Hoy, si allí del otro lado, hay alguien que piensa que está pasando por el peor momento de su vida, y se pregunta dónde está Dios, entonces te pido que no te vayas de allí y que escuches todo lo que tengo para decirle. Porque la respuesta creo que no va a ser justamente la que estás esperando. No es que Dios se fue y te abandonó. Tampoco es que se olvidó de ti y mucho menos que te está castigando, como se nos enseñaba en ciertos lugares cuando éramos pequeños niños incrédulos.
La respuesta tiene dos aristas absolutamente diferentes. Por un lado, te puede sonar casi aterradora y, por el otro, hermosa de toda hermosura. Porque la respuesta genuina es que Dios está más cerca de ti ahora, en el que sea tu dolor, que lo que estuvo durante todo tu tiempo de comodidad. No sé en qué condiciones me estás escuchando, pero si en algún caso puntual estoy hablando para alguien que tiene los ojos hinchados de llorar o en la sala de espera de un centro de salud, esto es para ti.
También puede ser que te encuentres en algún lugar neutro todavía masticando una mezcla de enojo y desasosiego por causa de una fuerte discusión que ha dejado tu matrimonio al borde del abismo. O quizás, como sé que ha hecho mucha gente durante estos años de ministerio, haya alguien que me escucha en medio de una madrugada de ojos abiertos porque no puede dormir por causa de algún enorme peso que te ha caído sobre los hombros y casi no lo puedes soportar.
Si estás en alguna de estas variables que te mencioné o algo peor todavía, seguramente estás esperando que salga alguien a decirte algo que no suene a frase religiosa de circunstancias o casi de heladera. Alguien que haya sido enviado por el cielo a decirte algo real. Algo que te duela menos o, en todo caso, que te explique porque lo que te duele te duele tanto. La respuesta bíblica la tienes como cabecera de puente en Hebreos 12:6.
Dice: Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. Seis palabras, nada más. Seis palabras que, durante siglos, han sido usadas para justificar el sufrimiento con una especie de indiferencia y frialdad teológica. ¡Dios te ama, por eso sufres! Te tira alguien desde la comodidad de una oficina con aire acondicionado mientras bebe un refresco y graba frases bonitas pero vacías. Pero explicación para tu dolor, ni por asomo, nada.
Sin profundidad, sin consuelo real, sólo una frase repetida como una letanía vacía y casi esotérica que, por supuesto, no te cura nada. Por eso hoy, aquí y ahora, yo quiero, si puedo, ir mucho más profundo que eso. Voy a abrirte el griego original de Hebreos 12:6 y descubrir que las palabras que allí se usan para describir lo que Dios hace con tu dolor son tan distintas a lo que te enseñaron que, cuando las entiendas, tu sufrimiento no va a desaparecer, pero tu comprensión de él va a transformarse para siempre.
Y a veces, entender el porqué del dolor es mucho más poderoso que su ausencia. Tengo absoluta conciencia que este tema es muy delicado, porque puede haber personas que están escuchando esto que tienen el corazón roto, totalmente. Que, por ejemplo, acaban de perder a alguien que amaban, o que han recibido algún diagnóstico que les cambió la vida, o que están viendo como su matrimonio se desmorona, que tienen un hijo que se alejó de Dios y de ellos. O que están pasando por una crisis financiera que no les deja dormir.
Y lo último que necesitan estas personas, es una frase religiosa vacía que les diga, por ejemplo, que todo tiene un propósito y les den una palmadita en la espalda. Lo que necesitan es la verdad desnuda de lo que Dios está haciendo en medio de su dolor. Y esa verdad, aunque no lo creas, está en el griego de Hebreos 12:6. Y no se parece a nada de lo que unas cuantas veces te deben haber dicho desde algún púlpito. Sé de hombres que en su momento fueron atacados por todos los costados y, pese a ello, siguieron predicando con una unción que jamás llegarían a tener los más cómodos.
Alguien dijo que Dios nunca desperdicia una lágrima y que cada dolor tiene un destino. Y que el cristiano que no ha sufrido, es como una espada que nunca fue forjada. Tiene forma de arma, pero no tiene filo. Pero el sufrimiento es la fragua, no el castigo. Lo que el griego te revele va a cambiar tu relación con el dolor. Eso, pese a todo el tiempo que llevas cargando esas heridas. Hay un diseño de una semana, de siete días, para que el Espíritu Santo trabaje en las áreas más complejas de tu vida.
Me estoy refiriendo a esas áreas en donde el dolor ha dejado marcas. No es mío esto, otra gente lo ha probado y el resultado ha sido óptimo en gran mayoría. Cambios en conceptos muy personales en la mitad de este diseño y no lejos de él. Decía alguien que cuando llevaba a cabo este diseño un día rompió en llanto y entendió que el sufrimiento no es castigo, sino preparación. Sólo hay que entenderlo primero, aceptarlo después y procurar sacarle el mayor rédito posible, finalmente.
Esto no es para todos, es para los que están cansados de frases religiosas vacías y quieren que el Espíritu Santo haga algo real en su dolor. Si tienes más de tres años como creyente y tu vida de oración sigue como el primer día, esto es puntualmente para ti. Veamos. Lo que la palabra Disciplina significa en griego y por qué cambia todo. La palabra que tu Biblia traduce como disciplina en Hebreos 12:6, es paideia. Del verbo paideuo, y aquí está el primer punto que te dejará sin dormir esta noche.
Paideuo no significa castigar, no significa corregir al desobediente. Tampoco significa imponer dolor como consecuencia del pecado. Paideuo viene de la raíz País, que significa Niño. Y el significado original de Paideuo, es educar a un niño. Criar, formar, entrenar, desarrollar. Es la palabra que se usaba en la Grecia antigua, para describir la educación integral de un hijo. No sólo la disciplina correctiva. Cuando un padre griego enviaba su hijo a la Paideia, no lo enviaba a un reformatorio. Lo enviaba a una escuela donde aprendería literatura, filosofía, música, atletismo y carácter.
La Paideia era un proceso formativo completo diseñado para convertir a un niño inmaduro en un adulto pleno. No era castigo, era inversión. No era dolor por el dolor, era desarrollo por experiencias que incluían dificultad, esfuerzo y si, a veces dolor. Pero siempre con un propósito educativo. Cuando Hebreos 12:6 dice que el Señor al que ama disciplina, no está diciendo que Dios castiga a los que ama, está diciendo que Dios educa a los que ama.
Invierte en los que ama, forma y somete a un proceso de desarrollo integral a los que ama. Y ese proceso incluye experiencias difíciles, no como castigo por algo que hiciste, sino como formación para algo que Dios quiere que seas. Hay una diferencia. El castigo mira hacia atrás. ¿Hiciste algo malo? ¡Aquí está la consecuencia! La Paideia mira hacia adelante. Quiero que seas algo grande, aquí está el proceso para llegar allí.
El castigo busca retribución, la Paideia busca transformación. El castigo destruye, la Paideia te construye. Y Dios, según el griego de Hebreos 12:6, no está castigando a sus hijos, está construyéndolos. Y esto no es todo, porque hay una segunda palabra en ese versículo que es aún más reveladora. La palabra azota, que es Mastigó en griego. Y su significado puede llegar a estremecerte. Mastigó, tu Biblia la traduce como azota y suena terrible.
Suena a un Dios violento que golpea a sus hijos. Pero cuando miras cuando más aparece esta palabra en el Nuevo Testamento, descubres algo que cambia radicalmente su significado en este contexto. Mastigó aparece en Mateo 20:19, donde Jesús profetiza lo que le harán en Jerusalén. Lo entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, lo azoten y lo crucifiquen. La misma palabra, Mastigó. Lo que le hicieron a Jesús antes de la cruz es la misma acción que Hebreos 12:6 dice que Dios hace con sus hijos.
Y aquí se te aclara algo. Dios no les hace a sus hijos algo que no se haya hecho antes a sí mismo. Jesús fue Mastigó antes de la cruz. Fue azotado, fue golpeado, sufrió el mismo tipo de dolor que Hebreos 12:6 describe para los hijos. Dios no es un Padre que infringe dolor desde la distancia cómoda del cielo. Es un padre que pasó primero por el dolor. Que lo conoce por experiencia propia. Que sufrió el Mastigó, antes de permitir que sus hijos lo sufrieran.
Isaías 53:5 dice que por su llaga fuimos nosotros curados. Sus heridas primero, tu curación después. Su dolor primero, tu formación después. Cuando un padre terrenal envía a su hijo a un entrenamiento militar sabiendo que va a sufrir, eso puede verse como crueldad o como amor, dependiendo de una sola cosa. ¿El padre pasó primero por lo mismo? Si el padre nunca sufrió y manda a su hijo a sufrir, es hipocresía. Pero si el padre sufrió, ya conoce el dolor, ya sabe lo que se siente y, aun así, decide que el proceso es necesario para que su hijo se convierta en lo que necesita ser, eso no es crueldad.
Es el amor más costoso que existe. El amor que dice Yo pasé por eso, y sobreviví. Y ahora te sostengo mientras tú pasas. Y eso es exactamente lo que Dios hace. No te manda al fuego desde un trono de comodidad. Te acompaña en el fuego, porque Él ya pasó por uno peor. Daniel 3:25, cuando los tres jóvenes fueron lanzados al horno de fuego, Nabucodonosor miró dentro del horno y dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño.
Y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses. Cuatro, no tres. Dios no sacó a Sadrac, Mesac y Abed Nego del fuego, ¡Se metió al fuego con ellos! Y caminó con ellos adentro, y los sacó sin que siquiera olieran a humo. Ese es el modelo de Hebreos 12:6. No el de un Dios que te lanza al sufrimiento y te mira desde arriba. Un Dios que camina contigo adentro del fuego. Que se quema contigo, que sufre contigo y que te saca al otro lado sin que el fuego te consuma.
Los versículos 7 al 11, que nadie te lee y que transforman el dolor en propósito. Ahora es cuando necesitas leer lo que viene después del versículo 6. Porque el autor de Hebreos no se detiene en el dolor, sino que explica el propósito. Y la explicación, es una de las declaraciones más profundas sobre el sufrimiento, que jamás se haya escrito. Hebreos 12:7-11:
Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.
Hay cinco revelaciones en ese pasaje que necesitas absorber una por una. La primera revelación es que el sufrimiento es evidencia de filiación, no de abandono. El versículo 8 lo dice con una brutalidad que incomoda. Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. En la cultura del primer siglo, un bastardo no tenía herencia, no tenía protección legal, no tenía acceso al padre.
Lo que aquí se está diciendo, entonces, es que la ausencia de proceso formativo, no es señal de favor divino, es señal de orfandad espiritual. El hijo sufre porque el padre invierte en él. El bastardo no sufre, porque el padre no le importa. Yo sé que esto suena muy duro, porque tal vez estés pensando que deberías alegrarte de sufrir. ¡No! ¡De ninguna manera! El verso 11 dice que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza.
No se te pide que te alegres del dolor, se te pide que entiendas al dolor. Que, en medio de la tristeza, que es normal y legítima, sepas que hay un padre detrás del proceso que no te abandonó, sino que está invirtiendo en ti de la forma más costosa que existe. La segunda revelación es que el propósito es tu santidad, no tu comodidad. El verso 10 dice: Para que participemos de su santidad. No para que participemos de su prosperidad, no para que tengamos más dinero, más salud, más éxito. Para que participemos de su santidad.
Dios no está interesado en hacerte cómodo, está interesado en hacerte santo. Y la santidad no se forma en la cantidad, se forma en el fuego, como el oro que se purifica a temperaturas extremas. Malaquías 3:3: Dios se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia. ¿Alguna vez has visto como un fundidor purifica plata? La calienta hasta que las impurezas suben a la superficie y luego la retira.
El calor no es el enemigo, es la herramienta. Y el fundidor no deja la plata en el fuego más tiempo que el necesario. La saca cuando puede ver su propio reflejo en ella. Tu sufrimiento dura hasta que Dios puede ver su reflejo en ti, ni un segundo más. La tercera revelación es que hay un después. Versículo 11: Después da fruto apacible de justicia. Después. Esa palabra debería ser un ancla para tu alma en medio de la tormenta.
El dolor tiene un después, no es eterno, no es infinito. No es sin fin, tiene un después. Y en ese después, hay fruto. Y no cualquier fruto, fruto apacible de justicia. La palabra griega para apacible, es Eirenikón, que viene de Eirene, que es paz. Shalom en hebreo, plenitud total. El fruto que nace del sufrimiento procesado con Dios es un tipo de paz que los que nunca sufrieron no pueden conocer. Es la paz del que pasó por el fuego y salió sin olor a humo. La paz del que lloró hasta quedarse seco.
Y descubrió que, en el fondo del pozo, Dios ya había puesto agua fresca. Esa paz no se compra en una librería cristiana, no se obtiene en un seminario. Se forja en el horno del sufrimiento y, los que la tienen, la reconocen en los ojos de otros que también la tienen. La cuarta revelación es la frase: A los que en ella han sido ejercitados. La palabra ejercitados en griego es Hegimnasmois, del verbo Gimnazo. ¿De donde crees que proviene la palabra gimnasio?
El sufrimiento formativo es un gimnasio espiritual. Cuando levantas pesas en un gimnasio, tus músculos se rompen literalmente. Las fibras musculares se desgarran con el esfuerzo. Y duele, pero es ese rompimiento el que permite que el músculo se reconstruya más fuerte. Sin rompimiento no hay crecimiento. Sin dolor, no hay fortalecimiento. Y Dios, según lo aquí escrito, te está poniendo pesas espirituales. Y no para destruirte, sino para fortalecerte.
Para que tu fe desarrolle músculos, que la comodidad nunca podría darle. Para que cuando llegue la verdadera batalla, no te quiebres al primer golpe. El atleta que se queja porque el entrenamiento duele, no es rechazado por el entrenador, es animado. El entrenador sabe que el dolor del entrenamiento es temporal, pero la fuerza que produce, es duradera. Y no reduce el peso porque el atleta se queja, aumenta el peso porque confía en la capacidad del atleta para soportar más de lo que cree poder soportar.
Dios confía en ti más de lo que tú confías en ti mismo. El peso que te puso, no es para quebrarte, es porque sabe que puedes cargarlo. Y si no pudieras, no te lo habría puesto. Esa es la diferencia entre un Dios cruel y un Padre que entrena. El cruel pone peso para destruir. El Padre pone peso porque cree en la fortaleza que Él mismo puso dentro de ti. Pero se nos dice que el fruto sólo aparece en los que se ejercitan en la disciplina, no para los que la evaden.
No para los que huyen del dolor. No para los que se anestesian con distracciones para no sentir, sino para los que se plantan en medio del dolor. Miran a Dios a los ojos y dicen: ¡Duele, pero no me voy! Si estoy aquí es porque tú me pusiste aquí. Y si me pusiste aquí, es porque aquí hay algo que debo aprender. ¡Muéstramelo! Esa oración, hecha desde el centro del fuego, es la oración más valiente que un ser humano puede hacer. Y es la oración que activa el fruto del después.
Y la quinta revelación es, quizás, la más poderosa de todas. Versículo 10: Nuestros padres terrenales nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso. Los padres terrenales cometen errores. A veces disciplinan por ira, por frustración, por sus propias heridas. Pero Dios disciplina para lo que nos es provechoso. Nunca por ira, nunca por capricho, nunca por venganza, siempre para tu bien. Romanos 8:28, que ya estudiamos en profundidad, confirma esto.
Todas las cosas obran para bien, no algunas, ¡Todas! Incluyendo las que duelen. Incluyendo las que no entiendes. Incluyendo las que te hacen gritar a las tres de la mañana preguntando por qué. Ahora necesitamos ser cuidadosos, porque no todo sufrimiento es disciplina divina, y pretender que todo dolor viene de Dios es tan peligroso como pretender que ninguno viene de Él. La Biblia describe distintos tipos de sufrimiento con diferentes causas.
El primer tipo es el sufrimiento por causa del pecado propio. Si robas y vas a prisión, eso no es Paideia, es consecuencia. Si destruyes tu matrimonio con infidelidad y tu esposa se va, eso no es Dios formándote, es el resultado de tu decisión. Gálatas 6:7: No os engañéis, Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Este tipo de sufrimiento no es disciplina formativa, es cosecha.
Y la respuesta correcta no es buscar propósito divino en él, sino arrepentirse genuinamente y aceptar las consecuencias con humildad. El segundo tipo es el sufrimiento por vivir en un mundo caído. Terremotos, enfermedades genéticas, accidentes aleatorios, pandemias. Romanos 8:22: Toda la creación gime a una y a una está con dolores de parto hasta ahora. El mundo está roto, y vivir en un mundo roto implica que a veces el dolor te alcanza sin que hayas hecho nada para merecerlo.
El bebé que nace con una enfermedad, no fue disciplinado por Dios. La familia que pierde su casa en un terremoto, no está siendo corregida. Es el gemido de la creación caída. Y la respuesta correcta ante ese sufrimiento no es buscar un pecado que lo justifique, sino llorar con los que lloran y esperar la restauración final que Apocalipsis 21:4 promete. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.
El tercer tipo es el sufrimiento por persecución. Jesús dijo en Juan 15:20: Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. Y Pablo confirmó en 1 Timoteo 3:12 Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución. Si sufres porque predicas a Cristo, porque predicas la verdad, porque te niegas a comprometer tu fe, eso no es Paideia correctiva. Es el precio del discipulado. Y tiene su propia recompensa.
Mateo 5:10: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la Justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. El cuarto tipo, es la prueba de fe. Santiago 1:2-3, dice: Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Las pruebas no son castigo, son exámenes. No diseñados para que Dios descubra como es tu fe, porque Él ya lo sabe.
Esos exámenes están diseñados para que tú descubras como es tu fe. Para que veas si lo que creías que creías realmente lo crees cuando el piso se te mueve debajo de tus pies. Y el quinto tipo es la Paideia de Hebreos 12:6. La formación intencional de Dios. El sufrimiento que tiene propósito educativo. Que está diseñado para desarrollar carácter, purificar fe, profundizar motivaciones y producir el fruto apacible de justicia.
No todo sufrimiento es Paideia, pero cuando lo es, tiene características específicas que lo distinguen de los demás tipos. ¿Cómo distinguir la Paideia del resto? Hay tres señales. Primera, produce cambio de carácter con el tiempo. Si después del sufrimiento eres más paciente, más compasivo, más dependiente de Dios, más sensible al dolor ajeno, menos arrogante, menos autosuficiente, probablemente fue Paideia. Si después del sufrimiento estás exactamente igual o peor, más amargado, más cerrado, puede ser otro tipo que no procesaste con Dios.
Segunda. La presencia de Dios es perceptible en medio del dolor. No como comodidad barata, sino como una certeza profunda, a veces inexplicable, de que no estás solo, aunque todo duele. Es lo que Job escribió cuando dijo: Yo sé que mi Redentor vive, No lo, veía, no lo sentía, pero lo sabía. Y ese saber era suficiente para no soltar la fe cuando todo lo demás, se había soltado. Tercera. El fruto se hace visible después, no durante. Después. Y a veces, mucho después.
El José que fue vendido como esclavo, no vio el propósito durante trece años. Piensa en eso. No trece días, no trece semanas, ¡Trece años! Vendido por sus propios hermanos a los diecisiete años. Esclavo en Egipto, falsamente acusado por la esposa de Potifar, encarcelado, olvidado por el copero al que le interpretó el sueño. Año tras año sin explicación, sin profecía, sin un ángel que le dijera: ¡Aguanta, que ya casi termina! Sólo silencio divino y dolor humano durante trece años.
Y después de esos trece años, cuando finalmente vio el propósito, cuando estaba frente a sus hermanos como gobernador de Egipto, pudo decir en Génesis 50:20: Vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encaminó a bien. Para hacer lo que vemos hoy, para mantener vida en mucho pueblo. ¡Trece años entre la cisterna y el palacio! Trece años de Paideia invisible que sólo se hizo visible al final. Y la pregunta que tu sufrimiento te está haciendo ahora mismo no es por qué me duele. Es si vas a confiar en el Dios del después, aunque el durante no tenga sentido.
Hay algo que Jesús enseñó sobre el sufrimiento y que nadie te predica. Necesitamos escuchar lo que el propio Jesús dijo sobre el sufrimiento. Porque la iglesia moderna ha creado dos extremos falsos. El primero dice que si sufres, es porque Dios te castigó. El segundo dice que si tienes fe, nunca sufrirás. Y Jesús destruyó ambos extremos con una sola frase, Juan 16:33: Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
Tendréis aflicción, futuro garantizado. No dice tal vez tendréis, o quizás en una de esas os toca sufrir. Dice que tendremos aflicción. La aflicción no es una posibilidad para el cristiano, es una certeza. Jesús no prometió una vida sin dolor, prometió una vida con Él en medio del dolor. Y la diferencia entre ambas promesas, es la diferencia entre la teología de la prosperidad y el evangelio real del Reino. La prosperidad promete la ausencia de dolor, pero Jesús promete su presencia en el dolor.
Y su presencia en el dolor, es infinitamente más valiosa que la ausencia de dolor. Porque la ausencia de dolor es temporal, pero su presencia es eterna. Pero mira las dos partes de la frase. Tendréis aflicción. Eso es la realidad, pero confiad, esa es la respuesta. Yo he vencido al mundo, eso es el fundamento. Jesús no dice no sufrirás, dice que cuando sufras, recuerdes que Él ya venció lo que te está haciendo sufrir. No elimina el dolor, le da contexto. Le da horizonte, le da el después.
Es como un capitán que le dice a sus solados antes de la batalla: habrá heridos, habrá sangre, habrá dolor, pero ya ganamos, la victoria ya está asegurada. Peleen sabiendo que el resultado final, ya está de nuestro lado. La batalla duele, pero el resultado ya fue decidido en la cruz. Y esa certeza no elimina el dolor de la batalla, pero le quita al dolor, el poder de destruirte. Porque un dolor con final, es soportable. Lo que no es soportable es un dolor sin sentido y sin final. Y Cristo te dio las dos cosas.
Sentido, porque es Paideia y final, porque Él ya venció. Y en Juan 9:1-3 le preguntaron a Jesús sobre un hombre ciego de nacimiento. Rabí, ¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? La pregunta de los discípulos, es la misma que la iglesia sigue haciendo hoy. ¿Quién tiene la culpa del sufrimiento? Y la respuesta de Jesús destruye la lógica de culpa. Respondió Jesús: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.
No pecó él ni sus padres. El sufrimiento no siempre es consecuencia del pecado, a veces es escenario de gloria. A veces Dios permite el dolor no como castigo, sino como lienzo donde va a pintar algo que sólo Él puede pintar. Y la obra que pintó en el ciego de nacimiento, fue una obra que llevó dos mil años siendo contada. El dolor temporal se convirtió en testimonio eterno. Pero cuidado, una cosa es hablar del sufrimiento como teólogo de escritorio y otra como paciente que todavía sangra.
Dios jamás desperdicia el dolor de sus hijos, como un alquimista no desperdicia el fuego. El fuego tiene un propósito, convertir el plomo en oro. Y el dolor también tiene un propósito, convertir al cristiano inmaduro en un vaso de honra que refleja la gloria de Dios desde las grietas que el sufrimiento dejó. Y no te avergüences de sufrir, porque la autoridad que nace de la vulnerabilidad, es inquebrantable. Nadie puede quitarte lo que admitiste voluntariamente.
Y nadie puede usar en tu contra lo que tú mismo pusiste sobre la mesa. ¿Sabes por qué esto tiene que hacerte pensar muy seriamente en lo que crees y cómo lo crees? Porque si el predicador más grande que el mundo cristiano ha producido, sufrió depresión, dolor físico y desolación espiritual, eso te dirá que tú no estás siendo menos cristiano por sufrir lo que hoy sufres. No eres menos fiel por llorar, no eres menos valiente por quebrarte, eres humano. Y Dios no te llamó a ser invulnerable.
Te llamó a ser vulnerable en sus manos, que es muy diferente. Ha quedado demostrado que, los que sienten más profundo, sufren más profundo. Y que Dios usa a los que sufren profundo para consolar profundo. 2 Corintios 1:3-4 dice: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.
¿Estás viendo la cadena? Dios te consuela en tu sufrimiento para que tú puedas consolar a otros en el suyo. El dolor no es solo tuyo, es un recurso que Dios va a usar a través de ti, para sanar a alguien que aun no conoces. Alguien que está pasando ahora mismo por lo que tú pasaste hace un año. Y cuando esa persona te cuente su dolor, tú no vas a decirle “¡Todo tiene un propósito!”, con una sonrisa plástica. Vas a mirarla a los ojos, con lágrimas en los tuyos y decirle: Yo sé lo que sientes, porque lo viví…
Y esas palabras, dichas desde la cicatriz propia, van a tener más poder que mil sermones dichos desde el púlpito cómodo. Porque no siempre te han dicho, enseñado o incluso predicado la verdad o al menos toda la verdad. De hecho, podemos rescatar algunas mentiras enseñadas al respecto. Te comparto cinco, aunque puede haber alguna o varias más, depende el lugar y su cultura. Obviamente, no es el sufrimiento el que puede destruir tu fe, sino las mentiras respecto a eso.
La primera mentira, ya la estuvimos examinando, es que si sufres es porque seguramente pecaste. Quedó claro que Jesús destruyó esta lógica cuando se refirió a ese hombre ciego de nacimiento. Y si no alcanza este ejemplo, lo tienes a Job, que sufrió muchísimo más que cualquier pecador de su época y lugar, dando oportunidad para que el propio Dios testificara a su favor. Si el sufrimiento realmente fuera proporcional al pecado cometido, Job hubiera sido el hombre más feliz del planeta. Y fue el que más sufrió.
O sea que la ecuación sufrimiento pecado, fue una mentira que los amigos de Job predicaron y que Dios mismo condeno al final del libro. La segunda mentira es que, si tienes suficiente fe, no sufrirás. Pablo tenia fe suficiente para resucitar muertos, sanar enfermos y fundar iglesias en todo el Mediterráneo. Y sufrió más que la mayoría de los cristianos juntos. 2 Corintios 11:24-27 lo relata: De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno.
Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez;
Si la fe eliminara el sufrimiento, Pablo hubiera sido el hombre más cómodo de la historia. Sin embargo, fue el más golpeado. La tercera mentira es que Dios nunca da más de lo que puedes soportar. Esta es una distorsión de 1 Corintios 10:13, que habla específicamente de tentación, no de sufrimiento. Dios si permite que el sufrimiento supere tu capacidad de soportarlo solo. Esa es la clave, solo. 2 Corintios 1:8-9, Pablo confiesa: fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas de tal modo, que aun perdimos la esperanza de conservar la vida.
Pablo mismo dice que fue abrumado más allá de sus fuerzas. Dios nunca prometió que jamás te sentirías aplastado. Prometió que, cuando estés aplastado, Él estará allí para levantarte, no para que no caigas. Para que cuando caigas, no te quedes en el suelo. La cuarta mentira, es que el tiempo sana todas las heridas. No. El tiempo no sana nada. Lo que sana, es lo que haces con el tiempo. Puedes pasar veinte años cargando la misma herida si nunca te decides a llevarla ante Dios.
El tiempo sin procesamiento, es sólo tiempo perdido. La Paideia requiere que proceses el dolor con Dios. Que llores delante de Él, que le grites si es necesario. Que le hagas las preguntas difíciles sin censurarlas. Los salmos están llenos de gritos a Dios. Salmo 22:1: ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Eso no es falta de fe. Eso es fe en crisis, buscando al único que puede responder. Y la quinta mentira es que el cristiano maduro no sufre, o sufre sonriendo.
Jesús lloró en Juan 11.35. Dos palabras. No sonrió, no citó un versículo de ánimo; lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, sabiendo que lo iba a resucitar en cinco minutos. Pero lloró, porque el dolor merece lágrimas y llorar no es debilidad, es humanidad. Y Jesús, siendo Dios, eligió llorar como humano para que tú supieras que tus lagrimas no lo avergüenzan, sino que lo honran. Porque son la evidencia que amas lo suficiente como para que la pérdida te duela.
Sé que esto h a sido largo, profundo y ha tocado heridas que tal vez nadie había nombrado en voz alta. Y ahora la pregunta será: ¿Qué harás con lo que escuchaste? Primero: deja de buscar la razón del dolor y empieza a buscar a Dios en el dolor. Recuerda siempre Job. Él no recibió explicación, recibió encuentro. Y el encuentro fue suficiente. Y no compares tu dolor con el de otros. Tu dolor es tuyo. No necesita competir con el de nadie para ser válido.