoy, supuestamente los padres no necesitan educar a sus hijos, no necesitan discipularlos, no necesitan identificar sus áreas débiles o vulnerables, sus fortalezas o llamados ministeriales, ataduras, iniquidades. Total, todo eso hasta hoy lo ha estado haciendo la iglesia. “¡Pastor, no sé qué hacer con mi hijo!” “¿Cuándo va a haber un retiro para jóvenes, quiero que ministren a mi hijo” ¡Terrible! Y hay pastores que hicieron todo eso, ¿Y sabes qué? Terminó siendo el héroe de esos jóvenes. Por sobre sus padres.

SE ha perdido muchísimo la imagen del padre en la iglesia convencional. Casi una mayoría de padres sólo va a la congregación el domingo, escucha el mensaje, levanta un poco las manos en la adoración y la alabanza y punto. Se va y vuelve la semana que viene del mismo mediocre modo que vino esta. ¿Y eso es trabajar para la familia? No, eso es erigirse en propietario de familias enteras con sus hijos, relegando a los padres genuinos a un rol secundario y casi inexistente. ¿Eso es sano? ¿Eso es Dios?

Puedo asegurarte que en el diseño de Dios, no había tal cosa como la creación de ministerios que trabajaran con miembros específicos de una familia. En ese diseño, era la propia familia la que debía encargarse de eso. ¿Quiénes le ayudaron a Noé con el arca? Sus hijos. Por allí está la salida. Eso, obviamente, con excepción a las congregaciones ubicadas en zonas marginales. A padres borrachos, drogadictos, delincuentes o similares no le puedes pedir acción santa. Allí sí debes ejecutar reemplazo.

Pero en lo comunitario normal, no. Si tu hijo tienes pesadillas y no sabes qué hacer, no vayas a pedirle ayuda al pastor porque te enviará a alguna mujer profeta para que ore por tu hijo. ¡No! Pregunta a alguien que sepa qué es lo que debes hacer con ese niño, ¡Tú debes hacerlo! Lo que sucede es que de acuerdo con lo que me ha tocado ver en mi etapa congregacional estructural, uno de los problemas más serios que tiene la iglesia es la ausencia de varones.

Una gran cantidad de seres con cromosomas teóricamente masculinos, son unos verdaderos muñecos de peluche. Los que residen en distintos puntos de América Latina saben que lo que digo es verdad, sin exageración alguna. De allí que quienes toman las riendas en casi todo, son las mujeres. El eje puntal para que la familia siga al Señor, es la mamá. Es el motor. Setenta por ciento de la iglesia convencional de América Latina, son mujeres.

Y son las más fuertes y con mayor empeño o enjundia para conducir a sus familias. ¿Por qué crees que sucede eso? Porque venimos de un modelo equivocado. Venimos de la Iglesia Católica. ¿Quién era el puntal de la familia católica? ¡La abuela! Y esto no es simple estadística o hipótesis. ¡Mi abuela materna me llevaba con ella a la misa, aunque yo quisiera estar a dos mil kilómetros de allí! Por ella tuve que comerme la hostia de la llamada comunión.

Un modelo muy antiguo, pero que ha quedado grabado y marcado y se metió de lleno en la estructura de la iglesia evangélica. Difícilmente vamos a tener una familia de impacto si su cabeza principal lo único que le interesa es ir a jugar a las bochas con sus amigotes. Es muy triste y, al mismo tiempo, muy peligroso todo esto. Porque, entre otras cosas, estoy absolutamente convencido de que las esposas tienen que admirar a sus maridos, no a sus pastores. ¿Sabes qué? Lo que ocurre es que la misma iglesia no lo ayuda al hombre a ser hombre.

Venimos de moldeos distorsionados. A una gran mayoría nos educaron nuestras madres, no nuestros padres. Muchos eran padres que sólo gritaban, insultaban y se emborrachaban como forma de celebrar con sus amigos. Por eso se necesitan creyentes que de una u otra manera se enfoquen en la familia. Moderna, funcional. Sin necesidad de colegios seculares metiendo culturas seculares en espíritus de Reino. Sin liderazgos de jóvenes porque esos jóvenes ya habrán sido discipulados por sus padres.

Estoy seguro que alguna vez la familia lo va a poder hacer. Porque la célula de Dios es la familia. Destruyes la familia, destruyes la iglesia. ¿Qué crees que está haciendo el enemigo hoy? Pero los varones creyentes latinoamericanos tienen que cambiar su mentalidad. Todavía hoy, son muy pasivos. Este es un tiempo en el cual Dios nos está quitando velos. Nos está confrontando con cosas que dábamos por sentadas. En una palabra, nos está incomodando.

Pero también nos está dando diseños. Y si bien no se trata de copiar todo de todos, creo que Dios nos está hablando de varias formas. Primero, es un llamado de atención a todos nosotros respecto a por qué estamos tan seguros que lo que sabemos es lo correcto. Tenemos que tener la honestidad suficiente como para verificar y sostener de dónde hemos sacado los puntos básicos con los cuales conducimos nuestras vidas. Esto es gravísimo de entender y mucho más de poder cambiarlo si así hay que hacerlo.

Debemos subir a la mentalidad de Dios para entender su diseño. Porque si lo miramos desde abajo, desde lo terrenal, siempre le vamos a encontrar a todo, una explicación no espiritual. De hecho, ninguna explicación justifica un desvío. Si nosotros logramos subir a esa dimensión, podremos entender lo que Dios tiene en su corazón. Creo fielmente que todos los que estamos aquí, de este lado, yo mismo y de ese lado, todos ustedes, estamos en un mismo proceso espiritual: seguir buscando.

Yo no conozco a nadie que me pueda decir: ¡¡Yo ya llegué! Entonces es posible que todavía cometamos errores y es posible que nos falten puntos. No interesa, estamos avanzando. Hoy, la iglesia sigue inventando ministerios que lamentablemente han traído más problemas que bendiciones. Es un proceso de crecimiento que obliga a dejar atrás modismos y costumbres que de ninguna manera tienen base bíblia, sólo privada, personal y denominacional.

Yo mismo defendí durante muchos años cosas que hoy ya no defiendo. ¿Por qué? Porque en aquellos años yo defendía lo que mi visión me posibilitaba entender. Pero hoy, cuando a lo mismo me ha sido dada una visión distinta y con mayor respaldo escritura, ya no puedo defenderlo más. No soy prisionero de ninguna estructura que me obligue a decir y enseñar lo que nos conviene, aunque sepa que no es ni la verdad ni lo correcto.

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20 – Justificación

Romanos 5: 18 = Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Ahora lo vamos a ver con mayor profundidad, pero cuando se habla de justificación, todo lo humano y terrenal desaparece y sólo quedamos sometidos a Cristo. NTV lo señala así:  Así es, un solo pecado de Adán trae condenación para todos, pero un solo acto de justicia de Cristo trae una relación correcta con Dios y vida nueva para todos. Justificación, aquí, es denominada como relación correcta con Dios.

La palabra “justificación” suele sonar a término técnico, distante, casi jurídico. Evoca tribunales, argumentos, defensas y veredictos. Sin embargo, cuando se la mira a la luz del evangelio del Reino de Dios, esa palabra deja de ser fría y se vuelve profundamente humana, cotidiana y, sobre todo, transformadora. Porque no habla simplemente de tener razón, sino de ser restaurado; no trata de ganar discusiones, sino de recuperar la vida.

En términos simples, justificar es “ser declarado justo”. Pero en la experiencia espiritual, no se trata de una etiqueta externa ni de un maquillaje moral. La justificación, desde una perspectiva bíblica, es un acto que nace en el corazón de Dios y se encarna en la vida de las personas. No es un premio por buen comportamiento, sino un regalo que reordena lo que estaba torcido. Y eso, en una sociedad donde todo parece medirse por mérito, rendimiento o apariencia, es casi revolucionario.

Vivimos en un mundo que constantemente nos pide justificarnos. Justificamos nuestras decisiones, nuestras ausencias, nuestros errores y hasta nuestras emociones. “No tuve tiempo”, “no fue mi culpa”, “lo hice por necesidad”. La vida cotidiana parece un largo alegato defensivo. Pero ese tipo de justificación humana, aunque necesaria en ciertos contextos, suele ser limitada: intenta explicar, pero no sana; argumenta, pero no transforma. 

La propuesta del Reino de Dios va más profundo. Allí, la justificación no se construye desde lo que uno dice de sí mismo, sino desde lo que Dios declara sobre uno. Y esa declaración no ignora la realidad, pero tampoco se queda atrapada en ella. Es como si alguien viera una semilla y, en lugar de juzgarla por su tamaño o su fragilidad, afirmara con certeza el árbol que puede llegar a ser.

Ahora bien, esto no significa negar la responsabilidad personal ni romantizar los errores. Todo lo contrario. La verdadera justificación confronta, pero no condena; revela, pero no destruye. Es una invitación a reconocer lo que está mal, sin quedar definido por eso. En ese sentido, es profundamente liberadora: permite dejar de actuar para aparentar y empezar a vivir con autenticidad.

En lo social, este concepto tiene implicancias enormes. Pensemos en cuántas veces etiquetamos a otros por un momento de su vida: “el que falló”, “la que se equivocó”, “el que nunca cambia”. Esas etiquetas funcionan como pequeñas sentencias que congelan a las personas en una versión reducida de sí mismas. La justificación, en cambio, introduce una mirada diferente: reconoce la dignidad incluso cuando hay fragilidad, y apuesta por el proceso en lugar de quedarse en el error. 

Esto no es ingenuidad, es esperanza activa. Porque creer en la justificación es creer que nadie está completamente terminado, que siempre hay posibilidad de recomenzar. Y eso, llevado a la práctica, cambia la manera en que tratamos a los demás. Nos vuelve más pacientes, más empáticos, menos rápidos para juzgar y más dispuestos a acompañar.

Desde un punto de vista ideológico, mantenerse objetivo implica reconocer que este enfoque no encaja fácilmente en los extremos. No es relativismo moral, porque no dice que todo da igual. Tampoco es legalismo rígido, porque no basa el valor en el cumplimiento perfecto de normas. Es una tercera vía: una justicia que nace de la gracia y que apunta a la restauración.

El evangelio del Reino de Dios presenta esta dinámica con una claridad sorprendente. No se trata de un sistema abstracto, sino de una realidad vivida. La justificación no es un concepto para discutir, sino una experiencia para atravesar. Y en ese tránsito, la fe juega un papel central. No como un esfuerzo mental por convencerse de algo, sino como una confianza que se apoya en el carácter de Dios. 

Ahora bien, hablar de fe y justificación en la vida diaria puede sonar elevado, pero en realidad es tremendamente práctico. Por ejemplo: ¿Qué pasa cuando alguien reconoce un error sin excusas, pero también sin autodestruirse? ¿Qué ocurre cuando una persona decide no definirse por su pasado, sino abrirse a un futuro distinto? ¿Qué sucede cuando dejamos de exigir perfección para empezar a construir procesos reales? Ahí, en esos pequeños gestos, la justificación se vuelve visible.

Incluso en el humor cotidiano podemos encontrar un reflejo de esto. Pensemos en esa tendencia humana a “arreglar” las cosas con explicaciones absurdas: llegar tarde y culpar al tráfico, al clima, al destino… y, si hace falta, hasta a la alineación de los planetas. Nos reímos porque reconocemos lo ridículo, pero también porque sabemos que, en el fondo, todos buscamos una forma de quedar bien parados. La justificación divina, en cambio, no necesita excusas creativas. No depende de cuán convincente sea nuestro argumento, sino de cuán firme es el amor que nos sostiene.

Esto no quita el desafío. Aceptar la justificación implica soltar el control, dejar de querer ganarse todo y aprender a recibir. Y eso, para una cultura que valora la autosuficiencia, puede ser incómodo. Pero también es profundamente sanador. Porque libera de la presión constante de tener que demostrar valor y permite empezar a vivir desde una identidad afirmada.

En términos concretos, ¿Cómo se traduce esto en la vida diaria? Algunas claves prácticas pueden ayudar: Primero, cultivar la honestidad interior. No se puede experimentar la justificación si uno vive negando la realidad. Reconocer lo que hay —sin exagerar ni minimizar— es el punto de partida. Segundo, ejercitar la fe como confianza activa. No se trata de repetir frases, sino de apoyarse en una verdad más grande que las circunstancias. Esto puede implicar decisiones simples: elegir no reaccionar desde el enojo, optar por el perdón, abrirse al cambio. 

Tercero, practicar la gracia con otros. Así como uno recibe una mirada que restaura, también puede ofrecerla. Esto no significa tolerar cualquier cosa, sino aprender a diferenciar entre la persona y su error. Cuarto, sostener procesos. La justificación no es una excusa para la inercia, sino un impulso hacia la transformación. Y los procesos, como todos sabemos, requieren tiempo, paciencia y constancia. Quinto, mantener una perspectiva comunitaria. Nadie vive esto en aislamiento. Las relaciones son el espacio donde la justificación se pone a prueba y se hace visible. Es en el trato con otros donde se evidencia si realmente creemos en una justicia que restaura.

A nivel más profundo, la justificación conecta con una verdad central: la vida no se define por el pasado, sino por la posibilidad de redención. Y esa posibilidad no es una ilusión optimista, sino una realidad sostenida por el carácter de Dios. Un Dios que no niega la justicia, pero que la expresa de una manera que abre puertas en lugar de cerrarlas.

Esto tiene un impacto directo en cómo nos vemos a nosotros mismos. Porque, si bien es fácil hablar de ser justificados, a veces cuesta creerlo en lo personal. Hay culpas que pesan, historias que marcan, decisiones que parecen irreversibles. Sin embargo, el mensaje del Reino insiste en algo que puede sonar simple, pero es profundamente desafiante: no estás limitado a lo que fuiste. Esa afirmación no borra la historia, pero cambia su sentido. Lo que antes era una carga puede convertirse en aprendizaje; lo que parecía un final puede transformarse en un nuevo comienzo. Y en ese proceso, la justificación deja de ser una idea para convertirse en una experiencia viva. 

Por supuesto, esto no elimina las tensiones. Vivir desde esta perspectiva implica nadar un poco contra la corriente. En un entorno que valora el juicio rápido, elegir la restauración puede parecer débil. En una cultura que premia la perfección, aceptar la gracia puede interpretarse como conformismo. Pero, en realidad, es todo lo contrario: requiere una fortaleza interior que no depende de la aprobación externa.

Y aquí aparece otro aspecto interesante: la coherencia. Porque hablar de justificación desde la fe no tiene sentido si no se refleja en la vida diaria. No se trata de un discurso bonito, sino de una práctica concreta. Es en las decisiones pequeñas —cómo respondemos, cómo tratamos, cómo elegimos— donde se ve si realmente estamos viviendo desde esa lógica.

En definitiva, la justificación, entendida desde el evangelio del Reino de Dios, no es una teoría abstracta ni un concepto reservado a especialistas. Es una invitación abierta, una posibilidad real y una herramienta poderosa para vivir de otra manera. Una manera más libre, más humana, más alineada con una justicia que no aplasta, sino que levanta.

Y quizás, en medio de tantas voces que nos dicen quién deberíamos ser, lo más revolucionario sea escuchar esa otra voz que afirma quién podemos llegar a ser. No desde la exigencia, sino desde la gracia. No desde el juicio, sino desde la restauración. No desde la culpa, sino desde la justificación. Porque, al final del día, no se trata de tener la última palabra en una discusión, sino de permitir que la Palabra —hecha vida, hecha cercanía, hecha humanidad— tenga la última palabra en nosotros. Y esa palabra, lejos de condenar, siempre abre camino. 

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