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Pasos Para Evitar el Engaño

 

Cuando un testigo hace el juramento en una corte de justicia, en un tribunal, generalmente jura decir “la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.” Todos sabemos demasiado bien que a eso es mucho más fácil decirlo que realmente hacerlo. Especialmente difícil es conocer “toda la verdad y nada más que la verdad”, respecto a nosotros mismos.

La Biblia está llena de ejemplos de personas que se engañaron a sí mismas pensando ser mejores de lo que eran. El orgullo y la exaltación del yo, fallas fatales en nuestra naturaleza caída, son las que nos impiden reconocer la verdad de lo que somos.

Vemos la historia de un hombre así: Adonías era el cuarto hijo del rey David y menor que su medio hermano Absalón, pero la ambición lo cegó y quiso ser el sucesor del trono de su padre en Israel. Cualquiera hubiera pensado las cosas dos veces después de ver el intento abortivo de Absalón por apoderarse del trono. Pero así es el engaño en un hombre impulsado por un ego orgulloso y por la ambición. Está seguro que triunfará donde otros “menores que él” han fracasado.

Las Escrituras hacen a menudo observaciones profundas sobre el carácter de las personas con palabras sencillas. Veamos cómo describe a Adonías. Para ello deberemos recalar en el primer libro de los Reyes, capítulo 1, versos 5 y 6.

Entonces Adonías, hijo de Haguit se rebeló, diciendo: yo reinaré. Y se hizo de carros y de gente a caballo, y de cincuenta hombres que corriesen delante de él. Y su padre nunca le había entristecido en todos sus días con decirle: ¿Por qué haces así? Además, éste era de muy hermoso parecer; y había nacido después de Absalón.

El versículo seis implica claramente que las malas ambiciones y su carácter descuidado eran el resultado de la negligencia de su padre. Realmente, la historia está colmada de relatos de naciones que han sufrido bajo la tiranía de hombres que no recibieron la corrección de sus padres. De todos modos, Adonías, sin el reto de la disciplina de su padre, engañado por su parecer físico, y empujado por la ambición del poder, conspiró para robarse el trono. Pero cuando el plan fue descubierto, el rey David, que ya era un anciano, coronó inmediatamente a Salomón.

Cuando su conspiración fracasó, Adonías huyó, entró en el tabernáculo y se asió de los cuernos del altar en busca de misericordia. Determinado en deshonrar a su padre, Adonías pidió para él a una de las esposas de David. Salomón se airó por la audacia de la petición de Adonías y finalmente lo mandó matar. Las palabras de Adonías a Betsabé son un indicio de su enorme arrogancia que controlaba su vida y del engaño que finalmente lo llevó a la muerte.

(1 Reyes 2: 15) = Tú sabes que el reino era mío, y que todo Israel había puesto en mí su rostro para que yo reinara; más el reino fue traspasado.

El reino nunca había sido suyo, ni nadie más que unos cuantos de sus cómplices si acaso lo consideraban rey. Pero un hombre impulsado por la ambición egoísta proclamará una mentira como si fuera la verdad hasta convencerse él mismo en el proceso. El alarde que todo Israel lo había aceptado como rey y su funesta traición frustrada, junto con sus palabras de aparente inocencia, todo confirma su indisposición de arrepentirse y su afán de exaltar su ego.

Es nuestra intención hoy dejar al descubierto la trampa sutil del engaño y ofrecer consejos positivos para entrar en una relación más honesta con Dios. Para eso, tenemos que reconocer primero, que detrás de toda esta trágica historia de Adonías, está la obra de Satanás, el arquitecto maligno que diseñó y ejecutó el plan. La acción maligna de Adonías es una repetición de la rebelión de Lucifer.

(Isaías 14: 13-15) = Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono. Seré semejante al Altísimo. Más tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo.

La inmensidad del pecado del diablo y sus consecuencias abren los ojos para ver la seriedad del problema del engaño personal. Y no es el único caso que veremos de este tema. El otro ejemplo bíblico es la historia de Aarón y el becerro de oro. Mientras Moisés estaba en el Monte Sinaí recibiendo los mandamientos, los israelitas se rebelaron y persuadieron a Aarón que les hiciera un ídolo, un becerro de oro.

Cuando Moisés regresó y los confrontó, Aarón recurrió a una táctica que es usada con frecuencia cuando se descubre el pecado en las personas y el engaño en el que están: contó sólo la parte de verdad que lo hacía quedar bien a él y terminó diciendo lo que rescata Éxodo 32:24: Y lo eché (al oro) en el fuego, y salió este becerro.

Por supuesto que había mucho de verdad en la historia que Aarón le contó a Moisés: era cierto que los israelitas le habían pedido que les hiciera un ídolo; era cierto que Aarón les había pedido el oro; era cierto que Aarón había echado el oro en el fuego; era cierto también que los israelitas sacaron un becerro de oro del fuego. Todo eso era cierto, pero lo que Aarón omitió decir fue que él mismo había hecho el ídolo de oro fundido. Su defensa de sí mismo ilustra que no importa cuántas medias verdades se hilvanen, el resultado sigue siendo una mentira. Si Moisés hubiera aceptado la versión editada de Aarón, este hubiera pasado el resto de su vida engañado por la historia. “¡Todo lo que hice fue echar el oro en el fuego y –miren qué sorpresa-, del fuego salió este becerro!”

Miren; yo creo que hay unas cuantas cosas que debemos saber sobre el auto engaño. Dios está opuesto inalterablemente a toda clase de pecados, pero debemos saber que todo pecado no es el mismo; por ejemplo, lo que llamo pecado deliberado, es la desobediencia franca e intencionada contra la voluntad de Dios, como el pecado de David cuando adulteró con Betsabé y después mandó a matar al esposo de esta. También está el pecado que resulta del engaño, como el pecado de Eva cuando comió de la fruta prohibida, ella simplemente dijo: La serpiente me engañó, y comí…

Tal vez la peor clase de pecado es el que procede del auto engaño. Parece que es el más trágico, porque un hombre que se ha engañado a sí mismo no puede arrepentirse, pues no cree que haya hecho algo malo. Eso es lo que rescata Juan en 1 Juan 1:8 cuando dice: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Ser engañados es creer una mentira, como Eva. Engañarse uno mismo es mentirse y terminar creyéndonos nuestra propia mentira, esto es: creer que estás muy bien cuando en realidad estás muy mal.

Presencié en la que en algún tiempo era nuestra congregación, un hecho que me dejó reflexionando durante mucho tiempo. Un joven líder se enfrentó en una ocasión con un anciano de la congregación. Este buen hombre parecía ser la encarnación de la piedad y de la gracia espiritual. Su apariencia era quieta y dignificada y oraba con elocuencia y fervor. También tenía un carácter violento, que explotaba cuando algo contrariaba sus deseos. En una reunión, una tarde, este joven líder lo enfrentó y confrontó. -¿Por qué es que usted siempre se enoja mal cuando alguien no está de acuerdo con su punto de vista? – Le preguntó. El rostro del anciano se puso rojo y comenzó a manifestar un leve temblor de cólera. ¿Enojado?, casi aulló. ¡¡¡Yo no estoy enojado!!! Tomando un lápiz que tenía en su mano, lo arrojó hecho pedazos sobre la mesa agregando enseguida: ¡Esta es una indignación justa! No sé si algo le pasó que lo convenciera que su “indignación justa” en verdad no tenía nada de justa.

Convengamos en que el auto engaño tiene claros síntomas. Son diferentes factores que están de manera permanente, siempre presentes cuando existe por parte de alguien engaño de sí mismo. Ítems que es necesario recordar y examinar.

1 – Arrogancia y Orgullo. El orgullo de Lucifer lo condujo a su caída. Dice en Ezequiel 28:17: Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor.

2 – Ambición Egoísta. El deseo de ser “el número uno” es muy poderoso hasta en los cristi9anos devotos. Este deseo proviene básicamente cuando se ponen los intereses propios en primer lugar. En el mundo se le reconoce por lo que es: el deseo del éxito a cualquier costo. En la iglesia la misma ambición desnuda puede ser vestida con cierta justificación piadosa: ¡Todo lo que hago es para Jesús! Eso me suena igual a cuando piden un aplauso para Jesús, cuando en realidad ese aplauso es recogido por el predicador como propio.

3 – Actitud de Superioridad. “Dios, te doy gracias porque no soy como muchos otros”. La parábola de Jesús sobre el fariseo y el publicano fue referida a “Unos que confiaban en sí mismos como justos, y veían a otros con desprecio”, lo que da como resultado una actitud condescendiente y crítica hacia los demás y por supuesto, una vida frustrada y miserable. Las personas que están engañándose de esta manera sienten que nadie las aprecia y por lo general no expresan gratitud.

4 – Atribuyéndose lo que Viene por la Gracia de Dios. Este es un engaño poderoso y sutil que puede terminar en la tragedia y el desastre. Los hombres y las mujeres a quienes Dios ha dado dones o ministerios poderosos están expuestos al peligro de comenzar a actuar con orgullo, como si hubiera sido su propia rectitud y santidad lo que hizo que Dios los escogiera. La experiencia de ser usado por Dios de una manera muy especial y que sus propias oraciones sean contestadas en una forma dramática, puede ser intoxicante y se puede subir a la cabeza.

Lo que se dice con la intención de ser un testimonio “Para la gloria de Dios”, a menudo emerge como un alarde orgulloso: “Yo oré y ayuné tres días por ese hombre y Dios gloriosamente lo salvó, lo sanó y lo liberó”. ¡A dios sea la gloria! Por supuesto, pero que conste que ¡Sólo yo estaba orando por ese hombre! Nuestra actitud debe ser como la de Pedro y Juan que dijeron lo que leemos en hechos 3:12: Varones israelitas, ¿Por qué os maravilláis de esto? ¿Por qué nos miráis así, como si por nuestro propio poder o piedad le hubiéramos hecho andar? Ellos querían que todos supieran sin dudas que sólo Dios es la fuente de toda gracia.

Con todos estos elementos en tus manos, sólo necesitarás que te comparta cinco pasos que deberás desandar para tener una relación más honesta que la que hoy tienes, con Dios. Son –te diría-, cinco maneras específicas para enfrentar la tendencia hacia el auto engaño. Todos tenemos esta clase de luchas de vez en cuando. Sólo que algunos la sufren más seguido que otros. Los cinco pasos.

1 – Humíllate. Las escrituras son claras cuando dicen que esto es algo que tenemos que hacer nosotros mismos. Así lo dice Santiago en 4:10 de su carta: Humillaos en la presencia del Señor, y Él os exaltará. Nosotros tenemos que tomar la iniciativa para evita el fariseísmo y la arrogancia. Si no lo hacemos, finalmente Dios nos pondrá en situaciones que nos humillarán. Mejor es, entonces, humillarse uno mismo. Duele menos.

Esta era la postura de David cuando oró conforme a lo rescata el Salmo 139:23-24: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Y ve si hay algo en mí camino de perversidad. Sin embargo, cuando pedimos la verdad con respecto a nosotros mismos, necesitamos estar preparados cuando Dios enfoque su luz en alguna área oculta y desagradable de nuestra vida.

2 – Confiesa y Arrepiéntete. Digo confiesa y arrepiéntete porque muchas veces lo que pasa por  arrepentimiento no es suficiente para destruir nuestro propio engaño. Necesitamos confesar a alguien (Y no estoy hablando de rutinas armadas como parte de una liturgia o rito especial, sino coloquial) lo que nos pasa y no sólo a Dios. Porque para el juicio, Dios es más que suficiente, pero para humillarnos, necesitamos que otra persona lo sepa. Hay liberación y redención cuando se le dice a alguien que tú has sido egoísta, orgulloso, arrogando o creído. Y el arrepentimiento significa más que decir que lo lamentas o lo sientes mucho. Adonías lo sintió cuando fue sorprendido intentando robarse el trono. Pero no se arrepintió. Una buena definición de arrepentimiento es la que dice que hay que “cambiar la manera de hacer las cosas”.

Si tú, por ejemplo, has estado diciendo eso que no sé a quién supuestamente cristiano se le dio por denominar como “mentirillas blancas” para justificarte a ti mismo, ¡Detente ya mismo! ¡Comienza ahora ya mismo a decir la verdad y nada más que la verdad. ¡No existe tal cosa como mentirillas blancas! ¡La mentira es y siempre será oscura! Pide perdón por ello y acepta tu responsabilidad. No te justifiques a ti mismo. Las personas que están engañándose a sí mismas continuamente se están justificando.

3 – Acepta el Perdón y la Restauración. Algunas personas encuentran difícil perdonar y otras ser perdonadas. Aceptar el perdón y la restauración significa comenzar de nuevo la vida con una perspectiva honesta y limpia. Lamentablemente, algunos cristianos parecen detenerse en la confesión y el arrepentimiento, pero caen en otra trampa: la lástima de sí mismos. Entonces empiezan con esos latiguillos que no por conocidos dejan de asombrar y preocupar: “No sirvo para nada”, “Dios ya no me ama”. Recordemos que esta lástima de sí mismo prolongada ha paralizado a muchos creyentes. Y además esconde un proverbial grado de incredulidad, o por lo menos, de falta de comunión genuina con Dios. Porque si la tuvieran, sabrían que el amor de Dios no tiene absolutamente nada que ver con tus merecimientos o tus méritos terrenales, sino con su propia esencia. Dios no te ama porque tú eres digno de ser amado. Dios te ama porque si no te amara no sería Dios.

4 – Busca la Sabiduría de Otros. Normalmente, cuando alguien expresa pedirme consejo, suelo responder que me limitaré a darle algunas sugerencias bien intencionadas producto de mi sabiduría personal y experiencias vividas. Y añado que eso lo deberá tener en cuenta para tomar sus decisiones, pero que sólo deberá hacerlo cuando el Espíritu Santo le revele una palabra clara respecto al tema que sea. Y lo hago porque con total honestidad es así como creo que funciona esto.

Sin embargo, debo reconocer que otra forma exitosa de evitar engañarse uno mismo, es buscar continuamente el consejo de otros. Allí es donde calza lo que hemos leído en Proverbios 11:14, cuando expresa: Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; más en la multitud de consejeros hay seguridad. En nuestros días, cuando hay tantas voces conflictivas y fuerzas espirituales, el aislamiento y la independencia son lujos que ningún cristiano sincero se puede permitir.

Si bien nada sustituye oír directamente de Dios, la revelación privada necesita confirmación. Pablo exhortó a los corintios a juzgar las profecías cuando dijo, en 1 Corintios 14:29, que dos o tres profetas que hablen y que los demás juzguen. Hasta la revelación de los profetas necesita ser examinada y evaluada. Eso no significa desconfianza de Dios, sino el reconocimiento de la debilidad humana. Muchos zelotes religiosos no quieren que sus revelaciones sean sujetadas a un liderazgo pluralizado por temor a ser confrontados y restringidos, aunque otros tienen sus buenas razones por haber visto cómo algunos de esos supuestos liderazgos desactivaba algo que Dios quería hacer en un sitio sencillamente porque no había recurrido a ellos, sino a desconocidos a los cuales no querían respaldar por temor a ser desplazados de sus privilegios. De todos modos, cuando se busca el consejo de otros, se llega a resultados beneficiosos por una sencilla razón: A Dios no se le escapa nada: ni siquiera la mala intención de algunos.

Un sabio consejo de manera oportuna: a) Desanima una actuación impulsiva y riesgosa. B) Aprovecha fructíferamente la sabiduría colectiva. C) Nos recuerda que somos sólo una parte y no el todo, como tantos han querido mostrarse. D) Provee un antídoto para el orgullo y la soberbia espiritual, que es la peor de las soberbias, y e) Aminora las posibilidades del engaño y del error.

5 – Comprométete a Servir a Otros. Pablo dice, en Romanos 12.10: Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. Cuando los discípulos de Jesús estaban discutiendo sobre quién era el mayor, él les ofreció la llave de la grandeza: Lucas 22:26 rescata esa respuesta: Más no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. La pregunta que cabe aquí, entonces, es: ¿Queremos ser grandes ante los hombres o ante Dios? Recuerdo a un ministro muy prestigioso haber recibido una propuesta por parte de un anónimo espectador de su ministerio. Este hombre le preguntó: ¿Estaría usted dispuesto a humillarse y entregar su ministerio a otro hombre? – ¡Jamás!, fue la orgullosa respuesta del ministro. Para conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, se necesita una obra profunda de Dios en cada uno de nosotros, para que por nuestra voluntad y regularmente sirvamos a otros.

Y esto es todo. O, mejor dicho, quizás no sea el todo que necesitamos, pero al menos una parte, un costado por donde comenzar. Lo más complicado de todo cambio en nuestras formas de vivir es modificar en primer término, nuestras formas de pensar. Porque tal el hombre piensa, el hombre es. Desde siempre. Por eso es que hemos visto en las Escrituras la tragedia que puede ser el resultado de engañarse a sí mismo. La mejor actitud que podamos tener para mantener una relación honesta con Dios y una apreciación cabal de nosotros mismos, la podemos encontrar en el evangelio de Lucas, capítulo 17 y verso 10. Cuando dice: Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.

Si vivimos como siervos humildes, honestos y fieles, nos mantendremos libres del auto engaño. Y podremos esperar las palabras de gracia de boca del padre cuando nos diga: Bien hecho, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor. Qué es lo que nos enseñaron que debemos esperar todos en el final de nuestra carrera, y está bien que así lo hayamos aprendido. Sólo un leve detalle. Los que entremos como hijos, seguramente estaremos pasando por este trance en otras condiciones. Pero claro está que, para llegar a hijos, deberemos estar permanentemente muy lejos del auto engaño. Esa, créeme, ya es una tremenda batalla digna de ser ganada.

 

 

 

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noviembre 10, 2017 Néstor Martínez