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¿Hay Maneras de Ser Salvos?

Cuando Se habla de la salvación, es mucha la gente que opina con sabiduría y conocimiento, y otra tanta que lo hace, como se dice en mis tierras, “tocando de oído”. Podemos comenzar aclarando algunos conceptos respecto a lo que es la salvación, qué la determina y qué no la determina.

Y soy consciente que en esto puedo estar metiéndome en camisas de once varas, porque es un tema que ha ocasionado profundas y profusas discusiones teológicas, tradicionales y denominacionales, lo cual siempre te ubicará en un sitial en el que no quieres estar.

Te doy un ejemplo clásico, tradicional y muy antiguo entre nosotros. Si yo te digo que la salvación se pierde, tú me encasillas en un determinado sitial doctrinal. Si, por el contrario, te digo que la salvación no se puede perder, entonces inmediatamente me encasillas en otro estamento.

¿Y sabes qué? Luego de haber estudiado ese asunto con bastante dedicación y sin la Espada de Damocles que es la doctrina denominacional a la cual debes adherir si quieres mantenerte con la cobertura de los viejos cabezones que la integran, he llegado a la conclusión que ambas cosas conviven y son factibles, ya que todo ese tema se trata de una forma de explicarse o enseñarse.

De todos modos, y al margen de esto que ya de por sí trae inconvenientes más que serios, tengo que reconocer que el asunto de la salvación es un tema que ocupa y preocupa a una gran parte del pueblo de Dios, así que entiendo que será muy provechoso tratarlo pero con las precauciones y los cuidados del caso.

Ahora venimos a lo que a mi juicio, no es determinante en ella. Porque resulta que hay muchas personas que agregarían otra condición a la salvación. No agregarían guardar la ley, o tener una buena conducta, ni arrepentirse o confesar, añadirían algo más.

Ellos dicen que una persona debe orar a fin de ser salvo. Ellos basan su afirmación en Romanos 10: 13: “Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo”. Como resultado, algunos creen que deben suplicar a Dios para poder ser salvos.

En varias ocasiones conocí personas que querían ser salvas. Decían: “Diariamente, le ruego a Dios que me salve, y todavía no sé cuándo lo hará. He estado orando por tres meses sin recibir ninguna sensación interior. Y simplemente no sé si a Dios le parecerá apropiado salvarme”. También he conocido a otros que dijeron: “Estoy esperando que el Espíritu Santo venga y me haga arrodillarme para pedirle a Jesús que me salve.

No soy salvo todavía. Debo esperar que el Espíritu me inspire a orar para poder ser salvo”. Por esta razón, necesitamos ver si el hombre necesita o no orar para poder ser salvo. Primero, tal persona busca ser salva mediante la oración y el ruego, debido a que es completamente ignorante del amor y la gracia de Dios.

Porque parece que piensa que Dios odia al hombre, y que por lo tanto éste debe orar para que Dios cambie de pensamiento y para que lo salve. Se entrega a la oración sin saber cuánto tiene que orar para que Dios lo escuche.

¿Recuerdan cómo Elías retó a los profetas de Baal en el monte Carmelo? El los retó diciéndoles que le pidieran a su dios que enviara fuego del cielo. Los profetas, dice 1 Reyes 18:29: Clamaban a grandes voces, y se sajaban con cuchillos y con lancetas conforme a su costumbre, hasta chorrear la sangre sobre ellos.

Ellos suponían que Baal los escucharía si ellos causaban más dolor sobre sus propios cuerpos. Hoy día, existen aquellos que también piensan que si traen angustia sobre ellos mismos y ruegan lo suficiente ante Dios, El tendrá compasión de ellos.

Esta clase de personas nunca ha visto el evangelio. Debido a que nunca han visto a Dios en la luz del evangelio, creen que su súplica delante de Dios volverá el corazón de Dios hacia ellos. Realmente no hay necesidad de que Dios vuelva Su corazón. Hace mucho que su corazón se ha vuelto hacia nosotros.

Nosotros somos los que necesitamos volver nuestro corazón porque lo rechazamos y nos hemos opuesto a Él, y no creímos en El. Reitero una vez más lo que tantas veces me habrás escuchado decir: Dios no se mueve por lástima, Dios se mueve por fe.

En 2 Corintios 5: 19 se dice: En Cristo Dios estaba reconciliando consigo al mundo. Dios no trató mal al hombre; es el hombre quien trató mal a Dios. Nunca ha habido necesidad de que Dios se reconcilie con el hombre. Más bien, es el hombre quien tiene que reconciliarse con Dios porque es el hombre quien ha fallado totalmente.

El problema no se encuentra en Dios, sino en el hombre. Todos los que desean entender el evangelio deben saber que Dios es amor y que El ama al mundo. Él no tiene problemas con nosotros, y nosotros no necesitamos suplicarle.

Segundo, el hombre piensa que debe orar y suplicar para poder ser salvo porque él simplemente no se da cuenta de que Jesús ha venido; El murió y resucitó, todos los problemas del pecado están resueltos y todos los obstáculos para obtener la salvación han sido quitados.

No solamente ha venido Jesús, sino también el Espíritu Santo. El vino para hacer manifiesto en el hombre lo que Dios y Jesús habían logrado. Muchos pecadores oran por su salvación como si ellos estuvieran pidiendo al Señor que muriera por ellos de nuevo.

No se dan cuenta que Él ha terminado completamente la obra de la redención. Puesto que El ya terminó Su obra, no existe en lo absoluto una razón para que nosotros le supliquemos. Hoy es el tiempo de acciones de gracias y alabanzas; no es el tiempo para suplicar y hacer peticiones.

Supongamos que tus padres te han comprado algo que tú les pediste. Quizás, con sinceridad, te inclines delante de ellos agradeciéndoles. Ciertamente no te arrodillarías ni les pedirías que te dieran el artículo diciendo: “Por favor, denme esto porque lo necesito”.

No tiene sentido que continúes pidiendo después de que tus padres ya te han dado el artículo. Hoy día, Dios no está hablando con respecto a la severidad de tus pecados. Si así fuera, entonces podría haber una razón para que tú suplicaras.

Más bien, ahora Dios está diciendo que El gratuitamente te ha dado a Su Hijo. Sería extraño si alguien te da a ti algo y tú todavía sigues pidiendo en vez de darle las gracias. Si tú conoces el corazón de Dios, y si tú está claro con respecto a la obra del Señor Jesús, nunca intentarías ser salvo mediante la oración. La oración no tiene lugar en este asunto. Es mejor que te arrodilles para agradecerle a Dios.

En una ocasión después de compartir el evangelio con un hombre, cierto ministro le preguntó que si creía. Él contestó que sí. Cuando le dijo: “Entonces vamos a arrodillarnos”, él le preguntó que si iban a orar. Le dijo: “No”.

Él le preguntó: “¿Entonces qué propósito tiene?” Le respondió: “Simplemente para informarle al Señor”. No hay necesidad de pedirle a Jesús que muera de nuevo, ni de pedirle a Dios que nos ame, o que nos sea propicio, o que nos perdone.

El Señor ya llevó nuestros pecados en la cruz. Ahora, nuestra única necesidad es hacerle saber diciéndole: “He creído al Hijo de Dios y he recibido la cruz de Cristo. Oh Dios, gracias”. ¿No es esto fácil? Sí. Recibir la salvación es un asunto fácil.

Por supuesto, no fue una cosa fácil que Dios llevará a cabo la salvación; le tomó a Dios cuatro mil años para lograrla. Después de que el hombre cayó, le tomó a Dios cuatro mil años hacer que el hombre se diera cuenta de sus pecados.

Entonces El hizo que Su Hijo naciera de una mujer y que fuera colgado sobre la cruz para ser juzgado por el pecado. Al final, Él también envió el Espíritu Santo. Solamente después de que Dios ha hecho tal obra y empleado tanto esfuerzo, nosotros podemos recibir la salvación de una manera tan fácil. Él ha pagado el gran precio de lograrlo todo.

Ahora si tú has creído y recibido, todo lo que necesitas hacer es decir: “Gracias”. Esta es la manera de ser salvo. Aquí no hay lugar para la oración. Entonces, ¿Por qué Romanos 10 toca el asunto de la oración?

Romanos 10: 5 al 7 dice: “Porque acerca de la justicia que procede de la ley Moisés escribe así: ‘El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas’. Pero la justicia que procede de la fe habla así: ‘No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo?’ (Esto es, para traer abajo a Cristo); o, ‘¿quién descenderá al abismo?’ (Esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos)”.

Aquí se mencionan dos clases de justicia. Una es la justicia que procede de la ley, y la otra, la justicia que procede de la fe. La justicia que procede de la ley resulta de la obra de uno delante de Dios, y la justicia que procede de la fe es lograda en nosotros por medio de nuestra fe en el Señor Jesucristo. La primera está íntimamente relacionada con nosotros, y la última, con Cristo.

Es absolutamente imposible que un hombre obtenga la justicia que procede de la ley, porque requiere que él no tenga pecado en sus pensamientos, intenciones, palabras y conducta cada año, cada hora, cada minuto y cada segundo de su vida desde que él nació.

Si él quebranta uno de los puntos de la ley, él viola toda la ley. Para nosotros, esto es simplemente una propuesta sin esperanza. Debido a que no podemos tener la justicia que procede de la ley, necesitamos tener la justicia que procede de la fe.

 

Esta justicia, como ya lo hemos mencionado, es la justicia mediante la cual Cristo fue juzgado. Debido a que Cristo ha sufrido el castigo, tenemos esta justicia por medio de la fe. Esta justicia no tiene ninguna relación con nosotros.

La Escritura dice: “No digas en tu corazón, ¿Quién subirá al cielo? esto es, para traer abajo a Cristo; o ¿quién descenderá al abismo? esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos”. No hay necesidad de que hagamos esto.

No hay necesidad de ascender a los cielos. Esto significa que no hay necesidad de pedirle a Cristo que venga a la tierra a morir por nosotros. Tampoco hay necesidad de descender al abismo. Esto implica que la resurrección de Cristo ahora es la base de nuestra justificación. Todo lo que queda para nosotros es creer.

El versículo 8 dice: “Mas ¿qué dice?” “Qué dice” se refiere a la palabra de Moisés. Pablo citó palabras de Moisés para mostrar que aun Moisés predicó la justificación por la fe. Esto es asombroso puesto que Moisés fue el promotor de la ley y sus requisitos.

Pablo presentó a Moisés, diciendo que Moisés también habló con respecto a la justificación por la fe cuando dijo: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que proclamamos”.

Pablo afirmó que las palabras de Moisés se referían a la justificación por la fe. Para entender esta cita necesitamos regresarnos a Deuteronomio 29 y 30 en el Antiguo Testamento. Allí Moisés repasó toda le ley y los mandamientos de Dios a los israelitas, al decirles que si no obedecían aquellos mandamientos y no guardaban la ley, Dios los castigaría dispersándolos entre las naciones.

Y que si sus corazones se acercaban a Dios durante la dispersión, la palabra estaría cerca de ellos, incluso en sus bocas y en sus corazones. Moisés estaba diciendo que el juicio de Dios estaría presente siempre que un hombre quebrantara la ley y cometiera transgresión. ¿Entonces, qué hará el hombre?

Necesita recibir una justicia aparte de la ley, una que esté en su boca y en su corazón. La gracia fuera de la ley es un don para nosotros. Cuando Deuteronomio fue citado en Romanos 10, se agregó una palabra de explicación.

La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón”. Es decir, “la palabra de fe que proclamamos”. Aquí no hay ningún pensamiento de obras. La justicia que procede de la ley ha sido completamente transgredida.

Cuando el pueblo fue esparcido entre las naciones de la tierra como fue predicho en Deuteronomio 30, no pudieron decir que tenían alguna obra. El asunto de la obra se terminó. La única palabra que tuvieron fue la palabra que estaba en sus bocas y en sus corazones.

Anteriormente, y tal como ha sido enseñado, predicado y proclamado centenares de veces, fue un asunto de obras, y el resultado concreto y puntual más visible, fue la dispersión. Ahora ya no hay obras. Por lo tanto está relacionado con la fe.

Pablo continuó al explicar el significado de las frases “en tu boca” y “en tu corazón” en el versículo 9 diciendo: “Si confiesas con tu boca a Jesús como Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.

Querido hermanos o amigo, ¿Dónde está tu boca? Cada uno de nosotros ha traído su boca a este mundo. Ninguno la dejó en su casa. Donde esté nuestro cuerpo, allí está también nuestra boca. En el momento en que creímos en el Señor Jesús, espontáneamente lo confesamos con nuestra boca.

Las primeras palabras que salieron de la boca de Pablo cuando el Señor lo enfrentó en el camino fueron: “Quién eres, Señor”. Antes, él no había creído en el Señor. Y ahora no sólo se mostraba obediente, sino que además podía reconocerlo como Señor.

Porque en este momento él creyó. Nuestra confesión de Jesús como Señor se hace espontáneamente desde nuestro corazón más bien que delante de las personas. Me maravilla pensar que una familia de campo, inculta, que nunca ha sido expuesta al evangelio anteriormente pueda decir: “Oh, Señor”, cuando escucha las buenas nuevas.

Esto no puede ser una obra. Estas son expresiones espontáneas. El hecho de que uno crea en su corazón no tiene nada que ver con las obras. No hay necesidad de tomar ningún paso ni de gastar dinero. Uno solamente necesita decir: “Oh, Señor” allí donde él esté, y él será salvo.

Lo puede decir en voz alta o en silencio. Mientras él crea que Dios ha bajado desde los cielos a Jesús y lo ha subido desde el Hades, todo estará bien. Esto comprobará que él es justificado y salvo. Nuestra confesión nunca puede tener el elemento del mérito.

La confesión no es un camino que lleva a la salvación; es meramente una expresión de la salvación. Es algo muy espontáneo. Si invocamos al Señor con nuestra boca y creemos en El en nuestro corazón, seremos salvos. No hay ningún problema.

El versículo 10 sigue para explicar el versículo 9. ¿Por qué uno es salvo cuando confiesa con su boca que Jesús es Señor y cree en su corazón que Dios le levantó de entre los muertos? “Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación”.

Siempre me pregunté cómo este asunto podía ser puesto en el corazón de las personas. Todos los días vamos a encontrar personas que consideran a esta palabra de salvación muy lejos de ellos. Para ellos, esta palabra está más lejos que las regiones boreales del sur antártico.

Está más lejos que un país extranjero. Más lejos que la mismísima Luna, esa que desveló a tantos científicos en la década de los años sesenta. Esta es simplemente una palabra de los cielos. Parece que la palabra de salvación está tan lejana que los elude a ellos.

Sin embargo, Dios dice que el camino de la salvación no está en los cielos ni debajo de la tierra. Está muy cerca, en tu boca e incluso en tu corazón. Si tuviéramos que ascender a los cielos o descender debajo de la tierra, nos preguntaríamos cómo alguien podría ser salvo.

Hoy día, la palabra está en tu boca y en tu corazón. Mientras una persona abra su boca y crea en su corazón, será salva. Dios ha preparado esta salvación tan disponible y accesible que si una persona cree en su corazón y confiesa con su boca, será salvo.

La justificación aquí, es más un asunto delante de Dios que delante de los hombres. Cuando los hombres ven que usted confiesa, ellos comprenderán que tú eres salvo. Cuando Dios ve que tú crees, Él te justifica. El versículo 11 dice: “Todo aquel que en El creyere, no será avergonzado”. La fe por si sola es suficiente.

Aunque la Palabra de Dios es abundantemente clara, existen todavía aquellos a quienes les gusta argumentar en contra de ella. Ellos insisten que confesar es la manera de ser salvo. Yo quiero preguntarles: “Si es así, ¿qué hará con Romanos 10: 8?:

Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón”. Aquí dice que la palabra de fe, no la palabra de confesión. Las Escrituras dicen: “cree”. No dicen: “confiesa”. El versículo 6 dice: “La justicia que procede de la fe habla así”.

El versículo 6 menciona la justicia que procede de la fe, y el versículo 8, la palabra de fe. En el versículo 9 hay una confesión y en el versículo 10 hay otra. Ambas se dan con la boca. Sin embargo, el versículo 11 no dice: “Todo el que le confiese no será avergonzado”.

Más bien, dice: “Todo aquel que en El crea no será avergonzado”. Debemos reconocer el énfasis aquí. Los versículos 6, 8 y 11 mencionan “creer”, y los versículos 9 y 10 mencionan “confesar”. El versículo 9 primero dice “confesar” y después “creer”; mientras que en el versículo 10 primero está “creer” y luego “confesar”.

En esta porción “creer” se usa cinco veces y “confesar” dos. Al final el orden de “confesar” y “creer” se cambia. Todo esto significa que la salvación depende de la fe y no de la confesión. La confesión resulta de la fe.

Lo que uno cree en su corazón, lo dice espontáneamente con su boca. Una persona dice espontáneamente “papi” cuando ve a su papá. Y no piensa en cómo armar una buena frase que lo haga quedar bien, dice la que le sale y punto. Donde hay fe, la confesión sigue inmediatamente.

El final del versículo 12 nos muestra que aquí la confesión es la confesión de Jesús como Señor. Esta confesión proviene de la fe. ¿Cómo se puede comprobar esto? No podemos ver esto en los versículos 1 al 11.

Pero el versículo 12 dice: “Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos, y es rico para con todos los que le invocan”. El versículo 13 dice: “Porque: Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo”.

Invocar el nombre del Señor es equivalente a confesar al Señor Jesús en los versículos anteriores. Invocar el nombre del Señor es confesar a Jesús como Señor, decirle a El Señor y referirse a Él como Señor.

Tomando en cuenta el contexto de este pasaje, nos daremos cuenta que invocar es simplemente confesar. De ninguna manera la Biblia nos da a entender que la invocación sea alguna clase de rutina mística o singular que el hombre tenga que hacer, simplemente es confesar nuestra fe.

El versículo 14 dice: “Cómo, pues, invocarán a Aquel en el cual no han creído?” Esta es una palabra maravillosa. Nos muestra que invocar procede de nuestra fe. Naturalmente, nadie puede invocar sin creer.

Podemos ver que confesar con la boca resulta de la fe en el corazón. Debido a que un hombre cree en su corazón, invoca con su boca. El invoca debido a que cree ¿Ve usted el hecho? Todo resulta de la fe; la fe es el camino de la salvación.

Aunque aquí se menciona la confesión con la boca, esta confesión se basa en la fe que está en el corazón. Es natural que aquellos que creen invoquen. Además, muy mal podríamos confesar con nuestra boca algo en lo que no creyera nuestro corazón. ¿Qué existe y se da? Sí, pero es lo falso, no lo genuino.

Creo que en este día todos somos salvos que hemos recibido al Señor Jesús. Quiero preguntarles cómo lo recibieron. Le recibimos por la fe. ¿También oraron? La salvación se debe a la fe. La oración es la expresión de esta fe.

Todos en el mundo son salvos por la fe. Sin embargo, esta fe es expresada en la oración. La fe está dentro, y la oración está afuera. Cuando tú crees en tu corazón que Jesús es el Salvador, espontáneamente orarás con tu boca que Jesús es Señor.

Todo el que cree en su corazón confesará con su boca. Pero nosotros debemos siempre recordar que confesar no representa la manera de ser salvo. Aunque la palabra dice: “todo el que invocare el nombre del Señor será salvo”, invocar no es la manera de ser salvo. Invocar proviene de la fe; esto es una acción espontánea, algo expresado delante de Dios espontáneamente.

Regresemos al versículo 12: Allí se nos dice: “Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos”. Yo amo esta oración, y no creo ser el único: “No hay distinción”.

Romanos 3: 22 y 23 dice: “La justicia de Dios por medio de la fe de Jesucristo, para todos los que creen. Porque todos han pecado”. Aquí dice: “Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos”.

 Cada uno debe invocar al Señor, confesar con su boca y creer en su corazón para que pueda ser salvo. Que el Señor nos conceda Su gracia y nos muestre que la única manera de ser salvo en la Biblia es por la fe y nada más.

La salvación no viene por fe más guardar la ley, las buenas obras, el arrepentimiento, la confesión, y la oración. Esta es la verdad bíblica. Debemos basarnos en la Biblia. La Biblia nos revela claramente que la manera de ser salvo es por la fe, solamente por la fe.

 

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junio 4, 2015 Néstor Martínez