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Desatando y Viviendo

Hay veces que alguien, en su afán por servir más y mejor, intenta hacerlo de todas las maneras en que su propia inventiva le propone. Hay otras veces, en cambio, que se deja guiar por quien tiene que hacerlo y las cosas no sólo salen mejor sino que, además, completas. Porque el Espíritu Santo, de improviso, puede hacernos ver que, si bien el propósito de Dios no se altera en lo más mínimo y la visión de una misión sigue intacta, vigente y obligada, será muy poco y muy pobre lo que se intente hacer en su nombre para inyectar madurez, revelación y conciencia de victoria, si una gran franja de los que son sus hijos, todavía están esclavos de Satanás dándole permiso, consciente o inconscientemente, para manejar sus mentes y sus vidas. De allí que debamos revisar, aquí, el significado real y concreto de lo que pueden ser ciertas ataduras relacionadas con temores y miedos.. Y lo hacemos por obediencia. Porque en esto, reitero, el único error verdaderamente grave del hombre, sería desobedecer. Todo lo demás es para la gloria y honor de Dios, que es el que manda.

Primera pregunta, entonces: ¿Cómo podemos andar con Dios si a nuestras vidas, en algún sector o en muchos, las está controlando alguna especie de temor o miedo? Imposible. Porque el miedo, (Tomemos esta sola palabra de aquí en más) tiene un control poderosísimo. Tanto que por allí nos obliga a actuar con irresponsabilidad o nos impide vivir con responsabilidad. A esto no lo evade nadie; ni siquiera el más encumbrado de los ministros. Cambian los factores, pero el temor es el mismo, por ejemplo: miedo al fracaso.

Se puede afirmar – como fruto de relevamientos muy simples -, que el miedo es la razón número uno por la que los cristianos no hablan de su fe. La agorafobia, que es el temor a estar en público, es uno de los trastornos psicológicos más extendidos. Vivimos, y eso se ve claramente, en una sociedad plagada por el temor al fracaso, el de los problemas económicos, a las enfermedades, a la inseguridad pública, a las pestes, a la droga, al Sida, a la muerte. Pero estamos, como iglesia, plantados en este mundo para darle luz, no para vivir en la tiniebla del miedo al diablo, miedo al hombre y, – en fin -, miedo al miedo.

¿Tú sabías que el mandamiento más frecuente de Jesús en los evangelios, es: “No temáis”? Antes que el pueblo entrara a la tierra prometida, Dios le dice al pueblo cuatro veces la misma expresión: Esfuérzate y sé valiente. Esto, se complementa con lo que Salomón escribe en Proverbios 28:1: Huye el impío sin que nadie lo persiga; mas el justo está confiado como un león. De aquí sacamos un principio básico para empezar a desatar estas ataduras: La Valentía. Ser valiente es una característica de una vida llena del Espíritu Santo.

(Hechos 4: 31)= Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.

Dentro de las significaciones que presenta la palabra Denuedo, está la que tiene que ver precisamente con lo anteriormente dicho: Valentía. La otra, y tú ya lo sabes porque te lo he enseñado, es Sin Adulteraciones. La iglesia primitiva, convengamos, no oraba en absoluto para que la gente fuera sanada, para que profetizara, para que orara en lenguas o para que cayera tocada por el Espíritu Santo, todas cosas estas que provienen de Dios, que son tremendamente hermosas y que nadie discute. La iglesia, en cambio, oraba por valentía, pidiendo Valentía. Al Reino de Dios sólo lo pueden establecer las personas fieles y las personas valientes. Hay algo que nos tiene que quedar definitivamente en claro: Dios no se complace ni con los incrédulos ni con los cobardes.

(Apocalipsis 21: 7)= El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.

(8) Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

Dime la verdad: ¿Nunca te ha llamado la atención que Dios considerara en un mismo nivel a fornicarios, hechiceros, idólatras, ladrones y homicidas, con los cobardes y con los incrédulos? Haz tu propio examen. ¿Tú, tratarías de la misma manera que el Señor a todos estos que mencionamos o haría “ciertas diferencias”?

Vamos por partes. Parecería ser que el miedo y la ansiedad son cosas similares, pero sin embargo no son exactamente lo mismo la gente es ansiosa porque no conoce lo que va a suceder y entonces supone lo peor. El miedo, en cambio, tiene siempre un causante. La gente le teme a algo. Por regla, para que sea legítimo, el temor puede provocarse por dos causas. En primer lugar, debe ser poderoso. Segundo, debe ser inminente. Le tenemos miedo a aquello que amenaza nuestro bienestar, pero sólo cuando está presente. Tú puedes tenerle miedo a las arañas, por ejemplo, pero ese miedo se manifiesta, primero, si descubres una araña en tu dormitorio. Allí es donde tú comienzas a ponerte nervioso. Segundo, si la araña está viva. Porque si te das cuenta que lo que has encontrado es una araña muerta, inmediatamente el miedo se aleja y se extingue, ¿Entiendes?

Los causantes del miedo van desde cosas inanimadas, que no tienen vida, (Por ejemplo: el abandono, las alturas, el fracaso, el fuego), a personas bien reales: (Tus padres, tu jefe, tu patrón, Dios mismo, – me refiero al “castigador”, ese que alguno inventó como dudoso método evangelístico -, o Satanás)

Aunque parezca mentira, los miedos se aprenden. Hay temores, por ejemplo, que podríamos llamar… razonables, casi preventivos. Un niño que se quema con el fuego de la hornalla de la cocina y eso le sirve para tomarle terror no al fuego, sino a cualquier cosa que ande cerca de la cocina. Quizás no es lo indicado, de acuerdo, pero mientras es niño, le servirá para no volverse a quemar. Como creyentes no podemos ni debemos buscar ese camino, pero si se da, no nos pongamos como locos: no será la primera vez que Dios hace que “todas las cosas ayuden a bien”.

Ahora bien: en este terreno es donde, precisamente, está la contrapartida. Para evitar que el niño salga de noche a la calle, muchos padres les dicen que si lo hace, se va a encontrar con una bruja, con un duende, con el “viejo de la bolsa” o “ropavejero”, o directamente con el diablo. Está bien: el niño no va a salir ni atado a la calle. Objetivo cumplido. El problema está en que cuando llega a adulto, tiene que empezar a batallar con el miedo a la noche, a la oscuridad, a la calle, a señoras vestidas de negro (Así se imagina la cultura popular a las brujas), a hombres que llevan una bolsa y, naturalmente, al diablo. Y él, (El diablo) feliz por todo esto, naturalmente. ´

En alguna época no muy lejana, andaba una onda entre los evangelistas de carpas y campañas al aire libre, de predicar una salvación por terror. “-Si no te conviertes a Cristo esta misma noche, es muy probable que por la madrugada venga la muerte y te pase la hoz por la garganta, te tome de tus piernas, te retuerza el cuello como a un pollo, te tome de los cabellos y te lleve al infierno.-“ La gente se atropellaba unos a otros para llegar rápido al frente a recibir salvación. Sí señor, daba resultado. Pero… ¿Sabes una cosa? Toda esa gente llegaba a Cristo con un enorme miedo. Miedo a esa muerte y a todo lo que le habían dibujado desde el púlpito. Era sincera, pero en honor a la verdad, lo que más quería era evadir de esa tenebrosa posibilidad que le habían pintado. Así que llegaban  a la iglesia con miedo. Ahora bien: si llegaban a la iglesia con miedo, ¿A que no sabes con quién llegaban acompañados? Exactamente: con aquel que tiene el imperio del miedo. Con el mismo que Cristo derrotó en la cruz pero que muchos, con esas cosas, todavía le permiten tener ciertos derechos a operar en las mentes humanas.

Lo cierto es que los temores aprendidos, no siempre son racionales y pueden terminar en fobias. Y las fobias son temores irracionales que no reflejan la realidad presente. El miedo a volar en avión, por ejemplo, en la mayoría de los casos proviene de shocks vividos ante accidentes aéreos. Y en estos casos, importa muy poco si el hecho es real o imaginario; para la persona que lo experimenta, es suficientemente real.

Se ha descubierto, entre otras cosas, que los causantes del miedo son más de uno. De estos, yo quiero referirme a tres en este trabajo. El primer que vamos a ver, es el del hombre como causante del miedo. Mire lo que dice el salmo 118.

(Salmo 118: 5)= Desde la angustia invoqué a Jehová, y me respondió Jehová, poniéndome en lugar espacioso.

(6) Jehová está conmigo, no temeré lo que me pueda hacer el hombre.

(7) Jehová está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen.

(8) Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre.

(9) Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes.

El hombre. Pero en definitiva, si lo pensamos bien… ¿Qué te puede hacer el hombre, de máxima? Puede abusar de ti, despedirte de tu trabajo, humillarte, burlarse, violarte y hasta matarte. Pero no más que eso. No te puede robar tu salvación eterna, en caso que la tuvieras. Y dice que desde la angustia invocó a Jehová. ¿Sabes cuantos incrédulos, a la hora de una fuerte angustia, invocan a ese Dios en el cual el resto del tiempo dicen no creer, e incluso se burlan de los que sí creen? Y añade que Dios lo puso en lugar espacioso. Eso ocurre porque cuando te angustias, es como que se te cierran todas las puertas y todos los espacios se reducen y te asfixian.

Jesús es bien claro cuando dice que tenemos que dejar de lado esos miedos. No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Más bien temed a aquel que puede destruir tanto el alma como el cuerpo en el infierno, dice en Mateo 10:28. Y es muy simple: si no tomamos a Dios como nuestro refugio, el miedo controlará absolutamente nuestras vidas. Hay un ejemplo muy gráfico en la Biblia. Dios nombró a Saúl como primer rey de Israel y le ordenó que destruyera completamente a Amalec junto con toda su familia. Desafortunadamente para él, Saúl no le hizo caso.

(1 Samuel 15: 9)= Y Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, y no lo quisieron destruir; mas todo lo que era vil y despreciable destruyeron.

(10) Y vino palabra de Jehová a Samuel, diciendo: (11) Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras. Y se apesadumbró Samuel, y clamó a Jehová toda aquella noche.

(Verso 24)= Entonces Saúl dijo a Samuel: yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado.

Y luego todos saben cómo termina la historia. El Señor rechaza a Saúl como rey de Israel. Y eso no quedó en la historia: se ha caído más de un rey por tenerle miedo más al hombre que a Dios. Y también muchas grandes figuras del evangelio se han caído por la misma razón. El medio por el cual vencemos la intimidación de la gente es santificando a Cristo como Señor en nuestras vidas. Cuando hacemos de Dios nuestro refugio, otros causantes de temor en comparación pierden toda importancia.

(1 Pedro 3: 13)= ¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien?

(14) Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois; por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, (15) sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; (16) teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo.

El segundo miembro de esta temible trilogía, es la muerte. Muchas fobias se pueden fundir en el temor a la muerte. Amenaza ser la verdadera causante de todos los miedos. Máxime cuando todos sabemos que escrituralmente, es algo inevitable e inminente.

(Hebreos 9: 27)= Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.

¡Pero es que los cristianos no deben temer a la muerte! Jesús la quitó como causante legítimo de nuestro miedo, al quitarle su poder cuando murió por nuestros pecados. Varias escrituras dan testimonio de esto. “Y… sí… pero…” ¡¡Basta!! ¿Le creeremos a la Biblia no le creeremos a la Biblia? 1 Corintios 15: 54-55 dice: Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita; sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde tu sepulcro, tu victoria? El mismo Jesús, tal cual lo relata Juan en el capítulo 1 versos 25 y 26, donde dice: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Tú crees esto?

Cada hijo de Dios es vivo espiritualmente; la muerte física no puede separarnos del amor de Dios. Cuando Pablo dice que para él el vivir es Cristo y el morir es ganancia, en Filipenses 1, está queriendo significar que Dios nos ha hecho nuestro santuario. Cuando morimos físicamente recibiremos un cuerpo resucitado y estaremos mucho mejor que lo que estamos hoy. Por ejemplo: haz la prueba; trata de colocar otra cosa en la fórmula que Pablo te da; mira: ¡Para mí el vivir es el éxito! Ajá… Entonces… ¿Qué vendrá a ser el morir? Pérdida. ¡Para mí el vivir es tener un buen cuerpo físico! Igual: otra vez el morir sería pérdida.

Si alguien hace una encuesta donde se le pregunte a la gente qué sería, a su juicio, lo peor que le podría pasar, muchos seguramente contestarían: “Bueno…supongo que podría morir, no?” Bueno. Si la encuesta es entre creyentes, la cosa se invierte. O se debería invertir. No hay nada que temer. La Biblia dice que eso sería LO MEJOR que te podría pasar, no lo peor. El verdadero valor no está en la vida física, sino en la vida espiritual. Si nuestra vida está escondida en Cristo, no sufrimos pérdida cuando morimos físicamente. Sólo podemos ganar. La persona que está libre del miedo a la muerte, está libre para vivir hoy. Pero libre de verdad, eh? Mucho más libre que todos los más libres que se supongan libres del planeta. Porque si la muerte no los asusta ni los preocupa: ¿Qué podría asustarlos o preocuparlos por encima de eso?

El tercer miembro de esta llamada Trinidad Fóbica, es Satanás. El miedo, el temor, es una de las más grandes armas de la estrategia de Satanás.

(1 Pedro 5: 8)= Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.

Vamos a ver: los leones rugen para paralizar de miedo a sus víctimas y así podérselas comer tranquilamente. Es una amenaza que, es verdad, habrá que tener muy en cuenta, pero nunca motivo de miedo. No conozco versículo en la Biblia que nos indique que debemos tenerle miedo a Satanás. El que nos predica eso es el evangelio según “San Hollywood”, pero no nuestra Biblia. El tema es: ¿A quién le vas a creer tú? Lo cierto es que es un enemigo derrotado que por medio del engaño, todavía paraliza con el miedo a la iglesia. A propósito de esto, hay una anécdota muy graciosa pero muy ilustrativa en uno de los libros de un conocido escritor cristiano.

Él cuenta, que cuando era niño, vivía en el campo. “Nuestros vecinos – dice – tenían un perro muy pequeño pero muy molesto que me hacía temblar de miedo. Recuerdo un día cuando mi hermano, mi padre y yo fuimos en la camioneta a esa casa vecina. Al bajarnos del vehículo, salió rugiendo el pequeño perro ese y, ladrando como loco, me encaró directamente a mí. Aterrorizado corrí y me subí sobre el techo de nuestro auto. ¿A qué no saben, a partir de allí, a quién buscaba siempre para perseguir ese perro? Pues más que obvio; a mí. Mi padre y mi hermano sencillamente se quedaban parados y el perro ni la menor atención les prestaba; la cosa era conmigo. Yo veía la cara de disgusto de mi padre por esa reacción mía, pero nunca me dijo nada. Un día, cansado ya de huirle a ese tonto perro por todas partes y en ocasión de una de sus habituales atropelladas, cobre valor de no sé dónde, tomé una piedra y se la arrojé sin dar en el blanco. Sin embargo, el perro se quedó como paralizado. Cobre valentía y encarándolo yo a él, le lancé un puntapié que tampoco llegó a destino, pero que fue suficiente para que el perro saliera a toda velocidad, aullando como si lo hubiera asesinado y con la cola entre sus patas. Ese día – termina este autor -, y hoy relatándolo, me acordé de Santiago 4:7: Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.”

Ahora presta atención porque aquí hay un orden que es crucial respetar y seguir al pie de la letra. Solamente si haces de Dios primero tu refugio, entonces sí podrás ahuyentar fácilmente al diablo. Ahora si quieres jugar la tuya, no obedeces a Dios en nada, eres rebelde, centralizas todo en tus ideas personales, no esperes tener éxito con los demonios. Lo más probable, es que se te rían en la cara.

Otra de las tácticas de Satanás es el trastorno psicológico común, por ejemplo: ataques de ansiedad. Se denominan ataques de ansiedad y no tanto de miedo, porque la gente no sabe a qué le tiene miedo. Sólo se siente. Cuidado que cuando la gente no puede identificar la causa de un temor, hay un noventa y cinco por ciento de posibilidades de que sea Satanás.

Es mucha la gente que suele despertarse por las noches aterrorizada. De todos estos, algunos saben qué hacer en casos así, como pelear esa batalla personal, pero una gran mayoría trata de responder físicamente y no puede. Los ataques de ansiedad a menudo se sienten como una presión en el pecho o algo que aprieta la garganta. Entonces, como no pueden responder físicamente, les parece que el poder es arrollador. Responder en la carne no lo resolverá. 2 Corintios 10:4, dice: Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.

Ahora bien: ¿Cómo podremos resistir esos ataques? 1) Ya que Satanás no puede tocar nuestra condición de hijos de Dios, debemos volvernos, precisamente, hacia Dios en nuestro interior.

(Mateo 10: 25)= Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Belcebú, ¿Cuánto más a los de su casa?

(26) Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.

(27) Lo que os digo en tinieblas, decidió en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.

¿Y por qué tenemos que hacerlo verbalmente? Simple. Porque todas las prácticas ocultistas son tenebrosas, misteriosas y escondidas. Mientras más rápido las expongamos, trayéndola a la luz, más fácilmente se rompe su poder. La gente, generalmente, se siente intimidada por los espíritus engañadores, pero apenas se expone la mentira, se rompe el poder de Satanás.

Satanás no puede hacer nada al respecto a nuestra posición en Cristo. Pero sí puede lograr que creamos que no es cierto, entonces viviremos como si no fuera cierto. En nuestro resistir  a Satanás no se puede exagerar, pero sabemos qué es lo que somos como hijos de Dios.

(1 Juan 5: 18)= Sabemos que todo aquel que es nacido de Dios, no práctica el pecado, pues aquel que fue engendrado por Dios le guarda y el maligno no le toca.

(19) Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno.

(20) Pero sabemos que el hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la Vida Eterna.

Lo que nos libera para vivir una vida responsable es vencer los temores al hombre, a la muerte y a Satanás. El temor y la fe son mutuamente excluyentes. Ambos se anulan. Si vamos a caminar en fe, tendrá que haber un solo factor de un muy singular tipo de temor en nuestras vidas; y ese es Dios.

(Isaías 8: 11)= Porque Jehová me dijo de esta manera con mano fuerte, y me enseñó que no caminase por el camino de este pueblo, diciendo: (12) no llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama conspiración; ni temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo.

(13) A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo.

(14) Entonces él será por santuario; pero a las dos casas de Israel, por piedra para tropezar, y pone tropezadero para caer, y por lazo y por red al morador de Jerusalén.

Todos los demás causantes de nuestro temor son insignificantes en comparación con nuestro Dios santo. Debemos ser como David que proclamó ante Goliat: ¿Quién es este filisteo incircunciso para que desafíe a los escuadrones del Dios viviente? El ejército de los hebreos vio a Goliat con relación a su propio tamaño y, frustrados, se achicaron de miedo. Pero David vio a Goliat en relación con Dios y venció con la fortaleza de él. Tres medicamentos. Tres medicinas efectivas. Tres claves. Tres tijeras para cortar todas las ataduras.

PRIMERO

Analiza tu temor. ¿Qué es lo que en realidad temes? Un problema bien definido ya está casi resuelto. La mayoría de las personas no están conscientes de lo que verdaderamente controla sus vidas. Satanás se aprovecha de las víctimas que no buscan una solución bíblica a sus problemas y crisis.

SEGUNDO

Define en que parte de tu vida ha sido usurpado el poder de Dios. ¿De qué manera te impide el temor comportarte responsablemente o te impulsa a cometer conductas irresponsables? Quizás tengas que confesar algunas situaciones en que has permitido que a tus acciones las controle el temor.

TERCERO

Desarrolla un plan de comportamiento responsable. Define por adelantado tu respuesta a cualquier causa de temor. No te dejes sorprender. “No voy a tener miedo, pero si llego a tenerlo, voy a hacer tal y tal cosa”. Específico, preciso, en mente, sin hablarlo, en mudo. Satanás no te lee el pensamiento, no puede. Sí te lo puede trabajar con algún demonio – es decir, si tú le das entrada -, pero desde afuera. Porque no es omnisciente. Haz exactamente eso que es a lo que más le tiene miedo. Ese acto, será la sentencia y la ejecución de muerte segura para el miedo.

(Salmo 91: 1)= El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente.

(2) Diré yo a Jehová; esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré.

(3) Él te librará del lazo del cazador, y de la peste destructora.

(4) Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y adarga es su verdad.

(5) No temerás al terror nocturno, ni saeta que vuele de día.

(Verso 9)= Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, (10) no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada.

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septiembre 6, 2020 Néstor Martínez