Estudios » Blog

7 – Seguridad

 

 

Efesios 3: 10-12 = para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él; Sólo en Cristo tenemos seguridad. NTV añade:  El propósito de Dios con todo esto fue utilizar a la iglesia para mostrar la amplia variedad de su sabiduría a todos los gobernantes y autoridades invisibles que están en los lugares celestiales. Ese era su plan eterno, que él llevó a cabo por medio de Cristo Jesús nuestro Señor. Gracias a Cristo y a nuestra fe en él, podemos entrar en la presencia de Dios con toda libertad y confianza.

La palabra “seguridad” suele evocar imágenes inmediatas: cerraduras firmes, cámaras vigilantes, estadísticas, leyes, protocolos. Pensamos en proteger lo que tenemos, en evitar riesgos, en blindarnos frente a un mundo que percibimos incierto. Sin embargo, cuando la vida se mira con cierta profundidad —no solo desde la urgencia sino desde el sentido— la seguridad deja de ser únicamente un asunto externo y comienza a revelar su dimensión más íntima: aquello en lo que confiamos cuando todo lo demás tiembla.

Desde una mirada bíblica, pero no encorsetada en lo religioso sino abierta a la experiencia humana, la seguridad no es una ilusión de control sino una relación de confianza. La Escritura no niega los peligros —los reconoce con una honestidad sorprendente—, pero propone algo que va más allá de evitarlos: aprender a habitar el mundo con una certeza interior que no depende completamente de las circunstancias. Es, si se quiere, una seguridad que no se compra ni se instala, sino que se cultiva.

En términos sociales, vivimos una época que multiplica mecanismos de protección, pero también ansiedades. Cuanto más intentamos controlar, más evidente se vuelve lo incontrolable. Es una paradoja moderna: tenemos más herramientas que nunca, pero menos tranquilidad que antes. No es casual. Cuando la seguridad se apoya exclusivamente en factores externos —economía, estabilidad política, tecnología— queda inevitablemente expuesta a sus vaivenes. Y como esos vaivenes son constantes, la sensación de inseguridad también lo es. 

Aquí es donde el mensaje del Reino de Dios introduce una perspectiva distinta, profundamente contracultural y, al mismo tiempo, sorprendentemente práctica. No propone negar la realidad ni abandonar la responsabilidad social; no invita a una pasividad ingenua. Por el contrario, impulsa una forma de vivir donde la seguridad comienza en el interior y se proyecta hacia afuera en acciones concretas, justas y solidarias. ¿Puedes entenderlo? ¿No? Entonces sólo créelo, porque desde allí comienza el camino. Si no crees, el Reino para ti no existe y sólo es fantasía. ¿Comprendido?

Jesús no prometió ausencia de problemas. Eso ya sería motivo suficiente para tomar en serio su mensaje, porque evita el autoengaño. Lo que sí propuso fue una manera distinta de atravesarlos. Cuando habla del Reino, no se refiere a un territorio geográfico ni a una estructura política, sino a una dinámica viva: a una jurisdicción activa, a una dimensión comprobable, es Dios actuando en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo humano. Y ahí, en esa dinámica, la seguridad adquiere otro sentido.

Es la seguridad de saberse acompañado, incluso cuando las respuestas no llegan de inmediato. Es la certeza de que la vida no es un accidente sin dirección, sino un proceso con propósito. Es la confianza en que el bien, aunque a veces parezca frágil, tiene una fuerza persistente. 

Ahora bien, esto no es poesía abstracta. Tiene implicancias concretas. Por ejemplo, en lo personal: una persona que encuentra su seguridad en lo esencial no necesita construir su identidad sobre la aprobación constante de los demás. Puede equivocarse sin destruirse, aprender sin paralizarse, cambiar sin perderse. Eso ya es una forma de libertad.

En lo social, esa seguridad interior se traduce en actitudes que generan entornos más sanos. Alguien que no vive dominado por el miedo es menos propenso a reaccionar con violencia o desconfianza automática. Puede escuchar, dialogar, construir. No porque sea ingenuo, sino porque no necesita defenderse de todo y de todos todo el tiempo.

Y aquí aparece un punto clave: la seguridad bíblica no es aislamiento, es vínculo. No se trata de levantar muros más altos, sino de construir relaciones más firmes. Esto no elimina la necesidad de estructuras de seguridad en la sociedad —leyes, instituciones, prevención—, pero las reubica en su lugar justo. No son la fuente última de tranquilidad, sino herramientas que funcionan mejor cuando están sostenidas por valores más profundos.

El evangelio del Reino invita a una ética de la confianza activa. No es “dejar todo en manos de Dios” en el sentido de desentenderse, sino participar conscientemente en la construcción del bien, sabiendo que no estamos solos en ese proceso. Es una colaboración, no una delegación. La delegación, en todo caso, es de una autoridad emanada desde el trono de ese Reino. 

Y sí, también hay algo de humor en todo esto, porque muchas veces nos comportamos como si cargar con todo el peso del mundo fuera una obligación personal. Nos estresamos intentando controlar lo incontrolable, como quien quiere atajar el viento con una red de pescar. La fe, en su sentido más genuino, no elimina la responsabilidad, pero sí aligera esa carga absurda de pretender ser omnipotentes. En términos simples: no somos Dios, y eso, lejos de ser una mala noticia, es un gran descanso.

Ahora bien, ¿Cómo se traduce esta visión en prácticas concretas? Porque sin práctica, toda idea —por más profunda que sea— se diluye.

Primero, cultivar espacios de silencio y reflexión. No como evasión, sino como entrenamiento interior. La seguridad profunda no se construye en el ruido constante. Requiere momentos de pausa donde uno pueda ordenar pensamientos, reconocer emociones y reenfocar la mirada. Esto no necesita rituales complicados; basta con la decisión de detenerse unos minutos al día con honestidad.

Segundo, ejercitar la gratitud. Puede parecer simple, incluso ingenuo, pero tiene un impacto real. La gratitud reconfigura la percepción. No niega los problemas, pero evita que ocupen todo el panorama. Una persona agradecida no vive en una burbuja; simplemente no pierde de vista lo que sí funciona, lo que sí está, lo que sí sostiene. 

Tercero, practicar la coherencia. La seguridad interior se fortalece cuando lo que pensamos, decimos y hacemos empieza a alinearse. La incoherencia genera inestabilidad interna, una especie de “ruido” que desgasta. No se trata de perfección, sino de dirección: ir acercando cada vez más la vida real a los valores que decimos sostener.

Cuarto, construir comunidad. La idea de autosuficiencia total es atractiva en teoría, pero insostenible en la práctica. Necesitamos a otros. Y no solo para recibir, sino también para dar. La seguridad compartida —esa red de apoyo mutuo— es una de las expresiones más concretas del Reino en lo cotidiano.

Quinto, aprender a soltar. Esto es probablemente lo más difícil. Soltar no es abandonar, es reconocer límites. Hay situaciones que no dependen de nosotros, por más que insistamos. La fe madura distingue entre lo que puede transformar y lo que necesita confiar. Esa distinción ahorra mucha ansiedad.

Desde un enfoque de lo más objetivo que como seres humanos podamos, incluso fuera del marco espiritual, estas prácticas tienen correlatos en estudios psicológicos y sociales: reducción del estrés, mejora en la toma de decisiones, fortalecimiento de vínculos, mayor resiliencia. Es interesante cómo lo espiritual y lo práctico se encuentran en el mismo punto. No son caminos opuestos.

Volviendo al concepto central, la seguridad no es ausencia de incertidumbre, sino capacidad de habitarla sin desmoronarse. Y eso cambia todo. Porque la incertidumbre no va a desaparecer —forma parte de la vida—, pero la forma en que la enfrentamos sí puede transformarse.

El mensaje del Reino, vivido con autenticidad, propone justamente eso: una transformación desde adentro hacia afuera. No promete un mundo sin problemas, pero sí una manera distinta de estar en él. Una seguridad que no depende exclusivamente de factores externos, sino que se sostiene en una relación viva con Dios y se expresa en acciones concretas hacia los demás.

En tiempos donde la palabra “seguridad” suele asociarse al miedo, esta perspectiva ofrece un matiz necesario: la verdadera seguridad no se construye desde la amenaza, sino desde la confianza. No se alimenta del encierro, sino del sentido. No se sostiene en la ilusión de control total, sino en la certeza de que, aun en medio de lo incierto, hay un fundamento firme.

Y tal vez, en medio de tantas alarmas, notificaciones y titulares urgentes, esa sea la noticia más revolucionaria de todas: que la seguridad más profunda no se instala desde afuera, sino que se despierta desde adentro. Y que, cuando eso sucede, no solo cambia la forma en que vivimos, sino también la forma en que convivimos.

Porque una persona segura en lo esencial no necesita imponerse, ni temer constantemente, ni desconfiar por defecto. Puede caminar con firmeza, pero también con humildad. Puede actuar con responsabilidad, pero sin desesperación. Puede construir, incluso en contextos difíciles.

En definitiva, la seguridad, entendida desde el evangelio del Reino, deja de ser un refugio rígido para convertirse en una base dinámica. No es un lugar donde esconderse, sino una plataforma desde la cual vivir con propósito, con libertad y con una confianza que, lejos de ser ingenua, es profundamente consciente.

Y sí, en un mundo que a veces parece girar demasiado rápido, tener ese tipo de seguridad es casi un acto de rebeldía… pero de la buena. Porque es en contra de un sistema humano, y no contra un diseño divino.

Comentarios o consultas a tiempodevictoria@yahoo.com.ar

mayo 15, 2026 Néstor Martínez