Un día me fue dicho que debía anunciar el nombre de Jesucristo a todos mis hermanos. Cometí el mismo error que multitudes de creyentes fieles, pero inmaduros han cometido a lo largo de su vida de fe: pretender entender a Dios. El tiempo me enseñaría -con no pocos golpes-, que a Dios no hay que entenderlo cuando no vemos con claridad lo que quiere hacer; sólo hay que obedecerlo y creer que hará lo mejor. Por eso, durante mucho tiempo me y le preguntaba por qué debía anunciar el nombre de Jesús a quienes, supuestamente, lo conocían. La respuesta la tengo en este tiempo, donde todo lo que vemos se mueve, tambalea, gira, se invierte y cambia a velocidades supersónicas. Porque hay muchísima gente en nuestro ambiente espiritual que habla de Jesús, pero son muchos menos los que lo conocen.
Esa fue la respuesta y sigue siéndola hoy. Entonces me preguntas: ¿Por qué es necesario anunciar a Jesucristo? Te respondo: Es necesario anunciar a Jesucristo por numerosos y complementarios motivos. Es algo que nos ha ordenado: Dios Padre, el propio Jesucristo, y el Espíritu Santo, además del mismo Evangelio, la persona humana, el cristiano en general, lo que conocemos como la Iglesia, y la sociedad actual. La pregunta siguiente que surge, es: ¿Por qué quiere eso Dios Padre? Si leemos lo que Pablo le dice a Timoteo en su Primera Carta, capítulo 2 y versos 3 y 4, lo entenderemos: Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.
Punto primero: para que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad, nosotros somos los únicos que podemos guiarlos a eso. ¿Quién lo haría, sino nosotros, como cuerpo de Cristo en la tierra? Por esa razón Dios envió a Jesucristo en calidad de Salvador de todo el que lo reconozca como Hijo de Dios, lo acepte como Salvador y lo convierta en Señor de su vida. Por esa misma causa, Dios Padre también envió a su Espíritu, gracias al cual podemos creer e invocar Su Nombre. Porque sólo podemos llamar a Cristo Señor, por la guía del Espíritu Santo. Por esa razón el mundo secular, salvo por burla o broma, jamás llama Señor a Jesús.
Ahora bien. Sabemos estos puntos esenciales, pero hasta aquí sigue siendo teoría. En lo práctico, todavía falta recorrer bastante sendero para arribar a sitios seguros. Porque, veamos: ¿En qué modo Dios quiere hacer conocer su hijo a todos los hombres? No sé si se puede hablar de modos, sistemas o formas, porque ya sabemos más que largamente que Dios no las tiene, que es Soberano e imprevisible. Pero hay algo que sí debemos conocer. Dios ha escrito en el corazón del hombre el deseo de conocerlo y amarlo, y no cesa de atraer a cada persona hacia Él, por medio de Su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Al mismo tiempo confía a los hombres, convocados por Él en Su Pueblo, la misión de hacer conocer a Su Hijo y de comunicar la salvación realizada por Él. ¿Verdad que vamos entendiendo?
Fue escrito hace mucho tiempo por Juan, en el décimo capítulo de su evangelio, y en el verso 10, donde leemos a Jesús decir esto: El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Todavía es mucha, por falta de enseñanza genuina, la gente que confunde esto que dice al principio, con aquello de que cuando Jesús retorne en su Segunda Venida, lo hará como ladrón en la noche. Nada que ver. Aquí habla de otro ladrón, de uno que, justamente por no mencionarse y no enseñarse demasiado sobre él, pasa desapercibido justamente en una iglesia que fue puesta en la tierra para recuperar para Dios un Reino que ahora precisamente está usurpado por este ladrón que viene a robar, matar y destruir todo lo que pueda y le permitan.
Sin embargo, es la segunda parte de esta expresión la que nos llena de paz y tranquilidad. Porque si Él vino para que tengamos vida y para que esa vida sea en abundancia, no veo ni entiendo el motivo por el cual no deberíamos esperarlo, confiar en que así será y experimentarlo. La única incógnita que nos queda en nuestra mente estructurada, lineal y casi humanista, es: ¿Cómo realiza Jesús esta misión? Obviamente, no tiene una manera, sino muchas. Una de ellas, es que Él anuncia a todos la “Buena Nueva”, que es lo que en líneas generales significa decir Evangelio. Eso, independientemente de ofrecer su vida, muriendo en la Cruz. En Mateo 26:27-28 se habla de esto cuando en el marco de aquella Cena, se lee: Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.
Está más que claro, ¿Verdad? No es casual que antes de volver al Padre, Jesús les dejara instrucciones bien precisas a sus discípulos de ese momento, que es lo mismo que decir que nos las dejó a nosotros, sus discípulos de este siglo veintiuno. En Mateo 28:18-19 lo leemos: Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; ¿Qué lo hizo y hace tan especial? Que se presentó siempre como diferente a todos los otros, como único. ¿fue único? Sí, lo es. Porque Él es el Único Hijo de Dios, consustancial a Dios su Padre: Por eso en Juan 10:30 se lee: Yo y el Padre uno somos. ¿Se entiende? Porque nosotros también somos hijos del Dios Altísimo, pero no en las que fueron y son sus condiciones, esto es obvio y sabido.
Por eso, Él, y sólo Él nos hace conocer a Dios Padre de manera plena, perfecta y definitiva. Bien lo relata Juan en 14:9 de su evangelio, cuando repitiendo palabras de Jesús, escribe: Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿Cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? La gran pregunta contemporánea que existe, entonces, es: ¿Has visto a Cristo? Y no estoy hablando de visión natural, sino espiritual. ¿Lo has visto? Si la respuesta es afirmativa, quédate tranquilo, porque también has visto al Padre. Y eso no es todo, porque también nos ha regalado, con Su muerte y Su Resurrección, la verdadera y plena salvación. Hechos 4:12 lo confirma: Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.
A alguien le preguntaron qué era la fe, si podía definirla. Sólo respondió: “La fe no es algo que tienes para una prueba. La fe es algo que te mantiene en pie cuando no tienes pruebas”. Dar gracias a Dios porque, te haya sucedido lo que fuera y todavía estás aquí, respirando. Eso es la fe. Y este es su gran punto. Que no se trata de controlar a las personas. Tampoco de imponérsela a nadie. Se trata de como las personas tratan de darle sentido a los momentos más difíciles de sus vidas. Puedes llamarlo algo irracional, pero todos saben que hay algo en ella. La fe no es algo a lo que la gente se aferra por desesperación, es lo que evita que se derrumben. Tampoco se trata de probarle algo a los demás, sino de lo que las personas han vivido. La esperanza no se puede probar de manera científica, sólo existe, y muchos, aquí, lo saben. Sin importar cuan divididos parezcamos estar entre nosotros. Sin importar cuanto siga gritando el mundo secular que la fe está obsoleta, algo es real. Aún hay personas buscando significado, algo más allá de lo tangible, algo que no conocen, que dudan, pero que saben que existe.
Entonces cabe la pregunta ante la duda de muchos en algún momento de sus vidas. ¿Jesucristo, puede llegar a quitarle algo al hombre, en algún momento y por alguna razón? No. De ninguna manera. Jesucristo no le quita nada al hombre, todo lo contrario, Él Le regala una nueva vida divina en calidad de hijos de Dios; lleva a cumplimiento, después de haberlo purificado, cuánto hay de verdadero, bueno y bello, en cada persona y en cada manera de adorar a Dios; realiza plenamente las auténticas aspiraciones del hombre; abre nuevos horizontes a ese hombre, le muestra el camino y le brinda la gracia para poder realizarlos; y, finalmente, jamás disminuye, sino que exalta la libertad humana y la orienta hacia su cumplimiento, en el encuentro gozoso con Dios y en el amor gratuito y atento al bien de todos los hombres. EL ESPÍRITU SANTO derramado en nosotros como un don de Dios Padre, por medio de Jesucristo muerto y resucitado, nos impulsa a ser, justamente, sus anunciadores.
Juan 17:3 lo expresa así: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Con su luz y su gracia, la humanidad puede, en Cristo, encontrar, con insospechada e inimaginable plenitud, todo lo que busca a tientas y hasta a oscuras acerca de Dios, acerca del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, en suma, de la verdad. Por esa razón es que el evangelio de Jesucristo es anunciado a todos. ¿Por qué? En primer término, y nada menos, porque es capaz de entusiasmar vivamente a la persona de cualquier edad, cultura y lengua. Penetrar toda forma de vida que a priori no la excluye. Y esto porque la Palabra de Cristo no está ligada exclusiva e indisolublemente a ninguna raza o nación, a ningún género particular de costumbres, a ningún modo de ser, antiguo o moderno El Evangelio es para todas las culturas, y todas las culturas pueden ser fermentadas por el Evangelio: como la semilla que cae en tierra, y donde es posible germina y fructifica; o bien, como la levadura que fermenta la masa, o la sal que da sabor a la comida, o el rocío y la lluvia que le permite crecer a la vegetación
Es decir que el Evangelio de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Continuamente purifica y eleva las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad. También tiene que ver con una realidad palpable y cotidiana, que es la persona humana. Porque es capaz de otorgarle y posibilitarle un diálogo con su Creador, y porque por esa causa tiene el derecho y el deber de: escuchar la Verdad, de la manera más auténtica, íntegra y completa que sea posible: la “Buena Nueva” de Dios que se revela y se otorga en Cristo. De este modo la persona realiza en plenitud su propia vocación; anunciar la Verdad, para compartir con los demás la propia fe: es propio del hombre el deseo y el empeño concreto de hacer participar a los demás de los propios bienes, que recibió como don y que aprecia; Y por último, vivir en plenitud la propia vida: Ya que como dice Mateo 4:4, No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
De acuerdo. Absolutamente de acuerdo. No puede ser de otro modo, pero… ¿Por qué causa una persona tiene necesidad del anuncio de Cristo? Respuestas habría miles, pero te rescato tres: Porque Cristo libera al hombre del pecado y lo convierte en Hijo de Dios; porque revela a ese mismo hombre su propia, integral y original identidad y porque tiene una extraordinaria fuerza de atracción y de convencimiento también para el ser humano de este tiempo. Por eso, es necesario anunciar a todos, de modo sereno y positivo, la Verdad, que como todos sabemos ES Cristo, (Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida, dijo), en su integridad, en su armonía, y también en su belleza, porque la tiene y es lo que tanto fascina al hombre de hoy. De este modo será posible para la persona humana conocer y acoger aquel esplendor de la verdad que es Cristo mismo. Añadirle más, sería juga con las palabras humanas de modo innecesario.
Todo creyente, como tal, tiene el derecho y el deber de anunciar a Jesucristo. ¿Tiene algún fundamento sólido ese derecho o deber? Lo tiene. Primero, dentro de su libertad de elegir conforme a una voluntad que Dios le hizo libre, en qué va a creer y en qué no va a creer. Es una exigencia profunda de la vida de Dios en él. Esta necesidad de anunciar a todos el Evangelio, nace en el creyente de la exigencia de compartir con los demás, todo aquello que desde lo original, específico y único, él recibió de parte de Dios, es decir, la fe. Se funda, asimismo, en el mandato de Cristo que Marcos relata muy bien en 16:15-16 de su evangelio: Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Recuerda que bautizar, es una palabra que significa sumergir, y que si bien Juan lo mecanizó a partir del agua, en lo espiritual implica sumergirse EN Él. En suma, esto es estar EN Cristo.
El anuncio de Cristo es indispensable para que los demás puedan conocer y recibir a Cristo para obtener la salvación. Sé perfectamente que a esto lo ha hecho mucha gente que luego, se ha sentido frustrada porque no ha visto resultados positivos. Sin embargo, se olvidaron de un detalle fundamental. La propia palabra dice que era Dios el que añadía a los que iban a ser salvos. Nosotros debemos ser obedientes y predicarle el evangelio a toda criatura, pero teniendo en cuenta que sólo lo recibirán aquellos a quienes el Espíritu Santo les haya dado convicción de pecado. Para los demás, habrá sido como oír llover. Porque para creer en Él, es necesario sentir hablar de Él, que alguien te lo diga. Pero la decisión final siempre será tuya. Dios te hizo con una voluntad y jamás te la va a manipular ni obligar a lo que no quieras, así eso te cueste la vida eterna con Él. Pablo lo dice a los Romanos en 10:14: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?
Muy bien; creo que te queda más que claro que quien debe anunciar a Cristo es la iglesia, ¿Verdad? Porque la iglesia, tal como es y no como la convirtieron en lo que ellos quisieron que fuera, existe no para anunciarse a sí misma, ni para anunciar una nueva y extraña religión, o para anunciar a un pastor exitoso, sino para anunciar y comunicar a Cristo. El primer y principal empeño de la Iglesia en su tradición bimilenaria ha sido y es la transmisión del Evangelio. No tiene otra función ni misión. Porque ekklesia, palabra de la cual derivamos hoy a iglesia, significa asamblea. Es una asamblea que representa a un rey y transmite todo aquello que ese rey desea que se conozca. Es derecho y deber de la Iglesia, de toda la Iglesia, anunciar todo el Evangelio a todo el hombre y a todos los hombres, en el modo más fiel posible, evitando reduccionismos o ambigüedades, y reservando a este anuncio el primer lugar dentro de todas sus actividades y preocupaciones. Cualquier otra cosa, es religión y no funciona, todos hemos visto y sabemos que, espiritualmente, no funciona. Y eso sin mencionar lo más grave: corrupción. Eso no es Dios.
Los mismos discípulos de Jesús, en los comienzos de la vida de lo que luego se denominaría iglesia, (Hasta allí lo era sólo la sinagoga), le dieron total y absoluta prioridad al anuncio de Cristo como único y suficiente Salvador. Lo leemos en Hechos 6:2-4 cuando expresa: Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra. Después de los Apóstoles, muchos otros hicieron propias las palabras de Pablo cuando dice en 1 Corintios 9:16: Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! ¡Es una obligación y un honor la predicación del Evangelio!
Toda actividad de la Iglesia (incluida la actividad asistencial en todos los órdenes necesarios, la promoción de la paz, debe ser inseparable del empeño de ayudar a todos a encontrar a Cristo en la fe. Esta norma de conducta ha sido válida durante toda la historia del evangelio y continuará siéndolo siempre. Son innumerables las iniciativas que surgieron a lo largo de la historia para difundir el Evangelio y caracterizan profundamente toda la vida del Pueblo de Dios: esas conducen al encuentro con Cristo. Pero el rol más valioso e importante, siempre, lo ha cumplido, cumple y seguirá cumpliendo el Espíritu Santo. La acción evangelizadora de la Iglesia no puede venir nunca a menos, porque nunca faltará la presencia del Señor con la fuerza del Espíritu Santo, según su promesa que recoge y relata Mateo 28:19-20: Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
La Iglesia, anunciando a Cristo Verdad y salvación del hombre, va al encuentro de la necesidad de cuantos buscan sinceramente esta Verdad y salvación, estableciendo con ellos un diálogo motivado, finalizado y centrado en el amor a la Verdad. Cada uno es llamado a la santidad, a eso lo sabemos. Ahora la santidad , que significa estar separado para), consiste en seguir las huellas de Jesús que vino a anunciar la salvación y confió tal misión de anunciador a cada cristiano y a toda la Iglesia. La sociedad actual, tal como la conocemos e independientemente del lugar de residencia de cada uno de nosotros, tiene necesidad imperiosa del anuncio del evangelio. ¿Cómo se manifiesta esta necesidad? El actual contexto cultural, caracterizado sea de un difuso relativismo como de un fácil pragmatismo, exige más que nunca el valiente anuncio de la Verdad que salva al hombre y a la sociedad que lo cobija. El orden ético social tiene necesidad de ser iluminado con el anuncio de Cristo. Ese orden ético incide más que cualquier otro valor material sobre las direcciones y soluciones que se deben dar a los problemas de la vida individual y asociada, en el interno de la comunidad nacional y en las relaciones entre ellas.
El anuncio del Evangelio ayuda a comprender el patrimonio histórico-cultural de muchos pueblos y naciones. De hecho, los principios del Evangelio son parte constitutiva de tal patrimonio: la historia, la cultura, la civilización de muchas generaciones, a lo largo de los siglos, están impregnados de cristianismo e íntimamente enlazados al camino de la Iglesia genuina, más allá de la participación activa de otras manifestaciones no siempre correctas. Lo testimonian no sólo las innumerables obras de arte, que embellecen diversos lugares del mundo, sino también las tradiciones, los usos, las costumbres, que caracterizan el pensar y el obrar de los diversos pueblos. Dios no es un anciano malo y cruel que habita en un lugar lejano esperando que te equivoques para descargar toda su ira sobre ti y hacerte añicos. Dios ES amor y, como tal, ejerce ese amor en todas las formas invisibles y visibles. En esta última se anota el arte, cuando ese arte tiene intención de suma y no de resta.
El mundo de hoy, mientras facilita la comunicación, duda de la capacidad de la persona para conocer la Verdad, o hasta niega la existencia de una única Verdad y sin embargo, al mismo tiempo, manifiesta en varios modos una necesidad de Absoluto, una sed insaciable de verdad y de certeza. El anuncio viene al encuentro de tales exigencias y está en grado de dar a ellas la plena satisfacción. Aunque la rechacen. El anuncio del Evangelio, no lleva al empobrecimiento o desaparición de todo lo que cada hombre, pueblo, nación y cultura reconocen y realizan en la historia como bien, verdad y belleza. Es más, el Evangelio induce a asimilar, desarrollar y vivir todos estos valores con magnanimidad y alegría, y a completarlos con la misteriosa y sublime luz de la Revelación. Por éstos y otros motivos, todavía es absolutamente necesario anunciar a Jesucristo que murió y resucitó por todos.
Permítanme cerrar con aquel glorioso salmo que, sin exagerar, dramatizar ni ocultar nada, le dio una dirección única a mi vida. Que yo luego la haya seguido fielmente o, en su defecto, me haya equivocado y haya intentado otras vertientes surgidas de mi inútil sabiduría humana, no opaca una verdad que hoy, ha servido para llevarte este trabajo de afiatamiento y consolidación de una palabra recibida hace muchos años, puesta en marcha de inmediato, quizás diluida con el correr de los tiempos, y puesta otra vez como punta de lanza hoy por mandato divino, exactamente igual a como comenzó.
Salmo 22: 19-22 = Mas tú, Jehová, no te alejes; Fortaleza mía, apresúrate a socorrerme. Libra de la espada mi alma, Del poder del perro mi vida. Sálvame de la boca del león, Y líbrame de los cuernos de los búfalos. Anunciaré tu nombre a mis hermanos; En medio de la congregación te alabaré. Como puedes ver, anunciar el nombre de Jesucristo a mis hermanos, no es una tarea ni tranquila ni sencilla. Tiene tanta oposición que es necesario pedirle al Dios Padre que haga por ti todo eso que dice en los primeros versos. Para que te quede más claro, te lo reitero según la versión Nueva Traducción Viviente, que lo expresa así a los mismos versos: ¡Oh Señor, no te quedes lejos! Tú eres mi fuerza; ¡ven pronto en mi auxilio! Sálvame de la espada; libra mi preciosa vida de estos perros. Arrebátame de las fauces del león y de los cuernos de estos bueyes salvajes. Anunciaré tu nombre a mis hermanos; entre tu pueblo reunido te alabaré.
Sólo un comentario anexo final. Si tienes dudas respecto a quienes son los que te atacan a espada cuando anuncias Su nombre, presta mucha atención a la actividad solapada de los perros, leones y bueyes porfiados y crueles que la religión a veces te envía para obstaculizar tu misión. A Jesús no lo colgaron los romanos, lo colgaron sus paisanos religiosos. Que no se repita, sea declarado, decretado, activado y puesto en marcha en el nombre de Jesucristo de Nazaret. Amén.