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29 – Desigualdad

Isaías 10: 1-2 = ¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo; para despojar a las viudas, y robar a los huérfanos! Es evidente. Los problemas con las formas de la justicia terrenal no son nuevos. Los intereses, el poder y hasta la corrupción humana viene desde lejos. Versión NTV: ¡Qué aflicción les espera a los jueces injustos y a los que emiten leyes injustas! Privan a los pobres de la justicia y les niegan sus derechos a los necesitados de mi pueblo. Explotan a las viudas y se aprovechan de los huérfanos. La pregunta, es: ¿Hay hombres así, hoy, en tu lugar de residencia?

La palabra “desigualdad” suele entrar en escena como un diagnóstico frío, técnico, casi estadístico. Se la mide, se la grafica, se la discute en informes y debates. Pero cuando se la vive, deja de ser un concepto y se vuelve rostro, historia, cansancio acumulado, silencios largos y preguntas que no siempre encuentran respuesta. La desigualdad no es solo la distancia entre lo que uno tiene y lo que otro no; es también la distancia entre lo que uno vale y lo que el mundo le reconoce. Y ahí es donde el Evangelio del Reino de Dios entra con una potencia inesperada: no como consuelo superficial, sino como una reconfiguración profunda del valor humano.

Desde una mirada bíblica —sin necesidad de caer en moldes religiosos rígidos— la desigualdad aparece desde las primeras páginas como una consecuencia de relaciones rotas: con Dios, con el otro y con la tierra. No es casual que, tras el desorden interior del ser humano, aparezcan el abuso, la acumulación egoísta y la indiferencia. Sin embargo, el mismo relato bíblico no se queda en la denuncia; abre una narrativa distinta, donde la dignidad no se negocia ni se hereda por cuna, sino que está anclada en el hecho de que cada persona es portadora de una imagen divina.

Esto cambia el eje. Porque si el valor no depende del rendimiento, del estatus o del acceso a recursos, entonces la desigualdad deja de ser “natural” y pasa a ser una anomalía que merece ser cuestionada. El Reino de Dios, tal como lo presenta Jesús, no ignora las diferencias materiales, pero tampoco las absolutiza. Más bien introduce una lógica distinta: la del dar, la del compartir, la del reconocer al otro no como competencia sino como prójimo.

Ahora bien, hablar de esto hoy, en medio de sociedades atravesadas por tensiones económicas, políticas e ideológicas, exige un equilibrio delicado. No se trata de adoptar una postura simplista ni de reducir el mensaje a una consigna. La desigualdad tiene causas complejas: estructuras, decisiones históricas, sistemas productivos, contextos culturales. Pero también tiene un componente personal: la forma en que cada uno se posiciona frente al otro. Y ahí es donde la espiritualidad —bien entendida— deja de ser evasiva y se vuelve práctica.

Porque creer en el Evangelio del Reino no es repetir frases bonitas, sino encarnar una manera de vivir. Es preguntarse, por ejemplo, cómo uso lo que tengo. No solo lo material, sino también el tiempo, la influencia, el conocimiento. Es revisar si mis decisiones amplían la vida de otros o la restringen. Es, en definitiva, asumir que la fe no es un refugio privado, sino una fuerza que se expresa en lo cotidiano.

En ese sentido, hay algo profundamente explosivo en la propuesta de Jesús: poner en el centro a quienes suelen quedar en los márgenes. No desde la lástima, sino desde el reconocimiento. Comer con ellos, escucharlos, devolverles voz. En una cultura que mide el éxito en términos de acumulación, esto resulta casi escandaloso. Pero también profundamente liberador. Porque rompe con la lógica de “valgo por lo que tengo” y abre paso a “valgo porque soy”. 

Ahora bien, sería ingenuo pensar que esto elimina automáticamente la desigualdad estructural. No es una varita mágica. Pero sí introduce un cambio de paradigma que, sostenido en el tiempo y en comunidad, tiene efectos reales. La historia está llena de ejemplos —muchas veces silenciosos— de personas y grupos que, inspirados por esta visión, generaron espacios más justos, más inclusivos, más humanos.

También es importante evitar caer en extremos ideológicos que simplifican la realidad. Ni la desigualdad se resuelve solo con buena voluntad individual, ni se corrige únicamente desde estructuras impersonales. El Evangelio del Reino no se alinea ciegamente con ninguna ideología, pero tampoco es neutral frente al sufrimiento. Tiene una claridad ética: donde hay opresión, hay algo que no está bien; donde hay exclusión, hay algo que necesita ser transformado.

Y en medio de todo esto, el humor sano —ese que no ridiculiza al débil sino que desnuda lo absurdo— puede ser un gran aliado. Porque a veces la desigualdad se sostiene también por inercias culturales que nadie cuestiona. Reírse de ciertos “privilegios normales” puede ser el primer paso para verlos. Claro, siempre con respeto, sin caer en cinismos que terminan justificando lo que critican.

Un ejemplo cotidiano: cuando alguien dice “yo me hice solo”, conviene sonreír y pensar en cuántas manos invisibles hicieron posible ese camino. Desde quien enseñó a leer, hasta quien produce los alimentos, pasando por quienes sostienen servicios básicos. Nadie se hace completamente solo. Reconocer eso no quita mérito, pero sí pone en perspectiva la interdependencia humana. Y esa conciencia es clave para abordar la desigualdad con honestidad.

Ahora bien, ¿Qué recursos prácticos ofrece esta mirada para la vida diaria? Algunos pueden parecer pequeños, pero tienen un impacto real: Primero, la práctica de la atención. Ver al otro. No como categoría (“pobre”, “rico”, “excluido”), sino como persona concreta. Esto implica detenerse, escuchar, interesarse. En un mundo acelerado, prestar atención ya es un acto contracultural.

Segundo, la hospitalidad. Abrir espacios —físicos o simbólicos— donde otros puedan participar. No se trata solo de invitar a casa (Aunque eso también cuenta), sino de generar ámbitos donde las diferencias no sean barreras sino oportunidades de encuentro. Tercero, la generosidad inteligente. Dar no desde la culpa, sino desde la convicción. Y hacerlo de manera que promueva autonomía, no dependencia. Esto requiere discernimiento, pero también valentía para involucrarse. 

Cuarto, la justicia en lo cotidiano. Pagar lo justo, no aprovecharse de situaciones de vulnerabilidad, cumplir compromisos. Parece básico, pero muchas desigualdades se sostienen en pequeñas injusticias repetidas. Quinto, la esperanza activa. No una esperanza ingenua, sino una que se traduce en acciones concretas, aunque sean modestas. Porque el cambio rara vez es inmediato, pero eso no lo hace imposible.

En todo esto, la figura de Jesús aparece no como un ideal inalcanzable, sino como una referencia encarnada. Alguien que caminó entre personas reales, en contextos complejos, y que eligió constantemente el camino de la dignidad, la compasión y la verdad. Su mensaje sobre el Reino de Dios no era abstracto: hablaba de pan, de deudas, de relaciones, de justicia. Es decir, de la vida misma.

Y aquí hay un punto clave: la fe en el Evangelio del Reino no niega la realidad de la desigualdad, pero tampoco la acepta como definitiva. La reconoce, la nombra, la enfrenta, pero al mismo tiempo anuncia que no tiene la última palabra. Esto no es escapismo; es una forma de resistencia. Una que no se basa en la negación, sino en la convicción de que otra manera de vivir es posible. 

Por supuesto, este enfoque no está exento de tensiones. Habrá momentos de frustración, de impotencia, de preguntas sin respuesta. Habrá situaciones donde el esfuerzo parezca insuficiente. Pero incluso ahí, la fe aporta algo valioso: la certeza de que cada gesto cuenta, aunque no siempre se vea el resultado inmediato.

Y si hay que ponerle un toque de ingenio a todo esto, se podría decir que el Reino de Dios funciona con una lógica bastante “poco rentable” según los estándares habituales: cuanto más das, más tienes; cuanto más compartes, más se multiplica; cuanto más reconoces al otro, más te encuentras a ti mismo. No es exactamente el tipo de fórmula que enseñan en las escuelas de negocios, pero curiosamente, es la que ha sostenido comunidades vivas a lo largo del tiempo.

En definitiva, hablar de desigualdad desde una perspectiva espiritual, bíblica y social implica animarse a mirar la realidad sin filtros, pero también a sostener una esperanza que no depende de las estadísticas. Es reconocer que el mundo tal como está no refleja plenamente el propósito original, pero también que hay señales —a veces pequeñas, a veces inesperadas— de que algo distinto está en marcha.

Y tal vez, en medio de todo, la pregunta más honesta no sea “¿Por qué existe la desigualdad?”, sino “¿Qué hago yo frente a ella?”. No para cargar culpas innecesarias, sino para asumir una responsabilidad concreta. Porque el Reino de Dios no se impone; se propone, se vive, se contagia.

Así, entre decisiones diarias, encuentros simples y convicciones profundas, la desigualdad deja de ser solo un problema a analizar y se convierte en un terreno donde la fe se vuelve visible. No perfecta, no completa, pero sí real. Y en esa realidad, a veces frágil pero persistente, se vislumbra algo del corazón de Dios: un mundo donde cada persona tenga lugar, dignidad y esperanza

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octubre 16, 2026 Néstor Martínez