Mateo 24: 6 = Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Mi pregunta casi tonta, hoy, es: ¿Estamos oyendo de guerras y de rumores de más guerras, hoy? Mira la versión Nueva Traducción Viviente, que siempre añado por su lenguaje más simple: Oirán de guerras y de amenazas de guerras, pero no se dejen llevar por el pánico. Es verdad, esas cosas deben suceder, pero el fin no vendrá inmediatamente después. ¿Has leído bien? Todavía no es el fin. Todavía, significa que más adelante, quien sabe…
La palabra guerra pesa. Tiene una densidad emocional y moral que atraviesa generaciones. Cuando alguien la pronuncia, no solo describe un enfrentamiento armado entre naciones; también convoca imágenes de ruinas, despedidas, miedo, propaganda, sacrificio y dolor. Sin embargo, también revela algo profundo sobre la condición humana. La guerra es, al mismo tiempo, un fenómeno político, social, psicológico y espiritual. Y para quien mira el mundo desde la fe en el evangelio del Reino de Dios, la guerra se convierte en un espejo incómodo donde la humanidad observa sus propias fracturas.
La Biblia no ignora la guerra. De hecho, la atraviesa de principio a fin. Pero lo interesante es que el relato bíblico no glorifica el conflicto humano como destino inevitable, sino que lo expone como síntoma de una humanidad desordenada interiormente. Las guerras externas suelen comenzar mucho antes de que suene el primer disparo, caiga la primera bomba o vuele el primer misil o dron: nacen en el corazón humano.
El antiguo texto de Santiago 4:1 plantea una pregunta directa y sorprendentemente moderna: ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?”. Y responde con una observación psicológica y espiritual muy precisa: nacen de las pasiones que combaten dentro de las personas. Antes de que existan ejércitos, hay ego, miedo, ambición, resentimiento y deseo de poder.
Desde esta perspectiva, la guerra no es solo geopolítica. Es también antropología. Nos habla de quiénes somos cuando dejamos que el miedo gobierne nuestras decisiones.
A lo largo de la historia, las guerras han sido justificadas con discursos nobles: seguridad nacional, defensa de valores, liberación de pueblos, expansión de la civilización. Sin embargo, detrás de esas narrativas solemos encontrar factores más simples: control de recursos, dominio territorial, orgullo nacional o supervivencia política. La historia humana tiene momentos heroicos, sí, pero también una larga lista de decisiones impulsadas por la inseguridad colectiva.
Aquí es donde el evangelio del Reino de Dios introduce una perspectiva profundamente disruptiva. Cuando Jesús habló del Reino, no describió una estructura militar ni un imperio político. Habló de algo que comienza dentro del ser humano y se expande hacia la sociedad. Un Reino que no se sostiene por la espada sino por la transformación del corazón.
Esto no significa ingenuidad frente al mal. La Biblia reconoce que el mundo está lleno de injusticia real. Pero propone una lógica diferente para enfrentarla. Jesús resumió esa lógica en una frase que ha desconcertado a filósofos, militares y gobernantes durante siglos: Bienaventurados los pacificadores.
No dijo bienaventurados los vencedores. Tampoco dijo bienaventurados los que tienen más armas. Dijo pacificadores.
El pacificador no es un ingenuo que ignora los conflictos. Es alguien que entiende que el verdadero campo de batalla de la humanidad es el interior del ser humano. Donde se gana o se pierde la guerra entre el ego y la compasión, entre el miedo y la confianza, entre el deseo de dominar y la capacidad de servir.
Desde un punto de vista social, la guerra también revela cómo funcionan las estructuras colectivas. Las sociedades tienden a polarizarse cuando aparece una amenaza. Surgen discursos simplificados: nosotros contra ellos. Este mecanismo es muy antiguo; el cerebro humano busca seguridad en la pertenencia grupal. Pero esa simplificación puede deshumanizar al otro.
Cuando un adversario deja de ser persona y se convierte en “enemigo”, la violencia se vuelve más fácil de justificar. Nosotros somos los buenos y ellos son los malos. De todos los bandos en puja se oye la misma expresión. ¿Y quien tiene la razón y la verdad? La Palabra de Dios lo dice; escudriña.
El evangelio desafía justamente esa deshumanización. Jesús enseñó algo radical para su época —y todavía lo es hoy—: amar incluso al enemigo. No porque el enemigo tenga razón, sino porque la humanidad del otro no desaparece, aunque exista conflicto.
Este principio no resuelve todos los dilemas políticos o militares, pero establece una brújula moral. La dignidad humana no depende del bando.
En términos históricos, muchas guerras terminaron demostrando lo absurdo de la violencia prolongada. Después de años de destrucción, los pueblos vuelven a sentarse en una mesa a negociar. Lo curioso es que ese diálogo podría haber ocurrido antes. Pero el orgullo colectivo suele necesitar primero el lenguaje brutal de las pérdidas para aceptar el valor de la conversación.
Aquí aparece una ironía triste de la historia: la humanidad suele descubrir el valor de la paz después de haber destruido demasiadas cosas.
Sin embargo, hablar de paz no significa ignorar la realidad del conflicto. El conflicto es inevitable porque los seres humanos somos diferentes. Tenemos intereses, culturas, visiones del mundo distintas. El problema no es el conflicto en sí, sino cómo lo gestionamos.
La guerra es la versión más destructiva de la mala gestión del conflicto. Por eso, una sociedad madura necesita desarrollar habilidades que la Biblia, curiosamente, ya recomendaba hace miles de años: sabiduría, dominio propio, humildad, justicia y misericordia.
La sabiduría permite ver más allá de la emoción inmediata. El dominio propio evita que el miedo dicte las decisiones. La humildad abre la posibilidad de reconocer errores. La justicia protege a los vulnerables. Y la misericordia recuerda que nadie es completamente inocente ni completamente culpable. Si estas cualidades faltan, la guerra se vuelve más probable.
Pero hay otro aspecto menos visible de la guerra: la guerra interior. Muchas personas viven batallas silenciosas todos los días. Conflictos emocionales, resentimientos, luchas con la culpa, miedo al futuro, rivalidades familiares o sociales. Estas pequeñas guerras personales no aparecen en los titulares, pero influyen profundamente en cómo las sociedades se comportan.
Una persona dominada por el resentimiento difícilmente construya paz a su alrededor. Por eso el mensaje del Reino de Dios comienza en el interior. No propone primero cambiar el sistema político mundial —algo que suena bien, pero es extremadamente complejo— sino transformar la conciencia humana.
Cuando una persona aprende a perdonar, reduce una guerra. Cuando una persona decide escuchar antes de reaccionar, desactiva una batalla potencial. Cuando alguien opta por la justicia en lugar del abuso, evita futuros conflictos. Son pequeñas decisiones, pero multiplicadas por millones de personas cambian el clima moral de una sociedad.
A veces imaginamos la paz como algo grandioso que debe firmarse en tratados internacionales. Pero también se construye en gestos cotidianos: cómo hablamos, cómo discutimos, cómo tratamos al diferente.
Y aquí entra un poco de humor saludable, porque la guerra también tiene un lado absurdamente humano. Muchos conflictos comienzan por algo que, visto desde cierta distancia, resulta casi ridículo: orgullo herido, malentendidos, competencia infantil entre líderes que deberían comportarse como adultos responsables.
Si los egos humanos fueran un poco más pequeños, probablemente los presupuestos militares también lo serían.
Por supuesto, el mundo real es complejo. Existen agresiones reales, injusticias graves y situaciones donde defender a los vulnerables puede implicar fuerza legítima. La Biblia misma reconoce la existencia de autoridades que deben proteger el orden social. Pero incluso en esos casos, la violencia nunca aparece como ideal, sino como una consecuencia lamentable de un mundo imperfecto.
El horizonte del evangelio sigue siendo la reconciliación. Los profetas bíblicos imaginaron un futuro donde las espadas serían transformadas en herramientas de cultivo. La imagen es profundamente simbólica: instrumentos de muerte convertidos en instrumentos de vida. No es solo una metáfora agrícola; es una visión de civilización.
La energía que hoy se invierte en destruir podría invertirse en construir. En términos prácticos, cada generación enfrenta la misma pregunta: ¿Qué hacemos con nuestra capacidad de conflicto? Porque esa energía existe. El ser humano tiene impulsos competitivos, deseos de poder, necesidad de reconocimiento. La cuestión no es eliminarlos —algo casi imposible— sino orientarlos hacia propósitos creativos.
Las sociedades saludables canalizan la competencia hacia la innovación, el deporte, la ciencia, el arte, la cooperación económica. Cuando esas salidas constructivas fallan, la agresividad colectiva puede buscar otras formas de expresión, y la guerra se convierte en una de ellas.
Por eso la paz no es solo ausencia de guerra. Es la presencia activa de justicia, oportunidades, educación, diálogo y esperanza. Donde estas condiciones existen, los conflictos tienen menos probabilidades de escalar hacia la violencia.
El evangelio del Reino de Dios añade otro elemento esencial: la esperanza. No una esperanza ingenua que ignora el mal, sino una confianza profunda en que la historia humana no está condenada al caos permanente.
Jesús habló de un Reino que crece como una semilla. Pequeña, casi invisible al principio, pero con una capacidad sorprendente de expandirse. Esa imagen sugiere que los cambios verdaderos suelen comenzar de manera silenciosa.
Las grandes transformaciones humanas rara vez nacen de explosiones de violencia. Más bien emergen de procesos largos donde la conciencia colectiva se va elevando poco a poco.
Por eso, incluso en un mundo donde las guerras siguen ocurriendo, el mensaje del Reino invita a no resignarse al cinismo. La historia también registra avances morales: el reconocimiento de derechos humanos, la disminución de ciertas formas de violencia, la cooperación internacional en múltiples áreas.
La humanidad no avanza en línea recta, pero tampoco está completamente estancada. Desde una mirada espiritual, la guerra nos recuerda algo fundamental: el ser humano posee un enorme potencial tanto para destruir como para sanar. Ambas posibilidades conviven en la misma especie. El evangelio del Reino apuesta por la segunda.
No obliga, no impone, pero invita. Propone un camino donde la fuerza más poderosa no es la violencia sino el amor activo, la justicia consciente y la reconciliación posible.
Puede parecer demasiado y hasta ridículamente idealista, pero curiosamente muchas de las figuras históricas que lograron cambios duraderos caminaron en esa dirección: líderes que entendieron que la verdadera victoria no consiste en aplastar al adversario, sino en transformar las condiciones que generan el conflicto.
En última instancia, la guerra plantea una pregunta espiritual muy simple y muy profunda: ¿Qué tipo de humanidad queremos ser?
Si la historia continúa dominada por el miedo, la competencia destructiva y el orgullo colectivo, la guerra seguirá apareciendo como una sombra recurrente. Pero si la humanidad aprende a cultivar sabiduría, justicia y compasión, el horizonte puede cambiar.
La fe en el Reino de Dios no es escapismo. Es una apuesta ética y espiritual por un futuro donde la dignidad humana tenga más peso que la ambición de poder.
Mientras ese Reino sigue creciendo —a veces de manera invisible— cada persona tiene la oportunidad de tomar una pequeña decisión diaria: alimentar la guerra o construir la paz.
Y aunque pueda parecer modesto, la historia suele comenzar justamente así: con decisiones pequeñas que, sumadas, terminan cambiando el rumbo del mundo. Antiguamente las guerras eran una cuestión de honor militar. Ejércitos de un lado y del otro batallaban con hidalguía por una victoria.
Hoy, las guerras prácticamente no eliminan soldados o guerreros, sino civiles. Y eso, aun con el máximo y mayor argumento, fue, es y seguirá siendo pecado ante los ojos de un Dios que, como quiera que sea llamado por las naciones en conflicto, es el mismo en cuanto a una palabra monumental: justicia.
Un Dios en el que, curiosamente, todos los integrantes de los mayores conflictos, dicen creer, amar y respetar. Un Dios que si en sus mandamientos dejó escrito No matarás, de ninguna manera aceptaría que tú, en el nombre lo que se te ocurra encontrar, le añadas “a menos que” a ese mandamiento.
De hecho, no podemos pretender que el ateo o adepto de otras formas de religión tengan en cuenta esto. Si Caín, (¡Estoy hablando del hijo de Adán!), no lo respetó y fue capaz de asesinar a su hermano, qué menos harán hombres que hoy están en su misma línea de rebeldía, incredulidad o desobediencia. Sólo un detalle: Dios jamás envió a nadie a tomarse venganza en contra de Caín. Aunque nos cueste entenderlo y aceptarlo, ordenó exactamente lo contrario.
Soy un ser humano corriente. Si bien ejercí una profesión ligada a la comunicación, la cultura en la cual nací, me crie y aprendí, me puede inducir a sentir simpatías o antipatías específicas. Pero mi condición de hijo de Dios por Jesucristo me obliga, sí o sí, a crucificar ese yo cultural y a limitarme a expresar en un tema tan delicado como este, lo que mi Padre celestial por medio de Jesús, el hijo encarnado, hubiera dicho en su tiempo respecto a lo mismo.
Finalmente, y en respuesta a todos los cristianos o pseudo cristianos que justifican las guerras con el argumento de que en los tiempos antiguos el propio Jehová estaba de acuerdo con ellas, digo: Eso es absolutamente cierto, sin dudas y nuestras Biblias así lo atestiguan. Sólo un problema: en aquellas guerras, los reyes montaban en sus caballos, se colocaban sus armaduras, tomaban su espada y su lanza y salían al frente de todo sus ejércitos. Su vida en primer lugar, luego la de sus súbditos. Hoy creo que no es igual, «los reyes» están en una oficina con aire acondicionado o calefacción y son, ni siquiera sus soldados, sino sus residentes inocentes los que mueren por la acción de elementos sofisticados diagramados para matar. ¿Eso puede ser Dios?