Yo Tampoco se los Diré

Cuando Cristo estaba en la tierra, los líderes religiosos de su tiempo, lo acusaron con una pregunta polémica: “¿Con qué autoridad haces esto?” “¿Quién te dio esa autoridad?”. Irónicamente, no pocos de la clase dirigente religiosa de nuestros días están haciendo la misma pregunta a los sencillos discípulos que se reúnen en torno a Cristo nada más, sin control clerical o partidismos denominacionales. Fíjate que estas preguntas que he mencionado, son exactamente del mismo tenor que la que veíamos en las primeras entregas: “¿Quién es tu cobertura?”, “¿A quién le rindes cuentas?”, o “¿Quién te controla?”

Como hemos podido ver, esta pregunta tiene su origen en una falsa interpretación de la Escritura. En el fondo, la noción moderna de “cobertura” eclesiástica es un eufemismo de “control” apenas disimulado. Por esta razón, es una pobre representación de la idea de Dios de la sujeción mutua y representa una enorme desviación del principio del Nuevo Testamento. Mientras que los que siguen el ejemplo de la iglesia institucional insisten en ella a voz en grito, todos los Cristianos del primer siglo, sin duda, la repudiarán.

Las divisiones ideológicas, herejías doctrinales, independencia anárquica y el subjetivismo individualista son problemas severos que atormentan al cuerpo de Cristo en nuestros días. Pero la “cobertura” denominacional o clerical es una muy mala medicina para purgar la patología de estos males. En realidad, esta clase de “cobertura” es un síntoma del mismo problema disfrazado de solución. Como tal, agrava el problema de un individualismo e independencia tenaces, desdibujando la distinción entre autoridad oficial y divina, creando una falsa sensación de seguridad entre los creyentes e introduciendo más divisiones en el Cuerpo de Cristo.

Esto es tan grave que la doctrina de la “cobertura” inocula al sacerdocio de los creyentes, impidiéndole que asuma la responsabilidad ordenada por Dios para servir y funcionar en asuntos espirituales. Deliberadamente o no, la enseñanza de la “cobertura” llena de temor a los corazones de multitudes de cristianos, llevándoles a creer que si asumen su responsabilidad en las cosas espirituales sin el conocimiento del clérigo, serán presa fácil del enemigo. La enseñanza contiene una amenaza implícita de que los “descubiertos” serán acusados de todas las cosas horribles que podrían ocurrir. En este respecto, pocas cosas paralizan tanto al ministerio del cuerpo que esta doctrina de la “cobertura”.

Si tratamos de ingeniárnosla para sanar los males de la iglesia empleando una técnica de “cobertura”, terminaremos con un padecimiento que es peor que las enfermedades que se pretenden curar. La enseñanza de la “cobertura!” Trae consigo tonos, texturas y resonancias muy específicas que poco tienen que ver con Jesús, Pablo o cualquiera de los otros apóstoles. Aunque permite rascar una comezón peculiarmente moderna, es ajena al método elegido por Dios para mostrar Sí autoridad. Por lo que el antídoto espiritual para los males de la herejía, independencia e individualismo es, por una parte, la sujeción mutua al Espíritu de Dios y, por la otra, de los unos a los otros por reverencia a Cristo. Nada menos que esto puede proteger al Cuerpo de Cristo o sanar sus llagas abiertas.

No nos equivoquemos. Si estamos funcionando de acuerdo al deseo de Dios, estaremos mutuamente sujetos a los hermanos con quienes nos reunimos. Y con mucho gusto recibiremos ayuda y consejo de los hermanos que pudieran no vivir en nuestra comunidad, pero que nos llevan la delantera en Cristo y hayan probado que son obreros dignos de confianza en la viña de Dios. Es necesaria cierta madurez para poder ver al pueblo de Dios de este modo. No son pocos los líderes que tienen la idea fija de que el cuerpo de Cristo, la iglesia, es el grupo que se congrega en ese templo. En una ocasión fui ministrado por un siervo de Dios itinerante y su oración produjo en mi vida un verdadero impacto. En la iglesia donde me congregaba en ese momento, se me dijo que eso no era legítimo, ya que no lo había recibido dentro del Cuerpo. Cuando respondí que sí, que si bien no lo había recibido dentro del templo, sí lo había recibido dentro del cuerpo, se me miró con cierta compasión y si no se me trató como endemoniado, simplemente fue porque el correr de los días fueron evidenciando otra cosa que no les quedó más remedio que aceptar, aunque a regañadientes.

Bien entendida, la sujeción mutua no es idealista; es práctica y vital. Existe cuando una piedra viviente de la casa del Señor recibe humildemente de una manera viva ayuda y consejo de otras piedras vivientes. Se deriva de la conciencia sobria de que ya que estoy conectado con mis hermanos y hermanas en Cristo, mis acciones y actitudes afectan profundamente a las suyas. De este modo, la sujeción mutua crea una cultura que tiene en estima el liderazgo espiritual sin absolutizarlo o convertirlo en un instrumento de opresión y control.

Cuando las “relaciones de consejo”y las “sociedades de responsabilidad legal” son gobernadas por la sujeción mutua, son espiritualmente sanas y mutuamente enriquecedoras. Y no tienen ningún parecido con la práctica moderna de la “cobertura” jerárquica. Si no fuera de esta manera, no se pudiese comprender como el pueblo de Dios, es un pueblo llamado a ministrarse los unos a los otros. Claro que no es eso lo que se observa normalmente, sino a ciertas jerarquías ministrando a una mayoría de menor rango, pero ya ha quedado muy en claro que no es así como Dios plantó a su iglesia, y que no debemos culpar a Él si ahora está operando bajo esas características.

Frank Viola, autor de un profundo y extenso trabajo del cual he tomado muchos conceptos para este estudio, relata textualmente sus experiencias en el tema de la sujeción mutua. Dice, en su trabajo, que: “Como uno que ha conocido varias iglesias desde 1980 y que ha buscado reunirse de acuerdo a los lineamientos del Nuevo Testamento, he experimentado el inmenso beneficio de la sujeción mutua. En particular, he descubierto –dice Viola- la seguridad que surge cuando someto asuntos cruciales de mi vida y de mi ministerio ante la opinión de la asamblea local y al esperar un consenso antes de ir adelante.

También, -continua Frank Viola-, he sido ayudado tremendamente por aquellos probados y esforzados obreros Cristianos en otros lugares con quienes he desarrollado relaciones. Si bien no hay ni el más leve indicio de alguna relación oficial o formal entre nosotros, gozosa y abiertamente recibo consejo de ellos siempre que me enfrento con un asunto difícil. He madurado para confiar en su discernimiento. Muchas veces sus consejos confirmaron lo que el Señor me había revelado personalmente. En otras ocasiones, Dios les usó para ajustar mis pensamientos cuando descubría algún flanco débil en mi vida. Cierto es que de no haber atendido a sus consejos en aquellas ocasiones, habría naufragado en aguas tormentosas. Por la misma razón, estos hermanos han sido suficientemente humildes para recibir ayuda de mí, afirmando así que la sujeción espiritual, siempre es mutua.”

Estas relaciones son maravillosamente refrescantes y espontáneas por naturaleza, y son increíblemente informales. Las relaciones de esta clase son vitalmente necesarias para mantener y profundizar el desarrollo espiritual. Además, hacen que crezca nuestro amor por Cristo y por los demás y nos salvaguardan del error. También mantienen un balance delicado entre los exclusivistas y los que dependen patológicamente de otros seres humanos; porque cuando se deifica a los que crean relaciones caracterizadas por mandamientos, estas terminan desembocando casi siempre en idolatría. Al mismo tiempo, cuando éstas están ausentes o se rompen, conducen a una alineación atroz.

La sujeción mutua discrepa de aquellos sistemas que crean un contexto donde la gente termina obsesionándose de las relaciones y de los que promueven un aislamiento enfermizo del Cuerpo de Cristo.

Por último, es necesario resaltar la razón o las razones del por qué de esta discusión creada acerca de la “cobertura protectora” merece el tiempo y el esfuerzo que se le ha dedicado. Afecta, fundamentalmente, la Jefatura ejecutiva del Señor Jesucristo. Las falsas interpretaciones y aplicaciones que el liderazgo mayoritario le ha dado a esa cobertura, han terminado por ahogar tanto en autoridad como en responsabilidad legal, el Señorío de Jesús en su iglesia.

Esto, de alguna manera, se supone que explica por qué estos asuntos son tan delicados. Satanás sabe que si puede engañar al pueblo de Dios en estos puntos, entonces puede suplantar el lugar legítimo de Jesús en la comunidad de los creyentes, y así frustrar el pleno propósito de Dios. Por consiguiente, el intento de examinar críticamente la enseñanza de la “cobertura” y todo lo que está estrechamente ligado con ella es más que un mero ejercicio teológico. Toca el mismo propósito de Dios, un propósito que se ocupa por completo de la soberanía absoluta y supremacía de Jesús en su iglesia.

(Efesios 1: 9)= Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, (10) de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.

Quiero puntualizar, una vez más que donde dice “Reunir todas las cosas en Cristo”, no debemos leerlo de corrido como si fuera una frase más. Está diciendo “Re-unir”, es decir: volver a unir algo que estaba unido, que se separó y que es necesario reconstituir. La sujeción mutua ayuda a subrayar el motivo central de la Biblia, que es la preeminencia universal de Cristo. Hay otra escritura en la carta a los Colosenses sobre este mismo tópico. En 1: 15-20, dice: Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

Cuando la iglesia aprende a sujetarse a Jesucristo en todo, entonces se cumplirá el eterno propósito de Dios de hacer que todas las cosas estén sujetas en obediencia a su Hijo. Es increíble, pero este principio, que se predica mayoritariamente en nuestras iglesias, es frecuentemente desobedecido, no ya por los creyentes rasos, cosa que podría llegar a ser comprensible dentro de la inmadurez ambiente que se observa, sino que también por los líderes, que eligen y deciden hacer sus voluntades personales o sectoriales por encima de lo que Cristo ha dicho que debe ser su iglesia.

(Santiago 1: 18)= Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.

Como los “primeros y mejores frutos de la creación” nosotros, los Cristianos, debemos aprender primero a sujetarnos a la autoridad Divina. A medida que lo hagamos, toda la creación seguirá el ejemplo. Esto es lo que hace que la sujeción a la autoridad de Dios sea preciosa y significativa.

Espero que todo esto que hemos compartido durante varios sábados, haya ayudado a tomar conciencia de las formas indispensables para desmantelar las barreras sectarias que se derivan de la doctrina moderna de la “cobertura”. Por lo menos, confío que estas bases sólidas para erigir un auténtico Liderazgo Bíblico, hayan provocado la sensación de que esa premisa de “rendir cuentas” o sujetarse a ciertas responsabilidades legales, son aspectos que deberán ser examinados en una luz más plena que la que hemos ejercitado hasta estos días. En una palabra: corremos graves riesgos en los planos espirituales siempre que elegimos actuar de manera condenatoria y petulante hacia las iglesias y ministerios que han escogido no plegarse a una denominación o a una institución nominalmente religiosa.

Por consiguiente, en vez de repetir frases hechas y muletillas de cliché, tales como el de la “no cobertura” y además elogiar irreflexivamente ciertas expresiones populares como “Responsabilidad legal”, mejor vamos a reconocer la unción y la vida del Señor en nuestras congregaciones y ministerios que Él ha bendecido, en lugar de cancelarlas porque no encajan en los estilos de liderazgo que nos hemos inventado. También tengamos un poco más de cuidado cuando hablemos acerca de estos asuntos y cesemos de hacer declaraciones inclusivas acerca de la “cobertura” y “la responsabilidad legal” que están basadas en un mal uso del Nuevo Testamento. Basta con leer atentamente y con prolijidad las escrituras para ver con meridiana claridad que la crisis actual del liderazgo cristiano tiene sus causas más notorias precisamente en que, como sustentado en Cristo que debe ser, termina no conteniendo bases bíblicas que lo fundamenten tal cual lo conocemos.

En nuestros días, el Señor está buscando recobrar plenamente el plan original de la vida corporativa de su amado pueblo. Nos convoca a que recibamos la medida íntegra del vino nuevo de su Espíritu, y nos invita a desechar los viejos odres agujereados que han estorbado su fluir. Es impensable que la iglesia del Señor se convertirá en algo sin mancha y sin arruga, en más que vencedora y en decididamente victoriosa cuando, en su seno, se tejen y entretejen tantas cosas que no tienen absolutamente nada que ver con la presencia del Espíritu Santo al comando de sus decisiones de fondo. No hace mucho tiempo, en una reunión de las tantas que se cumplen en el mundo, una hermana recibió una palabra del Señor que dejó alelados a todos los que la oyeron. Les dijo: “Hijos, los amo y deseo fervientemente que ejecuten la victoria que yo ya les entregué desde la cruz, pero por favor y por amor a mi nombre: No jueguen más con mi iglesia”.

No cometamos el mismo error de nuestros antepasados de hace ya varias décadas, cuando el Señor estaba haciendo entonces el mismo llamado de hoy. Es decir, no seamos sometidos a los mismos conceptos erróneos de autoridad, sumisión y responsabilidad legal que ellos abrazaron. Estas mismas equivocaciones causaron la desaparición de muchas, sino de la mayoría, de estas expresiones florecientes de la vida de la iglesia primitiva. Que no ocurra así en nuestros días. Mientras que estamos sujetos a las mismas debilidades como los que fueron antes que nosotros, no hay razón del por qué tengamos que sucumbir a sus errores. Si tenemos que cometer errores, cometamos otros nuevos, no los que ya han frenado la prosecución de la obra de la iglesia, del propósito de Dios y de la razón de ser de todos nosotros.

Entre la bibliografía que Frank Viola detalla como bases de su trabajo, hay una mención para un libro muy singular, se trata de “La Autoridad Espiritual”, de Editorial Vida. Se trata de una de las piezas de literatura escritas en el siglo veinte de las que más se ha abusado. Prácticamente todo movimiento autoritario reciente ha sacado provecho de este libro para respaldar el poder de un liderazgo de mano dura. Si bien el libro contiene algunas ideas preciosas, sus debilidades lo hacen peligroso si llega a caer en las manos equivocadas. Lamentablemente, el libro de Watchman Nee hace un tanto borrosa la distinción que hay con respecto al concepto de autoridad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y no es capaz de distinguir entre la manera en que esta funciona entre dignatarios y con referencia a la iglesia. En defensa de su autor, se puede decir que este libro nunca se planificó para una audiencia general. Es meramente una trascripción de los mensajes que Nee dio a sus colaboradores en China.

Me ha tocado en muchas ocasiones dialogar con líderes que, como queja y lamento, me han señalado que no saben qué tipo de liderazgo y autoridad pueden tener sobre una iglesia que, a la hora de hacer negocios, compras o ventas, sus miembros se lo cuentan a todo el mundo, pero que ellos son los últimos en enterarse. Me han dejado pensando muy seriamente si, efectivamente, están convencidos de que cada paso que da un creyente en su intimidad, tiene que ser conocido, examinado y aprobado por ellos. ¿Eso es autoridad o autoritarismo? ¿Es bíblica una posición así o meramente humana? La sujeción es en todos los órdenes o en el ámbito espiritual que es donde radica su propia autoridad? ¿No es sujeción sujeta a una autoridad que, a su vez, está sujeta a autoridad? Claro, esto siempre se interpretó como la prosecución de una cadena de mandos, cuando en realidad de la última autoridad de la que allí se habla, es la autoridad de Cristo, cabeza, poder y liderazgo total de la Iglesia real del Señor.

Hay una realidad. O varias, según como se mire. Una de ellas es que, la mayoría de los creyentes, ya sospechan desde hace mucho tiempo que no todo anda bien en Sión, pero han sido y son bastante lentos para definir los rumbos y cuestionar los status, si así debiera hacerse. Claro; ¿A quién le gustaría que se lo tilde de perturbador, conflictivo o alguna cosa más gruesa? Pero, de todos modos, la mayor parte de los hermanos sin distinción de rangos, ya saben que una gran parte de las cosas que hoy por hoy estamos haciendo en la iglesia en lo concerniente al liderazgo, no tiene ropaje escritural.

Las preguntas que más han circulado en los pocos debates que se han desarrollado al respecto, han manejado estas consultas: ¿Quién exactamente tiene autoridad sobre quién en la iglesia? ¿Debe un pastor, o aun una pluralidad de ancianos, controlar una iglesia? ¿Realmente las denominaciones proporcionan protección del error doctrinal o del fracaso moral? Los pocos pastores que verdaderamente están preocupados por estas y otras cosas similares, ya han descubierto que la gran mayoría de sus consiervos en actividad, jamás han pensado en ellas. Ninguno ha evaluado, seriamente, que debería dejar de ser pastor único de la congregación, cosa que no existe en el Nuevo Testamento, para dejarle paso a una pluralidad de ancianos, por ejemplo, que es algo que sí encontramos.

Ahora me voy a permitir una irreverencia, si es que la tomamos con espíritu religioso. Voy a tomar un texto que se encuentra en el evangelio de Mateo, para compararlo con este tiempo, con una serie de hombres y mujeres que andan predicando un evangelio con Denuedo, que quiere decir Sin Adulteraciones causando, entre otras cosas, bastante fastidio en las estructuras de la iglesia institucional clásica organizada, que cree verse agredida por esta gente, sin darse cuenta que lo que realmente los incomoda, no es la actitud de ciertas personas, sino las consecuencias espirituales de la Palabra de Dios. Primero el texto original, luego el de otra traducción y, finalmente, una evaluación personal que usted podrá tomar, dejar o darle el destino que guste.

(Mateo 21: 23-27)= Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad?

Respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cosas.

El bautismo de Juan, ¿de donde era? ¿Del cielo o de los hombres? Ellos, entonces, discutían entre sí, diciendo: Si decimos del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis?

Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta.

Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas (Ahora en la versión más amplia)

Jesús entró en el templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo.

¿Con qué autoridad haces esto? – lo interrogaron – ¿Quién te dio esa autoridad?

Yo también voy a hacerles una pregunta. Si me la contestan, les diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿De donde procedía? ¿Del cielo o de la tierra?

Ellos se pusieron a discutir entre sí: “Si respondemos: Del Cielo, nos dirá: ¿entonces por qué no le creyeron? Pero si decimos “De la tierra”, tememos al pueblo, porque todos consideran que Juan era un profeta” Así que le respondieron a Jesús:

No lo sabemos. – Pues yo tampoco les voy a decir con qué autoridad hago esto.

El hombre, supuestamente, termina de predicar un mensaje dramático, lleno de Palabra y portador de una tremenda contundencia para con todo lo que la iglesia está haciendo en contraposición con lo que la Biblia dice. Se acerca un grupo de líderes nucleados en un agrupamiento determinado; póngale el título que desee, y le pregunta: “Hermano, ¿De donde viene usted?” – De mi casa. – “Le preguntamos de qué iglesia viene”.- De la iglesia del Dios Todopoderoso.- “No se haga el gracioso, hermano; de qué congregación queremos saber” – De ninguna definida; voy a todas. –“Ajá, entonces, ¿Con qué autoridad dice usted estas cosas?” Entonces el hombre recuerda el pasaje de Mateo, pero también recuerda que él no es Jesús, que puede equivocarse en alguna cosa y, con temor santo, responde: Con la autoridad que me da la Palabra escrita y mi calidad de hijo de Dios. – Lo suyo es sólo una interpretación personal de la Escritura, hermano. – No. Yo me limito a leer la Biblia. Ella se interpreta sola. Los que sí utilizan interpretaciones humanas, denominacionales y de comentaristas prestigiosos, son ustedes…

Esta es una discusión que, si se produce verdaderamente, puede durar horas, días, meses, años. ¿Sabes por qué? Porque no es lineal, bíblica ni teológica, es espiritual. Quien defiende una posición de este lado, lo hace por certeza, convicción y sin participación de hombres consejeros. Los que defienden la otra, ya tienen decidido cuál es la única verdad y no están dispuestos ni siquiera a escuchar otra cosa que no coincida con lo que ellos mismos ya han decidido. Lo más práctico, entonces, es responder como Jesús respondió. Aunque las épocas sean otras y las condiciones ambientales también sean diferentes, a lo que habrá que agregarle que Jesús era Jesús y nosotros, apenas, meros imitadores, ahí va la respuesta: Yo tampoco les diré con qué autoridad digo esto. Si tienen dudas, averígüenlo en las Escrituras y pidan revelación al Espíritu Santo, es en el único terreno en el cual podemos dialogar.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez